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Como si atravesar la adolescencia no fuera lo bastante terrorífico, Yolanda añade una posesión y una pizza de verduras. ¡Una novela adictiva para los más jóvenes! ¡Ruth está muy preocupada! Su hermana Nadia está haciendo cosas RARÍSIMAS y a estas alturas ya solo hay una explicación... ¡ESTÁ POSEÍDA! ¿Qué se hace en estos casos? Vive una espeluznante y divertida aventura junto a Ruth y sus amigos, mientras tratan de ayudar a Nadia para que vuelva a ser la de antes.
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2024
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La posesión de mi hermana
Yolanda Camacho
La posesión de mi hermana
© Del texto: Yolanda Camacho, 2024
© de esta edición, Dimensiones Ocultas Joven, 2024
Editado por Roberto Carrasco Calvente
Corrección: Cristóbal Olmedo
Ilustración de cubierta: Jack Vines
ISBN: 978-84-129255-2-4
Todos los derechos reservados.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, incluidas la reprografía, tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, la difusión a través de Internet y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.
ÍNDICE
Habitación cerrada
Recuerdos y eso
Ojos de lodo
Imprevistos
Pizza jardinera
Sonámbula
¿Para qué has venido?
El diario
El inmortal
Nadia será nadie
¿Es que estáis ciegos?
Necesitamos un plan
Los secretos de la magia negra
¡Fuera de mi casa!
Nadia ha vuelto
Epílogo
Para mi (no poseída) hermana Amparo
Habitación cerrada
—¿Dónde se ha metido tu hermana? ¡Ruth, venga, tenemos que irnos!
La voz le llega lejana, como amortiguada. La casa no es grande, pero ese pasillo en ele, tan largo y estrecho, hace que lo parezca. Vuelve a girar el pomo, pero el resultado es el mismo de hace solo un instante: la puerta está cerrada con llave.
—Ruth, la mamá te está llamando.
Se gira con un leve sobresalto. No ha oído los pasos de Nadia, que la mira desde la esquina con los brazos en jarras y su sonrisa irónica.
—¿Qué hay en esta habitación?
Las sombras envuelven a su hermana mayor mientras se aleja de la luminosidad del otro lado de la casa para acercarse a ella.
—Está cerrada.
—Ya, por eso.
Nadia se encoge de hombros:
—No sé. Cosas de la mujer, supongo.
—¿Qué mujer?
—La que nos ha alquilado el piso. Dice que ese cuarto no se puede usar.
Ruth suelta una risita cuando su hermana le revuelve el cabello corto y oscuro.
—Va, no la hagas esperar.
Su madre apenas abre la boca durante el trayecto a casa y eso solo puede significar una cosa: que sigue enfadada. O preocupada. Quizá las dos cosas.
—Nadia me ha dicho que puedo ir a verla cuando quiera — dice Ruth—. Que el tren tarda bastante, pero el billete no es caro.
Su madre le lanza una mirada tensa. Ruth se siente tonta. Sabe que Nadia es la causa de su preocupación, enfado o mezcla de ambos y, aun así, ha sido incapaz de no sacar el tema.
—El billete será todo lo barato que le dé la gana, pero prefiero que vengas con tu padre o conmigo. No me hace gracia que viajes sola.
—Pero puedo hacerlo. Vero va en bus a ver a sus abuelos. Y viven más lejos.
—Que ella lo haga no significa que tengas que hacerlo tú. Si tu amiga se tira por un puente, ¿tú vas detrás?
Ruth resopla:
—No lo digo por eso.
—Ya, hija, lo dices porque te crees que con trece años eres muy mayor y porque te gustaría tener más cerca a tu hermana. Y te prometo que a tu padre y a mí también nos gustaría que se tomara las cosas con calma y no se hubiera ido; es de lo poco en que estamos cien por cien de acuerdo, mira por dónde. Pero de momento no parece que eso vaya a cambiar.
Ruth abre la boca para protestar y, sobre todo, para dejar claro que no le parece que a su padre le moleste tanto la lejanía de Nadia. De ser así, habría ido ya a ver el piso. Pero decide morderse la lengua. En su lugar, deja escapar un suspiro largo y enfurruñado y se pasa el resto del viaje en silencio.
Recuerdos y eso
—Ruth, ¿me dejas copiar los ejercicios?
—¿Otra vez? Tía, que al final nos pillarán. Y, además, a ti el inglés siempre se te ha dado superbién, no sé por qué de repente no te gusta.
Vero suelta un suspiro largo y dramático:
—Ya lo sé. Creo que es por culpa del Zombi.
—¡Pero si el Zombi es lo más!
—Ni de coña. Solo lo dices porque es tu profe favorito.
—¡No es verdad!
—¡Me lo dijiste tú!
—Solo te dije que me parecía majo porque tiene cara de zombi y, ahora, tú vas por ahí llamándolo «el Zombi» y algún día te oirá.
—No será peor que cuando la Saltamontes descubrió que la llamábamos «la Saltamontes».
A Ruth le entra la risa y el zumo casi se le sale por la nariz.
—Va, sigue contándome —dice Vero tras asegurarse de que su amiga no va a morir atragantada—. ¿La casa está guay?
Ruth se encoge de hombros.
—Tiene un pasillo muy largo y una parte con mucha luz y otra muy oscura. Todavía no la tienen decorada ni nada, solo hay cajas por todas partes.
—Pero tu hermana está contenta, ¿no?
Ruth reflexiona durante unos instantes.
—Sí —responde al fin—. Creo que sí.
Enseguida piensa que lo más lógico sería que no lo estuviera, o no del todo. Sus padres no se tomaron nada bien que decidiera aparcar la carrera para dedicarse al grupo y, ahora, se han tomado todavía peor que haya dado el paso de largarse a la capital para vivir con su novio y centrarse todavía más en la música.
Si Ruth se encontrara en su situación, probablemente se sentiría mal, por muy segura que estuviera de sus decisiones; pero sabe que Nadia es distinta y que, cuando quiere algo, no para hasta conseguirlo. Y ese algo es grabar un primer disco y seguir cantando con Peste Bubónica, la banda de heavy metal que ya ha triunfado en todos los festivales en los que ha aterrizado.
—Pues no te ha contagiado nada, porque tú estás mohína.
Ruth resopla y deja escapar una risa burlona, aunque sabe que es muy posible que Vero tenga razón.
—Es que… A ver, no es que opine lo mismo que mis padres. O sea, entiendo que Peste Bubónica sea lo más importante para Nadia y creo de verdad que se hará famosa y actuará por todo el mundo. Pero a veces…
Vero arquea las cejas con aire sabiondo.
—A veces me preocupa que se olvide de nosotros. De… mí.
Se siente un poco tonta, porque tuvo ese miedo exacto cuando su padre se fue de casa y ya ha podido comprobar que no ha sido así. Pero, de alguna manera, la ausencia de Nadia ha revivido esa inseguridad, la sensación de que el suelo bajo sus pies resulta cada vez menos estable.
Vero deja el boli y se levanta de la silla para colocarse al lado de su amiga a los pies de la cama. Hace ya un buen rato que la única que hace deberes es ella; Ruth siempre es la primera en terminarlos.
—Eso no pasará. Tu hermana te quiere mogollón. No se olvidaría de ti ni aunque se fuera a vivir a la Luna.
A los labios de Ruth asoma una débil sonrisa.
—Si fuera mi hermano, aún —continúa Vero—, porque nunca sabe dónde tiene la cabeza. Pero, bueno, eso tampoco pasará, porque no podrá hacerse famoso con Peste Bubónica…
—Por idiota —Ruth acaba la frase y ambas se echan a reír.
Mario, el hermano de Vero, salió con Nadia y tocó el bajo en Peste Bubónica durante una temporada. Pero cuando la relación se fue a pique se alejó del proyecto, por mucho que Nadia le insistiera en que seguía contando con él y que el grupo no sería lo mismo si se marchaba. Aquello ―comprendieron más tarde Ruth y Vero— no era más que una mentira gordísima; lo cierto es que se trataba de un bajista bastante regulero. La banda salió ganando sin él.
Vero siempre dice que Mario se arrepiente de haber dejado de tocar y que sigue colado por Nadia. Ruth no sabe si es así, pero sí sabe que pregunta mucho por ella y que siempre se pone un poco raro al respecto.
La puerta se abre de pronto y asoma una cabeza melenuda.
—Hablando del rey de Roma… —dice Vero.
—Hola, Mario —saluda Ruth.
—Eh, ¿qué pasa? —dice él con esa voz tan grave y monocorde, como si tuviera mucho sueño. Entra en la habitación y entorna la puerta. Ruth piensa lo mismo de siempre al verlo: que parece un árbol muy alto pero enclenque. Suele ir algo encorvado y con cara de pocos amigos, aunque es todo fachada, en realidad es un trozo de pan—. Has visto a Nadia, ¿verdad?
Ruth le echa un vistazo rápido a Vero, que ya está poniendo los ojos en blanco.
—Sí.
—¿Cómo le va? Quiero decir… con el grupo. Y en general.
—Pues… bien.
Mario asiente.
—Me alegro. Dile que… Dale recuerdos y eso.
—Claro.
En cuanto sale de la habitación y cierra la puerta, las dos chavalas estallan en risas.
Ojos de lodo
Hay días que son como una señal. Como el punto de partida de algo más grande que aún no sabes hasta dónde llegará, pero que, tal vez por eso mismo, ya da miedo. Hay días en los que, mucho tiempo después, piensas y te dices: «Jo, igual fue ahí cuando todo empezó a ponerse raro».
Pero, claro, esa especie de señal la ves después, cuando ya ha pasado. Y esa es la razón por la que Ruth se encuentra tan tranquila este veintidós de mayo, con la tableta de su madre sobre las rodillas, a pocos minutos de que empiece el directo de Instagram de Peste Bubónica. Se supone que van a responder las preguntas de los fans.
A las siete en punto comienza el directo. La imagen muestra a todos los miembros de Peste Bubónica diseminados por el estudio, un cuarto del piso de Nadia que han habilitado para escuchar y editar música. Ella es la que está más cerca, en la silla situada a la derecha y próxima al escritorio, mientras que Ramón, el guitarrista, saluda desde un asiento a la izquierda, seguramente ese sillón desvencijado pero cómodo que Ruth ya conoce. Más al fondo, en el sofá de color rojo sangre, se encuentran Tamara, la baterista, y Adrián, el bajista que dejó a Mario a la altura del betún.
—Muy buenas, apestados —saluda Ramón con una sonrisa amplia y reluciente.
Cuando lo piense con detenimiento, a Ruth le parecerá raro que haya hablado él primero. Nadia suele ser la más parlanchina de la banda y la cara más visible en redes. Pero de momento no se lo plantea, porque la cuestión es que Ramón también es muy majo, además del guaperas oficial de Peste Bubónica.
—Veo que ya estáis preguntado a saco, cabronazos — continúa.
A Ruth le asoma una sonrisita al tiempo que decide que ha sido una gran idea ponerse auriculares. Mamá no soporta los tacos y, de haberlo oído, ya estaría protestando.
—Va a ser imposible responderlas todas, porque estáis mandando muchísimas, pero haremos lo que podamos, ¿verdad?
