La prima Bela - Honoré de Balzac - E-Book

La prima Bela E-Book

Honore de Balzac

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Beschreibung

«La prima Bela» es una novela de 1846. Ambientada a mediados del siglo XIX en París, cuenta la historia de una mujer soltera de mediana edad que planea la destrucción de su extensa familia.

Bela trabaja con Valérie Marneffe, una joven infelizmente casada, para seducir y atormentar a una serie de hombres. Uno de ellos es el barón Héctor Hulot, esposo de la prima de Bele, Adeline. Sacrifica la fortuna y el buen nombre de su familia para complacer a Valérie, quien lo deja por un comerciante llamado Crevel.

El libro es parte de la sección Scènes de la vie parisienne de la secuencia de novelas de Balzac La Comédie humaine («La comedia humana»).

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Honoré de Balzac

LA PRIMA BELA

Traducido por Carola Tognetti

ISBN 979-12-5971-047-5

Greenbooks editore

Edición digital

Enero 2021

www.greenbooks-editore.com

ISBN: 979-12-5971-047-5
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Indice

LA PRIMA BELA

LA PRIMA BELA

Hacia mediados del mes de julio del año de 1838, uno de esos coches recientemente puestos en circulación por las plazas de París, llamados milores, rodaba por la calle de la Universidad, conduciendo a un hombre grueso, de mediana estatura, vestido con el uniforme de la Guardia Nacional.

Entre el número de esos parisienses acusados de ser tan espirituales encuéntranse los que se creen infinitamente mejor de uniforme que con su traje ordinario, y que suponen en las mujeres gustos lo bastante depravados como para imaginar que han de verse favorablemente impresionadas ante el aspecto de una gorra de pelo y por el arnés militar.

El rostro de aquel capitán, perteneciente a la segunda legión, respiraba una propia satisfacción, que hacía resplandecer su tez encendida de color y su rostro medianamente mofletudo. Ante aquella aureola que la riqueza adquirida en el comercio pone en la frente de los tenderos ya retirados, adivinábase en el capitán a uno de los elegidos de París, por lo menos antiguo adjunto de su distrito. Creed también que no faltaba la cinta de la Legión de Honor sobre su pecho, arrogantemente combado a la prusiana. Instalado altivamente en el rincón del milor, aquel hombre condecorado dejaba errar sus miradas sobre los transeúntes que, a menudo, en París, recogen de este modo agradables sonrisas dirigidas a hermosos ojos ausentes.

El milor se detuvo en la parte de calle comprendida entre la de Bellechasse y la de Borgoña, a la puerta de una gran casa recientemente construida, sobre una parte del patio de un antiguo palacio con jardín. Habían respetado el palacio, que conservaba su primitiva forma en el fondo del patio reducido a la mitad.

Sólo en el modo como el capitán aceptó los servicios del cochero para bajar del milor habríase reconocido al cincuentón. Hay gestos cuya franca pesadez tiene toda la indiscreción de una partida de bautismo. El capitán volvió a ponerse el guante amarillo de la mano diestra y, sin preguntar nada al portero, dirigióse hacia la gradería del piso bajo del palacio, con un aire que parecía querer decir:

«Esta mujer es mía». Los porteros de París tienen un golpe de vista certero y no detienen nunca a las gentes condecoradas, vestidas de azul y de grave andar; en suma, conocen a los ricos.

Aquel piso bajo estaba todo él ocupado por el señor barón Hulot de Ervy, comisario ordenador en tiempos de la República, antiguo intendente general del Ejército y director entonces de una de las más importantes administraciones del Ministerio de la Guerra, consejero de Estado, gran oficial de la Legión de Honor, etc.

Este barón Hulot habíase llamado él mismo de Ervy, lugar de su nacimiento, para distinguirse de su hermano, el célebre general Hulot, coronel de los granaderos de la Guardia Imperial, a quien el emperador había hecho conde de Forzheim después de la campaña de 1809. El hermano mayor, el conde, encargado de la custodia de su hermano menor, por paternal prudencia habíalo colocado en la administración militar, donde, gracias a sus dobles servicios, el barón obtuvo y mereció el favor de Napoleón. Desde 1807 el barón Hulot era intendente general de los ejércitos de España.

Después de haber llamado, el capitán burgués hizo grandes esfuerzos para colocarse en su sitio el uniforme, que se había levantado, tanto por detrás como por delante, empujado por la acción de un vientre piriforme. Recibido tan pronto como le hubo visto un criado de librea, aquel hombre importante e imponente siguió al criado que, abriendo la puerta del salón, dijo:

—El señor Crevel.

Al oír aquel nombre, admirablemente adecuado al talante de quien lo llevaba, una señorona rubia, muy bien conservada, pareció como si hubiese recibido una conmoción eléctrica y se levantó.

—Hortensia, ángel mío, vete al jardín con tu prima Isabela —dijo vivamente a su hija, que bordaba a algunos pasos de ella.

Después de haber saludado graciosamente al capitán, la señorita Hortensia Hulot salió por una puerta vidriera, llevándose consigo a una vieja solterona que parecía de más edad que la baronesa, aunque tuviese cinco años menos.

—Se trata de tu matrimonio —dijo la prima Bela al oído de su prima Hortensia, sin mostrarse ofendida por las maneras que la baronesa usaba para despedirlas, contando apenas con ella.

La manera de vestir de aquella prima hubiese, en caso de necesidad, explicado la falta de consideraciones con que era tratada.

Aquella solterona llevaba un traje de merino color pasa, cuyo corte y galones databan de la Restauración, una pañoleta bordada, que podría valer tres francos, y un sombrero de paja cosida con adornos de satén azul bordados, como se ve entre las vendedoras del mercado. Ante el aspecto de los zapatos, de piel de cabra, cuya forma delataba la mano de un zapatero de ínfima clase, un extraño hubiera vacilado para saludar a la prima Bela como a una parienta de la casa, pues parecía enteramente una costurera de diario. Con todo, la solterona no salió sin hacer un afectuoso saludo al señor Crevel, saludo al cual este personaje respondió con un signo de inteligencia.

—¿Vendrá usted mañana, verdad, señorita Fischer? —dijo.

—¿No tiene usted gente? —preguntó la prima Bela.

—Mis hijos y usted, nada más —replicó el visitante.

—Bien —respondió—; entonces, cuente conmigo.

—Aquí estoy, señora, a sus órdenes —dijo el capitán de la milicia burguesa, saludando de nuevo a la baronesa Hulot.

Y lanzó sobre la señora Hulot una mirada como la que Tartufo lanza a Elmira cuando un actor de provincias cree necesario señalar las intenciones de su papel, en Poitiers o en Coutances.

—Si quiere usted seguirme por aquí, caballero, estaremos mucho mejor que en este salón, para hablar de negocios —dijo la señora Hulot, designando una habitación próxima que, en la distribución de la casa, estaba destinada a sala de juego.

Aquella habitación no estaba separada más que por un ligero tabique del tocador, cuya ventana daba sobre el jardín, y la señora Hulot dejó al señor Crevel solo durante un momento, pues creyó necesario cerrar la ventana y la puerta del tocador, a fin de que nadie pudiese ir a escucharles. Tuvo asimismo la precaución de cerrar también la puerta vidriera del salón grande, sonriendo a su hija y a su prima, que vio sentadas en un antiguo quiosco, en el fondo del jardín. Volvió, dejando abierta la puerta de la sala de juego, con el fin de oír abrir la del salón grande si alguien entraba en él. Yendo y viniendo de este modo, la baronesa, no siendo observada por nadie, dejaba que su fisonomía expresase todos sus pensamientos; y quien la hubiese visto, casi se hubiera asustado de su agitación. Pero volviendo de la puerta de entrada del salón grande a la sala de juego, su rostro se ocultó bajo aquella reserva impenetrable que todas las mujeres, aun las más francas, parecen tener a sus órdenes.

Durante estos preparativos, por lo menos singulares, el guardia nacional examinaba los muebles del salón donde se hallaba. Viendo los cortinones de seda antaño rojos, desteñidos en violeta por la

acción del sol y limados en los pliegues por un largo uso; una alfombra de donde habían desaparecido los colores; muebles desdorados, cuya seda jaspeada de manchas veíase usada por bandas, muestras de desdén, de contento y de esperanza sucediéronse ingenuamente sobre su llano rostro de comerciante hecho rico. Mirábase en el espejo, por encima de un antiguo reloj Imperio, pasándose a sí mismo revista, cuando el frufrú del traje de seda anuncióle la presencia de la baronesa, recobrando su primitiva posición.

La baronesa, después de haberse dejado caer sobre un pequeño sofá, que seguramente habría sido muy lindo allá por el año de 1809, indicó a Crevel una butaca cuyos brazos estaban terminados por bronceadas cabezas de esfinge, cuya pintura se iba por escamas, dejando ver a trozos la madera, haciéndole señas para que se sentase.

—Estas precauciones que toma usted, señora, serían un augurio encantador para un…

—Un amante —replicó ella, interrumpiendo al guardia nacional.

—La palabra es débil —dijo él, colocando su diestra sobre su corazón y poniendo en blanco unos ojos que casi siempre hacen reír a una mujer cuando pueden contemplar fríamente semejante expresión—. ¡Amante! ¡Amante! Diga usted embrujado…

—Escuche usted, señor Crevel —dijo la baronesa, demasiado seria para poder reír—. Tiene usted cincuenta años, es decir, diez menos que el señor Hulot, lo sé; pero a mi edad las locuras de una mujer deben estar justificadas por la belleza, por la juventud, por la celebridad, por el mérito, por alguno de esos esplendores que nos deslumbran hasta el punto de hacernos olvidarlo todo, hasta nuestra edad. Si usted tiene cuarenta mil libras de renta, en cambio su edad contrapesa su fortuna; por eso, usted no posee nada de cuanto una mujer puede exigir.

—¿Y el amor? —dijo el guardia nacional, levantándose y avanzando—. Un amor que…

—No, caballero, amor no, terquedad —dijo la baronesa, interrumpiéndole, para poner fin a aquella ridiculez.

—Sí, terquedad y amor —repuso él—, y también algo mejor, derechos…

—¡Derechos! —gritó la señora Hulot, que se mostró sublime de desprecio, de reto, de indignación—. Pero —repuso ella— con este tono no acabaremos nunca, y yo no le he pedido a usted que viniese aquí para hablar de lo que fue causa de que le despidiese, a pesar del parentesco de nuestras dos familias…

—Yo he creído…

—¡Todavía! —repuso ella—. ¿No ve usted, caballero, en la manera ligera y desenvuelta con que hablo de amante, de amor y de todo cuanto hay de más escabroso para una mujer, que estoy completamente segura de ser virtuosa? No temo nada, ni siquiera a que se sospeche de mí por encerrarme con usted. ¿Es ésta la conducta de una mujer débil? ¡Bien sabe usted por qué le he rogado que viniese!…

—No, señora —replicó Crevel, adoptando un aire frío. Se mordió los labios y recobró su posición.

—Pues bien: seré breve para abreviar nuestro mutuo suplicio —dijo la baronesa Hulot, mirando a Crevel.

Crevel hizo un saludo irónico, en el cual un hombre del oficio habría reconocido las maneras de un antiguo viajante de comercio.

—Nuestro hijo se casó con su hija…

—¡Si volviera a tener que hacerse…! —dijo Crevel.

—Ese matrimonio no se haría —respondió vivamente la baronesa—, lo dudo. Con todo, usted no tiene por qué quejarse. Mi hijo no sólo es uno de los primeros abogados de París, sino que además es diputado desde hace un año, y su aparición en la Cámara fue lo bastante sonada como para hacer pensar en que dentro de poco tiempo será ministro. Victorino ha sido nombrado dos veces ponente de leyes importantes y, si quisiera, podría ser ya abogado de la Sala de casación. Así, pues, si quiere usted darme a entender que tiene un yerno sin suerte…

—Un yerno a quien me veo obligado a sostener —repuso Crevel—, lo que me parece peor, señora. De los quinientos mil francos constituidos como dote de mi hija, doscientos han ido a parar Dios sabe dónde… a pagar las deudas de su señor hijo, a amueblar de un modo sorprendente su casa, una casa de quinientos mil francos que apenas si renta quince mil, porque él ocupa la mejor parte, sobre la que debe doscientos sesenta mil francos… Apenas si la renta cubre los intereses de la deuda. Este año tengo que dar a mi hija una veintena de miles de francos para que puedan comer. Y mi yerno que, según dicen, ganaba treinta mil francos en los Tribunales, va a descuidar los Tribunales por la Cámara…

—Eso, señor Crevel, es algo aparte que nos aleja del asunto. Pero para acabar con todo eso, si mi hijo llega a ser ministro, si le hace a usted nombrar oficial de la Legión de Honor y consejero de la Prefectura de París, creo que para un antiguo perfumista no tendrá usted por qué quejarse.

—¡Ah! Ya estamos en ello, señora. Soy un tendero, un comerciante, un antiguo vendedor de pasta de almendra, de agua de Portugal y de aceite cefálico, y debo sentirme muy honrado con haber casado a mi hija única con el hijo del señor barón Hulot de Ervy, pues mi hija será baronesa. Esto es Regencia, es Luis XV, es aristocrático, está muy bien… Quiero a Celestina como se quiere a una hija única; la quiero tanto que, para no darle hermanos, acepté todos los inconvenientes de la viudedad en París (¡y en la fuerza de la edad, señora!); pero sepa usted que, a pesar de ese insensato amor para mi hija, no mermaré mi fortuna para su hijo, cuyos gastos a mí, que soy negociante, no me parecen claros.

—Caballero, en este mismo instante ve usted en el Ministerio de Comercio al señor Popinot, un antiguo droguista de la calle de los Lombardos…

—¡Amigo mío, señora!… —dijo el perfumista retirado—. Porque yo, Celestino Crevel, antiguo primer dependiente del padre César Birotteau, compré las existencias del dicho Birotteau, suegro de Popinot; el cual Popinot, simple dependiente en aquel establecimiento, es quien me lo recuerda, pues no acostumbra a ser orgulloso (es una justicia que hay que hacerle) con las gentes acomodadas y que poseen sesenta mil francos de renta.

—Bueno, caballero; las ideas que usted califica con la palabra Regencia no están ya en su lugar en una época en que se acepta a los hombres por su valor personal; y eso es lo que usted ha hecho al casar a su hija con mi hijo…

—¡Usted no sabe cómo se concertó ese matrimonio! —exclamó Crevel—. ¡Ah! ¡Maldita vida de soltero! ¡Sin mis calaveradas, mi Celestina sería hoy la vizcondesa de Popinot!

—Pero una vez más, no discutamos sobre cosas pasadas —repuso enérgicamente la baronesa—. Hablemos del motivo de queja que me proporciona la conducta extraña de usted. Mi hija Hortensia ha

podido casarse; su matrimonio dependía completamente de usted; le creía animado de sentimientos generosos; pensé que sabría hacer justicia a una mujer que jamás ha tenido en su corazón otra imagen que la de su marido; que habría usted reconocido la necesidad en que estaba de no recibir a un hombre capaz de comprometerla, y que usted se apresuraría, por honor a la familia con la que está unido, a favorecer el enlace de Hortensia con el consejero señor Lebás… Y usted, caballero, ha hecho fracasar ese matrimonio…

—Señora —respondió el antiguo perfumista—, he obrado como un hombre honrado. Vinieron a preguntarme si los doscientos mil francos de dote atribuidos a la señorita Hortensia serían pagados, y yo respondí textualmente lo siguiente: «No lo garantizaría. Mi yerno, a quien la familia Hulot constituyó como dote una suma semejante, tenía deudas, y creo que si el señor Hulot de Ervy muriese mañana, su viuda se quedaría sin pan». Esto es todo, hermosa señora.

—¿Habría usted empleado ese lenguaje, caballero —preguntó la señora Hulot, mirando fijamente a Crevel—, si por usted hubiera yo faltado a mis deberes?…

—No habría tenido derecho para decirlo, querida Adelina —exclamó aquel singular amante, cortando la palabra a la baronesa—, porque usted habría encontrado la dote en mi cartera…

Y uniendo la acción a la palabra, el gordo Crevel puso una rodilla en tierra, y viendo a la señora Hulot sumida por aquellas palabras en un mudo horror, que él tomó por incertidumbre, le besó la mano.

—Comprar la felicidad de mi hija a costa de… ¡Oh! Levántese usted, caballero, o llamo…

El antiguo perfumista se levantó con gran dificultad. Aquella circunstancia púsole tan furioso, que recobró su posición. Casi todos los hombres se encariñan con una postura con la que creen hacer resaltar todas las ventajas de que les ha dotado la Naturaleza. En Crevel esta actitud consistía en cruzar los brazos a la manera de Napoleón, poniendo la cabeza de perfil y lanzando su mirada como el pintor se la hacía dirigir en su retrato, es decir, hacia el horizonte.

—Guardar —dijo él, con un furor bien fingido—, guardar respetos a un liberti…

—A un marido, caballero, que se los merece —repuso la señora Hulot, interrumpiendo a Crevel para no dejarle pronunciar palabras que no quería oír.

—Mire, señora, usted me ha escrito para que viniese, usted quiere saber las razones de mi proceder, usted me saca de quicio con sus actitudes de emperatriz, con su desdén y su… desprecio.

¿No se diría que yo soy un negro? Créame, se lo repito, tengo derecho para hacerle… para hacerle a usted la corte… pues… Pero, no, la quiero a usted demasiado para callarme…

—Hable usted, caballero; dentro de pocos días cumplo cuarenta y ocho años y no soy una necia mojigata; puedo oírlo todo…

—Vamos a ver… ¿Me da usted su palabra de mujer honrada —pues, desgraciadamente para mí, es usted honrada— de no nombrarme nunca, de no decir que soy yo quien la descubrió este secreto?

—Si ésa es la condición de la revelación, le juro no decir nunca a nadie, ni siquiera a mi marido, la persona por quien yo haya sabido las enormidades que usted va a confiarme.

—Lo creo, puesto que no se trata más que de usted y de él. La señora Hulot palideció.

—¡Ah, si todavía quiere usted a Hulot, va usted a sufrir! ¿Quiere usted que me calle?

—Hable usted, caballero, puesto que, según dice, se trata de justificar ante mis ojos las

declaraciones que me ha hecho y su persistencia en atormentar a una mujer de mi edad, que quisiera casar a su hija y después… morirse tranquila.

—Usted lo ve, es desgraciada…

—¿Yo, caballero?

—¡Sí, bella y noble criatura! —exclamó Crevel—. No has hecho más que sufrir demasiado…

—¡Caballero, cállese usted y salga, o hábleme de una manera conveniente!

—¿Sabe usted, señora, cómo nos conocimos el señor Hulot y yo?… En casa de nuestras queridas, señora.

—¡Oh! ¡Caballero!…

—En casa de nuestras queridas, señora —repitió Crevel con tono melodramático, abandonando su posición para hacer un gesto con la mano derecha.

—Está bien, caballero. ¿Y después? —dijo tranquilamente la baronesa, con gran aturdimiento de Crevel.

Los seductores de poco más o menos jamás comprenden a las almas grandes.

—Yo, viudo desde hace cinco años —repuso Crevel, hablando como un hombre que se dispone a contar su historia—, no queriendo volverme a casar, por el interés de mi hija, a la que idolatro, y no queriendo tampoco tener líos en mi casa, aunque tuviese entonces una muy bonita señora en la caja, le puse un piso, según se acostumbra a decir, a una obrerita de quince años, de una belleza milagrosa y de la que, lo confieso, me enamoré hasta perder la cabeza. Tanto, señora, que rogué a mi propia tía, haciéndola venir de mi país (¡la hermana de mi madre!) que viviese con aquella encantadora criatura y la vigilase, con el fin de que permaneciese todo lo prudente que era posible en aquella situación,

¿cómo diré?… chocante… no, ilícita… La pequeña, cuya vocación para la música era visible, tuvo maestros y recibió educación (¡había que ocuparla en algo!). Por otra parte, yo quería ser a la vez su padre, su bienhechor y, soltemos la palabra, su amante; matar dos pájaros de un tiro, haciendo una buena acción y una buena amiga. He sido feliz durante cinco años. La pequeña tiene una de esas voces que son la fortuna de un teatro, y no puedo calificarla de otro modo que diciendo que es un Duprez en enaguas. Me ha costado dos mil francos al año, únicamente para proporcionarle su talento de cantante, y tan loco me volvió por la música, que tuve abonado para ella y para mi hija un palco en los Italianos. Yo iba a él, alternativamente, un día con Celestina y otro día con Josefa…

—Pero ¡cómo! ¿Esa ilustre cantante…?

—Sí, señora —repuso Crevel con orgullo—. Esa famosa Josefa me lo debe todo… En fin, cuando la pequeña tuvo veinte años, en 1834, creyendo haberla ligado a mí para siempre y habiéndome vuelto muy débil con ella, quise procurarle algunas distracciones dejándola verse con una linda actriz joven llamada Jenny Cadine, cuyo destino tenía alguna semejanza con el suyo. También esta actriz se lo debía todo a un protector, que la había educado a su gusto. Este protector era el barón Hulot…

—Lo sé, caballero —dijo la baronesa con voz tranquila y sin la menor alteración.

—¡Bah! —gritó Crevel, cada vez más asombrado—. ¡Está bien! Pero ¿sabe usted que ese monstruo de hombre protegió a Jenny Cadine a la edad de trece años?

—Lo sé, caballero. ¿Y qué más? —dijo la baronesa.

—Como Jenny Cadine —repuso el antiguo negociante tenía veinte años, lo mismo que Josefa,

cuando se conocieron, el barón representaba el papel de Luis XV junto a la señorita de Romans, desde 1826, y usted tenía entonces doce años menos…

—Caballero, he tenido mis razones para dejar al señor Hulot en libertad.

—Esa mentira, señora, bastará indudablemente para borrar todos los pecados que usted haya cometido y le abrirá las puertas del cielo —replicó Crevel con un aire sagaz que hizo ruborizarse a la baronesa—. Diga usted eso a otros, mujer sublime y adorada; pero no al padre Crevel que, sépalo usted bien, ha banqueteado en partidas de dos a dos demasiadas veces con su infame marido para no saber todo lo que usted vale. Muchas veces, entre copa y copa, dirigíase reproches, detallándome las perfecciones de usted. ¡Oh! La conozco a usted bien; es usted un ángel. Entre una muchacha de veinte años y usted, un libertino vacilaría; yo, no vacilo.

—¡Caballero!…

—Bueno, me detengo… Pero sepa usted, santa y digna mujer, que los maridos, una vez borrachos, cuentan tantas cosas de sus esposas en casa de sus queridas, que ríe uno hasta reventar.

Las lágrimas de pudor que rodaron entre las hermosas pestañas de la señora Hulot detuvieron en seco al guardia nacional, quien ya no pensó en volverse a poner en posición.

—Continuaré —dijo—. El barón y yo nos hicimos amigos por nuestras queridas. El barón, como todas las gentes viciosas, es muy amable y realmente un buen muchacho. ¡Oh, cómo me agradaba aquel perillán! Tenía unas ocurrencias… En fin, dejemos esos recuerdos… Llegamos a ser como hermanos… El infame, completamente Regencia, trataba de depravarme, predicándome el sansimonismo con respecto a las mujeres, dándome ideas de gran señor, de aristócrata; pero vea usted, yo quería mi pequeña hasta el punto de haberme casado con ella, sí no le hubiese temido a tener hijos. Entre dos viejos papás, amigos… como lo éramos nosotros, ¿cómo quiere usted que no pensásemos en casar a nuestros hijos? Tres meses después del matrimonio de su hijo con mi Celestina, Hulot (no sé cómo pronuncio su nombre, ¡el infame!, puesto que nos ha engañado a los dos, señora), pues bien, el infame me sopló a mi pequeña Josefa. Ese malvado, que se sabía suplantado por un joven consejero de Estado y por un artista (¡perdone lo poco!) en el corazón de Jenny Cadine, cuyos éxitos eran cada vez más burlones, me quitó mi pobre queridita, una bendición de Dios; pero seguramente la habrá visto usted en los Italianos, donde él la hizo entrar con su influencia. Su marido no es tan prudente como yo, que soy tan pautado como un papel de música (había ya gastado mucho con Jenny Cadine, que le costaba muy cerca de treinta mil francos al año). Pues bien, sépalo usted, señora, acaba de arruinarse por Josefa. Josefa es judía, se llama Mirah, que es el anagrama de Hiram, un nombre israelita para poder reconocerla, porque es una niña abandonada en Alemania (las indagaciones que yo he hecho prueban que es hija natural de un rico banquero judío). El teatro, y sobre todo las instrucciones que Jenny Cadine, la señora Schontz, Málaga y Carabina le han dado acerca de la manera de tratar a los viejos a esa pequeña que yo tenía en una vida honesta y poco costosa, han desarrollado en ella el instinto de los primeros hebreos para el oro y las alhajas; en una palabra, para el becerro de oro. La célebre cantante, convertida en áspera para mi educación, quiere ser rica, muy rica. Por eso no disipa nada de lo que por ella disipan. Se ha ensayado sobre el señor Hulot, a quien ha desplumado. ¡Oh! ¡Lo que se dice afeitado! Este desgraciado, después de haber luchado contra uno de los Keller y contra el marqués de Esgrignon, locos los dos por Josefa, sin contar los idólatras desconocidos, va a vérsela robar por ese duque tan

poderosamente rico que protege a las artes. ¿Cómo lo llaman ustedes?… Un enano… ¡Ah! El duque de Herouville. Este gran señor tiene la pretensión de tener para él solo a Josefa. Todo el mundo cortesanesco habla de ello, y el barón no sabe nada; pues esto pasa en el decimotercer distrito lo mismo que en todos los demás; el amante es, como los maridos, el último que se entera. ¿Comprende usted ahora mis derechos? Su esposo, hermosa dama, me ha privado de mi felicidad, de la única alegría que he tenido después de mi viudedad. Sí, si no hubiese tenido la desgracia de tropezarme con ese viejo ridículo, poseería todavía a Josefa; porque yo, vea usted, nunca la hubiese metido en el teatro, hubiera permanecido retirada, prudente y mía. ¡Oh, si usted la hubiese visto hace ocho años: delgada y nerviosa, la tez morena de una andaluza, como dicen, los cabellos negros y lucientes como la seda, ojos con largas pestañas negras que lanzaban relámpagos, una distinción de duquesa en los gestos, la modestia de la pobreza, la gracia honesta, la gentileza de una corza salvaje! Por culpa del señor Hulot, todos esos encantos, esa pureza, todo, se ha convertido en un cepo para cazar lobos, en una hucha para las monedas de cinco francos. Como suele decirse, la pequeña es la reina de las impuras. En fin, hoy hasta murmura, ella que no sabía nada, ni siquiera el significado de esa palabra.

En aquel momento el antiguo perfumista se enjugó los ojos, por donde rodaban algunas lágrimas. La sinceridad de aquel dolor obró sobre la señora Hulot, que salió de la especie de meditación en que había caído.

—Pues bien, señora, ¿puede uno a los cincuenta y dos años volver a encontrar un tesoro parecido? A esta edad el amor cuesta treinta mil francos anuales; he conocido la cifra por su marido, y yo quiero demasiado a Celestina para arruinarla. Cuando la vi a usted en la primera reunión que nos dio, no supe comprender cómo ese infame Hulot podía entretener a una Jenny Cadine… Tenía usted todo el aire de una emperatriz… Usted no tiene treinta años, señora —repuso—; me parece usted joven y es usted hermosa. Le doy mi palabra de honor de que aquel día me sentí profundamente conmovido y me dije: «Si no tuviese a mi Josefa, puesto que el papá Hulot abandona a su mujer, ésta me vendría al pelo». ¡Ah! Perdóneme, es un término de mi antiguo ser. El perfumista reaparece en mí de cuando en cuando, y eso precisamente es lo que me impide aspirar a ser diputado. Así que en cuanto me vi tan vilmente engañado por el barón, pues entre dos viejos perillanes como nosotros las queridas de los amigos debieran ser sagradas, me juré a mí mismo quitarle su mujer. Era de justicia. El barón no tendría nada que decir, y podemos contar con la impunidad. Usted me puso de patitas en la calle como a un perro sarnoso a las primeras palabras que le he comunicado del estado de mi corazón; con eso ha redoblado usted mi amor, mi terquedad el usted quiere, y será usted mía.

—¿Cómo?

—No lo sé, pero será. Mire, señora, un imbécil perfumista, ¡retirado!, que no tiene más que una idea en la cabeza, es más fuerte que un hombre de talento, que las tiene a millares. Estoy chiflado por usted, y es usted ¡mi venganza! Le hablo con el corazón en la mano, como hombre decidido a todo. Lo mismo que usted me dice: «No seré suya», hablo fríamente con usted. En fin, según el refrán, juego a cartas vistas. Sí, será usted mía, en un tiempo dado… ¡Oh! Aunque tenga usted cincuenta años, todavía será usted mi querida. Y esto sucederá, porque de su marido lo espero todo…

La señora Hulot lanzó sobre aquel burgués calculador una mirada tan fija de terror, que él creyó que se habla vuelto loca y se detuvo.

—Usted lo ha querido, me ha cubierto con su desprecio, me ha desafiado, ¡y he hablado! —dijo,

experimentando la necesidad de justificar la falta de cortesía de sus últimas palabras.

—¡Oh, hija mía! ¡Hija mía! —exclamó la baronesa con una voz de moribunda.

—¡Ah! ¡Ya no conozco a nadie! —repuso Crevel—. El día en que me quitaron a Josefa yo estaba como un tigre a quien le arrebatan sus cachorros… En fin, estaba como la veo a usted en este momento. Su hija es para mí el medio de conseguirla a usted. Sí, he hecho abortar el enlace de su hija… y no la casará usted sin mi ayuda. Por muy hermosa que sea Hortensia, la hace falta una dote…

—¡Ay de mí! Sí —dijo la baronesa, enjugándose los ojos.

—Pues bien, trate usted de pedir diez mil francos al barón —repuso Crevel, recobrando su posición favorita.

Y esperó durante un momento como un actor que señala una pausa.

—Si los tuviese se los daría a la que reemplazase a Josefa —dijo forzando a su medium—. En la senda en que está, ¿se mantiene alguien? ¡Le gustan demasiado las mujeres! (En todo hay un justo medio, como dijo nuestro rey.) ¡Y, además, en esto mézclase la vanidad! ¡Es un hombre guapo! ¡Los llevará a todos ustedes a la miseria por divertirse él! Por otra parte, ya está usted camino del hospital. Mire, desde que no he puesto los pies en esta casa, no ha podido usted renovar los muebles de su salón. La palabra apuro parece como si vomitase por todas las grietas de estas telas. ¿Cuál es el yerno que no saldría horrorizado de las demostraciones mal disimuladas de la más horrible de las miserias, la de las gentes comme il faut? He sido droguero, Y conozco todo eso. No hay nada como el golpe de vista de un comerciante de París para saber descubrir la riqueza real y la riqueza aparente… Están ustedes sin un céntimo —díjole en voz baja—. Se ve en todo, hasta en el vestido de vuestro criado.

¿Quiere usted que le revele horribles misterios que están ocultos a sus ojos?…

—Caballero —dijo la señora Hulot, que lloraba a lágrima viva—, ¡basta, basta!

—Pues bien, mi yerno da dinero a su padre, y esto es lo que quería decirla al principio respecto a los gastos de su hijo. Pero yo velo por los intereses de mi hija… esté usted tranquila.

—¡Oh! ¡Casar a mi hija y morir!… —exclamó la desgraciada mujer, perdiendo la cabeza.

—Pues bien, aquí tiene el medio —dijo el antiguo perfumista.

La señora Hulot miró a Crevel con un aire esperanzado que cambió tan rápidamente su fisonomía, que este solo movimiento debiera haber enternecido a aquel hombre y hacerle abandonar su ridículo proyecto.

—Usted será hermosa diez años todavía —repuso Crevel, en posición—; sea bondadosa conmigo, y la señorita Hortensia se casará. Hulot me ha otorgado el derecho, como decía a usted, de hablar tan claramente, y no se enfadará. Desde hace tres años voy aumentando mis capitales, porque mis calaveradas se han restringido. Tengo trescientos mil francos de lucro, además de mi fortuna, que son suyos…

—Salga usted, caballero —dijo la señora Hulot—, salga, y no vuelva a ponerse ante mi vista. Sin la necesidad en que me ha colocado usted de saber el secreto de su cobarde conducta en el asunto del matrimonio proyectado para Hortensia… Sí, cobarde… —repuso a un gesto de Crevel—. ¿Por qué hacer pesar semejantes odios sobre una pobre joven, sobre una criatura hermosa e inocente?… Sin esa necesidad que hería mi corazón de madre no me hubiese usted vuelto a hablar, no hubiera vuelto a entrar en mi casa. Treinta y dos años de honradez y de lealtad de mujer no perecerán bajo los golpes del señor Crevel…

—Antiguo perfumista, sucesor de César Birotteau, A la reina de las rosas, calle de San Honorato

—dijo irónicamente Crevel—, antiguo adjunto del alcalde, capitán de la Guardia Nacional, caballero de la Legión de Honor, enteramente lo mismo que mi predecesor.

—Caballero —repuso la baronesa—, el señor Hulot después de veinte años de constancia, ha podido cansarse de su mujer, pero esto no le importa a nadie más que a mí; pero ya ve usted, señor, que ha ocultado bien sus infidelidades, pues ignoraba le hubiese sucedido a usted en el corazón de la señorita Josefa…

—¡Oh! —exclamó Crevel—. ¡A precio de oro, señora!… Esa curruca, desde hace dos años, le cuesta más de cien mil francos. ¡Ah! ¡Ah! No está usted enterada de todo…

—Dé usted tregua a todo esto, señor Crevel. Por usted no he de renunciar a la dicha que experimenta una madre pudiendo abrazar a sus hijos sin sentir remordimientos en el corazón, viéndose respetada, querida por su familia, y entregaré sin mancha mi alma a Dios…

—¡Amén! —dijo Crevel con esa amargura diabólica que se esparce sobre el rostro de las personas pretenciosas cuando han naufragado otra vez en parecidas empresas—. Usted no conoce la miseria en su último periodo, la vergüenza…, el deshonor… He intentado instruirla, quisiera salvarlas, a usted y a su hija… Pues bien, usted deletreará la parábola moderna del padre pródigo desde la primera letra hasta la última. Sus lágrimas y su altivez me conmueven, porque ver llorar a una mujer a la que se ama es horrible… —dijo Crevel, sentándose—. Todo lo que puedo prometerle, querida Adelina, es no hacer nada contra usted ni contra su marido; pero no mande usted nunca a mi casa a pedir informes. ¡Eso es todo!

—¿Qué hacer, pues? —exclamó la señora Hulot.

Hasta entonces la baronesa había sostenido valerosamente las triples torturas que aquella explicación imponía a su corazón, pues sufría como mujer, como madre y como esposa. En efecto, cuanto más arrogante y agresivo se había mostrado el suegro de su hijo, tanto más fuerza había encontrado en la resistencia que oponía a la brutalidad del droguero; pero la bondad que éste manifestaba en medio de su exasperación de amante rechazado, de guapo guardia nacional humillado, aflojó sus fibras, prontas a romperse; se retorció las manos, se deshizo en lágrimas, y estaba en tal estado de estúpido abatimiento, que se dejó besar las manos por Crevel, puesto de rodillas ante ella.

—¡Dios mío! ¿Qué hacer? —repuso, enjugándose los ojos—. ¿Puede ver una madre fríamente a su hija perecer? ¿Cuál será la suerte de una criatura tan hermosa, tan fuerte por su vida casta al lado de su madre como por su naturaleza privilegiada? Algunos días se pasea por el jardín, triste, sin saber por qué; la encuentro con los ojos llorosos…

—Tiene veintiún años —dijo Crevel.

—¿Es preciso meterla en un convento? —preguntó la baronesa—. Pues en semejantes crisis, la religión es a menudo impotente contra la naturaleza; las hijas más piadosamente educadas pierden la cabeza… Pero levántese usted, caballero. ¡No ve usted que ahora todo ha terminado entre nosotros, que me da usted horror, que ha derribado la última esperanza de una madre!…

—¿Y si la levantase?… —dijo.

La señora Hulot miró a Crevel con una expresión delirante que le conmovió; pero ocultó la piedad de su corazón, a causa de esta frase: ¡Me da usted horror! La virtud es siempre demasiado de

una pieza, ignora los matices y los temperamentos con ayuda de los que se sale de una falsa posición.

—¡Oh! Aunque una muchacha sea tan hermosa como la señorita Hortensia, hoy no se casa sin dote —hizo observar Crevel, volviendo a tomar su aire molesto—. Su hija posee una de esas bellezas espantosas para los maridos; es como uno de esos caballos de lujo que exigen cuidados demasiado costosos, para tener muchos compradores. ¡Ir por la calle dando el brazo a una mujer semejante! Todo el mundo le mirará, le seguirá, deseará a su esposa. Este éxito inquieta a muchas gentes que no quieren tener que matar amantes; porque, después de todo, nunca se mata más que uno. Usted no puede, en la situación en que se encuentra, casar a su hija sino de tres maneras: ¡con mi ayuda, usted no quiere! También, encontrando un viejo de sesenta años, muy rico, sin hijos, que los desee tener…; esto, aunque es difícil, puede encontrarse; si hay tantos viejos que toman Josefas, Jenny Cadine, ¿por qué no se va a encontrar uno que hiciera la misma tontería legalmente?… Si yo no tuviese a mi Celestina y nuestros dos nietos, me casaría con Hortensia. De las dos, la última manera es la más fácil…

La señora Hulot alzó la cabeza y miró al antiguo perfumista con ansiedad.

—París es una ciudad donde se dan cita todas las gentes de energía, que crecen como salvajes sobre el territorio francés, y en él pululan muchos talentos, sin casa ni hogar, valientes capaces de todo, hasta de hacer fortuna… Pues bien, esos mozos… (Su servidor lo fue en su tiempo, y ha conocido varios… ¿Qué tenía Tillet, qué tenía Popinot, hace veinte años? Chapoteaban los dos en la tienda de papá Birotteau, sin otro capital que el deseo de llegar a ser que, según yo, vale tanto como el más hermoso capital… ¡Los capitales se consumen, mientras que la moral siempre permanece!…

¿Qué tenía yo?… El deseo de medrar, decisión. Tillet es hoy igual a los más importantes personajes. El pequeño Popinot, el droguista más rico de la calle de los Lombardos, ha llegado a diputado y ya le tenemos ministro…) Pues bien, uno de esos condotieros, como suele decirse, de la comandita, de la pluma o de la brocha, es el único ser capaz, en París, de casarse con una muchacha sin un cuarto, pues todos ellos son gentes de valor. El señor Popinot se ha casado con la señorita Birotteau sin esperar un céntimo de dote. ¡Esas gentes son locas, creen en el amor lo mismo que creen en su fortuna y en sus facultades! Buscad un hombre de energía que se enamore de vuestra hija, y se casará con ella sin mirar al presente. No me negará usted que para ser un enemigo no carezco de generosidad, ya que este consejo va en contra mía.

—¡Ah, señor Crevel! Si quisiera usted ser mi amigo, abandonar esas ideas ridículas…

—¿Ridículas? Señora, no se haga usted tan poco favor, mírese usted… ¡Yo la amo y usted vendrá a mí! Quiero que llegue un día en que pueda decirle a Hulot: «¡Tú me quitaste a Josefa y yo a tu mujer!…». ¡Es la antigua ley del Talión! Y perseguiré la realización de mi proyecto, a menos que usted no llegue a ser excesivamente fea. Triunfaré, por lo siguiente —dijo, poniéndose en posición y mirando a la señora Hulot—: Usted no encontrará ni un viejo ni un joven que se enamoren —repuso tras una pausa—, porque quiere usted demasiado a su hija para entregarla a los manejos de un viejo libertino y, por otra parte, no se resignará usted, la baronesa Hulot, la hermana del viejo teniente general que mandaba los viejos granaderos de la antigua guardia, a tomar el hombre de energía allí donde esté, pues podría ser un simple obrero, como era simple mecánico hace diez años alguno que hoy es millonario, simple capataz, simple contramaestre de una fábrica. Y entonces, viendo a su hija, empujada por sus veinte años, capaz de algo deshonroso, usted se dirá: «Vale que sea yo la que se

deshonre; y si el señor Crevel quiere guardarme el secreto, voy a ganar la dote de mi hija, doscientos mil francos por diez años de vínculo con ese antiguo vendedor de guantes… ¡el padre Crevel!…». Le aburre a usted, y lo que digo es profundamente inmoral, ¿verdad? Pero si se viese usted atacada por una pasión irresistible, se haría usted, para obedecer a ella, los mismos razonamientos que se hacen todas las mujeres que aman… Pues bien; el interés por Hortensia meterá dentro de su corazón estas capitulaciones de la conciencia…

—Le queda a Hortensia un tío…

—¿Quién? ¿El padre Fischer?… Tiene que arreglar sus negocios, y por culpa del barón, cuyo rastrillo pasa sobre todas las cajas que están a su alcance.

—El conde Hulot…

—¡Oh! Señora, su marido ha recurrido ya a las economías del viejo teniente general; con ellas ha amueblado la casa de su cantante… Vamos a ver… ¿Dejará usted que me vaya sin alguna esperanza?

—Adiós, caballero. Se cura fácilmente de una pasión por una mujer de mi edad, y confío que acabará por adoptar ideas cristianas. Dios protege a los desgraciados…

La baronesa se levantó para obligar al capitán a retirarse, acompañándole hasta el gran salón.

—¿Acaso debe vivir la hermosa baronesa Hulot entre semejantes guiñapos? —dijo.

Y señaló una lámpara vieja, una araña desdorada, los cordones de la alfombra; en suma, los andrajos de la opulencia, que convertían aquel gran salón blanco, rojo y oro en un cadáver de las fiestas imperiales.

—La virtud, caballero, brilla sobre todo esto. ¡No tengo deseo de poseer un magnífico mobiliario convirtiendo esa belleza que usted me otorga en cepos para cazar lobos, en huchas para las monedas de cinco francos!

El capitán se mordió los labios al reconocer las palabras con que acababa de calificar la avidez de Josefa.

—¿Y por quién esa perseverancia? —dijo.

En aquel momento la baronesa llegaba con el antiguo perfumista a la puerta.

—¡Por un libertino!… —añadió, haciendo una mueca de hombre virtuoso y millonario.

—Señor, si tuviese usted razón, entonces mi constancia tendría algún mérito. Eso es todo.

Dejó al capitán después de haberle saludado como se saluda para quitarse de encima un importuno, y volvióse lo bastante lentamente para verle por última vez recobrar su posición. Fue a abrir las puertas que había cerrado y no pudo advertir el gesto amenazador con que Crevel le dijo adiós. La baronesa andaba altivamente, noblemente, como un mártir en el Coliseo. Sin embargo, había agotado sus fuerzas, pues dejóse caer sobre un diván de su tocador azul, como una mujer que se pone enferma, y permaneció con los ojos clavados en el quiosco en ruinas, donde su hija charlaba con la prima Bela.

Desde los primeros días de su matrimonio hasta aquel momento la baronesa había amado a su marido, como Josefina acabó por amar a Napoleón, con un amor admirativo, con un amor maternal, con un amor cobarde. Si ignoraba los detalles que Crevel acababa de darle, sabía, sin embargo, sobradamente que desde hacía veinte años el barón Hulot le era infiel; pero se había puesto sobre los ojos un velo de plomo, había llorado silenciosamente y jamás se le había escapado una palabra de reproche. En cambio de aquella angelical dulzura había obtenido la veneración de su marido y que la

rodease de una especie de culto divino. El afecto que una mujer demuestra a su marido, el respeto de que ella le rodea son contagiosos dentro de la familia. Hortensia creía a su padre un modelo completo de amor conyugal. En cuanto al hijo, educado en la admiración del barón, en quien cada uno veía a uno de los gigantes que secundaron a Napoleón, sabía que su posición se la debía a su nombre, al puesto y a la consideración paternales; por otra parte, las impresiones de la infancia ejercen una larga influencia, y todavía le tenía miedo a su padre; así, si hubiese sospechado las irregularidades reveladas por Crevel, ya demasiado respetuoso para quejarse, las habría excusado por razones extraídas de la manera que los hombres tienen de ver este asunto.

Ahora es necesario explicar la abnegación extraordinaria de esta hermosa y noble mujer, y he aquí la historia de su vida en pocas palabras.

En un pueblo situado sobre las extremas fronteras de la Lorena, al pie de los Vosgos, tres hermanos llamados Fischer, simples labradores, marcharon, a consecuencia de las quintas republicanas, para ingresar en el ejército llamado del Rin.

En 1799, el segundo de los hermanos, Andrés, viudo, y padre de la señora Hulot, dejó a su hija a los cuidados de su hermano mayor, Pedro Fischer, al que una herida recibida en 1797 le había dejado incapaz de servir, e hizo algunas empresas parciales en los transportes militares, servicio que se le concedió por la protección del ordenador Hulot de Ervy. Por un azar bastante natural, Hulot, que fue a Estrasburgo, vio a la familia Fischer. El padre de Adelina y su joven hermano eran entonces aprovisionadores de los forrajes de Alsacia.

Adelina, de dieciséis años de edad, podía ser comparada a la famosa señora Du Barry. Hija como ella de la Lorena, era una de esas beldades completas, fulminantes; una de esas mujeres semejantes a la señora Tallien, que la Naturaleza fabrica con un esmero particular; les otorga sus dones más preciados, la distinción, la nobleza, la gracia, la finura, la elegancia, una carne aparte, una tez molada en ese taller desconocido donde trabaja la Casualidad. Esas bellas mujeres se parecen todas entre sí: Blanca Capello, cuyo retrato es una de las obras maestras de Broncino; la Venus de Juan Goujon, cuyo original es la famosa Diana de Poitiers; la señora Olimpia, cuyo retrato está en la galería Doria; en fin, Ninón, la señora Du Barry, la señora Tallien, la señorita Georges, la señora Recamier, todas esas mujeres que se han conservado bellas a despecho de los años, de sus pasiones o de su vida de excesivos placeres, tienen en el talle, en la contextura, en el carácter de la belleza semejanzas sorprendentes, capaces de hacernos creer que existe en el océano de las generaciones una corriente afrodisia de la que salen todas las Venus, hijas de la misma onda salada.

Adelina Fischer, una de las más hermosas de esa divina tribu, poseía los caracteres sublimes, las líneas serpentinas, el tejido venenoso de esas mujeres que nacieron reinas. La rubia cabellera que nuestra madre Eva recibió de manos de Dios, una estatura de emperatriz, un aire de grandeza, contornos augustos en el perfil, una modestia pueblerina, detenían a su paso a todos los hombres, encantados ante ella como los aficionados ante un lienzo de Rafael; así, al verla, el ordenador hizo de la señorita Adelina Fischer su mujer, dentro del tiempo legal, con gran asombro de los Fischer, crecidos todos en la admiración por sus superiores.

El mayor, soldado de 1792, herido gravemente en el ataque de las líneas de Wissemburgo, adoraba al emperador Napoleón y a todo lo que se relacionaba con el Gran Ejército. Andrés y Juan hablaban con respeto del ordenador Hulot, aquel protegido del emperador, a quien, por otra parte,

debían su suerte, porque Hulot de Ervy, viéndoles inteligentes y probos, les había sacado de los convoyes del ejército para ponerlos al frente de una administración de urgencia. Los hermanos Fischer habían prestado grandes servicios durante la campaña de 1804. Hulot, al llegar la paz habíales procurado aquella provisión de forrajes en Alsacia, sin saber que más tarde sería enviado a Estrasburgo para allí preparar la campaña de 1806.

Para la joven campesina fue este matrimonio como una asunción. La hermosa Adelina pasó, sin transición, del barro de su pueblo al paraíso de la corte imperial. En efecto en aquel tiempo, el ordenador, uno de los trabajadores más probos y más activos de su Cuerpo, fue nombrado barón, llamado por el emperador y agregado a la Guardia imperial. Aquella hermosa aldeana tuvo el valor de educarse por amor a su marido, de quien estaba realmente loca. Por otra parte, el ordenador en jefe era, como hombre, una réplica a lo que Adelina era como mujer. Pertenecía al Cuerpo escogido de buenos mozos. Alto, bien formado, rubio, de ojos azules y de un fuego, un movimiento y un matiz irresistibles, de elegante talle, se hacía notar entre los de Orsay, los Forbin, los Ouvrad, en fin, en el batallón de los guapos mozos del Imperio. Conquistador e imbuido por las ideas del Directorio en cuestión de mujeres, su carrera galante viose entonces interrumpida durante bastante tiempo por su fidelidad conyugal.

Fue, pues, desde el principio, el barón para Adelina una especie de dios que no podía cometer una falta; ella se lo debía todo: la fortuna, tuvo coche, palacio y todo el lujo de su época; la felicidad, era públicamente amada; un título, era baronesa; la celebridad, la llamaron en París la hermosa señora Hulot; en fin, tuvo el honor de rehusar los homenajes del emperador, que le regaló un collar de diamantes y que la distinguió siempre, pues de tiempo en tiempo preguntaba: «Y la hermosa señora Hulot, ¿sigue siendo honesta?». Era hombre capaz de vengarse de aquel que hubiera triunfado allí donde él había fracasado.

No se necesita, pues, mucha inteligencia para reconocer en un alma sencilla, ingenua y bella como la de la hermosa señora Hulot las razones del fanatismo que ponía en su amor. Después de haberse aferrado a la idea de que su marido no podría tener nunca culpa con ella, en su fuero interno convirtióse en la servidora humilde, adicta y ciega de su creador. Notad, por otra parte, que estaba dotada de un gran sentido, de ese buen sentido del pueblo, que hubo de contribuir a que su educación fuese sólida. En sociedad, hablaba poco, nunca mal de nadie; no buscaba brillar; reflexionaba acerca de todo, escuchaba y buscaba como modelo a las mujeres más honestas, a las de mejor cuna.

En 1815 Hulot siguió la línea de conducta del príncipe de Wissemburgo, uno de sus amigos íntimos, y fue uno de los organizadores de aquel ejército improvisado, cuya derrota terminó el ciclo napoleónico en Waterloo. En 1816 el barón se convirtió en uno de los enemigos del ministerio Feltre, y no se vio reintegrado al Cuerpo de intendencia hasta 1823, pues necesitaban de él para la guerra de España. En 1830 reapareció en la Administración como en la cuarta categoría después de ministro, cuando aquella especie de conspiración hecha por Luis Felipe en los antiguos bandos napoleónicos. Después del advenimiento al trono de la rama del hijo segundo, de la que fue activo cooperador, quedó de director indispensable en el Ministerio de la Guerra. Además había obtenido el bastón de mariscal, y el rey ya no podía hacer nada más por él, a menos de nombrarle ministro o par de Francia.

Desocupado desde 1818 a 1823, el barón Hulot había entrado en el servicio activo cerca de las

mujeres. La señora Hulot hacía remontar las primeras infidelidades de su Héctor al gran final del Imperio. La baronesa había representado, pues, durante doce años, en su hogar, el papel de prima donna assoluta, sin partición. Gozaba siempre de aquella antigua afección inveterada que los maridos sienten por sus mujeres cuando éstas se resignan al papel de suaves y virtuosas compañeras; sabía que ninguna rival resistiría durante dos horas a un reproche hecho a su marido; pero cerraba los ojos y se tapaba los oídos, queriendo ignorar la conducta de su marido fuera de casa. En suma, trataba a su Héctor como una madre trata a un niño mimado. Tres años antes de la conversación que acababa de tener lugar, Hortensia reconoció a su padre en el teatro de las Variedades, en un palco proscenio del primer piso, en compañía de Jenny Cadine, y exclamó:

—¡Allí está papá!

—Te engañas, ángel mío; está en casa del mariscal —respondió la baronesa.

La baronesa había visto perfectamente a Jenny Cadine; pero en vez de sentir una opresión en el corazón viéndola tan linda, se dijo a sí misma: «¡Qué feliz debe de ser ese pillo de Héctor!». Sin embargo, sufría, entregábase secretamente a espantosas rabias; mas volviendo a ver a su Héctor, recordaba siempre sus doce años de felicidad pura y perdía la fuerza para articular una sola queja. Hubiera deseado que el barón la tomase como confidente; pero jamás se había atrevido a darle a entender que conocía sus calaveradas, por respeto a él mismo. Tales excesos de delicadeza sólo se encuentran entre las hermosas hijas del pueblo, que saben recibir golpes sin devolverlos; tiene en las venas restos de la sangre de los primeros mártires. Las muchachas de noble cuna, como son iguales a sus maridos, experimentan la necesidad de atormentarles y de marcar, como se marcan los tantos en el billar, sus tolerancias con palabras mordaces, con un espíritu de venganza diabólica, ya para asegurarse ora una superioridad, ora un derecho a la revancha.

La baronesa tenía un admirador apasionado en su cuñado, el teniente general Hulot, el venerable comandante de los granaderos infantes de la Guardia Imperial, a quien debían darle el bastón de mariscal durante los últimos días de su vida. Este viejo, después de haber mandado, desde 1830 a 1834, la división militar donde se encontraban los departamentos bretones, teatro de sus hazañas en 1799 y 1880, había venido a establecerse en París, cerca de su hermano, al cual significaba siempre un cariño de padre. El corazón del viejo soldado simpatizaba con el de su cuñada; la admiraba como a la más noble y más santa criatura de su sexo. No se había casado, porque había querido tropezar con una segunda Adelina, inútilmente buscada a través de veinte países y de veinte campañas. Para no decaer en aquella alma de viejo republicano sin reproche y sin tacha, de quien decía Napoleón: «Ese valiente Hulot es el más testarudo de los republicanos, pero no me traicionará nunca», Adelina hubiera soportado sufrimientos todavía más crueles que aquellos que le acababan de acometer. Pero aquel viejo, de setenta y dos años de edad, destrozado por treinta campañas, herido en Waterloo por vigésima séptima vez, era para Adelina una admiración, pero no una protección. El pobre conde, entre otras enfermedades no oía más que con ayuda de una trompetilla.

Mientras el barón de Hulot de Ervy fue un guapo mozo, los amores pasajeros no tuvieron influencia alguna sobre su fortuna; pero a los cincuenta años fue preciso contar con las Gracias. A esa edad el amor, en los hombres viejos, se transforma en vicio; se mezclan con él vanidades insensatas. También hacia ese tiempo vio Adelina que su marido se había vuelto de una exigencia increíble para el adorno de su persona, tiñéndose los cabellos y las patillas, usando cinturones y

corsés. Quería seguir siendo guapo a toda costa. Ese culto por su persona, defecto que tan criticado había sido antaño por el barón, llegó en él hasta la minucia. Por fin descubrió Adelina que el Pactolo que desaguaba en casa de las queridas tenía su fuente de origen en su propia casa. Desde hacía ocho años, una considerable fortuna se había disipado, y tan radicalmente, que dos años antes, con ocasión del matrimonio del joven Hulot, el barón se había visto obligado a confesar a su mujer que sus títulos constituían toda su fortuna.

—¿Dónde nos llevará esto? —fue la observación de Adelina.

—Estate tranquila —respondió el consejero de Estado—; te dejo los emolumentos de mi cargo, y yo me ocuparé del matrimonio de Hortensia y de nuestro porvenir haciendo negocios.

La fe profunda de aquella mujer en el alto valor, en las capacidades y en el carácter de su marido había tranquilizado aquella inquietud momentánea.

Ahora la naturaleza de las reflexiones de la baronesa y sus lágrimas, después de la marcha de Crevel, debían imaginarse perfectamente. La pobre mujer sabía que desde dos años antes se encontraba en el fondo de un abismo pero se creía allí sola. Ignoraba cómo se había hecho el matrimonio de su hijo, ignoraba las relaciones de Héctor con la ambiciosa Josefa; además, creía que nadie en el mundo conocía sus dolores. Luego, si Crevel hablaba tan ligeramente de las disipaciones del barón, Héctor iba a perder su consideración. Entreveía en los groseros discursos del antiguo perfumista irritado el compadrazgo odioso al que se debía el matrimonio del joven abogado. ¡Dos perdidas habían sido las sacerdotisas de aquel himeneo, propuesto en alguna orgía, en medio de familiaridades degradantes de dos viejos borrachos!

—¡Se olvida de Hortensia! —se dijo—. Sin embargo, la ve todos los días. ¿Le buscará algún marido entre esos pillos?

La madre, más fuerte que la mujer, hablaba en aquel momento completamente sola, pues veía a Hortensia riendo con su prima Bela, con aquella risa loca de la juventud descuidada, y sabía que aquellas risas nerviosas eran indicios tan terribles como los ensueños llorosos de un paseo solitario por el jardín.

Hortensia se parecía a su madre, pero tenía cabellos de oro, naturalmente ondulados y tan abundantes que asombraban. Sus carnes brillaban como si fuesen de nácar. Veíase claramente en ella el fruto de un matrimonio honesto, de un amor noble y puro en toda su fuerza. Eran un movimiento apasionado en la fisonomía, una alegría en las facciones, un regocijo natural de juventud, una frescura de vida, una riqueza de salud que vibraban fuera de ella y producían rayos eléctricos. Hortensia atraía las miradas. Cuando sus ojos, de un azul marino, nadando en ese fluido que en ellos vierte la inocencia, se detenían sobre un transeúnte, éste se estremecía involuntariamente. Por otra parte, su tez no se veía manchada por ninguna de esas rubicundeces con que las rubias doradas suelen pagar su láctea blancura, no teniendo su cutis alteración alguna. Alta, entrada en carnes sin ser gruesa, de un talle esbelto, cuya nobleza igualaba la de su madre, merecía ese título de diosa tan prodigado por los autores antiguos. Así es que cuantos veían a Hortensia en la calle no podían contener la exclamación: «¡Dios mío, qué muchacha tan hermosa!». Era tan inocente, que al volver a casa acostumbraba a decir:

—Pero ¿qué les pasa a todos, mamá, para exclamar: «¡Qué muchacha tan hermosa!», cuando vas tú conmigo? ¿No eres tú más hermosa que yo?…

Y, en efecto, a los cuarenta y siete años cumplidos la baronesa podía ser preferida a su hija por los aficionados a las puestas de sol; pues, como dicen las mujeres, no había perdido nada de sus ventajas, por uno de esos fenómenos raros, sobre todo en París, donde, en ese género, Ninón escandalizó; tanto pareció robar su parte a las feas en el siglo XVII.

Pensando en su hija, la baronesa volvió al padre, viole cayendo de día en día: por grados, hasta hundirse en el lodo social, y quizá un día despedido del ministerio. La idea de la caída de su ídolo, acompañada de una visión indistinta de las desgracias que Crevel había profetizado, fue tan cruel para la pobre mujer, que perdió el conocimiento a la manera de los extáticos.

La prima Bela, con la que hablaba Hortensia, miraba de tiempo en tiempo para saber cuándo podrían volver al salón; pero su joven prima la distraía tan bien con sus preguntas en el momento en que la baronesa volvió a abrir la puerta vidriera, que ni siquiera se enteró.

Isabela Fischer, cinco años más joven que la señora Hulot y, sin embargo, hija del mayor de los Fischer, estaba lejos de ser bella como su prima; también había estado prodigiosamente celosa de Adelina. La envidia formaba la base de aquel carácter lleno de excentricidades, palabra empleada por los ingleses para designar las locuras, no de las cosas pequeñas, sino de las grandes. Aldeana de los Vosgos, en toda la extensión de la palabra; delgada, morena, de cabellos negros y relucientes, cejas espesas y juntas como un ramillete, los brazos largos y fuertes, pies gruesos, algunas verrugas en su rostro largo y simiesco; tal es el retrato conciso de aquella virgen.

La familia, que vivía en común, había sacrificado a la muchacha vulgar por la muchacha bonita, el fruto áspero por la flor deslumbrante. Sabela trabajaba la tierra, cuando su prima era mimada; así le ocurrió un día que, encontrando sola a Adelina, quiso arrancarle la nariz, una verdadera nariz griega que hasta las viejas admiraban. Aunque fue castigada por aquella maldad, no por eso dejó de seguir rompiendo las ropas y estropeando los collares de la privilegiada.

Cuando el matrimonio fantástico de su prima, Sabela hubo de someterse ante aquel destino, como los hermanos y hermanas de Napoleón se sometieron ante el brillo del trono y el poder del mando. Adelina, excesivamente buena y cariñosa, acordóse en París de Sabela, y la mandó llamar, en 1809, con intención de sacarla de la miseria casándola. En la imposibilidad de casar tan pronto como Adelina hubiese querido a aquella muchacha de ojos negros, de espesas cejas, que no sabía ni leer ni escribir, el barón comenzó por darle una profesión; puso a Sabela como aprendiza en casa de los bordadores de la corte imperial, los famosos hermanos Pons.

La prima, llamada Bela en abreviatura, convertida en obrera bordadora de plata y oro, enérgica como buena montañesa, tuvo la fuerza de voluntad de aprender a leer, a contar y a escribir, ya que su primo, el barón, habíale demostrado la necesidad de poseer esos conocimientos para montar un taller de bordados. Quería hacerse rica, y en dos años se metamorfoseó. En 1811, la campesina fue primera dependienta bastante gentil, bastante diestra y bastante inteligente.

Esta industria, llamada pasamanería de plata y oro, comprendía las charreteras, las agujetas, los cordones; en suma, toda esa inmensa cantidad de cosas brillantes que relucían sobre los ricos uniformes del ejército francés y sobre los uniformes civiles. El emperador, como italiano muy amigo de los vestidos, había bordado de oro y de plata todas las costuras de sus servidores, y su Imperio abarcaba ciento treinta y tres departamentos. Estas provisiones, hechas ordinariamente por los sastres, gentes ricas y sólidas, o directamente por los grandes dignatarios, constituían un

comercio seguro.

En el momento en que la prima Bela, la obrera más hábil de la casa Pons, donde dirigía la fabricación, hubiera podido establecerse, estalló la derrota del Imperio. La rama de olivo de la paz que tenían en la mano los Borbones asustó a Sabela, tuvo miedo de que hubiese una baja en aquel comercio, que no iba a tener ya más que ochenta y seis departamentos que explotar en lugar de ciento treinta y tres, sin contar la enorme reducción del ejército. Espantada, finalmente, por los diversos azares de la industria, rechazó los ofrecimientos del barón, que la creyó loca. Ella justificó aquella opinión riñendo con el señor Rivet, adquiridor de la casa Pons, con quien el barón quería asociarla, volviendo a ser sencilla obrera.

La familia Fischer había caído de nuevo en la precaria situación de donde el barón Hulot la había sacado.

Arruinados por la catástrofe de Fontainebleau, los tres hermanos Fischer sirvieron a la desesperada en los Cuerpos francos de 1815. Al mayor, padre de Sabela, lo mataron. El padre de Adelina, condenado a muerte por un Consejo de guerra, huyó a Alemania y murió en Treves en 1820. El pequeño, Juan, vino a París a implorar a la reina de la familia que, según decían, nadaba en oro y no aparecía nunca en las reuniones más que con diamantes en la cabeza y en el cuello, gruesos como avellanas, regalados por el emperador. Juan Fischer, que entonces tenía cuarenta y tres años, recibió del barón Hulot una suma de diez mil francos para emprender una pequeña empresa de forrajes en Versalles, obtenida en el Ministerio de la Guerra por la influencia secreta de los amigos que el antiguo intendente general allí conservaba.

Estas desgracias de familia, el disfavor del barón Hulot, la certeza de ser poca cosa en aquel inmenso movimiento de hombres, de intereses y de negocios, que hacía de París un infierno y un paraíso, domaron a Bela, la cual perdió entonces toda idea de lucha y de compararse con su prima, después de haber sentido las diversas superioridades de ésta; pero la envidia permaneció oculta en el fondo del corazón, como un germen de peste que puede estallar y destruir una villa si se abre el fatal ovillo de lana donde está comprimido. De tiempo en tiempo solía decirse:

—Adelina y yo somos de la misma sangre; nuestros padres eran hermanos; ella vive en un palacio y yo en una guardilla.

Pero todos los años, el día de su santo y el primero de año, Sabela recibía regalos de la baronesa y del barón; el barón, excelente para con ella, le pagaba la leña para el invierno; el viejo general Hulot la recibía un día en su casa a comer, y tenía siempre puesto el cubierto en casa de su prima. Se burlaban mucho de ella, pero no llegaban a avergonzarse. Finalmente habíanle procurado su independencia en París, donde vivía a su gusto.

En efecto, esta joven tenía miedo a toda clase de yugo. Su prima la ofrecía tenerla en su casa… Bela descubría el ronzal de la domesticidad; muchas veces, el barón había resuelto el problema de casarla; pero seducida en el primer instante, pronto rehusaba temiendo que la reprochasen su falta de educación, su ignorancia y su falta de fortuna; en fin, si la baronesa le hablaba de vivir con su tío y de cuidar de la casa en lugar de ama de llaves, que tenía que costar cara, respondía que de ese modo todavía se casaría menos.

La prima Bela presentaba en sus ideas esa singularidad que se observa en las naturalezas que se han desarrollado muy tarde, entre los salvajes, que piensan mucho y hablan poco. Su inteligencia

aldeana había por otra parte adquirido, en las charlas del taller y con el roce con los obreros y obreras, una dosis de mordacidad parisiense. Esta joven, cuyo carácter se parecía prodigiosamente al de los corsos, trabajaba inútilmente por los instintos de las naturalezas fuertes, hubiera deseado proteger a un hombre débil; pero a fuerza de vivir en la capital, la capital la había cambiado exteriormente. El barniz parisiense no cuajaba en aquella alma vigorosamente templada. Dotada de una astucia que se había vuelto profunda, como todas las personas condenadas a un celibato real, con el giro picante que imprimía a sus ideas hubiese parecido temible en cualquier otra situación. Mala, hubiese hecho reñir a la familia más unida.

Durante los primeros tiempos, cuando tuvo algunas esperanzas en cuyo secreto no penetró nadie, decidióse a llevar corsés, a seguir las modas, y logró entonces un momento de esplendor durante el cual el barón la juzgó casadera… Sabela fue entonces la morena picante de la antigua novela francesa. Su mirada penetrante, su tez verdosa y su talle de caña podían tentar a un mayor retirado; pero ella se contentaba, según decía riendo, con su propia admiración. Por otra parte, acabó por encontrar su vida feliz, después de ver cubiertas sus necesidades materiales, pues comía todos los días fuera de casa, después de haber trabajado desde el amanecer. No tenía, pues, que procurarse más que el almuerzo y el alquiler de la casa, ya que la vestían y la daban muchas de esas provisiones aceptables, como el azúcar, el café, el vino, etc.