La profesora de piano - Vanessa Salt - E-Book

La profesora de piano E-Book

Vanessa Salt

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Beschreibung

Natasha es una pianista que conoció la fama durante la última etapa de la Unión Soviética, pero que ha visto su carrera disminuir a profesora de piano después de la caída de la Unión Soviética y su matrimonio con un mundialmente reconocido pianista sueco. La pianista, de origen lituano, pasa sus solitarios días en el antiguo y elegante apartamento de estilo art noveau en la pequeña ciudad de Uppsala, Suecia, propiedad del matrimonio. Durante una solitaria noche con su consolador favorito, Natasha empieza a fantasear con la fruta prohibida; no con uno, pero con dos de sus jóvenes alumnos, Dionysos y Christian. Después de una noche de pasión y sueños prohibidos en su mente, Natasha empezará un nuevo día donde la realidad superará sus mayores fantasías.

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Seitenzahl: 51

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Vanessa Salt

La profesora de piano

LUST

La profesora de piano

Original title:

Pianolärarinnan - erotisk novell

 

Translated by Raquel Luque Benítez

Copyright © 2019 Vanessa Salt, 2020 LUST, Copenhagen.

All rights reserved ISBN 9788726273854

 

1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

La profesora de piano

 

—Natasha Romanova...

—¿Tienes que presentarte? —Exclamó Gustaf al otro lado del teléfono.

—¡Soy yo!

Natasha miraba fijamente la pantalla del teléfono. El acentuado rostro de Gustaf resplandecía frente a ella; la boca que no sonreía y los finos labios. ¿Por qué habría elegido esa foto en particular?

—Yo… bueno, es mitad de la noche…

—Está bien, cariño… Nat. Salió bien. El concierto, me refiero. Por si te lo estabas preguntando.

—¿Por qué debería estar…?

—El comunicado de prensa me llamó “El virtuoso nórdico”. La primera persona de la gélida Suecia en tocar en Carnegie Hall.

—Bravo.

—Bien, tengo que irme. Mejor dicho, tengo que dormir un poco. Mañana toca Boston, ja, ja.

—¿Symphony Hall?

—Sí, correcto. Bueno, te echo de menos. Un besos y que duermas bien.

Eran las cinco de la madrugada y Natasha Romanova lanzó su iPhone Xs tan lejos como se atrevió en la enorme cama. No sabía si estaba soñando o si aún oía la voz de Gustaf por el teléfono.

No pudo importarle menos.

¿Siempre había sido así?

Quizás.

Pero seguramente debió de haber sido diferente al principio, ¿no?

¡Deja de mentirte!

Natasha no dejaba de dar vueltas en la cama. Pensó en levantarse, pero decidió no hacerlo, hacía frío. El sol de febrero, aunque se molestara en aparecer, no conseguía calentar el enorme apartamento. El gélido aire entraba por las ventanas, bonitas, pero mal aisladas. Siempre había habido alguna razón para quedarse en ese viejo y lujoso apartamento. Precioso, pero poco práctico.

 

—Nosotros preferimos cosas bonitas, ¿verdad, Nat? —Gustaf siempre repetía esa frase cuando alguien hacía algún comentario sobre el descomunal tamaño del apartamento, o sobre su gélido suelo.

—¡Art nouveau! —Exclamaba normalmente como respuesta, con una dramática voz. Gesticulaba sin control en dirección a los ventanales abovedados con el parteluz en el centro, más allá de la estufa de azulejos semicircular de adornados motivos y del estuco sobre las puertas de espejo, y concluía apuntando al piano de cola Steinway situado en el centro de una de las salas. Gustaf solía chasquear la lengua y decir de forma melodramática:

—En este apartamento vivimos, y en este apartamento moriremos.

Aunque yo ya tenía la impresión de haber muerto. O de estar a medio camino.

Las cosas eran diferentes en Vilna, donde creció Natasha.

Pertenecía a una familia rusa y estaba acostumbrada a los lujos. Había recibido una buena educación, estudió en la Academia de Música y disfrutaba de la lujosa vida que la fama le ofrecía.

Las cosas no iban tan mal en la pequeña Vilna.

Pero no todo era perfecto. Los veranos habían sido calurosos y los inviernos fríos. No como ahí, en Uppsala, más pequeña aún, sombría y gris.

Yo era tan virtuosa como Gustaf.

Nadie tocaba al piano las composiciones de Franz Liszt como lo hacía ella. Los cinco conciertos que tocó en el antiguo teatro de Vilna se agotaron sus entradas.

En realidad, no es enorme… quizá tenga 700 butacas.

Después, la Unión Soviética colapsó. Sus padres desertaron y la familia subsistía a duras penas dando clases particulares en ruso, e incluso la misma Natasha tuvo que vender su querido piano. Quizá resultaba un poco sensiblera al decirles a todos los que iban a su casa que Liszt también tuvo que hacer lo mismo una vez.

Fue un desastre.

Natasha se dio la vuelta en la cama. El sudor frío le cubría todo el cuerpo como una sábana pegajosa. Su pelo rubio platino aún estaba medio recogido, después de que su trenza se aflojara y se desbaratara. ¿Cuántas veces había pasado por esto? Ya sabía cómo acabaría.

 

Gustaf tocó en un concierto en Vilna en 1995, cuatro años después de que Lituania se independizara.

Por su parte, Natasha tuvo que escribir una crítica para el periódico ruso, al que le estaba costando pagar el sueldo de sus trabajadores, y también tuvo que entrevistar a la prometedora estrella sueca el día después del concierto.

Obviamente Natasha le causó buena impresión, pues le insistió en salir a cenar con él aquella mima noche. Después de aquello, Gustaf canceló su billete de regreso y conoció a la familia de la joven. Vio el pequeño apartamento en el que vivían y bebió café en sus destartaladas tazas.

Parecía como si mamá y papá estuvieran vendiéndome. Esas melancólicas sonrisas en sus labios. Pero inmensamente agradecidos.

Su hija tendría una vida mejor.

Natasha cerró sus ojos con fuerza. Quizás las imágenes desaparecieran; la manera en que sus padres se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros casi de manera imperceptible.

Pero no, la imágenes permanecieron…

 

Natasha empezó a indagar bajo los cojines. Había pasado mucho tiempo indagando bajo los cojines durante los últimos años; ahí es donde solía esconder su dildo cuando Gustaf no estaba en casa. Ninguno de sus alumnos había entrado nunca en su habitación, que estaba justo al lado de la sala con el piano de cola. Nunca les había permitido mirar dentro; siempre había tenido cuidado en dejar la puerta cerrada.

¿Y si dejara la puerta ligeramente entreabierta? Esta noche, cuando Dionysos esté aquí. ¿O es Christian?

No iba a poder dormirse. Estaba segura.

Joder, ¿en qué estoy pensando?

Era largo y rugoso, con aparentes venas y una gran punta. Esculpidas pelotas. Negro. El negro más oscuro. La silicona brillaba ligeramente bajo la tenue luz. Le encantaba.

Natasha aún recordaba cuando, con aparente indiferencia y llevando unas enormes gafas de sol, entró en la única tienda erótica de la ciudad, aprovechando que no había nadie en la acera a menos de 20 metros de ella.

Siempre se sonrojaba al recordarlo.