La saga de Hrolf Kraki - Poul Anderson - E-Book

La saga de Hrolf Kraki E-Book

Poul Anderson

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Beschreibung

Hrolf Kraki es para los daneses lo que Arturo para los británicos o Carlomagno para los franceses. En esta recreación épica de una saga vikinga auténtica, Poul Anderson nos sumerge en un mundo medieval precristiano poblado de seres feéricos, pero sobre todo capta la naturaleza heroica de un pasado en el que, junto a la brutalidad cotidiana, el honor, la amistad y la camaradería pueden ser indestructibles. Precedida de una introducción del propio Anderson, que nos sitúa en el contexto histórico del relato, la saga se compone de siete largos episodios que narran las gestas de la familia de Hrolf, así como las de sus compañeros y enemigos, y su final junto a sus fieles guerreros "berserkir". "Algo nos sobrevive, por perdida que esté la vida: la memoria no se hunde en el fango. Hasta el fin del destino del mundo permanece, en lo alto del cielo, del nombre del héroe." "Anderson ha tomado una antigua saga danesa y la ha contado de nuevo con una sensibilidad de hoy en día, convirtiéndola en una obra muy especial." Publishers Weekly

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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LA SAGA DE HROLF KRAKI

POUL ANDERSON

Traducción de Lorenzo Martín del Burgo

Revisión de Javier Martín Lalanda

Índice

La historia de Hrolf Kraki: prólogo de Poul Anderson

Capítulo 1. Acerca de la narración

Capítulo 2. La historia de Frodhi

Capítulo 3. La historia de los hermanos

Capítulo 4. La historia de Svipdag

Capítulo 5. La historia de Bjarki

Capítulo 6. La historia de Yrsa

Capítulo 7. La historia de Skuld

Capítulo 8. La historia de Vögg

Créditos

Algo nos sobrevive, por perdida que esté

la vida: la memoria no se hunde en el fango.

Hasta el fin del destino del mundo permanece,

en lo alto del cielo, el nombre de los héroes.

BJARKAMAAL

A mis urdidores de historias favoritos:los finlandeses Chelsea Quinn Yarbro y Emil Petaja.

La historia de Hrolf Kraki

Prólogo de Poul Anderson

Un libro debe hablar por sí mismo. Pero, desde el momento en que éste no es una fantasía moderna, puede que al lector le guste conocer sus fuentes.

En contraste con la Volsungasaga, cuya trama es una historia que se desarrolla en tierras del Rin, el ciclo de Hrolf Kraki y sus héroes es puramente nórdico. En otro tiempo fue ampliamente conocido y tenía múltiples ramificaciones, profundamente ancladas en el alma y en las canciones del pueblo. Pero no tuvo la misma buena fortuna que la historia de Sigmund, Sigurd, el Azote de Fafnir, Brynhild y Gudrun: cuajar en una vigorosa narración en prosa e inspirar poemas que han sobrevivido en su integridad. Por eso es hoy prácticamente desconocido, por lo que merece que lo recordemos de nuevo.

Su argumento, cercano en el tiempo al del Nibelungenlied, es coetáneo con el de Beowulf. De hecho, él y este último se iluminan recíprocamente e incluyen cierto número de personajes comunes. El ejemplo más conspicuo es el del rey Hrothgar, cuya mansión fue liberada de monstruos por Beowulf. En la versión autóctona, Hrothgar es el tío Hroar de Hrolf. Se han hecho suficientes investigaciones adicionales para que no nos quede ninguna duda al respecto.

Ahora podemos fechar esto con bastante aproximación. Gregorio de Tours, en su Historia de los francos, menciona a un rey danés —al que una crónica un poco posterior califica de «geata»—, Chochilaicus, que cayó en el curso de una masiva expedición en Holanda. Tiene que tratarse de aquel señor al que Beowulf llama Hygelac, y Hrolf (y algunos otros fragmentos de sagas nórdicas), Hugleik. Basándonos en esto, podemos afirmar con razonable confianza que era en realidad un geata. No estamos seguros de si este pueblo vivía en Jutlandia o en la región sueca de Götaland, por entonces un reino independiente. Me parece que lo segundo ha de ser lo más probable. En cualquier caso, como ese caudillo fue un personaje real, no hay ninguna duda de que no lo sean otros cuyos nombres ocupan un lugar mucho más importante en la tradición: como los mismos Beowulf y Hrolf.

Hugleik murió entre el 512 y el 520. En consecuencia, Hrolf floreció dos o tres décadas después. Ello sucedía durante el período de las invasiones, de las Völkerwanderungen, cuando había caído Roma y las tribus germánicas estaban en marcha, un tiempo tan salvaje como el mundo no ha visto jamás. Podemos comprender por qué Hrolf Kraki fue gloriosamente recordado, por qué los narradores de la saga, generación tras generación, incorporaban a su séquito a todo héroe que podían, aunque esto significase reservarle cada vez menos parte del ciclo al rey mismo. Su reino fue —por comparación, en cualquier caso; en la narración, al menos— un momento de sol durante una tempestad que rugió durante siglos. Se convirtió para el Norte en lo que Arturo para Gran Bretaña, y Carlomagno, después, para Francia. En la mañana de Stiklestad, quinientos años después y muy lejos en Noruega, a los hombres del rey Olaf el Santo los despertó un escaldo que cantaba en voz alta un Bjarkamaal: uno de esos cantos en los que los guerreros del pagano rey danés Hrolf eran llamados a su última batalla.

Fragmentos de ello han llegado hasta nosotros. Conocemos también el Bjarkarímur, una diferente, y tardía, colección de versos. En su crónica de la leyenda y la historia danesas, el monje que se hace llamar Saxo Grammaticus (ca. 1150-1206) ofrece todavía otro poema, en una larga paráfrasis latina a partir de la cual solamente podemos intentar reconstruir el original. (Un ejemplo se encuentra en el capítulo 1 de «La historia de Skuld», mientras que otras partes han sido elaboradas de una forma más en consonancia con la época, tal y como puede verse en los capítulos 2 y 3.) El libro de Saxo —que probablemente incluye la más antigua relación de Hamlet de que tengamos noticia— cuenta la historia de Hrolf. Adicionalmente, encontramos menciones de ello en la Edda Menor y la Heimskringla de Snorri Sturluson, en la abreviada Skjoldungasaga, y en referencias dispersas en distintos lugares. Las principales fuentes son unos cuantos manuscritos islandeses consagrados completamente a la leyenda. Desafortunadamente, ninguno de éstos es anterior a 1650, y tanto el estilo como la coherencia dejan algo que desear.

Todas las fuentes se contradicen unas a otras, y en ocasiones a sí mismas, en diversos puntos. Más aún, son demasiado fragmentarias, dejan mucho sin explicar para el lector moderno que no sea un especialista en la antigua cultura nórdica.

Me he esforzado por hacer una reconstrucción, si no la reconstrucción: juntar las mejores partes, llenar los huecos, usar las viejas palabras donde me parecían adecuadas y en caso contrario encontrar otras nuevas.

Muchas elecciones y suposiciones pueden parecer discutibles, si no completamente arbitrarias. Sin embargo, podemos dejar a los eruditos el divertido pasatiempo de discutir los detalles. Para mí, las cuestiones más importantes giraban en cómo hacer que el lector disfrutase de la narración, sin que ésta dejase de ser fiel a las fuentes originales.

Por ejemplo, desde mi punto de vista y sin duda el del lector, demasiados nombres comienzan con H- e incluso con Hr-. Como no me sentí con libertad de cambiar esto, a no ser que una de las fuentes ofreciese una alternativa, he intentado escribirlos de tal manera que reduzcan al mínimo las probabilidades de confusión. Por razones similares he usado los topónimos modernos, excepto para territorios como Svithjodh que ahora ya no existen.

Un riesgo mayor reside en el auténtico espíritu de la saga. Aquí no estamos en presencia de El Señor de los Anillos, obra de un autor cristiano y civilizado —aunque probablemente sea una de las variadas fuentes de Tolkien—. Hrolf Kraki vivió en la medianoche de la Edad Media. Matanzas, esclavitud, robo, violaciones, torturas y ritos paganos sangrientos u obscenos formaban parte de la vida diaria. Los finlandeses, en particular, advertirán la brutalidad y la superstición a las que los escandinavos sometieron a su inofensivo pueblo1. Amor, lealtad y honestidad más allá de los más nimios tecnicismos, sólo eran para los parientes, para el jefe y los amigos más íntimos. El resto de la humanidad eran enemigos o presas. Y a menudo, la cólera o la traición rompían los lazos que había que haber respetado.

Adam Oehlenschläger, escribiendo en pleno Romanticismo, podía mirar sentimentalmente a Helgi, Hroar y Hrolf. Yo no. Aunque sólo fuese por eso, necesitamos que hoy nos recuerden que jamás debemos suponer que la civilización se nos dé como cosa hecha.

Espero que el lector sea indulgente con ello, así como con el obligado carácter desgarbado del relato y de lo que hoy sentimos como una carencia de profundidad psicológica. Lo último sólo refleja cómo se veía a sí misma aquella gente. Su conducta nos parece insanamente egoísta; pero para ellos, cada persona era en primer lugar un miembro de su familia y sólo en segundo término —por más codiciosa de riqueza o de fama que se sintiera— ella misma. El Héroe, con mayúscula, no es ninguno de ellos, sino más bien la sangre de Skiold, el Niño de la Gavilla, fluyendo a través de múltiples corazones diferentes.

Me he sentido obligado a dar al lector alguna idea de cómo vivía aquella gente y de cómo funcionaba su sociedad. Sin embargo, mi propósito no era reconstruir una hipotética realidad histórica, sino un mito. Por esta razón he puesto la narración en boca de una persona que vivía en la Inglaterra del siglo X, cuando el ciclo había alcanzado su pleno desarrollo —una mujer, ya que así su estilo narrativo podía escapar al que habría usado un hombre, más propio de la saga—. Por tanto, ella aporta no solamente lo sobrenatural, sino también numerosos anacronismos. La Escandinavia que describe es, en su mayor parte, la que ella misma conoce.

Respecto a los nombres de persona, los de los dioses están en sus formas modernas. Como los de los hombres son exóticos, se miren por donde se miren, se han dejado en el antiguo nórdico, lo que los anglosajones llamamos Old Norse. Ocasionalmente se ha modificado la ortografía, sin embargo, para facilitar al mismo tiempo la impresión y la lectura. Para aquellos lectores que se preocupen de estas cosas, la pronunciación en castellano se ajusta a las siguientes reglas, descansando siempre los acentos en la primera sílaba:

a: generalmente larga; ae: como en alemán ä o, aproximadamente, como en inglés eh;bj: como bi; dh: como th en inglés this;g: siempre suave como gu;hj: como hi;hr: como jr;j: como y; ö: como en alemán o, aproximadamente, como el inglés oo en good;th: como th, en inglés thunder; u: larga como en Skuld, excepto cuando la sigue consonante doble (como en Gunnar); y: como en castellano.

Pero que el lector no se preocupe de estas cosas a no ser que esté especialmente interesado, pues lo que realmente importa es la narración.

1 Por lo menos, las sagas los llaman «finlandeses», aunque, en la actualidad, muchos de ellos serían lapones.

CAPÍTULO 1

Acerca de la narración

Había un hombre llamado Eyvind el Rojo, que vivía en el Danelaw2 de Inglaterra cuando era rey Aethelstan. Su padre era Svein Kolbeinsson, que había llegado allí procedente de Dinamarca y a menudo había vuelto en viajes comerciales. Cuando fue suficientemente mayor, Eyvind se marchó. Sin embargo, como era más inquieto y ambicionaba más que Svein hacerse un nombre, al final entró al servicio del rey. En unos pocos años fue ascendiendo, hasta que en Brunanburh luchó tan vigorosamente y condujo tan bien a sus partidarios que Aethelstan le otorgó su completa amistad y quiso que residiese para siempre en la corte. Eyvind no estaba seguro de que eso fuese lo que deseaba para el resto de su vida, por lo que le pidió permiso para ir a visitar su antiguo hogar.

Encontró a Svein preparándose para otro viaje, y decidido a embarcar. En Dinamarca gozaron de la hospitalidad del caudillo Sigurd Haraldsson. Éste tenía una hija, Gunnvor, una bella doncella a la que Eyvind pronto empezó a cortejar. Los padres pensaron que sería un buen partido para ambas casas; y cuando Eyvind regresó a Inglaterra, se llevó a Gunnvor como su novia.

Entonces tuvo que acompañar al rey, que estuvo viajando ese invierno. Gunnvor fue también. Ella se ganó el corazón de las damas de la corte, porque podía hablar largamente sobre tierras y caminos extranjeros. Aunque Aethelstan no estaba casado, le llegaron noticias de ello: especialmente de una larga saga de los viejos días que ella estaba relatando. La llamó a su pabellón, donde se sentaba con sus hombres.

—Éstas son noches lóbregas —la reprendió riendo—. ¿Por qué das a las mujeres un placer que a mí me rehúsas?

—Solamente contaba historias, señor —dijo ella.

—Bastante buenas, según he oído —respondió el rey.

Se la veía cohibida. Eyvind tomó la palabra en su nombre:

—Señor, conozco estas historias, y puede que no sean adecuadas para vuestra compañía —su mirada cayó en el obispo que se sentaba cerca—. Es un cuento pagano —Eyvind mantenía en secreto que aún daba culto a los elfos.

—Bien, ¿y qué importa? —preguntó Aethelstan—. Si yo contase entre mis amigos con un hombre como Egil Skallagrimsson...

—No hay nada malo en oír hablar de los antepasados, mientras no olvidemos que estaban equivocados —dijo el obispo—. Más aún, nos puede ayudar a comprender a los paganos de nuestro tiempo, y así enseñarnos el mejor camino para conducirlos a la Fe —después de un instante, añadió pensativo—: Debo confesar que pasé mi juventud estudiando en el extranjero y conozco menos sobre vosotros los daneses que la mayoría de los ingleses. Os estaría agradecido si pudierais explicarme las cosas a vuestra manera, mi señora Gunnvor.

Y así quedaron las cosas, de suerte que aquel invierno ella pasó muchas noches hablándoles de Hrolf Kraki.

2 La zona de Inglaterra que había quedado asignada a los daneses en tiempos del rey Alfredo el Grande, por el siglo IX. (J. M. L.)

CAPÍTULO 2

La historia de Frodhi

I

En aquellos días, Dinamarca era menos extensa que ahora. Abarcaba la gran isla de Selandia y las otras pequeñas a su alrededor. Excepto por los cretosos acantilados de Mön al Sur, es un país llano, en el que las colinas se ondulan tan suavemente como fluyen los ríos. Luego, hacia el Este, al otro lado del Sund, se encuentra Escania. La parte más angosta del estrecho, que puede recorrer a nado cualquier muchacho, se parece mucho a su hermana; y dicen que antaño la diosa Gefion arrancó Selandia de la península para poder tenerla para sí y para su amante, Skiold, el hijo de Odín. Pero hacia el Norte, donde se proyecta hacia el Kattegat, Escania se alza en cumbres rojizas, el término sur del Keel.

Es una tierra de suelo fértil, en cuyas aguas pululan los peces, las focas y las ballenas, cuyos pantanos oscurecen y atruenan las alas de los ánades, cuyos árboles viajan lejos convertidos en el maderamen de excelentes barcos. Pero esos mismos árboles crecen en bosques poco menos que intransitables, guarida del ciervo y del alce, del uro y del bisonte, del lobo y del oso. En tiempos antiguos, las soledades abarcaban más y eran más espesas de lo que son ahora, aislando entre sí los asentamientos de los hombres, cobijando no sólo a los forajidos, sino también a elfos, trolls y otros seres maravillosos.

Al norte de Escania está la tierra de los Götar, a quienes los ingleses llaman geatas. Entonces era un reino con su propia ley. Más al Norte se encuentra Svithjodh, donde moran los suecos; el suyo era el mayor y el más poderoso de los países nórdicos. Al Oeste, a través de las montañas, estaba Noruega, entonces dividida en muchos pequeños reinos y tribus sumidos en constantes altercados. Más allá de Noruega y de Svithjodh viven los finlandeses. Son, en su mayoría, cazadores errabundos y pastores de renos, y hablan una lengua que no se parece a ninguna de las nuestras. Pero son tan ricos en pieles que, a pesar de definirse muchos de ellos como expertos en brujería, son atacados de continuo o sometidos a tributo por daneses, suecos y noruegos.

Volviendo de nuevo al Sur, al Oeste de Selandia encontramos el Gran Belt, y más allá de estas aguas la isla de Fyn. Luego viene el Pequeño Belt y después la península de Jutlandia. Jutlandia es una tierra más escarpada y agreste que el resto de lo que hoy es el reino danés. Desde las playas del Skagen, ampliamente surcadas por los silbidos del viento, hasta los pantanos del Sur, donde los hombres andan sobre zancos como si fuesen cigüeñas, cerca ya de la desembocadura del poderoso Elba, se encuentra la madre de todas esas gentes que han vagado extensamente a través del mundo: cimbros, teutones, vándalos, hérulos, anglos que dieron su nombre a Inglaterra, jutos, sajones, y tantos otros.

No solamente para ganar fuerza, riqueza y fama, sino para detener las interminables guerras e invasiones, los reyes daneses de Selandia y Escania intentaron someter a los otros a su poder. Y a veces vencieron en la batalla y fueron reconocidos como señores supremos en diversas partes. Pero no pasaba mucho tiempo sin que se desenvainasen de nuevo las espadas, y en los tejados de los condes que habían establecido para que dirigiesen aquellas tierras no tardaba en cacarear el gallo rojo. La mitad de las veces esto sucedía porque reyes que eran hermanos luchaban entre sí.

Decían descender de Skiold y Gefion. Se dice en Inglaterra —donde a Skiold le llaman Scyld— que fue conducido a la orilla en un barco sin remos. Estaba lleno de armas pero llevaba también una gavilla de grano donde descansaba la cabeza del niño. Los daneses lo tomaron por rey, y gran rey llegó a ser, que dio leyes y paz y estableció los cimientos del reino. Cuando al final murió, su apenado pueblo lo dejó a la deriva en un barco cargado de valiosos objetos, para que pudiese volver a ese hogar desconocido del que había venido. Creían que su padre había sido Odín. Y, a decir verdad, la sangre del Tuerto se mostró después de muchas maneras, de tal modo que algunos de los Skioldungos fueron sabios y pacientes patriarcas, otros salvajes y codiciosos, y aun otros dados a escudriñar cosas que mejor hubiese sido no tocar.

Esto último fue lo que les sucedió más a menudo a los reyes de Svithjodh. Eran los Ynglingos, que procedían de Freyr, que no es un dios del cielo sino de la tierra, cuya fertilidad se evoca en extraños ritos, como así mismo sus sombras, y ese moho que lo devora todo. En su sede de Uppsala, no pocos de estos reyes adoraron a animales e hicieron hechicerías. Además, engendraron buenos y esforzados guerreros, y, cuando al final los expulsó Ivar Palmo Ancho —mucho después de la historia que voy a contaros—, uno de sus hombres fue el antecesor de aquel Harald el de la Hermosa Cabellera, que convirtió a Noruega en un único reino.

Entre Skioldungos e Ynglingos hubo escaso amor y sí mucho derramamiento de sangre. Entre ellos estaba la tierra de los Götar. Siendo menores en número que cualquiera de sus vecinos, estos últimos buscaron la amistad de ambos, o por lo menos jugar un doble juego. Aun así no eran de ningún modo débiles. De entre ellos surgió ese hombre al que los ingleses llaman Beowulf.

Así estaban los asuntos en los días en que Frodhi el Pacificador se convirtió en rey de Dinamarca. De él se dicen muchas cosas, y como ganó la supremacía por medio de la guerra y de la astucia, prosiguió luego promulgando tales leyes y guardando tanto la paz que una doncella podía llevar un saco lleno de oro de una punta a otra de su reino sin sufrir ningún daño. Sin embargo, había también en él esa voracidad que podía darse en los Skioldungos y que, anteriormente, había ocasionado que a su antepasado Hermodh lo expulsasen del trono real en la ciudad de Leidhra y lo condujesen a las soledades del yermo. Se oyen diferentes historias sobre el fin de Frodhi; pero la que oiréis ahora es la que prefieren los escaldos.

Un barco de Noruega trajo para vender algunos cautivos de las tierras altas. De éstos, Frodhi escogió dos mujeres enormes y jóvenes, de cabello largo, enmarañado y oscuro, pómulos salientes, boca y nariz anchas, ojos rasgados, que iban vestidas con pieles malolientes. Ellas se llamaban, con voz atronadora, Fenja y Menja. Se contaba cuántas vidas, como anunciaron, había costado atraparlas y cómo ellas no eran en realidad humanas sino de la raza de los Jötun. Un sabio advirtió a Frodhi que jamás se las podría haber hecho cautivas de no haber intervenido en ello la voluntad de una Norna3. Pero el rey no prestó atención a aquellas palabras.

Tenía él un molino de mano llamado Grotti. Nadie sabía de dónde procedía; quizá de uno de esos dólmenes que se levantan severos en las tierras danesas, desde hace tanto que los nombres de sus constructores ya se han olvidado. Una bruja había afirmado que el molino podía moler y fabricar, por tanto, todo lo que el rey quisiese; pero como nadie había tenido la fuerza suficiente para manejar el mango de roble que hacía girar la piedra superior, él pensó que aquellas mujeres sí podrían.

Y bien que pudieron. Las puso en un lóbrego cobertizo donde se encontraba el molino. Un viejo canto cuenta la historia de lo que siguió.

Ahora ellas vinierona la casa del rey,

las dos divinidades,Fenja y Menja.

Vendidas a Frodhi,el hijo de Fridhleif,

fueron las dos doncellas,poderosas en la esclavitud.

Allí fueron las mujerespuestas a trabajar,

tenían que moverla piedra pesada,

y nunca Frodhiles daba descanso.

Les ordenaba cantarsin cese en el molino.

Dieron las doncellasuna voz al molino;

las piedras gimieron;gruñó en la tierra.

Todavía ordenó a las doncellasmoler y moler.

Movieron y movieronvelozmente la piedra.

Fue a dormir la mayor partede los esclavos de Frodhi.

Entonces cantó Menja,junto al mango del molino:

«Te molemos bienestar,Frodhi, y riquezas,

y mucho ganado,en el molino de la suerte.

Te sentarás en la abundanciay dormirás en plumones

y despertarás cuando lo desees.¡Bien está molido!

Aquí ya nadiedañará a ningún otro,

romperá la paz,o asesinará a su prójimo,

ni matará al que matóa su propio hermano,

aunque tenga al asesinopreso y sin ayuda.»

Pero Frodhi para ellasno tenía otras palabras que éstas:

«Tanto tiempo podréis dormircomo el cuclillo guarda silencio,

o lo que uno en decir tardaun único verso.»

«Insensato fuiste, Frodhi,tú a quien ama tu pueblo,

cuando nos comprastepara ser tus esclavas,

viendo que parecíamosbuenas trabajadoras,

pero no preguntastede qué tierra somos.

Fuerte era el giganteal que llamaban Hrungnir,

pero todavía más fuerzatenía Thjazi.

Idhi y Aarnirson de nuestra sangre:

hermanas de los trolls de las montañas;tal es nuestro linaje.»

Nunca fuera Grottihecho de granito,

ni de los acantiladosextraídas sus piedras.

Ni ellas molieran—las doncellas de las montañas—

si no conocieranlo que hacen girar.

«Durante nueve inviernos enteroscreció nuestra fuerza

mientras jugábamosbajo la tierra.

Entonces estuvo madurode las doncellas el poder.

Levantábamos colinasy las llevábamos en nuestras espaldas.

Nosotras derribamos las piedrasen las mansiones de los Jötun

y las arrojamos a los vallescon un ruido de muerte.

Del mismo modo tiramoslas losas de los acantilados,

con las que después los hombreshicieron sus casas.

Después viajamoslas hermanas adivinas

a Svithjodhen busca de guerra.

Osos matamosy escudos partimos,

rompiendo las huestesde cotas grisáceas.

A un rey alzamos,y hundimos a otro,

dimos nuestra ayudaal bueno de Guthorm,

con muerte y con fuego,hasta que cayó Knui.

En todos esos añosestuvimos batallando,

bien conocidas que éramoscomo las doncellas guerreras.

Nos labrábamos nuestro caminocon las afiladas lanzas,

y la sangre oscurecíala maldita espada.

Ahora estamosen la casa del rey.

La mala fortuna nos ha convertidoen siervas del molino.

Nuestros pies roe la grava,tiritamos de frío,

otra cosa no hacemos más que trabajar...¡Malhaya Frodhi!

Que la piedra parey descansen las manos.

Ya he molido bastante;no moleré más.

Pero nunca las manosconocerán descanso

hasta que la codicia de Frodhise dé por satisfecha.

Ahora las manos empuñaránlas endurecidas lanzas

y las enrojecidas armas.¡Despierta, Frodhi!

Despierta, Frodhi,si es que deseas

oír nuestros cantosy sagas de antaño.

Veo que ardefuego hacia el Este,

signo que anunciala guerra que acecha.

Una hueste extranjerahacia aquí se apresura

para quemar la fortalezaconstruida por Frodhi.

Serás arrojadodel trono de Leidhra,

de los rojizos anillosy del molino de las riquezas.

Ase más fuerte, doncella,el mango del molino,

porque ahora molemossangre en la tierra.

Fuertemente moliendola molienda del hado,

vemos a cuántosla muerte ha marcado.

Ahora sacudimoslos fustes de hierro

que sostienen el molino.Duro lo menearemos.

Duro lo menearemos.Sólo el hijo de Yrsa

puede redimirlo que para ti está perdido:

él que es al mismo tiempoel hermano de Yrsa4

y el hijo que ha criado,como bien lo sabemos.»

Las doncellas molían,y grande era su fuerza;

las conservó allí jóvenesla ira de los Jötun.

El molino se hundióy yace en el polvo,

las piedras crujierony se hicieron añicos.

Cantaron entonces las doncellasprocedentes de las montañas:

«Ya hemos trabajadocomo tú nos dijiste, Frodhi,

y molido tu destino.¡Ya hemos trabajado bastante!»5.

Y así en su ira, Fenja y Menja conjuraron una hueste vikinga que cayó sobre la ciudad del rey y lo asesinó. Respecto a lo que sucedió a las gigantas, se cuentan diferentes historias; pero todas coinciden en que aquí el destino se desplomó sobre los Skioldungos.

Frodhi dejó tres hijos, Halfdan, Hroar y Skati. Los tres se enzarzaron en lucha para ver quién sería el primero. Ésta ha sido la maldición de las tierras del Mar del Norte, que sus reyes engendrasen muchos hijos y que la pretensión del uno fuese tan buena como la del otro, tanto si hubiese nacido de una reina, de una amante, de una esclava o de un encuentro fortuito: en cualquier caso no podría hacer otra cosa que reclutar hombres que esperaban ganar si él vencía.

Aquella vez la suerte recayó en Halfdan. Incluso murió en el lecho, aunque bastante joven. Dejó dos hijos. Al mayor lo llamaron Frodhi, como a su abuelo. Al menor, que nació después de que Halfdan hubiese muerto, le pusieron el nombre de éste.

Antes hablé de condes. No me refería exactamente a los condes ingleses, aunque las palabras sean semejantes. Un conde, o sea, un jarl, es un jefe solamente subordinado al rey. En ocasiones, el rey lo instituirá sobre una parte del país; en otras, un conde se convertirá en una especie de rey, que lo es en todo menos en el nombre. Así sucedió que mientras estos niños, Frodhi y Halfdan, fueron pequeños, Einar, conde de las tierras de los alrededores del sitio real en Leidhra, tomó el reino a su cargo.

Era un hombre sensible que no quería ver de nuevo a Dinamarca desgarrada por las discordias. Con este fin, consiguió que los pequeños terratenientes, cuando se reunían en las Asambleas, llamadas Things, reconociesen a ambos herederos como reyes. Pero fueron aclamados separadamente. Halfdan reinaría en Selandia y Frodhi en Escania.

El conde Einar, además, concertó los matrimonios para cuando los muchachos hubiesen crecido. Halfdan se casó con Sigridh, hija de un rey sin importancia de la isla de Fyn. De ella tuvo tres hijos, que llegaron a mayores. La mayor era una niña, Signy, que a su debido tiempo se casó con el hijo y heredero de Einar, Saevil. Cinco años más pequeño que ella era el niño Hroar, y dos años más pequeño que éste su hermano Helgi.

La costumbre establecía que los niños de alta cuna fuesen criados en casas de personas de rango inferior. Así aprendían las artes y las habilidades propias de un joven o de una doncella; y al mismo tiempo se forjaban lazos de amistad. Regin Erlingsson, sheriff 6 del condado en donde estaba Leidhra, se hizo cargo de Hroar y de Helgi Halfdansson. Les tomó tanto apego como si hubiesen sido sus propios hijos.

El rey Halfdan era apacible y de fácil trato. El pueblo lo amaba por su liberalidad y por la justicia de sus juicios.

Pero mientras tanto, el rey Frodhi de Escania se había convertido en un hombre violento y codicioso. Se casó con Borghild, hija de un rey de aquellos sajones que residían en el sur de Jutlandia, los sajones abodritas. De esta manera consiguió aliados que, con medios para cruzar el mar Báltico, imponían el suficiente temor a Svithjodh para que se mantuviese a distancia de su retaguardia. Cuando Borghild murió al dar a luz a su hijo Ingjald, Frodhi envió al niño para que lo educase su abuelo. Sin embargo, a cuenta de ello, forjó grandes sueños. Mientras tanto, cargado de años, murió Einar. Entonces las cosas se desarrollaron de la siguiente manera:

En la ciudad de Leidhra, en Selandia, residían el rey Halfdan y la reina Sigridh. Él era muy querido, pero, como no anhelaba la guerra, no se preocupó de tener una guardia fuerte, ni ofreció a sus súbditos más turbulentos muchas posibilidades de ganar fama y botín en el extranjero. Su hija Signy era la esposa del conde Saevil Einarsson. Sus hijos Hroar y Helgi eran simples muchachos, que vivían con Regin a unas veinte millas de la ciudad real.

Mientras tanto, en Escania, el rey Frodhi meditaba taciturno.

Como conspiró con los descontentos de Dinamarca, así como con cabecillas suecos, geatas y jutos, le costó poco trabajo reclutar un gran ejército.

Entonces cruzó en barco el Sund, izó su estandarte e hizo sonar el cuerno de bronce. Los guerreros acudieron a su llamada. Demasiado tarde pasó la flecha de granja en granja convocando a aquellos que debían luchar por el rey Halfdan. Saqueando y quemándolo todo, Frodhi cosechó una victoria tras otra por donde fue pasando. En un encuentro sucedido en lo más oscuro de la medianoche, cayó sobre el ejército de Halfdan, lo desbarató por completo y él mismo mató a su hermano.

Después de aquello, convocó a los caudillos daneses a un Thing e hizo que le jurasen fidelidad. Entre aquellos que, para salvar la vida, pusieron las manos sobre los anillos dorados y juraron por Niord y Freyr y el poderoso Thor que nunca le abandonarían, se encontraba el conde Saevil, el marido de Signy, la hija de Halfdan.

Acto seguido, Frodhi afianzó su posición casándose con la viuda de su hermano, Sigridh. A ella no le quedó otra elección, pero su rostro estaba pálido cuando fue al lecho con él. Entonces Frodhi envió a buscar a los hijos de ella. Anunció que quería comprobar que estaban bien cuidados. La mayoría supuso que el cuidado consistiría en cortarles el cuello lo más deprisa posible, para que no pudieran crecer y vengar a su padre.

II

El sheriffRegin no había estado en aquel Thing. Cuando las huestes de Halfdan se dispersaron, regresó a su casa tan rápido como pudo, en compañía de aquellos de sus partidarios que todavía estaban vivos. Sabía que tenía pocos días para protegerse de Frodhi, pocos días en verdad.

—No podemos ofrecerle resistencia —dijo—. Y yo di mi palabra de que cuidaría de estos jovenzuelos.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó un guerrero.

Regin se rio entre dientes.

—Eres un compañero sobradamente fiel. Sin embargo, no necesitas conocerlo.

Era un hombre grande, con el rostro enrojecido y los ojos blanqueados por la vida a la intemperie, cabello y barba gris acero, bastante barrigudo pero todavía fuerte y astuto para ser el sheriff del condado. Los hijos que su mujer Aasta le había dado llevaban casados bastante tiempo. Por ello, así como por el honor que suponía, los dos se habían sentido felices de proporcionar un hogar a Hroar y a Helgi.

Se encontraba en el Isefjord, que es una ancha y bien abrigada bahía, donde la tierra se extiende verde hasta el mismo borde de las aguas, en las que siempre resuenan los chillidos de patos, gansos, cisnes, zarapitos, gaviotas y de todo tipo de aves. La mayoría de los árboles habían sido talados, pero la vegetación todavía crecía salvaje en la parte sur del lugar; más cerca, subsistían pequeños bosquecillos por los que trepaban las ardillas y los muchachos. A través de los campos se extendían, diseminadas, las casas de los pequeños propietarios, construidas con tablas, con tejados de hierba, de cuyas chimeneas salía en espiral el humo negro que el viento salado esparcía rápidamente. Era aquélla una buena tierra, en la que el centeno, la cebada, el trigo y el lino parecían sonreír bajo el sol y las nubes de verano aparecían vertiginosamente altas.

Aunque la morada de Regin no era una mansión real, su fachada pintada de negro venía a formar uno de los lados de un patio empedrado. Las otras tres estaban dedicadas a cobertizo, establo, caballeriza, taller y otras dependencias menores. En los saledizos de las vigas se habían tallado cabezas de dragones para espantar a los trolls. Hacia el Este, la casa daba a un promontorio desde el que Regin presidía a la vecindad en las ofrendas a los dioses.

Un sendero conducía en declive hasta un embarcadero. Había varias islas en la bahía. La más cercana, aunque pequeña, estaba espesamente cubierta de bosque. Allí moraba un anciano labrador llamado Vifil, al que solamente dos grandes sabuesos hacían compañía. La mayoría de la gente lo esquivaba, porque era un individuo extraño y de habla cortante, y además se decía que en ocasiones practicaba la hechicería. Pero Regin y él eran viejos amigos. «Si puede encerrar el viento en una bolsa, ¿por qué tendría yo que prescindir de su ayuda? —se dijo el sheriff riendopara sí—. Entonces, ¿es que pretendes remar en el tumultuoso viento?» Más aún, Vifil había sido siempre un partidario incondicional de Halfdan, cuando los jóvenes rezongaban que el rey era un haragán. A veces, Hroar y Helgi cogían una barca e iban a visitarlo.

Ningún regocijo se levantó cuando Regin entró montado en el patio de su casa. Los muchachos salieron rápidamente al oír los cascos de su caballo. Gritos, preguntas, baladronadas salieron a raudales de sus labios. Entonces miraron a su padre adoptivo, y fue como si una espada segase sus voces. Aasta vino detrás de ellos, seguida de los criados de la casa, lo miró y no dijo nada. Por un momento, el silencio llenó la luz de la tarde.

Al fin el sheriff desmontó, haciendo crujir el cuero y tintinear el hierro. Se quedó encorvado, las manos colgando vacías. Sin decir ni palabra, uno de sus hombres se llevó el caballo. Hroar apretó los puños contra los costados y gritó:

—¡Nuestro padre ha muerto! Ha muerto, ¿no es verdad?

—Sí —susurró Regin—. Vi caer al suelo su estandarte, cuando intentábamos reagruparnos a la luz de las antorchas, después de que Frodhi nos sorprendiese en nuestro campamento. Después me oculté...

—Yo no me habría escondido si mi padre me necesitase —dijo Helgi, medio sofocado por las lágrimas que no podía contener.

—No podíamos hacer nada —le contestó Regin—, y yo tenía que pensar en vosotros, sus hijos. Hacia el amanecer, los de Isefjord empezamos a reencontrarnos. Uno había sido herido y yacía sin que nadie le prestase atención hasta que al fin tuvo suficientes fuerzas para arrastrarse. Nos contó cómo Frodhi asesinó a Halfdan, que estaba atado —tras un instante, añadió—: Primero hablaron. Frodhi dijo que tenía que hacerlo porque sólo así podía reunificar el reino, como en los días de su homónimo el Pacificador. Halfdan le contestó resueltamente: «Ojalá que encuentres su mismo final.»

Los dedos de Aasta retorcieron la toalla que llevaba.

—¡Tan joven! —sollozó.

Regin asintió gravemente. Una brisa agitó su sudorosa cabellera; una gaviota chilló.

—No creo que Frodhi, habiendo matado al lince, deje ahora los cachorros en la madriguera —dijo.

Su mirada cayó sobre ellos. Hroar tenía doce inviernos y Helgi diez; pero el hermano menor era el más alto y de hombros más anchos, mientras que el mayor era bajo y delgado. Los dos tenían largas cabelleras aclaradas por el sol, que les caían alrededor del cuello y de sus rostros morenos, que ya empezaban a mostrar los rasgos de los Skioldungos; entre todo ello, sus grandes ojos destellaban como rayos azules. Iban vestidos iguales, con jubones de cuero encima de camisas y calzones de algodón gris claro. Pero Hroar empuñaba un palo de madera donde había estado grabando runas, para ayudarse a aprender estos signos, mientras que Helgi llevaba en su cinturón una honda, una bolsa llena de piedras y un cuchillo de caza.

—Ojalá... que... hubiese podido conocer mejor a mi padre —susurró Hroar.

—Me daré por satisfecho si lo vengo —Helgi tragó saliva. No parecía que aquellas palabras las hubiese dicho un niño.

—Para eso tienes que seguir vivo —advirtió Regin—. No puedo teneros a mi lado. Si lo intentase, arderíamos en esta casa después de que los hombres de Frodhi nos hubiesen cercado. Es mejor para vosotros que vuestros amigos vivan, y así poder ayudaros en otra ocasión.

—No pueden huir a los bosques como si..., ¡como si fuesen proscritos! —gritó Aasta.

Helgi meneó la cabeza.

—Podemos vivir perfectamente entre los lobos, madrina —dijo.

—Quizá; pero los lobos nunca vencen a las espadas —dijo Regin—. Tengo un plan. Ya hablaremos de él más tarde —arrastró los pies hacia donde estaba su esposa—. Ahora dame comida y un trago de cerveza, y déjame dormir. ¡Oh, dioses, dejadme dormir!

Fue una silenciosa fiesta de bienvenida.

Regin se levantó antes del amanecer. Fue a la cama cerrada7 que los hermanos compartían, descorrió las cortinas y los sacudió para que se despertasen, un dedo puesto en la boca. Sin decir palabra se vistieron y lo siguieron hasta la orilla. Era pleno verano y la noche luminosa derramaba sobre sus cabezas una palidez en la que sólo centelleaban unas cuantas estrellas, que hacía aparecer la bahía como un escudo bruñido. Lo más despacio y sigilosamente posible, para reducir al mínimo el chapoteo de las olas, los condujo remando hasta la isla de Vifil.

Después de encallar la barca, el hombre y los muchachos desembarcaron en medio de espesas tinieblas. Ladrando amenazadoramente se aproximaron dos negras formas, los sabuesos a los que llamaban Hopp y Ho. Cuando reconocieron a los invitados que acababan de llegar, menearon las colas y les lamieron las manos.

El granjero vivía en una cabaña al norte de la isla. Una vez levantado, Vifil reavivó el fuego del hogar en la única habitación, medio subterránea, que constituía su morada. El ambiente estaba cargado de humo y hedor. A través de la oscuridad uno podía atisbar sus pocas y pobres herramientas —un cuchillo, un hacha, una red de pescar, anzuelos de hueso, un plato de esteatita y otras cosas semejantes—, así como la olla, los bastones rúnicos y las cuerdas extrañamente anudadas mediante las cuales se decía que hacía magia. Era alto y flaco, con la barba blanca, sucio y maloliente en sus apolilladas ropas de lana y en su manto de piel de tejón. Con todo, bajo sus prominentes cejas, sus ojos no escudriñaban con enemistad a los príncipes.

Regin le contó lo sucedido. Vifil asintió; ¿conocía las noticias de antemano?

—Bien, espero que puedas esconder a estos chicos —concluyó el sheriff—, porque, si tú no puedes, entonces no conozco ninguna otra forma de salvarlos.

Vifil se tiró de los pelos de la barba.

—Es un mal asunto enfrentarse con ese Frodhi —masculló. Pero finalmente estuvo de acuerdo en que tenía la obligación de ayudarlos en la medida de lo posible.

Regin los abrazó para despedirse.

—Ojalá que la suerte no os abandone —dijo torpemente.

—Me parece que las Nornas que les cantaban en la cuna no les anunciaron un destino ordinario —dijo Vifil.

Regin se apresuró a llegar a la orilla antes de que hubiese amanecido. Pasó el resto del día moviéndose a sus anchas por el Isefjord, para asegurarse de que lo veían. De esta manera, cuando Hroar y Helgi no apareciesen en su casa, la gente adivinaría que se los habría llevado, pero no sabrían adónde.

Vifil los proveyó de pan, queso y pescado seco antes de llevarlos a los bosques. Allá tenía un sitio en donde almacenaba en frío la carne y la leche que le daban los pocos animales que poseía. Era poco más que un hoyo con un techo de ramas y de hierba. Uno bajaba y salía de él por medio de un kraki, un tronco de abeto cuyos tocones, al haberlo podado de ramas, formaban una especie de escalera. Los tres se afanaron juntos, colocando de nuevo la maleza para enmascarar toda huella de trabajo humano.

—Probablemente, los hombres del rey vengan a inspeccionar la isla —dijo Vifil—. Frodhi no es tonto, y sabrá que vuestro padre adoptivo y yo éramos antiguos amigos. Quizá no os encuentren si os agazapáis aquí. Mientras tanto, que nadie os vea desde la costa.Yo... haré todo lo que pueda.

No permitió que le viesen hacer lo que hizo acto seguido, tanto en la cabaña como en un dolmen que se alzaba en medio de retorcidos árboles.

Poco después, Helgi y Hroar estaban completamente acomodados. Ningún muchacho puede afligirse por mucho tiempo; y en cualquier caso, ellos nunca habían conocido de verdad a su padre. Si tenían que dormir en la tierra desnuda..., bueno, pues ya lo habían hecho antes a menudo cuando iban de caza. Que Vifil era un hombre de pocas palabras no tenía nada de malo; al contrario, les dejaba tiempo para charlar de sus sueños. Cuando el sol estaba en lo alto, debían permanecer dentro del bosque, que ellos recorrían con Hopp y Ho jugando o persiguiendo nidos de pájaros. En las noches luminosas, antes de descansar, podían nadar y hasta pescar. A veces, mirando a través de las aguas la casa de Regin, les parecía un sueño que se había marchitado, que había dejado de pertenecer a la realidad.

Pero su paz fue de corta duración. Cuando una concienzuda inspección de la propiedad del sheriff no pudo descubrirlos, Frodhi ordenó a sus hombres que registrasen el reino entero. Cerca y lejos, al Norte, Sur, Este y Oeste, envió observadores; prometió rica recompensa a cualquiera que le diese noticias de sus sobrinos, y amenazó con torturar hasta la muerte a quien se atreviese a ocultarlos. Sin embargo, ni una sola palabra útil llegó a sus oídos; y en la expresión de la reina Sigridh empezó a aflorar una glacial alegría.

Al final, Frodhi llegó al convencimiento de que detrás de ello debía esconderse alguna magia, y envió a buscar a aquellos que tuvieran conocimientos de lo oscuro.

III

Durante cierto tiempo la gran mansión de Leidhra albergó a hechiceras y sabios en rápida sucesión. Frodhi les dijo que usasen su clarividencia para explorar Dinamarca de arriba abajo, tanto islas y arrecifes como la tierra firme. Pero no vieron nada.

Después solicitó el favor de los brujos, no solamente de los expertos en ensalmos y en pronosticar sueños, sino también de los hombres que hervían pociones mágicas en calderas y de los que se decía que cabalgaban en el viento nocturno o levantaban a los muertos o convocaban a seres más temibles todavía. Eran, en su mayoría, vagabundos a los que rehuía la gente de bien. Los mercenarios y esclavos de la casa retrocedían ante ellos y hacían signos para protegerse de la maldición; los miembros más corpulentos de la guardia no podían reprimir del todo un escalofrío. Finalmente vinieron tres a los que Frodhi recibió bien, sentándolos frente a él al otro lado del fuego y mandando a la reina que les trajese personalmente de comer y de beber.

—Han pasado los días en que yo servía a reyes y guerreros —dijo con tristeza la mujer alta de rubias trenzas—. Jamás seré la anfitriona de aquellos que tienen que descubrir a los hijos de mi cuerpo.

Su nuevo marido le echó una fría mirada.

—Sírvelos, Sigridh mía —respondió; y ella se rindió.

Se cuchicheaba entre los sirvientes, que a veces oían casualmente lo que sucedía en las habitaciones reales interiores, que Frodhi la estaba amansando rápidamente, no con golpes que habrían despertado su rabia, sino con lujuria experta e inflexible voluntad. Era uno de los Skioldungos de baja estatura, rápido de pies, más rápido todavía con la espada, y velocísimo y mortal en su astucia. Lustrosos cabellos castaños y una tupida y recortada barba enmarcaban un rostro enjuto, de nariz ganchuda y mirada glacial. Vestía bien: aquella noche llevaba una diadema y un brazalete de oro, una túnica verde guarnecida de marta, calzones rojos y polainas de cabritilla blancas.

Con Sigridh había hecho un acuerdo legal, pagándole el weregild8 por haber asesinado a Halfdan y haciéndole un costoso regalo de duelo después que se casaron. Ella hablaba poco y nunca reía, pero sin duda esperaba influir lo suficiente en él para salvar algo del naufragio. Respecto al resto de los daneses, la mayoría le tenían aversión por los pesados tributos con que los cargaba y por los juicios que pronunciaba cruelmente en provecho propio. Pero como ningún otro Skioldungo estaba a la vista, la cólera de Odín caería sobre aquella tierra si no estuviera regida por un hombre de su propio linaje.

Los brujos eran una desaseada cuadrilla de raídos mantos negros. Por sus venas corría sangre finlandesa. Después de que se hubieran recogido las mesas, se pusieron de pie, colocaron sus ollas en el fuego, echaron las runas y chillaron sus desiguales cánticos ante el sitial de Frodhi. En el poste de la derecha estaba tallada la figura de Odín, padre de la magia; en el de la izquierda la de Thor, pero era como si aquella noche la oscuridad envolviese al Portador del Martillo. En algún sitio un lobo aulló, y maulló un gato montés, sonidos que no se habían oído en las proximidades de Leidhra durante años. Los hombres se acurrucaron en los bancos. Frodhi estaba sentado inmóvil, esperando.

Al final, el gris y arrugado portavoz de los tres brujos dijo:

—Señor, sólo nos hemos enterado de que los muchachos no están en tierra firme; sin embargo, no están lejos de vos.

El rey se acarició la barba y habló tranquilamente:

—Los hemos buscado por todas partes. Me cuesta creer que puedan estar en las proximidades. No obstante, ahora recuerdo que hay islas en la costa donde se encuentra la casa de su padre adoptivo.

—Entonces, buscad primero en la más cercana de todas, señor —dijo el brujo—. Nadie vivía en ella excepto un pobre granjero. Sin embargo, había tal niebla alrededor de la isla, que no hemos podido mirar en su vivienda. Pensamos que tiene que ser muy sabio y de ninguna manera lo que aparenta.

—Bien, lo intentaremos —dijo el rey—. Es extraño que un miserable pescador pueda ocultar a esos individuos y atreverse a tenerlos a mis espadas.

En verdad, una espesa neblina se había levantado en Isefjord aquella noche. Por la mañana temprano, Vifil se despertó y dijo a sus protegidos:

—Hay cosas extrañas volando, y poderosos fantasmas han llegado hasta nosotros. Los oí susurrar en la oscuridad, todavía los oigo en la penumbra. ¡Levantaos, Hroar y Helgi Halfdansson, y escondeos en mis bosques este día!

De un salto, se apresuraron a cumplir su mandato.

Antes del mediodía, un destacamento de la Guardia Real cabalgó hasta la costa y comunicó a Regin que debía suministrarles unas barcas. Para entonces, la niebla se había despejado y la luz del sol brillaba en yelmos y lanzas. Vifil los saludó tan hoscamente como pudo, en cuanto se dio cuenta de lo que estaban buscando. Después de varias horas enteras, no consiguieron encontrar nada. Por la noche, Regin tuvo que hospedarlos, cosa que hizo con poco esmero.

Al día siguiente regresaron a Leidhra y comunicaron su fracaso al rey.

—Habéis sido malos cazadores —atajó el rey—. Ese granjero es un maestro de la brujería. Volved de nuevo y ved si podéis cogerlo por sorpresa.

Una vez más, los hombres del rey fueron a registrar el lugar. Aunque Vifil les enseñó todo lo que pidieron, no vieron ni rastro de sus presas. De nuevo tuvieron que volverse con el rabo entre las piernas.

Mientras tanto, los brujos habían contado más cosas a Frodhi acerca del misterio que se agazapaba en aquella isla, y de la ceguera que ni ellos ni los que enviaban para espiar por cuenta suya podían penetrar. Cuando escuchó al Mariscal9 de su Guardia, Frodhi enrojeció y palideció alternativamente. Golpeó el sitial y gritó:

—¡Ya hemos tolerado bastante a ese patán! Mañana por la mañana yo mismo me encargaré de la búsqueda.

Al amanecer, Vifil se despertó de un sueño pesado. Turbado, levantó a Hroar y Helgi y les dijo:

—Ahora las cosas se ponen feas, porque vuestro pariente Frodhi está en camino, y buscará vuestras vidas con todo tipo de engaños y de malicias. No estoy seguro de poder salvaros —se tiró de la barba y meditó tristemente—. Si tratáis de permanecer todo el tiempo escondidos en el almacén como antes, con la búsqueda que va a emprender muy bien puede que os encuentre. Mejor os estáis revoloteando entre la maleza y los árboles. Por supuesto, ojearán los bosques buscándoos, por lo que necesitaréis esa guarida en el momento preciso... Bueno, permaneced a la escucha. Y, cuando me oigáis llamar a los sabuesos, Hopp y Ho, recordad que es a vosotros a quienes me refiero, y meteos bajo tierra.

Hroar asintió sombrío, con el rostro sudoroso. Helgi sonrió; para él se trataba de un gran juego.

El rey llegó, no a caballo sino en un barco que había salido de lo que hoy llamamos el fiordo de Roskilde. El casco soportaba muchos más hombres de los que las barcas de Regin hubiesen podido transportar. Encallaron en un banco de arena, echaron el ancla, y saltaron a tierra. Vifil permaneció apoyado en un bastón, bajo los árboles que estaban empezando a cambiar de color. Un frío y estridente viento se levantó, revoloteando en las capas. Las puntas de las lanzas oscilaban, las cotas de malla crujían.

—¡Cogedlo! —gritó Frodhi.

A empujones llevaron al granjero ante el rey.

Frodhi lo miró ceñudo y dijo, recalcando bien las palabras:

—Eres un loco y un taimado, ¿verdad que sí? Dime en seguida dónde están mis sobrinos..., ¡porque yo sé que tú lo sabes!

Vifil se encogió de hombros.

—¡Salud, rey! —respondió—. ¿Cómo puedo defenderme de una acusación semejante, cuando, si me retenéis aquí, ni siquiera puedo mantener al lobo alejado de mi pequeño rebaño? —los hombres de la guardia se estaban desplegando por el terreno, en dirección hacia los bosques. Vifil llenó los pulmones de aire y gritó—: ¡Hopp y Ho, alejad a las bestias!

—¿A quién estás llamando? —preguntó Frodhi.

—Son los nombres de mis perros —dijo el granjero con voz calmada—. Mirad todo lo que queráis. No creo que encontréis por aquí a los hijos de ningún rey. Y, verdaderamente, no entiendo lo que os hace pensar que yo estuviese ocultando nada de vosotros, un pobre viejo como yo.

Frodhi gruñó, ordenó a un guerrero que vigilase al isleño, y él mismo tomó el mando de la caza. Aquel día descubrieron el almacén. Sin embargo, para entonces los hermanos lo habían abandonado —después de que los ojeadores hubiesen pasado— y estaban en las cimas de los árboles muy detrás de las tropas que avanzaban hacia adelante.

Al anochecer, los hombres regresaron a la cabaña. Vifil esperó. Temblando de rabia, el rey le dijo:

—En verdad que eres un tipo taimado, por lo que debería haberte matado.

El anciano le devolvió la mirada y replicó:

—Eso está al alcance de vuestro poder, si no de vuestro derecho. Así por lo menos habréis obtenido algo de vuestra excursión. De otro modo, regresaréis a casa sin botín, ¿eh?

Frodhi apretó los puños y miró en torno al círculo de sus guerreros. Su asesinato de Halfdan, una vez que estuvo atado, no les había caído bien. Ordenar la muerte de un anciano indefenso contra el cual no podía alegarse nada habría supuesto que le motejaran de inhumano. No pocos le abandonarían en esa situación si un solo enemigo se alzase contra él.

—No puedo hacer que te maten —dijo Frodhi entre dientes—; pero es insensato dejarte con vida.

Se volvió y con paso majestuoso se dirigió al barco.

La tripulación llegó remando hasta la morada de Regin, donde pasó la noche. Ya en ella, pidió al sheriff que le jurase fidelidad, como ya habían hecho los demás caudillos daneses.

—Me dejáis poca elección —dijo Regin—. Además de mis propiedades, tengo mujer, hijos y nietos. Que así sea, entonces. Y respecto a la pregunta que me habéis formulado, os diré lo que ya dije antes a vuestros hombres: no sé dónde están Hroar y Helgi Halfdansson.

—No —se mofó el rey—. No con un error de un pie o dos —sin embargo, no insistió más en el asunto. No podía permitirse provocar a aquella gente que veía en Regin a su jefe.

Vifil vio adónde iba el barco, y adivinó o previó lo que sucedía. Llamó a los muchachos y les dijo:

—Aquí no podéis permanecer por más tiempo. Estaremos estrechamente vigilados, cada vez más, conforme los hombres de la vecindad vayan perdiendo las esperanzas de destronar a Frodhi. Esta noche os llevaré a la otra orilla. Apartaos de los caminos principales hasta que hayáis salido del condado.

—¿Adónde iremos? —preguntó Hroar.

—Bueno —dijo Vifil—, como he oído que el conde Saevil es vuestro cuñado, pienso que debe tener una gran casa, donde dos recién llegados no llamarán demasiado la atención. Pero como ahora también es la mano derecha del rey, no os apresuréis a daros a conocer a él ni a nadie. Los cachorros del lince tienen que moverse cautelosamente.

IV

Saevil y Signy residían cerca de Haven. Cada año, durante la pesca del arenque, aquella aldehuela se llenaba de pescadores que habían recorrido las aguas hasta el sur del Kattegat o hacia el Norte, fuera del Báltico; los mercaderes se les unían, con lo que se formaba un bullicioso tumulto en las barracas de la ribera. En otras estaciones, Haven se convertía en una base de barcos de guerra, que se apostaban vigilantes para evitar que los vikingos se infiltrasen y hostigasen las costas danesas. Por eso no era poca la responsabilidad que tenía Saevil, el cual no era hombre al que Frodhi ofendiese gravemente adrede. Quizá una de las razones del rey para casarse con la madre de Signy era tratar de establecer un lazo que lo uniese con el conde de la ribera.

Cuando los ingleses llegaron a esta isla por primera vez, sus principales se dedicaron a construir mansiones como las de las tierras del Norte. No hicieron más. Permitidme, por tanto, que os hable sobre una de esas casas. Es un gran edificio de madera, con tejados de césped o de tierra batida, a menudo con una claraboya; las cabezas de las vigas están talladas en formas fantásticas. Si hay dos pisos, una galería corre alrededor de los muros. Las ventanas tienen las contraventanas echadas en el mal tiempo y, quizá, están cubiertas con pieles adelgazadas hasta hacerlas transparentes. En el interior, se entra por un vestíbulo, donde se limpia uno los pies y se dejan colgando las prendas exteriores. A no ser que el señor sea desconfiado y mande a sus invitados que dejen aquí también las armas, éstas se llevan a la habitación principal, en donde se cuelgan, para que el brillo del metal y del cuero pintado de los escudos ayude a iluminar su lobreguez.

El piso del suelo de la casa es de tierra batida, espesamente cubierta de juncos, ramas de enebro, o de otras cosas semejantes, que se cambian a menudo. Hacia la mitad corren dos o tres zanjas, o a veces sólo una, donde ruge el fuego, que los sirvientes alimentan con madera que cogen de unos montones que hay en el extremo. En los flancos hay una doble fila de grandes pilares de madera, que sostienen el piso de arriba, o, si no lo hay, las vigas. También están grabados y coloreados, mostrando dioses, héroes, bestias y vides que se entrelazan. Contra los muros entablados, plataformas de tierra, de dos o tres pies de alto, levantan los bancos por encima del suelo. Hacia la mitad de uno de los muros, generalmente el del norte, se encuentra el sitial del amo de la casa y de su señora, sostenido por dos postes menores que son especialmente sagrados. En línea recta a través de la cámara hay un asiento un poco inferior para los invitados más honorables. Entre las armas colgadas detrás de los bancos hay otras esculturas, pieles, cuernos, antorchas y velas de sebo y junco brillando en sus soportes.

A la hora de las comidas, las mujeres y los sirvientes ponen una especie de armazones enfrente de los bancos y ajustan tableros sobre ellos. En estos tableros sirven la comida y la bebida, que generalmente ha sido preparada en una cocina aparte por temor a los estragos del fuego. Después se retiran las mesas, y cuando los hombres han bebido lo suficiente, los de más alta posición se tienden en los bancos para dormir; su séquito lo hace en el suelo.

Puede haber, en cualquiera de los extremos, camas cerradas para el dueño y la dueña de la casa y para los principales invitados; o bien pueden existir habitaciones superiores; o quizá un cenador al lado de la casa, un estrecho edificio de uno o dos pisos donde durante el día las mujeres hilan y tejen en una atmósfera bien iluminada, y donde, por la noche, los bien nacidos duermen libres de ronquidos y de escuchas furtivas.

Alrededor de un patio se agrupan las dependencias. Más allá de éstas se pueden encontrar las casas, cobertizos para las vacas y talleres de las familias humildes; y una cerca puede rodearlo todo. De este modo, muchas mansiones con su servidumbre constituyen por entero una pequeña ciudad, llena de hombres y mujeres, niños y animales en permanente bullicio, y desbordante de vida por sus charlas, sus canciones, sus gritos, los trabajos del herrero, del panadero, del cervecero, los juegos, las bromas, los noviazgos, los llantos, y todo lo que hacen los seres vivos.

Además de los moradores —el señor, la señora, los niños y los parientes; guerreros, labradores, artesanos, artífices, mercenarios, esclavos—, siempre hay visitantes. Algunos son hombres de la vecindad, que vienen a negociar algo, a charlar un poco o a tratar de materias más profundas. Otros son invitados que vienen de más lejos, como cuando hay una boda o es la fiesta del Yule10. Otros son viajeros de paso. Y otros son vagabundos que están pasando malos días si es que alguna vez los conocieron buenos, y a los que se da de comer y un poco de paja en el establo por el buen honor del señor y por cualquier tipo de historias que puedan contar de cualquier otra parte.

Hacia una casa semejante se encaminaron Hroar y Helgi. Vifil les había dado comida para el camino, y no les faltaron arroyos donde beber. Sin embargo, fue un duro y peligroso viaje. Así mismo les había remendado un par de mantos con capucha, y despedido dándoles consejos perspicaces.

Llamaron poco la atención cuando al fin entraron en el patio de Saevil y pidieron refugio. Aquel año había muchas personas vagando por los caminos, a quienes las huestes de Frodhi habían arrojado de sus tierras para apropiárselas a cuenta de su salario. Los dos muchachos se sentaron tranquilamente en la oscuridad, y al día siguiente echaron una mano para dar de comer a las vacas y limpiar los establos. «Esperad vuestra hora —les había dicho Vifil una y otra vez—. Creced primero, y luego vengaos.»

Después de una semana, el capataz del ganado pensó que sería mejor que hablasen con el conde si querían permanecer más tiempo. Se le acercaron al anochecer, cuando ya se había bebido varios cuernos de cerveza antes de comer y se sentía jovial. Mantuvieron las capuchas en las cabezas y los mantos sobre los hombros. En la polvorienta y vacilante luz, ni Saevil ni su ocupada hermana Signy los reconocieron. De todos modos, la familia rara vez había estado junta después de que Regin se hiciera cargo de los muchachos. El conde se encogió de hombros y dijo:

—Me parece que podéis ser de poca ayuda; pero no os negaré la comida por algún tiempo más.

Helgi se sofocó y a punto estuvo de hablar más acaloradamente, si Hroar no le hubiese dado un apretón de advertencia. Musitaron las gracias, hicieron una reverencia y se fueron.

Y durante tres inviernos permanecieron con Saevil.

Apenas lo vieron a él y a su esposa, excepto en lo alto de su sitial o a caballo. La mayor parte del tiempo hacían las más humildes tareas de guardar los rebaños, cosechar y cuidar las aves del corral, más apropiadas para dormir en un montón de heno o en una pradera que en una casa. Siempre guardaban el secreto de quiénes eran. Hroar se llamaba a sí mismo Hrani, y Helgi era Ham, y explicaban en pocas palabras que eran hijos de un pequeño granjero muerto en combate, que habían sido expulsados de su tierra. Con el mismo propósito, siempre iban cubiertos cuando estaban a la vista de cualquiera.

Algunos criados los fastidiaban diciéndoles que debían tener los cráneos deformados o pechos como mujeres. Ellos mantenían la boca cerrada y aguantaban. Cuando estaban solos, podían contarse sus sueños sobre lo que algún día sería suyo, o desahogar su furia en liebres y gallinas, o pasar hora tras hora magullándose en la práctica de las armas, usando palos en vez de espadas y escudos hechos de tablas robadas.

Pero pasados los tres años, Helgi tenía trece y realmente estaba empezando a crecer. Hroar, que tenía quince, era más bajo, aunque enjuto y ligero; era el más sensato de los dos.

El rey Frodhi había estado en paz todo aquel tiempo, y así sus temores se habían apaciguado bastante. Envió un mensaje para invitar a Saevil y Signy a una fiesta de invierno. Cuando lo oyó Helgi, golpeó el suelo helado y dijo:

—Hroar, es nuestra ocasión.

Y nada pudo hacer su hermano para quitarle aquella idea. Al contrario, fue el otro el que le contagió, hasta que ambos estuvieron impacientes por ejecutar su venganza.

V

Saevil se alejaba a caballo con su señora y cuarenta hombres. Los traviesos Ham y Hrani le tiraron del brazo y le pidieron permiso para acompañarlo. Lanzó una carcajada y dijo:

—Por supuesto que no.

Poca nieve había caído hasta entonces. El aire estaba helado bajo un cielo bajo y pesado como una losa de pizarra. Los campos se extendían parduscos, los árboles sin hojas, las granjas como encogidas hacia dentro. Aquí y allá una bandada de grajos se mofaba: «¡Croac, croac!» En el camino resonaba el ruido de los cascos de los caballos y de las ruedas. Contra aquel deslucido paisaje, las tropas del conde aparecían refulgentes. Todos sus guerreros llevaban yelmos, y más de la mitad tenían lorigas, que destellaban; los tonos azules y verdes, amarillos y rojos de las capas aleteaban a su espalda; eran en su mayoría hombres jóvenes, cuyo alborozo brotaba en bocanadas de vaho. Sus peludos caballitos trotaban enérgicamente hacia adelante.