La sed - Adriana Díaz Enciso - E-Book

La sed E-Book

Adriana Díaz Enciso

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Beschreibung

«Como buena novela de vampiros, La sed indaga en el amor, el erotismo y la muerte, y da a esta meditación un giro hacia el sentido de la existencia y la belleza del mundo y de la vida. Su vampiro, Samuel, es un suicida que, como el Orlando de Virginia Woolf, ve al mundo transformarse a lo largo de varias centurias; sin embargo, contrariamente a Orlando, Samuel sólo se transforma cuando conoce el amor y sufre sus extrañas paradojas: si lo posee lo destruye. Novela trágica, hija de la tradición romántica inglesa del siglo XIX, La sed aúna a las meditaciones sobre el sentido de la existencia, escenas difícilmente tolerables para el lector por su crueldad más afín a la cinematografía o bien descripciones vívidas y bucólicas sobre la vida en los puertos y las ciudades. Es en ese sentido una novela intransigente, de escritura minuciosa, compleja y de gran belleza». —Ana García Bergua

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Seitenzahl: 561

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Prólogoa la reedición de La sed

Empecé a escribir La sed en 1994. Recuerdo con toda claridad cómo se empezó a formar en mi imaginación una primera escena (que terminaría siendo el primer capítulo de la segunda parte) mientras cruzaba el parque México, rumbo a casa de mi amigo Sergio Hernández Francés, una de las personas a quienes dedico este libro.  

En esa época tenía una fijación por los vampiros y su don inhumano: la inmortalidad. (Esto era, hay que decirlo, mucho antes de que el tema se pusiera tan de moda, no necesariamente para bien). Vampiros, la antología de relatos clásicos sobre las criaturas de la noche editada por Siruela en esa colección magnífica y ya desaparecida que fue El Ojo sin Párpado, con el Amor y dolor de Edvard Munch en la portada, era una de mis posesiones más preciadas. Compartía esta obsesión (como tantas otras) con mi querida amiga Rita Guerrero, y fue aproximadamente por entonces que escribí la letra de «Una canción para Louis», un homenaje a la Entrevista con el vampiro de Anne Rice, para su banda Santa Sabina. Queríamos también hacer una película, para la que escribimos el guion junto con el director Ricardo Braojos. El filme se quedó en proyecto, pero al igual que una buena parte de La sed, tendría como escenario el puerto de Veracruz. Estaba convencida, vayan ustedes a saber por qué, de que dicha ciudad era el hábitat ideal de los no muertos. 

Recuerdo esa etapa de mi vida como una de enorme vitalidad y alegría, de luminosidad y esperanza. Es curioso cómo distintas vertientes contradictorias se las arreglan para convivir simultáneamente en la psique humana. Mi pasión por la literatura «oscura» (que no quiere decir necesariamente de terror) era por demás intensa entre toda esa luz, y hay algunos guiños en La sed a Los cantos de Maldoror, firmados por el Conde de Lautréamont (Isidore Lucien Ducasse), libro que tan vivamente había marcado mi adolescencia, y que ha seguido tocando de vez en cuando mi escritura. Si hago memoria, tratando de explicarme por qué el vampiro me parecía entonces una figura tan atractiva, encuentro la seducción de sus manifestaciones en la literatura de los siglos XVIII y XIX heredera del romanticismo: la posibilidad de vencer a la muerte, un acto transgresor que se consumaba con el más extremo erotismo y que concedía la eterna juventud, tendiendo así también el señuelo de la belleza incorruptible. Mis vampiros, sin embargo, reciben este don como una paradoja, pues más que buscar la inmortalidad, quieren escapar de la vida, o al menos de sus desencantos. La marca de mis personajes en esta novela es un vacío existencial, como si el alma del no muerto los hubiera poseído aún antes de que les fuera otorgada su dudosa virtud. En el encuentro de esa apatía con la agudeza exacerbada de sus sentidos, son sojuzgados por el poder de la belleza, pero su interrogante existencial sigue sin encontrar solución. 

Tras un tropiezo editorial que aplazó la publicación de La sed por varios años, la novela al fin encontró su casa en Colibrí, sello dirigido entonces por el muy extrañado Sandro Cohen y Josefina Estrada, en 2001. Años después, Colibrí dejó de existir y, con el tiempo, se volvió imposible encontrar la novela; como mis personajes, habitaba ahora el reino de lo inexistente. Es, por lo tanto, muy grande mi alegría de que Paraíso Perdido haya decidido revivirla.

Para escribir este prólogo a su reedición he releído La sed, y creo que vale la pena mencionar aquí algunas de las cosas que han llamado mi atención.

La primera fue la violencia. Recordaba el vacío y la búsqueda inútil de sentido en mis personajes; recordaba la oscuridad, la onerosa condena de no poder morir ni ver el sol, la inconsistencia de la frontera entre la vida y la muerte, así como la acentuada manifestación de la belleza ante los ojos de los no muertos, pero no la brutalidad de los episodios más violentos. Eso me sorprendió. La violencia me ha aterrorizado siempre, y su menor indicio me puede paralizar. ¿De dónde, entonces, salió toda esa bestialidad? La verdad es que no lo sé. Los vampiros, claro, son mitad bestias y mitad humanos, y sin duda La sed se alimenta deliberadamente de la tradición literaria sobre el tema, pero tengo que admitir que la violencia específica de mis personajes es suya nada más, y no me queda sino rumiar sobre ese misterio de la psique humana, con todos sus recovecos, del que hablaba anteriormente. Una de las prerrogativas del escritor, claro está, es internarse en esos recovecos y sacar los hallazgos a la luz; imaginar la existencia de otros, otras; darles vida y lanzarlos al mundo. En La sed crucé con la imaginación la frontera de la muerte; de ese trance nacieron Samuel y Sandra, a quienes ahora miro desde la distancia que da el tiempo, reconociéndolos sin duda, pero también con un poco de temor. 

He dicho ya que La sed es en buena medida un diálogo literario, y sin duda varios lectores lo reconocerán en sus páginas. Es también un viaje. A bordo del Yun-Ilara Sandra, Samuel e Izhar recorren el mundo ostensiblemente en busca de víctimas, pero, sobre todo, urgidos por el ansia paradójica de huir de la eternidad y, a la vez, encontrase con ella. Cuando escribí la novela, conocía algunos de los lugares por los que viajan mis personajes; otros todavía no, y en otros no he estado nunca. No conocía, por ejemplo, Inglaterra, ni imaginaba que me vendría a vivir acá en 1999. La sed se publicó cuando ya tenía dos años de vivir en Londres, pero decidí no alterar la visión que había tenido en México de un Londres y un Gunwalloe imaginados, con todo y sus errores de perspectiva. Aún recuerdo vívidamente esos días en la Ciudad de México en que trataba de reconstruir en mi cabeza un Londres que me había obsesionado, a través de los libros, desde niña, y mis visitas a la biblioteca del Instituto Anglo Mexicano de Cultura, donde elegí Gunwalloe, con su iglesia a punto de ser devorada por el mar, como el asiento imposiblemente romántico de la casa ancestral de Samuel. La mía era una visión quizá un tanto ingenua y sin duda distorsionada de un país que no conocía más que como creación literaria, pero esa perspectiva es un elemento importante en el impulso y la creación de la novela; más artificio habría sido «rectificarla» para adaptarla a lo que llamamos el mundo real.

En esta reedición de La sed me ha parecido igualmente importante respetar esa visión y no interferir en la primera novela de la mujer que la escribió hace casi treinta años. Al releerla, la editora que toda autora lleva dentro ha encontrado pasajes que le habría gustado escribir de otra manera; le han alarmado escenas o expresiones que ahora juzga naíf o torpes, y por supuesto la tentación de reescribir algunas partes ha sido grande. Ése es siempre el riesgo cuando regresamos a nuestra propia obra. Sin embargo, fuera de corregir un par de evidentes erratas, dejé el texto tal y como apareció publicado en su primera edición. La sed es ese libro y ningún otro; me parece importante respetarlo, con sus aciertos y errores. Ahí nació la novelista en mí, y es además el libro que encontró a sus atentos lectores desde esa primera aparición. Mi gratitud hacia esos lectores y lectoras es grande, y espero que en esta nueva vida que le da Paraíso Perdido encuentre muchos más. 

Mi relectura me ha revelado también temas o imágenes recurrentes en algunos de mis libros posteriores, una continuidad en mi imaginación y mis obsesiones que no se limita a un género específico. Aunque La sed es una novela de vampiros, y he escrito varios cuentos que pueden fácilmente catalogarse como cuentos de fantasmas, no me considero una autora de literatura de terror. El género —y prefiero la definición más amplia y certera de weird fiction— me ha fascinado desde niña, pero me resisto a las clasificaciones, porque las más de las veces limitan la libertad creativa de la autora y la amplitud de miras del lector. Sin duda casi todo lo que escribo es «raro», pero no creo que pueda inscribirse en un género definido. La sed, sin embargo, sí es una incursión consciente y deliberada en la literatura de vampiros, un intento de diálogo con las obras del género que más admiro y, como tal, también una forma de homenaje. En la época en que la estaba escribiendo, e incluso tras su publicación, tal ejercicio no era visto con muy buenos ojos en los círculos literarios, pues el tema era considerado «menor». Décadas después, me alegra ver que ese prejuicio perezoso está empezando a superarse.  

Mis fantasías sobre la inmortalidad o, en todo caso, mis reflexiones sobre su atractivo son distintas de las de hace treinta años. La tentación de la eterna juventud exhibe ahora con mayor patetismo su condición de quimera. En la dedicatoria de la edición de 2001 (que aquí conservo intacta), aparecen, in memoriam, Sergio y su madre, Mari Tere. Entre los vivos que ahí menciono aún estaba Rita Guerrero. Ahora, Rita ya ha cruzado la frontera, y tampoco están ya aquí Sandro Cohen, editor de La sed con Colibrí, el fotógrafo Eniac Martínez, autor del retrato que aparecía en esa primera edición, ni los queridísimos Alí Chumacero y Carlos Montemayor, entonces tutores en el Centro Mexicano de Escritores, que me otorgó una beca para escribir la novela. Tres décadas son suficientes para demostrarnos que la inmortalidad es una falacia, y que la muerte es el eje del orden inmutable de la vida. No queda sino admitirlo, aunque dediquemos al engaño una cierta mirada melancólica.

El mundo ha cambiado desde que empecé a escribir La sed en 1994, y desde su publicación en 2001. Ese Veracruz del que Sandra es arrancada para no ver nunca más el sol, y al que yo tampoco he regresado no es—me dicen mis amigos—el mismo. Otras tragedias, innumerables, se han sumado a aquellas que aparecen en las páginas de mi novela(el éxodo de los balseros cubanos, la guerra de los Balcanes). Desde mi perspectiva, ya bien entrado el siglo XXI, la soledad del vampiro en un mundo en perpetuo cambio, en el que lo único cierto es la muerte de todos aquellos que no han recibido su don/maldición, debe ser aún más devastadora de lo que imaginé al escribir este libro.

Sin embargo, la soledad de mis personajes es honda y tenaz. Quizá el tormento del vampiro pueda reducirse a la insoluble pregunta de la muerte, a la imposibilidad de vencerla aun si se ha ganado la inmortalidad, porque esa transgresión antinatura carga su propia condena. Lo que hay de monstruoso en el no muerto es tal vez la constatación de su fracaso, ese aberrante no encontrarse en el espejo, la ironía de no ser ni vivo ni muerto ni posible para poder ser para siempre. Quizá la única escapatoria del círculo de la vida y la muerte para los seres como ellos está en la literatura; quizá ese es su reino, esa su única posibilidad de existencia. Que sea la lectura entonces una manera de aliviar su soledad.

ADELondres, octubre de 2022

a Rita Guerrero,Ana García Bergua y Verónica Murguíaa Sergio Hernández Francés(in memoriam), que me preguntó por elvampiro, y a Mari Tere —que ya nopudo leer mi respuesta—, confiandoen que se han encontrado en esa másvasta inmortalidad, la verdaderaa los muertos y no muertos que asomaron a la escritura de esta historiacon especial cariño,al entrañable Taller

Primera parte

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador;

vanidad de vanidades, todo es vanidad.

¿Qué provecho tiene el hombre

de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?

Generación va, y generación viene;

mas la tierra siempre permanece.

Sale el sol, y se pone el sol, y se

apresura a volver al lugar de donde se levanta.

El viento tira hacia el sur, y rodea al

norte; va girando de continuo, y a sus

giros vuelve el viento de nuevo.

Los ríos todos van al mar, y el mar

no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron,

allí vuelven para correr de nuevo.

Todas las cosas son fatigosas más de lo que

el hombre puede expresar;

nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.

¿Qué es lo que fue? Lo mismo que

será. ¿Qué es lo que ha sido hecho?

Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo

debajo del sol.

¿Hay algo de que se puede decir:

He aquí esto es nuevo? Ya fue en los

siglos que nos han precedido.

No hay memoria de lo que precedió,

ni tampoco de lo que sucederá habrá

memoria en los que serán después.

Eclesiastés,1.2-11

I

Intentaba reconocer los rasgos de su rostro en las ondas del agua. Las luces de la calle se reflejaban en el río cálidas, de múltiples colores. De pie al borde del muelle trataba de fijar su mirada en el óvalo translúcido del rostro, en el brillo encendido de sus ojos, la abundante cabellera cobriza que agitaba el viento helado desnudando su cuello y sus mejillas de extrema palidez. Buscaba los rasgos que alguna vez le fueran familiares, deformados por la ondulación del agua que volvía luego a suspenderlos por un segundo en la cresta de las ondas diminutas.

No sabía por qué súbitamente había deseado ver su rostro. Verlo otra vez, idéntico a como lo recordaba, sin haber sufrido en mucho tiempo una sola alteración. De pie sobre la piedra helada en el Quai Saint-Michel, indiferente a la feroz temperatura, absorto en la contemplación de destellos huidizos de sí mismo, nada, ni los ruidos de las calles allá arriba, semivacías a esa hora de la noche, lograba interrumpir la corriente de sus pensamientos.

Estaba ahí, perfectamente lúcido, consciente de los elementos a su alrededor y de los efectos que causaban sobre sus sentidos, viendo el movimiento del agua que no era en forma alguna alucinación o un recuerdo de otros tiempos, escuchando el golpear de las breves olas contra la piedra húmeda. No había poder en el mundo capaz de negar la realidad de su figura sin sombra inclinada a la orilla del muelle. Si esa noche decidiera contarle a cualquier mortal las peripecias poco ordinarias de su historia, ese hombre imaginario experimentaría seguramente la emoción llamada miedo y, de creerle, daría por sentado que él conocía la muerte. Sin embargo ahí estaba, envuelto en ese único sudario permanente: el tedio.

Con una mirada astuta que desmentía el lánguido abandono de su cuerpo, veía a hombres y mujeres avanzando ciegos pero con paso firme hacia el final: abandonar este valle de lágrimas, suspender la lucha frenética por la supervivencia, por ocupar un espacio entre los objetos del mundo y entre los otros hombres que los volviera inteligibles. Detenerse. No avanzar más. No ser cualquier cosa que se haya soñado en el avance torpe de la existencia, sino parte de esa vasta quietud anterior a todo afán humano, en la que el caos de las pasiones, las emociones más violentas, se diluían en una nada sin matices. Pero a él la muerte no lo había llevado a ese puerto en calma, sino a un torrente infatigable que retornaba siempre al mismo cauce.

En él le había parecido ahogarse tantas veces... El crepúsculo más soberbio podía convertirse, en su repetición constante, en una imagen carente de sentido, fría como una postal. Emplear el tiempo, emplearlo incluso en temer a la muerte, en dejarse paralizar por el terror, en conjurarla con las armas de la superstición, era un recurso inútil para salvarse del naufragio. Que desde los tiempos más remotos los hombres vivieran repitiendo los mismos errores y supuestos aciertos, agitados por las mismas pasiones, amedrentados por los mismos temores, encontrando los mismos vicios y los mismos consuelos y careciendo de respuestas para las mismas preguntas era la condición absurda de cuanto era humano. Todos los signos que los hombres dejaban para sus semejantes de una época a otra, cada uno de esos gestos que en el arte y la obra humanos despertaban alabanzas, no eran sino señales de que el mundo había significado para todos ellos la misma incertidumbre. El embeleso que causaban no era sino la identificación con quien sufre por un mal común. No había nada ahí que admirar.

¿O acaso había algo admirable en el puente sobre su cabeza, que no era más que piedra arrancada de su sitio para permitir el paso a la otra orilla?

La gente caminaba sobre la piedra, se detenía a contemplar el río, las luces, las sombras de las torres truncas de la catedral, y contenía el aliento pensándose de frente a la Belleza. Pero no veía más que formas abstractas incapaces de ofrecer consuelo, indiferentes a esas vidas cuyos ecos se extinguían año tras año, a la soledad de los amantes rechazados, a la miseria del mendigo, a la risa frívola que estallaba estridente sobre las burbujas de champaña. El hombre que dirigía el bote que en ese momento pasaba frente a él; la pareja de enamorados que caminaba deprisa a sus espaldas huyendo del frío; los turistas en el ferry que oían como hipnotizados la repetición hueca de una historia que salía en inglés por el altavoz, eran igual que muertos: recuerdos, apariciones de lo ya ido.

Una noche, mucho tiempo atrás, con la misma frialdad con que aceptaba que la vida humana no era nada, que mostraría un rostro liso y monótono si se le diera vuelta como a un calcetín, él había buscado la muerte.

Supo entonces que la muerte estaba hecha exactamente del mismo tejido que la vida. Y desde que ese descubrimiento anulara la muerte con incuestionable contundencia, la inmortalidad crecía en su imaginación con la vacía imponencia de una palabra presuntuosa. Los hombres, engañados como estaban en el sordo agitarse de su existencia vulgar, como las cuentas dentro de una sonaja, deseaban la inmortalidad y se inventaban como consuelo la inmortalidad de, al menos, el alma, ya que la del cuerpo —se había comprobado con demasiada insistencia— era imposible. Pero la inmortalidad no era más que la constatación de que el tiempo, pidiendo a gritos ser llenado, era hueco y escapaban por su garganta todos los afanes, todos los esfuerzos. Tal vez para la mayoría de los mortales existiera finalmente el consuelo de la inconsciencia, de no saber nunca, u olvidar, lo que él sabía. Pero a él esa posibilidad le estaría vedada para siempre.

Sus oídos sensibles alcanzaban a percibir voces y risas lejanas; eran eco del brillo de las luces que la ciudad arrojaba sobre el río, con un gesto a la vez de derroche y de desdén, como si esa ciudad que en la imaginación de los hombres se erigía como inmortal supiera que la eternidad se gastaba en cada instante de alegría, de embeleso, de desahogo del alma aprisionada, y que esos instantes valían tan poco que podían desecharse sin culpa, sin violencia. Él coincidía con la piedra, con el río, con la calle que absorbía, indiferente, los reflejos de tanta ilusión de imborrable permanencia. Toda ambición humana era ridícula a sus ojos. Pero de la necesidad irracional de los hombres de acercarse a sus semejantes, ni él mismo había logrado librarse.

Alguna vez, descubierto ya el truco de la muerte, se había opuesto a su propia naturaleza: se había dejado arrastrar por una pasión. Y durante años había vivido en esa ilusión exasperada. Aunque la suya era una pasión no correspondida, dolorosa, le había concedido el espejismo de que la materia del tiempo se alteraba, de que algo verdaderamente sucedía en el centro mismo de la vida; de que había en el alma necesidades imperiosas, distintas a cualquier otra, singulares. Creyó entonces que el contorno del mundo se alteraba al fin merced al arte de mantener la mirada fija en un solo objeto hasta aislarlo de su entorno y conocer cada uno de sus rasgos de memoria. La ilusión era tan poderosa que seguía comportándose de acuerdo a sus leyes. Seguía adorando al mismo ídolo, y su pecho se agitaba adolorido ante la imposibilidad de poseerlo.

Nunca sería su dueño. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que su amor —¿a qué otra cosa llamaban amor los mortales?— era una quimera, un engaño construido por la debilidad del alma, incapaz de soportar la vida en la pureza de su luz y su simplicidad. También sabía que las certezas, por brutales que fueran, no bastaban para matar al animal dentro de cada hombre; a ese animal que soñaba y que deseaba, que se construía imágenes del infinito porque tenía sed de infinito, porque no había sido creado para comprender que él mismo era la encarnación del infinito, y que ésa era justamente la fuente de su ansiedad.

De pie bajo los arcos oscuros y cubiertos de lama del puente Saint-Michel, buscando inútilmente una imagen de su rostro que se quedara quieta sobre el agua, pensó que si encontrara a alguien con quien compartir esa conciencia su tedio no sería tan absoluto. Alguien menos fuerte que él. Alguien aterrado por la repetición inalterable de la vida, y lo suficientemente herido como para intuir que no había salvación.

Formuló su deseo porque su corazón era tan frágil como el de sus semejantes. Porque conocía profundamente el sentido exacto de la hermandad, de ese reconocimiento tan íntimo que obligaba a los hombres a apartar la vista de los ojos de los otros. Porque, a pesar de todo, a pesar de saberlo casi todo, le era insoportable la soledad.

Pasó frente a él, flotando lentamente sobre el agua, una vieja lámpara de aceite. Estaba encendida y, aunque su superficie mostraba las señales de la herrumbre, ardía con una luz inusitada que lo hizo entrecerrar los ojos. Se preguntó de dónde vendría, impulsada por qué fuerza. Le pareció que en lugar de dos asas de plata crecían en sus extremos un par de alas blancas, fulgurantes, que opacaban las indolentes luces citadinas reflejadas en el río. Y le pareció también que la lámpara ardía con la luz de sus propios pensamientos. Levantó la vista, pero nadie se inclinaba sobre el puente señalando la inusual aparición; nadie miraba con una sonrisa agradecida en el rostro esa lámpara de aceite que se deslizaba como un ángel sobre el Sena y hacía palidecer las luces de los pocos barcos que navegaban a esa hora, sugiriendo tal vez que existía un cielo, inaccesible para los hombres pero real; un reino paralelo que simpatizaba con sus penas, con el alma sucia y raída por la culpa que arrastraban todos ellos.

El paso de la lámpara cobró mayor velocidad, guiado por una corriente oculta. La miró alejarse en un desplazamiento silencioso, sus alas blancas arrojando una luz ondulante sobre la piedra, bajo los puentes, hasta que su halo deslumbrante se perdió en la lejanía siguiendo la forma sinuosa del río y la noche volvió a quedar quieta, ahora casi opaca y sumida en la oscuridad.

Pensó entonces que tal vez existía esa alma gemela de la suya, y que, si la encontraba, si podía ser testigo de su sufrimiento, no sería tan grave el peso de su lucidez, tan absoluta la grisura que velaba el mundo para él, que se adhería a las cosas volviéndolas absurdas, aborrecibles. Se vengaría, mirando ese reflejo de su propio corazón, de haber recibido tantos regalos huecos: el de la vida, el de la muerte, el de la pasión.

Tal vez ese espejo le devolvería al fin el retrato de sí mismo, quieto, perfecto y fiel que no podían regalarle las aguas del río.

II

El cielo era una brillante profundidad azul, una ilusión perfecta que se extendía sin mancha sobre la ciudad; un manto liso, monótono, confundido en el horizonte con el azul del mar en una línea apenas perceptible.

Sandra no tenía ningún motivo particular de alegría, pero caminaba con ligereza, impulsada por un gozo casi ajeno a ella misma. No era que dentro de su corazón se agitara un deseo o una esperanza, sino que ella, la caja cerrada de su corazón, se integraban como un reflejo al ritmo del paisaje colorido y alegre.

Incluso en un lugar permanentemente cálido como el puerto podía sentirse la llegada de la primavera. La ciudad se iluminaba con la luz roja y naranja de los tabachines contrastando con la sábana limpia del cielo y los balcones exhibían un tono más intenso en sus macetas de malvas y geranios, en el brillo incandescente de las bugambilias.

«Son como el fuego», solía decir él de ese follaje nuevo, y se le dibujaba una sonrisa, la mirada ausente, como si viera el fuego dentro de sí.

Todos los días, desde hacía diez años, Sandra se preguntaba dónde estaba, creyendo que terminaría por decírselo, que no podría guardar silencio sabiendo que ella aún lo buscaba. Aunque era una pregunta vieja que se presentaba ociosa, una costumbre, días como aquél, en que la luz tan diáfana parecía hacer imposible la misma oscuridad, renovaban su urgencia.

Caminaba sin rumbo fijo, la carne dulcemente adormecida por el calor y la humedad. Dejó atrás el tintineo de las cucharas contras los vasos, el rumor de las conversaciones y la marimba en el café de La Parroquia, las miradas apreciativas de los hombres sobre sus muslos morenos. Dio vuelta frente al monumento a la Gesta Heroica para seguir andando por aquel trecho del malecón en calma, el silencio sólo interrumpido por las ráfagas de viento cálido que agitaban su cabello y llevaban a su rostro el olor del mar y el eco del bullicio del puerto.

Unos niños morenos, el flaco torso desnudo, se lanzaron al agua en busca de una moneda que les arrojó un marinero rubio. Eran niños salvajes, curtidos por el sol, y parecían felices. El mar azul y verde se extendía con mansedumbre más allá del embarcadero, más allá de la curva del puerto con sus grúas y los cargueros enormes, y rodeaba con su calma la estructura familiar del fuerte de San Juan de Ulúa. Parecía imposible que ese mismo mar pudiera ser cruel, que pudiera arrebatar lo que más se ha amado en el mundo.

Pero a él se lo había llevado. Mientras miraba aquel mar tranquilo, proyectaba cada rasgo suyo en un telón frente a sus ojos: cada línea de su rostro, cada gesto, la gracia de cada movimiento, confiriéndole el poder de no morir nunca, la sustancia de la eternidad. Negaba la punzada aguda del dolor que detenía momentáneamente sus pasos cuando se preguntaba a quién le hablaba: a él, fuera el que fuera el lugar en donde estaba, o a la imagen perfecta que se movía en ese telón repitiendo los mismos gestos una y otra vez, como una película, sin variarlos un ápice, sin envejecer nunca. ¿O era realmente él mismo quien se le presentaba así, en un acto que ella había llegado a creer que dependía de su voluntad? Era horrible pensar que se dirigía a él diariamente, con un esfuerzo tan minucioso por alcanzarlo, y que él tal vez no lo sabía. Que no se tocaban más, aunque había existido un tiempo en que él la protegía del mundo con sus brazos.

Le pidió de nuevo que le diera una señal. Que le dijera si llegaba hasta allá el calor, el olor, la luz de la primavera. Si sonreía aún. Si podía ver el fuego. Quiso saber si la acompañaba en ese paseo que recordaba haber hecho desde niña, con el sol sobre ella, a su alrededor, en el suelo que pisaba, mostrándola completa al día como si nada de ella fuera secreto o, mejor aún, como si no hubiera nada dentro suyo; como si, vacía, fuera sólo un elemento más de la mañana. El sol mostraba su sombra, la luz en su cabello, arrancaba su identidad y la arrastraba al malecón para que oliera el mar que también iluminaba, para que viera llegar los pesqueros cargados, los peces dando un último coletazo plateado antes de morir, boquiabiertos; los camarones grises, los torsos renegridos y fuertes de los pescadores y sus sonrisas blancas.

Su madre decía que ese paseo le hacía mal, como si intuyera que era una cita con él. Pero Sandra no la escuchaba. Creía que así le pasaba a él a veces: ver y oír a su madre como si viniera de otro mundo, sin comprender de qué le hablaba esa mujer. Bien sabía ella que Sandra no le hacía caso. Que estaba ahí en ese momento porque era su manera de hablar con él, quien tanto había adorado el sol... Tal vez donde ahora estaba no alcanzaría a verlo, no alcanzaría a filtrarse su luz hasta un lugar tan profundo como en el que dormía, si era que dormía, si era que seguía soñando.

Al caminar, le preguntaba —a él, al aire, a la rutina de preguntar— si le había gustado la vida allí, con ellas. Si no iba a decírselo nunca. Si nunca iba a saber.

Cuando él se fue, una levísima sombra empezaba a oscurecer su mirada. Ya no sonreía tanto para sí. No le decía por qué, pero se estaba volviendo un hombre triste. Ésa era también una mirada hermosa, la del que recuerda la luz que ya no puede ver. Pero a Sandra le dolía. Ésa fue la primera noción verdaderamente profunda que tuvo en su vida del dolor: ver una sombra de fragilidad en los ojos de un hombre fuerte. Y entonces él se había ido, e incluso hubo quien dijera que había querido irse; que algo dentro de él se había agotado.

Sandra estaba segura de que las quería, de que no eran ellas quienes habían opacado el mundo, sino algo que ella nunca pudo adivinar, algo que él no pudo arrancar de la vida. Sospechaba que su madre sabía, que había llegado a la raíz de su tristeza. Pero nunca hablaría de eso. Se iba a llevar el secreto —su secreto— a la tumba, y la iba a dejar todavía más sola.

Tal vez era ése el lazo que las unía. No ya la costumbre, ni el resto desgastado de cariño, sino el secreto que una poseía y la otra deseaba, y del que no se hablaba nunca.

La seguía asustando la pregunta de por qué habría querido irse; si acaso no se daba cuenta de que la primavera seguía siendo primavera, de que aún quedaban muchas por venir, de que el mar seguiría ahí, la luz, el sol, el fuego. El miedo era una garra que le arrebataba la fuerza desde el centro del cuerpo. Para ahuyentarlo se forzaba a creer que había sido un accidente, que él había arriesgado su vida porque era un hombre valiente y generoso. Pero siempre estaba la duda agazapada, ácida: la pregunta de si se había abandonado simplemente, fascinado por la magnitud del trance. Si había cerrado los ojos al sentirse en los brazos turbulentos del mar, sin oponer resistencia, acortando el camino para llegar, ella no sabía a dónde, pero llegar. ¿Al origen del fuego?

Si así hubiera sido, tendría que admitir que la había abandonado, que no le había importado que permaneciera en un mundo en donde él creía que ya no quedaba nada. Y si creía que la había abandonado, el sol se nublaría para siempre, lo que era luminoso se apagaría y ya no le importaría morir.

Pero tenía la sensación de que aún quedaba algo por decir; de que ahora mismo estaba a punto —siempre estaba a punto— de darle una señal. Recordaba que una vez él había dicho que se irían juntos, muy lejos. Y de alguna forma seguía esperando ese momento. Aunque se daba cuenta de que no había una lógica en su espera, de que era imposible, hablaba con él, fantaseaba con que cada día iba por ella para llevársela, con que estaba cada vez más cerca.

Había personas en el mundo que la amaban. Pero pensaba poco en ellas. No estaban ahí cuando caminaba bajo la mirada alegre del sol. No las recordaba en ese día claro, luminoso y caliente. Pensaba en él, nada más. En él, que se había ido sin terminar de decirle algo que apenas había empezado a pronunciar. No sabía cuál era el mensaje; no había tenido tiempo de hablar. Pero era algo urgente, para que estuviera alerta, para que no perdiera lo que empezaba a perder él. Desde entonces andaba ella por el mundo buscando esas palabras, ahí, en esa ciudad que no iba a dejar hasta que hablara; ese mar que tendría que arrojar un día su mensaje sobre ella; ese sol que los unía porque a los dos les hablaba del fuego, el fuego que todo lo limpia, todo lo transforma y devuelve a su levedad.

Caminaba buscando la parte de sí que había perdido el día en que él se fue, aquélla que lo escuchaba antes de que se hundiera en el agua para siempre.

Y Sandra sabía que el amor se parecía más a esa pregunta que las sobras de sí misma que iba dejando en las manos de quienes la tocaban.

III

La pareja se confundía entre el humo enroscado alrededor de la nutrida clientela en La dernière nuit. Entre el chocar de vasos, la música reggae y el bullicio de las demás conversaciones, nadie podía apreciar el carácter singular de la suya.

La mayor parte de la concurrencia era latina. Jóvenes pintores y poetas, aventureros con vagas inclinaciones artísticas que habían entregado su largamente acariciado sueño de París a cuartitos de azotea en las calles sinuosas de aquel barrio, y lo vivían a su manera, con más o menos dignidad, sobrellevando la estrechez y el frío, la bruma que los separaba del sol calentando la tierra en sus países de origen y que los obligaba a preguntarse cuál de esas dos existencias era el sueño, si acaso no eran los suyos sueños huecos, copia de los sueños de otros que los volvía predecibles, incapaces ya de aprender nada, remedo de quienes habían hecho de esa ciudad un ideal.

El barecito era uno de tantos refugios para huir de esa pregunta, la escenografía que les hacía creer que valía la pena el sacrificio. Ahí, reflejados por un espejo amplio y un tanto sucio tras la barra, entre afiches de arte, fotografías de músicos en blanco y negro clavadas a los páneles de madera, entre pósters de películas viejas, la juventud inmolada y vencida de James Dean y la esquina carcomida de un anuncio de El ciudadano Kane, incluso se atrevían a resucitar sueños revolucionarios enterrados hacía mucho, impensables en su propia tierra, como si París encarnara no sólo la promesa del ideal, sino también un pasado estático. Entonces imaginaban su melancolía justamente recompensada por una obra, si no portentosa, digna, por lo común aún muy lejos de ser pintada o escrita. Ahí, entre pastis y pastis, intentaban olvidar que ya nada era lo mismo. Ni siquiera la Ciudad Luz.

Era un entorno natural para alguien como Izhar. Entre los latinos, era también un testigo marginal del movimiento de la ciudad, a la vez fascinado y preso por ella.

Pero no eran lo mismo. No cualquiera de esos hombres era capaz de pasear con tanta ligereza su ausencia de escrúpulos. No cualquiera alimentaba tal rabia por haber encontrado vacía la promesa de la ciudad, con su violencia y sus clochards obvios como figuras de cartón, tan adecuados al paisaje oscuro y estúpidamente romantizado debajo de los puentes. No cualquiera estaba tan convencido de haber sido despojado de un lugar que merecía. Ciertamente no cualquiera era un extranjero vendiendo heroína en París.

Y ninguno acudía a una cita con un hombre como el que ahora lo acompañaba.

Confundida entre el humo y el ruido, sentada ante la mesa del rincón, la peculiar pareja contrastaba con su entorno por el tono bajo de sus palabras y por sus largos silencios.

A Izhar le gustaba el whisky y había bebido varios en el transcurso de la noche. Si alguien lo hubiera estado observando —cosa que no sucedió—, se habría dado cuenta de que el otro hombre no bebía.

No era joven, y líneas de dureza enfatizaban los rasgos de su rostro pálido, como marcado por alguna larga enfermedad. Su frente era amplia, el cabello de un rojo oscuro más intenso que el cobre caía en suaves ondas sobre su nuca; los labios eran delgados, apretados en un gesto que parecía de contención, tan pálidos como el resto del rostro; tenía una nariz larga, inusualmente afilada, y la acentuada definición de los rasgos propia del rostro de los muertos. Los ojos daban la impresión de ser de un café muy claro, parecido al ámbar, transparente. De frente a la luz resultaba que eran amarillos. Fijaba la mirada no sobre las cosas sino a través de ellas, sin detenerse en las superficies ni en su interlocutor, viendo algo que nadie más veía. Era una mirada fría y desapegada, tal vez un efecto producido por lo pequeño de la pupila, una piedra endurecida y brillante en el centro del iris como la cabeza de un alfiler. Ningún gesto alteraba la impasibilidad de su rostro. La elegancia de su traje oscuro contrastaba con la ropa informal de los parroquianos y del propio Izhar.

Si era notable la dureza de su expresión, no lo eran menos los ojos con que Izhar lo medía, reflejando una mezcla de asombro y repugnancia.

—¿Entonces, no vas a dejar de seguirme? —le preguntó después de pasear la mirada por los rostros animados del bar, enrojecidos por el alcohol, avivados por el efecto del aire caldeado tras soportar el frío de afuera.

—Nunca —respondió el hombre—. Más te valdría quedarte a mi lado de una vez.

—Por mí, sígueme hasta cansarte. No me asustas.

—No quiero que te asustes. Sólo quiero que te quedes conmigo.

—No seas idiota. Yo no soy tuyo, ya lo sabes.

—Entonces por qué viniste.

Izhar se quedó callado unos momentos, intentando definir ante sí mismo qué lo había llevado ahí.

—Por costumbre —dijo al fin—. Porque me das lástima.

—Quédate por lástima, entonces —dijo el hombre con una risita sin alegría que mostró el blanco brillante de sus dientes.

Izhar rio.

—¿Me suplicas?

—Sí —respondió aquél sin dejar de sonreír, mirándolo con ojos que no parecían expresar ni dolor ni humillación.

—¿Por qué no me obligas?

Su corazón se aceleró con la emoción del reto. Casi deseó la violencia en la respuesta del hombre mientras veía fascinado cómo se contraían sus pupilas diminutas.

—¿Para qué te quiero —repuso éste, sin embargo, con voz pausada—, si no te has rendido? ¿Si no aceptas, con tu propia voz, que soy tu dueño?

Se aproximó a Izhar con un movimiento casi imperceptible, inclinándose sobre la mesa, y habló con voz aún más baja, contenida por un deseo que Izhar ya conocía y que le hizo retroceder. Alcanzó a verse reflejado en la profundidad translúcida de los ojos amarillos.

—Te quiero como eres, altivo y soberbio. Si perdieras un solo rasgo tuyo, ya no te querría.

—Pues eso no puede ser. Oblígame, mejor. Hazme tu esclavo. Demuéstrame que te queda algo de fuerza, porque no te creo.

El hombre sonrió complacido y volvió a recargarse contra la gastada cubierta de piel del sillón.

—Eres capaz de retar al mismo diablo, por el gusto de ver el estupor reflejado en su cara. En eso somos iguales.

Izhar lo miró con desdén.

—Yo no soy como tú. Tú no quieres ser quien eres. Me sigues porque buscas lo que no puedes sentir. Odias lo que sabes de ti y sólo hablas de lo que no conoces.

—Si te molesta cómo soy, seré distinto. Si te molesta cómo hablo, me callaré. Quédate conmigo.

Izhar lo contempló unos instantes, asqueado. En los ojos del hombre no se reflejó ninguna reacción a esa mirada. La sostenía con una firmeza que tenía más de monstruoso que de digno.

—Eres patético —dijo el árabe—. Dime si no tienes nada bueno que ofrecer, para irme.

—Ya sabes lo que tengo que ofrecerte. Nadie más haría tanto por ti.

Izhar lo vio, burlón, y se levantó.

—Quédate con tus ofertas indecorosas. Son muy poco interesantes.

El hombre fijó su mirada muerta en Izhar. Algo más que la rabia opacaba sus ojos. Izhar no estaba seguro de si era el veneno de la frustración, de sus deseos irrealizados. No pudo evitar que esa mirada, que había aprendido a rehuir hacía mucho tiempo, le causara un nuevo escalofrío. Dio media vuelta, se abrió paso ágilmente entre los parroquianos y salió a las calles del viejo Saint-Germain, salpicadas de luces ámbar y ocres.

El otro degustó el fracaso entre la lengua y el paladar resecos. Miraba el muro frente a sí sin ver la belleza malograda de James Dean, ya sin significado alguno, entre el aire enrarecido que se volvía de pronto irrespirable con su mezcla de olor a tabaco, a alcohol y a los insufribles olores humanos: grasa y sudor, saliva, el olor rancio que subía de los sanitarios en el sótano.

Pagó los whiskies de Izhar y salió también, su sola mirada abriéndole paso, un hombre con el que nadie desearía cruzar palabra, al que nadie desearía importunar ni hacerle conversación.

Salió a la noche helada de París, hermosa sólo para los inocentes, en busca de alguien que pagara esta vez por su amargura.

IV

Cuando Sandra llegó al trabajo esa mañana, media hora tarde, el sol ya había hecho de las suyas. Durante el trayecto desde el malecón, el brillo metálico de los coches y el reflejo de los cristales en los establecimientos de la avenida le habían herido las pupilas, y cuando abrió la puerta de la tienda danzaban frente a sus ojos puntitos de colores, sudaba copiosamente y le dolía la cabeza.

Apenas alcanzó a ver en el interior sombrío el rostro enojado de la señora Renata, que abría la boca para regañarla, antes de que todo se volviera negro.

Al negro siguió una luz benigna, que era a la vez la luz del aire y un lecho transparente que la sostenía, incorpórea, ligera, la conciencia alerta observándolo todo desde un punto muy lejano al cuerpo. Esa luz que la envolvía parecía también el calor de los brazos de su padre. Lo vio frente a sí apenas un segundo, mirándola con sus ojos azules y buenos. Luego sintió un frío agradable en la frente, el contacto con algo húmedo, y oyó la voz alarmada de la señora Renata:

—¡Sandra! ¿Qué tienes? ¿Me oyes?

Abrió los ojos. Estaba entre los brazos regordetes de la mujer, bajo sus cómicos ojillos asustados, con un pañuelo mojado en la frente. Había un sabor conocido en su boca. De alguna manera la señora Renata había logrado llevarla hasta el sofá del pequeño vestíbulo y le sostenía la cabeza. Podía sentir el sudor frío de sus brazos contra su piel. Eso no le gustó, así que se sentó y se alisó el cabello.

—¡Cuidado! —dijo la mujer.

Dos gruesas gotas de sangre, redondas, mancharon su blusa blanca.

La señora Renata la obligó a recostarse de nuevo.

Sandra identificó por fin el sabor que pasaba, desagradable, hacia su garganta y se sintió miserable.

Oyó los ruidos de la mujer que iba al baño y volvía con el pañuelo humedecido de nuevo.

—¿Pero qué te pasa, niña? ¿Estás enferma?

Aunque ya se sentía mejor, asintió. No iba a desaprovechar tan excelente excusa.

—No sé. Amanecí sintiéndome mal, muy mareada... Por eso llegué tarde —añadió, cautelosa.

—¡Válgame Dios! A mí se me hace que no te alimentas bien.

La miró unos momentos, y hasta en su mente simple brilló una chispa de suspicacia antes de preguntar:

—¿Quieres irte a tu casa?

Sandra negó con un leve movimiento de cabeza. No caería tan fácilmente.

—No, muchas gracias. Ya me siento mejor.

Se enderezó con mucho cuidado. La hemorragia había cedido.

Pasó tras el mostrador y empezó a acomodar unos inverosímiles tocados para el pelo, intentando asumir un aire natural, aunque seguía mareada y se movía desde una sensación de irrealidad.

—¿De veras? —insistió la mujer, que la miraba horrorizada preguntándose si pensaba pasarse todo el día mostrando las manchas de sangre sobre el pecho.

—Sí —sonrió Sandra, dulcísima—. Gracias.

—Y yo que ya me estaba enojando porque llegabas tarde... otra vez —dijo la señora Renata mientras le echaba su propio suéter sobre los hombros, tratando de ocultar la sangre.

—No volverá a pasar.

La señora suspiró sin decidirse a creerle. Pero salió al banco y, de regreso, le llevó a Sandra un vaso de horchata helada, para que se repusiera del desmayo, y una blusa limpia.

El resto de la mañana lo pasó Sandra sentada tras el mostrador, viendo en la luz amarilla cómo el polvo se asentaba sobre la turbia blancura de los vestidos para novia y ensombrecía las caritas pintadas de los maniquíes, sus gestos suspendidos como de asombro, con las manos lisas congeladas en el acto de recibir al novio que no llegaba nunca. Nadie entró, nadie se detuvo siquiera unos segundos ante el escaparate a imaginar cómo se vería el día tan ansiado, entre encajes y crinolinas. Claro, con ese calor, a quién se le podría antojar.

Mientras acomodaba en un cajón innumerables pares de guantes blancos, adornados con guirnaldas de perlitas sintéticas, se fue hundiendo en la tristeza que le era familiar, la conciencia que la asaltaba de pronto porque dejaba pasar los días en tan mortal aburrimiento. A veces se preguntaba qué haría si no trabajara en la tienda por las mañanas. En qué emplearía el tiempo, los días tan largos. Pero como nunca se le había ocurrido una buena respuesta seguía ahí, sin rebelarse contra su destino.

El reloj dio las dos después de haber recorrido el día en círculos muy lentos. A la una cincuenta ya había llegado la dependienta de las tardes, siempre puntual. Y a las dos y tres minutos ya estaba Pablo esperándola afuera, puntual también, impecable y recién bañado bajo el vivo rayo del sol.

Se saludaron con un besito de novios y caminaron dos cuadras tomados de la mano, Pablo viendo a Sandra y Sandra viendo los escaparates.

El sol mostraba una furia sorprendente incluso para esa hora del día.

—Hay que meternos en algún lado, pronto —dijo ella y volteó por fin a ver a Pablo—. Me muero del calor. Me desmayé en la mañana.

Pablo se detuvo en seco.

—¿Qué?

Se veía un poco ridículo, con su cara adolescente desfigurada por la alarma. Sandra soltó la risa.

—Quita esa cara. Me desmayé. No me morí —dijo, y echó a andar otra vez.

—¿Pero por qué? —le preguntó él, caminando aprisa para alcanzarla.

—¡No sé! Pero no pasó nada... No sé para qué te dije.

—¿No estarás... embarazada?

—¡Claro que no! Brincos dieras.

Pablo sonrió, inseguro, por la broma y la tomó del brazo con delicadeza. Caminaron hasta el edificio de departamentos de su primo Luis. Era estudiante, vivía solo y les prestaba su cuarto dos veces por semana.

—Con cuidado —dijo Pablo al empezar a subir las escaleras, sujetando firmemente el brazo de Sandra.

Ella se soltó, molesta.

—No seas payaso. No estoy coja.

Subieron en silencio el resto de los escalones. Pablo abrió la puerta y entraron. La cama estaba deshecha, había un par de calcetines sucios tirados en el suelo y un vago olor a sudor y emparedados viejos.

Él, nervioso, se puso a acomodar las sábanas.

—Tu primo siempre tan gentil —dijo Sandra con disgusto.

Pablo no contestó y ella se arrepintió casi de inmediato.

—No te creas. Te ayudo.

—No, tú siéntate. Estás enferma.

Le sonrió y en ese momento Sandra tuvo un acceso de ternura. Era tan bueno, el pobre de Pablo. Ella reconocía que a veces era cruel, sin querer. No podía evitarlo. Siempre se daba cuenta hasta después. Él, en cambio, nunca había sido cruel con ella. Estaba segura de que nunca cruzaba por su mente un pensamiento de venganza. No lo menospreciaba por eso: no creía que él se humillara. Más bien, a veces sentía una especie de admiración. Adivinaba en los sentimientos de Pablo una integridad que ningún agravio podía manchar, una fuerza purificadora que lo acercaba a algo superior, algo que ella nunca había podido ver y que parecía suplir con creces las carencias que él pudiera sufrir porque ella no lo amaba con la misma fuerza... Porque ella no lo amaba, simplemente. Pero le tenía cariño, y volvió a sonreírle con dulzura cuando él se acercó con esa mirada temblorosa que no había cambiado desde el primer día, mezcla de deseo, arrobo y timidez, que lograba turbarla y le hacía creer que la vida del joven dependía de su voluntad. Y, al mismo tiempo, que si su voluntad fuera destruirlo y arrastrarlo por la tierra, su mirada conservaría ese brillo, esa integridad, como la mirada extática de los mártires.

Empezó a desnudarlo, divertida porque después de tantos meses él todavía no se atrevía a empezar. Ella era la primera mujer que había tocado. Volvió a admirarse de la belleza de su cuerpo delgado y lampiño, infantil. Volvió a desearlo en esa forma alrevesada, tan ajena en realidad a lo que ella entendía como sexo; un deseo manso y sutil, como si le hubiera sido encomendado cuidar de un niño enfermo y huérfano, muy dulce. Se preguntó, al besar la tela frágil de sus párpados, si un deseo así no sería una forma invertida de perversión, de trastocar el deseo por algo que no era, por una fantasía que la alejaba irremediablemente de su amante, poniéndola a salvo del amor desesperado con que él se pegaba a su cuerpo.

Siguió pensándolo cuando él ya jadeaba quedamente sobre ella, mientras Sandra sentía alejarse el goce despacio, como un aceite que se desprendía de su carne y se adentraba muy lentamente en el silencio, en la quietud de su corazón que no había perdido en el trance amoroso su latido acompasado. A través de la cortina blanca, sucia, podía verse la luz sometida de la tarde, dorada y gris, y de nuevo las manecillas del reloj marcaban sus círculos con exasperante lentitud.

Aunque ya era tarde para contener la inercia de lo comenzado, Pablo se dio cuenta. Se separó de ella despacio, secó muy suavemente sus muslos con la punta de la sábana, como si hubiera profanado una imagen, y le dijo:

—No estás aquí.

Sandra lo vio a los ojos. Dentro de la moral compleja que le permitía dejarse amar por alguien a quien no amaba, cabía la rectitud que la obligaba a no mentirle nunca.

—Perdóname.

—Es que no te sientes bien, ¿verdad?

Sandra le acarició la mejilla y sonrió con tristeza.

—No me justifiques. Eso déjamelo a mí.

Llegó temprano a su casa. Le dolía la cabeza otra vez y estaba triste. Su madre encendía en ese momento las velas del altar dedicado a la memoria de su padre. Llevaba diez años encendiendo esas velas cada atardecer delante de tres fotografías. En la más grande, que ocupaba el centro del altar, aparecía el rostro sonriente y despreocupado de un hombre joven, con uniforme blanco de marinero, mostrando arrugas prematuras en el rostro curtido por el sol. Otra lo mostraba junto a su mujer el día de su boda, con un frac en el que no parecía sentirse cómodo. Era una fotografía común, de una pose común, sin nada que la distinguiera de otras en las mismas circunstancias. Bajo el maquillaje excesivo podían adivinarse la belleza y juventud de la mujer. La tercera fotografía mostraba a Sandra cuando tenía diez años, en la cubierta de un barco, entre sus padres. Los tres rostros mostraban una alegría y un desenfado que ahora le parecían falsos, como de actores de telenovela, aunque sabía que entonces, en efecto, eran felices.

La pequeña mesa que servía para ese homenaje un tanto siniestro exhibía también una cruz grande de plata que les diera el sacerdote la mañana de aquel simbólico entierro en que los deudos y algunos oficiales del puerto se habían adentrado en el mar, en un velero cargado de flores donde una banda de metales interpretaba una marcha solemne para despedir a un cuerpo que ahí descansaba, que nunca había sido encontrado.

A Sandra le molestaba ese altar. Convertía a su padre en una figurita de santoral. Su madre nunca había sido realmente religiosa antes de que él muriera. La única religión parecía ser entonces la felicidad dentro de una vida doméstica amorosa y simple. Era un consuelo demasiado fácil, ahora, arrojarse en brazos de un dios improbable pero bondadoso para soportar la ausencia de alguien a quien se había amado. Le irritaba ver a esa mujer y su belleza ajada, sus suéteres viejos, la figura vencida dando vueltas alrededor de un ritual tan obvio. Pero sobre todo, aunque le costaba aceptarlo, le molestaba que ella también recordara a su padre con tanto fervor, todos los días. Que también tuviera una forma íntima de hablarle y compitiera con ella en ese diálogo con un fantasma.

Sin embargo, la saludó con un beso en la mejilla, un gesto que entre ellas no era usual. Todavía eran hermosos los ojos de su madre, quien la miró con sorpresa y gratitud. Siempre intentaba encender las velas antes de que llegara Sandra; le daba vergüenza que la viera hacerlo y había temido un gesto de reproche. Pero Sandra también agradeció su mirada. Ese día necesitaba sentirse cercana a alguien. Toda la tarde, desde que Pablo llegara por ella, había sentido que su vida se estaba disolviendo. Se había preguntado hacia dónde iba, si la vida nunca iba a ser otra cosa. Ahora estaba ansiosa y quería tocar a alguien, rodearse de objetos familiares.

Su madre le dio una aspirina y cenaron juntas, charlando de buen humor. Repasaron el día, la rutina de la casa y de la tienda, la televisión y Pablo. Y su madre se fue a dormir con un frágil sentimiento de alegría.

Pero Sandra tampoco encontró en ella la cercanía que buscaba. Era igual que con Pablo. Faltaba solidez. No tenía realmente nada que decir. Todo sonaba absurdo y sin importancia en cuanto salían las palabras de la boca.

Abrió la ventana antes de meterse bajo las sábanas, desnuda, pues el calor seguía siendo sofocante. Vio la blusa manchada de rojo que había dejado sobre la silla y le dio asco su propia sangre. Pensó en Pablo, seriamente, como nunca pensaba en él. Por primera vez se atrevió a reconocer que iba a hacerle daño. Que ya le hacía daño ahora.

Luego pensó en sí misma: que no quería volver a ser testigo de cómo se aplacaba la luz del sol tras la cortina, ensimismada, mientras alguien le hacía el amor; que eso era tan inútil como acomodar en un cajón guantes para novia. Y entonces se preguntó cómo iba a hacer para soportar la vida, si cada acción intrascendente se le plantaba delante como aislada del resto del mundo, haciéndola sentir ajena, sin voluntad para emprender nada.

No estaba segura, pero creía que no siempre había sido así. Ese mes hacía diez años que había muerto su padre. Desaparecido, más bien, bajo las olas. Pero no recordaba que esos diez años hubieran estado sumidos en el mismo letargo. Al principio había guardado la esperanza de que no hubiera muerto realmente, de que se hubiera ido a un país exótico y lejano y regresara un día cargado de regalos, con muchas aventuras que contar. Pero el paso del tiempo la había ido obligando a desprenderse de esa esperanza. La ilusión concreta de volver a verlo, físicamente, vivo, se fue, pero no logró desvanecer un vago sentimiento de que regresaría de alguna forma porque tenía que darle una señal, algo así como entregarle una llave, contarle un secreto, la clave de cómo se entra en la corriente de la vida, cómo se vuelve uno parte de ella y cada pequeño acto, cada objeto, cobra significado.

Primero le dio un año para volver. Luego pensó que esa señal, la que fuera, llegaría a los cinco años. Había ido marcando así parcelas de tiempo, con aniversarios, para cortar la materia elástica de la espera. Ahora se iba hundiendo en un vacío desencantado, la espera que se iba estirando hasta el límite antes de que terminara por aceptar que no llegaría nada. Que no hablaba con nadie cuando le hablaba a él. Que era como hablar sola, el monólogo obsesivo de una loca, no más digno que los rezos de su madre. Y que ella se había convertido en algo parecido a una planta, con una existencia vegetal, incapaz de estar cerca de nadie, de un solo gesto de entrega que la devolviera a sí con otro rostro, un rasgo nuevo que explorar.

Ni siquiera sentía deseos de morir, que ya habría sido un signo de estar viva.

Entonces alteró por una vez la monotonía cotidiana de sus noches, porque lloró. Un llanto viejo, atropellado, que la obligaba a morder la almohada para que no oyera su madre —el solo pensamiento de que intentara torpemente consolarla le era difícil de soportar— y que la dejó por fin vencida, con los ojos hinchados, en un sueño abotagado y denso, cuando ya había visto la luz rosada de los primeros rayos del sol.

V

Tres noches después de su último encuentro, Samuel, el hombre de los cabellos rojos, supo que Izhar se había marchado de París. Sintió, con tanta claridad como si lo hubiera visto partir, cómo el peso del joven se desprendía del aire frío de la ciudad, la bruma se cerraba alrededor de su ausencia y París era de nuevo solamente una ciudad vieja que había habitado muchas veces, piedras vencidas por la gravedad de sus años.

Caminó muchas horas por la Île de la Cité ajeno al bullicio, a la prisa de los transeúntes en busca de un lugar donde refugiarse de las glaciales ráfagas de viento, indiferente a la escenografía de esas calles vistas tantas veces sin que ofrecieran ninguna variación en el drama representado a diario. Su corazón avejentado todavía era capaz de sentir dolor, y ese dolor lo obligaba a andar, volvía intolerable la idea de la quietud.

Amaba a Izhar. Nunca había amado a nadie. Sólo a él. Amaba la pureza de su corazón insumiso. Por él había comprendido finalmente cuál era la esencia del amor; qué lejos estaba esa necesidad visceral de poseer la existencia entera del otro de las connotaciones de dulzura y generosidad que se adjudicaban comunmente al vocablo. Ante el asalto del amor había dejado caer las murallas que lo habían protegido de ser como todos los hombres, un pez ciego moviéndose inseguro tras un encantamiento. Y no había conseguido nada a cambio.