La segunda humanidad - Gonzalo Argüello - E-Book

La segunda humanidad E-Book

Gonzalo Argüello

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Beschreibung

La vida de Leandro transcurre tranquila hasta que conoce a David, un hombre misterioso que le revela información sobre Dios y la humanidad. Aunque nadie lo conoce, su trabajo es el de Custodio; es decir, quien permite a las almas cruzar al otro lado cuando las personas mueren. Ahora, su misión es entrenar a su sucesor. Juntos, emprenden un viaje para tratar de comprender la verdad de los hechos que suceden. Mientras tanto, hay ángeles, llaves, y una puerta que no debe ser abierta. Leandro deberá recorrer un camino de soledad, cada vez más oscuro y profundo, hacia la verdad. ¿Podrá soportarla?

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Seitenzahl: 302

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Matias Canavesio.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustraciones de interior: Matias Canavesio.

Arguello, Gonzalo Gaston

La segunda humanidad / Gonzalo Gaston Arguello. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

242 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-600-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Arguello, Gonzalo Gaston

© 2020. Tinta Libre Ediciones

La segunda humanidad

Gonzalo Argüello

El extraño

Cuando todo comenzó, no tenía conciencia de que lo había hecho. Yo era muy chico como para comprender lo que estaba sucediendo. Ni siquiera lo consideraba un juego; era parte de la vida, un acto cotidiano. Un niño con siete años no tiene ni la más remota idea de lo que está bien o mal, y menos de lo que es un pecado.

Eso es lo que se debe aprender en la infancia: qué es el pecado, cuándo se comete uno, reconocerlo y repararlo. Se debe hacer para poder “pertenecer” a la sociedad moderna. Los sacramentos, tanto como el pecado, ya forman parte de la cultura. Por lo menos en la que me tocó nacer y vivir, ya no son vistos como actos de purificación, ni como ejercicios que te acercan a Dios, ni mucho menos a la santidad.

Son costumbres y ceremonias por las que todo niño debe pasar. Este aspecto de la vida espiritual se aprende sentado en el banco de una iglesia, o cuando se va a hacer la Primera Comunión, en la clase de alguna catequista. Recuerdo la mía: Dora; está muerta supongo, era bastante anciana. Recuerdo que, a mis nueve años, ella cojeaba de una pierna y eso hacía que la cruz que tenía colgada en el pecho —que parecía de hierro fundido por lo grande y pesada— se moviera como un péndulo para todos lados.

Ella nos enseñaba que, si no bendecíamos la comida, después nos caería mal y que el rosario debía rezarse en la mañana para que el Espíritu Santo nos guiara en ese día. Ni hablar del Bautismo, la fiesta, la torta, el vestidito, los padrinos; no es más que eso. Como mi primera clase de catecismo no ocurrió sino hasta los nueve años, yo, a los siete, cuando él se presentó, nunca había escuchado la palabra “pecado”.

Reconozco que era un chico travieso. No tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero las travesuras son solo eso: lo que se hace a modo de aventura, osadía y descubrimiento. Como cuando rompí la almohada de mi papá. Encontré un pequeño agujerito en la tela y metí el dedo para ver qué había; ¿y qué pasó? Pasó lo que todo niño de cuatro años, sin excepción, haría: saqué todo el relleno por el orificio, que se fue agrandando solo. Eso no es un pecado, es solo curiosidad y entretenimiento.

Los que saben algo sobre psicología infantil agregarían que los niños, en estos actos, miden sus límites físicos; nada de pecados carnales o mortales (porque claro, hay una clasificación para eso también). Pero regresando al comienzo de todo, (de mi vida, claro, de eso estamos hablando) no puedo decir que cuando él me visitó por primera vez, cambió o alteró algo en mí, porque nunca tuve otra vida.

En la niñez, no se es dueño de nada; solo se obedecen las decisiones de los padres. Como por ejemplo a qué colegio ir, a qué hora comer, a cuáles parientes visitar… zapatillas, comidas y todo lo demás. Esta es la única forma de vivir que conozco y la he vivido así desde siempre.

¿Qué hubiera pasado si él no me hubiera elegido? La verdad no lo sé. No había proyecto de vida, ni sueños, ni metas que alcanzar; solo debía hacer lo que mis padres decían. Mi mundo terminaba ahí, no había más que eso; cuando era un niño se obedecía, no había que pensar demasiado. Mis padres decían ser católicos, pero nunca los vi hacer alguna práctica. Nunca vi que mis padres le rezaran o se persignaran, pidieran o agradecieran el pan de cada día, la salud o el trabajo. En casa había una cruz colgada al lado del mueble donde estaba el televisor, fue una herencia de mi abuela materna cuando murió, pero era un adorno más. Era pura decoración.

Por otro lado, porque tengo un hermano más grande; me lleva tres años, y es el único con quien sigo teniendo relación. Nos llevábamos bastante bien, siempre me preguntaba cómo me sentía, o me contaba cómo estaban sus hijas. Milagros, la primera mujercita de la familia, y Celeste, su hermana, la que siempre estaba de buen humor, ya estaban entrando en la adolescencia. Creo que el cariño de Héctor es real; pasaron muchos años sin vernos, pero disfruto mucho de su compañía, me hace sentir querido en toda esta soledad.

Tengo que reconocer que podría haberme negado a la elección de vida que hice, a esa oferta. ¿Qué hubiera pasado si hubiera elegido otra cosa? Tampoco lo sé. No vivo pensando en quién me hubiera convertido o cuáles hubieran sido mis proyectos; solo viví y no reniego. Estar solo fue una elección y no me arrepiento, hoy lo sigo estando y lo sigo disfrutando, el silencio es algo que aprecio de sobremanera.

Cuando volvía desde algún lado a casa, muy tarde a la madrugada, me gustaba sentarme en el banco de alguna plaza o en el cordón de la vereda, a ver cómo todo estaba en calma y silencioso: los negocios, el supermercado, la cochera, el colegio. Todo lo que, durante el día funcionaba a toda máquina, estaba tranquilo. Las calles, sin tráfico y las luces, que nunca daban abasto para iluminar todo el espacio que las rodeaba, en algún punto me traían paz. Nunca fui una persona nocturna, por eso apreciaba todo el silencio y la calma que me ofrecía. Dicen que todo tiene sus pros y sus contras; yo no encontré muchas contras: la soledad era todo lo que necesitaba. Pero claro, eso fue mucho después de que comenzara todo esto.

La primera vez que lo vi, estaba en el patio de mi casa jugando con Héctor. Vivíamos en un barrio tranquilo de Córdoba, al norte de la ciudad, casi llegando al final del ejido municipal; donde hacía muy poco que las calles habían sido asfaltadas. Mi hermano siempre quería jugar a la mancha porque sabía que yo nunca lo alcanzaba; él tenía diez años recién cumplidos. Accedí a jugar porque ya me había aburrido de armar figuras con las hojas caídas del árbol que teníamos junto a la medianera trasera. Mamá siempre me decía que no había que pelear, que debíamos perdonarnos y ser buenos hermanos; lo éramos, nunca peleábamos, yo siempre fui una persona tranquila, pero ese día ejecuté mi primer pecado.

Cometí una acción incluso sabiendo que estaba mal. El principio básico de todo pecado es no seguir las leyes de Dios. Aun así, si no las conocés, también es pecado; solo que uno no lo sabe. Quedan registrados nuestros pecados en algún lado para luego tener que pedir perdón por ellos. En fin; después de jugar casi una hora con Héctor sin poderlo atrapar, me senté con las piernas cruzadas en el pasto y la respiración muy agitada, estaba furioso.

Él estaba riéndose de mí, casi sin transpirar una sola gota. Luego, cuando vio que me había dado por vencido y el juego había terminado, me puso la mano en la cabeza y, enmarañándome el pelo, me dijo: “Nunca lo vas a poder hacer, soy muy rápido”. Inmediatamente lo tomé del brazo y lo tiré al piso con todas mis fuerzas. Héctor no era un chico robusto, sino más bien flaco y alto, lo que facilitó su caída. Intenté subirme arriba de él, pero fue imposible. Lo único que logré fue pararme por detrás de su cabeza, agarrarlo de los pelos y arrastrarlo unos dos metros.

Todavía no me explico de dónde saqué tanta fuerza para hacerlo, pero estaba tan enojado que solo pensaba en darle una lección. Frené el arrastre porque me agarró de la mano, logró tumbarme al piso y darme un buen golpe de puño en la nariz, que rápidamente comenzó a sangrar. Entonces se subió arriba mío, me agarró los pelos y comenzó a tirarlos muy fuerte, pero no logró arrancar ningún mechón. De todas formas, yo todavía estaba llorando y con mis dos manos en la sangrante nariz.

Fue mi mamá quien escuchó los gritos y salió rápidamente a separarnos. Era la primera vez que peleábamos de esa manera, y que yo recuerde, fue la primera vez que peleamos, porque nunca lo hacíamos. La secuencia continuó con mi mamá tironeando del brazo a Héctor, y llevándolo adentro de la casa para ponerle un fuerte castigo.

Yo me quedé mirándolos y, antes de que llegaran a subir el primer escalón para ingresar, corrí con todas mis fuerzas y embestí a Héctor con todo mi cuerpo. Y así le lastimé el brazo que estaba sujetando mi madre. Él gritó de dolor y no intentó defenderse de lo que le pudiera seguir haciendo, solo lloraba desesperado por su brazo. El empujón fue tan fuerte y mi madre lo llevaba tan bien agarrado que el resultado fue su hombro derecho dislocado. Lo que siguió no fue de tanta importancia: llamaron al médico, que vivía solo a dos casas, y yo quedé con sentimiento de culpa y dolor, llorando sentado en el escalón de la puerta trasera.

Unos cinco minutos después, yo seguía sentado con la cabeza agachada como suplicando perdón, y en ese momento que apareció. Era un hombre común y corriente, bien vestido y muy alto, más que cualquier persona que yo conociera. Nuestra casa estaba en una esquina y uno de los lados daba directamente a la vereda. Tenía un cerco de madera de un metro y medio de altura; él se asomó por ahí y me llamó.

Hola, Leandro. —Su voz era grave y profunda, yo levanté la cabeza y lo miré con cara de angustia, pero no respondí.

—Sé por lo que estás pasando, ¿te sientes frustrado, cierto?

—¿Frustrado? ¿Qué es eso?

—Bueno, ¿cómo explicarlo para que entiendas? Creo que no es frustración la palabra. Estás triste, sí, eso es: estás triste. —Yo volví a agachar la cabeza y no le contesté.

—Creo que ese gesto afirma lo que digo.

Nos quedamos así por unos segundos: él, mirándome con una sonrisa muy pequeña en sus labios y yo mirando el piso. Hasta que, nuevamente rompió el silencio.

—Leandro, escuchá, hay algo que quiero decirte.

Levanté la cabeza y lo miré fijamente a los ojos. Eran de color miel muy llamativos, su pelo era negro y bien peinado hacia atrás, sus rasgos eran bien marcados.

—No va a ser la última vez que nos veamos. Es más… más adelante vamos a trabajar juntos; seremos un equipo, estoy seguro. Hay muchas cosas por hacer y hace bastante que estoy esperando conocerte.

—¿Conocerme a mí? ¿Para qué? ¿Qué vamos a hacer?

—Si te lo explico, seguramente no vas a entender. Sos un niño todavía, pero te aseguro que nos esperan grandes cosas.

—¿Qué nos espera? ¿Qué vamos a hacer juntos?

—Todo a su tiempo, Leandro, todo a su tiempo… Ahora necesito que te acerques un minuto, ¿puede ser?

—¿Para qué?

—Quiero que veas algo —dijo el extraño. Por un momento dudé en hacerlo. Mientras él pronunciaba esas palabras, el médico entraba a la casa con mamá para examinar a Héctor. Traté de escuchar lo que sucedía adentro, al fin y al cabo yo había sido el causante de la lesión.

—Leandro, tu hermano está bien; se lastimó el brazo, nada grave. Va a estar bien, te lo aseguro. Quién hubiera pensado que un chico como tú lo iba a embestir con esa fuerza.

—¿Cómo sabe que se golpeó el brazo? ¡Nos estaba espiando!

—Sé muchas cosas, Leandro, y te prometo que tú también sabrás muchas cosas dentro de unos años, que nadie en el mundo sabe. Yo te las voy a contar. Pero para eso, necesito que te acerques a mí y veas una cosa. —Recuerdo que me sentí muy intrigado, lo miré fijo y me acerqué.

—Quiero que veas mi mano. —Él extendió su mano derecha y me mostró un símbolo que tenía grabado en la mano: era una especie de dibujo muy sencillo, un círculo con inscripciones dentro, con un pequeño relieve sobre la palma.

—Quiero que lo veas y que te tomes un tiempo para pensar: si dentro de unos años, cuando vuelva a visitarte, estarás listo para que formemos un equipo y yo pueda contarte cosas increíbles.

—Pero, ¿cómo hago para prepararme?

—Yo voy a estar viéndote, Leandro; voy a ir guiándote. Sin que te des cuenta, vas a estar preparándote para nuestro próximo encuentro. ¿Qué me dices? —Por unos segundos lo pensé sin dejar de mirar el símbolo, mientras él me miraba impaciente.

—¿Y si no quiero hacerlo? —respondí.

—Si no quieres hacerlo, yo seguiré con mi búsqueda de otra persona que le interese saber más cosas que al resto del mundo. Y cuando digo “todo el mundo”, me refiero también a los grandes. El joven que quiera acompañarme sabrá secretos que tienen miles de años y que solo una sola persona en la Tierra puede saberlos.

Después de que escuché eso, recuerdo que el mundo en ese momento éramos él y yo. No había familia, ni casa, ni hojas… nada, solo su propuesta y yo.

—Está bien, quiero saber todos esos secretos —dije con mucha emoción.

—Sabía que lo harías. Vení, quiero que estreches mi mano.

El color del dibujo comenzó a cambiar, tomó un color bordó muy parecido al de la sangre. Yo lo miraba fascinado, y mis manos todavía estaban manchadas con la sangre de mi nariz. Intenté limpiarme para darle la mano.

—Está bien, no quiero que te la limpies, es necesario que toque un poco de tu sangre.

Me detuve por un instante, pero eso no impidió que estrechara su mano. Cuando lo hice, él cerró la suya sobre la mía. Miré atónito cómo mi sangre desaparecía de mi mano; como si se volviera a meter en la piel para correr de nuevo en mi sistema circulatorio. Él fue el primero en soltar; inmediatamente miré mi mano y vi cómo el dibujo también se metía en mi torrente sanguíneo. No recuerdo haber sentido nada especial, pero él sonrió.

—Buena elección, Leandro, nunca dudé de ti. Este es el momento en que me despido. Fue un placer haberte conocido y recuerda: seremos un gran equipo.

Me guiñó el ojo en símbolo de complicidad y revolvió mis pelos como Héctor lo había hecho unos minutos antes, dio la vuelta y se marchó caminando. No pude seguirlo con la mirada; en ese momento yo medía un metro quince y la verja de madera me tapaba toda la vista hacia la calle.

Recuerdo que miré a mi alrededor y me di cuenta de que seguía en el patio de mi casa. Por alguna razón incomprensible sabía que no debía contar a nadie de mi encuentro con ese extraño hombre, y mucho menos que había hecho un pacto. Ya sintiéndome mucho mejor que minutos atrás, entré a la casa. Todo lo que siguió después no lo recuerdo bien. Seguramente mamá me retó y me puso en penitencia, pero sí recuerdo que Héctor estaba con el brazo vendado y que estuvo así varios días.

Por muchos años me olvidé de ese extraño hombre, y cuando lo volví a ver tenía unos dieciséis o diecisiete años. Seguía viviendo en la misma casa, pero con una linda ampliación; ahora teníamos cochera y un auto, o mejor dicho, una camioneta F-100 que mi padre usaba para el trabajo. Yo había crecido bastante, casi llegaba al metro setenta y dos, y el deporte había tonificado todos mis músculos.

Después del colegio iba a entrenar. En ese entonces jugaba al rugby, pero ya había pasado por el fútbol y el tenis, todo en el Club Deportivo Alta Vista, equipo del cual obviamente todavía soy hincha. También estaba saliendo con Alejandra, una chica de mi escuela, un año menor que yo. Era la más linda de todo el secundario; no es por presumir, pero yo también lo era.

Tenía el pelo castaño claro, y todos me decían que tenía una hermosa sonrisa. No era rubio, pero no me hacía falta para atraer a las chicas. En aquella época, ser deportista era el toque que a las muchachas les gustaba. Hoy, ya casi no tengo pelo y el que tengo es blanco platinado, pero sigo estando en forma; de una u otra manera siempre me las arreglé para hacer algo de ejercicio.

En fin… con Alejandra siempre teníamos la misma rutina. Yo salía de clases media hora antes que ella, y la esperaba en la puerta del colegio hasta que saliera. Caminábamos unas diez cuadras tomados de la mano hasta despedirnos, ella seguía una cuadra más hasta su casa, yo giraba a la izquierda y hacía unas ocho cuadras más hasta llegar a la mía. Los días de mucho calor nos desviábamos un poco y nos sentábamos en la heladería que estaba al frente de una plaza, yo siempre pedía crema granizada y ella, frutilla o limón.

Héctor ya estaba en segundo año de Ingeniería Civil y le iba bastante bien. Por suerte, donde vivíamos existe la Ciudad Universitaria, con todas las facultades y carreras para estudiar. La Universidad Nacional de Córdoba, con más de cuatrocientos años de historia, es una de las más reconocidas de Latinoamérica.

Mi mamá seguía dando clases en el colegio, donde más tarde llegaría a ser directora para luego jubilarse con honores, menciones y placas que hicieron en su nombre, ya que había aportado mucho más que sus conocimientos teóricos sobre Ciencias Naturales. Se había recibido de Bióloga cuando yo tenía tres años. La verdad no lo recuerdo, pero dicen que en esa ocasión hubo una gran fiesta, porque fue la primera de todos los hermanos y primos que había terminado una carrera. Dos años después, le ofrecieron un cargo de docente en la escuela y ahí se quedó toda su vida.

Mi padre, por el contrario, trabajó tres décadas en una carpintería. Comenzó a los quince años, cuando el padre de un amigo lo empeló en su taller. Este hombre le enseñó lo básico del oficio, y unos años más tarde se presentó para un puesto vacante en una maderera. Al tiempo convenció a los dueños para abrir una sección donde se fabricaban muebles y otros artículos.

Él estuvo a cargo de ese taller toda su vida, nunca dejó de ir. Él decía: “Yo trabajo de lo que sé hacer y lo que sé hacer se fabrica acá adentro”, y siguió trabajando hasta el último día de su vida en ese lugar. Tuve que prepararme bastante para afrontar su muerte; yo sabía que él iba a morir y yo no podía evitarlo. Era muy joven, tenía unos veintitantos años; recién estaba comenzando a entender cómo funcionaba esto de la vida y la muerte, pero esa es otra historia.

* * *

Un día que Alejandra estaba enferma y no había ido a clases, yo me volví solo caminando por el mismo lugar que recorría con ella. El plan era ir al club a entrenar y luego pasar a verla. Pero antes de llegar a mi casa, paré en una despensa a comprar un alfajor. Tenía hambre y ese día me tocaba cocinar porque mis padres no estaban y Héctor nunca lo hacía.

Desde la esquina, vi a una persona parada junto a la entrada de mi casa; estaba de pie junto a la reja que cubría el jardín. Cuando lo vi, él estaba mirando uno de los árboles de la vereda, con las manos en los bolsillos y un pie apoyado en la pared que sostenía las rejas. Tardé en reconocerlo y por un segundo me detuve: era el hombre misterioso con el que había hablado diez años atrás.

Estaba tal cual lo recordaba: bien vestido, peinado hacia atrás, aunque ya no era tan alto porque yo había crecido bastante, pero de todos modos, él estaba rozando el metro noventa. Cuando se dio vuelta para mirarme, observé que sus ojos seguían teniendo ese color miel muy llamativo. Recuerdo que no tuve miedo; no puedo describir la sensación que tuve, pero supongo que fue algo muy parecido a la curiosidad, por ese extraño hombre de quien no sabía su nombre, ni de dónde venía, ni quién era.

Estaba parado frente a mi puerta, seguramente esperándome. Yo me fui acercando, no con miedo, pero sí con un poco de cautela. Él siguió mirándome, sonriendo, durante los pocos metros que nos separaban. Cuando llegué a la puerta, me paré en frente suyo sin decir nada. Él habló.

—Ha pasado mucho tiempo, Leandro, supongo que me recordás.

Cuando escuché su voz, fue como si muchas cosas de mi vida cobraran sentido. Parecía que, con esa voz y con esas simples palabras, estuviera explicándome muchas que nunca había entendido.

—Sí, lo recuerdo… lo recuerdo exactamente así; no ha cambiado en nada, parece.

—En cambio vos sí, Leandro. Has crecido mucho, lo suficiente diría yo.

—¿Lo suficiente para qué?

—¿Te acordás de nuestra conversación? ¿Te acordás de todo lo que hablamos? —En ese instante los recuerdos brotaban como agua que brota de un caño roto.

—Sí, la recuerdo. Hablamos de trabajar juntos, pero nunca supe en qué, nunca me dijo quién es usted. ¿Quién es en realidad? —El extraño hombre largó una pequeña y modesta carcajada, miró brevemente a su alrededor y volvió a posar sus ojos miel en los míos.

—Quiero invitarte a comer, ¿qué decís?

—No, gracias.

—Vamos, te prometo que no voy a raptarte ni a hacerte daño. Quiero que estemos en un lugar tranquilo así charlamos más distendidos, hace calor aquí afuera.

—Solo quiero saber quién es usted —pregunté casi en un tono de enojo.

—Te prometo que te lo voy a decir, acompañame.

Yo quería ir, pero tenía cierto temor; almorzar con un extraño era algo que no se hace habitualmente. De todos modos, sentí que él no era ningún extraño. Terminé aceptando y fuimos caminando, sin decir una sola palabra, hasta que llegamos al restaurante. No había mucha gente, pero de todos modos él quiso alejarse de las mesas ocupadas. Nos sentamos en una mesa para dos que estaba pegada al vidrio que daba a la calle.

—Bueno, como ves, podés quedarte tranquilo que no voy a matarte; no sería razonable hacerlo frente a toda esta gente.

Igual, yo no dejaba de mirar a todos lados. Había pasado frente a la puerta del restaurante una infinidad de veces pero nunca había entrado, era bastante acogedor. Me pidió que leyera la carta y encargara lo que quisiera; recuerdo que pedí lasaña con una gaseosa. Luego de que la moza, una chica muy linda según recuerdo, nos tomara el pedido, él comenzó a hablar.

—Supongo que estás ansioso por saber de mí y lo que tengo para contarte, así que voy a comenzar. La verdad es que no sé cómo hacerlo, nunca había hecho esto antes, pero aquí vamos.

Pasaron unos muy largos segundos antes de que comenzara a hablar nuevamente; notaba cómo trataba de encontrar las palabras adecuadas en su cabeza. Hizo un gesto de comenzar a hablar, pero se calló al instante e hizo una mueca de frustración; finalmente, acomodó las ideas nuevamente en su cabeza y arrancó.

—Primero quiero hacerte una pregunta: ¿creés en Dios? —La pregunta me extrañó bastante y hasta me sonó algo ridícula.

—Sí —respondí.

—Bien, ¿creés en el diablo?

—No creo que exista el diablo, me parece las personas son las malvadas en realidad.

—Muy bien, y ahora, ¿creés en la muerte?

—No entiendo, ¿cómo en “la muerte”? —le pregunté sorprendido.

—Si creés que existe la muerte, o “la parca” como le llaman también.

—¿Quién? ¿El tipo de capucha negra y la guadaña?

—Ese mismo.

—No, en ese no, a ese lo han inventado para las películas de terror.

—Bueno, en cierto aspecto estamos de acuerdo, parece. ¿Y cómo creés que se da este fenómeno de la vida y la muerte? —Cuando ojos color miel dijo eso, se arrimó un poco a la mesa y cruzó las manos.

—No entiendo qué quiere decir. Estamos hablando de Dios y el diablo, y todavía no me ha dicho su nombre, ni a qué se dedica. ¿Quién es usted?

—A eso quiero llegar, Leandro. No estoy tratando de engañarte, pasa que no es sencillo explicarte todo este asunto. Solo quiero que respondas esa última pregunta. ¿Creés que Dios es el que da la vida y la muerte, y que todo depende de Él?

—No sé en realidad, ¿cómo podría saberlo?

—Está bien, solo quiero que pienses esto que te voy a decir: ¿Qué me dirías si te dijera que Dios en realidad sí existe y no controla la muerte?

—Le preguntaría cómo lo sabe.

—Buena pregunta. Pero si yo te afirmara eso, ¿lo creerías?

—Ya entiendo, ya sé lo que está pasando. Usted es una especie de pastor o un sacerdote tratando de convencerme para meterme a su secta. —En ese instante llegó la moza con las bebidas que habíamos encargado, los dos fingimos que nada estaba ocurriendo, la miramos con una sonrisa y esperamos a que se retirara.

—Muy bien, ya sale su pedido —indicó la moza.

—Seguramente, señorita, seguramente… muchas gracias —dijo él. Mientras tanto, yo miré brevemente a mi alrededor y clavé la mirada en la suya, con toda la cara de rabia que pude poner en ese momento.

—Gracias por la invitación pero me voy, no estoy interesado en lo que tenga para ofrecerme.

—Te pido por favor solo un minuto más. Te aseguro que te he invitado por eso, y también te aseguro que no soy ningún pastor, ni tengo ninguna secta. Te pido que me escuches solo un minuto más. Si no te convence lo que te digo, podés levantarte e irte.

Entonces me quedé sentado unos segundos más mirando la puerta. Sin mirarlo, solté la mochila que había agarrado para irme, y nuevamente la dejé reposando a mi lado.

—Un minuto, solo un minuto más —dije en tono de amenaza.

—¿Te acordás cuando nos encontramos y te mostré mi mano? —Ese detalle no lo había tenido en cuenta; aquel símbolo en su mano que cambiaba de color, mi sangre, el símbolo que se me grabó en la piel. No podía ser cierto. Bajé mi cabeza, abrí mi mano derecha y la miré detalladamente; no tenía nada extraño, pero el pacto había sido real y lo había hecho con esa mano.

—Te acordás, ¿verdad? Eso no fue ningún truco de magia, Leandro. Tenemos un pacto, hicimos un trato y no creo que hoy, después de que te cuente todo, quieras romperlo.

Hubo unos segundos de silencio, donde lo único que hice fue reflexionar sobre aquel momento.

—Parece que ya tengo tu atención. Escuchá, hace mucho tiempo tuve un nombre, pero eso no significa nada. Mi nombre era David Riatri y vivía en Cataluña, España. Ahí nací y viví poco tiempo, hasta que alguien llegó y me sacó de allí, para hacer lo que hoy hago.

—¿Por qué decís que tenías ese nombre hace mucho? ¿Te cambiaste el nombre?

—No, no me lo cambié, pero hoy no tengo nadie que lo pronuncie.

—¿Cómo puede ser eso? ¿Y cómo te llama la gente? Tu familia, tus amigos.

—No tengo ni familia ni amigos. Se podría decir que estoy solamente abocado a mi trabajo.

—¿Y de qué trabajás?

—Esa es la pregunta más difícil de responder.

—Sigo sin entender. ¿Por qué tanto misterio? ¿Qué tan misterioso puede ser un trabajo?

Se quedó mirándome unos segundos. Se enderezó en su silla, miró brevemente para todos lados y luego acercó un poco su rostro al mío.

—Está bien, aquí va: mi trabajo es hacerme presente en el momento que una persona muere para cruzar su alma.

Yo lo miré, y lo primero que hice fue comenzar a sonreír. No fue con una carcajada, solo hice una mueca con mi boca y largué un poco de aire por la nariz como si soltara una risa por mis fosas nasales. Miré a mi alrededor achinando un poco mis ojos como tratando de no reírme. Estaba confundido, no sabía si me estaba hablando en serio o si era un pastor extremista que se creía Dios. Esperé unos segundos antes de hablar para ver si él también comenzaba a reírse. Cuando estuve a punto de hablar, él bajó la mirada y sonrió. Yo lo seguí mirando y comencé a reírme también.

—Esto va a ser difícil. Escuchá, Leandro, todo lo que te voy a decir va a sonar como una locura, pero es la verdad. Hay todo un mundo que nadie conoce y vos vas a formar parte de él.

—¿Me está diciendo que usted es la muerte? ¿Que usted decide cuando mueren las personas y que lleva sus almas al más allá?

—No, yo no decido quién muere, yo solo acompaño sus almas.

—Y su jefe es... ¿La muerte?

—No, no es en realidad como crees. La muerte es algo que creó Dios, pero que no puede controlar. Cuando al hombre se le dio el don del libre albedrío, dejó la muerte bajo responsabilidad de los humanos.

—Entonces, la muerte no existe.

—No existe como ente, somos nosotros los que facilitamos ese proceso; se podría decir que es así —aclaró David.

—Sigo sin poder creer lo que estamos hablando, es una locura.

En ese momento llegó la comida que habíamos encargado.

—Aquí tienen, caballeros, que lo disfruten. Me llaman si necesitan algo más, provecho —pronunció cortésmente la camarera.

—Muchas gracias, señorita, estaremos bien —respondió David con un gesto muy marcado de amabilidad.

—Por nada, señores —replicó la moza con una sonrisa impresionantemente blanca.

Me quedé mirando el plato de lasaña, se veía exquisito. El olor que emanaba era tan delicioso que solo por un instante casi se me olvidó de lo que estábamos hablando. Cuando logré resistirme a la tentación de dar el primer bocado, lo miré a los ojos y seguimos la charla.

—Entonces, ¿es usted una especie de ángel de la muerte?

Él me miró con una pequeña sonrisa, se sentía complacido de que ya estuviera completamente interesado en la charla. Entonces agarró la servilleta y se la puso en la falda; era muy extraño ver a alguien hacer eso, era una costumbre antiquísima. Yo miraba con mucho asombro lo que hacía.

—Algunas viejas costumbres son muy difíciles de cambiar. —David tomó los cubiertos con mucha gracia y elegancia, para cortar luego el primer bocado de carne.

—¡Esto está exquisito! Comé, Leandro, está muy rico. —Yo lo hice, parecía que mi compañero de almuerzo disfrutaba mucho del ritual de la comida.

—Quiero que me responda la pregunta: ¿Es un ángel de la muerte?

—No, Leandro, no lo soy. Los ángeles son seres muy cercanos a Dios, que están en el paraíso. Nosotros somos seres terrestres, somos humanos.

Por algún motivo que desconozco, sentí una punzada de rabia. Me había dejado llevar por la conversación; cuando me di cuenta de que estaba hablando con una persona que no sabía quién era y me contaba que formaba parte de un mundo espiritual, comencé a exigir la verdad.

—No puedo creer lo que estamos hablando. La verdad, es absolutamente increíble saber esto, pero ¿por qué me dice esto? ¿Por qué yo? Es ilógico. ¿Qué quiere lograr? ¡No lo entiendo!

—Seguramente nos vamos a seguir viendo, Leandro, y te prometo que vas a tener todas las respuestas. Por favor, comé; hace muchos años que no comparto un almuerzo con alguien. Es un hermoso momento, ¿no creés eso, Leandro? —No respondí, logré contener mi frustración y comencé a comer porque realmente estaba delicioso. Pasaron varios minutos antes de que reanudáramos la charla.

—Quiero contarte una historia para que entiendas un poco más sobre lo que trato de decirte. Hace ya varios millones de años, Dios creó el universo y creo todo lo que conocemos: los árboles, las flores, los planetas, los animales, y a nosotros. Todo lo que dice la Biblia es cierto en ese punto. Los ángeles también son creación de Dios. Por muchos milenios estuvieron reinando sobre la tierra, fueron ellos los que gobernaron a la primera generación de hombres hace muchos millones de años. Eran literalmente reyes, fueron ellos los que crearon y moldearon la forma de vida de aquellos hombres. Por muchos años...

—¡Esperá! No entiendo bien. El hombre existe hace dos millones de años, según los expertos. ¿A esa era se refiere?

—No, mucho antes. Como te decía, por muchos milenios el hombre logró una convivencia armónica entre ellos y con su entorno. Lograron desarrollarse mucho más de lo que hoy se puede ver aquí; el mundo estaba dividido en siete regiones gobernadas por un arcángel cada una. Las ciudades eran hermosas, los edificios eran enormes rascacielos, los espacios verdes eran enormes, con árboles y canteros llenos de flores de todos colores, la economía era equilibrada. La población mundial duplicaba a la actual y sin embargo era muy bajo el nivel de conflicto. Pero había algo que llevó todo ese paraíso a la extinción.

Era una historia fantástica, no podía salir del asombro: todo lo que conocía, o mejor dicho, lo que toda la humanidad conocía, estaba equivocado. Me sentía en la Edad Media, creyendo todavía que la Tierra era plana. David continuó con su relato.

—La creencia en Dios era absoluta, para toda la humanidad Dios era tan real como este salero. Existían grandes edificios y templos donde se lo alababa y veneraba, sabían que sus agradecimientos y plegarias eran escuchados. Pero hubo un momento en que los hombres comenzaron a preguntarse sobre la muerte.

Cuando Dios creó la primera humanidad, podía controlar la muerte; era decisión divina el nacimiento y la muerte de un hombre. Hasta que comenzaron a cuestionar a Dios sobre el porqué, y llegaron a tal punto que se dejó de comprender y aceptar que la muerte era una decisión de Dios. Las últimas corrientes ideológicas sostenían que no eran dueños de su propia vida si otro decidía en qué momento terminaba.

Por algún motivo, esta idea fue contagiando a toda la humanidad a través de los siglos. Los ángeles que reinaban no pudieron controlar esto y su influencia fue cada vez menor en los hombres como la autoridad de Dios en la Tierra. La gente dejó de rezarle. Luego de varios siglos, los ángeles, por orden de Dios, abandonan la Tierra para volver al paraíso. ¿Has escuchado la historia bíblica de Sodoma y Gomorra?

Yo estaba mirándolo, tan compenetrado que me costó entender que me estaba haciendo una pregunta. Mientras relataba la historia, él no dejaba de comer con mucha elegancia, como si fuera del siglo pasado.

—¿Ah...? ¿Qué...? Sí, Sodoma y Gomorra, creo que las he escuchado, pero no sé lo que son.

—En la Biblia, se describe cómo la ira de Dios hizo arder hasta los cimientos estas dos ciudades por la alta perversión de sus habitantes. Esa vez no solo fueron dos ciudades, fue a toda la Tierra. Nada sobrevivió; por otros varios millones de años, el planeta estuvo literalmente prendido fuego. Los mares eran de fuego, y había erupciones volcánicas por toda la esfera. Dios necesitaba purificar todo ese suelo de tanta maldad y blasfemia. Nosotros somos la segunda generación de humanos, pero con una diferencia.

—Que el hombre controla su propia muerte —dije absolutamente convencido.

—Exactamente.

—¿Para qué me cuenta todo esto? ¿Qué hacemos acá?

—Para que aprendas a hacer lo que yo hago; necesito alguien más que lo haga.

Yo había dejado de comer hacía un buen rato. Desde que él había comenzado a contar la historia, yo tenía los cubiertos en la mano y los antebrazos apoyados en la mesa. Cuando dijo eso, mi corazón comenzó a latir. Creía que desde la barra del bar se podían escuchar los latidos, como una especie de animal salvaje que quiere escapar de su prisión, como si fuera a salir del pecho en cualquier momento. Fue tan fuerte que sentía pequeñas punzadas de dolor con cada latido.

—Puedo sentirlo, puedo sentir cómo tu corazón palpita desenfrenado. Con los años te vas a acostumbrar a la sensación y al sonido, lo escuchás todo el tiempo.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiero decir que vas a ser un gran Custodio.

—¿Custodio de qué? No entiendo.

—Por hoy has recibido mucha información, demasiada diría yo. —La comida casi se había enfriado, pero ya había perdido todo el apetito con el relato; realmente lo encontraba fascinante.

—¿Y cómo sigue esto? —pregunté relajándome un poco en la silla.

—Por ahora solo quiero que pienses en todo lo que te conté. Sé que no provienes de una familia muy practicante en su religión y poco sabés de toda la historia del reino de Dios, pero está bien, creo que es mejor así. La mayoría de las cosas que se dicen y se cuentan son mentiras; hasta la misma estructura de la Iglesia está viciada por cargos de poder e inmunidad, y cosas que no tienen que ver con Dios. Terminá tu comida, que ya debe estar helada.

Miré mi plato, no faltaba mucho para terminarlo, pero era verdad ya estaba frío.

—¿Cómo puedo averiguar más sobre todo esto que me está contando?

—Todo a su tiempo, Leandro, todo a su tiempo. Hoy sabés un poco más que el resto del mundo, y esto es solo el comienzo. En poco tiempo nos volveremos a ver y seguiremos con todo esto.