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PREMIO VALÈNCIA NOVA DE NARRATIVA EN CASTELLANO ALFONS EL MAGNÀNIM 2022 Santander, 13 de noviembre de 2019. Nada más iniciar su jornada laboral, la abogada penalista Clara Caballero recibe una noticia perturbadora: su amiga Irene, una dulce profesora universitaria, ha sido detenida en el pueblo cántabro de Comillas. Es la única sospechosa del asesinato de un hombre al que nadie parece conocer. Convencida de que se trata de un error, Clara asume su defensa. Sin embargo, su confianza no tarda en desvanecerse cuando descubre que el marido de Irene la sorprendió en el jardín del domicilio familiar arrodillada junto al cadáver y empuñando el arma del crimen. La situación se complica todavía más cuando advierte que el asunto podría estar relacionado con la muerte violenta de la anterior pareja de Irene hace casi seis años, un caso que no se consiguió resolver. A partir de ese momento, Clara no podrá evitar preguntarse quién es realmente Irene. Atenazada por las circunstancias, deberá investigar por su cuenta para averiguar la verdad. Ya no se trata de defender a su amiga, sino de encontrar al responsable de los asesinatos. Una novela ambientada en un entorno en el que las apariencias son, a menudo, más importantes que la realidad. «Mantiene la intriga y genera sorpresa en los lectores a través de una trama que supone un viaje a las entrañas del sistema judicial». Veredicto del jurado del Premio València, integrado, entre otros, por Pere Cervantes y Susana Martín Gijón.
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Seitenzahl: 473
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El jurado del Premio València Nova de Narrativa 2022, convocado por la Institució Alfons el Magnànim-Centre Valencià d’Estudis i d’Investigació, presidido por Maria Josep Amigó, vicepresidenta de la Diputació de València, e integrado por los escritores Susana Martín Gijón, Pere Cervantes, Purificación Mascarell y Eva Olaya, con Josep Vidal Borràs de secretario, acuerda conceder dicho premio a la novela La sospecha eterna, de Pablo Alaña.
Título: La sospecha eterna
©️ 2022 Pablo Alaña
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
Corrección: Xavier Beltrán
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1.ª edición: noviembre 2022
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Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2022: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A mi familia.
A mi familia.
13 de noviembre de 2019, miércoles
Esa tarde de noviembre todo el mundo hablaba del caso Pedro Ortega. Habían transcurrido varias horas desde la detención de mi amiga y, pese a ello, las especulaciones no dejaban de sucederse. Eran pocos los que creían en la inocencia de Irene Arias, y, en realidad, ni siquiera yo sabía qué pensar al respecto.
Faltaban tres minutos para las cinco, la hora a la que habíamos quedado con Diego Hermosilla. Nerviosa, acucié a mi compañero Tomás para que apretara el paso. Él asintió y avanzó deprisa mientras sujetaba con la mano derecha el paraguas bajo el cual nos refugiábamos de la lluvia que se derramaba sobre la ciudad de Santander.
Entre chapoteos, enfilamos la calle Castelar en dirección al portal número 33. Diego Hermosilla se había mudado a ese bloque la madrugada anterior. Allí lo habían acogido sus padres, en la cuarta planta de un edificio de tonos blancos y anaranjados que se levantaba frente a la bahía de Santander. El arresto de su esposa y el acordonamiento de la vivienda conyugal, en Comillas, para su registro por la policía judicial, no le habían dejado alternativa. Se había llevado al hijo de ambos, Mario, que aún no había cumplido su primer año.
Al aproximarnos al lugar, sorteamos a dos hombres que fumaban a la entrada de una chocolatería, arrebujados en un saliente que goteaba jirones de la tormenta. Uno tenía a sus pies una cámara de vídeo profesional y el otro portaba un micrófono. Era evidente que su presencia allí no obedecía a una casualidad.
Al principio, ninguno pareció identificarnos como los abogados de la detenida. Sin embargo, en cuanto llamamos al interfono del portal y el sonido atrajo su atención, arrojaron el cigarro al suelo y se lanzaron hacia nosotros. En ese momento, una voz femenina y quejumbrosa brotó del altavoz.
—¿Diga?
—Somos Clara Caballero y Tomás Herrero, los abogados —anuncié apresuradamente—. ¿Podemos subir?
Se oyó un resoplido.
—Sí, mi hijo los está esperando —respondió la voz al tiempo que se activaba el mecanismo de apertura.
Justo cuando nos disponíamos a empujar la puerta, los periodistas nos dieron alcance y nos preguntaron con respiración entrecortada si íbamos a vernos con Diego Hermosilla. No estábamos de humor para declaraciones ni exclusivas, así que les dimos la espalda y nos metimos en el portal con rapidez. Durante una fracción de segundo, temí que nos persiguieran por el edificio y nos acosaran con sus interrogatorios, pero nada de eso ocurrió; se limitaron a observar con resignación cómo nos perdíamos en el interior. Tomás, a mi lado, relajó el rostro y se apartó un mechón de pelo castaño que le caía por la frente. En las últimas semanas se había dejado crecer su media melena, y lucía una barba de tres o cuatro días que le ensombrecía las mejillas y le confería un aspecto más adulto que el propio de los veintiocho años que tenía, cinco menos que yo. Sus ojos, de color arena, me cedían el paso y me invitaban a entrar en el ascensor.
Nada más salir del habitáculo, en el cuarto piso, una puerta se abrió a nuestra izquierda. Al umbral se asomaron dos ancianos. Uno era un hombre calvo y de nariz aguileña, y la otra, una mujer rolliza, con el cabello gris y de rictus intimidante. Nos escudriñaron de arriba abajo, musitaron una bienvenida cortante y se hicieron a un lado sin disimular su desagrado.
Justo entonces emergió entre las piernas de la señora, con paso inseguro, un niño rubio y de piel clara. No correteó, gateó ni jugó; en su lugar, me sostuvo la mirada con expresión de gravedad, como si, a pesar de su edad, pudiera comprender la naturaleza del mal que motivaba nuestra visita. Me agaché y lo saludé con tono cariñoso, pero no dio muestras de oírme. Se limitó a mantener las pupilas clavadas en las mías con un magnetismo insoportable. Su abuela apartó al pequeño con un impulso suave hacia dentro y chasqueó la lengua. De alguna manera, parecía amonestarme por la insolencia de emanar una dosis de cordialidad en aquel ambiente funesto.
No teníamos por qué tolerar ese frío recibimiento, de modo que carraspeé y les recordé asépticamente nuestra pretensión de ver a su hijo. Sin mediar palabra, los ancianos giraron sobre sus talones y nos guiaron por una casa sumida en las sombras, iluminada tan solo por los tímidos haces de luz que se filtraban desde la calle.
Hicimos el recorrido en silencio, envueltos en la tensión que agarrotaba el aire. Atravesamos un recibidor engalanado con una alfombra gruesa de color vino hasta llegar a un pasillo con dos puertas a cada lado. Tras avanzar unos pasos, la madre de Diego accionó la manecilla de una de ellas, empujó unos centímetros y se quedó quieta. Como la mujer no se decidía a cruzar el umbral, me aproximé a ella con impaciencia y miré por encima de su hombro. Se trataba del salón de la casa. Una parte estaba dedicada a comedor, con una gran mesa de madera y seis sillas dispuestas a su alrededor, y la otra tenía la función de sala de estar. Destacaban un sofá de piel negra, un televisor de amplias dimensiones, una lámpara que pendía del techo y no había sido encendida y, un poco más apartado, junto a la ventana, un pequeño sillón granate que ocupaba la persona a la que buscábamos.
Diego se acariciaba el mentón con gesto ausente. Parecían haberle caído de golpe quince años sobre los treinta y nueve que tenía. Su rostro hinchado y sin afeitar, y el desaliño de su pelo oscuro daban buena cuenta de las horas que había pasado llorando y lamentando lo ocurrido. Tenía la vista fija en las cortinas de la ventana y parecía buscar explicaciones en el horizonte. Sus ojos, que habían perdido todo su brillo, se me antojaban de un tono más apagado que el gris claro que siempre había percibido, como si la pesadumbre los hubiera velado. Ni siquiera se había molestado en quitarse el pijama, y por encima se había colocado un albornoz marrón que caía holgado sobre su cuerpo.
Cansada de tanta delicadeza y de los ademanes de cortejo fúnebre de los ancianos, imposté una tos estruendosa que sacó a Diego de su ensimismamiento. Sacudió la cabeza, como si lo hubieran despertado de un sueño profundo o de un trance, y recompuso su postura en el sillón. A continuación, miró hacia el lugar del que provenía la molestia. La dureza de su semblante se rebajó cuando me reconoció, pero no se levantó a recibirnos, como si le faltaran fuerzas o como si entendiera que la desgracia lo exoneraba de la liturgia de los buenos modales. Parecía un enfermo postrado en su lecho de muerte. Siendo justos, las circunstancias que nos habían conducido hasta aquel piso no invitaban a una reacción diferente.
Hizo un ademán con la mano y con un hilo de voz nos ofreció acomodo en el sofá. Acto seguido, les pidió a sus padres que se retiraran. Los ancianos, que habían permanecido inmóviles junto a la puerta, obedecieron y se llevaron al niño, aunque no se me escapó el gesto de reproche que la mujer le hizo a su hijo mientras se alejaba, quizá por el tono de irritación empleado por Diego, quizá por la exclusión que comportaban sus palabras. O quizá por algún otro motivo que no acertaba a adivinar.
Tan pronto como nos dejaron solos, le presenté a mi compañero.
—¿Cómo estás, Diego? —me interesé a continuación, tomándole la mano.
Diego se encogió de hombros, retiró el brazo para soltarse y desvió la vista hacia la ventana.
—¿Crees que Irene es culpable? —me preguntó después de unos segundos de silencio con voz temblorosa y con las pupilas aún prendidas de la cortina.
Su reacción me cogió por sorpresa, pues no me esperaba que fuera tan directo. No sabía qué contestar y, además, no debía entrar en el juego que proponía.
—Eso no me corresponde decidirlo a mí —me excusé.
Diego apretó la mandíbula, molesto.
—Algo te habrá dicho, ¿no? Tú eres su amiga, y ahora su abogada —murmuró con cierto retintín.
Exhalé un suspiro. Podía comprender que se sintiera dolido.
—Diego, tengo deber de secreto profesional, ya lo sabes. No puedo decirte nada, y mucho menos especular sobre la inocencia o culpabilidad de mi clienta.
Advertí que Tomás asistía al intercambio verbal callado y sin perder detalle de las expresiones de nuestro interlocutor, que respiró hondo. De repente, el rostro de Diego perdió firmeza y algunas lágrimas afloraron de sus ojos amoratados.
—¡Sé lo que vi, Clara! Sé lo que vi… —gimió, mordiéndose los nudillos con rabia.
—No pongo en duda lo que viste, sino la interpretación que le estás dando. Tal vez haya una explicación para todo esto…
El hombre compuso una mueca de desdén.
—Si creéis que voy a ayudar a Irene, estáis muy equivocados.
—Diego, necesito que me cuentes lo que pasó. Por favor —le supliqué, y junté las palmas de las manos—. Hazlo por Mario. Su madre se merece una defensa justa. Si es culpable, pagará por ello.
Diego esbozó una sonrisa cáustica.
—Ya, para que consigas que no entre en la cárcel, ¿no?
—Para saber la verdad. Solo quiero la verdad.
Aspiró aire y comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás, frenético. Finalmente, tras frotarse los ojos con fuerza, aceptó contarnos lo que había presenciado, pero con una condición: debía prometerle que, si descubría que su esposa era culpable, renunciaría a defenderla en el acto. Si no accedía a lo que me proponía, no nos diría una sola palabra. Eso o podíamos volver por donde habíamos venido, me amenazó. Tuve que aceptar a regañadientes. De ese modo, e insistiéndole un poco más, conseguí que compartiera sus recuerdos con nosotros.
Lo primero que hizo Diego fue asegurarnos que la tarde anterior no había estado en Comillas, donde había aparecido el cadáver del hombre.
Se había desplazado a Santander a primera hora de la mañana, a la sede de Hermosilla Hoteles, la cadena fundada hacía varias décadas por su abuelo, y no había regresado a casa hasta bien entrada la noche. La empresa iba a abrir su primer hotel en Portugal, y él debía leer cientos de informes. Por eso, alrededor de las seis de la tarde, había llamado a Irene para avisarla de que se retrasaría más de lo previsto; era mejor que no lo esperara y diera de cenar al niño a la hora habitual. Sin embargo, la ausencia de interrupciones y la concentración que le brindó la quinta taza de café lograron que acabara con todo aquel papeleo antes de lo que había calculado, y a las diez ya estaba de vuelta. No se tomó la molestia de comentarle a Irene que recortaría la hora de llegada, pues a esas alturas el anuncio carecía de trascendencia.
En ese punto, Diego tragó saliva.
—Cuando volví a Comillas, aparqué en la carretera paralela a nuestra casa. Te sitúas, ¿no?
Asentí. Había estado allí en más de una ocasión. Diego e Irene vivían en el primer chalé pareado de una hilera de viviendas que constituía la urbanización La Moría. Un alto muro de piedra separaba la propiedad de una estrecha carretera por los lados sur y oeste, y era habitual estacionar ahí el vehículo, en un costado de la calzada.
Diego se pasó la mano por el rostro, alterado.
—Me bajé del coche y caminé hasta la plaza que hay frente a la casa. Después, abrí la cancela y seguí el sendero.
Diego se refería al camino empedrado que surcaba el jardín describiendo una curva y llegaba hasta la puerta de entrada al hogar, ubicada en el lateral izquierdo de la fachada.
—Iba distraído, la verdad, repasando mentalmente los documentos que había estado leyendo. Pero entonces, al doblar la esquina…, la vi —murmuró con tono sombrío—. Estaba agachada junto a un arbusto. La iluminaba de perfil uno de los farolillos. Al principio, creí que estaba inclinada sobre un saco de tierra, pero, en cuanto se dio cuenta de que había llegado, soltó un grito y lanzó un objeto al seto.
Tomás intercambió conmigo una mirada de preocupación.
—En aquel momento, no me podía imaginar de qué se trataba —prosiguió Diego—. Lo averigüé más tarde, cuando la Guardia Civil revisó el lugar que les señalé. Era un cuchillo de cocina, y tenía restos de sangre.
Diego se mordisqueó los labios durante unos instantes y soltó un suspiro.
—¿Qué ocurrió entonces? —intervino Tomás, sin darle tregua.
El marido de Irene se frotó la frente y se limpió el sudor.
—Me acerqué. Me acerqué y descubrí que, en realidad… En realidad, el saco de tierra era el cadáver de un hombre tumbado boca abajo. —Hizo una pausa para aclararse la garganta—. Lo que pasó después lo recuerdo vagamente, como si estuviera cubierto de una neblina...
Traté de buscar la verdad en su expresión. ¿Nos estaba mintiendo?
—Bueno, sí recuerdo algo —añadió—. Irene gritaba sin parar que no lo había matado, una y otra vez. —Se hundió en el sillón y negó con la cabeza—. No la creí, obviamente, y terminé llamando a la Guardia Civil. Hace años yo confié en ella, ¿sabes, Clara? ¿Qué quería que hiciera: que escondiéramos el cadáver juntos? Al cabo de unos minutos, llegaron varios agentes y nos interrogaron. Ella no dejaba de llorar. Les dije que había visto cómo tiraba algo. Buscaron en la oscuridad y dieron con el cuchillo. Se la llevaron detenida, claro, y a mí me condujeron al cuartel a tomarme declaración. Según tengo entendido, la jueza de San Vicente de la Barquera y otras personas fueron después a levantar el cadáver y a sacar fotos. Ya de madrugada, me trasladé aquí con Mario. La Guardia Civil no me dejó volver a mi casa…
—¿Te cruzaste con alguien cuando aparcaste el coche al llegar a Comillas? —inquirí.
Diego torció los labios.
—Sí, con el asesino, ¿no? Qué oportuno —exclamó con tono histérico—. No, no me crucé con nadie.
—¿La puerta del jardín estaba abierta?
—Estaba cerrada, pero no con llave. Nunca la cerramos con llave porque solo da acceso al jardín, y no al interior de la casa.
—Y decías que esto sucedió alrededor de las diez, ¿no?
Asintió con desgana.
—Sin embargo —deslicé con lentitud y suavidad deliberadas—, hemos tenido conocimiento de que la muerte debió de producirse entre las seis y media y las nueve. Resulta curioso que, según tu tesis, descubrieras a tu mujer asesinando a un hombre que llevaba muerto como mínimo una hora.
En ese momento, Diego dio un respingo y me escrutó. Quizá fuera una impresión mía, pero habría jurado que su mirada traslucía cierto temor.
—No sabía nada de eso… —confesó, titubeante. De repente, sacudió la cabeza—. Mira, no tengo ni idea de a qué hora murió ese hombre ni de cómo ocurrió. Lo que sí sé es que a las diez de la noche descubrí a mi mujer agachada junto a un cadáver y con el arma del crimen, y que la escondió nada más verme. Ojalá sea inocente. ¡Qué más quisiera yo! Pero entre esto y lo que pasó hace seis años…
—¿Quién es el fallecido? —le pregunté, obviando su referencia al pasado.
El hombre levantó las palmas de las manos de forma elocuente.
—¿Sabes si Irene lo conocía? —insistí.
—Eso podrá decírtelo mejor ella, ¿no?
—Pero el cadáver terminó en vuestra casa… —murmuré, reflexionando en voz alta—. Tiene que existir algún motivo para ello.
—Yo tampoco me lo explico. Y las excusas de Irene no hay quien se las trague.
—Podrían ser ciertas, ¿no? —lo tanteé.
Posó sus ojos en los míos y entrelazó los dedos, desafiante.
—Pues ya serían dos coincidencias, y bien extrañas: esta y la de hace seis años.
A continuación, se inclinó hacia mí. De pronto, su rostro parecía el de un perturbado. Me hizo una seña para que me acercara. Obedecí y entonces, con voz siniestra, me susurró al oído unas palabras que me hicieron estremecer:
—Dime, Clara: ¿Irene te había hablado alguna vez de nuestro «querido» Rubén?
Espantada, me aparté de él y miré a Tomás.
7:30 h. Diez horas antes
El día 13 de noviembre había amanecido encapotado y con un frío que perforaba la carne como un estilete. Lo comprobé mientras corría cinco kilómetros por el parque de Las Llamas a primera hora de la mañana, en ayunas y en solitario.
Cuando concluí mi rutina, regresé al piso que tenía alquilado en el barrio de Valdenoja de Santander. Al adentrarme en el recibidor, olisqueé el aire de manera inconsciente. No hallé ni rastro de ese aroma fresco e intenso que antes me rodeaba cada mañana. Su fragancia masculina ya no flotaba por el pasillo. ¿Dónde estaría? ¿Qué habría sido de él?
Parpadeé, consciente de que comenzaba a perderme en los recuerdos. Estaba añorándolo de nuevo, y no podía permitírmelo. Además, carecía de sentido que lo hiciera; nunca habíamos sido felices. ¿Qué era lo que extrañaba? Me metí en la ducha convencida de que solo había sido una recaída fugaz. No era para tanto.
Vivía sola desde el fracaso de mi última relación. Ricardo había sido incapaz de superar mis ausencias, mi supuesta falta de compromiso como pareja y mi presunta obsesión por el trabajo. Según decía, mi prioridad, por encima de todo, era el ejercicio de la abogacía, lo que demostraba una escasa implicación en la construcción de nuestro proyecto común. Así resultaba imposible, me había reprochado. No le faltaba razón: mi profesión me estimulaba bastante más que él. Aunque habíamos comenzado con buen pie, unos meses de convivencia me habían bastado para entender que no dilapidaría el resto de mis días a su lado. No pasaba de ser un entretenimiento. No era el hombre de mi vida, y tal vez ni siquiera estuviera hecha para necesitar a alguien así. El trabajo se me antojaba un mejor compañero de viaje. La decisión llevaba tiempo tomada. No obstante, por problemas de agenda o falta de ganas, no había reunido el valor ni las agallas para decírselo, y se me había adelantado. Mejor así. La ruptura, consumada hacía ya tres meses, había sido un auténtico bálsamo para mí: desde ese día no tenía que rendir cuentas a nadie sobre mis horarios ni mis apetencias. Quizá me conviniera más comprarme un gato; son menos sentidos. Desde entonces, no había vuelto a saber de él y, sin embargo, en ocasiones no podía evitar echarlo de menos.
Cuando terminé de desayunar, me coloqué la gabardina beis sobre los hombros, salí de casa y me monté en el coche, un Volkswagen Golf blanco que me había comprado en Madrid, cuando trabajaba allí. Después de unos minutos de conducción y espera —el atasco en el túnel de Tetuán era monumental—, conseguí llegar a la plaza de Pombo, donde tenía contratado el servicio de aparcamiento subterráneo. Dejé el coche en el primer hueco que encontré, atravesé la plaza y penetré en el portal número 21 de la calle Hernán Cortés, que formaba parte de un señorial edificio de piedra que se levantaba sobre una sucesión de nueve arcos de medio punto. En la entrada resplandecía una placa dorada que rezaba: «Robledo Abogados, 3.º A».
La firma había sido fundada hacía quince años por Antonio Robledo, quien en aquella época apenas superaba la treintena. Según él mismo me había explicado en varias ocasiones, tras realizar unas prácticas con un abogado veterano y aprender las nociones básicas del oficio, se decidió a emprender su propia aventura empresarial y dar el paso de abrir su bufete, especializado en derecho civil y mercantil. Afortunadamente, en sus inicios contó con la ayuda de varios familiares vinculados a los ámbitos judicial y notarial que se afanaron en difundir la noticia de su talento. Esa publicidad y el buen hacer del letrado contribuyeron a que, en poco tiempo, el despacho floreciera y consiguiera alcanzar la fama y el predicamento de los que actualmente gozaba.
Fruto de su éxito precoz, Antonio pronto se vio obligado a formar un equipo que lo complementara y le permitiera ampliar los servicios de asesoramiento jurídico y asistencia letrada que ofrecía. La primera en incorporarse fue María López, una mujer de mediana edad cuya actividad se concentraba en el derecho laboral y administrativo. Unos meses después, en abril de 2014, Antonio sondeó a su buen amigo Fernando Álvarez, con quien había coincidido en la universidad. Fernando nunca había ejercido de abogado; tras licenciarse, había superado la oposición a judicaturas y en ese momento impartía justicia en una localidad del País Vasco. El juez, experto en derecho penal, siempre había anhelado su regreso a Santander, la ciudad de la que era oriundo, pero su posición en el escalafón de la carrera judicial le impedía obtener el traslado. Aprovechando esa circunstancia y explotando sus notables dotes de persuasión, Antonio se lanzó a convencer a su amigo de las bondades de la abogacía y le presentó una oferta que no solo incluía la integración en un despacho ya consolidado a nivel provincial, sino también la adquisición inmediata del rango de socio, con participación directa en los beneficios. Fernando terminó aceptando.
Como cabía imaginar, tras el fichaje de Fernando el número de clientes que demandaban asistencia letrada en litigios penales creció rápidamente, tanto que en enero del año 2018 los dos socios decidieron contratar a una persona con experiencia en esa materia. Más adelante, supe que Fernando pensó enseguida en mí. En aquella época yo trabajaba en un gran despacho de Madrid. A pesar de haber nacido en Santander, me había tenido que desplazar a la capital española en busca de oportunidades y, al igual que Fernando, ansiaba el retorno a Cantabria. Lo había conocido dos años antes, con ocasión de un procedimiento penal complejo y enrevesado que se había incoado en un juzgado de instrucción de Madrid y en el que ambos habíamos intervenido en defensa de intereses contrapuestos. La dificultad del asunto y la asiduidad con la que se habían celebrado las comparecencias judiciales hicieron que mantuviéramos un contacto fluido e incluso llegáramos a forjar una relación de amistad. Tal vez eso y mi acertada llevanza del asunto ayudaron a que se acordase de mí cuando se vio desbordado por la cantidad de trabajo.
La última persona en unirse al bufete había sido Tomás Herrero, un estudiante excepcional que, a sus veintiocho años, había cambiado de rumbo después de suspender los exámenes de acceso a la Abogacía General del Estado. Era pariente lejano de Antonio, lo que, unido a un expediente académico intachable, le había abierto las puertas del despacho de par en par. Como los conocimientos de Tomás en derecho civil y administrativo ya eran abrumadores, los socios me habían pedido que, durante unos meses, lo formara en la práctica del derecho penal para que abarcara un mayor elenco de asuntos.
La plantilla la completaba una eficaz secretaria de cincuenta y cuatro años, rechoncha, con el rostro repleto de pecas y los labios siempre pintados de rojo: Virginia Ruiz. Fue la primera persona a la que me encontré aquella mañana, sentada al otro lado del mostrador.
—Fernando y Tomás ya han llegado —me informó sonriendo—. Ayer Fernando estuvo reunido con Elena Martínez en su empresa. Por eso no te cogía el teléfono. Algo de un accidente de un trabajador. Ya te contará.
—Vale, ahora me paso a verlo. Gracias, Virginia.
Inicié la jornada haciendo una visita a Tomás. Me asomé y lo hallé absorto en la lectura de un expediente que le había cedido el día anterior para que se fogueara.
Vestía una camisa azul claro, una corbata rayada de tonos oscuros y un traje gris de espiga.
—Estaba calculando la pena que voy a pedir para estos desgraciados —dijo, jovial.
—Sea lo que sea, me parecerá poco. Has madrugado, ¿no?
—Ayer terminé pronto el libro que estaba leyendo y Eva no podía más, así que nos acostamos temprano. Hoy, a las siete y media, ya no sabía qué hacer.
—Se me ocurren unas cuantas cosas que puedes hacer en casa recién levantado, pero me voy a callar —bromeé, guiñándole un ojo—. ¿Recomendable el libro?
—Muy bueno —respondió con regocijo.
La literatura era una de las mayores pasiones de Tomás. Según me había dicho en más de una ocasión, aprovechaba para leer siempre que podía. Solía hacerlo por las noches, al igual que su novia, con quien se había trasladado a vivir tras percibir sus primeras nóminas en el despacho.
Fernando también compartía con Tomás el amor incondicional por los libros, aunque desde la posición de escritor. Tras sufrir varios rechazos editoriales con sus primeras novelas —lo que le había llevado incluso a plantearse el abandono de su vocación—, en el año 2012 había sentido un golpe de inspiración y había escrito febrilmente, en cuestión de unos meses, la novela titulada El espía de Bruselas. La historia sedujo desde el principio a los editores y en octubre de 2013 salió al mercado. No tardó ni dos semanas en ascender al primer puesto de los más vendidos y en ganarse el aplauso de la crítica. La historia giraba en torno a Ricardo Carmona, un espía del Centro Nacional de Inteligencia que en octubre de 2008 era destinado a Bruselas para infiltrarse en las altas esferas de la Unión Europea y destapar una trama en la que participaban varios Estados que intentaban sacar tajada de la situación de caos que se acababa de desatar con la caída del banco de inversiones Lehman Brothers.
Actualmente, Fernando hacía malabarismos para compaginar las labores de abogado y escritor reputado, y dedicaba su tiempo libre a terminar su nueva novela, que esperaba entregar en los próximos meses. Tomás lo admiraba tanto que en su primer día de trabajo no había dudado en pedirle que le firmara un ejemplar de El espía de Bruselas. Fernando, por supuesto, había aceptado, y, a partir de entonces, habían forjado una estrecha relación que trascendía lo profesional.
—Estaba recordando el día en que empezaste a trabajar aquí y Fernando te firmó su libro —dije.
Mi compañero me señaló con un movimiento de cabeza la estantería que se apoyaba en la pared opuesta.
—Ahí lo tengo, como una pieza de museo.
Me estiré, alcancé el volumen y lo abrí por la primera página, donde figuraba la dedicatoria original:
«Para M., por inspirarme».
Justo debajo había un párrafo manuscrito con la caligrafía inconfundible de Fernando, de trazo largo y elegante:
«Para mi querido Tomás. Es un placer tenerte con nosotros. Bienvenido».
Sonreí. Todos estábamos encantados con su incorporación al bufete. Devolví el libro a su estante y me retiré a ver a Fernando. Estaba tecleando en su ordenador a toda velocidad. Era un hombre de complexión delgada, con la piel casi nívea y de cabellos cortos y prematuramente encanecidos. Se quitó las gafas de lectura y me dirigió un gesto burlón.
—¿Qué tal estamos, penalista? Tengo un par de asuntillos que pasarte, para que no te relajes. Siéntate —me invitó, al tiempo que se levantaba de su butaca para acomodarse conmigo junto a una mesa redonda de cristal en uno de los extremos de la sala.
—Te agradezco que te preocupes tanto por mi bienestar —respondí, e hice una mueca.
—No se merecen, mujer —se carcajeó mientras introducía la mano en el interior de la chaqueta y sacaba un caramelo de menta, que me tendió con una sonrisa irónica dibujada en el rostro—. ¿Quieres?
—Ya sabes que detesto su sabor, y todavía más su olor.
Fernando soltó una risotada, lo abrió haciendo crujir el envoltorio y se lo llevó a los labios. Pocas veces se lo veía sin uno en la boca.
—¿Qué tal se encuentra Marina? —le pregunté.
Fernando se había casado con Marina Hernández hacía un año y medio. Se habían conocido a finales de 2014 en los pasillos de los juzgados de Santander, donde ella trabajaba como letrada de la Administración de Justicia. Era una mujer risueña, locuaz y muy diligente en su trabajo, al cual había faltado en los últimos días a causa de un episodio intenso de gripe.
—Hoy se ha reincorporado y ya está de mejor humor, que al fin y al cabo es lo que importa —dijo con sorna—. En fin, te comento los dos asuntos que quería encargarte.
Asintiendo, saqué del bolso mi estilográfica y un cuaderno pequeño de tapas verdes que me acompañaba a todas partes y me dispuse a tomar notas.
Justo entonces, Virginia irrumpió en el lugar.
—Perdona, Clara. Está al teléfono un sargento de la Guardia Civil. Necesita hablar contigo de manera urgente.
Fernando chasqueó la lengua y me excusó con un ademán. Sin perder tiempo, fui hasta mi despacho, ubicado casi al fondo del pasillo, y descolgué el teléfono.
—Buenos días. Soy Clara Caballero.
—Buenos días —me saludó una voz masculina, áspera y de cadencia oficial—. Le llamo del Equipo de Delitos contra las Personas de la Policía Judicial de la Guardia Civil. Le informo de que doña Irene Arias Abad fue detenida la pasada noche en su domicilio y la ha designado a usted para que la asista. Se encuentra en las dependencias del puesto de Comillas, a la espera de ser interrogada, por lo que le ruego que se persone lo antes posible y dentro del plazo legal.
Esas palabras, recitadas mecánicamente, me dolieron tanto como un puñetazo descargado en la boca del estómago. De repente, me quedé sin habla, boqueando como un pez fuera del agua. ¿Se refería a mi amiga, la dulce profesora de Filología Hispánica?
—¿Hola? ¿Está ahí? —preguntó la voz.
—Sí, sí, perdone —farfullé—. ¿Está seguro de que se trata de Irene Arias?
—Claro.
—¿Puede decirme por qué la han detenido?
—Parece estar implicada en la muerte de un hombre —contestó el sargento de forma neutra, sin revelar ninguna emoción.
Esta vez no pude reprimir un gemido. ¿Un homicidio? ¿Irene? La cabeza me daba vueltas.
—Necesitamos que se persone aquí cuanto antes —me insistió.
—Pero si Irene Arias… A ver, Irene es profesora de literatura. Es amiga mía…
—Muy bien, letrada, pero ¿cuánto tardará?
Resoplé.
—Estaré en unos cuarenta minutos.
—La esperamos.
Permanecí sentada por espacio de cinco minutos, inmóvil frente a la pantalla negra del ordenador. Aquello no tenía sentido. Debía de tratarse de un error, un error de bulto. ¿Cómo iba a estar Irene implicada en algo así? Aún sobrecogida, cogí mi gabardina, salí al pasillo y le pedí a Virginia que abriera un nuevo expediente. Cuando me entregó la carpeta amarilla, la llené de folios en blanco. Con estupor, en el primero de ellos registré a Irene como «detenida» y la guardé en el bolso. En ese momento, pasó por mi lado Tomás, en dirección a la impresora. Lo detuve agarrándolo del brazo, alterada.
—Tomás, tengo que asistir a una amiga en Comillas. Es sospechosa de haber matado a alguien —balbuceé. Las palabras que brotaron de mi boca me sonaron como si las hubiera proferido un tercero—. Necesito que me acompañes, por favor. Debemos irnos ahora mismo.
Tomás palideció y me miró con preocupación.
—Rápido, coge el abrigo —dije, sin entrar en detalles.
Mi compañero no se lo pensó y salió de allí precipitadamente. Mientras tanto, informé a Fernando de la situación. Estupefacto, dejó de teclear y de chupetear su caramelo.
—Es la amiga de la que te hablé alguna vez, cuando yo aún vivía en Madrid —le expliqué—. La filóloga que trabaja en Comillas.
—Sí, sí, lo recuerdo. Madre mía, Clara… ¿Crees posible que…?
Fernando dejó la frase en el aire, como si no se atreviera a terminarla.
—No sé, todo esto me parece una locura —respondí, sacudiendo la cabeza.
—Tómate todo el tiempo que necesites y olvídate del asunto que te iba a pasar. Venga, ve a sacar a tu amiga del calabozo. Estará muy nerviosa.
Disponía de un plazo de hasta tres horas para comparecer en el cuartel, pero los interrogantes que planeaban sobre aquel caso y la evocación de Irene encerrada me impelían a presentarme en Comillas cuanto antes. Debía aclarar aquel malentendido ya.
Dediqué el viaje a resumirle a Tomás cuanto sabía sobre la vida de Irene. La había conocido a principios de 2016, en una comida de amigas. Por aquel entonces yo residía en Madrid y me había escapado a Santander a pasar unos días. Alicia, que era de la pandilla histórica, nos pidió permiso para que se uniera. Irene tenía solo cuatro años más que nosotras y no desentonaba ni por edad ni por aficiones. Desde ese momento, pasamos a considerarla una más del grupo. Su novio, Diego Hermosilla, era un prominente empresario del sector hotelero y trabajaba muchas horas en el negocio que había fundado su abuelo, por lo que ella solía disfrutar de bastante tiempo libre y lo aprovechaba apuntándose a todos los planes que organizábamos. En abril de 2017 se casaron y un año y medio después, a finales de noviembre, tuvieron un niño llamado Mario.
Irene no había nacido en Comillas, pero residía allí desde septiembre de 2010. Ese año había comenzado a impartir docencia en el Máster de Enseñanza del Español en el Extranjero organizado por el Centro de Estudios Superiores del Español (CIESE). Posteriormente, en 2013, se había incorporado al Grado en Estudios Hispánicos. No me constaba que hubiera tenido problemas. No quería incurrir en estereotipos, pero le confesé a Tomás que, a mi juicio, Irene era la típica profesora de literatura enamorada de los libros: soñadora, paciente e inofensiva. Era cierto que en los últimos meses apenas la había visto, pues su maternidad y mis compromisos profesionales copaban todo nuestro tiempo, pero me parecía improbable que de pronto se hubiera transformado en una homicida.
El puesto de la Guardia Civil se encontraba junto al paseo marítimo, en un alargado edificio de piedra construido al pie de una colina. Algunos vecinos se habían animado a pasear por la zona bajo el vuelo de las gaviotas, sin prestar atención a las nubes cárdenas que vestían el firmamento y que amenazaban con descargar toda su furia sobre aquella población idílica.
Siempre me había gustado Comillas. Había veraneado allí en varias ocasiones, cuando el lugar bullía de actividad, con las playas atestadas de turistas y aquellas colas interminables para acceder al Capricho de Gaudí y al Palacio de Sobrellano. Recordaba el delicioso aroma de las cocinas de los restaurantes fundiéndose con la brisa, las tiendas y los mercados palpitantes, el tráfago de curiosos recorriendo las callejuelas mientras daban cuenta de un helado desbordado… En realidad, el pueblo no perdía todo su atractivo fuera del período estival. No obstante, aquella mañana todo se me antojaba distante y melancólico, como si estuviera cubierto por una capa de rocío.
Aparcamos el coche al lado del cuartel y pasamos al interior. En la recepción mostramos nuestros carnés de letrado a un guardia y le explicamos el motivo que nos había conducido hasta allí. Tras ausentarse unos segundos, regresó acompañado de un hombre fornido, alto, de barba poblada y ribeteada de blanco, con cejas frondosas y mirada calculadora. No vestía uniforme y caminaba con aplomo. Le calculé más de cincuenta años.
—Soy el sargento José Antonio Hermida —dijo mientras nos estrechaba la mano. Su voz era la que había escuchado por teléfono—. Y aquí mi compañero, el cabo Juan Ruiz —agregó, y señaló a un varón más o menos de mi edad, pelirrojo y de aspecto enclenque—. Su clienta los está esperando. Si lo desean, pueden entrevistarse con ella antes de que comencemos.
—Necesitaríamos tener acceso a las actuaciones con carácter previo —repliqué.
El sargento frunció los labios con disgusto. Ambos sabíamos que solo podía negarse a exhibirme el expediente en caso de que el juez de instrucción hubiese declarado la investigación secreta, circunstancia que, por la expresión del hombre, deduje que no se había producido. Aun así, era habitual que las fuerzas y cuerpos de seguridad opusieran resistencia, y aquella vez no iba a ser una excepción.
—Verá, letrada, ahora mismo estamos practicando diligencias.
—Seguro que algo tendrá a mano. Si no me dejan ver las actuaciones, mi clienta no declarará nada, ya se lo aviso. No dirá ni una sola palabra.
—Hágase cargo de la situación —protestó el sargento—. Casi no hemos tenido tiempo para recoger los vestigios de la escena del crimen.
—Algo habrán descubierto para haberla detenido, ¿no?
El sargento murmuró un exabrupto y ordenó a su subordinado que fuera a buscar los papeles.
—Si quiere agilizarlo, podría ir adelantándome lo ocurrido —añadí.
El guardia civil me examinó, calibrándome. Seguramente no estaba acostumbrado a que los abogados demostrásemos tanto atrevimiento; solemos ser más apocados.
—La detuvimos ayer por la noche, sobre las diez —dijo, acompañando sus palabras de un bufido—. Su marido la sorprendió junto al cuerpo sin vida de un hombre que aún no hemos identificado. El cadáver carecía de documentación y de efectos personales. Todo apunta a que fue degollado allí mismo, por la espalda. El arma del crimen podría ser un cuchillo ensangrentado que sostenía su clienta y del que se quiso deshacer tan pronto como se vio descubierta. El resto lo podrá encontrar ahí —atajó, señalando la carpeta que portaba el cabo, que ya estaba de vuelta—. Y, si no consta, es que estamos en ello.
Respiré hondo en un intento por calmarme y absorber toda esa información que me resultaba tan inverosímil y que el sargento me arrojaba sin paliativos. No podía creer lo que oía. Si aquello era cierto, la Guardia Civil no había incurrido en ningún error. Al contrario, la detención de mi amiga estaba más que justificada.
—¿Tienen idea de a qué hora se produjo la muerte?
El hombre contrajo el rostro en señal de reprobación. Ya había mostrado suficiente consideración conmigo. Ciertamente, no podía negarle que especular con la abogada defensora sobre ese extremo habría supuesto rebasar el límite de la deferencia, máxime cuando, por el escaso tiempo transcurrido, resultaba imposible que se hubiera practicado la autopsia. A lo sumo, existiría un informe meramente preliminar, unas observaciones orientativas del forense.
—Me refería al periodo de tiempo por el cual van a interrogar a mi clienta —me apresuré a matizar, exhibiendo una sonrisa inocente—. Si no me dan alguna pista, no podré hacer mi trabajo.
Se oyó un suspiro de transigencia.
—Mire, tendrá que preguntarle qué hizo ayer desde las seis de la tarde hasta las nueve, aproximadamente.
Con eso me bastaba. Fui a abrir la boca, pero el sargento se marchó de inmediato, sin esperar a recibir mis muestras de agradecimiento. A continuación, el cabo Ruiz nos condujo a una sala con cuatro sillas y una mesa rectangular donde nos aguardaba Irene.
En cuanto entramos, mi amiga saltó del asiento y se abalanzó sobre mí con el rostro repleto de lágrimas.
—¡Dios mío, Clara!
Intentó abrazarme, pero las esposas le impedían abrir los brazos, así que se conformó con pegar su cuerpo al mío mientras yo le acariciaba la nuca. Las puntas de su cabello rubio estaban empapadas, y su cuerpo, ataviado con una camisa de rayas azules arrugada y unos vaqueros manchados de tierra, parecía haber encogido un par de tallas. Era delgada y de mi altura, pero en aquel momento se la veía encorvada y reducida, como si le hubieran propinado una paliza y apenas pudiera erguirse. La herida era interna, y se localizaba en el alma.
El cabo Ruiz se aclaró la garganta y anunció que se retiraba.
—¿Cómo estás, Irene? —le pregunté al tiempo que me separaba de ella y me dirigía a la mesa.
Tomás y yo nos sentamos a un lado y ella, al otro. A pesar de la situación en la que estaba envuelta y la tensión que soportaba, seguía pareciendo atractiva, y sus ojos almendrados despedían un halo de candidez y bondad que no casaba con el motivo que la había arrastrado hasta allí. Me sonrió con amargura.
—Siento meterte en esto, Clara. Te agradezco tanto que estés aquí…
Le devolví una sonrisa compasiva y le presenté a Tomás, a quien saludó ofreciéndole unas manos temblorosas.
—¿Has hablado con la Guardia Civil? —inquirí.
Irene negó con la cabeza y se pasó los dedos por las mejillas para contener las lágrimas.
—No. Han venido a verme varias veces de madrugada y también esta mañana, pero no les he dicho nada. Querían que confesara algo que no he hecho. Sospechan de mí, Clara.
—Tranquila, lo vamos a solucionar. Necesito unos minutos para leerme esto —repuse, y blandí los folios.
Irene asintió con docilidad.
Con desaliento, comprobé que los hechos que reflejaba el atestado coincidían con el resumen del sargento Hermida. La Guardia Civil no se había arriesgado a reconocer la escena en la oscuridad, pero sí se había dejado constancia del hallazgo del cuchillo, que habían enviado para su análisis al laboratorio del Equipo de Criminalística de la Comandancia, en Logroño. Todo lo que leía, que no era precisamente prolijo por lo apresurado de su elaboración, resultaba confuso y no añadía mucho más a lo referido por el sargento.
Cuando acabé con el examen de las diligencias, me dispuse a preguntar a Irene por su versión de los hechos. Si su explicación reunía una mínima dosis de coherencia, quizá pudiera conseguir su puesta en libertad.
—Irene, cuéntanos qué ocurrió ayer por la tarde.
Bajó los ojos y se entretuvo unos segundos rizándose los extremos del pelo todo lo que le permitían las muñecas esposadas. Después, comenzó a hablar con voz trémula.
—Estuve trabajando en mi despacho del CIESE. Tenía que corregir algunos exámenes. A esas horas no hay clase y los estudiantes vuelven a casa.
—¿Alguien te vio?
—Sí. Me vio el profesor Roberto Crespo. Conversé con él nada más llegar. Ah, y también me crucé con Yolanda, la recepcionista.
—¿Hay cámaras?
Irene asintió.
—Bien. Entonces, ese punto lo tenemos cubierto —celebré, e intercambié una mirada de alivio con Tomás—. ¿Hasta qué hora permaneciste allí?
Irene se rascó la frente.
—Pues creo que recogí a Mario a eso de las seis y media, así que supongo que me iría a las seis y veinte, más o menos.
—¿De dónde lo recogiste?
—De la guardería Arcoíris. Está al lado del ayuntamiento, en la plaza Joaquín del Piélago. Quien me entregó al niño fue Elvira Martínez, la propietaria.
Apunté los datos en el bloc verde que saqué del bolso. La estilográfica relampagueaba bajo la luz de los fluorescentes.
—Después fui con Mario a dar un paseo por los alrededores de la playa, junto al muelle. Como está un poco lejos y una parte del trayecto tiene el suelo irregular, lo llevé con un porteo. Hacía frío y había anochecido, pero me apetecía caminar por esa zona, y él lo agradece. Se le nota alegría en la mirada cuando vamos por allí. Le encanta contemplar el oleaje.
—¿Qué ocurrió luego?
—No sé durante cuánto tiempo paseamos, sinceramente. Recuerdo que Diego me llamó por teléfono para comentarme que volvería tarde del trabajo. No creo que regresase a casa más tarde de las siete.
—Pero no estás segura —observé.
Irene negó con la cabeza.
—¿Qué hiciste después?
—Hay un camino pavimentado que va desde el paseo marítimo hasta la placita que está justo delante de nuestra casa. Subimos por ahí. Luego lo duché, le di de cenar a las nueve y lo acosté. Cuando terminé, me puse a ver la televisión y, alrededor de las diez, salí al jardín a regar el césped. Fue entonces cuando lo vi.
La voz se le apagó y rompió a llorar.
—De modo que, cuando volviste del paseo, ¿no había ningún cuerpo? —quise asegurarme.
Irene, hecha un amasijo de lágrimas, trató de serenarse cerrando la mandíbula y los puños.
—No lo sé, Clara, no lo sé… —gimoteó—. Ya era de noche. Y después lo encontré detrás de un arbusto, en un extremo del jardín… Era difícil de ver. No sabría decir si ya estaba allí cuando llegamos…
—¿Había algún charco de sangre?
Irene se encogió de hombros con nerviosismo.
—Soy una estúpida, Clara.
—No digas eso, Irene.
—¡Lo soy! Creí que se encontraba herido y me agaché a socorrerlo. Tenía que haberme quedado quieta, haber salido corriendo…
—Hiciste lo que tenías que hacer. Dime: ¿qué fue lo que pasó después?
Irene resopló angustiada.
—El hombre estaba boca abajo. Por eso fui a darle la vuelta, para tratar de ayudarlo. Fue entonces cuando vi el corte que tenía en la garganta. Me quedé paralizada, Clara. ¡Muerta de miedo! Y, cuando quise alejarme, toqué algo duro a mi lado. Era un cuchillo.
Escuché sus palabras con atención y en silencio, esforzándome por disimular mi asombro. La historia, desde luego, no sonaba muy convincente. Comenzaba a entender al sargento Hermida.
—¡Clara, tienes que creerme! ¡Sé que parece increíble, pero es la verdad!
Forcé un gesto conciliador y asentí.
—Te creo, Irene.
Pronuncié aquella frase con firmeza, pero en mi fuero interno era toda dudas. ¿Cómo podía haber sucedido algo así? La versión de mi amiga me recordaba a los pretextos extraordinarios que algunos de mis clientes urdían en su fantasía de que trataban con imbéciles, categoría en la que incluían no solo al juez, sino también a su propio abogado. No sería sencillo hacer pasar por ciertas aquellas casualidades insólitas. Para empezar, la Guardia Civil ya disponía de las huellas de Irene estampadas en el cadáver y en el arma del crimen.
—Y fue entonces cuando llegó Diego, ¿no? —dijo Tomás.
—Sí, justo cuando había entrado en pánico.
—¿Te cruzaste con alguien de camino a casa?
Irene ladeó la cabeza y maldijo en voz alta su infortunio mientras se clavaba las yemas de los dedos en las mejillas.
—No lo sé —añadió—. No estoy segura. Era de noche y hacía frío. No estaba pendiente de la gente. Estaba centrada en mi hijo.
—¿Por qué no llamaste a la Guardia Civil? —intervine, escudriñándola.
Irene bajó los hombros y clavó la mirada en la mesa.
—No lo sé, Clara. Soy tonta, ya te lo he dicho. Había encontrado un cadáver en mi jardín, lo había tocado y también había cogido el arma del crimen. No sabía qué hacer, si esconderlo todo, llamar a la policía… Me entró miedo. Pensé que me echarían la culpa.
—Irene, el haber tocado el cuerpo y el cuchillo no implica que seas la asesina. Lo sabes, ¿no? —dije, torciendo los labios.
No lo exterioricé, pero no podía evitar coincidir con mi amiga en la apreciación de su estupidez supina. Las razones que proporcionaba no me convencían. Su conducta no obedecía a la lógica, y la propia Irene era consciente de ello. ¿Estaba siendo sincera?
—Estaba aterrorizada —insistió, moviendo los dedos con desesperación—. No podía pensar. Y, de pronto, apareció Diego. Casi me dio un ataque. Tiré el cuchillo en cuanto lo vi, como si fuese la asesina. Entonces, se acercó, descubrió el cuerpo y empezó a gritarme como un energúmeno. No me concedió ni siquiera el beneficio de la duda… Soy su mujer. Y la madre de su hijo…
Irene perdió el control y estalló de nuevo en sollozos. Conmovida, me levanté y la abracé con fuerza hasta que se tranquilizó.
—No he vuelto a saber nada de él desde entonces, y tampoco de Mario…
—Hablaré con Diego, no te preocupes —le prometí. A continuación, la besé en la mejilla, la aparté unos centímetros de mí y la miré a los ojos—. ¿Estás segura de que nos lo has contado todo?
Irene se sorbió los mocos y asintió. Quería creer que aquella historia era cierta, pero me costaba hacerlo. Quizá la mejor estrategia pasara por tacharla públicamente de imbécil y definirla con semejante atributo ante la Guardia Civil. Al fin y al cabo, nadie acaba entre rejas por ser tonto.
Como partía de la premisa de que mi clienta era inocente y decía la verdad, le recomendé que declarara y contestara a todas las preguntas que le formulara el sargento. Supuestamente, no teníamos nada que esconder.
—¿Me meterán en la cárcel? —me preguntó Irene con la desolación pintada en las facciones.
—Todo irá bien, ya verás. Tú limítate a exponerlo como una concatenación de sucesos desafortunados y fortuitos. Pueden retenerte hasta un máximo de setenta y dos horas a contar desde la detención. Cumplido ese plazo, deberá ser la jueza de San Vicente de la Barquera quien decida qué hacer contigo. ¿Lo entiendes?
Mi amiga exhaló un suspiro.
El cabo Ruiz nos escoltó hasta una sala de interrogatorios al final del pasillo principal. Había cinco sillas dispuestas alrededor de una mesa metálica, tres para nosotros, una para el sargento y otra para el cabo. Irene ocupó la posición central, flanqueada por Tomás y por mí. Enfrente se colocó el sargento Hermida y, a su vera, el cabo, que desplegó un ordenador portátil para levantar acta de la declaración. Podía oír los latidos del corazón de mi amiga.
—Buenos días, Irene —la saludó el sargento con fingida cordialidad—. Tenemos que hacerle unas preguntas.
Irene tartamudeó un «vale» y se encogió en su asiento, como si se preparara para recibir un disparo en el pecho. Los labios le bailaban como un barco mecido por el oleaje.
—¿Desea declarar?
Irene musitó un asentimiento casi imperceptible, ante lo cual el sargento se permitió una sonrisa maliciosa. A continuación, dio inicio al interrogatorio, que se extendió por espacio de una media hora. Mi amiga, tensa y en ocasiones un tanto titubeante, reprodujo ante aquellos hombres el discurso que habíamos preparado. El sargento Hermida escuchó las explicaciones con visible escepticismo y con el mentón apoyado en una mano. Mientras tanto, el cabo tecleaba a toda velocidad, afanándose en no dejar ningún detalle sin transcribir.
Cuando Irene concluyó su exposición de los hechos, el sargento se reclinó en su asiento y se cruzó de brazos. Lo miré con extrañeza; algo no marchaba bien. Mi amiga debió de experimentar la misma sensación, pues de pronto su pecho comenzó a oscilar a un ritmo frenético.
—Dígame: ¿su hijo sabe hablar? —le preguntó el sargento entrecerrando los ojos—. ¿Puede confirmar su versión de los hechos?
Irene respondió con voz queda que Mario apenas pronunciaba palabras sueltas y no podría aportar nada, y bajó la vista.
—No se preocupe, existen otras vías para comprobar dónde estuvo —apuntó el sargento con una mueca sarcástica—. ¿Tiene activada la señal GPS en su teléfono?
Ella sacudió la cabeza y se pasó el dorso de la mano por la frente.
—Vaya, una lástima. Triangular su teléfono con los repetidores a los que se conectó ayer no nos va a servir de nada. La franja del paseo y la de su casa es la misma, así que, salvo que tuviera activada la geolocalización del terminal, no hay modo de verificar su posición concreta. ¿Tiene algún testigo?
Una vez más, Irene dio una respuesta negativa.
—Ah, por cierto, ¿qué hacía ese hombre en su casa? Coincidirá conmigo en que su presencia resulta sorprendente.
—¡Ya le he dicho que no tengo la menor idea! —masculló Irene, temblando de los pies a la cabeza.
—Sí, perdone —fingió azorarse el sargento—. Y decía que se chocó con el cadáver cuando se puso a regar la zona, ¿verdad?
Se me escapó un resoplido de impaciencia y le hice notar que la detenida ya había declarado sobre ese extremo sin incurrir en vaguedades ni contradicciones. El sargento, en lugar de reprocharme la descortesía, recibió la demostración de exasperación con una sonrisa lobuna que me erizó el vello de la nuca.
—Bien, señora Arias, acláreme una cosa —prosiguió con altivez—: ¿qué sentido tenía regar si los meteorólogos habían pronosticado chubascos para la tarde siguiente? ¿Qué sentido tenía regar si todos los días anteriores también había estado lloviendo?
Un silencio espeso y doloroso se desplomó en el espacio que nos separaba de los guardias. A mi lado, Irene movía ligeramente los labios, pero no articulaba palabra, y Tomás me observaba con la boca entreabierta. Maldije para mis adentros. ¿Cómo no había reparado en ese detalle?
A la vista de la parálisis que se había adueñado de mi amiga, y siendo consciente del efecto devastador que implicaba su silencio, coloqué una mano detrás de su hombro y, bajo la atenta mirada del sargento, le empujé la espalda hacia delante. Irene captó el mensaje. Tras carraspear, farfulló que, para ella, regar era una actividad relajante e independiente por completo de la climatología. Ni siquiera se había molestado en consultar las predicciones, añadió. Lo hacía porque le gustaba, lisa y llanamente. Además, tenía algunas plantas que requerían agua en abundancia. Tomás y yo nos esforzamos por exhibir un semblante neutro, pero el sargento y el cabo intercambiaron un gesto de incredulidad.
—Ruiz, hágame el favor de recoger palabra por palabra las explicaciones de la detenida —le ordenó el superior—. Tengo otra pregunta para usted, señora Arias. Ustedes tienen dos timbres en su casa, uno situado junto al acceso al jardín y otro junto a la puerta que da entrada a la casa. ¿Oyó alguno de los dos?
Irene negó con la cabeza y explicó que, aunque alguien hubiera llamado, el ruido de la ducha podría haberse superpuesto a la señal acústica durante el tiempo que estuvo bañando a su hijo.
—De todos modos, no me termina de encajar una cosa —observó el sargento—. Las huellas dactilares que hemos recogido revelan que alguien (presumiblemente la víctima, aunque estamos pendientes de obtener los resultados) pulsó el timbre del jardín. Si ustedes no eran conocidos de ese hombre y no obtuvo respuesta, ¿no resulta un poco extraño que decidiese abrir la puerta del jardín y acceder al interior?
Maldije de nuevo por lo bajo. Aquel sargento demostraba una perspicacia inusitada, digna de Hércules Poirot y, por supuesto, fuera de mi alcance. No se me había pasado por la cabeza cuestionarme ese tipo de cosas. Aguardé con temor la reacción de mi amiga. Para mi sorpresa, en esta ocasión no acusó el golpe, a juzgar por su expresión calmada.
—Quizás eso tenga una explicación sencilla —dijo—: el interfono del jardín no emite ningún ruido para la persona que lo pulsa, aunque sí suena en el interior de la casa. Es posible que creyera que estaba estropeado. Nos ha pasado con otra gente. De hecho, teníamos pensado cambiarlo.
El sargento asintió, en apariencia satisfecho con la respuesta.
—¿Por qué no llamó a la Guardia Civil en cuanto se dio cuenta de que el hombre estaba muerto?
Irene me lanzó una ojeada de soslayo.
—Mire, ya se lo he dicho a mi abogada: el pánico me dominó. Puede parecerle absurdo, pero temí que me acusaran del crimen por haber tocado el cadáver y el cuchillo. No supe tomar una decisión. Estaba tan aterrada que incluso me planteé esconderlo todo.
El sargento Hermida arqueó las cejas, pero no hizo ningún comentario. A continuación, se levantó.
—De acuerdo, señora Arias. Esto es todo. Ahora imprimiremos el acta para que la firmen usted y su letrada. Lamento comunicarle que, de momento, permanecerá aquí detenida. Tenemos que seguir investigando.
Irene asintió desconsolada. El sonido ahogado de la impresora vació el silencio desgarrador que siguió al anuncio que oficializaba la retención de mi amiga en los calabozos. De perfil, Irene se asemejaba a un cuerpo amortajado que hubieran colocado en posición sedente y con el cuello echado hacia atrás, buscando el cielo como escapatoria al infierno que la engullía.
Después de unos instantes, el sargento cogió varios folios de la bandeja y nos los tendió para que verificásemos que su contenido se ajustaba a lo manifestado. Lo repasé con Irene y, cuando comprobé que no había ningún error, procedí a rubricar la última página. El trámite había finalizado, pero no saldría de allí con ella.
Antes de abandonar la sala y dejarnos a solas con nuestra clienta, el sargento nos pidió que estuviéramos pendientes del teléfono las próximas horas, por si fuera precisa una ulterior declaración de la sospechosa. No podía descartarse nada, añadió con un deje de misterio en la voz.
