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"La súplica de Pablo" es una novela en la que se entrelazan la soledad, el bullying, el vicio y el egoísmo de un padre, y la indiferencia de una madre que abandona a su hijo a su suerte para iniciar una nueva vida con un hombre que le asegura un futuro prometedor.
Pablo es un niño de ocho años que sólo tiene un amigo en el que puede confiar, pero una serie de sucesos lo llevan hacia un trágico destino.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
LA SÚPLICA DE PABLO
UNA NOVELA DE
ERICK CARBALLO
Portada: Erick Carballo
Copyright © 2019 Erick Carballo
Todos los derechos reservados.
La historia contenida en este libro es una obra de ficción. Algunos nombres, personajes, lugares y hechos son fruto de la imaginación del autor o han sido utilizados de manera ficticia y no deben considerarse reales. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, hechos reales, lugares u organizaciones es mera coincidencia.
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 1
Eran las dos de la tarde. Juana se hallaba en la plaza comercial a punto de empezar su jornada laboral; pero no estaba sola. La acompañaba Joaquín, un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, 1.75 de estatura, sombrero blanco, camisa blanca de cuadros azules, pantalón de mezclilla, cinturón marrón y botas vaqueras en color marrón. Ambos conversaban tranquilamente.
—Ven conmigo a los Estados Unidos.
—Pero estoy casada y tengo un hijo.
—¿Y eres feliz? —le preguntó Joaquín.
—No, no lo soy —respondió Juana con lágrimas en los ojos—. Ya no soporto a mi esposo. Siempre llega borracho a la casa.
—Pues entonces no lo pienses y vámonos a los Estados Unidos. Vámonos esta misma noche. ¡Mira! Conmigo lo tendrás todo. No te faltará absolutamente nada. Vamos a empezar una nueva vida juntos.
Pero Juana se quedó pensativa.
—No sé. Déjame pensarlo —dijo Juana con la cabeza agachada—. Te llamaré en mi hora de descanso.
—Está bien; esperaré tu llamada —dijo Joaquín, apoyando la mano derecha en su camioneta.
—Gracias —respondió Juana más tranquila—. Debo irme, ya estoy con algunos minutos de retraso.
—Sí, está bien —dijo Joaquín mientras se acercaba a Juana para darle un beso.
—Adiós, yo te llamo.
—Ok, adiós —respondió Joaquín levantando la mano.
Juana se dirigió al supermercado donde trabajaba mientras Joaquín entraba en su vehículo, y después se alejó de la plaza comercial.
Cuando Juana llegó al supermercado, se encontró con la supervisora de cajas, que le reclamó por haber llegado quince minutos tarde.
—Pero mujer, ¿qué horas son estas de llegar? ¿Acaso te crees que eres la gerente de la tienda?
—De ninguna manera, jefa —respondió Juana moviendo la cabeza y colocándose el bolso en el hombro—. Lo que pasa es que tengo problemas.
—Ya, mujer; pero avisa que vas a llegar tarde. Todos tenemos problemas. Pero no por eso vamos a descuidar nuestro trabajo. Recuerda que del trabajo vivimos.
—Sí, lo sé, jefa. Lo siento.
—Está bien. Acepto tus disculpas, pero que sea la última vez que llegas tarde, o de lo contrario tendré que pedir al gerente que te despida.
—Sí, jefa; está bien —respondió Juana.
—Bien, pues ahora ve a ponerte el uniforme.
—Claro, jefa.
Juana caminó con prisa hacia los vestidores, pensando en la propuesta que le hizo Joaquín, y después de varios minutos, empezó su jornada laboral.
Cuatro horas más tarde llegó su hora de descanso; de modo que, salió de la tienda, y lo primero que hizo fue dirigirse a uno de los teléfonos públicos situados junto a la entrada del estacionamiento.
Al llegar al teléfono público, descolgó el aparato. Insertó dos monedas y esperó.
—¿Diga? —contestó una voz masculina.
—¡Hola!... ¿Joaquín? —preguntó Juana, insegura.
—Sí, él habla —respondió Joaquín.
—Soy Juana. Ya lo pensé bien. Sí quiero irme contigo.
—¡Excelente!
—Pero esta noche no.
—¿Por qué no?
—Porque tengo que preparar mi documentación y algo de ropa. Además tengo que hacer algunas diligencias.
—Está bien; no te preocupes… ¿Quieres que vaya a buscarte cuando salgas de trabajar?
—Si tú quieres…
—Claro que quiero —respondió Joaquín.
—Ok. Te espero a las diez y media —dijo Juana.
—Ahí estaré.
—Gracias, un beso.
—De nada, un beso. Adiós.
—Adiós —concluyó Juana, y colgó el teléfono.
Después de terminar la llamada, Juana caminó hacia el comedor de la tienda y comió un poco de pollo frito con arroz que compró en la sección de alimentos preparados. Leyó un par de artículos en una revista de espectáculos que llevaba en el bolso. Y un cuarto de hora más tarde regresó a su puesto de trabajo.
Capítulo 2
A diez kilómetros de donde estaba Juana, se hallaba Luis, un hombre de unos cincuenta años, de estatura baja y con sobrepeso, llevando puesto un pantalón de mezclilla desteñido y desgastado por el trabajo en la construcción, una camisa blanca con rayas rojas y calzado de trabajo. Estaba a punto de terminar su jornada laboral. Él hacía todo tipo de trabajos de albañilería; pero en esta ocasión fue visto vaciando la mezcla de la máquina hormigonera en una cubeta de plástico.
Después de verter la mezcla, se dirigió a la quinta planta de un edificio que llevaba algunos meses en construcción; y al llegar, cogió una cuchara de albañil y empezó a poner la mezcla sobre uno de los bloques de cemento. Colocó un bloque y mezcla sobre el mismo para asegurar los demás.
A unos metros se hallaba Lino, uno de sus mejores amigos y padrino de bautizo de Pablo, el hijo de Luis.
—Entonces, compadre… ¿Irás hoy a la cantina? —preguntó Lino mientras se acercaba a Luis.
—Claro, compadre; ya sabes que nunca falto —respondió Luis.
—¡Ese es mi compadre, caramba! —exclamó Lino dándole una palmada a Luis en la espalda—. Además, hoy irá una cantante que ha recorrido bastantes cantinas de la ciudad.
—¡Pero bueno!... —exclamó Luis—. ¿Así que tendremos espectáculo?
—Sí. Con mayor razón no querrás faltar —comentó Lino mientras encendía un cigarrillo.
Luis asintió contento y empezó a mirar su reloj como quien espera ansioso su hora de salida.
Diez minutos después subió el capataz.
—A ver, señores; vamos saliendo. El turno ha terminado.
