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"Para un arquitecto, esta casa sería una aberración arquitectónica. Un típico petit hôtel de principios del siglo xx que, sin embargo, no cumple con ninguna regla, no se rige por los lugares comunes de la distribución y es tan fácil perderse en su interior como volver al punto de partida sin pensarlo. Pero ningún arquitecto entra a la casa, apenas albañiles o trabajadores por hora. Es cuestión de seguir las indicaciones para llegar a un cuarto, a la cocina, a los baños o al comedor. Hay algunos carteles con instrucciones escritos a mano con una caligrafía prolija. Eso es todo lo que se necesita para entender el hotel familiar sin nombre. A una casa se la vive, se la camina, se la duerme, no se la explica." En esta novela donde lo doméstico se vuelve siniestro, Flor Canosa nos invita a recorrer la geografía de una casa que muta cada quince años y a adentrarnos en la genealogía de una familia atravesada por los silencios y el misterio. Sergio llega desde el interior del país a las puertas de un hotel familiar atendido por Nuria, su marido e hijos. El ingreso inocente de este huésped a la casona será un antes y un después: como toda experiencia vital, este hombre sufrirá una transformación que lo atravesará a él, a la familia y la casa entera. El espacio mutará a tal punto de volverse asfixiante. Queridos lectores: respiren y contengan el aire, no se sale como se entró de La tercera aberración.
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Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Flor Canosa
La tercera aberración
“Para un arquitecto, esta casa sería una aberración arquitectónica. Un típico petit hôtel de principios del siglo xx que, sin embargo, no cumple con ninguna regla, no se rige por los lugares comunes de la distribución y es tan fácil perderse en su interior como volver al punto de partida sin pensarlo. Pero ningún arquitecto entra a la casa, apenas albañiles o trabajadores por hora. Es cuestión de seguir las indicaciones para llegar a un cuarto, a la cocina, a los baños o al comedor. Hay algunos carteles con instrucciones escritos a mano con una caligrafía prolija. Eso es todo lo que se necesita para entender el hotel familiar sin nombre. A una casa se la vive, se la camina, se la duerme, no se la explica.”
En esta novela donde lo doméstico se vuelve siniestro, Flor Canosa nos invita a recorrer la geografía de una casa que muta cada quince años y a adentrarnos en la genealogía de una familia atravesada por los silencios y el misterio. Sergio llega desde el interior del país a las puertas de un hotel familiar atendido por Nuria, su marido e hijos. El ingreso inocente de este huésped a la casona será un antes y un después: como toda experiencia vital, este hombre sufrirá una transformación que lo atravesará a él, a la familia y la casa entera. El espacio mutará a tal punto de volverse asfixiante. Queridos lectores: respiren y contengan el aire, no se sale como se entró de La tercera aberración.
Es escritora, guionista y montajista de cine. Desde 2003 se desempeña como profesora en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el Premio X de novela de Editorial El Cuervo (2015) y fue finalista del Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón (2023) y del Premio Filba Medifé (2023).
Entre su obra, traducida al portugués y al italiano, se cuentan: Lolas (2015); Bolas (2017); Pulpa (2019); Los accidentes geográficos (2021), y La segunda lengua materna (2022).
A Martín Blasco, mi hogar.
¿Estoy caminando hacia algo de lo que debería estar huyendo?
SHIRLEY JACKSON,La maldición de Hill House
Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones.
AUTORES VARIOS, Relato de terror argentino, Introducción, 1976
SERGIO arrastra su valija de cuero subiendo los diez escalones de mármol cubiertos por una alfombra que alguna vez fue roja punzó. El ascenso es como la lengua agotada que despliega la casa hacia la vereda. Se detiene frente al cartel desteñido y toca el timbre. Espera. Descuelga el bolso que lleva cruzado sobre el pecho. Los bocinazos de avenida Entre Ríos llegan con urgencia, o tal vez provengan de avenida Independencia, es difícil saberlo desde el segundo zaguán. Virrey Cevallos es una calle tranquila. Sergio espera. Un aire fresco asoma desde el interior de la casa colándose por la parte inferior de la puerta. Nada se mueve adentro, todo el movimiento percibido es el trajinar mínimo y algunas voces de la calle. Espera. Una sombra obnubila la cortina de voile que oculta la recepción, y se abre la puerta después de larguísimos diez minutos. Nuria le echa un vistazo. No puede decidir qué opina sobre lo que está viendo, y eso es mucho para Nuria. El vistazo que Sergio echa a Nuria es fugaz. No quiere hacerse una impresión porque no le interesan las personas que, tal vez, pasen por su vida cinco minutos. Si el hotel no le convence, no tiene que pensar nunca más en esa señora rubia de rodete y facciones gélidas.
Busco una habitación, dice Sergio.
Su voz no tiene timbre preciso, vibra en un semitono que suena a ronroneo. Tiene la voz para adentro, como si se tragara la mitad de los sonidos. Nuria sonríe con las comisuras tirantes y se hace a un lado.
Pasá, pasá.
Sergio vuelve a cruzarse el bolso sobre el pecho y arrastra la valija hacia el interior.
Para un arquitecto, esta casa sería una aberración arquitectónica. Un típico petit hôtel de principios del siglo XX que, sin embargo, no cumple con ninguna regla, no se rige por los lugares comunes de la distribución y es tan fácil perderse en su interior como volver al punto de partida sin pensarlo. Pero ningún arquitecto entra a la casa, apenas albañiles o trabajadores por hora. Es cuestión de seguir las indicaciones para llegar a un cuarto, a la cocina, a los baños o al comedor. Hay algunos carteles con instrucciones escritos a mano con una caligrafía prolija que, piensa Sergio, fue sin duda dibujada por la mano de esta mujer. Eso es todo lo que se necesita para entender el hotel familiar sin nombre. A una casa se la vive, se la camina, se la duerme, no se la explica.
Nuria le sugiere a Sergio que deje sus pertenencias en la “recepción” —apenas un escritorio junto a la escalera— para ver primero el cuarto. Guía a Sergio por los dos pisos de la escalera de mármol sin alfombra. Si la externa parece una lengua, esta escalera bien puede ser los dientes, carcomidos en sus bordes por la edad de esa boca casi sin piezas faltantes. El potencial cuarto está al fondo del pasillo. En un ángulo, camuflado entre los arabescos del empapelado monótono, Cronos observa estático a la visita. Es un gato adulto todo gris, de mirada amarilla oblicua que contempla el movimiento con la indiferencia de quien ya lo ha visto todo. Sergio le sonríe con una simpatía innecesaria para una mascota cuyo lenguaje tiene otros códigos, pero no puede evitar el impulso de agradar, aunque sea al gato.
Cómo se llama, pregunta.
Cronos.
¿Cronos? Qué original.
Hay un patrón en los nombres.
Sergio no pregunta más, observa la habitación que Nuria acaba de inaugurar a sus ojos. Es apenas un rectángulo que obliga a que los muebles se ubiquen contra las dos paredes largas. En un extremo está la puerta y en el opuesto, una ventana que respira al contrafrente.
Así es más silencioso, le dice Nuria leyéndole la mirada.
La cama de una plaza a la derecha, el escritorio en la pared frente a ella y un armario angosto de dos puertas. Nada más. El baño está a tres puertas de distancia.
La habitación de al lado está vacía, pero no tiene ventana, por eso es mejor esta, aclara Nuria. Y más silencio, también, repite la mujer para quien el silencio parece el centro de una religión personal.
Sergio paga el mes. No es una persona exigente y, de hecho, este hotel es un poco mejor de lo que imaginaba por el precio. Se lo ve limpio y tranquilo. Silencioso, piensa, y sonríe sin un solo gesto. Es transitorio, ya encontrará una vivienda más acorde. En marzo empieza la facultad, tiene un trabajo próximo como cadete en un estudio jurídico un par de horas al día. Le cuenta esto a Nuria mientras ella decide mostrarle la primera planta, y también mientras asiente como si le importara. Le presenta el comedor, aunque le dice que nadie lo usa, no le quiere confesar que en realidad ella no quiere que nadie lo use y eso sucede casi por sugestión. Hay una orden en su tono. Casi todo lo que dice Nuria suena a exigencia. Parece una institutriz alemana de novela de terror, piensa Sergio, quien ahora la observa con mayor atención, porque es parte del paisaje que acaba de elegir. Luego le muestra la cocina y el patio. Le dice que el tercer piso es la vivienda familiar y que no se puede acceder a la terraza, pero por una tarifa extra puede lavarle la ropa, colgarla, plancharla y entregársela en su cuarto.
Es muy grande el hotel, dice Sergio sin que se entienda si es una pregunta o una afirmación. A veces su voz monocorde provoca la sensación de que no tuviera inflexiones.
Para Nuria, la casa tiene veintiocho habitaciones. Ella conoce una más que la mayoría de los habitantes. Para Víctor, su marido, son unas veinte, porque a los trasteros nunca entra y hay otra (el cuarto callado por Nuria) que no conoce. Entre los hijos, Apolo es totalmente indiferente a los números, como si no formara parte de su cosmología. Minerva cree en la versión oficial de las veintisiete habitaciones y le teme a cada una de ellas. No necesita pensarlas ni enumerarlas, prefiere omitir su existencia (excepto por una, que reviste el carácter de un santuario), como si el espacio entre la planta baja y el tercer piso fuera terreno yermo. Sube las escaleras siempre a la carrera, sin mirar más que el escalón que tiene enfrente y girando en los recodos con los ojos clavados en el empapelado gris. En cambio, Diana sabe que son treinta y una, porque las puede oler todas aunque estén amuralladas. Huele cada una de esas habitaciones que se tragó el tiempo y los secretos. Sabe qué hay detrás de los ladrillos. Quién hay. También huele un poco más allá del muro, pero de ese olor nadie habla.
EN ESE febrero de 1978, catorce inquilinos viven en el hotel, incluyendo a Sergio. Nueve de ellos, de forma permanente desde hace al menos un año. La mayoría son extranjeros de países limítrofes o del interior del país. Indocumentados, subocupados, fugitivos o todas esas cosas. Diana controla que ninguno ande en nada raro. Lo puede detectar por el olor acre de la mentira, del miedo, de la temeridad. El aroma de la pólvora o de la tinta. Ha tenido que rechazar a varios que buscaban un lugar impersonal para mezclarse con los ciudadanos de bien. Ella no lo permite, no puede dejar que el afuera se meta en las habitaciones de su casa. Por eso el hotel se compone de solos y solas que no reciben visitas y casi no se relacionan entre sí, como si esa fuera una norma implícita en un reglamento que nadie escribió ni dio a firmar. No hay asociaciones ni conversaciones fuera de sitio. Todo es impreciso y aséptico. Tal vez la mirada gélida de Nuria, las inspecciones de Diana, las preguntas desubicadas de Apolo o la presencia escrutadora de Cronos resulten un filtro, un renglón tangible en el contrato de permanencia. El espíritu del hotel obliga a adoptar una forma de hacer, como si respirar el aire de sus paredes se transformara en un vaho que adormece los sentidos. Los inquilinos son silenciosos, no se cruzan más que brevemente en la puerta del baño y han encontrado una forma de cocinar sin juntarse más de dos personas en la cocina. Una suerte de réplica del estado de sitio los atrapa y apenas se saludan con un movimiento de cabeza, rara vez intercambian alguna frase de rutina y los sonidos en el interior de los cuartos son prácticamente impalpables. Solo el patio invita a alguna charla entre dos o tres huéspedes más antiguos, pero es casi excepcional.
Tres integrantes de la familia se encargan de la administración del hotel con su marca personal. Nuria con su frialdad monolítica, una amabilidad que oculta el desprecio, pero no lo excluye. Víctor, más vivaz, hace preguntas y pareciera interesarse genuinamente en las respuestas que, con el correr de los días que ha permanecido en el hotel, se van acallando hasta reducirse a un gesto con la cabeza. Diana, atenta a los tonos de voz y los aromas, actúa como un autómata funcional, pero no pierde detalle de las actitudes y los movimientos. Ella es quien puede rechazar a un huésped sin amabilidad ni preguntas, mera intuición y perspicacia. Las rondas de Diana sirven de control. Percibe si alguien fuma, lo cual está terminantemente prohibido dentro de los cuartos, aunque se permite en la cocina o el patio, si alguien tiene problemas de higiene o alguna enfermedad o comportamiento que esté en contra de las normas. También es quien se encarga de realizar la limpieza semanal en cada cuarto, siempre y cuando los inquilinos paguen por ello. Recoge la ropa que se deja en una bolsa en la puerta de la habitación y luego Nuria se ocupa de lavar y colgar.
Así fue que expulsaron a Ramona, que sigilosamente llevaba compañía a la habitación. Diana percibió el olor de muchos hombres en su ropa, el sudor acumulado de, al menos, tres individuos, la saliva que pegoteaba un mechón de cabello. A los tres días, Ramona fue rechazada. Se le devolvió el total de su depósito del mes y se la vigiló mientras guardaba sus cosas. Ramona, en principio, aseguró y juró que nadie la había visitado en su cuarto, pero el pequeño pelotón de fusilamiento conformado por Nuria, Diana y Víctor se mantuvo firme en la decisión, convencidos de que les mentía. Es cierto que nadie la había visto escabullirse con esos hombres levantados en Plaza Miserere, pero se necesitaba más que la picardía de entrar en silencio cuando no había nadie para sortear los otros sentidos que Diana había desarrollado con paciencia durante toda su vida. En esa ocasión, de guardia en la puerta abierta de la habitación, Diana dijo:
Hoy fueron cuatro.
Ramona abrió los ojos grandes y balbuceó un no que no significaba gran cosa.
En el cesto, dijo Diana.
Y ahí estaban los trozos de papel higiénico usados para limpiarse los restos de semen que Ramona, inconsciente de los dones de la mayor, no había descartado. Entre insultos en español y guaraní, Ramona se fue arrastrando su bolso por los escalones y escupiendo el zaguán. Todos en la familia estaban en contra de la prostitución y no querían un antecedente que convirtiera el hotel familiar en otra cosa. Ni putas ni ladrones.
Luego sucedió el incidente de Ever y su alcoholismo que dejaba los baños a la miseria, con salpicaduras de vómito y mierda por todas partes. Víctor lo expulsó a empellones y la policía no tuvo necesidad de participar porque Ever era ilegal y moderó su violencia apenas pisó la calle. Ni putas, ni ladrones, ni borrachos.
Soledad acumuló basura en su cuarto durante dos semanas hasta que el olfato de Diana la descubrió. Eduardo se quedó sin trabajo y se marchó debiendo un mes, y Dolores murió en su cuarto, nadie sabe por qué, ya que los paramédicos no les dieron el informe a los dueños del hotel y, al parecer, no hubo ninguna sospecha. Diana informó a sus padres que Dolores estaba muerta en el interior de su habitación tres días después del deceso, como descubrimiento de sus rondas. Bernardo, Carlos y Enrique no tuvieron siquiera la oportunidad de dormir en el hotel. Diana adivinó una ideología detrás de sus palabras y esos pequeños olores que delataban a cualquier facineroso. Ni putas, ni ladrones, ni borrachos, ni terroristas.
Minerva y Apolo no participan en la liturgia del trabajo, aunque saben cómo funciona la coreografía familiar. Minerva es la menor y está terminando la secundaria. Apolo es Apolo.
NURIA observa los papeles que firmó Sergio para encontrar una clave. Siempre lo hace con todos los recién llegados. Sergio tiene dos apellidos y letra temblorosa, casi infantil. Su aspecto también es infantil y ligeramente ambiguo. La melena apenas ondulada cae hasta la mitad del rostro fino y sin sombra de barba. Su boca es pequeña y delicada, con un leve brillo, y pareciera hablar apenas moviendo los labios. Tiene las cejas finas y la nariz, larga, contrasta con la constelación de pecas que salpican sus mejillas. Se viste con una camisa holgada y un pantalón demasiado ajustado. No tiene nuez de Adán y lleva las uñas cortitas, como roídas por los dientes. Tiene una intensa pelusa en los brazos, oscura y poblada, pero su andar es suave y dos hoyuelos le adornan las mejillas. No tiene idea de qué es Sergio, y esa incertidumbre ocupa un pequeño espacio mental donde debería haber otra cosa, pues Nuria no tolera no poder ubicar las cosas en algún lugar. Espera que esa sensación suave del huésped no sea un problema. Los afeminados que vienen del interior siempre terminan siendo un problema que los pueblos escupen hacia las ciudades grandes.
La primera noche que pasa en el hotel, Sergio no se cruza con nadie ni escucha movimientos en el piso. Ni siquiera ve a Cronos lavándose en el pasillo, aunque el gato se mimetiza fácil con la textura de las paredes. Piensa en la literalidad del silencio que Nuria le vendió con tanto ahínco. De alguna forma, lo tranquiliza pensar que vive en completa soledad en un piso enorme, sin tener que saludar a nadie. Por otro lado, aunque quiera convencerse de lo contrario, esa ausencia de sonidos y movimiento le resulta algo desolador; aumenta su sensación de orfandad, le recuerda a las noches del pueblo, donde por su calle no pasaba ni un auto ni un sulky. Pero Nuria le dijo que en la habitación junto a su puerta vive Santoro, así que en algún momento lo conocerá. Le dijo que era un buen hombre, muy trabajador y tranquilo, lo cual no quiere decir nada, es apenas un formalismo genérico que aplica al treinta por ciento de la humanidad en una presentación breve.
Acomoda su poca ropa en el armario. El resto de sus cosas se lo traerá su amigo cuando ya tenga un domicilio definido. Mientras dobla las prendas, Sergio piensa en qué hará estos quince días hasta que tenga que comenzar a trabajar. La ciudad no le interesa, ya la conoce como turista, ya la recorrió suficiente y no siente especial emoción por los bosques de Palermo ni por el casco histórico de San Telmo o la supuesta algarabía nocturna de la calle Corrientes y sus cines. Para qué recorrer con el cuerpo una ciudad repetida que transita con la mente mientras dobla pantalones. Quedarse todo el tiempo en la habitación leyendo tampoco es un gran plan, pero no tiene amigos. Sus escasas amistades se quedaron en el pueblo o decidieron estudiar en la flamante universidad de Luján. Ya decidirá qué hacer, en principio encontró lo que necesitaba: soledad lejos del pago chico, sus padres, la imposición de terminar un verano de gira entre tías, primos y los excompañeros del secundario.
Un sonido denso, vibrátil, le quita de los ojos el paisaje de su memoria. Gira la cabeza hacia la puerta, pero el sonido no proviene de ahí, se atempera cuando aleja los oídos del armario. Vuelve la vista a su ropa doblada y recupera el sonido; es algo que nace de los paneles de madera con olor a naftalina, algo que rebota a través de los estantes, que se cuela entre las prendas, que no suena a nada más que la sumatoria de todos los sonidos posibles en una sola nota mántrica. Aguza el oído. Cierra los ojos concentrando el foco en distinguir qué hay allí, hasta que cree escuchar una palabra.
Sergio cierra la puerta con la valija a medio desarmar y se aleja instintivamente del armario. Despeja la mente, pensando que la palabra, una palabra que no comprendió pero escuchó, fue apenas una creación del miedo, hecha a medida del extrañamiento del lugar nuevo. No va a darles entidad a los lugares comunes. Las casas ajenas tienen sus propias voces y su física de los materiales. Es posible que sea la reverberación del cuarto vecino, el mentado Santoro, aunque cree que esa pared es medianera. Quizá sea un rebote acústico que atrae fantasmas sonoros y los coloca entre su ropa. Se ríe mentalmente de esa materialización del terror infantil, construido para deleite de un recién llegado a un hotel herrumbroso. Deja la ropa para acomodarla cuando el día con sus luces espante los espectros de la novedad, cuando la casa deje de respirar y manifestar sus quejas.
Las pilas de la radio son nuevas. La enciende y la pone bajito, para generar algún colchón sonoro que lo haga olvidarse de esa alucinación acústica del armario. Bee Gees tal vez no sea la mejor banda como canción de cuna, pero suena varias veces al día. De todas formas, el cuerpo está cansado, la mente está cansada, y Sergio entrecierra los ojos mientras los Bee Gees ruegan mantenerse con vida.
Whether you’re a brother or whether you’re a mother
You’re stayin’ alive, stayin’ alive
Feel the city breakin’ and everybody shakin’
And we’re stayin’ alive, stayin’ alive
Algo se cuela en la canción y vuela de un oído al otro. Sergio abre los ojos, pero se encuentra con la oscuridad. El velador ahora está apagado y la habitación es un sepulcro de completa penumbra.
Life goin’ nowhere, somebody help me
Somebody help me, yeah
Sergio tantea el interruptor y no lo encuentra, como si la mesa de luz se hubiese alejado de su locación y ahora estuviera en el pasillo, mientras sigue vibrando un sonido que parasita la voz de los hermanos Gibb, la difumina en migajas que se desprenden en ambos oídos, volando de un lado a otro.
Life goin’ nowhere, somebody help me, yeah
I’m stayin’ alive
Hay una palabra extra. Esa palabra que le dijo el armario y Sergio todavía no entiende, pero la siente en el esternón, rompiendo algo, abriéndose paso por dentro, mientras comienza un flash informativo y Sergio se sostiene el pecho, inmóvil, esperando que la voz del noticiario lo despabile, pero todo lo que tiene el país es una expectativa por el Mundial que ya ya ya se viene, llega a nuestra casa, orgullo nacional, y Sergio espera que ese cuerpo que percibe sentado sobre su pecho no le siga aplastando los pulmones, le permita cerrar la boca y sobrevivir esa noche.
Sergio toma aire de una recóndita reserva de coraje y cuando abre los ojos, el velador está encendido, a su lado, y el noticiero está diciendo que el FMI le ha concedido un crédito de trescientos millones de dólares a España.
SERGIO duerme hasta las doce del mediodía y despierta con un rayo de sol atravesando la cama de forma oblicua, que llega desde el espacio vacío de una madera faltante en la celosía de la ventana. No hace calor en la habitación, aunque promedie febrero. Siente la boca seca y la almohada mojada. No entiende si sudó o babeó durante la agitada noche en que durmió sin pesadillas, pero con profunda inquietud.
Abre la puerta del cuarto para ir al baño y ahoga un grito. Cronos observa sentado frente a la puerta, simétricamente ubicado en el centro del vano, como si pudiera medir con sus patas la distancia entre un marco y otro.
Bicho de mierda, piensa.
Lo esquiva, aplastando la espalda contra el marco de la puerta. Le gustan los gatos, pero por algún motivo decide que este no, que tiene algo raro, que esa mirada amarilla trasversal que parece atravesar su cuerpo oculta un significado que le es ajeno. Tal vez finja que le gusta y alguna vez le haga un mimo en público, pues no queda bien temerle a un gato que nada le hizo.
Cronos, quieto por completo, observa a Sergio pasar a su lado evitando el contacto. Gira su cabeza como un búho hasta que Sergio se pierde dentro del baño. Cronos entra al cuarto y se detiene frente al armario. Pestañea lentamente. Sus bigotes sintonizan algo en la habitación y sube a la cama. Huele la almohada y abre la boca, capturando el aroma con el órgano vomeronasal y colocándolo en el lugar justo de su memoria sensorial. Es muy tenue, pero él lo detecta. Baja de la cama y se sumerge debajo. Entre las pelusas del rincón, encuentra el cadáver disecado de una cucaracha voladora, crocante y liviana. La toma entre los dientes y sale del cuarto, echando un breve vistazo de reojo al armario.
Hace ocho años que Cronos vive en ese hotel. Cronos conoce tantas habitaciones como Diana y puede entrar en todas, eventualmente, incluyendo aquel cuarto tapiado donde deposita los cadáveres de su cacería. Es su propio camposanto, el museo de sus asesinatos. Nadie más que él puede deslizarse de una ventana a otra por la delgada cornisa que conecta el diminuto cuarto donde se guardan los implementos de limpieza con la habitación tapiada. Nadie más que él tiene el equilibrio y la habilidad para empujar la ventana atada con una soga por dentro y dejar la rendija justa para entrar aplastando el pelaje y contorsionando los músculos.
Ningún espacio está vedado para Cronos. De esa misma forma sigilosa y temeraria, entró un día por la terraza, cuando apenas conocía las habilidades de su cuerpo. Estuvo escondido durante tres meses, comiendo las sobras en la basura, bebiendo de los inodoros, acurrucándose en los rincones y aprendiendo a sortear personas y cuartos infranqueables. Nunca maulló ni se afiló las uñas ni tiró objetos desde la altura ni carraspeó sonidos de cacería. Nunca ensayó el maullido enamorado que convocara a una hembra. Sabía que solo el silencio podía mantenerlo con vida. Observar y callar, deslizarse por la realidad como un fantasma.
