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La trama Schäfer es una novela negra cargada de suspense que sumerge al lector en la corrupción del sofisticado mundo del arte. Con un ritmo trepidante, personajes carismáticos, el manejo del diálogo y la recreación detallada de diferentes ambientes, seguimos los pasos de Maximillian Herbert Kokoshka, director del semanario digital ArtWatching. A partir de la publicación de varios artículos periodísticos, el protagonista iniciará una investigación contra la delincuencia organizada, adentrándose en el mundo sórdido, complejo y desconocido del tráfico ilegal de arte contemporáneo. La acción aúna la intriga del thriller, la belleza de las obras artísticas y el periodismo de investigación, ingredientes que incitan a continuar con la lectura. El transcurso de sus páginas nos conduce hacia un apoteósico desenlace digno de las grandes historias.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Autor: Gabriel Mulet PANIZZA
Título original: La Trama Schäfer
Edita Medialuna www.medialunacom.es
Promoción, Relaciones Públicas y Marketing Digital: Medialuna
Maquetación y diseño: Medialuna
Autor del cuadro en portada: Gabriel Mulet PANIZZA
Fotografía de solapa: Eva Palmer
ISBN: 978-84-1281423-1
Reservados todos los derechos
Medialuna
Av. Asturias 44, 28050, Madrid Tfno: 91 578 46 53 [email protected]
Para mis hijos, Xavi y Álex, fuentes inagotables de motivación.
A mis padres, por inspirarme con sus valores.
Con todo mi amor.
El arte es libertad, es la posibilidad de crear mi propio universo.
— Gustav Klimt
◖ PREFACIO ◗
◖ UNO ◗
◖ DOS ◗
◖ TRES ◗
◖ CUATRO ◗
◖ CINCO ◗
◖ SEIS ◗
◖ SIETE ◗
◖ OCHO ◗
◖ NUEVE ◗
◖ DIEZ ◗
◖ ONCE ◗
◖ DOCE ◗
◖ TRECE ◗
◖ CATORCE ◗
◖ QUINCE ◗
◖ DIECISÉIS ◗
◖ DIECISIETE ◗
◖ DIECIOCHO ◗
◖ DIECINUEVE ◗
◖ VEINTE ◗
◖ VEINTIUNO ◗
◖ VEINTIDÓS ◗
◖ VEINTITRÉS ◗
◖ VEINTICUATRO ◗
◖ VEINTICINCO ◗
◖ VEINTISÉIS ◗
◖ VEINTISIETE ◗
◖ VEINTIOCHO ◗
◖ VEINTINUEVE ◗
◖ TREINTA ◗
EPÍLOGO
Una luz sucia y gris hendía la lóbrega quietud del espacio. Se filtraba a través de los tablones que conformaban la techumbre y confería a la estancia un aire irreal. Las partículas de polvo flotaban inertes en la penumbra, como si el tiempo se hubiese detenido.
Del empedrado ascendía un repulsivo olor a agua corrompida, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal al sentir sus nalgas y el sexo desnudo sobre el suelo encharcado. Presa del pánico y la repugnancia, se acurrucó abrazando las rodillas y escondió el rostro entre los brazos, como si quisiera protegerse de una invisible amenaza procedente de la oscuridad de la cámara, que se perdía a lo lejos, engullida por la negrura.
La camisa olía a sudor y a miedo. De pronto, cayó en la cuenta de lo hinchada que sentía su cara y la cabeza le pesaba exageradamente. Palpó con la punta de la lengua los labios y los notó extrañamente grandes, tumefactos.
¿Por qué no conseguía recordar?
Trató de concentrarse, pero el esfuerzo resultó estéril. Desde las sombras emanaba un pausado goteo que hería sus oídos en una histérica melodía sin fin que quebraba su resistencia.
De pronto, un ensordecedor chirrido retumbó en el espacio e hizo que saltara hacia delante con el corazón en la boca. Cayó de bruces al suelo.
El estrépito provenía del exterior, como si un gigante metálico retorciera sus goznes y herrumbre, tras cientos de años de inmovilidad.
Gritó con todas sus fuerzas pidiendo auxilio. Gritó, suplicando ayuda a quien quiera que estuviese allá afuera. Solo obtuvo la réplica de su propia voz golpeando las paredes.
No había nadie allí, no acudirían en su ayuda. Se derrumbó y sollozó sin fuerzas.
Al cabo de unos instantes, cuando la estridencia había devenido en un oxidado y acompasado quejido, desde algún punto de la estancia emanó un sonido todavía más aterrador: el agua cayendo a borbotones sobre el suelo encharcado provocaba un eco estremecedor.
Entonces supo que era el fin. ◗
Las nubes bajas al este amenazaban lluvia en la mañana fría de abril.
Se mantuvo de pie, hierático. Estaba preparado para el encuentro y, sin embargo, ahora se sentía frágil, desvalido. Después de todo eran más de nueve años sin tener noticias suyas. Nueve largos años sin querer saber más.
En aquel preciso instante, comprendió que quedaban preguntas sin respuesta, demasiados interrogantes por aclarar. Podía sentir la sangre latiendo con fuerza, como si golpeara sus sienes un percusionista enloquecido hasta nublarle la vista. Mientras la mirada permanecía fija, su mente ausente viajaba en un torbellino de imágenes difusas. Imágenes de un adolescente que no entiende nada, que huye y se encierra en sí mismo. Imágenes de la negación de su propio ser, de una reclusión forzosa y una fuga. Sensaciones largo tiempo olvidadas, guardadas bajo llave en lo más recóndito del alma, que ahora venían a agolparse en la boca del estómago hasta no dejarle respirar.
Una ahogada punzada le oprimió el pecho e hizo que se encorvara mientras lanzaba un breve quejido.
La imagen de su madre vino a cámara lenta, en blanco y negro, fragmentada, como una película cuyo celuloide estuviese desgastado. Un frío intenso le recorrió la espalda y le erizó el vello. Fue una imagen fugaz. O quizá fue un susurro. Desapareció enseguida.
¿Por qué no conseguía recordar su cara?
Tal vez, en lugar de su rostro, sintió el roce de la mano tibia y cariñosa sobre el pelo. Quizá escuchó la voz aterciopelada que le murmuraba al oído y le procuraba amor y protección.
Y Max, que se había preparado para ese momento, que había logrado con los años aislar aquel episodio de su vida, cubriendo los sentimientos con mil capas de olvido para que nunca más le afectaran, en ese instante, sintió una profunda soledad y un vacío en el alma envuelto en necesidad de cariño. Se derrumbó inmerso en una insondable añoranza y lloró, desconsoladamente lloró.
Al conseguir sobreponerse, se irguió decidido y, haciendo acopio de valor, miró la losa de mármol en la que podía leerse la breve inscripción: “Frank Maschwitz 1945-2010”
Entonces sus labios pronunciaron las tres palabras que habían castigado su mente durante la adolescencia.
—¿Por qué, papá? ◗
Max llegó a la Osterreichische Galerie, en el Belvedere, cerca de las cuatro de la tarde.
Había estado deambulando sin rumbo fijo por el Innere Stadt, el centro histórico de Viena, visitando las inmediaciones de la catedral Stephansdom, hasta que finalmente tomó la línea uno de U-Bahn. Se apeó en Taubbstummengasse, que quedaba cerca del palacio.
Podría haberse bajado antes, en la parada de Südtiroler Platz, que era la más próxima, pero no había vuelto a utilizar esa opción desde que escapó de casa siendo un crío. Era un método de autoprotección. Aquella parada de metro había quedado borrada de su realidad. Punto final.
Además, hoy no estaba para más inmersiones en el pasado.
La visita a la tumba de su padre, tras más de nueve años sin contacto con él, había sido traumática. A sus 29 años y después de tanto tiempo de por medio, creía estar mucho más preparado y tener superada aquella época de la vida, un espacio temporal que marcó profundamente su adolescencia.
“Eres débil como tu madre. No conseguirás nada en la vida”. Las palabras de su padre resonaron en la mente aquella mañana y con ellas la vuelta al infierno. Sintió la urgencia de acercarse a la botica más próxima y hacerse con los fármacos que le habían ayudado en los malos tiempos, aunque consiguió contenerse.
Salió de la bocana del metro a la lluviosa tarde vienesa, se caló el gorro beanie negro y abrochó su gabardina militar, en la que un gran símbolo pacifista cubría toda la espalda. Miró el iPhone y comprobó que no tenía ningún email en el buzón de entrada. Guardó de nuevo el teléfono en la mochila y su figura alta corrió desgarbada a través de la cortina de agua hasta la desierta ventanilla de venta de tickets. Compró el bono por trece euros con cincuenta céntimos y se deslizó puertas adentro.
Entregó la gabardina mojada en el guardarropa y se detuvo en los servicios para secarse el pelo.
El espejo le devolvió una imagen demacrada. Su pelo moreno formaba una melena desaliñada y los ojos, grandes y claros, encastrados en una cara bien parecida, de frente amplia y barba descuidada, habían perdido su brillo y estaban rodeados de unas oscuras ojeras.
—Estás hecho un asco —le dijo a la figura en el espejo.
Estampado en la camiseta, un enorme corazón beige con ojos bizcos asomaba bajo la chaqueta vaquera. Ese aire extravagante que acentuaba su personalidad, lejos de los estándares de las modas detestables, ahora se le antojaba estrafalario y ridículo.
Se sentó en un banco apartado, buscó el teléfono en el interior de la mochila y marcó el número.
—Max —sonó la voz cálida de Susana al otro lado del interfono—, ¿qué haces?
—Bien… —la afirmación vaciló en los labios del periodista.
—¿Qué tal te va en Viena?
—Bueno, ya sabes.
—No debe ser fácil.
—No es fácil —respondió él.
—Ya.
—Sentía la necesidad de compartir mis pensamientos.
—¡Claro, Max!, aquí estoy… puedes contar conmigo siempre.
—Realmente ha sido un desastre. Un huracán que ni yo mismo sé explicar, ¿entiendes?, la visita al cementerio después de tanto tiempo… —sonó una expresiva espiración al otro lado del teléfono— sinceramente creí estar mucho más preparado, no pensé que me afectara tanto. Total, yo no contaba para él.
Se hizo otro largo silencio en el que tan solo escuchaban la respiración uno del otro. Max jugueteaba con los cordones de las botas de color granate, estaban viejas y empapadas.
—¿Crees que soy débil?
Ya habían hablado de ello en otras ocasiones, en las horas bajas.
A Susana le sorprendió, al principio de conocerse, que en un tipo de complexión atlética, tan enérgico y resoluto en la vida, que desplegaba una energía febril en la defensa de causas que consideraba justas, por muy perdidas que estuvieran, escondiera en lo más íntimo de su persona a un ser tan frágil en los asuntos de la relación con sus padres, donde mostraba unas fisuras tan dramáticamente marcadas. Era como si un hierro candente hubiese dejado una huella indeleble en algún momento de su infancia.
—No. Creo que eres fuerte y que tienes mucho, muchísimo valor al enfrentarte a tus demonios.
Un bufido de burla se escuchó al otro lado del dial.
—¿Sabes?, te llamo desde la Galerie.
La chica asintió. Entendía lo que aquello significaba.
Se levantó e inició su recorrido cabizbajo, subió directamente a la planta superior, hacia la cita que en el pecho lo urgía en forma de recuerdos difusos.
Cruzó el umbral de la sala primera, y su mirada ausente desfiló por el Gartenweg que Monet había pintado a principios del siglo veinte. Finalmente, se detuvo ante el autorretrato de Egon Schiele.
—Siento nostalgia de ella, Susana. Maldita sea, ¿por qué no consigo recordar su cara?
Pasó su dedo sobrevolando las líneas cortantes e incisivas del cuadro, como si con aquel gesto alcanzara a percibir la angustia del autor.
Una sonrisa cansada se dibujó en la boca del joven. “Mi vida también es complicada, Egon”, pensó.
—Siento que estés pasando un mal día, Max.
Se hizo un nuevo silencio.
—Hacía mucho que había conseguido acallar la sensación de soledad. Y, sin embargo, ahora vuelve el maldito vacío. No me deja, Susana, no me deja recuperarme.
—Pero, ¿por qué has ido?, quizá no deberías…
—No puedo evitarlo —confesó ensimismado mientras entraba en la sala por el acceso sureste.
Caminando despacio, como si quisiera retrasar un encuentro largo tiempo esperado, dirigió sus pasos hacia su cita con el artista vienés más conocido universalmente. —Aquí estoy —reveló suspirando frente a su obra preferida: El beso.
—Ahí dio comienzo tu idilio con el arte.
Una contenida emoción recorrió la espina dorsal de Max al revivir la fascinación que había sentido, siendo un niño, al momento de descubrir que los cuadros podían contener enigmas.
“Son tesoros ocultos en el lienzo, Maximillian, secretos que hay que descubrir”, le había dicho su madre en la primera visita.
Gracias a aquella instrucción, hoy era capaz de entender todo, deconstruir el proceso creativo del artista y comprender el contenido compositivo de la obra.
Examinó el lienzo con pericia y asentía en silencio para sí mismo.
—Dime qué ves.
—Dos amantes en un prado al borde del abismo. Nada interfiere en su momento vital. Su unidad cósmica les erige en el centro del universo. Lo demás no existe… —guardó silencio escudriñando la obra, hasta que prosiguió— Todos los movimientos parten del hombre. Él es quien toma la cabeza de la mujer y la vuelve hacia atrás para poder besarla. Ella adopta una actitud pasiva, se arrodilla en gesto de sumisión. Después están las vestimentas de ambos. Un delicado equilibrio de formas rectas y cuadrangulares, de paleta sobria basada en blancos, negros y grises representando la masculinidad. En cambio, en la mujer, los ornamentos son floreados y curvilíneos. Su gama cromática es rica y vistosa, es la sensualidad, magistral y sutilmente interpretada… Qué tío, Klimt —suspiró al fin, extasiado.
—Un grande entre los grandes. Eres afortunado de poder valorar estas maravillas de la creación, Max.
Dirigió sus pasos hacia otra obra maestra del artista vienés, ubicada en la misma sala.
—Sí, con él también descubrí a Judith.
—Tu Judith.
—Sí —confesó escrutando el lienzo—. Recuerdo que me dio miedo, una mujer inquietante y enigmática, que no me transmitía la paz y serenidad de mi madre.
—Al fin y al cabo, solo eras un adolescente.
—Después todo acabó. Tras aquella visita, ella enfermó y pocas semanas después…
—Quizá por eso te sientes tan ligado a estas obras.
Judith le traía nostálgicos recuerdos de aquel día, de esa visita iniciática de la mano de su madre. A menudo en las largas noches de invierno, frente a una copa de vino, pensaba en su solitaria existencia y se preguntaba qué pensaría ella acerca de él.
—¿Crees que se sentiría orgullosa?, ¿represento al hijo con el que ella había soñado?
—Joder, Maximillian, ¡pues claro!
—No lo tengo tan claro.
—Deja por un momento tu mortificadora autocrítica.
Date a ti mismo una tregua, anda.
—Ya.
—Estás metido en el mundo del arte.
—¡Bah! — expresó su poco convencimiento. —Tienes ArtWatching.
—Bueno… si a eso lo llamas estar en el arte.
—Cada día va mejor, tienes muchos seguidores. Además cuentas con un equipo de colaboradores que darían todo por tu periódico.
—Yo quería… tenía la necesidad de crear arte, no de hablar acerca de él.
—Max, has encontrado tu lugar en ese mundo, es un éxito, estás arriba.
—Bueno… sí, tengo un semanario digital sobre arte, pero de eso a estar en el arte, hay mucha distancia.
—Que ha destapado una trama de corrupción en la compraventa de arte a nivel internacional. ¿Te parece poco?
—Ya, ¿sabes?, ha sido un largo camino, y no ha hecho más que empezar.
Regresó en el metro y al llegar al centro la noche había sumido a Viena en el silencio.
Tan solo algunos viandantes rezagados caminaban por las calles del corazón de la capital austriaca. Al salir de la boca de la estación, la gabardina se le antojó insuficiente. Asomaba la primavera y las noches vienesas todavía eran frías.
Decidió cenar en el Gasthaus Kopp, un restaurante económico situado en el Innere Statdt, cerca del hostal en el que se hospedaría; pidió una mesa apartada en un rincón, cerca de la ventana con vistas a la catedral Stephansdom.
Agradeció el calor del local y encargó al solícito camarero la rindsuppe del menú de la casa; tras el popular caldo, tomaría la carne de ternera hervida con salsa de rábanos y una copa de vino tinto de la casa. Entre plato y plato, trabajó en el texto de su próximo artículo periodístico.
Jueves, 12 de abril
Judith desafía al espectador con la mirada insolente, mientras acaricia con las manos crispadas el pelo del enemigo vencido. La luz se desliza incierta sobre su cuerpo insinuante, perturbador y delicado. Nada puede este hacer para evitar caer rendido y ser presa de su voluntad.
Yerra el que busca en esta obra de Gustav Klimt la narración del suceso legendario de la decapitación de Holofernes. Este, prácticamente expulsado del cuadro, es el recurso mitológico que permite al autor tratar la inquietud que despertaba la emancipación de la mujer a finales del siglo XIX.
En el mundo del trabajo y la política, la sombra de amenaza proyectada en la figura de mujer fatal era percibida como una pérdida de control del “statu quo” por parte del género masculino.
Viena se convulsionaba ante la colisión de la vida intelectual y la erótica. Mientras, en el epicentro de la debacle, las mujeres se abrían paso a través de la decadencia de valores para reclamar su lugar, su individualidad. En salones y cafeterías, eran las artistas y las damas de la alta burguesía las que reafirmaban su igualdad ante los hombres, discurso que no era aceptado en otros espacios públicos. Ellas constituían la vanguardia del feminismo.
¿Era defensor del proceso el pintor austríaco como se ha apuntado históricamente? ¿Incitó este con sus medios plásticos dicha emancipación o sencillamente fue su tema recurrente para recrear estéticamente, como testigo de excepción y no como actor, la problemática?
Max bebió del vaso de vino y leyó detenidamente el texto. Observó distraído, a través de los cristales de la ventana, el extraordinario portal labrado de la catedral y su formidable Puerta de los Gigantes.
Exhaló un hondo suspiro.
Se sentía extraño en la ciudad que le vio nacer. Nada le unía ya a aquella Viena, exceptuando un pasado que había tratado de borrar de su pensamiento, un pasado que ahora, después de tantos años, venía a reclamar su espacio en la mente del joven.
Inspiró profundamente y prosiguió la escritura.
Mientras trata de desentrañar el enigma, el espectador viajará a las afueras de Jerusalén, al cerco de los ejércitos de Nabucodonosor sobre la ciudad de Betulia, penetrará en la tienda del general babilonio Holofernes, comandante de las huestes de asedio, para caer desplomado sobre el lecho, ebrio de alcohol y deseo, y no salir jamás, tras sucumbir a la seductora mujer.
La controversia suscitada por las obras de la época dorada de Klimt, a las que se ha tildado en numerosas ocasiones de excesivamente ornamentadas, decorativas y superficiales, queda, a mi modo de ver, eliminada y fuera de toda duda. Las obras del autor vienés forman parte del Gran Arte.
Mientras finalizo mi artículo, alzo los ojos hacia Judith. Me someto al fuego sensual de su mirada y cedo a las fuerzas enigmáticas de esta fascinante mujer. Observo la cabeza sin vida de Holofernes en sus manos, tratando de desentrañar el misterio que mueve los invisibles hilos del deseo que forja, de tarde en tarde, el destino de las naciones.
Maximillian H. Kokoschka
Osterreichische Galerie para ArtWatching
Guardó el documento y cerró el ordenador.
Al día siguiente ya se ocuparía de indexarlo a la web ArtWatching. Sería su artículo de curiosidades de la semana.
Un espacio a dos columnas más una foto de la obra.
No era un gran artículo, pero le hacía sentir paz interior.
Era el secreto tributo a su madre. ◗
Sonó una llamada en el móvil. Sobresaltado, dio un respingo en la cama del A&H Wien Stadthalle, un hostal cómodo y barato del centro de la ciudad. Palpó en busca del aparato, mientras trataba de despertar sus sentidos.
En el intento, derramó sobre el edredón y sus jeans el contenido restante de la copa de vino a medio consumir.
Se había quedado dormido, vestido tal cual estaba.
—Chico —saludó enérgicamente la voz anciana.
—¿Hermes? —respondió el joven al nombre en clave de su confidente, al tiempo que consultaba la hora en el aparato. Marcaba las cinco de la madrugada.
—¡Joder, Hermes! ¿Sabes qué hora es?
—Debemos vernos.
—Eh… sí —respondió dubitativo, frotándose la cabeza, tratando de desentumecer los sentidos—. ¿Cómo dices? —preguntó de pronto, tomando consciencia de la orden.
—En dos horas, en el aeropuerto.
—¿Cómo?, ¿por qué tanta prisa de repente?
—Es urgente que nos veamos, chico —repitió la voz al otro lado del dial—. Sin demora —impuso Hermes ante el silencio de Max. Parecía excitado.
—¿Por qué tanta precipitación?
—Tengo nueva información y debo entregártela urgentemente. Es definitiva.
El confidente parecía nervioso. El joven guardó silencio, dubitativo.
—Ha vuelto a suceder —confesó de pronto el periodista—, he recibido una nueva carta.
El grave silencio del informador mostraba la inoportunidad de la noticia. Cambiaba todo.
—En ese caso… hay que parar, debemos parar, Max.
—¡No es el momento de parar nada, Hermes! Me importan un carajo las amenazas —argumentó con poca convicción—. Estamos cerca, muy cerca, Hermes.
El material confidencial que había ido filtrando en las últimas semanas era extraordinario, de alta sensibilidad.
—Es mi momento, ¿entiendes?, y nadie va a quitármelo. —No va a ser un viaje cómodo, las cosas se pondrán feas, ¿lo sabes, verdad?
—¿Cómodo? ¡No digas estupideces! Nadie está cómodo ni cien por cien seguro al desvelar un caso de corrupción, Hermes. ¡Nadie!
—Es el tercer aviso, Maximillian.
Hermes guardó silencio al otro lado del dial.
—En fin, es tu decisión, chico. Es el riesgo del gran periodismo. Recuerda dónde estabas hace tan solo unos meses.
—¡No necesito recordar dónde estaba! ¡Sé perfectamente dónde estaba, maldita sea!
Y recordaba, también, cómo se sentía.
Pocos meses atrás, algunas columnas en periódicos de alcance local, un par de blogs con escaso seguimiento y nulo rendimiento económico, no habían sido éxitos que uno se atreviera a exhibir con orgullo públicamente. A todo ello, había que añadir su breve currículum de artista, que constaba de dos exhibiciones de poca monta. Las dos habían resultado un fracaso.
Desolado, al borde de la quiebra económica y hundido anímicamente, había fracasado en su proyecto vital. Era un donnadie.
Sin embargo, todo había cambiado hacía unas semanas. ArtWatching, el semanario especializado de su propiedad, revelaba en exclusiva una posible trama de comercio ilegal de obras de arte.
Indudablemente, era el alto nivel de la información facilitada por Hermes la que había obrado aquel cambio. Unido al lenguaje directo, rebelde y crítico con el que sellaba sus artículos, Maximillian había aguijoneado el interés de los lectores.
Cada día contaba con más adeptos, más seguidores, más amigos y, consecuencia de ello, con ingresos publicitarios que daban algo de oxígeno a sus menguadas arcas.
Poco después llegó la reputación, que le catapultó a la escena mediática desde el momento en el que algunos medios de comunicación de ámbito internacional, como el London Noticeboard, ARTnews o ArtVAlue, hicieron valer las excepcionales declaraciones de ArtWatching como referencia en sus informaciones.
Todo había sucedido a la velocidad de vértigo. Incluso la Policía, a raíz de sus revelaciones, inició algunas investigaciones que hasta la fecha seguían abiertas. En la vorágine de la publicación, multitud de internautas en Europa se habían activado como seguidores de la revista y se mantenían conectados y expectantes ante la contundencia de ArtWatching.
“El mundo está en tus manos. Puedes cambiarlo y hacer de él un lugar mejor, aun contra el poder en la sombra”, era la frase que subrayaba la visión de ArtWatching. Era la revolución.
—Maldita sea, Hermes. La primera carta la tomé a broma. Incluso me jacté de ella colgándola en mi perfil en las redes sociales. La segunda, en la que aparecía mi imagen con
la cabeza cortada, presenté una denuncia a la Policía. Una pérdida de tiempo. Me recomendaron prudencia; “rebaja el tono de los artículos”, me dijo el inspector, ¿puedes creerlo?
Un bufido de desaprobación de Hermes sonó a través del dial.
— “Demasiado apasionados, jovencito”, me dijo el muy imbécil —continuó, indignado.
Se hizo un largo silencio en el que los dos se mantuvieron pensativos.
—Max, puede haber consecuencias. ¿Lo sabes, verdad? Van a denunciarte. Una cosa es hablar de un posible caso de robo y otra muy distinta la acusación directa contra una corporación como HDM Investments y apuntando a su CEO como presunto delincuente. Es un mal asunto. Quizá deberíamos tener prudencia, esperar un momento más propicio, dejar que las aguas se calmen.
Sonó una exhalación al otro lado del dial. Max ya contaba con ello.
—Siempre habrá presiones por parte de los grupos dominantes, Hermes. Los grandes de la comunicación las han sufrido en el pasado y muchísimos periodistas las padecen diariamente en países en los que las garantías de libertad de expresión son más que dudosas.
Era la oportunidad que había estado esperando toda la vida. Él, Maximillian Herbert Kokoschka, huérfano y solitario en el mundo, un donnadie al que pocos respetaban, exceptuando su ecléctico grupo de amigos, tenía en sus manos la posibilidad de demostrarle al mundo quién era realmente.
—Mira, Hermes, creé una web blog para denunciar la mala gestión del arte. Puedo seguir investigando y filtrando la información que me facilitas o, por el contrario, seguir con crónicas patéticas de pintores extinguidos o artistas que no le importan a nadie. ¡Ni hablar!
—En ese caso, debemos vernos. La información que tengo es definitiva.
—¿Qué quieres decir con que tienes información definitiva? ¿Qué contiene?
—Respuestas.
Hermes era muy desconfiado. Hasta la fecha han sido inútiles los intentos por verle. Se refugiaba en cartas y mensajes anónimos y no aceptaba entrevistas. ¿Por qué tanta prisa de repente?
—¿Por qué yo? —la pregunta le salió del alma.
—Créeme. Tú eres el hombre perfecto para este trabajo.
—Y tu respuesta es patética.
—Tú eres el escéptico, el vigía del arte, el reaccionario inmerso en una cruzada contra el sistema establecido. Eres un fanático en búsqueda de respuestas; bien, yo te ofrezco algunas. Otras deberás encontrarlas tú mismo, hijo. Nos vemos en dos horas.
Pensativo, jugueteó con la copa vacía de vino. Al otro lado del dial, Hermes había colgado. ◗
En el trayecto hasta la terminal había tardado más de lo esperado. Apresuradamente, salió al andén y entró al aeropuerto.
Sonó el teléfono y contestó con prisa.
—¿Hermes?
—Chico... —dijo la voz quejumbrosa del confidente— En el lavabo de caballeros, en la planta inferior.
—¿En el lavabo? —preguntó estupefacto.
—Me han seguido… —susurró con voz apagada, en un lamento— me han…
Una sombra de duda se dibujó en la mente del periodista. Necesitaba saber más, fue a protestar, pero su interlocutor ya había cortado la conversación y el pitido del teléfono abortó la interrogante que asomaba en los labios del joven.
Dudando entre entrar en los servicios o salir corriendo, coger su avión de regreso a casa y olvidarse de todo, penetró en los lavabos de caballeros.
No había nadie y su tímido saludo rebotó en las paredes de la estancia vacía.
Estaba a punto de irse cuando desde un rincón apartado del habitáculo provino un débil gemido. Con paso precavido, se acercó al inodoro desde el que había surgido el lamento.
Se asomó receloso y la visión de un cuerpo ensangrentado impactó en su cerebro. La mochila en la mano de Max cayó al suelo y provocó un eco sordo.
El hombre, todavía vivo, respiraba entrecortadamente emitiendo un frágil y prolongado estertor.
Los ojos del periodista, como enloquecidos, iban de las heridas a la sangre, de la sangre a la puerta, de la puerta a la cara del hombre y de nuevo a la sangre.
De pronto reaccionó y consiguió serenarse mínimamente. Con el corazón en la boca, mirando a su espalda cautelosamente, se acercó al herido.
El hombre rondaba los sesenta años. La piel del rostro enjuto se mostraba cenicienta. El escaso pelo cano de sus sienes estaba ensangrentado y enmarañado. Era alto y delgado, nervudo. En su juventud debió ser un hombre atractivo.
Mientras colocaba una mano detrás de la cabeza del herido, sentía su propia respiración agitada y entrecortada, con la sensación de que sus latidos retumbaban en la estancia.
Tres cortes profundos le atravesaban el pecho y manchaban de sangre espesa y oscura su elegante camisa azul celeste.
El instinto de supervivencia le gritaba que se fuera de allí corriendo antes de que aparecieran de nuevo los asesinos, pero otra voz le decía que pidiera ayuda urgente para aquel hombre, aunque, a todas luces, ya poco se podría hacer para salvarlo.
Max se levantó estremecido y optó por la primera vía. Si le encontraban en aquella situación, tendría que aclarar tantas cosas inexplicables que, probablemente y a falta de culpables, fuera a él mismo al que acusaran del homicidio.
Aun sintiéndose patético y repugnantemente cobarde, se giró hacia la puerta para irse, cuando el moribundo susurró casi sin fuerzas su nombre.
Sobresaltado, dio un paso atrás y se acercó apresuradamente.
—¡Por Dios!, ¿Hermes, eres tú?
—Llegas tarde, hijo —balbuceó con la voz entrecortada—, llegas tarde…
—¿Qué ha sucedido?, ¿quiénes son los que te han hecho esto? —preguntó Max en voz baja.
Temblando de nervios, acercó su oído a la boca del herido. —Se han llevado la información… —susurró el hombre, levantando la cabeza y abriendo al fin los párpados en un tremendo esfuerzo, ante la histérica mirada del periodista— Las respuestas que estas buscando se las han llevado.
—Dios, ¡Hermes!, ¿pero qué diablos contenían esos papeles?, ¿tan importante era la información como para hacerte esto?
El hombre cedió sin fuerzas al peso de su cabeza y esta golpeó levemente el suelo. El herido se quejó en silencio frunciendo el ceño. Permaneció callado con los ojos cerrados y con la respiración apagada, fue un corto espacio de tiempo que a Max le pareció una eternidad. Sostuvo de nuevo la cabeza entre sus manos, mirando alrededor sin saber qué diablos hacer.
—¡Hermes!, ¡maldita sea!, ¡Hermes! Necesitas un médico. ¡Debo ir por un médico!
—La llave… —pareció recordar de pronto el moribundo abriendo levemente los ojos en los que, imperceptiblemente, el brillo se iba apagando— La llave, en la cisterna.
Indicó con su dedo tembloroso, señalando hacia el retrete. Sorprendido, siguió sosteniéndole la cabeza.
—¡La llave! —insistió el confidente severamente, haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban.
Espoleado por la orden, depositó en el suelo con suavidad la cabeza del agonizante y se apresuró a levantar la tapa suelta de la cisterna. En el fondo relucía una llave de color dorado.
—¿Qué diablos abre esta llave?, ¿a qué da acceso?
El periodista se arremangó e introdujo la mano para coger el objeto.
Se agachó junto a su confidente, le sostuvo de nuevo la cabeza y la levantó ligeramente para enseñarle la llave. El
hombre realizó un esfuerzo enorme para abrir los ojos y tomó con la mano temblorosa la cara de Max, como si lo mirara por última vez.
—Hemos llegado tarde, hijo —musitó en tono lastimero.
—La llave, Hermes, ¿qué puerta abre?
—Tira del hilo y acabarás encontrando la madeja: las respuestas.
—¿Qué respuestas, Hermes, qué respuestas?
—Todas las respuestas. ¡Vete¡, date prisa —le ordenó haciendo acopio de sus últimas fuerzas—. No puedes detenerte —la voz, en un exhausto susurro, ya se iba apagando por momentos—. No pares hasta acabar lo que hemos empezado.
—Pediré ayuda.
—Vete y haz justicia… destapa todo, haz que paguen por lo que han hecho… por lo que hicieron —se desplomó fatigado, respirando entrecortadamente—. Haz que todo esto valga la pena, haz que encierren a estos miserables…
Max miró por última vez al herido, antes de girarse hacia la puerta.
—Te enviaré ayuda —prometió.
—¡Vete, hijo! —se lo pidió mirándolo fijamente, con una firmeza sorprendente en la mirada.
Mientras salía a toda prisa, revisó brevemente si se había manchado la ropa o los zapatos.
Se estremeció al verse las manos con la sangre del herido y la parte inferior de la gabardina también llevaba impregnada una gran mancha.
Salió de los lavabos precipitadamente, mientras introducía la gabardina en la mochila, a la vez que se frotaba las manos en ella para limpiarse en la medida de lo posible. No había tiempo para quedarse en la instalaciones aeroportuarias. Prefirió arriesgarse, salir de allí; si le encontraban, estaría perdido, todo sería muy difícil de explicar.
Afortunadamente, no había sangre en las suelas de los zapatos y no dejaría sus huellas. O al menos eso creía. Realmente no estaba seguro. ¿Cómo diablos iba a estar seguro?
En cuanto se sintió a una distancia prudente, cerca de la salida de la terminal, se dirigió a una cabina telefónica y marcó las teclas uno-tres-tres, de emergencias.
Las manos le temblaban exageradamente. Intentó serenarse.
Borró con la manga de la chaqueta las huellas de su mano en el auricular.
Desconocía de qué iba todo aquello, no sabía ni cómo actuar ni si las huellas realmente se borraban procediendo de aquella manera. ¿Cómo iba a saberlo? Era todo lo que se le ocurría, porque todo aquello tenía muy mal aspecto.
Debía averiguar qué cerradura abría aquella llave. No se sentía en deuda con el herido. No se conocían personalmente. Pero aquel hombre había depositado una confianza en él que nunca había mostrado nadie. ◗
El doctor Niklas Müller hizo una mueca de disgusto en el momento de pulsar el interfono del portero automático de la Villa Schäfer.
En sus más de treinta años ejerciendo de especialista en oncología, en contadas ocasiones se había visto en la tesitura de visitar a uno de sus mejores amigos en calidad de portador de pésimas noticias.
Era un trago amargo al que no se acostumbraría jamás.
En esta ocasión, se trataba del doctor Viktor V. Schäfer, una de las figuras más relevantes del mundo de la cultura en Alemania, persona a la que tenía en gran estima y que era mucho más que su asesor en temas referentes al mundo del arte. Sí, Viktor Schäfer era, sobre todo, su confidente y amigo.
La fortuna del viejo asesor provenía del SchäferArt Found, un fondo de inversión en arte que se había ganado durante casi dos décadas la fama de ser una sólida y fiable cartera de inversión, soportado por una serie de muy eficientes colecciones de arte contemporáneo, cuyas operaciones de compra y venta sistemática habían supuesto importantes beneficios a los inversores.
Hoy, lejos de las formidables sumas que otrora había reportado a los inversores, y aunque su figura seguía siendo un referente para el porvenir del mercado del arte, el SchäferArt Found mantenía un bajo rendimiento y a Niklas se le antojaba dudosa la viabilidad del negocio.
Sin embargo, una de las cualidades de Viktor más admirables era su vocación de mecenazgo. Esa disposición era la que le había conferido el reconocimiento como mentor y protector de jóvenes artistas, destacándole como uno de los importantes benefactores de Alemania.
A través de las galerías BerlinArtGaleries, les incentivaba, pagaba su manutención y promocionaba sus trabajos, con el objetivo de que pudieran consagrar la vida al complejo mundo del arte.
Las generosas donaciones a colectivos desfavorecidos habían sido una constante desde su llegada a Berlín en los años noventa, lo que le había propiciado un lugar meritorio en la alta sociedad berlinesa.
Actualmente era famosa su fiesta anual de la SchäferArtFund, un evento organizado bajo el auspicio de la Fundación Irina y Viktor Schäfer, una convocatoria ineludible en el calendario de eventos exclusivos de la capital alemana, que desde hacía más de diez años se celebraba invariablemente el primer domingo de octubre, y en la que se daban cita todas las personas de la alta sociedad y la política berlinesa.
La cita, un pretexto para recaudar fondos con el fin de favorecer a diversas entidades benéficas, estaba encabezada por alguna de las figuras más relevantes del Bundestag, la Cámara Baja del Parlamento alemán: el ministro de Asuntos Sociales y el ministro de Cultura.
Sí, Viktor Schäfer era un filántropo admirado en su ciudad de acogida y Niklas se preparaba para ser emisario de noticias fatales a su amigo. ◗
Viktor había fijado su residencia en el exclusivo distrito de Charlottenburg, en Berlín, en la calle Winklerstrasse, a orillas del lago Koeningsee.
La villa no pasaba desapercibida entre las demás mansiones de la zona. La espectacularidad de la fachada blanca, con altos ventanales, edificada en cuatro alturas y proyectada en diferentes volúmenes, finalizaba en un formidable ático, cuya cubierta ondulada aparecía franqueada por dos bóvedas laterales.
La abundante nieve que persistía aquel día a orillas del lago proporcionaba una estampa formidable.
La aflautada voz del ama de llaves saludó con amabilidad a través del interfono. La imponente verja de gruesos barrotes se abrió lentamente y el médico cruzó con su vehículo a través del acceso de grava que conducía a la mansión, hasta llegar al espacio entre los setos escrupulosamente recortados, reservado a los coches de las visitas.
Niklas descendió del vehículo y se abrigó. Con las últimas nevadas de abril había descendido la temperatura considerablemente. Dirigió los pasos hacia la escalinata que conducía a la puerta principal donde le esperaba Otto Voshaar, el hombre de confianza de Schäfer, y tras un breve saludo, sin más dilaciones, penetraron en el hall de la mansión.
Al doctor, aquel enorme vestíbulo con suelos de mármol y prácticamente carente de mobiliario, cuyo única nota vital la aportaban dos enormes lienzos de cinco metros de altura cada uno, con los característicos tonos color ceniza de su creador, el artista Anselm Kieffer, siempre se le antojó excesivamente desnudo y frío.
