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La vida como un circo nos atrapará con La historia de amor de Mariam, con casada sin amor el frío y distante Político Adrián Montero. Resignada con la vida que le ha tocado vivir, el destino decida poner un su fuerza prueba, su entereza y sus reglas al colocar en su camino al circense Francisco Valverde. Ambientada en la Lima de principios del siglo XX, los protagonistas vivirán una historia de amor trepidante llena de engaños, venganzas y reencuentros que agitará sus vidas para siempre.
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Seitenzahl: 118
Veröffentlichungsjahr: 2019
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© Urla Poppe
© La vida como un circo
SBN papel: 978-84-686-7871-9
ISBN digital: 978-84-686-7878-8
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
I
Marian nació un 7 de noviembre de 1888 dentro de una de las familias más respetadas de la ciudad. Su madre, Esther Merino de Obregón, nació en Trujillo y debido al trabajo de su marido, Alberto Obregón, se vio obligada a irse a la ciudad de Lima desde muy joven. Marian no había nacido en ese entonces.
El señor Obregón era un gran empresario agrícola y había heredado desde muy joven las tierras de cultivo de azúcar, que su padre le dejó antes de morir. Tuvo que luchar mucho para sacar la empresa de prácticamente la ruina, ya que su padre la había abandonado y estaba lleno de deudas y en la quiebra.
Marian nunca vivió los problemas que habían pasado sus padres. Para cuando ella nació su familia era muy respetada en la ciudad.
En 1908 ya era toda una mujer, la más hermosa de todas las jóvenes de su edad. Nunca presumía de su belleza. Siempre fue una mujer muy recatada y tímida. Su madre quería que se casara con un buen hombre y por eso dedicó toda su vida a educar a su hija para que fuese una buena esposa. A ella no le importaba que no se casase por amor, muchas veces el amor no era lo más importante en la vida y siempre le hizo ver eso a su hija. Era una mujer muy ambiciosa y Marian era igual que ella.
Marian estaba comprometida con Adrián Montero, hijo de Carlos Montero, un político muy respetado en todo el país. Él era un hombre muy tranquilo y seguro de sí mismo. Sus padres habían acordado una boda entre ellos, aunque ninguno de los dos estaba enamorado del otro. Adrián era un hombre muy práctico y serio. Era un importante abogado, muy reconocido por su frialdad en su trabajo. El día que conoció a Marian aceptó casarse con ella, le impactó la belleza y elegancia que irradiaba en cualquier lugar adonde iba.
Cristina era la hermana de Adrián. Habían vivido mucho tiempo fuera, debido a sus estudios de letras en un centro privado en Madrid, España. Se había hecho muy amiga de Marian y habían aprendido a ser ellas mismas cuando estaban solas y no fingir esa seriedad que mostraban a la gente. Cristina también estaba comprometida, pero al igual que su amiga no estaba realmente enamorada. O simplemente se resignaban al verdadero amor…
Una noche Esther organizó una fiesta para celebrar el próximo matrimonio de su hija. La casa estaba llena de invitados y risas. Todo era muy elegante y sofisticado. Pero Marian se sentía muy incómoda en esa clase de eventos. Había desarrollado una actitud muy propia de su madre y algo en ella empezaba a cambiar y con el tiempo se daría cuenta de quién era ella realmente.
—Gracias, señora Obregón, por esas palabras tan halagadoras. Quiero compartir con ustedes mi mayor felicidad en este momento. A la señorita Obregón y a mí nos complace anunciarles nuestro próximo matrimonio.
Todos sonrieron y brindaron, esta vez por la próxima boda. Pero a pesar de todo, Marian no se sentía feliz. Aunque no amase a Adrián, le tenía mucho respeto y pensaba que con el tiempo aprendería a quererlo. Miraba la alegría de sus padres y de aquellos invitados, a la mayoría de los cuales ni conocía. Sonrió ligeramente y bebió su copa.
Su madre se dio cuenta de la actitud de su hija, la conocía perfectamente y sabía cuándo no estaba bien. Marian era una persona muy cerrada y le costaba mucho mostrar sus emociones en público. Pero en ese momento no dijo nada y prefirió hablar con ella en otro momento.
Al día siguiente, un domingo muy soleado, de pleno verano y mucho calor, Marian no podía dormir y se despertó temprano. En ese momento Esther entró al cuarto, estaba muy molesta, al parecer tampoco había dormido mucho.
—¡Quiero que me expliques por qué te estás comportando de esa manera! Parece que no te importase nada, ni siquiera tu felicidad.
—Madre, usted sabe que yo soy así. No me juzgue más. Además, este fue su plan.
—No me hables con ese tono. Era la fiesta de tu compromiso. Todos estaban ahí y me hiciste quedar tan mal delante de todos…
—¡Eso es lo único que te importa! Tu reputación... —respondió Marian—. Por tu culpa nunca podré conocer lo que es realmente el amor. Yo solo conozco un tratado, no hay amor de por medio. ¡No sé lo qué es el amor, no lo sé! —Se puso a llorar desconsoladamente. Nunca se había sentido así y ahora que su mundo iba a cambiar, tenía miedo. Su pelo largo y ondulado cayó sobre la cama. No quería que su madre viese sus lágrimas.
A Esther, de pie junto a la puerta, con su altivez y su elegancia fría y distante, no le importaba lo que su hija pudiera sentir. Ella creía que eso era lo mejor para ella y que con el tiempo lo entendería.
—Tienes que comprender que el amor no existe. Yo me casé con tu padre por la misma razón que tú lo haces ahora. Sentía lo mismo que tú, aquella impotencia… Al final, ¿de qué te sirve amar?, siempre hay que ver lo que nos conviene y lo que no. —No estaba mirando a su hija, era como que estuviese pensando en voz alta.
Marian no podía creer lo que estaba escuchando, su madre le estaba haciendo una confesión muy grave. Ella pensaba que sus padres se querían, que el amor sí existía.
Esther recordó momentos muy amargos para ella y salió de la habitación, no quería que su hija la viese llorar. Caminó por los largos pasillos de su lujosa casa, intentando mostrar entereza, sobria y sin lágrimas en los ojos, pero se sintió sola. Era lo mejor para su hija, ella no quería que su hija sufriese de amor, como lo hizo ella alguna vez.
Marian no quiso quedarse en la casa ese día. No solo la discusión con su madre le había aturdido, Adrián la iba a visitar esa mañana. Así que se vistió y se fue a ver a Cristina. Le mandó un mensaje pidiéndole encontrarse en una cafetería.
Como era domingo las calles estaban repletas de gente. Había vendedores, señoras caminando con sus hijas, cirqueros, familias… Marian estaba un poco sorprendida, era la primera vez que ella salía a la calle sola y veía todo lo que ocurría un día fuera de su vida.
Se encontró con Cristina y entraron a la cafetería. Se sentaron y su mesa daba justo a la plaza de la ciudad. Escucharon unos gritos y vieron que mucha gente se estaba juntando, como si les interesara algo en concreto. Decidieron salir a ver qué era lo que pasaba.
—Cristina, mira para allá y dime qué es lo que ves.
—Yo… veo unos cirqueros ambulantes, típicos de estos días.
—No, no son simples cirqueros. Ven, que quiero ver de cerca.
—¡No, estás loca! —Pero ya era demasiado tarde y tuvo que seguir a su amiga. En medio de la gente se encontraban dos jóvenes, que entretenían a la gente con chistes y malabares.
Marian observó a uno de los dos hombres, lo miró atentamente. El joven estaba concentrado en su trabajo, era muy apuesto. Su pelo largo caía sobre sus hombros y una profunda sonrisa alumbraba sus palabras. Su nombre era Francisco Valverde. Cuando sus padres murieron, decidió unirse al circo. Adoraba ese mundo lleno de fantasía y magia en el que podía olvidarse de sus problemas. Su mejor amigo y compañero era Armando Rebaza.
Francisco, al percatarse de la presencia de las damas, quedó tan impresionado como ellas.
Al terminar el espectáculo, la gente aplaudió y dejaron monedas en el sombrero de Francisco, que luego se acercó a las damas.
—Este ha sido uno de los mejores espectáculos que he dado en mi vida. Nunca he sido tan dichoso de tener a dos respetables damas como ustedes. Tan hermosas y elegantes —lo dijo haciendo una reverencia y sin mirar a Marian.
—Veo que es usted muy hablador… Quiero darle este dinero por lo entretenido que ha sido esto. Puede que con este dinero supere lo que le han dado los demás —dijo Marian un poco altanera.
—Veo que su belleza es solo un espejismo, si me disculpa el atrevimiento.
—¡No sea grosero! ¡Quién se cree usted para hablarle así a dos damas de la alta sociedad!
—Usted comenzó… Mire, señora, si le dije un cumplido no fue para que me diese más dinero, si lo dije es porque es cierto. Puede que yo no sea de la alta sociedad, que no tenga un título de conde o algo así, pero soy feliz.
Marian se quedó callada y sus ojos se llenaron de lágrimas ante su terrible verdad. Francisco se sintió muy mal, se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Sabía que era un defecto suyo, no controlarse y decir las cosas sin pensar.
—Perdóneme, he sido muy torpe. No debí haberle hablado de ese modo. No merezco su dinero y menos una mirada suya.
Ella estaba muy angustiada, rápidamente sacó de su pequeño bolso una buena cantidad de dinero y se la entregó.
—No le doy esto por su espectáculo, se lo doy por sus palabras.
Nadie supo qué decir y las dos se retiraron del lugar. Cuando se encontraban en el carruaje hacia la casa, Cristina le preguntó a su amiga qué le había ocurrido.
—Cristina, ese hombre dijo la verdad, una verdad que nadie antes me la había dicho. No sé por qué, pero presiento que lo voy a volver a ver.
—Pero Marian, ese hombre solo te insultó. Es un irrespetuoso, como todos los de su clase.
—Sí, puede que sea un irrespetuoso, pero feliz.
No volvieron a hablar durante el regreso. Ese hombre había logrado que reflexionara sobre su vida y su futuro matrimonio con Adrián. No dejaba de pensar en aquel extraño. Tenía que volver a verlo, así que se le ocurrió un plan.
Convenció a una de las criadas que le prestase ropa, pero que eso quedase entre ellas. Se disfrazó y en la noche, cuando todos estaban durmiendo, se escapó de su casa.
—Señorita, ¿no cree que es muy peligroso?
—Tú cállate y ni se te ocurra decir algo. Volveré antes de que amanezca y verás que nada habrá pasado.
Salió y se subió a un caballo del establo. Se dirigió al circo rápidamente. Cuando llegó, había una función dentro, mucha gente se estaba riendo y se pudo escuchar la música.
Entró y se sentó en un pequeño banco, no muy delante, pero podía ver perfectamente. Vio cómo salían animales de todo tipo, payasos, músicos, magos. Se sentía muy bien y se divertía como los demás. Era libre de hacer y sentirse como quisiese.
Al poco rato salió Francisco con Armando. Los dos llevaban las caras pintadas de blanco y después de saludar al público, empezaron su espectáculo. Marian estaba tan impactaba que no podía hablar. Cuando la actuación terminó, aplaudió y se levantó del asiento. Fue así como Francisco la vio.
Ella, al advertir que la habían visto, salió corriendo del lugar. Cuando fue a buscar su caballo, un hombre borracho se le acercó.
—Preciosa, ¿qué haces tú aquí tan sola? Ven, que yo te voy a dar algo que te va a gustar. —Se acercó a Marian y la cogió de los brazos por la fuerza. Ella se resistía, pero era inútil. En ese momento algo golpeó fuerte la cabeza del hombre y este cayó al suelo.
—¿Está usted bien, señorita? —Era Francisco, que al verla salir de esa manera de la carpa fue tras ella. Ni él sabía por qué.
—Gracias… pensé lo peor.
—No se preocupe. Perdone, ¿es usted de la ciudad? —Al parecer no la había reconocido y eso reconfortó a Marian.
—Sí… soy del pueblo. Digo de la ciudad, bueno, de aquí.
Los dos se rieron.
—Mi nombre es Francisco, ¿y el suyo?
—Marian. —Ella lo miraba tímidamente, intentando que no la viese. Tenía el pelo tan largo, veía cómo le caía sobre los hombros grandes y fuertes. Se sintió mareada, con un cosquilleo extraño en el estómago…
—Me alegro de que no le haya pasado nada. ¿Sabe que es muy peligroso para una señorita tan bonita como usted pasear a estas horas y sola? —sonrió tímidamente.
—Lo sé, soy una tonta. Pero no creo que me hubiesen dejado venir al circo. A mis padres no les gustan estas cosas.
—Qué pena. Apenas la vi y me quedé impresionado por su belleza. Me quedé un poco intrigado por la forma en que salió de la carpa…
—No se preocupe, no era nada —lo interrumpió ella, rápidamente.
Caminaron un buen rato sin decir nada. Al rato Francisco le comenzó a contar alguno de sus viajes y de las hazañas que había realizado. Marian escuchaba atentamente lo que le decía. Pero al ver que era muy tarde, se despidió rápidamente y se alejó.
Adela, la ama de llaves de la casa, la estaba esperando. Estaba muy nerviosa, no esperaba que regresase tan tarde.
—Si dices algo, no solo te despediré, sino que no volverás a trabajar en ningún otro sitio. —No es que Marian quisiera ser tan dura con Adela, pero estaba muy nerviosa y pensaba lo peor.
Al día siguiente, Cristina fue muy temprano a visitar a su amiga, se sentía preocupada. Sabía que podía ser capaz de cualquier cosa.
—¿Estás loca? ¿Cómo te arriesgaste así por alguien que apenas conoces? Tienes que pensar que estás a punto de casarte con mi hermano.
—Lo sé. No tengo idea de qué es lo que me pasó en ese momento. Algo me impulsó a hacerlo, tenía que volver a verlo.
Esa misma noche, un poco más temprano, Marian salió otra vez a buscar a Francisco. Se encontraron y se pusieron a conversar por horas. A él le parecía muy extraño que ella no contase nada acerca de su vida.
—¿Por qué nunca hablas de tu familia?
—Perdona, pero es que no me llevo bien con mi familia. Mi padre es un hombre muy distante y casi nunca está en la casa. Así que me paso más tiempo con mi madre. Soy hija única… —se quejó ella.
—No te preocupes, si no quieres contarme, lo entiendo. No te voy a presionar si no quieres decir nada.
