Ladrón de sueños - Horacio Ernesto D'Elio - E-Book

Ladrón de sueños E-Book

Horacio Ernesto D'Elio

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Beschreibung

En esta intrigante obra, somos testigos de un encuentro entre un abuelo y su nieta, el cual desencadena un diálogo que nos sumerge en las profundidades de la memoria y la imaginación. La joven, deseosa de descubrir los secretos de la juventud de su abuelo, plantea la posibilidad de un oficio singular pero apasionante que él solía ejercer en su juventud. Con humildad y nostalgia, el abuelo acepta su condición de "ladrón de sueños", un término que define su hábito de sumergirse en las letras ajenas para revivir experiencias literarias. Cuando la nieta propone embarcarse en una de estas aventuras literarias, ambos se sumergen en un viaje que trasciende los límites de la realidad. Uniendo fuerzas con los cautivantes personajes creados por Emilio Salgari en su saga de los piratas de la Malasia, nuestros protagonistas participan de una recreación pintoresca de varias de las historias concebidas por el aclamado escritor italiano. En esta maravillosa travesía, los límites entre la ficción y la realidad se desdibujan, permitiéndonos adentrarnos en un mundo lleno de intriga, emoción y exotismo. A través de la hábil pluma del autor, las páginas cobran vida y nos transportan a épocas lejanas y lugares remotos, donde los peligros acechan en cada esquina y los sueños se entrelazan con la cotidianidad.

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Seitenzahl: 427

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

D´Elio, Horacio Ernesto

Ladrón de sueños / Horacio Ernesto D´Elio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

318 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-476-1

1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. D´Elio, Horacio Ernesto

© 2023. Tinta Libre Ediciones

A mis nietos Paola, Leo, Micaela, Catalina, Vito, Salvador, Valentín, Giuliana y Allegra

—Tú eres mi abuelo.

—Y… sí.

—¿Por qué no te conocí antes?

Me quedo callado. Ya me había hecho yo mismo esa pregunta. Mil veces. ¿Qué le iba a decir?

—Y… no sé.

—¿Siempre empiezas a hablar diciendo y…?

Casi largo la carcajada, pero me freno por la seriedad de la pregunta y por esos ojazos negros que me estudian, también serios. Es lógico, pensé, lo lleva en la sangre, ¿no?

—Cuando querés ganar tiempo antes de contestar empezás con algo como: y… esteee…

—Aaahhh… ¿Por qué quieres ganar tiempo?

—Para pensar lo que te tengo que contestar.

—¿Es muy difícil?

—¿Qué es muy difícil?

—Lo que me tienes que contestar…

—Bueno, no quiero meter la pata.

—¿La pata o la lengua?

Ahora sí que me río, medio nervioso.

Ella también se ríe, traviesa. Se queda callada, mirándome, esperando.

—No te vi porque estaba lejos… muy lejos.

—Aaahh…

—En otro país.

—¿Eso es muy lejos?

Esta me va a desarmar, pensé. Bueno, la genética.

—Y… es bastante lejos. Perdón por la y… y…y…

—Perdonado. Pero no lo vuelvas a hacer.

—La Argentina queda lejos.

—En América, ya lo sé. Pero no es tan lejos.

La observo, pensativo. Cómo explicarle qué significa con exactitud la palabra lejos. Hace unos años estuve a metros de su casa, pero seguí estando lejos. Todavía no sé cómo se produjo este encuentro. Ella, tranquila, me devuelve la mirada. Es profunda, inquisidora pero suave, sin agresividad.

—¿Qué hacías allá?

Me sorprende el pretérito. Qué raro es que quiera saber lo que yo “hacía”. No me pregunta qué es lo que hago.

—Y… trabajaba.

—¡Otra vez con la y…!

—Perdoname… pero es una costumbre. Una mala costumbre.

—Si es mala no lo hagas más.

—No es que sea mala… de maldad… de mala nomás. Es poco elegante.

—¿Elegante?

—Uno no solo es elegante para vestirse. También lo es para caminar, comer, y también para hablar.

Me examina de arriba abajo, como evaluando.

—A mí me parece que eres bastante elegante.

Faltó que agregara “para tu edad”.

—Muy elegante.

Otra vez me la puso, redondita. Si alguna vez sentí que la amaba, ahora me doy cuenta de que es así nomás.

—Trataré de serlo también cuando hablo.

—No te hagas problema, solo te hacía bromitas. Puedes decir y… y… y… todas las veces que te apetezca.

—Gracias, pero igual trataré.

—No me has dicho qué hacías en la Argentina. Aparte de trabajar, digo. Porque eso debe de ser muy aburrido, ¿no?

Me deja pensando. Aburrido no es la expresión más certera, pero para una niña de su edad trabajar debe de ser eso: aburrido. Y ya que le parezco elegante, no es cosa de bajar el puntaje. Tengo que conquistarla, que vea que su abuelo había sido, por lo menos, interesante. Pero… ¿qué había habido de interesante, para los ojos de un niño, en la vida de un adulto como yo? Mi deseo ferviente es fascinarla, pero algo me impide arrancar con una serie de mentiras. Intuyo que sonarían vacías, que no iba a poder sostenerlas en el tiempo, que se iba a dar cuenta. Y entonces ahí sí que sonamos. No, mi querida, ya bastante he pasado sin verte como para intentar mentirte. Pero ¿qué?...

Su vocecita me saca de la ensoñación.

—Qué pensador que eres…

—¿Pensador?

—Con contarme lo que pasó, listo…

Ganemos tiempo…

—¿Qué te gustaría que hubiera sido?

—¿Cómo? ¿Puedo elegir?

—Quizás acertás…

Me mira profundamente, sin verme. Otra vez me enternece. Es como si se hubiera tildado. Me recuerda a mi abuelita, que a veces se quedaba como sin luz en los ojos, mirando hacia adentro. A veces me parecía que ni respiraba y yo me asustaba. Y esta enana hace lo mismo, asustándome igual.

—¿De veras puede ser algo que me guste?

—Sí, de veras.

—¿Si no acierto?

—Probamos con otra.

—Bueno, probemos… veamos… ¡Ya sé! Eras un ladrón. —Sus ojitos me miran divertidos, probándome.

—¿Cómo?

—Ladrón. ¿Acerté?

Pienso un instante, mi mente es un torbellino. Cómo puede ser, podría haber elegido tantas profesiones, me está poniendo a prueba… y, sin embargo… Decido seguirle la corriente, así que me animo y acepto la propuesta.

—Sí… bueno, acertaste… Pero no era un ladrón malo.

—A mí me enseñaron que robar es malo.

—No… yo… ¿Sabés por qué no era un ladrón malo? El asunto es que yo no robaba nada visible. Cómo te explico. Solo usaba… cosas que eran de otros. Y nadie se daba cuenta, porque no me las llevaba ni las cambiaba. No las modificaba. Yo robaba…

—¿Qué?

—… sueños.

—¿…qué?

—Lo que otra gente soñaba… y escribía… yo tomaba lo escrito y lo vivía.

Me mira, fijo, tratando de entender. De repente, salta.

—¿Cómo era que sabías lo que habían soñado?

—Porque lo leía. Esa gente había escrito sus sueños y los había publicado. Libros… muchos libros. Cuando uno escribe pierde la propiedad… o algo así.

—¿Los leías y los vivías?

—Así es.

—Ajá… entonces robabas esos sueños que habían escrito otros y los vivías… mira tú.

Otra vez se queda fuera de foco, como queriendo captar el sentido de mis palabras. Yo ya me estaba arrepintiendo. ¡Qué tontería! A quién se le puede ocurrir tal cosa. Y quién lo entendería, ni yo mismo lo entiendo bien.

De repente me doy cuenta de que me está mirando con atención.

—¿Y eso cuándo lo hiciste?

—Era medio chico. Hasta que un día crecí y quise tener mis propios sueños, y vivirlos. Pero no era lo mismo.

—Ahora, ¿podrías robar uno?

—Hace mucho que no lo hago en esa forma. Ahora trato de vivir mis propios sueños —debería de haber agregado que últimamente no tengo demasiado éxito. Los años han quitado bastante vuelo a mi imaginación.

—¿Y si yo te pido que vivas conmigo uno de aquellos?

—Y… no sé…

—No seas malito.

—Te digo que no sé si podré… No me acuerdo cómo lo hacía. Quizá si me ayudaras…

—¿Cuál fue el primero?

De repente, me vi transportado hacia otra dimensión. Siento que debo continuar. Es mi oportunidad.

—El primero fue…

Sandokán

Es una noche tormentosa. El barco se sacude con violencia entre las olas. No sé de dónde agarrarme, ya me había golpeado fuerte contra el mamparo del que cuelga mi hamaca. El olor es penetrante, a salobre, como a pescado semipodrido, muy húmedo. ¿De dónde cornos entra toda esta agua? No me acuerdo de otra cosa que del golpazo. Una luz verdosa debería dar una idea de dónde me encuentro… a algún otro, pero no a mí. No tengo idea de dónde estoy. Es más, no sé por qué asumí de entrada que estoy en un barco y en una noche tormentosa. Me deslizo de la hamaca, sin darme cuenta de que cuelga a bastante altura, y caigo dolorosamente al inundado piso de madera. Todo sigue sacudiéndose sin ton ni son y no sé cómo me voy arrastrando hasta que choco con algo que parece una escalera. Es una escalera. Sin pensarlo, subo desesperado hasta que golpeo con la cabeza el techo. No, no puede ser el techo… debe de ser una puerta o lo similar. Tanteo y encuentro una especie de pasador, que abro y salgo al mismo infierno; en este caso, acuático. Esto debe de ser la cubierta de un navío. (¿Qué hago aquí?) Me arrastro hasta el borde (la amura, ignorante) y asomándome con cautela veo incrédulo que una pared de agua se acerca majestuosa hacia la nave. Sonamos, dije. ¡Qué frío que hace! De repente, la embarcación vira hacia la pared y sube y sube y sube... ¡Llegamos a la cima! Oia… y… ¿qué sigue? Un pozo sin fondo. Me agarro a una soga que cuelga por ahí, cierro los ojos, aspiro profundo y… ¿recé? No sé. Caemos como en una montaña rusa, el estómago pugna por salir por mi boca. De repente el navío sale del pozo, estabilizándose, y entra en una súbita calma. A duras penas me levanto y miro hacia el horizonte o algo que así me parece. A la luz de un relámpago, vislumbro un promontorio, una alta roca que amenaza muy cerca, en medio de las olas enloquecidas, y sobre él, la figura de un hombre, que cruzado de brazos mira hacia el barco con interés casi científico, carente de emoción. Y pierdo el sentido.

¡Qué porrazo! Por lo menos debe de haber sido fuerte, porque me duele todo el cuerpo. Abro un ojo y veo que estoy en un cuarto, acostado en una cama calentita, quizá demasiado. Sigo recorriendo con el único ojo que tengo abierto y noto que en la habitación, que no reconozco, no estoy solo. Pego un salto en la cama y detecto frente a una ventana la presencia de una persona, un hombre, dándome la espalda, mirando hacia la luminosidad exterior.

Al escuchar el ruido que hago, se da vuelta, mirándome ceñudo. De mediana estatura, más bien tirando a bajo, con grandes bigotes en forma de manubrio, vivos ojos oscuros, va vestido con un traje algo trajinado, de un indefinible color entre grisáceo y amarronado, con chaleco de la misma tela, cuello de camisa palomita, con una corbata con nudo de moño inverosímil, medio torcido. Usa un estrafalario sombrero tipo rancho, que ha conocido mejores épocas.

Se lo adivina un tanto enojado, aunque no sé si ese ánimo es conmigo o con la vida misma.

—Buon giorno, signore —musita. En ese momento tomé conciencia de que no tenía una idea acabada del italiano, pero que acabo de ingresar en el mundo de los sueños. En dicho mundo campea un idioma común, con fantásticos acentos, pero de captación inmediata para quienes lo transitan.

—Buen día, buen día —respondo—. No tengo el gusto.

—No sé si puedo decir que yo lo tenga. Quizás el disgusto. Si bien no nos hemos tratado en persona, de hace mucho tiempo tengo noticias suyas. Muchas veces me he sentido entre halagado y atacado por sus incursiones, pero tiendo a tolerarlo porque me sé en parte responsable.

—Me llamo Ho…. En fin, no sé con qué nombre me conoce usted…

—Llamémosle H. Se lo ha conocido, a lo largo de sus aventuras, con infinita variedad de apelativos.

—¿Y usted?

—Emilio… —se vuelve de nuevo hacia la ventana, y de repente toma una estatura formidable. Un aura lo envuelve súbitamente y una sensación de opresión agobia mi pecho. No tiene que decirme su apellido.

—Me he enterado de cómo lo ha rotulado su nieta. Nada más cierto. Pero debo de contemplar su situación personal, su edad, sus necesidades de entonces. Y no puedo más que sentirme casi honrado por sus “colaboraciones”. Lo único que me molestaba un poco era esa manía de tergiversar cada historia…

—No sabía que intervenir en ellas era tergiversarlas. Nunca cambié a los personajes, siempre respeté sus ideales, sus creencias.

—¿Eso cree?

Un frío recorre mi espalda. Qué sabía yo ahora adónde me habían llevado aquellas jornadas de mi niñez.

—Lo único que recuerdo con claridad es en dónde estaba enrolado, a quiénes acompañé, contra quiénes luché.

—Bueno… bueno. No se me sulfure. En todo caso, no sé si yo no habré escrito como un burro… En fin, como trabaja un burro, usted me entiende —se justifica, nervioso.

Hasta ese entonces se había mostrado muy interesado en lo que sucedía del otro lado de la ventana. Se vuelve con brusquedad.

—¿Y qué lo trae de nuevo por aquí? No me diga que volveremos a las andadas. No sé si sería aceptado de nuevo, con las mismas condiciones de entonces. Advierto bastante contaminado su panorama.

¿Qué es en realidad lo que me trae a este lugar? No podría llamarlo mundo sin entrar en un devaneo psicologista, y no tengo mucho tiempo para elucubrar.

De repente, me doy cuenta de que no estoy solo. Con el rabillo del ojo noto el brillo afiebrado de dos ojitos negros, que saltan de Emilio a mí sin parar. Aprovechando que aquel se ha vuelto a la ventana, chisto por lo bajo, rogando silencio.

—Quizá se sienta con necesidades de volver, ¿no? —acota—. Aunque sea por algún rato. Algún cabo suelto debe de haber quedado. Algún amigo sin despedir… situaciones sin resolver…

El sonido de su voz me hace mirarlo otra vez. Ahora percibo un chispazo humorístico en su mirada, que hasta ese entonces se había mostrado entre triste y enojada.

—Lamento que las condiciones, como le dije, hayan cambiado. No va a resultar fácil, como entonces, la incursión. Sus amigos siguen en la misma; pero usted, no. ¿Podrá intentarlo sin provocar alguna situación en la que se ponga en peligro? —Ahora su semblante es inescrutable, pero su mirada sigue teniendo ese matiz entre burlón y tierno que, más que animarme, me inquieta.

—Debo de hacerlo.

—Adelante, pues. —Mientras sacude desmañado la mano en son de saludo, Emilio Salgari sale de la habitación, en tanto que afuera se escucha un ruido formidable, que deduzco de inmediato. Es una salva de cañonazos, junto con fusilería y gritos de furia y dolor.

Con un gran ruido, vuelve a abrirse la puerta, y en su vano aparecen dos personas, que entran rápido, dando fuertes carcajadas. Pasan frente a mi cama y se mueven hacia una mesa baja, cargada de botellas de todo tipo.

Son dignos de verse, tan dispares entre sí. Uno de ellos es a todas vistas de raza europea, no solo por su vestimenta, sino en principio por su cabello rubio y su tez blanca, aunque bronceada, su barbita (¿la llamarán “candado”?) y sus ojos azules. Lleva puestas ropas de oficial marino, bastante estropeadas y manchadas.

El otro, al que reconozco como el que miraba desde la roca al barco en medio de la tormenta, es mucho más difícil de describir. Alto, moreno, con largos cabellos renegridos, viste una especie de casaca de una tela rara, con mucho bordado con dorados y brillos que sugieren piedras (no sé si preciosas o semipreciosas, nunca supe cuál era tal). En su cabeza lleva un turbante no demasiado voluminoso que luce en su parte delantera, a manera de broche, otra piedra, a la que sí podría calificar de preciosa, porque su color verde traslúcido sugiere una enorme esmeralda. Calza unas botas que se adivinan muy cómodas, por la forma como se adhieren a sus piernas, casi hasta la rodilla.

Ambos están armados, el europeo con una rara espada curva, semeja de caballería. El otro porta una formidable hoja también curva, pero cuya manufactura refleja una influencia oriental (me imagino que es una cimitarra). Ambos tienen cartucheras con pistolas. No, fijándome bien, el oriental lleva dos pistolas en la faja que ajusta su cintura.

Se sirven una bebida cada uno, bebiendo con avidez.

Siento que los conozco a ambos, a pesar de que jamás he visto sus caras. Pero no hay dudas al respecto.

—¡Bueno! ¡A quién tenemos aquí! —dice Sandokán, el Tigre de la Malasia.

—Quizá venga y ponga un poco de orden en este desquicio —repone Yáñez de Gomera.

Y ambos se vuelven y me miran fijo, esperando mi palabra.

Trago saliva ostensiblemente, yendo de un par de ojos a otro.

—Holaaaa…

—¿¡Hola!? —brama Sandokán, mientras se acerca amenazador a mi cama, logrando que manotee la manta que me cubre y me la lleve hasta la altura de mis narices, amedrentado.

—Bueno, hermanito, déjalo que se aclimate —sosiega Yáñez, guiñándome un ojo, divertido. Está muy cómodo sentado en una silla un tanto endeble, con los pies cruzados en la mesita de las bebidas, en una posición que imagino bastante inestable.

—¡Ah…! ¡Claro! ¡El señorito se tiene que aclimatar mientras se nos viene toda la escuadra inglesa al ataque! Porque no sé si sabrás, querido Yáñez, que esos botecillos que nos atacaron no son más que la avanzada de toda la flota.

—¿Y? No es la primera vez ni tampoco será la última.

—El problema es que no sé a qué nos estamos enfrentando. En esos barquichuelos los soldados eran cipayos, pero los tripulantes marinos eran ingleses, por lo menos los oficiales. Ya sabemos que estos reclutan cualquier bazofia que pulule los mares, pero los que mandan son ellos…

—¿No serán mercenarios contratados por Suyodhana, el jefe de los thugs? Tenían uniforme de ingleses, pero no los pude interrogar por esa manía que tienen tú y tus hombres de degollar artísticamente a todos los que se les ponen por delante. También me intriga esta isla en la que estamos después de naufragar nuestro prao, no me es conocida…

Se dan vuelta y dejan de discutir entre ellos para mirarme inquisidores. Al cabo de un rato bastante largo, Sandokán acerca su cara hasta casi tocar la mía, clavándome esos ojos que escupen fuego, y me pregunta, con una voz muy suave, casi un susurro:

—¿Qué novela estabas leyendo?

Abro de nuevo los ojos, con la sensación de salir a la superficie después de haber buceado. Me tranquiliza mi habitación, los objetos conocidos, el clima tórrido de la losa radiante. En el vano de la puerta, Salgari me mira con tranquilidad. Ya nada me sorprende, a esta altura.

—Linda su casa. ¿Todos los que ocupan las otras habitaciones son parientes o amigos suyos?

—¿Las otras habitaciones?

De repente caigo en la cuenta de que debe de pensar que la gigantesca casa de departamentos es toda mía. Le explico somero la situación.

—Me lo imaginaba. Nadie, así esté peleado a muerte con su tía, cerraría sus aposentos con llave. Aparte, vi cada cara… aunque algunas jovencitas… —se atusa el bigote, galante—. Mientras usted dormía como un angelito con malos sueños, estuve escudriñando esa… máquina —señala la computadora—. Asombrosa. ¿Para qué sirve, con precisión?

—No podría decirle con exactitud. Sirve para tantas cosas… Digamos que una de sus utilidades es como si fuera una máquina de escribir.

Se sobresalta, alarmado.

—¡¿Cómo una máquina de escribir?! ¡Yo era una máquina de escribir! Bah… o por lo menos lo parecía.

Río, ante la comparación. Pero me las veo negras para elaborar una explicación sencilla de qué es, para qué sirve, este elegante, estilizado, odiado tanto como amado, aparato. Me levanto de la cama y me siento frente al monitor, salgo del protector de pantalla que pasa sin solución de continuidad fotografías de mi vida, e ingreso a Google. Tecleo “Emilio Salgari” y le muestro el resultado. Wikipedia. Lee con atención, da un vistazo a su imagen y queda pensativo.

—Le contaré a Jules. No obstante, me parece que él debe de estar bastante más informado que yo… En fin… ya tendremos ocasión para charlar mucho más acerca de esto, aunque no sé si me interesa demasiado. Me dijo que era una máquina de escribir. ¿Eso lo acaba de inventar ahora?

—No. Lo de máquina de escribir es una de las aplicaciones que tiene. Le adelanto que no hace otra cosa que lo que uno le indica. Si uno no sabe lo que quiere o necesita, es la máquina más boba que existe. A lo sumo, le muestra un montón de fotos (¿sabrá lo que es una fotografía?, me imagino que sí). Uno tiene que hacer todo, como siempre ha sido. Para escribir, ayuda.

Le muestro, abriendo un archivo Word, como para que tenga una idea aproximada (?) de lo que intento explicarle. Pierde rápido el interés y espía por la ventana. La avenida está atascada de automóviles, camiones, ómnibus y lo demás que tiene una avenida. Tampoco le interesa demasiado.

—Vayamos a lo nuestro. Le comento, querido amigo (tenga en cuenta que es una formalidad tanto lo de “querido” cuanto lo de “amigo”), que ha dejado un cierto desbarajuste entre nuestros conocidos. Al no tener una guía de dónde están, qué hacen o harán, se encuentran un tanto desvalidos. No voy a decir que están asustados, esos tarambanas, pero sería interesante que terminara usted lo que ha comenzado. Como corresponde a una buena historia. Pero claro está que para ello hace falta una cierta pericia, como modestamente he demostrado a lo largo de todos mis libros, ¿no? Pero… no sé si habrá leído todos ellos…

—Lamento reconocer que, mirando su biografía, me he dado cuenta de que me faltan un montón de títulos —al ver su semblante, me apuro en aclarar—. No se sulfure, esa es una biografía abreviada, como si fuera un artículo de una enciclopedia. Sobre usted se han escrito infinidad de libros, ensayos y artículos. A decir verdad, es un hombre famoso…

—… un tanto pasado de moda…

Enmudezco. Quizá tenga algo de razón en su comentario. No lo sé con seguridad. Hace tanto que yo mismo no leo algo de él. Pero lo haré.

—Los clásicos no pasan de moda.

Touché. Vuelve a acomodarse con fruición el bigote, halagado. Se dirige hacia la puerta del dormitorio y, con el gesto de despedida que en apariencia le es habitual, agrega.

—No deje de arreglar lo que le comenté. No olvide que también son sus amigos. ¡Addio!

En ese momento percibo que en el baño hay una persona. Golpeo la puerta y siento una vocecita conocida que me responde.

—¡Un momentito, abuelo! Una señora se toma su tiempo en el baño, deberías saberlo.

Al minuto aparece, en una nube de loción para después de afeitarse. Se debe de haber probado todas las que tengo, por la mezcla de aromas.

—¡Vamos, abuelo! ¡Apúrate, nos están esperando!

Primera sangre

Otro porrazo. ¿Siempre será así? Estoy aplastado contra el suelo, en un pastizal alto, de casi un metro. Me incorporo a medias y percibo que estoy en una planicie, con grupos de altos árboles cada tanto. De pronto, veo a mi izquierda que una mano me indica perentoria que me agache y es lo que hago presuroso. Empiezo a tomar conciencia de lo que me rodea y me sorprende la casi ausencia de los sonidos propios de la vida animal. Señales de vida sobran: siento que caminan sobre mi cuerpo infinidad, o así me parece, de insectos de todo tamaño. Debe de ser imaginación porque, echando un vistazo, veo que algunas hormigas que suben por mi pierna, a las que espanto de un manotazo. La tierra está bastante seca, pero la alta hierba se ve verde y lozana. La brisa suave la inclina hacia mi rostro y trae un olor raro, penetrante, como a pis de gato concentrado. Como si hubieran hecho pis un montón de gatos. De repente un ruido fortísimo me para el corazón. Era un rugido formidable. Como los que había escuchado infinidad de veces en películas y series de televisión, nada más que en vivo y en directo, muy en directo. Directísimo. El generador de tal llamado de atención no debe de estar lejos. Palpo mi cuerpo y alrededor mío y no tengo ningún objeto, salvo la ropa, con qué defenderme. ¿Defenderme? Lo único que tengo son unas ganas locas de levantarme y correr para el lado contrario de donde vino el rugido. Me incorporo despacito, tratando de ver para dónde escapar y no veo nada, solo el ondulante pastizal. A unos cincuenta metros a mi derecha se alza un gigantesco árbol, con varias ramas que llegan hasta el suelo. Calculo que podría trepar con facilidad. Giro la vista y la mano que había visto antes de nuevo se agita frenética indicando que me oculte. Cuando estoy a punto de iniciar la corrida hacia el árbol, justo frente a mí se rompe la monótona planicie virtual de la hierba y se asoma una cabezota a la que reconozco al instante como lo que es. La verdad es que no me sorprende, pero hubiera esperado una recepción un poco más amistosa. Ese enorme tigre que me mira fijo, clavando sus amarillentos ojos en los míos, paralizándome, no es lo que uno podría decir un agradable maestro de ceremonias. Y si me había parecido grande, no me había percatado de que estaba tan agachado como yo. Cuando se alza sobre sus cuatro patas, avanzando un paso para ver qué hacía yo, me doy cuenta de que es enorme, creo que su alzada tenía mi altura, si no más.

En ese momento, siento un ruido detrás de mí. Me vuelvo y veo unos ojitos aterrorizados que me miran y que se dirigen al árbol. Entra a correr desesperada y yo que busco al tigre para ver qué hace. Este ya la había distinguido y comienza una especie de trote lento dirigiéndose también hacia el árbol, cortándole el camino. Desesperado, me percato de que va a llegar mucho antes que ella, y me asusta lo que vendría. ¿Qué hacer? Lo único que se me ocurre:

—¡¡Eh… tigre!!

Suena como la invitación de un torero a que lo embista su compañero de escena, en ese trágico ballet en el que uno en su interior desea que por una vez el toro lo agarre, por más que las contadas veces que ello ocurre a uno le duele la cornada como propia.

El rayado frena su trotecito, dubitativo, y me mira con curiosidad. Yo salto y muevo los brazos, invitándolo, y empiezo a correr medio de costado hacia el otro lado del que se encuentra el árbol.

Como si fuera un perrito obediente, me enfoca y comienza a trotar hacia mí. Porque es un trotecito displicente, juguetón. Ahí comprendo. Está tal cual “como juega el gato maula con el mísero ratón”, y vaya gato. En apariencia, el muchacho no tiene mucha hambre, pero su instinto no va a dejar pasar estos dos suculentos bocados. Yo corro desesperado, con los pulmones estallándome, con el único objetivo de alejarlo de aquel árbol, en el que presumo que mi nieta ya se ha subido. Ahora que lo pienso, el bichito habría trepado con facilidad hasta lo más alto, aunque para bajar hubiera que llamar a los bomberos para ayudarlo, o por lo menos así hay que proceder con sus parientes más chicos. Con el rabillo del ojo noto que su rumbo colisionará conmigo en un par de saltos y decido una acción desesperada: lo enfrento y corro hacia él, gritando desaforado. Desconcertado, se detiene, y yo hago lo mismo, transpirando a chorros y con la respiración saliendo con un chiflido de mis pulmones. Nos separan unos diez, quince metros y nos medimos mutuamente. De improviso, empieza a correr apuntándome, gruñendo. Y yo también lo encaro. Cuando está a punto de saltar sobre mí, clavo el pie izquierdo y, en el clásico amague del wing tres cuartos rugbier enfrentándose al “supergordo” forward, salgo disparado hacia la derecha. Y sí, el animalito se come el amague, dándome unos cuantos metros de respiro. Me detengo de nuevo y estudio sus movimientos. Pega un rugido más formidable que el primero, signo que no le ha gustado el ¡ole! de la tribuna, y arranca hacia mí. Pero veo que ahora no es joda, viene de guapo el hombre (?). Me dirijo hacia él otra vez, pensando que debo de estar loco, pero mis piernas parece que obedecen a una cabeza ajena. Y al estar cerca reitero el amague, pero esta vez lo hago doble, o sea que encaro para la izquierda, clavo el pie respectivo, vuelvo hacia la derecha y retomo hacia la izquierda. Buena idea, porque el amigo ya había aprendido. Al quedar de nuevo desairado, los bufidos se hacen más profundos. Se nota que su malhumor va en aumento. No debe de estar acostumbrado a que lo enfrenten los churrascos que son parte de su dieta habitual. Y menos, que se le escapen. Por lo que decide que esto se acaba. Yo voy con mis patitas como en los dibujitos animados: semejan una rueda de automóvil a toda velocidad. Pero el animalito de Dios es más grande, da unos saltos que reducen la distancia y yo ya siento en mi espalda su aliento, con olor a carne podrida (¿no usará desodorante bucal?). Por prestar atención hacia atrás, no veo hasta que es demasiado tarde que ante mí sobresale de la hierba una rama, y en el instante en que mis pies se enredan en ella y caigo percibo que ante mí están Sandokán y Yáñez apuntándome con sendos rifles. Los disparos son una sola detonación, tan cerca de mí que siento que los fogonazos de ambas armas queman mi espalda. En ese momento, un brutal empujón me arroja a un lado. Cuando reboto contra el suelo una peluda pata me inmoviliza, al tiempo que un líquido caliente me empapa el torso.

Quedo quieto, tratando de recuperar la respiración y de escapar del cepo que me mantiene atrapado contra el suelo. Noto entonces que es un peso muerto, sin vida alguna, y me animo a abrir los ojos. Frente a mí, a escasa distancia de mis narices, en una cabeza que era dos veces la mía, los ojos del tigre me miran fijo. Pero carecen de la fiereza que tenían hasta entonces; en realidad, parecen de vidrio, y ahí me avivo de que el gran animal está muerto. Trato de librarme de la pata que me inmoviliza, pero el peso es demasiado o mis fuerzas son nulas. Lo único que quiero es salir de esta encerrona, de alejarme para ver dónde me había lastimado, y lo logro después de un sobrehumano esfuerzo y me paro, moviendo mis miembros, tanteando. Pero no siento nada roto ni rasgado, lo que también advierto es que estoy empapado en sangre. Escucho unas carcajadas y veo que mis dos amigos se acercan, dándose de palmadas y señalándome.

—¡Qué barbaridad! ¡Cuánta sangre fría! —exclama Yáñez—. ¿A quién se le ocurre todas esas volteretas suicidas al enfrentar a un tigre? Me parece, hermanito, que este muchacho te ha puesto en ridículo.

Sandokán está junto al tigre, mirándolo pensativo. Se vuelve hacia mí y, acercándose, pone su mano derecha en mi hombro, sacudiéndome para un lado y otro y verificando que no estuviera herido, luego me aleja con un empellón. Verifica su rifle, estudiándolo como si jamás lo hubiera visto, y hablándome de costado, inquiere:

—¿Por qué no querías que el tigre fuera hacia el árbol?

¡Mi nieta! Corro como si me llevara el viento y al llegar miro entre las ramas. Al no verla me desespero, cuando siento que tiran de mi chaqueta. Y ahí estaba ella, paradita a mi lado, mirándome con una expresión entre excitada y asustada, a la vez que frunce la nariz.

—¡Estás todo sucio de sangre y barro! ¿Qué le pasó a ese tigre tan lindo?

Bueno, pienso, muy lindo pero te quería comer. Siento que Yáñez y Sandokán pasan por nuestro lado conversando acerca de lo pasado, sin darnos mayor importancia. El primero se detiene y hablando por sobre su hombro me indica.

—En aquel montecito —señala— está nuestro campamento. Hay un pequeño arroyo en el que te puedes higienizar y veremos qué ropa prestarte. Como siempre, no has traído ni una mísera muda, y menos, armas. ¡Qué descuidado! Total, los amigos tienen de todo…

Y siguen caminando, desentendiéndose de nosotros. ¿De nosotros? No me pareció que se hubieran dado cuenta de que estaba acompañado. Reflexiono acerca de esto un momento. El tigre la había visto, noto en su bracito una roncha de algún mosquito u otro insecto, que ha rascado con fuerza. Pero para Yáñez y Sandokán pareciera no existir. ¡Claro! Ellos son los personajes de la historia, como yo. Lo demás es el escenario en el que se desarrolla la acción. Lo que por un lado era conveniente, porque no puedo imaginarme la reacción de los demás por mi inconsciencia de llevar a una niña a esos andurriales, peligrosos por cierto, y exponerla a esos peligros sin saber a ciencia cierta si sufriría algún daño. Solo yo podía cuidarla, y eso era bastante gravoso, sin tener en cuenta además que quizás estaba poniendo en riesgo su vida. Entonces un estremecimiento recorre mi espalda. Me siento paralizado, sin saber qué hacer. Tomando su mano, comienzo a caminar hacia el campamento, mientras mi mente es un endiablado remolino. Llegamos luego de un rato a la vera de un arroyito, como me habían dicho, de agua bastante transparente, asombroso en una corriente de llanura.

—Mirá, tengo que sacarme toda esta mugre de encima. Date vuelta que debo desnudarme —le indico.

—¿Y si cierro los ojos? Prometo no mirar.

—Si mirás me voy a dar cuenta y entonces se acaba el sueño…

—¡Prometido! —chilla, amedrentada.

Me introduzco en el agua, que asombra por lo fresca y limpia, con una suave corriente. La profundidad en la parte media es suficiente como para sumergirme, a pesar de que siempre hago pie, y nado unas cuantas brazadas que obran como un bálsamo para mis doloridos músculos. En ese momento me doy cuenta de que mi cuerpo no es el mismo al que a mis años había arribado en mi vida normal. Es un manojo de músculos bastante armónico y… ¡delgado! Salgo del agua y me pongo el pantalón, el que está muy sucio y con mal olor. Pero no es cosa de andar desnudo por más que la apariencia no sea del todo desagradable. Diviso el campamento y me acerco a una de las tiendas que lo componen, la más cercana, y espío adentro. Acierto, porque veo un montón de mochilas abiertas, o por lo menos parecían mochilas, con todo tipo de ropa. Me pruebo un conjunto de camisa y pantalón, que me va aceptablemente bien. Ahora a buscar algún calzado. Lo hay de todo tipo: sandalias, botas, borceguíes, ¡hasta un par de mocasines! Lo que es la imaginación… Elijo unos borcegos de cuero blando, porque me imagino que van a ser lo bastante cómodos y aparte brindarán protección de los bichos rastreros.

Salgo al exterior, ya ataviado, y me encuentro con un gordito que me mira con aprobación. Todo un ejemplar, su vestimenta es un bombacho con una faja que lo sostiene en su amplia cintura. Una especie de chaleco cubre su torso desnudo, sobre el que penden una serie de collares tipo hippie. Lleva un turbante en su cabeza, ambos de buen tamaño. Y lo más llamativo es su semblante, con unos bigotazos poderosos, continuación de las patillas de una cabellera renegrida que sale debajo del turbante hasta casi los hombros. De una altura similar a la mía, su piel es de un raro color como aceitunado y sus bíceps sugieren una fuerza como para levantar sin esfuerzo un toro.

Cruzado de brazos, me examina de arriba abajo y con un elegante movimiento de su brazo me indica que camine. Así lo hago, en silencio, hacia una fogata que ilumina el crepúsculo (¡ya se está haciendo de noche!).

Alrededor del fuego se encuentra una variedad de tipos de lo más sorprendente y, en medio de ellos, a la derecha de Yáñez, veo que mi nieta ataca con fruición una pata de ave que asombra por su tamaño. ¡Qué niña! Entonces me doy cuenta de lo mucho que disfruta todo, con lo que mis temores pierden la entidad tremendista que tenían. Lo único que debo averiguar es si puedo aventar mi miedo a su integridad física. Pero no sé quién podrá ayudarme.

Un discreto toque en mi hombro hace volverme. Salgari, a mi lado, observa con semblante apacible la escena alrededor de la hoguera.

Ya ni me sobresalto, es como si descontara que lo iba a encontrar.

—Quédese tranquilo —me susurra—. Ella por ahora no corre ningún peligro. Usted me preocupa. Y ellos, porque de usted dependen…

—¿Cómo que dependen de mí? —ahora sí que me sobresalto.

—Lógico. ¿Quién si no los ha convocado? Y sin ningún guion, ninguna línea argumental, algo…

Temo haberme enfermado, por la intensidad afiebrada de mis ideas. De pronto, todo se aclara (bueno, decir que se aclara es ser bondadoso conmigo mismo).

—Quédese tranquilo, don Emilio. De alguna forma saldremos de esta. Si cuando era chico me las rebuscaba, ahora tengo bastantes más armas intelectuales.

—¡Ja! —refunfuña sarcástico—. Eso es lo que más me preocupa. Porque lo que usted llama sus armas intelectuales es lo que yo denomino contaminación. Me espanta que tome con tanta liviandad temas tan serios. Bah… serios para mí, supongo. Para un profano…

—¡No le permito! No sé bien lo que supone para usted la palabrita que acaba de proferir, pero para mí esto tiene también su seriedad. Y tanta, por cuanto he traído conmigo a mi nieta. Una desilusión no solo me involucra a mí…

—¡¿Desilusión?! Me parece que no he sido explícito lo suficiente. Estamos hablando de riesgo de vida, mi amigo.

¿Tendrá razón? ¿Será para tanto? Vuelvo a mirarlo, encontrando solo la semioscuridad del crepúsculo.

¿En juego mi vida? Me encojo de hombros, pues en algún momento hay que jugársela, ¿no? Y me parece que de esta manera es bastante más divertido que vegetar mirando imbecilidades por televisión.

Pateando piedritas me acerco a la hoguera, sintiendo que tengo un hambre de lobo, de lobo con hambre, digo. Me acomodo al lado de mi nieta, que me mira sonriendo con su boquita llena de grasa, mientras acerca a sus labios un vaso de un líquido que sospecho Coca-Cola. Manoteo yo también de una fuente otra pata de ave monumental y la ataco con fruición, en tanto con la otra mano me sirvo de una jarra de cuello artístico lo que resulta ser un fresco vino tinto, que vuelve a la vida digna de ser vivida.

Después de comer y beber en abundancia, ante un amago de mi parte de entablar charla, todos se levantan y se retiran a distintas carpas. Solo quedamos Yáñez, Sandokán y yo, ah… y la susodicha, que ya se había recostado con sus ojitos soñolientos en el amplio almohadón en el que se había sentado. Mis dos contertulios comienzan a hablar en voz baja, como si no quisieran despertarla. Yo apenas si distingo lo que dicen, de lo bien que me siento por el vinito y los manjares, porque conste en actas que una vez terminada la pata arranqué, como es mi costumbre, a probar de cada plato un poco, y de algunos un mucho, de lo que estaba servido. Tengo en el paladar un sinnúmero de sabores distintos, picantes, agridulces, suaves, intensos, qué sé yo. Y me da vueltas la cabeza. Entre los susurros alcanzo a captar la preocupación de ambos.

—Veamos, cuéntenme qué es lo que ocurre —inquirí.

—Hablábamos de la Montaña de Luz —me comenta Yáñez.

—¿El Koh-i-noor? Pero me parece que no pertenece a la saga de ustedes.

—¿Y qué hay con eso? —salta Sandokán—. A esta altura no vamos a andar con rigideces literarias. En todo caso, los rastreadores que hemos enviado nos comentan la existencia de una pagoda consagrada a Kali no muy lejos de aquí. Nos dijo Tremal-naik que no sería nada raro que la gema se encuentre en ella. El maldito de Suyodhana ha estado recolectando grandes riquezas para reequipar a sus huestes de thugs y, según nos hemos enterado, entre ese tesoro se encuentra el gran diamante.

Ahora sí que estábamos complicados, pensé. Qué dirá Salgari al respecto. Porque él es muy cuidadoso con respecto a los aspectos históricos de sus obras. Pero esta no es una de sus obras. Ni siquiera tiene autor, o quizá yo sería su responsable. En todo caso, me amparo en la consabida frasecita que se coloca en toda obra de ficción en la que se hace mención de que los acontecimientos y los personajes son totalmente ficticios y listo. Así que…

—Muchachos… —ambos se miran ante el apelativo—. Vayámonos a dormir y pensemos acerca de ello. Mañana será otro día.

Dicho lo cual, alzo entre mis brazos a mi nieta y me dirijo a la tienda en la que había hallado la ropa. En ella recordaba haber visto unas colchonetas y mantas. La pequeña refunfuña un poco cuando la acuesto, y se acurruca rápido entre la ropa de cama.

—Un beso, abuelo. Hoy no te pido que me cuentes un cuento porque estoy molida, pero no te creas que mañana te vas a salvar.

Una rara sensación, calentita, me invade el pecho. Y caigo en un profundo sueño casi antes que mi cabeza toque la almohada.

¡Elefantes!

Siento unos truenos, que me sobresaltan. En la tela de la tienda se distinguen gruesas gotas de lluvia, en tanto que la temperatura desciende unos cuantos grados, volviéndose más bien fresca. Me acurruco en la manta que me cubre, rememorando los acontecimientos del día anterior. No tengo la más pálida idea de lo que debo hacer. Ni siquiera sé mi ubicación en el orden jerárquico de la expedición. Había notado que los integrantes del grupo que acompaña a mis dos amigos no tienen para conmigo una especial deferencia, pero no demuestran hostilidad, más bien un cierto compañerismo amable.

Un vivísimo rayo cae en las cercanías, seguido de un trueno que me hace saltar, y tomo conciencia de que a mi lado hay una cálida presencia que se aferra a mi brazo.

—Abuelo, tengo miedo.

—No te hagas problema, solo es una tormenta.

—Pero le tengo mucho miedo a los truenos y a los relámpagos.

En ese momento, una luz fulgurante atraviesa la tienda de lado a lado, como un chispazo, a la vez que una detonación nos deja como congelados.

—¡¿Qué fue eso?!

Recuerdo de cuando era chico la explicación de mi abuelita, cuando en mi vieja casa de Villa del Parque tuvimos una experiencia parecida.

—Creo que fue una centella. No te asustes, ya pasó.

De improviso, un rayo de luz solar perfora la densa lluvia que caía. Despacito, nos asomamos ambos justo para ver un hermosísimo arco iris que se despliega ante la retirada de la tormenta, entre truenos y ya lejanos relámpagos. Un olor a tierra mojada nos invade, despertándonos de nuevo el apetito, el que ya había detectado un delicioso aroma a café recién hecho. Esquivando los charcos, nos acercamos a una de las tiendas más grandes, de donde se esparce la tentación culinaria, entrando casi al mismo tiempo de que oíamos la invitación desde adentro.

—¡Vamos, vamos! Se hace tarde, ya están preparando los elefantes. Y con la panza vacía no se puede pensar —vocifera Yáñez.

Siento un susurro que me interroga:

—¿Elefantes…?

La callo con un cariñoso coscorrón y acudo rápido a la mesa colmada con las cosas más atractivas y sabrosas que se me ocurren. Claro, si es mi historia…

Repantigado en unos almohadones se halla Sandokán, fumando de un narguile. A su lado, Yáñez devora un plato con lo que aparentan ser huevos revueltos.

—Sambigliong, prepárale un plato de estos huevos. Están buenísimos. No les pongas tanto picante. Yo los tolero porque me has acostumbrado, pero este pobre hombre ya debe de haber olvidado esa manía tuya de quemarnos el paladar.

Frente a una cocina de campaña, con un brasero debajo, se halla el gordito de ayer. Así que este es el famoso Sambigliong, el lugarteniente de Sandokán. Rápido casca unos huevos medio raros que tenía en una fuente al lado, a los que cocina en una sartén bastante cachada y ennegrecida. Acompaña el plato con una humeante taza de café, muy cargado y dulce, mientras me guiña amistosamente un ojo. Sobre los huevos campea una sospechosa sombra azafranada que no augura nada bueno. Probándolos, compruebo que están buenísimos.

—Primero te comes la pata y la pechuga de la mamá y luego devoras sus huevos. A este paso, extinguirás la especie —bromea Yáñez.

Engullo el bocado junto un sorbo del fuerte café y, mirándolos a ambos…

—Dijeron que estaban preparando los elefantes…

—Sí —por lo visto, mi interlocutor sería siempre Yáñez. Sandokán está tranquilo echado en sus almohadones, en una onírica pose de ensoñación—. Tremal-naik y Kammamuri se están ocupando. Ya sabes lo maniáticos que son al respecto. Podemos quedarnos seguros con respecto no solo a los animales sino a vituallas y armamento. Espero que te acuerdes de cómo se carga un fusil o una pistola…

Sonamos, me digo. No tengo idea de cómo se hace. Haciendo memoria, yo sólo apuntaba y disparaba… Miro a Yáñez, que está a punto de largar una carcajada, ahogándose con el bocado que está masticando.

—No veo la gracia —anoto, quisquilloso.

—No, no… perdón —musita, limpiándose el pantalón de los restos que habían caído de su boca—. Ahora repasemos el orden de jerarquías, que será el de siempre… por supuesto —me mira, socarrón.

—Por supuesto… que es…

—Sandokán al frente, quién se va a animar a quitarle el más peligroso de los puestos. Además, no nos olvidemos de su lugar en la saga y quién le da su nombre. Un pasito más atrás, para cuidarle como siempre sus espaldas —se oye un gruñido a nuestras espaldas, señal de que el Tigre de la Malasia está atento—, un servidor. Tremal-naik y Kammamuri se ocuparán de los batidores y rastreadores, por lo que no vendrán con nosotros en los elefantes. Nos encontraremos con ellos en las cercanías de la pagoda, si no ven nada raro. Sambigliong manejará a nuestra “tropa”, si es que así podemos llamar a esa turba de asesinos… —el gruñido se volvió a oír, acentuado.

—¿Y yo? —inquiero.

—Tú… molestando por todas partes, como siempre. No obstante, espero que los años te hayan agregado algún conocimiento como el que demostraste cuando guiaste al tigre hacia nosotros. ¿O fue mera casualidad?

Amoscado, voy a servirme más café.

—Fuera de bromas, hay varias cosas para agradecerte. Si bien estábamos muy tranquilos con nuestras mujeres, debo destacar tu delicadeza para convocarnos a nosotros. De vez en cuando es necesario hacer una salida de hombres solos, ¿no? Además, que nos permitieras juntarnos todos, sin poner demasiada exigencia. Nuestro creador no es tan magnánimo. Y ahora sugiero que nos vayamos apurando, tendremos un cierto tiempo hasta llegar a destino. Y no te imaginas cómo te queda el… alma después de varias horas arriba de un elefante. ¡Vamos, vamos!

Y, tomando un casco como de explorador y un rifle de aspecto intimidante, sale de la tienda.

Sandokán me mira, siempre con su aire ensoñado.

—Como si hubiera hablado yo —musita. Y de un salto se levanta y se dirige también hacia el exterior, ajustándose la cimitarra y las pistolas a la faja. Giro mi vista por la amplia tienda, buscando huellas de la pequeña granuja, pero esta brilla por su ausencia. Alarmado, salgo al exterior. En el medio del claro frente a la tienda están los restos de la fogata de la noche anterior, la que había sido cuidadosamente apagada con tierra, y en derredor están las otras tiendas del campamento. Todo se halla desierto, aunque de manera no muy lejana se escuchan unos berridos monumentales, acompañados de gritos. Me dirijo hacia una polvareda que se divisa a unos cientos de metros, y mientras me acerco voy enlenteciendo mi paso, hasta detenerme asombrado. Detrás de unos árboles muy altos, dispuestos en una suerte de círculo, se desarrolla un espectáculo que, a pesar de habérmelo imaginado infinidad de veces, me deja asombrado. Cuento hasta media docena de enormes elefantes, y pudiera ser que haya algunos más entre la arboleda. Son bastante más grandes de los que había visto en el Zoológico, y alrededor de ellos pululan un montón de hombrecitos. Digo hombrecitos porque no me deben llegar a los hombros la mayoría de ellos. Todos se hallan semidesnudos, con una especie de pañal como toda vestimenta, y tocados por turbantes en sus cabezas. Se los ve polvorientos, por el batifondo que arman los animales, los que vagan sin ton ni son por todo el lugar, siendo corrido cada uno por media docena o más que intentan sujetarlo. Solo uno de los animales se halla quieto a un costado, comiendo tranquilo un fardo de pasto que le acerca uno de los hombrecitos, mientras le acaricia con cariño la trompa. Sentada muy oronda en la ancha frente del animalote se halla… ¡no puede ser! mi nieta… Esta niña va a provocarme un síncope. De improviso, la larga trompa se enrosca y con delicadeza le ofrece un manojo de pasto, que modosa acepta, agradeciendo el convite con unos golpecitos en la gruesa piel, que seguro que el tío ni se percató de ellos. El animal ya tiene armada sobre su lomo una especie de “casita del árbol”, con un techado de hojas grandotas, las que deben de ser muy apreciadas para paliar un poco los rabiosos rayos solares, que ya siento horadando mi mollera. A mi espalda tengo uno de esos curiosos cascos como de explorador de película, no sé cómo ni cuándo lo agarré, y me lo coloco agradecido. La chiquilla tiene un sombrero cónico de paja, estilo chino, y un conjunto de casaca y pantalón de colores pastel rosa y celeste que le queda muy mono. Sacude alegre su mano, saludándome, a lo que respondo con cierta reticencia, para que no se den cuenta quienes en ese momento noto que me están observando con atención.

Sandokán, Yáñez y otras dos personas se hallan sobre un montículo lateral, desde el que dominan toda la escena. Uno de los otros dos es un hombre delgado, muy elegante en sus ropas hindúes, casi de la altura del Tigre. El otro es mucho más fornido, pero de menor talla. Sus ropas son más bien de trabajo, aunque de buena calidad. Ambos tienen los consabidos turbantes, con una forma de enrollado distinta. Me imagino que se trata de Tremal-naik, el gran cazador de serpientes de la Selva Negra, y su fiel Kammamuri, el mahrato.

Los cuatro me observan atentos, hasta que un alboroto descomunal los distrae. Uno de los elefantes, no sé si no es el más grandote de todos ellos, encara en tren de lucha contra otros dos que se unen para enfrentarlo. Los ayudantes tratan con palos de hacerlos desistir de la pelea que se viene anunciada, pero los tres revoltosos no les dan ni cinco de bola. Rotan sobre sí, encarando el que está solo a los otros dos, y estos abriéndose para atacarlo por los flancos. En el momento en que el macho mayor bajando el testuz encara hacia uno de los otros para cruzar sus formidables cuernos, se escucha una voz metálica, que congela la escena como si alguien hubiera apretado pause en la filmadora. Miro hacia donde se ha generado y veo que Tremal-naik se ha adelantado, levantando su mano derecha. Entonces, mágicamente, como al conjuro del domador del circo, todos los elefantes hincan sus patas anteriores y luego las posteriores, quedando en una cómoda posición de echados. Los ayudantes y conductores (cornacs, si mal no me acuerdo), como si también hubieran recibido una orden, comienzan a ensillar cada animal, con una calma que si no lo veo no lo creo. A algunos les colocan una casilla semejante a la descripta sobre el lomo; a los otros, una especie de contenedor, al que imagino para llevar vituallas y otros enseres. Me acerco a mis amigos, pasando entre los atareados grupos, y con una inclinación de cabeza saludo a Tremal-naik y su compañero (adopto este tipo de saludo porque había notado que es de uso habitual, nada de besitos o apretones de manos).

—Como era de esperar, una pequeña muestra de la magia de nuestro estimado amigo, que gusta alardear de su dominio de la fauna del lugar… —dice Yáñez, cruzado de brazos con displicencia.

Tremal-naik sonríe subrepticio, con la barbilla de cuidada barba elevada al firmamento.

—Calculo que en unas dos horas podremos estar en camino —dice, mirándome con sorna—. Tengamos en cuenta que nos va a llevar más o menos unos dos días y medio de viaje, si la tormenta que veo acercándose no nos molesta demasiado. Miren las nubes, que son bastante altas, y eso presagia una buena sacudida.

Recién en ese momento se me ocurre mirar al cielo. Este se mostraba hacia el oriente bastante amenazador, con cúmulos renegridos y nubes bajas también oscuras que corren hacia nosotros, en un frente bien definido. Por la velocidad que llevan, calculo que no pasarán muchos minutos antes de que se descargue el primer chubasco. Me vuelvo inquieto hacia mis acompañantes, quienes tranquilos degustan el espectáculo meteorológico.

—Vayamos debajo de alguna de las tiendas mayores —sugiere Yáñez—. No tengo ganas de empaparme otra vez porque este paño tarda una eternidad en secarse. Además, se vuelve de un peso imposible y cansador.