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Dentro de la producción narrativa de Carmen Ollé destaca la novela Las dos caras del deseo. Esta novela se construye a partir del personaje Ada –quien es una profesora universitaria– y de su motivo para exiliarse: que se expresa de dos formas, como un exilio interior que se relaciona con su concepción de mujer que quiere liberarse de la opresión patriarcal y otro exilio que la hará emigrar del Perú hacia Nueva York, donde se dará cuenta y vivirá en carne propia los estragos de un capitalismo salvaje. Pero que también la ayudará a afirmarse como mujer sin culpa y en busca de la realización del placer erótico.
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Seitenzahl: 424
Veröffentlichungsjahr: 2018
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CARMEN OLLÉ nació en Lima en 1947. Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En 1981 publicó el poemario Noches de adrenalina, al que siguieron el conjunto de poemas y relatos Todo orgullo humea la noche (1988), el relato ¿Por qué hacen tanto ruido? (1992), y las novelas Las dos caras del deseo (1994), Pista falsa (1999), Una muchacha bajo su paraguas (2002), Retrato de mujer sin familia ante una copa (2007), Halcones en el parque (2012), Monólogos de Lima (2015), Halo de la luna (2017) y Amores líquidos (2019). Fue profesora de Literatura en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle y actualmente conduce un Taller de Escritura Creativa en el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar.
LAS DOS CARAS DEL DESEO
© Carmen Ollé, 1994
© Grupo Editorial PEISAS.A.C., 2018
Jr. Emilio Althaus 460, of. 202, Lince
Lima 27, Perú
Diseño y diagramación: PEISA
Carátula: Renzo Rabanal / PEISA
Diagramación digital: ebooks [email protected]
Primera edición, 1994
Segunda edición, julio de 2018
ISBN edición impresa: 978-612-305-124-2
ISBN edición digital: 978-612-305-157-0
Registro de Proyecto Editorial N.º 31501311800691
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.º 2018-09791
Prohibida la reproducción parcial o total del texto y las características gráficas de este libro. Cualquier acto ilícito contra los derechos de propiedad intelectual que protegen a esta publicación será denunciado de acuerdo con la Ley 822 (Ley sobre el Derecho de Autor) y las leyes internacionales que protegen la propiedad intelectual.
No tengo principios:lo único que tengo son nervios.AKUTAGAWA RYUNOSUKE
El hada verde que vive en el ajenjoquiere tu alma.PRÍNCIPE VLAD TEPES
Apoyada en la baranda de la terraza, Ada se detuvo a observar a la gente que descendía de autos lujosos. Las parejas maduras iban tomadas del brazo, las más jóvenes se mantenían a distancia. Las ropas domingueras consistían en blusas y faldas floreadas según los dictados de la moda; otras mujeres llevaban el negro habitual.
Se sentía a gusto en el cementerio de La Planicie, contemplando el verde liso e intenso del campo de equitación que se extendía delante de ella. El bosque de La Molina aparecía frondoso. A lo lejos los techos de San Borja se apretujaban sinuosamente.
En el campo de equitación, una amazona rodeó con habilidad la primera valla de troncos, dudó en saltarla, y se perdió por el lado izquierdo, detrás de unos cipreses. Volvió a verla aparecer después de unos minutos con su chaquetón blanco, a paso lento, sin atreverse a librar ningún obstáculo, como una principiante.
Le gustaba hacer el viaje desde Lince hasta el cementerio, un viaje largo que le daba la impresión de asistir a alguna cita interesante. Además, se llenaba los ojos con el verdor de La Molina, olvidando su barrio y sus calles infestadas de basura.
Una niña a su costado la miró y corrió luego a ver cómo su madre daba una limosna a un viejo paralítico. La imagen coincidía de alguna manera con la neblina de la mañana, iluminada por una insípida resolana.
El cementerio, por ser el de moda, era el más lujoso: un panal de nichos en espiral sobre una pequeña colina. Hasta la Flor Pucarina, una famosa cantante folclórica, había querido reposar en la Cripta de la Resurrección.
No tenía deseos de regresar y encontrarse con Ladieli, la tarapotina con la que compartía el departamento, aunque, probablemente, a esa hora, su amiga había salido a dar un paseo. Desde que tenía novio desaparecía los domingos muy temprano.
Cuando Ladieli llegó para alquilar la habitación, aún vivía la anciana dueña del departamento, quien le ofreció la pieza más pequeña a cambio de su compañía. Era un cuarto húmedo que daba a un patio adornado con macetas. El humo de la cocina del primer piso se filtraba por la claraboya y hacía irrespirable el ambiente. Las primeras semanas Ladieli no salía por quedarse acompañando a la anciana. Al mes, empezó a vender productos de belleza de puerta en puerta. Caminaba muchas cuadras para ahorrarse pasajes, y se vestía con la ropa usada de Ada.
Para Ada, Lima era una ciudad religiosa y aburrida. Quiroga no volvería a llamarla por teléfono; ya lo había hecho el sábado por la noche para enviarle un beso.
Pasó la tarde acostada, leyendo. Saul Bellow le parecía fascinante, un escritor a quien podía leer sin hastiarse. En uno de los relatos, un hombre maduro –que Ada descubrió como el álter ego del autor– tenía amores con una divorciada diletante, capaz de tomar un avión a cualquier hora para sorprenderlo en una ciudad lejana. El personaje era un hombre tolerante y adinerado. La combinación le pareció realmente tonta, pero envidiable. No conocía a nadie que tuviera las dos cualidades al mismo tiempo. Pensó en Carlos Millares, pero su tolerancia tenía límites precisos, de carácter político; además, era un profesor jubilado. Fue él quien le consiguió el trabajo de profesora en la universidad, librándola de la desagradable experiencia de enseñar en un colegio. Ada detestaba el magisterio: las clases exigían preparación y sufría exponiendo ante un auditorio, pero al fin y al cabo a otros les iba peor.
Desde su adolescencia la acompañaba una sensación de hastío. Al principio creyó que Quiroga era diferente, tenía humor y eso hacía soportables las horas en la universidad. Pero su filosofía acerca de la duda metódica le pareció simplona, y no quería pensar en cómo hacía el amor, como si sintiera asco de besarlo. Se reprochó su disposición para brindar placer sin obtenerlo a cambio. A veces pensaba que no debió divorciarse de Luis; si algo sabía Luis era lograr que una mujer jugara en la cama hasta quedar satisfecha.
Ada meneó la cabeza al recordar su megalomanía, el principal motivo de la ruptura. Ahora él se encontraba en Austin siguiendo el inevitable doctorado en filosofía. Un megalómano podía llegar a ser un artista en la cama, pero no tenía sentido soportarlo fuera de ella.
Al bajar a la bodega para comprar algo para cenar, encontró a Ladieli conversando con la vendedora.
–Pues, sí... cada uno de esos yates debe costar una fortuna.
–¿Fueron al club que les recomendé, en La Punta? –interrumpió Ada.
–Ah, Ada, ¿estabas ahí? Le decía a la señora Wong lo apetitoso que estuvo el menú. Además, de entrada nos sirvieron unos aperitivos deliciosos.
Ada sabía que Ladieli mentía. A ese club en decadencia podía entrar cualquiera. La Punta misma era un balneario trasnochado y, en cuanto al menú, estaba segura de que no la había satisfecho.
Salieron juntas de la bodega y subieron las escaleras. Ladieli le comentó lo maravilloso que había sido el domingo al lado de su novio, luego le preguntó si la había llamado Quiroga. Ada negó con la cabeza.
–Cielo, ya te he dicho que ese hombre no vale lo que crees –chilló Ladieli.
–¿Y ustedes, fijaron la fecha de la boda?
–Por supuesto, nos casaremos dentro de un mes, en mi pueblo. Entonces, ¿qué hiciste durante el día? Ya sé –dijo Ladieli, alzando las manos para impedir que Ada respondiera–, fuiste al cementerio.
Ada mintió: había ido al cine a ver una película de ciencia ficción, que no pudo terminar porque la proyección era más grande que la pantalla. Siempre sucedía algo incómodo en los cine clubes.
–Cielo, no hay agua –volvió a chillar Ladieli después de entrar a la casa y enrollarse la cabeza con una toalla para tomar un baño.
–Me olvidé de advertirte que la cortaron desde la tarde, hay un poco en el balde.
La muchacha le envió un beso volado. Tenía cierta gracia infantil con su porte menudo, razón suficiente, pensó Ada, para conseguir novio. Celebró que se casara pronto, aunque la iba a extrañar.
Habían transcurrido tres meses desde que Ladieli se marchó de la casa. Para Ada, el aburrimiento era una sensación misteriosa y acaso un estado del ser que hacía que los cuerpos a su alrededor perdieran su perfil y hasta su peso, sumiéndola en una sensación de infinitud. Personas con las que había hablado una semana atrás, con las que se había enredado en un abrazo apasionado, parecían etéreas, como si las hubiera imaginado. La permanencia de esos sueños era siempre efímera. Estaba convencida de que ella había inventado esas pasiones.
En esos tres meses sintió que se iba diluyendo en el sopor y la monotonía. Sin duda, la embargaba una terrible soledad desde la partida de Ladieli a su pueblo. La muchacha era la que había puesto un toque de alegría y movimiento a la casa durante los últimos dos años. Ahora Ada estaba sola, sus palabras no tenían eco y extrañaba la voz aguda y chillona de Ladieli.
No fue sino hasta el Viernes Santo, cuando esperaba en el baño que su estómago funcionara, que sintió de pronto el júbilo de estar viva. Los símbolos permanecen latentes, aun para el no creyente, se dijo. Luego de bañarse, hojeó los titulares del periódico que yacía sobre la mesa del comedor: la muerte reinaba en ellos como un trofeo.
Al salir al pasillo del edificio, se encontró con Evangelina, la anciana que ocupaba el departamento de enfrente. Evangelina había preparado el típico plato de Semana Santa y la invitó a almorzar. Ada aceptó, prometiéndole volver a eso de la una.
A la hora del almuerzo, Evangelina colocó el bacalao en una fuente de loza inglesa. Guisaba con gusto, abusando tal vez de los condimentos. Ada celebró el esmero que había puesto en servirlo. En los modales de la anciana se notaba a la vieja limeña educada en algún colegio exclusivo dirigido seguramente por religiosas. Evangelina incluso recitaba el Padrenuestro en francés, con un acento peruano en el que se insinuaba cierto orgullo familiar.
Volvió a asaltarle el recuerdo de su matrimonio disuelto. Luis había pretendido conducirlo con la misma disciplina y orden con que se manejan las instituciones académicas. La naturaleza era superior a todo lo inventado por el hombre. Pero la naturaleza y el cuerpo no podían ser controlados por las ideas sin liquidar su esencia poética. La oscuridad de la noche, la penumbra de la naturaleza, que en los últimos días le gustaba observar desde el balcón, no era comparable con la oscuridad del ser. Aquella era natural; la otra, forzada por la ignorancia o la vanidad. El sentido común había guiado a Luis al separarse de ella, y el sentido común era el enemigo número uno de la imaginación. Había reflexionado sobre eso la noche anterior, y había sido la noche más sugerente del final del verano: un cielo encapotado ocultaba y descubría intermitentemente una luna llena.
Frente a ella, Evangelina tomaba un consomé de verduras. Su soltería no la había amargado, su cuerpo había envejecido, pero ella seguía siendo joven. Tampoco parecía que hubiera exigido grandes oportunidades a la vida. Solo había ambicionado aquello que pudo obtener: tranquilidad, refugio para su vejez y una pensión de jubilada que Ada pensaba no iba a cubrir sus gastos futuros si seguía viviendo varios años más.
Evangelina vivía rodeada por los recuerdos de sus pasados amoríos. Le había contado en una oportunidad el más importante de ellos, que tuvo lugar en Jauja. Un pueblo serrano había sido el escenario del romance entre una antigua dama limeña y un joven periodista. A principios de siglo, Jauja era una especie de ciudad-sanatorio, adonde iba lo mejor de la sociedad limeña para cicatrizar sus lesiones pulmonares. El Flaco –así llamaba la anciana cariñosamente al periodista– era un ángel de bondad. Alto, delgado, peinado a lo Valentino, en una foto tenía abrazada a una joven esbelta, de prominente nariz: Evangelina, quien vestía elegante a su lado, con un traje sastre, una corbatita y zapatos de taco alto. El Flaco había dejado sus noches de bohemia limeña para descansar poco tiempo en los brazos de Evangelina, hasta su muerte, que lo sorprendió al año de haberse comprometido con ella.
La anciana se puso melancólica al recordarlo. Sus ojos se pasearon por la habitación hasta posarse en el cuadro de una Magdalena tendida entre divanes y gatos persas.
–Oh, Ada, siempre que me pides esta foto recuerdo a ese muchacho.
–¿Le da pena hacerlo?
–¡Qué va! A mi edad la pena se parece a la felicidad. Pero come, el bacalao frío puede hacerte daño.
–La ayudaré con los platos.
–De ningún modo. Tú eres mi invitada. ¿Sabes qué pienso? Que cada vez te veo más solitaria; deberías tener novio.
La anciana se dirigió a la cocina con los platos.
–Volveré en la noche, Evangelina.
–Está bien, pero piensa en lo que te dije. Necesitas una compañía seria –gritó desde el interior.
Ada la vio recogiendo unos secadores de los cordeles y le hizo adiós con la mano.
Para Ada ese fin de semana fue largo y tedioso. Había llenado las horas leyendo un par de novelas que compró el jueves por la mañana. La literatura le servía de evasión, algo que según algunos críticos no era justo sino despreciable. Ellos negaban que el buen lector debiera identificarse con los personajes. Sin embargo, Ada no se identificaba con ninguno, pero la mala suerte de los demás la entretenía. Lo que más apreciaba en las novelas japonesas, por ejemplo, era su delicadeza y la violencia oculta detrás de los gestos o inclinaciones reverentes. Kawabata le gustaba más que Mishima, que era cruel e inflexible con las mujeres.
El domingo por la tarde, cuando preparaba en su cartera lo que llevaría a clases, pensó en cómo enfrentar una situación que desde hacía algún tiempo la inquietaba: la gente que conocía hacía preparativos para marcharse del país. Solo ella vacilaba por desidia o porque era incapaz de tomar una decisión. No se trataba tan solo de que no tenía el dinero disponible para hacer un viaje al exterior; había, además, algo que no tenía claro, si era o no el amor. Sin duda era agradable inspirar deseo en un profesor joven y dinámico como Quiroga, pero nada más. La universidad no era estimulante, pero era preferible estar en contacto con los estudiantes a encerrarse en una oficina. Luis, además, le había contado en una carta cómo transcurría la vida de los inmigrantes en los Estados Unidos: una vida de perros, se dijo. Pero no sabía a ciencia cierta qué era lo que la mantenía inmóvil, incapaz de hacer una gestión para conseguir una beca en el extranjero.
Cerró su cartera con fastidio. A esa hora el transporte en la ciudad iba a ser doblemente difícil a causa de una procesión. Le era imposible ubicar a Quiroga, que vivía en una zona peligrosa en la que los drogadictos asaltaban a los visitantes. Tampoco tenía ganas de ver a sus parientes, ocupados en hablar de dinero. Los domingos se prolongaban siempre inútilmente.
Salió a caminar y entró a un café, donde los mozos la recibieron con desdén. Uno de ellos destapó una bebida helada que colocó en una esquina de la mesa sin servírsela.
No quería pensar en sus clases, cada vez más insulsas. Incluso estar en un café fumando un cigarrillo la impacientó. Terminó la bebida y cambió de establecimiento. En el restaurante de enfrente se concentró en las personas que hacían cola para entrar a la vermú.
La voz que escuchó a su costado le resultó conocida. En la mesa contigua vio a Martha acompañada por una joven de ascendencia japonesa. Su antigua compañera de estudios no había envejecido, pero su semblante tenía una expresión adusta, aumentada por la delicadeza de la chica oriental que fumaba a su lado y que al saludarla le había hecho una venia ceremoniosa.
Martha la invitó a sentarse con ellas. Las dos tomaban cerveza desde las cinco de la tarde y la habían divisado al entrar al local. ¿Cuánto tiempo hacía que no se veían?, preguntó Martha.
–Probablemente un año –reflexionó Ada, incómoda. Lo que menos esperaba esa tarde era encontrarla. La relación que unía a Martha con Eiko excluía a las demás personas, pero esta vez Martha sonreía como si le alegrara verla.
–Eiko escribe poesía –comentó Martha afablemente.
–Qué bien, ¿ha publicado algún libro?
–Todavía no se anima, ¿verdad, Eiko? –Martha miró a la japonesa como esperando que dijera algo, pero esta se limitó a sonreír.
–Tienes seguramente un libro en preparación, ¿cómo se titula? –Ada había dirigido la pregunta directamente a Eiko para evitar que Martha contestara por ella. Sin embargo, esta volvió a intervenir:
–Claro que lo tiene y pienso editárselo próximamente.
–Signos de ausencia... –murmuró Eiko, devolviendo la mirada a Ada.
–El título lo escogí yo porque me pareció interesante –interrumpió Martha.
Ada pensó que era el típico título de una principiante. La mayoría de ellos se parecían sin dejar entrever nada sugerente, pues eran demasiado abstractos.
–Creo que es demasiado abstracto... pero Martha no quiere entender –agregó la muchacha adivinando su pensamiento.
A Ada su voz le pareció lánguida como si la hubiera extraído del fondo de su estómago.
–El título es lo de menos –añadió Martha–. Lo importante es la producción. Un libro es un crédito en el currículo.
–Es poco –exclamó Ada–. Debería sumar más.
–Oh, Ada, un crédito es un crédito; además, estamos hablando de un poemario, que no cuenta mucho para el puntaje.
–¿Y qué es entonces lo que cuenta para ti?
–No hablo de mí sino de la evaluación universitaria. Lo que más vale, por supuesto, son los títulos y diplomas de cursos y seminarios.
Eiko miraba alternativamente a Ada y a Martha, sosteniendo su barbilla con la mano izquierda mientras que con la derecha mantenía un cigarrillo encendido. La joven bebió un largo sorbo de cerveza y apagó el cigarrillo a medio fumar.
–La poesía no cuenta –murmuró con tristeza.
Ada hizo un gesto afirmativo con la cabeza, pero no tuvo deseos de añadir nada a fin de no prolongar la conversación.
Martha no aprobó el comentario de Eiko, sobre todo porque consideraba una niñería rebelarse de ese modo.
–Lo que pasa contigo, Eiko, es que eres muy tímida, tus poemas también lo son; creo que tenemos alguno en mi cartera, déjame buscarlo.
Eiko agarró súbitamente la mano de Martha, que hacía en ese momento el ademán de abrir el bolso.
–No hagas eso, por favor –suplicó.
–Déjalo para otra oportunidad, Martha –sugirió Ada, comprendiendo el embarazo de Eiko–. Ya habrá tiempo para leerlo cuando se haya publicado; ahora tengo que irme.
Y de inmediato se levantó y se despidió de las dos. Luego cruzó la calle tan rápidamente como pudo para esquivar la mirada de la pareja. No se había vestido para salir, llevaba un pantalón de dril y una chompa bastante usada.
Cuando caminaba rumbo a la panadería con el propósito de comprar algo para cenar, pensó en el poema que Martha no llegara a enseñarle. Probablemente se trataba de uno de esos textos que hablan de la naturaleza o del paso del tiempo con delicadeza, pero sin aportar nada nuevo. Estaba pagando una pizza en la caja, cuando al voltear se encontró de nuevo con las dos mujeres, que, al parecer, la habían seguido.
–Volvemos a encontrarnos –dijo Martha sonriendo. Eiko examinaba una de las vitrinas donde exhibían dulces de mazapán en forma de animales y figuras humanas muy pequeñas.
Esta vez fue Eiko la que, haciendo un esfuerzo por aparentar naturalidad, se dirigió a Ada para invitarla a comer en un chifa de Magdalena, un rincón discreto que Martha y ella frecuentaban y donde la comida era exclusivamente oriental. Ada aceptó, aunque dijo que no podía trasnochar, por si después se les ocurría invitarla a otra parte.
Por esa ruta, con dirección al mar, el tráfico fluía libremente, ya que la procesión congestionaba solo el centro de la ciudad. El local del chifa era bastante reducido; afuera, los vendedores de ropa y cosméticos se alumbraban con lamparines o linternas.
En efecto, la comida la sorprendió gratamente. Habían pedido una variedad de salsas que Eiko llamó eróticas por su mixtura y colorido. Martha las saboreaba mirando a Eiko y a Ada con expresión soñolienta.
De pronto Eiko deslizó una mano debajo de la mesa. Martha y ella se rieron, y luego de una breve pausa, asomaron de nuevo sus pequeñísimos dedos maniobrando con delicadeza un encendedor que, Ada advirtió, era una pieza costosa.
–Ella me lo regaló –dijo Eiko.
Martha asintió orgullosa.
–¿Sigues siempre con la idea de viajar al extranjero? –preguntó Martha con cierta ironía mal disimulada en los ojos.
–¿Por qué lo preguntas?
–Oh, Ada, ya no recuerdas la última vez que nos vimos. Fue en verdad hace tanto tiempo, pero me sé de memoria tus palabras. Entonces me dijiste que estabas harta de la universidad y yo te comenté que la mía no era diferente, no mucho, aunque sí algo más prestigiosa, debes reconocerlo. Pero este no era motivo para escapar. Me explico, las universidades nacionales están en crisis, pagan muy poco, pero es un asunto digno y sacrificado eso de entregar tus energías al pueblo.
–No lo sé –musitó Ada, avergonzada.
–Siempre soñaste con viajar. Recuerdo que cuando estudiábamos juntas te atraían África, Oriente y también París. Sobre todo creo que eran sueños literarios, propios de personas que se toman demasiado en serio la literatura. Me refiero a París, ya sabes, la literatura maldita, etcétera. Pero ¿África? Eso sí era una extravagancia, ja, ja, ¿tú qué dices, Eiko?
Eiko se encogió de hombros. Ada sintió el roce de un zapato en su pierna y luego la voz gangosa de la japonesa disculpándose. Eiko se inclinó sobre una de las fuentes para tomar un langostino y colocarlo entre los labios de Ada, quien cerró instintivamente los ojos.
Después de pagar la cuenta, caminaron por un laberinto de vendedores ambulantes para tomar el ómnibus de regreso, y prometieron volver a encontrarse uno de estos días, lo que significaba que probablemente nunca más se verían, pensó Ada con alivio.
Ada dio la espalda a la pizarra y se enfrentó a la clase. Un auditorio conformado por más de treinta personas le provocaba siempre ganas de correr. Al revisar de nuevo lo escrito en la pizarra cuarteada por el uso, se dio de cara con las anotaciones que había hecho sobre el Romanticismo. Miró su reloj, aún debía sostener unos tres cuartos de hora de clase. No supo si pedirles a ellos que explicaran lo que entendían por héroe romántico. Titubeó durante breves segundos y empezó a disertar sobre la influencia de Satán en la poesía.
–El mal y lo demoníaco configuran el aura del héroe romántico –dijo. Pero cuando llegó a la figura mítica de Prometeo, una duda la hizo mantenerse en silencio, y luego, vacilante, continuó sin precisar el acto heroico del célebre personaje griego.
–Profesora –la voz de una alumna interrumpió la clase haciéndose un vacío alrededor de Ada. La chica la miró fijamente y preguntó:
–¿Por qué ha dicho que Prometeo intentó robar el fuego? ¿Acaso no lo robó en verdad?
–Efectivamente –contestó Ada–. Prometeo robó el fuego, disculpen... ¿pero acaso alcanzó el conocimiento, la libertad para los hombres? –se defendió.
–El hombre transforma la naturaleza, por lo tanto es libre y posee el conocimiento –continuó la alumna. Sus ojos pardos y rasgados la miraron con ironía satisfecha. Los demás alumnos aprovecharon el momento para hacer preguntas sobre si en realidad los románticos habían sido revolucionarios o hasta qué punto reivindicaban los ideales del pueblo.
–El hombre domina, perdón, transforma –corrigió Ada– la naturaleza, como usted bien dice, señorita. ¿Pero esa transformación no lo ha llevado a amenazar la integridad del planeta? Misiles destructores, industrialización de productos altamente tóxicos...
La joven de los ojos rasgados escrutó a Ada inquisitivamente, asintiendo con la cabeza, y esta creyó que había salvado la situación, pero terminada la clase se sintió avergonzada y confundida. ¿Por qué demonios había vacilado? ¿O no estaba segura de que el tal Prometeo había robado el fuego y por eso había merecido el castigo de los dioses? No, ella no estaba segura de nada, esa maldita duda de siempre, la inseguridad y su falta de memoria iban a comprometer su autoridad. ¿No eran los marxistas precisamente los que elevaban la figura de Prometeo a la de un ídolo inmortal? Debió recordarlo.
A la hora del refrigerio se lo contó a Quiroga.
–No es grave si no lo escribiste en la pizarra –dijo este, con la sonrisa de un juez altamente experimentado en errores de contenido–. ¿Cómo es la muchacha que hizo la pregunta?
Ada describió a una joven pequeña, medio blanca y de pelo ondulado.
–Se trata de Nancy. Su novio es estudiante de filosofía y hace poco estuvo detenido por subversivo. Cuídate de ella, es una chica dura.
Después de almorzar, caminaron juntos hacia el decanato sorteando la basura y el mal olor de los servicios higiénicos, abandonados por la huelga de los empleados. En la oficina, Ada se sentó en el sillón de cuero del decano. No se imaginaba en el cargo, eso estaba fuera de sus planes. En cambio Quiroga parecía moverse en esa dirección, ambicionando alcanzar un puesto importante. Ada examinó su rostro lampiño y rubicundo, típico rostro de la sierra del norte. Quiroga no le atraía; sin embargo, su abrazo la turbó y le devolvió el beso con placer. Le estaba acariciando los senos cuando un ruido en el pasillo hizo que se detuviera. Una idea cruzó por la mente de Ada. ¿Y si Quiroga hubiera hecho una apuesta con otros profesores para hacerla definitivamente su amante? ¿Cuánto tiempo podría mantenerlo lejos de un compromiso serio?
El trayecto a su casa se vio perturbado por el incidente en clase. Una falla más y podría ser cuestionada. Temió que en lo sucesivo aquella alumna la dominara con su mirada.
Decidió caminar un poco para despejarse, pero no había mucho que ver en la ciudad. Los únicos que parecían animados eran los escolares con sus uniformes manchados de grasa y sus mochilas llenas de frases alusivas a conjuntos de rock. Se llamaban a gritos y lanzaban insultos a la gente que pasaba. Ada temió a un grupo de adolescentes apostados en una esquina y subió a un colectivo. Al llegar a su casa encontró una nota de Martha donde anunciaba que vendría a conversar por la noche.
A eso de las siete vio el rostro solemne de su amiga y le extrañó que la japonesa no viniera con ella. Martha le dijo que Eiko vendría a buscarla en una hora. Tomaron café y charlaron de asuntos burocráticos.
–¿Sigues fumando cigarrillos negros? –preguntó Ada, al ver que Martha encendía un Imperio.
–Yo los prefiero, aunque a Eiko le desagrada el olor. Solo fumo cuando estoy nerviosa.
Martha le contó que estaba preocupada por Eiko. Una amiga suya insistía en buscarla a menudo. Se trataba de una persona poco discreta a quien no le importaba lastimar la relación llevándose a Eiko cada vez que podía. También le dijo que la amiga estudiaba Derecho, que estaba a punto de graduarse igual que Eiko, y que la veía todos los días en la universidad.
–¿Temes que Eiko pueda escoger entre ella y tú?
–No exactamente, tenemos una relación muy sólida, pero a sus invitaciones solo asisten japoneses; la chica es sensei, y como te imaginarás, se trata de encuentros de los que me siento excluida, lo cual me parece una trampa. No creo que esa amiga sienta verdadero interés por Eiko, quizá lo que más la inquieta sea mi amistad con ella y por eso desea apartarla de mi lado.
–Eres egoísta al negarte a que Eiko salga con muchachos de su edad. Deberías examinar este asunto con más calma.
Martha no respondió. Apagó el cigarrillo, esparciendo la ceniza por el contorno del cenicero de vidrio.
–No lo entiendes, Ada. Eiko es muy sugestionable, y esa chica puede estar metiéndole ideas falsas en la cabeza. Estoy pensando seriamente en suspender sus clases de francés. Quizá pueda parecerte mezquino, pero Eiko es muy práctica y me obedecerá si la amenazo con eso.
–Eiko se irá algún día –le dijo–. Aprovecha esta ocasión para soltar el nudo. ¿Por qué no haces un viaje? A tu regreso examinarás mejor la situación, y si la relación continúa, podrían incluso vivir juntas.
Martha no la escuchó, preocupada en atisbar por la ventana. Ada intentó calmarla. No debía alterarse y mucho menos llamar a casa de la muchacha pues tanto asedio era inconveniente. Se sintió aburrida ante la perspectiva de una inminente crisis de celos.
De pronto, las dos vieron asomar la cara redonda de Eiko por el vidrio de la ventana. Se la veía pálida y despeinada. Al entrar, Martha le preguntó quién la había traído y Eiko respondió que Susana.
–La chica de la que te hablé –exclamó Martha con el ceño fruncido. Y empezó a recriminar a Eiko. Esta confesó que había estado bebiendo cerveza con su amiga en un restaurante japonés.
Cuando Eiko vio a Martha más calmada, abrió su cartera y extrajo un libro con caracteres en japonés para mostrárselo a Ada.
–País de nieve, de Kawabata –dijo.
–¿Lees japonés?
Eiko asintió.
–Es un espléndido libro –dijo Ada.
Eiko no lo había empezado a leer porque se lo acababan de prestar. Ada elogió la delicadeza de la narración que, según dijo, era como pinceladas de acuarela.
–Todo lo japonés es intenso –apuntó–. Aunque las pasiones se ocultan tras los gestos delicados de sus personajes. Deberías leer La casa de las bellas durmientes.
–También es sórdido –dijo Eiko, a quien le había vuelto el rosa a las mejillas.
La idea sorprendió a Ada por el tono adusto en el que se había expresado. Martha intervino aprobándola.
–Sí..., pues la delicadeza de la que hablas, Ada, se convierte en algo violento y primitivo en el amor. Una geisha desnuda no es lo mismo que una muñeca de cuerda, ja, ja.
–Puede ser, aunque no siempre. Sigo pensando en La casa de las bellas durmientes, por ejemplo. No hay sordidez en las escenas del anciano que va a la casa de las geishas para dormir junto a ellas –dijo Ada, a quien le molestó la falta de pudor de Martha, ya que sus palabras escondían una intención erótica–. En otras novelas de Kawabata hay aspectos sórdidos, es verdad, pero en general la violencia y lo sórdido contrastan con los modales de los protagonistas y el paisaje, que son presentados artísticamente.
Les recordó dos novelas de Mishima: El marino que perdió la gracia del mar y El pabellón de oro.
–Mishima es sórdido –agregó Martha en un tono agresivo.
–Mishima es un poeta –rectificó Ada.
Martha usaba un moño apretado. Ada se fijó en sus hermosos pero contraídos ojos negros y en su traje azul marino, y en que mantenía los brazos muy juntos como con temor a despegarlos del tronco.
Ya era tarde para que las dos mujeres se atrevieran a tomar un taxi, por lo que Martha insinuó pasar la noche en la casa, y le preguntó a Ada si eso no la molestaba.
–En el cuarto de Ladieli hay sitio –contestó Ada.
–¿Quién es Ladieli?
–La chica con la que compartía el departamento. Se casó y se marchó a su pueblo. Quizá deseen una copa de oporto, creo que todavía hay un poco.
Ada se dirigió a la cocina y regresó con tres copas recién lavadas que eran del juego que su madre usaba en las grandes ocasiones, y que habían dividido entre ella y su hermana a la muerte del padre. Las copas tenían peanas altas y estaban labradas con hojas y flores.
–No será igual que el sake, pero es dulce y reconstituyente –dijo Ada, dirigiéndose a Eiko.
–El sake me hace pensar siempre en mi infancia –reflexionó Eiko.
–¿Tiene esas características? –preguntó Ada.
–No sé –dijo Martha, encogiéndose de hombros– si el sake obliga a pensar en los traumas infantiles...
–Eiko no se refería a ningún trauma, ella mencionó que le recordaba sus años infantiles.
–Hmm... pero la infancia en general es una etapa complicada –recalcó Martha y rio tímidamente mientras apuraba su copa–. Mi infancia fue extraña, no recuerdo bien a mi padre; mi madre siempre estaba rodeada de mujeres bien vestidas que me hablaban y acariciaban como a un bicho raro.
Martha hizo una mueca de disgusto y se arrinconó en el sillón, que empequeñecía su figura.
A Ada la conversación le pareció tediosa. Se levantó con el pretexto de acomodar la habitación donde pasarían la noche.
Cuando por fin se fueron a dormir, respiró aliviada, pero no pudo conciliar el sueño. De la habitación de Ladieli llegaba un ruido extraño, como si arrastraran la cómoda que estaba junto a la ventana y la trasladaran a otra parte del cuarto. Cuando por fin parecía que iba a dormirse, empezó de nuevo el mismo ruido. Esta vez oyó un murmullo seguido de una carcajada. De nuevo arrastraban algo, probablemente la cama, de un lado a otro. Estuvo tentada de pedirles que se callaran, pero no se atrevió. Nunca se atrevía a reclamar. Esa era la razón de sus continuos mareos y vómitos, de la sensación de asfixia que a veces la asaltaba de noche o cuando iba en un colectivo lleno de gente.
El ruido se prolongó hasta el amanecer. Cuando se levantó para preparar café, la puerta del dormitorio de Ladieli estaba entreabierta. Las dos mujeres dormían plácidamente boca abajo y no quiso despertarlas. Pensó que llegaría tarde a clases por culpa de ellas.
Se había tomado ya dos tazas de café en la cocina. Salió en puntas de pie; esta vez encontró a Martha en el comedor, peinada y arreglada como para marcharse.
–Eiko duerme todavía –dijo–. Le fue imposible conciliar el sueño durante la noche.
Ada tuvo deseos de preguntarle el motivo de esos ruidos nocturnos, pero se contuvo. Las dos hablaban en voz baja, sentadas en el comedor.
–Sigues siendo la misma muchachita tímida y perpleja que conocí en la universidad, incapaz de matar una mosca –susurró Martha, acariciándole el dedo meñique.
–En cambio a mí me pareces otra mujer, más recia, menos vulnerable –dijo Ada, ocultando mecánicamente las manos debajo de la mesa.
–Hmm, Eiko tarda siempre en levantarse –Martha señaló a la muchacha que estaba sentada sobre la cama observando la pared. Se dirigió hacia la joven y, arrodillándose junto a ella, le tomó las manos. Parecía como si le pidiera disculpas, pero Eiko seguía sin reaccionar. De pronto, la joven volvió la cabeza para mirar a Ada, que le estaba ofreciendo una taza de café desde el comedor. Eiko se levantó como sonámbula.
Cuando se marcharon después de desayunar, Ada corrió a la habitación de Ladieli, pero no halló ninguna huella de desorden; todo estaba en su sitio.
El tema religioso que acababa de explicar en clase no era de su agrado. Los alumnos habían elegido la existencia de Dios debido, seguramente, a una noticia reciente que había conmocionado a la comunidad católica: de una imagen de la Virgen de Fátima habían brotado lágrimas. «Dios es un asunto de la clase media: o se rinden ante él o se atormentan en la duda de su existencia», les había dicho, sin atreverse a agregar que ella ya había dejado de pensar en él. La mayoría de los alumnos eran creyentes a pesar de las ideologías comunistas y anarquistas que imperaban en la universidad, gracias a los profesores que llevaban a Marx bajo el brazo como a una Biblia, y según el cual la religión era el opio del pueblo. Después de Dios, la Virgen y todos los santos, la gente solía venerar la imagen materna, una especie de doble de María, y aquellas, las madres, reverenciaban a su vez a sus maridos.
–Lo cierto es que uno puede pasarse arrodillado por el resto de sus días –agregó.
El tono poco respetuoso con el que se había dirigido a la clase fue recibido fríamente por los estudiantes. Ada vio que una alumna levantaba la mano pidiendo la palabra.
–La fe del pueblo es manipulada por los gobiernos reaccionarios con fines maquiavélicos; explicar el asunto desde otro ángulo es caer en el nihilismo pequeño burgués –dijo la muchacha con la aprobación de los alumnos que, en seguida, la aplaudieron.
Cuando terminó la clase, Ada pensó que tenía que cuidarse de su propia ironía. Generalmente los estudiantes no se identificaban con el profesor, la posición de la autoridad era siempre cuestionada. Se sintió cansada de enfrentar esa situación.
Al llegar a casa encontró a Martha esperándola. Al verla, tuvo la sensación de que ya nunca podría desembarazarse de ella. ¿Pretendía acaso convertirla en juez al participarle las quejas sobre la conducta de Eiko? Martha le dijo que hacía quince minutos que la esperaba. Ada la invitó a pasar y le ofreció una taza de té.
–¿Qué pasa ahora con Eiko? –preguntó desde la cocina.
–En realidad, nada. Eiko está estudiando en su casa, la veré esta noche en el cine.
–¿Alguna película que me puedas recomendar? –preguntó Ada, acercándose con las tazas.
–Creo que ninguna. Tenemos la costumbre de ir al cine juntas –contestó Martha sonriendo.
Era el primer gesto cordial que vio Ada en su amiga desde que se encontraran en el café de Lince. Martha tenía hermosas pestañas y grandes ojos negros. Además, su pequeña nariz no hacía honor al origen judío de su madre.
–Pobre Eiko –exclamó Martha, poniéndose repentinamente seria–. Sufre de los nervios a causa de sus exámenes finales. El problema es Susana que no la deja en paz. Esa chica es demasiado sociable; invitó a Eiko el fin de semana a un campamento sabiendo que está por graduarse. Susana es realmente impertinente.
Martha se expresaba con desagrado de la joven. Ada pensó que Eiko se había quedado en casa porque Martha se lo había ordenado, celosa de que se divirtiera con jóvenes de su edad, algo que no quería aceptar.
Almorzaron juntas en un restaurante del barrio y luego enrumbaron hacia Miraflores. En el Parque Central se exhibían cuadros con motivos andinos y en una especie de rotonda se arremolinaban algunas personas para comprar la bisutería de los hippies. Pasearon un poco y entraron a una galería de arte donde exponía un pintor argentino. Cuadros abstractos. A Ada le pareció que la pintura moderna era muy experimental. Como Martha quería ir al baño, aprovecharon para sentarse en un café que hacía esquina con la avenida principal y pidieron dos capuchinos. Ada se entretuvo un rato mirando pasar a la gente por la vereda, gozando de unos minutos de soledad hasta que Martha volvió a sentarse junto a ella.
–Del lado de Eiko no tengo quejas todavía –dijo Martha después de beber un sorbo de café–. Pero tengo que pensar en el modo de contener a Susana o lo pondrá todo de cabeza.
–¿No sería mejor para ustedes vivir juntas? –preguntó Ada, presintiendo que el tema se prolongaría hasta la hora de la despedida.
–Te olvidas de mi madre, ella no lo comprendería.
–Siempre dijiste que tu madre era una mujer de mundo. Una vez me contaste que en su juventud había dirigido una casa de diversiones y que perdió su fortuna en el juego.
–¡Qué estupidez! ¿Yo te he contado eso? –exclamó Martha negando con la cabeza.
–Claro que sí, ¿lo olvidaste? Por ese motivo tuvieron también que vender la parte alta de la casa a la Sociedad Hebraica.
–Mi madre hace tiempo que me reprocha que no le dé un nieto. Y en cuanto a la casa de diversiones, es mejor que no vuelvas a mencionarla; no creo habértelo comentado.
Ada no quiso insistir en el tema; sabía que Martha era consciente de habérselo confiado cierta vez. Incluso le había dicho que muchas judías argentinas se reunían en esa casa. Hasta le presentó a una de ellas en una tienda de artículos musicales en el centro. Una anciana que lucía un pañuelo de colores en la cabeza fue la que esa vez las atendió muy solícita. Ada la recordaba perfectamente.
Fue entonces que vieron aparecer a Eiko, que se acercaba por la vereda, vestida con pantalón y polo negros. Iba acompañada de una chica alta y delgada de cabellos cortos con la que conversaba animadamente. Al verla, Martha apretó los labios.
–Ahí va Eiko con Susana. Así que esa es su manera de estudiar –murmuró enfadada e intentó levantarse para ir al encuentro de las muchachas que habían pasado de largo sin mirar hacia el interior de la cafetería.
–Déjate de cosas, Martha, y termina tu café –sugirió Ada en vano.
Martha dejó un billete sobre la mesa y se alejó con prisa.
Al día siguiente, después de recibir la llamada de Martha citándola en el Museo de Oro, Ada se dirigió a Surco. Los cerros en ese distrito se veían tan áridos como todos los de la costa, pero tenían la particularidad de que en sus faldas se levantaba un barrio residencial que lucía salpicado de bosques de un verde oscuro y sucio. Bajó del colectivo con la sensación de seguir apretujada por la gente que se apiñaba en el interior y caminó por el puente. Cientos de vehículos lo atravesaban a esa hora de la mañana haciendo un ruido atronador. No vio a Martha en los jardines del museo y decidió entrar a la sala donde estaban las colecciones de oro antiguo. Vio a Martha que, en una de las salas, aparentaba interesarse por las momias peinadas con trenzas y adornadas con cuentas de colores. Martha le hizo una señal para subir. En el jardín se paseaba una llama solitaria. Martha hizo un comentario sobre las expoliadas riquezas, lo que impacientó a Ada.
–Eiko es una engreída –dijo Martha, entretenida en acariciar unas chompas de alpaca que se exhibían en un quiosco. ¿Para eso la había citado?, pensó Ada con disgusto. Una mujer rubia trató de acercarse a la llama pero esta retrocedió y se alejó hacia otro lado del pequeño bosque.
–A veces siento deseos de abandonarla –agregó Martha.
Estaban sentadas en un café al aire libre, en el jardín.
–¿Por qué no lo haces? –preguntó Ada, imaginando que de nada serviría el comentario.
–¿Crees que no sería capaz? Pero ¿qué haría Eiko sin mí?
Ada hizo una mueca de fastidio.
–Supongo que seguir su rumbo –contestó. Pero Martha no parecía escucharla; miraba nerviosamente su reloj pulsera y de pronto exclamó que tenía que marcharse a dictar una clase por la tarde. Ada tuvo deseos de mandarla al diablo; había perdido la mañana inútilmente pensando que sería importante el encuentro, y ahí estaba esa mujer diciendo que debía irse porque tenía una clase en la universidad. ¿Y ella no había perdido la suya por su culpa? Caminaron en silencio hasta el puente. Al despedirse, Martha subió por las escaleras para tomar un colectivo y Ada notó que su amiga cojeaba ligeramente.
A eso de las tres de la tarde, Ada recibió una llamada de Susana. La chica le avisó que Eiko había desaparecido desde la noche anterior y no la hallaba por ningún lado. Ada y Susana se citaron en un café de Miraflores.
No sabía bien por qué se dejaba arrastrar por los problemas que ocasionaba Eiko. Probablemente la misma Eiko le había dado el teléfono a su amiga para que la localizara en su casa en algún momento. La voz de Susana había sonado angustiada.
Cuando llegó al café, reconoció a la chica oriental que había pasado con Eiko el día anterior frente al local de Miraflores. Después de saludarla y presentarse, Susana le dijo que no podían perder tiempo, primero tenían que ir a casa de Martha.
–Vi a Martha esta mañana y no creo que esté en su casa; tenía una clase por la tarde en la universidad –le dijo Ada.
Susana pensaba que Eiko podía estar escondida ahí, pero Ada no lo creyó y le pidió que pensara en otro lugar donde hubiera podido pasar la noche.
–Eiko tiene unas amigas en Pueblo Libre; a veces se queda con ellas a estudiar.
Cruzaron Miraflores y Lince en un colectivo rumbo a Pueblo Libre. Susana no hacía otra cosa que protestar por la irresponsabilidad de Martha, que tiranizaba a Eiko con su amistad.
–Martha le ha hecho creer que sin ella no llegará a nada.
–¿En verdad piensas eso?
Susana asintió, señalando un pequeño chalet con dinteles de madera. Se dirigieron hacia allí y tocaron el timbre. Una señora les aseguró que ninguna japonesa había pasado la noche en su casa. A Susana se le iluminó el rostro: seguramente Eiko estaba en el Centro Cultural Peruano-Japonés; la bibliotecaria era muy amiga de ella, exclamó. ¿Era posible que Eiko le pidiera a una extraña pasar la noche en su casa?, preguntó Ada.
–No se trata de una extraña; me parece que ella y Eiko se conocen bastante bien.
En la biblioteca del centro cultural las atendió un viejo japonés que no conocía a Eiko. Les dijo también que la antigua bibliotecaria estaba de vacaciones y no sabía su dirección, pero si querían podían averiguarla con la encargada de la cafetería.
–Creo que estamos perdiendo el tiempo –dijo Ada–. Puede que Eiko haya regresado a su casa.
Susana no lo creyó así. Ada vio su reloj: eran casi las siete. Lo mejor era regresar a casa por si alguien llamaba. Susana decidió seguir buscando por su cuenta.
Cuando Ada llegó a su departamento encontró a Eiko en la sala leyendo un libro.
–¿Cómo entraste? –preguntó alarmada.
–Ada, qué bueno que llegaste. La señora Evangelina me abrió.
Evangelina tenía un duplicado de la llave de Ada por si la puerta se le cerraba con ella adentro.
Ada se molestó porque habían estado buscándola toda la tarde y ahora la encontraba tranquila, leyendo en casa.
–Oh, Ada, discúlpame, no pensé que...
–¿Dónde pasaste la noche? Susana y yo te buscamos por todas partes, incluso tu abuela no sabía nada de ti. ¿Ya la llamaste?
Eiko asintió y le contó que había estado en casa de Martha durante la noche. Ada contempló a Eiko; no parecía haber pasado la noche en vela, pero un arañón en su mano derecha le llamó la atención y automáticamente recordó la cojera de Martha. Probablemente esta la había citado en el museo para contarle algún incidente ocurrido esa noche entre ella y Eiko, pero se desanimaría después.
Eiko le contó que esa noche, en un arranque de cólera, había arañado el muslo de Martha con la afeitadora, precisamente cuando esta iba a darse un baño.
–Martha se está volviendo muy paranoica, está llena de celos, piensa que Susana y yo... en fin, no sé qué decirte, Ada.
–¿Y la madre de Martha no lo notó?
–La señora está muy enferma y toma pastillas para dormir.
Ada no quiso insistir en el asunto; no le agradaba la idea de verse envuelta en una pelea íntima. El hecho de que Eiko hubiera venido a verla podría ocasionarle problemas con Martha. Incluso había dejado de ir a trabajar por la llamada de esta, y luego porque Susana le había pedido que la acompañara a buscar a Eiko. No había notado nada extraño en la actitud de Susana, salvo la preocupación común y corriente de una amiga por otra. Quizá la actitud tiránica de Martha en querer impedir que Eiko se reuniera con amigas de su edad había exaltado a la muchacha hasta el punto de cortarle el muslo con la afeitadora. No sabía por qué, pero ese hecho despertó su simpatía por la joven y en cierto modo se sintió de su lado. Martha le recordó a Luis, su exmarido, con sus rabietas y celos.
Eiko tenía entre las manos una novela de Mishima que, según dijo, le había prestado Martha.
–La corrupción de un ángel, la última novela de Mishima –dijo Ada, melancólica–. La terminó el mismo día de su suicidio.
–Es espléndida, aunque difícil de entender. No comprendo, por ejemplo, cómo pudo terminarla sabiendo que iba a morir. Martha dice que por eso su sentido del bien y del mal no es muy real.
–Pienso que nadie sabe dónde está el final de una obra. Todo lector es, además, sugestionable... sí, eso es... creo que Martha se equivoca.
–Escucha esto –Eiko abrió el libro y leyó:
–¿Has pensado alguna vez en el suicidio?
–No –replicó Tôru, sorprendido.
–No me mires así. Tampoco yo he pensado en eso seriamente. No me gustan esos tipos débiles y enfermos que se suicidan.
–¿Curioso, verdad? –exclamó Eiko.
Ada no contestó. Recordó en ese instante a algunos poetas que se habían suicidado: Lugones, Esenin, Maiakovski. Este último había renegado también del suicidio.
Ada sirvió té y galletas y no se atrevió a preguntar por qué la había buscado. La idea de que Martha pudiera llegar de improviso la irritó. Tampoco le gustaba mucho que Eiko repitiera las ideas de Martha, aunque a veces la muchacha la sorprendía con una afirmación audaz que la hacía parecer impulsiva, diferente de la joven triste y lejana que era cuando estaba con Martha. Al cabo de un rato, se dio cuenta de que esta no llegaría y respiró tranquila. Luego de comer invitó a Eiko a pasar la noche en casa.
–Debes llamar antes a tu abuela para avisarle. No es bueno que estés de un lado para el otro.
Después de acostarse, Ada se puso a leer una novela. Era una novela sin importancia. Heribert –así se llamaba el protagonista– era un pintor fracasado que había dejado la pintura por aburrimiento y deambulaba por las calles de una gran ciudad que podía ser Nueva York o París. Ada cerró el libro y se dirigió a la cocina por un vaso de agua. Al pasar por el cuarto vio que Eiko había dejado la puerta entornada y se había olvidado de apagar la luz. Se asomó evitando hacer ruido. La joven estaba tendida boca abajo y solo llevaba puesta una trusa de algodón azul. Sus piernas, no muy largas, estaban semiabiertas. Le llamó la atención la blancura de sus muslos. En uno de ellos sobresalía una mancha violácea que tuvo el impulso de tocar, pero se contuvo. La cubrió con la manta de cuadros que estaba doblada a los pies de la cama y apagó la luz. Cerró la puerta con cuidado y se dirigió por fin a la cocina. Aquel cuerpo blanco, tendido sobre la cama, tenía en su laxitud una belleza dúctil, como si estuviera hecho de alguna materia plástica que invitara a tocar, de la misma manera que las esculturas modernas. La mancha violácea sobre la superficie de la piel era el único signo humano que la diferenciaba de una figura creada por un artista. Casi hundió el dedo en ella. De haberlo hecho, ¿qué habría pensado Martha?
Por la mañana, Eiko estaba tomando una taza de café en el comedor y preguntó como al desgaire:
–¿Te gusta mucho la literatura japonesa?
–Creo que sí.
–¿Por qué crees?
–Siempre dudo –respondió Ada, untando un pan con mantequilla–. Pero tienes razón, no debería hacerlo. La literatura japonesa se conoce poco aquí y algunos autores resultan siendo más exóticos que otros. La perversidad de Mishima, por ejemplo, es más occidental, aunque hay otros que lo son de un modo más sutil, como Tanizaki. ¿Lo has leído?
–No sé mucho de eso. En realidad Martha es la que me presta algunas novelas.
–Comprendo, ella es la que orienta tus gustos.
–No tanto como eso, pero tiene buen gusto. ¿Y Tanizaki?
–Leí Hay quien prefiere las ortigas, una obra sobre un matrimonio mayor. Me pareció buena.
–¿Y si una novela no te gusta, la dejas o continúas?
–Debo hacerlo a veces, por mis clases.
–¿Y si no es por eso?
–Entonces simplemente la abandono, soy una lectora caprichosa y voluble.
–¿Cómo se entiende que seas profesora? Se contradice.
–Es verdad, lo mismo me digo todo el tiempo. Una lee por placer. ¿Qué obligación tengo de terminar un libro que me aburre?
–Martha dice que el lector no sabe lo que quiere y debe obligarse a terminar una obra que le es difícil o pesada, solo así aprende. Ella ha leído muchas novelas desconocidas, que no son consideradas obras maestras, por ejemplo.
–A veces basta con leer una página, aunque creo que estoy siendo un poco arbitraria.
–Sí, Martha sabría qué responderte.
–¿Y tú? ¿Por qué no respondes tú?
Eiko sonrió, avergonzada.
–Anoche me pareció oírte entrar a mi cuarto.
–Dejaste la luz encendida.
Eiko volvió a sonreír y se limpió los labios con la mano para no ensuciar una servilleta de lino que había en la mesa.
–Siempre me olvido de apagar la luz. Mi abuela lo hace por mí. Detesto la oscuridad. Martha dice... te vas a burlar de mí...
–¿Siempre hablas de Martha?
–Ella es muy inteligente; además, me conoce bien. Mis padres la estiman; en cambio, mi abuela cree que es hipócrita y que por ella no me he casado todavía. Mi abuela se casó muy joven, la trajeron del Japón para mi abuelo y aquí se casaron. También dice que si una mujer pasa de los treinta y está soltera no es digna de Buda. ¡Perdón!
–Me parece que tu abuela tiene razón.
–Yo no lo creo.
–Deberías leer El sol que declina de Dazai Osamu. En esa novela hay una relación tormentosa entre una mujer joven y un escritor mayor, una relación dependiente. Me parece que podría identificar a Martha con ese escritor. Lástima que no la tenga aquí, la presté hace mucho tiempo.
–Le diré a Martha que la compre.
