Las gafas azules - Pablo Aranda - E-Book

Las gafas azules E-Book

Pablo Aranda

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Beschreibung

Una nueva entrega de las aventuras de Fede, en las que vuelve a poner en más de un apuro a los adultos con sus surrealistas preguntas. Fede tiene un nuevo profesor de Lengua con el que no termina de encajar del todo. Aunque esto no parece preocuparle tanto como que su amigo Sergio lleve gafas a partir de ahora, o saber si una vaca con problemas de visión también debería usarlas.

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Seitenzahl: 73

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

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Escribieron y dibujaron

Créditos

Para Turrón, Pepe, Manuel y Lola.

1

La directora del colegio abrió la puerta de la clase y asomó la cabeza.

—¿Puedo interrumpirte un momento? —le preguntó a la seño Ana.

—Claro. Pasa, por favor.

La directora entró acompañada de un señor muy serio con bigote y gafas. En las películas hay señores con bigote, pero en la realidad no se ven tantos. Están en peligro de extinción. Como los linces, los tigres siberianos y los osos panda. Para protegerlos, en los zoológicos deberían preparar un espacio para señores con bigote. El problema es que si una morsa tiene una cría, esta es una morsa, pero si un señor con bigote tiene una cría esta no es un señor con bigote. Los señores con bigote se acabarán extinguiendo.

—Buenos días —saludó la directora—. Os presento a Juan Tarugo. Va a sustituir a Eva. Es vuestro nuevo profesor de Lengua.

—¿Se ha muerto la seño Eva? —preguntó Diego.

—Diego, por favor —le regañó la seño Ana—. Para hablar, levanta la mano.

Levantó la mano y repitió la pregunta.

—Cuando una profesora falta, no se debe necesariamente a que haya muerto —dijo la directora, molesta.

—¿Le duele la barriga? —preguntó María.

—El dolor de barriga no es una razón para darse de baja —sonrió la seño Ana.

—Pues mi madre no va a trabajar cuando le duele la barriga —dijo Luis.

—Ni mi padre cuando le duele la garganta —añadió Juan.

—Bueno, pues cuando un día me duela la barriga, yo también voy a faltar —bromeó la seño Ana.

—Ni se te ocurra —dijo la directora con voz de enfadada.

Fede levantó la mano y la directora le miró, cansada de que todos tuvieran que decir algo.

—¿El profesor de Lengua sabe lo que va a pasar en el futuro? —preguntó.

—¿Cómo?

—Profe Tarugo. ProfeTa Rugo. Los profetas saben lo que va a ocurrir.

Todos empezaron a reírse menos el señor del bigote, o sea: el profe Tarugo, que sabía algunas cosas del futuro, claro, como todo el mundo. Por ejemplo, que después de las doce de la mañana viene la una de la tarde, o que Fede iba a tener problemas para aprobar Lengua. Por listo.

De repente, el profesor se quitó las gafas. Se las acercó al bigote, abrió la boca y pareció gritar en silencio.

—¡Se va a comer las gafas! —susurró Fede.

El cristal de las gafas se empañó. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los cristales. Todo el mundo permaneció en absoluto silencio, contemplando la ceremonia. Se colocó de nuevo las gafas y miró hacia Fede:

—Ese niño es muy simpático —dijo.

Pero lo dijo de una manera rara, sin decirlo. Es que no había abierto la boca al hablar. O la había abierto al otro lado del bigote. A lo mejor llevaba bigote para que nadie supiera cuándo hablaba. Si un señor con un bigote bigotudo, muy poblado, un bigote que le tapa la boca, va en un autobús y se quiere meter en la conversación de otras personas, puede hacerlo sin que nadie sepa que habla él. Puede decir que es una tontería lo que alguien ha dicho, o «menuda verruga tiene usted en la frente, señora», y nadie le regaña porque no saben que ha sido él.

Fede sintió el lápiz de Marga clavándose en su espalda. Sabía que había metido la pata y Marga también lo sabía y por eso lo llamaba con el lápiz. Se preguntó si podría hacer algo para que el profesor nuevo no se enfadase con él, tan pronto. Iba a pedir perdón, pero la directora abrió la puerta y salió. El profe de Lengua también salió, pero justo antes de cerrar la puerta se giró y buscó a Fede con la mirada. Se llevó los dedos índices y corazón a los ojos y después señaló a Fede. Eso significaba: «me he quedado con tu cara».

2

Juan empezó a llorar y la seño Ana le preguntó con su voz dulce qué le ocurría.

—Me da miedo el profe nuevo —contestó.

—No os dejéis llevar por la primera impresión. Parece serio, pero todavía no lo conocéis —dijo la seño.

—Tiene bigote —dijo Mónica.

—Tener bigote no es malo. —La seño Ana iba contestando con paciencia.

—Y gafas —añadió Pepe.

—Tener gafas tampoco es malo. Al revés, es bueno. Cuando voy a la playa me pongo gafas de sol, cuando leo en la cama, me pongo unas gafas para ver de cerca y, cuando voy a la piscina, me pongo las de nadar.

—¿No hay unas gafas para hacer deberes sin faltas de ortografía? —preguntó Fede.

La seño se rio.

—Al profe nuevo no se le ve la boca —dijo Marga.

—Cuando toma sopa, seguro que se le moja el bigote y necesita un secador.

—Y se le queda nata en el bigote cuando come espaguetis boloñesa.

—Los espaguetis boloñesa son con tomate. Los que tienen nata se llaman espaguetis carbonara.

—Por favor, vale ya —dijo en voz alta la seño—. Vamos a hacer un último problema de matemáticas antes de irnos al recreo. Está en la página 25 del libro. El ejercicio 3. «Para el cumpleaños de Nuria, han cortado una tarta en diez porciones. Si Nuria ha invitado a cinco amigas, ¿cuántas porciones puede comer cada una?».

—¿De qué es la tarta, seño?

—Eso da igual.

—No, porque si es de nata, yo no como.

—Seño, ¿la tarta de nata se llama tarta carbonara?

—¿Hay tarta con tomate?

—¿Por qué solo ha invitado a amigas? ¿No tiene amigos?

La seño pidió que dejasen de hacer preguntas y trataran de resolver el problema, pero en ese momento sonó el timbre para salir al recreo y la seño Ana dijo que ya corregirían el problema en la siguiente clase de Matemáticas.

—La seño Charo tiene unas gafas rojas —dijo Marga.

—Pero no tiene bigote —dijo Mónica.

—¿Hay bigotes rojos?

—Sí, los bigotes boloñesa.

3

Cuando volvieron del recreo, el profesor Tarugo estaba en la clase. Con las manos detrás y el bigote delante, de pie, quieto, muy serio. Cada uno se fue a su sitio y casi no se atrevían a mirarlo. Ese día había veintitrés estudiantes en clase. En realidad, eran veinticinco, pero habían faltado dos: Carmen y Sergio. Carmen tenía varicela y Sergio había ido al oculista porque veía doble. La seño Ana había pedido a todos esa mañana que se acordaran de Carmen y de Sergio y explicó por qué habían faltado. Mónica preguntó si el oculista era el médico del culo y todos se rieron.

—No, Mónica. El oculista es el de los ojos.

—¿Y por qué no se llama «ojulista»?

—Porque es una palabra que viene del latín, el idioma que se hablaba en la antigua Roma. Ojo se decía oculus.

Nadie le preguntó cómo se decía bigote en latín porque eso había sido antes de que interrumpiese la clase la directora para entrar con el profesor Juan Tarugo. Bigote en latín creo que se dice mustache, aunque en las películas de romanos no hay ningún romano con bigote. El bigote es un fenómeno más moderno, como Internet. Bueno, no tan moderno como Internet. Los hombres se afeitan o no se afeitan, pero, ya que se afeitan, que se afeiten la cara entera ¿no? Lo que pasa es que a algunos les gusta el bigote y ya está. No hay que darle más vueltas. Si le damos la vuelta a un señor con bigote, está de espaldas y no se le ve. Si le damos la vuelta al profe de Lengua, se le pueden caer las gafas.

Menos mal que Sergio no había ido al cole ese día, porque, como veía doble, habría visto dos profes de Lengua.

4

—¿Ves doble con los dos ojos? —le preguntó el oculista a Sergio en la consulta.

—Creo que solo con uno, porque entonces vería cuádruple.