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"Recorrer el camino de Letras de Las voces es una experiencia que nos llena de sensaciones y emociones que atrapan sin soltarnos. Nos empujan sin tregua hasta finales inesperados, imprevisibles. Nos acompañan en el recorrido hechos, personajes, situaciones aparentemente cotidianos llenos de vida y quehaceres sólo develados al final del camino durante el cual no sospechábamos su devenir. Personajes hacedores, colmados de voces –distintas, extrañas– que los mueven desde el principio al fin sin revelarnos el porqué de sus acciones. Y es entonces cuando estalla el final sacudiendo nuestras expectativas. El asombro nos amarra para no soltarnos y deja su huella. Ajena, distinta, inesperada. Y sobre todo inolvidable" (Elena Marangoni).
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Seitenzahl: 147
Veröffentlichungsjahr: 2022
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María Rosa Llinares
Llinares, María Rosa
Las voces : cuentos / María Rosa Llinares. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires : Abrapalabra Editorial, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4999-51-1
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Cuentos de Suspenso. I. Título.
CDD A863
Coordinación, diseño y producción:
Michela Baldi y Helena Maso
Maquetado:
Abrapalabra editorial
Primera edición: noviembre 2021
Manuel Ugarte 1509, CP 1428–Buenos Aires
E–mail: [email protected]
www.abrapalabraeditorial.com
ISBN: 978-987-4999-48-1
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Impreso en Argentina
“ Quién escribe, teje. Texto que
proviene del latín «textum» que
significa tejido.
Con hilos de palabras vamos
diciendo, con hilos de tiempo
vamos viviendo.
Los textos son como nosotros,
tejidos que andan”.
Eduardo Galeano
Amarse a uno mismo es el principio
de una historia de amor eterno.
Oscar Wilde
Corrían los años cincuenta, al borde ya de los sesenta. Ámbar tenía doce años y la inocencia propia de esa edad en aquellos tiempos. En su último cumpleaños le habían regalado una hermosa muñeca Marilú, con ojos móviles y cabello natural, con la que aún jugaba. Hacía menos de un mes que se había hecho señorita. Su abuela paterna –que vivía en la misma casa que Ámbar desde que el abuelo había fallecido– se encargó de explicarle que eso le sucedería mensualmente, que eso significaba el comienzo de su evolución como mujer, y le dio las pautas de cómo debería cuidarse de allí en adelante: no bañarse, y mucho menos lavarse la cabeza porque se le podía cortar e irse la sangre a la cabeza; se conocían casos de locura debido a desórdenes producidos en “esos días”. La madre no se atrevió a decirle nada, solo le dio un beso en la mejilla y fue a buscarle unos trapitos preparados para tal fin. Ella los miró con asco y dijo: “Yo voy a usar algodón”. Y ante el horror de la abuela y de la madre se metió en el baño y se duchó, con cabeza incluida. Por primera vez en su vida se mostró rebelde. Estaba muy contrariada, confundida y alterada.
Ámbar todavía no sabía nada del tema, no estaba “avivada” como se decía entonces, por eso se enojó tanto con ellas: si sabían que eso le iba a suceder, por qué no le avisaron para evitarle pasar ese rato horrible creyendo que estaba muy enferma o que se había lastimado sin darse cuenta, aunque eso fuera poco probable. Es que era así en esa época, los chicos no recibían información de ningún tipo de parte de los adultos.
Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual, que atienda su juego, y el que no, el que no, una prenda tendrá…
De a poco fue dejando de ser una nena flacucha para empezar a tener sinuosas curvas. Ámbar se estaba convirtiendo en una muchacha tan linda como la heroína de la novela Por siempre Ámbar de Kathleen Winsor, la novela preferida de su mamá cuando ella nació.
Desde siempre los domingos los pasaba con su madre en la casa de su abuela materna. Su padre se quedaba en casa a escuchar el partido o simplemente a hacerle compañía a su propia madre, a él no le interesaban esas reuniones llenas de tíos, primos y hermanos revoloteando por aquí y por allá, además de ciertas discrepancias del padre con algunos miembros de la familia, de manera que lo mejor, para todos, era evitar esas reuniones. Pero a Ámbar y a su mamá sí les gustaba encontrarse con la familia para almorzar y luego jugar a la lotería. Eran tardes muy divertidas. A los más grandes les permitían jugar con ellos mientras los más chicos correteaban por el patio, pero cuando la conversación se volvía más íntima los echaban a jugar con los más chicos.
Arroz con leche me quiero casar con una señorita de San Nicolás, con esta sí, con esta no, con esta señorita me caso yo…
Un domingo de verano, pesado, húmedo, Ámbar no se sentía bien, por eso su mamá la mandó a descansar en la pieza de su abuela mientras las mujeres lavaban los platos y preparaban la mesa para jugar. La habitación estaba fresca y la cama grande la invitaba a descansar. Se acostó y enseguida se durmió profundamente. Soñaba que era suavemente acariciada y que esa caricia subía por su entrepierna, corría su prenda más íntima y unos dedos hurgaban en su pudor. ¡Qué placentero era ese sueño! De pronto despertó y el placer se convirtió en terror, paralizada hasta que logró reaccionar, se movió y la mano fue retirada velozmente. Abrió los ojos: a su lado estaba su tío Malak que la miraba con sus hermosos ojos verdes, sonriendo mientras le decía:
—Hola chiquita. ¿Te desperté? Me tiré un rato a tu lado para descansar. Hace tanto calor. ¿No te molesté, no?
—No, no, igual ya me levantaba.
Todo en ella palpitaba, huyó de esa habitación en penumbras para ponerse a salvo en la claridad de la cocina.
La Farolera tropezó y en la calle se cayó y al pasar por un cuartel se enamoró de un Coronel…
Esa tarde no hubo diversión para Ámbar. Estaba tan confundida que le pidió a su madre irse más temprano. Ella aceptó pensando que aún se sentía mal.
Durante toda esa semana no pudo sacar ese episodio de su mente. No quería convencerse de lo que en realidad había sucedido. Y lo peor eran esas sensaciones que habían surgido en ella después de eso. Estaba asustada. Tal vez había sido solo un mal sueño. Cómo pensar que haría algo así ese tío que la iba a buscar al colegio para protegerla de esos chicos que no le gustaban. El mismo que la acunó de bebé, el que le compraba golosinas, el que le decía que la quería tanto.
La atormentaban tantas preguntas que no podía formular, que no sabía qué hacer: ¿Qué buscaba en ella? ¿Tenía que ver aquello con el sexo? ¿Por qué esos sueños insensatos le habían provocado esas insólitas humedades?
Mambrú se fue a la guerra, chirivín, chirivín, chin, chin; Mambrú se fue a la guerra y no sé cuando vendrá…
Con mucho miedo y todo el valor que pudo acopiar, el domingo siguiente volvió con su mamá a casa de la abuela y después de almorzar le pidió permiso para recostarse un rato en su cama. Se dirigió a la pieza como quien va para el cadalso, se acostó y simuló dormir. Sentía pánico, pero se obligó a mantenerse quieta. A los pocos minutos percibió que se abría la puerta de persianas, que alguien entraba sigilosamente y se acostaba a su lado. Nunca supo cómo logró contener su respiración para que no la traicionara. Debía esperar, convencerse, saber, volver a sentir… Escuchó su jadeo al tiempo que su mano se apoyaba en su muslo y subía. Lo que la semana anterior había sido un sueño placentero se convirtió en algo asqueroso, repugnante, por tratarse de quien venía. Él pareció presentir algo pues retiró su mano inmediatamente. Ella se sentó en la cama, lo miró… y bajó la vista al piso. El tío Malak pareció no percatarse de la actitud de Ámbar y comenzó de nuevo con la misma farsa:
—Hola, nena. ¿Te desperté?
—No, no, ya me voy, ya me voy.
Salió de allí corriendo. Cuánta rabia sentía, tanta que se le desgarraba el alma.
Ese fue el último domingo que acompañó a su mamá a visitar a la abuela. Pretextó llevarse mal con sus primos, que ya no se divertía…
Nunca le contó a nadie lo sucedido.
Estaba la rana sentada cantando debajo del agua, cuando la rana salió a cantar vino la mosca y la hizo callar…
Increíblemente su tío tuvo el descaro de ir a buscarla al colegio un par de veces más. Caminaban sin cambiar una palabra, sin mirarse, hasta la casa, probablemente él intentaba averiguar si era capaz de delatarlo, además no quería cortar de golpe su relación con ella para evitar sospechas, hasta que un día no volvió y pudo respirar tranquila. Él sabía que Ámbar sabía, pero el silencio fue tácito entre los dos.
Nunca perdonó a su madre por no darse cuenta de que algo grave podía haber sucedido. ¿Cómo pudo creer en la tonta excusa que había inventado?
El padre tampoco hizo preguntas. “Son cosas de mujeres, la nena está creciendo, ya se le va a pasar”, pensaba. También las abuelas creyeron lo mismo. Nadie nunca preguntó nada.
Jugando al huevo podrido se lo tiro al distraído, el distraído lo ve, y huevo podrido es…
Tampoco nadie supo que ya no jugaba con sus muñecas; estas dormían en los estantes de su habitación. Ámbar había descubierto otros juegos. Ahora Ámbar exploraba su sensualidad, estaba conociendo nuevas emociones y esperando, sin prisa, conocer a alguien con quien compartirlas, alguien a quien ella pudiera elegir… Ya no miraba con miedo a los varones, habían comenzado a gustarle…
Fue por esos días cuando una amiga le hizo la famosa pregunta:
—Vos no estás “avivada”, ¿no?
Buscando un día cualquiera algo para leer encontró en la biblioteca de su mamá –escondido detrás de otros libros– la novela por cuya heroína ella llevaba su nombre: Por siempre Ámbar. Comenzó a leerlo con gran curiosidad y a pesar de que en los pasajes que más le hubiera interesado leer solo había puntos suspensivos… en pocas páginas también se había convertido en su novela favorita.
Era una ciudad espesa como su clima, pegajosa. Al caminar por las calles sombrías, ella sentía un extraño sopor… Las manos le pesaban, se las miró con esfuerzo, no vio nada anormal en ellas, sin embargo, le pesaban mucho, como la ciudad, como su vida misma…
***
Migla jugaba con las muñecas. Las había sentado alrededor de una pequeña mesa, cada una en una silla, también pequeña. Eran cuatro: Lina, Daiva, Inga y Rasa. Jugaba a tomar el té con ellas, después de haberlas peinado y vestido con sus ropas más bonitas. Migla tenía siete años.
Cuando estaba sirviendo la última tacita del fantasioso té llegó Darius, su primo, que ya había cumplido catorce pero igual siempre iba a buscarla para jugar. Ella se aburría sola, no tenía hermanos, ni otros primos. A Darius le gustaba jugar al doctor, a ella también; él le hacía cosquillas y le acariciaba lugares que le hacían sentir escalofríos en la espalda, y los dos reían mucho hasta que de pronto Darius se cansaba, no quería jugar más y Migla se quedaba triste cuando él se iba. Entonces, volvía a sus muñecas.
***
Ella fue a la ciudad en búsqueda de su infancia. También era la ciudad de sus muertos, quería visitar sus tumbas. Todo era gris, brumoso a su alrededor. Siguió caminando. No sabía si era noche avanzada o la incipiente mañana, tal vez era esa hora en la que las realidades se unen.
***
Darius la había ido a buscar nuevamente. Fueron al granero, como siempre, y otra vez las cosquillas, las risas, pero esa tarde él había hecho algo más, algo feo y que a Migla le había dolido mucho en el cuerpo y en el corazón; después Darius le había dicho que no se le ocurriera decir lo que había sucedido, si no sería duramente castigada y nunca más volvería a verlo. Dicho esto, se fue.
Migla sentía que algo malo habían hecho, pero tenía miedo de que no le permitieran volver a jugar con él. Y no dijo nada… Entró a su casa por la puerta trasera para que no la vieran, si la veían iban a preguntarle… Se sacó la ropa interior ensangrentada, se envolvió en un toallón, buscó ropa limpia y fue al baño a lavarse. Cuando su madre fue a buscarla para cenar le comentó, contenta, que había visto su ropa interior lavada en el baño, que le parecía muy bueno que aprendiera a hacerse cargo de su higiene personal. Migla le sonrió forzadamente.
***
Amanecía al fin, el paisaje se tornaba más familiar, hacía tanto que tenía ganas de volver… Pasó por su escuela, la antigua casa de sus abuelos, el mercado. Se dejaba llevar por sus pies. A pesar del sopor y la humedad pegajosa de la ciudad y de sus manos, que le pesaban tanto, siguió su camino.
***
Migla escuchó a su madre hablar con su tía, la madre de Darius. Le contaba que Darius se había ido a estudiar a otra ciudad y hasta el verano no volvería. ¡Qué pena!, le contestaba su hermana. ¡Se llevaban tan bien, se divertían tanto juntos! A pesar de ser mayor Darius le tenía gran paciencia a Miglia…
Sintió una gran tristeza y un gran alivio al mismo tiempo. Ahora solo le quedaban Lina, Daiva, Inga y Rasa. Lo que ella aún no sabía era que ya no le iba a gustar tanto jugar con sus muñecas… Pero lo que mas rabia le daba era que Darius se había ido sin despedirse de ella.
***
La ciudad estaba despertando, no quería encontrarse con nadie, solo quería llegar al cementerio. Tomó un atajo que conocía desde pequeña. A pesar de eso no pudo evitar cruzarse con algunos conocidos, pero ella se había puesto la capucha y caminaba con la cabeza gacha. Creyó así que podría pasar inadvertida.
***
Llegó el verano y con él Darius. Al principio Miglia no le hablaba, pero él con sus risas la conquistó de nuevo. Y volvieron las tardes en el granero. Y Miglia, a los ocho años, disfrutaba esas tardes que ya no dolían y que se sucedieron a los nueve, a los diez… hasta los trece.
Cuando llegó ese verano en el que Darius ya tenía veinte, no volvió solo, trajo con él a su novia. Entonces las tardes en el granero cambiaron de protagonista y Migla, que ya no jugaba con sus muñecas, lloró, lloró y lloró.
Su madre hablaba con su tía y se reían de ella: está creciendo decían, es esa edad en la que lloran por nada. ¡Esas tontas! No se daban cuenta de los celos de Migla porque Darius ya no jugaba con ella, de su dolor, de su decepción. ¡Qué sabían ellas de amor!
***
Era temprano, el cementerio aún estaba cerrado. Las altas verjas de hierro no se abrirían hasta las ocho. Esperando, se sentó en la hierba húmeda de una plaza que había enfrente. Esperando pensó en su familia, ya todos muertos. Miró sus manos y recordó la sangre que tanto le pesaba. Le extrañaba no oír el trino de los pájaros, como antaño… ¿Ellos también habrían huido? Se preguntaba.
***
Ya era una mujer, Migla tenía ahora veintitrés años, nuevamente se acercaba el verano pero Darius ya hacía tiempo que no venía.
Escuchaba a su madre y a su tía comentar que ella se quedaría para vestir santos. Nunca había llevado a casa un novio, ni siquiera a un amigo, pero eso a Migla no le importaba. Sabía que Darius dedicaba los veranos a viajar por el mundo, había oído a su tía y a su madre charlándolo: él era joven y debía aprovechar el tiempo antes de formar una familia, decían, y ella aguardaba que él se cansase de esos viajes y regresara a buscarla.
El verano llegó con Darius. Migla escuchó su voz deseada y esperaba una señal para aproximarse, pero él no hacía nada. Con mucha ansiedad a la tercera noche se atrevió a pasar una misiva por debajo de la puerta del dormitorio que él ocupaba. Lo invitaba a que se encontraran en el granero al día siguiente, a la hora de la siesta, como antes. En el almuerzo él la miró y una sonrisa maliciosa acaparó su boca. Ella supo así que él aceptaba. Lo esperó acostada sobre el colchón de heno, como siempre. Cuando llegó no hicieron falta las palabras: se arrancaron la ropa desperdigándola por el suelo y sus cuerpos desnudos se fundieron en el fuego de una pasión incontenible. Luego quedaron abrazados largo rato hasta que Migla, viendo que él pretendía incorporarse para volver a abandonarla sin haber pronunciado nunca una palabra de amor, sintió cómo su sangre se escurría palpitante por sus venas y una ira incontrolable se apoderaba de ella, entonces… tomó una daga que había escondido entre las pajas y la hundió una vez y otra vez y otra mas en el cuerpo de él hasta quedar exhausta, vengando así con la sangre de él cada gota de la suya en aquel día de ese verano en el que ella tenía tan solo siete años. Y dirigiéndose a ese cuerpo inerte, le dijo: —Nunca creí que me atreviera pero lo hice, ya no podía soportar la tortura de esperarte año tras año, mes tras mes, día tras día… mis manos tienen tu sangre, me duelen, sin vos no existo, no podía dejarte ir, esperarte sabiendo que tus manos acarician otras pieles y yo morir en el infierno de este fuego que implora desde mis entrañas ese deseo que me inculcaste desde tan pequeña. Arruinaste mi vida, mis lágrimas han llenado ríos de tanto que me hiciste llorar. Ya no serás de nadie, tus últimas caricias fueron mías y eso nadie me lo va a quitar. Debo huir. Voy a dejarte como tantas veces hiciste conmigo. Yo también estoy muerta pero ya nada importa, beso tus labios por última vez sabiendo que ahora son míos. Cierro tus ojos y me voy a andar otros caminos.
***
Visitó cada tumba y en cada una dejaba una flor robada de otra sepultura, hasta que llegó a esa lápida con su nombre: Darius. Se aferró a ella y lloró, lloró hasta quedar sin lágrimas. Se quedó allí largo rato y cuando pudo desprenderse comenzó a caminar hacia la salida anhelando que en la puerta del cementerio una patrulla de la policía la estuviera esperando…
Situada en un oasis, en medio de un vasto desierto, se encontraba una extraña ciudad habitada por unos singulares seres, que no emitían sonido alguno; caminaban con levedad, las cabezas altas, ojos francos, rostros cordiales. Sus casas eran simples, pintadas de blanco, con los techos rojos, todas iguales y relucían por su limpieza; tenían un pequeño jardín adelante y una huerta atrás que servían de sustento a las familias. Cada vivienda era habitada por un hombre, una mujer y entre dos a cuatro niños. Todos tenían asignadas sus tareas de acuerdo al rango y edad y cumplían a rajatabla con sus deberes, sin jamás manifestar el menor sonido. De todos modos, cada quién sabía que hacer, sin que nadie se lo ordenara.
