Legendarium II - Javier Cosnava - E-Book

Legendarium II E-Book

Javier Cosnava

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Beschreibung

Las leyendas más terroríficas de la tradición española actualizadas manteniendo lo más terrorífico y lo más humano de ellas. Casi en cada pueblo del norte de España se pueden oír historias de meigas, anxeliños, trasgos, sorginas, basiliscos, corujas o enamorados que vagan penando sin descanso, así de rica es nuestra tradición. Legendarium II. Brujas, duendes y espíritus atormentados recoge estas historias de lugares como Asturias, Ourense o León donde el componente mágico y mistérico está más arraigado y las presenta de un modo accesible a todo el mundo, en un lenguaje actual pero conservando todo el horror de las mismas. Es una antología que nos permitirá viajar por el norte de España y encontrar los lugares en donde aún habita el misterio. Rubén Serrano y Javier Pellicer recopilan seis relatos terroríficos, escritos por una nómina de autores en los que se mezclan jóvenes promesas con autores ya consagrados del terror nacional. Javier Cosnava, María Delgado, Juan Ángel Juan Ángel Laguna Edroso, Ana Morán, Gervasio López y el propio Rubén Serrano han sabido extraer de los relatos el componente atemporal de los relatos, ese que hace que aún despierten el miedo, para reelaborarlas y que ganen un público nuevo pero manteniendo lo más terrorífico de las mismas y comunicando de un modo claro que estas leyendas, pese a su carácter fantástico, pretenden dar cuenta de algún aspecto de nuestra naturaleza humana. Razones para comprar la obra: - El segundo volumen de esta colección recopila relatos referidos a ninfas, duendes, meigas y amantes de piedra repartidos por la zona norte de España. - Los relatos aúnan a la perfección el terror y la fantasía con el folklore nacional en lugares que pueden ser visitados por cualquier lector. - El estilo de cada relato varía, contribuyendo a que la lectura se acomode al ritmo lector y a los intereses temáticos y estilísticos de cada lector.

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Legendarium II

Cuentos de brujas, duendesy espíritus atormentados

ANTOLOGÍA COMPILADA POR JAVIERPELLICER YRUBÉNSERRANO

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Titulo: Legendarium II

Autores: ©2012 Javier Cosnava, ©2012 María Delgado, ©2012 Juan Ángel Laguna Edroso, ©2012 Ana Morán, ©2012 Gervasio López,©2012 Rubén Serrano

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN Papel: 978-84-9967-391-2

ISBN Digital: 978-84-9967-392-9

Fecha de publicación:Julio 2012

Realización de e-Pub: produccioneditorial.com

Índice

Portada

Portada interior

Créditos

Prólogo

La magia más antigua

La fuente de San Benito

Una noche, en Oroel

El puente del beso

De anxeliños y cruceiros

Los amantes de piedra

Sobre los autores

Fragmento de Legendarium I

Fragmento de Legendarium II

Contraportada

Prólogo

Un legendarium o legendario es un compendio de leyendas, es decir, un repertorio de esas historias fantásticas o imaginadas que se cuentan como si hubieran ocurrido de verdad y que forman parte de la cultura popular. La leyenda es una narración tradicional que incluye elementos ficticios, a menudo sobrenaturales, la cual se transmite de generación en generación, sufriendo con frecuencia en ese proceso supresiones, añadidos y modificaciones, especialmente para adaptarse al espacio y el tiempo al que pertenecen el narrador y su audiencia.

La leyenda suele estar ligada a un elemento preciso, que se integra en el mundo cotidiano o la historia de la comunidad a la que pertenece. A diferencia del cuento, la leyenda sucede habitualmente en un lugar y un tiempo reales, reconocibles por el oyente o lector, aunque eso no quita para que se incluyan elementos fantásticos.

Las leyendas nacen con el hombre primitivo y su necesidad de dar una explicación a los misterios del universo de una forma inteligible para su mentalidad. A tal fin, aparecieron leyendas que eran expresiones de las creencias y sentimientos humanos, y no una mera invención recreativa. Al igual que los mitos, tenían un sentido religioso. No se relataban para entretener ni divertir, sino para transmitir un conocimiento fundamental.

Fruto de la invención de un individuo, las leyendas eran adoptadas posteriormente por otros y ampliadas con nuevos detalles para llenar los huecos. Si se extendían y eran importadas por otros pueblos, se adaptaban a su medio hasta acabar considerándose como propias.

Pero el término legenda no aparecería hasta la Edad Media, y sería para designar las vidas de santos, más o menos fantaseadas, que habían de ser leídas en los círculos monásticos. Y sólo más tarde, con el romanticismo, se identificaría la leyenda y su formación popular con su particular idea de la historia, entendida esta como «manifestación del espíritu de un pueblo que ennoblece su edad heroica».

En la actualidad, la leyenda constituye un género narrativo concreto que actualiza —o inventa— una mentira literaria preexistente.

Las leyendas son testimonio vivo de la historia y del saber popular que integran el acervo folclórico.

Hay temas recurrentes dentro de las leyendas, que se repiten en relatos de diferentes culturas, como es el caso del diablo, tesoros o determinado tipo de personaje, sufriendo algunas variaciones en su contenido.

En el caso concreto de las leyendas en España, estas mezclan tradiciones muy disímiles, de procedencia celta, ibérica, romana, visigoda, judía, árabe... Por ello, se trata de uno de nuestros más importantes bienes culturales, herencia de la memoria de un pueblo multicultural como es el español.

La abundancia y variedad de las leyendas de nuestro país es tal que sería absolutamente imposible recogerlas todas en un único volumen. No obstante, diferentes autores hemos querido hacer nuestro particular homenaje al legendarium español a través de diferentes relatos basados en leyendas tradicionales de nuestra piel de toro.

Así, en el presente trabajo ofrecemos nuestras propias versiones —y visiones— de diversas historias pertenecientes a diferentes regiones de España, recogidas de punta a punta, desde Cataluña hasta Andalucía y desde Galicia hasta Baleares, abocándonos no sólo a las leyendas populares sino también a aquellas narraciones que se escuchan cotidianamente en la ciudad. Y es que también hemos querido tocar alguna que otra leyenda urbana, esas historias que forman parte del folclore contemporáneo y que, a pesar de contener elementos sobrenaturales o inverosímiles (generalmente emparentados con algún tipo de superstición), se presentan como crónica de hechos reales sucedidos en la actualidad.

Con todo ello hemos compilado una antología de relatos que pretende seguir alimentando el imaginario popular con historias fabulosas, cargadas de misterio. Pero, a diferencia de las auténticas leyendas, las nuestras no pretenden explicar nada ni están al servicio de las creencias de la sociedad. Sólo buscan proporcionar una nueva vuelta de tuerca a algún tema ya existente, trastocando deliberadamente la historia original en la que se asienta para dar paso a una nueva versión. Y todo ello con un fin meramente recreativo, para entretener y divertir al lector con nuevas mentiras literarias que, sin embargo, recobran el verdadero origen etimológico de la palabra leyenda: obras para ser leídas.

En este pequeño muestrario hay historias de fantasmas y espíritus atormentados, de brujas y vampiros, de seres malvados, de lugares encantados y sucesos sobrenaturales, de misterio y horror, de amores imposibles… Son relatos fantasiosos cargados de elementos imaginativos, cubiertos de matices y siempre adornados con el fino velo de la fantasía, en los que cada autor, abriendo la puerta a la inventiva, ha sabido dotar a su texto de su propia impronta personal. Esa es la magia de la literatura.

Ojalá que estas narraciones sobrevivan igualmente al paso del tiempo y, algún día, sean también leyenda.

Hasta entonces, sólo esperamos que las disfrutéis.

Javier Pellicer y Rubén Serrano

La magia más antigua

Javier Cosnava

Me ha invadido la enfermedad,

me pesan todos los miembros,

me ha abandonado hasta mi cuerpo.

Si los médicos acuden a mí,

mi corazón rechaza sus remedios.

Los magos se ven impotentes

ante una enfermedad que desconocen.

Pap. Chester Beatty

En una ocasión, Ka me había dicho: «El país de los astures es el más sabio y floreciente de todos; en él no hay norma, ni ley, ni principio consuetudinario que no haya parido el raciocinio entre semejantes. Todo allí resulta apolíneo y perfecto, equilibrado y cabal, acaso en oposición a esa cuna de analfabetos, ese burdel dionisíaco del que procedes, y que los astures han de soportar por molesto vecino y corruptor. Mas no creas que los individuos son mejores que en parte alguna, pues la mente humana está horadada por mil gusanos y podrás ver al trasluz doquiera que vayas, concluye tan sólo que la cultura y el estudio se han instalado en sus dominios, y su conocimiento se divulga y extiende como el hedor a excremento en los otros reinos, por lo que siempre habrá de ser más placentero deambular por estas tierras, conversando con asnos cultivados, que no con haraganes que se pavonean de su condición de ignorantes sumidos en el ridículo y el bochorno. No te quepa duda, el país de los astures es el Elíseo del que nos hablan los antiguos, la Edad de Oro te parecerá allí no tan remota como suponías, y cuando hayas hollado su superficie y trates a sus gentes y te acostumbres a ellas, pues a veces pueden resultar engreídas hasta el agotamiento, tus ojos se llenarán pronto de lágrimas el día de nuestra partida».

No di mucho crédito a sus palabras. Moon-ka, tan pausado y comedido en otras cuestiones, perdía fácilmente la compostura y la ecuanimidad cuando se trataba del país de los astures, en elque había pasado parte principal de su infancia y aún sospecho queera natural, y del que guardaba gratos recuerdos, acaso magnificados por no haber tenido ocasión de regresar a sus confines hasta aquel día. De todas formas, tan pronto pasamos la frontera, una pestilencia ocre y acerba salió a nuestro encuentro,vestigio de campos incendiados y de carne podrida; la pobreza en su máxima gradación, la desesperación y la carroña, nos dieron la bienvenida y nos acogieron entre lamentos entrecortados, efímeras exclamaciones de alegría (agudas muestras de histeria y de locura) y llantos de infantes de abotargadas facciones aferrados a los cadáveres de sus mayores, cobijo de putrefacción y de insectos. Eso es lo que vi, y las palabras de mi maestro se perdieron como el polvo ante el abrasador viento del páramo, y pienso que el propio taumaturgo comprendió que no puede confiarse ni en la memoria, quizás la última lección que le quedaba por aprender.

—¡Dios!

Un espectáculo dantesco vino entonces a aturdirnos y a consternar nuevamente nuestra mirada. A la vuelta de un recodo, el camino se separó en tres bifurcaciones; cada una se retorcía de norte a sur para terminar en la misma localidad, una rara costumbre que es muy propia de los astures, pero esto no es en modo alguno terrible ni puede causar pavor. Mas sí y por el contrario la forma en que se señalaba cada vía, con un enorme poste en su inicio y cada pocos metros, de tal manera que el recorrido podía seguirse en la distancia por medio de ellos; y en el extremo superior de cada uno, un pobre caído en desgracia, este despedazado, este destripado, con las tripas salpicando en derredor, aquel estrangulado con su propia lengua, aquel suspendido por los pies o por las manos o por el cuello o por el miembro viril hasta la muerte, y cada fila continuaba hasta perderse de vista. Nunca en mi vida me había sentido tan asqueado de ser un hombre, y tampoco después sentí algo semejante, pues aunque llegué a presenciar brutalidades mayores y más sanguinarias, jamás otro acto tan cruel y premeditado, homicida y laborioso, vino a perturbar la paz de mi espíritu.

—¡Dios mío! —repetí.

Estando todavía abstraídos en la contemplación de aquella carnicería, vimos aparecer a un grupo de caballeros. Eran cuatro, sucia e incompleta la armadura; llevaban montando muchas horas y sus cabalgaduras tenían tan mal aspecto como los jinetes, o aún peor. Uno de ellos se apeó junto a nosotros, se liberó de su yelmo y lo arrojó al suelo con ostensibles señales de alivio. No era más que un muchacho, de dieciséis o diecisiete años, que nos habló sin preámbulos, apresuradamente:

—¿Sabéis de médico o de sanador, de brujo o de mago, que se halle o se sepa que pueda hallarse en los contornos?

Movido por un estúpido orgullo o acaso obnubilado por la visión de aquellos terribles crímenes, me apresuré a contestar.

—Sois un hombre afortunado, pues justamente os encontráis ante el mismísimo Moon-ka, el doble místico de la luna, príncipe de los taumaturgos, sabio entre los sabios; sabed también que los dioses hablan por su boca y que ningún conocimiento en el cielo o en la tierra le es ajeno en su sabiduría —y añadí, altivo—: Yo soy su ayudante.

Ka estiró su mano y me propinó un pescozón en la coronilla. Di un respingo, echándome la mano a la cabeza.

—Maxence, eres tan necio que me entran ganas de llevarte a una feria y exhibirte como a simio amaestrado, vendiendo entradas entre los hortelanos, los nuncios y la gente miserable y de baja extracción. ¡El rey de los imbéciles!, diremos. ¡El príncipede los mendrugos! ¡Ninguna necedad en el cielo o en la tierrale es completamente ajena a su asnería!

Entretanto, el joven soldado ordenó a sus hombres que desmontasen y al último de ellos, al que llamó Doiches, le apresuró para que nos ayudase a subir en las sillas que terminaban de abandonar.

—Regresad como podáis al castillo del rey —le dijo a los otros dos, y luego, volviéndose hacia nosotros—. Vosotros vendréis conmigo. No hay tiempo que perder. Un enfermo os aguarda.

Ka se sentó pesadamente sobre la grupa de uno de los animales y este soltó un bufido, pronto a encabritarse, y de no ser por Doiches, que con fuerza asiera la brida, los huesos del anciano hubieran besado el suelo. Pero este incidente no pareció importunar la verborrea del mismo.

—En adelante —prosiguió—, cuando veas la muerte y ladesolación paseándose a tu alrededor, decenas de hombres empalados como perros, y un hedor de podredumbre en el aire que apenas te deje respirar, procura pasar desapercibido y no abras jamás la boca a menos que yo te lo pida.

Galopamos por verdes campos y empinadas colinas, atravesamos varias cañadas y hasta un río, que nos hundió con el agua hasta las rodillas y puso a prueba nuevamente a nuestras sufridas monturas. Me dolían todos los huesos y me aterrorizaba sólo el pensar lo que debía sentir mi maestro. Anochecía ya cuando dimos con una posada; nada se veía a medio metro de distancia y los caballos estaban a punto de desfallecer. Nos vimos forzados a detenernos. El taumaturgo no había terminado, sin embargo, en todo ese tiempo, con su amarga diatriba:

—Y si alguien te pregunta por un varón de veinte y pocos años, natural del país de los conejos, y de nombre Maxence, le responderás que en verdad te llamas Zoquete, que eres del país de los tontos y que nunca oíste hablar de ningún conejo fuera de los que se cuecen en la olla. El viajero dará por buenas tus explicaciones y nos dejará tranquilos.

Entramos en la fonda con las palabras de Ka reverberando todavía en mis oídos. Había unas pocas mesas, contados inquilinos y sólo un mozo, que cojeaba fuertemente de ambas piernas y limpiaba los tablones a escupitajos. Nos sentamos. Doiches me guiñó un ojo y abrió el diálogo:

—No vale la pena continuar la discusión. Lo hecho, hecho está, y nada podrá cambiarlo. Mañana partiremos con el alba hacia el castillo y no es poco el trecho que nos falta. Sólo eso debe preocuparos. —Miró entonces a su compañero—. Si es que no tenéis, claro está, otros planes.

Aquel sonrió, cansado, y reclinó la espalda en su asiento.

—Los tendría —afirmó— si este buen posadero tuviese yeguas o rocines de cualquier condición, aunque frescos, para venderlos, siquiera a precio de oro, pero hace mucho que debieron comérselos para satisfacer a los comensales o mitigar el propio apetito, por lo que habrá de hacerse lo que dices. —Levantó una mano y demandó un cántaro de vino, que nos trajeron al momento—. Yo soy Mayvaar, oficial primero de la guardia de su majestad el rey del país de los astures. —Y señalando a su compañero—. Ese es Doiches, el bárbaro del norte.

Unos forasteros entraron en la posada y se situaron detrás de nosotros. Distraje mi atención un instante de nuestra charla y reparé en que ellos nos observaban. Aparté los ojos. Levantamos entonces nuestras jarras y brindamos por el incierto porvenir y por un lugar en él para cada uno de nosotros.

—En realidad no soy ningún bárbaro —intervino Doiches—, sino cadete de la guardia del rey. Me llaman así porque provengo del país de la gente del pueblo. Ya sabéis lo que se dice: al surestán los conejos, al norte los bárbaros, el oeste, allende los mares, queda demasiado lejos y en el este nunca ha habido gran cosa digna de mención. Y en el medio, los astures, que tienen la suerte de habitar el centro mismo del universo.

Mayvaar apresó a su subordinado por el cuello y lo hundió, entre risas, en su fornido pecho.

—No hagáis mucho caso a este patán; aunque leal y bienintencionado, es joven y tierno como una damisela y no sabe bien lo que se dice.

En efecto, Doiches difícilmente podía superar tampoco los quince años. Parecía un niño travieso disfrazado de héroe, con su semblante candoroso y el peto sucio de barro. Los forasteros seguían mirándonos.

—Algún día —dijo— seré capitán de la caballería y no habrá quien tenga arrestos para llamarme damisela o bárbaro o ninguna otra cosa que señor. Ya lo veréis.

Apuramos el cántaro mucho antes de lo previsible, y al poco cantábamos canciones de las que gusta la soldadesca: rimas fáciles de muchachas en flor, pajares oscuros y reclutas a la carrera perseguidos por padres ultrajados. Ka, ceñudo de buen comienzo, acabó uniéndose a la algarabía, pero cuando los más jóvenes, bastante borrachos, contemplábamos ya el culo seco del ánfora y nos interrogábamos acerca de la conveniencia de renovar o no su contenido, el anciano nos despejó la cabeza al interesarse por temas más serios.

—¿Qué crimen habían cometido aquellos hombres que vimos empalados en el camino? ¿Enemigos del estado, tal vez? ¿Rivales políticos o militares?

Doiches escupió en el suelo. Mayvaar bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro.

—Médicos, doctores, apotecarios, arúspices, charlatanes... todos fracasaron al intentar sanar a la bella Ayalga o equivocaron sus predicciones de espontánea curación o mejoría. El monarca ve consumirse a su única hija y no parece dispuesto a permitirlo sin más.

Así que aquello era la explicación a tantas prisas y tanto misterio. Mi simpleza nos empujaba ante un reto imprevisto y, tal vez, definitivo. Pensé que Ka iba a volver a ensañarse conmigo, pero calló, con la mente errando en otras reflexiones. Doiches se removía inquieto en su silla y se terminó la última jarra de un trago.

—El rey Abanto es un maldito loco —dijo.

Mayvaar giró la cabeza y fijó su mirada en los forasteros que llevaban observándonos desde hacía rato.

—No parece preocuparte mucho la soga de la que, acaso más pronto de lo que imaginas, te verás colgando.

Doiches respondió con orgullo:

—Yo bailaré con la cuerda en mi garganta, pero el rey no dejará de parecerme un maldito loco.

—¡Cállate! —le reprendió por fin su camarada.

Se había terminado la conversación. Poco después pedimos unas habitaciones y nos preparamos para pasar una corta noche antes de reanudar la marcha. Mayvaar nos salió entonces al paso.

—¿Debo encerraros bajo llave o me daréis palabra de no intentar escapar?

Ka puso una mano sobre su hombro.

—Tenéis mi palabra. Descansad sin temor alguno —y los dos hombres se miraron largamente antes de separarse.

Una vez solos me quedé espiando por el hueco de la cerradura, esperando el momento más adecuado para emprender la huida. Para mi sorpresa, el taumaturgo comenzó a despojarse de sus vestiduras.

—¿Acaso cumpliréis con lo prometido? —exclamé, conturbado.

—Por supuesto —repuso el anciano—; perdido el honor, ¿qué le queda a un hombre?

—La vida —respondí.

Ka comenzó a reír, y su risa me hizo sentir, como tantas veces antes y después, increíblemente estúpido.

—Buena respuesta. Haz lo que debas. Después de todo, es a mi a quien quieren, no a ti.

Mi maestro se echó a dormir. Sentado en la oscuridad, pensé en lo que debía hacer y en lo que quería hacer y, en último término, dónde acababa lo que quería hacer y empezaba lo que podía hacer. Vinieron a despertarnos y yo todavía no había encontrado arreglo a ninguna de estas cuestiones, y casi estaba contento por ello. Al trote, sin dar un respiro a nuestras bestias, acelerados y molidos, no mucho antes de la puesta de sol, arribamos al castillo del rey: la fortaleza de Armagedón. Tres de los cuatro aguerridos corceles que nos permitieron la proeza, murieron reventados poco después.

El salón principal del trono. El rey Abanto nos esperaba reclinado sobre un mullido almohadón, encogido, en posición fetal, bostezando al compás de los flabelos con que los esclavos abanicaban su rostro, pintarrajeado de púrpura como el de una ramera. A su lado hallábase un enano, por llamar de alguna manera a aquel insecto jorobado que contemplaba la escena con distanciamiento, abstraído en sus turbios engaños y manejos. Al poco sabría que aquel engendro, en el que no hubiese reparado más que para apartar la vista, era monsieur Malsín, el primero de los consejeros reales, y que su maldad y ascendente sobre el monarca le hacía el hombre (o el ser) más peligroso de palacio.

Mayvaar dio un paso al frente.

—Os he traído al más grande...

—Habéis tardado mucho —le interrumpió el rey, mostrándonos un jaspeado ventalle, delicada joya de orfebre, que hasta aquel momento había reposado oculto bajo su pecho, y que, en infantil arrebato de furia, lanzó de pronto contra el suelo. Rio de buena gana al verlo hecho añicos y se estiró de la barba con gesto afectado y altanero—. ¿Por qué hicisteis tal cosa?

—Cayó la noche —se excusó el joven oficial— y nos cogió a media jornada de Armagedón, los caballos estaban derrengados y juzgué oportuno descansar unas horas. Imploro vuestra clemencia y misericordia si no obré como debía.

Monsieur Malsín caminó renqueante hasta el monarca y se tomó asiento a sus pies.

—¿Y no es más cierto —objetó el enano— que fuisteis a una fonda a beber y pasar un rato de asueto entre buenos camaradas, y que no sólo os llenasteis la panza de vino, como acostumbráis, sino que se vertieron calumnias hacia mi señor Abanto y epítetos e insultos en tropel, con tal griterío que estas ofensas han alcanzado a mis pobres oídos como un zumbido de tábanos, enojoso y maligno?

Mayvaar miró de reojo a su compañero de armas y bajó la cabeza, sin responder. El rey se incorporó, señalándole, no sé si patético o amenazador, con un tembloroso dedo.

—¿Es eso verdad?

—Así es —intervino arrogante Doiches—. Bebimos a la salud de su Majestad y luego descansamos del viaje. De no haberlo hecho, nuestras cabalgaduras habrían caído rendidas y mayor sería la tardanza. —Miró en derredor, buscando un apoyo que nadie podía darle—. En cuanto a algunas palabras que fueron pronunciadas... no fue otro que yo mismo quien las pronunció, como la babosa real ya os habrá hecho saber. —Señaló a monsieur Malsín y este le respondió con una irónica reverencia—. Por lo que a mi conviene, llegado el caso, castigar solamente.

Mayvaar dio a su vez un paso al frente.

—Si alguien debe ser enmendado, a mí corresponde ese honor. Si alguna afrenta o vocablo malsonante fue pronunciado, sin duda la dije yo o era responsabilidad mía que no se dijese; por lo que a mi conviene, llegado el caso, castigar solamente.

Se hizo el silencio. El rey bostezó con aire de cansancio y chasqueó los dedos. Un grupo de lacayos apareció portando un lujoso baldaquino y un segundo grupo le llevó en volandas hasta el mismo.

—Sabed que vuestro ingrato modo de interpelar a mi persona y a mi consejero, el honorable Malsín, me desagrada sobremanera y que por ello ordeno que a Mayvaar, oficial de la guardia, le sea cortada una falange de la mano izquierda por cada día a partir de hoy, y a Doiches, cadete del mismo cuerpo, le sea rebanada igualmente una falange, mas del pie derecho, y que llegado el día quinto, y uno y otro carezcan de dedos en las antedichas extremidades, sean empalados según la costumbre y depositados al azar en cualquiera de las avenidas que conducen a mi morada.

Y así, sin más, dio por terminado el asunto. Nuestros jóvenes amigos fueron arrastrados a los calabozos y monsieur Malsín se esfumó discretamente. Quedamos a solas con el rey Abanto y con su servidumbre, que lo mantenía suspendido blandamente en un baldaquino acolchado.

—Me han dicho que poseéis el don de sanar a los enfermos —dijo el rey, aunque sin revelar sus fuentes, inexactas, de información.

—Algo así —repuso Ka.

El rey Abanto se incorporó a medias con el rostro enrojecido, amonestándonos con una vara que había sacado de entre las sábanas.

—¿Lo tenéis o no lo tenéis?

—Lo poseo. —Mi maestro consentía, apesadumbrado. El rey aplaudió con grandes aspavientos y se detuvo después, violentamente, susurrando una dirección a sus portadores.

—En cualquier caso, tenéis cuatro días para encontrar cura y tratamiento para mi pequeñina, al término de los cuales o bien seréis grandemente recompensado o bien moriréis de inanición atado a un poste, que luego será coronado con vuestros despojos; y no penséis que en uno u otro caso habré de regatear en el estipendio. —Me miró—. Ese muchacho, al que supongo vuestro hijo y alumno, os hará compañía en ambas suertes. Un hombre no debe afrontar solo el destino. —Mientras hablaba, el baldaquino abandonó la estancia por la entrada principal y se alejó bamboleante camino de las dependencias interiores del castillo.

—¡Seguidme! —ladró entonces Abanto.

La extraña comitiva desfiló ante criados solícitos y avejentados prohombres postrados de hinojos a los pies del tirano. Ka cerraba el desfile, y en su alma se aposentaba un odio gélido y feroz que su raciocinio luchaba por controlar. Por fin nos detuvimos frente a una puerta recamada con ánades de cálidos colores.

—Estas son las habitaciones de la bella Ayalga, mi florecilla; reconocedla presuroso, pues agitado espero que me anunciéis su mal —y dicho esto desapareció corredor abajo.

Entramos. Un cuervo de negra hopalanda y gruesa quijada se materializó tras una columna y nos interrogó acerca de la razón de nuestra presencia en aquel lugar, y luego de saber que éramos médicos, o pretendíamos serlo, nos informó que su señora estaba en los jardines, ofreciéndose servicial para acompañarnos.

—Me llamo Laxana —nos dijo.

No nos pasó desapercibido que aquella hopalanda negra escondía un rostro apedazado por alguna rara enfermedad de la piel que en vano ocultaba bajo la capucha. Yo intuí un tejido escamoso, veteado de lunares violáceos y aparté la mirada.

—Yo soy Moon-ka —respondió mi maestro, sin mudar el gesto, como si tuviese la ocasión de ver deformidades semejantes todos los días. Luego se volvió hacia mí y, señalándome, añadió—: él es Zoquete.

Doblamos el recodo de un largo pasillo.