Ligados. El encuentro - Braian Veltri - E-Book

Ligados. El encuentro E-Book

Braian Veltri

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Beschreibung

Un adolescente despierta en un vehículo desconocido, conducido por un extraño y dirigiéndose a quién sabe dónde. Su intuición le dice que esa persona es quien puede darle las respuestas que necesita y, siendo que esa es su única carta para jugar, no le queda otra que confiar en su instinto. Lo que no se imagina es que su participación tendrá un protagonismo principal en un entramado de sucesos que comenzaron a desencadenarse, y que en cada decisión que tome pondrá muchas cosas en juego. Con el correr de los días, irá calmando su desesperada sensación de incertidumbre para darle lugar al deseo de averiguar su perturbador pasado, su inquietante presente y su escandaloso futuro. En esta intrigante ficción, Braian Veltri nos empuja al límite de nuestras sensaciones, instalándonos la duda de hasta donde podemos ser capaces de llegar para descubrir la verdad.

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Ähnliche


Veltri, Braian

Ligados. El encuentro / Braian Veltri. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-06-7

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

© 2021, Braian Veltri

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

Todos los derechos reservados

© 2021, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello Bärenhaus

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-06-7

1º edición: abril de 2021

1º edición digital: abril de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

SOBRE ESTE LIBRO

Un adolescente despierta en un vehículo desconocido, conducido por un extraño y dirigiéndose a quién sabe dónde. Su intuición le dice que esa persona es quien puede darle las respuestas que necesita y, siendo que esa es su única carta para jugar, no le queda otra que confiar en su instinto. Lo que no se imagina es que su participación tendrá un protagonismo principal en un entramado de sucesos que comenzaron a desencadenarse, y que en cada decisión que tome pondrá muchas cosas en juego.

Con el correr de los días, irá calmando su desesperada sensación de incertidumbre para darle lugar al deseo de averiguar su perturbador pasado, su inquietante presente y su escandaloso futuro.

En esta intrigante ficción, Braian Veltri nos empuja al límite de nuestras sensaciones, instalándonos la duda de hasta donde podemos ser capaces de llegar para descubrir la verdad.

SOBRE BRAIAN VELTRI

Braian Veltri nació en Buenos Aires, el 8 de Julio de 1997. En la mitad de su etapa adolescente descubrió el atrayente mundo de los libros, más precisamente de la literatura juvenil, y con el correr del tiempo se encontró frente a frente con la chispa de la escritura. Una chispa que encendió la idea de Ligados. El encuentro, el cual terminó convirtiéndose en el primer libro de la trilogía “Ligados”.

Actualmente, se encuentra cursando sus estudios en la carrera de Contador público.

ÍNDICE

CubiertaPortadaCréditosSobre este libroSobre Braian VeltriEpígrafeCapítulo 1Capítulo 2Capítulo 3Capítulo 4Capítulo 5Capítulo 6Capítulo 7Capítulo 8Capítulo 9Capítulo 10Capítulo 11Capítulo 12Capítulo 13Capítulo 14Capítulo 15Capítulo 16Capítulo 17Capítulo 18Capítulo 19Capítulo 20Capítulo 21Capítulo 22Capítulo 23Capítulo 24Capítulo 25Capítulo 26Capítulo 27Capítulo 28Capítulo 29Capítulo 30Capítulo 31Capítulo 32Capítulo 33Capítulo 34Capítulo 35Capítulo 36Capítulo 37Agradecimientos

Los dos días más importantes de tu

vida son el día en que naciste y el

día en el que encontraste el por qué.

 

Mark Twain

CAPÍTULO 1

—¡Ay!

Es lo último que recuerdo, mientras despierto en el asiento trasero de la camioneta de papá. Abro apenas los ojos y lo único que veo son las gotas que corren por el parabrisas, y la ventana derecha en donde mi cabeza reposa. Un fuerte dolor en la nuca me invade, y me masajeo con la esperanza de que desaparezca.

El vapor de mi respiración se esfuma en cámara lenta, y el frío me entumece. Intento moverme, pero el cinturón de seguridad me aprisiona. Una pequeña brisa reconfortante se hace presente: papá debió de haber encendido la calefacción. Empiezo a sentir los brazos, el calor inunda mis venas hasta que percibo la punta de los dedos.

Miro atrás, y no veo mucho: tan sólo un vidrio mojado, y a lo lejos, unos puntos negros que parecen ser árboles. Me doy vuelta muy despacio, y lo único que distingo a través de la lunera es la ruta que termina en el horizonte, y más lluvia.

—Papá —titubeo.

No reacciona. Y noto por qué: lleva puestos unos auriculares, y tararea una melodía.

Me froto las manos, y me desabrocho el cinturón de seguridad. Busco el conducto de la calefacción y respiro profundo: mis pulmones se relajan y empiezo a sentir el pecho; tras unos instantes, las piernas; y por último, los pies. Me quito la chaqueta y me deslizo al centro de la butaca.

Al tocar su hombro no obtengo respuesta, ni siquiera un sobresalto por el simple estímulo.

—¡Papá! —grito, pero él sigue sin responder.

Le arranco los auriculares.

—¡Niño! ¿Qué haces despierto? No deberías despertar hasta llegar a…

¿Niño?

—Ponte el cinturón y vuélvete a dormir.

—Y si no quiero, ¿qué? —desafío.

—Podrías morir en un accidente, y yo sufriría las consecuencias —responde, quitando la vista del retrovisor y fijándola en el camino.

Su cara tiene forma de rombo, y los ojos azules se diferencian de los míos, que son verdes. Mejillas pronunciadas y boca pequeña. No nos parecemos en nada.

Este no es papá.

CAPÍTULO 2

Pero si no es papá, ¿quién es?

Intento hacer memoria, y nada: ni lo que pasó ayer ni esta mañana. Las manos me sudan, y un hormigueo me recorre el cuerpo.

¿Y si es un secuestrador? Todo tendría sentido: me golpeó en la cabeza dejándome inconsciente, y eso explicaría la amnesia. Y lo último que recuerdo: el grito. Mi grito.

Los temblores son inevitables, pero me sobrepongo. No quiero parecer débil. Aunque la apariencia de valiente no va a servir de mucho.

—Si lo que quieres es dinero, mi papá te lo va a dar. Te lo prometo.

—Ya veremos —responde burlón.

Bien podría golpearlo en la cabeza, pero la camioneta perdería el control y no sé si yo saldría con vida. También podría abrir la puerta y saltar, aunque el impacto a tanta velocidad me mataría en el acto. Así que opto por lo seguro: dormir y rogar despertar en un lugar mejor.

 

Abro los ojos: delante de mí, un televisor de plasma apagado. Me levanto de la cama con cuidado de no hacer ruido, pero al primer paso unas luces me enceguecen. Quedo inmóvil, y las luces se apagan. Otro paso, y vuelven a encenderse. Por ahora no hay de qué preocuparse.

Inspecciono la habitación: el gris cubre hasta el último recoveco. En una de las paredes, un vidrio opaco me refleja de pies a cabeza. Al voltearme, veo una puerta de metal con remaches del tamaño de mis puños. ¿Dónde rayos estoy?

Mi corazón se acelera, me preparo para huir. ¿Pero huir a dónde? Me siento en el borde de la cama. Las piernas tambaleando, y el aire cada vez más escaso. Me recuesto, aunque no sirve de nada. Quiero recordar, recordar cualquier cosa. Algo. Algo que me diga que no me volví loco. Pero con cada intento mi cerebro, exhausto, dice basta.

Un sonido eléctrico me sobresalta: la puerta se abre de par en par. Un pasillo oscuro se extiende hasta quién sabe dónde, hasta quién sabe qué. Aunque eso no es lo extraño. Lo extraño es la persona sobre el umbral, camuflada de la cintura para arriba en la oscuridad, alcanzo a ver que está vestida de negro y lleva zapatos bien lustrados.

Al entrar en la habitación, la luz le sube lentamente. Pero justo antes de poder verle la cara, la oscuridad nos envuelve.

Progresivamente todo vuelve a tomar forma. No puedo mantener el equilibrio, y caigo sobre mis rodillas. Delante de mí, veo la tierra temblar.

 

—¡¿Qué demonios está pasando?! —exclamo entre el bamboleo.

—Pido disculpas —dice neutral—. Descansaba un poco los ojos y me salí del camino. No fue nada.

Si no fuera porque dijo que tenía sueño pensaría que no es humano: pareciera no inmutarlo la posibilidad de un accidente. Quizás esté actuando con frivolidad, para así demostrar quién manda.

Respiro profundo varias veces, no quiero enloquecer. Pero cada segundo que pasa es eterno. Por suerte ya está amaneciendo, y puedo distraerme viendo cómo esa estela anaranjada se va adueñando del cielo, tomando sin dudar lo que es suyo.

—¿Por qué me secuestraste? —Le doy un golpe al asiento—. ¿Dónde está mi familia?

—Silencio.

—Mira, no me importa si eres normal o no —digo, soberbio—. Pero la gente común no suele estar horas y horas sin decir nada.

—Cállate he dicho. Y siéntate.

—Dime ya mismo quién diablos eres.

—Lo sabrás a su debido tiempo. Ahora más te vale guardar silencio. No me obligues a encintarte la boca, nos demoraríamos más —dice cambiando el tono de voz.

—No recuerdo nada, absolutamente nada de lo que pasó antes de despertar aquí. Tengo millones de dudas sobre mí y mi familia. Ni siquiera sé cómo me llamo. —Voy a tratar de apelar un poco a su lado sentimental, si es que lo tiene—. ¿Te podrías poner un poco en mi lugar?

—No, lo siento. No puedo decirte nada. Todo lo que te cuente podría afectar tus recuerdos. Y ya estoy diciendo mucho. Te voy a pedir por última vez que guardes silencio.

Si es un secuestrador, no es uno muy bueno. ¿Y qué es eso de que no puede decirme nada porque dañaría mi memoria? Aunque no logro entender nada, presiento que las respuestas se acercan.

CAPÍTULO 3

Me quedo observando el techo de la camioneta, esperanzado con que me surja algún recuerdo. Supongo que papá me habrá llevado de viaje en ella. Quizá habremos ido de pesca un fin de semana, o de picnic toda la familia.

La falta de recuerdos me deprime.

Yo estoy aquí, de eso estoy seguro, pero de ellos no sé nada. Si están vivos o muertos, si saben de mi paradero, de mi ausencia. ¿Pero qué caso tiene? Es mejor preocuparse por averiguar hacia dónde estoy yendo que perder tiempo en cosas que ni sé si son reales.

Observo las butacas, el tablero de velocidad, el torpedo lleno de envolturas de caramelos y comida chatarra. Mi estómago resuena: quién sabe cuánto hace que no como.

El Sol se oculta y desprende los últimos rayos que marcan el fin de otra jornada. Y ya van dos días de viaje. Estiro el cuello y veo el reloj digital del tablero: siete y media.

—Oye, señor misterioso. ¿Sería mucho pedir algo de comer? Veo que tú sí has estado comiendo. Como anfitrión de este fabuloso y divertido viaje es tu responsabilidad alimentarme —digo—. No sé si me explico: vendrías a ser la azafata que tiene que atenderme. Así que comienza ya, o te despido.

—No te das cuenta en qué posición estás. ¿Verdad?

—Mira, ni siquiera intentes intimidarme. Sé que debes mantenerme a salvo. Aún no averiguo por qué, o de qué. Pero ya me voy a enterar. Siempre y cuando siga con vida, claro, y no muera por inanición.

—De acuerdo —dice, mostrándose harto de mi insistencia—. La próxima estación de servicio está a no más de treinta kilómetros. ¿Podrás esperar veinticinco minutos más o seguirás haciendo escándalo?

—Tienes veinticuatro minutos. Más vale que te apures.

—¿Siempre eres así con la gente?

—¿Si te refieres a si soy así con la gente que me sube a una camioneta, me borra la memoria y encima no me da de comer? La respuesta es sí. Y podrías encender la radio, ¿no? Esto ya parece un velorio.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Que te calles hasta llegar a la estación de servicio. ¿Aceptas?

—¿Tengo otra opción?

—Podrías tirarte por la puerta si quieres. —Su comentario me da un poco de risa, pero me detengo. No quiero sonar amigable. Ni caerle bien. No es mi amigo, pero… ¿será mi enemigo?

Descanso la cabeza contra la ventana y veo siluetas de pinos, delatados por su forma cónica, varios arbustos rodeando sus troncos y una gran cantidad de pastos largos. Un cartel verde de letras blancas se aproxima:

 

A DOS KILÓMETROS ESTACIÓN DE SERVICIO

 

Me despabilo restregándome los ojos, y me saco el cinturón. Bostezo, me estiro, la boca me saliva. Ya quiero bajarme y estirar las piernas. A lo lejos un cartel con luces dice: recargue aquí y dele vida a su auto. La estación está a menos de cien metros. Setenta. Sesenta y nueve. Sesenta y ocho. Mi mano lista para abrir la puerta y salir corriendo. Veintinueve.

Y llegamos.

Abro bruscamente la puerta y me bajo: me tiemblan las piernas, pero no me caigo. Trastabillo con una piedra, y con los brazos evito golpearme la cara contra el suelo. Me es imposible levantarme. El sujeto se acerca y me ayuda a poner de pie. Su billetera cae del bolsillo de la camisa, y yo la guardo en mi pantalón sin que se percate.

—¿A dónde quieres ir con tanta prisa? No pretendas correr: no usas las piernas desde hace un buen rato.

No contesto. Quiero que me deje solo.

Ante a mi silencio, él va a cargar combustible. Cuando ya no me está mirando, giro y veo un cartel que indica dónde están los baños. En el camino veo de reojo a un viejo sentado en un banquito. Cuando apoyo una mano sobre la puerta, una voz agria dice: bienvenido a Texas. Me freno en seco. Texas. Así que estamos en Texas, ahora nada más queda saber de dónde venimos. Pero mejor de a un paso a la vez.

Entro al baño: en el techo hay telas de araña y manchas de humedad. El único espejo es un pedazo de vidrio roto manchado de tierra. Los inodoros… bueno, no hace falta que diga de qué están cubiertos. Un olor putrefacto inunda el ambiente. Me apresuro, y al salir vuelvo a ver al viejo que se queda mirándome. Acelero el paso, y al doblar en la esquina me choco con el conductor misterioso.

—Perdona —dice—, estoy buscando los baños. ¿Sabes dónde están?

—Por allá —contesto cortante—. Si quieres seguir vivo, no te tardes mucho.

—¿Por qué? ¿Hay algún francotirador esperándome?

—Nunca se sabe. Pero me refería a otra cosa: si te gusta tener olfato, vas a salir de ahí cuanto antes.

Lo dejo solo y me voy a la tienda. No hago ni diez pasos que un pequeño perro blanco se me tira a los pies moviendo la cola. Intento ignorarlo, pero está tan descuidado que no puedo tan solo dejarlo tirado. Me agacho y lo tomo en mis brazos.

—¿Tienes hambre, amiguito? —digo mirándolo, y ladra.

Dentro de la tienda, un cartel con el nombre de “Texas” en el medio y más abajo en letras luminosas: “Estados Unidos de Norteamérica”.

Dejo al perro en el suelo. Agarro tres sándwiches y dos botellas de agua. Luego tomo un par de golosinas para el viaje, y otras cosas al azar. Me siento en la mesa más cercana, y el perro pega un salto al asiento junto a mí. Saco la billetera y me quedo viéndola, sabiendo que ahí está una de las respuestas que necesito. Saco tiques, y otros papeles sin relevancia. Hasta que veo su identificación.

—¿Comiste bien? —escucho, y me apresuro a guardar todo—. Mira que no quiero llevar un cadáver como pasajero.

Ni siquiera le sonrío.

—Compré algunas cosas para ti también, y para… —Me detengo. Miro debajo de la mesa.

—¿Quién es él?

—Mi nuevo perro.

—¿Mi nuevo perro qué…?

—Perro dije, pero quizás no entiendas, te lo diré más lento —digo—. Mi-nue-vo-pe-rr…

—Ya entendí —dice cortante, cruzándose de brazos—. Pero no lo llevarás.

—Mira, Michael. La camioneta es de mi papá y tú no puedes…

—¿Cómo sabes mi nombre? —Levanta las cejas, sus ojos sobre mí.

—Ya lo sabrás a su debido tiempo —digo sonando como él.

CAPÍTULO 4

Cuando Michael se va, desenvuelvo uno de los sándwiches y se lo ofrezco al perro.

—Anda, es todo tuyo. Disfrútalo, amigo.

El cachorro duda, y me mira extrañado, dudoso de si confiar o no. Lo olfatea, y luego lo toma cuidadoso con los dientes y se baja del asiento para comer.

Mientras me limpio las manos con una servilleta, observo a Michael a lo lejos: abre las puertas de la camioneta, busca en la guantera y en el torpedo. Cierra las puertas de a portazos y se agarra la cabeza.

Al salir, el cachorro me pasa por entre las piernas y se detiene más adelante. Cuando me acerco, escucho partes de la conversación con el empleado.

—…pero si me das unos minutos te pagaré, no encuentro el dinero. ¿Qué es lo tan difícil de entender?

—Señor, ya lo esperé demasiado. Llamaré a la policía.

Escuchar fuera de contexto no es lo más recomendable, pero mencionó a la policía, y eso en cualquier contexto significa problemas. Después de todo, terminaría perjudicado yo también: si a Michael lo arrestan, nunca sabré los secretos de mi pasado.

Apresuro el paso, y me meto la mano en el bolsillo del pantalón.

—Hey, Michael, ¿todo este lío es por esto? —digo, extendiéndole la mano con lo que tanto buscaba—. La encontré en el baño, creo que se te cayó ahí.

—Gracias —dice—. Ves, te dije que te pagaría en un minuto.

Nos subimos a la camioneta. Esta vez me siento adelante, y dejo al perro en el asiento de atrás.

Michael se da vuelta, y luego mirándome dice:

—¿Qué nombre le has puesto?

—Todavía ninguno.

—¿Qué clase de dueño eres? —Pone la camioneta en movimiento, y volvemos a la ruta—. Cualquier ser humano lo primero que hace es ponerle nombre a su mascota.

—A mí no me importa el resto, yo soy yo. Siempre soy la excepción a la regla. —Me obligo a bromear: quizá sea bueno acercarme a él.

—En eso tienes razón, no eres común. No eres como el resto.

—¿Qué quieres decir?

Pasamos frente a un enorme cartel:

 

A QUINIENTOS METROS MOTEL

ABIERTO LAS VEINTICUATRO HORAS

 

—¿Quieres parar a descansar?

—No me cambies el tema. ¿A qué te refieres con que no soy igual al resto?

—Mira Co… —Se calla, agarrando con más fuerza el volante.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—Pero estabas por decir algo. —Giro hacia él—. Era mi nombre, ¿no?

—Te dije que no he dicho nada. Ahora, ¿quieres o no descansar en ese motel? Te quedan pocos metros para decidirte.

—Está bien —digo, frustrado, y cruzo los brazos—. Paremos ahí.

Michael comienza a bajar la velocidad tan abruptamente que la sangre me golpea el pecho. Dobla encarando la entrada del motel. Un sendero cubierto de piedras nos da la bienvenida. El estilo es interesante: un camino iluminado por una sucesión de luces ubicadas en ambos bordes, y palmeras rodeadas por luces de colores titilantes que invitan a los viajeros a pasar.

Al final del camino, se alza el motel: una construcción de dos pisos en forma de U, con las habitaciones dando hacia una enorme piscina con agua iluminada con luces verdes.

Nos detenemos en el estacionamiento, y Michael apaga la camioneta. Al bajarnos, las luces traseras se encienden por un instante emitiendo un sonido agudo.

—Es sólo la alarma —dice—, no tengas miedo.

—No soy de los que se asustan fácilmente.

—Bueno, chico rudo. Apúrate, estoy algo cansado. No sé si sabes lo que es conducir por dos días seguidos tomando pastillas.

—La verdad que no.

Revolea los ojos, se da media vuelta y comienza a caminar hacia la puerta del motel. Cuando entramos oigo un sonido metálico: un llamador de ángeles colgado en la puerta.

—Bienvenidos al motel Villa Nueva. —Nos recibe detrás de un mostrador una elegante mujer luciendo un vestido azul con bordados, el pelo recogido con unos palitos y una postura de lo más firme—. ¿En qué podría ayudarlos?

—Buenas noches —dice Michael—. Queríamos una habitación por esta noche.

—La habitación 14 está disponible —dice, como quien se aprende de memoria una línea—. Por aquí por favor. Se las mostraré para que vean si es de su agrado.

Pasamos por una puerta marrón con dibujos extravagantes. Caminamos por el pasillo que vi desde el frente hasta detenernos en la puerta con el número 14 grabado en el marco.

La excéntrica señora nos abre. A simple vista es una habitación bastante amplia: baño con jacuzzi repleto de fragancias, dos camas de lo más generosas, mesitas de luz, un velador en forma de girasol que desentona con el lugar, un sillón que se ve muy cómodo.

Luego de enseñarnos las comodidades, la mujer se retira arrastrando su vestido. Antes de atravesar la puerta nos dice con suma gentileza:

—Si desean algo más, pueden llamarme a la recepción con ese teléfono —dice señalando el mueble con el gran espejo frente a las camas.

Ni bien estamos solos, nos apresuramos a asearnos, y nos acostamos.

—Michael —digo—, ¿estás dormido?

—¿Qué quieres?