Lo Que El Jeque Quiere - Anders Alex - E-Book

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Anders Alex

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Beschreibung

“LO QUE EL JEQUE QUIERE” es la última publicación del autor superventas internacional Alex Anders y es para aquellos a quienes les encantan las pequeñas historias de amor en las que vírgenes inocentes son corrompidas por poderosos machos alfa que exigen sumisión y que disfrutan del BDSM.

Descendiente Para el Heredero del Jeque (Serie)
Emma Cole era aventurera para todo excepto para el sexo. Pero cuando llega a Dubai y conoce al atractivo desconocido de cabello ondulado y ojos como el chocolate con leche, su cuerpo acalorado grita desesperadamente por él. Cuando es cautivada por su potente dominación sexual, él exige sumisión completa. Y a miles de kilómetros de casa, Emma debe decidir si rendirse o arriesgarse al castigo del macho alfa cuya voluntad va consumiendo lentamente la suya propia.

Emparejada con el Jeque (Serie)
Carla Westmoreland era la mejor encontrando el alma gemela de otros. Pero cuando recibe la petición para emparejarse con un misterioso jeque, está sorprendida. Deseando saber qué tendría que hacer la acompañante del poderoso príncipe, Carla entra en una aventura sexual de riqueza y lujuria que va más allá de sus sueños más salvajes. La pregunta es, ¿encontrará Carla su propia alma gemela o será consumida por las pasiones del jeque macho alfa?

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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LO QUE EL JEQUE QUIERE

 

Alex Anders

 

RateABull Publishing

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Publicadas por

RateABull Publishing

Derechos de autor © 2020

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Sitio Web Oficial: www.AlexAndersBooks.com

Podcast: www.SoundsEroticPodcast.com

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Tabla de contenidos

 

Descendiente Para el Heredero del Jeque

Livro 1

Livro 2

Livro 3

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Emparejada con el Jeque

Emparejada con el Jeque 2

*****

 

LO QUE EL JEQUE QUIERE

 

*****

 

 

Descendiente Para el Heredero del Jeque

 

Emma se resistía a volverse para mirarlo, aunque no era fácil. Era como si todo su cuerpo estuviera siendo empujado hacia su enigmática presencia y sus ojos se esforzaban por mantenerse alejados de los suyos.

Había pasado una semana desde que había llegado a Dubai en busca de un poco de paz y tranquilidad. Había estado luchando para encontrar tiempo en su agitada vida y esperaba con ganas este tan deseado descanso. El hombre de cabello oscuro, a quien veía allá donde fuera, estaba perturbando su paz mental. Después de una pocas coincidencias parecidas, Emma se preguntó si ella no lo estaría siguiendo inconscientemente.

Emma, intentando sacudirse al seductor hombre de la cabeza, se concentró en el menú. En cuanto comenzó a relajarse, el cabello de la parte de atrás de su cuello se erizó. Incapaz de resistirse, Emma miró alrededor, y encontró al hombre mirándola fijamente. Era la primera vez que sus ojos se encontraban desde la primera vez que lo había visto. Fue en el aeropuerto donde le vio cuando ambos llegaron. A pesar de que ella había sonreído descontroladamente al desconocido de piel dorada, él le había devuelto una mirada de indiferencia. Emma había asumido que no la había encontrado atractiva.

Pero aquí estaban los dos de nuevo, y esta vez su mirada no era indiferente. Era una que decía que la deseaba y que estaba acostumbrado a conseguir lo que quisiese.

Emma continuó mirando al hombre a los ojos, que cautivaban como remolinos de chocolate derretido y brillaban con confianza y fuerza. La mirada de Emma se retiró se sus ojos y examinaron su cara. Su nariz era recta y potente y su mandíbula cuadrada.  A juzgar por su constitución, ella supuso que tendría unos treinta y pocos, pero no podía estar segura. Fuera lo mayor que fuera, era bello como los hombres que se inmortalizaban en mármol. Y mientras le miraba fijamente su corazón latía hasta quitarle el aliento.

Sin poder apenas respirar, Emma se levantó y se alejó de él hacia el bar de la forma más  natural que pudo. Incluso después de haber entrado por la puerta, seguía sin poder quitarse de la cabeza la imagen del hombre. Era alto con hombros anchos y la impecable camisa blanca que llevaba contrastaba maravillosamente con su piel dorada y sus vaqueros azules casuales. Cerrando la puerta tras de ella, Emma se dirigió inmediatamente al lavabo.

Mirando fijamente su reflejo en el espejo, examinó la cara de la persona que devolvía la mirada. Casi no podría reconocerse a si misma. Su cara resplandecía y brillaba. Y cuando recordó el sueño que había tenido la noche anterior, las mejillas se le pusieron aún más rojas.

En el sueño, un hombre de pelo oscuro como el desconocido había entrado en su habitación mientras ella dormía desnuda. Fingiendo estar dormida, ella observó cómo el hombre deslizaba su grueso dedo por su cuello hasta su pecho, y más abajo hasta la cúspide de sus muslos. Sintiendo su dedo continuar hasta los suaves rizos de entre sus piernas, ella jadeaba salvajemente en un deseo ardiente.

El sueño había parecido tan real que podía recordar cuánto quemaba el rastro de sus caricias. Y cuando sus dedos se habían deslizado dentro de ella, estaba segura de que en realidad  había cerrado las piernas de golpe. En el éxtasis de la pasión, estaba aterrorizada de que con la examinación él pudiera descubrir que aún era virgen. No quería que pensara que era una niña pequeña. Quería que él le viera como una mujer.

Separando sus piernas con curiosidad, el amante de su sueño deslizó el dedo fuera y volvió a meterlo. Emma gimió sin control hasta abrir finalmente sus ojos para no encontrar a nadie. “¡Eres mía!” había recordado ella escucharle decir mientras jadeaba y el jugo de sus labios se le escurría por la pierna. Incluso cuando se agarró el coño palpitante, lloró por la necesidad de sentir de nuevo su poderoso contacto.

Emma continuó mirando fijamente al espejo cuando se agarró de nuevo el coño de excitación. Apretando los muslos, buscaba la forma de aliviar el dolor de la ingle. Nunca antes alguien le había hecho sentir así. La sensación era insoportable y nunca habría seguido siendo virgen si sus deseos hubieran como esos. En contra de todo pensamiento racional, le necesitaba. Girándose hacia la puerta del baño decidió que haría lo que fuera necesario para tenerle.

 Emma abrió de golpe la puerta del baño. Para su desconcierto, se encuentra frente a un hombre cruzado de brazos. Era él. Había venido buscándola. Ahora confrontada por la realidad de tenerlo frente a ella, el miedo le recorrió como una onda de calor. Emma retrocedió tropezando hacia dentro del baño.

 El hombre de mirada férrea se acercó amenazadoramente como quien acosa una presa. Emma reculó como un conejo asustado. Su corazón latía violentamente y su cuerpo se estremecía de la excitación. Acorralada contra la pared, inclinó la cabeza para mirar la cara del hombre. Sus rodillas temblaban amenazando con ceder, y cuando la enorme mano del hombre envolvió su pequeña cintura, parecía una muñeca de trapo en su intenso abrazo.

El desconocido atrajo el cuerpo de Emma hacia el suyo. Extasiada por su cara, examinó su cuerpo para determinar qué estaba ocurriendo. Presionada contra su estómago, notó lo que tenía que ser su polla endurecida. Al pensarlo, se le entrecortó el aliento y la sangre le subió de pronto a la cara. Se sintió mareada incluso cuando anhelaba explorar más su grandiosidad.

Aturdida, Emma se estiró para alcanzar su boca. Quería que él le consumiera y lo único en lo que podría pensar su mente inocente era en su beso. Todo dentro de ella reclamaba que besara al desconocido, y deslizando su cuerpo junto al de él, cerró sus ojos esperando que él se inclinara hacia ella.

“No,” dijo el hombre en una voz que sonó lejanamente familiar al hombre de su sueño.

Emma abrió los ojos sorprendida por su contestación. Buscando su cara para obtener una respuesta, aspiró bruscamente cuando de repente le levantó la falda y le agarró el coño con su mano libre. Desprevenida, la sensación le atravesó el cuerpo y le explotó en la cabeza. Nunca antes le habían tocado ahí. La sensación era abrumadora.

Emma se quedó helada cuando las chispas de deseo le recorrieron el cuerpo por primera vez. Se estaba volviendo como de goma en sus brazos, y cuando movió dentro de su raja, su cuerpo se movía hacia delante y detrás en sumisión. Prácticamente desconectada de su cuerpo, observó sus gemidos mientras él movía un dedo conocido dentro de ella.

“¿Cómo puedo estar haciendo esto?” se preguntó. “No le conozco. Ni siquiera se cómo se llama.”

“Aaah,” gimió cuando volvió a ser una esclava de sus deseos.

Con su verga cubierta por el vaquero rozando suavemente su estómago, sintió una explosión creándose dentro ella. Rodeándole con sus piernas, gimió más fuerte. Cuando su polla dura palpitó violentamente contra su estómago, un orgasmo explotó dentro de ella.

“Ohhh,” gritó sin importarle que pudiera oírle. “Ahhhh,” grito como nunca lo había hecho antes. “Síiiii,” gimió cuando sus piernas se convirtieron en gelatina y se derrumbó sobre sus brazos.

Manteniéndose pegado a ella sólo durante unos segundos, el hombre retiró el dedo de dentro de sus hinchados pétalos rosas. Frotando su palma contra su carne empapada, quitó la mano y la llevo a la vista. La levantó entre los dos, y el corazón de Emma se tensó cuando le enseñó sus jugos.

Sintiéndose cohibida inmediatamente, se preguntó qué iba a hacer. Su mano contenía es olor puro de su sexo y su cuerpo se tensó cuando se preguntó cómo reaccionaría. Pero cuando él cerró los ojos e inhaló con deleite, ella se relajó y volvió a estar atrapada de nuevo por la fuerza gravitacional de su encanto. No había nada que pudiera hacer para escapar.

“Estás tan apretada, Emma,” susurró lentamente.

“¿Cómo sabe mi nombre?” se preguntó entre pulsos de pánico. “¿Nos hemos encontrado en sueños? ¿Puede mi sueño haber sido real?”

Tanto como Emma necesitaba respuestas, necesitaba que le besara más. Elevándose sobre  los dedos de los pies, volvió a intentarlo de nuevo. De nuevo el se negó, mirándola fijamente a la cara en su lugar con sus labios separados, concentrado.

“Por favor,” suplicó calladamente sin recibir respuesta.

El hombre miraba en silencio los grandes ojos de Emma. Para Emma, parecía que estaba mirando dentro de su alma. Él parecía absorto en sus pensamientos, así que por más que Emma quisiera declararle su inquebrantable devoción, se mantuvo en silencio.

“Llámame amo,” dijo finalmente en un autoritario acento americano.

Emma se desconcertó con su petición. Fue entonces cuando recordó que estaba en tierra extranjera a cientos de miles de kilómetros de la suya. Fue entonces cuando se dio cuenta de que este hombre, tan encantador como era, podría ser cualquiera. Podría estar en peligro y quizás no viera de nuevo a ninguno de sus seres queridos.

Incluso ante el peligro inminente, era incapaz de resistirse. Antes de que pudiera examinarlo y parar, abrió la boca y la respuesta llegó. “Sí, amo,” susurró.

No sabía por qué lo había dicho, pero lo había hecho. Era como si se hubiera entregado a aquello que fuera lo que el destino le había traído. Para Emma, parecía como si ya le perteneciera.

“¿Te llamas Emma, correcto?” preguntó el hombre cómo si aún hubiera dudas con respecto a ello.

Emma aún quería saber cómo él sabía su nombre, pero tenía demasiado miedo para preguntar. “Sí, amo,” ronroneó.

“Te recogeré en tu habitación del hotel mañana a las 8 de la mañana. ¿Lo has entendido?”

“Sí, amo” balbuceó ignorando todas las cosas que en otro momento habrían saltado como banderas rojas.

 “Ahora, mi pequeña virgen, ¿te entregas a mi?”

Ella se quedó en silencio, incapaz de procesar nada más.

“¡Respóndeme!” ladró él devolviéndola a su orden.

“Sí, amo,” dijo finalmente.

Cuando el hombre la soltó y se alejó, una deliciosa combinación de miedo y excitación le recorrió todo el cuerpo. La estancia parecía dar vueltas y ella se sintió como si hubiera entrado en un sueño. “Sí, amo,” se susurró a si misma para saborear las palabras mientras salían en sus labios.

Emma se giró hacia el espejo para ver qué parecía cuando pronunciaba las palabras. “Sí, amo,” repitió observando sus labios a medida que formaban las palabras.

Dejando que sus ojos se perdieran mirando hacia arriba, se quedó paralizada por su imagen. Parecía una ruina. Despertándose de su sueño, se peinó el pelo. Después, examinó su blusa, y se colocó ésta y la falda para que todo pareciera alineado.

Mirando al espejo, se preguntó si estaría esperando por el a las ocho de la mañana del día siguiente. No podía imaginar un disparate mayor, pero aún así, incluso en la sombra de su deseo inexplicable, algo le dijo que lo haría. Había algo en su interior que no quería, pero el deseo que le atravesaba le dijo que debía.

Emma se buscó a si misma de nuevo en la imagen del espejo. No estaba ahí.

 

Emma no estaba segura de cuando se había decidido definitivamente, pero por la mañana ya sabía que iría con él. Se despertó pronto, y sólo tenía una cosa en mente: lucir lo mejor posible para su amo. No sabía a dónde la iba a llevar, pero era temprano así que se pondría algo casual.

Emma se afeitó las piernas de forma rutinaria, mientras navegaba su cuerpo que se contraía esporádicamente de la excitación. Vistiéndose con una vaporosa falda corta azul y una blusa blanca, la anticipación era demasiado para ella. No podía permanecer sentada. Así que, aunque no era lo que él había dicho, decidió bajar a la recepción del hotel y esperarle allí.

Cuando Emma abrió su habitación, gritó de la sorpresa. Allí estaba él vestido con vaqueros desgastados y una camisa blanca. Parecía un modelo de revista.

“Hola Emma,” dijo, pasando sus ojos lentamente desde lo alto de su cabeza hasta sus zapatos de bailarina. “¿Estás preparada?”

“Sí,” dijo ella suavemente antes de agrandar los ojos al recordar.

Sin vacilar, el hombre agarró a Emma y la empujó contra la pared. Sintió su aliento cálido sobre la cara mientras la agarraba, casi jadeando.

“¡Amo!” añadió Emma rápidamente, mientras su cuerpo se llenaba del tipo de temor que hacía que su coño se hinchara.

No tenía ni idea de por qué él tenía ese efecto demencial sobre ella. Simplemente había algo de él que le llamaba y que hacía que quisiera obedecerle. Su presencia le hacía olvidar todo sobre quién era y la convirtió en una persona tímida y desesperada.

“Sólo te lo recordaré una vez. La próxima vez que te olvides, te castigaré.”

“¿Castigarme?” susurró Emma, con las piernas temblando y su sexo entumecido por la excitación. “Cuando se le provoca, es incluso más sexy de lo usual”, pensó.

Su mano recorrió su espalda hasta el cuello y envolvió su nuca firmemente con los dedos. “Sí Emma, castigarte. No me gusta que se me desobedezca. La próxima vez que me desagrades, te castigaré hasta que no te puedas sentar. ¿Lo entiendes?”

“¿Querrá decir fustigarme? ¿O azotarme? ¿Es eso lo que me va a hacer?” se preguntó mientras su piel se calentaba.

“¿Tienes miedo de mi, Emma?” susurró, apretando la mano alrededor de su nuca.

¡Sí! Quiso gritar, pero tenía miedo de dar la respuesta incorrecta y ser castigada. Él le aterrorizaba. Su enorme y dominante cuerpo emanaba masculinidad y quería sentirle cubriendo su cuerpo. “No, amo,” respondió suavemente.

Él sonrió por primera vez, mostrando sus perfectos y blancos dientes. “¡Deberías!” le susurró antes de sus labios abiertos tocaran los suyos.

Emma gimió, agarrando su camisa con las manos en una apuesta desesperada por controlar su salvaje reacción. De repente su cuerpo ardía y sus bragas estaban empapadas. Los labios de él se movieron sobre los suyos, saboreando los contornos y dejando tras de sí su inconfundible aroma. Ella movió los labios contra los suyos y su atrevida reacción pareció divertirle. Él gruñó fuertemente y estrujó las caderas contra las suyas. Su verga endurecida se apretaba contra su estómago y sentía mover sus caderas contra ella en círculos.

Emma gimió cuando introdujo la lengua en su boca. Él exploró su boca y sus lenguas se enredaban de forma salvaje. Súbitamente se retiró y Emma se quejó en un suspiro por la pérdida.

“Ahora no,” dijo cuando vio su expresión suplicante. “Eres tan receptiva, Emma. Sigue así y tendré un regalo para ti; algo que apreciarás durante toda tu vida.”

Emma dejó escapar una sonrisa antes de recordar que aún no sabía nada de él. Las mejillas le quemaban al darse cuenta de que había dejado que le metiera el dedo y besarle sin ni siquiera haberle preguntado su nombre. Ella sabía que nunca había estado tan desesperada por un polvo. Siempre había sido la casta y controlada.

“¿Puedo preguntarle algo, amo?”

Él sonrió. “Sí, puedes.”

“¿Cómo se llama?” añadió tímidamente.

Él sonrió frotándole un nudillo a lo largo de su mandíbula. “Nadim,” contestó con expresión tierna.

“¿No eres americano?” preguntó, incrédula. Hubiera jurado de que era americano debido a su perfecto acento.

“No, Emma. Soy árabe. Dubai es mi hogar.”

“Oh,” dijo en voz baja, y de repente su mente se encontraba en una vorágine. Le había enseñado a no confiar en nadie cuando estuviera viajando.

“¿Eso te da miedo?,” preguntó él, divertido.

Sí que lo hacía, pero estaba demasiado preocupada por el castigo como para admitirlo. “No, amo.”

“Bien,” dijo él examinando su cara buscando la verdad. “Y si eres suficientemente afortunada para conseguir mi regalo, verás por él que no tendrás nada que temer durante el resto de tu vida.”

Su tono era decidido. Parecía decirlo de verdad, pero Emma no estaba segura de que pudiera hacerlo. Y, en lugar de pensarlo, se quedó hipnotizada con la grandiosidad de su rostro. Tenía la mandíbula apretada y parecía invencible. Ella deseó que él le besara de nuevo, pero la sacó de la mano de la habitación y bajaron a la recepción. Un Lamborghini les esperaba frente al hotel y abrió los ojos, alarmada.

Cuando entró al coche, su mente estaba inundada con preguntas, aunque estaba segura de que Nadim no estaría contento con ellas. Alejándose rápido en el maravilloso coche de lujo, miró de reojo al lado para contemplar su perfil. Lucía tan imponente como de costumbre y quiso  acariciarle la mejilla para suavizar su expresión.

El corazón de Emma dio un vuelco cuando tuvo la oportunidad de examinar el cuerpo musculoso de Nadim. La forma en que controlaba el monstruo que rugía bajo ellos hacía que tuviera que tensar sus muslos para lograr aliviarse. Podía sentir cómo de su coño palpitante escurrían jugos. Supo que sus bragas estaban empapadas y rezó para que no arruinaran la piel del asiento.

Emma quiso quitar los ojos de él y en su lugar se concentró en la carretera. Habían estado acelerando a lo largo de la autopista pero ahora habían salido de ella. El bullicio de la ciudad había quedado atrás y se encontraban cerca de una entrada.

Cuando el portón se abrió, apareció una carretera privada. Acelerando, pasaron la carretera de tres carriles; atravesando las curvas, la carretera se volvió recta y sus ojos aterrizaron sobre una mansión gigante en la distancia. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que el estaba planeando estar solos.

Ella no había planeado quedarse a solas con él. No estaba segura de que a solas pudiera ser capaz de resistirse. Los resquicios de su lado racional quisieron pedirle que le llevara a algún lugar público, pero su cuerpo palpitante le obligó a mantener la boca cerrada.

Nadim aparcó justo en frente de la entrada principal y un grupo de personas bien vestidas se apresuraron hacia el coche. Un hombre abrió su puerta mientras otro abría la de Nadim. Una mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo se acercó y le entregó a Emma una copa de un líquido espumoso con color de champán. Emma la tomó y miró a su alrededor.

Escudriñando el terreno, la mente de Emma se encontraba paralizada por el nivel de opulencia. La mansión que había visto desde la distancia era más bien un palacio. Sintiendo su contacto, sus ojos se clavaron en los de Nadim cuando le tomó de la mano y la llevó por las escaleras.

“¿Dónde estamos?” preguntó con la voz temblorosa de inquietud.

Nadim se giró hacia ella mientras se colocaba en el centro de un ejército de hombres uniformados. No dijo ni una palabra.

Emma miró hacia arriba para encontrar dos escaleras curvas que dominaban el espacio.

Él comenzó a llevarla hacia arriba de forma casual por una de ellas. Mientras ascendían, Emma se fijó en el techo abovedado iluminado por la luz de las altas ventanas en el pasillo de la segunda planta. Estaba cautivada por su belleza.

De pie en el rellano del segundo piso, Emma miró alrededor. El resplandor del mármol y el oro era asombroso.

Nadim la llevó hacia una de las inmensas suites y sus guardias se retiraron. Dentro Emma encontró una cama de cuatro pilares que dominaba la espaciosa habitación. El interior en azul marino y dorado daba cuenta de una riqueza que nunca antes hubiera imaginado.

“¿Qué es este lugar?” preguntó finalmente.

“Este es mi hogar, Emma.”

“Usted… ¿usted vive aquí?” preguntó, con los ojos de par en par. “¿Quién es usted?” espetó en alto.

Nadim agachó la cabeza como sumido en sus pensamientos, “Soy el jeque Nadim. Soy el príncipe de la corona.”

Emma se quedó helada con sus palabras, incapaz de recobrar el aliento. “Claro, por supuesto,” pensó mientras todas las piezas se unían en su cabeza. “Por eso es tan intimidante. ¡Es un príncipe!”

Emma no sabía mucho de la realeza saudí pero un príncipe era un príncipe estuviera donde estuviera. Y juzgando por su “hogar”, su nivel de riqueza tenía que ser mayor del que ella pudiera imaginar.

“¿En qué estás pensando, Emma?” preguntó en un tono casi condescendiente.

“¿Por qué yo? ¿Por qué me ha traído aquí?”

Sonrió y se bajó de la silla de respaldo alto en la que se había sentado mientras ella daba vueltas por la habitación. Se acercó a ella y le cogió la cara entre las manos, elevando su cabeza para mirarle a los ojos. “Estás aquí porque eres especial. Yo te elegí. Y ahora todas las presentaciones y charlas están fuera de lugar, llámame amo.”

Emma se quedó sin aliento por su cambio repentino. Sabía que el juego había comenzado de nuevo y la brusquedad le había hecho temblar las rodillas en miedosa anticipación. Sabía que él quería follarla y por mucho que quisiera ser su amante sexualmente experimentada, sabía que no lo era. Era una virgen y estaba aterrorizada con decepcionarlo.

Con el corazón a cien de miedo y deseo, otra parte de ella luchó por reconocimento. La voz de “niña buena” gritaba de agonía porque iba a entregarle su virginidad a un hombre que acababa de conocer. Emma quería ser una buena chica, la que había sido durante tanto tiempo, pero su tacto fuerte y su poderoso encanto ganaron.

“Especial,” pensó. Nunca le había dicho eso. El deseo hervía muy dentro de ella. 

“Quiero complacerle, amo,” dijo ella reverentemente.

Nadim sonrió y atrajo a Emma más cerca. Él la hipnotizaba. Era como si estuviera bajo un hechizada. Ni siquiera se sentía como ella misma. La Emma real no estaría en un palacio con el príncipe de la corona Saudí llamándolo “amo”.

“Voy a saborear cada centímetro de tu cuerpecito virgen y luego te follaré,” susurró como  el tacto de plumas ligeras sobre su cuello. “Te penetraré y te llenaré como un guante. Sentirás cada movimiento de mi polla, y tus carnes temblarán con las mías.”

Perdida en su visión, Emma jadeó, intentando respirar. Infló sus pulmones y se giró ofreciéndole a él su boca. Le giró la cara con la mejilla y le mordisqueó la mandíbula. La sensación húmeda y cálida de sus labios le hizo agarrarle más fuerte, con las rodillas temblando.

Nadim dibujó un sendero húmero hasta su oreja y luego hacia abajo hasta la curva de su cuello. Abrió los labios y recorrió la suave columna de su cuello con sus dientes. En algún lugar de la confusión de sus sentidos, Emma se dio cuenta de que su respiración era furiosa. Su deseo por ella le llenó de orgullo y arqueó la espalda contra su cuerpo, apretando el estómago contra el bulto de excitación.

“Eres mía, Emma,” susurró.

“Sí, amo,” contestó, entrecortada.

“Haré lo que quiera con tu cuerpo. Lo que quiera. ¿Entendido?”

Las lágrimas caían por las mejillas de Emma cuando el placer y la indecisión se fundieron en una, “Sí, amo”.

De repente la empujó, agarró su camisa y se la quitó levantándola por la cabeza. Su carne clara se interrumpía únicamente por un sujetador blanco de encaje. Agarrando su pecho, empujó su cuerpo contra el suyo. “Éstas son mías.”

Emma no tuvo la oportunidad de contestar, porque en un movimiento reflejo, tenía la falda alrededor de los tobillos.

“¡Quítatelos,” ordenó Nadim.

Las piernas le temblaban mientras se quitaba la falda. Se libró de ella y dio unos pasos hacia atrás. Le dolía el corazón de la pérdida de su tacto.

“¡Los zapatos!” ordenó mirándole a los ojos.

Emma se agachó y se quitó sus bailarinas planas plateadas. Levantó los brazos cohibida cuando su ardiente mirada vagó por sus tetas. “¡No te cubras!” dijo severamente, y su voz resonó  a través de la espaciosa habitación.

“Sí, amo,” contestó con una voz que apenas llegaba a ser un susurro.

“Quítate el sujetador,” fue su siguiente orden. Inmediatamente, llevó las manos a la espalda. Desenganchándolo rápidamente, dejó que cayera al suelo.

Liberadas, sus pechos estaban firmes e imponentes. Los picos rosas se endurecieron para formar pequeños puntos. Ella observó cómo inspiraba ante su visión y lo miró cómo bajaba la mano para desabrocharse el cinturón.