Lo que pasa en el lago - Vi Keeland - E-Book

Lo que pasa en el lago E-Book

Vi Keeland

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Beschreibung

No es tan fácil irse cuando lo que se queda atrás… es tu corazón Cuando la vida la golpea con fuerza, Josie decide dejar Nueva York durante un tiempo y refugiarse en Laurel Lake, el encantador pueblo de su padre. Allí espera encontrar paz, pero lo que encuentra es a Fox Cassidy: su hosco y atractivo vecino que gruñe más de lo que habla… y que no parece muy contento con su llegada. Entre miradas intensas, discusiones chispeantes y una atracción que crece día a día, lo que comenzó como una simple escapada se convierte en algo mucho más complicado. Él no es el tipo de hombre del que una chica planea enamorarse. Pero el corazón no siempre obedece a razones…   Una novela adictiva de la autora best seller del New York Times y el USA Today.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Vi Keeland
Lo que pasa en el lago
Traducción de Iris Mogollón

Capítulo 1

Conociendo a Paul Bunyan

Josie

«Mierda».

Aparqué el coche de alquiler, apagué el motor y salí para examinar la parte trasera del Ford Explorer. Fruncí el ceño al ver la pequeña abolladura en el parachoques, aunque al menos me alegré de que aquel agente tan obstinado me hubiera convencido de contratar el seguro adicional. ¿Qué hacía ahí ese poste aleatorio? Suspiré.

«Da igual». Ya me ocuparía de todo mañana. Ya había sido un día bastante largo. Lo que debería haber sido un viaje de once horas desde Nueva York, había durado quince, por culpa de un pinchazo y el tráfico paralizado en varios estados, todo mientras lidiaba con los mensajes y llamadas constantes de mi ex, Noah. Me giré para volver al coche, pero me detuve al ver algo rojo que sobresalía de debajo de la rueda trasera.

¿Eso era… un buzón?

Ostras. Resultaba que, después de todo, no era un poste aleatorio. Miré hacia la casa a la que pertenecía y me planteé no llamar a la puerta hasta mañana. Pero iba a estar aquí un tiempo y no quería empezar con mal pie con el vecino. Así que saqué la caja de metal abollada de debajo del coche, recorrí con ella el camino de entrada y llamé a la puerta principal.

Cuando esta se abrió, olvidé por un momento por qué estaba allí.

«¡Guau!». La palabra «sexy» no le hacía justicia. Tenía unos ojos verdes con motas grises, una mandíbula cuadrada con la cantidad justa de barba y una nariz perfectamente recta. Por no mencionar que era altísimo. ¿Un metro noventa? ¿Un metro noventa y tres? Sus anchos hombros llenaban toda la puerta. Era, sin duda, el hombre más grande con el que me había cruzado. Me pregunté por un momento si podría comprar camisas en una tienda normal. Noah llevaba una extragrande, y este hombre parecía capaz de aplastar a mi ex como si fuera un insecto. Esa idea me hizo sonreír.

Sin embargo, a PaulBunyan* no le hizo ninguna gracia. Cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la vista hacia el buzón abollado que yo tenía en las manos.

—¿Hay algo que quieras contarme? —preguntó, arqueando una ceja.

—Eeeh… —Levanté el buzón. ¿Por qué? Ni puñetera idea. Pero sentía que tenía que hacer algo con los brazos—. Creo que le he dado a tu buzón.

—¿«Crees»?

—No, no… —Asentí con la cabeza—. Está claro que le he dado. Lo que quería decir es que no estaba segura de si era tuyo.

—¿Dónde estaba el buzón cuando lo golpeaste?

Me giré y señalé la zona de césped al final del camino de entrada, el mismo camino que acababa de recorrer para llegar a la puerta. El solitario poste seguía allí.

—Estaba allí.

—¿Y aun así no estás «segura» de a qué casa pertenecía?

—Yo… eh… —Buf. Qué idiota. No hacía falta burlarse. Estas cosas pasan. Como los accidentes de coche. Tampoco era para tanto. Lo repondría—. Sí, he golpeado tu buzón. Lo siento. Ha sido un día largo, no soy precisamente una gran conductora y está oscuro. Estaba intentando dar marcha atrás en mi entrada y, bueno…, conducir hacia atrás no es tan fácil como hacia delante.

El hombre entrecerró los ojos.

—¿«Tu» entrada?

Señalé la casa de la derecha.

—Esa de ahí.

Le echó un vistazo.

—¿Te quedas en esa casucha destartalada?

—¿Destartalada? —Miré hacia la casa de al lado, pero, a diferencia de esta, la luz del porche no estaba encendida, así que no la veía muy bien—. La agente inmobiliaria dijo que necesitaba unos retoques.

Él frunció los labios, con una sonrisilla sarcástica.

—Si tú lo dices…

«Genial. Ahora estoy deseando ver qué aspecto tiene». Sacudí la cabeza.

—En fin, te cambiaré el buzón. ¿Lo compraste por aquí?

Levantó la barbilla.

—En Clifton, el almacén de madera que está calle abajo.

—Iré a por uno nuevo a primera hora. ¿Te importa si me lo quedo hasta entonces? Así me aseguro de comprar el correcto.

PaulBunyan se encogió de hombros.

—Como quieras.

—Bueno, pues… —Levanté una mano y me despedí con torpeza—. Nos vemos mañana, entonces.

Bajé por el camino de entrada, sintiendo su mirada clavada en mí, pero me negué a volver la cabeza. Aunque, al llegar al coche —que todavía tenía que meter marcha atrás en la entrada de al lado—, no me quedó más remedio que mirar de nuevo hacia la casa, así que eché un vistazo rápido hacia la puerta. Y, efectivamente, el gigante gruñón seguía allí de pie, observando. Lo saludé con torpeza por segunda vez, me metí en el coche y dejé el buzón destrozado en el asiento del copiloto.

Volví a echar un vistazo a la casa después de arrancar el motor. «Sí. Sigue mirando».

Genial. Seguro que estaba esperando para divertirse al verme intentar meter el coche marcha atrás en la entrada, ya que le había confesado que no era precisamente la mejor conductora. No necesitaba ese tipo de presión, así que decidí avanzar, dar la vuelta y aparcar de frente. Solo tendría que cargar con las maletas un poco más, pero bueno. Aunque… ahora estaba nerviosa. Entre darle al buzón y que ese tío no dejaba de mirarme, metí, sin querer, la marcha atrás en vez de la primera y, de inmediato, volví a darle al poste del buzón. Esta vez, lo derribé.

Frené de golpe y cerré los ojos. A la mierda mi vida. Esto de seguir mis instintos, algo que había empezado a hacer últimamente, no estaba saliendo justo como esperaba.

Se me hizo un nudo en la garganta y empecé a sentir un hormigueo en las yemas de los dedos, señales inequívocas de que se avecinaba un ataque de ansiedad en toda regla. Era lo último que necesitaba, así que hice lo que mi nuevo terapeuta me había enseñado: cerré los ojos y conté hasta diez mientras me concentraba en mi respiración. No me sentí mejor cuando volví a abrirlos, sobre todo cuando vi que el señor Bunyan seguía allí de pie. Pero sentí que tenía que decir algo. Así que pulsé el botón para bajar la ventanilla del acompañante y le hice un gesto con la mano.

—¡Perdón! ¡También te lo repondré! —dije.

Mi nuevo vecino —nada simpático, por cierto— no abrió la boca. Estaba bastante segura de que no íbamos a ser mejores amigos, así que no tenía sentido intentar arreglar las cosas. Me dispuse a arrancar de nuevo, comprobé dos veces que, efectivamente, había metido la marcha antes de levantar el pie del freno y conseguí dar la vuelta y aparcar en el camino de entrada de al lado sin provocar ninguna otra catástrofe.

Aunque cuando los faros me dejaron ver bien —por primera vez— mi nuevo hogar lejos de casa, me pregunté si no estaba a punto de enfrentarme a otra catástrofe.

«Oh, no».

Dos ventanas estaban tapadas con tablones, la puerta del garaje colgaba torcida y faltaba la mitad de las contraventanas, mientras que la otra mitad apenas se sostenía. Ninguna respiración profunda iba a mejorar aquello. Si el exterior tenía este aspecto, me daba miedo imaginar cómo estaría por dentro. En el porche había una luz rota colgando sobre la puerta principal, de modo que dejé encendidos los faros al bajarme para poder ver.

La cerradura oxidada en la que metí la llave estaba tan deteriorada como el resto de la casa, así que no sé por qué me sorprendió tanto que la llave no girara. Probé a mover el pomo de un lado a otro varias veces. La cerradura parecía querer girar, pero había que convencerla un poco. Así que empujé con más fuerza y… se movió. Vaya si se movió.

¡Crac!

Cerré los ojos. «Por favor, por favor, que no se haya roto».

Pero claro, sí que se había roto.

«Mierda».

«Mierda».

«¡¡¡Menuda mieeeerdaaaa!!!».

¿Y ahora qué demonios iba a hacer?

Miré alrededor de la casa. ¿Quizá las ventanas de la primera planta no estaban cerradas? O tal vez podía arrancar el revestimiento de madera que supuse que estaba roto. Me pasé los siguientes diez minutos recorriendo el perímetro de la propiedad, probando todas las ventanas a las que podía llegar. Ni que decir tiene que la única suerte que estaba teniendo hoy era una suerte de mierda, así que ninguna estaba abierta. Volví al coche y encendí las luces largas para inspeccionar el resto de la casa. La tercera ventana desde la izquierda, en el segundo piso, parecía estar abierta unos centímetros. Me planteé mover el coche al césped para subirme al techo, pero parecía que aun así no podría alcanzarla. ¿Tal vez debería llamar a un cerrajero? Aunque la última vez que lo hice, tardó más de tres horas en llegar, y eso fue en la bulliciosa Nueva York, no en un pueblo pequeño como este. Me moría de sueño.

Eché un vistazo a la casa de PaulBunyan y me mordí el labio. No era precisamente simpático, pero solo necesitaba una escalera. Mi instinto me decía que esa era la solución más sencilla, y como él mismo me había metido en este lío, me parecía justo que también me ayudara a salir. Así que me tragué el poco orgullo que me quedaba, volví a casa del vecino y respiré hondo antes de llamar a la puerta.

El hombre-árbol volvió a abrir y, como era de esperar, no se molestó en saludar.

—¡Hola otra vez! —canturreé, quizá con demasiado entusiasmo—. ¿Te importaría prestarme una escalera?

Frunció el ceño.

—¿Para qué?

Señalé hacia la casa de al lado.

—Parece que me he metido en un pequeño lío. La llave se me ha roto dentro de la cerradura —dije, enseñándole la prueba, partida por la mitad, que colgaba de mi llavero—. ¿Ves? Y solo tengo esta. Ninguna de las ventanas de la primera planta está abierta, pero parece que hay una que sí lo está en la segunda. Si tienes una escalera, te prometo que en cinco minutos te la devuelvo.

El tío se me quedó mirando durante unos diez segundos. Luego pasó a mi lado sin decir una palabra. No tenía ni idea de si eso significaba que debía seguirlo, pero eso hice. Paul tecleó un código en la pared lateral de su garaje, y la puerta empezó a levantarse. Se agachó y entró para coger una escalera.

—¿Delante o detrás? —gruñó.

—Eh… delante.

Se echó la escalera al hombro y cruzó el césped en dirección a mi casa. Yo lo seguí.

—No hace falta que la lleves, puedo hacerlo yo.

El hombre de pocas palabras me miró y siguió caminando.

—Ah… vale, supongo que la vas a llevar tú —murmuré.

Ya frente a la casa, examinó la fachada. Al ver la ventana abierta, apoyó la escalera contra las tejas de madera y empezó a subir.

«Al parecer, también va a hacerlo él por mí…».

Observé desde abajo, en silencio, agradeciendo las vistas de unos vaqueros ceñidos a un trasero espectacular. Tal vez estuviera delirando tras tantas horas de viaje, pero no pude evitar pensar que una moneda rebotaría en esa firmeza… y, de repente, me entraron ganas de comerme un melocotón jugoso y maduro.

Me quité esos pensamientos ridículos de la cabeza justo cuando Paul «el Melocotón» Bunyan abrió la ventana de la segunda planta y se coló dentro. Dos minutos después, abrió la puerta principal.

Solté un suspiro de alivio.

—Muchísimas gracias.

El imponente hombre se cruzó de brazos en la puerta —al parecer, su postura favorita— y me dirigió una mirada altiva.

—¿Y cómo sé que de verdad tienes permiso para quedarte aquí? —preguntó.

—Pues… soy la dueña de la casa, así que…

Entrecerró los ojos.

—¿Cuándo la compraste? No vi ningún cartel de «se vende».

—No la compré. La heredé. Hace quince años. De mi padre, cuando falleció.

—¿Y quién era la anciana que vivía aquí entonces?

—Era una inquilina. Mi madre se la alquiló cuando murió mi padre. Yo solo tenía trece años en aquel momento.

—¿Qué fue de ella?

—¿La señora Wollman? Se mudó a una residencia el mes pasado. Ya no podía vivir sola y hacerse cargo de la casa.

—Ya lo creo… —Miró por encima del hombro—. ¿Cuándo fue la última vez que viste la casa?

—Nunca. Es mi primera vez en Laurel Lake.

Paul volvió a mirar por encima del hombro y luego a mí.

—¿Quién es tu contratista?

Fruncí el ceño.

—¿Contratista? Nadie. Pensaba arreglarla yo misma mientras me quedo aquí.

Frunció ligeramente los labios.

—Esto va a ser interesante.

Le había destrozado el buzón, y él había llevado una escalera y se había colado en mi casa para que yo pudiera entrar, pero no iba a dejar que aquel capullo sexy se riera de mí. Coloqué las manos en las caderas y entrecerré los ojos.

—¿Qué tiene de interesante que haga yo misma las obras de la casa?

Su sonrisa desconcertada se acentuó.

—Necesita algo más que pintura y unos cojines.

Ahora sí que me estaba cabreando.

—Para que lo sepas, soy una manitas. Tengo una ingeniería.

Omití el hecho de que era un título de Ingeniería Farmacéutica.

—Lo que tú digas…

—¿Qué te parece si te doy las gracias por la ayuda de esta noche y me dejas entrar en mi casa?

El imbécil giró el cuerpo para dejarme pasar, aunque en realidad no se apartó del todo del marco de la puerta. Haciendo acopio de toda la seguridad posible, enderecé la espalda, levanté la barbilla y traté de ignorar el cosquilleo que me recorrió el cuerpo al pasar junto a él y entrar en la casa.

PaulBunyan encendió la luz. Yo ya había decidido que, fuera cual fuera el interior de la casa, no pensaba darle a ese hombre el gusto de verme reaccionar. Pero ni toda la determinación del mundo habría podido disimular el impacto que sentí al ver aquel lugar. Solté un grito ahogado.

«Ay».

«Dios».

«Mío».

Parpadeé varias veces, con la esperanza de estar imaginándomelo. ¿Quizá era una pesadilla? Había sido un día largo y estaba cansada, así que tal vez había entrado en la casita mona de interior reluciente y me había echado una siesta… Pero no, no estaba soñando. Había periódicos apilados del suelo al techo en una mitad de la cocina. Y esta no era precisamente pequeña. Las pilas tenían media docena de filas de profundidad, con unos cuatro o cinco metros de largo y más de dos de alto. Estaba tan impactada por aquella inquietante acumulación que tardé un momento en fijarme en la otra mitad de la cocina. Las puertas de los armarios —pintadas de un verde espuma de mar— colgaban de las bisagras. Al salpicadero le faltaban la mitad de los azulejos, y al fregadero, el grifo. Y eso era solo lo que podía ver a simple vista.

Se me quedó la boca abierta. «¿Unos retoques?». Eso fue lo que dijo la agente inmobiliaria. Una puerta en forma de arco conducía al salón. Cometí el error de asomarme, y la casa empezó a dar vueltas. Estaba igual de mal que la cocina, o incluso peor. ¡No había techo ni paredes! ¡Ni un maldito pladur! Solo tablones de madera con cables colgando por todas partes. Y lo peor: también había cosas amontonadas. Al principio pensé que eran más periódicos, pero al acercarme para ver mejor, me di cuenta de que me había equivocado.

—¿Son cintas de vídeo? —pregunté.

Supongo que no esperaba una respuesta. En mi estado de estupor me había olvidado por completo de PaulBunyan, así que di un respingo cuando retumbó su voz.

—Sí.

Una palabra. Una maldita sílaba. Y, aun así, noté la diversión en su voz. Eso fue la gota que colmó el vaso. El día entero llegó a su punto de ebullición. Y la tapa de la olla estaba a punto de saltar por los aires mientras caminaba hacia el imbécil de mi vecino.

Me planté frente a él, cara a cara, y le clavé el dedo índice en el pecho.

—¿Te parece gracioso? ¿Eh? ¿De verdad?

Me cabreó darme cuenta, en pleno arrebato de ira, por lo duro que estaba ese pecho. Aquello parecía una pared de ladrillo.

«Pero no…, nada de eso». Me obligué a ignorarlo y a seguir hablando.

—He conducido quince horas con atasco, con el móvil zumbando como un mosquito pesado en la oreja, se me ha pinchado una rueda, se ha estropeado el aire acondicionado del coche de alquiler, le di a tu estúpido buzón, y luego va y se rompe la llave en la cerradura. He tenido que arrastrarme hasta el vecino borde para pedirle una escalera solo para poder entrar. Y cuando por fin consigo entrar, la casa está hecha un desastre y está claro que aquí ha vivido alguien con un problema serio de acumulación. Y por si todo eso no fuera ya suficiente, como si todo eso no fuera ya un día de mierda lo bastante grande como para hundir a cualquiera, vas tú y encima te lo estás pasando de lujo. Eso ya ha sido demasiado.

Aparté el dedo del pecho de ese tronco humano y lo volví a clavar con cada palabra entrecortada.

—Estoy.

¡Pum!

—Harta.

¡Pum!

—Eres.

¡Pum!

—Un.

¡Pum!

—Capullo.

Al menos había conseguido borrarle la sonrisita de la cara. Aunque no dijo ni una palabra. Se quedó ahí, mirándome fijamente. Y después de un minuto, por fin habló.

—¿Te vas a quedar aquí esta noche?

Abrí los ojos de par en par.

—¡Pues claro que me voy a quedar aquí! —grité como una loca—. ¿Dónde narices quieres que vaya?

Me miró durante unos pocos segundos, se dio la vuelta y se marchó. Pensé que ahí acababa todo, hasta que oí cómo se abría la puerta de un coche. Diez segundos después, PaulBunyan reapareció en la puerta «con mis maletas».

Me quedé tan sin palabras como cuando había entrado en la casa. El hombre dejó las maletas en la cocina y volvió a desaparecer. Un minuto después regresó, esta vez con la cama hinchable que yo había metido en el coche y una caja. Lo dejó todo junto a mis cosas y volvió a salir sin decir nada. Tras un par de viajes más, me miró a los ojos y asintió con la cabeza.

—Que pases una buena noche.

Luego salió y cerró la puerta tras de sí.

Negué con la cabeza mientras echaba un vistazo a la casa. ¿Qué demonios había pasado en los últimos quince minutos?

*PaulBunyan es un leñador gigante del folclore estadounidense, acompañado de su buey azul Babe, símbolo de la expansión hacia el oeste y la industria maderera. Su leyenda ha inspirado libros, películas y tradiciones culturales. Aquí se lo menciona en tono humorístico para destacar el tamaño y la fuerza del personaje masculino. (N. de la T.)

Capítulo 2

El pueblo más amable de Estados Unidos

Josie

—Hola. ¿Hacéis entregas a domicilio?

El hombre de pelo canoso con una placa en la que se leía «Sam» sonrió.

—Por supuesto. ¿Adónde sería?

—A un kilómetro y medio de aquí, en RosewoodLane.

—No hay ningún problema. Puede que consiga hacerte un hueco para esta tarde, si quieres.

—Ay, sería genial. Muchas gracias.

—¿Sabes qué necesitas?

—Tengo una lista, sobre todo de pladur, herramientas y cosas así, pero he pensado en dar una vuelta por si se me hubiera olvidado algo.

Él asintió.

—Tómate tu tiempo. Me llamo Sam. En media hora me toca el descanso, pero antes de irme te buscaré, a ver si podemos dejarlo todo listo.

Esto sí que era la clase de hospitalidad que esperaba al llegar a Laurel Lake, no la bienvenida que me dio el gruñón de la casa de al lado. Al menos no lo había visto en los últimos dos días. Ayer fui a decirle que ya había pedido un buzón nuevo, pero no había nadie. A la luz del día, pude echar un vistazo a su casa. Maceteros con flores, cortinas bonitas, una corona en la puerta principal… Me hizo preguntarme si habría una señora Bunyan. No me lo imaginaba decorando con tanto gusto.

Mientras recorría los pasillos de la tienda de bricolaje, el móvil me vibró en el bolsillo. Lo saqué y me puse tensa, esperando ver de nuevo el nombre de Noah en la pantalla. Para mi grata sorpresa, era Nilda, la mujer que deseaba que fuera mi madre. Mis hombros se relajaron y deslicé el dedo para responder.

—¡Hola, Nilda!

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Y qué tal se vive en el pueblo más amable de Estados Unidos?

—Bueno, de momento está siendo interesante. El lago es precioso, tranquilo, muy sereno. Solo hay casas en mi lado. El otro es terreno estatal protegido, así que cuando sales al jardín parece que estás en plena naturaleza. Solo ves un lago enorme y árboles antiguos y gigantes.

—Suena como el paraíso.

—Lo es. Por fuera, al menos. Por dentro… no tanto. Por lo visto, la casa de mi padre estuvo ocupada por una acumuladora compulsiva, y se está cayendo a pedazos. Ayer me pasé el día llenando un contenedor y aún no he conseguido deshacerme de todos los periódicos y cintas de vídeo.

—Vaya… ¿Estás quedándote en otro sitio?

Probablemente debería haberme buscado otro sitio al ver las condiciones en que estaba la casa, pero no quería preocupar a Nilda.

—Es habitable. Solo necesita un poco más de trabajo del que pensaba.

—Menos mal que mi chica es la más trabajadora que conozco.

Sonreí.

—¿Y tú cómo estás? ¿Has ido ya al médico por ese dolor de espalda?

—Estoy en ello.

—Dijiste lo mismo sobre el dolor del costado hace unos años, y la única vez que fuiste al médico fue cuando te sacaron de casa en camilla porque se te había reventado el apéndice. ¿Tengo que llamar a mi madre para que te regañe?

La ilustre doctora MelaniePreston no se interesaba por muchas cosas, pero le encantaba presionar a la gente para que buscara atención médica adecuada.

Nilda suspiró.

—Pediré cita pronto, lo prometo. Pero hablando de la doctora Preston… ¿Has hablado con tu madre desde que te dieron el alta?

—Me dejó un mensaje de voz, pero todavía no le he devuelto la llamada.

—Seguro que está preocupada.

Resoplé.

—Si le preocupara cómo estoy, podría haber venido a verme.

Nilda no dijo nada. En los veinticinco años que hacía que la conocía, nunca había hablado mal de mi madre, ni siquiera cuando era evidente que se lo merecía. Y no era solo porque mi madre fuera su jefa, que lo era. Dudaba que Nilda hubiese hablado mal de alguien en su vida. Era la persona más amable y generosa del planeta. Le debía mucho.

—Cuéntame cómo es la gente de Laurel Lake —dijo Nilda—. ¿Se merecen el honor de ser el «pueblo más amable de Estados Unidos»?

Se me ocurrió una persona que no encajaba ni de lejos con el título que Laurel Lake llevaba ostentando diecisiete años seguidos. Sin embargo, había pensado demasiado en él en las últimas cuarenta y ocho horas. Ya era hora de olvidarme del señor Gruñón. No iba a dejar que un solo huevo podrido me arruinara el pueblo con el que había soñado toda mi vida.

—La verdad es que aún no he conocido a mucha gente —le dije a Nilda—, pero el señor de la tienda de bricolaje fue muy majo, y la señora de la cafetería me regaló un café ayer cuando le conté que acababa de llegar al pueblo.

Nilda y yo estuvimos hablando durante los quince minutos siguientes, mientras yo deambulaba por las secciones de suministros eléctricos y calefacción, cogiendo artículos que ni se me habían pasado por la cabeza cuando hice la lista de la compra. Al final terminé contándole lo de mi vecino, aunque me había dicho a mí misma que me lo iba a sacar de la cabeza. Antes de colgar, le recordé que pidiera cita con el médico, aunque estaba casi segura de que acabaría teniendo que llamar yo a mi madre para que interviniera en unos días. De hecho, no me sorprendería que Nilda no llamara al médico aposta solo para obligarme a contactar con Melanie. Nunca había entendido por qué le importaba tanto que tuviera relación con mi madre, pero sabía que lo hacía con buena intención. Después de colgar, fui a buscar a Sam.

—Ya podemos programar la entrega —dije, tendiéndole mi lista.

Sam la revisó.

—Nuestros chicos solo pueden hacer la entrega en la entrada de tu casa. A menos que vayas a usar el pladur y la madera de inmediato, quizá te convenga comprar unas cuantas lonas. Dicen que lloverá un poco en los próximos días.

—Ah, gracias por avisar. ¿Puedes añadirlos a mi entrega, por favor?

Sam me guiñó un ojo.

—Hecho. Y voy a asignarte a George como conductor de la entrega. Si necesitas que te ayuden a meter algo, él suele echar una mano. Algunos de los chicos son un poco vagos y se escudan en las normas.

—Gracias.

Cogió un portapapeles y revisó unos documentos.

—Puedo hacer que te lo lleven hoy entre la una y las cuatro. Si por alguna razón no estás en casa, lo dejarán todo apilado en el camino de acceso.

—Vale. Pero seguro que estaré en casa. También me tiene que llegar una cama —dije, negando con la cabeza—. Pensé que podría apañarme con un colchón hinchable, pero al parecer mi espalda se ha dado cuenta de que ya no soy una adolescente.

Sam sonrió.

—Te entiendo perfectamente.

Horas más tarde, estaba con los AirPods puestos viendo un vídeo de YouTube sobre cómo colocar placas de yeso cuando la mesa de la cocina empezó a temblar. Me quité un auricular y miré a mi alrededor, pero no lograba entender qué lo había provocado. Hasta que… pum. Pum. Pum. Di un salto. Madre mía. Tenía que ser el repartidor, pero esos golpes eran un poco agresivos.

Sin embargo, la hostilidad cobró sentido en cuanto abrí la puerta y me encontré con PaulBunyan al otro lado. Tenía los labios apretados en una línea tensa. Decidí contrarrestarlo con un saludo igual de exagerado, pero el mío era alegre.

Sonreí de oreja a oreja, enseñando todos los dientes.

—Hola, vecino. Me alegro de verte.

Gruñó algo que no entendí.

—¿Cómo dices? —Me llevé la mano a la oreja—. No he oído bien ese ladrido.

Frunció el ceño.

—¿Estás esperando un pedido?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque han tirado «tus mierdas» en mi entrada.

—¿Cómo? —Me quedé boquiabierta—. No puede ser.

Rodeé al hombre del tamaño de un roble, que parecía tener la costumbre de plantarse en los umbrales de las puertas, y eché un vistazo a la entrada de su casa. Efectivamente, allí estaba mi pedido. Y el camión no estaba por ninguna parte.

—No sé por qué lo han hecho. Llevo toda la tarde esperando a que llegara eso.

El señor Bunyan levantó un duplicado de la factura.

—Creo que sé por qué.

—¿Cómo dices? —Le quité el papel y miré la dirección—. RosewoodLane, 44. Está bien. Es mi dirección.

—¿Sí?

—Sí.

Entonces levantó la barbilla para señalar detrás de mí hacia el otro lado de la cocina. Me giré, sin tener muy claro qué podía enseñarme en mi propia casa para demostrar que tenía razón. Aunque abrí los ojos de par en par cuando me di cuenta.

«Su buzón abollado».

«Su buzón abollado con el número pintado en un lateral: el cuarenta y cuatro».

Mierda.

—Eh… —Mis hombros se desplomaron—. La he liado.

—¿Tú crees?

—He pasado tantas veces por delante de ese buzón en los últimos dos días que supongo que el número se me quedó grabado inconscientemente —dije, negando con la cabeza—. Me ocuparé de ello.

—¿Cómo?

—No te preocupes. En una hora habrá desaparecido todo, ¿vale?

Su respuesta fue negar con la cabeza. El señor Simpatía se dio la vuelta y empezó a bajar por mi camino de acceso. Pero entonces se me ocurrió algo.

—Eh, ¿Paul?

Él se detuvo, pero no se giró.

—¿Se supone que soy yo?

Cerré los ojos. «Mierda».

—Perdón. Eh… ¿no te llamas así?

—No, no me llamo así.

—¿Cómo te llamas?

—Fox.

—¿Fox? ¿Tu nombre completo es Foxton o Foxwell o algo así?

—Solo Fox.

—Vale, pues «Solo Fox»… ¿Le diste propina al conductor, por casualidad? Porque no fue culpa suya que yo diera la dirección equivocada, y no quiero dejarlo sin nada.

Paul —o más bien, «Solo Fox»— seguía dándome la espalda. Solo entonces se volvió y negó con la cabeza.

—Si los hubiera visto descargando en mi entrada, ¿no crees que les habría dicho que se habían equivocado de casa?

—Ah. —El rostro se me descompuso—. Perdona, no estaba pensando.

—Qué sorpresa… —murmuró.

Abrí los ojos de par en par.

—¡Tampoco hace falta ser tan borde! Fue sin querer.

Fox siguió andando, así que hice lo más maduro que se me ocurrió: le saqué la lengua por la espalda.

—Te he visto —dijo, cuando ya estaba casi de vuelta en su casa.

«¿En serio? ¿Pero qué coño?». ¿Ese idiota tenía ojos en la nuca o qué? Seguro que también eran verde jade y estaban enmarcados por esas pestañas negras y espesas, como las que tenía sobre su ceño fruncido permanente. Aun así, cogí mis zapatillas y me fui hacia la casa de al lado para arrastrar mi pedido hasta donde debía estar.

No me había dado cuenta de todo lo que había encargado hasta que lo tuve delante. Había un montón de trastos apilados sobre un palé de madera enorme.

—Genial —murmuré mientras me agachaba para levantar la primera plancha de pladur. Por desgracia, no solo había calculado mal la cantidad de cosas que había pedido, también había subestimado el peso. Una sola plancha debía de pesar cerca de veinte kilos, por no hablar de que era muchísimo más alta que yo. Mi pobre intento de cargarla fue de risa, así que acabé por cogerla por un extremo y arrastrarla por el césped. Llevaba unos tres metros cuando, de repente, la carga se volvió ligera. El señor Simpatía levantó la plancha por encima de la cabeza y la llevó a la casa de al lado como si pesara dos míseros kilos. Tuve que trotar para seguir el ritmo de sus amplias zancadas.

—Puedo hacerlo —dije.

—¿Dónde lo quieres?

—Eh… supongo que en la entrada. El garaje está lleno de cosas que dejó la inquilina anterior.

—Han dicho que va a llover.

—Tengo una lona.

—Necesitas un palé, o el agua te entrará por debajo.

—Ah. Pues hay uno debajo de todo lo que me han traído.

—¿Y eso en qué me ayuda ahora… exactamente?

«Buena observación». Fruncí el ceño y miré a mi alrededor, como si un palé de madera fuera a aparecer por arte de magia en mi jardín.

—Mi camioneta debería estar abierta —refunfuñó Fox—. El mando para abrir el garaje está en el parasol. Hay unos cuantos palés apoyados en la pared de la izquierda.

—Vale.

Salí corriendo hacia su casa mientras mi encantador vecino aguardaba con la plancha de pladur. Como era de esperar, su garaje estaba impecable, y los palés estaban exactamente donde había dicho. Volví a toda prisa y dejé la madera en medio de la entrada.

Fox colocó la plancha encima y se dirigió de nuevo hacia el montón que seguía en su entrada.

—Al menos déjame ayudarte. —Fui tras él—. Será más fácil si la llevamos entre los dos.

Negó con la cabeza sin mirarme.

—No, no lo será.

Esta vez, cuando se agachó, agarró dos planchas de golpe. Me negaba a dejar que hiciera todo el trabajo, así que levanté la siguiente y empecé a arrastrarla por el césped. Para cuando llegué a mi entrada, Fox ya había hecho dos viajes cargando dos planchas a la vez. El gigante ni siquiera sudó.

Quince minutos después, el gran montón ya estaba reubicado donde correspondía. Fox señaló la casa.

—¿Ya has contratado a un profesional? —preguntó.

—No. Voy a hacerlo yo misma.

—¿Tienes mucha experiencia poniendo pladur?

—No, pero estoy viendo vídeos en YouTube para aprender. No parece tan complicado.

—Claro. YouTube —dijo con una media sonrisa—. Suena a un plan infalible.

Entrecerré los ojos.

—¿Cuál es tu puñetero problema?

—¿Además de encontrarme el buzón reventado y un montón de mierda que no pedí tirada en mi entrada cuando llego para aparcar?

Puse los ojos en blanco.

—¿Siempre eres tan negativo?

—Soy realista, no negativo.

—No me conoces. ¿Y aun así estás tan seguro de que no soy capaz de hacer las reformas yo sola?

—Para poner pladur, primero hay que ser capaz de sostenerlo —dijo.

Entrecerré los ojos.

—Se supone que la gente de este pueblo es amable, ¿sabes?

—Y se supone que los buenos vecinos se ven, no se oyen. No todos conseguimos lo que queremos.

—Ese dicho se refiere a los «niños», no a los vecinos —dije, mientras me limpiaba una gota de sudor de la frente y comprobaba, con fastidio, que en la de Fox no había ni una sola—. ¿Y cómo narices no estás sudando después de cargar con todo eso?

—Hago ejercicio.

Levanté los brazos al aire.

—¿Estás insinuando que yo no?

Fox me recorrió el cuerpo con la mirada antes de clavar sus ojos en los míos.

—No he dicho eso.

La forma en la que reaccionó mi cuerpo me desconcertó.

—Lo que tú digas —resoplé—. Gracias por ayudarme a cargar con todo.

—De nada. —Hizo una pausa—. Otra vez.

Ese «otra vez» arruinó por completo mi intento de intercambio cordial. Estaba claro que este hombre no era capaz de ser amable. Le dediqué una sonrisa obviamente falsa.

—Que tengas un buen día.

Fox se dio la vuelta y se alejó sin decir palabra, algo que parecía ser su marca personal. ¿Quién hace eso? ¿Darse la vuelta sin ni siquiera levantar la barbilla o despedirse? «Alguien que no necesito en mi vida, desde luego».

Miré de reojo a mi vecino, que cruzaba de nuevo su césped con paso airado, y negué con la cabeza. «De verdad que es un imbécil». Posé los ojos en sus vaqueros ajustados. «Pero joder…, un imbécil con un culo de infarto».

Capítulo 3

El señor Cambio

Fox

—Madre mía —murmuré para mis adentros—. ¿Qué demonios está haciendo ahora?

No debería haber mirado a la izquierda al pasar, no debería haberme dejado llevar por la curiosidad. Pero lo hice. Y encima paré la maldita camioneta y miré por la enorme ventana delantera de la casa de mi nueva vecina chiflada. La rubita de armas tomar estaba haciendo equilibrio sobre una silla, que a su vez estaba sobre otra silla, mientras trasteaba con la lámpara de la cocina.

Debería haber sacado el móvil del bolsillo y haber marcado el 911, solo por estar preparado para lo que iba a pasar en, como mucho, cinco segundos.

Se tambaleó al estirarse, y mi corazón hizo lo mismo. Abrí la puerta de la camioneta de golpe, a punto de saltar, meterme en su casa y sacarla de esa trampa inestable. Pero entonces la luz con la que estaba trasteando parpadeó y se encendió, y ella levantó el puño en el aire en señal de victoria. Se bajó, y yo solté una bocanada de aire caliente, volví a cerrar la puerta de un tirón y pisé el acelerador antes de presenciar otra estupidez más.

De camino a la obra, hice mi parada habitual en El Café de Rita. Antes se llamaba simplemente Rita, pero le añadió ese «Café» tan yuppie cuando reformó el local hace unos años. Los yuppies de Airbnb, que venían buscando algo que no existe por culpa del estúpido apodo de «el pueblo más amable de Estados Unidos», estaban encantados de pagar un dólar cincuenta de más por un café sobrevalorado en una cafetería de barrio.

—Buenos días. —Asentí con la cabeza.

—¿Cómo estás, bombón? —dijo Rita—. ¿Lo de siempre?

—Sí.

—Un café solo y una aburrida tostada de pan integral, ¡marchando! —Marcó algo en la caja registradora—. ¿Cuándo voy a convencerte de que pruebes algo distinto? Mis batidos energéticos están buenísimos. Soy como una maga: ni notarías la col rizada en mi batido de pepino y manzana.

—No soy muy amigo de los cambios.

—He oído que tienes nueva vecina. A lo mejor haces una amiga.

Este pueblo debería llamarse «el más cotilla de Estados Unidos», no el más amable. Negué con la cabeza.

—Me interesan tanto las nuevas amigas como tu batido energético. —Alargué la mano—. ¿Puedo desayunar ya?

Rita chasqueó la lengua.

—Tienes suerte de que tu madre sea un encanto y tú tan guapetón, que, si no, no te aguantaba nadie, FoxCassidy.

Asentí con un gesto seco y dejé caer un billete de cinco en el mostrador.

—Que tengas un buen día tú también, Rita.

En la obra, encontré a mi variopinto equipo dentro del remolque con aire acondicionado. Señalé a mi capataz, Porter, que estaba sentado en la esquina del escritorio de mi asistente, y fruncí el ceño.

—¿Por qué estás aquí dentro y no fuera haciendo tu trabajo?

Me dedicó una sonrisa chulesca de esas que le conseguían muchos ligues, pero que a mí no me hacían ni gracia.

—Todavía no son las ocho. Le estaba contando a Opal lo de la futura señora Tobey. Tuve una cita anoche. Estoy enamorado, te lo juro.

Pasé junto a él y me senté en mi escritorio.

—¿Seguimos con las enfermeras?

Porter Tobey llevaba ya tres años trabajando para mí. El primer año le dio por las profesoras de primaria; decía que eran cariñosas y maternales. El segundo se pasó a las azafatas de vuelo, lo cual no era precisamente fácil teniendo en cuenta que nuestro pueblecito estaba a cuarenta y cinco minutos del aeropuerto más cercano. Pero se lo tomó en serio: se pasaba horas en los bares del aeropuerto, con una maleta vacía para parecer un viajero y todo. Le gustaban las azafatas porque no eran cariñosas; decía que le resultaba refrescante lo independientes que eran. Ahora le había dado por las enfermeras. En Laurel Lake había muchas, y me pregunté si el cambio tenía algo que ver con el largo trayecto hasta el aeropuerto y la subida desorbitada de los precios de la gasolina.

—Las enfermeras son tan cariñosas y atentas… —suspiró.

—¿Y qué tal las señoras de la oficina de empleo? ¿También son cariñosas y atentas? Porque ahí es donde vas a pasar el tiempo —señalé la puerta con dos dedos— si no sacas el culo de mi despacho.

Porter se levantó.

—Oye, mi enfermera tiene muchas amigas. A lo mejor puedo pedirle que te presente a alguna y hacemos una cita doble. A lo mejor así se te pasa el mal humor que llevas arrastrando… ya sabes, desde hace tres años.

—¡Fuera!

Porter salió disparado del remolque, dejándome a solas con Opal. Ella negó con la cabeza.

—Deberías ser más amable con ese chaval. Te admira.

—Tiene veintisiete, solo seis años menos que yo. Así que no es un chaval. Y me admira porque le saco casi veinte centímetros.

—Perdió a su padre cuando era muy joven. Eres un modelo para él.

—Entonces lo estoy ayudando a desarrollar una buena ética de trabajo —dije, y señalé la impresora—. Hablando de trabajo, ¿puedes imprimirme las especificaciones del encargo Franklin?

Ella miró su reloj.

—Después de llamar a mi madre. Puede que consigas intimidar a Porter para que empiece antes de su turno, pero a mí no me asustas.

Tuve el placer de escuchar a Opal hablar de los juanetes de su madre durante los siguientes diez minutos. A las ocho en punto colgó, tecleó unas cuantas cosas en el ordenador y la impresora empezó a escupir hojas. Nuestros escritorios estaban separados por, como mucho, tres metros. Opal se acercó con la pila de papeles.

—Buenos días, jefe. Aquí tienes las especificaciones de Franklin.

—Gracias —refunfuñé.

Leí lo que me había dado, pero Opal no se movió.

En lugar de irse, se quedó esperando a que levantara la vista de nuevo. Suspiré y bajé los papeles.

—¿Sí?

Sonrió.

—He oído que tienes nueva vecina. Se llama Josie.

—Dios bendito. ¿Hay alguien que no lo sepa?

—Reuben, el de la gasolinera, dice que es muy guapa.

Pelo rubio, ojos azul claro y una piel que me hacía preguntarme si sería tan suave como parecía. Pero no iba a dar más de qué hablar a los cotillas del pueblo compartiendo mis opiniones. Me encogí de hombros.

—No me fijé.

—Es científica, ¿sabes?

—¿Estás segura de que te refieres a la vecina correcta?

—Vive en casa de la señora Wollman, la acumuladora compulsiva.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo sabes que la señora Wollman era una acumuladora compulsiva?

—Todo el pueblo lo sabía. —Opal me recorrió la cara con los ojos—. Menos tú, por lo visto. En fin, la chica guapa es doctora. No del tipo al que vas cuando te encuentras mal o te rompes un hueso, sino de las que investigan. Tiene un buen trabajo: desarrolla medicamentos nuevos para una farmacéutica.

Bueno, esperaba que se le diera mejor fabricar pastillas que gestionar una obra.

—Bien por ella.

—Y Frannie, la de correos, dice que ha pedido redirigir el correo durante sesenta días, no de forma permanente.

—¿No tiene el Gobierno normas de privacidad que Frannie debería respetar? ¿O también abre las facturas y cartas de la gente para ir contando cotilleos?

—También recibe postales navideñas de Josie; Frannie, no la oficina de correos. Aunque, obviamente, tienen que pasar por ahí para llegarle.

Fruncí el ceño.

—¿Se conocen?

—No. La primera vez que Frannie la vio fue hace unos días, cuando vino a recoger el correo reenviado.

—¿Y aun así recibe postales navideñas suyas?

—No solo de Navidad. También de Pascua y de Acción de Gracias. Se mandan postales por cada fiesta.

—¿Qué me estoy perdiendo? ¿No se conocen y aun así se envían postales?

—Sí.

—¿Y cómo funciona eso?

—Yo tampoco lo entiendo muy bien. Pero Frannie dice que empezaron a mandarse postales hace una década. Por lo visto, de vez en cuando llegan cientos de ellas a la oficina de correos con la misma dirección de remitente. La doctora Josie envía muchas a la gente de Laurel Lake.

Imaginé que a Opal se le escapaba alguna pieza del rompecabezas. La cadena de cotilleos tenía una fuga en algún punto. Me daba igual, tenía cosas que hacer.

—¿A qué hora llega hoy el pedido de azulejos?

Como de costumbre, Opal me ignoró.

—Rachael, la del súper, dice que Josie ha hecho acopio de comida. Por lo visto, no es celíaca y come muchos carbohidratos.

Lancé al aire los papeles que tenía en las manos

—¿En serio? ¿Pero qué coño? ¿Os reunís todos en secreto para comentar lo que pasa en este pueblo? ¿Tenéis una cámara escondida que os avisa cuando llega alguien?

—A diferencia de ti, algunos somos amables y nos gusta saber un poco de la gente nueva que llega.

—Yo diría más bien que os dedicáis a hablar de la vida de los demás porque no tenéis una propia. —Moví los dedos para simular que caminaba—. Ahora, averigua a qué hora llega lo de los azulejos.

Eran casi las siete y media cuando paré de camino a casa para pillar algo de cenar. El mesón Laurel Lake era un restaurante de lujo para los estándares de este pueblo; no ibas allí vestido con vaqueros llenos de polvo y botas de trabajo sucias, como iba yo. Pero preparaban un solomillo de cerdo con pesto envuelto en beicon que solo de pensarlo se me hacía la boca agua, así que una vez a la semana pasaba a por comida para llevar. indentmente llamaba antes para hacer el pedido, pero me había dejado el móvil en la oficina y venía directo de la obra.

—Hola, Syl. ¿Me pones un solomillo con puré de patatas, por favor?

—Marchando, Fox. Hoy andamos un poco liados, pero voy a mirar si alguien más ha pedido el solomillo hace poco y te doy el suyo. Ellos pueden esperar unos minutos más —dijo guiñándome un ojo.

—Gracias. Te lo agradezco.

Sylvia desapareció en la cocina, así que pensé en acercarme al bar y tomarme una cerveza bien fría. No di más de tres pasos cuando crucé la mirada con cierta rubia. Josie conducía de pena y no podía cargar con más de dos kilos, pero joder, era difícil apartar la vista de ella. Frunció el ceño al verme, lo cual me hizo sonreír.

El restaurante estaba a tope, pero en el bar solo estábamos Josie, yo y otras dos personas. Ella tenía un plato de comida delante y una copa que parecía de vino. Me acerqué despacio y pedí una cerveza, intentando no mirarla, pero no duró mucho. Mis ojos se clavaron en la mano con la que sostenía la copa, sobre todo en su dedo anular izquierdo. No llevaba anillo. Ya me había fijado en eso el otro día.

Josie habló sin levantar la vista.

—He oído un rumor de que jugabas en la NHL. ¿Es cierto?

—¿Quién te lo ha contado?

—La señora amable de la oficina de correos.

Ya me lo imaginaba. Así era Frannie. Te hacía hablar contándote cosas, y luego sonsacaba detalles de tu vida sin que te dieras cuenta. Lo había aprendido hacía mucho tiempo.

—La «señora amable» de la oficina de correos es una entrometida que va contando la vida de todo el mundo sin venir a cuento.

—¿Eso significa que no jugabas al hockey?

—Sí que jugué.

Ella me miró y sonrió.

—Lo sé. Te busqué en Google después de que me lo mencionara.

—¿Y por qué me lo has preguntado si ya sabías la respuesta?

Se encogió de hombros.

—¿Eras bueno?

—¿No te lo dijo Google?

—El artículo que leí decía que estuviste en el equipo olímpico.

—¿Conoces a muchos deportistas profesionales mediocres que lleguen al equipo olímpico?

—No conozco a ningún deportista profesional mediocre.

No pude evitar sonreír. Era una listilla. Y guapa. Pero también parecía complicada. Y ese era el combo perfecto que evitaba a toda costa últimamente. Así que le di un trago a la cerveza y me quedé callado.

—¿Vienes a pedir comida o solo a tomarte esa cerveza? —preguntó unos minutos más tarde.

—Voy a recoger comida para llevar.

—Aquí la comida es muy buena.

Asentí.

—Lo mejor que tiene Laurel Lake. Créeme, pido mucha comida para llevar.

—¿No te gusta cocinar?

—Odio limpiar cuando termino de cocinar. Me resulta más fácil pillar algo de camino a casa.

—A mí me encanta cocinar. Me relaja. Pero el horno de mi casa está roto. Estaba lleno de periódicos de hace ocho años, así que tampoco creo que la señora Wollman fuera muy de cocinar. Mañana me traen uno nuevo.

Sylvia entró y me puso la mano en el hombro.

—La comida está lista, Fox.

—Gracias. Ahora voy.

Me habría gustado quedarme un rato más, descubrir qué más le gustaba hacer a la buena doctora, pero eso quería decir que ya era hora de irme. Saqué un billete de diez del bolsillo, lo dejé sobre la barra y me despedí del camarero.

—Que disfrutes la comida —dijo Josie.

—Igualmente. ¿A qué hora llegarán los repartidores mañana?

Arrugó su naricilla.

—¿Repartidores?

—El nuevo horno. A menos que esta vez hayas conseguido dar la dirección correcta.

Me miró entrecerrando los ojos.

—Qué gracioso. Pero creo que te librarás de tener que cargar con un electrodoméstico.

Le eché un último vistazo a sus ojos almendrados y sus labios carnosos y rosados, y pensé para mis adentros: «qué pena».

Asentí.

—Que pases buena noche, doctora.

—Igualmente. Espera, ¿cómo sabes que soy doctora?

Le guiñé un ojo.

—El tren de los rumores va en las dos direcciones.

Capítulo 4

Decorar las paredes

Josie

Me había convertido en cliente habitual de Lowell, la pequeña pero bien surtida tienda de artículos para el hogar del pueblo. Sam siempre recordaba mi nombre y me preguntaba cómo iban las obras, y la cajera me había dado un cupón del veinte por ciento de descuento el día anterior. Hoy era sábado, así que había más gente de lo habitual a pesar de que llovía, y los que compraban parecían propietarios, no los contratistas que habían estado por allí toda la semana. Esperé en la cola, mirando el móvil, hasta que alguien me tocó en el hombro.

—Perdona, por casualidad no te hospedarás en RosewoodLane, ¿verdad?

Me giré y vi a una mujer que debía de rondar los sesenta, con un maquillaje llamativo y un mono corto en tono rosa fucsia chillón aún más llamativo.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

La mujer sonrió.

—Intuición femenina. Mi amiga te describió y, bueno, es un pueblo pequeño, así que no es difícil identificar a la gente nueva.

Me tendió la mano.

—Soy Opal Rumsey. Creo que mi jefe es tu vecino.

—¿Fox?

Ella asintió.

—Pero no me lo tengas en cuenta. No todo el mundo que trabaja en Construcciones Cassidy es tan gruñón como el jefe.

Solté una risita.

—Encantada, Opal. Soy Josie.

—Dicen por ahí que eres la dueña de la casa en la que estás viviendo.

—Sí. La heredé de mi padre cuando falleció.

—Lo siento mucho.

—Gracias. Fue hace mucho tiempo.

Opal asintió.

—La mayoría pensábamos que la señora Wollman era la dueña, llevaba allí mucho tiempo.

—Lo cierto es que mis padres crecieron en Laurel Lake.

—¿De verdad? ¿Cómo se llamaban?

—Henry y MelaniePreston. Bueno, en realidad el apellido de soltera de mi madre era Langone. Mi padre habría cumplido setenta este año. Mi madre tiene sesenta y ocho. Me tuvieron bastante tarde.

—No me suena el nombre —dijo Opal. Giró un mechón de pelo entre los dedos y me guiñó un ojo—. Aunque claro, soy mucho más joven que tus padres. ¿Fueron al colegio aquí en el pueblo?

—Mi padre nació y se crio en Laurel Lake. La familia de mi madre se mudó aquí después de que ella terminara el instituto. Pero tenía un hermano pequeño.

—¿Sabes quiénes probablemente los conocerían?

—¿Quiénes?

—Bernadette y Bettina Macon. Son gemelas. Nacieron y crecieron en Laurel Lake. Cumplieron sesenta y nueve la semana pasada. Bernadette fue profesora en el colegio del pueblo antes de jubilarse, así que conoce a aún más gente que yo.

—Ah, sí, conozco a Bettina Macon. —Negué con la cabeza—. Bueno, conocerla lo que es conocerla no, pero nos enviamos postales por Navidad.

—¿A ella también? Empiezo a sentirme excluida. Mi amiga Frannie dijo que os enviáis postales. ¿Era amiga de tu familia o algo así?

Sonreí.

—No. Es una historia un poco larga, pero envío muchas postales en Navidad.

—¿Puedo atender al siguiente, por favor? —gritó la cajera.

Estaba tan metida en la conversación que ni me di cuenta de que me tocaba. Me acerqué al mostrador y Opal me siguió de cerca.

—Bueno, aquí terminamos en un periquete —dijo Opal—, pero me encantaría oír esa historia tuya. ¿Qué te parece si comemos algo? La hermana pequeña de Bernadette y Bettina, Rita, es la dueña de la cafetería del pueblo, y los sábados Bernadette está detrás del mostrador para que Rita pueda pasar la tarde con sus peques. En la cafetería venden unos sándwiches que hacen varias veces al día. Están buenísimos. Me encantan porque son pequeñitos y así no tengo que elegir solo uno. En fin, que te puedo presentar a Bernadette, a ver si se acuerda de tu padre, y tú me cuentas lo de las postales navideñas.

—Eh… claro. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no? Suena divertido.

Mi nueva amiga Opal conducía un Volkswagen escarabajo amarillo chillón. Empezó a llover ligeramente mientras salíamos hacia el aparcamiento. Fuimos en coches separados, pero la seguí hasta la cafetería de Rita. Por el camino, no pude dejar de pensar que aceptar comer con una desconocida era algo que jamás haría en Nueva York. Estar aquí me había hecho bajar la guardia, aceptar que una persona simpática podía ser simplemente eso, simpática, sin segundas intenciones. El ambiente era muy distinto.

Cuando llegamos a la cafetería de Rita, la chica del mostrador nos dijo que Bernadette estaba en su descanso y que volvería en un rato. Opal y yo pedimos cafés con hielo y cuatro tipos distintos de sándwiches. Nos sentamos al fondo del local, en un sofá de cuero cómodo y una butaca enorme a juego. El sitio me recordó a algo sacado de Friends. Acogedor y cálido. Un lugar donde quedar con tus amigos para ponerse al día.

—Soy toda oídos —dijo Opal mientras daba un sorbo a su café y cogía uno de los sándwiches—. Cuéntame lo de las postales navideñas, y si la historia merece la pena y nos da tiempo antes de que vuelva Bernadette, te cuento la vez que se pasó un poco con la bebida, se cayó y al levantarse se le quedó el tacón enganchado en las bragas.

Solté una carcajada.

—Igual tengo que adornar un poco mi historia para asegurarme de que me cuentes la tuya.

Los ojos de Opal brillaron.

—Algo me dice que tu historia va a ser más que suficiente. Anda, cuéntame por qué todo el mundo en este pueblo recibe una postal de Navidad tuya, menos yo.

—Bueno, yo crecí en las afueras de Nueva Jersey. Cuando era pequeña, mi padre solía contarme historias increíbles sobre cómo había sido su infancia en Laurel Lake. Dos años antes de morir, fue la primera vez que el pueblo apareció en la revista People como «el lugar más amable de Estados Unidos». Estaba tan orgulloso que se lo contaba a todo el que quisiera escucharlo. Laurel Lake