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Los Buddenbrook, de Thomas Mann, es una gran novela familiar que narra la historia y la lenta decadencia de una rica familia burguesa de comerciantes en el norte de Alemania a lo largo de varias generaciones. La obra comienza mostrando a los Buddenbrook en el momento de su máximo esplendor económico y social, firmemente instalados en la vida respetable y ordenada de la ciudad. Desde el inicio, sin embargo, Mann deja entrever que esa solidez exterior es frágil y que el paso del tiempo traerá cambios irreversibles. A través de personajes como Thomas, Christian y Tony Buddenbrook, la novela describe cómo cada nueva generación se va alejando del antiguo ideal de disciplina, trabajo y continuidad familiar. Thomas intenta mantener el prestigio y el negocio de la casa, pero lo hace a costa de un creciente desgaste interior. Christian, por el contrario, es inestable e incapaz de adaptarse a las exigencias de la vida burguesa, mientras que Tony ve fracasar sus matrimonios, utilizados como instrumentos para sostener el honor y la posición de la familia. Con la llegada de Hanno, el último heredero, el proceso de decadencia se vuelve más evidente. Hanno es un niño enfermizo y profundamente sensible, atraído por la música y por un mundo interior que nada tiene que ver con el comercio y la tradición familiar. En él se concentra el conflicto entre la vida práctica y el espíritu artístico: lo que para la familia es debilidad, para la novela es el signo de una transformación cultural más amplia, en la que los antiguos valores burgueses pierden su fuerza. Thomas Mann (1875–1955) publicó Los Buddenbrook en 1901, y la obra fue decisiva para consagrarlo como uno de los grandes novelistas europeos, mérito que culminaría con el Premio Nobel de Literatura en 1929. La novela es al mismo tiempo una crónica social, un retrato psicológico y una reflexión sobre el paso del tiempo, mostrando cómo la historia de una familia se convierte en símbolo de la transformación y el desgaste de toda una clase social
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Seitenzahl: 1358
Veröffentlichungsjahr: 2026
Thomas Mann
LOS BUDDENBROOK
PRESENTACIÓN
LOS BUDDENBROOK
PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
TERCERA PARTE
CUARTA PARTE
QUINTA PARTE
SÉPTIMA PARTE
OCTAVA PARTE
DÉCIMA PARTE
UNDÉCIMA PARTE
Thomas Mann
1875–1955
Thomas Mann fue un escritor, ensayista y novelista alemán, considerado uno de los mayores nombres de la literatura del siglo XX. Su obra está marcada por un profundo análisis de la cultura europea, por los conflictos entre espíritu y vida, arte y sociedad, y por la reflexión moral y filosófica sobre el destino del hombre moderno. En 1929 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Infancia y formación
Thomas Mann nació en Lübeck, Alemania, en el seno de una familia burguesa. Su padre era comerciante y senador de la ciudad, y su madre tenía inclinaciones artísticas, lo que influyó decisivamente en su formación intelectual. Tras la muerte de su padre, se trasladó a Múnich, donde comenzó a dedicarse al periodismo y a la literatura. Desde temprano mostró un gran interés por la filosofía, la música y la tradición cultural alemana, elementos que marcarían profundamente toda su obra.
Obra y temas
El primer gran éxito de Thomas Mann fue la novela “Los Buddenbrook” (1901), que retrata la decadencia de una familia burguesa a lo largo de varias generaciones. A partir de ahí construyó una obra vasta y compleja, que incluye novelas y relatos como “La muerte en Venecia”, “La montaña mágica”, “Doctor Fausto” y la tetralogía “José y sus hermanos”.
Los temas centrales de su obra son el conflicto entre arte y vida, la oposición entre razón e instinto, la crisis de la burguesía, la decadencia cultural y los dilemas morales del individuo frente a la sociedad y la historia. Su escritura combina profundidad psicológica, ironía sutil y una gran densidad intelectual, dialogando con frecuencia con la filosofía, la música y la mitología.
Influencia y legado
Thomas Mann es una figura fundamental de la literatura moderna. Su obra ejerció una enorme influencia no solo en la literatura alemana, sino en toda la cultura occidental, y sigue siendo estudiada por su valor artístico y por su reflexión crítica sobre la civilización europea, especialmente en el contexto de las dos guerras mundiales y del ascenso del totalitarismo.
Thomas Mann murió en Zúrich, Suiza, en 1955.
Su legado permanece vivo como uno de los más altos ejemplos de una literatura que une arte, pensamiento y profunda conciencia histórica.
Sobre la obra
Los Buddenbrook, de Thomas Mann, es una gran novela familiar que narra la historia y la lenta decadencia de una rica familia burguesa de comerciantes en el norte de Alemania a lo largo de varias generaciones. La obra comienza mostrando a los Buddenbrook en el momento de su máximo esplendor económico y social, firmemente instalados en la vida respetable y ordenada de la ciudad. Desde el inicio, sin embargo, Mann deja entrever que esa solidez exterior es frágil y que el paso del tiempo traerá cambios irreversibles.
A través de personajes como Thomas, Christian y Tony Buddenbrook, la novela describe cómo cada nueva generación se va alejando del antiguo ideal de disciplina, trabajo y continuidad familiar. Thomas intenta mantener el prestigio y el negocio de la casa, pero lo hace a costa de un creciente desgaste interior. Christian, por el contrario, es inestable e incapaz de adaptarse a las exigencias de la vida burguesa, mientras que Tony ve fracasar sus matrimonios, utilizados como instrumentos para sostener el honor y la posición de la familia.
Con la llegada de Hanno, el último heredero, el proceso de decadencia se vuelve más evidente. Hanno es un niño enfermizo y profundamente sensible, atraído por la música y por un mundo interior que nada tiene que ver con el comercio y la tradición familiar. En él se concentra el conflicto entre la vida práctica y el espíritu artístico: lo que para la familia es debilidad, para la novela es el signo de una transformación cultural más amplia, en la que los antiguos valores burgueses pierden su fuerza.
Thomas Mann (1875–1955) publicó Los Buddenbrook en 1901, y la obra fue decisiva para consagrarlo como uno de los grandes novelistas europeos, mérito que culminaría con el Premio Nobel de Literatura en 1929. La novela es al mismo tiempo una crónica social, un retrato psicológico y una reflexión sobre el paso del tiempo, mostrando cómo la historia de una familia se convierte en símbolo de la transformación y el desgaste de toda una clase social.
—¿Cómo era eso? ¿Cómo... era...?
—¡Ay, demonio! ¿Cómo era? ¡Esa es la cuestión, mi querida señorita!
La consulesa Buddenbrook, sentada junto a su suegra en el sofá de líneas rectas, lacado en blanco, tapizado en amarillo claro y adornado con una cabeza de león dorada en lo alto del respaldo, dirigió una mirada a su esposo, que estaba sentado junto a ella en un sillón, y acudió en ayuda de su hija pequeña, que estaba en brazos de su abuelo junto a la ventana.
—A ver, Tony —dijo—. «Creo que Dios...».
La pequeña Antonie, una niña de ocho años de complexión delicada, ataviada con un vestidito de seda tornasolada muy ligero, apartó un poco su hermosa cabecilla rubia de la cara de su abuelo, clavó sus ojos azul grisáceo en el fondo de la habitación, con gesto de esforzarse en hacer memoria, pero sin ver nada. Repitió una vez más: «¿Cómo era?» y empezó a decir lentamente:
—«Creo que Dios...» Y, de pronto, se le iluminó la carita y se apresuró a añadir: «Me ha creado junto con todas las demás criaturas».
De pronto, había encontrado el hilo y, exultante e imparable, tiró de él y recitó de corrido el artículo entero, al pie de la letra, según el catecismo que, con la aprobación de un senado ilustre y sabio, acababa de ser revisado y publicado de nuevo en aquel año de 1835. Una vez que se cogía velocidad, pensó, era una sensación muy parecida a la de deslizarse en trineo por el Jerusalemberg nevado en compañía de sus hermanos: casi se le borraban las ideas y era imposible detenerse por mucho que uno quisiera.
«Y me ha dado vestido y calzado, comida y bebida, casa y hacienda, mujer e hijo, tierras y ganado...»
Al llegar a estas palabras, el viejo Monsieur Johann Buddenbrook no pudo evitar echarse a reír con aquella risa aguda y ahogada que tenía preparada en secreto desde hacía rato. Reía de placer por tener ocasión de mofarse del catecismo y, sin duda, había iniciado aquel pequeño examen con ese único fin. Preguntó a Tony por sus tierras y su ganado, se informó de cuánto pedía por una saca de trigo y se ofreció a hacer negocios con ella. Su cara redonda, suavemente sonrosada y de gesto bondadoso, en la que no había lugar para el menor asomo de malicia, estaba enmarcada por unos cabellos blancos como la nieve, empolvados, y una discretísima coletita, apenas una insinuación, caía sobre el amplio cuello de su levita gris ceniza. A sus setenta años, seguía siendo fiel a la moda de su juventud; únicamente había renunciado a los galones de la botonadura y de los grandes bolsillos, y eso sí, jamás había llevado pantalones largos. Su barbilla, con una hermosa papada, descansaba holgada y plácidamente sobre la blanca chorrera de encaje.
Todos habían reído con él, sobre todo por deferencia hacia el cabeza de familia. La risita de madame Antoinette Buddenbrook, de soltera Duchamps, era exactamente igual que la de su esposo. Era una dama corpulenta, con gruesos tirabuzones blancos sobre las orejas, un vestido de rayas negras y gris claro sin ningún tipo de adorno, que denotaba sencillez y modestia, y unas manos blancas todavía muy bonitas, entre las que sostenía un bolsito Pompadour de terciopelo sobre el regazo. Con el paso de los años, sus facciones se habían ido asimilando a las de su esposo de forma asombrosa. Solo el corte y la vivaz oscuridad de sus ojos revelaban algo de sus orígenes medio románicos; por parte de su abuelo, procedía de una familia franco-suiza, aunque había nacido en Hamburgo.
Su nuera, la cónsul Elisabeth Buddenbrook, de soltera Kröger, reía con la típica risa de los Kröger, que comenzaba con una pequeña explosión de una consonante labial y luego llevaba la barbilla al pecho. Como todos los Kröger, era la encarnación de la elegancia y, aunque no se podría decir que fuera una belleza, su voz cantarina y serena, así como sus gestos sosegados, seguros y dulces, producían en todo el mundo una impresión de equilibrio y confianza. Su cabello rojizo, que llevaba recogido en un moño alto en forma de coronita o con grandes tirabuzones postizos sobre las orejas, correspondía por completo con su tipo de piel, extraordinariamente blanca y salpicada de pequeñas pecas. Lo más característico de su rostro, con una nariz quizá demasiado larga y una boca pequeña, era que no tenía curva alguna entre el labio inferior y la barbilla. El corpiño corto, con mangas de farol, que hacía conjunto con una falda ajustada de vaporosa seda con florecillas de color claro, dejaba al descubierto un cuello de una belleza perfecta, adornado con una cinta de satén sobre la que relucía una alhaja de gruesos brillantes.
El cónsul se inclinó hacia delante en su sillón con un movimiento un tanto nervioso. Llevaba una levita de color canela con grandes solapas y mangas acampanadas que no se ceñían hasta pasado el hueso de la muñeca. Los pantalones eran de una tela blanca lavable, con ribetes negros en las costuras exteriores. Alrededor del alto y almidonado cuello de la camisa, sobre el que reposaba la barbilla, se anudaba una corbata de seda con una gruesa lazada, que caía llenando todo el escote que dejaba el chaleco de colores. Tenía los ojos azules y despiertos, como los de su padre, aunque su expresión era algo más soñadora. En cambio, sus facciones eran más duras y serias; tenía la nariz prominente y ganchuda, y las mejillas cubiertas hasta la mitad por unas patillas rubias y rizadas no se veían tan llenas como las de su padre.
Madame Buddenbrook se volvió hacia su nuera, le apretó el brazo con una mano y, fijando la vista en su regazo, dijo entre risitas ahogadas:
—Siempre el mismo, mon vieux, ¿verdad, Bethsy? —Su forma de hablar revelaba un inconfundible acento del norte.
La consulesa, sin pronunciar palabra, se limitó a levantar una de sus delicadas manos, haciendo tintinear suavemente su pulsera de oro, y realizó un gesto muy característico: llevó la mano desde la comisura de los labios hasta el moño en forma de coronita, como si se retirase algún cabello díscolo que se hubiera soltado y posado allí indebidamente.
El cónsul, en cambio, con una mezcla de buen humor y cierto tono de reproche, replicó:
—Pero, padre, ya está usted otra vez burlándose de lo más sagrado...
Estaban sentados en el «salón de los paisajes», en el primer piso de la gran casa antigua de la Mengstrasse que la empresa Johann Buddenbrook había comprado hacía algún tiempo y en la que la familia no llevaba mucho residiendo. Los gruesos y elásticos tapices que adornaban las paredes, colgados de manera que quedaba un hueco hasta tocar el muro, representaban vastos paisajes de colores tan suaves como los de la fina alfombra que cubría todo el suelo: escenas idílicas del siglo XVIII con alegres viñadores, laboriosos campesinos y pastoras lindamente adornadas con cintas que sostenían esponjosos corderitos en el regazo en alguna orilla cristalina o que se besaban con dulces pastores. En estos cuadros predominaba una luz crepuscular de tonos amarillentos que combinaba a la perfección con la tapicería amarilla de los muebles blancos lacados y con las cortinas de seda amarilla de ambos ventanales.
Para el tamaño de la estancia, no había muchos muebles. La mesita redonda, con delgadas patas rectas y sutilmente ornamentadas con incrustaciones de pan de oro, no estaba delante del sofá, sino en la pared opuesta, enfrente del pequeño armonio, sobre cuya tapa se veía el estuche de una flauta. Aparte de las sillas de brazos y de respaldo recto, sistemáticamente repartidas junto a las paredes, no había más muebles que una mesita de costura junto al ventanal, frente al sofá, y un delicadísimo secreter de lujo lleno de bibelots.
A través de una puerta acristalada, frente a los ventanales, se adivinaba la penumbra de una sala con columnas. A la izquierda, otra puerta blanca de dos hojas conducía al comedor. En la pared opuesta, en una chimenea semicircular, tras una portezuela de hierro forjado muy reluciente y con artísticos calados, chisporroteaba el fuego.
Porque el frío se había adelantado ese año. Fuera, al otro lado de la calle, las hojas de los pequeños tilos que bordeaban el patio de la Marienkirche ya se habían puesto amarillas —y eso que aún estábamos a mediados de octubre—; el viento azotaba las imponentes aristas y saledizos góticos de la iglesia y caía una lluvia tan fina como fría. Por deferencia hacia Madame Buddenbrook, ya se habían instalado los postigos dobles.
Era jueves y, según el orden preestablecido, ese día se reunía la familia; sin embargo, además de los parientes residentes en la ciudad, estaban invitados a una comida unos cuantos amigos de confianza. Así pues, hacia las cuatro, los Buddenbrook estaban sentados viendo caer la tarde y esperando a los invitados.
A pesar de las bromas del abuelo, la pequeña Antonie no había interrumpido su descenso imaginario en trineo por el Jerusalemberg, aunque se había ido enfurruñando progresivamente; ella, que de por sí ya tenía el labio superior algo más abultado y montado sobre el inferior. Había llegado a pie de la montaña, pero, incapaz de poner fin de un golpe a tan feliz viaje, se aventuró un poco más allá de la meta.
—Amén —dijo—. ¡Abuelo, sé una cosa!
—¡Pues sí! ¡Sabe una cosa! —exclamó el abuelo, haciéndose el muerto de curiosidad—. ¿Has oído, mamá? ¡La niña sabe una cosa! ¿Es que nadie puede decirme...?
—Si hay un golpe de aire caliente —dijo Tony, acompañando cada palabra con una inclinación de cabeza—, cae un rayo. Pero si el aire es frío, hay un trueno.
Acto seguido, se cruzó de brazos y lanzó una mirada a los sonrientes adultos, como quien cuenta con un éxito seguro. Sin embargo, el abuelo Buddenbrook se enfadó ante tal muestra de sabiduría popular y exigió saber quién le había enseñado a la niña semejante estupidez. Cuando se descubrió que había sido Ida Jungmann, la niñera de Marienwerder recién contratada para Tony, fue necesario que el cónsul saliera en defensa de Ida.
—Es usted demasiado severo, papá. ¿Por qué se le iba a prohibir a uno, a esas edades, imaginar sus propias historias sobre ese tipo de cosas?
—Excusez, mon cher... ¡Es una locura! ¡Sabes que no puedo con esas tonterías que ofuscan las mentes infantiles! ¿Qué es eso de que cae un rayo? ¡Pues que caiga y nos parta a todos! A mí esa prusiana vuestra...
La cuestión es que el viejo Buddenbrook no se llevaba nada bien con Ida Jungmann. Monsieur era todo menos estrecho de miras. Había visto bastante mundo: en 1813, partió hacia el sur de Alemania en un carro de cuatro caballos para comprar cereales en calidad de proveedor del ejército prusiano; estuvo en Ámsterdam y en París, y como hombre ilustrado no consideraba que todo lo que procedía de allende las puertas de la ciudad de capiteles góticos en la que había nacido fuera condenable por principio. No obstante, excepto en el trato comercial, en lo referente a las relaciones sociales era mucho más proclive que su hijo, el cónsul, a trazar límites muy claros y a mostrarse reticente hacia cuanto viniese de fuera. Así pues, cuando un buen día sus hijos regresaron de un viaje a Prusia Oriental y llevaron a casa a una muchacha, como si fuese el niño Jesús, una huérfana de veinte años, hija del dueño de una hostería que había muerto justo antes de la llegada de los Buddenbrook a Marienwerder, el arrebato de caridad del cónsul le había costado algo más que unas palabras con su padre (palabras que, en el caso del viejo Buddenbrook, habían sido todas en francés o en plattdeutsch). Por otra parte, Ida Jungmann había demostrado ser muy eficiente en las tareas del hogar, tener muy buena mano con los niños y, por su incondicional lealtad y su sentido prusiano de la jerarquía, en el fondo resultaba la persona más adecuada para trabajar en aquella casa. Mamsell Jungmann era una mujer de principios aristocráticos que sabía distinguir con suma precisión entre la alta sociedad y la sociedad de segunda categoría, y entre la clase media y la clase media baja. Estaba orgullosa de formar parte del fiel servicio de la alta sociedad y no veía con buenos ojos que Tony se hiciera amiga de una compañera del colegio que, en su escala, solo se clasificara en la categoría de clase media alta.
En ese momento, la prusiana había entrado en escena y atravesaba la puerta cristalera. Era una muchacha bastante alta y huesuda, vestida de negro, con el cabello liso y cara de persona honrada. Llevaba de la mano a la pequeña Clotilde, una niña extremadamente flaca, con el cabello ceniciento y sin brillo, y con un gesto taciturno de solterona. Llevaba puesto un vestidito de algodón con flores. Procedía de una rama muy secundaria de la familia, sin posesiones.
Era hija de un sobrino del viejo Buddenbrook, que trabajaba como inspector de aduanas en Rostock. Como tenía la misma edad que Antonie y era una niña muy buena, la habían traído de allí para educarla en la casa.
—Ya está todo preparado —dijo Mamsell, poniendo mucho cuidado en articular con propiedad las erres, ya que al principio había sido incapaz de pronunciarlas—. Clotildita ha ayudado en la cocina con mucha diligencia y a Trina apenas le ha quedado nada por hacer.
Monsieur Buddenbrook, burlón, sonrió para sus adentros ante la peculiar forma de pronunciar de Ida; el cónsul, en cambio, acarició la mejilla de su sobrina y dijo:
—Muy bien, Tilda. Ora et labora, dicen. Nuestra Tony debería tomar ejemplo. Con demasiada frecuencia tiende al ocio y la soberbia...
Tony dejó caer la cabeza y, desde abajo, lanzó una mirada al abuelo, porque sabía muy bien que, como de costumbre, él la defendería.
—Bueno, bueno —dijo—. Levanta la cabeza, Tony. ¡Courage! No todo el mundo sirve para lo mismo. Cada uno vale para lo que vale. Tilda es muy buena, pero nosotros tampoco estamos mal. ¿Digo cosas razonables, Bethsy?
Se volvió hacia su nuera, que solía estar de acuerdo con ella, mientras que la señora Antoinette, más por estrategia que por convicción, generalmente apoyaba al cónsul. De esta manera, las dos generaciones, en chassé croisé, se daban las manos.
—Es usted muy bueno, papá —dijo la cónsul—. Tony se esforzará en convertirse en una mujer inteligente y eficiente. —¿Han llegado ya los chicos del colegio? —preguntó a Ida.
Pero Tony, que desde las rodillas del abuelo miraba por el espejuelo móvil de la ventana, exclamó casi al mismo tiempo:
—Tom y Christian están subiendo por la Johannisstrasse... y el señor Hoffstede... y el doctor...
Las campanas de la Marienkirche comenzaron a tocar juntas: «Dang... Ding, ding, dong...». —con bastante poco ritmo, con lo cual no se reconocía muy bien la melodía, aunque sí la solemnidad. Mientras la campana grande anunciaba alegre y majestuosamente que eran las cuatro de la tarde, la campanilla de la puerta de abajo empezó a sonar en el vestíbulo: eran Tom y Christian con los primeros invitados, Jean Jacques Hoffstede, el poeta, y el doctor Grabow, el médico de la familia.
Jean Jacques Hoffstede, el poeta de la ciudad, que sin duda también traía algunos versos en el bolsillo para ese día, no era mucho más joven que Johann Buddenbrook padre y, excepto por el color verde de su levita, vestía según el mismo gusto que este. Sin embargo, era más delgado y ágil que su viejo amigo, y tenía unos ojillos verdosos muy despiertos y la nariz larga y puntiaguda.
—Mi más sincero agradecimiento —dijo tras estrechar las manos de los caballeros y expresar a las damas, sobre todo a la cónsul, por quien sentía especial devoción, algunos de sus más escogidos cumplidos, que la nueva generación ya no sabía hacer y que iban acompañados de una agradable sonrisa, tan serena como obsequiosa—. Mi más sincero agradecimiento por su amable invitación, queridísimos míos. —A estos dos jovencitos —prosiguió, y señaló a Tom y a Christian, que permanecían de pie junto a él con su atuendo de ir al colegio, una especie de blusón azul ceñido con un cinturón de cuero—, los hemos encontrado el doctor y yo viniendo de la escuela por la Königstrasse. Son excelentes muchachos... —Señora consulesa. Thomas tiene la cabeza bien amueblada, es un chico serio; será comerciante, no me cabe ninguna duda. Christian, por el contrario, me parece un poco más disperso, ¿no cree? Un poco incroyable... En fin, ya ven que no oculto mi entusiasmo. Creo que irá a la universidad, es ingenioso y brillante...
El señor Buddenbrook echó mano a su petaca de oro.
—¡Demonio de chaval! ¿No será mejor que se haga poeta directamente, Hoffstede?
La señora Jungmann cerró las cortinas de los ventanales y la estancia se iluminó pronto con la luz agradable y discreta, aunque un tanto vacilante, de las velas de la araña de cristal y de los candelabros dispuestos sobre el secreter.
—Bueno, Christian —dijo la cónsul, cuyo cabello se había iluminado ahora con reflejos dorados—, ¿qué has aprendido esta tarde?
Resulta que Christian había tenido clase de lectura, cálculo y canto. Era un niño de siete años que se parecía a su padre hasta un extremo casi cómico. Tenía sus mismos ojos, bastante pequeños, redondos y hundidos; ya se adivinaba su misma nariz prominente y curvada, y ciertos surcos bajo los pómulos anunciaban que el óvalo de su rostro no siempre conservaría la redondez de su infancia.
«Nos hemos reído muchísimo», empezó a contar con gran soltura mientras sus ojos revoloteaban de uno a otro de los presentes. —Fijaos en lo que el señor Stengel le ha dicho a Siegmund Köstermann. Se inclinó hacia delante, meneó la cabeza y se dirigió en un petulante tono de reproche a un alumno imaginario. «Por fuera estás todo limpio y pulido, sí, pero por dentro, hijo mío, estás negro...». Y dijo esto último pronunciando la «r» como una «d», con una especie de frenillo, y poniendo una cara que imitaba el estupor ante aquel alumno limpio y pulido, pero «podrido por dentro», con una comicidad tan convincente que todo el mundo se echó a reír.
—¡Demonio de chaval! —repitió el viejo Buddenbrook con su típica risa y su típico plattdeutsch.
El señor Hoffstede, por su parte, estaba fuera de sí de entusiasmo. —¡Charmant! —exclamó—. ¡Insuperable! ¡Hay que conocer a Marcellus Stengel! ¡Ha dado en el clavo! ¡Qué acierto más divino!
Thomas, que carecía de aquel talento, seguía de pie junto a su hermano pequeño y reía de corazón, sin ninguna envidia. Sus dientes no eran precisamente bonitos, sino pequeños y amarillentos. Sin embargo, su nariz tenía un perfil notablemente refinado y, en los ojos y el corte de la cara, se parecía mucho a su abuelo.
Todos se habían sentado en las sillas y en el sofá, charlaban con los niños, hablaban del frío, que aquel año se había adelantado, de la casa... El señor Hoffstede admiró un precioso tintero de porcelana de Sèvres en forma de perro de caza blanco con motas negras que había sobre el secreter. Por su parte, el doctor Grabow, un hombre de la edad del cónsul con un rostro dulce y de buena persona que sonreía entre unas pobladas patillas, contemplaba los múltiples bizcochos, panes de pasas y saleritos de diversas formas que había sobre la mesa. Simbolizaban «el pan y la sal» que la familia había recibido de amigos y parientes como regalo por el traslado a la casa. Pero quedó claro que tales ofrendas no procedían de familias modestas, ya que el pan venía en forma de repostería muy especiada y consistente, y la sal en recipientes de oro macizo.
—A ver si me vais a dar trabajo... —dijo el doctor a los niños, señalando los dulces con gesto de advertencia. Luego, meneando suavemente la cabeza, levantó un pesado artilugio para la sal, la pimienta y la mostaza.
—Regalo de Leberecht Kröger —dijo Monsieur Buddenbrook con una sonrisa. Siempre tan cumplido, mi señor pariente. Yo no le regalé nada parecido cuando se construyó su villa frente al Burgtor. Claro que él siempre ha sido... noble, dadivoso. Un caballero à la mode.
Varias veces había sonado ya la campanilla por toda la casa. Entró el reverendo Wunderlich, un hombre mayor y rechoncho, con una larga sotana negra, el cabello empolvado y una cara muy blanca, agradable y alegre, en la que brillaban sus ojos grises y vivaces. Era viudo desde hacía muchos años y se contaba entre los felices solteros de los viejos tiempos, al igual que el espigado señor Grätjens, corredor de fincas, que había venido con él y que constantemente se ponía las esqueléticas manos delante de un ojo como si formase un catalejo y estuviera examinando una pintura. Era un entendido en arte reconocido por todos.
También llegaron el senador Langhals y su esposa, amigos de la familia de toda la vida, así como Köppen, el comerciante de vinos, de cara grande y colorada, como encajada entre sus abultadas hombreras, acompañado de su igualmente corpulenta esposa.
Eran ya pasadas las cuatro y media cuando, por fin, aparecieron los Kröger, mayores y niños: el cónsul Kröger con sus hijos Jakob y Jürgen, que tenían la misma edad que Tom y Christian. Casi al mismo tiempo llegaron los padres de la cónsul Kröger junto con el señor Oeverdieck, dedicado al comercio de madera al por mayor, y su mujer: un entrañable matrimonio de avanzada edad que, en presencia de todos, se llamaba por unos apodos dignos de una pareja de recién casados.
—La gente fina llega tarde —dijo el cónsul Buddenbrook, besando la mano a su suegra.
—¡Pero cuando llega, llega en buena representación! — dijo Johann Buddenbrook haciendo un amplio gesto con el brazo que abarcaba a todos los Kröger, mientras estrechaba la mano del anciano.
Leberecht Kröger, el caballero á la mode, un hombre muy alto y distinguido, aún llevaba el cabello ligeramente empolvado, aunque iba vestido a la última moda. Sobre su chaleco de terciopelo destacaba una doble botonadura de piedras preciosas. Justus, su hijo, con patillas pequeñas y las puntas de los bigotes retorcidas hacia arriba, se parecía mucho a su padre en la figura y las maneras; también él movía las manos con notoria suavidad y elegancia.
Ya nadie se sentó, sino que todos se quedaron de pie charlando entre sí de manera informal y relajada mientras esperaban que comenzara la parte central de la reunión. Johann Buddenbrook padre, a su vez, ofreció el brazo a madame Köppen mientras decía en voz alta:
—En fin, si todos tenemos apetito, mesdames et messieurs...
Las señoritas Jungmann y la doncella habían abierto la puerta blanca de doble hoja que conducía al comedor y, lentamente y en amistosa compañía, el grupo se desplazó hasta allí. Tratándose de los Buddenbrook, era de esperar que la comida fuese tan rica como copiosa.
Cuando los invitados comenzaron a avanzar hacia el comedor, el joven señor de la casa se llevó la mano a la parte superior izquierda de la levita. Se oyó el leve crujido de un papel, se borró la sonrisa de reunión social de su cara y dio paso a un gesto de preocupación; se le tensaron algunos músculos de las sienes como si estuviera apretando los dientes. Para guardar las apariencias, avanzó unos pasos hacia el comedor, pero luego retrocedió un poco y buscó con la mirada a su madre, que se disponía a cruzar el umbral entre los últimos, del brazo del reverendo Wunderlich.
—Perdón, querido reverendo... Son dos palabras, mamá.
—Para ser breves, ha llegado una carta de Gotthold —le dijo muy deprisa y en voz baja mientras miraba a los ojos oscuros e interrogantes de su madre y sacaba del bolsillo el papel doblado y lacrado.
Y mientras el reverendo le respondía asintiendo con la cabeza con gesto afable, el cónsul Buddenbrook pidió a su madre que pasara otra vez al salón de los paisajes y se dirigiera hacia el ventanal.
—Para ser breves, ha llegado una carta de Gotthold —le dijo muy deprisa y en voz baja mientras miraba a los oscuros e interrogantes ojos de su madre y sacaba del bolsillo el papel doblado y lacrado—. Es su letra... Ya es la tercera carta y papá solo respondió a la primera. ¿Qué debemos hacer? La tengo desde las dos de la tarde y hace rato que debería habérsela dado a papá, pero ¿iba a estropearle la reunión de hoy? ¿Qué opina usted? —Aún estamos a tiempo de pedirle que venga un momento.
—No, tienes razón, Jean, espera —dijo madame Buddenbrook y, como tenía por costumbre, cogió a su hijo por el brazo con un movimiento rápido—. ¿Qué dirá esa carta? —preguntó preocupada. Ese chico no quiere dar su brazo a torcer. Sigue empecinado en esa indemnización por su parte de la casa... No, no, Jean, no se la entregues todavía. Tal vez esta noche, antes de irnos a la cama.
—¿Qué debemos hacer? —repitió el cónsul, meneando la cabeza después de inclinarla—. Muchas veces he pensado en pedirle a papá que cediera. No quiero que parezca que yo, su hermanastro, me he instalado en casa de mis padres y estoy intrigando en contra de Gotthold... También quiero evitar a toda costa esa imagen a los ojos de papá. Claro que, si he de ser sincero..., después de todo, soy socio de la empresa. Además, por el momento, Bethsy y yo pagamos un alquiler muy razonable por la segunda planta. En lo que respecta a mi hermana de Fráncfort, está todo arreglado. Su marido va a recibir muy pronto, en vida de papá, una cantidad compensatoria, una cuarta parte del precio de compra de la casa. Es un negocio ventajoso que papá ha cerrado con gran facilidad y acierto, y que resulta realmente favorable para la empresa. Cuando papá se muestra tan reticente ante las propuestas de Gotthold, será porque...
—Oh, no, eso son tonterías, Jean. Tu posición en todo esto está clara. Pero Gotthold cree que yo, su madrastra, solo miro por mis propios hijos y pretendo alejarle de su padre. Esa es la parte triste.
—¡Pero es culpa suya! —dijo el cónsul, casi gritando; luego, moderó el volumen de su voz y dirigió una mirada hacia el comedor—. Es culpa suya que la relación haya llegado a estos extremos tan lamentables. Juzgue usted misma: ¿por qué no puede ser sensato? ¿Por qué se casó con esa señorita Stüwing? Y lo de la tienda... —El cónsul rió con fastidio y cierto bochorno al pronunciar esa palabra—. Es una debilidad de papá haberse opuesto a lo de la tienda, pero Gotthold debería haber respetado esa pequeña muestra de vanidad.
—Ay, Jean, lo mejor sería que papá cediera.
—Pero ¿acaso puedo ser yo quien se lo aconseje? —susurró el cónsul, llevándose la mano a la frente con gesto de excitación—. Tengo un interés personal en este asunto y, por lo tanto, debería decir: «Padre, dale el dinero». Sin embargo, yo también soy socio de la empresa y debo representar sus intereses. Si papá no cree que deba restar esa suma al capital por obligación con un hijo desobediente y rebelde... Se trata de más de once mil táleros en efectivo. Es una cantidad importante... No, no, yo no puedo aconsejarle eso ni desaconsejárselo. No quiero saber nada. Únicamente, me resulta desagradable la escena con papá.
—Esta noche, a última hora, Jean. Ahora vamos, nos están esperando.
El cónsul guardó el papel en el bolsillo superior izquierdo de la levita, le ofreció el brazo a su madre y atravesaron juntos el umbral hacia el comedor, muy bien iluminado para la ocasión, donde los invitados acababan de colocarse en sus respectivos sitios alrededor de la larga mesa.
Sobre el fondo azul cielo de las paredes, resaltaban con enorme plasticidad diversas estatuas blancas de divinidades clásicas sobre esbeltas columnas. Los pesados cortinajes rojos de los ventanales estaban cerrados y, en cada rincón de la habitación, ardían, además de los candelabros de plata que había sobre la mesa, ocho velas en un candelabro de pie bañado en oro. Encima del macizo aparador que había frente a la puerta del salón de los paisajes, tenían colgado un cuadro de grandes dimensiones: algún golfo de Italia cuyos tonos azules nebulosos producían un efecto especialmente impactante con aquella iluminación. En las paredes había varios sofás de respaldo recto tapizados en damasco rojo y de considerable tamaño.
Todo vestigio de preocupación e inquietud había desaparecido del rostro de madame Buddenbrook cuando tomó asiento entre el viejo Kröger, que presidía la mesa junto a los ventanales, y el reverendo Wunderlich.
—Bon appétit. —, dijo con un gesto muy suyo: una rápida y cordial inclinación de cabeza que, no obstante, le permitió echar un vistazo rápido a toda la mesa, incluidos los niños.
—Como le dije, Buddenbrook, ¡todo mi respeto! La potente voz del señor Köppen se impuso sobre la conversación general cuando la doncella, de brazos colorados y desnudos, con su gruesa falda de rayas y su pequeña cofia, ayudada por la doncella de la consulesa, venida del piso de arriba, hubo servido la sopa de finas hierbas con pan tostado, y todo el mundo comenzó a comer con refinamiento. Esta amplitud, esta noblesse... Tengo que decir que aquí sí que se vive bien.
El señor Köppen no trataba con los anteriores dueños de la casa, no hacía mucho que era rico, no procedía precisamente de una familia distinguida y, por desgracia, no podía desprenderse de algunas muletillas dialectales, como la constante repetición de «tengo que decir». Para colmo, decía «repeto» en lugar de «respeto».
«Su buen dinero les ha costado», apuntó secamente el señor Grätjens, que debía de saberlo bien, y se puso a contemplar el golfo italiano del cuadro a través de su peculiar catalejo.
Los anfitriones habían intentado, en la medida de lo posible, sentar a sus invitados mezclándolos, intercalando amigos de la familia entre los parientes. Con todo, este criterio tampoco se había cumplido con excesivo rigor, de modo que los ancianos Oeverdieck estaban sentados juntos (y más que juntos, como de costumbre: casi uno encima del otro), intercambiando cariñosos gestos con la cabeza. El viejo Kröger, en cambio, estaba sentado muy tieso, como en un trono, entre la senadora Langhals y madame Antoinette, y repartía sus redondeados movimientos de manos y sus escogidas bromas entre las dos damas.
—¿Cuándo dice que se construyó esta casa? —preguntó el señor Hoffstede a Buddenbrook padre, que estaba ubicado justo en el otro extremo de la mesa y conversaba con Madame Köppen en tono jovial y un tanto burlón.
—En el año... un momento... Hacia 1680, si no me equivoco. Por cierto, mi hijo está mucho más al tanto de este tipo de datos.
—Ochenta y dos —confirmó el cónsul, inclinándose desde su sitio, al lado del senador Langhals, bastante al final de la mesa y sin dama a la derecha. Se terminó en 1682, en invierno. Por aquel entonces comenzó el ascenso imparable de Ratenkamp & Cía. ¡Qué triste cómo se ha venido abajo esta empresa en los últimos veinte años!
En la mesa se hizo un silencio general que duró medio minuto. Todos mantenían la mirada fija en su plato y recordaban a la familia que, en otros tiempos, había mandado construir la casa, había vivido en ella y, venida a menos y en la pobreza, había tenido que abandonarla.
—Bueno, es triste —dijo Grätjens, el corredor de fincas—, cuando uno piensa en el desatino que les trajo la ruina... ¡Si Dietrich Ratenkamp no se hubiese asociado en su día con aquel tipo, Geelmaack! Dios sabe que me llevé las manos a la cabeza cuando comenzó a administrar la empresa. Y sé de buena tinta, señores, cuán vilmente especulaba a espaldas de Ratenkamp, firmando cambios aquí y letras allá en nombre de la empresa. Al final, todo se fue a pique. Los bancos desconfiaban, no tenían ninguna garantía. Ustedes no se lo imaginan... ¿Y quién controlaba el almacén? ¿Geelmaack tal vez? ¡Se fueron estableciendo allí como las ratas, año tras año! Pero Ratenkamp no se preocupaba de nada...
«Estaba como paralizado», dijo el cónsul. Su rostro había adoptado una expresión melancólica y taciturna. Inclinado hacia delante, removía su sopa con la cuchara y, de vez en cuando, lanzaba una mirada fugaz hacia el extremo opuesto de la mesa desde sus ojillos redondos y hundidos. Todo sucedió bajo presión, y creo que tal presión es comprensible. ¿Qué le indujo a asociarse con Geelmaack, que aportó un capital irrisorio y de quien nadie hablaba bien? Debió de ser porque se vio en la necesidad de descargar una parte de aquella terrible responsabilidad sobre alguien, porque sentía que su fin se acercaba de forma implacable... Aquella empresa estaba sentenciada y aquella antigua familia, passée. Wilhelm Geelmaack no hizo sino darle el último empujón hacia la ruina.
—¿Quiere decir que, en su opinión, mi querido señor cónsul —dijo el reverendo Wunderlich con una discreta sonrisa, mientras llenaba de vino tinto la copa de su dama y la suya propia—, aquello habría tenido el mismo desenlace sin la incorporación de Geelmaack y sus desatinos?
—Eso no —respondió el cónsul con aire reflexivo y sin dirigirse a nadie en concreto—. Sin embargo, creo que Dietrich Ratenkamp ciertamente no tuvo más remedio que asociarse con Geelmaack para que se cumpliera el destino... Debió de actuar bajo el peso de una necesidad inexorable... En fin, yo estoy convencido de que sí sabía más o menos qué estaba haciendo su socio en la empresa, de que no es tan cierto que no supiera nada. Pero estaba bloqueado...
—Bueno, bueno, basta, Jean —dijo el viejo Buddenbrook dejando la cuchara a un lado—. Esa es otra de tus ideas...
El cónsul, con una sonrisa vaga, alzó la copa hacia su padre. Pero Leberecht Kröger intervino:
—¡Dejen ya eso y disfrutemos del presente! Con cuidado y elegancia, agarró por el cuello una botella de vino blanco, cuyo corcho estaba decorado con un pequeño ciervo plateado, la giró un poco y examinó atentamente la etiqueta. «C. E. Köppen», y saludó al comerciante de vinos con la cabeza.
—¡Ay, qué sería de nosotros sin usted!
Las doncellas, con la mirada de Madame Antoinette fija en cada uno de sus movimientos, cambiaron los platos de porcelana de Meissen con borde de oro. Mademoiselle Jungmann dio algunas órdenes a la cocina a través de la campana del intercomunicador que la unía con el comedor. Empezaron a pasar las fuentes con el pescado y, mientras lo servían cuidadosamente, el reverendo dijo:
—Ese feliz presente, después de todo, no es algo que podamos dar por sentado. A la gente joven que está aquí sentada, disfrutando con nosotros, los mayores, ni se le ocurre pensar que las cosas pudieran haber sido distintas en otro tiempo. Puedo decir que, en no pocas ocasiones, he intervenido personalmente en el destino de los Buddenbrook. Cada vez que veo estos objetos —dijo, y se volvió hacia Madame Antoinette al tiempo que levantaba de la mesa una pesada cuchara de plata—, me pregunto si no formarían parte de las piezas que, en el año seis, tuvo en sus manos nuestro amigo, el filósofo Lenoir, sargento de su majestad el emperador Napoleón... Y entonces me viene a la memoria nuestro encuentro en la Alfstrasse, Madame.
Madame Buddenbrook bajó los ojos con una sonrisa que revelaba cierta turbación y, a la vez, el peso de los recuerdos. Tom y Tony, que no querían comer pescado y habían seguido con suma atención la conversación de los mayores, exclamaron casi al unísono desde un extremo de la mesa:
—¡Oh, por favor, cuéntenoslo, abuela!
Pero el pastor Wunderlich, que sabía lo poco que le gustaba a ella hablar de aquel suceso un tanto embarazoso, tomó la palabra en su lugar para contar una vez más la vieja historia que los niños estaban deseando oír por enésima vez y que tal vez alguno de los presentes todavía no conocía.
«En pocas palabras, pongámonos en situación: una tarde de noviembre, con un frío y una lluvia espantosos, vengo yo de hacer una diligencia y subo por la Alfstrasse, pensando en los difíciles tiempos que corren». El príncipe Blücher se había marchado y los franceses ocupaban la ciudad, aunque apenas se percibía la excitación reinante. Las calles estaban en calma; la gente se quedaba en casa por precaución. Al maestro carnicero Prahl, que se había plantado en su puerta con las manos en los bolsillos y había exclamado a pleno pulmón: «¡Pos sí que estamos buenos, esto es lo que faltaba!», le habían disparado una bala en la cabeza sin más. Entonces pienso: «Pásate a ver a los Buddenbrook, unas palabras de aliento podrían sentarles bien; el marido está en cama con erisipela y Madame estará muy atareada con el acantonamiento de los soldados». ¿Y a quién veo venir en ese mismo momento? A nuestra venerada madame Buddenbrook. Ahora bien, ¿en qué estado? Corría bajo la lluvia sin sombrero, sin siquiera un pañuelo sobre los hombros, dando tumbos más que caminando, y con su peinado completamente deshecho.
—¡Ay, no, Madame, eso sí que es cierto! De coiffure no quedaba ni rastro. «¡Qué agradable sorpresa!», exclamo, y me permito sujetar de una manga a Madame, que ni me ve, pues no auguro nada bueno. «¿Adónde va tan deprisa, querida mía?» Ella se percata de que estoy allí, me mira y acierta a decir: «Es usted... —¡Adiós! ¡Todo ha terminado! ¡Voy a arrojarme al Sena!». «¡Por Dios bendito!», digo yo, y me noto palidecer. «Este no es lugar para usted, querida mía. Pero, ¿qué ha pasado?». Y la sujeto con toda la fuerza que me permite el respeto: «¿Qué ha pasado?», exclama ella temblando. «¡Le están echando el guante a la plata, Wunderlich! ¡Eso es lo que ha pasado! ¡Y Jean tiene erisipela y no puede ayudarme! ¡Y tampoco podría ayudarme aunque estuviera sano! ¡Me roban mis cucharas, mis cucharas de plata! Eso es lo que ha pasado, Wunderlich, así que voy a tirarme al Trave». Entonces, la sujeto y le digo lo que se suele decir en estos casos: «¡Courage, querida mía!», le digo. «Todo se arreglará», «vamos a hablar con esa gente, serénese, mujer, se lo ruego, vamos para allá». La conduje calle arriba de nuevo a su casa. En el comedor nos encontramos con la milicia, tal y como la había dejado Madame: unos veinte hombres desvalijando el gran baúl donde se guardaba la plata. «¿A quién de ustedes, caballeros, puedo dirigirme?», pregunto cortésmente. Entonces todos empiezan a reírse y responden: «¡A todos nosotros, papá!». Sin embargo, uno se adelanta y se presenta: un hombre alto como un árbol, con un bigotillo negro engominado y grandes manos rojas que asoman por los puños galoneados de la levita. «Lenoir», se presenta, y saluda con la izquierda, puesto que con la derecha sostiene un manojo de cinco o seis cucharas de plata. «Sargento Lenoir, ¿qué desea el caballero?». «Señor oficial», digo yo, apelando a su punto de honor. «¿Es acaso compatible con su brillante cargo el apoderarse de estos objetos? La ciudad no ha opuesto resistencia al Emperador». «Pero, ¿usted qué quiere?», responde. «¡Es la guerra! Esta gente también necesita cubiertos...». «Debería tener en cuenta una cosa», le interrumpo, porque se me acaba de ocurrir una idea. «Esta dama —digo, porque ¿qué otra cosa se puede decir en una situación así?—, la señora de esta casa, no vaya a creer que es alemana, es casi compatriota suya: es francesa. ». «¿Francesa?», repite él. ¿Y qué creen que añadió aquel gamberro larguirucho? Pues que era una emigrante. Pero... ¡Pero entonces es una enemiga de la filosofía!».
Yo me quedo atónito, pero me trago la risa. «Veo, caballero, que es usted un hombre cabal. Le repito que no me parece de recibo que un hombre de su categoría se dedique a estos menesteres». Guarda silencio un instante, pero luego se sonroja, lanza las seis cucharas de vuelta al baúl y exclama: «¿Y quién le dice a usted que pretendo yo otra cosa con estos objetos que contemplarlos un poco? ¡Son cosas muy bonitas! Si alguno de mis hombres se llevara alguna pieza como recuerdo...».
«En fin, a pesar de todo se llevaron bastantes souvenirs; no hubo apelación a la justicia humana o divina que pudiera impedirlo... Si no conocían otro dios que aquel tipo bajito tan horrible...
—¿Llegó usted a verlo alguna vez, reverendo?
De nuevo cambiaron los platos. Apareció en la mesa un colosal jamón empanado de color rojo teja, previamente ahumado y luego cocido, con una salsa marrón de chalotas un poco ácida y tal cantidad de verduras que una sola fuente habría bastado para que todos los comensales quedaran ahítos. Leberecht Kröger se encargó del trinchado. Con los codos hábilmente levantados y los dedos índices bien estirados, uno sobre el canto del cuchillo y el otro sobre el tenedor, cortaba con esmero las jugosas lonchas. También sirvieron la obra maestra de la consulesa Buddenbrook: el «dulce ruso», una mezcla de frutas en conserva con un rico sabor a licor y un toque de aguja.
El reverendo lamentaba no haber visto nunca a Bonaparte. Johann Buddenbrook padre y Jean Jacques Hoffstede, en cambio, se habían encontrado con él cara a cara: el primero, en París, justo antes de la campaña de Rusia, durante un desfile en el patio del castillo de las Tullerías; el segundo, en Danzig.
—Ay, por Dios, no era nada agradable —dijo Hoffstede mientras alzaba las cejas y se llevaba a la boca una composición de jamón, col de Bruselas y patata que había acertado a ensartar en el tenedor—. Y eso que dicen que estuvo la mar de alegre aquella vez en Danzig. Por entonces contaban una anécdota divertida: se pasaba el día apostando dinero con los alemanes, y no poco, por cierto; por las noches, en cambio, jugaba con sus generales. «N'est-ce pas, Rapp?», dijo, mientras cogía un puñado de monedas de oro de la mesa: «Les Allemands aiment-ils ces petits Napoléons?». «Oui, Sire, plus que le Grand!», le respondió Rapp.
En medio de la hilaridad y el estruendo general —pues Hoffstede había contado la anécdota con mucha gracia, imitando incluso los gestos del emperador—, Johann Buddenbrook padre dijo:
—Bueno, bueno, bromas aparte, todo mi respeto ante su grandeza personal. ¡Qué personaje!
El cónsul meneó la cabeza con gesto serio.
—No, no; nosotros, los más jóvenes, ya no comprendemos que se venerase al hombre que asesinó al duque de Enghien y masacró a ochocientos prisioneros en Egipto.
—Es probable que todo eso haya sido exagerado y falseado —dijo el reverendo Wunderlich. Puede que el duque fuese un hombre alocado y rebelde, pero, en lo que respecta a los prisioneros, sin duda su ejecución fue fruto de una decisión necesaria y bien sopesada por parte de un consejo de guerra, como mandan los cánones. Y habló de un libro que se había publicado algunos años atrás y que él había leído: la obra de un secretario del Emperador, digna de la mayor atención.
—Da lo mismo —insistió el cónsul, despabilando una vela que temblaba en su candelabro delante de él—. No lo entiendo. ¡No entiendo la admiración que despertaba ese monstruo! Como cristiano, como persona religiosa, no encuentro espacio en mi corazón para un sentimiento así.
Su rostro había adoptado una expresión serena y soñadora; incluso había ladeado un poco la cabeza. Mientras tanto, su padre y el reverendo Wunderlich parecían sonreírse mutuamente en silencio.
—Bueno, bueno —bromeó Johann Buddenbrook—, pero los pequeños Napoleones no estaban nada mal, ¿verdad? A mi hijo le entusiasma Louis Philippe ―añadió.
—¿Le entusiasma? —repitió Jacques Hoffstede con sorna—. ¡Curiosa combinación! Philippe Égalité y el entusiasmo...
—Bien, a mí me parece que tenemos mucho que aprender de la Monarquía de Julio —dijo el cónsul con seriedad y entusiasmo. La excelente y útil relación entre el constitucionalismo francés y los nuevos ideales e intereses prácticos de la época es, sin duda, muy de agradecer.
— Ideales prácticos... Bueno, bueno... —El viejo Buddenbrook, concediendo un descanso a sus maxilares, jugueteaba con una petaquita de oro—. —Ideales prácticos... —Nada, eso no es para mí —dijo, de puro hastío, en dialecto. Así salen como hongos las instituciones de formación profesional, las escuelas técnicas y las escuelas de comercio, y de repente el bachillerato y la formación clásica se consideran tonterías, y el mundo entero no piensa más que en minas, industrias y ganar dinero. ¡Bien, bien! Todo eso está muy bien. Claro que, por otro lado, es un poco tonto, ¿no? No sé por qué me cae tan mal... En fin, no he dicho nada, Jean... La Monarquía de Julio es una buena cosa.
El senador Langhals, junto con Grätjens y Köppen, estaban del lado del cónsul. Sí, ciertamente, el Gobierno francés y las iniciativas similares en Alemania merecían el mayor de los respetos. El señor Köppen volvió a decir «repetir». Con la comida se había puesto mucho más colorado y resoplaba de forma notoria. El rostro del reverendo Wunderlich permanecía blanco, fino y despierto a pesar de que bebía una copa tras otra con total naturalidad.
Las velas se consumían lentamente y, a veces, cuando la corriente de aire inclinaba sus llamas hacia un lado, se extendía por la mesa un suave olor a cera.
Todos estaban sentados en pesadas sillas de respaldos altos y comían pesadas y sabrosas viandas con pesados y buenos cubiertos de plata. Las acompañaban de pesados y buenos vinos y exponían sus opiniones. Pronto pasaron a hablar de negocios y, sin querer, también fueron pasando cada vez más al dialecto, a esa forma de expresión cómodamente pesada que parecía aunar la concisión propia de los comerciantes con la relajación propia de los acomodados y que aquí y allá exageraban con una autoironía bienintencionada. Ya no decían «para la Bolsa», sino «pa' la Bolsa», y relajaban los finales de las sílabas poniendo cara de satisfacción.
Las damas no habían seguido el debate durante mucho tiempo. Madame Kröger había tomado la iniciativa en la conversación femenina, explicando con todo lujo de detalles la mejor manera de preparar las carpas al vino tinto.
«Una vez cortadas en buenos pedazos, querida, hay que echarlas a la cacerola con cebollas, clavo y un poco de bizcocho, y luego han de romper a cocer añadiendo una pizca de azúcar y una cucharada de mantequilla...». Pero nada de lavarlas y quitar toda la sangre, por Dios...
Al viejo Kröger se le ocurrían las bromas más divertidas. En cambio, el cónsul Justus, su hijo, que estaba sentado junto al doctor Grabow en un lugar mucho menos preferente y cerca de los niños, había iniciado una conversación jocosa con la señorita Jungmann. Ella guiñaba sus ojillos marrones y, como tenía por costumbre, sostenía el cuchillo y el tenedor en alto mientras se balanceaba ligeramente. Incluso los Overdieck habían alzado la voz y cobrado vida. La anciana consulesa había encontrado un nuevo calificativo amoroso para su esposo: «Mi corderito manso», le decía, y estaba tan contenta que se le meneaba la cofia.
La conversación confluyó en un único asunto cuando Jean Jacques Hoffstede sacó a colación su tema favorito: el viaje a Italia que había realizado quince años atrás con un pariente rico de Hamburgo. Habló de Venecia, de Roma y del Vesubio, de la Villa Borghese, donde el difunto Goethe había escrito una parte de su Fausto, y se entusiasmó recordando las fuentes renacentistas en las que había tenido ocasión de refrescarse y las hermosamente ajardinadas avenidas en las que tan a gusto se paseaba. Entonces, alguien mencionó el gran jardín asilvestrado que los Buddenbrook poseían justo detrás del Burgtor.
—¡A fe mía! —dijo el viejo—. ¡Todavía me irrita no haber sido capaz de conseguir que, en su día, le dieran una apariencia un poco más humana! Hace poco volví a pasar por allí... ¡Qué vergüenza, esa selva virgen! Qué grata posesión sería si el césped estuviera cuidado y los árboles estuvieran podados en forma de conos y cubos...
El cónsul, sin embargo, protestó enérgicamente.
—¡Por Dios, papá! A mí me encanta pasear por la maleza en verano; si esa bella naturaleza fuese recortada y repodada de ese modo tan lamentable, perdería su encanto.
—Sí, ya, pero si esa naturaleza me perteneciera, tendría todo el derecho del mundo a darle la forma que me gustara...
—Ay, padre, cuando me tumbo sobre esa hierba alta y bajo los matorrales salvajes, siento como si yo perteneciera a la naturaleza y no tuviera derecho alguno sobre ella.
—¡Christian, no seas comilón! —exclamó de pronto el abuelo Buddenbrook. A Tilda no le hace daño... Traga como un pozo sin fondo, la niña...
Ciertamente, las destrezas que aquella niña tímida y escuálida desarrollaba a la hora de comer eran un prodigio. Cuando le preguntaron si quería un segundo plato de sopa, respondió humildemente, estirando las palabras: «Sí, por favor». Repitió tanto del pescado como del jamón empanado, y siempre con considerables cantidades de guarnición. Con su habitual actitud solícita y miope, se inclinaba sobre su plato y se lo comía todo sin prisa, con discreción y a grandes bocados. A las palabras del anciano señor de la casa, se había limitado a responder, estirando las palabras, con amabilidad, sorpresa y pocas luces: «Dios... —¿Tío?». Pero no se dejó intimidar; comía, le gustase el plato o no, se burlasen de ella o no, con la instintiva voracidad de los parientes pobres invitados a la mesa de los ricos: sonreía impasible, se llenaba el plato de cosas ricas y comía con paciencia, tenacidad, hambre y esqueleticidad.
Entonces sirvieron el Plettenpudding, un postre elaborado con sucesivas capas de almendras, frambuesas, bizcocho, crema pastelera y merengue, en dos grandes cuencos de cristal tallado. En el extremo inferior de la mesa, en cambio, se armó una enorme algarabía de pronto, pues a los niños les habían preparado su postre favorito: pudin de ciruelas flambeado.
—Thomas, hijo mío, ten la bondad —dijo Johann Buddenbrook sacando un enorme manojo de llaves del bolsillo del pantalón—: en el segundo sótano, a la derecha, en la segunda balda, detrás del tinto de Burdeos, hay dos botellas, ¿vas a por ellas?
Thomas, que estaba acostumbrado a este tipo de encargos, salió corriendo y regresó con dos botellas muy polvorientas, recubiertas con una redecilla metálica. Apenas se sirvieron de aquel continente de apariencia tan poco gloriosa, el dorado y dulce vino añejo de Malvasía en las copitas de postre, el reverendo Wunderlich se puso en pie, copa en mano, y comenzó el brindis con agradables palabras mientras todos guardaban silencio. Hablaba con la cabeza un poco ladeada, con una fina y divertida sonrisa en su blanco rostro, moviendo la mano que le quedaba libre con encantadores y recogidos gestos, en el tono desenfadado y afable que tanto le gustaba emplear también en el púlpito.
—Y ahora, mis buenos amigos, tened a bien vaciar conmigo una copa de este exquisito licor a la salud de nuestros veneradísimos anfitriones en su nuevo y esplendoroso hogar. Por la familia Buddenbrook, tanto por los presentes como por los ausentes... ¡Vivant!
«Los ausentes... —pensó el cónsul, mientras hacía una reverencia ante las copas que le tendían—. Se referirá únicamente a los de Fráncfort y, quizá, también a los Duchamps de Hamburgo... «¿O acaso el viejo Wunderlich lo ha dicho con segundas intenciones?». Se levantó para chocar su copa con la de su padre y le miró a los ojos con cariño.
Entonces, Grätjens, el corredor de fincas, se levantó para tomar la palabra. Como punto y final de su intervención, pidió un brindis por la casa Johann Buddenbrook y su futuro crecimiento, florecimiento y esplendor, para mayor honor de la ciudad.
Johann Buddenbrook dio las gracias a todos por sus amables palabras, en primer lugar, como cabeza de familia y, en segundo lugar, como miembro más antiguo de la dirección de la Casa Buddenbrook. Además, envió a Thomas a buscar una tercera botella de vino, ya que se había equivocado al calcular que con dos sería suficiente. También habló Leberecht Kröger. Se permitió permanecer sentado, actitud que consideraba todavía más deferente, y se limitó a desplegar su repertorio más obsequioso de gestos con la cabeza y las manos para dedicar su brindis a las dos señoras de la casa: madame Antoinette y la cónsul.
Cuando terminó y ya casi no quedaba plettenpudding, se levantó el señor Jean Jacques Hoffstede con un carraspeo y fue coreado por un «¡Oh!» general. Los niños, en el otro extremo de la mesa, estuvieron a punto de romper a aplaudir de alegría.
—En fin, excusez! No he podido resistirme a... —empezó a decir, rozando ligeramente la punta de su puntiaguda nariz mientras sacaba un papel del bolsillo de la levita. Un profundo silencio invadió la sala.
El pliego que sostenía entre sus manos estaba iluminado con los colores más vivos y tenía un óvalo central rodeado por un marco de flores rojas en el exterior y todo tipo de volutas doradas. De él leyó las siguientes palabras: «Con motivo de la cordial participación en la feliz fiesta de inauguración de la recién adquirida casa de la familia Buddenbrook. Octubre de 1835». Luego dio la vuelta a la página y, con voz algo trémula, comenzó:
«Hoy que estamos todos juntos en vuestra nueva mansión, honores quiere rendiros esta mi humilde canción.
A ti, de pelo cano, mi amigo, y a tu venerable esposa y a tus hijos tan queridos. Tesón, trabajo y belleza se han aunado en sus muros: feliz obra de Venus Anadiomene y de Vulcano. Que ningún futuro enturbie la dicha de vuestras vidas; que cada día os regale nuevas alegrías.
Brindaré con vosotros por vuestra infinita gloria. Cuánto bien os deseo, mi mirada os lo dice ahora. Sed muy felices aquí y guardad en el corazón a quien con sincero afecto os ha querido cantar hoy.
Saludó al público y todos, al unísono, prorrumpieron en fervientes aplausos.
—¡Charmant, Hoffstede! —exclamó el viejo Buddenbrook—. ¡A tu salud! —Bueno, bueno... Ha sido magnífico.
Ahora bien, cuando la cónsul brindó con el poeta, un ligerísimo rubor coloreó su rostro de porcelana, pues había captado la graciosa reverencia que él había hecho hacia donde estaba sentada al aludir a «Venus Anadi Mene» 8.
8 Se refiere a la Venus que emerge de las aguas, desnuda o casi, símbolo de la belleza erótica. (N. de la T).
El alborozo general había alcanzado su punto culminante y el señor Köppen sintió la necesidad de desabrocharse un par de botones del chaleco, pero aquello habría ido en contra del decoro, ya que ni siquiera los caballeros de más edad se permitían nada semejante. Leberecht Kröger seguía sentado en su silla igual de erguido que al principio de la comida, el reverendo Wunderlich seguía igual de blanco y compuesto, el viejo Buddenbrook se había recostado un poco en el respaldo, eso sí, pero conservaba las formas más refinadas, y el único que parecía un poco ebrio era Justus Kröger.
¿Dónde estaba el doctor Grabow? La consulesa se levantó con suma discreción y se dirigió hacia la puerta, pues en el extremo menos preferente de la mesa habían quedado vacías las sillas de Mamsell Jungmann, el doctor Grabow y Christian, y desde la sala de columnas llegaba el eco de un sollozo ahogado. Abandonó la sala deprisa, detrás de la doncella, que acababa de servir mantequilla, queso y fruta, y efectivamente, en la penumbra, en el banco acolchado que se extendía a lo largo de la columna central, encontró al pequeño Christian, quien, acurrucado, se deshacía en unos gemidos que partían el corazón.
—¡Ay, por Dios, madame! —dijo Ida, de pie junto al niño con el doctor—. ¡Qué malito se nos ha puesto el pequeño!
—¡Estoy malo, mamá, estoy malo del demonio! —lloriqueaba Christian, y sus ojillos redondos y hundidos, detrás de una nariz demasiado grande, se revolvían de un lado para otro.
—Si decimos esas palabras tan feas, el buen Dios nos castigará y hará que nos pongamos peor todavía.
El doctor Grabow le tomó el pulso; su rostro bondadoso parecía haberse vuelto aún más alargado y dulce.
—Una pequeña indigestión, nada importante, señora cónsul —la consoló. Y luego prosiguió en su tono funcionarial, lento y pedante: «Lo más pertinente sería llevarlo a la cama...». Un vasito de sales digestivas, tal vez una tacita de manzanilla para que sude... Y dieta estricta. ¿Consulesa? Lo dicho, dieta estricta: un poco de pichón, un poco de pan francés...
—¡Pichón no! —chilló Christian fuera de sí—. ¡No quiero volver a comer nada nunca jamás! ¡Estoy malo, estoy malo del demonio!
Parecía que la palabrota le producía cierto alivio, tanta era la pasión con que la pronunciaba.
El doctor Grabow sonrió para sus adentros con una sonrisa indulgente e incluso algo melancólica. ¡Claro que volvería a comer aquel jovencito! Vivirá como todo el mundo. Como sus padres, parientes y conocidos, pasaría sus días sentado, interrumpiéndolos cuatro veces al día para ingerir comidas tan exquisitas como pesadas. Pero, ¡bendito sea Dios!, él, Friedrich Grabow, no era quien para derrocar las costumbres de todas aquellas respetables, acomodadas y felices familias. Acudiría cuando lo llamaran y recomendaría guardar una dieta estricta durante un día o dos (un poco de pichón, un poco de pan francés..., en fin...), y sin ningún cargo de conciencia afirmaría que, en esta ocasión, no se trataba de nada importante. A pesar de su juventud, ya había tenido varias ocasiones de sostener entre sus manos la de algún honorable burgués que había estado comiendo su última pierna de carne ahumada o su último pavo relleno, y al que luego se lo había llevado el Señor, ya fuera de forma repentina, sorprendiéndolo en el sillón de su despacho, o después de un rato de agonía en su sólida cama antigua. Un ataque, se decía en tales casos, una apoplejía, una muerte repentina e imprevista... En fin... Y él, Friedrich Grabow, habría sido capaz de enumerar todas las veces en las que «no había sido nada importante», en las que ni siquiera lo habían llamado, en las que el hombre, al levantarse de la mesa y volver al despacho, había sentido tal vez un pequeño y extraño mareo. Pero, ¡bendito sea Dios!, él tampoco era precisamente quien para desdeñar los pavos rellenos. El jamón empanado con salsa de chalotas de esa noche había estado exquisito. Y, después, cuando ya le costaba respirar, llegó el pudin: castañas, frambuesas y merengue. En fin...
—Lo dicho: dieta estricta. ¿Consumesala? Un poco de pichón, un poco de pan francés...
En el comedor había llegado el momento de levantar la mesa.
