Los Derechos de la Naturaleza - David R. Boyd - E-Book

Los Derechos de la Naturaleza E-Book

David R. Boyd

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Beschreibung

Winner of the Green Prize for Sustainable Literature

A growing body of law around the world supports the idea that humans are not the only species with rights; and if nature has rights, then humans have responsibilities.

“Expertly written case studies in which legalese is accessibly distilled … empowering reminders that the seemingly inevitable slide toward planetary destruction can be halted.” — Publishers Weekly, starred review

Palila v Hawaii. New Zealand’s Te Urewera Act. Sierra Club v Disney. These legal phrases hardly sound like the makings of a revolution, but beyond the headlines portending environmental catastrophes, a movement of immense import has been building — in courtrooms, legislatures, and communities across the globe. Cultures and laws are transforming to provide a powerful new approach to protecting the planet and the species with whom we share it.

Lawyers from California to New York are fighting to gain legal rights for chimpanzees and killer whales, and lawmakers are ending the era of keeping these intelligent animals in captivity. In Hawaii and India, judges have recognized that endangered species — from birds to lions — have the legal right to exist. Around the world, more and more laws are being passed recognizing that ecosystems — rivers, forests, mountains, and more — have legally enforceable rights. And if nature has rights, then humans have responsibilities.

In The Rights of Nature, noted environmental lawyer David Boyd tells this remarkable story, which is, at its heart, one of humans as a species finally growing up. Read this book and your world view will be altered forever.

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Los derechos de la naturaleza Una revolución legal que podría salvar al mundo

David R. Boyd Traducción: Santiago Vallejo Galárraga

Contenido

Prefacio a la edición en españolPrefacioIntroducción: Tres ideas dañinas y una potencial soluciónPropiedadCosmovisiones indígenasDerechosCambiando valores, cambiando culturas, cambiando las leyesPrimera parte: Los derechos de los animalesEl vertebrado honorarioCapítulo 1: Avances en el entendimiento de las mentes de los animales InteligenciaEmocionesLenguajeUso de herramientasMemoriaCulturaPrevisiónCooperaciónConciencia de sí mismoAltruismoLucyCapítulo 2: La evolución del bienestar animalMejorando el bienestar animalCapítulo 3: ¿Puede un chimpancé ser una persona jurídica?Capítulo 4: La expansión de los derechos de los animalesSegunda parte: Los derechos de las especiesUn pez, una represa y una demanda que cambió el mundoCapítulo 5: Salvando a las especies en peligro de extinciónUn policía corrupto y el unicornio del marCapítulo 6: Las leyes para especies en peligro de extinción se vuelven mundialesTercera parte: Los derechos de la naturaleza De árboles a ríos y ecosistemasWalt Disney, el Club Sierra y el Valle de Mineral KingCapítulo 7: Momentos de cuencas hidrográficas: haciendo valer los derechos de los ecosistemas estadounidensesGrant versus GoliatExtracción de agua corporativaPerforación de petróleo y gas en Nuevo MéxicoCapítulo 8: Un río se vuelve una persona jurídicaLa tierra estuvo aquí primeroCapítulo 9: Te Urewera: el ecosistema anteriormente conocido como parque nacionalCuarta parte: Los derechos de la naturaleza Nuevos fundamentos constitucionales y legalesUn río va a la corteCapítulo 10: Pachamama y la pionera Constitución del EcuadorUn improbable presidente y defensor de los derechos de la naturalezaCapítulo 11: Bolivia y los derechos de la Madre TierraUna voz por la Gran Barrera de CoralCapítulo 12: Quienes cambian el juego mundialConclusión: Planeta correcto, tiempo de derechosNotasBibliografíaCopyright

Para Meredith, Margot, Neko y las ballenas asesinas residentes en el sur.

Prefacio a la edición en español

La versión en inglés de este libro, The Rights of Nature (Los derechos de la naturaleza), se publicó en el 2017. Tres años más tarde, es extraordinario ser testigo de la rapidez con la que este revolucionario concepto legal y cultural se ha extendido por todo el mundo. En el 2017 los epicentros de este movimiento fueron el Ecuador, Bolivia, Nueva Zelanda y los Estados Unidos.

El progreso continúa en cada uno de esos lugares. Por ejemplo, en el Ecuador se han enmendado más de 75 leyes y reglamentos para incorporar los derechos de la naturaleza y al menos una docena de casos judiciales se han ocupado de esos derechos. En dos fallos separados, los tribunales ecuatorianos declararon que la minería violaba los derechos de la naturaleza. Nueva Zelanda se ha comprometido a elaborar una nueva ley para reconocer los derechos del monte Taranaki, un lugar de inmensa importancia para el pueblo maorí. En los Estados Unidos se aprobó una ley que reconoce los derechos del lago Erie, aunque esa ley está siendo impugnada en los tribunales.

Tal vez lo más importante es que los derechos de la naturaleza se reconocen en la legislación de una lista cada vez mayor de países, ya sea en el ámbito local, regional o nacional. Según el último informe de Armonía con la Naturaleza, iniciativa de las Naciones Unidas, las leyes, decisiones judiciales o políticas relativas a los derechos de la naturaleza existen actualmente en docenas de países. Uganda añadió los derechos de la naturaleza a su legislación ambiental nacional. Los tribunales colombianos han reconocido los derechos de la selva amazónica, dos parques nacionales y al menos diez ríos (Atrato, Cauca, Coello, Combeima, Cocora, La Plata, Magdalena, Otún, Pance y Quindío), que cubren más del 80 % del país.

El Tribunal Superior de Bangladés dictaminó que todos los ríos de ese país tienen derechos. En la Argentina, Brasil, los Países Bajos y España se han aprobado leyes y ordenanzas locales para proteger maravillas naturales como el mar de Wadden y el mar Menor (la laguna de agua salada más grande de Europa). Los tribunales de más alto nivel de Guatemala, la India y México han emitido dictámenes poderosos en los que se reconocen los derechos de la naturaleza. La Corte de Constitucionalidad de Guatemala reconoció el agua como una entidad viva. Las comunidades indígenas de Canadá y los Estados Unidos han publicado sus propias leyes, en las que reconocen los derechos de elementos de la naturaleza que van desde los ríos hasta el arroz silvestre. Es difícil seguir el ritmo de la marea de acción.

En el 2019 el Tribunal Superior de Justicia de Brasil reconoció los derechos del loro amazónico de frente turquesa. En el 2020 un tribunal de la India reconoció los derechos del lago Sukhna a ser protegido y preservado. También en el 2020 el Tribunal Superior de Justicia de Islamabad de Pakistán emitió un fallo que reconoció los derechos de una amplia gama de animales no humanos, afirmando que “al igual que los humanos, los animales también tienen derechos naturales que deben ser reconocidos. Es un derecho de cada animal, un ser vivo, a vivir en un entorno que satisfaga las necesidades conductuales, sociales y fisiológicas de este último”. En la Argentina, Australia, Chile, El Salvador, Francia, Nigeria, Filipinas, Suecia y Suiza se están llevando a cabo otras iniciativas encaminadas a lograr el reconocimiento jurídico de los derechos de la naturaleza.

También es importante señalar que la versión en inglés de este libro se publicó antes de los informes históricos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) y la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés). En el 2018 el IPCC informó que era necesario reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono, entre un 40 % y un 60 % con respecto a los niveles del 2010 para el 2030, a fin de evitar un cambio climático catastrófico. En el 2019 la IPBES publicó una evaluación sin precedentes sobre la disminución de la biodiversidad mundial, advirtiendo que un millón de especies están en peligro de extinción. Tanto el IPCC como la IPBES pidieron cambios rápidos, sistémicos y transformadores para hacer frente a estas crisis ambientales interconectadas.

La aparición del nuevo coronavirus (SARS-CoV-2) en el 2019 puso de relieve el hecho de que los seres humanos no están separados del resto de la naturaleza ni son superiores a ella. La COVID-19 demostró con dolorosa claridad que la salud de todas las personas del mundo está conectada con la salud de los ecosistemas. Las advertencias científicas sobre los riesgos masivos de los coronavirus fueron ignoradas durante décadas, lo que condujo al desastre. No debemos repetir nuestro error ignorando las advertencias de los científicos sobre los profundos riesgos que plantean la emergencia climática y la crisis de la naturaleza.

A pesar de la pandemia mundial de la COVID-19, en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica, celebrada en el 2020, los dirigentes de todo el planeta reconocieron la necesidad de un cambio transformador para lograr un futuro en el que la humanidad viva en armonía con el resto de la naturaleza. Es una señal alentadora que el actual proyecto de marco mundial para la diversidad biológica posterior al 2020 incluya una referencia directa a los derechos de la naturaleza.

El reloj está corriendo. Estamos al borde de la sexta extinción masiva en la historia de la Tierra. El futuro de este hermoso planeta azul verde, el único cuerpo celeste en el universo conocido por sustentar la vida, depende de cambios transformadores en la relación de la humanidad con las comunidades de especies con las que compartimos este hogar. Si el reconocimiento de los derechos de la naturaleza puede contribuir a prevenir una calamidad tan oscura y distópica, entonces debemos perseguirlo con toda la energía que podamos reunir.

Prefacio

No sorprende que este libro sobre los derechos de la naturaleza esté inspirado en mi amor por el mundo natural. Es una pasión que se encendió cuando era un chico que vagaba por las Rocallosas y cuya llama aún se mantiene viva compartiendo las maravillas de la Costa Oeste de Canadá con mi hija Meredith y mi compañera Margot.

En el año 2000 hice un viaje en velero al bosque lluvioso del Gran Oso, en Columbia Británica, con unos amigos que trabajaban para la Sociedad Conservacionista Raincoast. Una mañana muy temprano, al alba, el capitán Brian Falconer vio una manada de ballenas asesinas. Pronto estuvimos todos en cubierta, viendo cómo emergían las aletas dorsales del mar y escuchando las explosivas exhalaciones de las orcas romper el silencio de la mañana. Brian lanzó un micrófono submarino por un costado de la nave e instaló un altavoz a batería. De pronto, estábamos espiando conversaciones entre cetáceos. Se podían distinguir varias voces, algunas profundas y resonantes, otras chillonas y casi de soprano. Era extraño y familiar a la vez. Mientras las ballenas se comunicaban entre ellas, las lágrimas recorrían nuestros rostros. Estábamos maravillados y nos sentíamos privilegiados de poder escuchar las conversaciones de las ballenas, íntimamente conectados por este momento con aquellos animales notables, complejos, sociales e inteligentes.

En el 2004, una noche antes de que Margot y yo nos casáramos en las islas Pender (en el mar de Salish, entre Victoria y Vancouver), por lo menos unas cincuenta ballenas asesinas pasaron por nuestra casa interrumpiendo su trayectoria regular para una exhibición increíble. Las orcas saltaban del mar, espiaban los alrededores, golpeaban el agua con la cola y, en general, continuaban como si estuvieran teniendo exhalaciones explosivas. Tal vez estaban cazando salmones. Tal vez celebraban algo. Tal vez estaban jugando o participando en algún ritual sobre el que no teníamos la menor idea. En todo caso, era espectacular y nuestros amigos y parientes estaban atónitos.

Desde entonces, en muchas ocasiones nos hemos cruzado con manadas de orcas cuando navegamos en kayak alrededor de la isla donde se encuentra nuestra casa. Se trata de las ballenas asesinas residentes en el sur, las cuales pasan mucho de su tiempo en las aguas que rodean las islas San Juan en los Estados Unidos y las islas del Golfo Sur en Canadá. Puede ser desconcertante, por decirlo de manera suave, ver una aleta dorsal de casi dos metros de altura aproximarse hacia usted, dejando en el agua una estela en forma de fauces, mientras usted está sentado en su kayak de plástico. Su embarcación de pronto parece algo endeble. En cierta ocasión, sin que lo notara, las orcas se me acercaron por la espalda mientras remaba con el viento en contra. Estuve a punto de perder el control de los remos y de mi vejiga cuando una gran orca macho apareció justo frente a mí, tan cerca que podía ver gotas de agua recorriendo su enorme espalda. Una orca adulta puede tener nueve metros de largo y pesar más de 5000 kilogramos, un par de números que son abstractos hasta que no se la tiene de repente al alcance.

Las residentes del sur ocasionalmente interrumpían la escritura de este libro. Cuando me siento a escribir en el escritorio que se encuentra en nuestra cabina dotada de energía solar, puedo escucharlas aproximándose a través del Canal de Swanson desde el sudeste. Aunque he observado a estas criaturas cientos de veces, todavía me estremezco de emoción cuando aparecen. Dejo mi escritorio y corro hacia el océano para verlas hasta perderlas de vista. Algunas veces me lanzo a mi kayak y las sigo desde una respetuosa distancia durante algunos minutos.

Los científicos solo han conseguido arañar la superficie de los misterios que encierran estos animales, pero lo que han descubierto con sus investigaciones resulta fascinante. Las orcas viven en sociedades matrilineales, lo cual significa que su estructura social se basa en unidades conformadas por adultas hembras y su descendencia. Ellas pasan sus vidas enteras (sobre los cien años en algunos casos) siendo parte de unidades familiares fuertemente entrelazadas entre sí, denominadas manadas. Toda la manada contribuye a criar a los jóvenes, compartir comida y enseñar a cazar. A las hembras más viejas les llega la menopausia; así, las orcas son una de las dos especies no humanas que se sabe científicamente que la experimentan (la otra es la ballena de aleta corta o calderón tropical). Los científicos creen que las orcas adultas mayores juegan un rol vital ayudando a criar a los ballenatos de hembras más jóvenes e identificando áreas de alimentación abundantes. Las diferentes poblaciones poseen distintos dialectos, preferencias alimenticias y patrones de apareamiento, los cuales reflejan esencialmente discrepancias culturales. Tanto científicos como observadores interesados pueden identificar individualmente cada ballena a través de diferencias en su tamaño, aletas dorsales y patrones de color. Las ballenas tienen cerebros grandes y utilizan la ecolocalización para navegar, hallar presas y comunicarse. Sus voces pueden viajar en el océano por muchos kilómetros. Nosotros solo podemos especular sobre lo que se dicen entre sí, las razones por las que viven en dichas sociedades tan cercanamente unidas y el tipo de cultura que han desarrollado.

Estas ballenas asesinas constan como especies en peligro de extinción tanto en Canadá como en los Estados Unidos. A finales de los años sesenta e inicios de los setenta, alrededor de cincuenta individuos de la población residente en el sur fueron capturados para exhibirlos en acuarios. Otra docena o más murieron en el proceso. Las historias de estas abducciones y muertes, así como los desesperados esfuerzos de las orcas adultas para proteger a sus crías, rompen el corazón. Tratándose de comunidades de ballenas asesinas tan unidas, estas debieron ser destrozadas para poder separarlas, seguramente aún no se recuperan.

Hoy en día solo quedan unas ochenta orcas en la población residente del sur. Las principales amenazas para su supervivencia son la escasez de salmón real (piedra angular de su dieta), la acumulación de químicos industriales tóxicos en sus cuerpos (que perjudican su salud e interfieren en su habilidad de reproducirse), ejercicios militares y el ruido proveniente del tráfico marítimo, aspectos que les producen estrés y les impiden cazar. Bajo el peso de este ataque múltiple, las residentes del sur están peligrosamente cerca del punto en que su recuperación se vuelva imposible.

Pero siempre hay esperanza. Durante el año que dediqué a escribir este libro, las hembras de la población de residentes del sur parieron nuevas crías. Aunque existe una alta tasa de mortalidad de estas pequeñas, hay pocos signos que induzcan tanta alegría y tanto optimismo como ver la diminuta aleta dorsal de una cría recién nacida entrando y saliendo del océano, nadando confortablemente junto a su madre.

Hay momentos en la vida, raros y fugaces en mi caso, cuando ves un destello. Hace algunos años estaba en una reunión de activistas provenientes de todo el continente americano en un centro de retiro localizado en los bosques de secoyas de las afueras de San Francisco. Una mañana me desperté temprano con ideas zumbando en mi cabeza a gran velocidad y pensé que sería mejor salir a correr y despejar mi mente. Por desgracia, estaba completamente oscuro afuera y no tenía una linterna ni conocía el terreno.

Necesitaba un plan B y por suerte encontré una piscina de unos ocho metros de largo por seis de ancho. Era demasiado corta para nadar tramos largos, así que, en vista de que no había nadie, pensé que trataría de nadar alrededor del perímetro. Al principio fue divertido, pero la novedad pronto se desvaneció. Era físicamente incómodo girar mi cuerpo noventa grados cada pocos segundos. Hacerlo por más de unos pocos minutos no solo sería doloroso, sino que volvería loco a cualquiera. Fue entonces cuando el rayo cayó.

Si era incómodo para mí, ¿cómo sería para las ballenas asesinas en cautiverio? Vivir en una pequeña piscina, día tras día, semana tras semana, año tras año, separadas de sus familias, de sus comunidades y de sus hogares. Esta ha sido la difícil situación de cientos de orcas en acuarios alrededor del mundo. La expectativa de vida de las orcas en cautiverio es bastante más corta que en el medio natural. Las orcas silvestres tienen un promedio de esperanza de vida de cincuenta años, aunque se ha visto que han logrado vivir sobre los cien. En cautiverio la esperanza de vida es veinticinco años, aunque algunas viven hasta los cuarenta. A pesar de los diversos daños que les hemos infligido, las ballenas asesinas en la naturaleza nunca han atacado o hecho daño a persona alguna. Sin embargo, las orcas en acuarios han matado a varias personas, incluyendo a sus propios entrenadores, y han hecho daño a otros.

Mientras flotaba en la diminuta piscina, me di cuenta de la responsabilidad que tenía de contribuir a los esfuerzos de proteger a estos magníficos animales. Era lo menos que podía hacer para compensar la alegría y admiración que me habían provocado. Los Gobiernos de Canadá y de los Estados Unidos se encuentran en las etapas iniciales de la implementación de acciones orientadas a promover la recuperación de las poblaciones de orcas residentes en el sur. A pesar del amparo proferido por las leyes estadounidenses para la protección de especies en peligro de extinción y de los mamíferos marinos, así como de la ley canadiense sobre las especies en riesgo, la población de ballenas asesinas residentes del sur continúa en declive. ¿Tendría un futuro más claro si pudiera ejercer derechos reconocidos por la ley?

La segunda criatura que interrumpió mis esfuerzos para completar este libro fue una gata calicó llamada Neko, quien se unió a nuestra familia después de un prolongado debate. Meredith estaba entusiasmada por tener un felino, instigada y secundada por Margot. Yo nunca he sido un amante de los gatos y realmente me preocupaba el impacto catastrófico de los gatos domésticos en las poblaciones de aves silvestres. Al final, nos comprometimos a tener un minino que estaría confinado a pasar mucho tiempo en casa y sería supervisado de cerca cuando estuviese afuera. Neko resultó ser una gata asustadiza, a quien le gustaba ver a los pájaros ir y venir de nuestros comederos desde la seguridad y comodidad que le brindaba nuestra sala. Durante los fríos meses de invierno, Neko se sentaba a menudo en mi regazo y ronroneaba mientras yo escribía este libro, y mi afecto por ella crecía. Pero lo más importante fue que ella me hizo reflexionar acerca de las relaciones entre las personas y las mascotas. ¿Cuáles son los deberes y derechos que definen nuestra relación?

Mi redacción también fue interrumpida por nuestros esfuerzos para restaurar la tierra en que vivimos. Nuestra casa de la isla Pender se encuentra en un acre de tierra orientado hacia el sur, inmersa en un ecosistema de árboles de roble oregón blanco. Los primeros exploradores describieron estos prados de roble como un “perfecto Edén” rodeado de naturaleza intocada. Este paisaje se caracteriza por la presencia de robles con troncos nudosos y arbustos deslumbrantes, tales como un único espécimen de árbol de hojas perennes y bayas rojas cuya corteza se encuentra desprendida. Los árboles están rodeados por exuberantes praderas de flores silvestres, como camassias, lirios de chocolate y hermosas estrellas fugaces. Al menos esa es la teoría. En la práctica se trata de un ecosistema en grave peligro, diezmado tanto por el desarrollo urbano y suburbano como por la conversión de prados en tierras de cultivo. El único roble y todos los lirios de chocolate existentes en nuestro jardín son los que plantamos después de retirar miles de matas de retamas de escobas invasivas. Los esfuerzos regionales por restaurar este ecosistema, que una vez fue espectacular, están en marcha, aunque se trata de una lucha cuesta arriba. Mientras deambulaba por ahí, arrancando retamas de escobas, me preguntaba si ayudaría que el ecosistema de árboles de roble oregón blanco tuviera derechos legales.

Un creciente número de personas alrededor del mundo creen que el derecho ambiental de hoy no es suficientemente fuerte como para proteger a la naturaleza. He practicado de manera profesional y he enseñado derecho ambiental en Canadá e internacionalmente por más de veinte años. En este tiempo he tenido muchas victorias, pero el pronóstico general sigue siendo sombrío. Necesitamos nuevos enfoques si queremos cambiar el rumbo con éxito. Gran parte de mi trabajo en años recientes ha implicado el estudio, análisis y, en última instancia, la promoción del reconocimiento del derecho humano a vivir en un medio ambiente saludable. Este prometedor enfoque se ha difundido ampliamente en los últimos cuarenta años, contribuyendo de modo substancial al progreso ambiental alrededor del mundo. Hace algunos años, mientras escribía un libro sobre protección ambiental y derechos humanos, me impresionó saber que el Ecuador había creado una Constitución revolucionaria que extendía derechos a la propia naturaleza, incluyendo a todas las especies y ecosistemas que existen en aquel país biológicamente tan rico.

El cambio se siente en el aire y no solo en el Ecuador. Hace apenas cincuenta años nadie parpadeó cuando Mundo Marino usó lanchas rápidas y aviones de avistamiento para localizar, atrapar y llevarse ballenas asesinas de los océanos, y retenerlas en pequeñas piscinas para el esparcimiento humano. Hoy por hoy, un acto como ese sería ampliamente condenado en muchos países. Un número creciente de lugares, desde California a Costa Rica, han promulgado leyes que prohíben la captura, la exhibición pública o la crianza de orcas. Con el cambio climático, la extinción y la contaminación en los titulares de prensa, la gente se está volviendo más consciente y está buscando soluciones creativas para nuestros dilemas ecológicos.

¿Hasta qué punto las leyes actuales reconocen los derechos de la naturaleza? ¿Tienen algún derecho legal las ballenas asesinas cautivas que viven en acuarios? ¿Tienen algún tipo de derecho, ya sea en forma individual o como especie, las orcas silvestres, por ejemplo, las residentes del sur? ¿Tienen algún derecho los ecosistemas en los que viven las orcas? ¿Ayudarían los derechos a salvar a las ballenas y a evitar que otras especies caigan en el precipicio y se extingan? ¿Los animales domésticos, como Neko, tienen derechos? ¿El reconocimiento de los derechos de la naturaleza ayudaría a empujar a la sociedad humana hacia una reconciliación con el resto de la comunidad de vida en la Tierra? Estas son las preguntas que me propuse responder en este libro. Las respuestas me sorprendieron, me energizaron. Espero que a ustedes les resulten interesantes.

Introducción*Tres ideas dañinas y una potencial solución

Hay un grito de alarma por los derechos humanos, decían, por toda la gente, y los pueblos indígenas decían: ¿qué pasa con los derechos del mundo natural? ¿Dónde está el lugar del búfalo o del águila? ¿Quién los representa ante este foro? ¿Quién va a hablar por el agua de la tierra? ¿Quién va a hablar por los árboles y los bosques? ¿Quién hablará por los peces, por las ballenas, por los castores, por nuestros niños?

Jefe Oren Lyons Jr., guardián de la fe de la tribu onondaga de la nación Haudenosaunee (Iroquois).

Hoy en día, los humanos tienen una relación profundamente problemática con otros animales y especies, y con los ecosistemas de los cuales depende toda la vida en la Tierra. Nosotros pretendemos amar a los animales, pero con regularidad les causamos dolor y sufrimiento. Cada año, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, los humanos matan más de 100.000 millones de animales (peces, pollos, patos, cerdos, conejos, pavos, gansos, ovejas, cabras, vacas, perros, ballenas, lobos, elefantes, leones, delfines y más). Los científicos están de acuerdo en que las acciones humanas están causando la sexta extinción masiva de los 4500 millones de años de historia del planeta. Las especies están siendo declaradas extintas cada año y estamos empujando miles más al borde del olvido. Los humanos están dañando, destruyendo o eliminando ecosistemas enteros, incluyendo bosques nativos, pastizales, arrecifes de coral y humedales. Los antiguos, complejos y vitales sistemas planetarios (los ciclos climático, hidrológico y del nitrógeno) están siendo quebrantados por nuestras acciones.

El Homo sapiens emergió del África hace menos de 200.000 años. Gracias a su fertilidad, adaptabilidad y habilidad para usar la tecnología, nuestros ancestros colonizaron toda la Tierra hace alrededor de 12.000 años, incluyendo los continentes que hoy llamamos Europa, Asia, Australia y América. En el curso de los últimos dos siglos, nuestra población ha crecido vertiginosamente de mil millones en 1800 a 7500 millones en la actualidad. Mientras las tasas de natalidad están cayendo alrededor del mundo, la última estimación de las Naciones Unidas indica que el incremento de la longevidad y el mejoramiento de la salud nos están empujando hacia una población de 10.000 millones de personas para el año 2050.

Para satisfacer las necesidades y los deseos de esta población en creciente auge, la economía global también ha crecido con vehemencia, desde un PIB mundial de alrededor de un billón de dólares hace un siglo hasta más de cien billones de dólares en la actualidad. Gran parte de este crecimiento económico ha sido guiado por la siempre creciente apropiación de la tierra, los bosques, el agua, la vida silvestre y otros “recursos naturales”.

Nuestro impacto ambiental ha crecido de manera exponencial debido al crecimiento poblacional y económico. La huella ecológica colectiva de la humanidad se estima en 1.6 planetas Tierra, lo cual significa que estamos utilizando bienes y servicios naturales 1.6 veces más rápido de lo que ellos se regeneran. Este es claramente el reflejo de los altos niveles de consumo en los países ricos. Los geólogos, un grupo científico difícilmente predispuesto a exagerar, han denominado esta era geológica como el Antropoceno, debido al alcance y escala de los impactos humanos en la Tierra.

El uso continuo e indebido de otros animales y otras especies, así como de la propia naturaleza, tiene sus raíces en tres ideas bastante arraigadas y relacionadas entre sí. La primera corresponde al antropocentrismo, es decir, la difundida creencia humana de que nosotros estamos separados del resto de mundo natural y somos superiores a él. A través de este complejo de superioridad, los humanos nos vemos a nosotros mismos como el pináculo de la evolución. La segunda consiste en que todo en la naturaleza, animado e inanimado, constituye nuestra propiedad, la cual tenemos el derecho de usar como mejor nos parezca. La tercera idea es que nosotros podemos y debemos perseguir un crecimiento económico sin límites como el principal objetivo de la sociedad moderna. El antropocentrismo y los “derechos” de propiedad sientan las bases de la sociedad industrial contemporánea, apuntalándolo todo desde la ley y la economía hasta la educación y la religión. El crecimiento económico es el principal objetivo de los gobiernos y las empresas, cuestión que de modo consistente se impone sobre las preocupaciones ambientales.

Estas ideas tienen una larga historia. El antiguo filósofo griego Aristóteles creía que los animales no tenían alma ni razón y que, por tanto, como criaturas inferiores, eran apropiadamente usadas como recursos del hombre. Tal como escribió en su Política:

Las plantas existen para el beneficio de los animales, y los animales para el beneficio del hombre (los animales domésticos son para su uso y alimentación, los animales salvajes para su alimentación y otras cuestiones accesorias de la vida, tales como la confección de ropa y la fabricación de varias herramientas). Debido a que la naturaleza no hace nada inútil o en vano, es innegablemente cierto que ella ha hecho a los animales para el beneficio del hombre.

Aristóteles también trabajó con Platón desarrollando el concepto de las escalas jerárquicas de la existencia que clasificaban animales y plantas. Luego, los filósofos cristianos diseñaron sobre esta base la Gran Cadena del Ser, que ubicaba a los humanos cerca de la cima de la escala, justo debajo de Dios y de los ángeles. Los animales no humanos languidecían debajo de nosotros, mientras las serpientes, los insectos y las criaturas incapaces de moverse ocupaban peldaños incluso más bajos. La cadena imponía una estricta jerarquía en todas las formas de vida.

El Génesis, la historia cristiana de la creación, sostiene que Dios nos hizo a los humanos a su imagen y semejanza, dotándonos de “dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre el ganado, sobre toda la tierra y sobre todo reptil que se arrastra en el suelo”. Los humanos recibimos instrucciones claras: “Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla”. No todos los cristianos vieron el resto de la creación sujeta al dominio humano. San Francisco de Asís defendió la igualdad de todas las criaturas, refiriéndose al sol, a la tierra, al agua y al viento como sus hermanos y hermanas. Pero san Francisco era un caso excepcional.

Durante los siglos XVII y XVIII, algunos de los pensadores más influyentes de la historia reforzaron la perspectiva antropocéntrica y la situación de los animales como parte de la sociedad humana se volvió peor. Los animales no humanos fueron considerados incapaces de hablar, razonar e incluso sentir. El filósofo francés René Descartes sostuvo con fuerza la idea de que los “animales eran meras máquinas” y escribió: “La razón por la que los animales no hablan como nosotros no se debe a la carencia de órganos, sino a que no tienen pensamientos”. Descartes concluyó: “El hombre está solo”. Del mismo modo, el filósofo alemán Immanuel Kant escribió: “Los animales no son conscientes de sí mismos y son meramente el medio para cumplir un fin. Ese fin es el hombre […] nuestros deberes hacia los animales son meramente deberes indirectos hacia la humanidad”.

Jeremy Bentham, filósofo británico del siglo XIX, sugirió adoptar una actitud contraria y más progresista hacia los animales. Argumentó que la pregunta moral crucial respecto a cómo debemos tratar a los animales no es “¿pueden razonar?” ni tampoco “¿pueden hablar?”, sino más bien “¿pueden sufrir?”. En su opinión, algunos animales podrían de hecho sentir dolor y, por lo tanto, tendrían el derecho a no ser lastimados. Las ideas de Bentham no prevalecieron durante su vida, pero finalmente influenciaron a Peter Singer, autor del éxito de ventas de 1975 Liberación animal, que impulsó el movimiento moderno de los derechos de los animales.

Las ideas antropocéntricas están aún de moda hoy en día. En su libro del 2004 Poniendo a los humanos primero: ¿por qué somos los favoritos de la naturaleza?, el filósofo libertario Tibor R. Machan escribió: “Los humanos somos más importantes, incluso mejores, que otros animales, y merecemos los beneficios que la explotación de ellos pueda proporcionar”. Debido a que los humanos somos la especie más importante, Machan continúa: “Es correcto explotar la naturaleza para promover nuestras propias vidas y felicidad”.

La noción de la superioridad humana se encuentra arraigada incluso en acuerdos ambientales icónicos en el ámbito internacional. La primera cumbre ambiental global, llevada a cabo en Suecia en 1972, dio lugar a la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano (más comúnmente conocida como la Declaración de Estocolmo). En ella se proclamó: “De todas las cosas del mundo, los seres humanos son lo más valioso”. La Cumbre de la Tierra de 1992, organizada en Brasil, dio origen a la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, la cual proclama: “Los seres humanos constituyen el centro de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sostenible”.

La noción de que los seres humanos somos distintos y superiores a otros animales ha impregnado los sistemas legales occidentales, produciendo resultados que no son coherentes con la realidad. Por ejemplo, cualquier biólogo dirá que los humanos son animales, pero tal idea contraviene la ley. El diccionario legal de Black, el más ampliamente utilizado en Canadá y los Estados Unidos, aún define a un animal como “cualquier ser animado que está dotado con el poder del movimiento voluntario”. En el lenguaje legal, el término incluye a todas las criaturas vivientes “no humanas” (énfasis añadido). Otras definiciones legales de “animal” son aún más absurdas. En los Estados Unidos, la Ley de Bienestar Animal incluye una definición que excluye de manera explícita a ratas, ratones, reptiles, anfibios, peces y animales de granja. ¿Por qué? Porque se busca asegurar que incluso las limitadas protecciones establecidas por esta ley no estén disponibles para animales utilizados en la agricultura o investigación, o que hayan sido capturados en la pesca.

Propiedad

La idea de que la naturaleza es solo una colección de cosas destinada al uso humano es uno de los más universales e incuestionables conceptos de la sociedad contemporánea. Hace cientos de años, el influyente jurisconsulto William Blackstone, autor de la trascendental obra Comentarios a la Ley de Inglaterra1, escribía que “la Tierra y todas las cosas en ella existentes constituyen la propiedad general de la humanidad, excluyendo a otros seres del don inmediato del creador”.

Es importante reflexionar sobre el hecho de que, aunque existen millones de especies sobre la Tierra, una única y simple especie de hiperinteligentes primates (Homo sapiens) ha reclamado la propiedad legal de casi todos los 148 millones de metros cuadrados de territorio existentes en el planeta. Prácticamente no hay más terra nullius o “tierras que no pertenecen a nadie”, tal como describían los famosos exploradores al referirse a tierras deshabitadas por estas clases de personas. En el mundo de hoy la tierra es, o bien propiedad privada, o bien propiedad estatal. Pero, ya sea privada o pública, toda ella pertenece a los seres humanos.

Entre las pocas excepciones planetarias a la afirmación universal de la propiedad humana se encuentran un par de lugares asociados por su lejanía y absoluta inhospitalidad hacia los humanos. El primero es un área desolada y deshabitada del Polo Antártico, conocida como la Tierra de Marie Byrd. Se trata de un área protegida mediante un tratado internacional de futuros reclamos de propiedad. Otro pedazo de tierra, en donde hasta hace poco los humanos no podían reclamar propiedad, es Bir Tawil, un tramo montañoso de arena y rocas de 2072 kilómetros cuadrados localizado en el desierto entre Egipto y Sudán. Una disputa limítrofe de larga data entre las dos naciones africanas terminó con la determinación de sus respectivas jurisdicciones con relación a una parcela de tierra productiva de mayores dimensiones, conocida como Hala’ib, y con la renuncia mutua de propiedad sobre Bir Tawil. En el 2014, el estadounidense Jeremiah Heaton viajó a Bir Tawil para plantear una acción legal reclamando la propiedad del área. Heaton había prometido a su hija Emily hacerla una verdadera princesa y estaba buscando cumplir su palabra. Entonces, confeccionó una bandera para lo que él denomina el Reino de Sudán del Norte y la plantó en Bir Tawil, a propósito del séptimo cumpleaños de Emily. Como el autoproclamado rey, Heaton pudo cumplir su promesa. Incluso afirmó haber abierto una embajada europea en Copenhague. Sin el conocimiento de Heaton, el periodista británico Jack Shenker había hecho el mismo viaje cuatro años antes, plantando su bandera y reclamando la soberanía y propiedad de Bir Tawil.

En alta mar, el océano abierto más allá de cualquier jurisdicción nacional, se encuentra otro refugio a salvo de los arrebatadores reclamos humanos de propiedad. Sin embargo, aunque no exista propiedad allí, la alta mar se trata como un bien común global para la explotación humana, un recurso compartido donde las redes de los barcos de pesca masiva absorben la vida de los mares y las naciones balleneras renegadas aún cazan bajo la apariencia de cosechas científicas. La minería de aguas profundas, antes impensable, ahora se está volviendo realidad.

Además de ejercer la propiedad de la tierra, los seres humanos reclaman la propiedad de las especies que viven en ella. Los animales son considerados propiedad, cosas u objetos, sin nada que los diferencie de los zapatos, las mesas o las baratijas a los ojos de la ley. Se incluyen los animales domésticos y silvestres. Desde una perspectiva legal, la propiedad de un animal incluye los derechos de poseer, usar, transferir, enajenar y excluir a otros de llevárselo. La vida silvestre, incluso aquella situada en tierras privadas, es propiedad de los gobiernos central y provincial. Por ejemplo, de acuerdo con la Ley de Conservación Ambiental de Nueva York, “el estado de Nueva York es propietario de la fauna acuática, los animales de caza y pesca, la vida silvestre, los crustáceos y los insectos protegidos en el estado”. La legislación de Oregón es más concisa: “La vida silvestre es de propiedad del estado”. Las cortes han fortalecido estas reglas de propiedad. En el juzgamiento de un hombre por la caza ilegal de ciervos, un tribunal sostuvo que los cazadores furtivos “no tienen ningún respeto por la propiedad soberana del estado de Mississippi sobre aquellas criaturas tan magníficas de la naturaleza, dones de Dios, confiadas a la humanidad para su consumo y/o disfrute”. Los animales que son vendidos se consideran “bienes”, de acuerdo con el Código Comercial Uniforme de los Estados Unidos, igual como si fuesen televisores, camiones o juguetes.

En Canadá la ley es similar. La vida silvestre y la fauna acuática pertenecen al Gobierno hasta que se capturan o se matan, momento en el cual se convierten en propiedad privada. La sección segunda de la Ley de Vida Silvestre de Columbia Británica, denominada “Propiedad sobre la vida silvestre”, establece:

La propiedad sobre toda la vida silvestre de Columbia Británica reside en el Gobierno […] Una persona que legalmente mata un animal silvestre y cumple con todas las disposiciones aplicables de esta ley y las correspondientes regulaciones adquiere el derecho de propiedad sobre dicho animal silvestre.

La Ley de Pesquería de Manitoba establece:

La propiedad de toda la fauna acuática silvestre, incluyendo aquellos peces que han sido ilegalmente capturados, reside en la Corona, y ninguna persona puede adquirir ningún derecho de propiedad sobre tales peces, aparte de los establecidos de acuerdo con esta ley.

La Corte Suprema de Canadá ha confirmado que “los recursos pesqueros incluyen los peces que habitan los océanos”. No importa donde viva, la fauna silvestre pertenece a los humanos.

Cuando usted lo piensa, nuestra arrogancia nos quita el aliento. Hemos dividido la diversidad de la vida en la Tierra en dos categorías: personas y cosas. Nosotros y ellos. Nosotros somos las únicas especies con derechos a la tierra, al agua, a la vida silvestre y a los ecosistemas en el planeta. Los bosques primarios, la selva tropical, los bosques nublados, los ríos, los lagos, el suelo, todas aquellas maravillas naturales, se consideran recursos naturales y, por tanto, propiedad de los seres humanos. Decir que compartimos el planeta con millones de otras especies es ecológicamente incontrovertible, pero legalmente es incorrecto. Si nosotros somos las únicas especies con derechos, entonces somos la única especie que de verdad importa.

Si bien los derechos de propiedad están profundamente arraigados en los sistemas legales de Occidente, el concepto de responsabilidades derivadas de la propiedad se encuentra en gran medida ausente. En un tercio de segundo, Google genera 31.700.000 registros para la frase “derechos de propiedad”, pero solo 19.000 para “responsabilidades de la propiedad”. Asimismo, Google encontró 154.000.000 de resultados para “derechos humanos”, pero solo 41.000 para “responsabilidades humanas”2.

Cosmovisiones indígenas

Hay excepciones a las extendidas creencias sobre la superioridad humana, los derechos de propiedad y la primacía del crecimiento económico. Una perspectiva contrastante que afirma que las entidades no humanas tienen derechos y que los seres humanos tenemos responsabilidades correspondientes ha echado fuertes raíces en las culturas de todo el mundo. Hace más de mil años, un erudito sufí escribió un libro llamado La demanda judicial de los animales contra la humanidad, en el cual todos los miembros del reino animal (domésticos y silvestres, desde las abejas y las mulas hasta las ranas y los leones) argumentaban que sus derechos habían sido sistemáticamente violados por los humanos. Los adeptos al jainismo, hinduismo y budismo respaldan, en varios grados, la doctrina de la ahimsa, la cual aboga por la reverencia hacia toda la vida y por no dañar a ninguna cosa viviente.

Las culturas indígenas alrededor del planeta han desarrollado complejos entendimientos de las responsabilidades humanas hacia el mundo natural. A pesar de los siglos de pensamiento colonial occidental, muchos aún perciben a los seres humanos como interdependientes; es decir, como parte del mundo natural, en lugar de separados y superiores a él. Un elemento clave de los sistemas legales de muchas culturas indígenas es el conjunto de derechos y responsabilidades recíprocas entre humanos y otras especies, así como también entre humanos y elementos no vivos del ambiente. Luther Standing Bear describió las creencias de su pueblo, los lakota, así:

Los animales tienen derechos (derecho a la protección de un hombre, derecho a vivir, derecho a multiplicarse, derecho a ser libres, y el derecho al endeudamiento del hombre) y en reconocimiento de esos derechos los lakota nunca esclavizaron al animal, y salvaron toda aquella vida que no era necesaria para la comida y el vestido.

En un ensayo titulado El derecho de las naciones animales a sobrevivir, el experto iroqués John Mohawk escribió:

Las culturas indias aceptan la legitimidad de los animales, celebran su presencia, proponen que ellos son ‘pueblos’ en el sentido de que tienen la misma participación en este planeta y, como pueblos, tienen el derecho a una existencia continua. Los animales tienen el derecho a vivir como animales. Si todo lo que antecede es cierto, los humanos no tienen derecho a destruir su hábitat, a cazarlos o a pescarlos hasta su extinción.

El doctor Gregory Cajete, de la Universidad de Nuevo México, un indio tegua, escribía: “Entre los pueblos nativos, los animales han tenido siembre derechos y han sido iguales a los seres humanos en términos de su derecho a sus vidas y a la perpetuación de su especie”. La abogada y artista de Haida Terri-Lynn Williams-Davidson escribió:

En la cosmovisión de los pueblos haida, el árbol de cedro es conocido como la ‘hermana de toda mujer’ que provee y sostiene nuestra existencia. Esta hermana anciana yace en las raíces de la cultura haida. Ella impregna cada faceta de la vida en Haida, empezando en la cuna, pasando por la tumba y, finalmente, terminando en el potlatch fúnebre y enarbolando los tótems mortuorios para conmemorar y celebrar la vida y las contribuciones a la comunidad.

No hay duda de que ver a los cedros como hermanas, en lugar de recursos naturales, cambia de modo dramático las actitudes humanas hacia los bosques y su uso. En un borrador del Pacto de la Tierra, redactado por Williams-Davidson, las responsabilidades hacia la tierra son lo primero, antes que los derechos. Aquellas responsabilidades incluyen reconocer y respetar que todos somos parte de un mundo interconectado, conservar y restaurar la Tierra y las especies y culturas que ella nutre, administrar nuestro uso de la Tierra, de forma que mantenga sus ciclos e interrelaciones y no exceda los límites planetarios, y respetar a las futuras generaciones. Una vez que dichas responsabilidades se hayan cumplido, entonces la gente tendrá derechos y deberes concomitantes para vivir en un ambiente saludable y beneficiarse de la Tierra y otras especies.

En el 2003, el Consejo Tribal Navajo modificó el Código de la Nación Navajo para reconocer ciertas “leyes fundamentales”, incluyendo los derechos de la naturaleza. El título 1 del código declara y enseña que “toda la creación, desde la Madre Tierra y el Padre Cielo hasta los animales, aquellos que viven en el agua, aquellos que vuelan, y la vida vegetal tienen sus propias leyes, derechos y libertades para existir”.

En el 2015, la nación Ho-Chunk, un pueblo indígena asentado en Wisconsin, añadió una cláusula que reconoce los derechos de la naturaleza a la sección de la declaración de derechos de su Constitución. Ellos son la primera nación tribal de los Estados Unidos que lo hace. La reforma establece: “Los ecosistemas y comunidades naturales dentro del territorio Ho-Chunk poseen un derecho inherente, fundamental e inalienable de existir y prosperar”. La extracción de combustibles fósiles se concibe como una violación de los derechos de la naturaleza. Juliee de la Terre, de la Universidad de Viterbo, quien asesoró a los ho-chunk, le dijo a la Radio Pública de Wisconsin que la enmienda pretende “la protección de la naturaleza, dándole una voz a través de un interviniente humano, como un abogado, que pueda hablar en nombre de los árboles de roble, de los sistemas de agua y de todo lo demás”. Jon Greendeer, director ejecutivo de Preservación del Patrimonio3,junto con la nación Ho-Chunk, le dijo a Rolling Stone: “Lo que los derechos de la naturaleza hacen es traducir nuestras creencias desde una perspectiva indígena a la legislación moderna”.

Derechos

Los derechos tienen largos e intrincados antecedentes históricos. Los derechos morales son afirmaciones respecto de lo que constituye el comportamiento ético, pero no necesariamente son reconocidos por los gobiernos. Por ejemplo, mucha gente está de acuerdo en que los negros en Sudáfrica tienen derechos morales, pero estos no estaban reconocidos en la ley y eran violados de modo sistemático bajo el régimen de segregación racial apartheid. Al contrario, los derechos legales están consagrados en la ley y, por tanto, se pueden hacer cumplir a través de las instituciones sociales. El experto en derechos humanos Alan Dershowitz, profesor retirado de la Escuela de Derecho de Harvard, sostiene que los derechos surgen de los males, de las transgresiones a aquello que creemos es el comportamiento de acuerdo con la ética. Por tanto, los horrores de la Segunda Guerra Mundial constituyeron el ímpetu para la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los nuevos males pueden surgir y de hecho surgen a medida que evolucionan nuestras percepciones de lo que constituye un comportamiento ético. Hubo un tiempo en que la mayoría de las personas no veía mal la esclavitud ni la propiedad sobre otros seres humanos. Pero, empezando por un puñado de individuos, un movimiento surgió para denunciar la esclavitud como una práctica brutal y bárbara. Los defensores del statu quo argumentaron que los esclavos eran menos que humanos y que, por lo tanto, no eran merecedores de consideración moral. A medida que aumentaba la presión, los defensores de la esclavitud ofrecían mejorar los estándares de trato. Los abolicionistas no estaban impresionados. Con el tiempo, las creencias de la mayoría pasaron de la aceptación al aborrecimiento de la esclavitud. Hoy en día, el derecho a no ser esclavizado es un derecho humano básico. Los derechos son simbólica y políticamente poderosos, tal como lo demuestra la historia de los movimientos pro derechos civiles, derechos de las mujeres, derechos de los indígenas y derechos de los homosexuales. No son una varita mágica que al agitarse resuelve de manera instantánea los problemas, pero son un medio comprobado de asegurar el progreso de la forma en que las sociedades acogen a comunidades previamente maltratadas.

Cambiando valores, cambiando culturas, cambiando las leyes

La evolución (de ideas, de leyes, de tecnología, incluso de la vida misma) no es un proceso fluido o gradual. Más bien ocurre de modo esporádico, a través de lo que los científicos denominan equilibrio interrumpido. Piénsese en una línea de falla geológica, donde dos de las placas tectónicas terrestres se superponen. Las placas están en constante movimiento, como lo han estado desde que todos los continentes estaban unidos en una gran masa de tierra. Las placas se mueven con lentitud, solo unos pocos centímetros cada año. Se moverían más rápido o más lejos, pero no pueden porque otras placas se encuentran en su camino. La presión se acumula por décadas, siglos o incluso milenios. Entonces, la presión alcanza un punto de quiebre, las placas se deslizan y la tierra tiembla.

El mismo proceso ocurre con la ciencia, la cultura y las leyes. Las ideas empujan al statu quo. Los activistas aumentan la presión usando todos los medios legales y, a veces, incluso infringiendo la ley. Ellos son castigados, ridiculizados, encarcelados y asesinados. Pero, con el tiempo, las opiniones, los valores y los paradigmas cambian.

La ciencia puede jugar un rol central en estas transformaciones. Por millones de millones de años, los humanos creyeron que la Tierra era el centro del sistema solar y que el sol giraba alrededor de nosotros. Quienes cambiaron esta cosmovisión fueron excluidos, excomulgados e incluso quemados en la hoguera. Pero con los años se comprobó el modelo heliocéntrico y la gente llegó a aceptar que la Tierra, en efecto, gira alrededor del sol.

Durante los últimos cincuenta años, los científicos han llevado a cabo importantes descubrimientos acerca de la inteligencia, las emociones y las culturas de otras especies de animales, así como también sobre las interconexiones entre los ecosistemas y los impactos humanos en aquellos sistemas. Los científicos especializados en clasificar especies cambiaron recientemente nuestro lugar en la taxonomía de la naturaleza. Dichos especialistas ahora colocan a todos los grandes simios (chimpancés, gorilas, bonobos y orangutanes) en la familia Hominidae, que estaba reservada solo para los humanos.

Nuestras creencias y nuestros valores sobre otros animales, otras especies y la Tierra están experimentando un cambio radical. Hoy en día, mucha gente está horrorizada por las historias de crueldad contra los animales o la extinción de especies en peligro. Todos hemos visto las imágenes de la Tierra desde el espacio exterior, un diminuto punto azul en un inmenso universo de estrellas, planetas, hoyos negros y materia oscura. Existe una creciente sensación de que algo anda mal en nuestra relación con el único planeta al que llamamos hogar. Sin embargo, nuestras leyes y acciones aún no han cambiado, de modo que sigan el paso de la evolución de nuestros valores.

Proteger el medio ambiente es imposible si continuamos defendiendo la superioridad humana y la propiedad universal de todas las tierras y la vida silvestre para perseguir el desarrollo económico sin fin. La cultura dominante de hoy y el sistema legal que la respalda son autodestructivos. Necesitamos un nuevo enfoque arraigado en la ecología y la ética. Los humanos somos solo una especie entre millones, tan biológicamente dependientes como cualquier otra de los ecosistemas que producen agua, aire, comida y un clima estable. Somos parte de la naturaleza; no independientes, sino interdependientes. Como escribía el conservacionista y escritor Aldo Leopold:

La conservación no va a ninguna parte porque es incompatible con nuestro concepto de tierra, basado en la tradición de Abraham. Abusamos de la tierra porque la vemos como una mercancía que nos pertenece. Cuando veamos a la tierra como una comunidad a la que nosotros pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto.