Los hijos de Rachel - Elanor Shearer - E-Book

Los hijos de Rachel E-Book

Elanor Shearer

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Beschreibung

Su búsqueda comienza con el final... Barbados, 1834. El amo de la plantación Providence reúne a sus esclavos y anuncia que el rey de Inglaterra ha decretado el fin de la esclavitud. Pero los gritos de alegría se apagan cuando les advierte que ya no son esclavos, sino aprendices. Nadie puede irse. Deberán trabajar para él durante seis años más. La libertad es solo otro nombre para la vida que siempre han vivido. Esa noche, Rachel huye y se convierte en fugitiva. Comienza una búsqueda desesperada para encontrar a sus hijos, los cinco que sobrevivieron al nacimiento y fueron vendidos. ¿Alguno de ellos todavía vive? Rachel tiene que saberlo. Su viaje es una odisea agotadora y llena de peligros que la lleva al otro extremo de Barbados; luego, por río, a lo más profundo del bosque de la Guayana Británica y, finalmente, a través del mar hasta Trinidad. Esta es la historia de Rachel y los extraordinarios extremos a los que llegará una madre para encontrar a sus hijos... y su verdadera libertad.

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Seitenzahl: 480

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Título original: River Sing Me Home

Edición original: Headline Publishing Group Limited

© 2023 Eleanor Shearer

© 2024 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2024 Vidis Histórica

www.vidishistorica.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-19767-25-7

Para mamá, papá, Cal y Jeanette

Se oye una voz en Ramá, lamento y llanto amargo. Rachel llora por sus hijos; se niega a ser consolada, por sus hijos que ya no existen.Jeremías 31:15

Cuando un jarrón se rompe, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel amor que daba por sentada su simetría cuando estaba intacto.Derek Walcott, “Las Antillas: Fragmentos de la memoria épica”

Índice de contenidos

Portadilla

Legales

Dedicatoria

Barbados Agosto de 1834

1

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Guayana Británica Enero de 1835

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Nota de la autora

Novelas Históricas en Vidis

Eleanor Shearer

Manifiesto Vidis

El suelo de la isla era fértil, pero todo echaba raíces poco profundas. Cuando llegaron los huracanes, arrancaron hasta los árboles más robustos; y cuando llegaron los hombres blancos, arrancaron a los niños de los brazos de sus madres. Y así aprendimos a vivir sin esperanza. Para nosotros, la pérdida era la única certeza.

Muchos ya habíamos perdido un hogar. Un hogar de profundas raíces y de ancestros enterrados en la historia. Esas raíces no nos salvaron. Esas raíces se pudrieron en los cascos de los barcos negreros, en la oscuridad y la mugre. Nos quedaba poco lugar para sembrar en el nuevo mundo, y cualquier cosa que tuviéramos se la llevaban los hombres blancos. Así que tratábamos de vivir solo en la superficie de la isla. Plantábamos caña de azúcar, pero nada era nuestro. Las madres volvían la cabeza cuando nacía un bebé; se negaban a mirarlo a los ojos.

Tratábamos de desplazarnos por esa vida a medio vivir, esa vida sin historia ni futuro, pero nuestro presente interminable tenía maneras de estirarse, de recostarse en el tiempo, hasta que nuestra vida tuviera otra vez movimiento y color. Por la noche, susurrábamos a los niños cuentos de los dioses antiguos de nuestra tierra natal, en una lengua que los hombres blancos no entendían.

De todos modos, llegaron los huracanes. Y de todos modos se llevaron a los niños y los vendieron al otro lado del mar. Pero los vendieron con una semillita dentro que les cantaba acerca de otra vida.

Todo echaba raíces poco profundas. Pero lo que no podía arraigar en lo más profundo de la tierra se extendió, golpeó los océanos, excavó túneles hasta las islas cercanas, donde otros también trataban de vivir sin recordar el ayer ni pensar en el mañana y fracasaban.

Sin raíces, las cosas se mueren. Muchos de nosotros morimos, a manos de los hombres blancos o del calor del sol del mediodía. La tierra se fertilizó con nuestra sangre y las raíces se alimentaron de nuestros cuerpos. El suelo fortaleció las raíces. Poco profundas, pero fuertes.

A fin de cuentas, había esperanza para este nuevo mundo.

Barbados Agosto de 1834

1

Era la hora más oscura de la noche y Rachel corría. Las ramas le desgarraban la piel. Los pájaros graznadores emprendieron el vuelo por el golpeteo de sus zancadas. La tierra estaba embarrada y desigual, resbaladiza por los residuos de las últimas lluvias, y ella resbaló y se golpeó con fuerza contra la corteza áspera de una palmera. Se deslizó hasta el suelo, donde las hormigas marchaban y los escarabajos correteaban y los gusanos invisibles excavaban en la tierra. Con el aliento entrecortado, llenó sus pulmones del aire denso y húmedo. Sintió el sabor de la humedad en la lengua, matizado con la acidez picante de su propio miedo.

¿Qué había hecho?

Miró atrás. En la oscuridad, se recortaba el contorno del molino de la plantación de Providence, con las aspas extendidas como cuatro dagas afiladas que marcaban una cruz furiosa en el cielo. El terror se apoderó de su garganta, como si el molino tuviera ojos y pudiera susurrar al capataz lo que había visto.

No era demasiado tarde. Aún podía volver a trepar por encima del muro y arrastrarse por los campos a medio sembrar de caña, donde había agujeros que esperaban boquiabiertos los tallos verdes y jóvenes. Podía regresar a su choza, un cuadrado de madera como otro cualquiera, y tumbarse en la estera de dormir que estaba desgastada por cuarenta años de uso. Podía esperar el amanecer y otro día de trabajo…

Siguió corriendo sin orden ni concierto. Las piernas la hundieron más profundamente en las sombras a medio formar del bosque.

Le dolía el pecho. Quería derrumbarse, pero no podía; su cuerpo, sin ella pedírselo, la llevaba más y más lejos de Providence. Cada chasquido de una ramita sonaba como un disparo; el murmullo de los sapos de caña se convertía en los gritos lejanos de los hombres que la perseguían. Tenía que seguir corriendo.

Sola y embarrada, con el cansancio que le calaba los huesos, una pregunta la perseguía: “¿La libertad era esto?”.

El bosque vacío. Ella que huía, muerta de miedo. ¿Era esto lo que habían esperado todo el tiempo?

El día anterior, todos los esclavos de Providence se habían reunido fuera de la casa principal. Los esperaba un grupo de blancos con rostros impasibles: el amo, a caballo, flanqueado por el capataz, con la esposa del amo y los tres niños de pie en los escalones de la casa. Los blancos miraron a los esclavos. Estos les devolvieron la mirada.

Todos sabían lo que pasaría después. Algunos esclavos sonrieron. Rachel no lo hizo. Tenía edad suficiente para recordar otros tiempos en los que habían corrido rumores sobre la abolición de la esclavitud. Ella no se lo creería hasta que lo escuchara de la boca del amo.

Un brillo sudoroso, efecto del calor, perlaba la frente calva del amo. Cuando hizo avanzar el caballo, Rachel alcanzó a ver la cara de la esposa, con los labios apretados en una línea de furioso desprecio. Fue esa visión, más que nada, la que debilitó la determinación de Rachel. Se atrevió a sentirse esperanzada.

El amo se limitó a hacer unos breves comentarios. Les dijo que el rey había decretado la abolición de la esclavitud. A partir del día siguiente, entraría en vigor la nueva ley de emancipación.

Eran libres.

Algunos lloraron. Otros gritaron y bailaron de alegría. Eran una masa de cuerpos sudorosos que gritaban, un río que se desbordaba. El amo y el capataz gritaron órdenes, pero fue inútil, no lograban hacerse oír por encima del ruido. Por último, el amo se abrió paso al galope entre la multitud, solo para que todos se callaran. Los cascos patearon la cabeza a una mujer, que murió en el acto. Pero murió libre.

Había algo más, dijo el amo. Ya no eran esclavos; en cambio, eran sus aprendices. Por ley, trabajarían para él durante seis años. No podían irse. Cuando saliera el sol, Rachel y todos los demás volverían a salir para terminar de plantar. Se ocuparían de la caña hasta la siguiente cosecha, y la siguiente. Seis años en los que debían cortar y plantar y volver a cortar.

La libertad era solo otro nombre para la vida que habían vivido siempre.

Un fiero gruñido recorrió la multitud. El capataz, con el arma colgada del hombro, la levantó para apuntar. Cien pares de ojos observaron el arco que trazó su mano. El caballo del amo bufó por el hocico, con las riendas tensas.

El sonido se apagó y la multitud se quedó quieta.

Rachel oyó en silencio la noticia de la falsa libertad. Durante años, había vivido en un crepúsculo perpetuo. Sus seres queridos se habían ido hacía mucho tiempo. Su vida había quedado reducida al recinto de la plantación, a la rutina del trabajo duro e interminable y a las largas sombras del pasado. Así que tenía sentido. La libertad era un vacío que solo se podía llenar con caña de azúcar.

Esa noche, todo fue igual. La presión del suelo en su espalda. La forma de los miembros, delgados y con tendones nudosos. El olor a humedad de la choza. Le esperaban días de trabajo, una vida marcada por los mismos surcos, siempre iguales, que mostraba el campo.

Mientras dormía, soñó con su madre. O tal vez con la idea de una madre, un esbozo de calidez y bondad. No se acordaba de su madre.

La madre estaba ahí, frente a ella, pero Rachel sabía que, al mismo tiempo, no estaba ahí. Estaba en algún lugar lejano al otro lado del mar. Era frágil, una voluta de humo. No iba a quedarse mucho tiempo.

La madre pronunció un nombre y Rachel supo que era el suyo, el nombre que se suponía que tenía antes de que algún hombre blanco la llamara Rachel. Lo que el hombre blanco da, siempre lo puede quitar. Pero ese otro nombre… ese era el suyo. Rachel lo repitió. Las sílabas sonaban raras en su boca, pero, cuando el repiqueteo del habla vibró dentro de ella, le dio fuerza. Logró mantenerse en pie sin encorvarse. Sentía el peso agradable de su cuerpo, sólido y poderoso.

La madre dio un paso atrás y comenzó a disolverse, una gota a la vez, empapando la tierra que había debajo de ella. Cuando se fue, el suelo brillaba con un rojo intenso y profundo.

Rachel se había despertado en la oscuridad total, salvaje, temblorosa y brillante de sudor, y su cuerpo no podía permanecer quieto. Se movió sin que ella se lo pidiera, se movió guiada tan solo por un instinto animal, se arrastró hasta salir de la choza, se desdobló y se lanzó fuera de Providence para adentrarse en la noche.

En el bosque, Rachel volvió a preguntarse: “¿La libertad era esto?”. ¿Acaso era ruptura violenta, un cuerpo impulsado a huir, una mente que se paralizaba por el horror de mirar todo lo que se desplegaba fuera de su control?

Los árboles no tenían ninguna respuesta. Las hojas susurraban en el viento, y Rachel imaginó que se burlaban de ella.

“Y ahora, ¿qué?”

Su cuerpo se movió más allá de lo racional, con una desesperada voluntad propia.

Siguió corriendo.

No tenía cómo marcar el paso del tiempo en esa noche sin luna, pero, a juzgar por el ardor de sus piernas, Rachel era consciente de que había corrido durante una hora o más cuando lo escuchó. Tan débil que al principio pensó que eran imaginaciones suyas. Un canto.

Vio un punto de luz que titilaba entre los troncos de los árboles. Avanzó despacio, con la mente llena de pensamientos de fantasmas y espíritus nocturnos. Pero a medida que escuchaba el canto, acompañado de tambores que llenaba el bosque de sonidos, sus temores se disiparon. Eran ruidos alegres y humanos y la atraían.

Un claro. Un círculo estrecho de tierra desnuda entre los árboles. En el centro, docenas de personas bailaban alrededor de un fuego crepitante, y había aún más alrededor. Mientras los bailarines daban vueltas, Rachel escuchó fragmentos de diferentes palabras y melodías que se combinaban en una. Oyó algo de inglés, pero también otros idiomas, idiomas más antiguos que no hablaban al oído, sino a los huesos.

Rachel se quedó en la sombra, mirando. Había asistido a bailes antes, cuando era más joven, pero no eran como este. Aquellos bailes siempre se habían circunscrito a la vida de la plantación. Se hacían en las barracas de los esclavos o en la plaza del mercado de un pueblo cercano. En cualquier momento podía aparecer un transeúnte blanco, o el rostro del amo en una ventana de la casa principal, para recordar a todos los presentes que su alegría no era ilimitada; no podía desbordar los límites de la esclavitud. El claro brillaba con una magia diferente. Sin miradas indiscretas que rompieran el hechizo, los bailarines se movían con una gracia sin cortapisas.

La insistente atracción de los tambores llevó a Rachel más cerca, más cerca, hacia la luz. Se dio cuenta de que su cuerpo era uno entre los muchos que se movían al compás del ritmo. Empezó a dar golpecitos con el pie y a tararear su propia canción.

Una mujer extendió el brazo, con los ojos muy abiertos y blancos, en cuyo centro brillaban círculos de luz de fuego. Aferró a Rachel de la muñeca.

Cantó la orden, con voz grave y dulce.

—Baila.

A Rachel la arrastró la muchedumbre. En un instante, perdió la noción de sí misma. No tenía fin ni principio, ni bordes ni límites. Todo su cuerpo se disolvió en el ritmo. El baile hacía ondular a la multitud como si hiciera ondular el agua, y Rachel se entregó a la música.

Todos los dolores se aliviaron. Sacó de los pulmones una canción que ni siquiera sabía que albergara en su interior. Alguien la llevaba de la mano; ella estiró la otra para tomar de la mano a alguien, que tomó de la mano a alguien más. Mientras las llamas se elevaban hacia el firmamento, a Rachel le pareció ver la cadena de manos que ascendía a los cielos, una fila de personas que surcaban el tiempo y el espacio, unidas por un único redoble de tambor.

Cuando las últimas brasas del fuego se apagaron, todos dejaron de bailar. Empezaba a amanecer, la luz gris se filtraba entre los árboles y el sol que asomaba puso fin a la magia o a lo que fuera que los había unido. La gente empezó a irse, la mayoría rumbo al oeste, con el sol a sus espaldas, de vuelta a las plantaciones. Al borde del claro, entre dos grandes robles, Rachel se preguntó por un momento si debía seguirlos. Tal vez nadie hubiera notado su ausencia en Providence. Pero dudó demasiado. Cuando quiso darse cuenta, todos se habían ido. Estaba sola. Se escabulló hacia el este, de vuelta al bosque.

Tanto correr y bailar le pesaba. Le dolía todo. Se vio obligada a ir despacio. El terror de la huida inicial se había desvanecido hasta convertirse en una especie de aturdimiento, y Rachel miró al cielo que se abría más allá de las copas de los árboles. En cierto modo, la oscuridad había sido más fácil: tenía un núcleo de misterio, la sensación de que la noche albergaba muchos mundos posibles, con las fronteras diluidas, de manera que cualquiera podía pasar de uno a otro. La luz del sol le recordaba la marcha sin fin de un día hacia el siguiente, el imparable paso del tiempo al que Rachel había estado esclavizada toda su vida.

La pregunta seguía atormentándola.

“Y ahora, ¿qué?”.

La pregunta estaba cargada de cansancio, de desesperanza. Su huida de Providence había sido pura supervivencia. Ahora vagaba sin rumbo por la maleza; no había camino y se tropezaba con las raíces expuestas. La cabeza le palpitaba de sed y las piernas y los brazos le pesaban, pero su cuerpo seguía llevándola hacia delante, lejos de Providence. Aparte del golpe ligero de sus pies sobre la tierra desnuda, solo se escuchaba el parloteo de los estorninos que revoloteaban sobre ella.

Subió la suave pendiente de una colina. Nada más llegar a la cima, se encontró con el mar. Al ver su extensión allá abajo, Rachel se detuvo. Había llegado a los confines de la isla.

El sol naciente sumergía sus rayos más bajos en el agua, en el horizonte. Contra el cielo gris, el mar era de un azul sorprendente, salpicado de luz blanca y dorada. El estallido de color desanudó el miedo que rodeaba la garganta de Rachel desde la noche anterior. Como si se hubiera sumergido en las olas, se sintió en paz.

Durante toda su vida, nada le había pertenecido, ni siquiera los niños que había expulsado de su cuerpo. Con su mundo encajonado entre los muros de Providence, cuyo perímetro vigilaba el látigo del capataz, parecía que no había nada que no perteneciera a los hombres blancos. Pero en ese momento tenía el mar ante sí. Inmenso, desafiante y sin dueño, pues ¿quién podía apropiárselo? Ni siquiera los hombres blancos. Por mucho que se aferraran a él, sus aguas se les escaparían de las manos y volverían a sumergirse en las profundidades.

En la plantación, a Rachel siempre la habían hecho sentirse pequeña. Con el mar frente a ella, se sintió pequeña, pero de una forma diferente: no pequeña en sí misma, sino una pequeña parte de todo lo que la rodeaba. Inmersa en el mar infinito. Había libertad en esta nueva forma de pequeñez, una sensación estimulante de que estaba en el mundo, pero no siguiendo el ritmo de un hombre blanco.

La pregunta volvió a su mente.

“Y ahora, ¿qué?”.

Pero ahora la pregunta tenía una nueva cualidad: miraba hacia delante, hacia el exterior, más allá del agua. No hacia atrás, a sus espaldas, hacia algún posible perseguidor.

Los pulmones de Rachel se expandieron; pudo volver a respirar. Desvió la mirada del horizonte a la colina. A primera vista, la ladera estaba desierta. Y sin embargo…

Se inclinó un poco hacia delante, haciendo visera para proteger los ojos del sol. Entre los árboles, a mitad de camino, le pareció ver el techo inclinado de una cabaña.

Entonces, unas manos ásperas la aferraron por detrás y le metieron la cabeza en un costal que olía a humo y a tierra húmeda.

2

Había un hombre en Providence que había intentado huir. Era el único caso que Rachel conocía. Por supuesto, todo el mundo hablaba de huir —susurros y murmullos nocturnos cuando volvían, renqueando, de los campos— y siempre había rumores de alguien que conocía a alguien de otra plantación que lo había hecho. Pero Barbados era un lugar pequeño y densamente poblado. Si huías, ¿adónde podías ir sin que te persiguieran los perros?

Así que, durante toda su infancia, Rachel vio la huida como algo impensable, una idea demasiado abstracta como para hacerla realidad. Parecía imposible hasta que, de pronto, se hizo posible. Una mañana se despertaron y él ya no estaba. Rachel tenía diez años.

Se llamaba Atlas. Era un hombre reservado, silencioso desde que había perdido a su mujer, a quien vendieron con su hijo nonato. Rachel nunca le había oído hablar de fugas. Simplemente se escabulló.

Durante un día entero, la atmósfera de la plantación fue diferente. Los muros que la delimitaban parecían más débiles y las cañas ya no sobrepasaban las cabezas: los hombres y las mujeres se irguieron. Algo chispeaba en sus ojos. El supervisor y los capataces vieron con aprensión esa chispa; incluso se tomaron más libertades que de costumbre con el látigo. Tanto los blancos como los negros sintieron que el mundo podía cambiar… hasta que Atlas regresó al anochecer, llevado a rastras, con una herida supurante en la pantorrilla, donde un perro lo había mordido. La ruptura del orden previsible fue solo temporal; Rachel comprendió entonces que podían huir, pero no esconderse. Sus cuerpos volverían siempre, vivos o muertos, a Providence.

A Atlas le cortaron la nariz como castigo. Se le infectó la herida y murió con los agujeros abiertos, supurantes y nauseabundos.

Ese recuerdo —el de Atlas, su huida, su captura y su agonía— le vino a la memoria y le provocó arcadas cuando la tela áspera del saco le tapó la nariz y la boca. Unas manos callosas le sujetaban con fuerza las muñecas; aparte de girar la cabeza y arrastrarse contra la tierra con los pies doloridos, no había forma de luchar. No sabía hacia dónde tiraban de ella esas manos: si hacia delante, hacia atrás o si intentaban partirla en dos. Trató de gritar, pero no tenía voz y, además, ¿quién iba a oírla? ¿Quién acudiría en su ayuda? Al igual que Atlas, había intentado lo impensable, y el mundo debía volver a la normalidad.

Ya no se movía; las manos la mantenían quieta. Rachel respiraba entrecortadamente, presa del miedo. Algo le decía que la habían metido dentro de algún espacio cerrado; aunque no podía ver las paredes, las sentía cerca, rodeándola.

Se hizo el silencio. Las manos que la aferraban tenían la fuerza del hierro. El miedo la hacía retorcerse en vano: no podía liberarse, por mucho que lo intentara.

Por sobre el ritmo de los latidos de su corazón, Rachel oyó pasos suaves.

Una voz de mujer, profunda y cercana, dijo:

—¿Y?

La voz de un hombre sonó junto a la oreja de Rachel.

—La encontramos cerca del bosque.

—¿Una fugitiva? —preguntó la mujer.

El hombre no respondió.

Rachel ya no luchaba. Ni siquiera respiraba. El curso de su vida no estaba en sus manos. Esperó.

La mujer dijo:

—Déjame verla.

Tan rápido como la habían cubierto con el saco, se lo quitaron de un tirón, y Rachel se quedó parpadeando ante un rayo de sol que le iluminaba la cara a través de una puerta abierta. Estaban en una choza, tan pequeña y anónima como cualquiera de las que había en la aldea de esclavos de Providence. Pero algo no estaba bien. No se respiraba como en Providence, donde todo olía a caña de azúcar y a brutal desesperación. El aire fresco y salado soplaba desde fuera. Y cuando Rachel alzó el cuello, vio que las manos que la sujetaban eran oscuras, como las suyas.

Delante de ella había una mujer alta, con el pelo rapado hasta el cráneo. Tenía la piel suave, sin arrugas y sin edad, pero algo en sus ojos delataba que esa mujer había vivido muchos años.

La mujer miró a Rachel. Tenía una mirada aguda, penetrante. Rachel se sintió desnuda ante ella, reducida a lo más elemental de sí misma.

—¿Estás huyendo?

Rachel no se atrevió a hablar.

La mujer recorrió a Rachel con la mirada, observando cada parte de su cuerpo. Asintió lentamente.

—Suéltala.

Las manos hicieron lo que se les había ordenado. Rachel se tambaleó hacia delante y las rodillas se le hundieron en el suelo. Miró fijamente hacia arriba, a la mujer alta, a su cara tan impasible como si fuera de piedra.

La mujer sostuvo la barbilla de Rachel entre las manos. Tenía las palmas ásperas y gastadas, y los dedos ligeramente fríos comparados con la piel de Rachel.

—Yo sé por qué estás aquí.

La voz de Rachel era pequeña, apenas un susurro.

—¿Qué dices?

—Lo veo en tu cara. Tus hijos. Los quieres encontrar.

La cabaña se llenó de fantasmas: todos los hijos perdidos de Rachel, agazapados en las sombras. No tuvo que girar la cabeza para verlos. Sabía que, si intentaba mirarlos directamente, desaparecerían. La habían acompañado, en la periferia de su campo visual o en el umbral del sueño, durante muchos años.

Los contó uno a uno. Once criaturas en total.

Micah. Alto y fuerte. Se lo habían quitado antes de que cumpliera diez años, porque sabían que podían hacerlo pasar por mayor para la primera cuadrilla del mercado.

Mary Grace. No había vuelto a hablar después de la noche en que el supervisor la emboscó en los campos. La vendieron porque tomaron su mutismo como una señal de que estaba dañada sin remedio. Una esclava muda no servía para nada, no podía decir “Sí, amo”, “No, amo” ni “Enseguida, amo”.

Mercy. Casi tan alta como Micah y a quien también vendieron muy joven, tan pronto como la vieron “apta para criar”.

Samuel. Muerto de una fiebre poco después de cumplir dos años.

Kitty. Muerta a los cinco años, de la misma enfermedad.

Cherry Jane. La habían llevado a trabajar a la casa del amo, por su piel de color miel. Rachel solo la veía de reojo, montada en el carro con las otras esclavas de camino al mercado, o vaciando un cubo de agua por la puerta de la cocina. Un día dejó de verla. Cherry Jane se había ido.

Thomas Augustus. Pequeño. Ignorado. Fue el que más tiempo permaneció con ella, hasta los catorce años, cuando por fin se dieron cuenta de que ya casi era un hombre. Al llevárselo, se quejaron de que no lo iban a vender a buen precio.

Después estaban los que no tenían nombre. Uno que había nacido del revés, con el cordón enrollado alrededor de la garganta. Tres que habían muerto dentro de ella; bebés sanguinolentos que habían salido de su cuerpo y caído al suelo.

Los ojos redondos y vigilantes de todos se clavaron como espinas en la piel de Rachel.

“¿Es cierto? —les preguntó—. ¿Sois la razón por la que me fui?”

El instinto que la había expulsado de Providence seguía enroscado en su interior como un animal. Rachel cerró los ojos, trató de entrar en sí misma, de comprender. La visión de sus hijos no había embotado al animal, sino que lo había despertado y le había erizado el pelaje. En las piernas, agotadas de correr y bailar, sintió cómo se le tensaban los músculos. Tenía las caras de los niños que quizá seguían vivos —Micah, Mary Grace, Mercy, Thomas Augustus y Cherry Jane— grabadas bajo los párpados.

Cuando Rachel abrió los ojos, los fantasmas habían desaparecido. La anciana seguía de pie frente a ella. Señaló con la cabeza al hombre que estaba detrás de Rachel.

—Puedo llevarla desde aquí, Gabriel.

Rachel se giró y vio a un hombre fornido que inclinaba la cabeza.

La anciana le tendió una mano de nudillos torcidos como las raíces de un árbol.

—Ven.

—Mi nombre es Bathsheba, pero me llaman Mama B.

Fuera de la choza, la anciana se detuvo y le dio a Rachel un momento para asimilar lo que la rodeaba. Estaban en la ladera de una colina, cerca del mar. En efecto, había viviendas ahí, como Rachel había alcanzado a ver desde la cima. Una gran casa de madera en el centro de un círculo formado por cabañas más pequeñas, todas ellas sostenidas por pilotes sobre la pendiente. A su alrededor, el suelo mostraba rastros de cultivos, pero no eran reglamentados, como los de las plantaciones. Los surcos zigzagueaban y cambiaban de rumbo para dejar espacio a algunas palmeras.

Rachel tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Sentía que Mama B la miraba, esperando que le hiciera preguntas. Algunos hombres y mujeres trabajaban desbrozando, moviéndose entre las chozas, pero no había blancos a la vista.

—¿Qué es este lugar?

—Era una plantación de tabaco —dijo Mama B—. Una pequeña. El amo se metió en un lío. Se fue hace unos años y no hemos vuelto a saber nada de él.

Rachel miró a un niño de no más de diez u once años que salía de una de las chozas, y sintió la punzada que solía sentir al ver a niños de cierta edad.

—¿Tu familia? ¿Tus hijos?

—No. No tengo hijos.

—Entonces, ¿por qué…? —Rachel se contuvo. La respuesta de Mama B había sido muy cortante, de modo que no quiso entrometerse.

La mujer mayor miró de reojo a Rachel.

—¿Que por qué me llaman Mama B? —Sonrió y se le dibujaron unas líneas profundas en la cara, las líneas de alguien que sonríe a menudo—. No soy madre de nadie, así que trato de ser madre de todos. Mi madre, Betsy, tuvo veinte hijos. La llamaban Mama B antes de mí, por lo que en cierto modo heredé el título. Desde que el amo se fue, intento mantener este lugar para los que no tienen adónde ir.

Mama B llevó a Rachel a la casa principal. Rachel la siguió despacio, con cuidado, aguzando el oído en busca de alguna señal de que todo aquello fuera una treta, de que en cualquier momento los hombres blancos fueran a salir disparados de entre los arbustos con las armas en alto, dispuestos a arrastrarla de vuelta a Providence. Confiar no le resultaba fácil, pero ¿qué otra opción tenía? No le quedaba ningún lugar adonde huir. El mar marcaba el límite exterior de Barbados; más allá solo había aguas profundas y cielo.

La puerta principal daba a una gran habitación, con una mesa de madera rodeada de sillas, taburetes y barriles volcados. Sentada en un rincón, una mujer machacaba especias en un mortero. Había unas cuantas esteras para dormir junto a las paredes, algunas vacías y otras aún ocupadas. Dos puertas a izquierda y derecha indicaban que la casa tenía más habitaciones, y a través de una de esas puertas Rachel oyó el murmullo de unas voces.

Mama B golpeó las manos. Cesó la actividad en la habitación y se levantaron las cabezas de las esteras, con los ojos entreabiertos. Un hombre entró por la puerta de la izquierda, con cara de curiosidad. Rachel, de pie detrás de la anciana, se sintió sofocada por todas aquellas miradas. Bajó la vista hacia los pies.

—Esta es Rachel —la presentó Mama B—. Está buscando a sus hijos, que perdió hace mucho tiempo.

Por la manera en que se crisparon las caras de algunos, Rachel comprendió que no era la única que había perdido a su familia, y quizá tampoco la única que había tratado de encontrar a alguien.

La mujer del rincón había dejado el mortero. Se levantó despacio: era delgada, joven y tenía las manos entrelazadas.

—Creo…

El corazón de Rachel dio un vuelco.

—Sí. —La mujer se acercó y recorrió con la mirada la cara de Rachel. Su voz era ligera y suave—. Creo que… ¿tienes una hija?

Rachel asintió.

—Sí —volvió a decir la mujer—. Creo que la he visto. Hace unos años, en Bridgetown. Tu cara tiene la misma forma. Me acuerdo porque ella no habla.

Rachel no se movió. Se sentía débil y mareada. Tenía la boca seca y le temblaban los labios. La imagen de Mary Grace pasó ante ella: una imagen más fuerte y nítida de lo que había visto en años, más sólida ahora que Rachel sabía de su existencia en un lugar concreto. Bridgetown. En la otra punta de la isla. En ese momento, le pareció que estaba a una distancia infranqueable.

Mama B apoyó una mano en el hombro de la mujer pequeña. Después se volvió hacia Rachel.

—Debo ir a Bridgetown. Puedo llevarte. Podemos ir mañana.

Había una dureza en la voz de la mujer mayor que sofocó la protesta que surgió en la garganta de Rachel. No era una oferta, era una orden. Rachel, con las piernas y los brazos flojos por el cansancio, aceptó.

3

A la mañana siguiente, llegó la lluvia. Rachel y Mama B no habían subido aún a la cima de la colina cuando empezó a caer, fuerte y furiosa, como gotas gordas que perforaban el suelo. Pronto las dos se empaparon y se hundieron poco a poco en la tierra inundada, con el agua pegada a ellas como una segunda piel. En el horizonte, el mar y el cielo se mezclaban en el gris furioso de una tormenta que se avecinaba.

—Tenemos que volver —dijo Mama B.

Dentro de la casa, las habitaciones estaban abarrotadas, pero silenciosas. Rachel se unió a un grupo de mujeres que se encontraban junto a una ventana y miró hacia el mar. Le consolaba un poco imaginar a su hija, Mary Grace, al otro lado de Barbados, contemplando las mismas olas y oyendo los mismos gemidos del viento que azotaba la isla.

Al anochecer, la tormenta había amainado, pero la lluvia duró tres días. El golpeteo del agua contra la madera le dio a Rachel dolor de cabeza. Para tratar de distraerse del viaje frustrado, examinó cada centímetro de la casa de Mama B. Había en total tres habitaciones: la principal, con la amplia mesa, y dos laterales: una, llena de esteras para dormir, y otra que servía de despensa. Rachel empezó en un rincón de la despensa y recorrió la casa en el sentido de las agujas del reloj, pasando la mano por todas las grietas y rendijas de las paredes. Encontró los huecos por donde se filtraba el agua y goteaba hasta el suelo. Encontró los lugares donde los tablones estaban desnivelados o ennegrecidos por el hollín de las velas. Junto a la puerta principal, vio una marca que alguien había grabado en la pared: parecía el comienzo de un cuadro, se curvaba suavemente en una espiral a medio formar, del tamaño de la palma de la mano de Rachel. La línea era profunda y suave, del mismo color oscuro que la madera que la rodeaba. Una cicatriz curada, no un corte reciente.

Cuando las paredes ya no tuvieron más secretos que revelar, Rachel se volvió hacia la gente. Muchos tenían marcas inacabadas que ella alcanzaba a vislumbrar cuando se daban la vuelta mientras dormían o se volvían hacia la ventana para ver llover. La piel cicatrizada dibujaba el recuerdo de los látigos, mientras que los rincones sin marcar de las espaldas y los hombros mostraban dónde la libertad había acortado el proceso de sellar la esclavitud aún más profundamente en la carne.

Mama B era el centro de la casa. Parecía que todo el mundo le confiaba sus preguntas y sus miedos. Rachel veía a menudo a la anciana conversar en voz baja con un hombre ceñudo o con un niño de gesto desamparado, alguien que había desafiado a la lluvia para llegar desde otra cabaña y pedirle consejo. Esas personas siempre se iban con el gesto un poco menos abatido, gracias a lo que fuera que Mama B les hubiera dicho.

Mama B hacía gestos de asentimiento a Rachel si sus miradas se cruzaban. Una vez, se le acercó, le puso una mano en el hombro y le preguntó si estaba bien. Por lo demás, Rachel no hablaba con nadie. El confinamiento le resultaba tan parecido a la vida en Providence que volvió a ser la de antes, retraída y callada. Por su parte, los demás ocupantes de la casa le prestaban poca atención. Parecían acostumbrados a la gente desconocida y reticente que entraba y salía de los límites de su comunidad. Rachel no salió de su rincón, se mantuvo apartada y esperó a que la lluvia cesara.

En la mañana del cuarto día, Rachel se despertó con el sonido del silencio. Por fin había parado de llover.

Mama B ya estaba levantada, sentada a la mesa, con el duro perfil de obsidiana de su rostro vuelto hacia el mar. No pareció reparar en que Rachel se levantaba y tomaba asiento a su lado, a la espera de saber si iban a irse pronto.

—Uno de los niños está enfermo —dijo Mama B, sin volverse a mirar a Rachel. La frase salió de su boca ya formada. Esas palabras no le eran ajenas—. Una fiebre. Vino por la noche. Hoy no podemos ir a Bridgetown.

Rachel asintió.

—Tengo que ir al bosque. —Mama B se levantó, tomó una pequeña bolsa de la mesa y se la metió en la cintura de la falda—. Hay unas hierbas que pueden ayudarlo. Puedes venir conmigo si quieres.

Después de pasar días dentro, Rachel estaba inquieta y deseosa de aire fresco, pero la mención de Mama B a las hierbas medicinales la hizo detenerse. Rachel nunca había tenido esos conocimientos, pero en Providence se rumoreaba de quienes sabían de pociones o hechizos. Cuando era niña, había un hombre en su tierra natal del que todos decían que era brujo. Hablaba muy poco inglés, y sus palabras extrañas podrían haber sido intentos de entablar conversación más que maldiciones, pero la gente lo evitaba por miedo. Rachel todavía recordaba sus ojos, el blanco amarillento e inyectado en sangre, los iris oscuros como agujeros que perforaban el centro. Algunos niños decían que, si los mirabas demasiado tiempo, te caías muerto. Y Rachel había oído decir que una vez, cuando un capataz galopaba hacia un hombre con el látigo en la mano, el caballo se había encabritado y su jinete había salido despedido hacia atrás y se había partido el cuello.

Pero los ojos de Mama B no parecían tener el poder de matar y, a través de la ventana, el mundo se veía tentador: los charcos de agua de lluvia se esparcían por el suelo aún húmedo, brillantes a la luz del sol matinal. Eso bastó para calmar las supersticiones infantiles de Rachel, que siguió a Mama B fuera de la casa.

Subieron la colina y se adentraron en el bosque. El aire de la primera hora de la mañana era húmedo, y todo olía fresco. Bajo las copas de los árboles, la luz del sol estaba teñida de un verde moteado por las hojas, y Rachel tuvo que forzar la vista para evitar las raíces que se entrecruzaban en su camino. Se golpeó la cabeza contra una calabaza que colgaba demasiado baja de una rama, y las hojas de los helechos le hicieron cosquillas en las pantorrillas.

Mama B se guiaba con las manos, apoyándose de un tronco a otro. Siempre estaba tocando algo: una corteza, una hoja, un fruto, una flor. En armonía con el bosque. Rachel, que tenía las manos entrelazadas en la espalda, observaba a la anciana trabajar. Había un idioma que Mama B sabía hablar y Rachel no. Rachel armonizaba con los ritmos de la caña y las batatas y la mandioca de las parcelas de los esclavos. Lejos de los cultivos, los árboles silvestres tenían formas y secretos que ella desconocía.

Llegaron a un árbol grueso y nudoso que se había abierto camino entre la maleza; a su alrededor no crecía nada. Mama B le dio una palmadita, como si lo saludara, y se volvió hacia Rachel.

—Toma. —Le tendió la bolsa—. Recoge la corteza.

Rachel se quedó unos pasos atrás.

—¿Quieres que lo haga?

—Sí.

—Pero no sé nada… de hierbas, de árboles. De curar.

Mama B rio desde el centro de su pecho, y el sonido vibró a través de la tierra que las rodeaba.

—No necesitas saber todo eso. Puedes ayudar igual.

La calidez de la risa de Mama B tomó desprevenida a Rachel, traspasó sus defensas. ¿Y por qué no? ¿Qué daño podía hacerle? Su miedo a la obeah, la brujería africana, aún proyectaba una sombra, pero Rachel se deshizo de ella y tomó la bolsa de Mama B.

Incluso bajo la sombra de las copas de los árboles, la constelación de gotas de rocío en el tronco brillaba. Al apoyar una mano en él, Rachel pudo sentir su edad: cientos de años de crecimiento retorcidos en la madera áspera, en espiral hacia el cielo. La invadió una sensación de reverencia al estar frente a algo tan antiguo. El árbol era anterior incluso a los antepasados más lejanos de Rachel, y seguiría existiendo mucho después de que ella muriera. Encontró una grieta, desprendió una pequeña tira de corteza y la echó en la bolsa. Luego, casi sin pensar, recorrió el trozo desnudo de tronco verde amarillento que había dejado atrás. La herida estaba limpia; no goteaba savia. Exhaló, satisfecha. El árbol no sufriría por lo que ella le había arrancado.

Mama B le sonreía.

—¿Lo ves? No necesitas saberlo. Lo sientes.

—¿Qué?

—La conexión entre todas las cosas. Que no solo podemos tomar; también debemos dar. —Mama B también tocó el lugar del árbol que había quedado sin corteza—. Toda curación empieza por ahí.

Siguieron recolectando por el bosque. Mama B estaba más comunicativa ahora, se ponía en cuclillas y señalaba a Rachel los pequeños brotes que asomaban de la tierra, o arrancaba frutas y flores y se las ponía en las manos, diciéndole que se fijara en su color, forma o tamaño. Llenaron la bolsa de raíces, pétalos y hojas hasta que Mama B quedó satisfecha.

—Tenemos que volver —dijo—. Puede que al niño no le quede mucho tiempo.

Dentro de la casa, Rachel olió la enfermedad en el aire pálido. El niño estaba tumbado en una estera en un rincón, con los ojos cerrados y la piel brillante de sudor. Rachel lo miró y apartó la vista. Tenía el mismo brillo febril que Samuel y Kitty cuando se le escurrieron hacia la muerte, la misma respiración entrecortada. Le recordó todo lo que había perdido.

Mama B tomó el mortero de madera y se sentó a la mesa. A su lado, Rachel vació la bolsa con todas las cosas que habían recogido en el bosque. Un grupo de gente las rodeó. Rachel distinguió a la madre del niño por la cara surcada de lágrimas, y verla le provocó un nudo en la garganta. Era la mujer pequeña y frágil de antes, la que había visto en la cara de Rachel un eco de los rasgos de Mary Grace, y que ahora estaba a punto de perder a su propio hijo.

Mama B tomó una flor con el centro de color rojo brillante y pétalos que se desvanecían en un suave rosa en los bordes. Empezó a molerla en el mortero. Su fragancia dulce no tardó en convertirse en unos vapores nauseabundos que se atascaron en la garganta de Rachel. Después, Mama B añadió puñados de las otras hierbas que habían recogido, lo que atenuó el aroma de la flor con un olor más terroso, como a madera recién cortada. Por último, agregó un puñado de bayas que reventaron bajo el mortero y cuyo jugo oscuro corría como venas por la mezcla.

Mama B se inclinó sobre el cuenco. Las fosas nasales se le dilataron al respirar hondo, con los ojos cerrados. Murmuró algo en voz baja, en un idioma que Rachel no entendía, pero la frase tenía una familiaridad cálida, como la cara de una amiga casi olvidada.

Por la ventana se filtró una brisa fresca que atravesó el aire viciado de enfermedad de la habitación. Mama B se incorporó.

—Ya está. —Miró a Rachel—. Trae la corteza.

Mama B se arrodilló junto al niño, cuyos ojos se abrieron al sentir que se acercaba. El chico desencadenó en Rachel un torrente de recuerdos que ya no pudo contener. Vio a Micah en la curva de las cejas, a Mercy en las uñas de las manos pequeñas y a Samuel en la forma en que las costillas subían y bajaban. Los vio a todos. El tiempo se dobló hacia atrás sobre sí mismo y, de pronto, no importó que los ojos del chico no tuvieran la mirada vidriosa y vacía de los moribundos, ni que sus labios siguieran llenando los pulmones de aire con avidez. El ciclo estaba condenado a repetirse, una y otra vez. La enfermedad y la muerte. Las lágrimas aguijonearon los ojos de Rachel. La única certeza era la pérdida. Nada iba a cambiar.

Un toque en el brazo sacó a Rachel de sus recuerdos y la devolvió a la casa de Mama B. La madre del chico estaba a su lado, apretando en la mano la tira de corteza. El dolor del pasado aflojó su garra sobre Rachel, y el niño dejó de parecerse a los suyos. Era el hijo de otra, y su futuro aún no estaba decidido.

Rachel tomó la corteza y dedicó una pequeña sonrisa a la madre del chico. A la joven le temblaban los labios, pero sus ojos brillaban de esperanza: la esperanza de que Mama B tuviera la cura, pero también la esperanza de que Rachel pudiera ayudarla. Movida por esta confianza, Rachel se arrodilló junto a Mama B.

—¿Qué puedo hacer?

Mama B le indicó a Rachel que pusiera la corteza sobre la frente del niño. La anciana introdujo el dedo de Rachel en la mezcla de hierbas y después le hizo trazar una línea sobre el labio superior y otra en medio del pecho del chico. Por último, Mama B le vertió el resto de la mezcla en la boca. El niño tuvo una ligera arcada al notar el sabor, pero no se resistió. Mama B le apoyó una mano en el hombro, con una expresión tan tierna y llena de amor que Rachel sintió que debía apartar la mirada: era un momento demasiado íntimo como para compartirlo.

—Duerme —susurró Mama B.

El pequeño cerró los ojos. La habitación permaneció en silencio mientras su respiración entrecortada se ralentizaba. Mama B no se movió hasta un rato después de que se quedara dormido. Primero tocó a Rachel, en señal de agradecimiento; luego, se levantó y abrazó a la joven madre del niño. Los que se habían reunido para mirar empezaron a dispersarse; se fueron a trabajar o a las otras habitaciones. Algunos rezaron en voz baja; un hombre se persignó y miró al techo. Rachel también levantó la mirada y pidió en silencio que el niño viviera, aunque hacía años que había perdido la fe en la oración. Algo en aquel momento, en la inocencia del rostro del chico, reavivó una pequeña chispa de su fe.

Durante el resto del día, todos se movieron lentamente y hablaron en voz baja. Esperaron. El niño dormía. Rachel tomó una de las bayas de color negro azulado que Mama B no había mezclado en la medicina y la hizo rodar entre el pulgar y el índice, con cuidado de que no reventara.

4

El niño sobrevivió. Tras un día de sueño febril, se despertó con una sonrisa que resquebrajó la costra que la mezcla de hierbas secas había formado en sus labios. Todos los presentes en la casa se permitieron un breve momento de celebración: aferrarse del brazo de otro o levantar los ojos hacia el cielo en señal de agradecimiento. La madre del niño lo abrazó y lloró entre los rizos oscuros de su cabeza. Al verlos, Rachel sintió que se quitaba un peso de encima. La rueda se había roto. La marea interminable de estaciones dedicadas a plantar, cosechar y volver a plantar… el ciclo de la vida dura y la muerte temprana… habían perdido su poder. No había nada inevitable en la supervivencia del niño, pero tampoco había nada imposible. Las cosas no estaban tan preestablecidas como parecían.

Rachel y Mama B partieron hacia Bridgetown. Al salir de los límites de la vieja plantación de tabaco, el pequeño santuario de Mama B, Rachel se sintió inquieta. El camino a Bridgetown la llevaría de vuelta a Providence. ¿La estarían buscando? ¿Habrían enviado a los perros a seguir su rastro? Pero, después, las sombras frescas del bosque la engulleron y no se sintió segura pero sí oculta. Protegida del calor del sol.

El sendero del bosque estaba cerca de los acantilados. Rachel no alcanzaba a ver el mar, pero podía oírlo romper con suavidad contra las rocas. Mama B iba delante mientras se abrían paso entre la maleza. Hablaban poco, pero se sentían cómodas. La enfermedad del niño las había unido más. Rachel reconoció en la anciana una capacidad ilimitada de proporcionar amor que ella misma había sentido alguna vez, hacía mucho tiempo. Pero Mama B también tenía la dureza del acero, una fuerza silenciosa que Rachel admiraba. Tenía el temple de una superviviente pero también había ayudado a otros a sobrevivir. Para Rachel, que había intentado enseñarse a sí misma a amar menos, a ayudar menos, a cerrarse a los demás, esta supervivencia expansiva le daba esperanzas. Había otro camino.

Se adentraron aún más y, todavía al abrigo de los árboles, se dirigieron a las colinas. El sendero empezó a ensancharse; habían cortado las ramas para facilitar el paso de la gente, y a ambos lados los árboles crecían unos dentro de otros, entrelazados, para formar una barrera sobre el camino. A medida que el bosque retrocedía, el miedo de Rachel aumentaba. Ahora caminaban bajo una franja de luz solar y Rachel seguía viendo movimiento entre los árboles o escuchando el susurro de las hojas. Por un momento se imaginó que su antiguo amo salía de las sombras. Respiró de manera entrecortada y temblorosa, tratando de calmarse, tratando de librarse de la sensación de ser observada. Los únicos ojos que las miraban eran los de un solitario gavilán caracolero, que anidaba en las ramas del borde del camino y torcía la cabeza para mirarlas cuando pasaban.

Rachel y Mama B llegaron a la cima de una colina y, de pronto, todos los árboles desaparecieron. Bajo ellas, los campos de caña de azúcar se extendían como una erupción por el paisaje llano. Toda la tierra había sido forzada a someterse y a producir La caña era el dominio de los blancos sobre la isla. La vista de las plantaciones asustó a Rachel.

—¿Y si nos ven? —susurró.

—Esta es la ruta más rápida a Bridgetown. Si quieres llegar, tendrás que recorrer este camino y correr el riesgo.

Mientras Rachel contemplaba los cañaverales imaginando a los hombres blancos que bajaban a caballo para arrastrarla con una cuerda de vuelta a Providence, surgió algo más en su interior. Una especie de anhelo se mezcló con el miedo, tirando de su corazón, arrastrándola de regreso a su antigua plantación. De vuelta a lo conocido y al suelo que albergaba los cuerpos de Samuel, Kitty y el niño que había nacido muerto. Había certeza en sus huesos, a diferencia de lo desconocido que las esperaba. Un dolor lleno de cansancio se apoderó de ella. Volvió a sentir su antigua pequeñez, la sensación de que no era nada, de que no tenía nada, excepto los cuerpos sepultados de sus hijos muertos. Todas las demás cosas que había perdido las había perdido para siempre.

Rachel volvió la cabeza. Mama B la miraba, sin impaciencia ni expectación. Ya no había ninguna orden; Rachel sabía que, si le pedía que retrocedieran, lo harían. Y, sin embargo, algo en el rostro de Mama B, inamovible como una roca, pero esculpido con bondad, dio a Rachel la fuerza que necesitaba. Inspiró, sintiendo cómo se le ensanchaba el pecho. Dio un paso, y luego otro, hasta que volvieron a caminar.

Bajaron por la ladera desierta y siguieron el camino entre las plantaciones. A ambos lados, grandes casas vigilaban a los trabajadores de los campos. Había poca sombra y el sol de la mañana quemaba con saña. Eran lugares hechos para la vigilancia, y Rachel se sintió observada. Mantenía la cabeza baja y las manos sobre el pecho, haciéndose tan pequeña como podía.

Los que ya no eran esclavos cuidaban las cañas. Rachel observó a un hombre que caminaba con un cubo en la cabeza; estaba lo suficientemente cerca para que el olor a estiércol fresco llegara hasta el camino y le provocase arcadas. Ella conocía ese olor. Sabía lo que se sentía al caminar por los campos con excrementos en la cabeza.

Algunos de los trabajadores miraron a su paso, con los ojos vidriosos por el cansancio. La mayoría no levantó la vista. Había tantos campos y tantos rostros que todos empezaban a confundirse. La sacudida de terror cada vez que Rachel veía que alguien miraba en su dirección se desvanecía en un zumbido de fondo de pavor silencioso. Casi se sintió resignada a aceptar su destino. Si la veía alguien que la conociera, que gritase que era, una fugitiva, que así fuera. Estaría muerta. Hasta entonces, lo único que podía hacer era andar y andar, con la mirada fija en el camino, dejando que las escenas idénticas pasaran por la periferia de su campo visual.

Casi a mediodía, con el calor del sol implacable, Mama B aminoró el paso. Rachel tenía la boca seca y la cabeza le latía con fuerza. La isla parecía inmensa: infinitas hileras de cañas y un muro de cielo azul y despejado.

—Debemos descansar —dijo Mama B.

Rachel miró el camino. También era interminable, apretujado entre los campos y el cielo, y se estrechaba hasta convertirse en una mancha a lo lejos.

—¿Cuánto falta para llegar a Bridgetown?

Mama B entrecerró los ojos.

—Tres horas, más o menos. Pero iremos más rápido si nos resguardamos un rato del sol.

Mama B se alejó del camino en dirección al campo más cercano. Sin respetar los límites de la plantación, se deslizó bajo la delgada valla. Rachel esperó el grito de un capataz o de un supervisor, pero no llegó ninguno. Los trabajadores no prestaron atención a Mama B, que continuó bordeando el campo en dirección a unos edificios de piedra que había en la otra punta. Fue necesario que la anciana se volviera e hiciera señas con la mano, impaciente, a Rachel para que la siguiera.

Cuando llegaron a los edificios, Mama B se sentó e hizo un gesto a Rachel para que la imitara. El sol estaba justo encima de ellas y tuvieron que acurrucarse con las rodillas contra el pecho para mantenerse a la sombra, pero se notaba que hacía más fresco, a pesar de que las rocas irradiaban sobre sus espaldas parte del calor que habían absorbido durante el día.

Mama B repartió algunas provisiones (puré de boniato, pescado en salazón y plátano) y comieron en silencio. Estar de vuelta en una plantación, aunque fuera tan lejos de Providence, paralizaba de miedo a Rachel. Tenía la mandíbula, los hombros y el cuello rígidos y no dejaba de mirar a su alrededor en busca de cualquier indicio de problemas. Vio que un hombre interrumpía el trabajo en el campo y se apoyaba en su rastrillo, para mirar hacia donde estaba ella. Rachel bajó rápidamente la mirada, pues temía encontrarse con la de él. Cuando se atrevió a levantar la vista de nuevo, él ya estaba a medio camino hacia ellas.

Avanzaba lentamente. Con miradas furtivas, Rachel se dio cuenta de que renqueaba. Desde lejos, la estatura y corpulencia del hombre le habían hecho suponer que era joven, pero al verlo acercarse reparó en su error. Era al menos diez años mayor que ella, si no más. La carne se había marchitado en su cuerpo macizo, dejando tras de sí una piel flácida, pero la edad lo hacía aún más imponente, como si la fuerza se hubiera asentado en sus huesos y ya no necesitara músculos. A pesar de tener un tobillo hinchado, parecía poderoso. Una larga cicatriz le recorría el lado izquierdo de la cara y le atravesaba un ojo de color blanco lechoso. Se detuvo a unos metros de Rachel y Mama B, y su ojo derecho las miró con gesto astuto.

—Bathsheba.

Mama B levantó la vista de su comida.

—Tamerlane.

El hombre esbozó una sonrisa y la cicatriz se curvó hacia la oreja. Riendo, Mama B se levantó de un salto y se abrazaron.

—Rachel. —Mama B soltó al hombre y se volvió hacia ella—. Este es Tamerlane, mi hermano.

A pesar de que tenían la piel muy diferente —la de Mama B, lisa, y la de Tamerlane, muy marcada—, cuando se pusieron uno junto al otro, Rachel notó cuánto se parecían.

—Hola, Rachel —dijo Tamerlane—. ¿Qué os trae a ti y a mi hermana por aquí?

Rachel se obligó a concentrarse en el ojo bueno, y no en el izquierdo, que se movía en su cuenca.

—Vamos a Bridgetown.

En la pausa que siguió, Mama B no dio más detalles y Tamerlane no preguntó. Rachel se alegró. Se sentó con las rodillas pegadas al pecho para protegerse. Tamerlane no le inspiraba desconfianza, pero la idea de hablar de su búsqueda en voz alta, de nombrar el verdadero propósito de su viaje, le daba escalofríos. Tenía miedo de que la capturasen, de fracasar o incluso de que la juzgaran por no haber sido lo suficientemente valiente como para emprender la búsqueda antes.

Mama B rozó el brazo de Tamerlane con ternura.

—Ven. Siéntate.

Se unió a ellas en la delgada franja de sombra. Mama B y Tamerlane se sentaron con los cuerpos casi tocándose. A pesar del nudo de ansiedad que aún tenía en el estómago, Rachel se sintió fascinada por su proximidad. Se permitió estirar una de las piernas, que el tobillo y la pantorrilla se deslizaran bajo la luz del sol, aunque mantuvo la otra pegada a ella como un escudo.

—Crecimos juntos —dijo Mama B. Se dirigía a Rachel, pero también, en parte, al mundo. Como si tuviera que hablar para fijar esa verdad en el tiempo, para defenderla de que algún hombre blanco volviera y le robara a Tamerlane—. En una plantación en las afueras de Bridgetown.

Tamerlane retomó el hilo de su historia y continuó.

—Éramos muchos en los viejos tiempos. Toda la plantación hablaba de la fuerza de nuestra madre, que le daba al amo muchos niños para trabajar en el campo.

Rachel no dijo nada, pero enderezó la espalda y se inclinó hacia delante. Sintió curiosidad. Quería escuchar.

—Éramos tan felices como podíamos —continuó Mama B—. Pero un año, la cosa se puso fea.

—Sí —dijo Tamerlane—. El amo tenía deudas.

—Y decidió vender a dos de nuestros hermanos.

Las frases de uno fluían en las de la otra y coincidían en cadencia y tono, como si salieran de una sola boca.

—La pérdida de Ishmael y James mató a nuestra madre —continuó Mama B—. Nosotros habíamos perdido hermanos y hermanas por enfermedad.

—Pero estos eran hijos que habían vivido con ella durante veinte años… fue demasiado para ella.

—Murió de pena. Y lo peor estaba por venir.

—Unos meses después, el amo sacó a nuestro hermano Sansón de su casa y lo golpeó. Dijo que tramaba una rebelión parar vengar a nuestra madre y a nuestros hermanos.

—Arrestaron a Sansón y lo ejecutaron por sus crímenes.

El ritmo se ralentizó hasta volverse fúnebre. Cada sílaba retumbaba como un tambor. Relataban la historia con aire experimentado: no era la primera vez que la contaban. Y, sin embargo, Rachel percibía la aspereza de su dolor, que no podía suavizarse con la narración.

—Después de aquello, el amo juró vendernos a todos —dijo Mama B—. No quería más problemas con nosotros.

—Me trajeron directamente aquí. —Tamerlane señaló los campos que los rodeaban—. Y aquí estoy desde entonces.

—Yo empecé en Bridgetown —dijo Mama B—. Cuando ese amo murió, me vendieron de nuevo al norte. Perdí la esperanza de volver a ver a mi familia.

Se quedaron en silencio. Rachel, atraída por la historia, no pudo soportar la pausa.

—¿Qué pasó después? ¿Cómo os reencontrasteis?

Hermano y hermana intercambiaron una sonrisa.