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¿Nunca has visto a los miniseres? ¡Eso es lo que tú te crees, porque ellos sí que te han visto a ti! Mira a tu alrededor, son diminutos y se encuentran por todas partes: basuretas, colchonutos, bolapompas, minifantasmas, hadas de toda la vida... ¿No te has dado cuenta de su presencia? Pues vives en su casa o, lo que es lo mismo, tu casa. Ahora, los miniseres están desapareciendo y deberán aliarse con los humanos para solucionar el problema...
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Seitenzahl: 71
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Para Diego, que tienes la mejor edad del mundo. ¡Sueña con las aventuras más increíbles!
E. M.
Si tienes que decir alguna cosa, este es el momento. Te daré una dirección pasajera, no permanezco mucho tiempo en el mismo sitio. Pero, si me buscas, seguro que das conmigo.
Necesito tu ayuda. Sí, lo has oído bien. No puedo hacerlo sola, es un trabajo interminable. Tendría que tener ocho ojos, ¿qué digo?, necesitaría tener veinte manos y cincuenta pies. No, no sería suficiente, debería disponer de cien orejas. ¿Te imaginas mi cabeza con cien orejas? No cabría la nariz, que es muy importante para olerlos una vez que los puedas reconocer.
Por eso, necesito tu ayuda. Porque así seremos más ojos y mentes. Y las mentes son imprescindibles para reconocerlos y saber de ellos.
¿Que de qué hablo? ¿No te lo he dicho todavía? Pues de los miniseres.
¿Que no te suenan de nada? ¡No me digas eso! ¡Mira a tu alrededor! Está bien, intentaré contártelo de la manera más sencilla…
¿Nunca has visto a los miniseres?¡Ja, eso es lo que tú te crees, porque ellos sí que te han visto a ti! Mira a tu alrededor, son diminutos y se encuentran por todas partes. A lo mejor no te has dado cuenta de su presencia pese a que vives en su casa o, lo que es lo mismo, tu casa. Antes de contarte lo que sucedió, te diré breve y rápidamente cómo son y dónde encontrarlos. Aunque la verdadera agenda de miniseres está al final del libro…
Los colchonutosson peludos, greñudos y van siempre desnudos. Se comen sueños que andan por la cama y babas de la almohada, y son los más perezosos junto con los sofazanes o sofazosos,que son bastante marmotas. También están los alfombrillos, con sus dieciséis patas, que escalan por las alfombras y por los pies. En cambio, las parédulassuelen ser anchas como tortillas aplastadas y les encanta escurrirse por la pared. Son amigas de los cristalritas, queya te imaginas dónde viven. Más abajo, a otra altura, están losmesaposasysillapejos, que los encuentras por el comedor o los dormitorios. ¿Has oído un eructo de mesaposa? Un sonido tan bajito que parece el crujido de una miga al aplastarla. ¿A que has escuchado alguno? Los miniseres son diminutos, pero están alrededor de ti: las motas de polvo, losminifantasmas, losarmariononeso laspuertitis,que transmitenmensajes entre diferentes habitaciones con un sonido «ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiñ».
Resulta adecuado mirar al suelo para no pisar a loschupapasillos, que están enamorados de las bolapompas de los baños y las duchas, muy juguetonas y que explotan de risa. Porque las historias de amor entre los miniseres son famosas. Sobre todo, aquella entre un basureta y un hada de toda la vida que ahora voy a contar.
Capítulo 1
ALGO QUE CORRETEA
Jimena miró por debajo de sus pies. Había sentido algo y dio un respingo que le erizó toda la piel, igual que al gato de su amiga Leo que, cuando se asustaba, parecía tener cien mil cerillas clavadas en vez de pelos.
Pero Jimena no tenía gato ni perro. Hace cinco años, cuando cumplió nueve, le regalaron dos peces, uno naranja y otro negro, que vivieron en un acuario en el que las plantas crecieron tanto que los peces se dejaron de ver. Ese ecosistema de océano-jungla fue la única fauna que tuvo Jimena. Por ese motivo, la sensación de haber visto corretear algo por la alfombra, alrededor de sus calcetines, era de lo más extraño. Normalmente, lo único que correteaba a su alrededor era su hermano pequeño, Diego, y no pasaba desapercibido. Todo lo contrario, gritando y dando saltos, Diego entraba sin avisar. La verdad, pensó Jimena, ella habría sido un excelente puercoespín porque había muchas situaciones que le ponían los pelos de punta.
—¡Otra vez! ¡Aaaaaaaaaay! ¿Qué es esto? Jimena no veía nada por más que miraba debajo de la mesa. Así no se iba a concentrar en los deberes.
—¡Mañana tengo el examen de Mate-máticas! —se decía Jimena cruzando los dedos de las manos—. Eso es, estoy nerviosa y me imagino cualquier excusa con tal de no hacer fracciones. ¡Voy a suspender! Jimena se estiró como si le hubiera dado un calambre. —¡Aaaaaaaaah, me estoy volviendo majara! ¡Lo he vuelto a sentir! Necesito gafas, no veo nada, solo los pelos de la alfombra. Ya sé, son los ácaros, lo vimos el otro día en clase de Biología, hay miles… ¡Dios mío! ¡Me han invadido los ácaros! ¡Mamaaaaaaaaaaá!
Y, como un relámpago, subió los pies sobre la silla.
Su madre acudió aterrorizada pensando que se había electrocutado o que la estantería había caído sobre su cabeza —las mentes de las madres son siempre tan encantadoras—, y cuando entró en la habitación, no vio más que a su hija con las piernas recogidas sobre la silla.
—¡Jimena! ¿Qué haces? ¿Así es como estudias?
—Hay algo ahí debajo que corretea. Lo he sentido dos veces.
—¿El queeeeeé? ¡Sí, mira! Son tus nervios, están ahí hechos un manojo y cuando mañana te pregunten sobre fracciones contestas que algo te ha rozado los pies. Jimena bajó los pies de la silla. A lo mejor su madre tenía razón. La verdad es que no se le daban bien las matemáticas y podía inventar cualquier excusa con tal de no estudiarlas. En ese momento, Diego entró corriendo en la habitación, aunque lo tenía prohibido y más cuando su hermana tenía que estudiar. —¡Hola, cabezahueca! Mira, he entrado. ¡Estoy en tu territorio!
Diego retaba a Jimena porque en su puerta había un cartel en el que se leía:
¡PROHIBIDO EL PASO!
Capítulo 2
UN PROBLEMA MUY PEQUEÑO
Cuando los miniseres se encontraron la puerta cerrada y la rendija de debajo tapada con la alfombra no supieron bien qué hacer. Normalmente entraban por aquella rendija y esto, sin duda, era un muro interpuesto en «su» casa. Entonces, vieron el cartel y un chupapasillo lo leyó con parsimonia.
—PRO-HI-BIIII-DO EL PAAA-SO.
—¿A nosotros? —preguntó una parédulaque trepaba por el cartel para chupar la tinta del boli.
—¡Pero… si es nuestra casa! —contestó el miniduende,que ya empezaba a estar harto de aquella reunión en el pasillo. —Jimena tiene siempre mal genio y grita mucho. ¡Mejor que no salga! —comentó un minifantasma.
—A mí me gusta, es tan guapa… Y cuando se enfada, aún más. También me encantan las migas que se le caen de sus bocadillos —se relamió un chupapasillos. —A ver, ¿dónde están las puertitis? Menos mal que habéis llegado. Agrandad la rendija de la puerta y que un voluntario pase por debajo.
—¡Yo, yo! —se ofreció un basureta.
—No, tú no. Creo que hay una cáscara de plátano encima de la mesa y te pondrías a comer sin hacer nada más.
—¡Tengo que entrar! —exigió un armarionón, ansioso. Su voz sonaba hueca y profunda a pesar de su pequeño tamaño.
—Y yo también quiero entrar —continuó una armarionona—. ¡Nuestros hijos están dentro! ¡Es nuestra casa, no la de esa giganta!
—¿Qué es todo este ruido? ¡No se puede dormir! —interrumpió un colchonuto asomándose desde el dormitorio de los padres, que los miniseres llamaban la Península de Colchoberia. Un resplandor iluminó el pasillo. Era Halmir, el hada de toda la vida. No se solía dejar ver a menudo, así que los demás miniseres se quedaron contemplando sus alas. Carecían del color dorado habitual y eso significaba que algo le preocupaba.
Halmirsaludó, pero antes de que pudiera hablar todos contaron a la vez lo que había pasado. El miniduende Poc, impaciente, chilló sobre las demás voces: —¡Ya lo sabe! Ella ya lo sabe.
—Aaaaaaaaah, es verdad —asintieron todos, salvo el colchonuto que se había quedado dormido aprovechando el resplandor del hada.
—Escuchad —explicó Halmir—. La giganta a la que insultáis es nuestra querida Jimena. ¿Por qué os enfurecéis enseguida? No olvidéis que esta también es su casa. Siempre nos olvidamos. —¡Mira, no nos deja entrar! —gritaron.
—¡No es eso! La alfombra impide el paso por debajo de la puerta. Los alfombrillos del Sudeste ya están solucionándolo. Y las puertitisacaban de abrir una rendija. Halmir abrazó a la armarionona y al armarionón, aunque la armarionona le dio un manotazo al armarionón cuando vio cómo este sonreía al hada. —¡Ay! —continuó hablando el hada—. No es esta puerta cerrada la que me ha traído hasta aquí. Tengo que contaros algo. Nos reuniremos en la Comarca Central de Alfombrix dentro de una hora. ¡Avisad al resto de la comunidad de miniseres!
