Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La vida de Lis Vázquez, una atractiva reportera sin demasiadas expectativas que malgasta su vida por los innumerables bares del céntrico barrio de Malasaña, cambiará para siempre tras la enigmática llamada de un antiguo amigo de la adolescencia. La posible desaparición de una pareja natural de Sempiterno, el pueblo donde la reportera pasó gran parte de su juventud, bajo un extraño símbolo pintado con tiza sobre el marco de su puerta, será el punto de arranque de una aventura que llevará a la protagonista a afrontar los fantasmas del pasado a la vez que se redescubre a sí misma. Su búsqueda de la verdad la conducirá por un sinuoso y siniestro camino hasta descubrir un oscuro secreto guardado celosamente durante generaciones, lo que desembocará en un desenlace trepidante con un punto y final que no dejará indiferente.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 499
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
GONZALO DÍAZ
LOS OLVIDADOS
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
© Gonzalo Díaz (2023)
© Bunker Books S.L.
Cardenal Cisneros, 39 – 2º
15007 A Coruña
www.distrito93.com
ISBN 978-84-19997-99-9
Diseño de cubierta: © Distrito93
Fotografía de cubierta: © Distrito93
Diseño y maquetación: © Distrito93
Obra ganadora del VI certamen Auguste Dupin de Novela Negra 2022
Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos.¿Quién podría decir dónde termina una y dónde empieza la otra?
Edgar Allan Poe, El entierro prematuro
1 ABEL
Incertidumbre.
Veo la pared blanca extenderse hasta el infinito desde el rodapié de madera. Intento dirigir la vista hacia otro lugar, pero no puedo, está fija en un punto concreto y mis ojos no responden a mi cerebro. Tampoco parpadeo. No puedo parpadear.
Tomo consciencia de mí mismo. Solo consciencia espiritual, no material. No siento los brazos ni las piernas y la angustia sobrecoge mi cuerpo y oprime mi pecho al darme cuenta de ello, pero no hay cuerpo que sobrecoger ni pecho que oprimir. La angustia es solo mental. ¿Estaré soñando? No lo creo, soy demasiado consciente de todo como para que sea un sueño. No comprendo qué está sucediendo y el terror me invade desde lo más profundo de mi mente. Llega como un relámpago fugaz, expandiéndose y sacudiendo mi cabeza, abrasándola con millones de chispas incandescentes infligiéndome el mayor de los dolores. Noto la tensión que me provoca y mi mente ordena que apriete los dientes, que los apriete con fuerza. Un poco más. ¡Dios!, están a punto de partirse. Siento la presión pero no he movido ningún musculo. Mi mente es consciente de que no siento mi cuerpo y se contrae en una brutal agonía como jamás había sentido. ¿Cómo es posible que no sienta mi cuerpo? Quiero gritar. Necesito gritar, pero no puedo, lo único que hago desde que tomé consciencia de mí mismo es mirar la maldita pared. ¿¡Qué está pasando!? «Tranquilízate», me intento tranquilizar. «Céntrate», me centro. Me sereno, un poco, y observo el entorno. Me concentro y veo mi nariz, desdoblada por el campo visual. No puedo moverla, tampoco la siento. Si mi nariz está, el resto de mi cuerpo también debería de estar. La esperanza, aunque escasa, me alivia. Mi nariz dirige la línea visual hasta ese punto concreto e inamovible de la pared, como si mis ojos se hubieran paralizado mirándolo, abiertos, aterrados. Ese punto es nítido. Me concentro en mi campo visual alrededor de ese punto, aunque es difícil mirar las cosas si no se enfocan; estoy tirado en el suelo de la entrada de mi casa sobre el costado derecho.
La pared es blanca, pero se ve plomiza. ¿Será de noche? No lo sé, no me concentro. La pena y la desazón me invaden de nuevo. ¿Por qué no siento mi cuerpo? ¿Qué está pasando? Mi cabeza se comprime otra vez y vuelvo a sentir el dolor de la angustia inundar cada rincón de mi cerebro, doliendo en cada milímetro, como si millones de alfileres se fueran clavando lentamente en mi corteza cerebral. Atravesándola despacio, muy despacio.
Escucho el sonido metálico de una llave entrando en el cilindro, gira hasta alinear los pistones y la puerta de entrada a la casa se abre, despacio. Las bisagras chirrían. Escucho pasos detrás de mí. «¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa?», le pregunto, pero mis labios, mi lengua, mis cuerdas vocales… no articulan palabra alguna, no ejecutan las órdenes que mi cerebro exige.
—Pero ¿qué has hecho, hijo?
«¿Cómo? ¿Me dices a mí?». Me duele tanto la cabeza que las palabras resuenan por mi mente como si estuvieran esculpidas a golpe de martillo y cincel contra el duro y frío mármol. Creo que reconozco su voz, me resulta familiar, pero el dolor me impide concentrarme en los matices. Veo como la sombra deformada que proyecta el cuerpo que ha hablado se extiende lentamente sobre mí y me sumerge todavía más en la oscuridad, una oscuridad casi tangible, sólida, real.
—Lo que tenía que hacer.
Otra voz, también me resulta familiar. Más profunda y lúgubre, rasgada. ¡Un hombre! Y una segunda sombra aparece, eclipsando a la primera. Más grande, más siniestra. «¿Qué es lo que has hecho?, ¿qué hacéis en mi casa?», les grito con todas mis fuerzas, pero no me oyen, no me escucho, mis palabras no se pronuncian, solo retumban por mi cabeza una y otra vez…
2 LIS
Martes. 23:01. Madrid
Lis Vázquez estaba sentada en un taburete al fondo de la barra del bar Smok Mok, en la calle del Limón. Entró por puro azar, podría haber sido ese bar tanto como cualquier otro de los muchos que había a lo largo y ancho del céntrico barrio de Malasaña. A diferencia de la mayoría de personas, que prefieren ir a lugares donde son atendidos por su nombre, a Lis le gustaba ir saltando de un sitio a otro, buscando el anonimato.
—¿Me pones otro? —le pidió al camarero, forzando una sonrisa y levantando sutilmente el casco vacío de su tercio de cerveza.
El camarero le sirvió otro tercio bien frío y retiró el anterior mientras Lis revisaba la lista de contactos en su smartphone. El primer nombre con el que titubeó fue, como siempre, Amanda, una compañera de trabajo. Recapacitó varias veces sobre si llamarla o mandarle un whatsapp hasta que finalmente arqueó el labio superior con cierto asco y siguió bajando. Se detuvo en varios contactos más, los usuales; otra compañera, antiguos amigos, algún amante, un ex, al que cotilleó la foto de perfil, y después, resignada, bloqueó el teléfono.
Respiró hondo al mismo tiempo que alzó la mirada hasta que se encontró a sí misma reflejada en el cristal de la cava de vinos. A pesar de estar distorsionada por el reflejo opaco y las botellas de vino de fondo, se veía bien. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, aunque, gracias a su estilo desenfadado, aparentaba algunos años menos. Conservaba gran parte del encanto de aquella atractiva joven que fue, antes de que comenzase a pelearse con la vida, mostrando un buen aspecto sustentado por una buena genética, lápiz de labios color carmesí y un par de brochazos de tapa ojeras.
Dio un trago largo a la cerveza y cogió el móvil de nuevo, lo desbloqueó y abrió una de las varias aplicaciones de moda que tenía descargadas. Miraba con atención una y otra vez los mismos vestidos, faldas, camisetas, pantalones y zapatillas. Lo hacía en un rítmico y mecánico proceso; cada prenda era ampliada, estudiada y desechada con soltura para luego, al rato, volver a ser ampliada, estudiada y desechada. Mientras ponía todo su enfoque en una falda larga de punto y colores otoñales que miraba por tercera vez, su móvil comenzó a sonar. En la pantalla de su smartphone apareció en letras blancas: «Diego Sempiterno». El corazón le dio un vuelco y su cuerpo se estremeció. Rápidamente silenció la llamada y le dio la vuelta al móvil dejándolo sobre la barra. «Vaya, lo mismo no es tan buena idea seguir con el mismo número de teléfono desde la universidad», pensó Lis intentando restarle importancia.
A través de sus ojos verdes, sombreados con desdén, tratando de tapar los golpes recibidos por demasiadas noches en vela, Lis echó un vistazo rápido a su alrededor en un intento por abstraer su mente y no pensar. El local estaba cálidamente iluminado por multitud de lamparitas, todas diferentes, pero insuficientes para poder fijarse bien en los detalles y empapelado con diferentes pósteres de muñecos de dibujos animados japoneses, carteles con letras chinas o japonesas —Lis no lo tenía claro—, y un colorido mural pintado a mano en la pared de enfrente de la barra con más muñecos. Después observó con atención las siluetas de los demás, encorvados sobre sus cervezas o cócteles. A Lis le gustaba hacer eso, observar sin ser observada, sentirse sola rodeada de gente —paradoja número cinco de la lista de paradojas de Lis: disfrutar de la soledad que le proporcionaba estar rodeada de desconocidos—. En un barrio que no dormía, como ella, donde nadie conoce a nadie y podías estar solo pero acompañado, era donde Lis se sentía realmente a gusto, y por eso le encantaba vivir ahí, justo en el corazón de la gran ciudad.
«¿Qué querría?», se preguntó Lis, que no era capaz de sacarse de la cabeza la repentina llamada de Diego, pero tampoco se veía en aquel preciso momento con lo necesario para hablar con él. «Olvídalo», se respondió.
Alrededor de una de las mesas altas había un grupo de hombres que charlaban distendidos que de vez en cuando la miraban. Eso le gustaba. A pesar de no haberse arreglado —vestía camisa de franela a cuadros roja ligeramente desabotonada, jeans desgastados y botines negros con tachuelas—, aquellos hombres la miraban. Sobre todo uno de ellos, el más aparente, según Lis, que tras varias sonrisas lanzadas al aire sin encontrar réplica por parte de ella y varios intentos fallidos de contacto visual, se levantó y se le acercó.
—Hola, rubia. ¿Puedo invitarte a una cerveza? —preguntó el desconocido.
«¿Rubia?, empezamos bien», reflexionó Lis haciendo una leve mueca de aprobación, al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer. Y el extraño pidió un par de tercios al camarero.
—Me llamo Manuel —dijo, acompañando el anuncio de su nombre, al que solo le faltaron fuegos artificiales, de una amplia y reluciente sonrisa.
—Lis —replicó tajante.
Manuel hizo un leve gesto de acercarse para darle dos besos, pero ella se apartó de forma sutil y le extendió la mano para eludir el intento de acercamiento. «Pobre», pensó Lis. Manuel reaccionó rápido para no parecer sorprendido y le extendió la mano también.
—Curioso nombre —apuntó Manuel, acompañando de nuevo su comentario, que creía jocoso, con su amplia sonrisa de anuncio de dentífrico mientras intentaba alargar el apretón de manos.
—No todos tenemos el honor de tener un nombre que está en el top five de los nombres más usados del país como tú. —El intercambio de golpes no había hecho más que empezar y ya le había dejado tocado en el primer asalto. «Relaja, Lis», se dijo a sí misma mientras le devolvía la sonrisa y le retiraba la mano.
—Touché. —Manuel inspiró y volvió a sonreír, esta vez más levemente.
El camarero dejó los tercios sobre la barra y Manuel pagó en el momento. Esto le dio unos segundos para rearmarse y volver a intentar acercarse a Lis, aunque empezaba a sentir que no iba a ser tarea fácil conocerla.
—La vuelta para ti —le dijo al camarero antes de regresar a Lis con lo primero que le vino a la cabeza—. Y ¿a qué te dedicas?
Lis echó una ojeada rápida y disimulada a Manuel. El first-scan, como ella solía decir. «Treinta y tantos, deportista. No parece muy listo, pero tiene buen cuerpo. Cerveza gratis. Le falla el perfume, espero que no sea Old Spice. Venga, juguemos», se animó a sí misma, aunque era consciente de que en condiciones normales ya se habría desecho de él, pero en aquel momento, después de la llamada de Diego, prefería que estuviera ahí con ella, distrayéndola. «Pero primero necesito beber», se dijo Lis, y dio un trago largo a la cerveza.
—Soy periodista —le contestó al fin.
—¿En serio? Qué chulo. ¿Algo que haya podido leer?
«¿Ha dicho “qué chulo”? ¿Seguimos en parvulitos?», recapituló incrédula Lis.
—¿Tú lees?
—Touché otra vez. ¿No me vas a dar un respiro?
—En la guerra no hay respiros —repuso irónica brindando al aire.
El móvil de Lis volvió a sonar, en la pantalla de su smartphone apareció de nuevo en letras blancas: «Diego Sempiterno». Silenció la llamada y dejó el móvil caer sobre la barra. «¿A qué viene de repente esta insistencia?», se preguntó nerviosa. Inspiró hondo y dio otro trago largo de cerveza. Dejó el casco vacío a un lado y cogió el de invitación.
Manuel buscó mediante rápidas interconexiones en su cerebro una respuesta locuaz e interesante, al menos algo gracioso que decir, y entonces pasó lo que ningún hombre quiere que pase en los primeros cinco minutos de conversación con una desconocida a la que intenta cortejar: el silencio incómodo.
—Estás muy solicitada, ¿eh? —soltó Manuel a modo de broma para romperlo.
Resulta curioso cómo la vida se va construyendo poco a poco con las decisiones que tomamos. Si Manuel, que había visto quien la llamaba, hubiera optado por hablar del pueblo de Sempiterno, que conocía y que le desagradaba tanto como a Lis, y no de Diego, quizás hubieran tenido un punto en común del que partir. Un nexo por el que empezar una conversación. Criticar juntos algo que no les gustaba les hubiera dado pie, muy probablemente, a otro punto en común y ese segundo quizás a un tercero y así sucesivamente hasta, quién sabe, casarse, tener hijos, morir juntos… O al menos compartir su calor aquella misma noche. Pero no, Manuel prefirió hacer una afirmación fácil, inmiscuyéndose en la vida personal de alguien que no conocía.
—Más bien algunos hombres sois demasiado insistentes —y sonrió.
Lis se quedó callada, intentaba no pensar en el porqué de aquellas llamadas y se esforzó en intentar divertirse, aunque fuera con aquel espécimen.
—Venga, sonríe, Profidén. ¡Selfi! —Lis cogió su móvil, activó la cámara frontal y, sin dar tiempo a Manuel para comprender lo que estaba pasando, se hizo una foto con él.
—¿He hecho algo bien? —preguntó Manuel sorprendido mientras Lis comprobaba la foto y la guardaba.
—Las cazas al vuelo, tigre.
—¿Lo haces para recordarme? —y la sonrisa de Manuel entró en escena de nuevo.
—¿Eres siempre igual de elocuente? —le contestó irónicamente Lis con otra pregunta mientras mandaba la foto a Amanda.
—Creo que no tanto como para no dejar de intentarlo un poco más contigo. —Manuel no tenía ni idea de lo que significaba «elocuente» y al instante el tontómetro de Lis hizo saltar las alarmas de rechazo.
El móvil volvió a sonar. Lis giró el móvil, era Diego de nuevo. Por tercera vez.
—Qué insistencia, debes tenerlo loquito.
«Definitivamente es tonto de narices», pensó Lis, y llegó la hora de zanjar aquella bonita historia.
—¿Me disculpas? —le sonrió con ironía Lis—, tengo que contestar esta llamada, es superimportante —dijo dando un mayor énfasis al «súper…».
Manuel cogió su tercio de cerveza y le hizo un gesto de despedida para volver a la mesa con sus amigos con la marca de la derrota en la cara.
—Por cierto, ¿qué perfume usas? —le preguntó Lis a Manuel mientras este se dirigía hacia sus compañeros, que lo miraban sabedores de su derrota por la expresión de su cara.
Manuel se giró.
—Old Spice.
—Entiendo, puedes seguir yéndote, esta ventanilla está cerrada. Puedes probar en la siguiente. Gracias. —Acto seguido, Lis descolgó—. Me has llamado tres veces en menos de quince minutos, ¿debo preocuparme y llamar a la Policía? —preguntó con total naturalidad, como si no hubieran pasado cerca de quince años desde la última vez que hablaron.
Lis estaba realmente nerviosa por hablar con Diego de nuevo, pero bajo ningún concepto iba a permitir que se notara, y por ello adoptó una actitud agresiva desde el principio.
—No, no. Disculpa. Es que… —titubeó Diego.
—Recapitulemos. Tuvimos un… ¿rollo de adolescentes?, hace ¿cuánto?, ¿quince años? Eras muy mono y, aunque el don de la palabra no era tu fuerte, algo que últimamente parece estar de moda entre tus congéneres, estuvo divertido. He de reconocer que lo pasamos bien aquellos años y bla, bla, bla, pero no tengo ningún interés en volver a verte, y mucho menos en acostarme contigo de nuevo.
Se hizo un silencio incómodo entre ambos. Lis no sabía muy bien por qué le había soltado todo aquello, pero estaba nerviosa, muy nerviosa.
—No, no te llamaba por nada de eso —titubeó Diego de nuevo, que estaba totalmente descolocado tratando de asimilar todo lo que Lis le acababa de soltar.
—Entonces, ¿por qué me llamas repetidamente un lunes a las… —Lis miró la hora en la pantalla de su teléfono móvil y continuó— … once y media de la noche?
—La verdad es que no tenía muy claro si llamarte, y más después de tanto tiempo.
Diego hizo una pausa, estaba nervioso también. No sabía ni por dónde empezar, a pesar de haber estado preparando su discurso durante un buen rato antes de llamarla.
—Tengo lío, estoy con unos amigos. No puede ser tan complicado, tú puedes. —Lis hablaba rápido, con ganas de saber lo antes posible qué quería y colgar.
—A ver, no es fácil de explicar. —«Puf, empezamos bien», pensó Lis—. Bueno. Verás, trabajo como repartidor en una empresa que comercializa y distribuye productos alimenticios.
—Aja, qué interesante. Sí.
—Bueno, sé que va a sonar raro pero, por favor, escúchame —continuó Diego—. Esta mañana a primera hora tenía que entregar un pedido en una carnicería de aquí, en Sempiterno. Cuando fui, estaba cerrada y tenía un cartel que ponía «cerrado por vacaciones». Abel, el dueño de la carnicería, es alguien muy metódico, jamás haría un pedido para entregar en un día concreto si tenía pensado irse de vacaciones.
—Al grano, gracias.
—Sí, perdona —continuó Diego—. Entonces decidí ir a su casa para entregarle el pedido, vive justo encima de la carnicería, pero tampoco había nadie en su casa. Volví a intentarlo en su casa esta tarde a última hora y, aunque nadie contestó, estoy seguro de que había alguien detrás de la puerta. Escuché sonidos de pisadas y vi cómo alguien me miraba a través de la mirilla.
—Qué inquietante —ironizó Lis.
—Un momento, por favor, déjame terminar. —Diego se puso más nervioso. Se le había olvidado lo difícil que podía llegar a hablar con Lis—. Pensarás que estoy loco, pero algo similar pasó hace unos años con otro cliente. Intenté varias veces entregarle el pedido en su casa y juro que había alguien dentro. Y, de repente, ese hombre desapareció. Nunca más se supo de él. Y antes de que me sueltes algún chiste de los tuyos, hay algo más. En ambas casas había dibujado un símbolo con tiza sobre el marco de la puerta, no muy grande, una especie de cruz con cuatro cruces más pequeñas en cada uno de los cuatro huecos. La primera vez no le di importancia, pero ahora veo que quizás tenga relación.
Lis se tomó un momento para madurar un poco lo que Diego le acababa de contar.
—Bueno, quizás deberías ir a la Policía.
—Ya lo intenté. Se lo dije a Zabala, no sé si te acuerdas —«¿Zabala?, ¿el musculitos? ¿Ahora es policía? Vaya», interconectó Lis—, pero no ve ninguna relación ni nada por lo que alarmarse. Pero estoy seguro de que hay una conexión. Al menos, no me digas que no es… —se dio unos segundos para continuar— extraño. Los mismos patrones, el mismo símbolo —resumió. Lis no contestó, algo de aquella historia la perturbó. Se quedó callada, dándole vueltas a lo que Diego le acababa de contar—. Piénsalo, por favor. Solo te pido eso. Sé que eres periodista, quizás puedas investigarlo un poco por tu cuenta, por si acaso. El hombre que desapareció se llamaba Vicente, era un agente de seguros. Quizás no sea nada, pero quién sabe. Piénsalo.
3 ABEL
Inseguridad.
Sigo tirado en el suelo. No parpadeo. Las sombras se mueven.
—¿Dónde está ella?
¿Es la voz de una mujer? Habla bajo, suave. Pausado. El dolor de cabeza trastoca mi percepción y sus palabras retumban en mi cabeza como si cada letra fuera percutida con saña en un gigantesco bombo después de ser pronunciada impidiéndome reconocer bien los matices. ¿Ha dicho «ella»? ¡Nuria! No. No. No. Por favor, no, Nuria no.
—Nuria está en la habitación principal.
Escucho cómo la voz profunda y lúgubre del hombre responde. «Pero ¿cómo sabes dónde está Nuria si acabáis de entrar? ¿Has estado aquí antes? ¿Cuándo? Te voy a matar, ¿me oyes? ¡Te voy a matar! ¡Como le hayas hecho algo, juro por Dios que te mato!», grito con todas mis fuerzas. Le grito tan fuerte que podría desgarrar mi garganta al escupir cada una de las palabras por mi boca si mis cuerdas vocales reaccionaran a mis impulsos, pero no lo hacen, y mis palabras no se materializan, solo vagan furiosas por mi cabeza disipándose rápidamente por mi mente como el eco en un túnel infinito.
Escucho los pasos alejarse hacia el interior. «¡No! ¿Dónde vais? ¡Volved!», grito de nuevo, pero no me oyen. Un torrente de adrenalina inunda cada rincón de mi cerebro. Me alzo colérico y voy directo hasta ellos, miserables. Los embisto con una brutalidad desbordada, la mujer cae al suelo y estrangulo al hombre con mis propias manos. Mientras en mi mente le aprieto el cuello con rabia, mi cuerpo sigue tirado en el suelo, inerte. Solo miro la pared, no puedo dejar de mirar la dichosa pared. No parpadeo. Intento levantarme, pero tampoco lo consigo. ¿Por qué no puedo moverme? ¿Qué pasa?… Quiero enfrentarme a ellos, pero mi cuerpo no reacciona. Lo único que hago es seguir mirando la maldita pared mientras las voces reconocibles de sombras desconocidas se adentran sin poder evitarlo en lo más sagrado que tengo, mi hogar.
Están ahora con ella. En nuestra habitación, al final del pasillo. Oigo susurros lejanos, pero no son de Nuria, a ella no la escucho. ¿Por qué no la escucho? ¿Estará bien? ¿Estará como yo? Tendría que estar allí con ella, protegiéndola. La impotencia se apodera de mí, y con ella viene una inquietud aterradora que paraliza también mi razón. «No le hagáis nada», suplico de nuevo. Pero no me oyen, no me oigo. Quiero llorar, necesito llorar. Mi mente llora, pero mis lágrimas no mojan mis mejillas. «¿Qué nos estáis haciendo?».
Siento los pasos acercarse, ahí vienen de nuevo, los miserables. Miro la pared, no parpadeo. La rabia se apodera de mí, de mi mente, solo de mi mente. Los pasos se acercan más. «¿Qué habéis hecho con ella?». Podría descuartizaros con mis propias manos ahora mismo. «¿Quiénes sois?», les grito, no me responden, no me oyen. Se paran justo detrás de mí, puedo ver sus sombras moverse en la penumbra proyectadas en la pared. Como si estuviera viendo una película de terror. Parecen marionetas. Dos, son dos. Me miran. Siento que me están mirando.
—Esto tiene que parar.
Es la voz de una mujer. Ahora estoy seguro. «¿Qué tiene que parar?», le pregunto, pero no me responde. Olvido que mis cuerdas vocales, mi lengua, mis labios no responden ya a las órdenes de mi cerebro.
—No, maman, esto no ha hecho más que empezar. Y tiene que ayudarme.
¿Qué ha dicho? ¿Mamá? ¿Ayudarte a qué? ¿Por qué me hacéis esto? ¿Qué habéis hecho a mi familia? Centenares de preguntas comienzan a brotar de cada rincón de mi cerebro alicaído. Ninguna certeza. Con cada pregunta sin respuesta, una sensación, un sentimiento a cada cual más doloroso. Angustia por mi aparente desconexión con la carne. Miedo a lo que le habrán hecho a mi mujer. Impotencia de no poder protegerla. El terror más oscuro hacia los misterios que rodean toda esta espeluznante situación. La incertidumbre de un futuro nada alentador. La inseguridad que todo ello me provoca. El dolor de cabeza es insoportable. Estoy exhausto. «Dejadnos en paz —suplico—. Por favor, dejadnos en paz»
De nuevo, pasos. Pasos de desconocidos moviéndose libremente por mi casa, y yo en el suelo de la entrada, mirando la pared blanca, ahora teñida de gris. Es de noche, tiene que ser de noche. Escucho cómo cierran las cortinas del salón. Escucho el sonido que provocan las anillas al rozar con la barra de aluminio de la que cuelgan las cortinas. La pared se oscurece, cambia la tonalidad grisácea por otra más intensa, casi negra.
Cierran la puerta con cuidado, despacio. No hacen ruido. Me sumerjo en la oscuridad.
4 LIS
Miércoles. 08:30. Madrid
Lis estaba tirada con desdén encima de la cama deshecha. Iba vestida con la camisa de franela a cuadros roja y los jeans desgastados que llevaba puestos la noche anterior. El despertador de su móvil comenzó a sonar, marcaba las 08:30. Lis tanteó como pudo con el brazo, sin despegar la cara de la almohada, hasta dar con el smartphone y lo silenció.
Vivía en un ático abuhardillado de apenas cuarenta metros cuadrados en el barrio de Malasaña. Un quinto sin ascensor distribuido en minúsculas porciones que contaba con un salón con cocina americana, una terraza y una habitación con cuarto de baño. El piso en sí no era gran cosa, pero Lis lo alquiló por dos motivos: su excelente ubicación y por las vistas que se extendían desde la terraza. Desde ella se podían ver las infinitas líneas horizontales que formaban las construcciones de la gran ciudad. Líneas quebradas por el movimiento de sus tejados de pizarra o teja roja, por la diversidad de sus edificios; antiguos, modernos, de iglesias, de rascacielos. Líneas apelotonadas hasta la extenuación, una detrás de otra, hasta alcanzar el horizonte. Con sus chimeneas, sus parabólicas, sus antenas, sus grúas… Un mosaico aleatorio, caótico y precioso a la vez, que había creado la civilización sin querer. Y al atardecer, podías ver toda aquella mole urbana resplandecer bajo los colores anaranjados del cielo en sus interminables puestas de sol.
El despertador del móvil volvió a sonar, marcaba las 08:39. Lis alargó de nuevo el brazo para buscarlo y lo apagó. La cama no dejaba espacio en la habitación más que para un taburete de juguete que hacía de mesilla improvisada y una cómoda situada debajo de la ventana. Las cortinas estaban echadas y el ambiente era denso. Un fuerte dolor de cabeza fue lo primero que sintió al incorporarse y tomar conciencia del mundo real mientras se desperezaba con resignación. Llevaba mucho tiempo necesitando la ayuda de bebidas espirituosas para poder conciliar el sueño, pero anoche, tras aquella llamada, necesitó beber algo más de lo acostumbrado. Y no precisamente por la llamada en sí, de la cual no recordaba prácticamente nada, sino por él. Alguien a quien había intentado relegar sin éxito al rincón de los olvidados; ese lugar del corazón donde se manda a aquellas personas que una vez fueron y ya no son, de nombres prescindibles, de caras sin rostro, de voces sin eco. Por mucho que Lis se empeñara en desterrarle una y otra vez, muchas noches se sorprendía a sí misma mirando su foto de perfil en WhatsApp o buscándolo en las redes sociales; y en esos momentos revivía el ayer en el ahora, o incluso cambiaba el ahora por el ayer.
Lis se incorporó y cogió una botella de refresco de cola que siempre dejaba en el suelo, al lado de la cama, su botiquín de primeros auxilios. La abrió sin ese característico repicar de las burbujas queriendo salir de su prisión de plástico y dio un trago largo que le supo a veneno, pero que consiguió su objetivo, humedecer ligeramente su boca seca y pastosa. Miró el reloj y exhaló de mala gana. «Mierda», se dijo. Arrastró su cuerpo hasta el baño y se duchó sin dar tiempo a que el aroma del jabón se impregnara en su piel. Jugó con indiferencia con la tripita que poco a poco le iba asomando y se estiró las arrugas de la edad con los dedos. Cogió bragas limpias de la cómoda, sacó unos vaqueros de entre uno de los varios montones de ropa del suelo y una camiseta del estrecho armario empotrado, y se vistió. Rebuscó entre los veinte botes que tenía tirados arbitrariamente por encima del lavabo hasta encontrar el del maquillaje y se untó con un potingue color carne toda la cara sin miramientos. Se retocó las cejas con un poco de rímel, un toque de pintalabios rojo y se recogió el pelo. El reloj del móvil marcaba las 09:18. Hizo una leve mueca de conformidad, cogió una chaqueta, el bolso y salió del apartamento.
Aunque era otoño hacía una mañana primaveral. El aire fresco de la noche, que se intuía todavía por las empedradas calles del barrio de Malasaña, empezaba a caldearse progresivamente por un radiante sol que se imponía sobre el cielo de Madrid. Lis bajó por la calle de Amaniel y se detuvo en la misma cafetería de cada mañana, desde que empezó a trabajar en la redacción, para coger un café y algo de comer.
—¿Sí? —preguntó el camarero de cara estirada.
—Un café con leche, doble de azúcar y un dónut de chocolate, todo para llevar —soltó Lis de carrerilla.
—¿Nombre?
—Lis.
—Ocho con cuarenta. —Lis le dio un billete de diez y recogió el cambio—. ¡Siguiente!
Lis recogió su pedido y continuó callejeando hasta llegar a Gran Vía, tan espectacular y tan abarrotada de gente como siempre. La ducha, el aire fresco y la pequeña caminata que separaba su casa de la redacción le ayudaron a aclarar las ideas y comenzó a reconstruir la conversación con Diego. Aquel símbolo pintado con tiza era lo que más la desconcertaba. «El mismo símbolo en ambas casas», reflexionó Lis. Mientras caminaba absorta en sus pensamientos entre la multitud, sacó su móvil y wasapeó a Diego pidiéndole que le mandara la foto del símbolo.
Ensimismada entre las preguntas que le surgían y sus propias respuestas, llegó a la redacción del Diario 33 Digital, que ocupaba uno de los bajos de un bloque de viviendas construido en los años veinte en el histórico barrio de Palacio, entre Santo Domingo y Ópera. El diario online fue fundado por José María, Adolfo y Enrique, el padre de Lis, a principios del siglo xxi. Los tres, buenos amigos y colegas de profesión, se conocieron mientras trabajaban juntos en un prestigioso periódico de ámbito nacional. Cansados del partidismo que mostraba dicho diario, decidieron fundar el suyo propio. Un periódico sin ideología, objetivo y crítico, bajo el lema de Kofi Annan: «Ninguna sociedad democrática puede existir sin una prensa libre, independiente y plural».
El pequeño vestíbulo de entrada estaba separado del resto de la redacción por unas mamparas de cristal que iban desde el suelo hasta el techo.
—Hola —dijo Begoña, la secretaria, una aspirante a influencer de veintiocho años que vivía en un piso compartido con siete personas en Argüelles, que levantó la cabeza con el sonido de la puerta y, según reconoció a Lis, volvió sus ojos de nuevo hacia la pantalla de su smartphone.
Lis la respondió con un gesto de cabeza, que Begoña ni vio, y recorrió rápidamente el pasillo que se formaba entre las dos hileras de mesas hasta su sitio. Cada hilera tenía seis asientos, tres por cada lado. Era primera hora de la mañana y la redacción estaba en plena ebullición. Lis dejó el café y el dónut sobre la mesa, el bolso en el suelo y, con la chaqueta puesta, encendió el ordenador. Miró por encima de la pantalla de su portátil hasta encontrar los ojos de Mario, su compañero en la sección de sucesos.
—¿Otra noche larga? —susurró Mario.
—O corta, según se mire —matizó Lis guiñándole un ojo.
Estaban envueltos en plena precampaña y se notaba en el ambiente. Las tensiones entre las diferentes formaciones políticas eran el caldo de cultivo perfecto para todo tipo noticias sensacionalistas. Pero ahora mismo la cabeza de Lis estaba ocupada en otra cosa. Hizo un repaso rápido y cronológico a la información que le había dado Diego. Un hombre, Vicente, agente de seguros, desaparece en Sempiterno varios años antes. Según Diego, un extraño símbolo estaba dibujado con tiza en el marco de la puerta. Lis buscó en Google y enseguida aparecieron varias noticias relacionadas con la desaparición del agente de seguros. Una de las noticias decía que Vicente dejó una nota: «No me busquéis, no volveré». El mensaje lo encontró su hermana, quien, alarmada tras varios días sin tener noticias del agente de seguros, accedió al domicilio de su hermano con una copia de la llave. Además, la noticia mencionaba que no se encontraron signos de violencia por ningún lado. El teléfono móvil de Lis vibró, era un wasap de Diego con la foto que le había pedido seguido de un «llámame».
En la foto se podía apreciar cómo en el marco de madera de la puerta de entrada a la vivienda había algo dibujado con tiza blanca. Lis amplió la foto, era una cruz. Y, tal y como le dijo Diego, en cada uno de los cuatro huecos había otra cruz más pequeña. Lis buscó en la red aquel símbolo sin ningún resultado significativo. Tan solo encontró la cruz de las cruzadas, de aspecto similar, pero no era igual. Lis cogió el móvil y llamó a Diego.
«¿Qué narices estás haciendo, Lis?», se regañó a sí misma.
—Dime —dijo Lis según Diego cogió la llamada.
—Hola, ¿qué tal?
—Ahí andamos, me dijiste «llámame» y te estoy llamando. Vamos al grano.
—Vale —contestó Diego entendiendo cómo iban las cosas—, esta mañana le conté a mi jefe lo mismo que te dije a ti anoche. Y la verdad es que me ignoró totalmente. Me dijo que intentara entregar a primera hora de nuevo el pedido, y que si escuchaba gente dentro de la casa y no me abrían, lo dejara en la entrada. Que ya estaba pagado y no quería tener la caja rondando por el almacén.
—Déjame adivinar, volviste a escuchar ruidos dentro de la casa, ¿correcto? —se aventuró Lis.
—Correcto.
Lis se tomó unos segundos. «Puede haber noticia», pensó, pero sabía que el hilo del que tirar era demasiado fino, demasiado débil. Aunque si era capaz de demostrar que era un patrón, tenía una buena historia. «¡Y con símbolos extraños!, esas cosas les encantan a los lectores», se dijo mientras lo soñaba despierta.
—¿Y estás totalmente seguro de que era el mismo dibujo en ambos marcos? —terminó por preguntar.
—Totalmente —afirmó Diego sin ninguna duda—. La primera vez no hice ninguna foto, no le di importancia. Es más, al segundo día que intenté entregar el pedido, alguien lo había borrado. Y ahora en la casa de Abel y además se repiten los acontecimientos… Tiene que estar conectado, seguro. —Lis volvió a tomarse un momento. Necesitaba pensar—. Además —continuó Diego, interpretando aquel silencio como una posibilidad de que a Lis le interesase la noticia—, el cartel de la carnicería no tiene sentido. ¿Se van de vacaciones, pero están en su casa?
—Yo a veces cojo vacaciones para estar en casa —especuló Lis.
—Puede ser.
—¿Cómo se llama la carnicería?
—Jiménez e Hijo. Abel vive justo en el piso de encima.
—Es algo curioso, desde luego. Bueno, ya hablamos.
—¿Lo vas a investigar? —preguntó Diego.
—No lo sé.
5 LIS
Miércoles. 10:34. Madrid.
Lis daba grandes bocados al dónut de chocolate, que iba intercalando con pequeños sorbos de café, sin despegar los ojos de la pantalla del portátil. Estaba intentando escribir una noticia sobre las tensiones políticas dentro del Ejecutivo autonómico en Madrid entre la presidenta y su vicepresidente, que formaban un Gobierno autonómico en coalición. La presidenta acusaba de deslealtad al partido político del vicepresidente y el vicepresidente de deslealtad del partido político de la presidenta. Pero Lis no era capaz de concentrarse, su cabeza solo pensaba en la historia de la ausencia del carnicero y su posible relación con la desaparición de un agente de seguros varios años antes. Tras darle unas cuantas vueltas, lo tenía claro. «Aquí hay historia», se dijo al fin.
Lis se metió lo que le quedaba de dónut en la boca, se chupó los restos de chocolate que se le habían quedado en los dedos, dio un trago largo de café y se levantó en dirección al despacho de Adolfo, situado al fondo de la redacción, a la derecha de los baños y a la izquierda del despacho de José María.
—¡No te vas a creer la historia que traigo! —anunció Lis a los cuatro vientos a la vez que entraba como una exhalación en el despacho, pretendiendo crear una expectación al redactor jefe quien, acostumbrado a sus repentinas apariciones, ni se inmutó.
Adolfo era de esas personas que se pueden catalogar directamente como «un buen tipo» con tan solo fijarse en su mirada; entrañable y leal, algo caída, cansada, tras sus inseparables gafas de pasta negra algo descoloridas por el inexorable paso del tiempo. Desde que en su día lo pusiera de moda Steve McQueen, vestía siempre con un cárdigan de punto abotonado que cambiaba dependiendo del día de la semana. Y como cada miércoles, llevaba el de color verde militar. Contaba con algunos kilos más que el reconocido actor y también algo menos de pelo, dándole el aspecto de abuelo entrañable más que el de un irresistible seductor de los años sesenta.
—Creo que tengo algo… —comenzó Lis, e hizo una pausa—… interesante —concluyó mientras tomaba asiento.
Con Adolfo, Lis cambiaba el tono. Con él no era la máquina fría que respondía a todo con sagacidad y esa pizca de malicia tan características de ella. Con él hablaba de otra forma, se relajaba. Podía ser ella misma sin tener que estar alerta. Sin el escudo.
—Ajá —dijo Adolfo mientras seguía mirando los cuadrantes—. Antes de eso tan interesante, ¿cómo llevas la noticia sobre las tensiones dentro del Gobierno autonómico? Lo necesitábamos ayer.
—Ahí va… —dejó caer la reportera con cierto desencanto.
—Sé que no es tu sección y que además odias la política, pero estamos hasta arriba y necesitamos que eches una mano con esto. —Al igual que el tono de Lis cambiaba con Adolfo, la condescendencia de este hacia la chica también delataba una relación diferente y especial.
—Vale, primero escúchame y luego discutimos eso, ¿sí? —respondió Lis con una sonrisa.
Adolfo apartó la vista de los cuadrantes y se centró en ella. Sabía que era mejor escuchar lo que tenía que decir, aunque después lo obviara, antes que meterse en una guerra que podría durar siglos si no le hacía caso.
—Bien, soy todo oídos. Cuéntame —le dijo a Lis mientras la miraba por encima de sus gafas de pasta y se atusaba su poblada barba blanca.
La reportera comenzó a exponerle a Adolfo, con todo lujo de detalles y adornos, toda la información de la que disponía; pero despacio, sin prisa, dominando la situación para crear expectación. Comenzó por la llamada de su fuente de la noche anterior, los indicios sospechosos y la posible relación entre ambos casos. Se esmeró al hacerlo, ya que sabía que podía ser la oportunidad perfecta para librarse de tener que entregar la dichosa noticia sobre política.
—¿Amigo o fuente? —preguntó Adolfo con malicia.
—Mi fuente —gruñó Lis—. Y aún hay más —prosiguió—. Esta misma mañana mi contacto intentó entregar de nuevo el paquete a primera hora y… —haciendo una pausa para darle un poco más de intriga a la historia, continuó—: de nuevo escuchó ruidos dentro de la casa y nadie le abrió la puerta.
Adolfo se dio un momento para recapacitar. Era alguien inteligente e incrédulo, y a primera vista no le parecía algo que pudiera darles una historia, al menos una de las buenas.
—Insustancial —terminó por responder Adolfo—. Nada hace presagiar que pueda haber relación alguna entre los dos casos. Y, de hecho, el carnicero ni siquiera ha desaparecido —espetó mientras se volvía a atusar su frondosa barba blanca.
—Todavía —apuntó Lis—, no ha desaparecido todavía.
Lis sabía que Adolfo era un idealista y que todavía quedaba algo de aquel intrépido reportero que un día fue, de aquellos que sacaban grandes noticias donde nadie las buscaba. Se estaba reservando para el final de su exposición el símbolo pintado con tiza sobre los marcos de ambas puertas, y estaba segura de que cuando lo supiera querría aquella historia tanto o más que ella. Pero debía hacerlo a fuego lento, así que le dejó un poco más de tiempo para que fuera rumiando la información antes de seguir mientras le mantenía la mirada al viejo redactor jefe. Él seguía dándole vueltas intentando buscar algo en todo aquello que no encontraba, le faltaba «el tesoro», como le gustaba llamar al enigma a descifrar que toda buena historia debía tener. Y ella sabía que el tesoro de esa historia era aquel extraño símbolo, lo que podía hacerla grande, el punto en común entre ambos casos. Lis sacó de su bolsillo el teléfono móvil y preparó la imagen del extraño símbolo pintado en el marco de la puerta bajo la atenta mirada del redactor jefe.
—Mira esto —le dijo Lis a Adolfo mientras le daba el teléfono—. Mi fuente —continuó la reportera— encontró ese símbolo pintado sobre la puerta del carnicero. Y también sobre la del agente de seguros. El mismo símbolo dibujado sobre ambas puertas —puntualizó.
Adolfo se quedó mirando la foto, intentado descifrar ese extraño símbolo, mientras no dejaba de atusarse la barba con la otra mano, recostado en su silla. Lis se incorporó ligeramente para observarlo con atención mientras esperaba nerviosa la respuesta de su jefe. Había noticia, estaba segura. Mientras el redactor jefe se tomaba su tiempo, Lis se entretuvo echando una ojeada al impecable despacho. Siempre limpio y recogido, rozando la perfección. Sus ojos se detuvieron en una de las fotografías que había sobre el mueble de detrás del escritorio. Era una foto familiar hecha en Cudillero. En ella posaban sonrientes un joven Adolfo, aún con pelo y sin tripa, su mujer y su hijo, de diez años. Por aquel entonces, Adolfo ya era el jefe de redacción del periódico, pero no perdía un segundo en salir a la calle por si se encontraba con una posible noticia. Lis tenía la esperanza de que su historia lo despertara del letargo en el que andaba perdido, apático y marchito, desde que perdió a su familia en un accidente de tráfico hacía unos años, arrastrados al más allá por un borracho que se cambió de carril cuando no debía.
—¿Y la Policía? —terminó por preguntar Adolfo.
—Mi fuente dice que ha recurrido a ellos en varias ocasiones y que no vieron conexión alguna como para iniciar una investigación.
—Del símbolo, ¿sabes algo? —preguntó Adolfo a Lis mientras le devolvía el teléfono.
—Nada. Eché un vistazo por internet, pero no he encontrado nada relevante. Lo único parecido es la cruz de Jerusalén, la cruz de las cruzadas. Pero es una cruz griega, no es igual que la que te he enseñado.
—Entiendo. —Adolfo hizo una breve pausa—. ¿En Sempiterno, dices? —le preguntó después.
—Sí.
—¿Un amigo? —se interesó de nuevo—. ¿Tuyo? ¿En Sempiterno? Eso sí que es noticia —afirmó Adolfo con ironía y empezó a reír levemente—. Ahí sí que tiene que haber una buena historia detrás.
—Sí, ¿eh? Muy gracioso.
Adolfo conocía bien a Lis desde que era una niña. Era amigo de su padre desde que coincidieron en la Facultad de Periodismo. Las dos familias pasaron largas veladas juntas, incluso fines de semanas enteros en la casa que el padre de Lis tenía en la sierra, en Sempiterno. Era consciente del odio intrínseco que le tenía Lis a los pueblos, y más a ese en concreto. Por ello rápidamente dedujo que ese amigo no era de ahora, sino de hace tiempo. Adolfo se volvió a atusar la barba y se le escapó una leve sonrisa mientras lo pensaba.
—¿He dicho algo gracioso? Creo que no es gracioso. Me lo puedes explicar, si quieres —le reprochó Lis.
—Nada, nada —contestó Adolfo con ganas de jugar, como el padre que hace de rabiar a su hija pequeña—. ¿Y estás segura de que te apetece ir a investigar nada más y nada menos que a Sempiterno? —le preguntó Adolfo, volviendo a lo que les incumbía de verdad.
Lis hizo una mueca que llevaba subtitulado un «no lo sé». No era precisamente añoranza lo que guardaba de aquel pequeño pueblo, pero aquella historia prometía y, además, ahora mismo le pesaba más la noticia que quería escribir más que unos cuantos malos recuerdos de su niñez.
—No es lo que más gracia me hace en el mundo, ya lo sabes. Pero creo que hay una buena historia detrás de todo esto, de verdad que lo creo.
—¿Somos los únicos fuera de Sempiterno que tenemos conocimiento de todo esto? —preguntó Adolfo.
—Pues…, lo más seguro. Incluso me atrevería a decir que dentro del pueblo también —puntualizó Lis.
Adolfo se volvió a atusar la barba mientras pensaba.
—Tengo que hablar con José María —apuntó al fin Adolfo.
«Eso es buena señal», pensó Lis. Las noticias que requerían de una investigación siempre las consultaba con José María. Pero Lis sabía que José María iba a poner pegas, siempre las ponía. Que si el dinero, que si no somos Sherlock Holmes, etcétera. También sabía que no la tragaba.
—¿Perdona? —le contestó Lis, intentado con ello provocar alguna reacción que pudiera omitir a José María.
—Ya sabes que las cosas aquí no están muy bien económicamente ahora mismo. Y si vamos a hacer algo así en plena precampaña, él tiene que dar el visto bueno.
—Está bien, pero hay noticia aquí, y lo sabes tanto como yo.
—Sí, puede ser —confirmó Adolfo—. El hilo del que tirar es fino, eso está claro. Pero puede haber una buena historia. Ese símbolo encima de ambas puertas es algo extraño, desde luego, y lo misterioso siempre llama la atención. Además, tenemos la primicia —dijo Adolfo, quien hablaba con tal serenidad y tranquilidad que parecía que sus palabras pudieran mecer hasta al potro más salvaje.
—¿Tenemos noticia, jefe?
—No nos precipitemos —contestó Adolfo riendo tímidamente.
—¡Hay noticia! —exclamó con rotundidad Lis mirándole a los ojos y levantando el brazo en señal de victoria.
—¿Cómo has pensado hacerlo? —preguntó Adolfo.
—Supongo que lo suyo sería empezar ya —como Lis no se había parado a pensar en eso, improvisó—, ir hoy mismo, quedar con mi fuente y empezar a investigar cuanto antes.
—¿Una noche?
—Sí, hoy y mañana yo creo que está bien, al menos para ir viendo. Ya sabes que, si es posible, preferiría no tener que dormir en la casa que mis padres tienen allí —apuntó Lis con pesar.
—Pues manos a la obra, ambos tenemos trabajo que hacer. Yo tengo que convencer a José María y tú tienes una noticia que entregarme.
—Sí, señor —contestó Lis con un sabor agridulce, ya que no había podido eludir su cometido, pero Adolfo había dicho «convencer», por lo tanto, estaba segura de que aquella extraña historia sería suya.
—Quién sabe, lo mismo es un buen comienzo para tu novela, ¿recuerdas? —apuntó Adolfo.
«Mi novela…», intentó recordar Lis. Hacía demasiado tiempo que no tocaba lo poco que había comenzado a escribir. A Lis le dolía que Adolfo le preguntase por ella, porque sabía que era un sueño que jamás se lanzaba a realizar. Él la animaba continuamente, aunque indirectamente la presionaba, y eso a Lis le molestaba. Además, aunque sabía que lo hacía por ella, cada vez que Adolfo se lo recordaba, sentía que le estaba fallando.
—Sí, puede ser.
Lis se levantó y se marchó.
—Adiós, Lis. Eres maravillosa.
Adolfo lo dijo con ironía, pero lo pensaba de verdad. Sabía que debajo de esa gruesa capa de falsa frialdad que mostraba con los demás, de una persona maltratada por sí misma, había una gran mujer. Desde que Lis se incorporó a la redacción, y empezó a tratar más con ella, Adolfo vio en la joven reportera al hijo que le arrebataron. Lis, por su parte, cuando el cáncer se llevó a su padre, vio en Adolfo la persona ideal para llenar aquel vacío. Y así fue como encontraron cobijo dos desamparados por los infortunios que muchas veces depara la vida.
—Y recuerda —dijo Adolfo antes de que Lis cerrara la puerta—, haz que pase.
Lis asintió esta vez con decisión ante la forma que usaba siempre Adolfo para decirla que, si luchaba por algo, lo conseguiría.
6 ABEL
Consciencia.
Los miserables ya no están.
Mis ojos no tardan en hacerse a la oscuridad. Dudo si he parpadeado, pero me dejo llevar por la esperanza y sueño despierto que puedo cerrar los ojos, aunque solo fuera por un instante. Y descansar. Pero no, es una ilusión. Una ilusión que dura esa minúscula fracción de tiempo que tarda el ojo humano en acostumbrarse a la oscuridad, y entonces aparece de nuevo. Serena. Inquebrantable. Acechándome. Maldita pared. No puedo dejar de mirarla. No lo comprendo…
Pienso, pero me cuesta. Me sigue doliendo la cabeza. Me esfuerzo en pensar; en ser consciente de todo lo que me rodea. Estoy tumbado en el suelo de la entrada frente a la pared, a unos treinta centímetros de ella. «Sigue», me animo. Mi línea visual sigue fija en el mismo punto inamovible de la pared. Todo lo que se va expandiendo hacia los lados se va difuminando lentamente hasta llegar al límite del campo visual, después para mí no hay nada. Me concentro, me duele. Me concentro más. Hay unas gotas oscuras, resaltan ligeramente sobre el color claro del suelo laminado. Puede ser sangre, ¿será sangre?, ¿mi sangre? No soy capaz de recordar. De repente vienen a mi mente fragmentos de mi vida, mi mujer, mis padres. Me duele la cabeza. «Concéntrate», me reprendo. Y me concentro. «Soñar no te va a ayudar», me digo. Sigo buscando detalles en la zona borrosa, en los límites de mi campo visual. Un momento, ¿qué es eso?, ¿mi brazo? ¡Es mi brazo! Tiene que ser mi brazo, y juraría que está pegado a mi cuerpo. Siento que suspiro de alivio, pero el aliento no sale de mi boca. Mi cuerpo está, aunque no pueda sentirlo. ¿Tendré alguna lesión en la columna?
El dolor se intensifica en mi cabeza. Un recuerdo reciente. Fugaz. Abro la puerta de entrada a la casa y una nube de polvo me envuelve, es lo primero que veo nada más abrir. El primer contacto con el polvo me ahoga instantáneamente, son milésimas de segundo. Un brazo emerge agitando todo el polvo a su paso, tiene el puño cerrado, el derecho. No reacciono, no tengo tiempo. Me ahogo. El puño me golpea en el rostro con tal virulencia que me desestabiliza por completo y caigo al suelo sobre el costado derecho. Mi cráneo choca contra el suelo. Escucho el chasquido.
Me golpeé contra el suelo. ¿Por eso no siento mi cuerpo? ¿Me habré fracturado la columna? Quizás el golpe, la caída… Intento razonar. Me duele la cabeza, pero lo hago. Las lesiones de columna que conllevan pérdida de movilidad son de cintura o cuello. Paraplejia o tetraplejia, dependiendo de en qué zona se haya producido la lesión. En cualquiera de los casos, tendría movilidad por encima del cuello, pero no la tengo. Tiene que ser otra cosa. «Piensa, joder». El dolor se intensifica cada vez que mi cerebro hace un esfuerzo. Otro recuerdo. En un reportaje de la BBC hablaban de la inmovilidad tónica. Es una reacción cerebral que puede explicar una parálisis completa. ¿Cómo era? ¿El córtex prefrontal? No me acuerdo. La región del cerebro que nos permite pensar racionalmente puede quedar gravemente inhabilitada en situaciones traumáticas, pero, según el reportaje, los afectados pueden sentir. Yo no siento nada. Nada.
Tiene que ser otra cosa. ¿El qué?
7ADOLFO / JOSÉ MARÍA
Miércoles. 11:21. Madrid
El despacho de José María era bastante más estrecho que el de Adolfo, lo había escogido porque daba directamente a la calle y tenía ventana. Le gustaba tenerla siempre entornada para sentir el bullicio de la ciudad. Lo tenía también perfectamente colocado y ordenado. Un amplio escritorio de caoba presidía la estancia, empapelada con varias estanterías y miles de archivadores donde guardaba, por colores, todo lo más relevante para el periódico: los archivadores verdes para las cuentas, los negros para los casos sin resolver importantes, los rojos para casos sociales relevantes, etc. Todos, a su vez, ordenados primero por fechas y después por orden alfabético. Un auténtico derroche de organización.
Adolfo llamó a la puerta.
—Pasa y siéntate, ¿en qué te puedo ayudar? —le dijo afablemente mientras revisaba los Excel de gastos en su portátil.
José María era un hombre elegante, siempre vestido con sus trajes a medida y zapatos relucientes. Pasaba por poco los cincuenta, de pelo castaño meticulosamente peinado con raya a un lado y piel tostada por el sol o, en su defecto, por las máquinas de rayos UVA de una famosa clínica de estética del centro.
Desde que empezaron con el proyecto, José María había ejercido las labores de director de la redacción, se le daban mejor los números y era más estricto con los gastos, además de tener un excelente don de palabra y gran visión para los negocios. Adolfo tomó las tareas de coordinador, como jefe de redacción, más cerca de las noticias, de la primera línea de fuego, donde siempre le había gustado desempeñarse.
—Creo que tenemos algo —le dijo Adolfo a José María mientras se sentaba.
—Cuéntame —respondió José María, retirando la vista de sus números y acomodándose en su silla.
Adolfo le resumió brevemente la historia, sabía que José María no quería los detalles. Le gustaban las cosas rápidas. «No hay tiempo que perder», decía siempre.
—Muy débil —apuntó el director, siempre directo y claro en sus comentarios, tras escuchar atentamente los hechos expuestos por Adolfo.
—Eso pensé en un principio —reconoció Adolfo mientras comenzaba a atusarse la barba—, pero el mismo símbolo en ambos domicilios es algo lo bastante grande como para no dejar pasar esta historia. Es un tesoro. —El director frunció ligeramente el ceño, no lo veía claro—. De ser cierto —prosiguió Adolfo—, es seguro que podría ser una historia con un gran potencial. Las personas no desaparecen porque sí, siempre hay un motivo. Y si lo hacen por ellas mismas, desde luego no se dedican a pintar símbolos sobre sus puertas. Podríamos estar ante un caso de desapariciones bajo un mismo sello. Incluso algún tipo de asesino en serie o secta, quizá —conjeturó Adolfo para dejar suavemente la idea en la cabeza de José María.
Y cumplió su propósito, al director le gustó la idea de aquella posibilidad. Un asesino o secta, en un pequeño pueblo de la cuenca del Manzanares, sin duda alguna tenía gancho. Sus miradas se mantuvieron fijas el uno en el otro, suspendidas en el aire. Se hizo el silencio, uno porque no encontraba explicación lógica a lo que estaba diciendo y el otro porque no comprendía lo que estaba escuchando. Sin duda, era algo extraño y diferente.
—¿La Policía? —preguntó José María al fin.
—Según Lis, su fuente acudió a ellos antes de llamarla. No vieron relación alguna entre los casos.
—Puede haber algo, pero me sigue pareciendo muy débil —apuntó el director, que se quedó callado un momento mientras le seguía dando vueltas en la cabeza—. ¿Tenemos a alguien disponible?
Adolfo tuvo que contener la sonrisa de la satisfacción en su interior. Él tenía claro que había historia, tenía que haberla, y José María, con esa pregunta, se estaba empezando a interesar también. Pero ahora venía lo más complicado. José María no tragaba a Lis, que le había dado motivos suficientes para ello, y Adolfo era plenamente consciente. Pero también sabía que Lis necesitaba una noticia diferente, que la hiciera sentirse viva. Sentir lo que es ser un reportero de verdad, investigación de campo. Llevaba años haciendo lo que nadie quería y estaba totalmente desmotivada entre noticias intrascendentes de política y sucesos sin repercusión, esto podía ser su salvoconducto de las catacumbas del periodismo.
—Había pensado en mandar a Lis. Sin duda —continuó Adolfo rápidamente para no dar tiempo a José María a protestar—, creo que había que investigarlo in situ. La historia es de ella, conoce el pueblo y a la gente. Y cuando termine lo que tiene entre manos, está libre —puntualizó Adolfo.
—¿Lis? —reaccionó José María, totalmente desencantado con la propuesta. Casi le descolocaba más escuchar de su socio la proposición de Lis como posible candidata para seguir la historia que la propia historia en sí.
—La historia es de ella, conoce el pueblo y a la gente —insistió—. Dale una oportunidad a la chica. Hay que actuar rápido, si el carnicero desaparece habrá más periódicos que se hagan eco de la noticia y no tendremos la primicia. —A Adolfo no le gustó su última frase, era sensacionalista, pero había noticia y no debían demorarse—. Muchas veces —continuó Adolfo— la mandamos hacer tareas propias de los becarios, déjala intentarlo. Lo hará bien —afirmó con aplomo, aun dudando en su interior.
—Si está haciendo las tareas propias de un becario es porque cuando se le ha dado alguna oportunidad importante la ha cagado.
—Lo sé, lo sé. Pero tú hace mucho que no hablas con ella, mientras que yo lo hago a diario. Créeme que la veo más entera y este empujón es lo que necesita.
—¿Cuántas veces te ha dejado colgado ya, Adolfo? —preguntó José María cansado de la misma discusión de siempre.
Adolfo no contestó, porque José María tenía razón. Lis le había fallado muchas veces desde que se incorporó con ellos haría unos diez años por una promesa que hizo a su padre y que no podía romper. «Cuídala, está algo perdida», le dijo Enrique, su íntimo amigo, en uno de sus últimos suspiros. Lis era difícil, dejada, malhumorada, despistada, y un largo etcétera. Muy diferente de aquella joven intrépida y soñadora que quería ser una famosa reportera y escritora, como lo fue su padre. A medio camino del tránsito de crisálida a mariposa se dejó llevar por la apatía, por la indiferencia, quedando ya solo pequeños destellos de aquella niña que el viejo redactor se empeñaba en recuperar. Ahora que la redacción andaba metida en un pequeño bache económico y, sin duda, siendo ella la más prescindible, esta extraña noticia tenía posibilidades y, si lo hacía bien, sería un escaparate perfecto para ella.
—A Lis —continuó José María— sabes perfectamente que este trabajo le importa una mierda. Sin contar con que normalmente tarda siglos en entregar sus textos, por otra parte, nada reseñables. La mantengo en plantilla por ti. Y tú, a su vez, por una promesa a un hombre que falleció hace años.
—Y porque es dueña de más de la mitad de la empresa. Sin las aportaciones que hizo su padre, ahora no estaríamos aquí —puntualizó Adolfo. Sabía que con ese detalle a José María le haría dudar—. En parte, se lo debemos.
Adolfo solía usar ese as en la manga con José María para seguir protegiendo a Lis, pero tenía dudas de cuánto más podría seguir usándolo. A finales de los noventa, los periódicos digitales no tenían mercado todavía. Eran pocos los que apostaban por ellos. Cuando José María y Adolfo decidieron embarcarse en la era digital, el padre de Lis contribuyó activamente a base de donaciones para que el Diario 33 Digital pudiera ver la luz. Enrique poseía el cincuenta y uno por ciento de la empresa, lo quería como su proyecto personal, como legado para su hija, en quien confiaba para que llevara el peso de la redacción en un futuro. Una responsabilidad que, con el tiempo, Lis dejó guardada en algún cajón.
