Los populismos, una amenaza a la democracia - Mario Vargas Llosa - E-Book

Los populismos, una amenaza a la democracia E-Book

Mario Vargas Llosa

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17,99 €

Beschreibung

Un análisis de los peligros planteados por los populismos para la democracia, a partir tanto de la experiencia en América Latina, como en Europa y Estados Unidos. El libro contendrá un análisis del concepto de populismo, de los partidos y movimientos que lo representan, de los efectos en los sistemas democráticos de varios países, y de la alternativa desde las instituciones democráticas.

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EDURNE URIARTECoordinadora

 

 

LOS POPULISMOS, UNA AMENAZA A LA DEMOCRACIA

 

 

Autores

Benigno PendásSusanne gratiusManuel MarínDavid alandeteJavier RedondoJorge del PalacioÁngel RiveroJaime de OlanoEdurne UriarteAdolfo SuárezRafael RubioMario Vargas LlosaJohn MüllerLeopoldo LópezDionisio García CarneroPablo Casado

 

 

 

 

 

 

Primera edición, 2021

 

 

El editor no se hace responsable de las opiniones recogidas, comentarios y manifestaciones vertidas por los autores. La presente obra recoge exclusivamente la opinión de su autor como manifestación de su derecho de libertad de expresión.

La Editorial se opone expresamente a que cualquiera de las páginas de esta obra o partes de ella sean utilizadas para la realización de resúmenes de prensa.

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© 2021 [Thomson Reuters (Legal) Limited / Edurne Uriarte (Coord.)]

© Portada: Thomson Reuters (Legal) Limited

 

Editorial Aranzadi, S.A.U.

Camino de Galar, 15

31190 Cizur Menor (Navarra)

ISBN: 978-84-1391-175-5

DL NA 1763-2021

Printed in Spain. Impreso en España

Fotocomposición: Editorial Aranzadi, S.A.U.

Impresión: Rodona Industria Gráfica, SL

Polígono Agustinos, Calle A, Nave D-11

31013 – Pamplona

Sumario

RELACIÓN DE AUTORES

PRÓLOGO

MARIBEL ALAÑÓN

INTRODUCCIÓN: POPULISMO VERSUS DEMOCRACIA

EDURNE URIARTE

PARTE 1EL POPULISMO, UN PROBLEMA DE LAS DEMOCRACIAS ACTUALES

POPULISMO ES DEMAGOGIA

BENIGNO PENDÁS

LOS POPULISMOS COMO AMENAZA A LA DEMOCRACIA

MANUEL MARÍN

LA CONTAMINACIÓN POPULISTA

JAVIER REDONDO

LA RESPUESTA DEL LIBERAL-CONSEVADURISMO AL POPULISMO

ÁNGEL RIVERO

EL POPULISMO Y LA BATALLA DE LAS IDEAS

EDURNE URIARTE

TECNOPOPULISMO

RAFAEL RUBIO

PARTE 2EL POPULISMO EN EL MUNDO

EL SIGLO DEL POPULISMO

JOHN MÜLLER

POPULISMO, EL PARÁSITO DE LA DEMOCRACIA EN IBEROAMÉRICA

DIONISIO GARCÍA CARNERO

¿FIN DEL CICLO POPULISTA EN AMÉRICA LATINA?

SUSANNE GRATIUS

EL ASALTO AL CAPITOLIO, EL LEGADO POPULISTA

DAVID ALANDETE

LOS ORÍGENES IDEOLÓGICOS DE PODEMOS: APUNTES SOBRE POPULISMO Y POST MARXISMO

JORGE DEL PALACIO MARTÍN

PARTE 3CÓMO COMBATIR EL POPULISMO

DESENMASCARAR AL POPULISTA

JAIME DE OLANO

COMBATIENDO EL POPULISMO

ADOLFO SUÁREZ

UN DEBATE SOBRE LOS POPULISMOS: CAUSAS, CARACTERÍSTICAS Y RESPUESTAS

MANUEL MARÍNJOHN MÜLLERBENIGNO PENDÁSÁNGEL RIVEROEDURNE URIARTE

PARTE 4UNA APUESTA POR LA LIBERTAD

LOS POPULISMOS, UNA ENFERMEDAD DE LA DEMOCRACIA

MARIO VARGAS LLOSA

LA EXPERIENCIA DEL POPULISMO ANTIDEMOCRÁTICO EN VENEZUELA

LEOPOLDO LÓPEZ

EL VALOR DE LAS SOCIEDADES LIBRES

PABLO CASADO

BIBLIOGRAFÍA

Relación de Autores

(en orden de aparición en la obra)

EDURNE URIARTECatedrática de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y diputada del Partido Popular

BENIGNO PENDÁSCatedrático de Ciencia Política de la Universidad CEU San Pablo de Madrid

MANUEL MARÍNPeriodista, adjunto al director de ABC

JAVIER REDONDOProfesor de Política y Gobierno de la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid y articulista de El Mundo

ÁNGEL RIVEROProfesor titular de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid

RAFAEL RUBIOProfesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid

JOHN MÜLLERPeriodista de ABC

DIONISIO GARCÍA CARNEROPatrono de la Fundación Concordia y Libertad, portavoz del GPP en la Comisión de Asuntos Iberoamericanos del Senado entre 2004 y 2019

SUSANNE GRATIUSProfesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma Madrid

DAVID ALANDETECorresponsal del diario ABC en la Casa Blanca

JORGE DEL PALACIOProfesor de Pensamiento Político y Movimientos Políticos de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

JAIME DE OLANODiputado y vicesecretario de Participación del Partido Popular

ADOLFO SUÁREZPresidente de la Fundación Concordia y Libertad

MARIO VARGAS LLOSAEscritor

LEOPOLDO LÓPEZLíder de la oposición democrática venezolana

PABLO CASADOPresidente del Partido Popular

Prólogo

La promoción del estudio, debate y reflexión política y social constituye uno de los fines principales de la Fundación Concordia y Libertad, sobre la base de los principios de la libertad, la democracia, el pluralismo y la participación social que nos definen. Comprometida con la participación democrática y el fortalecimiento institucional, nuestra Fundación quiere promover una reflexión constructiva mediante la organización de cursos, seminarios, conferencias y jornadas que enriquezcan el debate político, la difusión de ideas y propuestas de futuro en un escenario global.

Este libro surge como consecuencia del seminario “Populismos, ¿un Riesgo para la Democracia?” que la Fundación Concordia y Libertad organizó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado 8 de abril de 2021, como acción integrada en el Programa subvencionado por la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional para la realización de actividades en el marco del Plan Director de la Cooperación Española a fundaciones y asociaciones dependientes de partidos políticos con representación parlamentaria en el ámbito estatal, a cuyo amparo la Fundación planteó un amplio programa de actividades en diferentes materias alineadas con las metas definidas por la Cooperación Española y la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que invitan a una acción concertada para resolver o minimizar los graves problemas del actual contexto internacional, concentrando nuestros esfuerzos en las siguientes temáticas: desafíos y oportunidades de la Unión Europea, los riesgos para la democracia, innovación y crecimiento en la economía azul, el reto demográfico, la promoción con equidad en el acceso a la salud, y la silver economy.

El V Plan Director de la Cooperación Española plantea como reto global la lucha contra todos aquellos factores que debilitan la democracia, los derechos humanos, el estado de derecho y el estado de bienestar. Ante el complejo panorama mundial en la actualidad, y conscientes de que la lucha contra la pobreza y el desarrollo pleno de nuestras sociedades requieren de una democracia estable, transparente, representativa y capaz de gobernar con eficacia, la Fundación Concordia y Libertad planteó el seminario objeto de esta publicación como un espacio de diálogo y reflexión en torno al fenómeno político del Populismo, que parecía ser algo marginal en Occidente y con escaso apoyo del electorado, y hoy ha alcanzado cuotas de poder significativas también en países de economía avanzada y sociedades democráticas avanzadas, así como para conocer experiencias y enriquecer los debates que nos ayuden a entender por qué surgen los populismos, los riesgos y desafíos que ello comporta para la democracia, y comprender las posibles consecuencias económicas, sociales y políticas de esta nueva realidad.

Con nuestra gratitud a todos los ponentes en el seminario y aquellas personas que han sido invitadas a realizar sus aportaciones para la edición de esta publicación, la Fundación Concordia y Libertad reafirma su compromiso con la democracia y la libertad y con la necesidad de trabajar todos los días para conservar, proteger y fortalecer nuestro sistema de derechos y libertades como garantía de una convivencia mejor.

Maribel Alañón

Directora General de la Fundación Concordia y Libertad

Introducción: populismo versus democracia

Edurne Uriarte

Una idea fundamental es común a las reflexiones de los autores de esta obra: los populismos constituyen una amenaza a las democracias liberales, las únicas democracias que existen, y es responsabilidad de ciudadanos, políticos, intelectuales, periodistas y educadores desarrollar los instrumentos necesarios para hacerles frente. Hay populismos de izquierdas y de derechas, pero más allá de las diferencias ideológicas, los autores de este libro coinciden igualmente en que todos ellos tienen en común rasgos básicos y suponen el mismo reto para las democracias. Y, además, destacan, los populismos comenzaron su desarrollo en Latinoamérica, pero constituyen hoy fenómenos relevantes en todas las democracias, también en las democracias europeas.

El populismo es demagogia, afirma Benigno Pendás. El populismo es la versión de la demagogia propia del siglo XXI. Mezcla términos respetables con propósitos infames, y denuncia injusticias, a veces ciertas, para caer en otras peores. Halaga a los extremistas y apela a las pasiones. Es el enemigo, real o potencial, de la democracia constitucional, expresión jurídico-política de la sociedad menos injusta de la historia.

Para Manuel Marín, los populismos convierten en todo un arte su capacidad de incursión en los sistemas democráticos tradicionales, con sus maniobras para pervertir las leyes. Su objetivo es utilizar la democracia para conquistarla desde dentro, simular que llegan para transformarla, y finalmente fagocitarla, hasta dinamitarla desde dentro a golpes de autoritarismo.

Javier Redondo explica cómo el lenguaje, las prácticas, los gestos y la dialéctica del populismo han penetrado en los partidos convencionales. Es la contaminación populista, que en España comenzó en 2010, cuando el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero reivindicó la necesidad de “recuperar la política”, dando a entender que había sido secuestrada. Y la presidencia de Pedro Sánchez, destaca Redondo, representa la consolidación del lenguaje y de las prácticas populistas.

Ángel Rivero sostiene que el populismo más perturbador es el que nació en las democracias menos robustas, donde se presentó como proyecto para acabar con la “falsa” democracia y sustituirla por la “verdadera” democracia, y cuyo ejemplo paradigmático es Juan Domingo Perón, quizás, el verdadero fundador del populismo. Ahora bien, el populismo está hoy presente en Europa, y con sus diferencias, todos los partidos populistas tienen una misma pulsión anti-liberal, y los partidos liberal-conservadores deben combatirlos sin ceder a la tentación populista de adoptar su lenguaje o su modelo de democracia.

Los populismos de izquierdas y de derechas se parecen, argumentamos en esta obra, pero no ocurre lo mismo con la valoración de los analistas e intelectuales, destaco yo misma en el capítulo sobre la batalla de las ideas. Porque hay un sesgo mayoritario izquierdista que lleva en muchos trabajos intelectuales y académicos a identificar el populismo con el populismo de derechas, o a distinguir entre el “buen” populismo, el de izquierdas, y el “mal” populismo, el de derechas. El diferente tratamiento valorativo de los fenómenos populistas asociados a Donald Trump en Estados Unidos y a Pablo Iglesias y Unidas Podemos en España constituye un buen ejemplo.

Rafael Rubio estudia el impacto de la tecnología en la expansión del populismo, el tecnopopulismo, o la utilización de las tecnologías por parte del populismo para consolidar la organización y dar a conocer su mensaje. Y advierte que, si bien la tecnología puede facilitar procedimientos de transparencia, consulta y toma de decisiones, también puede devaluar la calidad democrática, reforzando algunas prácticas de hiperliderazgo y centralización, así como un tipo de comunicación que no contribuye al desarrollo de la política.

En la segunda parte de este libro, el análisis de la expansión del populismo en los sistemas democráticos comienza con la reflexión de John Müller sobre el siglo XXI como el “siglo del populismo”, por la manera en que el populismo se ha extendido por el planeta en los últimos años. En Europa, ocurrió sobre todo a partir de 2008, y una causa común a todos los países, señala Müller, está relacionada con los abusos cometidos en pos de la aprobación de la fallida Constitución Europea.

En Latinoamérica, Dionisio García Carnero afirma que los golpes de Estado de los últimos 30 años no se han dado ni con sables ni con fusiles, sino que ha sido el populismo el que ha destruido los cimientos de las aún débiles democracias iberoamericanas. Ahora bien, apunta Susanne Gratius, en América Latina, la pandemia COVID-19 representa un momento anti-populista, ya que ni las promesas ni los discursos emocionales ofrecen respuestas a una crisis sanitaria que se resuelve con conocimiento científico, con racionalidad, y con una gestión pública eficaz. Y por eso la pandemia ha revelado los límites de las promesas populistas, ha desmitificado la supuesta unidad entre líder y pueblo, y ha significado un desencanto populista.

En Estados Unidos, el legado populista de Donald Trump y la condena del asalto al Capitolio son retratados por David Alandete con una expresiva cita del senador republicano por Kentucky, Mitch MacConnell, quien el 6 de enero de 2021 dijo desde su escaño: “Debemos respetar los límites de nuestro propio poder. No podemos quitarles derechos a los ciudadanos. No podemos imponernos y anular las decisiones de las cortes y de los estados en base a unos argumentos tan pobres, tan escasos… Si anulamos estas elecciones por las alegaciones de la parte perdedora, nuestra democracia entraría en un ciclo mortal. Sería imposible que esta nación aceptara de nuevo unos resultados electorales”.

El España, Jorge del Palacio analiza los vínculos entre el discurso populista de Unidas Podemos, la defensa del “pueblo” contra la “casta corrupta” a través de una “democracia verdadera”, con la tradición ideológica del marxismo, un marxismo actualizado y reelaborado a través del postmarxismo. Y destaca que los líderes del Podemos han utilizado un doble lenguaje sobre el populismo, debido a la desventaja competitiva de identificarse con un concepto mayoritariamente asociado a posiciones contrarias a la democracia.

La tercera parte de esta obra se centra en el combate al populismo. ¿Qué hacer para fortalecer los sistemas democráticos y contrarrestar la influencia del populismo? Jaime de Olano llama a desenmascarar al populista, y cree que contamos con un arma invencible para ello, la realidad, que siempre permanece, y a partir de la cual el ciudadano acaba percibiendo que la polarización no mejora la convivencia, la propaganda no genera crecimiento, el relato no crea empleo, y los subsidios a la población no mejoran el Estado del Bienestar. Y Adolfo Suárez afirma que el populismo se combate, no se debate. Por tres razones, porque quiebra el principio sagrado de la convivencia, la concordia, porque intenta generar una crisis de confianza a través de la deslegitimación permanente de las instituciones, y porque conmina a “superar democráticamente la ley”.

Benigno Pendás, Manuel Marín, Ángel Rivero y John Müller añaden más respuestas al populismo en su debate. Desde la exigencia de que los grandes partidos de centro derecha y centro izquierda sean capaces de dar soluciones a los problemas de los ciudadanos, pasando por la importancia de la formación de los valores en todos los ámbitos, el cultivo de las virtudes cívicas y el reforzamiento institucional, hasta la importancia de la llamada batalla de las ideas. En este último terreno es especialmente relevante, destacan, rechazar el antagonismo que algunos quieren establecer entre democracia y liberalismo, una separación inaceptable. Porque la democracia es liberal, la única democracia realmente existente y la demostración de que se puede conciliar la protección de las libertades con el progreso social.

El libro se cierra con un cuarto bloque sobre la libertad, en el que reflexionan Mario Vargas Llosa, Leopoldo López y Pablo Casado. Mario Vargas Llosa afirma que los populismos son una enfermedad de la democracia desde que ésta existe, pero advierte sobre la enorme capacidad de influencia actual que han otorgado al populismo los avances de los medios de comunicación. Pone como ejemplo la intervención de algunos países en los procesos electorales de otros, y destaca la importancia del papel de la Unión Europea y su acción para combatir los populismos.

Leopoldo López relata la experiencia del populismo antidemocrático de Venezuela, un país que se ha convertido en el laboratorio del experimento del populismo que derivó en tiranía. El populismo llegó con las herramientas de la democracia, y desde 1999, con la elección de Hugo Chávez, dio los pasos para convertirse en dictadura. Venezuela y su libertad no deben ser vistos como una cuestión de izquierdas o de derechas, sino de libertad y democracia, destaca Leopoldo López, y advierte que estamos viviendo un momento de nuestra historia en el que hay un proyecto mundial para socavar las democracias y hacerlo desde dentro.

Pablo Casado analiza los 5 elementos iliberales del populismo, viejas ideas que ya conocemos y que convierten el populismo en una amenaza a la libertad individual y a las sociedades libres: 1) el colectivismo, que anula la autonomía de la persona, 2) el intervencionismo, que busca construir la sociedad desde arriba, sin fisuras y con pensamiento único, 3) el ataque al Estado de Derecho, para vaciarlo desde dentro, 4) el antipluralismo, que persigue sociedades homogéneas y monolíticas, sin disenso ni pluralidad, y 5) el proteccionismo, que no quiere el libre mercado, y sí una economía y una sociedad subsidiadas. Pablo Casado concluye este libro llamando a combatir esos 5 rasgos del populismo, que tanto se asemejan a los rasgos del socialismo real del siglo XX, y que constituyen las amenazas concretas a la libertad y a las democracias representativas.

PARTE 1

El populismo, un problema de las democracias actuales

Populismo es demagogia

Benigno Pendás

Cuando pensamos en política, es imprescindible remontarnos a la Grecia clásica. Todo tiene su origen en la Antigüedad: hablo de Pericles y Tucídides, de Platón y Aristóteles, de los sofistas y los estoicos. Atenas, la gran polis democrática, padeció a unos cuantos demagogos. Por fortuna, supo acabar con ellos. También Roma conoció los males del populismo. Con el fin de la república, la libertad se perdió para siempre: amante de la libertad, Theodor Mommsen, historiador y Premio Nobel, prefirió interrumpir su Historia cuando llegó el cesarismo sustentado por las masas. Pero dejemos el pasado y vengamos al presente. A nuestros efectos, el populismo es la versión de la demagogia propia del siglo XXI. Los datos resultan preocupantes: aunque sea por razones coyunturales, el populismo es un mensaje atractivo para la cuarta parte de los europeos, más o menos, y para una parte notable de esa América de lengua española que tanto nos importa. Mezcla términos respetables con propósitos infames y denuncia injusticias –a veces ciertas– para caer en otras peores. Halaga a los extremistas y apela a las pasiones. En síntesis, es el enemigo (real o potencial) de la democracia constitucional, expresión jurídico-política de la sociedad menos injusta de la Historia. Puede ser (muy) de izquierdas o (muy) de derechas, pero confluye con frecuencia en un discurso similar: se trata de gestionar ese “banco mundial” de la ira, del que habla Peter Sloterdijk entre bromas y veras. Al fin y al cabo, vivimos en sociedades emotivas y poco racionales, siempre dispuestas a buscar y encontrar culpables de todos los males con la intención más o menos explícita de eludir las propias responsabilidades. Derechos y no deberes: expresión prototípica del “hombre masa” orteguiano.

La causa eficiente del populismo contemporáneo es la crítica desmesurada a las democracias realmente existentes, las únicas posibles y –con un notorio margen de mejora– las únicas deseables. Mucho tienen que ver la posmodernidad, la sociedad líquida, el pensamiento débil, los valores frágiles… que dejan un vacío que los populismos pretenden llenar mediante un discurso sin contenido. La clave está en ofrecer soluciones simples para problemas complejos. Y eso no es posible, porque la política es el espejo de la vida, en la que no existe aquel bálsamo de Fierabrás cervantino: o mejor dicho, sí existe, pero no sirve para nada. La crisis (exagerada por sus críticos) de la democracia constitucional se combate con reacciones pasionales: vivimos tiempos, en efecto, de democracia “sentimental” (así la califica M. Arias Maldonado), y también de identidades sublimadas. El individuo deja de ser racional y libre y pasa a ser “feliz” (quiera o no quiera) como integrante de un ente colectivo, nacional, social o moral, muchas veces falso, pero siempre eficaz para mover voluntades bien dispuestas. Históricamente, la experiencia ha sido nefasta: totalitarismos, guerras mundiales, terrorismos de todo género y condición. Supongo y deseo (de acuerdo en este punto con el historiador Ian Kershaw) que no vamos a llegar tan lejos. Pero, por si acaso, mucho cuidado con alimentar al monstruo porque, como decía Nietzsche, “los extremos fascinan al hombre moderno: hemos sucumbido a su magia”.

El régimen constitucional-pluralista es incompatible con el populismo. Escuchemos a Raymond Aron, todavía una referencia para tiempos de crisis. La democracia occidental (repito: la única posible y deseable) consiste en “la organización de la competencia pacífica con miras al ejercicio del poder”. Y concluye: quien no quiere la paz o no quiere la competencia sale del terreno de la democracia. Eso les ocurre a los populistas: pierden el sentido de la moderación y la mesura, de la legalidad y del compromiso como límite a la enemistad política. Resulta paradójico, pero no sorprendente, el gusto de los populistas más a la izquierda por Carl Schmitt, aunque no siempre les acompaña el talento jurídico-político que no se puede negar al autor de la Teoría de la Constitución, pese a sus notorias simpatías por el nazismo. Se trata, sobre todo, de polarizar la sociedad, huyendo del centro y la moderación. Por desgracia, hay un público dispuesto a escuchar tales dislates. Frente al extremismo, debemos insistir en que ser moderado no es ser tibio ni mucho menos cobarde, sino una forma reflexiva y sensata de entender la complejidad del mundo actual, perfectamente compatible con la defensa firme de las propias convicciones.

La política consiste en la discusión racional y libre sobre los asuntos públicos, según el código genético que se reconoce con mejor o peor fortuna desde la Atenas de Pericles a las imperfectas democracias de nuestro tiempo. Negar la isegoría y la isonomía es rechazar la manera política de vivir en común, única forma digna de la vida verdaderamente humana. Hay quienes prefieren el despotismo. Defienden soluciones antipolíticas; a veces simplemente “impolíticas”, según la distinción precisa de Julien Freund. Por suerte, están situados en los extremos del escenario social, al menos todavía. Pero están ahí, donde han estado siempre. Sería absurdo hablar de “regreso”, “renacimiento” o “recuperación”: no se han ido nunca. Los defectos del sistema animan a sus enemigos. La ineficacia en la solución de problemas reales es un cáncer para las democracias. También la desigualdad “excesiva”, si volvemos a Aristóteles con su sabia teoría acerca de la clase media como sustento material del gobierno constitucional al que llama politeia. Como las carencias del régimen representativo, los males de la partitocracia o la defensa de intereses “siniestros”, realidades innegables que complacen a los enemigos del Estado democrático pero que aparecen multiplicadas por mil en cualquier forma autocrática de gobierno que se ofrezca como alternativa.

La esencia del populismo consiste, como se dijo, en ofrecer soluciones aparentemente simples a problemas complejos. Simples, muchas veces, hasta el límite de la negación del problema por incapacidad para su comprensión. Lo peor es que hay mucha gente así. No se les puede pedir más, porque no saben, porque no quieren o, con frecuencia, por las dos cosas a la vez. El pluralismo les disgusta. Cualquier cambio les incomoda. El debate les irrita. Jerarquías y tradiciones tranquilizan a los espíritus débiles y confusos. Así, los mensajes que apelan al miedo encuentran eco en todas partes. No hace falta leer a Erich Fromm, algo pasado de moda, para recordar que existe “el miedo a la libertad”. Cuando las cosas van bien, estas gentes suelen estar en silencio, a veces por simple pudor. Pero piensan para sus adentros que ya les llegará su hora… Pocas cosas complacen más al ser humano que comprobar cómo se confirman sus prejuicios. Por eso, en los malos tiempos saltan al primer plano y disfrutan al ver que la realidad hace buenos los tópicos.

El populismo, en sentido amplio, significa la quiebra del sueño ilustrado, fundamento de la Modernidad, cuya traducción política y socioeconómica es el Estado constitucional, la sociedad abierta y la economía de mercado matizada desde la segunda posguerra por el Estado de bienestar. Lo resume muy bien la Ley Fundamental de Bonn y, en su estela, nuestra Constitución de 1978: Estado social y democrático de Derecho. Por supuesto, todos copiamos en origen los principios de las revoluciones inglesa, francesa y americana, punto de partida de las sociedades menos injustas de la historia. El secreto (a voces) de esta fórmula exitosa es, reitero, la fortaleza de las clases medias, atribuladas por la crisis económica y (no se olvide) por el escepticismo relativista que destruye sus señas de identidad: trabajo, honradez, moderación, sentido práctico… Ahora, en cambio, el discurso dominante valora más una ocurrencia ingeniosa que el rigor de la obra bien hecha. Jaleada por falsos intelectuales, cierta opinión pública ecléctica y presentista huye de las verdades sólidas y desprecia el pasado tanto y más que el futuro, para caer, escribe George Steiner, en la Nostalgia de lo Absoluto. El centro-derecha, aquí y en todas partes, no debe eludir el debate ideológico y buscar su legitimidad únicamente mediante una gestión eficaz, avalada sin duda por hechos concluyentes. La izquierda convencional sigue anclada en su imaginaria superioridad ética. Las citas podrían multiplicarse si encargamos la tarea a un “sub-sub-bibliotecario”, como nos enseña Herman Melville sobre las ballenas en el apasionante comienzo de Moby-Dick. Displicencia de unos y complacencia de otros abren la puerta a los extremistas.

Es notorio que la democracia representativa merece unos cuantos reproches por su deriva hacia el Estado de partidos, las instituciones anquilosadas, las ilusiones perdidas. Pero ha sido y sigue siendo la forma más inteligente de conllevar las discrepancias, encauzar los conflictos, permitir el gobierno mayoritario (temporal y limitado) sin caer en el riesgo de una tiranía de la doxa, la gran preocupación de Tocqueville o Stuart Mill y de todos los liberales auténticos. Eso sí, los populistas de hoy y de siempre contribuyen al desprestigio del “Sistema” sin renunciar a sus ventajas institucionales. Al amparo de redes sociales mucho menos libres de lo que parecen, se jactan del desprecio a conquistas de la civilización tan relevantes como el imperio de la ley, el derecho a un juicio justo y, en cuanto pueden, las elecciones libres. Populismo beligerante contra la democracia constitucional, que bien merece un respeto pese a todos sus defectos y servidumbres.

Escribió Marx en La ideología alemana que el éxito en la lucha política consiste en presentar los intereses propios como si fueran intereses generales. Conquistar la hegemonía, diría Gramsci, crear un pueblo como sujeto político en base al contraste (social, político, también moral) entre la “casta” y la “gente”. Nosotros y ellos, siempre es una fórmula eficaz para los espíritus simples, incapaces de comprender la complejidad de las relaciones sociales. Por eso, Loris Zanatta observa con razón que el populismo se opone diametralmente a la democracia liberal de matriz ilustrada e individualista. En una palabra: el enemigo a batir es la democracia constitucional. Por eso, quienes defendemos la forma de Estado que corresponde a la sociedad abierta y al mundo libre sabemos que no es fácil dialogar razonablemente con los populistas. Ellos mismos se sitúan en el margen del sistema, con el objetivo de destruirlo en cuanto sea posible.

El populista repite una y otra vez unos cuantos tópicos anodinos, producto –en el mejor de los casos– de su propósito de favorecer la causa que le importa, aunque muchas veces es el reflejo de las limitaciones de su intelecto para comprender la Teoría Política. Laclau y Mouffe como fuentes primarias, con Gramsci como referente último, dan paso a estudios de algún interés, como los de León Zanatta o José Luis Villacañas (que se declara republicano y no populista) o de mayor relevancia como los de José M.ª Lasalle, Fernando Vallespín y Mariam Martínez-Bascuñán, o Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón. Una y otra vez surgen los mismos tópicos. Búsqueda de una nueva hegemonía frente a los neoliberales “de todos los partidos” (valga la inspiración de Hayek). Batalla por el lenguaje, control ideológico y una neolengua que permita construir una nueva realidad; porque los populistas son fieles seguidores, aunque apenas lo citan, del “giro lingüístico” y del modelo “hacer cosas con palabras” que tanto seduce a los intelectuales, aquí también los “de todos los partidos”.

Todos los teóricos del populismo coinciden en culpar a la economía neoliberal a la hora de buscar las causas del auge populista. Confluyen aquí Expulsions, como afirma Saskia Sassen en su libro de igual título, publicado en 2014, de todo tipo. Pero Sassen, notable socióloga, mezcla entre los excluidos de la Globalización tanto a las clases medias degradadas como a los indígenas maltratados por las empresas multinacionales y obligados a emigrar a los suburbios de las grandes urbes. Sin darse cuenta de que ciertos populismos identitarios se hacen fuertes –precisamente– entre quienes defienden su identidad en peligro (real o exagerado) frente a la inmigración en masa. Mejor hay que decir, entonces, que las secuelas de la Globalización enfrentan a unos populistas contra otros. Paradojas de la política.

¿Cómo se combate el populismo? La respuesta más adecuada consiste en reforzar la apuesta por el Estado constitucional y sus principios estructurales: soberanía nacional; instituciones representativas (elecciones libres, Parlamentos activos, partidos cercanos a los ciudadanos); división de poderes, con respeto al ámbito de actuación que corresponde a cada uno de ellos; en fin, reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales, guardando bajo siete llaves las querencias autoritarias que aparecen con demasiada frecuencia. En España, la lucha contra al populismo se identifica con la defensa activa de la Constitución de 1978, la mejor de nuestra Historia. Es, cómo no, imperfecta. Acusa tal vez “fatiga de materiales” en algunos aspectos. Pero sigue siendo con diferencia la mejor opción en tiempos convulsos, gracias a la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado y el modelo autonómico (susceptible de mejoras en su funcionamiento) que conjuga la soberanía única de la nación española con un amplio reconocimiento de la personalidad propia de las entidades que integran esa nación de ciudadanos que a todos nos beneficia.

Pero no se trata solo de política. El populismo debe ser combatido a partir de los fundamentos morales que se traducen en virtudes cívicas que debemos practicar e impulsar. Así, la defensa permanente de la libertad individual conjugada con el sentido de la responsabilidad: los actos tienen consecuencias… La defensa también del mérito y la capacidad, hoy día cuestionados por un “igualitarismo” profundamente injusto. Porque la igualdad ante la ley, requisito sine qua non de una sociedad abierta y moderna lleva también a reconocer a los mejores, cuyo talento y esfuerzo resultan muy positivos para el conjunto de la sociedad. En esa línea, reconocer el trabajo bien hecho es la clave para la dignidad humana: porque todos los trabajos son igualmente dignos si se procura ejercerlos con el propósito de hacer bien lo que debemos hacer. Por supuesto, tolerancia, sentido común, respeto al adversario, cumplimento riguroso de la ley… Sentido inclusivo de la pertenencia, y no excluyente: muchos somos perfectamente capaces de conjugar el cosmopolitismo, el europeísmo y el patriotismo de la España constitucional con el amor a la propia tierra, pero siempre lejos del localismo aldeano y del falso historicismo. “Una confianza audaz en la libertad”, citando de nuevo a Pericles, quien murió –por cierto– de la peste que asoló Atenas en plena guerra del Peloponeso. Merece la pena defender la libertad y la moderación frente al populismo y el extremismo que amenazan las conquistas de la civilización política que nos permiten vivir en paz y libertad y buscar una democracia mejor a través de reformas oportunas y eficaces, sin falsa retórica ni triunfalismo sin sentido.

Hay que estar presentes, insisto y termino, en el debate de las Ideas. De lo contrario, los moderados jugaremos siempre en campo contrario ofreciendo una resistencia cada vez más débil. Si populismo es demagogia, es necesario defender con firmeza la democracia constitucional y la libertad personal y política.

Los populismos como amenaza a la democracia

Manuel Marín

Mucho se ha teorizado desde una perspectiva política, social y económica en los últimos cincuenta años sobre los populismos como movimientos capaces de desvertebrar a sociedades tradicionalmente sólidas y como amenaza a las instituciones sobre las que se asientan las democracias tradicionales. En el plano teórico, basta una simple observación de la metodología común a este tipo de movimientos, independientemente de su ideología, para concluir que, desde la polarización social, desde la radicalización ciudadana frente a la moderación, convierten su capacidad de incursión en los sistemas democráticos tradicionales y sus maniobras para la perversión de sus leyes en todo un arte. Partamos de una base innegable: si existen los populismos, es porque han alcanzado una estructura organizativa idónea, un perfil de público simpatizante –si no militante–, y porque saben aprovechar con acierto los errores de las democracias clásicas para sustituir progresivamente todo su andamiaje. Los populismos son, ante todo, una alerta emocional, un choque brutal, incluso generacional, en el que parte de la ciudadanía expresa su hartazgo hacia un sistema en decadencia, viciado y con dificultades para regenerarse, y a cambio acepta soluciones simples para problemas complejos. El eslogan se apropia de la democracia precisamente para deslegitimarla y desvirtuarla.

Una vez aceptadas estas premisas como factibles para parte de la ciudadanía, surge el proceso para la incardinación de estos movimientos en la propia democracia aprovechando sus grietas, sus lagunas y sus insuficiencias. Acceder a un proceso electoral es razonablemente fácil en naciones donde no existe, o está muy restringida, la ilegalización de partidos con fines destructivos de libertades y derechos. En eso precisamente consiste la democracia. En no invocar libertades mientras las subviertes. Más fácil aún es que partidos populistas accedan, primero a través de las redes sociales, después a través de una movilización progresiva, y más tarde con la identificación con el descontento ciudadano a través de los medios de comunicación, a un proceso electoral libre. Lograr representación parlamentaria se convierte en un reto. Pero con la semilla sembrada, crecer no es lo más dificultoso.