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Los prismas de Torus, el poder reunido, es el segundo libro de una saga que comenzó con el libro Los prismas de Torus. Narra la compleja historia amorosa de Esmelda y el villano Darhan, enemigos de bandos que comparten un profundo romance que los ubica en una terrible encrucijada debido a los crímenes cometidos por el tirano. Ella, en busca de la redención y el deseo de cambiar de facción a su amado, se enfrentará a la elección que decidirá su destino ante la guerra inminente. La trama fantástica que se teje en los capítulos de esta novela es muy rica en contenido y resulta atractiva para todo tipo de público, sobretodo juvenil.
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Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La Tierra quedó demasiado lejos como para tener contacto con sus partes hermanas y de a poco fue dejando atrás cualquier vestigio relacionado con su pasado en el universo. Los terrícolas prosperaron como eminentes productores de armas y tecnología, y si bien no desarrollaron los poderes de sus ancestros, cada cierto tiempo dan a luz a humanos excepcionales, poseedores de las destrezas originarias de Escaptus.
Los triptanos se convirtieron en guerreros especializados en la creación de instrumentos de ataque y tácticas bélicas. Desde pequeños entrenan para potenciar su inigualable fuerza física y tienen la ventaja de alcanzar la adultez en un breve periodo de tiempo. Debido a la calidez del clima, lucen con orgullo una piel bronceada distintiva que contrasta con el semblante pálido de los rutianos, hijos del planeta más frío de la región y expertos en los estudios del universo.
En Torus se dedicaron a trabajar la mente, lo que propició que cada individuo pudiese cultivar hasta tres dones: dos heredados de sus progenitores y uno propio, que se presenta al azar entre una numerosa variedad de posibilidades. Esta virtud, sumada a la capacidad de generar mayor cantidad de oniris1 que el resto de especies, convierte a los touranos en un grupo sumamente especial.
Las investigaciones cósmicas de Rutian permitieron a los planetas, a excepción de la Tierra, conocer su origen y conexión histórica. Este descubrimiento dio paso a la formación de una alianza de cooperación mutua a cargo del Consejo de Torus, entidad que estableció las leyes para preservar el orden y la convivencia pacífica entre pueblos. A este pacto también se sumó Oxfortal, una antiquísima nación vecina donde los xenop se han dedicado por siglos a comprender la muerte y analizar los recuerdos de quienes fallecen.
Esta historia comienza con el nacimiento de una tourana de cualidades extraordinarias llamada Esmelda, primogénita de dos importantes miembros del Consejo. Los primeros dones que la niña manifestó fueron el de la premonición entregado por su madre y la habilidad paterna de manipular el oniris en forma de arma; el entrenamiento para potenciarlos, sin embargo, se vio interrumpido cuando fuerzas oscuras provenientes de Torus intentaron derrocar al Consejo en un violento enfrentamiento. La participación de los padres de Esmelda en la contienda contribuyó en la defensa de la alianza interplanetaria, pero les hizo perder sus poderes para siempre. Además, al asesinar al cabecilla de la coalición traidora, dejaron huérfano a un infante tourano de nombre Endimion al que los utupal2 esclavizaron por años. Antes de quedar desprovista de sus dones, Denia, la madre de Esmelda, tuvo un último presagio que mantuvo oculto hasta el final de sus días: su hija estaba destinada a derrotar al malvado Darhan que pronto surgiría como nueva amenaza.
Esmelda solía tener visiones relacionadas a su don premonitorio; fue así como empezó a toparse con la imagen del niño cautivo en un trágico estado de decadencia. Su espíritu compasivo la impulsó a ir en busca del chico, al que rescató ileso; a partir de ese momento, crecieron juntos y se volvieron inseparables. Los poderes de Endimion se habían manifestado sin dificultad: tenía la capacidad de curar heridas graves y la facultad mental de manipular objetos, cuerpos y energía; también gozaba de una fuerza física inigualable que se complementaba con su oniris en forma de fuego. Esmelda, en cambio, no había conseguido desarrollar su tercera habilidad.
La joven, con la intención de sanar el alma herida de su compañero, se propuso indagar en el pasado de Endimion, para lo cual tuvo que manipular su don a la inversa, es decir, ver hacia atrás en el tiempo. Por desgracia, este acto también le reveló que habían sido sus padres los responsables de la traumática infancia del muchacho al que comenzaba a mirar con ojos de amor.
Los intentos de Esmelda por ayudar a su amado no dieron frutos; los fantasmas de una niñez cruda terminaron por corromperle el alma y lo arrastraron al fondo de un indómito océano de sombríos pensamientos. Al alcanzar la edad adulta, Endimion forjó su propia opinión respecto al funcionamiento del sistema y comenzó a cuestionar las normas establecidas por el Consejo. Su rechazo a la autoridad creció cada vez más y se consolidó cuando el Ominus tomó el control bajo la premisa de un régimen renovado, más estricto y efectivo que el anterior. Para ese entonces, los padres de Esmelda habían fallecido.
La vida de Endimion tomó un rumbo oscuro el día que conoció con mayor detalle la historia de su progenitor y se familiarizó con el plan que años antes intentó llevar a cabo: usar las propiedades del celerio pieris3 para volverse invencible. El joven tourano, empecinado en desafiar a la nueva administración de la alianza, convenció a Esmelda de aunar sus dones y, utilizando la sustancia nuclear de Torus, crearon cinco prismas capaces de potenciar el oniris de quien los poseyera y entregarle un poder incomparable. La chica absorbió uno, él otro, y los tres restantes se perdieron en el universo.
Convertido en el dueño de aquella fuerza suprema, Endimion estuvo listo para poner en marcha su designio, no sin antes encontrar la forma de resguardar su identidad. Tras una armadura con yelmo de afiladas puntas, tomó el nombre de Darhan y se alzó en oposición a las políticas del Ominus, logrando reunir un gran número de seguidores. Cientos de ciudadanos y criaturas de todos los planetas aledaños acudieron a él con el deseo de unirse a su causa, lo que dio pie a la formación de la Orden de Tardos, nombrada así por la región al norte de Torus, donde se dispuso la fortaleza que a partir de entonces resguardaría a soldados, trabajadores, esclavos e instalaciones destinadas a la planificación del dominio.
Esmelda fue testigo del avance de sus tropas, de la destrucción de pueblos enteros y de cómo el amor de su vida pasó a ser el villano más temido de la galaxia. Incapaz de permitir la prolongación de ese desastre, decidió buscar la forma de detener a Endimion, hacerlo desistir de sus sanguinarios propósitos. Para ello, debía arrebatarle el prisma; creía que era el causante de aquella descontrolada sed de supremacía y de tanta maldad en su interior. La tarea parecía sencilla, pero su fuerza nunca sería suficiente, entonces se propuso hallar los prismas perdidos, unirlos con el suyo para superar a Endimion en poder y así tomar el cristal sumido en las profundidades de su oscuro ser.
Jaspe, una soldado de primer rango de la Orden que siempre estuvo celosa de la favorita del Gran Darhan, se enteró de su plan y aprovechó la oportunidad para tenderle una trampa; nada le impediría deshacerse de Esmelda. Le hizo creer que había encontrado uno de los prismas y se lo entregaría, pero el día que acordaron reunirse, la arremetió por sorpresa. Si bien no pudo asesinarla, el ataque fue tan violento que le borró la memoria. Jaspe la llevó a España, un país en la Tierra, y en ese estado de vulnerabilidad la abandonó a su suerte. Al regresar a Tardos, convenció a su amo de que la joven había huido porque ya no lo amaba.
Exiliada y sin recuerdos, Esmelda fue a parar a un hospital donde conoció a Eugen, una humana que se encontraba de visita. Al fallecer su hermana, la terrícola se quedó acompañando a su nueva amiga y estuvo presente cuando comenzó a tener preocupantes alucinaciones. Se trataba de visiones de su vida pasada, pues el poder tourano seguía latente, pero los doctores asumieron que se había vuelto loca y la enviaron a un psiquiátrico. Allí la maltrataron, torturaron sin compasión y utilizaron como sujeto de experimentación hasta dejarla al borde de la muerte.
Mientras todo eso sucedía, Eugen la cuidaba y Endimion recorría el universo buscándola; a pesar de las advertencias de Jaspe, no podía aceptar la idea de perderla. Al encontrarla en esas condiciones y enterarse de lo que le habían hecho, su ira se desbordó, provocando la destrucción de gran parte del país. Esmelda y Eugen lograron escapar, llevando consigo a Dante, el bebé de una mujer que había fallecido en uno de los refugios donde se asentaron. Desconocían el origen triptano de la criatura, pero les extrañaba lo rápido que crecía y la resistencia que mostraba ante las hostiles circunstancias. Luego de meses vagando por el planeta, Lutio, un xenop miembro del Consejo de Torus y actual integrante del Ominus, las rescató y trasladó junto al muchacho a una antigua base en Oxfortal.
Durante su estadía, Esmelda no solo entabló amistad con Lutio, sino también con Sisan, hija de Christopher, el último líder del Consejo, y conoció a muchas personas que le hicieron darse cuenta de que todo lo que veía en su mente era real. No estaba loca, los tenía ahí, frente a sus ojos y por primera vez, después de mucho tiempo, sintió que formaba parte de algo. A los pocos días llegó Endimion, quien luego de casi destruir una nación entera, huyó, pero siempre con la intención de volver por Esmelda. Era un completo desconocido para ella, entonces se acercó con cuidado, sin mencionar al villano, y aunque la chica comenzó a sentirse atraída y el vínculo entre ambos se afianzó, no logró hacerla recordar; su memoria permanecía sellada. Aun así, Endimion estaba más esperanzado que nunca.
Una noche, lejos de la fortaleza, Esmelda fue atacada por una aterradora criatura; era Sisan convertida en grimtal4. La tourana poseída por esa bestial identidad había preparado con antelación la emboscada. Endimion encontró a Esmelda agonizando malherida e intentó curarla, pero las lesiones llevaban demasiado tiempo sangrando y el veneno del animal se había esparcido por todo su cuerpo. No tuvo más remedio que llevarla con Oteadla, la mejor y más perversa curandera de la zona, quien logró salvarla de la muerte. Cuando Esmelda se recuperó, hallaron a Sisan deambulando bajo su apariencia tourana, ninguno la había visto transformarse, por lo que jamás asimilaron que se trataba del grimtal. Endimion notaba una actitud sospechosa en ella, pero se reservó la impresión para sí mismo y los tres emprendieron camino de regreso al refugio. En una breve detención, las chicas quedaron solas y expuestas a la acometida de un grupo de drogonoides, animalejos carnívoros sumamente peligrosos. Dante, quien había alcanzado la adultez, apareció de improviso e intentó defenderlas, pero la manada había aumentado en número. Por suerte, Endimion acudió en su ayuda y destruyó a las alimañas valiéndose de una avasalladora fuerza interior.
El cuarteto estuvo semanas recorriendo Oxfortal. Durante ese tiempo, Esmelda y Dante forjaron una amistad especial, la más pura que alguna vez se hubiera visto, pero los celos de Endimion salieron a flote, haciendo que la relación entre los jóvenes se volviera tensa. A mitad del trayecto, el grupo se enteró de que Denia, previendo las consecuencias del ataque de Jaspe, había resguardado todos los recuerdos de la vida de su hija en un dije que aún permanecía intacto al interior de la Bóveda de Meops. Dante comprendía la necesidad de su amiga, pero no estaba de acuerdo con ir a ese lugar porque los soldados de Darhan llevaban meses rondándolo; a Esmelda, en cambio, no le importaba el riesgo, empecinada en recuperar la información que su mente había olvidado. Al final, decidieron tomar rutas separadas y acordaron reunirse al terminar el viaje. Dante y Sisan permanecieron en un pueblo cercano, mientras ella y Endimion partieron a Meops.
Tras una larga travesía, obtuvieron lo que buscaban; sin embargo, Esmelda no alcanzó a proyectar todas las memorias contenidas en el dije. Odan, la mano derecha de Darhan, se presentó en la bóveda, alertado de la presencia de dos touranos. Al encontrarse frente a frente con su amo, fingió no conocerlo, pues sabía de la situación de Esmelda y no quería revelar algo indebido que complicara las cosas. Por desgracia, la chica asustada lo enfrentó y la situación se salió de control. Esmelda terminó inconsciente y Endimion aprovechó la instancia para llevarla a Tardos; también ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo con Sisan y Dante.
Darhan simuló ingresar a Esmelda como prisionera para no levantar sospechas entre el personal de la fortaleza y los soldados de la Orden, sin embargo, no fue encarcelada en el calabozo como sus compañeros, sino encerrada en una habitación privada donde recibió el mejor de los tratos. Oculto tras el yelmo, Endimion intentó acercarse varias veces, pero la reacción de la muchacha fue de profundo rechazo y no le creyó cuando él le confesó que habían estado juntos. Jaspe, con el único objetivo de boicotear un posible nuevo romance entre el amo y la tourana, la ayudó a escapar junto a sus amigos. Cuando Darhan supo que huía, sintió que ya no tenía caso tratar de reconquistarla, así que le entregó el dije y la dejó ir.
Al cabo de unas horas arribaron en el pueblo natal de Esmelda, Itaru. En la posada de Tilda, un conocido de confianza, Rotriu, se aproximó a la joven y le dio un pergamino que hacía tiempo ella le había pasado para que se mantuviera a salvo; el tourano reaccionó un tanto descolocado al ver que lo trataba como si jamás lo hubiese conocido, pero le aseguró que había cumplido con el encargo fielmente. Esmelda, incapaz de recordar, se fio del sujeto y guardó el papel con sigilo para no levantar sospechas. Se trataba de un mapa con la ubicación de los prismas, locaciones que había conseguido a través de sus visiones premonitorias. Mientras tanto, en Tardos, Darhan descubría que la criatura que había atacado a Esmelda había sido Sisan convertida en un grimtal-tourano5. Enfurecido y decidido a castigar tan despreciable acto de traición, envió a su ejército a capturarla, pero Esmelda y Dante opusieron resistencia. Desafiar a los soldados no les sirvió en absoluto, el triptano fue castigado por Odan en la plaza pública y Sisan capturada, pagando con la muerte una vez que el villano la tuvo en su poder.
Pasaron las semanas y Esmelda tenía claro que, tarde o temprano, debía llevar a cabo lo que en Meops no había podido, pero estaba asustada. Después de insistir e insistir, Dante por fin la convenció. Al activar el contenido del dije, no solo recordó cada detalle de su pasado, también recibió el presagio de su madre como balde de agua fría que la dejó devastada. Modificando un poco la historia para no desenmascarar a Endimion, le contó a su amigo que había tenido un amorío con Darhan y quería regresar a Tardos con la intención de disuadirlo de desistir en su conquista. Dante al principio se negó, pero Esmelda le prometió que el villano no la lastimaría y si no lograba hacerlo cambiar de parecer, necesitaría su ayuda para poner en marcha el plan de los prismas. Le confesó que habían creado cinco, que ella tenía uno, Darhan el otro y que encontrar los tres restantes antes que él era la única forma de frenarlo, aunque no le especificó cómo.
El triptano, aún impactado producto de la repentina revelación, juró mantener el acuerdo en secreto y apoyarla hasta donde sus fuerzas le permitiesen. Así, con la esperanza de cambiar el vaticinio de su madre, Esmelda salió a enfrentar el incierto destino.
—Debe estar sola, de otra forma no podremos ponerle una mano encima —dijo ella, mientras dejaba escapar un mechón rojizo por debajo de la capucha.
—Incluso sin Darhan cerca, hay muchos ojos vigilándola —afirmó el otro—. Esperaremos a que se reúnan los líderes del Ominus para actuar.
—No estoy segura de que esto funcione. Si Darhan llega a enterarse… —El miedo la invadió de solo pensar en lo que el villano les haría si descubría lo que planeaban.
—Si no estás lista para lo que viene, es mejor llegar hasta aquí.
—Nuestro enemigo es el mismo, pero empiezo a dudar de que nuestro objetivo lo sea —Percibió una mirada de recelo en su interlocutor, quien contaba con ella para su siguiente jugada.
—Si esa maldita tourana abre la boca, el Gran Darhan te matará. —La expresión de la mujer se desfiguró al imaginarlo. Conocía el alcance de su fuerza y de lo que era capaz cuando se trataba de Esmelda—. La única razón por la que Darhan no acaba en este momento con el Ominus es por ella, por protegerla. Si queremos que las cosas resulten, la solución es unirnos.
—No tengo más alternativa que seguir contigo, pero debemos proceder antes de que me delate. —Su angustia era evidente.
—Podemos esperar un poco. Si no le ha dicho durante todo este tiempo en la fortaleza, no veo por qué hablaría ahora.
—De acuerdo.
—Entonces, sellemos nuestra alianza con un pacto de oniris.
Se tomaron de las manos con fuerza y una luz cegadora los rodeó por un instante hasta que se apagó, dejándoles una pequeña marca en la palma: una alabarda y un alfanje entrecruzados de forma diagonal; la fusión de sus armas más poderosas. Se miraron sin pronunciar palabra alguna y cerraron el trato con el cual traicionarían a su amo.
Despertó sobresaltada, tenía la frente empapada. Se removió incómoda en la cama sin poder amainar los agitados latidos de su corazón ni la preocupación que le causaba la recurrencia de aquel sueño. Intentó volver a dormir, pero no lo consiguió. Giró hacia su derecha con dificultad y encontró los cabellos negros y despeinados de quien la sostenía por la cintura. Lo miró unos segundos y se estremeció al pensar que, de cumplirse la premonición que la atormentaba cada noche, sería él quien le arrebataría su prisma primero.
Al llegar a Tardos solo pudo ver a Endimion una vez antes de que partiera a combatir adversarios en el sector este de Torus. Habían transcurrido varios días desde entonces, pero no pensaba tenerlo de regreso tan pronto, así que le emocionó encontrarlo durmiendo a su lado. El amor que sentía por él era tan profundo e incondicional que ni el mismo destino podría borrarlo.
—¿No puedes dormir? —le preguntó Endimion mientras abría sus preciosos ojos grises. Al percibir el temor en el rostro de Esmelda, supo que había vuelto a tener esa visión y lo invadió una gran preocupación. No le inquietaba la posible veracidad de la premonición, pero sí lo que ella pudiera estar pensando al respecto.
—El sueño otra vez. —Se acurrucó en su pecho.
—Es solo un sueño, no te asustes, no voy a lastimarte. —La rodeó con los brazos para tranquilizarla y jugueteó con sus rizos.
—No quiero que te vayas de nuevo. Te extrañé mucho y hay demasiadas cosas que necesito comprender ahora que he recuperado mis recuerdos. —Aprovechaba el abrazo para sentir su aroma y la textura de su piel.
—Debo ir a Itaru, pero quiero que me acompañes.
—Es peligroso, ¿no te preocupa lo que pueda suceder?
—No hay de qué preocuparse si voy como Endimion. También te extrañé, por eso quiero disfrutar unos días contigo, tal como solíamos hacerlo. Te cuidaré. No pasará nada malo, lo prometo.
—No sabes cuánto me encantaría que todo volviera a ser como antes… Escucha, no saben que eres Darhan, puedes dejar todo esto atrás y vivir como Endimion a partir de ahora. Por favor, aún estás a tiempo.
—No, Esmelda, no puedo. Tarde o temprano el Ominus me descubrirá y cuando eso ocurra tendré que luchar contra ellos. —Guardó silencio por unos segundos, pensando muy bien las palabras que pronunciaría a continuación—. Y tú deberás escoger de qué lado estás. Dime, ¿te quedarás o no? —Se levantó molesto de la cama.
Esmelda hizo lo mismo.
—¿Quieres una respuesta ahora? Pues no la tengo. No puedo tomar una decisión con Tridos y Faquios escoltándome todo el día. ¡Necesito espacio, parezco una prisionera!
—Es por tu seguridad, lo hago para protegerte. Nadie puede saber que estás aquí, que duermes en mi cama. Cualquiera podría delatarte y, aunque no lo seas, el Ominus te juzgaría como mi aliada. Por favor, solo deseo tu compañía, vamos a Itaru mientras aún puedo caminar con mi rostro descubierto. —Olvidó el enojo, llegó a su lado y la besó con ternura.
—Antes de ir a Itaru o a cualquier lugar contigo, quiero saber dónde tienes a Sisan. Apenas regresé me dejaste sola, no tuve tiempo de preguntarte nada. Sé que Odan la trajo, pero no me han permitido visitar las mazmorras. Te lo pido, he sido bastante paciente.
La pregunta lo tomó por sorpresa. Esmelda desconocía que Sisan hubiera sido ejecutada como castigo por atacarla transformada en grimtal aquella vez en Oxfortal.
–Sisan… murió al llegar aquí —contestó con expresión fría.
—¿La asesinaste? —Su voz se quebró al pronunciar la última palabra y sus ojos se humedecieron.
—Estaba enferma, no se encontraba bien cuando la trajeron. Yo… no pude hacer algo para salvarla —Se sentía incapaz de revelar la verdad.
—Pero si Odan no se la hubiese llevado, quizá habría sobrevivido, ¿acaso no notó que estaba enferma? —El tono de su voz reflejaba un inmenso dolor—¡Todo esto es por ti!, ¡tú lo enviaste!, ¿por qué a ella? —Exasperada, rompió en llanto.
Su reacción inmediata fue contenerla, pero ella se alejó; después de unos segundos de resistencia, logró apretarla fuerte contra su pecho. El oniris de Esmelda comenzó a brotar producto de la rabia: haces de luz color esmeralda emanaban de su cuerpo y luego se oscurecían sobre la piel de Endimion dejando heridas. A pesar del dolor, no la soltó, debía evitar el descontrol de esa energía porque el prisma en su interior podía potenciarse de formas desconocidas frente al desborde de emociones de un corazón puro como el de ella.
—¡Gran Darhan! —Odan había estado todo el tiempo vigilando a la distancia y se alarmó al ver que su amo era lastimado.
La muchacha se dio cuenta del daño que le causaba y lo apartó.
—¡No pasa nada, déjanos solos! —ordenó Endimion. El soldado abandonó los aposentos con mirada incrédula.
—Lo siento, lo siento. —Tenía las manos manchadas con la sangre de su amado—. No quiero convertirme en esto, no puedo. —Se veía afligida.
—No te preocupes, puedo enmendarlo. —Sanó las lesiones con su don curativo, pero no pudo evitar que quedaran algunas cicatrices. Esto no le importaba pues estaba acostumbrado a las marcas que dejaban las batallas.
—Lo siento —insistió al tiempo que secaba sus lágrimas con las manos tintadas de rojo. Endimion la limpió con delicadeza, acarició su rostro, la atrajo hacia él despacio y le dio un beso cargado del amor que en ese momento no podía expresar con palabras. Al separar sus labios, hubo un silencio prolongado—. Te amo, pero vas en contra de todo lo que debo proteger. Deberíamos separarnos ahora —sentenció con amargura.
—Creías lo mismo cuando decidiste regresar, ¿por qué ahora sería una razón para alejarte? —Luego de aquel susurro, la encerró entre sus brazos como si tuviera que impedir a toda costa que escapase—. No puedo dejarte ir tan fácil. No lo permitiré.
—Me he engañado todo este tiempo pensando que podría cambiar algo en ti, pero no es así. No tiene sentido permanecer en este lugar porque lo único que consigo con ello es darte ventaja en la guerra que has iniciado.
Endimion la soltó y una expresión de desconcierto se dibujó en su rostro. Tenerla a su lado sin ser compatible con sus propósitos lo conflictuaba, pero eso no lo hacía querer renunciar a ella.
—Quiéreme con todo lo que conoces de mí. Eso te dije cuando regresaste y estuviste de acuerdo. ¿Por qué ahora cambias de parecer y me cuestionas? —Al instante se arrepintió de la agresividad con que le había hablado.
—¡Porque debería detenerte, pero no soy capaz! ¡Porque ya no soporto que se sigan perdiendo vidas! Me duele pensar en Sisan, Dante estuvo a punto de morir. ¿Por qué Odan lo atacó de esa forma? ¿Acaso tú se lo ordenaste?
—Lo que pasó con Dante fue consecuencia de la resistencia que opuso. Si te preocupa tanto, pues vete a buscarlo.
—Endimion… —Suspiró al ver que se alejaba—. Si estoy aquí es porque te amo demasiado, pero necesito conocer toda la verdad antes de tomar una decisión. Debes entender cómo me siento cuando lastimas a quienes quiero.
—¡No lo ataqué, ya te lo dije!
Esmelda quedó en silencio. Recordó cómo era antes de que el prisma lo transformara y lo mucho que le gustaba cuando solo era Endimion. Presenció la ira que lo envolvía cuando vestía esa armadura, las terribles cosas que había hecho bajo el nombre de Darhan: devastación, muerte, hechos que podrían haberse evitado si hubiera sido valiente y revelado la identidad del villano. Se sentía responsable por no haber actuado, culpable por haber sido testigo de tanta destrucción, pero en ese momento lo miraba y todo lo malo pasaba a segundo plano, solo veía al hombre de quien estaba enamorada.
—¿Qué piensas? Dímelo.
—Es que necesito a Endimion. —Lo miraba con angustia, los ojos a punto de estallar en una tormenta de lágrimas.
El semblante de Endimion se oscureció al ver la expresión de aflicción en el rostro de su compañera. Esas últimas palabras calaron hondo en su mente y destaparon su miedo de no poder mantener bajo control la lucha interna con que batallaba a diario: por un lado, le aterraba perder a Esmelda, quería hacerla feliz y construir un futuro a su lado, pero por otro estaban sus ideales y la guerra por el dominio de Torus; dos realidades opuestas en constante tensión. Los miembros de la Orden veían a la muchacha con desconfianza, la consideraban una distracción y un peligro porque sabían que, al ser la mayor debilidad del amo, podía doblegar sus decisiones, hacerlo ceder ante sus peticiones y, con ello, poner en riesgo el plan por el que todos llevaban tiempo trabajando. Endimion estaba consciente del rechazo que sus soldados sentían por ella y eso lo conflictuaba aún más. Sabía que era imposible compatibilizar sus ansias de poder con el amor, pero no estaba dispuesto a renunciar a ninguno de sus dos grandes motores vitales. De pronto, se sintió incapaz de soportar tan compleja situación, así que abandonó la recámara sin dar explicaciones.
Esmelda permaneció ensimismada por al menos diez minutos, hasta que se acordó de la ajorca6 que Dante le había obsequiado cuando se despidieron en Itaru. Sabía que, si tardaba más tiempo en contactarlo, era capaz de venir a buscarla para asegurarse de que estuviera bien, y eso le traería serios problemas. Además de querer evitar que su amigo arriesgase la vida, lo extrañaba y necesitaba escuchar su voz. Si bien el triptano estaba al tanto del romance ilícito entre ella y Darhan, ignoraba que él y Endimion eran la misma persona.
Buscó el recoveco donde ocultaba el comunicador, y se disponía a activarlo cuando entró Roslit. Lo ocultó con rapidez entre las sábanas y, para su suerte, la sirvienta no se dio cuenta ya que acostumbraba a caminar con la cabeza inclinada para esquivar la mirada de la gente. No había cambiado mucho desde la última vez que la había visto, salvo por el vientre abultado que lucía bajo el camisón gris con franjas rojas7de siempre.
—El Gran Darhan la espera en el comedor principal —anunció con actitud temerosa.
—Iré enseguida, pero no ordenes nada de esta habitación por ahora. Retírate, por favor.
—¡No! —Desesperada, tenía los ojos muy abiertos. Al instante, se arrepintió de haber levantado la voz—. Es mi trabajo, tendré problemas con el amo si no lo hago. Por favor, no quiero ser castigada otra vez.
—Yo me encargaré del amo —le aseguró con autoridad y la obligó a salir.
Ordenó bien la cama para evitar problemas a la esclava y revisó que el respaldo cubriese el escondite de su ajorca. Luego se quitó la ropa, la dejó sobre una banqueta roja aterciopelada ubicada a los pies del lecho y a paso lento se dirigió al baño. No quería ver a Endimion, así que se tomó su tiempo. De regreso en el cuarto, lo encontró sentado en la poltrona, a un costado del espejo.
—¿No te dieron mi mensaje? —Al ver su cuerpo mojado y cubierto por una toalla diminuta, no pudo evitar sentir la necesidad de acecharla, tocarla, besarla, hacerle el amor tantas veces como pudiera.
—Sí, pero me tardé un poco. —Su voz sonaba cortante. Había reconocido el deseo en su mirada y necesitaba hacerle saber que no pensaba caer en su juego.
—Lamento haberme ido así. —Se posicionó a menos de un centímetro de su boca. Tomó su rostro sonrojado con fuerza y la besó.
—No era necesario venir por mí. Bajaría apenas estuviera lista —dijo para liberarse del beso que la había hecho olvidar por un momento el enojo que sentía. Seguía sujeta por la cintura cuando unos dedos se deslizaron por debajo de la toalla, llegaron a su espalda y recorrieron su desnudez con suavidad. También lo deseaba, pero debía mantenerse serena y ser coherente con su enfado.
—Creo que venir ha sido mucho mejor. —Exhibió una sonrisa coqueta.
—Tengo que vestirme. —No quería mirarlo, era la única forma de no caer en la tentación que le provocaba. Le gustaba todo de él, la volvía loca su aroma, su piel llena de cicatrices, sus hermosos ojos grises, su voz cautivadora y sus manos que podían ser fuertes y delicadas a la vez.
Endimion la soltó y regresó a la poltrona, resignado.
—¿Qué sucede?
—Es Roslit, no se veía bien. ¿No puedes liberarla? Dudo que te sirva en ese estado.
—No, solo ella puede atenderte. Te conoce y sabe lo importante que eres para mí. Además, ahora que lleva un tourano en el vientre y está imposibilitada de usar sus dones, es la única que no podría atacarte.
—Si es por eso, no hay problema, no necesito que me atiendan.
—Oye, estará bien. Piénsalo, no sería conveniente dejarla a su suerte ahora. Además, está recibiendo un mejor trato del que merece, si la hubiera encontrado el Ominus estaría muerta por todos los crímenes que ha cometido.
—¡Escúchate! ¿Por qué crees que tienes el derecho de juzgar y decidir lo que pasa con las vidas de los demás?
—¡No tienes idea de las cosas que ha hecho!
—¡Entonces, explícame! ¿Sabes?, odio ser tu cómplice, pero estamos juntos en esto, al menos ten la consideración de contarme las cosas que suceden.
—Roslit fue aliada de los utupal, por eso el Ominus la busca, tiene orden de captura. Si se va, quedará desprotegida y correrá el riesgo de ser atrapada. Liberarla no le hará ningún favor. También asesinó a sus hijos.
—¿Y el resto de los touranos que has capturado?
—Selecciono a quienes tienen potencial para ser buenos soldados y los demás pasan a trabajar como esclavos. Te sorprendería saber cuántos han llegado voluntariamente a pedir un cupo en mis filas. Aquí doy oportunidad a todos los que afuera no tienen posibilidades de sobrevivir.
La respuesta estaba logrando convencerla de que las cosas no eran tan terribles como pensaba.
—¿Es cierto lo de Roslit? ¿Por qué haría algo así?
—Criar hijos nunca ha estado dentro de sus planes. Lo único que le importaba era secuestrar niños touranos y venderlos a los utupal, tal como hicieron conmigo cuando quedé huérfano. ¿Recuerdas cuando aparecí en tu mente antes de conocernos? Viste mi mirada de terror, la frustración que el infierno de la esclavitud me hacía sentir al no tener control sobre mi vida. Ahora ella está pagando con la misma moneda, aunque de forma más digna. Si la dejo ir como quieres, ese bebé correrá la misma suerte que los otros y su madre terminará ejecutada. Conoces las leyes.
—Entonces, te preocupas por ella.
—No te confundas, no he dicho eso.
—De acuerdo, me conformo con eso por ahora.
—Entonces, ¿me acompañas?
Bajaron al comedor principal, un amplio salón iluminado con luces tenues y una enorme mesa de madera rojiza en el centro. Al verla, Esmelda pensó que, de tener que sentarse uno a cada extremo, tendrían que hablar casi a gritos para escucharse y eso la abrumó. Para su alivio, Endimion se acomodó en la cabecera y la invitó a ocupar un lugar a su lado. Los asientos estaban hechos por artesanos rutianos que, con un meticuloso trabajo, habían tallado sobre la madera el símbolo de la Orden de Tardos; el mismo que tenía tatuado en el cuello8.
Endimion no aguantó más y la besó para sellar su reconciliación. La miró preocupado, pensaba que quizá con eso no era suficiente, pero se sintió aliviado cuando recibió una sonrisa de vuelta. Aun así, quería hacer algo más para ganar su completo perdón.
—Puedo enviar a Roslit a Tragos o puede quedarse y descansar hasta que termine su embarazo. Tú decides.
—¿De verdad? ¿Se hará lo que yo decida? En ese caso… prefiero que se quede, así cuando el bebé nazca puedo ayudar a cuidarlo. ¡Gracias! —Estaba tan contenta, que se abalanzó sobre él y lo llenó de besos.
Endimion la sentó sobre su regazo y le hizo cosquillas con las puntas de su cabello. Entre risas y caricias, se distanciaron de la triste realidad por un momento. Esmelda volvía a sentirse encantada de amor, pero también acongojada al pensar en cómo el prisma corrompía el alma de su amado y lo arrastraba a lo más profundo del camino del mal.
—Gran Darhan —En la puerta se encontraba Odan.
Esmelda no pudo evitar mirarlo con resentimiento e hizo el intento de volver a su asiento, pero Endimion no se lo permitió.
El soldado vestía un traje negro con líneas rojas diagonales en la zona del pecho. Sobre los hombros, unas piezas metálicas circulares sujetaban la capa que caía hasta la altura de las corvas, y en la cintura llevaba un OC9 con el símbolo distintivo de la Orden afirmado en el cinturón.
—¿Qué quieres? Pedí que no me molestaran.
—Lo sé, señor, pero es urgente. Se trata de los triptanos.
Los hombres salieron raudos de la sala y Esmelda aprovechó el tiempo a solas para volver a la alcoba y usar la ajorca. Cuando la encendió, luces doradas verticales desplegadas sobre su mano proyectaron el rostro de Dante.
—¡Esmelda, al fin! —gritó aliviado.
—¡Shhh! —Hizo un gesto con la mano para que hablara más despacio—. ¿Estás bien?
—Sí, pero estaba muy preocupado, tardaste demasiado. Si no me hubieras contactado, yo lo habría hecho.
—Tendrás que ser paciente y esperar a que yo lo haga, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Oye, te he echado de menos, ¿cuánto planeas quedarte?, ¿qué ha pasado durante estos días?
—Yo también te extraño, he pensado mucho en ti. Todavía tengo asuntos que resolver aquí, luego te contaré más detalles. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.
—Lo estoy. Solo me quedé un par de días en Triptano. Esperé a que Eugen se tranquilizara después de vernos llegar sin ti y regresé a Torus.
—Pensé que te quedarías con los tuyos.
—Tú también eres parte de los míos.
—Dante…
—Así es y no me cansaré de repetírtelo. Ahora, prométeme que nos veremos pronto, o ¿acaso no te dejan salir?
—No es eso, ya te lo dije… debo esperar un poco más. Te avisaré cuando podamos reunirnos.
—Estaré pendiente.
—Dante…
—¿Sí?
—Ten cuidado, por favor. Odan le dijo a En… a Darhan algo sobre los triptanos, pero no pude enterarme de qué se trataba.
—Lo tendré, sé bien a quienes nos enfrentamos.
—Ahora debo irme, no tengo mucho tiempo.
—Te quiero, no lo olvides.
—Yo también a ti.
Cuando la imagen de su amigo desapareció junto con las luces, sintió un nudo en la garganta que se expandió hasta la boca del estómago. La probabilidad de que un “hasta pronto” se convirtiera en el último adiós era muy alta en aquel contexto. Luego de guardar la ajorca, bajó al comedor donde Endimion la esperaba impaciente.
—¿Dónde te habías metido? Ven. —Extendió su mano, invitándola a tomar asiento. Jaspe lo acompañaba.
—Creí que este lugar era solo para nosotros —dijo con sarcasmo y desprecio.
—Lo es. Jaspe ya se va.
—Gran Darhan, piense en mi propuesta. Estoy segura de que le será útil. —La soldado, con una sonrisa burlesca, se acercó más de la cuenta para provocar a Esmelda.
—¡Lárgate! —Caminó hacia la mesa con paso firme, no dejaría que la tourana se saliera con la suya otra vez.
—¡Tú no me das órdenes! —Alzó el brazo con actitud amenazante, dejando a la vista el símbolo de la Orden que antes tenía en el hombro, estampado en su antebrazo. Eso solo podía significar una cosa: había sido castigada y removida a un rango inferior.
—Te equivocas, y si me haces repetirlo te sacaré a la fuerza. Oh, no, espera, no te vayas, seguro quieres quedarte para explicar a tu amo cómo es que llegué a la Tierra sin recuerdos. —Se sintió orgullosa de su fortaleza y de cómo había aprovechado la situación para exponer a la responsable de su exilio.
Endimion tomó a Jaspe por el cuello y la levantó con todas sus fuerzas. La cara de la mujer se tornó roja en cuestión de segundos y sus ojos desorbitados alarmaron a Esmelda, quien se arrepintió de haberla delatado.
—¡Alto, detente! Puedes pensar en otro castigo, por favor, no lo hagas.
A pesar de su enojo, accedió a la súplica y dejó caer el cuerpo que se azotó contra el suelo. Llamó a Faquios para que la llevara a las mazmorras hasta decidir qué haría con ella. Al salir, el soldado reprendió a Esmelda con la mirada, diciéndole que había condenado a su compañera para siempre.
—No hallé el momento adecuado para decirte lo de Jaspe, lo siento.
—No, no es tu culpa. No debí haberme ido tan pronto. Debes contarme todo lo que sucedió.
Esmelda le relató con detalle cómo había sido engañada.
—¿Ella sabía de tu prisma? —El rostro de Endimion adquirió una expresión repleta de preocupación.
—No. Ni antes, ni ahora. Así como tampoco sabe del tuyo. Me aseguré de resguardar esa información para protegerte.
—Me amas más de lo que merezco y eso me hace feliz. —Se apoyó en su hombro.
—No quiero que nada malo te pase.
Se quedaron en esa posición por un instante y luego Esmelda continuó su narración. Habló sobre el ataque que le había borrado la memoria, su llegada a la Tierra y lo que el doctor Guija le había hecho en el psiquiátrico.
—Ese gusano ya fue castigado y recibió un poco de su propia medicina.
—¿Qué quieres decir?
—Fue torturado con las mismas horrorosas prácticas que aplicó en ti, y ahora está muerto.
—No debiste hacerlo —dijo después de emitir un sonido de asombro y cubrir su boca con la mano izquierda.
—¡No seas ingenua! —Siempre reaccionaba molesto cuando Esmelda se mostraba en desacuerdo con sus prácticas—. ¿Cómo puedes sentir compasión por un infeliz que casi te mató?
—No es la forma de solucionar las cosas.
—Pero es mi forma de hacerlo. Cuando la verdadera guerra estalle, estarás ahí, ya sea de mi lado o en mi contra, y asesinarás a muchos para salvarte.
Otra vez se presentaba la incompatibilidad de ideas, con la diferencia de que, a pesar de no estar de acuerdo, Esmelda trataba de comprender sus motivos, y eso la hacía sentir culpable. Endimion notó su malestar y le pidió disculpas, pensando que la había herido con esa última declaración.
—No voy a justificar mis acciones, ¿de acuerdo? Pero no quiero que me veas como un monstruo cuando gran parte de lo que he hecho ha sido por ti.
—¿Me estás diciendo que soy la responsable de tus crímenes?
—No, pero te amo, y por esa razón soy capaz de asesinar con mis propias manos a quien se meta contigo. Te amo, Esmelda.
—Endimion…
—No te imaginas por lo que pasé cuando desapareciste. Pensar que te habías arrepentido de estar a mi lado se sintió como una puñalada en el corazón, pero aunque era entendible, no podía resignarme a perderte. Cuando te encontré convulsionando en esa maldita sala de hospital con la memoria vacía, la mirada perdida, los ojos desorbitados y la sangre brotando de tu boca, sentí que una parte de mí moría… —Se detuvo y una mueca de angustia acompañó la pausa—. Nunca sentí tanto miedo en mi vida y la escena se repite en mi mente desde entonces, una y otra vez, tan vívida como si hubiera sucedido ayer. Por eso me alegro de que no lo recuerdes, es mejor así.
—Yo… —Escuchar acerca del estado en que Endimion la había encontrado le afectó más de lo que esperaba.
—No quiero atormentarte. Si te cuento esto es para que entiendas lo que significas para mí y que luego de presenciar el daño que te hicieron, es lógico que quiera darle su merecido a todos quienes se atrevieron a lastimarte, aunque no te guste.
—Lo comprendo. También te agradezco por cuidarme, acompañarme y salvarme, las palabras no son suficientes para expresar mi gratitud. Y sé que llegado el momento tendré que luchar, pero no creo poder tomar vidas ajenas, incluso si no son de inocentes.
—Tu instinto de supervivencia te hará cambiar de opinión en algún momento.
La conversación volvió a tensar los ánimos y Esmelda comenzó a entrar en pánico, como le pasaba siempre que caía en cuenta del problema en el que estaban metidos.
—Solo quiero hallar la forma de solucionar este desastre del que soy tan culpable como tú.
—Si mi plan falla, solo me juzgarán a mí. No tienes que preocuparte, me aseguraré de que salgas indemne.
—No lo permitiré.
—Si fracaso, seré el único condenado y no puedes hacer nada al respecto. Pero conquistaré Torus antes de que eso suceda.
—¿Qué harás con Jaspe?
—Tiene dones útiles, pero puede ser reemplazada.
—¿Solo sus dones te fueron útiles? —Desde que había recuperado la memoria la idea de Jaspe y Endimion juntos rondaba por su cabeza y no soportaba esa posibilidad—. De todas formas, no quiero ser la responsable de su muerte.
Entendió de inmediato a lo que se refería y dejó escapar una sonrisa.
—Tú eres la única que puede tomar ese lugar junto a mí. —Señaló con la mano la pared donde, en enormes cuadros enmarcados en oro, se exhibían los tronos de Torus a lo largo de la historia. La expresión de orgullo de Endimion contrastaba con la tristeza que Esmelda había sentido al oír eso. La tragedia que sus sueños anunciaban parecía estar cada vez más cerca.
—No necesito ser gobernante de Torus, ni de ningún otro lugar. Solo quiero estar contigo, pero parece imposible si consideramos que somos enemigos. —Se alejó.
