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'Lugares Prohibidos' de Vanessa Salt son cuentos eróticos individuales sobre la exploración de lugares y personas tanto tabú como excitantes. En esta colección Lust te da 5 relatos para disfrutar: El mecánico El doctor El conductor El cine La soldadora
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Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Vanessa Salt
LUST
Lugares prohibidos
Original title:
Forbidden Places 1
Translated by Etna Sesa
Copyright © 2019 Vanessa Salt, 2020 LUST
All rights reserved ISBN 9788726649130
1st ebook edition, 2020. Format: Epub 2.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
Stella se limpia el aceite de las manos con el trapo. Se pasa la mano por la frente sudorosa y se da cuenta de inmediato de que no ha sido lo bastante cuidadosa con el trapo. Se encoge de hombros mientras está parada en el foso de servicio debajo de un Volvo Amazon. Un P120E de dos puertas de 1961. Ella tiene el control.
—Stella, ¡hora de irse, empieza el fin de semana! —le dice Gustav casi gritando. Lo único que puede ver de él son sus botas de trabajo y un poco de su overol desgastado que mucho tiempo atrás fue verde—. Son las siete de la tarde, es viernes, estamos a casi mediados de verano y los pájaros cantan afuera.
—No hay pájaros por aquí… —Stella levanta el viejo Amazon medio metro con el elevador. Se apoya con los codos en el borde del foso de servicio y mira a Gustav. Su jefe. Entre la brillante luz fluorescente, lo único que consigue ver es una silueta robusta. Nadie sabe cuánto tiempo hace que se supone que debía de haberse jubilado.
—Muy graciosa —responde lentamente. Se inclina ligeramente y la observa—. Lo decía metafóricamente, por si no lo habías entendido. Pero cuando se trata de ti, nunca se sabe. Por cierto, hay tanto aceite en ti como en el foso de servicio. Ja,ja, no se puede saber si estás desnuda o vestida.
Stella hace chirriar el destornillador contra el acero que rodea el foso y le sonríe.
—¿Qué significa eso? En esta ciudad hablamos sueco, ¿lo sabías? —Gustav se ríe y se pasa la mano por la calva—. Y ten más cuidado con los instrumentos.
Gustav siempre dice instrumentos y no herramientas. Como si los automóviles fueran pacientes y no vehículos antiguos que necesitaran cuidados. Aunque tiene parte de razón. Stella no se molesta con ese comentario.
—Pero no soy de Suecia. Hemos pasado por esto miles de veces… —se quita la gorra y se rasca el cabello negro.
Gustav se ríe a carcajadas.
—Nao, loas laineas naunca sae raebasan, ¿verdad?
—Malísimo —ríe Stella—. Nunca aprenderás a hablar en el dialecto de Escania. ¿O estabas tratando de decir algo más? —inclina a un lado la cabeza y abre mucho los ojos.
—Joder, Stella, no te pongas así. No me importa que seas blanca como una tiza. Con todo ese aceite sobre ti, aún necesitaríamos linternas para verte allí abajo —ahora ambos se ríen—. Bueno, ¿apagarás las luces? Kenta y Robban ya se fueron a casa. Es muy probable que estén borrachos de aquí al lunes —suspira un poco—. De todas formas, me alegro de que estés con nosotros.
—¿De todas formas?
—Basta. Sabes a lo que me refiero —Gustav se da la vuelta y se va hacia la puerta sucia de la oficina—. Que tengas un buen fin de semana, nos vemos el lunes —mira por encima del hombro—. No te olvides de que es fin de semana. Haz algo divertido. ¡Vive un poco! —agita los brazos y se aleja.
Stella mira la forma ancha pero ligeramente encorvada de Gustav. Todavía está agradecida. Muchos no habrían contratado a una chica nacida en India o Sri Lanka, la gente a menudo confunde esos dos lugares, y ella también se encoge de hombros ante tal pensamiento. La mayoría de las personas son reacias incluso a preguntar. Si llegan a entender lo que está diciendo. Aquí en Upsala, hablar en el dialecto de Escania se considera provocativo. «La grandiosa pequeña ciudad universitaria en el sur de Norrland», como escribió una vez un profesor en Gotemburgo. Aún se ríe de eso.
Gustav no se molestó en preguntar cuándo llegó en su entrevista, cinco años atrás. Simplemente le enseñó el taller y le pidió que arreglara los frenos de un viejo Opel Kapitän que había sido un automóvil de policía. Aún recordaba el olor de ese automóvil. Como si las sucias fundas de los asientos y las raídas alfombrillas del suelo hubieran despertado el miedo de las personas que estuvieron en el asiento trasero. Un miedo parecido la había hecho abandonar Malmö y ese automóvil olía casi igual. Pero Gustav no le preguntó por qué estaba allí o por qué le interesaban tanto los automóviles antiguos, o por qué de repente estaba parada en su taller a casi 700 kilómetros de su ciudad natal; se limitó a asentir con la cabeza cuando los frenos estuvieron arreglados. Sin embargo, él le pidió que hablara más despacio. Lo achacó a problemas de audición.
Stella sonríe para sí misma y aprieta el último perno del oxidado Amazon.
«¿Problemas de audición? Puede saber de qué tamaño es un perno por el sonido que hace cuando cae al sucio piso de hormigón del taller.
Apenas termina de pensarlo cuando el sonido ronco de una bocina de automóvil desgastada llena el taller.
«Mierda, alguna de las puertas debe de haberse quedado abierta…».
Stella sale del foso de servicio y contempla la radiante tarde de verano. Un automóvil diésel con faros cegadores y el habitual zumbido del motor ha estacionado dentro. Al lado hay una figura delgada metiendo la mano por una ventanilla abierta y tocando la bocina. Todo lo que puede ver es una silueta y piensa en si podría ser Gustav. Pero esta silueta es completamente opuesta a la suya. Y lleva sombrero.
Hay algo que reconoce de inmediato: los característicos faros dobles y el morro casi cuadrado de un Mercedes-Benz W109. Los faros están ahogando el taller con su luz cegadora.
«Joder, ¿este tipo es imbécil o qué?».
Por unos segundos duda, entonces presiona el botón rojo para cerrar la puerta del estacionamiento del taller.
—¡Eh, no cierres! —casi grita una voz aguda—. ¿Qué pasa si la puerta se cierra y raya el automóvil?
—Hemos cerrado —Stella levanta su muñeca y señala el reloj. Entonces presiona el botón verde para detener la puerta—. ¡Quieres dejar de tocar la bocina! ¡Y apaga las luces!
Mira al chico, que llega al interior del coche y atenúa las luces. Incluso a media potencia, las luces son muy brillantes, pero ahora Stella le puede ver mejor. Lleva unos pantalones y una camisa ligeros. Su sombrero también es ligero, al viejo estilo colonial británico.
«Asquerosamente típico».
Se tranquiliza un poco y mira adentro del taller.
—Lo siento, he buscado en Google talleres que arreglen automóviles clásicos. Tenía que probar. Así que, ¿hay algún mecánico que aún esté trabajando? ¿Me podría revisar los frenos? Los piso, pero no hacen nada…
—Estás hablando con uno.
—¿Cómo?
—Digo que estás hablando con un mecánico —Stella pronuncia cada sílaba. La cara delgada del hombre parece sorprendida. Stella no puede evitarlo y empieza a reír. Levanta sus cejas finas y tiene los ojos azules bien abiertos. Se echa el sombrero hacia atrás y la mira asombrado con la boca abierta.
«Tiene unos labios increíblemente gruesos para semejante cara. Casi sensual».
—Eh, quiero decir… no entiendo muy bien lo que estás diciendo. No eres de aquí, ¿verdad?
—Nao.
—¿Serías tan amable de traer a alguien con quien pueda hablar? —gesticula para señalar la sala.
—Soy la única que queda. Y soy la mecánica. Que está a punto de irse a casa —se hace el silencio—. Así que puedes volver a tu viejo Mercedes e ir adonde quieras. Solo conduce con cuidado —Stella empieza a darse la vuelta, pero se detiene por su voz persistente.
—Sebastian… Sebastian Bielke —extiende su mano derecha—. Lo siento, pero tienes que ayudarme —mira a Stella de arriba abajo y luego lo repite. Su mirada descansa en su frente por un momento—. ¿Eso es aceite?
—¿Qué si no? —responde Stella—. Y, ¿por qué tengo que ayudarte? —Sebastian está parado muy cerca de ella ahora, todavía con la mano extendida—. Es tu culpa —dice ella y frota su mano en su overol antes de estrechársela—. Stella Stahre.
Le mira a los ojos azules. No puede evitarlo, pero su mirada queda allí atrapada. Demasiado rato. Son hermosos sus ojos. Es el azul más brillante que jamás haya visto. Puede que las luces fluorescentes contribuyan a ello, pero le parece que brillan un poco más cuando sus miradas se encuentran.
También huele muy bien.
No como Kenta y Robban, o Gustav, de hecho: sudor, tabaco y pies apestosos.
No, esto es algo diferente. Huele un poco a cítricos.
—De acuerdo, Stella… Stahre —parece que está a punto de reír, pero no lo hace—. Tomé prestado de mi papá este viejo Mercedes. Él no lo sabe. Y ahora los frenos no funcionan.
—¿Y qué? —Stella casi suena tan enojada como quiere. Aún no le ha soltado la mano. Está caliente y seca, pero ahora seguramente se ha ensuciado de aceite y óxido.
«¿Tal vez por eso no la suelta?».
—Él, quiero decir, mi padre, colecciona coches clásicos. Encontré las llaves de este —Sebastian señala el coche con su otra mano libre.
—Entiendo —Stella admira discretamente el Mercedes. Es negro y los estrechos parachoques y el revestimiento de cromo brillan bajo el sol de la tarde—. ¿Un W109 300 SEL? ¿Con un motor V8?
—No tengo ni idea… Mi papá suele encontrar cosas raras. Es un coleccionista, como he dicho —Sebastian suspira un poco. Pone su otra mano encima de las manos estrechadas.
«Ahora quiere algo de verdad», piensa Stella. Pero le gusta el tacto de su piel cálida.
—Sin duda, así suena… como un V8, quiero decir…
—Entonces, ¿me ayudarás? Voy de camino a una fiesta, al otro lado de la ciudad —parece que se está esforzando por ignorar su comentario y, en cambio, la mira expectante. Como si se estuviera preguntando si sabe algo sobre Upsala.
—Sí, la zona de estudiantes. O una de ellas, al fin y al cabo.
Sebastian jadea perceptiblemente. Luego resopla.
—Supongo que sí. Estudio Derecho… —hace una pequeña pausa, como si fuera a decir alguna cosa importante—. Derecho Administrativo, para ser exactos. Y es la fiesta de fin de curso que organiza un compañero de clase.
—Entiendo. Fiesta de disfraces, ¿cierto?
—No, ¿por qué lo preguntas?
Stella no responde, pero inclina la cabeza y mira su sombrero. Y el cabello rubio que se asoma por debajo.
—Siempre me visto así —Sebastian parece realmente perplejo—. Por lo menos desde que empecé a estudiar Derecho.
—Entiendo. Los padres no están en casa, ¿no?
Se hace el silencio una vez más. Sebastian retira las manos y una leve sonrisa aparece en sus labios voluptuosos. Parece un poco inseguro.
—¿Estás siendo irónica? De acuerdo, sí, la chica a la que voy a ver está sola en una casa muy grande —se mete las manos en los bolsillos del pantalón—. ¿Me ayudarás, pues?
Stella respira hondo, pero antes consigue decir:
—Ni de coña.
Un teléfono suena en el fondo de uno de los bolsillos del pantalón de Sebastian.
—Un momento —le dice a Stella, se da la vuelta y arrastra el dedo por la pantalla—. Hola cariño, ¿es imprescindible que nos veamos ahora mismo? Quiero decir, ¿no podemos hablar simplemente? He tenido un ligero problema. El automóvil…
—No, quiero verte y escucharte, Sebby, querido. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Tienes que llamarme…?
—¿Dónde estás? ¿Es eso luz fluorescente? —la voz chillona de la chica hace crepitar el altavoz del teléfono. Sebastian mira a Stella por encima del hombro. Parece avergonzado.
—La novia —le murmura.
Ahora Stella mira asombrada. Definitivamente, esta noche de viernes no es para nada como había imaginado. Entonces empieza a reír.
«Esto es absurdo».
Stella dibuja círculos en el aire al lado de su cabeza y señala el teléfono.
—Crazy —susurra.
—¿Qué has dicho? —Sebastián parece no saber con quién está hablando. Después de unos segundos, dice—: Mala cobertura aquí, Carolina… —mira fijamente la pantalla y finaliza la videollamada.
—Te tiene bien atado, ¿no? —Stella sonríe levemente y se acerca a los controles del elevador donde está el Amazon.
Lo baja y no se molesta en esperar una respuesta. Porque reconoce esta situación. Gente que quiere controlarte. Esa fue una de las razones por las que se mudó al norte. Otra de las razones fueron los automóviles clásicos. Y padres en el mundo académico. Viviendo en Malmö, pero desplazándose más de 40 kilómetros hasta Lund cada día. Todavía. La decepción cuando su hija adoptiva no cumplió sus expectativas. Insoportable.
Stella no logró terminar Derecho.
Cuando se da la vuelta, ve a Sebastian caminando hacia su automóvil prestado con los hombros encorvados. Él también se da la vuelta y la saluda con la mano. Parece que se está despidiendo.
«Genial. Pero no».
—¡Eh!... —Stella no está segura de querer que él la oiga.
—¿Sí? —Sebastian ya había abierto la puerta del Mercedes—. Debería irme. Siento haberte molestado. Es viernes noche y todo…
—Supongo que puedo hacer una excepción. Con una condición —se le escaparon las palabras.
—¿De verdad? —Sebastian se endereza y dibuja una amplia sonrisa—. Haré lo que sea, o, espera, ¿qué condición? —su mirada se transforma rápidamente en la de un estudiante de Derecho.
Stella la reconoce. De cuando ella era universitaria y les daban un caso para estudiar.
Siente pequeñas mariposas en el estómago. Está emocionada. Hace mucho tiempo que no se emociona. De repente, su overol produce mucho calor.
A pesar de todo, él es sexi. Apoyado despreocupadamente en su automóvil y con sus ojos azules fijados en ella. Piernas cruzadas, un pie delante del otro.
—Quiero conducir el Mercedes. Contigo de pasajero. Ha pasado mucho tiempo desde que… conduje uno de estos —Stella quería haberse mordido la lengua.
«Parezco una adolescente con frasecitas ridículas de chat».
Algo sucede en la expresión de Sebastian. Se rasca la barbilla y abre la boca. Luego la cierra. Finalmente, sonríe y asiente.
—Desde luego… por supuesto —lanza su sombrero dentro del automóvil y se acerca a Stella. No le quita el ojo de encima. Sus ojos azules tienen un nuevo brillo, una intensidad completamente diferente—. ¿Quieres que te ayude a sacar ese viejo Volvo de en medio?
—Es un Ama…
—… zon, lo sé.
Stella mira hacia abajo.
—Claro, si no te importa.
Se frota las manos en su overol. De nuevo. Sudorosa. Recoge su voluminoso cabello negro y lo ata en un moño. Sebastian no le quita los ojos de encima. Examina todo su cuerpo en el overol holgado.
—Soltaré el freno de mano y lo pondré en punto muerto —dice ella—. Luego, ¿podrías empujarlo hacia abajo por los rieles? —está temblando. Stella es bastante pequeña y la mayor parte de la ropa no le queda bien. Se pasa el dorso de la mano por la frente para quitarse algunos mechones de pelo.
«¿Tan evidente es, que me estoy poniendo cachonda?».
Sebastian se acerca a ella y se sube las mangas de la camisa. No es muy musculoso, más bien delgado. Como ella. Stella no puede evitarlo. Le acaricia uno de los brazos.
—¿Estás seguro de que puedes conducirlo? —le dice, tratando de que suene gracioso. Pero suena superficial.
—Si nos ayudamos mutuamente, estoy seguro de que nos irá bien… —Sebastian se la devuelve acariciándole el brazo—. ¿No tienes mucho calor con esa ropa gruesa? —tira juguetonamente de su brazo. Tira más fuerte. Y más fuerte.
Sus cuerpos chocan el uno con el otro.
Stella agarra su culo con una mano. Lo acerca aún más.
Sebastian pone su mano detrás del cuello de Stella y casi la levanta hacia su boca. Se comportan como dos imanes cuando se acercan demasiado. Un positivo y otro negativo. Y la fuerza de atracción los une inevitablemente.
Todo se vuelve borroso y confuso. Las luces fluorescentes, las paredes y el piso sucios. El coche. El foso.
Stella presiona sus labios contra los de Sebastian. Jamás antes había besado unos labios tan voluptuosos. Son suaves y cálidos. Con cuidado, saca la lengua y saborea su interior. Es fuerte y ansioso. Empuja su lengua hacia atrás y le da vueltas alrededor. Lame su lengua desde abajo y se mueve hacia arriba.
Sabe divino. Como fresas con azúcar. Chupa su lengua tanto como puede en su boca.
Sebastian es tan alto que su polla se frota contra el ombligo de Stella.
—Eres un duro negociador —murmura Stella entre besos.
—Y tú negocias mejor que diez abogados juntos —dice frotando su polla contra ella.
—Intenté convertirme en uno… pero no lo hice —Stella agarra sus firmes glúteos y desliza su mano hacia delante, hacia la cosa dura de delante. La tela de sus pantalones es fina y lo nota grande.
Sebastian entierra sus dedos en su cabello. Con un pequeño movimiento de mano, hace que ella incline su cabeza hacia arriba.
«Debajo de ese delgado exterior, es fuerte».
—¿Así que preferiste los automóviles clásicos? —se inclina ligeramente y le besa el cuello. Lo muerde. Stella gime en voz alta.
—Mi padre también los colecciona. Es prácticamente un acaparador… Siento como si hubiera nacido en un garaje… Oh, no te detengas —Stella agarra con más fuerza su polla. Echa la cabeza hacia atrás para dejar su cuello más accesible.
—Y yo nací en la administración municipal —resopla Sebastian—. Conozco todas las pinturas de los pasillos. Las subvenciones del gobierno y todo eso —Sebastian parlotea en su cuello y simultáneamente tira de la bragueta de su overol.
—Mmm, joder. Mis padres viven en la Universidad de Lund —a su vez, Stella tira del estrecho cinturón de Sebastian—. Cuando no están jugando con automóviles clásicos, claro.
—¿Tu madre también juega con ellos?
—No. Ella suele conducirlos cuando han terminado de juguetear con ellos —Stella le desabrocha los pantalones—. Quiero que me folles en el capó de tu elegante Mercedes.
—¿Qué?
—Ya me has oído —Stella desliza una mano dentro de sus bóxers—. Y parece que estás más que listo.
—Ah, bueno, tú también deberías continuar, sin duda —Sebastian levanta la camisa blanca que Stella lleva debajo del overol. La bragueta está completamente bajada ahora. Llega hasta su culo—. No me extraña que estés tan caliente… demasiada ropa —toma uno de sus senos y lo masajea suavemente. Sus pezones no pueden estar más duros—. Si te follo en el capó, ¿me montarás en el asiento delantero?
—Mmm, qué sexi. Me empapo cuando hablas así —Stella le saca la polla de los bóxers—. Tan grande… —tira del prepucio hacia atrás y contempla la punta azul y morada. Ordeña un poco de líquido preseminal apretándolo mientras frota hacia adelante y hacia atrás. Enrolla el prepucio sobre la punta con cada tirón. Reluce y se oye el chapoteo. No se cansa de mirarlo—. ¿Por qué te quitas esos pantalones ajustados? Parece que también estás un poco caliente.
Sebastian va hacia uno de sus pezones. Lo chupa y lo muerde. Su lengua da vueltas y lo lame, como si estuviera cautivado por la excitación de Stella.
—Mmm, y deberíamos quitarte este sucio overol —murmura en su pecho. Cambia de uno al otro—. ¿Sabes? No podía creer mis ojos cuando te he visto por primera vez. Tan hermosa. Tan sexi. Perdona que fuese grosero.
—Te perdono —se ríe Stella—. Por cierto, tu camisa y tus pantalones están sucios. Seguramente es culpa mía… y al principio he sido un poco gruñona —jadea y suelta su polla, dejándola reposar en su estómago. Comienza a desabrocharle la camisa. Tan caliente. Le arranca el último botón. Rebota y aterriza en el foso.
—La paciencia no es tu fuerte, ¿verdad? —Sebastian se endereza, se ríe un poco y le quita el overol por los hombros.
—Solo con los automóviles clásicos… —Stella gime en voz alta mientras está ahí parada con su camisa ajustada alrededor de sus pechos. Se contonea para quitarse las mangas del overol y bajar la tela gruesa hacia sus caderas—. Tú no eres muy clásico, ¿no?
—Veintidós —Sebastian gime en su oído. Luego muerde el lóbulo de su oreja y desliza las yemas de sus dedos debajo de la goma de sus bragas.
—Veintidós… y te gusta morder.
—Mmm, quiero morderte por todas partes —con las yemas de los dedos roza su vello púbico y hace pequeños remolinos hasta donde puede alcanzar—. Me encanta que no te depiles.
—Ah, ¿pero tú sí lo hiciste donjuán? —Stella tantea alrededor de su polla, mueve la mano un poco hacia abajo y acaricia sus bolas. Son duras, pero su piel es fina. E irregular. Las agarra con su mano y las saca. El forro de los bóxers lo empuja todo hacia arriba, lo aprieta y hace que las bolas parezcan a punto de explotar—. Apuesto a que también te afeitas el pecho… si es que te crece el pelo ahí, ¿no?
Sebastian se ríe silenciosamente en su oído.
—Me depilo. Ahí también, de hecho. Pero voy a dejar de hacerlo.
—¿No fue idea tuya, entonces? —Stella levanta la mirada hacia sus ojos azules. Una pequeña arruga aparece entre sus ojos.
—No, estás en lo cierto.
Su teléfono suena de nuevo. Los pantalones de Sebastian están a la altura de sus rodillas y toda la tela amortigua el sonido.
—Hablando del rey de Roma… —Stella usa el pie para empujar sus pantalones hasta abajo del todo.
—¡Mierda, tengo la respuesta automática para cuando ella llama! —sisea Sebastian.
—Hola… ¿qué sucede, Sebastian? —la voz estridente suena aguda. Irritada. A pesar de toda la amortiguación.
—Tú, al teléfono —Stella se arrodilla delante de la polla de Sebastian y besa la punta rápidamente antes de continuar—. Ahora mismo está ocupado. Puede que te llame más tarde. A lo mejor.
—Pero ¿qué coño?... ¡Enciende el video, Sebby, hazme caso! ¿Y quién coño era esa?
—Tu novia es muy malhablada —Stella lame desde la raíz hasta la punta. Empieza con las bolas, sigue con la polla, dejando que su lengua explore la parte inferior. Hasta que alcanza la punta, sensible. La rodea con el extremo de su lengua y lame el líquido preseminal que se escapa. Sebastian gime. Se pone una de las manos sobre la boca e inclina la cabeza hacia atrás.
—Se llama Carolina, creo que lo he mencionado antes —jadea entre sus dedos.
—Carolina. Es hora de despedirse —Stella se burla de ella usando su dialecto de Escania más cerrado—. Se podría decir que las manos de Sebby están ocupadas.
—Pero… joder…
