Luz - Camila Ferraro - E-Book

Luz E-Book

Camila Ferraro

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Beschreibung

Julia Cavazza es una joven resiliente. Ella decide, junto con sus dos mejores amigas, viajar por el mundo. Sedienta por conocer distintas culturas, encuentra lo único de lo que huía: enamorarse. Marcos Aguilar es un valiente corredor de autos. Es poderoso, magnético y competitivo. Él conoce muchos universos, pero ninguno como el de Julia. Su destino es amarse; pero sombras del pasado los perseguirán, poniendo a prueba su amor. ¿Podrá el amor vencer a las sombras del destino?

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Seitenzahl: 405

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Ghirardi, Camila Lucía

Luz : ¿puede el amor vencer a las sombras del destino? / Camila Lucía Ghirardi. - 1a ed.- Córdoba : Tinta Libre, 2020.

324 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-538-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Ghirardi, Camila Lucía

© 2020. Tinta Libre Ediciones

La oscuridad no puede sacarnos de la oscuridad.Solo la luz puede hacerlo. El odio no puede sacarnos del odio.Solo el amor puede hacerlo.

Martin Luther King, Jr.

PRIMERA PARTE

Capítulo

1

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

1 de mayo de 2000

Sonaba “Beautiful day” de la banda U2. «¿Quién está escuchando U2 a esta hora?», se preguntó Julia. Abrió los ojos lentamente y vio a su familia que la estaba despertando, conmocionada. «¿Por qué tanta alegría?», pensó y, al ver las lágrimas de su madre, recordó que ese día le darían el alta del tratamiento. Se despertó con ansias, eyectándose de la cama. Los abrazó a los cuatro intentando dominar el llanto que se agolpaba en sus ojos por tanta emoción. Parecía increíble que había llegado el tan esperado lunes primero de mayo. Después de cuatro años yendo continuamente al Instituto Alexander Fleming, sobre la calle Crámer, finalmente le darían la tan anhelada libertad. Un inesperado tumor le había cambiado la vida a Julia, a los diecisiete años, y ese lunes, después de una valiente lucha, le confirmarían que ya estaba curada.

Se bañó y se vistió con la velocidad de un rayo al escuchar el timbre y las voces en la planta baja de su casa. Descendió los escalones de dos en dos y allí estaban sus amigas del alma. Belén y Mercedes (Mechi y Belu, como les decía) la habían acompañado como nadie en esos duros años. Ese día, ambas la recibían, al pie de la escalera, fiel a su estilo: Belén, la rubia alta y despampanante, le había llevado globos y la grababa con su cámara; mientras que Mercedes la esperaba extendiendo sus brazos para recibirla. Al abrazarlas, Julia Cavazza sintió que el ciclo se cerraba. Más allá de lo que le dijera la oncóloga, era con ellas dos con quienes se daba el alta. Porque gracias a ellas y a su familia, Julia había podido afrontar el tratamiento. Una energía poderosa invadía el living en ese momento.

—Bueno basta de tanto abrazo y lloriqueo que yo vine acá para… ¡festejar la salud de mi amiga Julita! —afirmó Belén que, con su enorme sonrisa de perfectos dientes, sacaba un champán de la cartera.

Belén Sanz tenía el don de disipar con su optimismo todo rastro de angustia o incomodidad. Ella y Julia y se conocían desde sala de tres, de jardín de infantes, y habían compartido banco cada año de colegio. Exceptuando el último año escolar, en que le habían diagnosticado el tumor mamario a Julia. Su amiga iba todos los días después de clases, sin excluir los fines de semana, para contarle como iban las cosas en la escuela y contagiarle su alegría arrolladora. Eran una dupla excepcional porque se complementaban.

Julia era una mujer especial, con una belleza profunda y misteriosa. A pesar de medir un metro sesenta y tener modos de niña, poseía un carácter fuerte y seguro de sí. Belén era alta y de una belleza palpable, siempre desbordaba felicidad y poseía una franqueza casi agresiva para el que no la conocía.

Ese dúo dinámico se había convertido en un trío en el instante en que conocieron a Mercedes Román. Ella, con una sabiduría atípica a su edad y una calma constante, había aparecido para terminar de cerrar el grupo de amigas más fiel y unido. El secreto de esa amistad estaba en la alegría contagiosa de una, la calma angelical de la otra y el equilibrio entre ambas de Julia. A pesar de que eran absolutamente distintas en muchos aspectos, las tres eran inseparables.

Antes de partir rumbo a la clínica, Julia se tomó una fotografía con su familia y amigas para recordar el gran día. Viajaron en dos autos. El primero, con el matrimonio Cavazza, quienes iban tomados de la mano por la emoción, junto con Julia y su hermanita de diez años. El segundo estaba ocupado por las amigas y Augusto, el hermano mayor de Julia, quien llevaba los globos mientras ponía música para acallar los gritos de las dos que iban adelante. Por fortuna, era feriado y el tráfico era nulo; así fue que, en poco tiempo, llegaron al instituto Alexander Fleming.

Pasaron varios minutos de espera aguardando el ingreso al consultorio, y la ansiedad los dominaba a todos. Para distenderse, Julia y Mercedes fueron a comprar un café.

—Amiga querida, al fin llegó el día. Es increíble que ya hayan pasado cuatro años. Estoy orgullosa de vos.

A Mercedes le dolía aguantar el nudo en la garganta, porque ella mejor que nadie comprendía lo que Julia sentía en ese momento. Se habían conocido más de tres años atrás durante el tratamiento oncológico de ambas. En ese tiempo, ellas soñaban con el día en que se curaran para poder viajar por el mundo. Mercedes había terminado el tratamiento hacía dos años y disfrutaba cada día de su salud. Habían esperado el alta de Julia para emprender su viaje, y el esperado momento había llegado. Mercedes tragó saliva y continuó diciendo:

—Hoy es el primer día del resto de tu vida amiga. Nos esperan grandes aventuras a partir de la semana que viene —Román hablaba de los pasajes que habían comprado con destino a Madrid y sin fecha de regreso. Belén se sumaría al terminar con los exámenes de la universidad.

—Te quiero tanto, Mechi. Gracias por tu compañía y tranquilidad en este proceso. También estoy orgullosa de vos.

Se fundieron en un abrazo, como tantos otros que se habían dado, pero este estaba lleno de esperanza y entusiasmo. A pesar de que ambas disfrutaban de sus cabellos crecidos por haber terminado la quimioterapia dos años atrás, el alta final la alcanzaba ese día. Terminaron el café hablando de nimiedades y, al ingresar a la sala de espera, escucharon:

—Julia Cavazza, adelante; la espera la doctora Costa.

Todos los sentimientos contenidos afloraron en ese instante. Nudo en la garganta, nervios, piel erizada, recuerdos, emoción, miedos, llantos. Habían pasado muchos años marcados por una lucha conjunta de todos los allí presentes. El instituto se había convertido en su segundo hogar; las enfermeras ya los reconocían y los trataban con cariño. Se levantaron los siete para entrar y la recepcionista apuntó:

—Disculpen, pero no pueden entrar todos; solo la paciente con sus padres.

Tras un murmullo de queja de los hermanos y de Belén, ingresaron al consultorio Mara, Gustavo y Julia Cavazza. Luego de media hora, tras una serie de recomendaciones médicas, salieron con los ojos anegados de lágrimas y tomados de las manos. Lo peor ya había pasado. En ese instante, Julia sintió que su existencia completa ganaba libertad, y podía finalmente saciar su sed de aventura. Desde sus diecisiete años esperaba ese momento. Y allí estaba, ahora con veinte años, pisando fuerte sin ataduras.

Julia se sintió afortunada por la contención de sus seres queridos. En ellos se había apoyado cada día de los últimos cuatro años. Pensaba en lo importante que era el cariño de su familia y amigos en esas situaciones. Salieron a buscar los autos para ir a almorzar y festejar. Miró al cielo conmovida y agradeció al universo por su salud y la libertad que sentía. Estaba lista para enfrentar lo que viniera, llena de poder y energía para conocer un mundo sin barreras. Nunca imaginó que en esa aventura de amigas conocería al amor que cambiaría su vida.

***

—Les damos la bienvenida al vuelo de Air France con destino a Madrid que da inicio al embarque por puerta número quince.

El cosquilleo en la panza de ambas jóvenes se reflejó en sus rostros, iluminándolas. Después de chequear por quinta vez el pasaporte y el pasaje, con libro en mano, se sumaron a la fila de embarque que marcaba el comienzo de su ansiado viaje.

—¿Qué número era? —preguntó Mercedes con su habitual calma mientras subía los escalones de ingreso al enorme avión. Intentaba controlar sus rizos negros que bailaban con el fuerte viento como las alas de un cuervo.

—28 A y 28 B. Mechi, ¿no te parece que viniste con poca ropa en la mochila? —quiso saber Julia.

Ellas tenían planeado recorrer el mundo durante un año, por eso a Julia le preocupaba que Mercedes tuviera solamente una mochila de mochilero para tanto tiempo. Julia, en cambio, había llevado un carry on y un bolsito relativamente mediano.

—Ya sabés cómo soy, quiero ir cómoda, y si necesito algo me lo compro allá. Quedáte tranquila y no te PREocupes, ya te estás pareciendo a tu mamá.

Ambas rieron recordando la despedida. La partida había sido difícil. Hubo lágrimas y consejos de toda índole por parte de Mara, que se mezclaban con la congoja típica de una madre que despide a su adorada hija. Que cuidado con el frío, el dinero, los extraños, el alcohol y miles más. Gustavo les daba su consejo de siempre: “Diviértanse y hagan quilombo, pero sin ponerse en riesgo a ustedes ni a los demás”. Tras una serie de abrazos, fotos y muestras de cariño, las despidieron con la felicidad de saber que ambas disfrutarían de la aventura que las esperaba.

—¡Gracias ma y pa! Los quiero y los voy a extrañar mucho.

Julia los volvió a besar. Empezó a caminar hacia la parte de rayos X, cuando giró para decirles:

—Les aviso cuando llego. ¡Gracias por todo!

Se dio vuelta rápido para que no la vieran emocionarse. Su tristeza por la anticipación de extrañarlos se mezclaba con la alegría de sentir que su vida al fin empezaba.

Minutos antes, su amiga Belén, en un inusual estado de angustia, les había dejado una carta porque decía que se le trababan las palabras si hablaba. Las abrazó emocionada y partió rápido a su clase de Derecho Constitucional en la Universidad de Buenos Aires.

8 de mayo de 2000

Julita y Mecha queridas:

Si me hicieron caso, están leyendo esta carta ya sentadas en el avión, a punto de despegar. Quería escribirles para que tuvieran algo mío y sentirme parte del viaje; tranquilas, amigas, que en unos meses me van a tener por allá disfrutando.

Saben que las quiero y no hace falta que me ponga cursi. No quiero que se vayan sin decirles lo orgullosa que estoy por su lucha y creo que es el merecido premio a tanto esfuerzo. Solo ustedes dos pudieron superar todo eso de la manera más digna que vi en mi vida. Quiero que aprovechen estos meses viajando, que gocen de ese pelo crecido que tanto extrañaban, que se rían y que encuentren a muchos europeos hermosos.

Deseo poder compartir cada día de su aventura, pero me tranquiliza saber que en pocos meses las veo en París, para recorrer las tres juntas.

Las quiero muchísimo, hermanas del corazón.

Beli

P.D.: Quiero ver por mail fotos de todo lo que hagan.

***

El vuelo transcurría sin turbulencias, a pesar de que se acercaba una tormenta en el momento del despegue. Como siempre, los libros eran buena compañía para ambas y cada una se abstrajo en el suyo. Concentrada en la historia que sus ojos leían, Julia escuchó que Mercedes lloraba y comprendió apenas la vio el motivo de su angustia.

—¿Te dolió que tu familia no fuera a despedirte?

Julia le alcanzó unos pañuelos y con su pequeña mano le acarició el largo brazo para transmitirle calma.

—Sí. Yo sé que debería hacer lo que dice mi psicóloga: “No esperes peras del olmo”, pero fue inevitable desear que vinieran a saludarme.

Se vació en lágrimas de frustración y un nudo en la garganta le atenazó las palabras. Prefirió callar por temor a que el llanto recrudeciera y el hombre del asiento de al lado las oyera.

—Te digo lo mismo de siempre: la familia es la que uno elige. Con Belu y conmigo siempre vas a contar. De todos modos, entiendo tu tristeza, porque yo también la sentiría en tu lugar.

—Sí, lo sé. Tengo que dejar de esperar de ellos algo que nunca va a pasar.

—Tiempo al tiempo, Mechi.

Mercedes abrazó a su amiga hasta que su sollozo fue cesando, y se adormeció con el movimiento del avión. Mientras tanto, Julia pensaba en su amiga: Mercedes Román era hija única y sus padres, concentrados en sus respectivos trabajos, nunca habían estado presentes. Durante su enfermedad, la situación empeoró, y fueron alejándose aún más. Enfrentó en soledad cada tratamiento, cada buena o mala noticia de su médico, cada temor, angustia y alegría.

Fue sencillo quererla desde el día en que coincidieron en la sala de espera del Instituto Fleming. Julia, al ver que su familia nunca la acompañaba, le ofreció su amistad, apoyo y compañía incondicional. Belén también la había abrazado bajo su ala protectora, llenando los espacios de tristeza con su alegría plena.

***

En la misma fila de ellas se había sentado un joven de modos elegantes. Vestía un pantalón azul y camisa blanca con botones color suela que combinaban con sus zapatos. Algo en ese hombre le había agradado a Mercedes cuando, sin querer, sus cabezas chocaron al agacharse a buscar una lapicera que había caído debajo del asiento. Luego de las presentaciones formales, fueron conversando de modo ameno y, sin notarlo, hablaban hacía más de una hora. Se divertían totalmente desentendidos de los vistazos enfadados del hombre de la fila contigua, que no podía dormir por sus risas y voces. Conversaban sobre los lugares que recorrerían en España, cuando Julia despertó de un sueño profundo.

—Juli, él es Lucas Colleman. Estamos hablando sobre qué transporte deberíamos tomar desde Madrid para llegar a Valencia. Él dice que es la tercera vez que viene a España, porque es economista y un importante socio de su empresa está acá. Justo me comentaba que lo más conveniente es ir en tren desde la estación Atocha.

—Buenísimo —respondió Julia aún adormecida.

Al verlo, intentó disimular la inquietud que le generaba que ese extraño supiera hacia dónde se dirigían. Como siempre, Mercedes, con su extrema tranquilidad, había confiado sin problemas en un completo desconocido. Por su tonada, podía notar que era cordobés. Lo miró con recelo y dijo:

—Un gusto, soy Julia Cavazza.

—Lucas Colleman, un placer.

Extendió su mano para saludarlo y algo en él le generó incomodidad. El problema eran sus ojos castaños, que reflejaban interés. Esto para Julia era una complicación, porque no tenía el más mínimo interés en conocer a nadie románticamente.

—Prometo que no soy un asesino ni nada parecido. Estoy de viaje por negocios familiares. Si hace falta, te puedo mostrar mi DNI —bromeó él al ver la cara de desconfianza de la muchacha.

Mercedes rio ante el chiste y Julia se mostró confusa y algo avergonzada. Para disimular, retomó la lectura de su libro. Los otros continuaron la charla sin dificultad y tiempo después ella se sumó, porque al verlo con más atención supo que no podía ser peligroso, ya que no la atraía. Lucas era rotundamente apuesto, pero ella notaba que él se regocijaba con la atención de los demás y que le importaba mucho su buen estilo de vida. Ambas cosas resultaban a favor de Julia, porque no le gustaba ese tipo de hombres. En realidad, no la cautivaba ningún tipo de hombre. Había tenido solo un noviecito en la adolescencia, durante algunos meses, pero ella había terminado porque no le interesaba. Durante los años de tratamiento, enamorarse quedó fuera de escena, porque ya bastante tenía que enfrentar como para sumarle una complicación más. Sí, complicación, porque estar en pareja para Julia era una exigencia y una responsabilidad que no estaba dispuesta a enfrentar. Por los años de terapia, había descubierto que parte de su rechazo a enamorarse era el temor a lastimar al otro si llegaba a tener una recaída del cáncer. Por eso encontraba siempre alguna justificación para evitar las relaciones de pareja.

—¿Por qué eligieron empezar su viaje en España?

La pregunta de Lucas la sacó de sus cavilaciones y recordó el día en que habían decidido el primer destino de su aventura. Había sido en septiembre del año anterior. Las tres amigas habían ido al bajo de Martínez para relajarse. Era una mañana preciosa de primavera y el tibio rayo del sol acariciaba sus rostros. Julia explicó:

—Meses atrás habíamos ido a pasar el día al aire libre. Estábamos tomando mate frente al Río de la Plata y pensando por dónde empezar el viaje, cuando se nos acercó una mujer valenciana de unos ochenta años.

—Era una viejecita adorable llamada Rosa —la interrumpió Mercedes, entusiasmada por el recuerdo de aquel bello día—. Estaba tejiendo en una reposera, abrigada con un chal, y usaba unos anteojos que resbalaban por su naricita. —Era raro que Mercedes estuviera tan verborrágica, porque ella solía ser tímida. Al observarla, Julia entendió que, quizá, se trataba del chico que se sentaba a su lado.

—La señora nos contó —continuó Julia— que sus mejores años los había vivido en España, porque allí había conocido el amor con un tal Federico del Castillo. Tuvo la desgracia de que su pareja muriera por error en manos del frente popular durante la guerra civil española. Él era abogado, y los republicanos habían creído que era parte del bando nacional cuando en realidad estaba totalmente desentendido de todo ámbito político. Eran tiempos muy violentos y riesgosos por lo que, al morir su hombre, Rosa viajó a Argentina en busca de un nuevo comienzo. Nos dijo que lo que más dolor le había causado fue partir sin poder despedirlo en su tumba, entonces Beli...

—Es la tercera del grupo. Belu es nuestra mejor amiga y se va a sumar en unos meses al viaje. —Julia rio ante la aclaración de Mercedes y confirmó sus sospechas del interés de ella en Lucas.

—Nuestra amiga le pidió a la anciana que le escribiera una carta a Federico, para que nosotras se la dejáramos en la tumba donde él yace. De ese modo, la anciana lograría despedirse como corresponde de su gran amor —agregó Julia.

—¿Y tienen la carta? —preguntó Lucas extasiado por la historia pero, principalmente, por ver que la hermosa muchacha se iba relajando y mostraba su personalidad real. La Cavazza, como la nombraba en su interior, lucía radiante hablando sobre el amor. De ella emanaba un aura especial que lo atraía. Le encantaban sus delicadas facciones y, si no fuera por sus enigmáticos ojos color miel, aparentaba ser una niña.

—Claro que sí, la tengo guardada en mi agenda, dentro de la mochila. Por eso viajamos hacia España en primer lugar, para ayudarla a cumplir su sueño.

A Julia le fastidió la intensidad de los ojos marrones de Lucas, que se habían tornado negros mientras la miraba. Julia permaneció en silencio el resto del viaje, a pesar de los intentos de él por retomar la conversación. No quería interponerse entre Mercedes y Lucas; podían ser una linda pareja, y verla tan entusiasmada a su amiga le alegraba el alma. Aunque, en el fondo, se preocupaba por el interés de Mercedes en él, porque algo en Lucas Colleman le generaba desconfianza. Sentía que ocultaba feos secretos.

***

Aterrizaron sin inconvenientes en Barajas, el aeropuerto de Madrid. Era la primera vez que ambas conocían Europa, y tenían la sonrisa pintada en los labios. Estaban asombradas por la inmensidad del lugar. Mientras buscaban sus bolsos y mochilas despachadas, oían con deleite la tonada española. Decidieron viajar en tren a Valencia porque era el modo más rápido y económico para ir. Lucas se ofreció a alcanzarlas con su automóvil rentado a la estación ferroviaria de Atocha.

Mientras recorrían las calles madrileñas, Julia sentía que algo superior había logrado que ella estuviera allí en ese momento. Confió en que ese algo la guiaría por el camino correcto. La invadía la sensación de que, al hacer ese viaje, ella cumplía con su destino.

Lucas las despidió en la planta baja de la estación de Atocha. Le había dejado su número de celular a Mercedes junto con la promesa de visitarlas durante el fin de semana.

Iba a máxima velocidad en su Mercedes Benz para llegar a horario a su trabajo. Él sabía que alcanzarlas hasta allá era un problema de tráfico innecesario, pero la hermosura angelical y misteriosa de la bonaerense lo había dominado. Conducía rápidamente por Calle Gran Vía, que conectaba el centro de Madrid con la Plaza de España, y pensaba: «Con Julia conviene ir lento, jugarle al amigo, para que confíe, porque tiene miedo». Él sabía de mujeres, las había probado de todo tipo, y creía que con ella debía utilizar la máscara de amigo. Tenía la necesidad imperiosa de resolver el enigma de sus ojos color miel.

La estación de Atocha era apabullante. La fachada externa, con un color rosado similar al de la casa de gobierno porteña, se imponía sobre la calle madrileña. Por dentro las sorprendió la magnitud de la edificación. Se destacaba un jardín tropical repleto de plantas provenientes de India, Asia y otros lugares. Mercedes, con su pasión por la herboristería, quedó perpleja ante el invernadero, enmarcado por hierro negro y cristal. Se detuvo a contemplar las distintas plantas que nunca antes había visto.

—Mirá, Ju, ese es un árbol del caucho y el de la izquierda es el árbol del viajero. —Su amiga asentía indiferente y la tironeaba del brazo, porque se acercaba el horario de llegada del tren—. ¡Qué preciosas heliconias, mirá esos vivos colores!

—Hermoso —le respondió Julia distraída, mirando hacia todas las direcciones para encontrar la terminal por la que debían embarcar. Cuando la encontró, agregó—: Tenemos todo el tiempo del mundo para verlas de nuevo, Mechi. Ahora tenemos que ir yendo porque podemos perder el tren y ya compramos el boleto.

—Es cierto. ¡Allá vamos, Valencia!

Ambas rieron a pesar del cansancio. La aventura había empezado y estaban subiendo a una montaña rusa que les cambiaría la vida, aunque ellas aún no alcanzaban a comprender cuánto.

Capítulo

2

Hacía tres meses que vivían de turistas en España. Habían conocido los lugares indispensables: la Sagrada Familia en Barcelona; el Real Alcázar, junto con la Catedral y la Plaza, ubicados en Sevilla; la Alhambra en Granada; el parque nacional de Cabañeros, situado en los montes de Toledo; la Catedral de Santiago de Compostela y mucho más. Ambas coincidían en que lo más hermoso del recorrido había sido la Mezquita de Córdoba, con sus fuentes, mosaicos, arcos e inmensas columnas de mármol y granito. Adoraron que estuviera rodeada de hileras de palmeras y naranjos que enmarcaban la construcción con un halo mágico.

En ese tiempo, se habían empapado de la cultura española. Les fascinaba la música flamenca que inundaba las calles, acompañada por el zapateo o taconeo como le decían los españoles. Saborearon sus comidas tradicionales, como la paella, el jamón serrano y el predilecto de ambas, el gazpacho. Pero los meses pasaban y la curiosidad por conocer otros rumbos empezaba a picarles.

Cada fin de semana y a veces entre semana, Lucas las acompañaba. Para fortuna de Julia, él no había repetido aquel momento de mirada incómoda. Las trataba como viejas amigas y ellas reían ante las extravagantes ocurrencias del economista cordobés.

Un día, agotadas de tanto recorrer, mientras disfrutaban de la quietud del atardecer, Julia le preguntó a Mercedes sobre sus sentimientos por Colleman.

—Vos ya me conocés, yo pertenezco a todos y no soy de nadie. Me atrae físicamente, pero más me gusta su amistad, y no me quiero atar a ningún hombre por ahora. Además —agregó Mercedes con mirada suspicaz—, desde que te vio en el avión, solo tiene ojos para vos.

Julia rio a carcajadas para evitar la conversación. Aunque empezaba a considerarlo un buen amigo, algo en Lucas seguía generándole recelo. Ella sentía culpa por esa desconfianza, porque él era amable y generoso con ellas.

Ese día, Colleman había hallado la tumba de Federico del Castillo, el hombre por el que habían viajado hasta allí. Julia y Mercedes habían buscado la tumba durante las primeras semanas del viaje, sin éxito, por lo que Lucas se ofreció a ayudarlas a encontrarla. Su amigo las buscó por Barcelona, ciudad que estaban recorriendo, y las llevó en su automóvil hasta el cementerio general de Valencia. Era un mediodía gris cuando concretaron la misión de la carta de Rosa. Tras caminar por numerosos panteones y esculturas, apareció la lápida que decía “Federico del Castillo 1906-1937”. Al verla, Julia se sorprendió, y dijo compungida:

—Vivió solamente treintaiún años, que lástima.

—Si los vivió al máximo, no tiene nada de qué arrepentirse. No importa la cantidad, sino la calidad de años —comentó su amiga.

La madurez en las palabras de Mercedes la hizo reflexionar. «Quizá sea tiempo de animarme a amar, cuando se dé la oportunidad», pensó Julia, sin imaginar que estaba más cerca de lo que ella creía. Rezaron en silencio luego de dejar las palabras de amor y despedida escritas por Rosa. Tomaron una fotografía que enviarían por mail a Belén para que pudiera mostrársela a la anciana, que seguía enamorada en Argentina.

Al volver del cementerio, fueron a tomar un café para descansar un poco las piernas. Julia pidió un té con leche y Mercedes un café con churros, que compartió con Lucas. Colleman engulló dos seguidos mientras saboreaba su capuchino. Con el correr del tiempo, notaron que él era de buen comer y que se esforzaba mucho haciendo gimnasia para poder darse esos gustos. Era evidente que le importaba la apariencia física, porque siempre que veía a una persona con kilos de más, él lo mencionaba. Para ellas, eso era fiel reflejo de su inseguridad.

El restaurante estaba colmado de amplios ventanales con vista a los Jardines del Real. Era un sitio acogedor, que se prestaba a la charla distendida.

—Mechi, contame sobre el encuentro con la gitana de Barcelona —pidió Lucas, intentando dominar el repentino deseo por la bonaerense. Lo enardecía el modo en que Julia fruncía la boquita, en forma de corazón, al recordar lo sucedido.

—¡Cierto que te conté ayer por mensaje, para que me hicieras acordar! —Mercedes sorbió el cargado café y estiró los pies, cansados después de recorrer durante horas—. Fue cuando salimos de la Casa Batlló.

Mercedes hablaba de la obra del arquitecto Antonio Gaudí, de estilo modernista, en la Manzana de la discordia, llamada así por la rivalidad del artista con Montaner y Cadafalch. Ambas habían ido a conocerla el día anterior, y las había impactado la cuadra entera, colmada de obras de renombrados artistas.

—Pero ¿qué les dijo? Me contaste que quedaron muy impresionadas y que encima no les cobró, cosa rara en las gitanas, son ventajistas —apuntó Lucas con desdeño.

—Fue tremendo. Cuando salimos de la casa, la mujer la llamó a Juli diciendo algo así como: “Eh, tú, la preciosa de luz vibrante y misteriosa, ven aquí, tía”. —Ambos rieron con la imitación del español—. Dijo que venía para decirnos nuestro destino y que ya estábamos listas para escucharlo. Empezó mencionando que nosotras éramos algo así como compañeras de la vida y que nos habíamos encontrado para nunca más soltarnos. A mí, con total contundencia, me declaró que continuara viviendo con libertad. Dijo que dentro de unos años voy a conocer a un hombre de cabello negro con ojos verdes del que me voy a enamorar.

Por su parte, Julia temblaba ante el recuerdo. La intensidad y seguridad de las palabras dichas por esa mujer la habían dejado perpleja. Aunque su razón y educación la instaban a olvidar lo sucedido, su corazón le dictaba lo contrario. La gitana le había sujetado la mano y, tras observarla con calma, le aseguró:

—En pocos días, conocerás a tu gran amor, pero veo sombras negras que los distanciarán. Recuerda mis palabras, niña: la única forma de superar la oscuridad será si pierdes el temor a amar y si él olvida sus culpas. Debes seguir a tu intuición. Desarrolla y confía en ese sexto sentido que tienes, porque eso te mantendrá a salvo de por vida. Tienes un aura hermosa, viene contigo, y será fácil conservarla. Pero muchos querrán lastimarte a ti y al hombre de ojos azules. Solo amando aprenderás a vivir y ya no más a sobrevivir.

Cientos de preguntas agobiaban a Julia desde aquellas impactantes palabras: ¿cómo explicarle que tenía terror a enamorarse?, ¿cómo entregarse a otro si podía llegar a lastimarlo con su enfermedad?, ¿acaso no era egoísta amar a alguien sabiendo que, en cualquier momento, podía herirlo en caso de una recaída? Minutos después, desechaba todas sus dudas al recordar las últimas palabras de la gitana. Julia no pensaba desaprovechar su vida sobreviviendo, en vez de viviendo. Vivir con miedo a lo que pudiera suceder más adelante carecía de sentido. Decidió entregarse libremente a lo que viniera y animarse a amar. Ella había confiado durante su enfermedad en el universo, y este le había devuelto su salud. Bebió su té y pensó sonriente: «Todo va a ir bien». Sentía alivio por la lección aprendida: ya era tiempo de animarse a vivir.

—¿Y a vos, Juli?

La voz de Lucas la sacó de sus reflexiones y ella le contó lo que había dicho la mujer de pelo negro y larga falda floreada. Algo lo había perturbado, porque el gesto se le endureció de cólera. Repentinamente, atendió su celular y, tras una disculpa rápida, dijo que debía irse porque habían surgido problemas en el trabajo. Colleman pagó la cuenta y ambas lo despidieron extrañadas por su reacción.

***

Había llegado agosto y se vivía un caluroso verano que por las noches brindaba un respiro gracias a una brisa fresca. Julia y Mercedes se arreglaban para cenar en un lindo restaurante, porque era su última noche en España. Su próximo destino era Francia. Belén les mandaba mensajes y las llamaba por celular continuamente. Lo cierto es que se extrañaban mucho las tres. Una semana atrás, mientras hablaban por celular, la rubia, con su júbilo contagioso, las había sorprendido:

—Amigas, basta de España. Las veo la semana que viene en París, ya saqué mi pasaje. Me importa un carajo atrasarme con las materias de la facultad, ya no aguanto tanto tiempo lejos de ustedes.

Al escucharla, Julia y Mercedes festejaron riendo con lágrimas de emoción. Ansiaban ese reencuentro como nunca antes, y tenían mucho por hablar. Lo máximo que habían estado separadas habían sido dos semanas; por lo que cuatro meses ya era demasiada espera.

Julia recordaba el día de la noticia sonriendo mientras se calzaba un jean ajustado, acompañado con una remera roja. Se maquilló apenas los ojos con rímel y su cabello castaño le caía pesado por la espalda. Esperaba a que su amiga terminara de intentar domar sus rulos. Esa lucha constante de Mercedes con su cabello la hacía reír cada noche antes de irse a dormir. Sabiendo que demoraría treinta minutos más peinándose, decidió ir a la recepción para preguntar el horario del check out. Se hospedaban en el suntuoso hotel Ritz de Madrid, regalo de su nuevo amigo Lucas Colleman, para su última semana antes de partir rumbo a París. Todo era lujoso: el mobiliario, la vajilla, el servicio, las alfombras. La ubicación era lo mejor del hotel, porque estaba situado frente a la Plaza de la Lealtad y próximo al Retiro, el Jardín Botánico y el museo del Prado.

Había algo en el aire que la hacía sentir plena y sonriente. «Quizá es que mañana conoceremos otro país y la veremos a Belu», pensó. Pero en su interior supo que era algo más allá del entendimiento, una energía diferente que la hacía vibrar. Desde pequeña, había sido sumamente intuitiva y se dejaba guiar por sus sensaciones. Por más que el resto de la gente viera las cosas de forma racional, su experiencia le demostraba que sus percepciones siempre eran acertadas.

Subió al ascensor y apretó el botón de planta baja, pero este se detuvo en el noveno piso, donde subió un hombre con un perfume exquisito. Lo miró y sin darse cuenta contuvo la respiración. Era tan masculino. Le fascinó su andar y lo perfecto que le calzaba el jean. «Es un hombre con todas las letras», reflexionó, y bajó la vista al ver que él también la observaba. Se puso roja como el color de su remera. Maldijo ser tan desapegada al celular y olvidarlo en su habitación, porque le habría venido bien tenerlo en ese momento para disimular la incomodidad mirando la pantalla.

—Good afternoon —saludó él con una voz ronca que erizó la piel de Julia. Acto seguido, pulsó el botón de planta baja.

—Hola, perdón, digo… —Los nervios le jugaron una mala pasada y le respondió en castellano, pero al instante replicó—: Good afternoon.

—Vos también sos argentina.

Él le sonrió y, al verlo, contuvo la respiración nuevamente. Era extraño en ella, porque nunca reparaba en ningún hombre por su aspecto físico. Ese hombre podía ser un completo cabeza hueca con un lindo envase; pero algo en su interior le aseguraba que no era solo físico. Una vez más, su sexto sentido parecía haber dado en la tecla, y allí estaba con el hombre más atractivo que había visto en su vida, que la hacía temblar de pies a cabeza con solo mirarla. Algo magnético en él la atraía profundamente. Intentaba responderle, pero las palabras morían en su garganta.

Mientras pensaba en qué decirle, se escuchó un golpe seco, provocado por un corte de luz que los dejó encerrados en el ascensor. El hombre sacó su celular e iluminó el pequeño habitáculo con la pantalla. Ella logró hablar y se disculpó por no poder alumbrar, ya que había dejado el suyo en la habitación.

—No te preocupes, debe ser un corte general. Creo que tenemos para rato acá, pero no hay problema porque tengo la batería del teléfono cargada.

Julia le sonrió y él la contempló extasiado. Era una chiquilla que poseía una extraña mezcla de inocencia y sensualidad. Su pelo castaño brillaba y su boca lo invitaba a besarla. Sin embargo, los ojos eran su rasgo más sobresaliente, por su extraño color miel, bordeado con pobladas pestañas que le conferían una mirada exótica. No le importó notar que ella se sentía incómoda porque él la miraba con descaro. La muchacha se sentó en el suelo para esperar el rescate y él decidió hacer lo mismo.

—Me llamo Marcos Aguilar. ¿De qué parte de Argentina sos? —Tenía la necesidad de conocerla, de escuchar su voz, de conocer sus gestos. Tenía necesidad de ella.

—Soy Julia Cavazza. —La forma en que ella pronunció la doble z de su apellido lo sacudió en su ingle y pensó que nunca algo tan simple le había generado tal reacción—. Soy de la zona norte de la provincia de Buenos Aires. Vivo en San Fernando. ¿Sos cordobés?

—Sí, ¿me delata la tonada? —Rio al verla sonrojarse. Para saber más de ese ángel exuberante, le propuso jugar un ping-pong de preguntas—: Vos me preguntás algo y yo respondo, después yo a vos, y así sucesivamente hasta que vuelva la luz.

—Me gusta el juego. Empezá vos que no se me ocurre nada.

—¿Cuál es tu lugar en el mundo?

—No tengo uno todavía, porque recién lo estoy conociendo. Por ahora nunca me sentí parte de ningún lugar de los que estuve. ¿Cuántos años tenés?

—Treinta recién cumplidos, el diez de abril. —Se sintió ridículo al aclararlo, pero quería agradarle y parecerle más joven para no asustarla. A ella le pareció interesante que fuera diez años mayor. Era el turno de Marcos, que dijo—: ¿Con quién estás de viaje y por cuánto tiempo?

—Viajo con una de mis dos mejores amigas. Se llama Mercedes y es la persona más buena, tranquila y sensible que existe en la faz de la tierra. —Sonrió al pensar que su amiga, a pesar del corte de luz, seguramente seguía luchando con la maraña de rulos indomables—. El tiempo es indefinido. Llegamos a España la segunda semana de mayo y mañana a las 12 del mediodía nos vamos a París. Pero también quiero conocer India, Escocia e Italia antes de volver a Argentina.

Marcos saboreaba cada palabra que ella decía. Le urgía saber todo de Julia porque con solo verla su curiosidad crecía. Sentía que ella guardaba un secreto y moría por descubrirlo. Lo hipnotizaba ver el modo en que movía sus manos, con pequeños gestos. La forma en que hablaba reflejaba un entusiasmo propio de la gente joven, cuyo mundo es hermoso. Él ya tenía varios años más y sabía que su mundo no era un lugar tan feliz, sino que estaba plagado de peligros, competencias y egoísmo.

—¿Estás casado? —preguntó ella con descaro, impulsada por el pensamiento de: «¿si no es ahora, cuándo?».

—No, ni tampoco tengo novia. Estoy casado con mi trabajo. Corro carreras de auto de rally en distintas partes del mundo. Pero recomiendo cambiar de tema, porque una vez que empiezo a pensar en motores y competencias, no puedo parar.

Ella rio con un sonido cristalino y puro. Marcos permaneció mirándola encantado, hasta que notó que ella volvía a ponerse incómoda, y preguntó:

—¿Vos estás estudiando algo o ya trabajás?

—Ninguna de las dos. Pero hace un tiempo que vengo fantaseando con estudiar para ser instructora de yoga. Creo que no hay mejor lugar para hacerlo que en India. Es una técnica milenaria que me acompañó en los momentos más duros llenándome de calma. Mi sueño es hacer eso con los demás.

A Aguilar le intrigaba lo que ella le generaba. Por un lado, lo embargaba una pasión que rozaba lo salvaje, y por el otro, una necesidad arrasadora de protegerla de todo. Ella poseía una cualidad extraña, que la conservaba ajena a las maldades del mundo. Era inusual conocer a un ser tan especial en su mundo de traiciones, codicia y rivalidad.

Entre pregunta y pregunta, se fueron relajando con la conversación. Estaban sorprendidos por lo que cada uno generaba en el otro. Cuando volvió la electricidad y se puso el ascensor en movimiento, despertaron de su pequeño oasis de enamoramiento.

Al llegar a la planta baja, se encontraron con una Mercedes preocupada, con el pelo particularmente desprolijo. Julia le contó lo que había sucedido mientras su amiga miraba con ojos desorbitados al bombón que secundaba a su amiga como un guardaespaldas. «Son divinos juntos», pensó Mercedes. Ella, tan pequeña, con su halo de paz que atraía a la gente como miel a las abejas. Y él, alto y hermoso, con ojos serios que reflejaban su personalidad inexpugnable. Por alguna extraña razón, la transparencia de ella y la parquedad de él combinaban.

Nerviosa por la mirada de Marcos, Julia averiguó el horario del check out del día siguiente y lo despidió con apuro en la recepción. Prefirió subir por la escalera, por más que fueran once pisos, excusándose en el temor de quedarse encerrada otra vez. La realidad era que necesitaba alejarse del magnetismo del hombre que la escudriñaba tratando de conocer sus secretos. Cuando traspasaron las puertas de la escalera de emergencia, Mercedes inició un interrogatorio sobre el hombre de ojos azules. Ella respondía con monosílabos, entre inspiraciones que reflejaban su cansancio piso a piso, hasta que confesó:

—Me gustó mucho.

Julia se ruborizó de inmediato porque su amiga se puso a saltar como una chiquilina. Nunca antes había aceptado que alguien le gustaba, y menos aún que le gustaba mucho. A su vez, reconoció que la intimidaba el modo en que él la miraba.

—Sí, te mira como con ganas de comerte, Julita. Es absolutamente normal y varios te miran así, solo que vos no lo notás. La diferencia es que este bombón te gusta a vos también y por eso te das cuenta de su mirada de cazador.

Al llegar al onceavo piso, Julia permaneció en silencio. Sentada en la cama, recordó a la gitana que días atrás había dicho que conocería a un hombre de ojos azules. «¿Será Marcos el hombre del que me voy a enamorar?», pensó. Tanta adrenalina y ansiedad vivida la habían dejado apabullada. Luego de otros quince minutos de lucha con sus rizos, Mercedes atendió a Lucas, que le decía que estaba abajo, esperándolas para cenar. Al salir, Julia bajó encapuchada y casi corriendo por temor a cruzarse con el hombre del ascensor.

Fueron a un lujoso restaurante que su amigo había elegido y, aunque era muy bullicioso, a ellos no les importaba. Disfrutaron de la última noche que compartían en aquel hermoso país que tantas alegrías les había brindado. La mesa redonda de nogal, cubierta por un mantel de hilo color damasco y un arreglo floral en el centro, daba una calidez y elegancia pocas veces visto.

Durante su aventura, ellas se habían acostumbrado a comer comida rápida al aire libre mientras caminaban hacia algún lugar. Pero esa noche degustaron una cena diferente. Tras una sopa de verduras como entrada, saborearon su última paella española y coronaron la noche con un helado de chocolate con nueces, que los tres compartieron porque habían comido demasiado.

Horas después, se despidieron cariñosamente con la promesa de volver a verse en Argentina. Lucas partió velozmente en su Mercedes Benz rentado, rumiando su dolor y frustración por no haberle dicho lo que sentía a Julia. Lo cierto es que no se había quedado esos meses en España por temas laborales, sino por el deseo de conquistar a Julia, que lo tenía completamente deslumbrado. Deseaba a ese cuerpo pequeño con formas perfectas, ese lunar en su mejilla que lo enloquecía y esos ojos que lo hipnotizaban desde el primer día. Con el tiempo, pasó a ser algo más que una simple atracción física. La había conocido y adoraba su pasión, que la llevaba a no quedarse en las medias tintas. Ella amaba u odiaba, y si algo le era indiferente, lo ignoraba completamente.

Le perturbaba notar que ella lo quería como amigo. Aunque le costara, Lucas sabía que tenía que alejarse de Julia, porque todavía estaba a tiempo de proteger su orgullo herido. Él estaba acostumbrado a que las mujeres lo buscaran por su apariencia y dinero. Nada de esto parecía importarle a Julia y eso lo confundía. Pensaba en esto mientras encendía su cigarrillo y miraba a la prostituta recostada en su cama. La mujer tenía pelo castaño y ojos color miel, pero en nada se asemejaban a los que él deseaba. La veía vulgar y poco intrigante. Se acercó a ella y la tomó con una mezcla de pasión, rabia y venganza. «Va a ser mía», se juró, sintiendo que algo oscuro lo dominaba. Minutos después se quedó dormido sobre el pecho de su amante.

***

El reloj de pared de la habitación 908 marcaba las tres de la mañana y Marcos todavía no lograba conciliar el sueño. Sacudió la cabeza intentando sacar de su mente a la chiquilla del ascensor. Le parecía estúpido encapricharse con una muchacha, porque él se conocía y sabía que no podía enamorarse. Había compartido todo tipo de pasiones con muchas mujeres, pero en el momento posterior al acto sexual perdía interés. Había sido sincero al decir que estaba casado con su profesión de piloto profesional. La adrenalina lo hacía sentir vivo cuando desplegaba toda la potencia del motor y derrapaba en las curvas. La sed de ganar lo carcomía al atravesar las distintas etapas de carrera. Nada se asemejaba a esa pasión por conducir. Adoraba el momento en que, gracias a la velocidad a la que iba por la ruta, observaba el camino desde las ventanas laterales, ya que el auto nunca iba derecho. Sabía que era uno de los más destacados competidores del mundo y no se detendría hasta llegar a ser el mejor.

Pero no lograba dormir, y no era por las vacaciones en España, previas al rally de septiembre en Chipre. La responsable era la bonaerense de ojos color miel. La hermosura de Julia era un completo atentado a su vida de competencias y adrenalina que tanto lo apasionaba. Deseaba volver a verla, conocer qué perfume usaba, cómo era su familia, qué pasatiempos tenía, desnudarla lentamente, tocarla, besarla y… Prendió la luz del velador porque sabía que era inútil luchar contra lo que quería. Cuando deseaba algo, no paraba hasta obtenerlo. Despertó a su amigo, Omar Vetrano, que dormía en la cama de al lado y lo miraba con ojos inquisidores.

—Mañana viajamos a París. Voy a sacar los pasajes.

Como siempre, Marcos daba órdenes sin consultar y ya prendía su computadora. Él era el piloto del equipo y su palabra era ley. Ambos se respetaban por los años compartidos y su profesionalismo a la hora de competir. Omar era el copiloto y la amistad forjada desde la infancia los hacía grandes compañeros.

—Bueno, Marqui, ahora le aviso a Germán.

Omar se refería a su hermano mayor, que iba a sumarse al viaje en unos días. Él era el ingeniero mecánico y coach de Marcos, además de fiel amigo de ambos. Conocerse desde tan pequeños hacía que los tres pudieran confiar entre sí, al punto de arriesgar sus vidas en más de una carrera. Eran incondicionales uno con el otro.

Mientras Marcos sacaba el pasaje, Omar recordó el día en que les confesó a sus dos amigos que era bisexual. No temía la reacción de ellos sino la del mundo de la mecánica, que era muy cerrado en esos asuntos. Nada había cambiado entre ellos desde entonces, seguían compartiendo sus vidas como siempre. Más de una vez Marcos había perdido los estribos con algunos pilotos, por los comentarios homofóbicos que decían por lo bajo. Eran grandes amigos, porque eran distintos y en esas diferencias radicaba la fuerza de su vínculo: Germán era el racional que traía la calma, Omar era el bromista distendido y Marcos era honrado, parco y cabrón. Omar creía que esa veta testaruda era la que lo hacía ser el mejor piloto argentino, por no decir del mundo. Marcos era respetado por todos sus adversarios y noble como pocos. Su amigo sabía que esa fuerza de lucha para ganar la había obtenido gracias a las tragedias que habían marcado su infancia. La dificultad no se debía a problemas económicos, ya que Aguilar pertenecía a una familia acaudalada. El problema había iniciado con la muerte repentina de su madre, causada por un accidente cerebro vascular cuando él era apenas un niño. Ante la pérdida, Guillermo, su padre, se aisló en su trabajo como arquitecto para paliar el dolor. Marcos tampoco tenía relación con su hermano mayor, llamado Diego. Este era caprichoso y extremadamente tímido, por lo que era difícil que congeniaran entre ellos. Lo cierto era que Marcos, con su espíritu de hierro, había logrado salir adelante formando su propia familia con sus vecinos, los hermanos Vetrano. Con ellos compartía ese mundo competitivo en el que la tensión y la rivalidad estaban a la orden del día.

***

—¿Desde cuándo te arreglás tanto vos?

Mercedes miraba divertida a su amiga que, mientras guardaba sus últimos zapatos en la valija, se miraba en el espejo y se peinaba con esmero. Julia alzó los ojos hacia el techo, en un claro gesto de que no estaba de ánimos para que la molestaran.

Era un caluroso día de verano y debían tomar distintos transportes públicos para llegar al aeropuerto, rumbo a París. Mercedes decidió ponerse un short de jean con una musculosa violeta. Julia lucía un cómodo vestido blanco, con pequeños bordados en los hombros, y unas sandalias marrones que combinaban con su mochila. Admitía que se arreglaba por si llegaba a cruzarse con Marcos, y adoraba nombrarlo en su interior. No había podido dormir en toda la noche pensando en él. Se sorprendía por la coincidencia entre lo que había dicho la gitana y el encuentro con ese hombre de ojos azules. Además de ser realmente precioso, hablar con Aguilar había sido sumamente interesante. Se reprochaba haber huido despavorida de él porque, en realidad, lo único que deseaba desde aquel encuentro era verlo una vez más antes de partir. Esa mezcla de miedo y atracción la tenía confundida. Claro que le temía, si era diez años mayor que ella, con una energía arrolladora que la ponía incómoda y encima era un hombre del que podría enamorarse. «¿Enamorarte? Si solo hablaste media hora con él, no seas ridícula», pensaba mientras revisaba bajo la cama, por si olvidaba alguna de sus pertenencias. Un mar de emociones contradictorias la asolaba desde la noche anterior. Se sentía nerviosa, feliz, alerta, decepcionada, soñadora, ilusionada, triste. Todo a la vez, sin poder comprender.

Tomaron el desayuno en la terraza. Estaban sentadas en una pequeña mesa cubierta con un mantel blanco que hacía juego con los sillones de mimbre, con vista a una bella fuente. Mercedes pidió un humeante tazón de café con medialunas, que despedían un aroma exquisito. Julia un té con leche acompañado con una rebanada de budín de limón tibio. No podía saborear lo que comía ya que estaba nerviosa, por si veía al cordobés en la terraza.

—No puedo creer lo que ven mis ojos. Juli, tranquila y no te des vuelta: el bombón está en la puerta buscando mesa. —Julia se ruborizó hasta el cabello y se mantuvo expectante ante el inminente encuentro. De pronto, su amiga largó una sonora carcajada, que hizo que varios pares de ojos la miraran con reproche, y dijo—: Mentira, pero ahora que veo tu reacción, confirmo mis sospechas: te encantó el piloto cordobés.

—¡Ufff, qué pesada estás con eso!

Era inevitable sentirse decepcionada. No lo iba a ver nunca más por culpa de su miedo que la había alejado de él. La gitana había dicho que no debía temer a enamorarse y ante la primera posibilidad de hacerlo había corrido despavorida. Se reprochó haber escapado de ese hombre enigmático. «Ojalá lo vuelva a ver», deseó triste, creyendo que nunca más lo encontraría. Pero el destino había trazado su camino y, sin saberlo, ella lo transitaba.

Capítulo

3

Marcos estaba en la sala VIP del aeropuerto de Madrid, Barajas, mientras esperaba la salida del vuelo. Omar y él tenían la tarjeta de priority pass