Madame Bovary - Gustave Flaubert - E-Book

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Gustave Flaubert

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Beschreibung

El origen del realismo, movimiento de la segunda mitad del siglo XIX, se encuentra intrínsecamente ligado a la novela épica, a la novela naturalista y a la novela mágica. Además de ser una de las selecciones literarias por excelencia en el género del llamado romanticismo tardío,  Madame Bovary constituye uno de los puntos de referencia para el movimiento del realismo.
No obstante, la historia también se halla estrechamente unida a lo que se conoció como la novela alegórica, siendo también una crítica a la sociedad burguesa del siglo XIX, posterior a la Revolución francesa y al gobierno absolutista de Napoleón en Francia. Esta obra se desarrolló en dichos años en tres partes; con una increíble agudeza literaria, Gustave Flaubert muestra su punto de vista sobre la vida de la sociedad de alto rango en la Francia del temprano siglo XIX, al casar al personaje principal con alguien que nada le ofrece más que exhibirla como si fuese un trofeo.  Madame Bovary es, pues, más que una novela, un retrato fiel y un paradigma para la literatura realista y universal y para la filosofía francesa de los siglos XIX a XX.

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Índice

Primera Parte

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Segunda Parte

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Tercera Parte

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Primera Parte

Capítulo I

Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director, es eguido de un «novato» con atuendo pueblerino y de un celador cargado con un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, y todos se fueron poniendo de pie como si los hubieran sorprendido en su trabajo.

El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego, dirigiéndose al prefecto de estudios, le dijo a media voz:

‑ Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si por su aplicación y su conducta lo merece, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad.

El «novato», que se había quedado en la esquina, detrás de la puerta, de modo que apenas se le veía, era un mozo del campo, de unos quince años, y de una estatura mayor que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado en flequillo como un sacristán de pueblo, y parecía formal y muy azorado. Aunque no era ancho de hombros, su chaqueta de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas, y por la abertura de las bocamangas se le veían unas muñecas rojas de ir siempre remangado. Las piernas, embutidas en medias azules, salían de un pantalón amarillento muy estirado por los tirantes. Calzaba zapatones, no muy limpios, guarnecidos de clavos.

Comenzaron a recitar las lecciones. El muchacho las escuchó con toda atención, como si estuviera en el sermón, sin ni siquiera atreverse a cruzar las piernas ni apoyarse en el codo, y a las dos, cuando sonó la campana, el prefecto de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila.

Teníamos costumbre al entrar en clase de tirar las gorras al suelo para tener después las manos libres; había que echarlas desde el umbral para que cayeran debajo del banco, de manera que pegasen contra la pared levantando mucho polvo; era nuestro estilo.

Pero, bien porque no se hubiera fijado en aquella maniobra o porque no quisiera someterse a ella, ya se había terminado el rezo y el «novato» aún seguía con la gorra sobre las rodillas. Era uno de esos tocados de orden compuesto, en el que se encuentran reunidos los elementos de la gorra de granadero, del chapska, del sombrero redondo, de la gorra de nutria y del gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y armada de ballenas, comenzaba por tres molduras circulares; después se alternaban, separados por una banda roja, unos rombos de terciopelo con otros de pelo de conejo; venía después una especie de saco que terminaba en un polígono acartonado, guarnecido de un bordado en trencilla complicada, y de la que pendía, al cabo de un largo cordón muy fino, un pequeño colgante de hilos de oro, como una bellota. Era una gorra nueva y la visera relucía.

‑ Levántese ‑le dijo el profesor.

El «novato» se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se echó a reír.

Se inclinó para recogerla. El compañero que tenía al lado se la volvió a tirar de un codazo, él volvió a recogerla.

‑ Deje ya en paz su gorra ‑dijo el profesor, que era hombre de chispa.

Los colegiales estallaron en una carcajada que desconcertó al pobre muchacho, de tal modo que no sabía si había que tener la gorra en la mano, dejarla en el suelo o ponérsela en la cabeza. Volvió a sentarse y la puso sobre las rodillas.

‑ Levántese ‑le ordenó el profesor`, y dígame su nombre.

El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible:

‑ ¡Repita!

Se oyó el mismo tartamudeo de sílabas, ahogado por los abucheos de la clase. «¡Más alto!», gritó el profesor, «¡más alto!».

El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una boca desmesurada, y a pleno pulmón, como para llanar a alguien, soltó esta palabra: Charbovari.

Súbitamente se armó un jaleo, que fue in crescendo, con gritos agudos (aullaban, ladraban, pataleaban, repetían a coro: ¡Charbovari, Charbovari!) que luego fue rodando en notas aisladas, y calmándose a duras penas, resurgiendo a veces de pronto en algún banco donde estallaba aisladamente, como un petardo mal apagado, alguna risa ahogada.

Sin embargo, bajo la lluvia de amenazas, poco a poco se fue restableciendo el orden en la clase, y el profesor, que por fin logró captar el nombre de Charles Bovary, después de que éste se lo dictó, deletreó y releyó, ordenó inmediatamente al pobre diablo que fuera a sentarse en el banco de los desaplicados al pie de la tarima del profesor.

El muchacho se puso en movimiento, pero antes de echar a andar, vaciló.

‑ ¿Qué busca? ‑le preguntó el profesor.

‑ Mi go... ‑repuso tímidamente el «novato», dirigiendo miradas inquietas a su alrededor.

‑ ¡Quinientos versos a toda la clase! ‑pronunciado con voz furiosa, abortó, como el Quos ego una nueva borrasca. ¡A ver si se callan de una vez! ‑continuó indignado el profesor, mientras se enjugaba la frente con un pañuelo que se había sacado de su gorro‑: y usted, «el nuevo», me va a copiar veinte veces el verbo ridiculus sum.

Luego, en tono más suave:

‑ Ya encontrará su gorra: no se la han robado.

Todo volvió a la calma. Las cabezas se inclinaron sobre las carpetas, y el «novato» permaneció durante dos horas en una compostura ejemplar, aunque, de vez en cuando, alguna bolita de papel lanzada desde la punta de una pluma iba a estrellarse en su cara. Pero se limpiaba con la mano y permanecía inmóvil con la vista baja.

Por la tarde, en el estudio, sacó sus manguitos del pupitre, puso en orden sus cosas, rayó cuidadosamente el papel. Le vimos trabajar a conciencia, buscando todas las palabras en el diccionario y haciendo un gran esfuerzo. Gracias, sin duda, a la aplicación que demostró, no bajó a la clase inferior, pues, si sabía bastante bien las reglas, carecía de elegancia en los giros. Había empezado el latín con el cura de su pueblo, pues sus padres, por razones de economía, habían retrasado todo lo posible su entrada en el colegio.

Su padre, el señor Charles‑Denis‑Bartholomé Bovary, antiguo ayudante de capitán médico, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento y obligado por aquella época a dejar el servicio, aprovechó sus prendas personales para cazar al vuelo una dote de setenta mil francos que se le presentaba en la hija de un comerciante de géneros de punto, enamorada de su tipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus espuelas, con unas patillas unidas al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el sire de un valentón y la vivacidad desenvuelta de un viajante de comercio. Ya casado, vivió dos o tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en grandes pipas de porcelana, y por la noche no regresaba a casa hasta después de haber asistido a los espectáculos y frecuentado los cafés. Murió su suegro y dejó poca cosa; el yerno se indignó y se metió a fabricante, perdió algún dinero, y luego se retiró al campo donde quiso explotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tanto como de fabricante de telas de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a labrar, bebía la sidra de su cosecha en botellas en vez de venderla por barricas, se comía las más hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de caza con tocino de sus cerdos, no tardó nada en darse cuenta de que era mejor abandonar toda especulación.

Por doscientos francos al año, encontró en un pueblo, en los confines del País de Caux, y de la Picardía, para alquilar una especie de vivienda, mitad granja, mitad casa señorial; y despechado, consumido de pena, envidiando a todo el mundo, se encerró a los cuarenta y cinco años, asqueado de los hombres, decía, y decidido a vivir en paz.

Su mujer, en otro tiempo, había estado loca por él; lo había amado con mil servilismos, que le apartaron todavía más de ella.

En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había vuelto, al envejecer, como el vino destapado que se convierte en vinagre, de humor difícil, chillona y nerviosa. ¡Había sufrido tanto, sin quejarse, al principio, cuando le veía correr detrás de todas las mozas del pueblo y regresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado y apestando a vino! Después, su orgullo se había revelado. Entonces se calló tragándose la rabia en un estoicismo mudo que guardó hasta su muerte.

Siempre andaba de compras y de negocios. Iba a visitar a los procuradores, al presidente de la audiencia, recordaba el vencimiento de las letras, obtenía aplazamientos, y en casa planchaba, cosía, lavaba, vigilaba los obreros, pagaba las cuentas, mientras que, sin preocuparse de nada, el señor, continuamente embotado en una somnolencia gruñona de la que no se despertaba más que para decirle cosas desagradables, permanecía fumando al lado del fuego, escupiendo en las cenizas.

Cuando tuvo un niño, hubo que buscarle una nodriza. Vuelto a casa, el crío fue mimado como un príncipe. Su madre lo alimentaba con golosinas; su padre le dejaba corretear descalzo, y para dárselas de filósofo, decía que incluso podía muy bien ir completamente desnudo, como las crías de los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, él tenía en la cabeza un cierto ideal viril de la infancia según el cual trataba de formar a su hijo, deseando que se educase duramente, a la espartana, para que adquiriese una buena constitución. Le hac(a acostarse en una cams sin calentar, le dabs a beber grandes tragos de ron y le enseñaba a hacer burla de las procesiones. Pero de naturaleza apacible, el niño respondfa mal a los esfuerzos paternos. Su madre le llevaba siempre pegado a sus faldas, le recortaba figuras de cartón, le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos interminables, llenos de alegrías melancólicas y de zalamerías parlanchinas. En la soledad de su vida, trasplantó a aquella cabeza infantil todas sus frustraciones. Soñaba con posiciones elevadas, le veía ya alto, guapo, inteligente, situado, ingeniero de caminos, canales y puertos o magistrado. Le enseñó a leer a incluso, con un viejo piano que tenía, aprendió a cantar dos o tres pequeñas romanzas. Pero a todo esto el señor Bovary, poco interesado por las letras, decía que todo aquello no valía la pena.

¿Tendrían algún día con qué mantenerle en las escuelas del estado, comprarle un cargo o un traspaso de una tienda? Por otra parte, un hombre con tupé triunfa siempre en el mundo. La señora Bovary se mordía los labios mientras que el niño andaba suelto por el pueblo.

Se iba con los labradores y espantaba a terronazos los cuervos que volaban. Comía moras a lo largo de las cunetas, guardaba los pavos con una vara, segaba las mieses, corría por el bosque, jugaba a la rayuela en el pórtico de la iglesia y en las grandes fiestas pedía al sacristán que le dejase tocar las campanas, para colgarse con todo su peso de la cuerda grande y sentirse transportado por ella en su vaivén.

Así creció como un roble, adquiriendo fuertes manos y bellos colores.

A los doce años, su madre consiguió que comenzara sus estudios. Encargaron de ellos al cura. Pero las lecciones eran tan cortas y tan mal aprovechadas, que no podían servir de gran cosa. Era en los momentos perdidos cuando se las daba, en la sacristía, de pie, deprisa, entre un bautizo y un entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno después del Angelus, cuando no tenía que salir. Subían a su cuarto, se instalaban los dos juntos: los moscardones y las mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de la luz. Hacía calor, el chico se dormía, y el bueno del preceptor, amodorrado, con las manos sobre el vientre, no tardaba en roncar con la boca abierta. Otras veces, cuando el señor cura, al regresar de llevar el Viático a un enfermo de los alrededores, veía a Carlos vagando por el campo, le llamaba, le sermoneaba un cuarto de hora y aprovechaba la ocasión para hacerle conjugar un verbo al pie de un árbol. Hasta que venía a interrumpirles la lluvia o un conocido que pasaba. Por lo demás, el cura estaba contento de su discípulo e incluso decía que tenía buena memoria.

Carlos no podía quedarse así. La señora Bovary tomó una decisión. Avergonzado, o más bien cansado, su marido cedió sin resistencia y se aguardó un año más hasta que el chico hiciera la Primera Comunión.

Pasaron otros seis meses, y al año siguiente, por fin, mandaron a Carlos al Colegio de Rouen, adonde le llevó su padre en persona, a finales de octubre, por la feria de San Román.

Hoy ninguno de nosotros podría recordar nada de él. Era un chico de temperamento moderado, que jugaba en los recreos, trabajaba en las horas de estudio, estaba atento en clase, dormía bien en el dormitorio general, comía bien en el refectorio. Tenía por tutor a un ferretero mayorista de la calle Ganterie, que le sacaba una vez al mes, los domingos, después de cerrar su tienda, le hacía pasearse por el puerto para ver los barcos y después le volvía a acompañar al colegio, antes de la cena. Todos los jueves por la noche escribía una larga carta a su madre, con tinta roja y tres lacres; después repasaba sus apuntes de historia, o bien un viejo tomo de Anacharsis que andaba por la sala de estudios. En el paseo charlaba con el criado, que era del campo como él.

A fuerza de aplicación, se mantuvo siempre hacia la mitad de la clase; una vez incluso ganó un primer accéssit de historia natural. Pero, al terminar el tercer año, sus padres le retiraron del colegio para hacerle estudiar medicina, convencidos de que podía por sí solo terminar el bachillerato.

Su madre le buscó una habitación en un cuarto piso, que daba a l'Eau‑de‑Robec, en casa de un tintorero conocido. Ultimó los detalles de la pensión, se procuró unos muebles, una mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa una vieja cama de cerezo silvestre y compró además una pequeña estufa de hierro junto con la leña necesaria para que su pobre hijo se calentara. Al cabo de una semana se marchó, después de hacer mil recomendaciones a su hijo para que se comportase bien, ahora que iba a «quedarse solo».

El programa de asignaturas que leyó en el tablón de anuncios le hizo el efecto de un mazazo: clases de anatomía, patología, fisiología, farmacia, química, y botánica, y de clínica y terapéutica, sin contar la higiene y la materia médica, nombres todos cuyas etimologías ignoraba y que eran otras tantas puertas de santuarios llenos de augustas tinieblas.

No se enteró de nada de todo aquello por más que escuchaba, no captaba nada. Sin embargo, trabajaba, tenía los cuadernos forrados, seguía todas las clases, no perdía una sola visita. Cumplía con su tarea cotidiana como un caballo de noria que da vueltas con los ojos vendados sin saber lo que hace.

Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el recadero, un trozo de ternera asada al horno, con lo que comía a mediodía cuando volvía del hospital dando patadas a la pared. Después había que salir corriendo para las lecciones, al anfiteatro, al hospicio, y volver a casa recorriendo todas las calles. Por la noche, después de la frugal cena de su patrón, volvía a su habitación y reanudaba su trabajo con las ropas mojadas que humeaban sobre su cuerpo delante de la estufa al rojo.

En las hermosas tardes de verano, a la hora en que las calles tibias están vacías, cuando las criadas juegan al volante en el umbral de las puertas, abría la ventana y se asomaba. El río que hace de este barrio de Rouen como una innoble pequeña Venecia, corría allá abajo, amarillo, violeta, o azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a la orilla se lavaban los brazos en el agua.

De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban madejas de algodón puestas a secar al aire. Énfrente, por encima de los tejados, se extendía el cielo abierto y puro, con el sol rojizo del ocaso. ¡Qué bien se debía de estar allí!! ¡Qué frescor bajo el bosque de hayas! Y el muchacho abría las ventanas de la nariz para aspirar los buenos olores del campo, que no llegaban hasta él.

Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión doliente que le hizo casi interesante.

Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las resoluciones que había tomado. Un día faltó a la visita, al siguiente a clase, y saboreando la pereza poco a poco, no volvió más.

Se aficionó a la taberna con la pasión del dominó. Encerrarse cada noche en un sucio establecimiento público, para golpear sobre mesas de mármol con huesecitos de cordero marcados con puntos negros, le parecía un acto precioso de su libertad que le aumentaba su propia estimación. Era como la iniciación en el mundo, el acceso a los placeres prohibidos, y al entrar ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual.

Entonces muchas cosas reprimidas en él se liberaron; aprendió de memoria coplas que cantaba en las fiestas de bienvenida. Se entusiasmó por Béranger, aprendió también a hacer ponche y conoció el amor.

Gracias a toda esa actuación, fracasó por completo en su examen‑de «oficial de sanidad». Aquella misma noche le esperaban en casa para celebrar su éxito.

Marchó a pie y se detuvo a la entrada del pueblo, donde mandó a buscar a su madre, a quien contó todo. Ella le consoló, achacando el suspenso a la injusticia de los examinadores, y le tranquilizó un poco encargándose de arreglar las cosas. Sólo cinco años después el señor Bovary supo la verdad; como ya había pasado mucho tiempo, la aceptó, ya que no podía suponer que un hijo suyo fuese un tonto.

Carlos volvió al trabajo y preparó sin interrupción las materias de su examen cuyas cuestiones se aprendió previamente de memoria. Aprobó con bastante buena nota. ¡Qué día tan feliz para su madre! Hubo una gran cena.

¿Adónde iría a ejercer su profesión? A Tostes. Allí no había más que un médico ya viejo. Desde hacía mucho tiempo la señora Bovary esperaba su muerte, y aún no se había ido al otro barrio el buen señor cuando Carlos estaba establecido frente a su antecesor.

Pero la misión de la señora Bovary no terminó con haber criado a su hijo, haberle hecho estudiar medicina y haber descubierto Tostes para ejercerla: necesitaba una mujer. Y le buscó una: la viuda de un escribano de Dieppe, que tenía cuarenta y cinco años y mil doscientas libras de renta.

Aunque era fea, seca como un palo y con tantos granos en la cara como brotes en una primavera, la verdad es que a la señora Dubuc no le faltaban partidos para escoger. Para conseguir su propósito, mamá Bovary tuvo que espantarlos a todos, y desbarató muy hábilmente las intrigas de un chacinero que estaba apoyado por los curas.

Carlos había vislumbrado en el matrimonio la llegada de una situación mejor, imaginando que sería más libre y que podría disponer de su persona y de su dinero. Pero su mujer fue el ama; delante de todo el mundo él tenía que decir esto, no decir aquello, guardar abstinencia los viernes, vestirse como ella quería, apremiar, siguiendo sus órdenes, a los clientes morosos. Ella le abría las cartas, le seguía los pasos y le escuchaba a través del tabique dar sus consultas cuando tenía mujeres en su despacho.

Había que servirle su chocolate todas las mañanas, y necesitaba cuidados sin fin. Se quejaba continuamente de los nervios, del pecho, de sus humores. El ruido de pasos le molestaba; si se iban, no podía soportar la soledad; volvían a su lado y era para verla morir, sin duda. Por la noche, cuando Carlos regresaba a su casa, sacaba por debajo de sus ropas sus largos brazos flacos, se los pasaba alrededor del cuello y haciéndole que se sentara en el borde de la cama se ponía a hablarle de sus penas: ¡la estaba olvidando, amaba a otra! Ya le habían advertido que sería desgraciada; y terminaba pidiéndole algún jarabe para su salud y un poco más de amor.

Capítulo II

Una noche hacia las once los despertó el ruido de un caballo que se paró justo en la misma puerta. La muchacha abrió la claraboya del desván y habló un rato con un hombre que estaba en la calle. Venía en busca del médico; traía una carta. Anastasia bajó las escaleras tiritando y fue a abrir la cerradura y los cerrojos uno tras otro. El hombre dejó su caballo y entró inmediatamente detrás de ella. Sacó de su gorro de lana con borlas una carta envuelta en un trapo y se la presentó cuidadosamente a Carlos quien se apoyó sobre la almohada para leerla. Anastasia, cerca de la cama, sostenía la luz. La señora, por pudor, permanecía vuelta hacia la pared dando la espalda.

La carta, cerrada con un pequeño sello de cera azul, suplicaba al señor Bovary que fuese inmediatamente a la granja de Les Bertaux para componer una pierna rota. Ahora bien, de Tostes a Les Bertaux hay seis leguas de camino, pasando por Longueville y Saint Victor. La noche estaba oscura. La nueva señora Bovary temía que a su marido le pasara algo. Así que se decidió que el mozo de mulas fuese delante. Carlos se pondría en camino tres horas después, al salir la luna. Enviarían un muchacho a su encuentro para que le enseñase el camino de la granja y le abriese la valla. Hacia las cuatro de la mañana, Carlos, bien enfundado en su abrigo, se puso en camino para Les Bertaux. Todavía medio dormido por el calor del sueño, se dejaba mecer al trote pacífico de su caballo. Cuando éste se paraba instintivamente ante esos hoyos rodeados de espinos que se abren a la orilla de los surcos, Carlos, despertándose sobresaltado, se acordaba de la pierna rota a intentaba refrescar en su memoria todos los tipos de fractura que conocía. Ya había cesado de llover; comenzaba a apuntar el día y en las ramas de los manzanos sin hojas unos pájaros se mantenían inmóviles, erizando sus plumitas al viento frío de la mañana. El campo llano se extendía hasta perderse de vista y los pequeños grupos de árboles en torno a las granjas formaban, a intervalos alejados, unas manchas de un violeta oscuro sobre aquella gran superficie gris que se perdía en el horizonte en el tono mortecino del cielo. Carlos abría los ojos de vez en cuando; después, cansada su mente y volviendo a coger el sueño, entraba en una especie de modorra en la que, confundiéndose sus sensaciones recientes con los recuerdos, se percibía a sí mismo con doble personalidad, a la vez estudiante y casado, acostado en su cama como hacía un momento, atravesando una sala de operaciones como hacía tiempo. El olor caliente de las cataplasmas se mezclaba en su cabeza con el verde olor del rocío; escuchaba correr sobre la barra los anillos de hierro de las camas y oía dormir a su mujer. Al pasar por Vassonville distinguió, a la orilla de una cuneta, a un muchacho joven sentado sobre la hierba.

‑ ¿Es usted el médico? ‑preguntó el chico.

Y a la respuesta de Carlos, cogió los zuecos en la mano y echó a correr delante.

El médico durante el camino comprendió, por lo que decía su guía, que el señor Rouault debía de ser un agricultor acomodado. Se había roto la pierna la víspera, de noche, cuando regresaba de celebrar la fiesta de los Reyes de casa de un vecino. Su mujer había fallecido hacía dos años. No tenía consigo más que a su «señorita», que le ayudaba a llevar la casa. Las rodadas se fueron haciendo más profundas. Se acercaban a Les Bertaux. El jovencito, colándose por un boquete de un seto, desapareció, luego reapareció al fondo de un corral para abrir la barrera. El caballo resbalaba sobre la hierba mojada; Carlos se bajaba para pasar bajo las ramas. Los perros guardianes en la perrera ladraban tirando de las cadenas. Cuando entró en Les Bertaux su caballo se espantó y reculó.

Era una granja de buena apariencia. En las cuadras, por encima de las puertas abiertas, se veían grandes caballos de labranza comiendo tranquilamente en pesebres nuevos. A lo largo de las instalaciones se extendía un estercolero, de donde ascendía un vaho, y en el que entre las gallinas y los pavos picoteaban cinco o seis pavos reales, lujo de los corrales del País de Caux. El corral era largo, el granero era alto, de paredes lisas como la mano. Debajo del cobertizo había dos grandes carros y cuatro arados, con sus látigos, sus colleras, sus aparejos completos cuyos vellones de lana azul se ensuciaban con el fino polvo que caía de los graneros. El corral iba ascendiendo, plantado de árboles simétricamente espaciados, y cerca de la charca se oía el alegre graznido de un rebaño de gansos. Una mujer joven, en bata de merino azul adornada con tres volantes, vino a la puerta a recibir al señor Bovary y le llevó a la cocina, donde ardía un buen fuego, a cuyo alrededor, en ollitas de tamaño desigual, hervía el almuerzo de los jornaleros. En el interior de la chimenea había ropas húmedas puestas a secar. La paleta, las tenazas y el tubo del fuelle, todo ello de proporciones colosales, brillaban corno acero pulido, mientras que a lo largo de las paredes se reflejaba de manera desigual la clara llama del hogar junto con los primeros resplandores del sol que entraba por los cristales.

Carlos subió al primer piso a ver al enfermo. Lo encontró en cama, sudando bajo las mantas y sin su gorro de algodón, que había arrojado muy lejos. Era un hombre pequeño y gordo, de unos cincuenta años, de tez blanca, ojos azules, calvo por delante de la cabeza y que llevaba pendientes. A su lado, sobre una silla, había una gran botella de aguardiente, de la que se servía de vez en cuando para darse ánimos; pero en cuanto vio al médico cesó de exaltarse, y, en vez de jurar como estaba haciendo desde hacía doce horas, empezó a quejarse débilmente.

La fractura era sencilla, sin ninguna complicación. Carlos no se hubiera atrevido a desearla más fácil. Y entonces, recordando las actitudes de sus maestros junto a la cama de los heridos, reconfortó al paciente con toda clase de buenas palabras, caricias quirúrgicas, que son como el aceite con que se engrasan los bisturíes. Para preparar unas tablillas, fueron a buscar en la cochera un montón de listones. Carlos escogió uno, lo partió en pedazos y lo pulió con un vidrio, mientras que la criada rasgaba una sábana para hacer vendas y la señorita Emma trataba de coser unas almohadillas. Como tardó mucho en encontrar su costurero, su padre se impacientó; ella no dijo nada; pero al coser se pinchaba los dedos, que se llevaba enseguida a la boca para chuparlos.

Carlos se sorprendió de la blancura de sus uñas. Eran brillantes, finas en la punta, más limpias que los marfiles de Dieppe y recortadas en forma de almendra. Su mano, sin embargo, no era bonita, quizá no bastante pálida y un poco seca en las falanges; era también demasiado larga y sin suaves inflexiones de líneas en los contornos. Lo que tenía más hermoso eran los ojos; aunque eran castaños, parecían negros a causa de las pestañas, y su mirada franca atraía con una audacia cándida.

Una vez hecha la cura, el propio señor Rouault invitó al médico a tomar un bocado antes de marcharse.

Carlos bajó a la sala, en la planta baja. En una mesita situada al pie de una gran cama con dosel cubierto de tela estampada con personajes que representaban a turcos, había dos cubiertos con vasos de plata. Se percibía un olor a lirio y a sábanas húmedas que salía del alto armario de madera de roble situado frente a la ventana. En el suelo, en los rincones, alineados de pie, había unos sacos de trigo. Era el que no cabía en el granero próximo, al que se subía por tres escalones de piedra. Decorando la estancia, en el centro de la pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un clavo una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que llevaba abajo, escrito en letras góticas: «A mi querido papá.»

Primero hablaron del enfermo, luego del tiempo que hacía, de los grandes fríos, de los lobos que merodeaban por el campo de noche. La señorita Rouault no se divertía nada en el campo, sobre todo ahora que tenía a su cargo ella sola los trabajos de la granja. Como la sala estaba fresca, tiritaba mientras comía, lo cual descubría un poco sus labios carnosos, que tenía la costumbre de morderse en sus momentos de silencio.

Llevaba un cuello vuelto blanco. Sus cabellos, cuyos bandós negros parecían cada uno de una sola pieza de lisos que estaban, se separaban por una raya fina que se hundía ligeramente siguiendo la curva del cráneo, y dejando ver apenas el lóbulo de la oreja, iban a recogerse por detrás en un moño abundante, con un movimiento ondulado hacia las sienes que el médico rural observó entonces por primera vez en su vida. Sus pómulos eran rosados. Llevaba, como un hombre, sujetos entre los dos botones de su corpiño, unos lentes de concha.

Cuando Carlos, después de haber subido a despedirse del señor Rouault, volvió a la sala antes de marcharse, encontró a la señorita de pie, la frente apoyada en la ventana y mirando al jardín donde el viento había tirado los rodrigones de las judías. Se volvió.

‑ ¿Busca algo? ‑preguntó.

‑ Mi fusta, por favor ‑repuso el médico.

Y se puso a buscar sobre la cama, detrás de las puertas, debajo de las sillas; se había caído al suelo entre los sacos y la pared. La señorita Emma la vio; se inclinó sobre los sacos de trigo. Carlos, por galantería, se precipitó hacia ella y, al alargar también el brazo en el mismo movimiento, sintió que su pecho rozaba la espalda de la joven, inclinada debajo de él. Emma se incorporó toda colorada y le miró por encima del hombro mientras le alargaba el látigo.

En vez de volver a Les Bertaux tres días después, como había prometido, volvió al día siguiente, luego dos veces por semana regularmente, sin contar las visitas inesperadas que hacía de vez en cuando, como sin dar importancia.

Por lo demás, todo fue bien; el proceso de curación fue normal, y cuando, al cabo de cuarenta y seis días, vieron que el tío Rouault comenzaba a caminar solo por su chabola, empezaron a considerar al señor Bovary como un hombre de gran capacidad. El tío Rouault decía que no le habrían curado mejor los médicos de Yvetot o incluso los de Rouen.

En cuanto a Carlos, no se esforzaba mucho en averiguar por qué iba a Les Bertaux de buena gana. De habérselo planteado, sin duda habría atribuido su celo a la gravedad del caso, o quizás al provecho que esperaba sacar. ¿Era ésta la razón por la que, a pesar de todo, sus visitas a la granja constituían, entre las pobres ocupaciones de su vida, una excepción encantadora? Aquellos días se levantaba temprano, partía al galope, picaba su caballo, después bajaba para limpiarse los pies en la hierba, y se ponía los guantes negros antes de entrar. Le gustaba que lo vieran llegar al corral, sentir contra el hombro la barrera que giraba, oír cantar el gallo en la pared y ver a los chicos que venían a su encuentro. Le gustaba el granero y las caballerizas; quería al tío Rouault, que le daba palmaditas en la mano llamándole su salvador; le gustaban los pequeños zuecos de la señorita Emma sobre las baldosas bien lavadas de la cocina; sus altos tacones aumentaban su estatura, y, cuando caminaba delante de él, las suelas de madera, que se levantaban rápidamente, chasqueaban con un ruido seco contra el cuero de la botina.

Ella le acompañaba siempre hasta el primer peldaño de la escalinata. Hasta que no le traín el caballo, esperaba allí. Como ya se habían despedido, no se hablaban más; el aire libre la envolvía arremolinando los finos cabellos locuelos de su nuca o agitándole sobre la cadera las cintas del delantal que se enroscaban como gallardetes. Una vez, en época de deshielo, la corteza de los árboles chorreaba en el corral, la nieve se derretía sobre los tejados de los edificios. Emma estaba en el umbral de la puerta; fue a buscar su sombrilla y la abrió. La sombrilla, de seda de cuello de paloma, atravesada por el sol, iluminaba con reflejos móviles la piel blanca de su cara. Ella sonreía debajo del tibio calorcillo y se oían caer sobre el tenso muaré, una a una, las gotas de agua.

En los primeros tiempos en que Carlos frecuentaba Les Bertaux, su mujer no dejaba de preguntar por el enfermo, a incluso en el libro que llevaba por partida doble había escogido para el tío Rouault una bella página. Pero cuando supo que tenía una hija, se informó; y se enteró de que la señorita Rouault, educada en el convento, con las Ursulinas, había recibido lo que se dice una esmerada educación, y sabía, por tanto, danza, geografía, dibujo, bordar y tocar el piano. ¡Fue el colmo!

‑ ¿Así es que por esto ‑se decía‑ se le alegra la cara cuando va a verla, y se pone el chaleco sin miedo a que se lo estropee la lluvia? ¡Ah, esa mujer!, ¡esa mujer!

Y la detestó instintivamente. Al principio se desahogó con alusiones que Carlos no comprendió; luego, con reflexiones ocasionales que él dejaba pasar por miedo a la tormenta; finalmente, con ataques a quemarropa a los que no sabía qué contestar.

‑ ¿Por qué volvía a Les Bertaux, si el tío Rouault estaba curado y aquella gente aún no había pagado? ¡Ah!, es que había allí una persona, alguien que sabía llevar una conversación, bordar, una persona instruida. Era esto lo que le gustaba: ¡necesitaba señoritas de ciudad! Y proseguía:

‑ ¡La hija del tío Rouault, una señorita de ciudad!

¡Bueno, si su abuelo era pastor y tienen un primo que ha estado a punto de ser procesado por golpes en una disputa! No vale la pena darse tanto pisto ni presumir los domingos en la iglesia con un traje de seda como una condesa. Además, ¡pobre hombre, que, si no fuera por las colzas del año pasado, habría tenido problemas para pagar deudas pendientes!

Por cansancio, Carlos dejó de volver a Les Bertaux. Eloísa le había hecho jurar con la mano sobre el libro de misa, después de muchos sollozos y besos, en una gran explosión de amor, que no volvería más. Así que obedeció; pero la audacia de su deseo protestó contra el servilismo de su conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, estimó que esta prohibición de verla era para él como un derecho a amarla. Y además, la viuda estaba flaca; tenía grandes pretensiones, llevaba siempre un pequeño chal negro cuya punta le caía entre los omóplatos; su talle seco iba siempre envuelto en unos vestidos a modo de funda, demasiado cortos, que dejaban ver los tobillos, con las cintas de sus holgados zapatos trenzados sobre sus medias grises.

La madre de Carlos iba a verles de vez en cuando; pero al cabo de unos días la nuera parecía azuzarla contra su hijo, y entonces, como dos cuchillos, se dedicaban a mortificarle con sus reflexiones y sus observaciones. ¡Hacía mal en comer tanto! ¿Por qué convidar siempre a beber al primero que llegaba? ¡Qué terquedad en no querer llevar ropa de franela!

Ocurrió que, a comienzos de la primavera, un notario de Ingouville, que tenía fondos de la viuda Dubuc, se embarcó un buen día, llevándose consigo todo el dinero de la notaría. Es verdad que Eloísa poseía también, además de una parte de un barco valorada en seis mil francos, su casa de la calle Saint-François; y, sin embargo, de toda esta fortuna tan cacareada, no se había visto en casa más que algunos pocos muebles y cuatro trapos. Había que poner las cosas en claro. La casa de Dieppe estaba carcomida de hipotecas hasta sus cimientos; lo que ella había depositado en casa del notario sólo Dios lo sabía, y la parte del barco no pasó de mil escudos. ¡Así que la buena señora había mentido! En su exasperación, el señor Bovary padre, rompiendo una silla contra el suelo, acusó a su mujer de haber causado la desgracia de su hijo uniéndole a semejante penco, cuyos arreos no valían nada. Fueron a Tostes. Se explicaron. Hubo escenas. Eloísa, llorando, se echó en brazos de su marido, le conjuró a que la protegiera de sus padres. Carlos quiso hablar por ella. Los padres se enfadaron y se marcharon.

Pero el mal estaba hecho. Ocho días después, cuando Eloísa estaba tendiendo ropa en el corral, escupió sangre, y al día siguiente, mientras Carlos se había vuelto de espaldas para correr la cortina de la ventana, la mujer dijo: «¡Ah!, Dios mío», lanzó un suspiro y se desvaneció. Estaba muerta. ¡Qué golpe!

Cuando todo acabó en el cementerio, Carlos volvió a casa. No encontró a nadie abajo; subió al primero, a la habitación, vio el vestido de su mujer todavía colgado en la alcoba; entonces, apoyándose en el escritorio, permaneció hasta la noche sumido en un doloroso sueño. Después de todo, la había querido.

Capítulo III

Una mañana el tío Rouault fue a pagar a Carlos los honorarios por el arreglo de su pierna: setenta y cinco francos en monedas de cuarenta sueldos, y un pavo. Se había enterado de la desgracia y le consoló como pudo.

‑ Ya sé lo que es eso ‑decía, dándole palmaditas en el hombro‑, yo también he pasado por ese trance. Cuando perdí a mi pobre difunta, me iba por los campos para estar solo, caía al pie de un árbol, lloraba, invocaba a Dios, le decía tonterías; hubiera querido estar como los topos, que veía colgados de las ramas con el vientre corroído por los gusanos, muerto, en una palabra. Y cuando pensaba que otros en aquel momento estaban estrechando a sus buenas mujercitas, golpeaba fuertemente con mi bastón, estaba como loco, ya no comía; la sola idea de ir al café puede creerme, me asqueaba. Pues bien, muy suavemente, un día tras otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando brizna a brizna, migaja a migaja; aquello se fue, desapareció, bajó, es un decir, pues siempre queda algo en el fondo, como quien dice... un peso aquí, en el pecho. Pero como es el destino de todos, no hay que dejarse decaer y, porque otros hayan muerto, querer morir... Hay que reanimarse, señor Bovary; ¡eso le pasará! Venga a vernos; mi hija piensa en usted de vez en cuando, ya lo sabe usted..., y ella dice, ya lo sabe también, que usted la olvida. Pronto llegará la primavera; iremos a tirar a los conejos para que se distraiga un poco.

Carlos siguió su consejo. Volvió a Les Bertaux, encontró todo como el día anterior, es decir, como hacía cinco meses. Los perales estaban ya en flor, y el buen señor Rouault, ya curado, iba y venía, lo cual daba más vida a la granja.

Creyéndose en el deber de prodigar al médico las mayores cortesías posibles por su luto reciente, le rogó que no se descubriera, le habló en voz baja, como si hubiera estado enfermo, e incluso aparentó enfadarse porque no se había prepárado para él algo más ligero que para los demás, como unos tarritos de nata o unas peras cocidas. Contó chistes. Carlos hasta llegó a reír; pero al recordar de pronto a su mujer se entristeció. Sirvieron el café; y ya no volvió a pensar en ella.

Recordó menos, a medida que se iba acostumbrando a vivir solo. El nuevo atractivo de la independencia pronto le hizo la soledad más soportable. Ahora podía cambiar las horas de sus comidas, entrar y salir sin dar explicaciones, y, cuando estaba muy cansado, extender brazos y piernas a todo lo ancho de su cama. Así que se cuidó, se dio buena vida y aceptó los consuelos que le daban. Por otra parte, la muerte de su mujer no le había perjudicado en su profesión, pues durante un mes se estuvo hablando de él: «¡Este pobre joven!, ¡qué desgracia!»

Su nombre se había extendido, su clientela se había acrecentado; y además iba a Les Bertaux con toda libertad. Tenía una esperanza indefinida, una felicidad vaga; se encontraba la cara más agradable cuando se cepillaba sus patillas delante del espejo.

Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo; entró en la cocina, pero al principio no vio a Emma; los postigos estaban cerrados. Por las rendijas de la madera, el sol proyectaba sobre las baldosas grandes rayas delgadas que se quebraban en las aristas de los muebles y temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban por los vasos sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo. La luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba de un suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba Emma cosiendo; no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían gotitas de sudor.

Según costumbre del campo, le invitó a tomar algo. Él no aceptó, ella insistió, y por fin propuso, riendo, tomar juntos una copita de licor. Fue a buscar en la alacena una botella de curaçao, alcanzó dos copitas, llenó una hasta el borde, echó unas gotas en la otra, y, después de brindar, la llevó a sus labios. Como estaba casi vacía, se echaba hacia atrás para beber; y, con la cabeza inclinada hacia atrás, los labios adelantados, el cuello tenso, se reía de no sentir nada, mientras que, sacando la punta de la lengua entre sus finos dientes, lamía despacito el fondo del vaso.

Volvió a sentarse y reanudó su labor, el zurcido de una media de algodón blanca; trabajaba con la frente inclinada; no hablaba, Carlos tampoco. El aire que pasaba por debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las baldosas. Carlos to miraba arrastrarse, y sólo oía el martilleo interior de su cabeza y el cacareo lejano de una gallina que había puesto en el corral. Emma, de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con la palma de las manos, que luego enfriaba en el pomo de hierro de los grandes morillos.

Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le preguntó si le sentarían bien los baños de mar; se puso a hablar del convento, Carlos de su colegio, y se animó la conversación. Subieron al cuarto de Emma. Le enseñó sus antiguos cuadernos de música, los libritos que le habían dado de premio y las coronas de hojas de roble abandonadas en el cajón de un armario. Le habló también de su madre, del cementerio, a incluso le enseñó en el jardín el arriate donde cogía las flores, todos los primeros viernes de mes, para ir a ponérselas sobre su tumba. Pero el jardinero que tenían no entendía nada de flores; ¡tenían tan mal servicio! A ella le habría gustado, aunque sólo fuera en invierno, vivir en la ciudad, por más que los días largos de buen tiempo hiciesen tal vez más aburrido el campo en verano y según lo que decía, su voz era clara, aguda, o, languideciendo de repente, arrastraba unas modulaciones que acababan casi en murmullos, cuando se hablaba a sí misma, ya alegre, abriendo unos ojos ingenuos, o ya entornando los párpados, con la mirada anegada de aburrimiento y el pensamiento errante.

Por la noche, al volver a casa, Carlos repitió una a una las frases que Emma había dicho, tratando de recordarlas, de completar su sentido, a fin de reconstruir la porción de existencia que ella había vivido antes de que él la conociera. Pero nunca pudo verla en su pensamiento de modo diferente a como la había visto la primera vez, o tal como acababa de dejarla hacía un momento. Después se preguntó qué sería de ella, si se casaría, y con quién, ¡ay!, el tío Rouault era muy rico, y ella... ¡tan guapa! Pero la cara de Emma volvía siempre a aparecérsele ante sus ojos y en sus oídos resonaba algo monótono como el zumbido de una peonza: «¡Y si te casaras!, ¡si te casaras!» Aquella noche no durmió, tenía un nudo en la garganta, tenía sed; se levantó a beber agua y abrió la ventana; el cielo estaba estrellado, soplaba un viento cálido, ladraban perros a lo lejos. Carlos volvió la cabeza hacia Les Bertaux. Pensando que, después de todo, no arriesgaba nada, se prometió a sí mismo hacer la petición en cuanto se le presentara la ocasión; pero cada vez que se le presentó, el temor de no encontrar las palabras apropiadas le sellaba los labios.

Al tío Rouault no le hubiera disgustado que le liberasen de su hija, que le servía de poco en su casa. En su fuero interno la disculpaba, reconociendo que tenía demasiado talento para dedicarse a las faenas agrícolas, oficio maldito del cielo, ya que con él nadie se hacía millonario. Lejos de haber hecho fortuna, el buen hombre salía perdiendo todos los años, pues si en los mercados se movía muy bien, complaciéndose en las artimañas del oficio, por el contrario, el trabajo del campo propiamente dicho, con el gobierno de la granja, le gustaba menos que a nadie. Siempre con las manos en los bolsillos, no escatimaba gasto para darse buena vida, pues quería comer bien, estar bien calentito y dormir en buena cama. Le gustaba la sidra fuerte, las piernas de cordero poco pasadas, y los «glorias» bien batidos. Comía en la cocina, solo, delante del fuego, en una mesita que le llevaban ya servida, como en el teatro.

Así que viendo que Carlos se ponía colorado cuando estaba junto a su hija, lo cual significaba que uno de aquellos días la pediría en matrimonio, fue rumiando por anticipado todo el asunto. Lo encontraba un poco alfeñique, y no era el yerno que habría deseado; pero tenía fama de buena conducta, económico instruido, y, sin duda, no regatearía mucho por la dote. Ahora bien, como el tío Rouault iba a tener que vender veintidós acres de su hacienda, pues debía mucho al albañil, mucho al guarnicionero, y había que cambiar el árbol del lagar, se dijo:

‑ Si me la pide, se la doy.

Por San Miguel, Carlos fue a pasar tres días a Les Bertaux. El último día transcurrió como los anteriores, aplazando su declaración de cuarto en cuarto de hora. El tío Rouault lo acompañó un trecho; iban por un camino hondo, estaban a punto de despedirse; era el momento. Carlos se señaló como límite el recodo del seto, y por fin, cuando lo sobrepasó, murmuró:

‑ Señor Rouault, quisiera decirle una cosa.

Se pararon. Carlos callaba.

‑ Pero ¡cuénteme su historia!, ¿se cree que no estoy ya enterado de todo? ‑dijo el tío Rouault, riendo suavemente.

‑ Tío Rouault..., tío Rouault... ‑balbució Carlos.

‑ Yo no deseo otra cosa ‑continuó el granjero‑. Aunque sin duda la niña piensa como yo, habrá que pedirle su parecer. Bueno, váyase; yo me vuelvo a casa. Si es que sí, óigame bien, no hace falta que vuelva, por la gente, y, además, a ella le impresionaría demasiado. Pero, para que usted no se consuma de impaciencia, abriré de par en par el postigo de la ventana contra la pared: usted podrá verlo mirando atrás, encaramándose sobre el seto.

Y se alejó.

Carlos ató su caballo a un árbol. Corrió a apostarse en el sendero; esperó. Pasó media hora, después contó diecinueve minutos por su reloj. De pronto se produjo un ruido contra la pared; se había abierto el postigo, la aldabilla temblaba todavía. Al día siguiente, a las nueve, estaba en la granja. Emma se puso colorada cuando entró, pero, se sostuvo, se esforzó por sonreír un poco. El tío Rouault abrazó a su futuro yerno. Se pusieron a hablar de las cuestiones de intereses; por otra parte, tenían tiempo por delante, puesto que no estaba bien que se celebrase la boda hasta que terminase el luto de Carlos; es decir, hacia la primavera del año siguiente.

En esta espera transcurrió el invierno. La señorita Rouault se ocupó de su equipo. Una parte de él lo encargó a Rouen, y ella misma se hizo camisas y gorros de noche con arreglo a dibujos de modas que le prestaron. En las visitas que Carlos hacía a la granja hablaban de los preparativos de la boda; se preguntaba dónde se daría el banquete; pensaban en la cantidad de platos que pondrían y qué entrantes iban a servir.

A Emma, por su parte, le hubiera gustado casarse a medianoche, a la luz de las antorchas; pero el tío Rouault no compartió en absoluto esta idea. Se celebró, pues, una boda en la que hubo cuarenta y tres invitados, estuvieron dieciséis horas sentados a la mesa, y la fiesta se repitió al día siguiente y un poco los días sucesivos.

Capítulo IV

Los invitados llegaron temprano en coches (carricoches de un caballo), charabanes de dos ruedas, viejos cabriolets sin capota, jardineras con cortinas de cuero, y los jóvenes de los pueblos más cercanos, en carretas, de pie, en fila, con las manos apoyadas sobre los adrales para no caerse, puesto que iban al trote y eran fuertemente zarandeados. Vinieron de diez leguas a la redonda, de Godeville, de Normanville y de Cany. Habían invitado a todos los parientes de las dos familias, se habían reconciliado con los amigos con quienes estaban reñidos, habían escrito a los conocidos que no habían visto desde hacía mucho tiempo.

De vez en cuando se oían latigazos detrás del seto; enseguida se abría la barrera: era un carricoche que entraba. Galopando hasta el primer peldaño de la escalinata, paraba en seco y vaciaba su carga, que salía por todas partes frotándose las rodiIlas y estirando los brazos. Las señoras, de gorro, llevaban vestidos a la moda de la ciudad, cadenas de reloj de oro, esclavinas con las puntas cruzadas en la cintura o pequeños chales de color sujetos a la espalda con un alfiler dejando el cuello descubierto por detrás. Los chicos, vestidos como sus papás, parecían incómodos con sus trajes nuevos (muchos incluso estrenaron aquel día el primer par de botas de su vida), y al lado de ellos se veía, sin decir ni pío, con el vestido blanco de su primera comunión alargado para la ocasión, a alguna muchachita espigada de catorce o dieciséis años, su prima o tal vez su hermana menor, coloradota, atontada, con el pelo brillante de fijador de rosa y con mucho miedo a ensuciarse los guantes. Como no había bastantes mozos de cuadra para desenganchar todos los coches, los señores se remangaban y ellos mismos se ponían a la faena.

Según su diferente posición social, vestían fracs, levitas, chaquetas, chaqués; buenos trajes que conservaban como recuerdo de familia y que no salían del armario más que en las solemnidades; levitas con grandes faldones flotando al viento, de cuello cilíndrico y bolsillos grandes como sacos; chaquetas de grueso paño que combinaban ordinariamente con alguna gorra con la visera ribeteada de cobre; chaqués muy cortos que tenían en la espalda dos botones juntos como un par de ojos, y cuyos faldones parecían cortados del mismo tronco por el hacha de un carpintero. Había algunos incluso, aunque, naturalmente, éstos tenían que comer al fondo de la mesa, que llevaban blusas de ceremonia, es decir, con el cuello vuelto sobre los hombros, la espalda fruncida en pequeños pliegues y el talle muy bajo ceñido por un cinturón cosido.

Y las camisas se arqueaban sobre los pechos como corazas. Todos iban con el pelo recién cortado, con las orejas despejadas y bien afeitados; incluso algunos que se habían levantado antes del amanecer, como no veían bien para afeitarse, tenían cortes en diagonal debajo de la nariz o a lo largo de las mejillas raspaduras del tamaño de una moneda de tres francos que se habían hinchado por el camino al contacto con el aire libre, lo cual jaspeaba un poco de manchas rosas todas aquellas gruesas caras blancas satisfechas.

Como el ayuntamiento se encontraba a una media legua de la finca, fueron y volvieron, una vez terminada la ceremonia en la iglesia. El cortejo, al principio compacto como una sola cinta de color que ondulaba en el campo, serpenteando entre el trigo verde, se alargó enseguida y se cortó en grupos diferentes que se rezagaban charlando. El violinista iba en cabeza, con su violín engalanado de cintas; a continuación, marchaban los novios, los padres, los amigos todos revueltos, y los niños se quedaban atrás, entreteniéndose en arrancar las campanillas de los tallos de avena o peleándose sin que ellos los vieran. El vestido de Emma, muy largo, arrastraba un poco; de vez en cuando, ella se paraba para levantarlo, y entonces, delicadamente, con sus dedos enguantados, se quitaba las hierbas ásperas con los pequeños pinchos de los cardos, mientras que Carlos, con las manos libres, esperaba a que ella hubiese terminado. El tío Rouault, tocado con su sombrero de seda nuevo y con las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba su brazo a la señora Bovary madre. En cuanto al señor Bovary padre, que, despreciando a toda aquella gente, había venido simplemente con una levita de una fila de botones de corte militar, prodigaba galanterías de taberna a una joven campesina rubia. Ella las acogía, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían travesuras por detrás, provocando anticipadamente el jolgorio; y, aplicando el oído, se seguía oyendo el rasgueo del violinista, que continuaba tocando en pleno campo. Cuando se daba cuenta de que la gente se retrasaba, se paraba a tomar aliento, enceraba, frotaba con colofonia su arco para que las cuerdas chirriasen mejor, y luego reemprendía su marcha bajando y subiendo alternativamente el mástil de su violín para marcarse bien el compás a sí mismo. El ruido del instrumento espantaba de lejos a los pajaritos.

La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas. En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa, presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en arabescos de finos rasgos. Habían ido a buscar un pastelero a Yvetot para las tortadas y los guirlaches. Como debutaba en el país, se esmeró en hacer bien las cosas; y, a los postres, él mismo presentó en la mesa una pieza montada que causó sensación. Primeramente, en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas, cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta.

Estuvieron comiendo hasta la noche. Cuando se cansaban de estar sentados se paseaban por los patios o iban a jugar un partido de chito al granero, después volvían a la mesa. Algunos, hacia el final, se quedaron dormidos y roncaron. Pero a la hora del café todo se reanimó; empezaron a cantar, probaron su fuerza, transportaban pesos, hacían con los pulgares gestos de un gusto dudoso, intentaban levantar las carretas sobre sus hombros, se contaban chistes picantes, abrazaban a las señoras. De noche, a la hora de marcharse, los caballos, hartos de avena hasta las narices, tuvieron dificultades para entrar en los varales; daban coces, se encabritaban, los arreos se rompían, sus amos blasfemaban o reían; y toda la noche, a la luz de la luna, por los caminos del país pasaron carricoches desbocados que corrían a galope tendido, dando botes en las zanjas, saltando por encima de la grava, rozando con los taludes, con mujeres que se asomaban por la portezuela para coger las riendas.

Los que quedaron en Les Bertaux pasaron la noche bebiendo en la cocina. Los niños se habían quedado dormidos debajo de los bancos.

La novia había suplicado a su padre que le evitasen las bromas de costumbre. Sin embargo, un primo suyo, pescadero (que incluso había traído como regalo de bodas un par de lenguados), empezaba a soplar agua con su boca por el agujero de la cerradura, cuando llegó el señor Rouault en el preciso momento para impedirlo, y le explicó que la posición seria de su yerno no permitía tales inconveniencias. El primo, a pesar de todo, cedió difícilmente ante estas razones. En su interior acusó al señor Rouault de estar muy orgulloso y fue a reunirse a un rincón con cuatro o cinco invitados que, habiéndoles tocado por casualidad varias veces seguidas los peores trozos de las carnes, murmuraban en voz baja del anfitrión y deseaban su ruina con medias palabras.

La señora Bovary madre no había despegado los labios en todo el día. No le habían consultado ni sobre el atuendo de la nuera ni sobre los preparativos del festín; se retiró temprano. Su esposo, en vez de acompañarla, marchó a buscar cigarros a Saint‑Victor y fumó hasta que se hizo de día, sin dejar de beber grogs de kirsch, mezcla desconocida para aquella gente, y que fue para él como un motivo de que le tuviesen una consideración todavía mayor.

Carlos no era de carácter bromista, no se había lucido en la boda. Respondió mediocremente a las bromas, retruécanos, palabras de doble sentido, parabienes y palabras picantes que tuvieron a bien soltarle desde la sopa.

Al día siguiente, por el contrario, parecía otro hombre... Era más bien él a quien se hubiera tomado por la virgen de la víspera, mientras que la recién casada no dejaba traslucir nada que permitiese sospechar lo más mínimo. Los más maliciosos sabían qué decir, y cuando pasaba cerca de ellos la miraban con una atención desmesurada. Pero Carlos no disimulaba nada, le llamaba «mi mujer», la tuteaba, preguntaba por ella a todos, la buscaba por todas partes y muchas veces se la llevaba a los patios donde de lejos le veían, entre los árboles, estrechándole la cintura y caminando medio inclinado sobre ella, arrugándole con la cabeza el bordado del corpiño.

Dos días después de la boda los esposos se fueron: Carlos no podía ausentarse por más tiempo a causa de sus enfermos. El tío Rouault mandó que los llevaran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí besó a su hija por última vez, se apeó y volvió a tomar su camino. Cuando llevaba andados cien pasos aproximadamente, se paró, y, viendo alejarse el carricoche, cuyas ruedas giraban en el polvo, lanzó un gran suspiro. Después se acordó de su boda, de sus tiempos de antaño del primer embarazo de su mujer; estaba muy contento también él el día en que la había trasladado de la casa de sus padres a la suya, cuando la llevaba a la grupa trotando sobre la nieve, pues era alrededor de Navidad y el campo estaba todo blanco; ella se agarraba a él por un brazo mientras que del otro colgaba su cesto; el viento agitaba los largos encajes de su tocado del País de Caux, que le pasaban a veces por encima de la boca, y, cuando él volvía la cabeza, veía cerca, sobre su hombro, su carita sonrosada que sonreía silenciosamente bajo la chapa de oro de su gorro. Para recalentarse los dedos, se los metía de vez en cuando en el pecho. ¡Qué viejo era todo esto! ¡Su hijo tendría ahora treinta años! Entonces miró atrás, no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa sin muebles; y mezclando los tiernos recuerdos a los negros pensamientos en su cerebro nublado por los vapores de la fiesta, le dieron muchas ganas de ir un momento a dar una vuelta cerca de la iglesia. Como, a pesar de todo, temió que esto le pusiese más triste todavía, se volvió directamente a casa.

El señor y la señora Bovary llegaron a Tostes hacia las seis. Los vecinos se asomaron a las ventanas para ver a la nueva mujer del médico.

La vieja criada se presentó, la saludó, pidió disculpas por no tener preparada la cena a invitó a la señora, entretanto, a conocer la casa.

Capítulo V

La fachada de ladrillos se alineaba justo con la calle, o más bien con la carretera. Detrás de la puerta estaban colgados un abrigo de esclavina, unas bridas de caballo, una gorra de visera de cuero negro y en un rincón, en el suelo, un par de polainas todavía cubiertas de barro seco. A la derecha estaba la sala, es decir, la pieza que servía de comedor y de sala de estar. Un papel amarillo canario, orlado en la parte superior por una guirnalda de flores pálidas, temblaba todo él sobre la tela poco tensa; unas cortinas de calicó blanco, ribeteadas de una trencilla roja, se entrecruzaban a lo largo de las ventanas, y sobre la estrecha repisa de la chimenea resplandecía un reloj con la cabeza de Hipócrates entre dos candelabros chapados de plata bajo unos fanales de forma ovalada. Al otro lado del pasillo estaba el consultorio de Carlos. Pequeña habitación de unos seis pasos de ancho, con una mesa, tres sillas y un sillón de despacho. Los tomos del Diccionario de Ciencias Médicas, sin abrir, pero cuya encuadernación en rústica había sufrido en todas las ventas sucesivas por las que había pasado, llenaban casi ellos solos los seis estantes de una biblioteca de madera de abeto. El olor de las salsas penetraba a través de la pared durante las consultas, lo mismo que se oía desde la cocina toser a los enfermos en el despacho y contar toda su historia. Venía después, abierta directamente al patio, donde se encontraba la caballeriza, una gran nave deteriorada que tenía un horno, y que ahora servía de leñera, de bodega, de almacén, llena de chatarras, de toneles vacíos, de aperos de labranza fuera de uso, con cantidad de otras cosas llenas de polvo cuya utilidad era imposible adivinar.

La huerta, más larga que ancha, llegaba, entre dos paredes de adobe cubiertas de albaricoqueros en espaldera, hasta un seto de espinos que la separaba de los campos. Había en el centro un cuadrante solar de pizarra sobre un pedestal de mampostería; cuatro macizos de enclenques escaramujos rodeaban simétricamente el cuadro más útil de las plantaciones serias. Al fondo de todo, bajo las piceas, una figura de cura, de escayola, leía su breviario.

Emma subió a las habitaciones. La primera no estaba amueblada; pero la segunda, que era la habitación de matrimonio, tenía una cama de caoba en una alcoba con colgaduras rojas. Una caja de conchas adornaba la cómoda y, sobre el escritorio, al lado de la ventana, había en una botella un ramo de azahar atado con cintas de raso blanco. Era un ramo de novia; ¡el ramo de la otra! Ella lo miró. Carlos se dio cuenta de ello, lo cogió y fue a llevarlo al desván, mientras que, sentada en una butaca (estaban colocando sus cosas alrededor de ella), Emma pensaba adónde iría a parar su ramo de novia, que estaba embalado en una caja de cartón, si por casualidad ella llegase a morir.

Los primeros días se dedicó a pensar en los cambios que iba a hacer en su casa. Retiró los globos de los candelabros, mandó empapelar de nuevo, pintar la escalera y poner bancos en el jardín, alrededor del reloj de sol; incluso preguntó qué había que hacer para tener un estanque con surtidor de agua y peces. Finalmente, sabiendo su marido que a ella le gustaba pasearse en coche, encontró uno de ocasión, que, una vez puestas linternas nuevas y guardabarros de cuero picado, quedó casi como un tílburi.