Marido de 9 a 5 - Susan Meier - E-Book

Marido de 9 a 5 E-Book

Susan Meier

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Beschreibung

Durante tres días gloriosos, Molly había sido la esposa de Jack Cavanaugh... o eso pensaba ella. Un golpe en la cabeza la hizo creer que estaba casada con su maravilloso jefe, y Jack no tuvo más elección que seguirle el juego.. por orden del médico, según él. Pero parecía que realmente había disfrutado de sus atenciones conyugales. Quizá no fuera un sueño imposible que su fantasía se hiciera realidad…

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Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Harlequin Books S.A.

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Marido de 9 a 5, n.º 1099- febrero 2022

Título original: Husband from 9 to 5

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-543-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

NO vienes?

Molly Doyle alzó la vista del anuncio que repasaba para ver a su jefe, el alto, moreno y demoledor Jack Cavanaugh, director de publicidad de Barrington Corporation, de pie ante su umbral.

Con las dos manos apoyadas sobre el marco por encima de la cabeza, Jack llenaba con facilidad el espacio vacío. La chaqueta verde oliva colgaba abierta, revelando la corbata verde lisa y la camisa blanca que ceñía su ancho torso y cintura estrecha. Su pelo castaño oscuro estaba lo bastante revuelto como para que Molly supiera que probablemente se lo había arreglado con los dedos durante el transcurso de la ajetreada tarde.

Molly apenas pudo contener un suspiro apreciativo.

—Sí, voy —dijo, pronunciando con cuidado cada palabra para evitar tartamudear, ya que el hombre era demasiado sexy para que una mujer cuerda retuviera la serenidad al hallarse en la misma habitación que él. Pero Molly se hallaba incluso en peor forma que la media femenina. Llevaba trabajando con Jack más de cuatro años y en ese tiempo se había enamorado perdidamente de él. Para ella no sólo era un hombre atractivo, no, sino que representaba la perfección. Con sólo mirarlo se le aflojaban las rodillas.

Por desgracia, ni una sola vez en cuatro años había detectado surtir el mismo efecto en él. De hecho, no despertaba ningún sentimiento en Jack, razón por la que ocultaba los suyos con sumo cuidado. Él salía a desayunar, almorzar y cenar con casi todo el mundo de su departamento, pero aparte de una conversación superficial, Molly aún no había compartido nada con él. Algunas de sus amigas conjeturaban que eso se debía a que sentía algo por ella, y no sabía cómo demostrarlo, por lo que temía quedarse a solas con Molly. Otras pensaban que no estaban próximos como el resto del departamento porque no le planteaba ningún problema que él tuviera que solucionar. Y unas pocas consideraban que Jack era denso, y que si alguien iba a dar el primer paso, ésa debía ser ella.

—Iré en un minuto. Quería echarle un vistazo a…

—Hmm —musitó Jack y se colocó detrás de su silla. Antes de que Molly se diera cuenta de lo que pensaba hacer, la apartó del escritorio. Entonces la aferró por los brazos y la obligó a levantarse—. He dicho que esta noche nadie se queda a trabajar hasta tarde. Vamos a ir a Mahoney’s. Las copas son por mi cuenta, ¿recuerdas?

Allí donde Jack la tocaba sentía la piel encendida. Los siguientes diez segundos, Molly tuvo suerte de poder recordar su nombre, menos aún los planes que él había hecho para la celebración de esa noche. Tardó un minuto en recuperar el equilibrio. Entonces carraspeó.

—Sí, lo recuerdo.

—Bien. Ponte la chaqueta —se dirigió a la puerta, pero entonces se detuvo—. Has venido con el coche, ¿verdad?

Estuvo tentada de decirle que no, aunque sólo fuera para poner a prueba las teorías de los demás. Si le informaba de que no había llevado su coche, sin duda la invitaría a ir con él. Luego tendría que llevarla a casa. Y quizá, sólo quizá…

Meneó la cabeza como si quisiera despejarla de una bruma. Tenía coche. Si lo dejaba allí, no dispondría de él para ir al trabajo por la mañana. Además, Jack sabía que conducía un pequeño Lexus blanco, regalo de sus padres. Si lo veía de camino a su Blazer, sabría que había mentido y así lo estropearía todo, porque no imaginaba al íntegro, honesto y honorable Jack Cavanaugh casándose con una mentirosa… sin importar lo buenas que fueran sus intenciones.

—Tengo el coche. De ese modo si quiero marcharme pronto…

—Nadie va a marcharse pronto —interrumpió él, sonriendo—. Es una celebración. Fue increíble que sacáramos la distribución de esa revista a tiempo. Todos merecemos una noche libre. Y esta es la noche —le indicó que lo precediera y apagó las luces de su despacho—. Así que levántate tarde. No espero que nadie llegue mañana a este departamento antes de las diez.

—Pero el señor Barrington…

—Me dio un control absoluto del departamento —concluyó por ella—. Si necesita alguna aclaración, vendrá a verme a mí y yo se lo explicaré. Para eso están los jefes.

Recalcó la respuesta tocándole la punta de la nariz, y fue entonces, justo en ese segundo, cuando Molly se dio cuenta de que su fantasía de casarse algún día con Jack Cavanaugh era absolutamente infundada. Con una percepción súbita, vio que ese gesto personificaba lo que sentía por ella. La trataba como a una niña.

Y la verdad no era nada romántica. Después de cuatro años de trabajar juntos, aún la consideraba demasiado joven incluso para ser su amiga. Jamás la vería como a una igual, mucho menos como una mujer o una amante.

En cierto sentido, acababan de rechazarla.

Como Jack tuvo que regresar a su despacho a buscar su maletín, se separaron antes de llegar al ascensor. Abatida, suspiró al cruzar el aparcamiento de Barrington Corporation en dirección a su coche, sin siquiera notar el dulce aroma característico de la primavera en Phoenix. Abrió la puerta del Lexus y entró. Pero dos segundos antes de que su gabardina cubriera el último paquete enviado por sus padres, se frenó.

Sabía qué había en la caja. Cintas. Sus padres eran Dominic y Darcy Doyle, conferenciantes de éxito, gurús de los negocios, el rey y la reina de la autoayuda. Cada vez que sacaban una cinta nueva, le enviaban la primera copia a ella. Y cada vez que le enviaban una copia nueva, esperaban que su vida cambiara de la noche a la mañana.

Ni siquiera había tenido el valor de informarles de que aún no había escuchado el juego de cintas que les había hecho ganar su primer millón de dólares, pero sospechaba que lo sabían por el hecho de que todavía era una redactora publicitaria en el departamento de publicidad de Barrington… el mismo trabajo que había conseguido al terminar la universidad. No había modo en que pudiera explicarle a dos supermotivados motivadores que no tenía deseo de gobernar alguna vez el mundo. Lo que deseaba por encima de cualquier cosa era ser madre. Al conocer a Jack Cavanaugh, pensó que su destino había quedado sellado. La flecha de Cupido había dado en el blanco, quedando perdidamente enamorada de un hombre con el cuerpo de un dios griego, la compasión, la paciencia y la amabilidad de un santo y el calor y la personalidad del chico de al lado. Bastó con echarle un vistazo a Jack para saber que sus sueños de un hogar se habían cumplido. Ése era el hombre con el que estaba destinada a criar a sus cinco hijos.

Nunca le había revelado a sus padres que ser hija única había provocado en ella el anhelo de tener un hogar y familia. No pretendía hacerlos sentir culpables; ni siquiera era intención de Molly llenar un vacío. Su deseo se parecía más a una búsqueda, como un destino.

El único problema es que había fracasado.

Volvió a suspirar, recogió la caja y sonrió. Lo único que querían sus padres era que Molly fuera feliz. Por desgracia, para ellos la felicidad se traducía en ascensos, posesiones materiales y fama. Estaban preocupados por ella porque no recibía ascensos, vivía en un apartamento alegre pero pequeño, tenía un coche que era de los mejores de su categoría sólo porque se lo habían regalado ellos y, en cuanto a la fama, carecía de ella. Nadie, absolutamente nadie, sabía quién era Molly. La gente no la reconocía como la hija de los triunfadores Doyle. Éste era un apellido tan corriente que nadie sabía que era la heredera de una pequeña fortuna.

En cierto sentido, entendía su preocupación. Puede que empezara a estar de acuerdo con ellos. Comprendía que no era más que una tonta soñadora. Jack Cavanaugh jamás iba a considerarla algo más que su redactora. Era hora de olvidar ese sueño tonto y continuar con el resto de su vida.

Se mordió el labio inferior y abrió la caja. El suave estuche de vinilo ponía Imagínate en la Cima, de Dominic y Darcy Doyle. Sin meditarlo, extrajo la cinta uno, titulada «Verlo, Serlo» y la introdujo en el cassette del coche.

 

 

Cuando Jack Cavanaugh entró en Mahoney’s, estudió el bar tenuemente iluminado en busca de Molly. Sólo Dios sabía qué había entrado en su cabeza en las últimas semanas, pero algo iba mal. Había llegado a depender de Molly para mucho más que sus textos publicitarios, y justo cuando estaba a punto de pedirle que ocupara el puesto de ayudante personal para darle control total sobre ciertas áreas del departamento, algo pasó. Ella daba la impresión de que ya no era capaz de concentrarse en las reuniones. No parecía nada interesada en su trabajo. Y entonces, esa misma tarde, al brindarle a todo el mundo la oportunidad de un descanso, de pronto lo único que deseaba era trabajar.

Algo iba mal. Lo sabía. Pero a diferencia de los demás del departamento, ella jamás le había permitido acercarse lo suficiente para que se lo contara. Pero esa noche eso iba a cambiar. Pensaba pegarse a ella hasta que se sintiera cómoda y le revelara cuál era el problema. Entonces, el hermano mayor que se enorgullecía de ser, la ayudaría a solucionar su dilema y todo volvería a marchar bien en el mundo.

Los seis miembros del departamento de Publicidad de Barrington ya se habían reunido en torno a una mesa del rincón, pero Jack se dirigió a la barra para pedir tres pizzas y estipular que él pagaría todo lo que consumiera su grupo. Luego pidió una jarra de cerveza, recogió unos vasos y se acercó a la mesa.

—Eh, jefe —dijo Bryce Patterson, el creativo bajo y calvo, al levantarse para cederle su sitio en la cabecera de la mesa—. Siéntate aquí.

—No, no. Aquí está bien —indicó Jack, ocupando la silla junto a la recepcionista del departamento, Julie Cramer. Julie era una morena alta y voluptuosa que siempre tenía problemas con su novio—. La campaña que hemos terminado esta tarde ha sido magnífica —anunció, deteniéndose al oír que la puerta de entrada al local se abría. Al ver que no se trataba de Molly, volvió a mirar a su grupo—. El señor Barrington quedará encantado.

—Me alegro de que hayamos acabado —convino Bryce, alzando la copa en un brindis. Los otros coincidieron y también levantaron sus copas.

Jack los imitó, pero giró la cabeza al oír otra vez la puerta. Eran dos mujeres. ¿Dónde diablos estaba Molly? Había salido del trabajo diez minutos antes que él.

Se hallaba a punto de reconocer el hecho de que no había aceptado la invitación cuando llegó. Consigo traía los últimos rayos de sol del día y, al mirarla, Jack pensó que observaba a un ángel. La luz se reflejaba en su pelo rubio que le llegaba hasta los hombros y los ojos de color avellana le brillaban. Al contemplar esa visión etérea en el umbral, con su extraña sonrisa de satisfacción, jamás habría sospechado que se trataba de la misma mujer que lo preocupaba. Era perfecta. Feliz. Sana. Alta, delgada, hermosa. Increíblemente hermosa.

Meneó la cabeza ante el inesperado giró que habían tomado sus pensamientos y se levantó para hacerle una señal para que se reuniera con ellos. Ella esbozó una sonrisa extraña y dio la impresión de que titubeaba, pero entonces se dirigió a la mesa.

—Hola a todo el mundo.

—Eh, Molly —saludó Bryce, apartando la silla que tenía a su lado—. ¿Dónde estabas?

Jack no supo a qué se debía la curiosidad que experimentó, pero le alegró que Bryce se lo preguntara.

—A la hora de comer fui a casa a recoger mi correo. Recibí un paquete de mis padres, así que decidí abrirlo antes de venir aquí.

—¿Qué era? ¿Galletas? —inquirió risueña Sandy Johnson, la secretaria del departamento.

—No —repuso Molly al aceptar la copa de cerveza que le había servido Bryce—. Mis padres no son de los que mandan galletas.

—¿Y cómo son? —quiso saber Rick Ingells, interesado.

Por lo que Jack podía ver, Rick, uno de los contables de Barrington, era el único presente que no pertenecía al departamento. No sabía quién lo había invitado y, con la repentina atención que le prestaba a los padres de Molly, no estuvo seguro de que le gustara que el contable alto, moreno y de ojos verdes se hubiera unido a la celebración.

—Prefieren los ordenadores, los correos electrónicos y los faxes.

—Oh, fanáticos de la informática —comentó Julie impasible.

—No, más del tipo de «sé todo lo que puedas ser» —corrigió Molly.

—¿Están en el ejército? —inquirió Bryce, confuso.

—No —rió ella—. Son prósperos consultores profesionales. Ayudan a la gente a transformar su vida.

—Suena aburrido —comentó Julie.

—¿Sabes?, eso mismo pensaba yo hasta esta noche —dijo Molly, y su mirada se encontró un segundo con la de Jack, antes de desviarla—. Pero empiezo a creer que tienen razón —miró a su alrededor y cambió de tema—. ¿Alguien ya ha pedido pizza? No quiero beber con el estómago vacío.

A pesar del modo en que cambió de tema, a Jack no se le pasó por alto su desliz. El problema de Molly parecía tener algo que ver con sus padres. Quizá chocara con ellos, pero debido a lo que fuere que le enviaran por correo, empezaba a ver las cosas a su manera. Probablemente a eso se debía su aspecto de felicidad. Poner fin a un desacuerdo siempre aportaba alivio. Pero llegó a la conclusión de que se ceñiría a su idea original. Era la única persona de su equipo con quien no mantenía una relación íntima y personal de hermano mayor. Y esa noche pensaba establecerla.

 

 

Los siguientes veinte minutos, el tiempo de Jack lo ocupó Julie, cuyo novio tenía muchos problemas para mantener un trabajo. Molly escuchó, casi con celos, mientras él la guiaba por los pasos que ayudarían a su novio a escoger sus mejores opciones profesionales. Pero a medida que transcurría la velada, se dio cuenta de que la capacidad de Jack de ser tan buen amigo de todo el mundo en su departamento formaba parte de lo que amaba en él.

Porque lo amaba.

—¿Una partida de billar, Molly? —preguntó Bryce, pasándole un taco.

—Claro, ¿por qué no? —se levantó.

Ir de un lado a otro de la mesa de billar le proporcionó muchas oportunidades de mirar a Jack sin que él supiera que lo estudiaba. Esa era la noche de su gran decisión. Sus padres le habían dado la pista para encauzar su vida. Después de escuchar su cinta, se dio cuenta de que podía asumir sus estrategias y potenciar su carrera profesional, o intentar un último esfuerzo para hacer realidad su sueño… casarse con Jack Cavanaugh.

A pesar de lo distraída que estaba, le ganó con facilidad a Bryce. Pero no quería jugar al billar. Quería tomar una decisión. Cuando Jack se incorporó y se ofreció a jugar la siguiente partida, le pasó el taco.

No estaba segura, pero al regresar a la mesa pensó que Jack maldecía entre dientes.

Molly lo observó jugar. Se había quitado la chaqueta, desabrochado el botón superior, aflojado la corbata y remangado la camisa. La luz de la lámpara baja del billar proyectaba sombras sobre su rostro atractivo, dándole una apariencia abiertamente sexy. Tanto, que el corazón le palpitó con fuerza.

En ese momento tomó su decisión. Iba a lanzarse. Las cintas de sus padres proclamaban con osadía que si podía verlo, también podía serlo. Declaraban que si podía visualizarse alcanzando su sueño, lo lograría.

Se hallaba en una encrucijada. El instinto le decía que era en ese momento o nunca. A pesar de que pareciera ridículo, iba a visualizar. Si sus padres tenían razón, lo único que debía hacer era crear un escenario mental que manifestara los cuatro pasos más importantes para alcanzar su sueño. Para Molly eso significaba que primero debía invocar un escenario en el que Jack llegara a fijarse en ella como mujer. Luego tendría que imaginar cómo sería su primera cita, después ver su primer encuentro sexual. Y por último, el día de la boda.

Insegura todavía, miró a los dos en la mesa de billar. Inesperadamente, captó la mirada de Jack, quien le sonrió y luego le guiñó un ojo.

Ella le devolvió la sonrisa, respiró hondo y se reclinó en la silla. Aunque tenía los ojos abiertos, se concentró en los cuadros que veía en la mente.

Llegó a la conclusión de que si Jack alguna vez iba a fijarse en ella como mujer, no sería en la oficina. Si aún no la había contemplado como mujer en ese entorno, jamás lo haría. Decidió que tenía que hacerlo ir a su apartamento para que le dejara un fichero. Le abriría la puerta con el pijama puesto y la bata de satén rosa… otro regalo de sus padres. Al principio, Jack estaría incómodo, pero ella no tardaría en darse cuenta de que dicha incomodidad no se debía a hallarse en su apartamento, sino a su atuendo íntimo.

Era hora de saltar a la primera cita.

Muy bien. Jack la ve como mujer, de modo que la invita a salir. Comparten una cena tranquila y agradable en un restaurante con poca iluminación. Todo marcha a la perfección. Ríen. Hablan de cosas personales y profundas. Y cuando suben al coche de él para ir a casa, Jack la atrae para darle el primer beso. Pero el contacto de su boca en la suya enciende sus labios, y antes de que ella se dé cuenta de lo que sucede, ambos se encuentran inmersos en un torbellino de pasión. Sus lenguas se juntan. La mano de él le roza por casualidad un pecho…

¡Eso bordeaba la calificación X!

Respiró hondo y regresó al presente justo para ver a Jack dirigirse a la mesa. Se acercó a su silla, apoyó la mano en su hombro y la miró a los ojos.

—¿Por qué no jugamos una partida tú y yo?

Molly habría jurado que el corazón se le había detenido. Era la primera vez en cuatro años que la tocaba de forma tan íntima. Casi tenía ganas de pensar que las visualizaciones lo alcanzaban telepáticamente.

O quizá sus padres tenían razón. Tal vez al visualizar empezaba a ver las cosas tal como eran de verdad y que jamás había podido reconocer debido a las inhibiciones que le impedían creer algo que ella consideraba imposible.

Carraspeó, lista para aceptar la oferta de Jack, pero Julie Cramer los interrumpió.

—A mí me apetece jugar al billar —se quejó.

En ese segundo pareció que el tiempo se detenía. Molly miró a Jack. Éste le devolvió una mirada abrasadora, indicándole con claridad que la noche no había terminado para ellos. Luego desvió los ojos a Julie.

—Claro. Podemos jugar una partida, pero la siguiente la jugaremos Molly y yo.

—Sí, de acuerdo —aceptó Julie, levantándose para ir al billar.

Molly estuvo a punto de abanicarse para respirar. Había sido el momento más próximo a un encuentro personal con Jack. Y aunque parecía ridículo, sólo podía atribuirlo a la visualización.

Ya nada podría haberle impedido que completara su experimento.

Al pensar que el hilo de sus pensamientos era demasiado agreste para manejar mentalmente su primer encuentro sexual, pasó a imaginar su boda. Primero elegiría con cuidado el vestido. De satén blanco, con lentejuelas, perlas y una cola de ocho metros… ¿para qué servía tener unos padres ricos si no podía comprarse un vestido magnífico? Luego visualizó a Jack con un esmoquin negro. La camisa blanca tendría botones de ónice negros. Su pelo castaño, levemente rizado, estaría perfecto ese día. Sus ojos exhibirían un brillo misterioso que le transmitirían mensajes durante toda la ceremonia.

Celebrarían la recepción en el Beverly Hills Regency. Y complacería a sus padres dejando que invitaran a todas las personas que conocían. La sala estaría a rebosar, pero Jack y ella sólo tendrían ojos el uno para el otro…

—¿Quieres bailar?

Incluso con la breve palmadita que le dio en el hombro, la interrupción de Jack sobresaltó a Molly.

Respiró hondo para serenarse y se volvió en la silla para mirarlo. De nuevo sus ojos mostraban ese brillo extraño. La expresión que vio en su cara la transportó otra vez a la boda. El encaje italiano. El Regency. Y la mirada que albergaba tantas promesas…

—¿Bailar? —graznó, saliendo bruscamente de su fantasía porque empezaba a confundirla con la realidad—. ¿No íbamos a jugar al billar?

—Perdí la mesa —sonrió con gesto travieso—. Dos buscavidas me ganaron tres dólares y tomaron el control de la mesa al vencerme.

Molly no pudo evitar sonreír. Era tan guapo cuando se sentía abochornado. E iban a bailar. No a jugar al billar. No sabía qué magia había en la visualización, pero, fuera la que fuere, funcionaba.

—Me encantaría.

Jack le tomó la mano y la llevó al pequeño espacio que había cerca de la máquina de música, entre el billar y la barra, acordonado para bailar. Otras dos parejas se mecían al son de la música, de forma que Molly no se sintió incómoda. También se dio cuenta de que debía haber pasado toda la noche fantaseando, porque no vio a nadie del departamento de publicidad.

Mientras Jack la envolvía en sus brazos, decidió que era lo mejor. Ya no tendría que preocuparse de los rumores.

Satisfecha, Molly apoyó la cara en su hombro y se dedicó a disfrutar. Era cálido, fuerte, todo lo que una mujer podía desear en un hombre. Si iba a visualizar que estaba casada con él, acurrucada en sus brazos era donde le gustaría hacerlo.

«Señora de Jack Cavanaugh», pensó, usando el nombre como una afirmación, otro truco de la cinta de sus padres. Creían que si querías algo, lo único que tenías que hacer era decirlo en voz alta, como si fuera real, y con el tiempo sería real.

«Señora de Jack Cavanaugh», volvió a pensar, en esa ocasión con una sonrisa, imaginando su vida juntos, con sus hijos y un millón de recuerdos que crearían en una vida compartida.

«Señora de Jack Cavanaugh…»

En medio de la última afirmación, los interrumpió una conmoción. Perturbados sus pensamientos, Molly se apartó del hombro de Jack y vio que los dos hombres que jugaban al billar gritaban obscenidades a dos hombres que intentaban dirigirse al bar. Antes de poder entender lo que pasaba, uno de los buscavidas saltó por encima de la mesa de billar, con la obvia intención de lanzarse sobre los dos que iban a la barra.

Para Molly la escena se desarrolló a cámara lenta. Vio al hombre saltar. Se dio cuenta de que había cobrado demasiado impulso y caía en su dirección. Intentó apartarse de su camino.

Pero era demasiado tarde.

En realidad, el tipo sólo llegó a rozarla, pero tenía tanto impulso que le hizo perder el equilibrio y trastabillar. Al caer, se golpeó la cabeza con una mesa cercana. Jack intentó desesperadamente agarrarla, pero no lo consiguió y Molly terminó en el suelo. A los pocos segundos, todos los clientes de Mahoney’s se arracimaron en torno a ellos.

—¡Santo cielo! Molly —exclamó Jack, pasándole el brazo por los hombros para levantarle la cabeza del frío linóleo—. ¡Molly!

Con la atención de todos centrada en ella, el jugador de billar que había saltado por encima de la mesa salió a hurtadillas del local. Si Jack no hubiera estado tan preocupado por Molly, probablemente habría corrido tras él. Pero en ese momento su principal deber era cuidar de ella.

—Molly —dijo otra vez, con voz urgente.

—Estoy bien —gimió con tono débil.

—¿Puedes sentarte? —se sintió aliviado al descubrir que no había perdido el sentido.

—Le traeré un vaso de agua —ofreció el barman, marchándose con celeridad.

—Lo ayudaré a llevarla a una silla —manifestó uno de los clientes.

—Gracias —dijo Jack, pero la alzó con facilidad y la llevó al asiento más cercano.

—¿Qué sucedió? —preguntó ella aturdida.

—Uno de los tipos que jugaba al billar te empujó y caíste —repuso, agachándose junto a Molly—. Te golpeaste la cabeza con una mesa, pero no creo que te hayas desmayado.

—¿No?

—No

—Aquí tiene el agua —el camarero le pasó a Jack un vaso alto.

—Bebe —él lo acercó a los labios de Molly.

—Estoy bien —indicó tras beber dos sorbos.

—¿Seguro? —preguntó escéptico.

—Sí, estoy bien.

—¿Sabes qué haremos? Puede que estés bien, pero me parece una buena idea que te lleve a casa.

—Sí. De acuerdo. Lo que quieras —lo miró distraída.