Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Un escritor novel con antecedentes turbios. Una influencer de éxito con la autoestima por los suelos. Un asesino en serie que podría sacarlos del agujero. O acabar con ellos. Cuando las imágenes del brutal asesinato de una booklover con miles de seguidores se extienden por las redes sociales, el caso cae en manos del inspector jefe Paco Carrasco. Carrasco es padre de una familia bien avenida, no tiene vicios, no oculta un pasado turbio ni es amigo de saltarse las normas. Un policía que podría ser muy real, si no fuera porque solo existe como personaje de la novela que Bel Barcelona, booklover de carne y hueso, inspira al escritor novel Mike Solo cuando ambos entablan una relación auspiciada por su común amor a los libros. Sin embargo, cuando el crimen imaginario se reproduce fielmente en la vida real, esa relación, un plácido juego de claroscuros y secretos, sufrirá un descarnado revés. Matar a una booklover sumerge al lector en las frustraciones, ambiciones y miedos de sus protagonistas; un cóctel que, agitado por oscuros fantasmas de sus respectivos pasados, acabará desvelando verdades capaces de malograr cualquier esperanza de redención.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 571
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Página de créditos
Prólogo
1. Almas gemelas
me.lee.bel
mike_solo
Diez días de verano
Blue Mountain
Madrid-París
La mala puta
Monólogo interior
Minerva vigilante
Callos a la madrileña
Almas gemelas
2. Pequeños secretos
Recursos literarios
Furia desatada
Alter ego
La Trilogía de los poetas
Work in progress
3. Sentimientos encontrados
The rose
Pesadilla
Pizzería de la nonna
Jueves diáfano
Chaise longue
Black coffee
Fany Carrasco
Liliana
Alfonso XII
Prueba superada
Café negro, té con leche
Pánico en la cafetería
Helado de fresa
Ti-ti-ti-tíí-ti
Paracetamol
4. Entre dos aguas
Patti
Sole
Té mil flores
Tres opciones
Atavismos
La curiosidad
Lil
Blanco para dos
Sin frenos
Tina
Mar
Tictac
5. Amores que matan
Almagro, veintitrés años antes
Mente en blanco
Mike
Lagunas de Ruidera, diecisiete años antes
Bel
Madrid, dos años antes
Cuaderno de bitácora
Fin de la historia
Quince metros
Dudas
Epílogo
Agradecimientos
Playlist
El jurado, presidido por Antonio M.ª Calvo López, y compuesto por Sergio Vera Valencia, Eva Olaya Martín, Lorenzo Lunar Cardedo y Layla Palenciano Vicente, Carmen M.ª Labrador Caba como secretaria, concedió por unanimidad a Matar a una booklover, de Ramón Candelas Pérez, el XXVII Premio Francisco García Pavón de novela policíaca, convocado por el Ayuntamiento de Tomelloso.
Este libro ha sido patrocinado por el Ayuntamiento de Tomelloso.
Página de créditos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Título original: Matar a una booklover
© 2025 Ramón Candelas
Diseño de cubierta: Eva Olaya
1.ª edición: septiembre 2025
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2025: Ediciones Versátil S. L.
Calle Muntaner, 423, piso 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A ellas, de voces desgarradas, lánguidas, poderosas, delicadas, tiernas, agresivas, sensuales, eternas.
Pueblo Nuevo, Madrid. Última planta, coqueto apartamento interior. Pequeño pero luminoso, bien ventilado a un amplio patio de manzana. Todas las ventajas del mediodía sin los ruidos de la urbe infernal. El mobiliario, en tonos claros, podría pasar por catálogo de multinacional sueca. Una misma pieza reúne zona de estar y cocina, separadas por una barra de desayuno con dos taburetes por banda.
Sandra llevaba rato deambulando por aquí y por allá, haciéndose el ánimo para sentarse y terminar de leer esa novela que hacía cincuenta páginas dejó de apetecerle, pero quedebíaacabar. Antes de acostarse, a ser posible, so pena de arriesgarse a incumplir el reto de febrero. En eso era rigurosa consigo misma; y legal: nada de reseñar libros abandonados a medias por aburrimiento, como sospechaba hacían otras. Una no se había creado un nombre engañando a su pequeña legión de seguidoras; o no tan pequeña, si se consideraba que su cuenta de Instagram rebasaba la respetable cifra de veinticinco mil.
Amor a los libros. Sentido crítico. Disciplina severa, sobre todo; la clave de su éxito.
Pero ni siquiera la disciplina parecía suficiente para salvarle el culo este mes: antes del martes tenía que acabar el Lamotte, leer el último éxito de Julia Quinn, reseñar ambos, pensar en el atrezo para las fotografías del feed; y debía contestar los comentarios de sus posts anteriores, proceder al sorteo de un ejemplar extra del Quinn, publicar el resultado, grabar un reel…
Buah.
A ver. Lo de salvar el culo era un decir. Nadie iba a reprocharle un retraso en sus reseñas, en el sorteo o en el wrap up del mes, el corto vídeo donde mostraría los libros leídos en febrero con el resumen de las puntuaciones otorgadas. En realidad, a nadie le importaba una mierda si no cumplía sus objetivos, pero para ella era lo más importante de todo, porque esto iba de amorpropio. De prurito personal. De pasión por la lectura.
Sandra Sánchez, veintinueve años, morena, mona, soltera, solitaria, perfeccionista, soñadora, recién ascendida a flamante encargada de una perfumería chic, de las de franquicia internacional, era una booklover.
¿Y qué hacía una booklover morena, mona, etcétera, encerrada en su apartamento interior de Pueblo Nuevo una tarde de fin de semana? Pues precisamente eso: ejercer de amante de los libros. A pesar de la sensación de no llegar, este sábado plomizo y lluvioso estaba resultando uno de esos días que la reafirmaban en su pasión. Por la mañana, ya con el desayuno, había cogido con ganas el nuevo best seller de Chris Lamotte, alentada por tanta reseña que lo ensalzaba. De hecho, los guardaba, el Lamotte y el Quinn, como las guindas del pastel de enero. Sin embargo, el primero se le había torcido desde pronto. Conste que tenía sus reticencias para con la americana, cuya anterior novela la había decepcionado; reticencias que había visto confirmadas mientras avanzaba con la nueva historia. Que sí, que bien planteado, un thriller al más puro estilo Larsson, con una ambientación razonablemente lograda y unos personajes atractivos no exentos de claroscuros. Pero Lamotte comenzaba a desbarrar en la segunda mitad: perdía coherencia, mezclaba puntos de vista, divagaba; y en el clímax, ese que otras bookstagramers ponían por las nubes, se marcaba un deus ex machina de manual.
Aún le quedaban un par de capítulos y el obligado epílogo —feliz o amargo, abierto o cerrado, a esas alturas le daba un poco igual—, pero su mente ya saboreaba la reseña ácida, un punto cruel, una pizca irónica, que la reafirmaría como la crítica ecuánime que sus seguidoras adoraban. Quizá, suspiró, la escribiría antes de acostarse. Si no, ya sabía lo que iba a ocurrir: se pondría a dar vueltas en la cama, se desvelaría y, al final, se levantaría para anotar sus ideas. Y al día siguiente, que había quedado temprano para ir de excursión con una amiga, no habría despertador que la sacase de la cama.
Fuera oscurecía rápido. El cielo se veía sucio, con el tinte anaranjado propio de la gran ciudad. Pesado para el ánimo. Durante la tarde se habían sucedido los chubascos como las olas de una marejada. Intimidantes ráfagas rompían de cuando en cuando contra el doble cristal. Camino del sofá, una ruidosa perdigonada provocó que Sandra se arrebujase en su gruesa rebeca de lana. Qué pereza la calle, el frío, la humedad. Si por la mañana no había mejorado, que Luisa no la esperase. Le diría que pasaba de excursión.
Las siete y media. El libro sobre las rodillas. Vainilla, jengibre y limón. Una vela aromática y una taza humeante en la mesa de centro. Sandra se instaló en el sofá dispuesta a retomar la lectura. Pero el Lamotte invitaba a procrastinar. Antes, un vistazo al móvil.
placidasonrisa
Deseando leer el tercer libro. Los anteriores son geniales.
books.love.sandra
Pues te va a alucinar cómo cierra la trilogía. No te digo más.
Teclear en el pulido vidrio con los pulgares le recordó que debía repintarse las uñas. ¿Una encargada de perfumería con el esmalte descascarillado? Por Dios. Sorbito de rooibos, a ver si se atemperaba. La reseña del último volumen de Nacidos de la bruma llevaba camino de convertirse en la más comentada de la historia de books.love.sandra. Este Brandon Sanderson, qué monstruo.
Otro mensaje.
librosyvinilos
Yo de Sanderson no he leído nada. Es mi eterna asignatura pendiente.
books.love.sandra
Pues no sé a qué esperas, jajaja… Antes que Sanderson no había nada.
Eso, exagerando un poco, se sonrió. Primera regla de las reseñas: no dejar un solo comentario sin responder, aunque sean dos palabras. Las seguidoras anhelaban el trato personal.
Otro sorbito.
Otro mensaje.
marisa_tango
A mí, el final del primero me ha resultado confuso. Crees que debería releerlo?
books.love.sandra
Creo que deberías…
Meeec.
Mierda.
Mierda, porque el telefonillo era inoportuno, justo cuando acababa de repantigarse. ¿Un sábado a las siete y media? Suspiró. Un mensajero, sin duda. Ahora te traían los paquetes hasta en domingo. No tenía pendiente ningún pedido, así que debía de ser un envío de alguna editorial. Recibía tantos que no daba abasto. Recordó lo contenta que se puso cuando una de primera línea le ofreció ejemplares gratuitos para que los reseñase. Luego vinieron otras, y un aluvión de escritores autopublicados comenzó a ofrecerle sus novelas. Ella lo aceptaba todo, o casi, porque le apasionaba leer. Era capaz de pasar horas enteras sentada en el sofá, en un taburete, en la cama, a condición de tener un libro en las manos. ¡Hasta en el váter se olvidaba del tiempo!
Ojalá fuesen, al menos, los libros que esperaba. Le tenía ganas al nuevo de Elísabet Benavent.
Se levantó pesadamente. Arrastró los pies de mala gana hacia la puerta de entrada.
Meeec.
—Ya voy, coooño —protestó en voz alta.
Vaya mierda tener que repartir en un día como este. No digamos, si vas en moto. Pulsó el botón de la cámara. La pantalla de cuatro pulgadas mostró, en efecto, una figura en blanco y negro con casco integral, toda ella salpicada de brillantes motas. Lo dicho: pobre.
—¿Quién?
La figura agitó una caja de cartón.
—Paquete para Sandra Sánchez.
—Déjalo en el ascensor, si quieres.
—Tiene que firmar.
Sandra encogió los hombros. Pulsó el botón de apertura. Antes de ver cómo la puerta se cerraba tras el motorista, ya había decidido darle una propinilla para un café con leche. O para una caña. Mientras el ascensor subía con supesado runrún, ella regresó a la pantalla del móvil.
books.love.sandra
Creo que deberías leer los siguientes. Se va aclarando todo.
Abrió la puerta. Con un chirrido de deficiente engrase, la del ascensor dejó salir al mensajero. Guantes negros. Pantalón negro. Chaquetón tres cuartos negro con una línea amarilla reflectante. Hilillos de agua resbalaban por la tela impermeable. Llevaba la nariz cubierta por un pasamontañas, y semialzada la pantalla transparente del casco, también negro, para evitar que se empañase. Sobre el paquete, que sujetaba contra el cuerpo con el antebrazo izquierdo, la tableta para el acuse de recibo.
—¿Sandra?
Ella afirmó con la cabeza. Sonriente, se recogió un mechón de pelo tras la oreja.
Un relámpago a sus espaldas inundó de tonos azulados la estancia. Las gotas de agua refulgieron en la chaqueta negra como pedrería de realce. El motorista se acercó. Con la mano izquierda se sacó el guante derecho, bajo el que llevaba uno más fino, de los de hacer footing. Hay que ver el frío que pasan estos tíos, se compadeció Sandra.
El trueno hizo retemblar el ventanal. La booklover se encogió con una sacudida. El otro hizo ademán de echar mano al bolsillo del chaquetón en busca del lápiz digital, y lo siguiente que ella vio fue una especie de espray a la altura de su nariz. Un chorro de gas ardiente le abrasó ojos y cara.
Relámpago.
Antes de que pudiese hacer nada, antes de que un grito o un quejido escapase de su garganta, un violento empujón la hizo trastabillar hacia atrás. Cayó de culo sobre la alfombra del pequeño recibidor. Un sonoro portazo y una pesada exhalación que no era suya la hicieron entrar en pánico.
Trueno.
Acababa de quedarse encerrada con su agresor.
* * *
El mensajero cerró la puerta a sus espaldas. Se inclinó sobre la joven aturdida, cegada por el irresistible ardor del gas pimienta. Le hundió los dedos enguantados en los carrillos, tirando de la cara enrojecida hacia arriba.
—Calla o te mato —dijo.
Chándal de Chanel. Labios abundantes. Ojos rasgados, oscuros como la melena lacia que le sobrepasaba los hombros. Más allá de su expresión desencajada, el motorista apreció los rasgos de la muchacha. La clase de chica que atrae las miradas masculinas en la discoteca. Que las atraería, si no viviese en un mundo en que los hombres están hechos de tinta negra. Le tapó la boca con dos vueltas de cinta americana que sacó del bolsillo. Luego la empujó de bruces sobre la alfombra y, sentándose sobre sus nalgas, le ató las muñecas por detrás de la espalda con una brida de electricista. La víctima se revolvió en un infructuoso forcejeo hasta que un violento puñetazo en el costado le dejó claro que la amenaza iba en serio.
—¡Que te estés quieta, joder!
Fuera, la tormenta arreciaba convenientemente, por cuanto amortiguaba los ruidos. Malo sería que no amainase luego, cuando tuviese que volver a la moto. Durante un instante, escrutó el ventanal. Su reflejo nítido, amarillento a la luz de la lámpara de lectura junto al sofá, se superponía a las luces de las viviendas que daban al patio, difusas a través del aguacero. Antes que nada, bajar el estor. Luego se sentó junto a su víctima con gesto pesado. Resopló. Había hecho lo más difícil. O lo más fácil, según se mirase. Tomó aliento. La sangre le batía las sienes. Tenía el paladar y la lengua como papel de lija; el estómago, al borde de la náusea. El perfume empalagoso que impregnaba el apartamento le produjo una arcada, pero vomitar era un alivio que no podía permitirse, so pena de esparcir ADN por todos los rincones. Respiró hondo hasta serenarse. El proceso había durado apenas un minuto, pero sus glándulas llevaban segregando adrenalina desde mucho antes; desde que, tras una última vacilación, apretase el botón del interfono.
Entre sollozos apenas audibles, más dócil tras el puñetazo, la joven logró abrir los ojos enrojecidos, bañados en lágrimas. El motorista se incorporó con un suspiro. Más considerado, ahora que tenía el control, la levantó medio obligándola, medio ayudándola, y la condujo hasta el sofá.
—Siéntate.
Se quitó el casco para apagar de un soplido el infecto velón crema pálido. Aprovechó para rascarse la cabeza por encima del pasamontañas. Sudaba, pero no se lo quitó. No convenía dejar suelto un solo pelo traicionero. Un rápido vistazo en derredor le sirvió para encontrar lo que buscaba: el móvil de la chica, caído sobre la alfombra. Pasó por el vidrio el índice enguantado, apto para pantallas táctiles gracias a un recubrimiento de goma. Desbloqueo por huella digital. Nada más fácil, sonrió buscando la mano derecha de la muchacha detrás de la espalda. Colocó el índice sobre el sensor. El aparato emitió un clic. Gracias al pasamontañas, su sonrisa no espantó todavía más a la booklover.
Fase dos, en marcha.
Manipuló sin prisa el pulido cristal. Lo primero, desactivar el bloqueo de pantalla, por si acaso. Luego, ante la mirada lacrimosa, desconcertada y asustada de la joven, se entretuvo en abrir y cerrar aplicaciones. A veces asentía con la cabeza, a veces chascaba la lengua. Satisfecho al fin, colocó con cuidado el móvil sobre la mesa de centro. Sacó del bolsillo una bolsa de plástico translúcido. Con un gesto rápido y estudiado, se la encasquetó a la chica en la cabeza sin que ella pudiese evitarlo. Consciente de lo que se le venía encima, la desgraciada se debatió con fuerza, gimió, se contorsionó, gimió, cabeceó, pataleó, gimió. Lo previsto. El motorista agarró el casco por el borde y lo estrelló con fuerza contra el cráneo de la joven, aturdiéndola. Ya solo quedaba un pequeño detalle: dos vueltas de cinta americana sobre la bolsa, alrededor del cuello.
Poco más que hacer, salvo coger el teléfono de la muchacha y grabar. Grabó una panorámica de trescientos sesenta grados que acababa en la cabeza encapuchada, y luego grabó cómo las suaves facciones del rostro se transfiguraban en mueca de espanto, difuminada por el plástico. Grabó cómo los ojos enrojecidos pugnaban por salirse de las órbitas. Cómo, en medio de la conmoción, la mente aún lograba reaccionar, reanudando los gemidos y un débil forcejeo. Cómo, en fin, al terror se sumaba la incredulidad cuando la joven percibió, a través de la cortina aguanosa de las lágrimas y del vaho que empañaba la bolsa, que el asesino estaba grabando su agonía.
Dos minutos después, silencio total. El motorista se paseaba por delante de la librería. Contempló los objetos que atestaban las baldas por delante de los libros: tazones, muñequitos, tarros de esencia, muñequitos, jarrones con flores de papel, más muñequitos. Observó la perfecta alineación de los volúmenes,apretados, verticales, clasificados por colecciones y por autores. Reconoció algunos títulos. Uno de ellos pareció llamarle especialmente la atención, pues lo sacó, echó un vistazo a las primeras páginas y, con un asentimiento de cabeza, se lo guardó en un bolsillo interior del chaquetón.
Su respiración se relajó. Su pulso se ralentizó. La adrenalina se diluyó. Cuando consideró que su organismo había vuelto a la calma, todavía se dio otro par de minutos, que aprovechó para entrar en la cuenta de Instagram de la víctima y crear un reel con el vídeo grabado y la música de fondo que tenía en mente. Lo envió. Tras asegurarse de que el nuevo rectangulito ocupaba el ángulo superior izquierdo del feed, desmontó la tapa posterior del móvil, extrajo la batería y la SIM y se lo guardó todo en el bolsillo. Por último, comprobó por la mirilla que el descansillo estaba despejado, cerró la puerta con suavidad y bajó por la escalera los cinco pisos, no fuera a ser que la tormenta le jugase una mala pasada.
Fase tres, completada.
«Fase tres, completada».
Zas. El primer capítulo es esencial, que diría Joël Dicker. Si a los lectores no les gusta, no leerán el resto del libro.
Bueno, pues a ver si les gusta este prólogo. Mike Solo —Miguel García cuando no escribe— junta las manos en forma de bocina. Exhala en el hueco. Se frota las palmas. Se echa atrás en la silla, alejando al mismo tiempo el portátil sobre la mesa, como si la perspectiva le permitiese apreciar mejor el texto. Relee la decena de páginas, verificando que todo encaja y que la apariencia es correcta. Es una manía suya —y una rémora en términos de eficiencia, probablemente, pero eso le importa poco—: le gusta que el primer borrador quede lo más acabado posible, al menos en la forma. La puntuación, las cursivas, las atribuciones al diálogo. Por supuesto que luego lo pulirá tantas veces como haga falta, pero la primera impresión ha de ser buena. Si no, es incapaz de continuar.
Los puntos de vista, primero el de Sandra, luego el del asesino, bien definidos y separados. Las descripciones, escuetas, precisas. La de la víctima —atractiva, disciplinada, clase trabajadora—, pensada para que el lector empatice desde el primer instante. Las pinceladas del oficio de booklover, las necesarias y suficientes para quien no esté familiarizado. Y el asesino, anónimo, enigmático, despiadado. Directo a lo suyo. Se ve que ha planificado el crimen con sumo cuidado. Un asesino canónico, como Dios manda. Lo cual incluye cierto grado de misterio, porque ¿a qué viene, si no, el detalle de llevarse un libro concreto? ¿Por qué publica el asesinato en la red? Y a pesar de su crueldad, no deja de ser humano: suda, se le reseca la boca, segrega adrenalina. Un hijo de puta muy humano, se sonríe Mike.
Lo siguiente es dar vida al protagonista, su inspirado antipolicía, aunque eso será en otro momento. Bosteza. Mala vida la de acostarse tarde, levantarse temprano y no echar siesta. Guarda el archivo. Suspende el ordenador. Hora de acercarse al colegio. Pero antes, para celebrar el prólogo, que es tanto como decir el banderazo de salida de su carrera hacia el éxito, hay tiempo para una tacita de Blue Mountain, el rey de los cafés.
«No hay métodos, no hay reglas, un recorrido señalizado. Cada vez que comienzas una novela, es el mismo salto a lo desconocido».
La vida secreta de los escritores, Guillaume Musso
Un mes antes.
Domingo, 17 de septiembre
«Siguiente episodio».
To-tonnn… Netflix le mete presión para que continúe pegada a la pantalla cuarenta y cinco minutos más. La tentación es fuerte. Pereza mental igual a indigencia intelectual. En la terraza, las sombras hace rato que desaparecieron. La claridad se tiñe de tonos crepusculares. Por segunda vez, Isabel Barcelona duda. Más sofá y tercer episodio, o cama y libro. Sabe que lo segundo conviene más a su intelecto y a la lista de lecturas atrasadas. Y tampoco es que la serie valga gran cosa: otra de policías suecos, o daneses o noruegos, de esas que han puesto de moda las factorías televisivas. Una más de noche perenne, de inhóspitas calles heladas, de no quitarse el abrigo ni dentro de la comisaría. De polis desarraigados, atormentados por fantasmas del pasado, dispuestos a saltarse las reglas. De tipas y tipos duros, siempre un paso por detrás de los maníacos —nunca maníacas— que los llevan de cabeza.
Bel, que es como firma y como se hace llamar, lleva todo el fin de semana encerrada en su acogedor ático de salón con cocina americana, dormitorio con baño y terraza de cuatro por tres metros orientada al oeste. Sin más plan —que tampoco es mal plan— que alternar la chaise longue con la tumbona, aprovechando que los últimos días del verano hacen honor a la época. Televisión, mucha lectura y un poquito de escritura. Porque también ella hace sus pinitos. Relatos breves condenados a amontonarse en un cajón del buró. Poemas que nadie ha leído y que nadie leerá. Pensamientos, ideas, versos sueltos, microrrelatos. Mil veces ha pensado publicarlos en Instagram, entre las recomendaciones y reseñas de me.lee.bel. Mil veces ha desistido. Qué vergüenza. Además, ella se ha ganado una reputación como booklover, y sabe lo que sus seguidores esperan. A saber cómo se tomarían lo otro, los pensamientos y versos. Creerían que se va por las ramas; o peor aún, la tomarían por cursi.
Ni siquiera sus amigas conocen sus aficiones literarias, más allá de su pasión por la lectura. Tampoco es que las vea a menudo. Los trabajos, los maridos, los niños. De ciento en viento alguna se acuerda de llamar y quedan, siempre entre semana, en el rato que dura una extraescolar. Un té o una caña y a casa, a preparar cenas y baños. Verso suelto es Edurne, que desde el divorcio va en plan guerrera y suele juntarse con otras de su misma condición. Pero a Bel no le va ese rollo. Ya lo probó tras el Desastre, cuando creía haber recuperado el ánimo. Sabe lo que es que un chico le tire los tejos y que luego, cuando ella le advierte de lo que hay —porque pasar el trago luego, en la intimidad, eso ni hablar—, el fulano desaparezca tras una inopinada urgencia urinaria.
Pasa de llevarse otro bochorno.
Toma la iniciativa por ella un súbito arranque de decisión. A la mierda la tele alienadora. Cama y libro, punto. Se levanta con pesadez. Cuesta sacudirse la galbana de los huesos, de los músculos, de la piel. Cuesta, porque meterse en la cama un domingo es hacerse la idea de que se acaba el fin de semana; otro más sin pena ni gloria.
Y cuesta, sobre todo, porque antes hay que pasar por el baño y enfrentar el espejo.
Al principio no era capaz. La náusea le podía. Las lágrimas la desbordaban. Los mocos la atragantaban. El cuerpo que se reflejaba en el azogue no era el suyo. Cuatro años después puede decir que lo va superando, pero siempre da vértigo desabotonarse la blusa. Por encima del sujetador apenas se nota. Hay que fijarse bien en el confín de la axila derecha, donde la piel se ve tirante, cerúlea, sin brillo.
Hace años que Bel no sonríe.
Camiseta veraniega fuera. Traga saliva. Sujetador fuera. El indeseado vacío en que se ha convertido una parte, antes opulenta, de sí misma se burla con su habitual mueca torcida, a modo de desfigurada sonrisa de labios apretados. Bel no puede evitar una lágrima.
Hace años que el llanto es su compañero de cama.
Sopesa con la copa de la mano el pecho izquierdo: espléndido, todavía altivo, de recatada blancura, areola sonrosada y sensible pezón. Un pecho hermoso, otrora siempre bronceado en verano, cuando ella lo lucía en playas y piscinas, junto a su hermano simétrico, con desinhibido orgullo.
Hunde en la carne mórbida las yemas de los dedos con prevención. Toquetea aquí y allá con delicadeza, buscando mientras contiene el aliento. Solo cuando se convence de que no hay nada anormal se lava los dientes. Un minuto. Dos minutos. En el minuto tres, la balda de los cosméticos le hace arrugar la nariz. Pasa un dedo. Puaj. ¿En qué pensaba durante la limpieza del sábado? Se enjuaga. No se desmaquilla porque no se ha maquillado. Para qué. Una mano de crema hidratante y a correr.
Aún perdura el olor a sopa de cocido recalentada en la cocina. Junto al fregadero, donde llena un vaso de agua para llevárselo a la mesita de noche, dos cascos vacíos de blanco verdejo aguardan su turno de reciclado. El saldo negativo, suspira, de un solitario fin de semana. En el dormitorio desecha el pijama de tirantes y pantaloncito corto. Se pone uno largo, que la noche anterior fue destemplada, y se mete entre las sábanas con el móvil y con el autor que constituye su último descubrimiento.
Hace tiempo que decidió dar una vuelta de tuerca a su actividad como bookstagramer. Por algo es una de las más antiguas y la número uno del país en cuanto a seguidores. Pero sus colegas en la red social se replican unas a otras como las olas del mar. Los mismos libros, los mismos autores, las mismas reseñas se repiten centenares de veces. Normal: lo bueno gusta a la mayoría. Pero también lo menos bueno, si está de moda; y ella, hastiada de la corriente general, se ha propuesto diferenciarse: nada de retos masivos, de fechas acuciantes, de interminables maratones con la lengua fuera. Seleccionará más sus lecturas; leerá menos, si es necesario, pero leerá original.
En ese sentido, Nathan Gillet se ha convertido en una revelación: inédito en España, superventas en los países de habla francófona, desconcertante narrador noir, astuto trenzador de intrigas y hábil caracterizador de personajes poco convencionales. Retrato de un alma triste es el tercer Gillet seguido que devora. Lo hace en francés, idioma que más o menos controla, sabedora —contactos que tiene una— de que el Grupo Ilión, la tercera editorial del país por detrás de Penguin y Planeta, prepara la traducción de sus obras. Y cuando eso ocurra, ella estará lista para reseñarlas en primicia.
Dios, cómo le gusta su afición.
Pero antes, un vistazo a Instagram. Lleva sin hacerle caso desde que comenzó el segundo episodio de la serie sueca, o noruega, y seguro que en ese tiempo se han acumulado un buen puñado de comentarios pendientes de respuesta.
Hay un aviso de la plataforma.
mike_solo quiere enviarte un mensaje
Mike Solo. Tuerce el gesto Bel. Un admirador o un pesado. Alguien que quiere venderle algo, una editorial que le ofrece libros, un autor independiente que busca una reseña. Suspira. Nunca se sabe, y para quien se debe a sus seguidores, permitir el contacto es gaje obligado del oficio.
«Aceptar».
En el tiempo que tarda en revisar la actividad reciente —«Fulano y mengana han comenzado a seguirte». «Zutana, a quien quizá conozcas, está en Instagram»— y en contestar con frases escuetas y profusión de emoticonos a media docena de comentarios a sus últimos posts, entra el mensaje anunciado.
Hola, Bel:
He visto en Instagram los libros que lees y he pensado que quizá te guste mi novela “Diez días de verano”, que acabo de autopublicar.
Te invito a leerla y, si te parece oportuno, a comentarla. Si te animas, dime cómo puedo hacértela llegar.
Un saludo y gracias.
Mike.
Autor en busca de reseña, lo dicho. Pero educado y conciso, este Mike Solo. Sin atajos de escritura ni rodeos innecesarios. En mensaje aparte, una sinopsis de la novela. Misma valoración positiva del estilo. Sin comas bailadas ni tildes desaparecidas, minucias poco dignas de atención para la actual plaga de aspirantes al Parnaso. Y un contenido que, a primera vista, no resulta banal. Bel hace un gesto apreciativo. Tamborilea con las uñas sobre la silueta chinesca de una joven en minifalda con el skyline de París de fondo, la portada del Gillet sobre el que apoya el móvil.
Es otra de las facetas que viene experimentando en los últimos tiempos: cada vez son más los autores que le piden que reseñe manuscritos inéditos o novelas autopublicadas. La mayoría no pasan el filtro de la sinopsis, y ni siquiera con los pocos que acepta se compromete. No es infrecuente que abandone a las veinte páginas si el estilo es pobre; menos, si la ortografía es infumable. Pero hay libros que acaban con una buena reseña, y ella se siente orgullosa cuando constata que, entre sus miles de seguidores, son legión los que se fían de sus recomendaciones.
Se siente una verdadera influencer.
En fin. Lo del tal Mike lo consultará con la almohada. Con un suspiro de autocomplacencia, Bel cierra todas las apps, a excepción del diccionario Francés-Español, ahueca el cojín tamaño extra que hace las veces de respaldo, toma un buche de agua, se arropa con la colcha hasta las axilas.
Y ahora, a lo importante.
A por el Gillet.
Martes, 19 de septiembre
Every day I write the list of reasons
why I still believe they do exist.
(A thousand beautiful things).
And even though it’s hard to see
the glass as full and not half empty.
(A thousand beautiful things)1
1Cada día escribo la lista de razones / por las que todavía creo que existen. / (Mil cosas hermosas) / Y aun así es difícil ver / el vaso medio lleno y no medio vacío. / (Mil cosas hermosas)…
Hawkers espejadas. Bigote y barba bien recortados. Sudadera gris de centro comercial. Annie Lennox en los auriculares. Miguel García cabecea una vigorosa balada de la británica. Echa el aliento en el hueco de las manos abocinadas. Se las frota, más por costumbre que por frío, pues la tarde luce soleada. Hoy ha tenido suerte. Ha sido previsor, más bien, y ha venido con tiempo, lo que le ha permitido aparcar cerca de la entrada. Ahora, a esperar que den las cinco haciéndose lo más invisible que pueda, con la capucha subida y la visera del parabrisas bajada. Intranquilo, como quien teme verse sorprendido, Mike —así lo llaman desde niño, y así decidió firmar sus obras— cambia a menudo de postura en el asiento del Polo de segunda mano. No pierde cuenta de los vehículos que circulan, de los que aparcan, de los progenitores que se van agrupando en la acera: mucha madre, poco padre, alguna que otra pareja.
Mazacote de ladrillo rojo. Ochocientos metros cuadrados de patio polivalente asfaltado. Verja de hierro de tres metros de altura. Una cárcel para niños, a falta de las torretas de vigilancia en las esquinas, parece el Colegio de Educación Infantil y Primaria Almudena Grandes, antes José María Pemán, en el madrileño distrito de Hortaleza. El cambio llegó a trascender a la prensa, pues levantó en su día una enconada polémica interna pese a que nadie, sospecha Mike, ni padres, ni profesores ni PAS, había leído jamás una página del —ilustre para unos, fascista para otros— escritor gaditano.
Lírica entrada de flauta. Voz celestial acompañada al piano. De A thousand beautiful things a I am a thousand winds. De la garra camaleónica a la sutil finura. De la Lennox a Hayley Westenra. Mike se yergue en el asiento. Sin duda es un buen presagio que dos de sus vocalistas top ten —cada una en su estilo— aparezcan seguidas en el modo aleatorio de la playlist.
El reloj del salpicadero indica las 16:54. Cogidos de la mano, puestos de babi sobre el uniforme, los niños forman por cursos en el patio. Las madres se arremolinan junto a la salida. A las 16:59 la cancela se abre. Comienza el desfile por edades: los de cuatro años, los de cinco, los de seis. Baraúnda de besos, de mochilitas que cambian de manos, de meriendas reclamadas a gritos. A menos que llueva, en cuyo caso se produce la desbandada, hay un grupo que acostumbra a seguir la misma rutina: con los chiquillos de la mano, las madres pasean hasta un parque cercano con quiosco y juegos infantiles. Merienda para ellos, café con leche para ellas. Risas despreocupadas. Alguna llantina rebelde. Parloteo adulto.
Para entonces, Mike habrá ganado la plaza por una calle paralela. Al otro lado de la acera que bordea el parque vallado, más cerca de la zona de juegos que del quiosco, hay un kebab con tres o cuatro mesas metálicas fuera. Suele haber sitio porque en esa esquina no da nunca el sol, porque allí no acuden madres de colegio, y porque…, bueno, al fin y al cabo es un kebab. Él también tiene su ritual: toma asiento contra la pared, parapetado tras las gafas espejadas, la capucha y una novela, bebe un café solo casi de un trago y pide un segundo, que alargará para contemplar, con calma y con disimulo, las persecuciones infantiles, los saltos, los balanceos, las cabriolas.
Vibración corta en el bolsillo. Un correo electrónico, seguramente, que no se molesta en mirar: no espera ninguno importante. Justo en ese momento, una pelota de goma vuela por encima de la valla, aterriza en la calzada, fallando por poco el techo de una furgoneta, y rueda hasta dar con el bordillo de la acera a sus pies. Una niña se aferra a la rejilla metálica con expresión ansiosa. Cinco o seis años, ojos muy abiertos, boca jadeante, carita redonda enmarcada por bucles morenos. Mike se asegura de que el pelotazo ha pasado desapercibido en la mesa de las madres. Con un nudo atenazándole el estómago, se levanta con parsimonia, como queriendo prolongar el momento. Sin dejar de contemplar a la pequeña, se adelanta, coge la pelota y la sopesa cerca de la nariz, por si estuviese impregnada de algún aroma infantil que él pueda reconocer. Solo entonces la lanza de vuelta por encima de la valla, un ojo receloso del grupo adulto, el otro ávido de la carita inocente. La niña, contra lo que cabría esperar, no corre tras la pelota. Se queda mirando al desconocido hasta que un grito materno la hace reaccionar. Él da la espalda al parque, aparentando desinterés. Pero le cuesta tragar. Consulta su reloj: las 17:51. Hora de inglés, de ballet, de judo. Revuelo de mochilas y bolsos. Carreras.
Las madres levantan el campo.
Mike aguarda diez minutos más, hasta que el grupo ha desaparecido por completo. Mientras tanto, echa un vistazo al correo electrónico: la compañía de seguros lo avisa de la renovación de la póliza del Polo. Otro gasto en un mes que ya venía torcido por una avería —dos días sin agua caliente— en el termo eléctrico. De paso, mira las notificaciones de WhatsApp, todo memes chorras, y descubre que tiene un par de mensajes en Instagram de me.lee.bel, una de las booklovers a quienes ha invitado a leer su ópera prima.
Hola, Mike:
Gracias por tu ofrecimiento.
No te prometo nada, pero intentaré leer tu novela y, si me gusta, la reseñaré.
Lo único, te agradeceré que me la envíes en papel.
Bel.
♥
El otro incluye el nombre completo y una dirección postal de Madrid. Mike se frota la barba con la mano. Inspira hondo. Ni siquiera estaba seguro de que alguna de ellas le respondiese, y esta lo ha hecho casi de un día para otro. Consulta de nuevo su reloj. Tiene algunos ejemplares en el asiento trasero del coche y tiempo de sobra para pasarse por Correos.
Gracias a ti por responder.
Te la envío hoy mismo.
Buena semana.
Apura el café, ya frío. Deja unas monedas en el platillo, redondeando por arriba. Al levantarse, eleva una ceja al turco en señal de despedida.
Todo lo soleada que quieras, la tarde, pero se ha levantado un airecillo del norte que en la sombra se hace molesto.
Domingo, 1 de octubre
… Es curioso cómo una llamada puede cambiar tantas cosas: amor, trabajo, familia. Presente y futuro. En mi caso, incluso el pasado. Hago balance del tiempo transcurrido desde entonces.
He cerrado las puertas que debían ser cerradas.
He abierto las que estaba en mi mano abrir.
Contemplo con desconcierto el pasado.
Con circunspección, el presente.
El futuro, con serenidad.
Punto final. Bel Barcelona ensancha los pulmones. Le parece que lleva una eternidad sin respirar, abducida por el desenlace de la historia. Un final incierto, desasosegante, pero una puerta abierta a la esperanza. Un relato conmovedor que convierte al lector en sombra de la protagonista, con la que empatiza desde la primera página a pesar de que, en lo personal, en lo profesional, en lo afectivo, no es modelo de nada ni ejemplo a seguir. Difícil de clasificar, el relato, por cuanto no es thriller ni novela negra, ni erótica ni romántica, ni intimista ni de acción. Bebe un poco de todo ello, sin embargo, y la mezcla se convierte en original por lo ecléctica y en refrescante porque, en su jugueteo con tal abanico de géneros, consigue no caer en los clichés que los caracterizan.
Caramba con Mike Solo.
Y esos cinco renglones de reflexión final en perfecta línea decreciente… Imposible que sea un efecto casual.
Encima es un esteta, el tío.
Cierra el libro con un suspiro. El diseño de la portada todavía la enerva: una pareja sentada de espaldas en un banco al borde de un paseo marítimo, la cabeza de ella apoyada en la de él al contraluz de un amanecer. La imagen podría pasar por meramente ingenua, si no fuera porque las tipografías dispares, desproporcionadas y de color chillón del título y el nombre del autor certifican una dolorosa escasez de gusto. La primera vez que vio la cubierta se dijo: Ya está, ya me la han vuelto a colar. Los créditos de la segunda página —«Diseño de edición y portada: Mike Solo»— acrecentaron su desconfianza, porque la experiencia le dice que, a menos que sea un fuera de serie, un autor que se hace la corrección, la maquetación, la portada, la publicación y la promoción tiene bastantes probabilidades de ser mediocre en todo; lo cual, inevitablemente, incluye el texto.
Eso pensaba mientras grababa el unboxing de la novela, el corto vídeo en que la booklover se muestra abriendo el paquete y mostrando a sus seguidores el ejemplar recibido; y lo siguió pensando durante los cuatro o cinco días que tardó en decidirse a echarle un vistazo en serio. Antes acabó el trepidante Retrato de un alma triste, de Nathan Gillet, y el placentero Viajes con Charley, de John Steinbeck —un clásico del siglo xx en edición renovada, para compensar—, con sus respectivas presentaciones y reseñas en el feed y en las stories. También hizo un intento con un autopublicado ya comprometido y que se quedó en eso, en intento, porque el texto le resultó infumable desde la primera página. Hay que reconocer que el pobre Cas Román —¿Qué clase de nombre es ese?, ¿Casimiro?— tenía el listón muy alto, después de Gillet y Steinbeck. Pero… ¿«No despertó en su cama, si no en el frío suelo», en el primer párrafo? ¿«… se abrían acabado todos sus problemas», en la segunda página? Y como dato erudito, «Picasso, un pintor catalán». Hay que joderse.
El primer capítulo de Diez días de verano, sin embargo, le hizo abandonar su postura escéptica. Estilo conciso, sin florituras, describiendo solo lo esencial. Caracterización escueta de los personajes, dejando el grueso a la imaginación del lector. Coherencia en los puntos de vista. Diálogos sutiles y realistas. Por no hablar del impecable control de la puntuación y del asombroso número de faltas de ortografía, tildes incluidas, que ha podido detectar: cero. Y la presentación, limpia, ortodoxa, agradable a la vista. Nada que envidiar a una edición profesional, más allá del fiasco de portada.
Aún con la sonrisa en la boca, Bel se levanta del sofá, amoldado a su culo tras la larga sesión de lectura. Un vistazo al ventanal le hace guiñar los ojos. El reloj de la cocina marca una hora estupenda para sacarse un aperitivo a la terraza, aprovechando que el veranillo de San Miguel se resiste a ceder el paso al otoño. Ya vendrán los días grises. Una copa de blanco muy frío, unas patatas fritas de bolsa, unas aceitunas aliñadas; el pecado de los domingos. Ya vendrá el lunes la austeridad de entresemana.
Short vaquero, top blanco de licra, visera y gafas de sol. Qué rico el rueda, para ser de supermercado. Bel se felicita por su buena intuición, que lo mismo la llevó a aprovechar la oferta de vinos que a aceptar el libro de Mike Solo. Un autor novel de su categoría merece algo más que autopublicarse.
Aceituna. Patata frita. Sorbito de verdejo.
Aunque, ahora que lo piensa, ¿quién ha dicho que sea novel?
Echa un vistazo al perfil de Solo en Instagram. Pocas entradas, todas ellas relacionadas con Diez días de verano: algunas previas, anticipando la publicación; otras en que muestra la portada del libro y la sinopsis; la última, la convocatoria de una próxima presentación. Y por en medio, un logrado damero de la portada en 4x3, llenando la pantalla completa. Muy vistoso, si el diseño fuese un poco más… Ejem.
Sorbo de verdejo. Dos patatas fritas. Dos aceitunas.
Novel, pues. Y en lo de promocionarse en las redes sociales, un aficionado.
Hola, Mike:
Ya he leído tu libro. Está bien escrito, y me ha sorprendido
agradablemente la historia, emocionante y adictiva.
Te publicaré en breve la reseña y te haré un reel.
No dejes de escribir, lo haces muy bien.
Un abrazo.
♥♥♥
Miércoles, 4 de octubre
… y que se lee con agrado gracias a que el autor hace un magnífico retrato de la protagonista, con la que empatizas desde el primer momento, y a un final bien construido, tierno y atrevido, que provoca sensaciones contradictorias, pero que deja buen sabor de boca.
En definitiva, que Diez días de verano me ha sorprendido gratamente, y que espero leer más obras de @mike_solo. Os la recomiendo mucho.
Con cariño, Bel.
De las booklovers a quienes escribió, la primera en leer y reseñar su libro, tan solo tres semanas después de recibirlo. Miguel García, alias Mike Solo, se llena los pulmones a tope. Todo con me.lee.bel ha ido de maravilla: el amable intercambio de mensajes previos; la naturalidad con que ella se desenvuelve en los reels —uno para el unboxing del libro, otro anticipando la lectura inminente, un tercero presentando la reseña—; la estudiada puesta en escena de las fotografías —atrezo vintage, composición elegante, discretas tonalidades café—; y, sobre todo, la meticulosidad de la reseña. Nada de despachar el libro con cuatro líneas y entre una y cinco estrellas. Bel Barcelona se trabaja una crítica bien escrita y razonada, se molesta en recalcar las cosas que más le han gustado y las que menos —anecdóticas estas en el caso de Diez días de verano—, y extrae una lista de frases destacables que le admiran —¿Yo he escrito eso?— a él mismo. Si algo está claro, es que esta chica prima la calidad por encima de la cantidad, y que lee con un lápiz en la mano.
Hola, Bel:
Muchas gracias por la presentación del libro y por la reseña. Me han gustado mucho. Eres una gran comunicadora.
Espero que tengamos ocasión de colaborar de nuevo.
Un abrazo. Mike.
Ah, y un orgullo que mi reseña se halle junto a la del gran Steinbeck.
Un café para celebrarlo. Se dirige a la cocina tras teclear el mensaje. El café es su único vicio, pero uno grande. De ahí que una cafetera de barista, el único capricho que puede encontrarse en el austero piso, ocupe un puesto de honor sobre la gastada encimera imitación mármol. El resto de la cual, dicho sea de paso, rebosa de vajilla y utensilios sucios que ya no caben en el fregadero, al que tampoco puede dar salida hasta que vacíe el lavaplatos, cosa que no ocurrirá hasta que se agoten las tazas limpias. La momentánea duda se desvanece cuando comprueba que hay una pasable. La de Luke Skywalker empuñando su sable láser, precisamente.
Un puñado de Blue Mountain para una ocasión especial.
El agua mineral comprada al efecto.
Su taza favorita.
Clic.
Le encanta el sonido del molinillo, el siseo de la bomba de presión, el borboteo del líquido llenando la taza, el aroma intenso que se difunde, impregnando la casa entera, ensanchando espíritu y pulmones.
Le encanta la fragancia del jamaica.
Ceremonioso, se lleva la taza a la nariz e inspira hondo. Le da un sorbito prudente, tanteando la temperatura, y luego se llena la boca con uno más confiado.
Le encanta el chute de cafeína.
La mesa de comedor se hace pequeña, cubierta de libros, cuadernos y pósits alrededor de un portátil demasiado grande y pesado para lo que se lleva ahora. La silla de trabajo es una de las cuatro que dotan la mesa, incómoda si no fuera por el cojín de cretona robado al sofá. Detrás, una librería de bricolaje, en cuyas baldas no queda un hueco libre, sustituye al aparador original, al que, vetusto como la mesa y las sillas, relegó al dormitorio de invitados, ahora trastero.
De vuelta al rincón de trabajo, recorre me.lee.bel en el móvil con renovada curiosidad mientras disfruta su taza. Bel Barcelona no es una bookstagramer cualquiera, como ya constatara él cuando la eligió para ofrecerle Diez días de verano. Con más de cuarenta y cinco mil seguidores, su cuenta es la de mayor tirón en el mundillo nacional, por delante de las de otras booklovers que aceptaron leer la novela. Un perfil de libros cien por cien, sin concesiones a la vida privada: nada de fotos personales, viajes, niños o mascotas en el feed. La autora solo se deja ver en las historias mostrando los libros leídos y por leer. Y lo que deja ver, a Mike no le disgusta.
Cuerpo de hechuras generosas, redondeadas. Curvy, que se dice ahora. Cara redondita, de agradables facciones. Mirada de miel melancólica, huidiza bajo unas cejas apenas existentes. Cabello cortísimo, cual rapado cuartelero. ¿Síntoma enfermizo o rabiosa modernidad?
Mike siente un repentino interés por la booklover; una atracción a la vez física e intelectual. Teclea su nombre completo en el buscador del portátil, más cómodo para según qué cosas. Un blog personal —Me lee Bel, también— con libros y reseñas; más de lo mismo, pero con retraso: todavía no han aparecido el Steinbeck y el Mike Solo. Poca cosa en LinkedIn: hace una década entró como auxiliar administrativa en una constructora de Chamartín; desde entonces, o no ha cambiado de trabajo o nunca actualizó el perfil. Nada especial en Facebook, a años luz de su actividad en Instagram: apenas doscientos amigos con los que comparte vídeos musicales, citas literarias, poemas ajenos y algunas, pocas, fotos con amigas. Ni sombra de una pareja.
Un fino surco se acentúa entre sus cejas.
¿Otra alma solitaria?
Apura el café.
Pensaba encerrarse en casa para retomar la escritura, aprovechando que lunes y miércoles no toca parque infantil —tampoco los viernes: las madres se dispersan raudas, ávidas de fin de semana—; pero la luminosa tarde se refleja, rojiza, en el ladrillo caravista de la fachada de enfrente. La idea de que puedan quedar pocas como esta antes del cambio de hora hace que el apartamento orientado al norte se le caiga encima. Ya perdió la del lunes de forma miserable sin llegar a avanzar una línea en el argumento de su próxima novela. Mejor sería echarse a la calle, dejar que el coco se oxigene, que vague libre, que encuentre solo su camino.
Lo dicho.
Deportivas. Chándal holgado. Móvil, auriculares, gafas de sol.
Caminata hasta el paseo del Pintor Rosales. Ida y vuelta desde Tetuán, once kilómetros. Contemplará su atardecer favorito en el templo de Debod, y su cintura descuidada se lo agradecerá.
We only said goodbye with words.
I died a hundred times.
You go back to her,
and I go back to
black, black, black, black2…
2 Solo nos dijimos adiós con palabras. / Yo morí cien veces. / Tú vuelves a ella, / y yo vuelvo a / negro, negro, negro, negro…
Back to black. Vuelta al luto, a la oscuridad, a la depresión, a la droga, a lo que quiera que Amy Winehouse, desengañada por una ruptura sentimental, quisiera decir con su desgarrado lamento. Otra top ten. Mike sale al descansillo silbando la melodía. Hace una mueca al constatar que huele a cebollas hervidas. Siempre huele a algo en la puta escalera. Pulsa el botón del ascensor. Justo en ese instante, se abre la puerta de enfrente.
No hay escapatoria.
—Hola, Miguel. ¿Qué tal? —dice la vecina, la mirada clavada en el botón iluminado, las manos cargadas de bolsas de plástico.
—Hola, Sole. Bien, gracias. Si quieres, te bajo el reciclaje.
—Nñuf, es igual. Total, tengo que acercarme al súper.
Soledad Riaño ya no cumple los cuarenta. El nombre parece una premonición: es viuda, sin hijos. Tristona, como sus jerséis desvaídos, exageradamente largos. No es que sea fea, pero tampoco se saca partido. Luciría más si se cuidara el cutis, pasara por la peluquería y renovase el guardarropa. De huidiza mirada acuosa, Mike la tiene por un poco trastornada. A veces le inspira afecto; otras, temor.
El ascensor se detiene con un chasquido. Alguien ha tirado un clínex arrugado al suelo. También hay cáscaras de pipas esparcidas. Mike chasca la lengua. Soledad ni se inmuta.
—¿Te arreglaron el termo? —pregunta, una vez se cierran las puertas tras ellos.
—Me lo cambiaron. Gracias por estar pendiente del fontanero.
—Ya te dije que podías ducharte en casa.
—Lo sé, y te lo agradezco; pero no hizo falta: tenemos vestuario en la oficina.
Asiente ella, inexpresiva. Mike tiene la impresión de que lo mismo podría haberle confesado que se duchó dos días con agua fría.
Planta baja. La cabina se detiene con una sacudida que hace cuestionarse a Mike si el mantenimiento está al día. De repente, una chispa destella en los ojos vacuos, como si la viuda hubiese reparado en algo importante.
—¿Vas a caminar?
Mike asiente con la cabeza. Lo dicho: pelín trastornada, la pobre.
Nelly Furtado. Dionne Warwick. Clair Marlo. Bravo Murillo abajo, Vocalistas ellas, la playlist de Mike en Spotify acompaña la caminata.
Filipinas. Cea Bermúdez. Isaac Peral. Mientras bordea la plaza de Moncloa para enfilar el paseo de Moret, una idea inopinada lo asalta: la dirección a que envió su libro a Bel Barcelona no queda lejos del templo, por detrás de la Plaza de España. Y luego, siempre puede regresar por San Bernardo hasta retomar Bravo Murillo arriba.
¿Una idea tonta?
Entra Shirley Bassey. Diamonds are forever. Música de John Barry; cálida expresividad; reminiscencia a años setenta, a chicas que quitan el hipo, a martini mezclado, no agitado.
Encoge los hombros Mike.
Tonta, no. Mera curiosidad morbosa.
¿Por qué regla de tres vigilaría un escritor —pero uno de éxito, de los de petar la Feria del Libro, presentar en el Círculo de Bellas Artes y tener a las redes pendientes de sus tuits— a una booklover?
Hora y media después de salir de casa, Mike Solo se repite por enésima vez la pregunta mientras bebe agua con gas ante una mesa de formica desportillada junto al ventanal. El lugar, un bareto poco fiable para pedir café en la calle San Bernardo. En la acera de enfrente, unos metros más allá, el portal de Isabel Barcelona. La pregunta es pertinente no porque tenga que ver con él, sino porque resulta la clave de una idea que ha tenido mientras recorría Pintor Rosales, disfrutando del mismo atardecer benigno que ha echado a la calle a millares de madrileños. Corredoras —en los corredores se fija menos— de top ceñido, abdomen liso y balanceante cola de caballo; ancianas —los ancianos, ay, escasean— en sillas de ruedas empujadas por cuidadoras sudamericanas; y parejas jóvenes con perro, pandillas de adolescentes en celo, niños merendando a dos carrillos.
En medio de ese heterogéneo ir y venir, de los juegos, de las risas, de los arrumacos, por encima de la voz rasposa de Bonnie Tyler en sus auriculares —la recuerda sofisticadamente bella en la portada azul de Bitterblue—, Mike ha tenido, por alguna asociación de ideas a la que ya es incapaz de trazar la pista, su epifanía.
El género, negro. Esta vez sin medias tintas: crímenes perversos a saco. Un reguero de asesinatos en serie; de booklovers, ahora que sabe de qué va el mundillo. Como protagonista, un policía atípico, lo cual quiere decir una persona normal y corriente, alejada de los estereotipos del género. Como principal sospechoso, un escritor del montón que desea, por encima de todas las cosas, convertirse en superventas. ¿Su alter ego? Hum… Demasiado obvio. Se atusa la barba, distraído. ¿Por qué no escritora? Para algo se le dan bien —Bel Barcelona dixit— los personajes femeninos. Y puesto a rizar el rizo, ambas, policía y sospechosa, podrían ser mujeres.
A reflexionar.
Agita los cubitos en el agua mineral. Un estallido de burbujas chisporrotea en su nariz. Impulsado por un súbito acceso de creatividad, mirando sin ver el portal que juega a vigilar, comienza a grabar notas de voz en un intento de no perder el hilo de sus pensamientos. Su poli tendrá un nombre corriente: José, Antonio o Paco. No fumará ni beberá. En el trabajo, como en casa, no sabrá hacerse el duro. No será soltero ni mujeriego, ni tendrá una familia desestructurada; de hecho, no conocerá más mujer que su primera novia del instituto con la que tendrá una familia modélica: unas hijas cariñosas y trabajadoras, por ejemplo, por quienes la adolescencia pasó sin que sus padres se enteraran. Tampoco ocultará su policía un pasado turbio o triste, ni lo atormentarán insidiosos fantasmas. Ni siquiera estará de vuelta de todo. No se saltará las normas, o no a menudo. Su carrera aún no habrá llegado a la etapa crepuscular. Y no, definitivamente no tendrá siempre a mano el inaprensible hackerque le debe favores. Y puesto a convertir a José, o a Antonio o a Paco, en antipolicía de novela, sus casos se quedarán sin resolver más a menudo de lo que le gustaría.
Mucho se está entusiasmando con el policía, piensa.
Prolongado trago de agua mineral con gas.
Disimulado eructo desgasificante.
Protagonista varón, pues.
Dos botellines de Vichy Catalán más tarde, harto de esperar no sabe qué, Mike abandona el bareto con la cabeza llena de ideas, ansioso por llegar a casa, darse una ducha y sentarse con un bocata de cualquier cosa ante el ordenador.
Se dirige a paso ligero hacia la estación de metro de Noviciado, la más cercana. Una imagen lo acucia en particular. Encerrada con su agresor. La ve nítida, brutal, la escena que abrirá la historia; una descarga de adrenalina y tensión que hará desear más al lector. A modo de prólogo, propiciará la entrada en escena del inspector Paco. Porque será Paco, qué coño, como su padre. Qué menos que rendirle ese homenaje a quien le inculcó el hábito de la lectura.
Es lo que tiene la inspiración: te hace tomar decisiones sabias.
Jueves, 19 de octubre18:55 h.
Barrio de La Latina.
Librería Madrid-París
Vetustas estanterías de roble recubren las paredes hasta el techo. Las mesas centrales, siempre recubiertas de novedades editoriales, se ven apartadas a un lado; el añejo pavimento hidráulico, cubierto de sillas de tijera. Un olor a madera encerada y a papel añoso impregna el negocio, heroico superviviente en la era de las megatiendas físicas o virtuales, la impresión bajo demanda y el libro digital.
Americana azul, camisa blanca sin corbata, mocasines marrones, Mike Solo se dispone a presentar su novela. Treinta, treinta y cinco personas entre el público. Ni tan mal. Antes de tomar asiento junto a la librera, que actúa como presentadora, se ve al autor saludar a dos o tres asistentes. El resto, mujeres en su mayoría, es, con seguridad, parroquia habitual.
Las manos en los bolsillos de un abrigo de Mango beis, la boina a juego bien encasquetada, los zapatos salón húmedos por la lluvia, Bel Barcelona permanece de pie junto a la entrada, pues no le apetece sentarse en la primera fila, la única donde quedan sillas libres. Desde que leyese Diez días de verano no se ha quitado de la cabeza la idea de conocer al autor. Una persona con su sensibilidad, con su fina ironía, con su facilidad para hacer de un planteamiento banal una historia conmovedora, por fuerza ha de resultar interesante. Anoche se aseguró de la hora de la presentación, y esta tarde, para cuando ha querido preguntarse si estaba segura de lo que hacía, ya se había sentado en un vagón de metro en dirección a La Latina.
El ritual acostumbrado: la librera saluda a los presentes, da la bienvenida al autor y lee unas notas biográficas escritas en una cuartilla. Luego le hace unas preguntas, a todas luces acordadas. ¿Cómo se te ocurrió la idea? ¿Cómo haces para meterte en la mente de una mujer? ¿Qué opinan los lectores de tu novela? ¿Y las lectoras? Sentado medio de costado, con aire indolente, el entrevistado responde tranquilo, sin enrollarse mucho, intercalando a veces una anécdota, un chascarrillo, un gesto gracioso. Si a Bel le gusta cómo escribe, no le agrada menos su soltura, la sonrisa con que agradece cada pregunta, la naturalidad con que se acaricia la barba o se pasa la mano por la nuca antes de responder.
Treinta y siete años, según la solapa del libro. De físico tampoco está mal, aunque nadie lo tomaría por un profesional del vóley-playa. Alto y ancho de hombros, adolece de una cintura abultada; y el cabello —sal y pimienta, como dicen los franceses— le ralea en la coronilla. Tales minucias las compensa con ese sex appeal que es inherente a escritores, músicos y diseñadores de edificios imposibles cuando ejercen como tales.
El público pasa un buen rato. Se aprecia en el silencio atento, en las espaldas erguidas, en la escasez de miradas discretas o indiscretas a los móviles. Bel suspira. Cuánto le gustaría estar al otro lado de la mesa, presentar su propia novela, ser admirada por una audiencia entregada. Cada vez que lee algo que le gusta se pregunta cómo funcionaba la mente del autor cuando surgió la idea; cómo maduró la historia hasta desencadenar en él un ansia irrefrenable de contarla; cómo evolucionó luego, si siguió un plan previsto o adquirió vida propia. Y le fascina que, tras vaciar su alma en el borrador, el escritor se viese empujado a refinarlo una y otra vez, hasta que el texto, literario o efectista, poético o prosaico, intimista o descarnado, deviniese admirable y sin tacha.
