Matilda - Mary W. Shelley - E-Book

Matilda E-Book

Mary W. Shelley

0,0

Beschreibung

Narrado desde su lecho de muerte, Matilda cuenta la historia de la confesión de amor incestuoso que tenía su padre por ella, y su suicidio por ahogamiento. Su relación con un joven y dotado poeta llamado Woodville no conseguirá revertir el retraimiento emocional de Matilda ni evitar su solitaria muerte.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 171

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0



MATILDA

Mary Shelley

Traducción de Helena Bailach Adsuara, Carla Fonte Sánchez, Lorena González de la Torre y Susana López Millot. Supervisión de la traducción de Josep Marco Borillo (Universitat Jaume I)

JPM Ediciones

 

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial. Diríjase a CEDRO (www.cedro.org) si desea fotocopiar o escanear alguna parte de este libro.

 

Título original: Mathilda (1819)

© De la traducción: Helena Bailach Adsuara, Carla Fonte Sánchez, Lorena González de la Torre y Susana López Millot, 2022

© De la supervisión de la traducción: Josep Marco Borillo, 2022

© De esta edición: JPM Ediciones, 2022

http://www.jpm-ediciones.es

[email protected]

Ilustración de la cubierta: Ophelia, John William Waterhouse, 1894

Maquetación y diseño de la cubierta: JPM Ediciones

ISBN: 978-84-15499-93-0

Edición digital

 

ÍNDICE

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO I

Son solo las cuatro; pero es invierno y el sol ya se ha puesto. No hay nubes que reflejen sus rayos oblicuos en el cielo glacial, pero el mismo aire está teñido de un color levemente rosado que se refleja a su vez en la nieve que cubre el suelo. Vivo sola en una solitaria cabaña en medio de un extenso brezal. No hay voz viviente que me alcance. Veo la desolada llanura cubierta de blanco, excepto por unas manchas negras que el sol del mediodía ha dejado en la cima de aquellas colinas de cumbres afiladas en las que la nieve se resbalaba al caer y formaba una capa más fina que en el terreno llano. Algunos pájaros picotean el duro hielo que cubre los charcos, pues la helada persiste desde hace tiempo.

Me encuentro en un extraño estado de ánimo. Estoy sola, completamente sola en el mundo. La plaga de la desgracia me ha visitado y me ha marchitado; sé que estoy a punto de morir y estoy contenta, dichosa. Me tomo el pulso y lo noto acelerado. Me pongo la delgada mano en la mejilla, noto que arde; el poco espíritu que me queda se apresura a emitir sus últimos destellos. No volveré a ver la nieve de otro invierno; estoy segura de que no volveré a sentir la vivificante calidez del sol de otro verano; y con esta convicción empiezo a escribir mi trágica historia. Quizás habría sido mejor que una historia como la mía muriese conmigo, pero me guía un sentimiento que no sé definir y estoy demasiado débil tanto física como mentalmente para resistir el más mínimo impulso. Cuando la vida latía fuerte en mi interior, pensaba que había un horror sagrado en mi historia que la hacía imposible de contar, y ahora que estoy a punto de morir mancillo sus terrores místicos. Es como el bosque de las Euménides, donde solo pueden entrar los muertos, y Edipo está a punto de morir.

¿Qué estoy escribiendo? Debo ordenar mis pensamientos. Solo tú, amigo mío, leerás estás páginas que recibirás cuando muera. No me dirijo únicamente a ti porque así tendré el placer de detenerme en nuestra amistad de un modo que sería superfluo si solo tú fueses a leer lo que escriba. Narraré mi historia, pues, como si la escribiese para desconocidos. Me has preguntado a menudo por la causa de mi vida solitaria, de mis lágrimas, y, sobre todo, de mi impenetrable y desagradable silencio. En vida no me atreví; en la muerte desvelo el misterio. Otros leerían estas páginas por encima, pero para ti, Woodville, amigo amable y afectuoso, serán un tesoro: los preciados recuerdos de una chica con el corazón roto que, al morir, aún está llena de gratitud hacia ti. Tus lágrimas caerán sobre estas palabras que dan fe de mis desgracias. Sé que lo harán, y ahora que aún estoy viva, agradezco tu compasión.

Pero dejemos eso. Voy a empezar mi narración: es mi última tarea y espero tener fuerzas para completarla. No dejo constancia de ningún crimen; mis errores pueden ser fácilmente perdonados, pues no proceden de motivos malvados, sino de la falta de juicio; y creo que pocos afirmarían haber podido evitar, bien por un medio diferente o por mayor sabiduría, las desgracias de las cuales soy víctima. Mi destino lo ha regido la necesidad, una horrible necesidad. Se habrían requerido manos más robustas que las mías, más robustas, creo, que las de cualquier fuerza humana para romper las cadenas gruesas y adamantinas que me han atado —a mí, que en otros tiempos no respiraba nada más que felicidad, que siempre me deleitaba en la calidez del amor y en la bondad— a una desdicha a la que solo puede poner fin la muerte, que ahora está a punto de hacerlo. Pero se me olvida, mi historia está aún por contar. Me detendré unos momentos a secarme los ojos empañados y trataré de olvidar los pesados y oscuros sentimientos de infelicidad del presente para recuperar las emociones más intensas del pasado.

Nací en Inglaterra. Mi padre era un hombre de alto linaje. Había perdido a su padre de pequeño, y su delicada madre lo educó con toda la indulgencia que consideró adecuada para un noble adinerado. Fue enviado a Eton y más tarde a la universidad; y se le permitió desde niño la libertad de disponer de grandes cantidades de dinero y, por tanto, disfrutar desde joven de la independencia que un chico con estas ventajas adquiere en una escuela privada.

Debido a estas circunstancias, sus pasiones encontraron un vasto terreno en el que echar raíces y crecer como flores o como malas hierbas, según su naturaleza. Al poder siempre actuar independientemente, su carácter se forjó pronto y con fuerza, y mostró varias facetas en las que un agudo observador podría discernir las semillas de virtudes e infortunios. Su imprudente despilfarro lo llevaba a malgastar inmensas cantidades de dinero para satisfacer sus caprichos pasajeros, que, debido a su intensidad, él dignificaba bajo el nombre de pasiones, y a menudo adoptaba la forma de una descontrolada generosidad. Sin embargo, aunque se afanaba en complacer los deseos de otros, también gratificaba los propios al máximo. Regalaba su dinero, pero no sacrificaba ninguno de sus propios deseos a esos regalos; regalaba su tiempo, el cual no valoraba, y su bondad, que fuera como fuera estaba contento de poner en acción.

No digo que si sus propios deseos hubieran chocado con los de los demás habría demostrado un inapropiado egoísmo; pero nunca se vio sometido a tal prueba. Se crio en la prosperidad, incluyendo todas sus ventajas; todos lo querían y deseaban complacerlo. Siempre estaba pendiente de satisfacer los placeres de sus amigos, pero esos placeres eran también los suyos; y si dedicaba más atención a los sentimientos de otros de lo que es usual para un estudiante de su edad era porque su temperamento sociable no le permitía disfrutar si todos los rostros no estaban tan libres de preocupaciones como el suyo.

En la escuela, la imitación y sus habilidades naturales lo hicieron sobresalir entre sus compañeros; en la universidad repudiaba los libros; creía que tenía otras lecciones que aprender que las que estos pudieran enseñarle. Estaba a las puertas de la vida y todavía era bastante joven para considerar que estudiar era un grillete para el estudiante, que solo servía para evitar que los rebeldes cometiesen travesuras y no tenía ninguna relación con la vida real, en la que consideraba de mucho más interés la sabiduría de montar a caballo y jugar, entre otros pasatiempos. Así que en la universidad rápidamente se apuntó a todas las travesuras, aunque su corazón estaba demasiado bien moldeado para ser corrompido por ellas; quizá fuese desenfadado, pero nunca frío. Era un amigo sincero y comprensivo, pero no había conocido a nadie que fuera superior o igual a él y que pudiese ayudarlo a desarrollar su mente, o que lo hiciese buscar nuevas vías de conocimiento una vez había agotado las viejas. Sentía que su perspicacia era superior a la de la gente a su alrededor: su talento, su linaje y su riqueza lo convirtieron en el líder de su grupo, y se mantuvo en esa posición no solo satisfecho sino triunfante, considerándolo como la única ambición a la que valía la pena aspirar en el mundo.

Debido a una extraña estrechez de miras, dividía el mundo entre lo que estaba relacionado con su pequeño círculo social y lo que no. Todas las opiniones de sus amigos le parecían bizarras y pasadas de moda, y se convirtió en alguien dogmático y al mismo tiempo temeroso de no coincidir con las únicas opiniones que podía considerar ortodoxas. A los ojos de los demás, parecía ignorar las críticas y rechazar los prejuicios populares con gran desdén; pero a la vez que caminaba con ademán triunfante por encima del resto del mundo, se acobardaba, con disimulada humildad, ante el propio grupo que lideraba, y nunca se atrevía a expresar lo que pensaba o sentía sin estar seguro de que obtendría la aprobación de sus compañeros.

Sin embargo, les ocultaba un secreto a sus queridos amigos; un secreto que había guardado desde su infancia y que no quería compartir con sus compañeros de universidad porque, aunque los apreciaba, no confiaba bastante en la delicadeza ni en la comprensión de ninguno de ellos. Estaba enamorado. Le asustaba que la intensidad de su pasión se convirtiese en objeto de burla; y no podía soportar que la profanasen al considerar como algo trivial o transitorio lo que para él era su vida entera.

Cerca de la mansión de su familia vivía un caballero de pequeña fortuna con sus tres hermosas hijas. La más mayor era de lejos la más bella, pero su belleza era solo un añadido a sus otras cualidades: su inteligencia era aguda y su carácter, angelical. Mi padre y ella jugaban juntos de niños. Diana, incluso en su infancia, había sido la favorita de la madre de mi padre; su afecto aumentaba a medida que esta niña hermosa y vivaz se hacía mayor. Por eso, durante las vacaciones escolares, estaban siempre juntos. Él, que era particularmente impresionable, recibió el influjo de las novelas y de los distintos medios por los cuales la juventud del mundo civilizado conoce la existencia de las pasiones antes de sentirlas de verdad. A los once años, Diana era su compañera de juegos favorita, pero él ya hablaba con el lenguaje del amor. Aunque ella era casi dos años mayor que él, la naturaleza de su educación hacía que fuese más infantil, al menos en cuanto al conocimiento y la expresión de los sentimientos; ella respondía con inocencia a sus afectuosas declaraciones y las correspondía sin saber lo que significaban. No había leído novelas y solo se relacionaba con sus hermanas pequeñas; ¿cómo iba a saber la diferencia entre el amor y la amistad? Y cuando el desarrollo de su entendimiento le reveló la verdadera naturaleza de esta interacción, ya había entregado su afecto a su amigo, y lo único que temía era que los afectos de él fuesen volubles o que sus promesas de infancia sucumbieran a otras tentaciones o a su propia volubilidad.

Pero cada día aquellos sentimientos eran más ardientes y tiernos. Era una pasión que había crecido con él; estaba entrelazada con cada facultad y cada emoción y solo desaparecería con su muerte. Nadie sabía de su amor excepto sus dos corazones; sin embargo, a pesar de que, como en todo lo demás, también en esto temía la crítica de sus compañeros, por amar verdaderamente a alguien más pobre que él, nada le hizo nunca vacilar, ni por un momento, en su propósito de unirse a ella tan pronto como pudiese reunir el valor suficiente para enfrentarse a aquellas dificultades que estaba tan determinado a superar.

Diana era completamente digna de su amor más profundo. Pocos podían presumir de un corazón tan puro, de tan genuina humildad de espíritu y de una confianza tan firme en su propia integridad y en la de los demás. Había llevado una vida retirada desde su nacimiento. Había perdido a su madre de muy pequeña, pero su padre se había dedicado en cuerpo y alma a su educación. Tenía unas ideas muy peculiares, que habían influido en el sistema que había adoptado para ella; estaba familiarizada con los héroes de Grecia y Roma y con los que habían vivido en Inglaterra siglos atrás, a la vez que ignoraba por completo los acontecimientos de su tiempo; había leído a pocos autores de los últimos cincuenta años, pero, aparte de eso, sus lecturas eran muy extensas. Por tanto, aunque parecía menos familiarizada con los misterios de la vida y la sociedad que él, su conocimiento era de una naturaleza más profunda y tenía unos cimientos más sólidos; y aunque su belleza y su dulzura no lo hubiesen fascinado, lo habría cautivado su conocimiento. La admiraba como su guía, y era tal su adoración que se deleitaba aumentando en su interior el sentimiento de inferioridad que ella a veces le provocaba.

Cuando él tenía diecinueve años, su madre falleció. A raíz de ello, dejó la universidad y se separó de sus amigos una temporada, retirándose cerca de donde vivía Diana para que ella lo consolara con su dulce voz y sus tiernas caricias. Esta breve separación de sus compañeros le dio el valor para consolidar su independencia. Tenía la sensación de que, por mucho que se burlasen de sus planes de matrimonio, no se atreverían a hacerlo una vez este ya hubiese tenido lugar; por tanto, solicitó el consentimiento de su guardián, que obtuvo con algunas dificultades, y el del padre de su amada, que lo concedió mucho más fácilmente, y sin dar a conocer su intención a nadie más, antes de cumplir los veinte años se había convertido en el marido de Diana.

La amaba con pasión y estaba tan hechizado por su ternura que no podía pensar en nada más que en ella. Invitó a algunos de sus amigos de la universidad, pero le repugnaba su frivolidad. Diana había rasgado el velo que hasta entonces lo había mantenido en la infancia: ahora se había convertido en un hombre y se sorprendía de haber podido compartir las opiniones e ideas hipócritas de sus compañeros de universidad o de haber temido, por un momento, sus críticas. Se deshizo de sus viejas amistades no por capricho, sino porque de verdad le parecían indignas de él. Diana llenaba todo su corazón: le parecía que a través de su unión con ella había recibido un alma nueva y mejor. Ella era su mentora mientras él aprendía el verdadero significado de la vida. A través de sus queridas lecciones se deshizo de sus antiguos afanes y gradualmente se preparó para convertirse en uno de sus semejantes; en un miembro distinguido de la sociedad, en un patriota; y en un amante ilustrado de la verdad y la virtud. La amaba por su belleza y su carácter bondadoso, pero la amaba todavía más por su sabiduría, que consideraba superior. Estudiaban, montaban a caballo juntos; nunca se separaban y rara vez aceptaban la compañía de un tercero.

Por tanto, mi padre, que había nacido en la abundancia y la prosperidad, ascendió al pináculo más alto de la felicidad sin las dificultades y decepciones varias que todos los seres humanos están destinados a encontrar. A su alrededor brillaba el sol, y las nubes de formas hermosas que convertían el panorama en algo divino le ocultaban la cruel realidad que se escondía tras ellas. Fue abatido de golpe de esta elevada posición, mientras inconscientemente se felicitaba a sí mismo. Quince meses después de casarse, nací yo, y mi madre murió unos días después.

Una hermana de mi padre estaba con él cuando sucedió. Ella era casi quince años mayor que él, y era la hija de un matrimonio anterior de su padre. Cuando este falleció, esta hermana fue acogida por su familia materna: se habían visto pocas veces y tenían caracteres muy distintos. Esta tía mía, a la que confiaron mi custodia, me ha contado a menudo el efecto que tuvo esta catástrofe sobre el carácter fuerte y susceptible de mi padre. Desde el fallecimiento de mi madre hasta su partida, no lo escuchó decir ni una sola palabra: estaba sumido en la más profunda melancolía y no les prestaba atención a los demás; a veces lloraba durante horas o se apoderaba de él una depresión aún mayor. Todos los elementos externos habían dejado de existir para él, y solo una circunstancia era capaz de sacarlo, en cierta medida, de su desesperación inerte y muda: no quería verme. Parecía no notar la presencia de todos los demás, pero si mi tía me llevaba a la habitación para intentar despertar en él su sensibilidad, se marchaba enseguida, enfurecido y fuera de sí. Al cabo de un mes, abandonó la casa sin avisar y se marchó del país, sin la compañía de sirviente alguno y sin informar a nadie de sus intenciones, ni cara a cara ni por carta. Mi tía solo consiguió tranquilizarse sobre su destino cuando recibió una carta suya datada en Hamburgo.

Cuántas veces he llorado por esta carta que, hasta los dieciséis años, era el único recuerdo que tenía de mis padres. «Perdóname», decía, «por el desasosiego que inevitablemente he causado; pero mientras estuve en esa desdichada isla, donde todo me recuerda al espíritu de aquellaa quien he perdido para siempre, estaba bajo un hechizo. Ahora se ha roto: me he marchado de Inglaterra para muchos años, quizá para siempre. Pero para convencerte de que no todo en mí son sentimientos egoístas, me quedaré en esta ciudad hasta que hayas hecho, por carta, todos los arreglos que sean necesarios. Cuando me vaya de aquí no esperes tener noticias mías: debo romper todos los vínculos existentes. Debo convertirme en un vagabundo, en un miserable proscrito. ¡Solo!, ¡solo!». En otra parte de la carta me mencionaba a mí: «Y en cuanto a ese pequeño ser desdichado que no podía ni ver, y que casi no me atrevo a mencionar, la dejo bajo tu protección. Cuida de ella y quiérela: un día puede que venga a por ella; pero el futuro es incierto, así que hazla feliz en el presente».

Mi padre se quedó tres meses en Hamburgo; al marcharse, se cambió de nombre, mi tía nunca pudo descubrir cuál adoptó, y, gracias a leves indicios, solo pudo conjeturar que se había ido por Alemania y Hungría en dirección a Turquía.

De este modo, este espíritu elevado que había despertado el interés y las altas expectativas de todos los que lo conocían y lo apreciaban desapareció de golpe, como si hubiese muerto. Ahora existía solo para sí mismo. Sus amigos lo recordaban como una visión brillante que nunca volvería a ellos. El recuerdo de quien había sido se desvanecía con el paso de los años; y aquel que había sido una parte de ellos y de sus esperanzas ya no pertenecía al mundo de los vivos.

 

CAPÍTULO II

Regreso ahora a mi propia historia. De los primeros años de mi vida hay poco que contar, así que seré breve; pero permítanme que me explaye un poco en los años de mi infancia para ilustrar cómo, al truncarse toda esperanza, la vida deja de tener sentido; y cómo, al quebrantarse el único afecto que se me permitía abrigar, mi existencia desapareció junto con él.