Médium - Jesús Diamantino - E-Book

Médium E-Book

Jesús Diamantino

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Beschreibung

Una vidente atormentada. Un psicópata sin rostro. Espíritus que exigen justicia. Jade nunca quiso despertar su don, pero cuando los fantasmas comienzan a hablar y un asesino serial acecha en las sombras, no le quedará más opción que enfrentarse a sus visiones… y a sí misma. Con la ayuda de su novia Flora y de otras aliadas inesperadas, Jade se verá arrastrada a una red de crímenes impunes, fuerzas oscuras y secretos familiares que no descansan ni después de la muerte. Basada en hechos reales, Médium es un thriller sobrenatural feroz, adictivo y escalofriante. Una novela coral sobre lo que ocurre cuando el mal se disfraza de virtud, y los muertos se niegan a callar. Jesús Diamantino regresa con su obra más perturbadora. Una historia donde el horror no está solo en los fantasmas… sino también en los vivos.

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Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2025

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I.S.B.N.: 978-956-12-3803-9

I.S.B.N. digital: 978-956-12-3810-7

1ª edición: julio de 2025.

Diseño de portada: Genoveva Saavedra / aciditadiseño.

Imágenes de portada: freepik.com

Diseño interior: Mirela Tomicic Petric

© 2025 por Jesús Diamantino Valdés.

Inscripción nº 2025-A-4990. Santiago de Chile.

© 2025 de la presente edición por

Empresa Editora Zig-Zag S.A.

Derechos exclusivos para todos los países.

Editado por Empresa Editora Zig-Zag S.A.

Isidora Goyenechea 3365, oficina 902.

Las Condes. Santiago de Chile.

@zigzageditorial @zigzaginfantilcl

Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización por escrito de la editorial.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

A Alberto, quien en un sueño me susurró esta historia.

“El hombre olvida que es un muertoque conversa con muertos”.

Jorge Luis Borges

"There are more things" de El libro de arena

“Procession moves on, the shouting is over

praise to the glory of loved ones now gone

talking aloud as they sit round their tables

scattering flowers washed down by the rain”.

Joy Division

“The eternal” de Still

PRIMERA PARTE

LA INQUIETUD DE LOS MUERTOS

1

AURORA

Aurora emergió entre la multitud de pasajeros del metro, vistiendo unos jeans desgastados y una blusa con el logo de su pastelería estampado sobre el bolsillo de fuelle. Apareció con una sonrisa encantadora, casi infantil, mostrando su pequeña y perfecta dentadura, como pidiendo implícitamente una disculpa por el retraso a su amigo. La molestia de Román se desvaneció al instante; eran incontables las veces que su mejor amiga –o, mejor dicho, única amiga– lo había hecho esperar. La saludó efusivamente en cuanto lo vio cerca de la boletería y se acercó casi corriendo.

–¡Disculpa! No me odies, pero tuve que terminar un pedido de última hora –mintió.

Él solo sonrió, negando con la cabeza y reprimiendo el regaño que estaba a punto de salir de su boca.

–Gracias por acompañarme. Sé que para ti esta idea es ridícula –dijo, apoyando su cabeza en el hombro de su amigo con ternura.

–No digas eso –respondió Román, tomándola del brazo con afecto–. Pese a todo, soy un hombre creyente.

Aurora amplió su sonrisa, sabiendo que su amigo solo intentaba hacerla sentir mejor. Pero, en ese momento, eso ya no importaba.

La idea de someterse a una sesión con Madame Portia la había obsesionado durante días. “Es la única que puede ayudarte”, le había asegurado Francisca Casas. Aurora no pudo evitar el llanto cuando le acercó a Francisca un tazón de chocolate caliente a la mesa. Estaban solas. La clienta, con un gesto tierno, tomó su mano y la invitó a sentarse. No tuvo más opción que abrirse y contarle sobre la reciente muerte de su abuelo y las disputas familiares por la herencia. Francisca la escuchó con paciencia, consciente de que el dolor puede adoptar muchas formas, mientras mordisqueaba una medialuna y tomaba su chocolate.

Antes de que sus tíos decidieran enviar al viejo a una casa de reposo, Aurora se había encargado con dedicación de sus cuidados, junto a su madre. La alegría que significó abrir su primera pastelería fue reemplazada por el suplicio de alternar su trabajo con los arranques de demencia del abuelo: el torrente de insultos, la mierda desbordándose en los pañales y los aullidos seniles que quebraban la quietud de la noche. Aun así, la joven sentía un profundo amor por él. Se sentaba a su lado, observando esos ojos negros cubiertos por una fina tela lánguida, intentando encontrar en aquella mirada gris el vestigio del hombre vigoroso y honorable que la había criado como un padre. Pero poco a poco, don Ricardo se fue hundiendo en el desvarío, en la desintegración de un cuerpo que lo abandonaba hasta desaparecer, permaneciendo aún allí.

La noche en que el anciano murió, Aurora despertó sobresaltada, creyendo haber escuchado un estruendo. Se lanzó de la cama, convencida de que finalmente había llegado el terremoto que su abuelo tanto había vaticinado. Sin embargo, la habitación permanecía impasible, apenas iluminada por el resplandor lejano de las farolas callejeras. El ruido distante de un coche cruzando la avenida interrumpían el silencio nocturno. Se restregó los ojos, tratando de deshacerse de la sensación ominosa que aún la envolvía, y se dirigió al baño. Pero al mirar fugazmente hacia el espejo del tocador, vio con claridad el rostro de su abuelo observándola. La visión duró solo unos segundos, pero antes de que se desvaneciera como una sombra en el cristal, Aurora reconoció con precisión las facciones de don Ricardo: su frente amplia, los pómulos pronunciados, la piel morena, las cejas gruesas, los ojos negros, ese semblante viril que, con los años, se había marchitado.

Aurora ahogó un grito. Cerró los ojos con fuerza, intentando reprimir lo que creía un espejismo. Respiró hondo y volvió a mirar en la misma dirección, pero esta vez solo apareció el reflejo de su propio rostro pálido. Al encender la luz, oyó unos pasos apresurados acercándose a su habitación. Su madre apareció por la puerta, con el cabello enmarañado y una mueca de angustia.

–Me llamaron del hospital –dijo con la voz quebrada–. Tu tata acaba de fallecer.

Aurora la miró estupefacta y recibió su abrazo casi por inercia, suspendida en el tiempo, como si aún estuviera atrapada en la extensión de un sueño.

Apenas unas cuantas personas asistieron al velorio y al funeral: algunos primos, los tres hijos del difunto, Aurora y Román. No hubo misa ni palabras de despedida en el cementerio, solo una corona marchita y una canción lánguida que alguien hizo sonar desde el parlante de un celular. Cuando todos se marchaban, Aurora quiso quedarse sola un momento más, contemplando el ataúd en las fauces del sepulcro. Intentó rezar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.

De pronto, una brisa inquietante le rozó la espalda, erizándole la piel de la nuca. Entonces la escuchó –o creyó escucharla–: la voz grave de su abuelo, murmurando algo confuso, entre una advertencia y una confesión, algo sobre aquella vieja casa donde había criado a sus hijos, donde siempre quiso morir, y de la cual había sido arrancado como un tumor: “la casa... quédate en la casa”. La frase se le clavó en la mente como un susurro insistente, repitiéndose una y otra vez.

Una semana después, al llegar temprano desde la pastelería, Aurora encontró a su madre sentada en la banca de madera del patio, aquella en la que don Ricardo solía leer sus novelas del Oeste, absorto en los paisajes ásperos de California, imaginándose –quizás en secreto– como un forajido heroico. Cristina contemplaba en silencio el huerto casi marchito de tomates y ajíes que su padre cultivaba cada verano. Ya había llorado lo suficiente.

–Tus tíos van a vender la casa, hija –dijo, sin mirarla–. Tenemos que irnos… no sé a dónde, pero debemos irnos.

La voz de su madre era apenas un susurro, resignado, quebrado por la certeza de que don Ricardo, al parecer, no había cumplido la promesa de legarles esa casa a ella y a su única nieta.

Cuando terminó su relato, Francisca la miró con ternura. Se limpió las migas de un chilenito que le habían quedado bajo la barbilla con la servilleta, y le recomendó acudir a madame Portia.

–Es la mejor –le aseguró–. Conseguiré que te reciba… la fe mueve montañas. No creo que tu tata haya sido tan malo.

–¿Cómo va la huelga? –preguntó Aurora mientras salían de la estación. La brisa otoñal, impregnada de olor a fritura, la estridencia de voces y el estrépito de los bocinazos los envolvieron al instante.

–Sin novedades. Como te conté por WhatsApp, el sindicato no ha logrado llegar a un acuerdo con la corporación de educación, así que esto va para largo –respondió Román–. Igual he seguido atendiendo los casos más delicados. El sindicato me permite usar mi oficina, pero los niños no van a las sesiones. No regresarán hasta que se reanuden las clases.

–Considéralo unas vacaciones forzadas –comentó Aurora con dulzura–. Además, así tendrás tiempo para ir por berlines a la pastelería, ya casi no pasas por allá. Ahora los relleno con crema de avellanas, están para morirse.

–Iré la próxima semana, te lo prometo –respondió Román, sonriendo con una extraña y difusa incomodidad que no lograba identificar.

Aurora se detuvo un momento y revisó nuevamente la dirección en su celular: Garcilaso de la Vega 2300. Estaban a menos de dos cuadras de la casa de la supuesta médium. Francisca Casas le había dicho que la mujer la esperaría a las once en punto. Portia casi no usaba celular y mucho menos redes sociales.

–Ella me aseguró que te recibiría. No cobra por sus servicios, pero no te va a rechazar una propina –le advirtió su clienta.

Google Maps los condujo hasta una casa color rojo, con un pequeño patio delantero repleto de plantas. El frontis estaba protegido por una reja negra, oxidada, de la que colgaban ramos de hojas secas. La puerta principal, de madera maciza, exhibía tallados de soles, animales, estrellas y flores: un remedo de portal pagano oculto entre el bullicio de la ciudad.

Román localizó el timbre bajo la espesura de una hiedra trepadora, y lo presionó.

2

PORTIA

El sonido metálico de la campanilla resonó desde el interior de la casa. Al instante, una mujer de baja estatura y complexión regordeta se asomó por la puerta.

–Pasen, por favor. La reja está sin seguro –indicó con voz cálida.

Los jóvenes accedieron sin dudar. Aurora se detuvo unos segundos, observando con curiosidad un extraño altar al fondo del jardín: una cruz de ramas de madera rodeada de diversas figuras, como botellas negras, cabezas de muñecas y palos envueltos en lanas de colores. Junto al altar, una estatua de la Virgen se erguía, vestida con una túnica blanca y manguitos negros.

–Adelante –dijo la mujer con amabilidad, invitándolos a entrar.

Al ingresar, la anfitriona les ofreció la mano, presentándose como Portia.

–Vuelvo en seguida. Por favor, tomen asiento –añadió antes de desaparecer por un momento.

Los jóvenes se acomodaron en un sillón Chesterfield de cuero inglés. Para sorpresa de Aurora y Román, la sala resultó acogedora y estaba decorada con muebles antiguos y bien conservados. En las paredes colgaban pinturas de diversos paisajes criollos, estampas aristocráticas y retratos de personas que, supusieron, ya no estaban vivas. En el aire flotaba la melodía suave de “Dos gardenias”, interpretada por Buena Vista Social Club, que salía de un tocadiscos.

Poco después, la mujer regresó con una bandeja que llevaba una tetera, tazas y bocadillos dulces. La dejó sobre la mesa de centro y comenzó a llenar las tazas.

–Sírvanse. Les vendrá bien un tecito, hace frío afuera –comentó con gentileza.

–Entiendo que Francisca ya le habló sobre mi problema –dijo Aurora–. Ella me dijo que usted podría ayudarme.

–Sí, querida. Sé quién es usted. La estaba esperando –respondió Portia con afabilidad.

Luego, miró a Román y preguntó:

–¿Usted es familiar de la señorita?

–No, soy su amigo –dijo el joven, algo contrariado–. Solo la estoy acompañando.

–Somos amigos de toda la vida, prácticamente un hermano para mí. La verdad es que no quería venir sola. ¿Hay algún problema si él se queda? –preguntó Aurora, dejando entrever una leve inquietud en su tono.

–En absoluto. Román es bienvenido. Lo importante es que tú, querida, te sientas cómoda –comentó Portia, mirando de reojo al psicólogo, quien no pudo ocultar su extrañeza al escuchar su nombre.

–Francisca me explicó a grandes rasgos el problema, pero me gustaría que tú me contaras, linda.

Aurora comenzó a relatar los detalles del deterioro de su abuelo, cómo ella y su madre se habían entregado al cuidado de él, y la abrupta decisión de sus tíos de llevarlo a aquella casa de reposo deslucida, fría y con visitas restringidas. Le contó sobre esa noche en que, minutos antes de enterarse de su muerte, había visto su rostro en el espejo de su habitación. Habló también de las pesadillas, de los susurros que se disipaban en el aire, y de la insistente frase que parecía escuchar: “quédate en la casa”. Terminó su relato mencionando que sus tíos planeaban vender la propiedad en la que su abuelo había vivido casi toda su vida. Según ellos, el viejo, antes de morir, había decidido heredarles la casa. Sin embargo, a pesar de la resignación de su madre y aquel papel notarial con la firma de su abuelo, Aurora no podía crerlo. Mucho antes de que la demencia consumiera su mente, él aseguraba que la propiedad les pertenecía a ellas dos, que era el único legado que podía dejarles.

Aurora no se dio cuenta de las lágrimas que comenzaban a recorrer sus mejillas. Portia le extendió una servilleta para que se secara. Román la abrazó con ternura.

–Francamente, no me interesa la herencia –continuó Aurora, con la voz entrecortada–. Lo que me importa es saber si es cierto, si realmente mi abuelo fue capaz. Y, si es así, por qué lo hizo. Él fue como un padre para mí, y me cuesta creer que quisiera dejarnos en la calle. La verdad, no veo otra forma de encontrar respuestas. ¿Me entiende, usted?

–Por supuesto –respondió Portia, con voz dulce–. La vida está llena de cosas incomprensibles, de cosas que parecen injustas. Y probablemente nos iremos de este mundo sin obtener respuestas que nos satisfagan.

–¿Insinúa que es probable que no salgamos satisfechos de aquí hoy? –preguntó Román, con un tono irónico.

–Es justamente lo que intento decir, joven. Puede ser que no les sea de mucha ayuda –respondió Portia con seriedad–. Verán, mi trabajo no consiste en ofrecer soluciones mágicas, más bien, lo que ofrezco es la posibilidad de abrir canales alternativos de comunicación, canales que traspasan el plano físico.

–Francisca afirma que usted es una médium –dijo Aurora, ahora más repuesta.

–Así me llama ella, y también muchos otros, pero la verdad es que yo no me autodenomino de esa forma. Me considero una intermediaria –precisó Portia–. Quizás no sea importante para ustedes saber cuál es mi habilidad o de dónde proviene. La mayoría de las personas que atiendo vienen consumidas por el dolor, la ambición, el deseo irrefrenable de encontrar esa pieza perdida en el rompecabezas de sus vidas. Solo quieren sanar. Pero tú, querida, eres distinta –espetó la mujer, clavando en Aurora una mirada penetrante, como si quisiera escarbar en la profundidad de sus ojos negros y acuosos–. Desde muy niña escucho el susurro de voces que se cuelan en el aire, entre los sonidos que contaminan nuestro entorno. Con los años fui capaz de distinguirlas, de separarlas como una melodía, en la que cada voz emergía como una nota distinta. No me atrevo a decir que es un don, es algo así como una condición con la que aprendí a vivir. Por lo general, el sufrimiento trae consigo esas voces, el dolor suele romper barreras que nos permiten vislumbrar aquello que no es visible a los ojos. Soy capaz, hasta cierto punto, de abrir y cerrar esas puertas –afirmó Portia, insinuando una profunda congoja–. En un momento de mi vida, decidí convertirme en una llave para las personas, como una especie de instrumento que les sirviera de guía.

–¿Y a qué se debe su altruismo? ¿No pide nada a cambio? –interrogó Román, sin esconder su incredulidad.

–Si se refiere, joven, a si cobro dinero por ayudar a los que acuden a mí, no lo hago. Por supuesto, a veces algunos clientes me ofrecen alguna gratificación, y acepto su generosidad de buena gana, pero no veo mi actividad como un negocio, sino como un intento de lidiar con mis propios demonios –contestó la mujer con gravedad.

No era la primera vez que cuestionaban su oficio, y no esperaba que le creyeran, pero sí que respetaran sus convicciones, especialmente en su propia casa.

–Puedo pagarle si lo desea, no me importa –interrumpió Aurora, algo incómoda por la impertinencia de su amigo–. Solo quiero encontrar la respuesta que busco. ¿Podemos empezar?

–Sí, querida, empecemos ya. Tengo todo preparado. ¿Francisca le mencionó mi petición?

Aurora asintió y sacó de su cartera un pequeño libro amarillento y deteriorado. En la portada se veía a un vaquero sentado alrededor de una fogata y un caballo pastando, mientras que, al fondo, se erguían unas enormes montañas, peñascos y árboles, trazados en acuarela. El libro llevaba el título Cuentos del Lejano Oeste, de Bret Harte, el favorito de don Ricardo. Aficionado a las películas de John Ford, se convirtió desde su adolescencia en un ávido lector del género wéstern. Logró reunir una gran colección de libros, revistas y fanzines que conseguía en ferias populares y tiendas de segunda mano. Sin embargo, perdió todo en un incendio que abrasó parte de la casa en 1994. El único libro que quedó intacto fue el de Harte. A partir de entonces, le bastaba con ese texto para sumergirse una y otra vez en los paisajes feroces de California. Aurora solía leerle por las noches, cuando ya las fuerzas se habían esfumado de su cuerpo. Él solía mirar el techo, inmóvil, entregado al secreto anhelo de recorrer a caballo los desiertos de roca roja de Arches National Park. Su nieta notaba aquel brillo inextinguible en sus ojos al escuchar la lectura, y repasaba cada relato hasta que él, exhausto de tanto imaginar, finalmente se dormía.

–Aquí tiene –Aurora le entregó el libro maltrecho a la mujer.