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"La insólita y arriesgada imaginación de Gerardo Lima nos permite acercarnos al fuego hipnótico de un apocalipsis postsecular. Y en ese final, acaso deseado –porque la muerte tiene su propia libido–, nos aferraremos a la imagen mitológica de un alce. La escritura de Lima posee la extraña belleza de quien ha descendido a los incandescentes abismos y se arriesga a contarnos sus secretos. Una bruma anacrónica envuelve al "Señor de los Bosques Oscuros", trayéndonos reminiscencias de otros caminantes del tiempo. Y también ahí reside el poder de este gran relato, en su fascinante ambivalencia: anacronía y futurismo, seres primordiales y emergencia de una nueva raza, ¿fenotipo o designio divino? Gerardo Lima pone en contacto los polos más terribles de nuestros sueños y pesadillas". GIOVANNA RIVERO
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Seitenzahl: 522
Veröffentlichungsjahr: 2021
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CIERVO ROJO (CERVUS ELAPHUS)
I
El lugar donde se asentaba Pueblo se encuentra cerca de Lago Amarillo, está a menos de doscientos kilómetros. A los amarillenses no les gusta hablar de aquella zona, les remite a una verdad incómoda, a una posibilidad inquietante. Si un viajero ronda por sus viejos pastizales, o llega al lago y pregunta por Pueblo, recibirá una mirada ceñuda, obtendrá una dirección con el dedo, unas cuantas indicaciones y una amenaza velada: si vas a Pueblo mejor lárgate, forastero.
A mí me han hecho muchas preguntas, me dicen que debo saberlo todo, pues yo nací ahí, soy un lobo de esos páramos. Yo soy, así lo pienso, un estepario. Tanto he caminado que, ya cansado, me he detenido en Amarillo. Mis pezuñas se resienten por el calor de la arena, por el piso resquebrajado gracias a los rigores del desierto, y agradecen el afluente fresco de la región amarillense. La zona es una visión tripartita, una legión de ciudades fortificadas. Son tres: la ciudad, Lago Amarillo; el Puerto, pequeño aunque independiente; y Las Cascadas, al sur, una zona enclavada en la Sierra Mendocina que sobrevive gracias al ecoturismo y a los incautos.
¿Durante cuánto tiempo ha sobrevivido la zona? Tierra Grande no sería nada sin Amarillo, sin los tres Amarillos. Lo sabemos todos los que nacimos aquí, y más allá también lo saben, en el sur, hacia Veracruz, o incluso en Tamaulipas. Amarillo es el carbón que mantendrá encendida la hoguera cuando venga la noche helada.
Eso no es del todo cierto. Cuando llegue la noche helada, cuando no haya ningún Niño Amarillo ni otros dioses menores ni mayores que puedan resguardar la región, por mucho que se proteja por tres frentes, la tierra sufrirá bajo el rigor del hielo y del viento, como una mano herida por las espinas de cactus y nopales.
Cuando llegue la noche helada no habrá quien se mantenga en pie. Y la noche, dicen, ni siquiera será oscura, ni siquiera azulada, tampoco negra. Será del color de esta tierra y levantará las llamas bajo la arena, y se escucharán las estampidas venir, los viejos animales, las criaturas largo tiempo dormidas. Quizá yo tampoco siga aquí, si tengo suficiente suerte.
Por eso no me asusta nada de Pueblo, ni de su historia, la más reciente. Habrá otras y tal vez debamos aguantarlas. Sin embargo, no me considero alguien estúpido. Hay que saber alejarse de los peligros cuando los puños no son suficientes, y yo tengo los nudillos hechos mierda. Tantas enseñanzas de mi padre servidas como alimento para los cerdos. Desperdicios que no he sabido aprovechar. En mi defensa diré que mi querido padre me enseñó tan bien como pudo y que yo aprendí tan bien como supe. Y que la culpa no es ni de él ni mía. No estoy siendo condescendiente, simplemente sé reconocer cuando los vientos son capaces de rasgar las velas. Cuando no quedan más que escombros uno debe arriarlas, reparar los palos, regresar al puerto y esperar otra ocasión.
Sólo que yo no quiero esperar otra ocasión. Ni tú querrías, querido padre.
La casa que compré en Amarillo queda al norte de la ciudad. No está tan lejos del lago, pero sí hay que recorrer varias manzanas para mojarse los pies. Me hubiera gustado tener una vida junto al mar. Pueblo quedaba más cerca de Tamaulipas que de Puerto Amarillo, ser marinero fue un sueño que nunca pude cumplir. Necesitaba mayor convicción, tozudez, o una suerte de mierda. Yo no he tenido ninguna de ellas, pero sé apreciar el agua cuando la veo. Sé que la del lago de Amarillo es salada en algunas secciones, aunque su nivel salino no es tan alto como el de algunos brazos de mar. Y que se caguen los geólogos, biólogos marinos y otros estudiosillos de universidad, porque los brazos existen. Los he visto muchas veces, oh, claro que sí. Y también he nadado en sus profundidades y me he escaldado los dedos de los pies con su salinidad. No soy de mar, aunque conozco el parecido de ciertos brazos con el verdadero. Lo dicho: sé reconocer la calidad del agua cuando la veo.
Estoy asomado desde mi ventana. Miro hacia el lago y pienso en las cosas que he perdido. No sé si quisiera tenerlas de regreso, me da la impresión de que preferiría que se quedaran en el fango. Quiero seguir purificando mi sangre con el agua del interior, incluso con la del mar. Sé que no sólo proviene la limpieza de las aguas. Me explico: sé que en ella también viven los rastros de oscuridad. En todas partes existen. Este mundo era un océano de tinieblas mucho antes de que el divino morrillo pensara en incendiar la noche. El planeta me mira, nos mira a cada uno de nosotros, y nos dice lo poco que le importamos. Lo he visto. Lo he escuchado. Es el mensaje del planeta.
La Tierra, desde entonces, ha seguido moviéndose, su inclinación lo dice todo, y se sacudirá hasta que no quede ninguno de nosotros sobre su superficie. Mientras eso sucede, seguiré apreciando uno de sus más grandes elementos. El mar me mira desde la ventana, lo hace con la forma de un lago. Tal vez debiera bajar de mi atalaya y acercarme a su orilla y ver el mundo, la ciudad de Lago Amarillo, circundarlo, inundarme, pretender que soy parte de él.
Si llego a la orilla podré ver la calma de sus aguas. Algunas lanchas y otras embarcaciones de recreo, pequeñas por fortuna, provocarán algunas olas. Hay peces debajo, agitando sus escuálidos cuerpos, haciendo que sus escamas brillen con los rayos filtrados del sol. Últimamente, y eso me preocupa —más de lo que quisiera admitir—, he escuchado a algún amarillense mencionar la tonalidad de los peces, los reflejos demasiado radiantes en sus escamas, «como si —aquí viene lo preocupante— el sol estuviera cambiando de tonalidad, de amarillo a rojo».
Eso ya lo he visto, y no desde mi ventana, ni tampoco a orillas del lago. Lo conozco bien porque ya he estado algunos años causando molestias. Quisiera que fueran más los que me separaran de Pueblo. Aún no son bastantes. Yo sólo aspiro a que mi hogar sea éste y a que no recuerde, más que de manera vaga, a Pueblo y su sol, el color de las cenizas y el color de los campos y de la tierra; los rayos rojizos del sol marcando las nubes, quemando los árboles, la carne de mis hermanos.
Hablo de Pueblo. Aquí nadie lo hace. No los culpo, tampoco les guardo rencor. Toda la zona amarillense, marcada por las tres poblaciones como una especie de venado (la trompa es Las Cascadas, el cuerno del oeste es Lago Amarillo y el cuerno oriental es el puerto), es un caso de éxito. Aquí no se ha sufrido la violencia como en Tamaulipas o en otras ciudades del norte, o hasta del sur, como en Veracruz, ya que estamos. Aquí tampoco se han robado las alquerías, y hasta los pequeños ranchos sobreviven gracias a los italianos. No se han ido aún. Siguen pastando las bestias, siguen los quesos de los menonitas, los plantíos, hasta los árboles de maguacatas. Pero sólo los amarillenses saben de otro tipo de oscuridad que se cierne sobre ellos. Es un tipo de criatura más cabrona, se pega a la piel como una sanguijuela, uno no la siente hasta que está bien hinchada. Y cuando ya no puede absorber más sangre explota sobre la piel, hiriéndola. Ya no es sangre lo que queda, es una especie de veneno, y no hay antídoto. Aquí, hasta a los alacranes les tiembla la cola cuando perciben ese tipo de ponzoña.
No los culpo si en Amarillo no se quiere saber nada de venenos y cualquier desviación en el curso natural de las cosas es ignorada. Pero habría que extender las palmas y recoger los rastros que ha dejado el depredador en el gallinero. Puede que aquí en Amarillo lo lleguemos a tener más jodido, y eso me asusta mucho más que «el accidente» de Pueblo. Si aquí pasa algo semejante no sólo traerá sangre y fuego, también atraerá a la otra oscuridad.
Desde aquí puedo ver La Antigua. Es tan anciana como lo dicta su nombre. Dentro de sus muros hubo quien podía leer frases invisibles, aspirar las palabras como si sólo fueran murmullos. Los balbuceos tras de la piedra aún permanecen intactos, firmes. Ya no queda nadie que pueda entrar e invocar las visiones y epifanías del templo, al menos nadie se ha metido desde hace décadas. Las historias sobre La Antigua las conoce cualquiera que haya nacido en Tierra Grande. Hasta en los estados vecinos se saben algunas. En ningún libro de historia, en tríptico alguno, se ha detallado lo que es conocido por el boca en boca, por las historias de las abuelas y los viejos cuando la noche es fresca y se antoja ver el fuego crepitando en la hoguera.
Veo La Antigua y quisiera meterme en su interior, escuchar los viejos consejos. Lo que he visto en los peces del lago lo amerita. Temo que «el incidente de Pueblo» pueda volver a ocurrir aquí. Nadie me escuchará en Amarillo. Los ancianos me rehuirán y los jóvenes me tomarán por loco, ni siquiera los de mi edad escucharán lo que tenga que decir. No tengo contemporáneos en la ciudad. Nadie es contemporáneo de nadie en Amarillo. Aquí hay una espera, el momento antes de que venga el contagio.
He visto a los peces y en sus escamas luce el resplandor del sol y los tonos rojizos que embadurnan los cristales del agua. Cuando se pesca un ejemplar y se abre y se limpia, la carne se descubre marcada por un sol más cruel que el de siempre. No es el clima. En Pueblo cometimos el error de creer en los fenómenos meteorológicos, en las sustancias derramadas por industrias contaminantes. Arrastramos la mirada hacia el horizonte y hacia el cénit, y la volvimos a bajar, convencidos por las explicaciones de los estudiosos, desestimando su significado. Sin embargo, la gente de a pie habló, en especial uno de mis viejos conocidos, un piscicultor aficionado. Él ya había visto esas mismas señales.
Hubo cierto nerviosismo. Escuchabas a los vecinos caminar por la calle principal mientras compraban víveres para ocultarse por días dentro de sus casas. Ya nadie iba a comprar como si nada estuviera pasando. Las carnicerías trabajaban por turnos. Vendían más carne los martes y los jueves. Guardaban a las reses y a los cerdos del cuchillo, sabían que no sería necesario tener carne fresca todos los días. La gente acudiría una o dos veces a la semana y se largaría golpeteando las suelas contra el polvo del desierto.
Yo mismo puse a trabajar mis refrigeradores, un par de ellos que aún funcionaban tras quince años de trabajo. Eran buenas máquinas. Seguí guardando carne y verduras hasta que me di cuenta de que tenía tantas papas como para aguantar un ataque biológico, una guerrilla del narco, un conflicto nuclear.
Dejaba algunas botellas de aceite en las alacenas y guardaba el resto en el sótano. Reservas. Yo no era estúpido, nadie en Pueblo lo era. Podíamos percibir el tono del sol bajo los párpados, también en los peces que sacábamos de las lagunillas. No necesitábamos de Amarillo ni de su lago. Nos sentíamos a gusto con nuestros propios recursos, protegiendo las lagunillas, los tomaderos de ciervos, los matorrales cercanos, las cactáceas de la sierra y sus pequeños árboles marcados por buena madera, nada resinosa. Además, en Pueblo éramos conocidos por criar buen ganado. Yo mismo era un buen ganadero. No todos en Tierra Grande veneran la región amarillense. A veces la envidiamos. Pero más veces la hemos temido.
Viendo el lago desde mi ventana, pensando en La Antigua y en quienes un día la cuidaron y protegieron los secretos del templo, en quienes estudiaron libros negros bajo el cobijo de sus muros, me pregunto cuál es la verdadera razón de la supuesta tranquilidad de la región. Milagro norteño (o norestense, si uno es más local), le han llamado. En parte sí, claro. Mas, quienes habitamos en la zona, quienes hemos sentido en la piel el humor de la región, quienes hemos olisqueado su aire, sentido bajo las botas su suelo, quienes hemos visto el Lago Amarillo a cualquier hora del día o de la noche, percibimos una tenue oscuridad, una tonalidad como de ocaso, como de enfermedad y muerte. Ésa es la razón, y se contagia. Tememos a la zona. Tememos a Amarillo.
Si yo he venido buscando refugio en la ciudad y en el lago, ¿qué dice eso de mí? ¿Soy muy valiente o muy estúpido?
II
Hace poco estaba organizando unas carnes asadas con mis vecinos. Aparentemente les da gusto que yo viva aquí. Soy un hombre que vive solo, sin esposa, sin hijos, pero no tengo gustos raros. Me visto aún como un ranchero, llevo mis camisas a cuadros bien fajadas bajo el cinto y uso sombrero. Tengo, y ésa es una de mis debilidades, una colección envidiable de botas. Mis vecinos me miran como si descubrieran a un vejete nostálgico, ya sin tierras que sembrar y sin trabajo duro por la mañana. Mis manos, lo saben, comienzan a suavizarse. Aún los años no han pintado mi cabello de blanco, no por entero, y ya me miran como a la carne reblandecida, como a los perros viejos. Tal vez deba darles la razón. Nada de eso me importa ya, ni los ranchos, ni las reses, nada. Nadie quería tocar el asunto de Pueblo. Nadie quiere hacerlo. No necesitan recordar lo que ellos mismos vieron y supieron de primera mano. Muchos conocidos de Pueblo aún viven en Amarillo. No todos se quedaron sin nada. Tuvimos el fideicomiso, la ayuda del Estado, hasta la Federal. Nos han mantenido, es el precio para callarnos la boca. De alguna manera eso nos mantiene tranquilos, casi contentos.
Quiero abrir una tienda, una boutique de carnes, aunque el nombre me cague las botas y me haga sentir como una puta con clase. No sé muy bien cómo hacerlo, así que me he puesto a investigar. He rondado algunas tiendas de por aquí. Y al agotarlas todas, he tomado el camino más duro: visitar a mi futura competencia. Me ha hecho bien, he puesto algunos insultos bien acomodados en el cuerpo del carnicero fantoche que pone en su carnicería el letrero de «boutique de carnes». Es infame. Yo también quiero hacerlo. Tiene razón quien lo piense: estoy reblandecido. Es infame.
He colgado los dedos pulgares en los bolsillos de mi pantalón y me he presentado muy erguido a hablar con el dueño. Le he dicho lo inútil que es, lo insultante que me resulta su presencia, sus ambiciones, y después me he reído en su cara diciéndole que yo soy igual, que soy uno de ellos… que yo también tengo miedo. El dueño rio conmigo. Pensé haberle dado un buen gancho y él me soltó un jab directo a la mandíbula. No estaba preparado: «Tienes razón, tú eres uno como yo. Hemos visto el resplandor de Pueblo… y ahora lo volveremos a ver aquí».
¿Qué pasó en Pueblo? Me pregunto si los amarillenses realmente lo saben y han decidido callarse o si nadie lo entiende y han preferido no hacer preguntas. Cualquiera de las dos respuestas me parece razonable. Ha de haber alguno que sí sepa. En Tierra Grande, así como en cualquier otra región del país, o allá incluso, en el norte invadido por los grandes bosques y las extensas llanuras, pululan las historias como hormigas enojadas contra un grupo de termitas. Nosotros somos las termitas, parecemos fuertes y grandes, pero ante las hormigas no hay nada que hacer. Ganan por número, por organización, por su inmanente presencia.
Pregúntenle a cualquiera y ese cualquiera contestará: «Sí, he visto una o dos cosas». Aquí en Tierra Grande somos como camioneros, tenemos nuestros secretos y estamos gustosos de contárselos a cualquier curioso que nos invite una cerveza. Pensar en Pueblo invoca al alcohol. Uno quisiera emborracharse y no saber ya nada de las cosas que han pasado. No sirve, eso también es cierto. ¿Quién lo sabe? ¿Por qué el gobierno desalojó la zona? ¿Por qué no pudieron extinguir el incendio de Pueblo y por qué parte de la Sierra ardió también? Dicen que el resplandor se veía desde algunos puntos de la Sierra Madre. En cambio, nuestra Sierra Mendocina sufrió el siniestro en su propia tierra, en sus árboles y plantas, y también en sus bestias. Pueblo entero ardió. El gobierno actuó pronto, cosa extraña. Nos salvamos muchos. Las lagunillas ardieron también, no sé cómo. Alguien en algún periodiquillo de mierda dijo que esto se parecía al nacimiento de un volcán, como el Paricutín en Michoacán. Es una pendejada y cualquier puebleño lo sabe. Aquí no hubo volcanes, aquí algo nos incendió y las llamas vinieron desde arriba, de los cielos.
Nos han llamado estúpidos. Los mismos amarillenses han dicho en ocasiones que Pueblo no debió asentarse en esta zona; que si Amarillo tiene ya sus secretos, en el lugar donde estaba Pueblo lo que había eran alimañas. Y esas alimañas, ellos temen —nosotros igual—, todavía andan sueltas. Las trajimos a la luz con nuestros rezos, con nuestras tradiciones. Rezamos a las vírgenes equivocadas y profanamos una zona protegida, especial, quizá sagrada, para cosas-más-viejas-que-nosotros. Dicen que aquí había muchos ciervos. Pero no eran ciervos comunes. Eran ciervos que venían de mucho atrás, cuando el hombre no era ni una reminiscencia en la estúpida imaginación del primer homínido. Los cérvidos llegaron antes, nosotros invadimos la zona, y eso que éramos viejos en esta zona, que la tierra fue habitada por nuestros ancestros mucho antes de lo que se piensa.
No sé cuándo se fundó Pueblo; sí sé, en cambio, por qué. Cuando los italianos hicieron su pacto con los americanos, una buena parte de los grandeterreños salieron con la cola cubriéndoles los huevos. En Pueblo no hay menonitas, no hay amish, no hay puritanos ni gente de la Iglesia del Hombre Verde. Tampoco hay italianos ni alemanes. El desierto, el nuestro, no albergó a quienes no fueran mexicanos. Llegaron, sí, coahuilenses, veracruzanos, chihuahuenses, hasta sinaloenses. Claro, también los tamaulipecos. No sé si la idea de los italianos era convertir a la región, la de Amarillo, con sus tres poblaciones protegiéndose entre sí, en una Nueva Italia, o peor, una Nueva Umbría. Sé, todos saben, que desde que llegaron a la región, a finales de 1600 o principios de 1700, practicaron una religión herética. Su religión no gustaba en ninguna parte. Los expulsaron de sus tierras sombrías y nosotros los recibimos. Sus historias se esparcieron por todas partes.
No soy experto en religiones, ni tampoco creo en Padres o Madres Celestiales, pero su fe no se alejaba demasiado del cristianismo. Me atrevo a decir que el puritanismo y todas las sectas que pulularon en Estados Unidos son más extrañas que la de nuestros fundadores italianos. Con el tiempo se mezclaron varias creencias, y ahora pervive el culto amarillense: tradiciones cristianas y católicas salpicadas aquí y allá de folklore y cuentos de abuelitas aburridas.
Nadie quisiera admitirlo, pero debajo de esa herejía vivía algo más oscuro. No sé si algo de esa herejía-dentro-de-la-herejía viva aún. El último reducto lo tuvieron en La Antigua. Lo dicho: han corrido ciertos eventos curiosos. Fueron esos creyentes, los que se tomaban las cosas en serio, los que percibían el culto negro y verdadero tras las procesiones y la veneración de los dioses enramados (y, según me han dicho, aquello que se oculta tras el culto al Niño Amarillo y al Dios Arbolado), quienes expulsaron a muchos mexicanos de la zona. Esas familias vinieron a parar a Pueblo y a sus alrededores. Desde el occidente de Tierra Grande escuchamos de su culto, de la parte menos cristiana de él y de cómo había sobrevivido dentro de los muros de La Antigua, la iglesia más vieja del noreste. El lago circunda a la iglesia como si fuera una protección para las invocaciones y los rezos que quedaron impregnados en ella. Pero no todos se escandalizaron, ni en Pueblo ni en Amarillo. La gente se hizo más pragmática, floreció la ciudad con sus negocios, la minería, la buena pesca en el golfo; y en Pueblo aprendimos a cuidar de nuestro ganado, a prosperar con él. Casi todos se callaron sus secretos, sus suspicacias, o al menos guardaron todo para los momentos importantes del año, para nosotros mismos.
Aquí en Pueblo habíamos escuchado varias cosas. La avenida Juárez, la principal de la vieja ciudad, trataba de dibujar una línea recta de sur a norte donde desfilaran los edificios, tiendas y casas, las primeras, pero no lo hacía. Serpenteaba porque evitaba algunos montículos donde no había nada, donde nada crecía, ni cactáceas ni yerbajos, pero cuya tierra parecía desafiar a los picos más afilados. Al no poder extirparlos del trazado, los puebleños decidimos erigir estatuas, señales conmemorativas, efigies sobre los montículos para que la carretera no pareciera un arroyo vencido por las necias rocas.
Contaban las abuelas que en esos montículos se escondían los huesos de criaturas tan antiguas como los parpadeos de las estrellas. Esas mismas abuelas son quienes contaban sobre la edad de nuestra Tierra, un terruño errante en el vacío, captado por una estrella naciente, un humilde sol girando en una de las orillas de la galaxia. El planeta había surgido antes que el sol, nos contaban. Según ellas, el sol era una invención de los dioses para dotar de luz a nuestros páramos, para que aquí pudiera crecer la vida.
Aquí han desenterrado huesos y flechas y piedras de edades muy anteriores a lo aceptado por las comunidades científicas, y digo comunidades porque eso son: grupúsculos reunidos ante el fuego secreto de la ciencia. No son tan diferentes a nosotros ni a nuestros ancestros; ellos creen en sus hipótesis, crean teorías, formulan religiones y las sirven, a veces aceptando ideas nuevas que confirmen su modelo. Son creadores. Y no los culpo. Todos somos esos hombres alrededor del fuego, creando nuestra memoria, dándonos sentido.
Cuando crecíamos nos dábamos cuenta de que ésas no eran más que habladurías, que el sol había venido primero al estado de las cosas y después nosotros, nuestro planeta, y muchísimo después todavía, la vida. Pero las ancianas seguían riéndose en sus cubiles, se levantaban de donde estuvieran descansando sus huesos y soltaban risotadas. Nos llamaban ingenuos. Se divertían de nosotros. Ellas sabían más de lo que nuestros padres estaban dispuestos a aceptar. Cada puebleño, incluso cada habitante de Amarillo, o de cualquier zona de Tierra Grande, descubre otras verdades conforme va creciendo. Las habladurías de las viejas no nos parecen ya locuras. Y entonces comenzamos a reírnos de nuestros niños; de los incrédulos; de quienes dudan de la antigüedad de nuestra especie, de los montículos, de nuestro planeta.
El sol nos mantuvo, pero también nos contuvo. Y cuando era necesario, dejaba que algunas de sus bestias nos visitaran. Bajaban de él para apalearnos. Lo habían estado haciendo durante siglos, durante milenios. Yo nunca creí presenciar algo parecido. Creía que los intervalos temporales eran demasiado extensos, y ahora tengo miedo de que vuelva a ocurrir. El tiempo no significa nada, lo que significa es la voluntad de los antiguos. Nosotros somos sus presas.
El sol nos volvió a recordar de dónde venimos, quiénes somos, y qué cosas invadieron y se quedaron en nuestra tierra. Todos en Pueblo asegurábamos que, si pasaba algo, primero afectaría a Amarillo. Nosotros no teníamos por qué sufrir primero, no habíamos adoptado el culto, sólo nos habíamos establecido en esta tierra. Ellos, decíamos, tienen razones para atemorizarse: las historias de los arcimboldi, la de los Padres de Bestias, los gritos de las plañideras en las noches de octubre. Pero, ¿nosotros?, ¿seríamos castigados por habernos asentado aquí, en este coto de caza, en esta región bendecida por divinidades estelares, por viejos pobladores, por cultos «antiterrestres»?
Vivíamos aquí y, aunque no participáramos de la religión amarillense ni en nuestra sangre corriera el icor de Umbría, vimos la cornamenta del sol, vimos a nuestra estrella coronarse, y entonces ellos bajaron.
Yo vivía en ese entonces en el centro, en una de las calles cercanas al Templo de la Virgen de Pueblo. Era la misma casa que habían habitado mis padres y también mis abuelos. Su estructura era como la de un viejo claustro: un cuadro con una fuente en medio, protegido por un enorme portón de madera reforzado con herrería de buena calidad. Las ventanas eran rectangulares y estaban resguardadas por protecciones de hierro, la fuente era de cantera rosa y arcos engalanaban los pasillos que daban al patio de la casa. La sala daba hacia el norte y se podía recorrer gran parte de la casa desde ella, sin tener que salir al patio central; no así para llegar a las habitaciones en la parte de atrás, o a las caballerizas, vacías desde hacía décadas.
Todavía montaba a caballo, pero siempre lo hacía en mi rancho, al suroeste de Pueblo, no en la ciudad. No era tan excéntrico como algunos creen. Ya tenía suficiente con la casa. En Pueblo habían llegado ya los aires de renovación. La gente no quería vivir en un rescoldo del pasado. Quería, por ejemplo, ya su propia calle comercial. Yo me había negado a vender. Querían convertir mi casa en una plaza, en un edificio de apartamentos o qué sé yo. Hubiera sido muy mala inversión para ellos. Me mantuve aferrado a las paredes, a la piedra del patio, a las vigas del techo, a los olores que había dejado mi abuela al cocinar, a los ecos de mis padres en medio de sus fiestas. El olor a cuero y a madera no me parecían aromas decrépitos. Eran parte de mí.
Aún extraño esa casa. Muchos de los sobrevivientes del incendio se sienten mejor aquí en Amarillo, pero yo no. No soy un viejo cascarrabias y tampoco me considero reticente al cambio, sólo soy un ranchero marcado a la antigua.
Las lagunillas no estaban lejos de Pueblo, apenas a pocos kilómetros hacia el oeste. En ese entonces, mi amigo piscicultor vivía cerca de mi casa. Siempre que podía llevaba peces curiosos a su casa para disecarlos y luego exhibirlos a quien tuviera algún interés en ellos. Él me había comentado ya sobre la extraña coloración en las escamas de algunos peces. Pensaba que se debía a algún tipo de contaminante, alguna sustancia de desecho, y estaba preocupado por las pérdidas que podrían sufrir los piscicultores de la zona. Las escamas estaban ligeramente coloreadas de rojo, en un tono cercano al rosa o al magenta. La coloración, en algunos especímenes, se adentraba en la piel hasta tocar los huesos.
Después todo fue peor. Llegó una tarde con una hielera, adentro habrían unos diez peces. Yo estaba parado en la puerta de mi casa. Recuerdo que pensaba en su decoración, en el orden de mi hogar y en cómo podría afectarme si un día no podía más y vendía todo para largarme al rancho. ¿Podría vivir sin extrañar cada día la casa de mis padres y de mis abuelos? Fumaba mientras veía pasar a los vecinos. Algunos se detenían para platicar conmigo. Las conversaciones eran banales, pero un tema se filtraba constantemente: ¿ya sabes lo de los peces? Parecía que algo andaba mal, la gente hablaba y no sabía muy bien por qué, hasta que nos dimos cuenta.
«La casa del sol, ¿has visto cómo está incompleta? Lleva varios días así. A determinada hora la casa se forma alrededor del sol, pero no se completa, no como un círculo sino como unas…».
Yo sabía la palabra. No la decían. No era una palabra complicada: astas, la cornamenta de un ciervo.
Mi amigo me encontró afuera de mi casa, venía vestido con ropa de trabajo. Traía la hielera como si me trajera un regalo, pero no sonreía. En el cinto llevaba un cuchillo para descamar. Nada más saludarme abrió la hielera, me mostró los ejemplares y levantó sus escamas para enseñarme su piel y su carne. Los peces mostraban quemaduras. Si no era una sustancia contaminante, entonces algo extraño sucedía en las lagunillas. ¿Podría ser una fuente de calor, aguas termales, actividad volcánica, quizá?
«No es el agua. Es el sol. Los peces tienen las marcas, el semicírculo. Está marcado en su piel y en su carne, en sus órganos. Es el signo rojo. Han vuelto. Son los túmulos, su zona de apareamiento, su coto de descanso. Los hemos invadido con nuestra ciudad. Hemos construido Pueblo aquí sobre sus túmulos, sus hogares. Vienen por nosotros».
En ese momento no entendí todo lo que me dijo, pero lo pasé a la cocina para que pudiéramos abrir más peces. Tenía razón, todos estaban marcados por una señal ígnea, imposible (eso creí). Un fuerte cosquilleo, un escalofrío violento, me recorrió la espalda. Tenía que saber más. No era algo de lo que no hubiéramos escuchado de jóvenes, de niños. No podía seguir fingiendo.
Él soltó un gruñido, estaba furioso. Estaba dirigiendo su enojo hacia mí. Quería encontrar una fuente y yo era la más cercana: un puebleño como él, un habitante de los túmulos. Tan sólo teníamos que salir de la casa y los veríamos. Ahí debajo estaban los huesos de sus ancestros. Ellos y nosotros. Ellos contra nosotros. La zona estaba maldita, el fuego había alimentado la tierra, no al revés. Nosotros no éramos más que unos niñatos, unos visitantes que no sabían nada de esta Tierra Grande. Amarillo, cualquiera de las tres poblaciones, Pueblo, la Sierra Mendocina, no significaban nada. Ésta era la tierra de los Padres, era la tierra de sus dioses. Estábamos aquí, donde las viejas presas eran los depredadores. Éste era sucoto de caza.
Esa noche no pude dormir. Mi amigo no lo era más. Pronto empezó a alterarse, a gritar y a insultarme. Recibí dos puñetazos, uno en el rostro y otro en el abdomen. Yo me resistí y, como pude, lo llevé hasta la puerta y le grité que no quería volver a verlo. Desde ese momento éramos desconocidos. No tenía por qué aceptar su ira estúpida hacia cualquier cosa, cualquier persona. Si las leyendas eran ciertas, si se cernía sobre nosotros una amenaza cósmica otra vez, un fuego antiguo y vengativo, no era mi culpa.
Estuve dándole vueltas al asunto cuando se fue. En la cama me giraba tratando de encontrar el lugar más suave para mi rostro. Me dolía especialmente la parte izquierda. Aún conservo la marca. Cada día, al mirarme al espejo, la veo. Es un buen recordatorio. No sólo quedaron marcas en las llanuras de Pueblo.
Pensaba en lo que debía hacer. Tal vez hubiera sido mejor correr. Lo pensé. Qué importaba la casa. Me había resistido a venderla, había asumido mi posición como puebleño y quería seguir siendo un buen ganadero, cabalgar más, fumar en el porche de mi casa mientras observaba la tarde, el cielo nocturno. Quería coquetear con las viudas y con las mujeres casadas que aún se detenían para cruzar algunas palabras conmigo. Quería volver a usar sombreros, negros y blancos, y sentirme el semental que nunca he sido. Quería seguir viviendo en Pueblo, desdeñando a los amarillenses, sin saber nunca más de las leyendas, ni de los peces, ni de mi estúpido amigo el piscicultor, ni tampoco del sol, del puto sol enmarcado por su corona, su casa incompleta.
Los ciervos rojos sí querían saber de mí.
IiI
Me desperté con la hecatombe. Ni bien abrí los ojos escuché el clamor de mujeres, niños y hombres. Gritaban. El sonido penetraba mi piel como un cuchillo bien afilado. Sentí sus punzadas en la espalda baja, en la boca del estómago y en las sienes. Mi boca necesitó agua con urgencia. No podía hablar. Quise gritar, preguntar qué era lo que pasaba. Quise tomar el teléfono y marcar cualquier número y recibir algo distinto a un alarido. No hice nada de eso, pero sí me levanté, me vestí tan rápido como pude y me asomé por las ventanas. Lo hice con el temor aún agarrándome de las bolas.
Pensé que ya había amanecido. Miré hacia el buró y descubrí la hora: 03:34. No tenía sentido; el cielo, la luz que emanaba de él como en ramales o vetas profundas en la oscuridad. Las nubes recorrían el cielo, rasgadas por todas partes. Parecían tratar de esconder el sol sin conseguirlo. Sólo tendría sentido si era el sol el que se ocultaba tras ellas, y no podía serlo, o mi despertador estaba averiado.
Descorrí aún más las cortinas y me encontré con un disco gigantesco cerca del cénit, una rueda roja como los ojos de un cervatillo asustado, sólo que este disco no parecía demostrar sensación alguna de temor. Irradiaba lanzas y flechas que rasgaban todo cuerpo nuboso; quemaba las nubes, hacía de ellas el alimento justo para un grupo de cazadores triunfantes. Yo no sentía miedo, estaba aterrorizado. Podía sentir cómo la noche se derretía con cada rayo que alcanzaba el suelo.
Pero eso no era todo. En medio de los rayos había algo: trozos de un material parecido al cristal, luz solidificada, criaturas. Caían como pedazos de granizo, descendían a una velocidad inaudita, caían veloces y luego se detenían, flotando a la par de las nubes para después zigzaguear hasta el suelo como lo haría un trueno. Su tonalidad se quedaba impregnada en la retina. Tiempo después escuché a varios puebleños decirlo: era como un supra-rojo, un hiper-rojo, más encendido que las llamas alimentadas por leños de arce, pino y roble. Era una llama crepitando y descendiendo como el ramal de una cuerna, como un asta cayendo desde los cielos, encendida más allá de cualquier color posible pero siempre destellando tonos rojos, gritos rojos, destellos rojos. El disco, por supuesto, era el sol.
Vi pedazos de fuego vivo caer sobre la tierra. Vi las llamas extendiéndose por las llanuras, llamas provenientes de los cráteres marcados por el descenso de esos trozos. La gente moría, trataba de huir más rápido que el fuego avivado por el viento, mas era inútil. Las llamaradas se esparcían por Pueblo y encendían la tierra debajo. Calcinaban la madera, el metal, la roca. El agua hervía y los animales caían con los ojos reventados.
Salí de mi casa, quemándome las palmas al tocar las paredes, las columnas y finalmente la puerta. Mi hombro sufrió quemaduras al empujarlo contra el portón de madera. Estaba tan debilitado que se rompió; las astillas me parecieron más gotas que virutas de madera. La aldaba, las cerraduras, todo goteaba. Era una terrible pesadilla transmutando el cosmos. Sentía el calor golpeando mi rostro y empujando mis pulmones hasta expulsar el aire. Mis pestañas, mis párpados, mis ojos, todo ardía. Mis cejas se desmoronaban como pájaros abatidos y mis palmas estaban tan rojas como si se hubieran escaldado con agua hirviendo.
Corrí por la calle principal y vi a la gente arder. Mis vecinos imploraban clemencia, gritaban por el dolor, por la piel achicharrada, por el fuego pegado a sus ropas tocando la piel y llegando al hueso a través de la grasa hervida.
El insoportable calor no tocaba a toda la ciudad por completo, había zonas donde el calor era soportable, como si el fuego no surgiera directamente de ese sol nocturnosino de sus rayos, o de esas cosas que caían de él. Yo gritaba, pero también corría, y lo hacía con otros vecinos, con gente que buscaba las llaves de sus autos, con jinetes desesperados haciendo chispear las pezuñas de sus monturas, con conductores asfixiados por los humores de las máquinas. Corrí y grité junto con ellos, vimos el fulgor creciente en la ciudad, en las calles y en los edificios, y tratamos de llegar al sur de la población, atravesando la avenida, escondiéndonos por calles adyacentes hasta tocar el desierto y abandonar todas nuestras fuerzas. El mundo entero no estaba siendo quemado, sólo Pueblo, sólo nuestro maldito y jodido Pueblo, la ciudad de los túmulos.
Cuando estaba llegando al final de la avenida sentí alivio en algunas partes de mi cuerpo. El calor ya no parecía detenerme como una infranqueable pared. Los oídos me sangraban y no podía distinguir lo que me decían los otros junto a mí. Señalaban hacia adelante y hacia arriba. Creí que a lo lejos parecía destellar la luz azul y roja de la policía, de las ambulancias. Alguien venía por nosotros. Pero era aún más importante lo que había en el cielo.
El sol brillaba como un corazón iracundo, lleno de odio vivo. Y el sol tenía casa. Estaba coronado: haces, no de luz, sino de fuego, casi circundaban por completo el disco. Eran llamas que se bifurcaban como el ramaje de un árbol. Y entonces comprendí: era el sol coronado o, mejor dicho, el sol circundado por las astas del Ciervo Rojo. Venía a quitarnos de su coto de caza, de apareamiento, o de lo que se le ocurriera a esa puta criatura estelar.
El Ciervo Rojo, además, no estaba solo; dejaba caer a sus hijos como meteoros de granizo: llamas vivientes cayendo, galopando con furia por el firmamento hasta tocar nuestras dunas. Entendía, ¡al fin entendía lo que eran! Me giré hacia la ciudad sin convertirme en cenizas, sólo cubriéndome con ellas. Y los vi. Descendían y caminaban y galopaban por la ciudad. Buscaban a sus presas apuntándolas primero con sus fauces y luego con sus cornamentas encendidas. Vi las astas de los hijos del Ciervo Rojo clavadas en la carne de mis vecinos, de extraños que pudieron ser mis amigos. Vi su carne chamuscarse y sus almas encendiéndose para nunca volver a brillar más.
Dejé de sentir pavor. Sólo sentía desesperanza. Me hinqué; a la salida sureste de la ciudad, me hinqué. No pedí nada. No sentí nada. No había quien pudiera ayudarme, guiarme, sólo estaban ellos y nosotros. Nada más.
En algún punto debí desmayarme. Alguien me auxilió y me arrastró lejos de las llamas, los paramédicos tal vez. Sé que nos sacaron de ahí. Las sirenas de las patrullas y ambulancias no eran una alucinación. Vinieron por nosotros. El gobernador se hizo cargo. Guardó aquello que pudo ser guardado, que no fue mucho, y salvó a quienes tuvimos tiempo —o suerte— de largarnos de Pueblo. Nos hospitalizaron y después nos mantuvieron en zonas de acogida, aislados, pero bien atendidos. Nos reunieron en grupos y organizaron sesiones terapéuticas. Algunos no lo soportaron; las explicaciones psicológicas o psiquiátricas eran muy débiles. El histerismo colectivo no pudo convencernos. Algunos tomaron la navaja, una pistola. Yo no tuve coraje. Dejé que me guiaran. Algún significado podría encontrar a todo esto, con el tiempo lo hallaría.
No todos llegamos a Amarillo. Muchos se fueron a otras partes, al sur o al norte, daba igual. Hicieron sus vidas o se deshicieron de ellas. Adoptaron mañas, se inventaron otras. El fuego nos había tocado. Teníamos que lidiar con la desesperanza, y ella, si no se toca lo suficiente, si no se pica con un azadón, se queda quieta, acompañando a su anfitrión durante toda su vida.
Dejé el ganado. Dejé Pueblo y obtuve algo de dinero del gobierno. Una buena pensión, el seguro. Comencé otra vez. Pero, ¿es posible comenzar otra vez? Veo mis brazos, aún se pueden ver las marcas. Y, además, están los peces de aquí… otra vez esa coloración. Volverá a ocurrir.
Alzo la vista por la ventana, hacia el lago. Ahí están los peces, nos anuncian la caída de las llamas. Puedo sentirlo: mis ojos arden, mi visión se debilita, los vasos sanguíneos los cubren como vetas de hierro o como las astas de un ciervo rojo.
BLACKWOOD (ALCES ALCES)
Vivía con miedo de que aparecieran otra vez. Casi podía olerlos a mitad de la noche, escuchar sus pisadas en la hierba húmeda y hasta en las hojas de los árboles. Ordené a los sirvientes que atrancaran las puertas y tapiaran las ventanas. No tenía idea de que ya nada de eso tenía sentido: ya era demasiado tarde.
Sé lo que pensaban de mí. A todos les parecía un ricachón excéntrico que no paraba de exigir caprichos. Ellos no podían saber lo que yo, pues cuando oscurecía ya se habían ido, ya fuera por orden mía o por convicción propia. Sus preguntas y dudas me perseguían por los corredores de la casa, ya me tenían harto. También me sentía temeroso, no quería que pudieran llegar a ciertas inferencias, que supieran lo que ocurría. Pronto todo daría un vuelco. Ya estaba cambiando.
Mi familia vivía al otro lado del mar; aún quedaban unos cuantos para hacerse compañía: tías, primos y otros parientes cercanos. En ese entonces tenía la ilusa idea de traer conmigo a mi esposa e hijo. Solía mandarle muchas cartas a mi esposa. Me contaba lo que sucedía en Escocia y yo a cambio le narraba las novedades de este pueblo. Ella ignoraba casi todo. Me resultaba divertido comprobar las ideas que se iba haciendo del país, de las propiedades de mi familia. Un día me preguntó si estábamos sembrando henequén o agaves. Cómo me divertía su ignorancia. La mayoría de los europeos piensa en el país y de inmediato se imagina desiertos o junglas, exotismo. No les cabe la idea de un lago congelado, de montañas nevadas, de bosques densos, y mucho menos se imaginan la existencia de aserraderos bien equipados, como los de allá. Piensan que sólo los bosques crecen en el norte. Y, ¿qué tan al sur se encuentra esta tierra? El clima les agradaría a todos esos isleños reticentes, esta bruma que brota del suelo cuando hace calor, la neblina emergiendo por la mañana y el chipi-chipi (como le dice la gente de aquí) por la tarde, que empapa los árboles, las tejas y los gabanes de los hombres que fuman en sus pórticos.
Los hombres de aquí… Cuando no disfrutan del tabaco de Veracruz o de las Antillas, se reúnen a comer tortillas y frijoles, queso ahumado, pan con nata, chiles y huevo, y a veces carne curada. Trabajan en estas tierras más horas de las que deben, talan árboles como nadie y hacen que las buenas yerbas broten de la tierra como no ocurre en ningún otro lugar. Mi padre se encargaba de procurar a la gente para que nunca le faltara nada, para que el disgusto nunca emergiera como el vapor después de caer la lluvia sobre la tierra caliente. Al parecer funcionaba.
Las palomillas y las mariposas, juntas como en un remolino de ruido y furia, ascendían en los meses de verano hasta las lumbreras y se metían en las casas cuando podían. Yo las veía al anochecer, inundando mi estudio en los meses de calor; entonces pensaba en mi hijo. A él le hubiera gustado todo esto; lo imaginaba jugando conmigo, corriendo por los pasillos, asustando a sus tías, preguntando cosas inoportunas a sus tíos, molestando a sus primos. Mi esposa también habría sido feliz. Podría haber cuidado de nuestro hijo, pasar las tardes con sus cuñadas o con alguna amiga del pueblo… y hubiera estado segura de mí, de que no mantenía una aventura, de que no caldeaba mis sábanas con otro cuerpo distinto al suyo.
La propiedad familiar había tenido épocas buenas y malas; cuando llegué a trabajar con mi padre la hacienda se había convertido en una industria productiva y autosuficiente, era ya la más importante de la región.
Por supuesto, no siempre había sido así. No tengo una idea clara de cuándo se construyó la hacienda. Debió hacerse a principios del setecientos. Mis antepasados vinieron al país como refugiados que se transformaron en hombres de negocios, casi conquistadores: hombres duros y sin dinero en los bolsillos; tomaban lo que podían. Cuando tuvieron la oportunidad de hacerse con tierras y recursos, no dudaron en empolvarse las perneras.
Mis antepasados encontraron una tierra solitaria, casi cruel, pero dispuesta a sentir las manos y los azadones, los picos y las sierras en su costra. Ellos eligieron una zona fronteriza y conflictiva, y decidieron administrarla porque todo mundo rehuía esta región, como si aquí se adorara al diablo o a alguna criatura pagana. En aquella época las fronteras no estaban muy definidas y la sierra pertenecía a Tlaxcala, a Puebla o Veracruz, según a quién se le preguntara.
En la actualidad, el terreno se erige dentro del estado de Puebla. Los primeros en llegar y comprar estas tierras no tuvieron demasiados problemas al adquirirlas, su buena fortuna atrajo a otros miembros y pronto la mitad de mi familia emigró a este país. Sé que no todos mis antepasados mantenían una excelente reputación, pero nadie se atrevió a ligar nuestro pasado con piratas o filibusteros, a pesar de que algunos de los míos se hacían a la mar y regresaban arrastrando cofres con oro, plata y joyas de dudosa procedencia. A nadie espantaba un poco de sagacidad o malevolencia.
Cuando llegué a estas tierras sabía muy poco. No estaba seguro de si mi familia había erigido un pueblo, una ciudad, o si sólo había construido un aserradero y una casona ajada. Todo lo aprendí in situ. No me esperaba una hacienda en forma, un pueblo lleno de allegados y gente que nos quería, y tampoco había previsto tal cantidad de tierras fértiles. Me sorprendí mucho cuando llegué a la población y, en la entrada, un arco de cantera rosa me recibió con unas blancas letras talladas en bajorrelieve. El nombre del pueblo era mi apellido: Blackwood. Mansión Blackwood también era el nombre del edificio familiar. En la hacienda, construida como una vieja casa señorial, propia de los terratenientes más exigentes de la Vieja Escocia, vivía mi padre, dos tías paternas, cuatro primos de mi padre, dos tíos maternos y los hijos de todos ellos. Con eso era más que suficiente para que nuestra hacienda siempre estuviera animada.
Mi familia nuclear se había desbaratado: sólo mi padre se mudó a México. Mis dos hermanas se quedaron en Escocia para hacerle compañía a mi madre. Y hacían bien. No todo era esplendor en Blackwood. Había una cierta cantidad de pobladores que tenía reticencias hacia mi familia. Sospechaban de nuestro apellido. Mi padre aseguraba que era porque conocían el significado en español: bosque oscuro. Pura superstición, vamos. Pero yo comencé a intuir que había algo de fondo, una serie de virutas bien escondidas dentro de una larga y vieja viga.
Tenían que existir ciertos velos, verdades contadas a medias; al fin y al cabo yo llegué mucho después. ¿Qué iba a saber de los secretos de los Blackwood acantonados en América? Yo había nacido en Escocia, no en México. Incluso tenía ya esposa y un hijo cuando mi padre mandó a llamarme. ¿Qué era lo que tanto murmuraban los peones e incluso algunos de los habitantes del pueblo? Lo más fácil era creer que se trataba de algún sórdido secreto de índole sexual. Tal vez algunos tíos tenían amantes regadas en el pueblo o en los alrededores. O quizá tenían familias espurias. No se me ocurría otra cosa: ¿dinero, robos, conspiraciones, asesinatos? Recién llegado al pueblo ya había descubierto un enorme valle silencioso cubierto por densa bruma.
Mi «pueblo», no sé si llamarlo así (aunque en ese entonces sí nos lo parecía), estaba constituido por varias granjas y casonas que habían crecido en una L invertida que se alineaba con el Río de los Búhos, al norte, y con el bosque al este. El acta constitutiva estará guardada en algún banco. Mucho antes, los documentos importantes se guardaban en la misma hacienda.
Nunca quise inmiscuirme demasiado en los legajos de propiedades y herencias. A pesar de ya tener familia propia, consideraba que yo era muy joven, un neófito en los principales asuntos fiscales y administrativos. Me conformaba con aprender y mantener mi lugar, vigilar a los capataces, tener en orden las cuentas de los aserraderos, ya fueran los del bosque cercano o los más alejados de la propiedad. No necesitaba nada más. Cada tres meses juntaba lo suficiente para depositarle a mi mujer una cantidad nada desdeñable. La cuenta la llevaba mi abogado; lo demás lo guardaba aquí. Tenía planeado comprar una casona en la capital del estado, mandar a llamar a los míos y mudarme después con ellos.
No creí que los bosques no me dejarían salir.
Quería llamar a mi casa Moose Hall, el palacio de los alces, sencillamente porque el escudo de armas de nuestra familia se engalana con dos alces enfrentados. Además, desde que tengo memoria amo a esos animales, a pesar de que en Escocia no se ha visto un alce en varias décadas. Hay quien dice que se han extinguido definitivamente de nuestras tierras. Yo nunca he sido un experto en zoología, ni en ciencia alguna, ya que estamos, pero había escuchado de hombres mucho más viejos que mi padre que, a veces, en las Highlands, se avistaba algún alce blanco. Algunos hasta presumían de haber cazado uno de ellos. Lamentablemente no existía ninguna prueba. Las cornamentas que esos hombres exhibían en sus hogares bien pudieron ser compradas en otra parte o halladas en la tierra, fósiles de otras eras.
Mi padre no era uno de esos hombres adeptos a las ferias mundiales o a los fantásticos descubrimientos de la ciencia, así que prestaba poca atención a las noticias maravillosas, ya fueran del pasado o del futuro. Desde mi infancia lo había escuchado renegando de todas esas tonterías sobre «la gente pequeña», «apariciones chisporroteantes» o «luces en el cielo». Para mi padre un alce sólo tenía importancia cuando se hablaba de la heráldica familiar. Un animal mítico que se rasca en árboles huecos no era más que una idiotez propia de los campesinos. Mi idea sobre una residencia en Puebla llamada Moose Hall le inspiraba cierta desconfianza.
Los pobladores de Blackwood me habían dicho que la caza, en ciertas zonas de la región, no era mal vista ni estaba penada. Ya había seguido la pista de varios ciervos comunes que gustaban de pasearse a una distancia prudencial de la hacienda. Para mí era obvio: Blackwood no podía tener ese nombre si no recibía a los visitantes propios de aquellas oscuras florestas. Alces no, por supuesto, no a esa latitud, pero sí venados, ciervos rojos incluso. Los animales me hicieron pensar en la heráldica de mi apellido. Debía tener algo ominoso para los locales, y yo quería averiguar las razones.
Como había dicho, mi padre no era un hombre que se tomara tiempo para caminar o dar un paseo por el bosque, eso me lo dejaba a mí. No es que yo fuera un soñador. No quería más que el bienestar de mi familia y ayudar a mantener nuestras propiedades. Sin embargo, a mi parecer nada de eso estaba peleado con el gusto de caminar por las calles de un poblado tranquilo y misterioso o por los senderos que las bestias dejan marcados en el bosque. Además, mi curiosidad no hacía más que crecer; no era mi culpa, no podía evitar que mi imaginación rondara sobre aquella región ni que mi talante de escocés se mezclara con las profundas raíces de las tierras méxicanas. Había mucho más aquí de lo que imaginaba. Y ya lo presentía en aquellos días. Quizá la tarea de mi padre era mantenerme alejado de su influjo. Pero, si era así, ¿por qué me había llamado? ¿Por qué no me había dejado en la Vieja Escocia, manteniéndome bajo la densa niebla de las marismas? ¿Por qué había tenido que traerme a este país?
No podía detenerme. Quería verlo todo: a los hombres construyendo casas, de barro, ladrillo o adobe, superponiendo teja tras teja para que las lluvias no fueran un peso extra que sus paredes debieran aguantar. Quería ver a las mujeres, indígenas o mestizas, blancas o morenas, cargando a sus hijos en rebozos de buena hechura o paseándolos de la mano a través de las calles, llevándolos al doctor del pueblo, festejando algún día en especial, un cumpleaños, una fiesta patronal, haciendo tamales o preparando atole para una noche de verbena y relajo. Quería descubrir cada escondrijo que se mantuviera oculto en el pueblo o en los campos.
Mi padre incentivaba la crianza de ganado, principalmente hacia el noreste, y de animales de corral en las cercanías del pueblo: cabras, pollos, guajolotes, gallinas, cerdos y hasta faisanes. Queríamos, y eso incluye a mi padre, porque lo conocía hasta cierto punto, que la gente sonriera a nuestro paso, que nos agradecieran, que nos vieran como sus benefactores, como los buenos y honrados capataces del pueblo. A cambio, los dejábamos ser, les dábamos jornadas holgadas y cargas de trabajo aguantables. No les trajimos ningún nuevo dios, pero si ellos necesitaban una iglesia, se las dábamos.
Mi padre puso las últimas piedras, por decirlo de algún modo, de aquel templo situado en la plaza principal, donde también se había erigido el Palacio de Gobierno y una plazoleta para las fiestas en general. Crecimos y no le tuvimos miedo a los catrines que se paseaban por la capital. Nosotros éramos distintos, y ellos lo sabían.
Muy de vez en cuando el general llamaba a algún miembro de mi familia a su cubil. Los recaudadores de impuestos venían, claro, pero no sufrían desencuentros, malas caras, ni reportes informando sobre alguna situación fuera de lugar. Ni en Blackwood ni en zonas aledañas habíamos escuchado rumores de gente inconforme, de levantamientos ni de ningún movimiento revolucionario. Allí nos sentíamos felices con lo que teníamos. Y si el general Porfirio quería que dijéramos: «Lo adoramos, Ilustrísimo», se lo decíamos.
Cuando pienso en mis primeros días en Blackwood siento lástima por mí, y también por mi familia. Nada tendría que haberse salido de su cauce. Yo habría envejecido aquí, habría traído a mi familia y me habrían enterrado en el panteón familiar, muerto de viejo. Tal vez algunas ancianas melancólicas habrían estado junto a mi esposa, llorándome mientras tomaban café con canela y pan dulce. Mi vida habría sido larga y nunca hubiera conocido a los alces corriendo en estampida alrededor de la vieja hacienda.
Todo se habría mantenido como si nada… si tan sólo mi padre no hubiera muerto.
Seguí ordenando a los sirvientes que tapiaran las ventanas. Han percibido mi miedo, lo han olido con el rumor de la lluvia. Es cada vez más profundo y amarillo, más como una ráfaga caliente en el rostro y no como una simple vaharada de ponzoña. El miedo era nuevo para mí, una reluciente herida que se resistía a ser únicamente cicatriz. Y había ido creciendo después de las tormentas, después de la última partida de caza. Lo sabía ya, esperaba la llegada de las grandes manadas. Los sirvientes se fueron y me dejaron entre rumores y vaticinios. ¿Sería cierto? ¿Me había vuelto loco?
Mi padre debía tener algunas distracciones. Mi madre aguardaba (y aguardaría para siempre) en Escocia, manteniendo su posición de mujer respetable con un abolengo tan cierto como las grandes rocas erigidas en los viejos cementerios de Caledonia. Las apariencias siempre eran importantes, pero ya había escuchado de ciertas personas sobre los variopintos gustos de mi padre. Uno que otro desliz insignificante, por supuesto. Trataba de mantenerme alejado de sus asuntos, consideraba que no eran cosa mía. Pero ahora lamento no haberme fijado más, no haber sido tan perspicaz como para notar los signos de peligro.
Sus encuentros con algunas de estas mujeres lo llevaron a tener ciertas ideas «peligrosas». Nunca supe quién fue la que vertió esa idea en mi padre, pero entendí lo mucho que le había importado cuando lo escuché hablar de la caza, de la importancia de conocer (y reconocer) sus propios terrenos. Porque «la mejor manera de conocer una tierra como la palma es rasgando la telita de la piel, cazando en ella, y después beber de su heridas…», empezó a decir muy orgulloso.
Antes de que él muriera, unos meses antes, los capataces de los aserraderos del sureste notaron un incremento en los avistamientos de ciervos. Cada vez había más. Las poblaciones de cérvidos, rojos o de cola blanca, crecían en los alrededores. En ocasiones un poblador cazaba alguna pieza para complementar una comida y hacerse así un festín; no le veíamos nada de malo, era natural. Hasta nos invitaban a uno que otro banquete. Pero nosotros, los Blackwood, no lo habíamos hecho aún. En Escocia no éramos tan adeptos a la caza mayor, a pesar de que mis tíos cazaban zorros.
Mi padre tuvo una idea: quería organizar una gran partida de caza. Nada más mencionarlo, mis tíos se volvieron locos por la emoción, se alebrestaron y movieron los pies como si estuvieran poseídos por un dios arcaico y festivo. A mí también me emocionó la idea, pero no quise participar en la primera batida. Me cuesta reconocerlo, pero yo también tenía ciertas debilidades, y quería aprovechar la ausencia de mis familiares para regodearme en ellas.
La partida de caza se llevó a cabo el día acordado. Se llevaría toda la jornada, así que pidieron la ayuda de tiemperos y viejos campesinos, expertos en el avistamiento del cielo. Había humedad ese día pero, aunque habría nubes, la lluvia no tocaría el bosque, según dijeron. La expectación era abrumadora. Los locales, ya fueran capataces, peones, mestizos o indígenas, brincaban y gritaban el nombre de mi padre. Los escuchaba en alaridos provenientes del centro del pueblo. La plaza se llenó de jolgorio y todos pedían una sola cosa: «Los cuernos, los cuernos, ¡queremos los cuernos!».
En el ambiente una sustancia navegaba como un barco en plena tormenta, rompiendo las olas con furia en su deseo por llegar a puerto conocido. Los hombres sacaban sus gabanes y encendían sus cigarros como pequeñas muestras de adoración al Dios de los Fuegos. La electricidad escalaba desde la tierra haciendo que las nubes se conjuntaran como formaciones de ejércitos salvajes y gloriosos.
A nadie parecía importarle la posibilidad de que los tiemperos se hubieran equivocado, de que la lluvia cayera y se convirtiera en tormenta; no se detendrían aunque el rayo golpeara los árboles y la tierra, aunque recibieran el golpe del fuego celestial. Escuchábamos el clamor de los caballos y los gritos de los hombres cuando, en el patio de la hacienda, casi todos reunidos y subidos en sus monturas, oímos un rugido serpenteante y casi maléfico, el bramido loco y enfermo de cientos de criaturas incitando a la muerte, llamándola. Eran ellos: los ciervos habían venido. Se sentía en el suelo su paso, en el cielo rugían las voces que preceden al trueno. Y entonces, al grito de mi padre, salieron todos en su caza, mosquetón al hombro, rifles en los costados del caballo, pistolas enfundadas, lanzas en ristre.
El jolgorio en la plaza ascendió hasta convertirse en un vocerío como de demonios peleando la más aguerrida de las batallas en medio de los cielos. Después, la hacienda quedó en silencio, aguardando mis pasos, las velas, los susurros, el roce de las telas, las risas.
Llevé a una mujer a mis aposentos. Era casada. Su esposo iba con la comitiva, no había peligro de que nos descubriera. Ella cocinaba, era la dueña de una de las mejores fondas del pueblo. Así la había conocido, en una ocasión en que había preferido pasar todo el día en el pueblo, paseando y haraganeando por sus calles, que aburrirme con los asuntos de la hacienda.
Yo no era aficionado a la bebida ni al juego, aunque no veía con malos ojos a quien le gustaba. Prefería caminar, pasearme hasta que mis pies ardieran y mi estómago se convirtiera en una bestia enjaulada. Cuando eso ocurría buscaba cualquier lugar, cualquier hoguera que pudiera proveerme de algún bocado. Fumar también me provocaba hambre, y nunca salía de casa sin pitillera.
Entré en una cocina de la que salía, como un manto vaporoso, el aroma de la comida recién hecha: carne a las brasas aderezada con pimienta negra y cebollín, caldos burbujeantes hinchados con gallinas, faisanes, conejos, chiles y especias en hervor; sopas cargadas con verduras recién tomadas de los huertos y de las macetas. Y yo ahí, frente al carnaval de aromas, haciendo rezumbar mi panza como una pantera enjaulada.
Nada más verla me quedé como un animalillo que ha visto a su cazador, pero que en lugar de correr abre los ojos como si pudiera detener el tiempo, alargar su vida. Casi no necesité probar su comida para saber que era la mejor cocinera del pueblo, ni siquiera las guisanderas de la hacienda la superaban. Había algo en sus manos que me recordaba el temprano sabor de mi casa. Mi madre siempre había sido celosa y esmerada con cualquier cosa que emprendía; solía acompañar a la servidumbre en sus quehaceres, limpiando, sazonando y enseñando cómo debía hacerse. Casi todos los días se metía en las cocinas a probar y mejorar los guisos, asegurándose de que la calidad del sabor no menguara. Y en esa mujer, en mi cocinera, pude sentir lo mismo.
