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Con detalles del clima patagónico en pleno verano y mediante música, acción y misterio, se lleva adelante el relato de una joven zapalina llamada Diana. Ella vive en un estado de perplejidad sin saber qué la mantiene con vida. La historia comienza con una visita inesperada que le hará una propuesta que la pondrá al descubierto de algo que no sabe.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Schilling, José Alejandro
Melodías hipnóticas / José Alejandro Schilling. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
290 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-753-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Schilling, José Alejandro
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Melodías hipnóticas
Alejandro Schilling
I
El reencuentro
¡Señorita! ¡Señorita!, escuchaba Diana desde dos direcciones. Era una señora que le avisaba que era su turno y al mismo tiempo la cajera del supermercado le hablaba para decirle que colocara los artículos sobre la cinta, mientras ella seguía con sus dedos índice y mayor sobre su sien y con un tono pensativo susurrando. Volvió en sí y dijo.
—Sé que algo me olvido, pero no recuerdo qué es —le comentaba a la cajera mientras dejaba los artículos en el lugar indicado.
—Suele pasar —respondió la cajera con una sonrisa después de intentar llamar su atención varias veces para poder cobrarle y dejar de retrasar a los clientes.
En ese momento Diana se dio cuenta de que no era la primera vez que se olvidaba de algo, pero eso no era lo que la tenía preocupada, sino que varias veces se vio sorprendida intentando recordar algo y que al volver sobre sí se encontraba con ambos dedos sobre su sien en un gesto pensativo, pero sin saber en qué pensaba.
Luego de haber pagado con la tarjeta de débito, salió del edificio con bolsas de tela en cada mano, pasó por un pasillo que tenía una temperatura agradable y por dentro pensaba, “me quedaría acá, ya no quiero imaginar el calor que hace afuera”. Al salir sintió que el sol la esperaba para darle de lleno con un calor inmenso, caminó hacia el auto por todo un estacionamiento de cemento sin ninguna sombra y agregó, “el auto debe ser un horno”.
Camino a su casa intentó recordar qué era lo que se había olvidado, volvió a repasar mentalmente la lista de cosas que tenía que comprar, pero no logró atinar, y rápidamente insultó al aire, “puta madre”, dijo en voz alta, “voy a tener que empezar a escribir la lista”, siguió diciendo.
Diana vivía en un complejo de departamentos con seguridad privada, un barrio semi residencial con algunos lujos como una plaza propia, cancha de fútbol y de tenis. También tenía un parque de ejercicios, el cual nunca usaba. El complejo contaba con 25 viviendas, todas iguales arquitectónicamente. Todas las casas eran para alquilar.
Al llegar al portón de entrada uno de los guardias se acerca y con voz suave la saluda.
—Buenas tardes, señorita Luan.
—Buenas tardes Nahuel —respondió Diana con tono de asombro, siendo que jamás se acercaban a saludar hasta la ventanilla del auto.
Desde adentro de la cabina donde estaba el personal de seguridad de entrada y salida del complejo, se podía ver todo ya que la misma era vidriada y no era necesario salir del lugar, a menos de que fuera gente extraña y que debiera notificarse, pero claramente Diana no lo era.
—Señorita, en su casa la espera un señor que pidió por favor que lo dejáramos pasar porque necesita hablar con usted —agregó el joven de seguridad esperando a que Diana le respondiera algo por haberlo dejado pasar.
—¿Dejaste pasar a alguien sin preguntar quién es? ¿Para qué me espere fuera de mi casa? La próxima vez dejá que entre y preparale una merienda —le respondió irónicamente.
—Señorita Luan, uno de los guardias lo acompañó para que la esperara fuera de su casa —dijo con tono suave sabiendo que así podría apaciguar un poco la situación y al instante agregó—: Nos dio sus datos, pero nos pidió que por favor no se los reveláramos.
Diana, con cara de pocos amigos, siguió camino a su casa mientras subía la ventanilla del auto para que no se fuera el fresco del aire acondicionado. Su casa estaba a tan solo 2 cuadras de la cabina de seguridad.
Al llegar se bajó del auto, se quedó parada y miró a quien la esperaba fuera de su vivienda. Antes de encontrarse en un fuerte abrazo le preguntó.
—¿Por qué no avisaste que venías? —mientras sonreía y caminaba a su encuentro. Al mismo tiempo le agradecía al guardia y le comentaba que era un amigo.
El guardia en ese instante aprovechaba a marcharse al ver que la señorita había reconocido al visitante.
—Intenté hacerlo —respondió el muchacho con una sonrisa enorme—. Te llamé, pero nunca atendiste; te escribí textos al celular, jamás respondiste; te envié mail y todos rebotaron.
—Bueno —se excusó—, ya me conocés, no me gustan las redes y mucho menos que me invadan con textos y llamadas, por eso sigo con este teléfono —dijo mientras levantaba un Nokia 1100— sin WhatsApp ni redes sociales. Solo textos y llamadas.
—Las cuales no respondés ni atendés —se apresuró a responder su gran amigo.
Juan Jose (Jose sin acento, como siempre explicaba), era un virtuoso clarinetista y director de orquesta que había estudiado con Diana en la ciudad de La Plata. Se habían conocido en el primer día de cursada y desde allí su amistad no había dejado de crecer. Juan Jose, luego de recibirse, había viajado a Liverpool becado por la misma facultad de arte por sus buenas calificaciones y performance a la hora de hacer muestras. Diana también se había esforzado por ser una buena estudiante.
En el mes de diciembre de 2004 se recibieron, y para festejar ambos realizaron un viaje a la ciudad de Montevideo, Uruguay; allí pasaron las fiestas, y retornaron a mediados de enero de 2005. Cada uno con destinos marcados, siendo que Juan Jose se iría de inmediato a Liverpool a realizar un postgrado en dirección orquestal y Diana quería vivir en la Patagonia. Más precisamente, en Neuquén Capital.
—Creo que es hora de que me cuentes a qué se debe semejante visita —comentó Diana mientras se acercaba hacia su iPad para poner música.
—No te gusta tener teléfonos modernos y sin embargo usas un iPad para poner música. ¿Qué vas a poner? —preguntó de manera sarcástica—. ¿Seguís teniendo listas interminables de canciones que has escuchado solo una vez?
—Sí —respondió Diana mientras apretaba play y comenzaba a sonar “love on the brain” de Rihanna—, tengo más de 4 mil canciones en esta lista, y te aseguro que conozco cada una de ellas. Con solo escuchar las primeras melodías puedo decirte de quién es la obra.
—De eso no hay dudas —agregó mientras caminaba hacia una pequeña vinoteca de madera que Diana tenía en su cocina con apenas tres vinos, todos tintos—. ¿Cabernet franc? —preguntó, viendo que era la única opción ya que los tres eran de la misma cepa.
—Por supuesto —dijo mientras hacía muecas de, ¿qué pregunta es esa?
Diana se proponía preparar una pizza para la cena, algo simple pensaba, ya que no esperaba visitas. Mientras seguía buscando las cosas necesarias para cocinar le preguntó a su amigo si la quería con aceitunas.
—¿Vas a cocinar? —preguntó Juan Jose.
—¡Sí, claro! ¿Acaso no tenés hambre? —replicó.
—Sí que tengo —le dijo mientras se acercaba y con voz tenue le comentó—. Creí que podríamos salir a comer y de paso me mostrabas la ciudad, podemos ir algún lugar que te guste frecuentar, y si no —exclamó tomando su teléfono celular— podemos pedir la cena por alguna aplicación.
—Prefiero hacerlas, tengo todo lo necesario —afirmó Diana mientras ponía unos huevos a hervir.
—Pero con este calor… prender el horno, no es necesario —comentó el recién llegado.
—Ya puse los huevos a hervir, además qué mejor que mientras se hace la comida me cuentes sobre tu inesperada visita —comentó Diana con cara de asombro por el hecho de que realmente no sabía por qué había venido.
—Bien, charlemos entonces —balbuceó Juan Jose sin mirarla y buscando una silla para sentarse mientras le indicaba a su amiga que se sentara a su lado.
La cara de Juan Jose ya hablaba por sí sola, respiró profundo, la miró a los ojos y se dispuso a contarle sobre su visita mientras terminaba de escribir un texto en su teléfono.
En ese instante se escuchó un ruido en la ventana, era la gata que quería entrar.
—Hay un gato gris en la ventana —comentó Juan Jose.
—Es Anny, abrile que quiere entrar.
—¿Es tuya?
—Sí, nos tenemos hace 5 años.
—Anny, por Anita, la huerfanita —sonrió Juan Jose.
—No, por Anneke van Giersbergen —respondió seriamente.
En ese momento la charla se desvió hacia las mascotas que habían tenido en su infancia y adolescencia, luego pasaron a lo cotidiano, poniéndose al día sobre cómo transcurrieron sus vidas todos estos años, pese a que se habían mantenido en contacto por llamadas telefónicas, que la mayoría de las veces realizaba Juan Jose. Las fechas eran casi siempre las mismas, cumpleaños, día de la música y tal vez alguna que otra fiesta de fin de año. Pero era Juan Jose quien también se comunicaba con Diana para que lo felicitara por su propio cumpleaños, y ella siempre se disculpaba y le decía que lo iba a llamar pero que él le ganaba de mano por ansioso.
La pizza seguía en el horno, había dejado la temperatura al mínimo.
—Todavía le falta —murmuró Diana— vamos un rato al patio que hace mucho calor, además con el horno prendido nos vamos a cocinar nosotros —ratificó.
Se encaminaron al patio trasero de la casa. Juan Jose agarró dos copas y el vino y se dispuso a seguirla. El patio tenía una luz tenue y se sentaron debajo de un árbol. El césped del patio estaba muy bien cuidado, pero sin plantas, solo era césped. El árbol que estaba sobre una esquina en el día daba sombra a su casa y a la casa del vecino.
Siguieron hablando, pero la charla esta vez se trató sobre recordar momentos de cuando estudiaron juntos. Diana comentó cómo fue venirse a vivir a Neuquén Capital y fue entonces cuando mencionó que su idea siempre había sido reencontrarse con Federico, el gran amor de su vida. Diana no había tenido otras parejas en su época universitaria, aunque sí había estado con un que otro chico. Se sentía devota del amor que le tenía a Federico.
En ese instante Juan Jose no hizo más que hacer muecas de que escuchaba con atención mientras pensaba en silencio, “su único amor”.
Cuando se decidió vivir en Neuquén, lo primero que hizo fue volver a contactar a Federico. Él seguía estudiando la carrera de Ingeniero Civil y le estaba yendo bastante bien. Tenía un trabajo que lo ayudaba a mantener su alquiler y comprar los materiales de la facultad.
—Siempre estuviste enamorada de él —comentó Juan Jose demostrando interés—. Por lo visto no siguen más juntos, ¿me contás qué pasó? —preguntó y vio que el rostro de Diana se entristecía.
Diana le contó que intentaron vivir juntos, la convivencia iba muy bien. Ella había comenzado a dar clases en algunas escuelas y él seguía con su rutina de trabajar y estudiar. Estuvieron seis meses conviviendo.
A los dos meses de su vida en común, Diana se levantó una mañana con mucho dolor de panza. Los dolores en esa semana no cesaron. Resolvieron con Federico que se haría análisis. En los estudios se enteró que estaba embarazada. Una ambivalencia llenó su ser, porque por un lado ella no quería tener hijos y por otro lado sí, porque estaba formando una familia con el amor de su vida.
—¿Sabés lo que es estar enamorada? —balbuceó Diana con una voz que demostraba que estaba a punto de quebrarse—. Realmente me enamoré. Sé que era amor, no sé cómo explicarlo —dijo y su voz terminó por quebrarse y las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas.
En ese resumen de la historia, el director vació la botella de vino sirviendo en ambas copas el contenido que quedaba y dejo la de su amiga hasta la mitad.
Diana le había contado a Federico que estaba embarazada —con cierta inquietud ya que no sabía cuál sería la reacción de él— y fue un momento único, ambos estaban felices.
En los meses siguientes se atrevieron a comprar algunas cosas para el bebé que esperaban, y como no sabían el sexo, compraban cosas unisex.
Una mañana Diana fue a trabajar a la escuela y cuando subía las escaleras para llegar al primer piso, un alumno que pasó corriendo se chocó con ella que cayó golpeándose en los peldaños. Rápidamente se levantó y dijo que estaba bien. Ese día trabajó normalmente y al salir de la escuela pasó por la clínica para hacerse un chequeo. La médica que la atendió le dijo que estaba todo bien y que debía tener cuidado porque los chicos en las escuelas son muy torpes. Una semana después volvió a la clínica para un control de rutina y ahí le notificaron que el corazón de su bebé no estaba latiendo.
Ese fue el inicio de la separación y el final de la familia feliz que habían imaginado juntos.
Mientras la señorita Luan terminaba con su relato le preguntó si se había aburrido, ya que nuevamente estaba con el teléfono escribiendo un texto.
—Perdón —dijo Juan Jose.
—Está bien —respondió la anfitriona—, si es algo importante, por qué no llamás —dijo.
—Ya está, solo era para avisar que estoy bien —mintió mientras guardaba el teléfono celular.
II
El viaje
Juan Jose había viajado dos días antes desde Liverpool a Buenos Aires en un vuelo comercial; un viaje de 11.145 kilómetros que duró más de 13 horas y que aprovechó para dormir varias siestas por el cansancio que le generó la salida imprevista.
Desde que se había ido a Inglaterra, pocas veces había regresado a su país natal, y las veces que lo había hecho el viaje no había sido lo que más lo entretuvo. Utilizaba el vuelo para leer, ver películas, escribir nuevas partituras.
Al llegar al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, miró el reloj que marcaba las 21:30 horas. No tardó en bajar del avión, pasar por el control con el pasaporte en mano y esperar su valija que era mediana, ya que, al sacar el ticket por internet, pensó que tenía que ser un viaje rápido y liviano, “viajar ligero” pensaba. Tal es así, que tomó el primer vuelo que consiguió en las páginas de viaje sin poner atención ni siquiera en los precios.
Se había ido a Liverpool por una beca que le habían dado en la Facultad de Arte donde había estudiado y donde se había conocido con Diana. Por sus buenas calificaciones había logrado obtener la oportunidad de viajar para seguir estudiando. Ya en Inglaterra, decidió que sería un buen lugar para quedarse a vivir.
•••
Diana y Juan Jose tenían la misma edad, ambos habían nacido en el año 1980 y se llevaban solo un mes de diferencia, el 3 de marzo cumplía Juan Jose y el 3 de abril la señorita Luan. Desde que se conocieron en la ciudad de La Plata, la amistad que forjaron fue tal que siempre festejaban los cumpleaños juntos en el mes de abril.
Juan Jose procedía de una familia de buena posición económica, eran dueños de una importante cadena de comercios de materiales de construcción en la provincia de Buenos Aires que, rápidamente, logró expandirse por diferentes partes del país. Pese a que se le daban muy bien los negocios, su aptitud por la música —que era muy buena— venía por parte de su madre, quien había estudiado en la misma facultad tiempo atrás y se dedicaba al piano. Le recordaba siempre que por cuestiones laborales se tuvo que dedicar a dar clases en los colegios sin poder experimentar en conciertos como le hubiese gustado.
Su padre siempre dedicado a los negocios de la empresa de materiales, conoció a Stella en un casamiento y luego de una noche de romance formaron pareja. Un año después se enteraron de la llegada de Juan Jose, motivo por el cual Stella y Raúl decidieron casarse.
La pareja tuvo 3 hijos, Juan Jose el mayor, que se fue del país cuando el segundo hijo del matrimonio tenía apenas 5 años. Su hermana más chica nació cuando él ya estaba en Inglaterra. Y ese motivo fue uno de los tantos viajes que realizó a su tierra natal.
•••
Cuando retiró su maleta salió caminando por los pasillos del aeropuerto en búsqueda de una parada de taxi. Caminó hacia el coche que estaba en la punta de la fila y luego de que el conductor le dijera que estaba libre se subió al taxi. El taxista arrojó el cigarrillo que estaba fumando y se subió al auto.
—¡Buenas noches! —Lo saludó el taxista al mismo tiempo que se colocaba un chicle en la boca—, ¿hacia dónde lo llevo? —preguntó mientras lo miraba por el retrovisor y esperaba instrucciones para arrancar.
—¡Buenas noches! —saludó Juan Jose— lléveme a la estación de micro por favor —y al instante bajo la ventanilla para tomar un poco de aire.
—¡Hace calor! —comentó el taxista—. ¿Quiere que ponga el aire acondicionado? —preguntó mientras ponía el coche en marcha y daba una vuelta en “u” en una rotonda para encaminarse en dirección a la estación de colectivos—. ¿Hacia dónde se dirige? —volvió a preguntar el taxista.
—No, está bien —respondió Juan Jose en referencia al aire acondicionado—, quiero sentir el olor de la ciudad, se extrañaba —completó—; voy hacia la provincia de Neuquén —añadió.
—¿En colectivo? —fue la pregunta del taxista y sorprendido agregó—: son casi 14 horas de viaje. ¿Por qué no se toma un vuelo? —mientras lo volvía a mirar por el retrovisor y notaba que su pasajero estaba inmerso en su teléfono celular.
—¡No! —alegó de manera rotunda—. En colectivo está bien, necesito el tiempo para hacer algunas cosas, en avión llegaría demasiado pronto y no tendría el tiempo necesario —le explicó mientras levantaba la cabeza y le preguntaba—. ¿Falta mucho? Según la página de internet sale un colectivo en 40 minutos.
—Haremos todo lo posible —dijo mientras cambiaba de carril.
Cuando llegó a la terminal Juan Jose sacó un fajo de dinero en euros y pagó al taxista dejándole el vuelto de propina. Corrió hacia la agencia de colectivos que había visto en internet y vio que había una larga cola. Pidió permiso para consultar si el colectivo salía en ese momento y si tenía lugar. Le respondieron que sí y preguntó a la fila si podía comprar el pasaje porque necesitaba salir de inmediato. Pagó también en efectivo y se dirigió hacia la puerta “F” que es donde se anunciaría la partida del colectivo.
Tres minutos más tarde se anunció por el altoparlante, “empresa Andesmar con destino a Neuquén capital anuncia su partida para las 22:45, por favor a los pasajeros, acercarse a la plataforma “F” muchas gracias”.
Juan Jose ya se encontraba ahí y pensaba, no voy a alcanzar a comprar para comer en el viaje, bueno… en alguna parada haré una compra se respondió. Y siguió camino para encontrarse con el azafato que estaba cortando los boletos para subir.
—¡Buenas noches! A Neuquén capital— dijo Juan Jose mientras entregaba su boleto.
—¡Buenas noches! —saludó el azafato que miraba el boleto y lo cortaba—. ¿Equipaje para despachar tiene? —preguntó.
—¡No! Solo esta valija que la llevo arriba conmigo —expresó con seguridad y subió al colectivo.
—¡Muy bien! Butaca 28, ventanilla —le dijo el azafato—. Que tenga un buen viaje.
—¡Gracias! —respondió y subió buscando la butaca correspondiente.
Una vez en ella se sentó, acomodó la valija a su lado y se tomó unos minutos para pensar y se preparó para relajarse porque el viaje iba a ser largo, “espero que sirvan cena” pensó.
Ya en la ruta, cuando el colectivero pisó bruscamente los frenos, Juan Jose se despertó de la somnolencia en la que había caído sin querer, se sentía cansado, aunque sabía que tenía que ponerse con el itinerario que debía armar para presentar en Neuquén. Percibía que el viaje en avión no había sido suficiente.
Cuando llegara a la capital neuquina pensaba primero ir a casa de Diana y al día siguiente a la Asociación Latinoamericana de Integración Cultural para conseguir una fecha en el teatro para realizar un concierto. Una vez allí daría los detalles, el día y el horario. La intención de ir en persona, pensaba, primaba para una respuesta favorable a su petición. Sacó de su valija una MacBook y se puso a escribir. Debía ser detallista y convencer a los de la Asociación Latinoamericana de Integración Cultural que era una idea brillante y que la venía trabajando hacía mucho.
Luego de haber trabajado por varias horas, decidió que era momento de dormir para no llegar cansado; necesitaba, también, estar fresco y alerta para encarar su propósito.
Después de 18 horas de viaje llegó a Neuquén capital, se bajó del colectivo y caminó hacia una parada de taxis. Antes de tomar el coche amarillo realizó una llamada.
—Ya estoy en Neuquén, me tomaré un taxi para ir al destino indicado, el plan ya está en marcha —dijo y cortó sin esperar respuestas.
Chequeó el teléfono y eliminó el número al que había llamado. Caminó unos metros y volvió a tomar un taxi para dirigirse a la casa de su amiga. No tenía la dirección, pero sabía que vivía en un barrio semi residencial. Le preguntó al taxista cuantos barrios semi residenciales había en la ciudad, el taxista le respondió que 5 y le pidió que los lleve a todos. Y así fue que en el cuarto barrio logró dar con Diana Luan.
III
Propuesta y...
Cuando Diana pudo superar su sentimiento de tristeza por lo relatado y logró recuperar algo de su buen estado de ánimo, volvieron a entrar para ver cómo iba la pizza. “Ya está”, comentó. Mientras tanto, Juan Jose destapaba otro vino y servía en las dos copas medidas iguales, no sin antes oler el corcho y susurrar “qué rico”. Le acercaba una copa a Diana y le decía con voz suave: “Brindemos por el reencuentro”, y el choque de las copas de cristal dejaron una estela de un suave sonido zumbador en el aire y que al paso de los segundos se fue desvaneciendo.
Ambos se sentaron para disfrutar de la pizza al tiempo que cambiaba la canción en la lista de Spotify y comenzaba a sonar una melodía muy suave, era “Here Come The Rain Again” interpretada por Chantal Chamberland. Cada uno sentado en una banqueta que Diana tenía en la barra detrás de la cocina. Una barra muy pequeña que al mismo tiempo servía para separar la cocina del comedor. Debajo de la misma estaba la vinoteca de madera y arriba el lugar para las copas de vino, de las cuales solo tenía dos y eran las que estaba utilizando.
—¡Bueno! Te escucho —le dijo Diana a Juan Jose mirándolo a los ojos luego de haber tomado un largo trago de vino y saboreándolo susurró—: está bueno.
—Sí, está riquísimo —comentó y en ese momento se paró de la banqueta para ir hasta su valija y buscar la MacBook—. Tengo acá dos cosas que quiero mostrarte y necesito compartir con vos.
—¡Contame! —exclamó.
—Lo primero es que quiero que hagamos un concierto en la Asociación Latinoamericana de Integración Cultural, la que está en la Avenida Argentina —Y su amiga lo interrumpió inmediatamente.
—Sé cuál es —respondió de manera irónica—, intenté hacer varios conciertos ahí pero nunca se me dio. A qué viene esta invitación, apenas digas que voy a participar te van a decir que no. Además —agregó con cara de pocos amigos—, me hubieses dicho que querías hacer un concierto, me enviabas las cosas y yo lo hubiese podido gestionar acá, aunque conociera la posible respuesta.
—Pero no es esa la idea, por eso vine —agregó el director.
—Claro, para echarme en cara que si lo pedís vos te van a decir que sí, ya que sos Juan Jose, el joven y talentoso músico que logró emigrar a Inglaterra para hacerse conocido —disparó Diana mientras veía mueca de disgusto en el rostro de Juan Jose.
—No es así, siempre quise que podamos trabajar juntos. ¿Por qué primero no escuchás mi propuesta y después me decís lo que pensás? —y agregó con voz melancólica—: jamás te echaría en cara tu carrera, sabés bien que para mí sos mejor que nosotros —dijo y rápidamente se retractó—. Perdón, mejor que yo, solo que tuve la suerte de poder seguir con mis estudios fuera del país y aun así sostengo lo que pienso —sentenció.
En ese momento se hizo un silencio; ambos tomaron de sus copas de vino y Juan Jose, mirándola fijo a los ojos, dijo: “Yo te pedí que vinieras conmigo, y me respondiste que tu vida estaba acá, que querías volver a tu ciudad y darte una oportunidad con tu ex”.
•••
Diana había nacido en Zapala, una pequeña ciudad de la provincia de Neuquén. Allí se crió hasta terminar la secundaria. Una vez finalizado el colegio decidió irse a vivir a la Capital de la provincia de Buenos Aires.
Los años de estudio en la ciudad de las diagonales fueron una etapa maravillosa para Diana, había logrado terminar la carrera de sus sueños y pensaba volver para ejercer su profesión en su ciudad natal. Para su último final su padre había viajado para presenciar el concierto, y al terminar y aprobar su examen final muchos de sus compañeros la felicitaron, su gran amigo y también la profesora Cristina y el Rector.
Al finalizar los estudios tenían planeado viajar con Juan Jose a Uruguay, luego del viaje cada uno tendría diferentes destinos. Ella volvería directamente a Zapala, donde la esperaría su padre y él viajaría directamente a Europa.
A la vuelta de Uruguay viajó directo a Zapala, con su título de directora de coros y orquestas, pero no logró trabajar de lo que pretendía. Vivió unos meses en casa de su padre, que hacía muchos años que se había separado, y que le preguntaba frecuentemente cómo iba con la búsqueda de empleo. Esto a Diana la ponía de muy mal humor; no quería vivir de prestada en la casa de su padre, con su nueva familia, escuchando el mismo comentario, sumado a que siempre agregaba que su ex esposa no se había cuidado lo suficiente y por eso había fallecido. La muerte de su ex esposa lo había golpeado profundamente, tanto, que en varios momentos había caído en pozos de depresión.
Los padres de Diana se habían conocido en la facultad, Heraldo no logró terminar sus estudios y decidió trabajar cuando supo que Soledad estaba embarazada. Diana fue la única hija de la pareja. Con la nueva familia Heraldo logró tener otros hijos, quienes llevaban una relación amena con su hermanastra.
Los estudios secundarios de Diana habían sido en un colegio contable y su relación con la música no había sido más que las materias que tenían en la escuela, donde solamente preparaban canciones para cantar. Pero ella siempre decía que quería ser violinista y poder dirigir coros y orquestas. En la escuela había conocido a Federico, con quien se había puesto de novio en tercer año.
En la fiesta de fin de año que se había realizado cuando terminaron el secundario, se prometieron estar siempre juntos y que se irían a estudiar a la misma ciudad, “promesas de adolescentes”, pensaba cada vez que se acordaba.
Cuando Diana le comentó que se iría a estudiar a la ciudad de La Plata, él le dijo que había pensado que se irían a estudiar los dos a Neuquén Capital.
—Yo ya señé un alquiler, no te había dicho antes porque quería que fuera una sorpresa —dijo Federico.
—Pero nunca habíamos quedado en eso, dijimos que era una posibilidad. La carrera que quiero estudiar no está en Neuquén y la Facultad de La Plata es una de las más prestigiosas del país. Tengo decidido ir a estudiar allá —le respondió ella con ojos cristalinos y al borde de las lágrimas—, mi intención es volver cuando finalice la carrera en La Plata —le comentó ya con lágrimas en los ojos.
Desde esa noche la relación no fue la misma. Cuando cada uno siguió su camino intentaron mantenerla a distancia, pero se dificultó por lo costoso de viajes tan largos para dos estudiantes universitarios y a pesar de que se mantuvieron en contacto por teléfono, la relación se fue diluyendo y se transformó en un esfuerzo por parte de los dos, que hizo que fuera una situación insostenible.
Ella siempre lamentaba haberse separado, estaba enamorada, pero en esa época necesitaba poner distancia de su madre y también estudiar hasta donde pudiera la carrera de sus sueños. La relación con su madre luego de la separación no fue igual, Soledad nunca pudo sobrellevar la ruptura y esto hacía que también tuviera un trato complejo con su hija.
•••
—Vos sabes bien que lo de mi ex fue complejo —dijo Diana a Juan Jose.
—Lo sé. Solo te recordaba que quería que fueses conmigo. En fin, —agregó y tomó varios sorbos de vino hasta dejar la copa vacía— la idea de haber venido es para que tengamos la posibilidad de que nos digan que sí cuando pidamos la sala.
—¿O sea que viniste desde Liverpool para asegurarte de que digan que sí porque sos vos? —preguntó con sarcasmo.
—Vamos Diana —contestó con poco ánimo— la idea es que nos digan que sí. Sé que estás viviendo de tu segunda carrera y para mí sería un placer verte trabajar de lo que siempre soñaste, que es dirigir —le respondió mientras no apartaba la vista de sus ojos.
—Gracias, pero vengo arreglándome bien, hacer terapia es algo que me gusta, además —agregó con tono un poco furioso— si te ponés a pensar ya no es mi segunda carrera, sino que es la primera, gracias a la psicología no me muero de hambre —afirmó y ahora era ella quien no quitaba la vista de los ojos de Juan Jose.
Luego de haber intentado dirigir algunos coros u orquestas, luego de haber pasado por varias audiciones sin pena ni gloria, escuchando respuestas como, “sos muy joven para estar frente a una orquesta”; “te falta experiencia para poder dirigir”; “el director que está ahora lleva 15 años dirigiendo este coro”, fue entonces cuando decidió ponerse a trabajar y consiguió dar clases de música en escuelas públicas. No le desagradaba, pero tampoco era para lo que había venido y la idea de volver a Zapala no pasaba por su cabeza.
Diana decidió estudiar psicología cuando notó que después de trabajar en las escuelas con los cargos que tenía, le sobraba tiempo como para estudiar algo más. La carrera de psicología en la Universidad del Comahue estaba dirigida a personas que trabajaban y estaba en un horario accesible, era a partir de las 18 horas y ella terminaba de dar clases a las 15:30. El tiempo le alcanzaba y junto con la psicóloga que la estaba tratando desde hacía ya varios años evaluaron la posibilidad de llevar adelante la carrera y así lograr recibirse.
La carrera la terminó en tiempo y forma y rápidamente se puso a trabajar. Comenzó en un consultorio donde pagaba alquiler y de a poco empezó a orientar su terapia al psicoanálisis lacaniano.
—Ya lo sé, y también sé que podés intentarlo de nuevo. Podríamos ponernos a trabajar y realizar un buen concierto —insistía su amigo.
—Contame bien de qué se trata, pero desde ya te aviso que no creo que acepte, hace mucho que no dirijo —respondió Diana levantándose a buscar servilletas y un cuchillo. La pizza llevaba un buen rato sobre la mesa y nadie la había cortado aún.
—¿Y los platos? —preguntó Juan Jose.
—Veo que te has convertido en un señorito inglés —comentó riéndose al tiempo que buscaba un tenedor y otro cuchillo— ¿a qué hora es el té mañana? —volvió a decir sonriente.
Juan Jose volvió a servir vino en ambas copas y mientras cortaba una porción de pizza suspiró y le dijo a Diana sosteniendo en su mano el tenedor con un pedazo de pizza.
—Diana —dijo en un tono serio— necesito que hagamos este concierto.
—Parece que es bastante importante —le respondió Diana.
—Sí lo es, por eso te pido que por favor aceptes. Mañana voy a ir a la Asociación Latinoamericana de Integración Cultural y les explicaré qué es lo que haremos. No quiero que te pase como a mi mamá que no pudo desarrollarse en lo que quería, en ser concertista y que al final terminó dando clases y quedándose en montones de escuelas —dijo.
—¿Claro, no querés que sea otra maestrita dando clases y yendo de una escuela a otra? —expresó Diana disgustada por el comentario.
—No quise decir eso —se excusó Juan Jose mientras dejaba el tenedor que aún tenía en su mano para agarrar nuevamente la Macbook y mostrarle lo que tenía en la pantalla— esto es lo que tengo pensado —agregó.
—¡Apa! Se ve bastante bueno —exclamó mientras miraba el cronograma de la presentación—, pero acá dice que es para mediados de marzo, queda poco más de un mes —complementó—. ¿Cómo querés que prepare un concierto en tan poco tiempo?
—No te preocupes —le dijo—, ya hablé con algunos otros directores, cada uno preparará una obra, con coros y orquestas, música de todo tipo, rock nacional e internacional, música clásica, de película. Haremos diez interpretaciones. Ya están todas elegidas, trabajadas y escritas, solo es cuestión de ensayar. Los músicos serán los mismos, solo irán rotando los directores. Como nuestro final. ¿Qué te parece?
—Lo veo viable, siempre y cuando vea qué obra me toca trabajar.
—La de nuestro último final —soltó y buscó una carpeta en el escritorio de la Macbook que decía “Didi” como él la llamaba cariñosamente—. Esta es. —Le dijo y ella leyó: “Paranoid Android” Radiohead, arreglo escrito por Juan Jose Oxley y Diana Luan.
Un arreglo coral y orquestal que habían presentado en su último examen de la carrera de dirección. La que habían utilizado para recibirse.
—¡Guau! —balbuceó mientras se frotaba los ojos—. ¡Cuánto tiempo, cuántos recuerdos! Vos sabés que me fue muy mal con esa obra.
—Bueno, fueron otras épocas, los profesores no entendían lo que quisimos hacer. De igual manera nos recibimos, entonces ¿te animás? —le preguntó.
—Dejame pensarlo —respondió y al instante se paró y añadió—. ¡Me voy a dormir! Mañana tengo que trabajar de psicóloga en el consultorio y estoy cansada. ¿Dónde te vas a alojar? —le preguntó mientras le daba el último trago a la copa de vino para dejarla vacía.
—Acá en tu casa —respondió mientras se reía.
—¿Y tu ropa? Imagino que trajiste otra valija ¿no?
—Mañana saldré a comprar algunas ropas. Me podrías acompañar —comentó.
—Me voy a dormir, mañana trabajo de 10 a 17. Te dejo una copia de llaves de la casa en la mesa y también te dejo la llave del auto. —Le indicó, mientras le fue mostrando dónde iba a dormir.
—Gracias, ¿pero vos en qué te vas a trabajar?
—Tengo la moto. Otra cosa, cuando te acuestes, cerrá la puerta por favor, no quiero que entre la gata y tampoco quiero escuchar tus ronquidos —dijo y se fue a dormir.
Diana dispuesta a irse a la cama, pasó por el baño a lavarse los dientes y salió con el cepillo en la boca, miró a Juan Jose y le dijo: “Antes de que me preguntes, uso dos cepillos porque me estoy haciendo un tratamiento de blanqueamiento”, y se volvió al baño.
La noche estaba calurosa y Diana dormía con la ventana abierta, tenía mosquitero y de esa manera podía sentir y disfrutar de las brisas de aire que entraban a cuenta gotas. “Lo bueno es que las copas de vino me van a ayudar a dormir” pensó.
Media hora después se dio cuenta de que no podía dormir, pero no podía saber por qué era, sabía que el hecho de que estuviera Juan Jose en la otra habitación no era un problema, ya habían compartido hasta la cama en algún que otro viaje. Hasta que en un momento recordó que Juan Jose le dijo que tenía dos cosas para decirle y solo le contó una y, además, por qué no había traído más valijas si sabía que se tenía que quedar más de un día, pensaba.
En ese instante sintió la necesidad de preguntarle; se levantó y se dirigió al cuarto contiguo. Antes de golpear la puerta notó que su amigo hablaba por teléfono y en un intento de afinar el oído para escuchar, logró oír “ya estoy con Diana, no puedo hablar ahora, mañana arreglamos todo; como te dije antes, el plan ya está en marcha y por ahora no sospecha nada”.
Golpeó la puerta y entró directamente sin esperar a que le dieran permiso, miró a su amigo y le preguntó si todo estaba bien, el director que estaba borrando la última llamada del registro de su teléfono le respondió que sí:
—¿Pasó algo? —le preguntó y ella negó con la cabeza— mañana hablamos —le dijo y cerró la puerta.
Volvió a la cama y nuevamente se puso a pensar en la llegada de su amigo, pero el vino había empezado a hacer efecto y sumado a todos esos pensamientos logró conciliar el sueño y dormir de un tirón hasta despertarse con el sonido de la alarma.
IV
Paranoid Android
Fines de 2004. Era el último año de la facultad que cursaban Juan Jose y Diana. Ambos tenían la costumbre de cursar y rendir las materias para no acumular finales, ya sean las teóricas o prácticas y algo que siempre les causaba gracia era que en las materias prácticas Diana tenía que estudiar 3 veces más de lo que estudiaba o ensayaba Juan Jose, y en las teóricas era totalmente al revés.
Desde el momento en que Diana se enteró cuál sería el método del examen final, se imaginó y proyectó durante años cómo iba a rendir su última materia. Le contaba a Juan Jose qué tenía pensado hacer y él le respondía que lo harían juntos.
Para la última materia se les pedía que pudieran ejecutar una obra, ya sea propia o de alguien más, coral u orquestalmente. Se les pedía a los estudiantes que lograran hacer los arreglos necesarios para que pudieran ser ejecutados por cualquier músico, es decir, que se pudiera leer y transportar para que lo ejecute e interprete un violín o una viola, por ejemplo. Que, si eran instrumentos de viento, las partituras estuvieran escritas para flauta traversa, clarinete soprano, saxofón tenor o alto. Y así con cada instrumento que compone una orquesta.
Diana apuntaba a que, además de escribir la obra para orquesta, también se pudiera escribir para coro a cuatro voces y solistas
—Además del arreglo orquestal, voy a hacer el ajuste para las voces del coro, tenor, sopranos, contraltos, bajos, solo cuatro voces y también de dos solistas —decía dejando de lado a las mezzosopranos y a los barítonos bajo—. Estas voces serán reemplazadas por tubas y contrabajos —se excusaba.
En el último año se dedicó a escribir la obra y a reclutar músicos, iba por los pasillos, salones y a veces en algunas fiestas, aprovechaba a comentar y pedir si alguien se quería sumar. Muchos de los músicos estaban también en épocas de exámenes y sumar una obra más al cuatrimestre resultaba un poco cargado.
Juan Jose le ayudaba a escribir los arreglos y pasarla en partitura, fue un trabajo en conjunto. Le dedicaban muchas horas diarias tanto a estudiar y a escribir la obra como a ensayar y buscar músicos.
La canción que había elegido Diana era “Paranoid Android” de Radiohead. Una canción que en lo personal le gustaba mucho no solo por la letra y la melodía, sino porque creía que esa obra daba para algo más y tenía que ver con sumar una orquesta y un coro. Tal vez una o dos solistas, pero le faltaba la parte sinfónica y es a lo que aspiraba. Ella siempre decía que más allá de que fuera una pieza de rock, inconscientemente había sido escrita para ser ejecutada por una gran orquesta.
Escribían una parte de la obra para flauta traversa, y buscaban un traversista que pudiese ejecutarla, cuando lograban ver que quedaba bien seguían con otro instrumento, así hasta que fue quedando.
A medida que iba presentando su trabajo a los profesores, estos le preguntaban por qué una canción de Radiohead. Ella contestaba que quería salir de la monotonía de presentar siempre obras de Wagner, Chopin, Tchaikovski, quería hacer algo diferente.
—No es nada diferente lo que proponés —le dijo el Rector mirando las anotaciones escritas en las partituras que servían de borrador, mientras se acomodaba los lentes—, no creo que funcione, pero intentarlo les va dar puntos extras a la hora de la muestra.
Juan Jose y Diana se miraron y sonrieron, iban por buen camino, sabían que les iba a resultar y que llegarían para fin de año.
—¿Cómo van con los ensayos? —inquirió Cristina, una de las profesoras que no era de las más simpáticas con Diana, ya que años atrás le había dicho que no tenía oído para la música.
—Aún estamos terminando de escribir los arreglos —comentó Juan Jose, con quien sí tenía un poco más de afinidad.
—No les queda mucho tiempo, y muchos de los estudiantes están con sus finales.
—Lo sabemos, pero estamos yendo por parte, muchos de los compañeros nos han dicho que van a participar —algunos profesores de otras materias les habían dicho a muchos estudiantes que quienes participaran de la obra de los compañeros para su última materia, también podrían acreditar el instrumento a modo de examen final.
—¿Por qué esta canción? —preguntó Cristina.
—La eligió Diana —respondió Juan Jose y así fue que Cristina, con una mirada fulminante, le habló a Diana pidiéndole que le explique.
Diana la miró y dijo:
—Es por la melodía, la letra y la entonación, la dulzura con la que canta Thom Yorke y el terror que le pone después, es una canción un tanto agridulce. —Vio cómo la cara de Cristina se transformaba.
—¿De qué habla precisamente la canción?
—Trata… —dijo Juan Jose y Cristina le hizo callar chistando inmediatamente.
—Le pregunté a ella. —Agregó Cristina sin mencionar su nombre.
