Mi abuela la bruja - Miguel Ángel Mendo - E-Book

Mi abuela la bruja E-Book

Miguel Ángel Mendo

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Beschreibung

Hoy día, ser nieta de una bruja no es ningún chollo. Porque las brujas de verdad son bastante siniestras. La nuestra se llama Cúrcuma, y su pobre nieta, Adela, no lo pasa nada bien viviendo con ella. Pero de repente va a aparecer un personaje muy especial, una urraca, que con su desfachatez y su ingenio, va a ponerlo todo patas arriba. Dispone de Juego de Lectura (n.º 78), de la colección Lectura Eficaz.

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Seitenzahl: 60

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Miguel Ángel Mendo

El autor

•Nací en Madrid, en el año 1949.

•Estudié Filosofía y Letras, en la especialidad de Psicología.

•He sido un poco de todo, desde profesor de cine hasta fotógrafo, guionista de televisión y periodista.

•He recibido varios premios de literatura infantil: el Altea en 1987, el Lazarillo en 1989 y el accésit al Lazarillo en el 2000 por este libro. También he publicado Vacaciones en la cocina en la colección Altamar.

•Toco el saxo tenor, y me gusta improvisar música cuando me reúno con mis amigos.

Para ti…

Bastante a menudo se ven unos pajarracos medio grandes y con una cola muy vistosa en las cunetas de las carreteras que, al pasar con el coche, echan a volar. Seguro que los has visto tú también. Yo siempre los había llamado, con una lógica aplastante (y muy poca imaginación), «pájaros de carretera». Pues bien: ya no los llamo así. Me enteré de que se llaman urracas. Y fue precisamente por ponerme a escribir este libro. Casi nada. Las famosas urracas. Estudié libros de pájaros, hablé con expertos, busqué documentación en Internet… y aprendí cantidad de cosas de lo más curiosas acerca del bicho en cuestión. Ahora soy un fan de las urracas. Y me encanta que una de ellas sea el personaje principal de este cuento.

Dedicado con cariño a Brigitte, que va para bruja buena.

1

Vivir con una bruja

CUANDO yo era pequeña vivía en casa de una bruja muy fea y muy vieja. Yo era su ayudante, y también su aprendiza.

Terrible, ¿no?

La verdad es que no sabía cómo había llegado allí. Siempre había pensado que seguramente me habría quedado huérfana de padre y madre, y Cúrcuma, que así se llamaba la bruja, era el único pariente que me quedaba. Pero nunca estuve segura, porque de eso la bruja jamás quería hablar.

Era un misterio para mí. Solo sabía que yo dependía de ella para vivir, y que era lo único que tenía en el mundo.

Y la verdad es que no me trataba muy bien. Siempre estaba de mal humor y me mandaba hacer todas las tareas de la casa.

—¡Adela, haz esto! ¡Adela, haz lo otro! ¡Esto está sucísimo, Adela! ¡Qué hacen aquí estas malolientes zapatillas de deporte, Adela!

La casa no es que fuera muy grande. Estaba a las afueras del pueblo, con un pequeño jardín lleno de zarzas y de enredaderas, muy descuidado, y con un pozo.

Tenía dos pisos, bastante oscuros. En el de abajo dormía yo, en un cuarto pequeñito pero con una ventana al jardín (aunque a nadie se le ocurriría llamar «jardín» a aquello). También estaba la cocina, grande, con un fogón de esos antiguos, de carbón, y una nevera que parecía de las primeras que se habían inventado. Por el ruido que hacía, parecía una locomotora. Por unas escaleras tortuosas se bajaba al sótano, con un ventanuco en lo alto de una pared.

En el piso de arriba dormía ella, y tenía su estudio de bruja, o laboratorio, o como queráis llamarlo, junto a su cuarto. Era enorme y estaba repleto de librotes viejos, de frascos de potingues y de vasijas y redomas para hacer sus conjuros.

Tenía un gato negro siempre dormitando entre los tarros de hierbas y los polvorientos librotes. Y una corneja amaestrada.

Esto era lo peor. La corneja. Porque me odiaba. Llevaba bastantes años en la casa y me tenía envidia. No sé por qué, la verdad, porque yo pensaba que la bruja la trataba siempre mucho mejor que a mí. A veces pasaba a su lado y me graznaba con muy malas intenciones. Yo le tenía miedo.

Una noche me desperté con una extraña sensación y, en la oscuridad de mi habitación, descubrí que había unos brillantes ojos que me miraban.

Asustada, encendí la lámpara y vi que era ella, la corneja, que, posada sobre el respaldo de la silla, me observaba. Le tiré la almohada y echó a volar por la ventana graznando con una malévola carcajada.

En casa no había tele, aunque tampoco me importaba demasiado, porque no hubiese tenido mucho tiempo para verla.

La bruja tampoco quería que tuviese libros, decía que me distraían, y no me dejaba ir al colegio porque le había dicho al director que solo me tenía a mí, y que tenía que cuidarla pues ella era ya muy viejecita y no podía con su alma. (¡Mentira, que no paraba un momento quieta y se iba al bosque cada tres días, a buscar sus hierbas, como si nada!)

Además, no sé por qué, pero todo el mundo en el pueblo le tenía cierto respeto, por no decir miedo, y el director del colegio, don Antón, que era un tipo delgaducho y desgarbado, con un bigotito ridículo, la temía más que a ninguna otra persona. Así que nadie se atrevía a decirle nada.

Yo tenía que ser su sucesora, es decir, de mayor ser bruja. Y tan buena bruja como ella. Por eso no quería que me distrajese con nada.

Sin embargo, no me permitía estar a su lado cuando hacía sus conjuros ni cuando fabricaba sus potingues, ni me dejaba tampoco mirar sus viejos librotes.

Tampoco quería que estuviese presente cuando venían sus «clientes» a pedirle que echara el mal de ojo a alguna vecina o que hiciese que le doliese la tripa a su jefe, o cosas así. Decía que tenía que esperar a que fuese mayor.

Así que yo solo me ocupaba de limpiar todo lo que ella ensuciaba, de ir a hacer recados al supermercado del pueblo y de conseguir cualquier cosa que me pidiese, como uñas de murciélago, briznas de nido de golondrina, fresas silvestres o colas de lagartija.

Yo para eso era muy buena y me encantaba andar por el campo haciendo sus encargos. Por eso pasaba mucho tiempo disfrutando de la naturaleza y sabía reconocer muchos animales y plantas.

De todas formas, más me valía hacerlo bien, porque, si no conseguía algo de lo que me había pedido, me tiraba del pelo y me castigaba sin salir de mi habitación en todo el día, y además sin probar bocado.

A mí, la verdad, no me gustaba nada su profesión.

Había gentes de todos los pueblos de la comarca que acudían a verla porque querían vengarse de otras personas, y ella, por un dinero que les cobraba, les ayudaba a hacerlo con sus malas artes. Y aunque sus clientes –a los que yo odiaba– casi siempre quedaban satisfechos, no tenía demasiados, la verdad.

Por eso, seguramente, vivíamos con tantas estrecheces.

2

Enemigas a muerte

UN día se me empezaron a complicar las cosas, si es que no las tenía ya suficientemente complicadas. Y todo empezó por un simple terrón de azúcar.

Resulta que, aquella mañana, para desayunar, yo me eché en el tazón de leche de cabra con pan migado que tomaba todos los días, el último terrón de azúcar que quedaba, y eso, al parecer, le sentó muy mal a la corneja. Ese día ella se quedó sin la golosina que la bruja siempre le daba al empezar a trabajar, y aquello no me lo perdonó el maldito pajarraco.