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El sexy soltero Ben Crowe parecía tener un interés muy especial por Gwen Parker, una futura mamá. Aunque él insistía en que era su deber como casero y vecino de Gwen lo que motivaba sus atenciones, y no el atractivo de ella, el afecto con el que la trataba y las miradas seductoras que le lanzaba eran demasiado elocuentes. ¿Era posible que Gwen hubiera encontrado el camino para conquistar el solitario corazón de Ben?
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Harlequin Books S.A.
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Mi querida vecina, n.º 1192- agosto 2020
Título original: His Expectant Neighbor
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-741-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
MALDITA sea! —el ranchero sioux Ben Crowe paró el camión de golpe en la pequeña carretera que llegaba hasta su casa. Abrió la puerta y salió del coche, seguido por Nathan Eastman, un niño de nueve años—. ¡Sabía que esto sucedería!
Gwenyth Parker, la mujer embarazada a quien Ben le había alquilado la casa dos días antes, subía una gran caja por las escaleras.
—¿Qué diablos está haciendo? —le dijo Ben.
Como estaba enfadado y el tono de su voz lo demostraba, se sorprendió al ver que ella lo miraba y le sonreía.
—He comprado un carrito para el bebé —dijo ella sin más. Sus ojos color miel le brillaban con alegría.
Ben había oído decir que las mujeres embarazadas poseían un brillo especial, pero tenía que admitir que era la primera vez que lo veía. Tenía el rostro tan radiante y los ojos le brillaban tanto que podía iluminar la noche más oscura.
—No bromeo —dijo Ben. Agarró el paquete y lo subió por las escaleras—. ¿No sabe que no debería levantar peso?
—No pesa —contestó Gwen, sonriente. El sol de septiembre hacía que su rubia melena resplandeciera—. ¿Quién es su amigo?
—Este es Nathan —dijo Ben mientras abría la puerta, ya que como casero tenía una llave—. No cambie de tema. Le he alquilado la casa con la condición de que sea una buena inquilina.
—Soy una buena inquilina —dijo ella desde detrás de Ben. Él dejó la caja en el suelo junto a la mesa de la cocina y se volvió para mirarla.
Iba vestida con unos vaqueros, una camiseta de premamá y una chaqueta que no estaba diseñada para una mujer embarazada de siete meses y no le abrochaba. Llevaba la melena recogida detrás de las orejas y estaba preciosa. Ben pensó que podría contemplar su bonito rostro durante todo el día.
Hacía mucho tiempo que una mujer no le llamaba la atención como Gwen lo había hecho. Ben dio un paso atrás, la rodeó y se dispuso a salir.
—¿Hay más cajas en el coche?
—Unas pocas, pero de verdad, señor Crowe, no he comprado nada que no pueda llevar sola.
Él masculló algo, salió y se dirigió hacia el coche.
No sabía mucho de la nueva vecina de Storkville, Nebraska, excepto que estaba embarazada y que se había divorciado de su marido, el padre del bebé, antes de mudarse. Esa era la primera razón por la que no quiso alquilarle la casita de campo. No podía comprender que una mujer quisiera criar sola a su hijo cuando tenía un marido. La segunda era que tenía miedo de sentirse responsable de ella. Gwen le había asegurado que no sería así, pero en menos de una semana, Ben ya estaba llevándole las cajas.
—¿Dónde quiere que ponga esto? —le preguntó cuando entró en la cocina.
Ella señaló hacia el sofá que había en el salón.
—Allí estará bien.
—¿Y cómo piensa subir esto por las escaleras?
Ben vio que se paraba y miraba a Nathan.
—Nathan —dijo ella—, ¿por qué no vas al coche y te aseguras de que no quede ninguna bolsa?
Por el tono de su voz, Ben supo que ya no estaba de tan buen humor. Nathan también debió de notarlo porque no dijo nada, solo asintió, sonrió y salió de la casa.
—Mire, señor Crowe —dijo ella con frialdad—. Estoy embarazada, no enferma. Puedo cuidar de mí misma.
—Estoy seguro —convino Ben sin comprender como en un instante podía haber cambiado tanto de humor. Se alegraba de que hubiera sacado el tema que a él le preocupaba—. ¿Por eso ha dejado a su marido? ¿Para demostrar que puede cuidar de sí misma? Si es así, debía avergonzarse. Los bebés necesitan un padre y una madre.
Gwen se quedó impresionada. Ben había conseguido que pasara de estar contenta a estar enfadada, y después a estar compungida. Él supo enseguida que tratar con mujeres embarazadas no era su fuerte. Había cometido un gran error.
—Yo también creo que los bebés necesitan un padre, pero no fui yo la que pidió el divorcio, sino mi marido. Si hubiera elegido yo, habría criado a mi hijo con su padre —dijo y se acercó a la puerta—. Si no le importa, he de colocar todas estas cosas —lo invitó a que se marchara.
Confuso porque sentía más curiosidad por ella que antes, pero avergonzado por haberla enfadado, Ben se frotó la nuca. Se había criado en casas de acogida y sabía bien lo que era, por eso se había precipitado al juzgar que ella no daba prioridad al bienestar del bebé. Normalmente era capaz de contenerse antes de meterse en un asunto que no era de su incumbencia, y puesto que ni el matrimonio de ella, ni su ex marido, ni el bebé eran asunto suyo, no entendía cómo no se había callado a tiempo.
—Lo siento —se disculpó—, no quería ser tan brusco, pero puesto que mis padres me abandonaron, cuando se trata de niños soy demasiado protector.
Ella asintió, como asegurándole que comprendía lo que quería decir, pero Ben sabía que era demasiado tarde. La había herido.
Mientras se dirigía a su camión se sentía como un idiota, como un zoquete, como un estúpido que no sabía tratar a una mujer que ya tenía que enfrentarse a suficiente sin tener que escuchar sus críticas. Como realmente era un hombre que se preocupaba por los niños, no tardó mucho tiempo en disculparse a sí mismo. Solo le quedaba encontrar la manera de que ella lo perdonara.
A pesar de que era un hombre solitario, a quien no le gustaba tener mucho contacto con la gente y a quien no le importaba lo que la gente pensara de él, Ben se dio cuenta de que la situación era diferente. Había cometido un error y debía solucionarlo. Sabía que pedirle perdón sería algo complicado y mucho más íntimo de lo que quería involucrarse con esa mujer. Descartó la idea, pero aun así, quería hacer algo.
Se subió al camión y llamó a Nathan.
—Vamos, Nate. Es tarde y tenemos que irnos.
Al ver al muchacho, se dio cuenta de que tenía la solución delante de sus ojos. Como Nathan era demasiado joven para trabajar y tenía demasiada energía como para quedarse en casa, su familia de acogida lo había animado a que pasara su tiempo libre con Ben. Aunque este pensaba que para un niño de nueve años sería aburrido, Nathan nunca se había quejado, lo que le había confirmado a Ben que se sentía muy solo. Gwen también necesitaba a alguien, aunque solo fuera porque vivía a las afueras del pueblo y nadie se enteraría de si le pasaba algo. Ella y el chico harían buena pareja.
—Eh, Nate, ¿qué te parecería ganar diez dólares al día?
Nathan se subió al camión y miró a Ben.
—¡Sabes que muy bien!
Ben sacó un billete de diez dólares de la cartera.
—Lo único que tienes que hacer es quedarte con la señora Parker, ayudarla con los recados y asegurarte de que no hace nada muy difícil.
—¿Hoy? —preguntó Nate confuso.
—Todos los días. Diez dólares al día, todos los días —dijo Ben—. Cuando llegue a casa dejaré esto sobre la repisa de la chimenea —le dijo a Nathan mostrándole los diez dólares—. Dejaré diez dólares cada vez que pases el día con ella. Así, al final de semana, si vas a su casa cinco días, tendrás cincuenta dólares. Pero si vas todos los días, después de la escuela y los fines de semana, tendrás setenta dólares.
Nathan iba abriendo más los ojos a medida que Ben hablaba, era evidente que no se creía que tuviera tan buena suerte. En cuanto Ben terminó de hacerle la oferta, él contestó:
—¡De acuerdo, setenta dólares! —después abrió la puerta del camión y se dispuso a bajar.
Ben lo agarró del brazo.
—No le digas a la señora Parker que te pago para que te quedes a ayudarla.
—¿Por qué no?
—No le gustaría —explicó Ben—. Es muy orgullosa.
—Ah —dijo Nathan.
—Dile que sientes curiosidad porque está embarazada y que por eso has vuelto. Pensaremos otra excusa para mañana y para los próximos días, así hasta que se acostumbre a tenerte a su alrededor y ya no te pregunte.
Nathan sonrió.
—Pero pase lo que pase —dijo Ben—, no le digas que te estoy pagando para que la ayudes. Es más, no le digas que vas allí para ayudarla. Deja que piense que solo quieres hacerte su amigo.
Nathan asintió, se bajó del camión y corrió hacia la casa de Gwen.
Ben arrancó y se apresuró a marcharse. Sabía que si Gwen rechazaba la oferta, Nathan querría volver al rancho. Pero creía que no la rechazaría. No conocía a ninguna mujer que no se derritiera al ver la sonrisa de Nathan.
De regreso a casa, Ben se sentía el hombre más listo del planeta. Si aquello funcionaba, el pequeño Nathan estaría ocupado y contento, con un adulto, como querían sus padres adoptivos cuando lo habían enviado a pasar el día con Ben. Además, Gwen tendría compañía. En el caso de que se cayera o se pusiera enferma, Nathan avisaría a Ben. Así ya no se sentiría culpable. Era un genio.
Nathan no regresó al rancho en toda la tarde y Ben sentía que había dado con la solución adecuada. Subió silbando las escaleras del porche de casa de Gwen. Iba a recoger a Nathan para llevarlo a casa. Ella abrió la puerta sonriendo y Ben sintió una inesperada alegría al verla. Aquello hizo que comenzara a reconsiderar la situación.
—Hola —saludó ella. Era evidente que no guardaba rencor por lo que había pasado aquella tarde.
—Hola —dijo Ben. Una extraña sensación se apoderó de él. Pensó que se estaba enamorando, pero no podía ser, tenía que estar equivocado. Sin duda, Gwen era una mujer preciosa, pero estaba embarazada de otro hombre. Además, Ben sospechaba que ella no habría superado el divorcio, sobre todo cuando no había sido ella quien lo había pedido.
La había visto varias veces antes, cuando le había enseñado la casa y habían negociado el alquiler, y si era verdad que estaba enamorado, se tendría que haber dado cuenta antes.
—He venido a por Nathan.
—Ah, sí —dijo ella aturdida—. Lo siento.
—No te preocupes —dijo Ben y entró en la cocina—. No tengo prisa.
—¿De verdad? He preparado un guiso para cenar. Hay suficiente.
Ben sonrió con timidez.
—No tengo tanto tiempo.
—Ah, lo siento —dijo Gwen con nerviosismo.
Ben se volvió a sentir estúpido. Se había olvidado de que las mujeres embarazadas eran muy sensibles, y lo había estropeado todo. Era demasiado brusco. Hablaba antes de tiempo, sin mostrar nada de delicadeza.
—Subiré a buscarlo —Gwen se volvió para subir por la escalera, pero al agarrarse a la barandilla sintió que Ben colocaba la mano encima de la suya. Por desgracia, aunque ella se paró como pretendía Ben, él también se detuvo. Casi se le para el corazón. Se quedó sin respiración.
El dorso de su mano era suave y cálido como la seda. Convencido de que debía de estar enfermo o algo parecido, se aclaró la garganta.
—No hace falta que corras —le dijo con un susurro áspero.
¿Qué diablos le ocurría?
Gwen desapareció por las escaleras, y mientras esperaba a que volviera, Ben trató de recuperar la compostura. Cuando ella bajó, los rayos del sol la rodeaban de un brillo dorado. Ben deseó tener una foto de esa imagen.
—Nathan se ha portado muy bien —dijo ella, y el muchacho sonrió orgulloso.
—Bueno, eso está bien —dijo Ben. Quería salir de allí antes de decir alguna tontería—. Cuando me dijo que sentía curiosidad por ti y por el bebé, pensé que a ti no te importaría que pasara algún tiempo contigo.
—Oh, no —contestó Gwen—. Me encanta su compañía.
—Bien —dijo Ben.
Nathan le tiró de la manga de la camisa.
—Me ha dicho que puedo venir cuando quiera.
—¿Es verdad eso? —preguntó Ben mirando a Gwen.
Gwen se encogió de hombros y sonrió.
—Me gusta tener compañía.
Parecía que eso era todo lo que tenía que decir, pero Ben no quería ofenderla dando por sentado que la conversación había terminado. Se quedaron en silencio y, de repente, él se dio cuenta de que llevaba parado frente a ella al menos un minuto. Casi como si no quisiera marcharse.
—Bueno, Nate, vamos —dijo y abrió la puerta. Nathan se coló y salió primero—. Tiene mucha energía —dijo Ben para disculpar a Nathan. No podía decir que el pequeño estaba ansioso por llegar a su casa y ver los diez dólares sobre la repisa de la chimenea.
—Sí que tiene mucha energía —convino Gwen entre risas—. No sabes que alivio ha sido para mí tenerlo aquí todo la tarde. Me ha hecho un montón de pequeños favores. No me había dado cuenta de que tenía tantas cosas que hacer y que las estaba dejando de lado para cuando pudiera agacharme un poco mejor.
Aunque a Ben le hubiera gustado salir de allí enseguida, se volvió a mirarla. Quería asegurarse de que Nathan estaba haciendo su trabajo.
—¿Te ha ayudado?
—Mucho. Es un niño encantador.
Sus palabras fueron como un bálsamo relajante, la prueba de que Ben había hecho lo correcto.
Él sonrió y dijo:
—Sí, lo es.
—Espero que mi hijo sea tan alegre y vital como él.
Al oír las dulces palabras pronunciadas con tono maternal, Ben se dio cuenta de por qué se sentía diferente que antes cuando estaba cerca de ella. Había retirado su barrera de protección. Había admitido que Gwen era un mujer preciosa. Antes se protegía pensando que no debía ser una buena persona porque había privado a su hijo de su padre, pero había cambiado de opinión, la habían abandonado y era una persona decente que intentaba hacer las cosas lo mejor que podía. Todo había cambiado.
—Bueno, ya nos veremos —dijo él con brusquedad y salió sin perder más tiempo.
No solo se sentía atraído por ella, sino que deseaba cortejarla. Por eso no conseguía concentrarse. Quería conocerla mejor. Era guapa, dulce y encantadora. ¿Qué clase de hombre no desearía pasar tiempo junto a ella?
Había un pequeño problema.
Ben no tenía intención de comprometerse. Nunca. Y una mujer que esperaba un hijo necesitaba un compromiso. Puesto que Ben no era el tipo de hombre que podía ofrecer una relación estable, debía mantenerse alejado de ella.
GWEN no sabía por qué había escondido las galletas en el último estante, detrás de la vajilla que nunca utilizaba. Vivía sola, así que nadie iba a encontrar su preciado banquete. Además, ella sabía dónde estaban las galletas. Era como si tratara de escondérselas a sí misma. No engañaba a nadie, solo retrasaba lo inevitable.
Pensó que quizá lo hacía para darse la oportunidad de cambiar de opinión y no comerse cien calorías con cada galleta. Arrastró una silla hasta el armario y se subió en ella. Hizo una pausa para recuperar el aliento. Siete kilos de más podía no parecer mucho, pero como los había ganado en solo siete meses y los tenía todos concentrados en la mitad del cuerpo, habían mermado su movilidad y forma física.
Puesto que no quería ocultar las galletas a los intrusos y como era evidente que no pensaba cambiar de opinión, decidió dejarse de juegos justo en el momento en que alguien llamó a la puerta.
Refunfuñó. Ya recordaba por qué escondía ese tipo de cosas. Lo hacía para que las visitas no las vieran y no atribuyeran su vientre abultado a su falta de voluntad.
—Ya voy —dijo cuando volvieron a llamar.
Bajó de la silla y se dirigió a la puerta principal, se percató de que en la ciudad habría tenido que tener cuidado con los visitantes inesperados. Allí, en Storkville, nunca se lo pensaba dos veces antes de abrir. No había conocido a nadie que no fuera agradable, y la mayoría de la gente era amable y considerada… «excepto Ben Crowe», pensó dando un suspiro. Cuando conoció al sioux ranchero pensó que era el hombre más guapo del Condado de Cedar, tenía los ojos casi negros y el pelo corto y oscuro. Pero mientras negociaban el alquiler de la casa, ella se dio cuenta de que Ben era el hombre más mandón y machista con el que se había cruzado desde hacía tiempo. Confirmaba su opinión cada vez que entraba en contacto con él, pero la manera de comportarse el día anterior había sido el colmo.
Cuando abrió la puerta y vio a Nathan, su malhumor desapareció.
—¡Hola, Nathan! —dijo ella y se puso en cuclillas para mirarlo a los ojos.
—Hola, señora Parker —le dijo con timidez.
—Nada de llamarme señora Parker —dijo Gwen y le acarició la cabeza—. ¿No te dije ayer que me llamaras Gwen?
Él asintió.
—Entonces, ya está —dijo Gwen. Trató de levantarse pero no pudo—. ¡Maldita sea!
—¿Qué pasa? —preguntó Nathan asustado.
—Nada. Solo necesito agarrarme a algo.
—Yo te ayudaré —dijo Nathan y la agarró del brazo.
Gwen sabía que Nathan lo hacía con buena intención, pero también que el pequeño cuerpo no podría soportar su peso. Para no ofenderlo, dejó que la sujetara y se levantó colocando la mano derecha en el pomo de la puerta para ayudarse.
—Mucho mejor —dijo dando un largo suspiro—. ¿Y cómo es que has venido?
Él se encogió de hombros.
—No tengo dónde ir. No tengo padres. Y ayer dijiste que podía venir cuando quisiera.
—Eso es —dijo Gwen. Hizo una seña para que la siguiera hasta la cocina. Le daba la sensación de que la estaban engañando. Había pasado la tarde anterior con aquel niño y su gramática era buena. De repente, hablaba como un niño de cinco años.
—Vivo con unos padres adoptivos en la reserva —dijo él y se sentó en una de las sillas que había en la cocina. Su cabello oscuro era brillante, pero sus ojos negros mostraban preocupación, como si tuviera miedo de que ella no lo creyera—. Son simpáticos, pero son mayores y no les gusta jugar.
A pesar de que el día anterior le había contado lo mismo, esta vez habló con voz temblorosa. Si la estaba engañando, era porque quería compañía.
Igual que ella estaba sola, él estaba solo. No había nada de malo en dejar que fuera por allí. Decidió compartir las galletas con él y se dirigió al armario.
—¿Saben tus padres adoptivos dónde estás? —le preguntó mientras se subía a la silla.
Él asintió.
—Los he llamado desde casa de Ben.
Estupendo. ¿Es que todo lo que ocurría en aquel pueblo giraba en torno a Ben Crowe?
—¿Qué te han dicho?
—Que puedo venir siempre que no te moleste. Ben dijo que pasaría a recogerme para llevarme a la reserva.
Al escuchar eso, Gwen se quedó quieta. Podía imaginarse al ranchero dejando utilizar el teléfono a su pequeño amigo. Incluso imaginó que dejaba que lo acompañara para sentirse importante. ¿Pero ofrecerse a desviarse de su camino para recogerlo y llevarlo a la reserva? Eso lo hacía parecer una persona amable.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo Nathan.
Al sentir el tono cariñoso en su voz, Gwen se volvió para mirarlo.
—¿Te cae muy bien ese hombre, verdad?
—Es mi amigo.
La contestación hizo que Gwen supusiera muchas cosas, entre otras, que Nathan no tenía muchos amigos. Una vez más, la opinión que tenía acerca de Ben Crowe ganó muchos puntos.
Decidió que no debía seguir con la conversación y centró su atención en abrir el armario. Cuando se estiró para sacar las galletas, perdió el equilibrio y se detuvo a mitad de camino.
—¿Qué haces? —preguntó Nathan como si estuviera loca.
—Buscar galletas.
—¡De acuerdo! —dijo él. Parecía que le había gustado la idea. En seguida se subió a otra silla—. Deja que lo haga yo.
—Nathan, eres más bajito que yo. Si yo no llego, tú tampoco —protestó ella, pero antes de terminar la frase, Nathan ya se había subido a la encimera. Se volvió y sacó las galletas.
—Toma —le dio las galletas y saltó al suelo.
No era la mejor manera de hacerlo, ni era muy higiénico que alguien se subiera a la encimera, pero funcionó.
—Gracias —dijo ella y se bajó con cuidado de la silla. Tampoco era seguro que ella fuera subiéndose a las sillas. Ni que llevara mucho peso, admitió a pesar de que no le había gustado la actitud de Ben el día anterior, cuando la ayudó como si fuera inválida. Tenía que admitir que le había gustado que Nathan estuviera allí para cuando necesitaba que alguien se agachara o se estirara por ella.
No era un inválida que no pudiera hacer las cosas por sí misma, pero no le vendría mal tener a alguien en la casa que la ayudara. Al mismo tiempo, Nathan necesitaba compañía.
—Nathan, ¿qué te parece ganar veinte dólares a la semana?
—¿Qué? —preguntó con los ojos bien abiertos.
Gwen sonrió y se sentó al otro lado de la mesa, frente a Nathan.
—¿Has visto que con qué facilidad has bajado las galletas?
Él asintió.
—Eso demuestra que no me vendría mal tener a alguien que me ayudara por aquí. Así que estoy dispuesta a pagarte veinte dólares a la semana, si te pasas por aquí después de la escuela y te quedas por si necesito que me bajes algo del armario.
Nathan no dijo nada. Solo se humedeció los labios y más tarde se mordió el labio inferior.
Desconcertada, Gwen se preguntaba por qué dudaba en aceptar el dinero. Pensó que quizá lo hubiera ofendido. O que lo había hecho sentir como un necesitado. No llevaba mucho tiempo en Storkville, pero sabía que los Sioux eran gente fuerte y orgullosa.
—Necesito la ayuda, de verdad —dijo Gwen. Podía bajar todo para que estuviera a su altura, pero ¿y si se caía? Decidió alquilar la casita de Ben Crowe para tener toda la intimidad que deseaba para ella y su bebé y poder trabajar haciendo las ilustraciones en casa, pero a la vez, se había aislado. Si Nathan iba a las tres todas la tardes, al menos alguien se enteraría de si le había sucedido algo.
Convencida de que necesitaba la ayuda de ese chico, dijo:
—Por favor…
Él suspiró.
