5,99 €
Miroslav, el vampiro es una novela que rompe el estereotipo del personaje creado por John Polidori y pulido por Bram Stoker en sus obras El vampiro y Drácula. Aquí el personaje central es un ser cuyas pulsiones vitales son su esencia misma: amor, temple y deseo. Una obra de acción y suspenso que contrapone escenarios separados por la fractura entre la vida y la muerte, la pasión y la soledad, la cobardía y la amistad sin trabas, enmarcados por el deslumbramiento de la sensualidad, sea en forma de la degustación afable de un vino exquisito, del significado más profundo del afecto o del deleite del cuerpo femenino: la salvación perpetua del alma. El personaje de Miroslav trastoca el arquetipo del vampiro, al centro de una sociedad donde los excesos se desbordan, y donde un ser venido de otra época y valores puede descubrir, deslumbrante, el amor.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 417
Veröffentlichungsjahr: 2024
Aparicio Herrera, Pedro
Miroslav : el vampiro / Pedro Aparicio Herrera. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6503-52-7
1. Novelas. 2. Vampiros. I. Título.
CDD M863
1ª edición, octubre 2023
© Pedro Aparicio Herrera, 2023
© Sb editorial, 2023
Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Tel.: (+54) (11) 2153-0851 - www.editorialsb.com • [email protected]m.ar
WhatsApp: +54 9 11 3012-7592
Micaela Ordonez Vda. de Balanzario 80, Lomas de Tonalco, CDMX, México
Tel: (+52) 445522653221 - www.editorialsb.com.mx - [email protected]
Director general: Andrés C. Telesca
Diseño de cubierta e interior: Cecilia Ricci
Editor literario: Raúl Godínez
Editora general: Juana Colombani
Corrección: Marjorie Flores
La primera noche
La noche era brumosa y fría. Se percibía a lo lejos el rumor y bullicio constante de la gran feria de la industria y la agricultura del Centenario. A pesar de lo avanzado de la noche, había algunos curiosos observando las muestras de arte, y sonando, más allá, se distinguía el chelo de una orquesta de cámara con dulces y suaves armonías.
Por ahí iba yo cruzando el río Moldava sobre el magnífico Puente Carlos, pensando, recordando todas las sensaciones de placer que mi querida Mlada me prodigaba. Repasaba cada instante de nuestro reciente encuentro: hacía tan poco tiempo, que en mi piel todavía sentía la suya vibrante, palpitante al norte y sur y toda su exhuberante geografía que latía con la mía. Aún tenía las mejillas sonrosadas a pesar del frío que ni sentía; la noche para mí era maravillosa, quería gritar, correr o hacer la locura más disparatada, quería que todos supieran lo feliz y pleno que me sentía. Yo, Miroslav Jujoleck, un joven entusiasta del oficio de las letras, con conocimiento de idiomas y escribano consumado, me sentía el mortal más vital de toda esta sombría y bella ciudad gótica. Ciudad hermosa, con sus prominentes cúpulas por aquí, por allá unas doradas, otras cobrizas o verdes, toda ella se parecía a mi bella Mlada, extraña y fascinante, majestuosa y acogedora, sombría y brillante, tan mía la ciudad como mi Mlada: las adoro.
Creo que estaba enamorado, sí, de su hermosura, de su figura, la frescura de su cabellera castaña y esa boca tan perfecta, la sensualidad hecha labios, la tibieza de su cuerpo donde me recreaba. Y así iba yo con mi mente y mis sentidos. Pasé por el impresionante reloj astrológico y ni siquiera miré la hora que marcaba, solo observé de soslayo, entre la bruma, que aún no salían por sus puertas las increíbles figuras que tanto le caracterizan, solo el esqueleto displicente que siempre está observando todo, reclinado sobre el límite del perímetro del reloj, parecía que me miraba. Imaginé que me saludaba levantando su esquelético brazo derecho y me sorprendió un poco la ilusión. ¿Sería una señal? ¿Pero de qué? Así, continué mi camino, estaba absorto, el bullicio era cada vez menor entre las callejuelas.
Me resistía a decirle a Mlada: “¡Hasta mañana, mi amor!”, creía que no podría tolerar tanto tiempo sin verla, serían unas cuantas horas pero demasiadas, una noche completa de no estar con ella, de no estar en ella.
Sin darme cuenta, ya estaba cerca de la Catedral de San Nicolás.
—¡Buenas noches, joven! —el saludo me hizo retornar de mis pensamientos—. ¡Buenas noches! —repitió—. Me podría indicar dónde se encuentra la Torre de la Pólvora.
Una figura masculina impecable, de facciones afinadas, labios delgados y un acento extraño, emergió de entre la bruma y me indicó:
—Estoy extraviado. ¿Me podría ayudar?
Dudé por la sorpresa al estar tan ensimismado en mis pensamientos, pero al fin reaccioné:
—Sí, sí, ya me di cuenta de que está perdido.
Con motivo de la gran feria internacional había muchos visitantes de lejanas tierras en la ciudad, así que me dispuse ayudar al extranjero.
—Mire, es por...
Antes de que terminara la frase, el extranjero se me abalanzó con una fuerza descomunal, me inmovilizó y antes de darme cuenta, ya tenía su boca pegada a mi cuello. Pensé que era un degenerado de esos que ahora abundan con motivo de la feria, pero ¡no!, no era de esos…
Al abrir su boca vi fugazmente unos colmillos nada normales. Por instinto, traté de zafarme por todos los medios con desesperación, pero aunque actué con vigor y energía ante la amenaza, sorprendentemente el hombre ni se inmutó. No logré moverlo, ni siquiera inquietarlo, me venció con pasmosa facilidad después de lo que para él fue un breve forcejeo. Hincó en mi cuello aquellos espeluznantes colmillos, y sentí un breve y punzante dolor. Finalmente, me desvanecí.
Desperté tirado en el suelo. Él estaba parado frente a mí en una posición como la del depredador ante su presa vencida a la que devora a pausas. Instintivamente llevé mi mano al cuello donde me había mordido, y miré mis dedos tintos de sangre.
—¡Desgraciado, mal nacido! ¿Qué me hiciste?
Traté de incorporarme, pero patinó mi codo izquierdo al intentar hacerlo, y no lo conseguí. Él, aún con rastros de mi sangre en la comisura de sus labios, sonrió malévolamente; algo de su saliva que me inoculó había adormecido todo mi cuerpo y me sentía débil.
El siniestro personaje, con un acento plagoso que me pareció de un país vecino del sur que no logré identificar, dijo:
—¡No te resistas, joven amigo!, porque después de esto tu vida cambiará; ya nada será igual. Yo era como tú, un simple mortal, antes de que me inoculara el germen de la inmortalidad mi gran maestro, el Príncipe de las Tinieblas. Solo aquellos venturosos que han sido mordidos por él lograrán transmitir la inmortalidad, ese es mi caso y ahora el tuyo, ya que has sido afortunado porque serás un vampiro puro y tendrás, además, poderes de los que los mortales humanos carecen. Esto solo por brindarme un poco de tu vital sangre, ¡creo que recibirás mucho más de lo que has ofrecido!
¡Me quedé inmóvil! No sabría si porque estaba aterrado o demasiado débil, o por ambas cosas.
Sí, ya sabía yo de los vampiros: se habían convertido en una plaga en toda Europa Central, es más, junto con mis amigos habíamos ido ya en una ocasión de cacería tras ellos; no cazamos ninguno, pero eso sí, nos pusimos una borrachera histórica. Y ahora yacía en el suelo a merced de uno de ellos.
—¡No temas! Ya casi estoy satisfecho.
Y nuevamente se me abalanzó. Sentí su aliento con olor acre amargo a sangre en la otra parte de mi cuello. Débilmente traté de resistirme pero sin éxito y con un sopor abrumador me desvanecí. No supe nada más.
§§§
Un frío hasta los huesos y una jaqueca descomunal me dieron los buenos días anticipados; tal como un beodo que se queda tirado en la calle, que por estos días no faltan, así me desperté. No sé cuánto tiempo transcurrió, finalmente dejé el frío piso y tambaleante, trastabillando por la debilidad, llegué a mi pensión que por suerte no estaba tan lejos.
—¡Ay, joven Miroslav, ya siente cabeza! Le va a hacer mal tanta juerga. ¡Mire cómo viene! —Así me recibió la portera, que como siempre muy temprano, aun antes del alba, iniciaba sus labores.
Diecinueve escalones interminables y tres metros de pasillo me separaban de mi cama. “¡Al fin!”, exclamé con el pensamiento, cuando logré tirarme sobre ella.
§§§
—¡Miroslav…, Miroslav! ¿Qué tienes? ¡Qué bárbaro!, qué semblante de resaca luces, pero ¿dónde estuviste anoche?, ¿por qué no invitaste? —era la voz de mi gran amigo Karlov.
Nuevamente desperté, sintiéndome un poco mejor.
—¿Qué hora es? —pregunté balbuceante.
—¡Mediodía! —respondió Karlov—. ¿Te emborrachaste? ¿Bebiste ajenjo o qué fumaste? Mira cómo estás: el rostro desencajado, las pupilas dilatadas y la ropa sucia de anoche. Vete en el espejo.
Y ahí fui. Tenía razón. El reflejo del espejo me devolvía una borrosa y lastimera imagen de mi figura, con la ropa enlodada y un rostro que me parecía desconocido. El reflejo, además, era devuelto sin nitidez, como fuera de foco. Sacudí la cabeza incrédulo; empezaba a recordar.
—¿Tienes hambre? —esa pregunta de Karlov me devolvió de mis cavilaciones e instintivamente contesté:
—¡Sí, mucha!
—Pues tienes suerte, ¡mira la mesa! La portera te adora, mi amigo. Te envió conmigo este humeante goulash de pato que tanto te gusta y que vamos a compartir. ¡Anda, vamos a comer! Además, traje pan y un buen vino que te va a caer bien. ¡Acomódate!
Karlov me ayudó a sentar a la mesa. Mientras él devoraba su platillo, yo sopeaba lentamente. “¡Qué extraño!”, pensé; en realidad, esa comida me encantaba y, por supuesto, tenía un hambre carroñera, pero ¡no!, no lo pasaba, no me sabía bien.
—¿Qué tienes, Miroslav? Estuvo tremenda la parranda, ¿verdad?
—¡No!, no fue parranda —respondí con voz cascada y boté la cuchara. Nuevamente fui al espejo y vi mi cuello borroso, tenía cuatro perforaciones circulares, dos en cada lado, y me dolía alrededor de esas regiones. “¡Sí, fue cierto! ¡No fue un sueño!”, pensé.
—Miroslav, estás muy extraño, ¿qué sucedió? —me inquirió Karlov ya preocupado.
—Toma asiento, te voy a platicar, pero ¡júrame! que no vas a decirle a nadie.
—¡Está bien! —respondió vacilante Karlov.
—¡No!, ¡júramelo!, ¡júramelo! —supliqué.
—De acuerdo, ¡te lo juro! Espero que no haya sido una dama de la realeza —dijo burlonamente.
—¡No!, ¡no se trata de eso! —vociferé.
—¿Tan grave es? —pregunto él, ya ansioso—. Bien, bien, ¡ya dímelo!, que me tienes intrigado.
Me mecí el cabello y empecé mi relato. Karlov cada vez abría más los ojos conforme avanzaba la narración de lo sucedido, hasta que llegó el momento en que casi gritó:
—¡Eres un vampiro!
De inmediato le tapé la boca
—¡Cállate, Karlov! ¡Por Dios, baja la voz! Nadie debe enterarse.
—Pero ¿cómo lo vas a ocultar?
—¡No lo sé! Solo déjame pensar y ayúdame quedándote mudo por un momento.
Ahí estábamos, mi amigo Karlov, sentado en una silla, y yo, deambulando en la misma habitación, extraviado en mis pensamientos.
Unos hirientes rayos solares matutinos se asomaban a través del ventanal y lastimaban mi brazo derecho con un molesto escozor. De inmediato cerré completamente las cortinas para dejar en penumbras la habitación; así me sentí más confortable.
—¿Me vas a chupar? —exclamó Karlov.
—¡No fastidies! ¡…O al menos, todavía no! —grité, y él casi se levanta corriendo—. Ja, ja, ja, ¡estoy bromeando! Eres mi mejor amigo, antes de tocarte me doy un balazo.
Un poco más relajado, comentó: —¿Y qué importaría que te dieras un balazo, si ya eres inmortal? ¡Mejor me voy!
—Ya déjate de tonterías. ¡A ti menos que a nadie podría yo chupar! Bueno, ¡está Mlada! —pensé en voz alta.
—¡Ves!, mejor sí me voy.
—¡Caramba!, Karlov, tranquilízate. Entiende que estoy confundido, no sé cuánto tiempo pasará antes de convertirme en vampiro, ¡a lo mejor semanas o meses! —exclamé dándome ánimos.
—¡No te engañes, Miroslav!, si la comida ya no te gusta y la luz solar te lastima, y tu imagen en el espejo ya no es nítida… ¿Acaso crees que no te vi? ¿Ya te observaste? ¡Piensa!
—Tienes razón, Karlov —concedí—, pero te repito: estate tranquilo, que antes me chupo a la portera que, además, está más regordeta y apetitosa que tú.
Ambos sonreímos.
—Pero tienes razón, parece que será muy rápida la transformación —afirmé, pensativo—, tengo que retrasar el proceso de conversión lo más posible mientras ideamos una solución, pero ¿cómo?, ¿cómo? ¡Ayúdame, Karlov!
—Escucha, Miroslav, repasemos lo que sabemos de los vampiros —empezó Karlov con esa capacidad analítica que siempre admiré en él— sabemos que les dañan y por eso les temen a los crucifijos, al agua bendita, los ajos, la plata, las cruces y, en menor grado, a los símbolos religiosos cristianos. Y que generalmente son inmortales como tú lo serás en no sé qué lapso; bueno, a menos que se les clave una estaca en el corazón.
Karlov caminaba en círculos mientras emitía estos juicios.
—Bien, según el relato de tu vampiro agresor, tú sí eres inmortal por haber sido mordido por un vampiro puro, transmitiéndote él esa pureza; y los demás no lo son. ¡Vaya, qué suerte la tuya! ¡Te fastidiaron, mi hermano! ¡Te tuvo que morder precisamente un vampiro puro de línea directa!, así que tendrás que chupar por siempre, ¡maldita sea! Pero… —empezó a titubear mientras se rascaba con el índice el mentón, y de pronto exclamó—: ¡Sí!, ¡sí!, hay una solución, si organizamos una cacería y logramos matar al vampiro que te mordió, tal vez así quedarás libre de la maldición o del germen maligno que ahora empiezas a padecer.
—¡Es cierto!, Karlov, entonces sí hay solución —exclamé entusiasmado—. ¡Eres un genio!
Sin tomar en cuenta mi comentario, continuó Karlov imperturbable:
—Si nos organizamos con los amigos y vamos tras él…
—¡Sí! —exclamé casi alegre.
—¡No! —contuvo por completo mi exaltación—, tú no podrás participar en esa posible cacería, Miroslav.
—¿Pero por qué?
—Porque tú ya no podrás salir. ¡Mira cómo estás! Poco a poco cada día tus síntomas se agravarán y, finalmente, ya no podrás resistir la luz solar, así que, de día, ¡olvídalo! Y de noche, podrías atacar a alguien, inclusive a mí, cuando tengas hambre o cuando tus nuevos instintos te lo reclamen. ¡Así que ni hablar! Tendremos que hacerlo de otra forma. ¡Escucha! —Karlov meditaba con calma lo que me iba a decir—, haremos lo siguiente: voy a organizar una cacería de vampiros con nuestros amigos, así que me tendrás que dar todas las señas y características de ese maldito chupador, y si lo encontramos, te juro que mataremos a ese desgraciado. ¡Eso déjalo de mi cuenta!
—¡Gracias, Karlov! No esperaba menos de ti.
Mientras yo decía esto, mi amigo caminaba en círculos en el cuarto, pensativo, casi sin prestar atención a mi agradecimiento; Karlov estaba concentrado en su plan. Justo en ese momento dimensioné la gravedad de mi problema. Realmente estaba en dificultades, mi vida se transformaría totalmente: mis ilusiones, mis proyectos con mi amada Mlada, “¡Mlada!, mi amor”, ¡todo cambiaría! Y lo peor, la perdería a ella, pasaría la vida sin tenerla. Si unas cuantas horas sin verla se me hacían una eternidad, ahora tendría realmente toda la eternidad sin verla, ¡qué paradoja!, ¡qué crueldad! Salí de mis pensamientos angustiado, casi suplicando:
—¡Karlov!, ¡Karlov!, tienes que ayudarme; estoy aterrado, amigo. ¿Por qué me pasó esto a mí?, ¿qué desgracia me cayó encima? Sin Mlada y sin amigos como tú, ¿para qué quiero vivir? De qué valdrá mi existencia, si solo ha de servir para desgraciar a otros, para destruir vidas e ilusiones, para deambular por las noches atacando a gente indefensa. ¡Qué tristeza! ¡Mátame, Karlov! ¡Anda, hazlo! Clávame una estaca en el corazón, ¡anda, acaba de una vez! ¡Te exijo que lo hagas! Eres mi mejor amigo, estás obligado, no permitas que me transforme en un vampiro. ¡No lo permitas! …Pero antes, por última vez en mi vida, voy a ver a Mlada.
—¡Estás desvariando! ¡No harás eso, Miroslav! —respondió Karlov levantando la cara y la voz al mismo tiempo.
Hasta entonces había permanecido callado y con la cabeza gacha. En ese momento le vi el rostro adusto y su mirada vidriosa; estaba desolado, estaba sufriendo. Y se fundió conmigo en un fuerte abrazo de hombre, de amigo: él sabía que me iba a perder, pero ¡no!, no me mataría. ¡Él nunca podría hacerlo!
Entonces se separó de mí viéndome a la cara y empezó a hablar pausadamente, con voz entrecortada:
—Te voy a decir qué es lo que vamos hacer —puso sus manos sobre mis hombros—: ¡tú quédate aquí! Voy a salir un par de horas y traeré conmigo crucifijos, cuadros de santos, agua bendita, ajos, ruda, romero y todas esas yerbas que pudieran servir en conjunto para retrasar tu conversión a vampiro. Mi teoría es que si desde el principio estás en contacto con todos estos sortilegios o símbolos, se podría retrasar el proceso o, al menos, que no sea tan intensa la transformación. Claro, mientras, buscaremos al vampiro que te atacó y lo liquidaremos. Pienso que a final de cuentas esa sería la solución definitiva. Créeme, Miroslav, si ese desgraciado se encuentra aún en nuestra ciudad lo encontraremos. ¡Te lo juro! —ahora los ojos de Karlov se llenaban de fuego y odio.
—¡Te creo!, te creo, Karlov —le dije impresionado por el fervor de sus palabras, pero él continuó sin inmutarse.
—Por ahora trata de descansar. Voy a cerrar con el pestillo todas las ventanas y tú, Miroslav, deja las cortinas así como están; ahora cuando salga, cierra perfectamente la puerta, no le abras a nadie, que nadie te vea, se puede correr la voz de que eres un vampiro y eso complicaría todo, ¿me escuchaste?
—¡Sí!, sí, pierde cuidado, te obedeceré, lo prometo.
—Bien, regreso por la noche; el tiempo apremia.
Apenas se despedía Karlov, le grité: —¡Avisa al trabajo que no iré!
—Descuida, diré que saliste de viaje.
Karlov giró apurado y dio un portazo. De inmediato le puse llave a la puerta. No sabía si funcionaría el plan de mi amigo, pero que estaba preocupado por mí, ¡lo estaba! Caray, con esa seguridad con que hablaba, parecía que sabía muy bien qué hacer y eso me tranquilizó tanto que decidí darme una rápida ducha. “¡Qué suerte que me haya venido a buscar!”, pensé.
Después de que terminé, me recosté en mi cama, estaba en verdad agotado. No quise pensar de momento en el asunto, preferí quedarme con la promesa de Karlov y recrearme con el recuerdo de Mlada. Se debió extrañar que no fui a buscarla a la hora del almuerzo. “Pronto la veré”, me animé, y con el dulce pensamiento de ella y el agobio de mi agotamiento, me dormí sin darme cuenta.
§§§
Toc, toc, toc, se escuchó levemente.
—¡Miroslav!, ¡Miroslav! ¡Abre, caramba! —era Karlov— emitiendo gritos apagados para que no los escucharan oídos curiosos—. ¡Abre!
Me incorporé de un salto y rápidamente abrí la puerta.
—¡Cómo te tardaste en abrir! ¡Ya no aguantaba estas cajas!
—Yo tampoco —secundó Chotek, nuestro gran amigo en común.
Ambos entraron apurados y dejaron caer las cajas al suelo.
—¡Puff!, ¡qué gusto verte, Miroslav! —dijo Chotek.
Yo lo miré sorprendido, por lo que significaba su presencia en el departamento.
—No te preocupes por mí. Karlov ya me platicó todo, y te juro también que no abriré la boca, quedará como un secreto nuestro.
—Gracias —titubeé—, gracias. ¿Qué te parece esta lamentable situación? Increíble, ¿verdad? ¡Pero me sucedió! ¡Me desgració ese maldito vampiro!
—No digas más —interrumpió Chotek—. Te vamos ayudar hasta lo último, créeme que haremos lo imposible.
—¡Apurémonos! —terció Karlov—, hay que sacar todo lo que traemos.
Y así empezaron a sacar de las cajas crucifijos de madera y plata, santos, yerbas y frascos de agua bendita.
—¡Qué bárbaros!, ¡qué cantidad de cosas, parece que van hacer un exorcismo!
—¡Pues casi! —respondieron al unísono sonriendo Karlov y Chotek.
—¡Ayuda!, no te quedes ahí parado —me reclamó Karlov—, pon estos cuadros de santos en ese muro, Miroslav; tú, en ese otro, y yo en aquél. Aquí tenemos suficientes clavos y martillo, ¡manos a la obra!
Y los tres nos dedicamos a colocar cuadros con todo tipo de santos, además de crucifijos, rosarios y coronas de ajos por todos lados, yerbas de ruda, romero macho y muchas más cosas. De pronto, mi pensión se convirtió en un lugar lúgubre, tenebroso, casi mágico, lleno de imágenes, símbolos y olores. Hasta incienso trajeron Karlov y Chotek. Todo ese escenario, en la penumbra, resultaba alucinante, acentuado por las largas sombras que proyectaban velas y quinqués. Repentinamente sentí náuseas y corrí al baño. Devolví el estómago.
Unos instantes después, un poco más aliviado, pude lavarme la cara y regresé con mis amigos.
—¡Lo esperaba! —exclamó Karlov—, empiezas ya a tener reacción.
—Esto ya lo presentíamos —dijo Chotek—. ¿Cómo te sientes ahora, Miroslav?
—Las náuseas han pasado, solamente tengo una sensación de vacío en el estómago. ¿No será el goulash del mediodía que me cayó mal? —pregunté ingenuo.
Karlov contestó:
—¡No!, definitivamente no. Yo también comí ese goulash y estaba excelente, y yo estoy bien. En definitiva, ya es la reacción a todos los crucifijos y amuletos que trajimos. Tienes que ser fuerte, Miroslav, creo que ¡lo peor está por venir! Por ahora ha sido leve la reacción, y esperemos que por la prontitud a que estás siendo expuesto a estos sortilegios pueda retardarse tu conversión a vampiro. Al menos ganaremos tiempo para buscar a ese desgraciado que te mordió. Sentémonos aquí y velo describiendo muy lentamente; Chotek tratará de hacer un dibujo para que todos podamos identificarlo, ya sabes que él es muy buen dibujante. Serénate, y empieza a recordar sus facciones, su constitución física, vestimenta, forma de hablar, de caminar, etcétera. Cualquier detalle que nos permita identificarlo con rapidez será de gran ayuda, así que empieza.
Hice un gran esfuerzo por hurgar en mi memoria, para rescatar detalles de recuerdos que siempre resultaban fugaces. Me dominaba el temor y la excitación que sufrí en aquel momento, pero poco a poco pude rescatar del fondo de mis miedos pormenores que fueron surgiendo a cuentagotas.
—Su estatura. ¿Qué estatura tenía? —irrumpió Chotek.
—Sí —reaccioné—. Mira, era un poco más alto que yo, digamos un metro ochenta, como tú. A ver, párate, Chotek —y se levantó—. Sí, como tú más o menos.
—Sí —aseguró Chotek—, yo mido esa altura.
Y continué describiéndolo lentamente:
—Su complexión era delgada.
—¿Cómo vestía? —terció Karlov.
—Pues estaba vestido muy elegante —recordé—, y de porte distinguido, como si fuera a una celebración o a una fiesta; y su ropa era de color oscuro, resaltaba un gazné blanco fijado con un fistol rojo rubí, arropado con una capa negra que al interior era rojo obispo.
—De su cara, ¿me podrías decir algo? —preguntó Chotek.
—Su cara tenía facciones delineadas, que parecían cortadas a cincel por lo angulosas que eran; los pómulos algo prominentes, sus ojos grandes, oscuros, sin brillo y las cejas pobladas. La nariz recta y unos labios tan delgados como una línea. El mentón lo tenía proyectado hacia el frente, y su tono de piel era muy blanca, extremadamente pálida y, por supuesto, unos colmillos prominentes espeluznantes que solamente los pude apreciar cuando abrió completamente la boca y se dispuso a atacar. ¡Esos colmillos siempre los recordaré!
Chotek continuaba imperturbable con su dibujo y, sin soltar el lápiz ni levantar la cara, con el resplandor de la luz de la mecha de un quinqué, me cuestionó:
—¡El pelo!, ¿cómo era su pelo?
Hice un esfuerzo por recordar: —Era negro, lacio y largo.
—¿Qué tanto? —preguntó esta vez Karlov.
—¡Hasta los hombros!, e impecablemente peinado hacia atrás, ni un solo pelo fuera de lugar —respondí.
De pronto, recordé otros detalles que se me habían escapado.
—¡Ah!, y sus manos y dedos eran huesudos y tenía las uñas largas. ¡Sus orejas eran puntiagudas en la parte superior!… ¡Creo que eso es todo! —concluí.
Karlov vino hasta mí:
—Bien, Miroslav, lo hiciste muy bien, ¡ahora esperemos!
Y así permanecimos los tres amigos en un ambiente absurdo, surrealista, en la penumbra que el quinqué y algunas velas ofrecían. Yo miraba atentamente cómo Chotek elaboraba el dibujo y paulatinamente emergía del papel una figura y un rostro espeluznante que me provocó al inicio un temblor incontrolable.
—Tranquilo, Miroslav, ¡tranquilo! —Tuvieron que sujetarme mis amigos. Era tan real y parecido el dibujo que estaba finalizando Chotek, que yo continuaba estremeciéndome.
—¿Se parece? —me cuestionó Karlov.
—¡Sí…, sí…! —exclamé tembloroso.
—¡Vaya! —dijo Karlov—, ¡te felicito, Chotek! Eres muy bueno; mira cómo está Miroslav. Por su reacción al dibujo, ha de ser muy parecido a ese desgraciado, ¿o no? —me inquirió.
—Sí, reconozco que Chotek es un extraordinario dibujante —respondí, pero nuestro amigo seguía en su labor sin levantar la vista, ignorando el reconocimiento expresado.
Chotek continuaba detallando el dibujo, hasta que al fin exclamó, levantándose:
—¡Ya está! —al tiempo que extendía su mano sosteniendo el dibujo terminado—: ¡Aquí lo tenemos!
Entonces Karlov comentó: —¡Vaya que sí es un verdadero vampiro! Da escalofríos observarlo en dibujo, deberá ser aterrador verlo en persona. Pero ¿cómo es posible que no lo hayas visto?, y que además hayas dejado que se te acercara tanto como para chuparte, pues ¿en qué estabas pensando, Miroslav?
—En Mlada —respondí con un susurro, y de inmediato repetí alzando la voz—, ¡en Mlada, caramba!, estaba pensando en ella. No me vean con esa cara, que no soy un estúpido, solo que ¡estoy enamorado! Entiéndanme. ¡No lo vi! No me di cuenta cuando se me acercó, de otra forma hubiera corrido, huido de ahí a otro lugar donde hubiera más gente y protegerme entre la multitud, pero la verdad es que no lo vi y no lo hice y, por eso arruiné mi vida. ¡Ese fue mi pecado, amigos!
—Tienes razón, Miroslav, no fue tu culpa; nadie te está acusando. ¿Cómo ibas a saberlo? —habló Karlov—, ¿cómo podrías protegerte? Contra esos demonios no hay mucho qué hacer, y por lo mismo nos sentimos frustrados e impotentes ante la magnitud de tu desgracia. Pero al menos ya empezamos con algo, lo que hicimos hoy creo que de algo servirá.
—Ya es tarde —terció Chotek.
—Sí, ya lo es —afirmó Karlov, y continuó—: Miroslav, por hoy hemos concluido, lo que hicimos aquí en tu pensión y con el dibujo terminado de ese desgraciado vampiro ha sido suficiente por ahora. Creo que nos vamos. Chotek y yo trataremos de encontrar a los demás amigos para organizar la cacería. Mientras, tú quédate aquí nuevamente, ¡no salgas para nada! Y cierra bien, por favor.
—No te preocupes —contesté.
Nos despedimos muy afectuosamente y así se fueron mis dos amigos. Muy en mi corazón reconocía su apoyo y solidaridad.
La segunda noche
Ya sin mis amigos, me encontré nuevamente en la penumbra. Me parecía irreal todo lo que estaba sucediendo. Sin embargo, no lo era. Si tan solo fuera una enfermedad que tarde o temprano se curara, o si tuviera a mi amada Mlada a mi lado. ¡Sí! “¿Qué será de ella? Desde anoche no la he visto, me ha de extrañar y yo que muero por ella; tengo que verla, necesito escuchar su voz, sentir su mirada y calor, platicar y contarle lo que pasó. Pero ¡no!, no debo verla. Además, ¿qué le voy a decir? Se asustaría. ¿Y si su cercana presencia despertara los instintos de vampiro?, ¿podré controlarme? ¡Qué desesperación! ¡Qué angustia! ¡No!, no la veré. No debo ponerla en riesgo. ¡Pero es mentira! La amo tanto que nunca la dañaría, ni mucho menos la contagiaría con esta terrible maldición que tengo”.
Pasó algún tiempo en el que la indecisión dominó mi pensamiento y ese monólogo dubitativo no me dejó tranquilo. Lentamente, como una hiedra, se negaron a mi voluntad las promesas ofrecidas. Finalmente me decidí: “¡Sí! ¡La veré! Pero me prometo a mí mismo que al menor indicio de cambio en mi actitud hacia ella, o que sienta que no puedo controlarme, de inmediato me alejaré, ¡sí! Eso haré. Hasta ahora no he tenido ningún cambio físico ni he sentido deseos de atacar a nadie. Debo estar atento a que no pase nada extraño”, pensaba en mi interior, intentando convencerme a mí mismo, y tratando de justificar mi falta de voluntad y obediencia a mis promesas.
Y sin hacerle caso a ese otro yo obsesionado, de inmediato fui a observarme ante el espejo, mi semblante era pálido, me veía un poco delgado, pero nada más; nada indicaba lo que había sucedido ni lo que me estaba pasando. Mi imagen se reflejaba un poco borrosa, no mucho, casi igual que ayer, así que no había cambios considerables. “¿Será que está funcionando el plan de Karlov? ¡Eso debe ser!”. Y continuaba autojustificándome. “Bueno, las cuatro incisiones de colmillos en mi cuello sí se notan, pero si las cubro nadie notará nada particular en mi persona y, lo más importante, Mlada no las verá”.
Fue así que me arreglé para ver a mi amada: bien cubierto de pies a cabeza para que no notara mi delgadez adquirida en solo veinticuatro horas, y vuelta y media de una gran bufanda que cubría mi cuello, ocultando perfectamente las marcas del vampiro. “¡Listo!”.
Sigilosamente abrí la puerta y bajé los diecinueve escalones hacia mi efímera libertad.
Ahí iba hacia Mlada. Mi amor hacia ella era más fuerte que la prudencia que debí tener, pero solo por ella me arriesgaba. ¿Qué me podría pasar ahora? Precisamente ahora que era inmortal. Nuevamente caminé por las oscuras calles de mi gótica ciudad que me engullían, y crucé el brumoso Puente Carlos. Ya en el otro lado, poco tiempo después, llegaba a la pensión que mi amada compartía con una de sus tías; ya que ella se encontraba estudiando en la ciudad.
Estando al pie de su balcón arrojé algunos guijarros para que se asomara, ¡y lo hizo! Qué felicidad la mía al contemplar su rostro a través de la ventana. ¡Qué bella era! Ella sabía de quién se trataba, por supuesto, y atisbaba por el cristal tratando de localizarme con la mirada. Con una seña me hizo saber que en un momento bajaría y estaría conmigo. Qué afortunado era por sentir lo que sentía por Mlada y que ella sintiera lo mismo por mí.
“¡Qué dichoso soy!”. Ardía en deseos por tenerla entre mis brazos. “¿Y si el espíritu maligno del vampiro que se gesta en mis entrañas sale? ¡No!, no lo permitiré, no debo pensar en eso, no ahora. Estoy totalmente bajo control, no debe haber problemas”.
Los pocos minutos que tardó en encontrarse conmigo me resultaron larguísimos. Mientras, reflexionaba: “¿Cuánto he cambiado en solo veinticuatro horas?, ¿cuánto he sufrido sin ella? ¿Notará algún cambio en mi persona?”. Nuevamente la incertidumbre.
Tan inmerso estaba en esos pensamientos que sin darme cuenta recibí un fuerte abrazo y un cálido beso.
—¿Dónde estabas? —sonriente, me preguntaba Mlada.
No le respondí, solo atinaba a abrazarla y a recargar mi mejilla en su cuello. “¡Qué agradable!, ¡qué sensación tan reconfortante!”. Cómo la extrañaba y cómo la necesitaba. Me abracé a ella como un náufrago a un tronco en medio de la mar.
—¡Ya!, ¡ya!, detente, sinvergüenza. ¡Para!, ¡para! ¿Dónde te habías metido?, ¿qué has estado haciendo?, ¿te has portado bien?
—¡Uy, uy! Cuántas preguntas al mismo tiempo, señorita, qué desconfiada se me está haciendo.
—Y tengo más —dijo Mlada—, a ver, ¿por qué me dejó sola a la hora del almuerzo, joven?, ¿no me diga que estuvo trabajando?
—Sí, sí, mi amor, eso fue, he tenido mucho trabajo —afirmé solo por contestar.
Todo este trivial diálogo de enamorados surgía entre sonrisas, abrazos y arrumacos. Me sentía en ese momento nuevamente dichoso, despreocupado, sin nada que ensombreciera ese breve pero enorme gozo que la cercanía de su persona me proporcionaba. Todo eran dulces sensaciones; con ese suave calor que enrojecía nuestras mejillas. Ella simplemente estaba estupenda y a mi lado, feliz, vibrando igual que yo.
De repente, se escuchó un breve grito dentro de la pensión de mi amada:
—¡Mlada, Mlada!, ¿dónde estás, muchacha? —era la voz de su tía tratando de localizarla.
—¡Me voy!, Miroslav —exclamó suspirando mi querida Mlada al momento en que se apartaba de mis brazos. Alejándose con rapidez, me envió un beso tocando sus voluptuosos labios con los dedos.
—Te veo mañana, mi amor, ya es muy tarde. ¡No falles mañana a la hora del almuerzo! Te estaré esperando. No trabajes tanto.
Qué breve su presencia, y qué torbellino de emociones me provocaba; pero tenía razón, ya era muy tarde para ella y para mí también.
Nuevamente cruzando el Puente Carlos escuché el mismo rumor a lo lejos, la misma situación del día anterior, parecía una calca exacta de la pasada noche. Y yo igual, pensando en mi amor. Otra vez observé el espectacular reloj y su tétrico esqueleto. Ya no veía que me saludara. Me imaginaba, tal vez, que se burlaba de mí con una malévola sonrisa. ¡Claro!, todo era cosa de mi imaginación, pero ahora tenía que ser más cauto. No fuera que ese maldito vampiro me sorprendiera de nuevo. Me mantenía alerta, sin embargo, seguía pensando en Mlada. ¿Cuándo la vería nuevamente?, ¿cuándo la vería otra vez? Mi nueva condición era ya un impedimento y no la debería poner en riesgo.
De pronto me detuve, justo a unos cuantos metros antes de llegar a mi pensión. Observé con atención que ninguna mirada curiosa me advirtiera. Y ¡no!, por el momento no había nadie, así que presuroso subí a mi habitación. ¡Puff!, al fin en ella. “Nadie se percató de mi salida y de mi posterior regreso”, pensaba, mientras cerraba la puerta de entrada.
En ese instante, un gran mareo invadió mi cuerpo y una sensación de náuseas se apoderó de mí. Fui de inmediato al baño, pero nada, no volví el estómago, solo continuaba con la impresión de malestar. Ya en la sala, sentía tremores en mi piel, pero por fortuna poco a poco fueron desapareciendo. Era la reacción de todos los sortilegios antivampiros de los cuales estaba tapizada y llena mi pensión. Ese era el motivo. “Creo que Karlov tuvo razón; me he estado acostumbrando a ellos y mi reacción ya no es tan agresiva”.
Corrí de inmediato al espejo. Ahí podía ver qué tan avanzada se encontraba la transformación y, en efecto, todo seguía igual, no había cambios adicionales en mi fisonomía. “Ojalá que la transformación tome mucho tiempo y pueda llevar una vida medianamente normal. ¿Y si cuelgo en mi cuello un crucifijo? ¿Retardaré más el proceso? ¡Pues lo voy a intentar!”.
Me lo colgué de la garganta, no sin temor y con cautela. Era un hermoso crucifijo de plata que pendía de un muro. No pasó nada, solo noté que su temperatura extrañamente se elevaba, aunque no tanto, a pesar del frío que se sentía en el ambiente. Esperaba que con eso se retardara aún más lo que tal vez inevitablemente sucediese, pero tenía que intentar esto y todo lo que se nos ocurriera a mí y a mis amigos.
Así, vestido y con el crucifijo al cuello me recosté en la cama, pensando en cómo haría para ver nuevamente a Mlada mañana en el almuerzo. Fue así que me sorprendió un sueño reparador.
§§§
Aquel sueño que me pareció breve fue interrumpido por los gritos apagados de Karlov y Chotek, que me despertaron y me obligaron a incorporar de inmediato.
—¡Miroslav!, ¡Miroslav!
—¡Entren, entren!
Ellos apresurados ingresaron.
—¿Qué hora es, amigos? —pregunté.
—¡Está amaneciendo, Miroslav! —respondió Karlov, y dirigiéndose hacia la puerta que acababa de traspasar, continuó— ¡Por acá, Chotek!
Chotek cargaba un bote lechero entre sus brazos.
—¡Con cuidado!, ¡por acá, amigo!
Karlov lo guiaba, y entre los dos colocaron el bote encima de la mesa.
—¿Qué es? —los interrogué.
—¡Tu almuerzo! —contestaron al unísono, indicándome con sus manos el bote y sonriendo.
—¿Cómo que mi almuerzo?, si yo no bebo leche.
—¡No seas bobo, Miroslav! —dijo de inmediato Chotek—, no es leche, es sangre: ¡tu almuerzo!
—¡Sangre! ¡Qué asco! Y ¿para qué? —cuestioné.
—Mira, Miroslav, estuvimos pensando Chotek y yo —explicó Karlov— que desde que te atacaron no has probado alimento, claro, solo el goulash que vomitaste, y si no tienes nada en el estomago, tendrás sed, sed de sangre; y eso puede ser peligroso al incrementar tus impulsos de vampiro. Así que, mi amigo, para evitar al máximo que eso pueda suceder y emerjan esos deseos malignos de tus entrañas, te trajimos sangre de res y, así, mientras tú quedas satisfecho, nosotros estaremos ganando tiempo. Así que, Miroslav, ¡a desayunar! —y mientras esto decía destapó el bote lechero:
—¡Buen provecho! —continuó, aún con la tapa del bote en la mano—. ¿Qué esperas?, ¡hum! ¡Esta sangre todavía está tibia!, creo que así te sabrá mejor, no le hagas ascos, acuérdate que hay gente que se la toma en esa forma para tener más fortaleza, eso dicen, y sin ser vampiros ni nada que se le parezca, y la disfrutan al beberla.
Yo titubeaba tan solo de acercarme a la mesa.
—¡Chotek!, trae un vaso para Miroslav.
—¡No!, mejor una copa, déjenme ilusionar con que no es sangre.
—Entonces que sean tres —corrigió Karlov.
—¿Ustedes… también tomarán sangre?
—No, nosotros tomaremos de la botella de Becherovka que compramos.
Al decir esto, Chotek regresó con tres copas en la mano y Karlov me sirvió en una de ellas el líquido sanguinolento. Ellos sí bebieron Becherovka.
—¡No es justo, amigos! Ustedes sí toman licor y yo sangre de res.
—¿O acaso quieres sangre de humano? —replicó Karlov, burlonamente.
—No, ¡por supuesto que no!
—Bueno, pues entonces, ¡salud!
—Salud —le siguió Chotek.
Yo, balbuceante, también dije alzando mi copa: —¡Salud!
—Por tu recuperación —enfatizó Chotek.
—Porque localicemos y matemos al vampiro —brindó Karlov.
Yo tomé ánimos y expresé:
—Por la amistad…, ¡por ustedes dos!
“Salud”, “salud”, “salud”.
—Puff, ¡qué asco! —exclamé al primer sorbo.
—Hasta el fondo —me reclamó Chotek, y así lo hice.
Al bajar mi copa, mis amigos me miraban expectantes, con las copas vacías aún en sus manos, tratando de observar alguna reacción en mí. No me quitaban la vista de encima y, luego de un breve lapso, Karlov cuestionó:
—¿Te sientes bien, Miroslav?
—¡Es repugnante! Bueno, me dijeron que estaba tibia; sin embargo, la sentí caliente, no tanto para que me quemara, pero sí caliente.
—¿Qué más? —interrogaron.
—Nada más. Solo eso.
—Bien, toma más, debes quedar satisfecho.
Y así lo hice, bebí diez o doce copas, aproximadamente. La verdad fue que después de la primera copa ya no me supo tan mal.
Mis amigos tomaron dos o tres copas de licor, y continuaban sin quitarme la vista de encima, estaban atentos a todo lo que hacía o cómo reaccionaba. No hablaban, solo me miraban. Al finalizar la última copa, fue ahora Chotek quien cuestionó:
—¿Te sientes mejor, Miroslav?
—Me siento normal, solo que la sangre que tomé la siento caliente en el estómago, ¿por qué será?
—¿Es todo lo que sientes? —insistió Karlov.
—¡Sí! —expresé titubeante, tratando de descubrir alguna sensación extraña—, sí, es todo lo que siento.
—¡Bien!, ¡bien! —exclamaron ambos.
—Escucha, Miroslav —habló Karlov—, Chotek imaginó lo de la sangre, y a mí se me ocurrió agregarle agua bendita, la cual robamos de la Catedral de San Nicolás, y estamos viendo con alegría que la asimilaste sin ningún problema.
Exploté:
—¿Y por qué no me dijeron nada? ¡Me están usando como su conejillo de indias! —dije molesto.
—Tranquilo, cálmate —respondieron ellos—, todo lo hacemos por tu bien.
—Todo lo que hemos hecho hasta ahora ha sido benéfico para ti; creemos que hemos atenuado y retardado tu conversión vampirezca. Hemos investigado sobre otros casos y el tiempo de la metamorfosis lleva de tres a cuatro noches para que se complete el proceso, y tú ahora llevas dos noches, y en realidad no tienes ningún síntoma grave y físicamente no se te aprecia ningún cambio; claro, solo tu delgadez, pero siempre has sido flaco, aunque ahora un poco más, pero nada alarmante. Si tenemos suerte, con la mezcla de sangre de res y agua bendita que has tomado, y que deberás seguir tomando, es probable que aumentes de peso y te podamos mantener sin que los cambios progresen ni causes sospechas.
—También te tenemos noticias —habló Chotek—, se dice que los ataques de vampiros iniciaron en toda la ciudad desde que comenzó la feria, y cada noche se efectúan varios ataques, a tal grado que posiblemente cancelen la feria para tratar de acabar con esta situación que se está volviendo incontrolable y peligrosa. Anteayer, en la noche cuando te mordieron, también atacaron a otras dos personas, no sabemos si fue el mismo vampiro u otros. Y anoche fueron tres personas más. Si no es riesgoso, trataremos de hablar con ellas mostrando el dibujo que hice para saber si fue el mismo vampiro que te atacó o algún otro. Y si no es, al menos conocer más detalles que nos puedan ayudar a localizarlo y exterminarlo —concluyó mi amigo.
Los escuché perplejo. No sabía qué decir. En efecto, la situación podría adquirir las dimensiones de una plaga, y yo estaba involucrado totalmente.
Se hizo un paréntesis de silencio entre los tres, hasta que reinicié la conversación:
—Si la conversión dura de tres a cuatro noches, las otras dos personas que fueron mordidas la misma noche en que a mí me atacó el vampiro, para mañana podrían ya estar en condiciones de atacar a otras más y chuparlas. ¡Esto se convertirá en una catástrofe!
—Así es, Miroslav —dijo Karlov—, las voces se están alzando y ya se están organizando cacerías para hoy mismo en la noche, y estamos preocupados porque no saben quién es ni cómo es el vampiro. Les llevamos delantera en eso, pero puede resultar peligroso para ti y para cualquier persona que tenga un comportamiento algo extraño o diferente o solo por el hecho de que su fisonomía parezca a lo que se cree que es un vampiro. Tenemos que cuidarte, Miroslav, ahora más que nunca.
—No salgas tampoco ahora —habló Chotek—, nuestros amigos ya están organizados para la cacería de hoy en la noche, y ya todos han visto el dibujo del vampiro que hice. Iremos preparados con estacas y mazos, crucifijos y agua bendita. Seremos aproximadamente ocho amigos, si es que van todos. Pero debemos decirte algo: ellos no saben que tú eres una de las víctimas, y hemos inventado que estás fuera de la ciudad. Decidimos Karlov y yo que no era conveniente que los demás supieran de tu tragedia, no sabríamos cómo reaccionarían y preferimos guardar el secreto para no arriesgarte, así que solo Karlov y yo lo sabemos y guardaremos el secreto por tu seguridad. Sin embargo, te pedimos que cooperes con nosotros.
—¿Cómo? —los cuestioné.
—No quitando de tu estudio los sortilegios antivampiros, tomando la sangre de res con agua bendita y, sobre todo, no saliendo a la calle.
—¡Así es! —terció Karlov.
—Claro que cooperaré, es por mi propia seguridad, y ustedes, mis amigos, no se preocupen, no saldré. Y por si no lo habían notado, ¡vean!, traigo un crucifijo de plata en mi pecho. Estoy consciente de mi problema y lucharé hasta el fin con su ayuda y la fortaleza que me han brindado para que no me convierta en un vampiro. ¡No se preocupen!, los obedeceré ciegamente.
—Bien, ¡nos vamos, Miroslav! —dijo Karlov.
—Sí, tenemos que ir a trabajar —reforzó Chotek—, tú descansa y tómate la sangre que trajimos. Eran tres litros, que pensamos te durarán un día más, hasta que regresemos. Ya nos veremos mañana; hoy en la noche saldremos de cacería. Deséanos suerte, porque si todo sale bien mañana podrías ser nuevamente normal.
—¡Ojalá! Mucha suerte, amigos. Les recomiendo que siempre anden juntos; si son varios, el vampiro no se atreverá a atacarlos.
Finalmente nos dimos un gran abrazo de despedida.
—Adiós.
—Adiós.
—¡Ah!, a propósito, ¿podré terminarme lo que queda de la botella de Becherovka? —les cuestioné.
Se vieron al rostro mis amigos, asombrados ante lo imprevisto de mi pregunta. Fue Karlov el que respondió primero esbozando una leve sonrisa:
—¡Claro!, ¡claro!, supongo que no hay problema. ¿Tú qué opinas, Chotek?
—¡No!, pienso que no lo hay, incluso es posible que te ayude a relajarte. ¡Tómatela toda! Pero eso sí, poco a poco —complementó Chotek y todos reímos en complicidad.
Con la risa aún en los labios, concluí:
—Si voy a ser vampiro, mejor que esté borracho. Por lo menos así lo disfrutaré más —y explotamos todos en un estallido de carcajadas.
Ya casi en la puerta seguían riendo, y al dar el portazo aún los oía bajar las escaleras riendo. No recuerdo cuándo fue la última vez que reímos de esa manera. La angustia de los últimos dos días nos había mantenido muy tensos.
Me serví una gran copa de Becherovka a la salud de Mlada, ¡mi amor! La bebí de un solo golpe hasta el final. “La necesitaba”, pensé para mis adentros, y me fui a la cama. “Hoy será otro día en que no almorzaré con la dueña de mi corazón”.
Un sopor me invadió de repente. “¿Será la sangre bendita o será el licor?”. No lo supe, tomé otra copa de Becherovka y brindé ahora por mis amigos: “¡Por Karlov y por Chotek!, ¡salud!”. La disfruté al máximo y con su sabor dulzón aún en mi paladar, medité: “¡Qué curioso!, ahora duermo y muero de día, vivo y sueño de noche, y ese sueño es en realidad una pesadilla, ¡qué ironía! He de estar borracho, ya estoy divagando”.
Mientras reflexionaba en estos asuntos, unos mustios e insolentes rayos solares de una mañana somnolienta asomaban tímidamente por ahí y por allá, espiándome. Así me quedé dormido.
La tercera noche
De golpe levanté los párpados, abrí los ojos extrañado. No era de esos despertares perezosos en que uno no quiere abrirlos o se hace el remolón y se frota los ojos tratando de acostumbrarse a la luz del nuevo día, aunque en mi caso era la nueva noche. Había pasado buena noche, o, mejor dicho, buen día, ¡vaya, qué confusión!, pero ya estaba oscuro, y a través de las gruesas cortinas no se apreciaba ninguna luz en el exterior. ¡Pero sí! Ya era mi tercera noche.
Ansioso, corrí hacia el imperturbable espejo a mirarme para ver si había algún cambio en mi rostro. ¡No! Me observé detenidamente. Todo normal, a excepción de los contornos de mi imagen que no estaban bien definidos. Lucía casi igual que al principio; según mis amigos, el tiempo de transformación tomaba de tres a cuatro días, pero en mi caso el cambio se había suspendido, mis amigos tenían razón, ¡eran unos genios! “¿Será posible que esta suspensión sea indefinida? Tal parece, por los resultados hasta ahora, que sí”.
Hice un recorrido por mi persona: manos bien, uñas bien, orejas bien, dentadura y colmillos normales; solo en el cuello parecía como si las incisiones se me hubieran infectado, estaban algo hinchadas, rojizas y con un punto blanco en el centro. Me las palpé, ¡sí, sí!, dolían, no demasiado pero sí tenía muy sensible toda el área circundante a las mordidas. Solo eso. Bueno, y la delgadez, ¡sí!, un poco más delgado.
Seguí pensando y mirándome al espejo:
“Tengo que comer más, pero no se me antoja nada, no tengo apetito. Estoy desesperado. Mis amigos ya habrán iniciado la cacería, y mi Mlada se habrá enfadado por no verla esta mañana. ¡Y yo aquí encerrado, demonios! Tengo que hacer algo”. Paulatinamente, como la humedad, me fue penetrando la inquietud por ver a Mlada de nuevo esta noche. Divagaba justificándome y lamentando mi carencia de fuerza de voluntad.
En realidad, no necesité mucho para autoconvencerme de salir e ir a encontrarme con mi novia, con mi ilusión, en fin, con mi amor. El solo pensamiento de verla de nuevo me embargaba de dulce impaciencia y de nervios por su próxima cercanía. Inconscientemente cambié mis ropas. “Sí, la chaqueta marrón que tanto le gusta a Mlada. Bien, creo que todo está bien. ¡Ah!, mi bufanda, ¡claro!, de vuelta y media para ocultar mi cuello. ¡Qué voluble soy! Unos minutos atrás deprimido y ahora desbordante de alegría. Bueno, Mlada logra eso en mi persona y en mi ánimo. Pero ¿no la dañaré? No, no creo”. Seguí reflexionando, “prácticamente estoy normal, pero es mejor prevenir: por las dudas, tomaré más sangre bendita. Así, completamente saciado, no tendré deseos de nada más en ese sentido”.
