Mister Bloomsbury - Louise Bay - E-Book

Mister Bloomsbury E-Book

Louise Bay

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Beschreibung

Andrew Blake es un hombre frío y seco en el trato, y, sin duda, lo más arrogante del mundo. Así, por lo menos, es como lo describen sus mejores amigos. La mala suerte para mí es que soy su nueva asistente. Nada de lo que hago está bien para él. Cuanto más intento complacerlo, más me ignora. Así que empiezo a preguntarme si de verdad hay un corazón dentro de ese espléndido cuerpo alto, duro y bien definido. Un día, después del trabajo, cuando estoy quejándome sobre él al camarero de un pub cercano a la oficina, ¿a que no adivinas quién está sentado detrás de mí y ha oído cada palabra, queja y murmullo? Pero por la expresión de Andrew, no sé si me va a despedir… o a besar…

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Seitenzahl: 361

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Título original: Mr. Bloomsbury

Primera edición: julio de 2022

Copyright © 2022 by Louise Bay

© de la traducción: María José Losada Rey, 2022

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-25-3

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Kuikson/Helnv/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

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Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

1

Sofia

Hasta ese momento, Londres se parecía mucho a Nueva York, aunque allí no podía comer las albóndigas que mi madre preparaba los domingos. Por supuesto, estaba flipando con los autobuses rojos y el acento británico, pero los problemas no se evaporaban solo por haber cruzado el charco. Todavía no tenía casa propia ni ahorros a los que recurrir, ni siquiera un trabajo. La única diferencia era que me faltaban monedas de una libra en lugar de billetes de un dólar.

Pero tenía que centrarme en lo positivo. Estaba en Londres, la tierra de Mary Poppins, el hogar de la tarta Battenberg y del té, la cuna de los príncipes y los palacios.

Por mucho que anhelara salir a tomar un cóctel a un bar elegante o a explorar parques y museos, me pasaba la mayor parte del día metida en casa, sentada en el sofá de mi mejor amiga, buscando trabajo por Internet. Había rebajado las expectativas salariales que me había creado cuando estaba sentada en las aulas de Columbia, rodeada mis compañeros de máster. Algunos de ellos ya tenían trabajo al terminar los estudios, pero la mayoría seguíamos buscando algo a nuestro nivel, aunque el número de alumnos sin empleo se había reducido a medida que nos acercábamos a la fecha de la graduación, y McKinsey, Bain y Google habían elegido a la flor y nata. Solo el cinco por ciento de mi promoción no había recibido una oferta de empleo cuando posamos para las fotos de graduación con los birretes y las togas.

Yo formaba parte de ese porcentaje.

Cerré la tapa del portátil e inspiré hondo, como me indicaba la aplicación de mindfulness, para evitar tener un ataque de pánico. Cuando hube cogido aire cuatro veces, mi amiga desde hacía quince años —y propietaria del sofá en el que estaba durmiendo— apareció por la puerta principal. Natalie cerró dando un portazo, cogió su precioso bolso Mulberry de color verde musgo, lo tiró al suelo y le dio una patada. Y luego le dio otra.

Solo había una explicación: Andrew Blake.

—¿Qué ha hecho ahora? —pregunté, recogiendo el montón de papeles que tenía diseminados sobre el asiento para hacerle sitio en el sofá.

Le dio una tercera patada al bolso y luego soltó un grito de impotencia.

Vaya.

Su jefe debía de haberse comportado de una forma aún más idiota que de costumbre, lo cual era mucho decir. Por la manera en la que ella describía sus interacciones, como si él fuera el príncipe Guillermo y ella una sirvienta, me parecía un hombre horrible. Y eso era cuando él le hablaba. Al parecer, podía pasarse días sin dirigirle la palabra. Me levanté y fui a la nevera. Ella necesitaba algo más que los ejercicios de relajación de una aplicación de móvil. Necesitaba vino.

Puse dos vasos en la encimera: no pensaba dejarla beber sola. Tenía que ofrecerle apoyo moral. Miré el reloj. Eran un poco más de las tres.

¡Las tres de la tarde! Si Natalie nunca llegaba a casa antes de las ocho…

—¿Nat? —Atravesé corriendo el pasillo; Natalie ya se había olvidado del bolso y le daba patadas al abrigo—. ¿Por qué has venido a casa tan temprano?

—Necesito alcohol. Ya.

Mierda, ¿la habría despedido ese capullo?

Volé rauda y veloz a la cocina para llenar los dos vasos; ¿qué más daba la hora que fuera?

Cuando regresé, Natalie tenía una expresión vidriosa y se había desplomado en el sofá.

Le puse un vaso en la mano, doblé una pierna y me senté a su lado.

—Cuéntamelo todo.

Sacudió la cabeza como un perro confundido que asiente sin saber por qué. Luego, como si de repente se diera cuenta de que tenía vino a mano, bebió un gran trago.

—Ya he tenido suficiente. Ayer no me dijo ni una palabra, y esta mañana tampoco. Cuando le he preguntado si había revisado el estudio que le había entregado, me ha ignorado por completo. Y, después del almuerzo, no me ha dado tiempo ni a quitarme el abrigo antes de que saliera de su oficina. Entonces se ha puesto a gritar por… —Hizo una pausa—. ¿Sabes?, en realidad no sé qué le pasa, dejando a un lado que tiene graves problemas de personalidad, claro está, y que es el mayor imbécil que he conocido en toda mi vida. Lo cual es mucho, ya que crecí en Nueva Jersey.

—¿No sabes por qué estaba enfadado?

—Ni idea. Y lo peor es que no grita ni chilla. Cuando digo que grita, es porque lo hace de esa manera inconfundible, a lo Andrew Blake. Se queda callado, se le oscurecen los ojos y su voz baja dos octavas. Es como si estuviera poseído. Un horror…

Me estremecí ante semejante descripción.

—Es increíble que esa clase de hombres tenga tanto éxito. ¿Por qué no pueden actuar de forma normal? Al menos, deberían fingir que son miembros comunes y corrientes de la sociedad, aunque en el fondo sean psicópatas.

—Lo he dejado. He soportado todo lo soportable. Me da igual que el salario tenga seis cifras. Le he dicho que se metiera el trabajo por el culo y me he ido.

—Me alegro por ti —dije, medio en serio, medio preguntándome si Natalie tenía ahorros para cubrir el alquiler hasta que encontrara otro trabajo. Y entonces me di cuenta de lo que acababa de decir—. ¿Tu sueldo era de seis cifras? ¿Te pagaba más de cien mil dólares al año?

—De libras —respondió ella—. Ciento veinte mil, en realidad. Pero ni siquiera doscientas mil serían suficientes para lidiar con ese estúpido estirado.

¿Ciento veinte millibras? Hice un rápido cálculo mental. Eso eran más de ciento cincuenta mil dólares al año.

—¿En qué consistía exactamente tu trabajo? —pregunté.

—Hacer cualquier cosa que el imbécil de Andrew Blake quisiera que hiciera —gimió.

—¿Como qué? Sé más concreta. —Nunca habíamos ido más allá de lo gilipollas que era su jefe, y no entendía al detalle lo que hacía—. ¿Le llevabas el café?

Suspiró.

—¿Sabes qué? Eso era lo único que no hacía. Tampoco tenía que llevar su ropa a la tintorería ni concertar sus citas personales. De hecho, nada erapersonal. Era casi como si no tuviera vida fuera del trabajo. Como si fuera un robot o algo así. Un robot grosero e idiota.

La mayoría de los puestos de asistente que yo conocía implicaban hacer mucho café y recoger la ropa en la tintorería. Una amiga mía había tenido que romper una vez con la novia de su jefe. ¿Tan mal jefe era Andrew si mantenía el trabajo en un plano estrictamente profesional y pagaba ciento cincuenta mil dólares al año?

Había crecido en Nueva York, como hija de una madre soltera que tenía tres trabajos —o dos y medio, si contaba mi participación en la limpieza de fin de semana en la oficina situada encima del cvs de la 113 con Broadway—. Podía aguantar a un jefe maleducado, exigente y malcriado por ciento cincuenta mil dólares. Joder, hasta podía llevarle la ropa a la tintorería.

—¿Estás segura de que no vas a volver? —pregunté.

—Ni de coña —dijo ella, tomando otro trago de vino—. Ni loca.

—Consúltalo con la almohada —dije mientras mi mente daba vueltas a todas las opciones, sobre todo a la de cuándo iba a ser una buena idea preguntarle si creía que yo podía encajar bien en el puesto.

—Ya lo he pensado mucho durante los tres últimos meses. No puedo más. ¿Te he dicho ya que la última persona que ocupó el puesto antes que yo solo permaneció en él un día? Ni siquiera volvió después del descanso para comer.

—Y has aguantado como una campeona. Pero ciento veinte mil libras es mucho dinero.

Miró mi portátil.

—¿Todavía no has encontrado nada?

—No. —Los puestos de trabajo eran escasos—. Sin embargo, tarde o temprano daré con algo. Y no estamos aquí para hablar de mi falta de empleo.

—No, ahora podemos hablar de la mía. —Me miró mientras yo le ofrecía una sonrisa de solidaridad—. No te sientas mal. Mañana por la mañana estaré eufórica por no tener que lidiar más con semejante imbécil.

No había mejor momento que el presente. Si ella estaba segura de que no iba a volver, yo tenía que coger el toro por los cuernos.

—Y, si lo haces, entonces, podríamos hablar sobre si crees que sería apta o no para asumir el cargo de asistente de Andrew Blake.

Los hermosos ojos de Natalie se abrieron de par en par.

—¿Quieres-mi-trabajo?

—Bueno, no. Si sigue siendo tu trabajo, no lo quiero. Pero si no vas a volver, si de verdad no puedes soportarlo más, entonces, vale la pena que aproveche la oportunidad de…

Natalie se giró en el asiento y me sujetó el hombro con la mano que no sostenía el vaso de vino.

—No, Sofia. No vale la pena intentarlo. Es horrible. Horrible de verdad. ¿A qué crees que se dedica? Básicamente, le jode la vida a la gente. Y túlo ayudarías a dejar en la ruina a esa pobre gente. En serio, no vale la pena.

Adoraba a Natalie. Pero ella había crecido en un barrio rico de Nueva Jersey. No era una niña de la jet como para tener un fondo fiduciario, pero disponía del dinero suficiente como para no haber solicitado un préstamo para estudiar en la universidad. Y eso era gozar de un saludable estado financiero.

La madre de Natalie no había trabajado ni un solo día, y mucho menos tres, desde que habían nacido su hermano y ella. Tampoco estaba resentida por ello, pero resultaba un hecho fehaciente que ella no podía entender lo que era estar desesperada.

—Natalie, me estoy quedando sin dinero, y a este paso voy a tener que volver a Nueva York con menos de lo que me fui. Y, cuando llegue a casa, mi madre seguirá necesitandouna prótesis para la rodilla que no puedo pagar. No le he hecho más que una incómoda llamada telefónica a mi padre para que supiera que estoy aquí. Soy un hueso duro de roer. Estoy segura de que puedo manejar a Andrew Blake durante un par de meses. Hasta que encuentre otra cosa, al menos.

Clavó la mirada en el suelo como si le hubiera dicho que se había muerto su gato.

—En serio, solo pediré el trabajo si de verdad te vas.

Suspiró.

—Con sinceridad, casi prefiero volver yo a que te veas expuesta a ese horror. Pero no creo que pueda soportar un día más con ese hombre.

Sin embargo, yo estaba segura de que podía aguantar un día con Andrew Blake, de que podía aguantar tres meses…, tal vez, incluso, todo el año. Iba a hacer lo que fuera necesario para quedarme en Londres el tiempo suficiente para establecer algún tipo de relación con mi padre y obtener el dinero que necesitaba para que le operaran la rodilla a mi madre.

Andrew Blake iba a tener que aguantarme a mí.

2

Sofia

El cielo estaba tan negro como podía estarlo en una gran ciudad. Y si la oscuridad no lo anunciara ya, el frío aire de marzo decía que era demasiado temprano para estar delante de las oficinas de Blake Enterprises.

De hecho, eran las cinco y cuarto de la mañana.

Natalie había comentado que una vez había llegado al despacho a las seis y que Andrew parecía llevar un rato allí. Así que tenía que pillarlo cuando llegara. Por lo que me había dicho Natalie, no iba a ser fácil acceder a él si no conseguía abordarlo en la calle. Por eso llevaba allí veinte minutos.

Cuando por fin convencí a Natalie de que optar a su trabajo no era lo peor que podía pasarme, me mostró una foto de Andrew para que supiera a quién debía acercarme en medio de la calle. Al principio, supuse que se había equivocado de imagen, porque ¿cómo podía ser tan gilipollas un hombre tan guapo? Era más atractivo que todos los actores del reparto de Los Vengadores juntos. Parecía como si alguien hubiera pegado el pelo, la barbilla y la sonrisa característica de John Kennedy Jr. en el cuerpo de Chris Hemsworth. Santo Dios, estaba casi segura de que, si no hubiera ansiado ese trabajo, también habría estado delante de sus oficinas a las cinco de la mañana para echarle un vistazo.

Me puse de puntillas, tratando de vislumbrar en la calzada el destello de unos faros en mi dirección. Pero no vi nada. Ni siquiera los de una furgoneta de reparto. Al otro lado de la calle, un corredor matutino se dirigía hacia mí vestido con una sudadera gris, con el rostro oculto por la capucha. Me llamó la atención un coche que pasaba y, cuando volví a mirar al corredor, estaba cruzando la calle hacia mí.

La adrenalina se apoderó de mí y saqué el móvil. ¡Joder! Estaba sola. Cuando ya tenía localizado el número de Natalie para llamarla, el corredor se detuvo y se bajó la capucha.

Ya había visto esa hermosa cara antes.

—¿Andrew Blake? —Ni siquiera necesitaba preguntarlo. Era obvio. El parecido con John Kennedy Jr. y Chris Hemsworth era más que evidente. Solo le faltaba la sonrisa, y menos mal, o me habría hecho entrar en combustión espontánea. Aquel hombre era aún más guapo en carne y hueso.

Giró la cabeza al oír mi pregunta y nuestras miradas se encontraron. Él tenía el ceño fruncido con desaprobación cuando la bajó por mi abrigo y por mis piernas. Seguía siendo muy sexy, incluso aunque pareciera a punto de morderme.

—Soy Sofia Rossi. —Le tendí la mano.

—¿Y bien? —Ignoró mi mano, sacó un manojo de llaves y abrió la puerta gris ante la que yo llevaba media hora esperando.

—He estudiado en la Universidad de Columbia. Soy muy trabajadora. Soy creativa, organizada y muyflexible. Y quiero ser su asistente.

—Es usted americana —dijo, casi escupiendo las palabras como si no pudiera concebir una idea peor que tener a una estadounidense como asistente.

—Neoyorquina. Eso hace que sea muy dura y que esté preparada para todo.

Desbloqueó la última cerradura.

—No me interesa. —Abrió la puerta y entró.

No iba a rendirme tan fácilmente. Detuve la puerta justo antes de que se cerrara y lo seguí por las escaleras, aunque le eché un vistazo al ascensor y me pregunté por qué no lo usábamos.

¿Qué pasa con los traseros de los hombres, que siempre parecen mucho mejor con pantalones de deporte?

Tuve que reprimirme para no alargar la mano y tocar aquellas nalgas perfectas para comprobar si estaban tan duras como parecía.

—Me he enterado de que su asistente ha presentado la renuncia. Si me contrata, no tendrá que tomarse la molestia de buscar a otra persona.

No respondió. Nos detuvimos en el segundo piso, donde Andrew se agachó para abrir la cerradura inferior de las puertas dobles de cristal.

—Estoy aquí, dispuesta para empezar a trabajar de inmediato.

Sin dejar de ignorarme, abrió la cerradura superior, atravesó el umbral y encendió las luces, que dejaron a la vista un vestíbulo blanco y luminoso. Miré a mi alrededor, observando los muebles, limpios y modernos, que parecían no haber sido usados nunca.

—Soy muy madrugadora y…

Andrew fue hacia la izquierda, en dirección a un pequeño despacho, que semejaba ser un poco estrecho para alguien que se dedicaba a destruir vidas ajenas, pero, cuando lo seguí, me di cuenta de que había una puerta al otro lado del escritorio y de que iba hacia ella. Lo perseguí.

Pero desapareció detrás de la segunda puerta justo antes de cerrármela en las narices.

Vale, podía haber sido peor… Pero, al menos, se había metido en su despacho y no estaba tratando de escoltarme al exterior de las instalaciones.

Me apoyé en el escritorio de su asistente y vi la bufanda de cachemira color frambuesa de Natalie en el perchero, detrás del escritorio. Ella podía permitirse usar prendas de cachemira, dado su salario. Un dinero que yo podía utilizar para dejar de dormir en su sofá y disponer de un apartamento propio. Así que no iba a dejarme vencer por el mal humor de Andrew Blake. No, señor.

Tomé asiento tras el escritorio y encendí el ordenador, luego miré los papeles que había sobre la mesa. Algunos de ellos estaban cubiertos de garabatos que recordaban de manera notable una caricatura de Natalie sosteniendo un cuchillo de chef demasiado grande. Había un montón de documentos donde se investigaba una revista llamada Verity. Al final del montón había una agenda de papel. ¡Qué vintage…! La abrí y busqué la página que correspondía a ese día. No parecía que Andrew tuviera ninguna cita hasta el mediodía. Entonces, ¿qué estaba haciendo en su despacho a esas horas?

Decidí quedarme hasta que saliera; quizá así iba a poder convencerlo de que contratarme era la mejor decisión que iba a tomar esa semana.

Me levanté, me quité el abrigo y lo colgué junto a la bufanda de Natalie; luego saqué un cuaderno del bolso y miré a mi alrededor. Lo primero y fundamental era poner orden. No porque el lugar fuera un caos —no tenía un aspecto tan desastroso—, sino porque, dado que el vestíbulo de entrada parecía estar preparado para una operación a corazón abierto, supuse que a Andrew le gustaba que todo estuviera impoluto. Sí, iba a demostrarle —y no solo a decirle— lo útil que podía ser para él. Iba a encargarme de que supiera que para mí no había ninguna tarea demasiado insignificante.

Me puse a limpiar el escritorio. Cogí la taza de café de Natalie y fui en busca de la cocina. Estaba impoluta. Metí la taza en el lavavajillas y me preparé un café en una taza limpia. Algo me decía que conquistar a Andrew iba a ser una maratón, no un sprint. Por un momento, pensé en hacerle un café, pero no parecía el tipo de hombre que tomara cafeína. Con ese cuerpo, probablemente solo bebía agua de glaciar y bebidas proteicas.

—¿Puedo ayudarla en algo? —me preguntó un hombre desde atrás.

Me giré y me encontré a un hombre maduro que me miraba como si fuera una colegiala descarriada. Mi corazón empezó a pegar botes dentro de mi pecho. Me hallaba en una encrucijada.

No era de las que se rendían a la mínima, pero iba a costarme inventar una historia creíble aunque estuviera en juego un suministro de por vida de cannoli de Ferrara’s. Por eso había empezado a pasarme los sábados por la mañana vaciando cubos de basura con mi madre en lugar de hacer lo que fuera que hicieran los niños de ocho años el fin de semana. Un día le dije que había terminado los deberes de matemáticas, pero mi madre se dio cuenta de que no había dicho la verdad, y, durante los cinco años siguientes, me perdí las mañanas de los sábados. Un castigo rápido y severo siempre había sido el estilo de mamma Rossi.

Pero había llegado un momento donde solo me quedaban dos opciones: hundirme o nadar. Necesitaba ese trabajo, y ya no era una niña.

—Buenos días. —Saludé al desconocido que tenía delante de mí como si lo conociera de toda la vida. Le sonreí—. Soy Sofia, la nueva asistente de Andrew. He sustituido a Natalie. —¿Era mentira si iba a ser la nueva asistente de Andrewaunque aún no me hubiera contratado?

Dio un paso atrás.

—¿Ya ha encontrado a alguien nuevo?

Me encogí de hombros.

—He empezado esta mañana. ¿Puedo ofrecerle un café?

Él arqueó las cejas.

—No hace falta que haga eso. Aquí cada uno se sirve su café. —Se quitó un sombrero a cuadros que lo hacía parecer un investigador privado de la vieja escuela y abandonó la cocina—. Pero… —se dio la vuelta— la próxima vez que vea a Andrew ¿podría facilitarle algunos datos que necesita saber sobre…? Ha firmado un acuerdo de confidencialidad, ¿verdad?

Asentí, tratando de parecer convincente.

—Son algunas cosas sobre Verity. —Abrió la bolsa que llevaba y sacó unos papeles—. Es un completo desastre, y es necesario que Andrew lo sepa.

—Claro, por supuesto. —Cogí las tres hojas llenas de cifras que me ofrecía.

Asintió, pero no se apartó.

—Una advertencia. A él no le gustará lo que va a ver, así que entrégueselo y… póngase a cubierto. O corra.

Mantuve la sonrisa, preguntándome si estaba a punto de ser víctima de un 217, un asalto con asesinato intencionado.

—Claro —dije—. Yo me ocuparé de todo. ¿De quién le digo que es?

Demasiado tarde. El hombre del sombrero había desaparecido. Por lo visto, mi poder de convicción había subido de nivel en algún momento de los veinte últimos años. Cogí la taza de café y fui a mi mesa, o a la que iba a ser mi mesa una vez que trabajara allí.

Cuando terminé de ordenar la oficina y me preparé la segunda taza de café, llamé a Natalie para que me diera la contraseña del ordenador. A pesar de que me rogó que volviera a casa y se ofreció a prestarme dinero para no tener que preocuparme el mes siguiente, cedió. Me dio la contraseña («vete_al_1nfiern0_BLakE») y una lista de sus tareas diarias. También me explicó dónde guardaba la lista digital de tareas. Me reservé la parte en la que Andrew aún no había aceptado que fuera su empleada, porque, aunque estaba arriesgándome lo suficiente como para abrir un agujero en el universo, no necesitaba insistir en que aún no habíasucedido.

No salía ni un ruido del despacho de Andrew, y medio sospechaba que él no estaba allí. Tal vez su oficina estaba a tres kilómetros de distancia a través de un laberinto de pasillos interminables, y yo estaba sentada delante de una habitación vacía.

Cada una de las carpetas que había guardado Natalie estaba organizada por el nombre de la empresa. Me había comentado algo de que Andrew dirigía empresas que se enfrentaban a la quiebra, despedía a todos los trabajadores y ganaba mucho dinero. La noche anterior, tras una breve búsqueda en Google, había descubierto que era especialista en reestructuraciones. Daba la vuelta alas empresas en quiebra. Natalie lo había hecho parecer un monstruo, pero, si evitaba que las empresas se hundieran, estaba salvando y no destruyendo puestos de trabajo.

El tipo del sombrero me había dado datos sobre Verity; tal vez esa era la empresa que Andrew estaba considerando salvar. Saqué el expediente de Natalie y leí toda la documentación. Verity había empezado siendo una revista seria, dirigida por periodistas, a principios del siglo xx, como una versión británica de The New Yorker, pero se habíareinventado en algún momento. Ahora se parecía más al National Enquirer.

No hacía falta tener un máster para detectar la caída de los beneficios y otros detalles en los papeles que me había dado el hombre del sombrero.

La empresa estaba a punto para un cambio de rumbo.

Ese debía de ser el siguiente proyecto de Andrew. Solo tenía que averiguar cómo conseguir que me contratara para ayudarlo a dar la vuelta a Verity.

3

Andrew

¿Acaso la gente no entendía que quería que me dejaran en paz? Bloqueé la llamada de Tristan que parpadeaba en mi móvil y minimicé la pantalla del correo electrónico para volver a concentrarme en el Financial Times y su artículo sobre la editorial Goode.

Bob Goode casi siempre era un as en lo que hacía. Se las arreglaba para romper las tendencias y aumentar los beneficios y para poner en circulación cada vez más ejemplares en la mayoría de las revistas que poseía, pero Verity era una excepción.

Mi teléfono empezó a vibrar de nuevo. ¡Maldito Tristan…! Me puse de pie, lo que hacía siempre que quería que una llamada o una reunión fuera lo más breve posible. Justo cuando estaba a punto de aceptar la llamada de mi amigo, llamaron a la puerta.

La ignoré. Mi primera reunión no era hasta la una, y mi equipo sabía que no debía molestarme antes del mediodía.

Pulsé el botón de aceptar.

—Andrew Blake.

—Por el amor de Dios, Andrew. Te estoy llamando yo, y yo ya sé que eres tú. Y tú sabes que soy yo. ¿Has pensado alguna vez en iniciar una llamada telefónica con un simple «Hola»?

No tenía intención de responder a las chorradas de Tristan, pero, aunque hubiera querido, no habría tenido oportunidad. A pesar de que había ignorado la llamada a la puerta, llamaron de nuevo, y luego apareció la chica de por la mañana con un montón de papeles en la mano.

Cancelé la llamada con Tristan y asistí estupefacto a la puesta en escena de aquella mujer: me sonrió, se acercó a mi escritorio y dejó dos montones de papeles.

—Un señor con sombrero me ha pedido que le trajera esto —dijo, señalando el de la izquierda—. Y este es su correo. —Señaló las hojas de la derecha—. Que he abierto y puesto en orden de prioridad.

¿Por qué seguía ahí? ¿Y por qué actuaba como si trabajara para mí?

—Fuera —dije, en un tono bajo y serio.

—No —respondió ella. Me sentí como si me hubiera golpeado con un martillo.

—¿Perdón?

Malditos americanos…

—No, no voy a marcharme. —Se cruzó de brazos y me miró a los ojos con intensidad—. Voy a quedarme, y seré su nueva asistente. No espero mejores condiciones que la última que ha tenido y trabajaré igual de duro y le ofreceré la misma dedicación.

—¿Dedicación? —pregunté, pasando por alto que la mujer que tenía delante no solo se había negado a marcharse, sino que también exigía que le pagara—. Mi última asistente dejó el puesto. Si no puede ofrecerme más dedicación que ella, debería marcharse ya.

Me senté y volví a abrir mi bandeja de entrada, hice clic en la carpeta de Verity y me desplacé para ver los resultados financieros del año anterior.

—Ella ha renunciado porque es difícil trabajar con usted. No porque no quisiera esmerarse.

No dije ni una palabra. No había mucha gente que me hablara así. Y menos que fuera alguien que trabajara para mí. No lo necesitaba. Tenía a mi servicio un equipo lleno de talento que me ofrecía toda su dedicación a cambio de un buen sueldo.

—Soy más resistente que ella —continuó, levantando la barbilla.

Eso parecía un reto. No intentaba echar a mis asistentes a propósito, pero ninguna era capaz de soportar la presión. Desde que Joanna se había retirado, cada una de las personas que había ocupado el puesto había acabado despedida o se había marchado antes de llegar a los seis meses. Algunas ni siquiera habían durado seis horas. Por experiencia, todos querían que se los ayudara y se les dijera lo que debían hacer, mientras que yo solo quería concentrarme en mi trabajo. No me interesaba que hubiera chismes en la oficina ni que mis empleados charlaran sobre cualquier serie que hubieran visto en Netflix. Pero, según Joanna, a la que llamaba una vez a la semana para intentar convencerla de que no se jubilara, eso era lo que tenía que hacer.

Lo llamaba «habilidades sociales».

Yo lo llamaba «gilipolleces».

—Estoy cualificada para este trabajo. He hecho un máster en Columbia. Soy inteligente, me gusta la organización y no me asusta el trabajo duro. Tiene suerte de que esté aquí. —Hablaba como si ya trabajara para mí.

—Entonces, ¿por qué quiere el trabajo?—pregunté, intrigado a mi pesar. Que me abordaran delante de las oficinas antes de las seis de la mañana no era algo nuevo. Había hecho muchos recortes en mi carrera, había despedido a mucha gente. Y aunque lo había hecho para que alguna empresa pudiera sobrevivir y para que no todos losempleados perdieran el trabajo, algunas personas no lo veían así. Algunas me culpaban a mí en lugar de a la dirección incompetente que me había precedido. Yo solo me dedicaba a limpiar el desastre que habían provocado otros. Pero nunca me había visto abordado en la calle por alguien que quisiera trabajar para mí.

—Seré una asistente excelente. Además, si no le gustara mi trabajo, podría despedirme. —No había respondido a mi pregunta sobre por qué quería el empleo.

—¿Cómo sabe que hay una vacante? —Todavía no había llamado a la agencia de contratación. Ni siquiera había pensado en buscar una nueva asistente.

—Soy compañera de piso de Natalie.

¿Compartían piso?

—En realidad, estoy durmiendo en su sofá. Ella piensa que usted es imbécil. Yo creo que puedo manejarlo.

Me costó un poco no reírme. No podía negar que la mujer que tenía delante decía lo que pensaba. Según mi experiencia, ese era un componente esencial en una buena relación laboral. Tal vez fuera una asistente adecuada, después de todo.

Si tenía un máster en Columbia, ¿por qué demonios quería ser mi asistente?

Debía de estar mintiendo.

—¿Cuál fue su asignatura favorita en Columbia?

—¿La favorita o la que me resultó más útil?

—He dicho favorita. No digo nada que no quiero decir.

—Globalización y mercados. La clase de Joseph Stiglitz y Bruce Greenwald.

Vale, o se había currado mucho la mentira o había estudiado en Columbia de verdad. Había leído algunas cosas de Stiglitz y sabía que daba clases allí.

—¿Qué es lo peor que puede pasar? —preguntó—. Deme una oportunidad. No se arrepentirá.

Supuse que tenía razón. No había a nadie a mano para sustituir a Natalie, y encontrar a otra persona podía llevarme al menos unas semanas. No tenía demasiado que perder.

—No presuma tanto. No me moleste antes del mediodía, y asegúrese de que nadie entre en mi despacho a menos que tenga la puerta abierta; algo que nunca ocurrirá.

Una sonrisa inundó su rostro.

—Me llamo Sofia —dijo.

La ignoré y me senté de nuevo tras el escritorio.

—¿Necesita algo?

Lo que necesitaba era que Bob Goode no fuera tan idiota, pero eso no iba a suceder.

—Que me deje en paz.

Al menos, Sofia tuvo el sentido común de no discutir. Se giró sobre los talones y se alejó. Saqué el último ejemplar de Verity del cajón superior de mi escritorio y sentí cómo me hervía la sangre al leer el titular que preguntaba, una vez más, si Tom Cruise era extraterrestre. Mi abuela se habría revuelto en su tumba al ver que su antaño respetada publicación hablaba de posibles extraterrestres famosos. Hubo un tiempo en que la revista que ella dirigía se había centrado en las mujeres —a las que por fin se les permitía contratar hipotecas sin presentar un aval masculino a principios de los 70—, en las huelgas del carbón y en las manipulaciones políticas de los 8080. Verity acostumbraba a ser una revista que se preocupaba por los derechos de la gente corriente y por mantener a raya a los que ostentaban el poder. En la actualidad le importaba si Tom Cruise procedía o no del espacio exterior, o si Taylor Swift era en secreto Nicki Minaj.

La publicación estaba perdiendo suscriptores y lectores, lo que significaba que ganaba cada vez menos dinero. Las justificaciones que Bob Goode me había dado cuando había empezado la espiral de ridículas historias de cotilleo era que no podía ganar dinero cubriendo «temas», como él los describía.

¿Y qué?, tampoco estaba ganando dinero sin cubrirlos. ¿Por qué no seguía mis consejos? ¿Por qué no permitía que mi equipo y yo nos pusiéramos al timón? Podía volver a poner Verity en marcha y, cuando estuviera saneada, él iba a poder contratar un equipo nuevo y mejor.

Bob me consideraba un entrometido, pero yo solo intentaba ayudarlo. Él no era más que un viejo obstinado al que no le gustaba que las dos mujeres que le habían precedido —mi madre y mi abuela— hubieran hecho mejor trabajo que él dirigiendo la empresa.

Volví a meter la revista en el cajón y miré lo que Sofia había dejado sobre mi mesa. Los últimos informes financieros de Verity, documentos que ya había visto. Pero que, sin duda, Douglas quería asegurarse de que no los ignorara. Eran pésimos. Si hubiéramos estado hablando de cualquier otra empresa, me habría contentado con sentarme con un paquete de palomitas a ver cómo se venía abajo, pero no podía hacer eso con Verity. Mi madre se iba a quedar destrozada si, con pocos meses de diferencia, perdiera a mi abuela y la publicación que ella había fundado. Tenía que salvar Verity, solo que aún no sabía cómo.

4

Sofia

Me quité el abrigo y lo colgué en el gancho con un poco más de fuerza de la que debía. Me sentía agotada a pesar de haber hecho tan poco trabajo en mi primer día en Blake Enterprises.

Natalie no exageraba cuando decía que Andrew se negaba a hablar con ella, y tal reticencia me parecía agotadora. Ni siquiera había hecho un movimiento con la cabeza ni se había despedido con un «Hasta luego» cuando se había ido a la reunión en Canary Wharf. Le había pedido un coche, pero no había tenido oportunidad de decírselo antes de que hubiera salido por la puerta. De hecho, me había visto obligada a bajar corriendo las escaleras tras él, dando gritos, aunque Andrew había actuado como si no me hubiera oído. Y después, Douglas, que por fin se había presentado para que no tuviera que seguir llamándolo «el hombre del sombrero», me dijo que Andrew no usaba coche. Cuando le había preguntado si se desplazaba a pie o en metro, Douglas no había respondido. ¿Era alto secreto cómo se trasladaba Andrew Blake de un sitio a otro? ¿Se teletransportaba? ¿Se tiraba por el retrete?

Ser ignorada era irritante. Sin duda, no me sentía culpable por aceptar tanto dinero por no hacer nada, pero quería trabajar. Me gustaba ser productiva, y quería adquirir experiencia para demostrar que podía hacer algo que ya sabía que era capaz de hacer.

Pasadas las siete, cuando ya había leído casi todos los archivos guardados en mi ordenador, y estaba a punto de empezar a comerme las uñas para mantenerme ocupada, Douglas asomó la cabeza por la puerta para decirme que Andrew ya no iba a volver ese día.

¿Había llamado a Douglas y no a mí?

¿Significaba eso que iba a despedirme? No recordaba si me había contratado de verdad o solo había dejado de decirme que me fuera.

Natalie me llamó desde la cocina.

—¿Quieres un vaso de vino?

—¿El papa es católico?

Me quité los zapatos dando una patada al aire, arrastré los pies hacia la izquierda y me desplomé en el sofá.

—En una escala del uno al diez, ¿en qué medida ha sido horrible el día de hoy? —preguntó.

—No estoy segura de haber visto lo suficiente como para juzgar —respondí.

—¿Significa eso que no has conseguido el trabajo?

—No lo sé a ciencia cierta. —Nos acomodamos con los vasos de vino en la mano y usé las últimas gotas de energía para relatarle todo lo ocurrido aquel lamentable día.

—Sinceramente, no suena mal. Si Andrew no quisiera que te quedaras, te habría echado. Creo que puedes aceptar que el trabajo es tuyo.

Era un alivio. Más o menos. El vino supuso para mí pura energía líquida, y sentí que volvía a la vida poco a poco con cada sorbo.

—Estoy segura de que aún no he visto ni la mitad, pero creo que puedo manejar a Andrew. Es decir, es borde y seco, y tiene problemas con su madre o algo así, pero, como he dicho, tengo la piel gruesa. Creo que voy a aprender a no prestar atención a lo que dice y que me concentraré en su aspecto, porque está muy bueno.

Natalie soltó un suspiro.

—Sí, no hay duda de que tuvo suerte en la lotería de los genes. Pero apuesto a que es muy egoísta en la cama. Que espera que todo se haga a su manera.

—Bueno, no es que vaya a descubrirlo por mí misma ni nada de eso. Solo necesito que me pague a fin de mes.

Empezó a sonar mi móvil, y lo saqué del bolsillo.

Toda la relajación que me había proporcionado el vino se quedó paralizada en mis venas.

—Es Des.

—¿Des, tu padre? —preguntó Natalie.

—¿Conoces a otro Des? —Quizá fuera mi padre, aunque, si consideraba que solo había hablado con él una vez en mi vida, no estaba segura de que, por el momento, pudiera denominarlo de esa manera en particular.

—No es que esté llamando a todas horas —dijo a la defensiva, mirando la pantalla de mi móvil—, sino, más bien, que no llama nunca. Responde, venga.

Sí, debía aceptar la llamada. No era tan difícil. Y necesitaba hablar con él; necesitaba forjar algún tipo de relación antes de pedirle un favor.

Sin duda, debía contestarle.

Cogí aire y pasé el dedo por la pantalla para aceptar la llamada.

—¿Hola?

—¿Sofia?

—Sí. Hola.

—Soy tu… Soy Des.

—Hola —repetí. Era como si mi mente se hubiera quedado en blanco, y miré a Natalie por si era capaz de echarme una mano.

—Bueno… Te dije que llamaría —explicó él.

La única vez que había hablado con mi padre lo había llamado para decirle que quería conseguir el pasaporte británico. Había sido solo una excusa, porque necesitaba una razón para ponerme en contacto con él.

Por mucho que me molestara, también era la solución de al menos el ochenta y cinco por ciento de mis problemas.

—Hola, sí. Gracias.

Cuando me había puesto en contacto con él para preguntarle por el pasaporte, parecía feliz (incluso encantado) de saber de mí. Lo cual era extraño, porque, si hubiera querido hablar conmigo, habría podido coger el teléfono en algún momento de los veintiocho últimos años para llamarme. Tampoco era como si el teléfono se acabara de inventar ni nada por el estilo. Pero no dije nada de eso, porque necesitaba a mi padre. O, mejor dicho, precisaba su dinero. Y tenía que mantener la boca cerrada y la vista puesta en el objetivo.

—¿Vives en Londres? —preguntó.

Le había enviado un mensaje cuando había obtenido un número de móvil en el Reino Unido, y me había dicho que iba a llamarme. Pero eso no significaba que estuviera preparada para que lo hiciera. ¿Qué se le decía al hombre que te había dado la mitad de tu composición genética, pero con el que no habías mantenido ningún tipo de relación?

—Sí. En Kilburn. —Se suponía que debía ser afable con él, que debía sentar las bases para algún tipo de relación. Sin embargo, no sabía qué decirle.

—¿Tienes trabajo?

—Sí, en Bloomsbury.

—Qué bien… —dijo.

Me di una colleja mental. Necesitaba comportarme con normalidad. La salud y el bienestar de mi madre estaban en juego. Mi padre era la única persona que conocía que tenía el dinero necesario para pagar de su bolsillo una prótesis de rodilla. Así que tenía que ser amable. Afable. Persuasiva. Debía convencerlo para que pagara. La compañía de seguros de mi madre se había negado a financiar la prótesis porque aún podía caminar. Cuando había preguntado por las opciones que teníamos, me habían dicho que debíamos disponer de unos cincuenta mil dólares para poder pagar, además, la medicación y la fisioterapia que mi madre iba a necesitar después de la operación. Ni siquiera trabajando para Andrew Blake iba a conseguir esa cantidad de dinero a corto plazo. Mi madre sentía dolor a todas horas, por lo que no iba a poder conservar el trabajo durante mucho más tiempo sin pasar por una operación de rodilla.

Mi padre era la única persona que conocía con dinero suficiente para darme lo que necesitaba. Pero, antes de poder pedírselo, debíamos mantener algún tipo de relación.

Esa era la razón por la que estaba allí.

—Sí, hasta ahora lo estoy disfrutando mucho. ¿Y tú trabajas… trabajas…? —pregunté. Parecía más fácil hacer preguntas que responderlas.

—Sí, claro. Y suelo ir por Bloomsbury. Tal vez podríamos quedar para ir a almorzar, o incluso para tomar un café.

Parecía agradable. Afable. Con suerte, iba a ser fácil convencerlo de que abandonar a mi madre embarazada y sin dinero cuando tenía diecinueve años y no haber pagado nunca la manutención de su hija constituía una serie de actos que merecían una reparación.

Mi plan era convencerlo de que podía enmendar su error pagando la prótesis de mi madre, y en mis más alocados sueños también conseguía que accediera a pagar la factura de un seguro médico decente para ella a partir de ese momento. Al menos, hasta que ganara lo suficiente para pagárselo yo misma.

—Estaría bien.

¿Lo creía de verdad? ¿Cómo iba a evitar saltar por encima de la mesa hacia él para tratar de estrangularlo?

—¿Has estado ya en el Museo Británico? —preguntó—. Se encuentra en Bloomsbury, y allí hay una cafetería muy bonita a la que podríamos ir.

—Todavía no lo he visitado —dije, pensando cómo iba a poder salir de la oficina para ir a tomar un café sin que me despidieran.

—Bueno, podríamos probar allí. ¿O prefieres otro lugar?

—¿Qué tal si quedamos un sábado? El horario de mi trabajo es un poco… imprevisible.

—Sí —dijo, y parecía entusiasmado—. Puedes venir a casa si quieres. O tal vez no es una buena idea. No sé. Depende de ti.

Tragué saliva. Cuando decía «casa», supuse que se refería a su hogar. Su casa, donde vivía con su familia. Con la mujer con la que se había casado y con la que había tenido dos hijas. Todo ello mientras mi madre y yo luchábamos por pagar el alquiler. Pero tal vez que conociera a su esposa y a sus otras hijas podía ayudar. Tal vez podía empujarme, directa o indirectamente, a conseguir mi objetivo, que en la actualidad se reducía a «Tienes una deuda conmigo y con mi madre porque fuiste un completo idiota hace veintiocho años».

—Claro, estaría genial.

—Este sábado no puedo. ¿Qué te parece la semana que viene? ¿A las once y media?

—¿A las once y media? Por supuesto. —Al menos, ya habría pasado algo más de tiempo en mi nuevo trabajo. Con suerte, para entonces iba a poder contarle algo más sobre lo que hacía.

—Te enviaré la localización por mensaje.

—Perfecto.

Puse fin a la llamada, pero seguí mirando el teléfono. ¿Podía soportar almorzar con el hombre cuya ausencia había provocado que mi madre hubiera tenido que mantener tres trabajos? ¿El hombre que habría podido salvarme de una infancia en la que había tenido que tapar agujeros en el suelo para que no entraran las cucarachas?

—Vamos a necesitar más vino —comentó Natalie.

—O cincuenta mil dólares —respondí.

Se puso de pie.

—Iré a por vino.