Mister Knightsbridge - Louise Bay - E-Book

Mister Knightsbridge E-Book

Louise Bay

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Beschreibung

Dexter Daniels prefiere las joyas a las mujeres. Las esmeraldas a las novias. Los diamantes al matrimonio. Puede que sea el joyero con más éxito de su generación, un amigo leal y, según algunos, el hombre más guapo de Londres, pero su pasado le impide dejarse llevar por el amor. Sin embargo, cuando Hollie Lumen entra en el salón donde se exhibe una de las colecciones de joyas más hermosas del mundo, todo se detiene para él. A pesar de llevar un vestido sencillo y zapatos prestados, Hollie es incluso más impresionante que las propias gemas. Luchadora, divertida y muy independiente, Dexter solo tiene ojos para ella. Lo que ocurre es que ella no está allí para divertirse. Piensa que aquella beca que ha conseguido en Londres es su única oportunidad de escapar de sus responsabilidades en Oregón y de que sus sueños se hagan realidad. Pero cuando la despiden apenas unas semanas después de llegar, está dispuesta a rendirse y volver a casa. Hollie nunca pide ayuda: sabe que la única persona en la que puede confiar es en ella misma. Entonces, ¿qué va a decirle a aquel desconocido moreno, alto y guapo que sigue empeñado en rescatarla? O, quién sabe, a lo mejor es ella la que le rescata a él.

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Seitenzahl: 380

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: Mr. Knightsbridge

Primera edición: octubre de 2021

Copyright © 2020 by Louise Bay

© de la traducción: María José Losada Rey, 2021

© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-18491-54-2

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: LightField Studios/Alexey Fedorenko/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

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5

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Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

1

Dexter

Era el tipo de belleza que podría enviar a un hombre directamente al manicomio. Con solo verla se me erizó el vello de la nuca y tensé los dedos, desesperado por un simple roce.

Era exótica. Increíble. Y jodidamente cara.

—Es preciosa. Deberías estar muy orgulloso —dijo Gabriel, uno de mis mejores amigos, mientras estudiábamos la vitrina que ocupaba el punto central de uno de los salones de exposiciones del Dorchester.

—Sí, es verdaderamente increíble —respondí. Hacía mucho tiempo que no la veía, pero no se olvidaba una belleza así.

—Sabes que es una diadema y no una mujer, ¿verdad? —preguntó Tristan, otro del grupo de seis que éramos amigos desde la adolescencia.

—Es una tiara —lo corregí. Para Tristan, era algo que las mujeres llevaban en la cabeza. Para Gabriel, una colección de piedras bonitas. Pero, para mí, la tiara era belleza, la fuerza de la vida: era mi maldito legado.

—Claro —aseguró Tristan—. La hicieron tus padres, ¿no?

—Mi madre la diseñó. Mi padre la fabricó.

—¿Para la reina? —preguntó Tristan.

—Para la reina de Finlandia, que la lució el día de su boda. —De niño, cuando me dedicaba a montar los Lego debajo de las vitrinas del taller de joyería que poseían mis padres en Hatton Garden, me había sentido como si lo único que ellos hicieran fuera trabajar en ese diseño. Oír hablar de esa tiara había sido la banda sonora de mi infancia. Aunque sus vidas estuvieron dominadas por esa pieza durante solo un verano, esos meses los había consumido por completo. Al volver a ver la joya en ese momento, por primera vez desde su muerte, comprendía por qué les había drenado tanta energía. Era preciosa; poseía un diseño audaz y moderno, pero lo suficientemente clásico como para ser considerado digno de la realeza.

La pasión de mis padres por su trabajo se había filtrado hasta en el aire que yo respiraba, y había crecido en la envidiable posición de saber exactamente lo que iba a hacer con mi vida: seguir sus pasos y ser diseñador de joyas. Pero cuando mis padres murieron y mi hermano vendió el negocio sin pedirme mi opinión, mi deseo de ser joyero no había sido suficiente. Por ellos, por su memoria, quería ser el mejor del mundo en lo que hiciera. Quería que su apellido —el mío— fuera conocido internacionalmente por haber diseñado las muestras más bellas que existían. Era lo que se merecían.

—Todavía no entiendo por qué se celebra esto en Londres y no en Finlandia —intervino Tristan.

—La princesa se va a casar con un británico, por lo que están convocando un concurso para diseñar las joyas aquí. Además, están recaudando dinero para obras benéficas y las cuentas corrientes son más abultadas en Londres.

—Tiene sentido —anunció Gabriel.

Tristan se metió las manos en los bolsillos y asintió.

—Bueno, es un buen material.

Sonreí. Tristan podía ser despistado a veces, pero no se había inmutado cuando le había pedido que viniera esa noche. Aunque se sentía mucho más cómodo en vaqueros delante de un ordenador, se había puesto el esmoquin sin dudarlo, porque era tan leal como se podía desear en un amigo. Necesitaba beber algo; así que llamé la atención del camarero que pasaba con una bandeja de champán. Cuando se acercó, todos cogimos una copa.

—¿Por los diamantes? —sugirió Tristan a modo de brindis.

—Por tus padres —lo corrigió Gabriel. Había sido la figura paterna del grupo de amigos desde que teníamos diecisiete años, mucho antes de que fuera padre de verdad; era listo, calmado y siempre sabía lo que había que decir.

—Gracias, amigo —respondí, chocando su copa—. Por mis padres. Y porque voy a ganar esta maldita competición.

—Preveo que si lo hace, abrirá su primera tienda en Londres. Sería una forma brutal de aparecer en escena —comentó Tristan.

Aceptaba encargos de Londres, y el taller y el estudio de diseño estaban ubicados allí. Pero aún no había abierto ninguna showroom de Daniels & Co. en el Reino Unido. El buque insignia de mi empresa estaba en Nueva York, y además poseía locales en París, Roma, Pekín y Dubai. De hecho, acabábamos de abrir también en Beverly Hills y Singapur.

Pero en Londres no.

En mi ciudad, tenía mi propia burbuja muy controlada. Vivía y trabajaba allí, pero no me relacionaba con la industria local. Me traía demasiados recuerdos de la parte más sombría de mi vida: el taller de mis padres en Hatton Garden, que ya no existía. Y de la tienda, Sparkle, que solo había sobrevivido gracias a los diseños de mis padres. Y de David, mi hermano, el hombre que había desmantelado el legado de mis padres y le había proporcionado a Sparkle el suyo. Eran demasiadas cosas como para olvidarlas.

Me preguntaban continuamente si tenía pensado instalar otra franquicia en Londres, pero siempre esquivaba esas cuestiones y daba la callada por respuesta. No iba a haber una tienda de Daniels & Co. en Londres. Yo quería avanzar, no mirar atrás. No era necesario desenterrar el pasado cuando podía permanecer enterrado, sin alterarme la vida.

—Y por los compañeros de citas —dijo Tristan—. Estoy disfrutando mucho yendo de tu brazo. Siempre y cuando no intentes besarme al final de la noche.

—Si pasara eso, tendrías mucha suerte —respondí.

—Ya tuve mucha suerte aquel fin de semana en Praga, ¿recuerdas? No quiero que vuelvas a acercar las manos a mí —me recordó Tristan.

—Calla —respondí, concentrándome solo a medias en Tristan porque clavé la mirada en una mujer que llevaba un vestido blanco; le caían por la espalda unos mechones de pelo color melaza y llevaba una copa de champán junto con un anticuado bloc de notas. Sin embargo, no estaba concentrada ni en la bebida ni en el cuaderno cuando pasó a nuestro lado y casi derramó el champán sobre la chaqueta de marca de Gabriel—. Fue hace quince años y yo estaba dormido —me defendí mientras pasaba la mujer. La seguí con la vista mientras iba hacia una de las vitrinas; su rostro se iluminó con una enorme sonrisa al ver unos pendientes que mis padres habían fabricado a juego con la tiara. Encantado con la idea de que alguien más disfrutara de los diseños de mis padres, volví a concentrarme en el largo debate que mantenía con Tristan.

Él puso los ojos en blanco y asintió.

—Eso dices. Pero, dormido o despierto, trataste de acurrucarte a mi lado.

Gabriel era hombre de pocas palabras, pero Tristan tenía suficientes para los dos. Era un milagro que los tres, además de Beck, Andrew y Joshua, hubiéramos conseguido seguir siendo amigos durante tantos años. De hecho, nos considerábamos más hermanos que amigos.

—Los seis deberíamos volver a Praga —apuntó Gabriel.

—En efecto, ahora que todos podemos pagarnos una buena habitación individual, y no tendría que compartirla con este tío —intervino Tristan señalándome con la cabeza—. Lo organizaré.

Tomarme unos días de descanso con mis mejores amigos me parecía una magnífica idea, pero no podía perder el tiempo hasta que ganara el concurso. Tenía mucho trabajo que hacer en los próximos meses. No bastaría con elaborar los diseños para la colección nupcial de la princesa de Finlandia, nos diferenciarían también la calidad y la rareza de las piedras, además del corte y el engaste. Estaba en contacto con los mejores proveedores de piedras del sector, e iba a necesitar lo mejor de lo mejor. Faltaba mucho tiempo para que disfrutara de unas vacaciones en Praga o en cualquier otro lugar.

—Podemos hacer un viaje de celebración cuando Dexter haya ganado el concurso —dijo Gabriel, adivinando una vez más mis pensamientos.

Tristan se encogió de hombros.

—Si queréis… Sigo sin entender por qué tienes que presentarte a esta estúpida competición. No necesitas más trabajo. Ni dinero. ¿O sí lo necesitas?

Tristan tenía razón. No necesitaba el dinero ni el trabajo.

Pero teníaque ganar.

En parte por mi reputación —sería una prueba más de que era el mejor en lo que hacía—, pero sobre todo por mis padres. Ganar la competición una generación después era lo que ellos habrían querido, una prueba de que me habían transmitido su pasión en los genes, de que yo estaba portando la antorcha por ellos.

—No te preocupes, no estoy a punto de llamar a ninguna puerta para pedir limosna —me reí.

—Me alegro de oírlo. Pero, oye, si quieres deshacerte de tu DB5 a precio de ganga, estaría encantado de pagarte en efectivo.

—Búscate tu propio Aston Martin y deja de intentar quedarte con el mío —respondí. Me volví hacia Gabriel—. Si alguna vez me encuentras muerto en circunstancias sospechosas, indícale a la policía el móvil que tiene este tío —bromeé, señalando a Tristan—. Sin duda lo encontrarán con las llaves de mi coche en el bolsillo.

Tristan se encogió de hombros como si fuera una suposición exacta. Me había pedido prestado el coche demasiadas veces como para poder contarlas. No necesitaba decirlo ni recrearme en ello.

—Sabíais que estamos apiñados aquí como las brujas de Macbeth, ¿verdad? Deberíais mezclaros con la gente —dijo Gabriel.

Probablemente tenía razón. Estaba allí para demostrar a la industria que, en contra de la creencia popular, no me consideraba demasiado bueno para ellos. Busqué en la sala un lugar seguro donde moverme, y tanto mejor si se trataba de un pequeño grupo de gente que no me bombardeara al instante con historias sobre mis padres. Y, por supuesto, no sentía ningún deseo de encontrarme con ningún miembro de Sparkle. Un llamativo rastro de copas de champán vacías me llevó hasta la mujer del vestido blanco, que estaba de pie frente a los pendientes que mis padres habían diseñado para la boda de la reina.

—Vale. No tardaré en volver —aclaré, yendo en dirección a los pendientes. La mujer de blanco parecía ser la única persona de la sala que se concentraba más en las joyas que en socializar y, en mi opinión, eso significaba que era alguien a quien valía la pena conocer.

Al pasar por delante de la entrada, me llamó la atención la lista clavada en un caballete con los nombres de los asistentes. A Primrose, mi mejor diseñadora, le encantaría ver quién había acudido allí esa noche. Saqué el móvil e hice una foto antes de recorrer con el dedo la lista en orden alfabético para encontrar mi nombre. Me aparté bruscamente, como si el tablero me hubiera transmitido una descarga eléctrica. Esperaba ver mi nombre allí, pero había dos «Daniels» en la lista.

David estaba invitado también.

Mi hermano, el hombre que había intentado destruir el legado de mis padres. La persona con la que juraba no tener nada que ver. El hermano al que odiaba.

Un rápido ramalazo de calor me recorrió de pies a cabeza y me giré con rapidez para observar la sala. No podía estar allí, ¿verdad? ¿Lo reconocería después de quince años? A los treinta y siete años quizá habría perdido el pelo, como papá. O…

—¡Dexter Daniels! —Un amistoso desconocido de unos cincuenta años me sujetó por el codo y pegó la palma de su mano contra la mía, estrechándomela de forma tan vigorosa que arrancó mis pensamientos de manera muy efectiva del agujero negro en el que estaban dando vueltas—. Cielos, me haces sentir un anciano —comentó el hombre—. Si Joyce McLean no me hubiera dicho que eras tú, jamás me lo habría creído. —Me sonrió como si debiera reconocerlo, pero estaba seguro de que no lo había visto en mi vida—. La última vez que te vi, tenías una botella de vinagre en la mano y pañuelos de papel en la otra; estabas limpiando las vitrinas de cristal de la joyería de tus padres.

Solté el aire despacio mientras imaginaba que me rodeaba un escudo invisible para impedir que sus palabras me inundaran, que llegaran a los lugares que había pasado tanto tiempo protegiendo. Esa era la razón por la que Tristan y Gabriel estaban ahí esa noche. Estaba claro que a Tristan le gustaban la bebida gratis y la oportunidad de socializar en un salón lleno de mujeres, pero tanto él como Gabriel habían acudido porque les había pedido que fueran mis apoyos.

—Eran buena gente —respondí. Por eso había evitado situaciones como esa durante tanto tiempo. Sabía lo buenos que habían sido mis padres. No necesitaba que los desconocidos me lo recordaran, que hurgaran en la herida que seguía abierta por su ausencia.

—Además, tenían mucho talento. Y eran muy amables. Fue hace mucho tiempo, pero la industria aún siente su muerte.

—Tiene razón —dije—. Fue una enorme pérdida personal, pero que desaparecieran su talento y su trabajo significó una debacle para la joyería en general. —La respuesta ensayada surgió de forma automática; no era la primera vez en la noche.

Por lo general, ese breve y cortés intercambio terminaría con un apretón de manos, pero el hombre, fuera quien fuera, no parecía tener intención de irse a ninguna parte.

—¿Sabes qué es lo que más extraño de ellos? —me preguntó—. La risa peculiar de tu padre.

Sonreí, y fue una sonrisa de verdad, no la mueca forzada que había esbozado toda la noche. Mi padre había sido un hombre serio en el trabajo, pero no con su familia. Nuestra casa estaba llena de cosquillas y risas.

—Tu madre siempre podía provocársela —continuó el hombre.

Asentí con tristeza, recordando cómo le contaba chistes en la tienda, intentando que se animara.

—Eran un buen equipo.

—Ella decía que aquel rostro severo que se gastaba hacía que pareciera que estaba poseído por su padre, tu abuelo.

Lo había olvidado. Él me perseguía por la tienda haciendo ruidos que me daban miedo, pero al final la expresión severa de mi padre siempre daba paso a algo más tierno, más familiar.

—Sabes que todas las grandes firmas, como Bulgari o Harry Winston, iban detrás de tu madre y hacían cola para ofrecerle puestos como diseñadora. Podría haber firmado con quien quisiera, pero ella solo quería trabajar con tu padre.

Intenté que no se me notara la sorpresa. Nunca había oído mencionar a mi madre que le hubieran ofrecido otros trabajos. Supuse que no le había dado importancia. Las únicas personas que le importaban era mi padre, y sus hijos, por supuesto.

—Mi madre tenía mucho talento.

Había temido asistir esa noche. No quería notar dolor ni tristeza en las voces de la gente cuando hablaban de mis padres ni que me recordaran constantemente lo mucho que se había perdido. Pero oír hablar de ellos desde la perspectiva de esa persona era gratificante, y reavivar recuerdos entrañables me estaba resultando profundamente reconfortante. Me había alejado de mi pasado para evitar que me hiciera daño, y como consecuencia había olvidado algunos de los recuerdos que eran importantes.

—Cierto. Y, por lo que he visto, de tal palo, tal astilla. He seguido tu carrera.

Todavía no sabía quién era ese hombre, pero parecía conocerme bastante bien.

—¿Puede darme su tarjeta? —pregunté. Tal vez tendría ocasión de hacer negocios con ese hombre en el futuro.

—Por supuesto —repuso, abriendo la cartera—. No te has dejado ver mucho por Londres.

—No, señor —respondí—. Mi lugar está allí donde están mis clientes. —Era mentira, pero resultaba creíble.

—Sí, me ha sorprendido mucho que tu hermano no se dedicara a la industria —comentó él mientras me tendía su tarjeta.

El calor que se me había acumulado en las entrañas ante sus palabras sobre mis padres se convirtió en hielo cuando mencionó a mi hermano. El recordatorio de que David estaba allí esa noche, disfrutando sin duda del champán en la mesa Sparkle, vació de aire la estancia. Necesitaba espacio. Necesitaba respirar la bondad que mis padres podían llevar a esa sala, no la traición que había cometido mi hermano.

—¿Podría disculparme? —dije al tiempo que estrechaba la mano del hombre una vez más—. Acabo de ver a alguien con quien debo hablar. —La chica del pelo color melaza se hallaba en la esquina, mirando una de mis piezas favoritas.

2

Hollie

Miré por encima del hombro para comprobar que pasaba desapercibida en el salón lleno de hombres con esmoquin y mujeres con vestidos que costaban más que la caravana en la que había vivido en Oregón. Solo había visto escenas como esa en las películas, pero allí estaba yo, convertida en una de las invitadas.

No pertenecía a ese lugar.

Mis nuevos compañeros habían desaparecido en cuanto entramos en la inmensa sala y, dada la cantidad de gente que había esa noche, estaba segura de que no los volvería a ver. Y eso estaba bien. El autobús que nos llevaría de nuevo a la oficina partía a las once, lo que significaba que tenía poco tiempo para estudiar las increíbles joyas expuestas.

Un camarero alto me plantó una bandeja llena de copas delante de las narices, como si el que me ofrecieran champán gratis fuera algo completamente normal. Sin embargo, nunca había probado aquel líquido espumoso y estaba decidida a mantener la cabeza despejada, pero si mi hermana, Autumn, estuviera conmigo, me diría que no debería perdérmelo. Acepté una copa y me acerqué a uno de los expositores donde se podían admirar las joyas de la familia real finlandesa. Estaba allí para trabajar. Para aprender. Para invertir en mi futuro. Esas prácticas, que durarían tres meses, eran la única oportunidad que tendría para escapar de la vida que habían llevado mis padres, una existencia en un parque de caravanas que no estaba dispuesta a perpetuar.

—Guau… —comenté en voz alta al llegar a la primera de las vitrinas repartidas por la sala. Observé la tiara con dos hileras de piedras preciosas, sin poder creer que estuviera delante de mí.

La había visto en internet. La reina de Finlandia la había llevado el día de su boda, sin embargo, estudiarla de cerca y en persona era una experiencia totalmente diferente. Resultaba casi abrumadora porque había muchos detalles que admirar. La capa inferior era una hilera de enormes diamantes solitarios, cada uno tan grande como mi nudillo. El diseño de la parte superior se había hecho con una ristra de colorines que alternaban rubíes y diamantes. Desde la distancia, solo se veían las piedras más grandes, pero, al acercarse, se podía observar la cadena superior en la que habían sido engarzadas piedras aún más pequeñas. Me pareció tan insólito aquel patrón que quise sacar el cuaderno de dibujo y empezar a trazar bocetos. Siempre llevaba uno, así como un lápiz, en el bolso, pero nadie estaba dibujando nada y no quería llamar la atención esa noche. Ya destacaba tal y como era. Si no agachara la cabeza, estaba segura de que me detendría cualquier policía de paisano que patrullara por allí esa noche. Llevaba un vestido blanco con forma de trapecio, barato y una talla mayor de lo que debería, que me había prestado mi hermana. Había cosido una línea de lentejuelas negras alrededor del cuello con la esperanza de hacerlo pasar por un traje de cóctel. Incluso había cogido prestados los zapatos de Autumn, que me quedaban muy pequeños; de hecho, tenía ampollas recientes para demostrarlo.

Sin embargo, esas heridas eran un pequeño precio que pagar por estar en esa sala. Estaba trabajando de becaria de una de las joyerías que tenían posibilidades de ganar el concurso. Solo la suerte que había tenido era suficiente como para amortiguar cualquier dolor que me hubiera mortificado en otro momento.

La idea de formar parte del equipo que podría diseñar las joyas de la princesa de Finlandia el día de su boda solo era la guinda del pastel. Me habría conformado sin más con tres meses de experiencia en una de las joyerías de más éxito de Londres. Suponía el empujón que necesitaba para conseguir un trabajo en Nueva York en una de las grandes joyerías del mundo. Había enviado más de una docena de solicitudes de trabajo y el mensaje que había recibido como respuesta había sido alto y claro: sin experiencia, no había trabajo. Pero una carta de recomendación de Charles Ledwin, director general de Sparkle, me abriría todas las puertas que se me habían cerrado anteriormente. Era mi billete para abandonar aquella vida sin salida en Oregón.

Eché un vistazo a las vitrinas repartidas por toda la sala antes de fijarme en los fornidos agentes de seguridad que flanqueaban cada salida. Había mucho dinero expuesto esa noche en forma de joyas. En las vitrinas se veía mucho talento. Me parecía intimidante y completamente estimulante al mismo tiempo. Me sentía como si estuviera adquiriendo conocimientos en un concurso de preguntas y respuestas. Tendría tres meses para aprender lo máximo posible, luego sonaría el timbre y mi destino quedaría sellado. Con suerte, habría hecho lo suficiente, visto lo suficiente y aprendido lo suficiente como para cambiar mi futuro.

¿Por qué no había cola para ver esa tiara? Era tan bonita que quería proclamarlo a voces para que la gente acudiera a verla. Me dije que así la tenía toda para mí. Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me prestaba atención —algo que, por supuesto, no ocurría— antes de dejar la copa de champán en una mesa cercana; luego saqué mi cuaderno y garabateé algunas ideas.

La siguiente vitrina contenía una peineta de plata con incrustaciones de diamantes en pavé. Otro camarero alto rondaba a mi lado con una bandeja de champán. Mi subconsciente me dijo que debía de haber dejado la copa en el expositor de la tiara. Ni siquiera había llegado a probarlo. ¿Podría coger otra? Miré al camarero, pero no me hizo caso alguno, así que cogí otra copa y me volví hacia el expositor.

La peineta debía de ser victoriana, dada la fecha escrita en una tarjeta colocada discretamente al lado, pero el diseño era tan sencillo que parecía mucho más moderno. Si hubiera ido a la escuela de arte o a alguna universidad, quizá reconocería el estilo del joyero. Había investigado mucho durante los últimos años, pero apenas tenía tiempo para hacer y vender las pocas piezas que podía permitirme, y menos todavía para estudiar la historia del diseño de joyas. Los diseños que se me ocurrían habían empezado como garabatos en los ratos de descanso en la fábrica. En algún momento había adquirido un kit de soldadura en eBay, y cuando dibujé algo que me gustó demasiado como para dejarlo solo en el papel, ahorré para comprar plata e hice mi primera pieza. Cuando me colgué del cuello mi primer colgante, una hoja de roble en plata, noté que algo se apoderaba de mí. Por primera vez en mi vida, tenía un objetivo que se centraba en mí, no en asegurarme de que mis padres pagaran el alquiler de la caravana o de llegar a tiempo para abonar los plazos de la matrícula de mi hermana. Era mi sueño, y era solo mío. La joyería era lo mío.

Anoté algunos datos y esbocé un par de ideas. Sabía que Sparkle no tendría en cuenta ninguno de mis diseños para el concurso, pero quería aprender a representar mis ideas con el software especializado de la empresa.

Aquel espacio estaba lleno de inspiración, y yo quería absorber la máxima posible mientras tuviera oportunidad. Me había perdido muchas cosas por no haber podido asistir a la universidad, pero estaba decidida a sacarle todo el partido posible a mi estancia en Londres, a exprimir hasta la última gota de la experiencia.

Cuando acabé, me moví entre los canapés y las copas de cristal para llegar al siguiente expositor, y luego fui al siguiente y a otro más. No me sorprendería saber que el cielo era así.

Mientras rodeaba un expositor que contenía tres brazaletes, escuché que un grupo de gente situado a mi izquierda cuchicheaba sobre Dexter Daniels. La participación de Daniels en el concurso había sido todo un acontecimiento. Era prácticamente un recluso, tan famoso por no tener una franquicia en Londres como por haber obtenido un éxito increíble a pesar de su juventud. Era uno de los favoritos para el premio y, según había oído, también muy guapo.

Como era de suponer, había heredado los genes de la familia: sus padres habían diseñado la tiara que yo había estado admirando. Mientras tanto, la mía se dedicaba a esquivar a los caseros y a no pagar el alquiler. Proceder de una familia que había dejado su huella en la historia diseñando joyas para la realeza debía de ser… Dexter era… ¿Sabría lo afortunado que era al haber crecido rodeado de todo eso? No me parecía extraño que tuviera tanto éxito.

Mientras seguía haciendo bocetos en el cuaderno, una chica al otro lado de la vitrina le dio un codazo a su amiga.

—Está allí, junto a la barra. El alto. Es él. Dexter Daniels.

Levanté la vista y seguí la dirección que indicaba el dedo de la mujer justo cuando un hombre al otro lado de la sala se volvía en nuestra dirección. Su ceño fruncido y su expresión de sufrimiento me sorprendieron. ¿Qué había hecho que alguien se sintiera tan mal en una noche como esa, en un lugar lleno de cosas hermosas? Se pellizcó el puente de la nariz; parecía obvio que la exasperación que suponía tener tanto éxito era algo que no podía soportar.

Era el hombre más guapo de la sala.

Quizá de todo Londres.

Su pelo espeso, ondulado y casi negro tenía la longitud perfecta: lo suficientemente largo como para hundir los dedos en él, pero no tanto como para recogerlo en una coleta o, peor aún, en un moño. Parecía ser el único hombre de la sala que no llevaba corbata con el traje, y la camisa abierta dejaba a la vista una V bronceada de piel en la base del cuello. Destacaba, pero no porque viviera en un parque de caravanas o llevara zapatos prestados que le quedaran pequeños. Tampoco por su altura, ni por la confianza que parecía irradiar, ni porque su mandíbula estuviera ensombrecida por una barba incipiente. Lo hacía porque, en lugar de parecer que estaba entre colegas, parecía un cliente de los joyeros de la sala. Parecía el tipo de hombre que podría gastar un par de millones de libras en un collar para su esposa y elegir algo para su novia al mismo tiempo. Alguien se acercó a saludarlo y el sufrimiento desapareció de su rostro, sustituido por una amplia sonrisa. Era una sonrisa de esas que se esbozan cuando alguien cierra un trato, que hacen que alguien se sienta como la persona más especial de la sala y, sin duda, capaz de hacer que a cualquier mujer se le cayeran las bragas al suelo

Salvo las mías. Las mías se mantenían en su sitio. Volví a mirar los brazaletes y continué dibujando.

Terminé con los apuntes y miré la sala para ver si había pasado por alto alguna vitrina. En la esquina más alejada había una urna más pequeña que habría jurado que no estaba allí antes. No sabía cómo podía habérmela saltado. Miré el reloj: aún faltaban unos minutos para que llegara el autobús.

Cuando llegué allí me quedé paralizada y casi se me cayó el bloc de notas. En el interior de la pequeña vitrina estaba expuesto el anillo más hermoso que hubiera visto nunca. Mucho más sencillo que la mayoría de las piezas exhibidas esa noche, ostentaba una gran esmeralda flanqueada por diamantes de corte baguette. Mientras que la mayoría de las joyas expuestas poseían diseños originales montados con una ingeniería brillante, ese anillo no mostraba ni lo uno ni lo otro. Era un diseño clásico con un engaste sencillo, pero era, sin más, magnífico. Parecía un anillo de compromiso. Aunque enorme. Acerqué la mano para hacerme una idea del tamaño. El contraste era casi alarmante: mis manos ásperas, sometidas a una manicura casera, y ese anillo elegante, regio y perfectamente pulido. Una semana antes, había estado en mi casa, en el parque de caravanas Sunshine, vendiendo un par de collares al mes a través de la página de ventas online Etsy. En ese momento me encontraba al otro lado del mundo, rodeada de gente guapa y de joyas preciosas, comenzando unas prácticas de tres meses para uno de los mejores joyeros del mundo. Aunque unas manos como las mías nunca se verían agraciadas por una joya tan fina, podría utilizarlas para hacer algo igual de hermoso.

3

Hollie

Tenía que irme ya de la fiesta para llegar al autobús a tiempo, pero quería disfrutar de unos momentos robados más con ese anillo. Volví a meter el cuaderno y el bolígrafo en el bolso y rodeé de nuevo la vitrina. ¿Cuándo volvería a tener la oportunidad de ver joyas como esa, con ese tipo de historia, que demostraran tanto talento y creatividad?

Por fin entendía El señor de los anillos. Podía llegar a creerme aquella historia con respecto a los magos y los hobbits, pero nunca me había calado la idea de que una mística banda de oro pudiera inspirar tal riesgo para la vida y la integridad física. Sin embargo, al ver esa esmeralda, entendía por completo que podía valer la pena un viaje a Mordor. No había mucho que no haría para ponerme ese anillo en el dedo. Una vez más, sostuve la mano junto a él. La piedra era grande, pero eso formaba parte de su encanto. No se veía nada más cuando la joya estaba en la línea de visión. Mi manicura tosca y el vestido usado que llevaba pasarían desapercibidos con esa gema en la mano. Incluso podría encajar con los demás invitados de la noche. Todo lo que necesitaría sería un anillo así.

—Te queda bien —dijo un hombre a mis espaldas. Su voz ronca me hizo sentir un escalofrío involuntario, como si alguien hubiera pasado un dedo por la piel desnuda de mi espalda.

Giré la cabeza y me encontré con el guapísimo Dexter Daniels, que me sonreía mientras sus ojos brillaban divertidos. Si ya me parecía guapo mirándolo desde el otro lado de la sala, estar cara a cara con él no me decepcionó. Era ancho, por lo que ocupaba todo el espacio frente a mí, y tan alto que tuve que alzar la cara para mirarlo a los ojos. Estaba muy cerca, como si ya estuviéramos compartiendo secretos, y de su traje a medida se desprendía un leve aroma a madera. Le caía sobre la frente un rizo de brillante pelo negro, y no pude evitar preguntarme qué pasaría si se lo pusiera en su sitio.

Me di la vuelta, sin saber si sería capaz de formar una frase coherente mientras lo miraba.

—Lamentablemente, está fuera de mi alcance —comenté, apoyando la mano en la vitrina.

—No estoy seguro de que esté en venta —respondió—. Pero si lo estuviera, debería ser tuyo.

—Claro —acepté—. También me merezco un castillo en Escocia, pero tampoco lo tengo anotado en la lista de la compra semanal.

Levanté la vista hacia él, esperando una respuesta, pero en lugar de ello se limitó a sostenerme la mirada.

—Tus ojos tienen el tono de verde más hermoso y los puntitos de azul más gloriosos que haya visto nunca —dijo cuando volvió a hablar después de un silencio demasiado largo—, son como motitas de queso azul en una esmeralda de Zambia.

Quise reírme de aquella locura de piropo que relacionaba una piedra preciosa con el queso, pero antes de que me diera tiempo a curvar las comisuras de la boca, dio un paso atrás y sus mejillas se pusieron rojas como si sintiera vergüenza por lo que había dicho. Como si hubiera sido un lapsus.

—Dios, lo siento, parece que me estoy insinuando. —Se pellizcó el puente de la nariz, y al instante subí la mano para retirar la suya.

—No lo sientas. El queso es tan valioso como las esmeraldas; a mí me encanta. Me llamo Hollie.

Se rio.

—Dexter Daniels, y te juro que no suelo ser tan cursi. Algunos incluso me han acusado de ser demasiado pragmático. —Entornó los párpados—. Pero tus ojos son realmente extraordinarios.

—Sí, tan extraordinarios como motitas de queso azul en una esmeralda de Zambia. Me lo dicen siempre, signifique lo que signifique.

—Espera. ¿No has visto nunca una esmeralda de Zambia? —preguntó, sacando el móvil del bolsillo—. ¿No perteneces al negocio de las piedras preciosas?

Me encogí de hombros.

—Solo soy becaria.

—Todos tenemos que empezar en algún momento.

—Estoy de acuerdo —dije—. Este es solo el primer paso. —Se me ocurrió que las ventas online a través de Etsy habían sido en realidad el primer paso, y en muchos sentidos, solo que no tenía tiempo ni dinero suficientes para hacer las piezas necesarias para obtener beneficios. La tienda online era un pasatiempo, pero era lo que me había dado esperanzas, lo que me había hecho creer que había una vida para mí más allá del parque de caravanas cuando Autumn se graduara.

Dexter me enseñó la pantalla de su móvil, donde aparecía una esmeralda enorme.

—No es tan bonita como esa —afirmé devolviéndole el teléfono mientras le señalaba el anillo que aguardaba en la vitrina.

—Ni como tus ojos —respondió.

Con una cara tan bonita y un cuerpo tan sexy, seguro que las mujeres se lanzaban sobre él a diestro y siniestro. ¿Por qué estaba allí, hablándome de mis ojos? Sí, era guapo, pero yo no necesitaba que un macizo me alejara de mis objetivos. Tenía que concentrarme en las prácticas. No estaba en Londres para tener un romance de vacaciones.

—Lo siento, quesito —dijo en tono burlón—. Aparte de ese anillo que hace juego con tus ojos, ¿has visto algo más que te guste?

—¿Crees que algo no me gusta? Soy de un pueblo cualquiera de Oregón. Me encanta todo. ¿Y a ti? —pregunté.

—La tiara. —Se pasó los dedos por el pelo como si de repente se sintiera incómodo.

—Es muy bonita —respondí—. El diseño de la capa superior es alucinante.

Asintió, pero no dio más detalles. Era como si su estado de ánimo hubiera cambiado. Tal vez estaba pensando en la tiara, y en lo difícil que sería diseñar y fabricar algo tan impresionante.

—Esa tiara pone el listón muy alto en la competición —dije.

—He nacido para enfrentarme a ese desafío —respondió. Su humor volvió a cambiar y sonrió de oreja a oreja—. Mis padres son los creadores de esa tiara.

—Eso he oído. Entonces, ¿ganar este concurso es tu… destino?

—Más bien es mi responsabilidad.

No era eso lo que esperaba que dijera. Empezaba a darme cuenta de que debajo de aquel nivel de sensualidad casi ofensivo y su actitud relajada, Dexter Daniels tenía profundidades ocultas. Y cuanto más tiempo pasaba allí, respirando el mismo aire que él, más quería conocerlo.

—Es una forma interesante de verlo —respondí—. Está escrito en las estrellas —dije mientras echaba un vistazo al reloj de Dexter—. Se suponía que debían recogerme aquí delante hace quince minutos.

—Déjame acompañarte a la salida —me pidió, poniendo la mano en la base de mi columna vertebral, lo que hizo que me estremeciera de nuevo mientras me guiaba hacia el exterior.

Recé para que el autobús me hubiera esperado. No me sobraba dinero para andar gastándomelo en un taxi y aún no sabía cómo funcionaba el metro.

—¿Quién tiene la suerte de llevarte a casa? —se interesó Dexter—. Dios, todo lo que te digo suena verdaderamente ñoño. ¿Qué me pasa contigo?

Me reí.

—¿Crees que es por mi culpa? ¿Que soy una persona que hace pensar en el queso? Sin duda es el mejor cumplido de la historia —comenté cuando llegábamos a la entrada del hotel. Estiré el cuello, pero no vi el autobús en el punto de recogida convenido. ¿Me habrían dejado plantada sin más? ¿No eran los británicos demasiado educados como para hacer algo así?—. Tenía que reunirme con mis compañeros aquí. —Me habían dejado tirada. No dispondría de un teléfono con operador del Reino Unido hasta el día siguiente, y el cacharro plegable del año de la polka que usaba en Estados Unidos no disponía de roaming internacional, por lo que lo había dejado en la habitación que tenía alquilada. De todos modos, no había intercambiado el número con mis nuevos compañeros de trabajo de Sparkle. ¿De qué les iba a servir el número de teléfono de la becaria?

Tenía que encontrar la forma de volver a casa, pero antes debía despedirme de Dexter. Ya me había distraído demasiado, y me había hecho perder el autobús. Solo Dios sabía lo que pasaría si dejaba que aquello siguiera un minuto más.

Le tendí la mano.

—Ha sido un placer conocerte, Dexter Daniels. —Sonrió mientras me la agarraba—. Si me indicas la dirección del metro, me pondré en marcha. Estos ojos zambianos necesitan un sueño reparador.

—Por favor —dijo cuando un coche se detuvo frente a nosotros y se abrió la puerta trasera—. Yo te llevaré. ¿A dónde vas? —Me hizo un gesto para que entrara.

—¿Este coche es tuyo? —pregunté—. Mi madre me ha advertido siempre que no me suba a los coches de los desconocidos. —Por supuesto, era una mentira. Ese era el tipo de cosas de las que me advertía a mi hermana; mi madre me habría alentado a ello si eso significaba que me ahorraría el billete de autobús.

—Pero ahora somos amigos, ¿no? —insistió—. No somos extraños.

En silencio, sopesé las opciones que tenía. Podía subirme al coche del hombre más guapo de Europa, que, o bien me llevaría sana y salva a casa, o bien me cortaría en pedacitos y me daría de comer a su perro. Por otro lado, podía vagar por las calles durante toda la noche y acabar encontrándome con un asesino de todos modos. Parecía que las probabilidades de llegar a casa o ser asesinada con un hacha estaban igualadas.

—¿Me prometes que no eres un asesino en serie?

—Palabra de boy scout —dijo, levantando tres dedos.

La forma en que sus ojos brillaban mientras lo decía sugería que Dexter estaba tan lejos de ser un boy scout como era posible. Pero yo me encontraba perdida en una gran ciudad, y cualquier decisión que tomara sería arriesgada.

Me apoyé en la mano que me ofrecía para a subir al coche.

—Buenas noches, señora —dijo el conductor cuando se cerró la puerta.

Probablemente pensaba que Dexter me iba a llevar a casa. Lo cual era cierto, pero no en plan de sexo salvaje. No, señor. No andaba buscando distracciones.

—¿A dónde vamos? —preguntó Dexter mientras se acomodaba a mi lado.

Me eché hacia delante para darle al conductor la dirección y Dexter se rio a mi espalda.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada —replicó como si acabara de descubrir un secreto sobre mí que yo no sabía que hubiera revelado.

—¿Quieres que te diga a ti mi dirección para que tú se la digas al conductor? ¿Tienes problemas de control que necesites discutir con un psiquiatra? —bromeé, sonriendo. Esperaba que fuera la clase de hombre capaz de aceptar una broma—. Te sorprendería saber que en Estados Unidos las mujeres aprenden a dar su dirección sin ayuda masculina.

—Sin duda al otro lado del charco existe un mundo totalmente diferente —dijo, sin poder contener una sonrisa con la respuesta.

Después de decirle al chófer mi dirección, me instalé en el lujoso asiento de cuero.

—¿Cuánto tiempo llevas en Londres? —preguntó.

Conté con los dedos.

—Seis días. Bueno, seis y medio, si cuentas la diferencia horaria. Llegué el sábado pasado por la mañana.

—¡Oh, vaya! No es mucho tiempo. ¿Es la primera vez que visitas Inglaterra?

—Sí. Ni siquiera tenía pasaporte antes de venir. —No pensaba decirle también que no había salido de Oregón hasta hacía una semana. Era un hombre sofisticado y, dado el éxito que había alcanzado, sin duda viajaba a todas partes. Apostaba algo a que no había conocido a nadie que no hubiera salido de su estado, y mucho menos que viviera en una caravana.

—¿Y qué te parece? —preguntó.

—Casi todo es increíble, aunque algunos tipos son un poco cursis.

Asintió, apretando los labios hasta que formaron una fina línea.

—Tan cursi como una fondue, me temo.

—Para serte sincera, nunca he probado la fondue —respondí—. Pero supongo que será algo increíble. Creo que los próximos tres meses van a traerme muchas primicias. Espero que haya una fondue en alguna parte. —Ya había tenido más experiencias de primeras veces de las que había imaginado. Esa misma noche había vivido más de las que podía contar con las dos manos. Era la primera vez que pisaba un salón de un hotel elegante. La primera vez que bebía champán. La primera vez que veía de cerca joyas preciosas valoradas en millones de dólares.

La primera vez que me llevaba a casa un apuesto desconocido que, además, resultaba ser uno de los diseñadores de joyas con más éxito del mundo.

—Bueno, me encantaría asegurarme de que así sea. Me parece justo, teniendo en cuenta que fueron mis cursilerías las que evitaron que te reunieras con tus compañeros esta noche. Debería compensarte por ello.

No había nada que compensar. Pero eso él ya lo sabía.

—¿Como una cita? —pregunté.

—Una cita con quesito —respondió.

Había empezado a llover, y seguí con el dedo una de las gotas de lluvia que se deslizaban por el otro lado de la ventanilla para no traicionar cómo sonreía por dentro ante su invitación.

Para la mayoría de las mujeres, sería una invitación demasiado buena para dejarla pasar, pero ese tipo ya me había distraído lo suficiente.

—No sé si será una buena idea.

—Me gusta hablar de quesos contigo —confesó, mirándome como si estuviera desprendiéndome el vestido de los hombros—. Quiero llevarte a cenar.

No me invitaban a salir a menudo. Y cuando lo hacían, rara vez quería decir que sí. Una fondue con Dexter sonaba muy bien, pero estaría mal. Me parecía que al aceptar estaría siendo indulgente y estúpida. Ya estaba en Londres haciendo las prácticas de mis sueños. Era suficiente diversión, ¿no?

En Oregón me había acostumbrado a asegurarme de que tenía suficiente dinero para pagar el alquiler de la caravana que compartía con Autumn y la de mis padres, junto con los plazos de la matrícula de la universidad de mi hermana, la gasolina y la comida. El queso a la parrilla era un alimento básico, y nos alimentábamos con él además de con cualquier cosa creativa que pudiéramos hacer con los productos que estuvieran en oferta esa semana. Me pasaba gran parte de mi vida preocupada, sumando la columna de gastos y asegurándome de que no era mayor que la de ingresos. Londres debería ser suficiente sin salir a cenar, y punto. Ni siquiera quería calcular el coste kármico de pasar más tiempo con Dexter Daniels.

Giramos hacia mi calle, y mi corazón se aceleró. No quería decir que no, pero no sabía cómo decir que sí.

—¿Puedo pensármelo? —pregunté.

Se rio.

—Si eso es lo que quieres… Dame tu número.

—Lo cierto es que será mejor que me des tu tarjeta. —No sabía cuál sería mi número en el Reino Unido, y no tenía sentido darle el que usaba en Estados Unidos; me daba miedo hasta encenderlo por acabar generando cargos demasiado elevados.

Sacó una tarjeta de visita del bolsillo interior de la chaqueta. Aunque nunca lo llamara, tendría un recuerdo de que me lo había pedido.

Nos detuvimos delante del edificio donde había alquilado la habitación, y, antes de que tuviera la oportunidad de desearle buenas noches, Dexter se había bajado, rodeado el vehículo y me estaba abriendo la puerta.

—Gracias —dije mientras me ayudaba a salir del coche—. Por el viaje, y por invitarme a tomar queso.

Se rio.

—Espero que me llames. —Se llevó mi mano a los labios y me dio un beso en los nudillos.

A pesar de que mi cerebro me decía que no marcaría nunca su número, otra parte de mí, la que creía que podía llegar a pasar cualquier cosa, esperaba que lo hiciera.

4

Dexter

Nunca había sido uno de esos hombres de negocios que se pasan la vida pegados al teléfono. Al igual que mi padre, creía que los negocios eran personales y que era mejor hacerlos cara a cara. Pero esa mañana debía de haber revisado el móvil mil veces.

—¿Estás esperando una llamada? —me preguntó Primrose mientras se sentaba enfrente de mí y sacaba la tablet.

—No. —Guardé el teléfono en el cajón superior del escritorio. Tal vez no tenerlo en la mano era una buena manera de empezar a ignorarlo—. ¿Cómo van los diseños? Ver ayer la tiara de la boda fue un recordatorio de lo mucho que debemos esforzarnos.

—Lamento haberme perdido la recepción. ¿Cómo fue?