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Mi novio se va a casar. Vale, técnicamente es mi exnovio, porque hace dos meses decidió que nos "diéramos un tiempo", pero yo seguía creyendo que íbamos a acabar juntos. En cualquier otra situación, saber que lo he perdido sería lo peor que me pudiera pasar, pero todo puede empeorar todavía más: la novia es mi mejor amiga… y me han invitado a la boda. No pienso asistir, y me da igual que vaya a celebrarse en un lugar precioso en Escocia. Nada ni nadie conseguirá hacerme cambiar de opinión. Ni siquiera cuando un extraño deliciosamente guapo insiste en que necesita ir conmigo de acompañante. Ni siquiera cuando me lanza esa sonrisa tan sexy y provocativa. Pero, claro, si luego va y me ofrece la oportunidad de mi vida, mi sueño hecho realidad, ¿cómo podría decirle que no? Solo le he puesto una condición: tiene que ser mi novio; es decir, tiene que fingir que es mi novio. Y estoy a punto de averiguar que fingir puede ser muy divertido…
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Seitenzahl: 420
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título original: Mr. Mayfair
Primera edición: agosto de 2021
Copyright © 2019 by Louise Bay
© de la traducción: María José Losada Rey, 2021
© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-46-7
BIC: FRD
Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Opolja/Willy Barton/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Beck
—Kevin Bacon es un capullo —dije mientras devolvía la pequeña pelota de goma negra con la raqueta.
Dexter se apartó a un lado al ver que la bola iba derecha a sus partes.
—¿Qué te ha hecho?
—Eso de los seis grados de separación es una gilipollez.
—¿Qué? —preguntó Dexter, jadeando. Le estaba dando una paliza, y sabía que eso tenía que herir su delicado ego. Sin duda, atribuiría su derrota a la lesión de esquí de la que todavía se quejaba. Desde mi punto de vista, cualquiera que se dedicara a esquiar se merecía todas las secuelas que sufriera: bajar a toda velocidad con unas planchas metálicas en los pies solo podía acabar de una manera.
—Ya sabes, esa idea de que todos los habitantes del planeta están a seis personas de distancia. Así que un amigo de un amigo de…
—No puedes culpar de eso a Kevin Bacon. No es que lo haya inventado él —protestó Dexter antes de sacar.
—De acuerdo, vale; si te vas a poner tiquismiquis, Frigyes Karinthy es una gran mierda.
—No sé si me estás insultando o estás hablando en ucraniano.
—Es húngaro —respondí, secándome la frente con la manga. Yo no medía el ejercicio por las calorías quemadas ni por el tiempo que pasaba en el gimnasio, sino por la cantidad de sudor. Alguien debería desarrollar una máquina para medir la transpiración; pagaría lo que costara. En lo que a mí respectaba, el esfuerzo era lo que siempre daba los mejores resultados—. Es el responsable de esa teoría de mierda. Lo busqué en Wikipedia.
—Joder —escupió mientras la pelota impactaba en la pared de yeso por debajo de la línea roja, lo que me dio la victoria que esperaba desde que pisamos la pista. Dexter solo perdía al squash cuando tenía problemas con los negocios, así que no iba a recrearme en mi victoria.
—Ya, lo entiendo. ¿Qué te ha pasado?
Me agaché para coger la bola que había salido fuera y que rodaba hacia mí.
—Esa teoría es errónea. He tocado a cada uno de mis contactos y no logro llegar a Henry Dawnay.
—¿Sigues intentando conseguir una reunión con ese viejo rico? —Dexter sonrió, como si mi fracaso en los negocios pudiera compensar su patética actuación en la pista de squash—. Puede que tengas que olvidarlo.
—Henry Dawnay no es solo un viejo rico. Es el viejo rico que se interpone entre nueve millones y medio de libras y yo. Y no voy a renunciar a esa cantidad de dinero. He probado con todos mis contactos y no he obtenido nada. Pensaba que alguno de vosotros tendría algún tipo de conexión con él. ¿De qué me sirve rodearme de amigos ricos que han alcanzado el éxito si no me ayudáis en mis propósitos?
—¿No te ayudamos? ¿Te refieres a tus cinco mejores amigos, los que atravesaríamos el fuego por ti?
Sabía que estaba bromeando con la misma seguridad con la que sabía que el United iba a ganar la liga. El hecho de que los chicos con los que había forjado una buena amistad de adolescentes fueran ricos y tuvieran éxito había sido simplemente una circunstancia del azar. Sus trabajos no eran lo importante; eran los mejores hombres que conocía además de mi propio padre. Y atravesaría el fuego por ellos igual que ellos lo harían por mí. Pero eso no significaba que no pudiera quejarme de la circunstancia de que ninguno hubiera sido capaz de conseguirme una cita con Henry Dawnay, aunque eso me hiciera parecer el imbécil malhumorado que Dexter siempre me acusaba de ser.
Puse los ojos en blanco y señalé los vestuarios con un gesto de cabeza. Necesitaba una ducha, y luego pensaría un plan.
—No necesito que nadie atraviese el fuego por mí: solo necesito que alguien me presente al hombre que posee la propiedad que se interpone entre diez millones de libras y yo.
—Acabas de decir que eran nueve y medio.
—¿Te he dicho ya que eres un coñazo?
—Un par de veces —afirmó Dexter, empujando la puerta del vestuario—. Mira, si no puedes lograr que te lo presente alguien que conoces, ¿por qué no lo localizas, te haces el encontradizo con él y te presentas tú mismo?
Le lancé una mirada de fingido agradecimiento ante aquel consejo paternalista.
—Ya lo he hecho. El mes pasado en el vestíbulo del Dorchester. Me estrechó la mano, y se esfumó sin pararse a preguntar mi nombre.
Dexter hizo una mueca, y con razón. Había sido humillante. Me había sentido como un niño de nueve años con ganas de conocer a Cristiano Ronaldo.
Abrí la puerta de mi taquilla y saqué el móvil para ver los mensajes. Había dos llamadas perdidas de Danielle. Mierda. Otra cosa más con la que tenía que lidiar.
—He logrado acceder a su agenda, así que…
—¿Cómo coño lo has conseguido?
—No preguntes. Es mejor que no sepas nada para no acabar en la cárcel. —Estaba seguro de que había infringido varias leyes británicas y un par de acuerdos internacionales al obtener esa información. Confiaba en que valiera la pena.
—Bueno, espero que Joshua y tú terminéis en la cárcel.
Ignoré aquella suposición de que otro de nuestros hermanos de armas, Joshua, estaba involucrado, porque era algo evidente: a Joshua le gustaba hackear agencias gubernamentales por diversión. Los demás jugábamos al squash.
—Estoy bien conectado; se podría decir que soy poderoso en los círculos inmobiliarios. Tengo dinero y recursos. Por el amor de Dios, si hasta conozco la marca de papel higiénico que utiliza ese tipo… Pero, al parecer, nada de eso es suficiente para obtener una reunión con él. —Pensé que la situación sería muy diferente si en mi partida de nacimiento figurara el nombre de mi padre biológico.
—Tienes que calmarte y buscar una solución.
—Qué buen consejo… —murmuré mientras revisaba mis correos. Uno era de Joshua, y en él me enviaba el itinerario y la agenda de Henry durante los dos próximos meses. Me desplomé en el banco del vestuario y abrí el archivo adjunto, esperando encontrar que por fin había organizado una comida o una reunión con alguien conocido.
Pero no. Nada. Aunque había una semana bloqueada. ¿Se iba de vacaciones?
—Este es el tipo al que quieres comprar ese edificio de Mayfair, ¿verdad?
—Sí. Soy el dueño de todas las demás propiedades de la manzana salvo de esa, la más deteriorada de todas, y no ha hecho nada con ella. Está desocupada, y es ideal para llevar a cabo un plan de recuperación conjunto; de hecho, es ideal para que sea yo el que se encargue de todo. —Era un edificio que me obsesionaba desde que tenía uso de razón.
—Mira, en el peor de los casos, puedes trabajar en los de alrededor…
Negué con la cabeza.
—Yo no trabajo alrededor de las cosas. Yo meto a las cosas una bola de demolición.
Había hecho números. No obtendría beneficios si no incluía el edificio de Henry, y no aceptaba sufrir pérdidas. Y, de todos modos, no se trataba solo del dinero.
Era el edificio en el que vivía mi madre cuando descubrió que estaba embarazada de mí.
Era el edificio del que desalojaron a mi madre en cuanto su novio —dueño del edificio y mi padre biológico— se enteró de que estaba embarazada.
Cuando él murió, lo había heredado un primo lejano, y desde que mi madre me contó toda la historia cuando yo era adolescente, me había obsesionado con comprar ese edificio. Tal vez pensaba que si lo poseía —aunque debería haberlo heredado—, se haría cierta justicia poética.
Entonces podría derribarlo y empezar de nuevo.
Reescribiría la historia.
Estudié el documento que Joshua me había enviado. ¿Por qué Henry tenía bloqueada una semana? Ese hombre no se tomaba vacaciones nunca. Estudié el horario con más atención; la única referencia en toda la semana era «m&k». Introduje las siglas en el buscador del teléfono. ¿Qué podía significar «m&k»? Mientras me desplazaba por los resultados, supe que una tienda de muebles en Wigan o un dj americano no podían ser relevantes. Henry no solo tenía dinero, sino que además poseía un título, era conde o algo así, aunque no parecía utilizarlo. Estaba bastante seguro de que no compraba en Wigan ni contrataba djs para entretenerse.
Cambié de pantalla y, justo cuando iba a llamar a Joshua para intentar obtener más información, apareció otro correo suyo con un archivo adjunto. Cuando lo abrí, lo primero en lo que me fijé fue en la fecha de la semana de m&k. Se trataba de una invitación de boda electrónica. Al parecer, Joshua había sentido tanta curiosidad como yo. ¿Una boda que duraba una semana entera? ¿Es que esa gente y sus allegados no tenían que trabajar? M de Matthew y K de Karen; los novios. Introduje sus nombres en Google. No los conocía ni el Tato, pero no era ninguna sorpresa. Parecían el tipo de personas que se habían criado en un campo de cróquet: Matthew era el típico tío que usaba americana deportiva y canotier. Yo no sabía en qué se diferenciaban los antiguos alumnos de Eton y los ricos herederos de la mayoría de los seres humanos normales, pero había algo en ellos que los distinguía. Debía de ser por el pelo alborotado o el aire de superioridad con el que se movían.
Una boda de la jet set sería la circunstancia perfecta para que pudiera acercarme a Henry. Se encontraría relajado y de buen humor por pasar tiempo con su gente.
Claro, que su gente no era mi gente…
Mi dinero era tan nuevo como un amanecer, y eso me dejaba fuera de la lista de invitados de esa boda; me dejaba en la calle, al final de la lista de llamadas telefónicas no devueltas y sin poder acercarme a Henry Dawnay.
—Hablando de bolas de demolición: ¿cómo te va con Danielle? ¿Has conseguido ya poner fin a esa relación? —preguntó Dexter, arrancándome de mi obsesión por Henry.
Levanté la vista el móvil.
—¿Qué? Bien. —No estaba seguro de que nada fuera bien. Nos habíamos enfadado otra vez. En la última conversación que habíamos mantenido una noche mientras cenábamos, ella había empezado a hablar de llevar la relación a un nivel más profundo. Pero a mí me gustaba lo superficial: cenar un par de veces a la semana y luego «una fiesta de pijama». No tenía tiempo para nada más. El resto de mi existencia lo dedicaba a trabajar, a pensar en el próximo negocio, a buscar nuevas oportunidades y a resolver los problemas actuales. En mi vida no quedaba hueco para nadie más que mis cinco amigos. Por mucho que eso me hiciera parecer idiota, las mujeres solo eran importantes en un sentido genérico; una sola mujer en particular no era importante. Así que durante los últimos meses había sido Danielle. Antes de ella fue Juliet, y a finales de verano sería otra. Pero debía devolver las llamadas a Danielle. Había estado ocupado, y todo ese asunto de Henry me estaba afectando demasiado.
—¿Cuándo fue la última vez que la llevaste a cenar? ¿O que mantuviste una conversación con ella fuera del dormitorio?
—Dios, ¿ahora eres psicólogo? —El sentimiento de culpabilidad me hacía sentir mal, y mantuve la mirada clavada en el teléfono. Había cancelado una cena el sábado otra vez; ella se había enfadado, así que le había dado algo de tiempo. Sin embargo, ya estábamos a jueves. Mierda. Debería haberla llamado ya. Y si se lo decía a Dexter, me diría que era idiota. No era que lo hubiera planeado así; solo me había centrado en todos los demás asuntos que me traía entre manos, y de alguna manera me había olvidado de Danielle. Cambié de pantalla y me puse a escuchar mi buzón de voz para comprobar su tono y ver si seguía de un humor de perros.
Borré al instante los tres mensajes en los que se limitaba a decir «Llámame» en tono seco. En el cuarto su mensaje era un «¿Dónde te has metido?». El quinto volvía a ser «Llámame», pero sonaba más tranquila, más relajada. Perfecto… Tal y como esperaba. Pero el sexto mensaje de voz me pilló desprevenido. O tal vez no. Tuve que escuchar sin decir palabra cómo me dejaba, en tono resignado y con palabras cortantes.
—¿Estás bien? —preguntó Dexter, estudiando mi expresión.
Apagué el aparato.
—Sí. Soy un egoísta, un adicto al trabajo. Y el exnovio de Danielle Fisher.
Por segunda vez esa mañana, recibí una merecida mueca reprobatoria de Dexter.
Me encogí de hombros, como si no pudiera evitarlo; como si no fuera del todo culpa mía.
—Debería haberla llamado antes.
Dexter asintió mientras se ponía una toalla alrededor de la cintura.
—Sí, deberías haberlo hecho. Claro, que, si fuera la mujer adecuada para ti, no te olvidarías de llamarla. Ni evitarías oír sus mensajes. Querrías hablar con ella.
—¿Y qué coño sabes tú de salir con la mujer adecuada?
—Algo sé… —se limitó a decir.
—Pero no es Stacey —dije, refiriéndome a la mujer con la que actualmente compartía la cama.
—No, no es Stacey. Que yo haya metido la pata con la mujer adecuada no significa que tú tengas que hacerlo también. Aprende de mis errores.
Puse los ojos en blanco y volví a abrir el correo electrónico de Joshua.
—La próxima vez que vea a Stacey, me aseguraré de mencionarle que solo es una interina en tu cama.
—No seas idiota.
—El que lo dice lo es… —respondí. Estaba siendo idiota. Danielle había sonado algo resignada, como si yo no hubiera estado a la altura de sus expectativas, y eso me había dolido. Era el tono que había utilizado mi tutora del instituto cuando le dije que no tenía intención de ir a la universidad. Sacaba buenas notas, pero no me interesaba seguir estudiando. No encajaba en ese mundo, quería empezar a ganar dinero. Dudaba mucho que mi tutora usara el mismo tono conmigo si me la encontrara en la actualidad. Esa mujer había pensado que era un vago, pero se trataba justo de lo contrario. La universidad estaba bien para gente como Henry, o para Matthew y Karen, fueran quienes fueran; yo tenía cosas mejores que hacer. Necesitaba ganar una fortuna cuanto antes.
Sin embargo, por muy rico que hubiera llegado a ser, seguía sin poder entrar en los círculos en los que se movía Henry Dawnay.
Bien, pues eso tenía que cambiar. Tenía que encontrar la manera de conseguir una invitación a la boda del año.
Beck
Recorrí con el dedo la lista de invitados por segunda vez. Debía de haber pasado algo por alto. A alguien.
—La he comprobado tres veces, señor —dijo mi asistente, Roy, desde el otro lado del escritorio—. Incluso he buscado entre los contactos de sus contactos.
Para cuando salí de la ducha y volví a mi despacho, Joshua me había enviado ya la lista de invitados a la boda a la que iba a asistir Henry, y yo estaba decidido a encontrar la manera de colarme en ella. El padre del novio era muy conocido en la City, y era socio de uno de los bancos de inversión más antiguos de Londres. Conocía a aquel tipo de hombre: era de los que odiaba que los clubes londinenses se vieran obligados a dejar entrar a las mujeres y añoraba los días en que nadie iba a la oficina después de comer. Debería estar agradecido: eran esos hombres los que dejaban carne en el hueso para que llegara yo y la engullera. El padre de la novia, por su parte, era un terrateniente, así que no hacía muchas cosas, salvo conducir un Land Rover con ropa de tweed.
Deseaba conocer a alguien que fuera a asistir… Entonces podría conseguir que se acercara a Henry en la boda y le hablara bien de mí, que le explicara que era un hombre que cumplía su palabra y que se podía confiar en mí; tal vez incluso podría llegar a mencionarle que tenía una propuesta de negocios para él. Aunque habría de tener cuidado con quién lo hiciera; por mucho que Dexter y yo nos provocáramos mutuamente, si él asistía a esa boda, Henry pensaría que yo era el puto amo cuando Dexter hubiera terminado de hablar de mí; cualquiera de nosotros seis haría lo mismo por los demás. Éramos hermanos en todo menos en el apellido. Pero ¿realmente podría confiar en alguien más? No estaba seguro de que fuera prudente hablar de algo tan importante con alguien que no perteneciera a nuestro círculo. Lo mejor sería que yo mismo asistiera a la boda como invitado. Entonces podría cautivar a Henry, y estaba seguro de que lo convencería de que firmara en la línea de puntos.
—¿Estás seguro de que no conozco a nadie? —Podía ser que no hubiera ido a los colegios apropiados o que no me hubiera movido en los círculos adecuados, pero hacía años que había alcanzado el éxito. Ganaba más dinero que la mayoría de los habitantes de Londres juntos, y trataba con abogados y gente de negocios cada hora del día todos los días. Sin embargo, no conocía a ni una sola persona que estuviera invitada a esa boda de trescientos cincuenta asistentes.
—Tan seguro como se puede estar. He cruzado referencias entre sus contactos y su página de LinkedIn. Y he comprobado también la lista de felicitaciones de Navidad de los cinco últimos años para ver si se me había pasado alguien.
Tampoco era tan sorprendente. Podía ser que todos fuéramos británicos y viviéramos en la misma ciudad, pero yo seguía moviéndome en un planeta diferente al de esa gente.
—Supongo que no habrá ninguna mujer soltera en la lista. —Debía de haber alguien que fuera sin acompañante. Yo estaba soltero. Así que podría hacerme el encontradizo con alguna de esas mujeres, seducirla y ser su acompañante para bodas y bar mitzvás. No, ese era un mal plan. Tenía que estar seguro de que iba a asistir a esa boda, no iba a dejarlo en manos del azar. Quería algún tipo de garantía, contrato o algo así.
—Los invitados que asistirán solos aparecen al final de la lista —comentó Roy. Pasé la página y encontré un nombre masculino y tres femeninos.
—¿Tienes sus edades? —Y fotografías.
—No, señor. Pero puedo averiguarlas.
Necesitaba saber exactamente quiénes eran esas tres personas.
«Candice Gould
Suzie Dougherty
Stella London».
Tres solteras; y una de ellas sería mi manera de asistir a la boda. Siendo invitadas al enlace de m&k, poseían algo que yo necesitaba más que el oxígeno. Era posible que no fuera capaz de conseguir convertirme en su acompañante seduciéndolas, pero todo el mundo tenía un precio. Y yo contaba con medios considerables a mi disposición. Solo tenía que averiguar qué querían y luego hacer una oferta: ser su acompañante a cambio de un poni, de una semana en yate o lo que fuera que la gente que no trabajaba quisiera obtener de la vida. Solo tenía que localizarlas y hacerles una oferta que no pudieran rechazar.
Una de esas mujeres era la llave del edificio Dawnay.
Stella
«De algo hay que vivir», dice el dicho. Pero para mí ese dicho significaba otras doce horas en aquel asqueroso despacho con la jefa más asquerosa que jamás hubiera existido. Colocar a gente a la que no conocía en puestos de trabajos que no querían era lo peor de lo peor. Solo llevaba dos meses trabajando allí, pero jamás me iba a acostumbrar a lo que se hacía en Recursos Humanos.
Sonó mi móvil encima del escritorio, a mi lado, y miré por encima del hombro hacia el despacho vacío de mi jefa. Ella odiaba que la gente recibiera llamadas personales en la jornada laboral. Si respirar te restara tiempo para trabajar, también lo tendría prohibido.
Se trababa de Florence, y mi amiga nunca me llamaba al trabajo. Corrí un riesgo calculado y deslicé el dedo por la pantalla para aceptar la llamada.
—Hola —susurré.
—¿Estás delante del ordenador? —preguntó.
—Por supuesto que sí. Estoy encadenada a él, ¿qué…?
—Estoy a cinco minutos de ahí. Hagas lo que hagas, por favor, no mires los correos. Coge el abrigo y reúnete conmigo abajo.
Florence debía de estar loca. Mi vida consistía en revisar correos.
—Estoy mirando la bandeja de entrada ahora mismo, Florence.
—Me refiero a los correos personales. Prométemelo. Cierra sesión y reúnete conmigo abajo, o entraré en el despacho y te sacaré de ahí a rastras.
—Acaban de dar las seis, ¡no puedo irme sin más! ¿Qué te pasa? —Parecía importante—. ¿Gordy y tú estáis bien? —Su novio y ella eran la pareja perfecta. Si había problemas en el paraíso, podía ocurrir cualquier cosa.
—Acabo de llegar a Monmouth Street. ¿Tienes ya la chaqueta puesta?
¡Oh, Dios! No había dicho si estaban bien o no. Florence me necesitaba. Y eso hacía que me enfrentara incluso a la ira de mi jefa.
—Ya voy —dije, encajando el teléfono entre el hombro y la barbilla mientras apagaba el ordenador.
Cogí la chaqueta del respaldo de la silla y fui hacia la salida. Ignoré la mirada que echó la asistente de mi jefa al reloj al verme salir.
Vi a Florence nada más salir del ascensor. Estaba enfrente de mí, al otro lado de las puertas de cristal del edificio, con los hombros hundidos, la frente arrugada y la cara tan pálida como un cadáver. Estaba claro que había ocurrido algo catastrófico.
Iba a matar a Gordy.
—Lo siento mucho, Florence —la consolé, y abrí los brazos para estrecharla contra mí.
Me abrazó tan fuerte que me costó respirar. Debía de sentirse devastada. Todas pensábamos que Gordy era de los buenos.
—Quería ser yo quien te lo contara —dijo Florence mientras se soltaba y se agarraba a mi hombro.
—Por supuesto. Estoy aquí para lo que necesites —respondí, cogiéndole la mano—. Incluso te ayudaré a enterrar el cuerpo si quieres.
Frunció el ceño como si estuviera sorprendida por mi oferta, pero ¿por qué? No había nada que no hiciera por Florence. Por cualquiera de mis dos mejores amigas.
Cruzamos la calle y encontramos mesa en la terraza del bar situado justo enfrente de las oficinas de la empresa en Monmouth Street. Uno de los pocos aspectos positivos de mi trabajo era que estaba situado en el West End, una zona llena de bares y restaurantes.
—Vamos a necesitar vino —aseguré.
Lo que íbamos a necesitar era una pala para enterrar a Gordy. Si no lo mataba ella, lo iba a hacer yo.
Pedimos una botella de vino y tomamos asiento.
—¿Lo has visto? —preguntó Florence—. Pareces muy tranquila.
—¿A qué te refieres? —Saqué el teléfono—. Ah, sí… Me has dicho que había algo que no debía ver en mi correo personal.
—¿No lo has visto? —insistió Florence.
—¿El qué?
Me quitó el teléfono y me sujetó las manos.
—¿Qué cuerpo me ibas a ayudar a enterrar? —dijo despacio.
—El de Gordy, por supuesto. Dime lo que ha hecho.
Negó con la cabeza.
—No es Gordy. Es Matt.
Se me revolvió el estómago como si estuviera en una montaña rusa y no en una silla, y me quedé petrificada. Si Florence había venido corriendo desde donde trabajaba en la City a las seis de la tarde de un miércoles, no podían ser por darme buenas noticias. ¿Había tenido un accidente? ¿Había muerto su padre?
—Se va a casar —dijo, apretándome las manos.
Me aparté de ella mientras trataba de entender lo que decía.
—¿Cómo que se va a casar? Solo llevamos separados dos meses. —No me gustaba decir que nos habíamos separado porque no era una descripción exacta de lo que había pasado. No estábamos juntos por el momento, pero era algo temporal. Se había asustado porque todos nuestros amigos se estaban casando y la gente no paraba de preguntarnos si íbamos a ser los siguientes. Estaba haciendo lo que hacen los hombres justo antes de hacer una proposición, cuando tienen la crisis existencial. Solo había que fijarse en el príncipe Guillermo y Kate Middleton. Se habían tomado un descanso de tres meses antes de que Guillermo le propusiera matrimonio a Kate.
—Lo siento mucho, Stella.
Florence me miró con los ojos llenos de lágrimas, y el corazón empezó a acelerárseme en el pecho. Estaba muy seria.
—¿Qué quieres decir? ¿Con quién? ¿Cómo lo sabes?
—Le mandaron la invitación a Gordy al despacho. Y luego enviaron la programación del evento por correo electrónico. Da igual…
Intenté tragar saliva, pero tenía la garganta demasiado cerrada. Cogí el vaso de vino que Florence me estaba sirviendo a toda prisa.
—No lo entiendo. Debe de haber algún error. —¿Cómo iba a casarse Matt? No me había propuesto matrimonio, y llevábamos siete años saliendo. Habíamos estado viviendo juntos durante seis. No era posible. Florence debía de estar equivocada.
Mi amiga negó con la cabeza.
—La cosa es todavía peor. Realmente no sé cómo decir esto, pero se va a casar con Karen.
Me estremecí mientras todo mi cuerpo se quedaba rígido.
No podía hablar.
No podía respirar.
No podía pensar.
Florence deslizó un tarjetón blanco hacia mí.
Pasé la yema del dedo por la escritura en relieve mientras mi estómago se seguía revolviendo de una forma lenta e implacable, como si estuviera mezclando hormigón allí dentro. Era la invitación que yo habría elegido para mi propia boda: un grueso tarjetón blanco con un fino borde dorado y una elegante tipografía negra. Simple. Clásica. Elegante.
Al parecer, robarme al amor de mi vida no era suficiente. Mi mejor amiga también tenía que tener el mismo gusto que yo con respecto a invitaciones de boda.
—¿Karen y Matt? —Busqué en el rostro de Florence, en busca de respuestas—. ¿Mi Matt? ¿Mi Karen?
Florence inclinó la cabeza hacia un lado.
—Y, por alguna razón, te han invitado. No tenía ni idea de que estuvieran saliendo. Y tampoco Gordy.
¿Me habían enviado una invitación? Supuse que yo era el denominador común entre ellos.
—¿Cuánto tiempo llevan…? —¿Era esa la verdadera razón por la que Matt me había dejado? Si echaba la vista atrás, sus excusas cuando me dejó parecían muy pobres: «No estoy seguro de que estemos destinados a estar juntos para siempre». «No queremos las mismas cosas de la vida».
Y yo solo había supuesto que se había puesto nervioso al acercarse el momento de las bodas y los hijos.
Al parecer, estaba equivocada.
—Karen jura que es desde que os separasteis, pero…
—¿Has hablado con ella? —Si lo pensaba detenidamente, no había tenido una conversación con Karen ni nos habíamos puesto al día en persona desde… Bueno, no podía recordar desde cuándo no nos veíamos. Nos enviábamos mensajes a todas horas, casi todos los días. Pero hacía semanas que no la veía ni hablaba con ella.
—La he llamado en cuanto Gordy me ha dicho que había recibido la invitación. Se la han entregado en el despacho, lo cual resulta raro. Como si no fueras a enterarte…
Solo podía asimilar la mitad de las palabras que Florence estaba diciendo.
—¿Qué ha dicho?
—Solo que… —Florence hizo una pausa y cogió aire— que Matt y ella se han dado cuenta de que sienten algo el uno por el otro y que la cosa va en serio, y no ha añadido nada más. En cuanto te he mencionado, se ha inventado una pobre excusa sobre otra llamada y ha colgado.
Así que mi novio se iba a casar… Mi exnovio… Tanto monta, monta tanto. El hombre con el que había compartido cama desde hacía siete años hasta hacía dos meses se casaba. Solo eso lo habría considerado lo peor que me podría haber pasado. Pero ¿por qué tenía que hacerlo con mi mejor amiga?
¿Por qué?
—¿Está embarazada?
Florence se reclinó de nuevo en la silla.
—¿Crees que es por eso?
¿Por qué había ocurrido todo eso?
¿Por qué se casaba Matt con otra persona cuando se suponía que se iba a casar conmigo?
¿Por qué se iba a casar mi mejor amiga y no me lo había dicho?
¿Por qué se casaban?
—No estoy segura de que una explicación sea realmente la respuesta —dije—. Pero si se hubieran acostado y ella se hubiera quedado embarazada, podría ser una razón lógica para una boda rápida. —Desde luego, era fácil de entender que mi mejor amiga sintiera algo por mi novio, pero eso daba lugar a muchas preguntas: ¿cuánto tiempo llevaban sintiendo algo el uno por el otro? ¿Matt siempre había deseado a Karen cuando estaba conmigo? ¿Habían tenido una aventura? ¿Desde hacía unos meses? ¿Desde hacía años? ¿Desde el principio de nuestra relación?
—No entiendo por qué no me lo han dicho —razoné—. Como si no me fuera a enterar… Además me han invitado y todo.
—No tengo una respuesta a eso, salvo que Karen es una cabrona.
Tendría que servirme de consuelo… de momento.
—Supongo que por eso me ha invitado. Para anunciarme la noticia. Porque es demasiado cobarde y traidora para decirme a la cara que me ha robado el novio.
—¿Crees que ya tenían una aventura mientras vivíais juntos?
—Esa es la primera de la lista de preguntas que pretendo hacerles. —¿Había pasado por alto alguna señal? Desde que nos mudamos a Londres, Matt había trabajado muchos días hasta tarde. Pero nos habíamos mudado desde Manchester porque le habían ofrecido el trabajo de su vida. Por supuesto que iba a dedicarse en cuerpo y alma a él.
¿Cuándo habría tenido tiempo para una aventura?
Estábamos en la etapa en la que yo compraba los calzoncillos de Matt y él me recordaba que no había llamado a mi hermano desde hacía tres semanas.
Éramos un equipo.
Estábamos enamorados.
Íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos.
O eso pensaba…
Debería estar llorando, pero por alguna razón no era así. Tal vez no creía que fuera cierto. Tal vez la efervescencia de la ira que empezaba a sentir había secado las lágrimas antes de que surgieran.
Karen había formado parte de mi vida desde el día en que las dos empezamos a ir al colegio. Siempre me había sentido un poco desastrada a su lado, incluso entonces… A los cinco años los calcetines blancos no se le bajaban de las rodillas, no se le quedaban arrugados en los tobillos como a mí. A los trece años ni tuvo acné ni quería esconderse, y a los veinte nunca se le había visto ni un solo grumo de rímel o un delineador de ojos corrido.
Karen conocía a Matt desde antes de que fuéramos pareja. Como era una de mis mejores amigas, había venido a visitarme a Manchester durante el primer trimestre en la universidad, y allí había hecho girarse y babear a todos los chicos y había intercambiado consejos de maquillaje con todas mis compañeras de residencia. Sin embargo, le había costado encajar en Exeter, lo que no tenía sentido para mí. Todas mis amigas la adoraban.
Cuando Matt me pidió que fuera su pareja en el baile de fin de curso, me había dicho que sacaba lo mejor de él y que le gustaban mis tetas; me había encantado que Karen ya lo conociera para poder ayudarme a analizar en profundidad cada parte de nuestra relación.
Siete años después, Karen conocía a Matt casi tan bien como yo.
—Quizá deberías ir a la iglesia y, cuando llegue la parte de si alguien tiene algo que decir para impedir la boda, podrías levantarte y hacer esa pregunta —sugirió Florence—. Pero, obviamente, no vas a ir.
—Por supuesto que no voy a ir —respondí. A pesar de la invitación, yo era casi con toda seguridad la última persona que Karen querría ver en su boda. Ver a mi exnovio, el hombre con el que creía que iba a pasar el resto de mi vida, casándose con mi ex mejor amiga no era la primera tarea en la lista de pendientes del verano.
—¿Tú vas a ir? —Quería a Florence como a una hermana, y si Karen era capaz de acostarse con mi novio, ¿qué no le haría a Florence?
—Por supuesto que no —respondió.
—Pero Gordy querrá ir, y no querrá asistir sin ti. Si hubiera pasado más tiempo y yo estuviera casada o al menos hubiera conocido a alguien y estuviera saliendo con él, iría. —De hecho, me encantaría ver la cara de Karen cuando recibiera la confirmación de mi asistencia.
—Luego está lo de la programación del evento que enviaron por correo electrónico —dijo Florence.
Fruncí el ceño. Había estado tan concentrada en el tarjetón blanco que se parecía tanto a la que yo habría elegido que me había olvidado de que había llegado más información por correo.
—La celebración consiste en una semana en Escocia.
Me desplomé en la silla, agradeciendo que la chaqueta me cubriera la piel de gallina que me notaba en los brazos.
—¿En el castillo del tío de Matt? —pregunté.
Florence asintió, y el sordo revoltijo del estómago se me aceleró como el motor de un coche en ralentí que pusieran en marcha.
—Allí es donde siempre ha dicho que quería casarse. —Habíamos estado visitando la zona el verano anterior. Había sido increíble. Incluso mágico.
—Es un capullo integral —aseguró Florence.
Matt Gordon estaba viviendo con otra persona la vida que él y yo habíamos planeado.
Stella
Me quedé mirando la copa de vino que Florence me había puesto delante. Mi amiga había encontrado una excusa para pasar por mi despacho todos los días desde que me había contado lo de Matt y Karen, lo que significaba que no estaba bebiendo sola.
Volvíamos a estar en el mismo bar, con otra copa de vino.
Durante las tres últimas semanas me había sentido como si estuviera atrapada en una niebla en la que no podía ver nada, ni pensar en otra cosa que no fueran Karen y Matt. Era la niebla de la traición.
Había estado yendo a la oficina, pero no recordaba haber hecho otra cosa que entrar por la mañana y salir por la tarde. Todavía no había obtenido respuestas a ninguna de las interminables preguntas que me hacía.
—Deberíais ir vosotros dos; así luego me podéis informar de lo horrible que fue y de lo insípido que os pareció el vestido —dije. Pobre Florence. Sin duda estaba aburrida de mis interminables soliloquios sobre lo que había pasado. Yo quería superar el bache, pensar en otra cosa. Pero estaba atrapada en esa horrible tierra de nadie en la que me torturaba imaginando mil escenas diferentes en las que Matt y Karen eran los protagonistas.
Los recreaba viéndose a mis espaldas.
Riéndose de lo estúpida que había sido por no darme cuenta de que era a ella a quien amaba y no a mí.
Inclinados sobre un calendario tratando de encontrar el sábado perfecto para casarse.
Preparando la lista de bodas.
Eligiendo las invitaciones a la boda.
Besándose.
Follando.
Agarré la copa de vino y la vacié de un trago, esperando que eso me embotara la imaginación.
—Tal vez deberías contratar a un gigoló profesional para que te acompañe, como en esa película —sugirió Florence—. La que protagonizó la actriz de Will & Grace.
—¿El día de la boda?
Asintió con entusiasmo.
—En serio. Debe de haber alguna agencia en Londres para eso. Incluso podrías fingir que estás comprometida con él. De ese modo, podrías chafar el gran día de Karen y dejarla en evidencia. Primero por robarte el novio y después por invitarte.
—¿Qué había en ese vino? —pregunté. Florence era contable y siempre soñaba con realidades alternativas y más emocionantes para ella—. Sabes que yo no podría hacer eso.
—Pues deberías. No puedo entender que Karen te haya robado el novio y no quieras que se avergüence por ello. Tienes que empezar a pensar en ti misma en primer lugar. Estás demasiado centrada en los demás; tienes que anteponer tus necesidades por delante de todo.
—Estoy bastante segura de que Dermot Mulroney no estará disponible, y esa película no tuvo en cuenta las redes sociales. La gente se pondría a buscar quién es mi novio. Averiguarían que cobra por horas, y yo quedaría como una completa idiota. Así que lo cierto es que sí estoy pensando en mí.
—Sí, tal vez. Debería ser un hombre de negocios, un actor de Hollywood o…
—En ese caso, al menos sabría cómo llevar un traje —comenté.
—Hablando de eso… —soltó Florence, mirando por encima de mi hombro.
Me giré y vi en qué se había fijado Florence. O, más exactamente, en quién. No era su tipo habitual. Era alto, sí, pero Florence solía decantarse por los rubios, y este hombre, que tenía el pelo espeso y oscuro, la piel aceitunada y la mandíbula cuadrada, era más bien mi tipo. Al menos en teoría. En la práctica… Bueno, Matt no había sido bajito exactamente, pero sí éramos de la misma altura cuando me ponía tacones. A mí al menos me parecía guapo, aunque no fuera el tipo de hombre en el que te fijas por la calle.
Pero ese tío no era un hombre al que se pudiera ignorar.
Me pilló mirándolo y sonrió. Le devolví la sonrisa de forma automática, aunque me giré hacia Florence en el momento en el que el hombre pasó por delante de nuestra mesa y subió los escalones de piedra flanqueados por laureles para llegar a la barra.
—Tienes que buscarte a alguien así y llevarlo a la boda —me tentó Florence.
—Los hombres así o están casados o son gais. Y si por algún milagro no es ninguna de las dos cosas, entonces se trata de un psicópata. —Los hombres no eran mi especialidad. No me fiaba de mí misma. Si me había equivocado con el hombre con el que había compartido la cama durante los siete últimos años, entonces sin duda podía equivocarme en muchas otras cosas, y sobre todo en lo que estuviera relacionado con el cincuenta por ciento de la raza humana que tenía pene.
—Señoras… —Un camarero se acercó a nuestra mesa con una cubitera y dos copas de champán.
—No hemos pedido esto —protesté, mirando la botella de Dom Pérignon y deseando haberlo pedido.
—Es de parte del caballero de la barra —respondió, señalando con la cabeza hacia el bar.
Al girarme, clavé los ojos en el desconocido de pelo oscuro que me había arrancado de mi ensimismamiento durante unos segundos.
—No podemos aceptarla —dije mientras el camarero servía el champán en las copas. Me inquietaba que mi sonrisa hubiera surgido con tanta facilidad. Si era capaz de provocarme una sonrisa cuando estaba de aquel estado de ánimo, sin duda no era de fiar.
—Claro que sí —me corrigió Florence, levantando la copa llena en dirección al desconocido.
Puse los ojos en blanco y tomé un sorbo, decidida a no volver a mirarlo.
—Entonces, ¿crees que debería ignorar la invitación o confirmar mi asistencia?
—Creo que deberías confirmar tu asistencia con una carta bomba o no decir nada —respondió Florence.
—Estaría bien que tuviera una razón de peso para rechazarla, aparte de la obvia —dije.
—Pues no respondas. O invéntate una razón. Di que estás en las Maldivas por trabajo.
—Ya, como si alguien se fuera a creer que me he ido a las Maldivas por trabajo… Trabajo en Recursos Humanos, no soy una top model. —El único viaje que había hecho desde que había empezado a trabajar hacía dos meses había sido a la sede central en Wiltshire, y no pensaba que una excursión de un día a Swindon fuera a poner celoso a nadie.
—Supongo. Pero al menos puedes presumir de tu ascenso.
—Repito, ser jefa de Recursos Humanos en una consultoría de contratación no va a llamar la atención de nadie. —Me había sentido orgullosa de haber ascendido tan rápido, pero ese puesto de trabajo no había llenado mi corazón ni había satisfecho mi alma. Solo contribuía a pagar la hipoteca.
—¿Te has olvidado por completo del tema del diseño de interiores?
La pregunta de Florence debería haber tenido una respuesta fácil. Cuando Matt se había tenido que trasladar a Londres, yo estaba centrada en levantar mi estudio, pero solo me daba para cubrir gastos, y no me quedaba otra que pagar las facturas, así que me había tenido que armar de sensatez y aceptar el primer trabajo que apareció. Todavía no estaba convencida de que hubiera hecho lo correcto, pero me había aferrado al piso que había compartido con Matt, insistiendo en quedarme en él, así que me lo cedió, con hipoteca y todo. En el fondo, había estado segura de que volvería conmigo, que regresaría al nido.
—Mi trabajo me proporciona unos ingresos estables muy necesarios para pagar la hipoteca.
—No puedo creer que hayas renunciado a tu vocación y te hayas mudado a Londres por él, y que luego te haya dejado y te haya hecho esto.
—No me mudé a Londres por él. —Eso me hacía parecer débil, y quizá Matt me había engañado y traicionado, pero me negaba a convertirme en una víctima.
—Todavía vivirías en Manchester si no le hubiera surgido a él ese trabajo.
—Lo sé, pero éramos una pareja, un equipo, y era el trabajo de su vida. —Mi estudio de diseño de interiores iba creciendo poco a poco. Había empezado a tener contratos, y cada trabajo que conseguía me llevaba a otro. La oferta de trabajo de Matt había sido su sueño, y una oportunidad única en la vida—. Era el hombre con el que iba a pasar el resto de mi existencia. Quería que tuviera el trabajo que siempre había querido.
—Así que lo pusiste a él antes que a ti misma, como haces siempre.
—Elegí nuestra relación, elegí el sueño de un futuro juntos. Pensaba que podría crear un estudio de diseño de interiores en Londres. —Y los primeros meses me los había pasado instalándome y creando contactos, pero cuando Matt me dejó, no tenía clientes todavía, y sí una hipoteca que pagar. Así que había hecho lo único racional y lógico: presentarme a todas las ofertas de empleo de lo que pude encontrar, estuvieran o no relacionadas con el diseño de interiores.
—Pero odias ese trabajo. Siempre has dicho que era algo temporal y que te dedicarías a ello mientras creabas una lista de clientes.
—Sí, pero luego llegó la cruda realidad. —El trabajo me robaba muchas horas. Desde que había empezado el primer día, sentía que mi vida no me pertenecía. Mi jefa parecía pensar que yo era suya. El último miércoles me había llamado a las diez y media de la noche, cuando yo estaba en la cama con el iPad, viendo Las escalofriantes aventuras de Sabrina con la esperanza de aprender un hechizo que me permitiera dar un giro a mi vida. Ella ni siquiera había mencionado la hora, como si fuera totalmente razonable llamar a las diez y media para preguntar si habían ido bien las entrevistas para uno de nuestros grandes clientes—. La única manera de que pudiera volver a dedicarme al diseño de interiores sería que consiguiera un solo cliente que me mantuviera ocupada durante, digamos, unos seis meses. Así tendría unos ingresos garantizados y contaría con una cartera actualizada que me llevaría a conseguir más proyectos.
—¿No puedes conseguir trabajo en una empresa de diseño de interiores? Al menos harías lo que te gusta.
—Sencillamente no hay demanda, y, cuando aparecen, el sueldo es terriblemente bajo, porque ese mundo está plagado de jovencitos que viven de sus fondos fiduciarios. No necesitan dinero.
—Perdón. —Una grave voz masculina hizo que me estremeciera de pies a cabeza y que se me pusiera la piel de gallina.
Levanté la vista hacia el sol y me encontré con que el hombre trajeado que nos había invitado a champán estaba de pie junto a la mesa. Una sonrisa se apoderó de mis labios como si apartara de un codazo a mi cerebro, mandándolo a pastar.
—Mmm…, gracias por el champán —murmuré.
—No he podido evitar fijarme en ti al pasar, y he querido llamar tu atención.
Por supuesto, no le mencioné que eso ya lo había conseguido solo con pasar por allí.
—Ha sido algo muy bienvenido, después de un día de mierda —repuse.
Sonrió, y durante una fracción de segundo fue como si nos hubiera envuelto un muro de tres metros que bloqueara al resto del mundo y nos dejara solos, mirándonos.
—Siento que hayas tenido tan mal día, pero me alegro de haber podido mejorarlo —dijo, sonriendo de tal manera que apreté las rodillas. Esos hombros anchos…, el calor que me burbujeaba bajo la piel cuando hablaba…, unos labios tan voluptuosos que habría querido dibujar su contorno con la lengua…, todo llevaba a lo mismo: ese tipo estaba cañón de los pies a la cabeza.
—Por favor, siéntate con nosotras —le invitó Florence, lo que hizo que quisiera matarla. Ella sabía que había jurado celibato eterno. No necesitaba tener delante a Mister Mayfair tentándome. Además, tenía una mancha en la blusa; me la había hecho con la sopa de miso que había tomado para almorzar, lo que era una prueba más de que no estaba preparada para ligar con nadie. Ni para salir. Ni para interactuar con los hombres.
—Divertíos —les deseé, inclinándome para coger el bolso—. Yo me voy ya.
Sabía que Florence estaba frunciendo el ceño sin siquiera mirarla, pero no me importaba. De acuerdo, los hombres no hacían cola para ligar conmigo, pero ese no era el día más adecuado para ello. Quería irme a casa, ponerme el pijama, ver Made in Chelsea y comerme mi peso corporal en yogur helado.
Cuando me puse de pie, Mister Mayfair me colocó una mano en el hombro.
—¿No me puedes dedicar cinco minutos? Tengo una propuesta para ti, Stella.
Me quedé helada. Un escalofrío me bajó por la columna vertebral mientras intentaba averiguar cómo demonios podía saber ese tipo mi nombre.
Beck
—¿Cómo sabes mi nombre? —me preguntó al tiempo que me lanzaba una mirada llena de sospecha.
—¿Puedo sentarme? Te lo explico enseguida. —Frunció el ceño, pero no dijo que no, así que cogí una silla de una mesa vecina y tomé asiento. Stella London era la única mujer soltera sin acompañante que iba a asistir a la boda. Los otros dos nombres correspondían a dos ancianas: una estaba completamente postrada en la cama; la otra, afincada en Florida, ya no podía subirse a un avión. Estaba claro que las dos habían sido invitadas por cortesía.
Stella era mi única oportunidad. Tenía que conseguir que me ayudara.
Había ido a su despacho para intentar reunirme con ella, pues la situación era demasiado complicada para explicarla en un correo electrónico; podía haber acabado pareciendo uno de esos abogados nigerianos que te prometen por Facebook cientos de millones de dólares si les envías trescientas libras en concepto de gastos administrativos. Así que había decidido que lo mejor sería ir a su despacho y pedirle una cita de trabajo; al fin y al cabo, se trataba de una propuesta comercial. Cuando me crucé con ella en la calle, me pareció familiar y guapísima, pero no había vuelto a pensar en ello mientras iba al baño de la cafetería antes de presentarme en su despacho. Mientras tenía la polla en la mano, me había dado cuenta de quién era. Y no pensaba dejar pasar la oportunidad de acercarme a ella. Había demasiado en juego.
—Tengo entendido que eres consultora de Recursos Humanos —dije—. Y, por lo que sé, muy ambiciosa. Ya te han ascendido en Foster & Associates, y solo llevas un par de meses trabajando con ellos. —Hice una pausa. Tenía que ir más despacio; tomarme mi tiempo. No podía echar a perder esa posibilidad.
Me recliné en la silla y la miré. Las fotos que había encontrado de ella en las redes sociales no le hacían justicia. Llevaba el pelo más largo de lo que había pensado, y le caía en suaves ondas rubias hasta los hombros, y lo que yo creía que eran unos ojos azules resultaban ser unos iris de color casi púrpura… que me abstraían por completo. Tenía los labios carnosos, sin rastro de maquillaje, y un lunar en el pómulo izquierdo del que se habría sentido orgullosa cualquier pinup del Hollywood de los años 50.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué sabes cuánto tiempo llevo en mi puesto de trabajo? No importa, tengo que irme.
—Sé que esto es un poco extraño. —Me eché hacia delante—. Dame un par de minutos más para explicarte todo el asunto. He venido a hacerte una propuesta de negocios. Una propuesta que creo que encontrarás muy interesante.
Había investigado sobre esa mujer, como hacía siempre que pretendía establecer una nueva relación comercial. Lo peor que podía pasarte en un negocio era que te llevaras una sorpresa después de firmar el contrato; era la forma más fácil de acabar gastando dinero de más. Así que consideraba mucho más lógico hacer el esfuerzo por adelantado: saber lo que iba a costar y añadirlo al presupuesto.
