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Tengo veintinueve años, soy pediatra y he viajado por todo el mundo. No había visto a Joshua Luca en más de una década. Él fue una obsesión adolescente para mí hasta que, a los diecisiete años, esa fijación me llevó a tomar malas decisiones que tuvieron consecuencias en mi vida. Pero en una sola noche maduré y me olvidé de mi estúpido encaprichamiento por él. Ya no estaba colada por Joshua, y nunca volvería a estarlo. Pero nuestras madres siguen siendo grandes amigas, y cuando me vi obligada a volver a Londres organizaron, sin que yo lo supiera, que yo viviera en su casa. Da igual que ahora tengamos que compartir piso y que me lance la misma sonrisa sexy de siempre. No quiero ser consciente de que cuando me toca es como si miles de pequeños fuegos artificiales explotaran por todo mi cuerpo. Pienso en él y tengo que secarme las palmas de las manos en los vaqueros y concentrarme para calmar los latidos de mi corazón. Pero lo he superado. Estoy segura de que no volveré a enamorarme de él…
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Seitenzahl: 369
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Título original: Mr. Park Lane
Primera edición: marzo de 2022
Copyright © 2021 by Louise Bay
© de la traducción: María José Losada Rey, 2022
© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-68-9
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías: OPOLJA/Alexey Fedorenko/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Hartford
Tenía veintinueve años, era pediatra y había viajado y trabajado en algunos de los lugares más desfavorecidos del planeta. Sin embargo solo con pensar en que iba a estar delante a Joshua Luca, tenía que secarme las palmas de las manos en los vaqueros y rezar para que los latidos de mi corazón se sosegaran.
Aunque hacía una década que no lo veía, Joshua aún tenía ese poder sobre mí, y era algo que odiaba con todas mis fuerzas.
Tampoco era que hubiéramos salido o que hubiera estado todos esos años suspirando por él; ni que se hubiera fijado en mí, y menos de la forma en que yo me había fijado en él.
Ese hombre había sido casi una obsesión para mí hasta que, a los diecisiete años, me había roto la pierna y había renegado para siempre de aquel encaprichamiento de adolescente. En tan solo una noche, había madurado y había dejado de lado aquel estúpido enamoramiento.
No me había vuelto a acordar de todos esos viejos sentimientos hasta que mi madre me había anunciado que lo tenía todo organizado para que me quedara con Joshua durante un par de meses, hasta que me «asentara»; una ironía involuntaria, dada la escayola que me cubría la pierna izquierda. Ni se me ocurrió discutírselo. No valía la pena decirle que, si me las había arreglado para sobrevivir en diferentes zonas de guerra, instalarme en Londres tenía que resultarme tan fácil como hacer una tarta.
Tartas. Cómo las había echado de menos… No había nada parecido en el puesto de Médicos sin Fronteras de Yemen, donde había estado destinada. Así que, en cuanto dejara la maleta en casa y me duchara, iba a ir a comprar una tarta de limón. A ser posible con toppings.
Debía concentrarme en esa tarta. O en cualquier cosa que no fueran los recuerdos de cómo le brillaba el pelo a Joshua cuando lo bañaba el sol en verano. O en sus piernas largas, delgadas y bronceadas. O en la forma en que aparecía un hoyuelo en su mejilla izquierda cada vez que mi hermana estaba cerca. Su media sonrisa eterna daba a entender que le gustaban las bromas, y si alguna vez se metía en líos, se las arreglaba para que lo perdonaran gracias a la confianza en sí mismo. A mi yo adolescente le había parecido un dios.
No estaba segura de que se acordara de mí. ¿De qué se iba a acordar? ¿De mis cejas sin depilar? ¿De mis brackets?
Nuestros padres eran amigos desde que yo tenía uso de razón. Joshua tenía la misma edad que mi hermano; mi hermana era un año más joven que ellos, y, para mi eterna frustración, yo era la pequeña. La niñita que se había pillado del mejor amigo de su hermano mayor.
No era más que una espectadora que lo espiaba durante los partidos de tenis, los retos y las charlas sobre chicas. Había sido parte del escenario, el telón de fondo de los veranos de Joshua y mi hermano. No como mi hermana, Thea, que se había lanzado a lucir la moda de las minifaldas vaqueras como si fuera una top model de veinticinco años. Thea siempre conseguía ser el centro de atención. La había visto dar vueltas y reírse delante de Joshua, que respondía con sonrisas arrogantes en aquellos labios carnosos. Sin duda, Joshua se acordaba de Thea. No como de mi olvidable e invisible yo.
Nunca le había contado a nadie las fantasías que tenía con Joshua. Incluso a los diecisiete años me las había guardado para mí misma, decidida a mantenerlas escondidas para siempre en un lugar profundo y oscuro de mi interior.
Pero en ese momento, cuando estaba en el aeropuerto, a punto de encontrarme cara a cara con él, un escalofrío familiar e inoportuno me bajó por la espalda y me aceleró el pulso.
El teléfono vibró en mi bolsillo y salí de la cola para respetar la prohibición sobre el uso de móviles. Era mi madre. Solté la muleta derecha y respondí.
—¿Has aterrizado ya, cariño?
Cuando alguien trabajaba en una zona de guerra, sus padres siempre estaban preocupados. Sin embargo, a mí no me preocupaban las zonas de guerra, sino algunos reencuentros.
—Sí. Recogeré la maleta dentro de un minuto. ¿Puedo llamarte cuando esté ya en casa de Joshua?
—Por supuesto. Marian me ha dicho que vive en un apartamento estupendo. Es un buen chico. Tiene su propia empresa, una agencia de marketing. Y ya sabes que acaba de comprar un coche nuevo.
Debía de haber oído hablar del flamante coche al menos tres veces.
—Sí. Un Lexus. Me acuerdo. —Yo no era la clase de hija que podía comprarles un coche nuevo a sus padres. No ganaba tanto dinero. Y, aunque así fuera, no lo necesitaban.
—Se ha hecho a sí mismo. Un hombre de fiar. Estoy segura de que estará esperándote fuera.
—Podía haber ido yo sola a la City en el Heathrow Express. —No me agradaba la idea de que Joshua tuviera que venir a recogerme. Estaba segura de que tenía mejores cosas que hacer aquel martes que ser mi chófer.
—Tienes una pierna rota, Hartford —dijo en aquel tono suyo de «No hay nada más que añadir». En cuanto les había comunicado a mis padres que iba a volver a Londres, mi madre había desempolvado su perpetuo sentido de la intromisión. Sabía que con eso estaba demostrándome su profundo alivio. Después de tres años en el extranjero, su pequeña iba a estar a un par de horas de distancia en lugar de a un par de husos horarios. Así que era consciente de que, a partir de ese momento, iba a tener que esforzarme para esquivar sus bienintencionadas bombas de ayuda.
Miré por encima del hombro a la marea de gente que se arremolinaba en el pasillo, formando una cola. Acababa de aterrizar otro vuelo, y no quería que los demás pasajeros me adelantaran.
—Pues será mejor que no lo haga esperar. Te llamaré más tarde.
—Dale un beso a Joshua de mi parte y llámame cuando estés instalada.
Esa era la forma perfecta de romper el hielo con Joshua. Podía decirle que había hablado con mi madre y que le mandaba un beso.
Me incorporé a la cola de nuevo y me dije a mí misma que, si podía encargarme de tratar a niños enfermos en camas plegables bajo un calor abrasador, podía ocuparme de Joshua Luca.
No era para tanto…
Las puertas que comunicaban la zona de llegadas con el vestíbulo del aeropuerto se abrieron, y me fijé en los conductores con carteles y en la gente que esperaba ver llegar a sus seres queridos. Apartado de la multitud, como si hubieran colocado un foco sobre él, estaba Joshua, apoyado en un poste, con la cabeza baja, concentrado en el móvil.
Un chisporroteo de deseo me inundó el pecho, y tuve que recordarme a mí misma que debía seguir respirando. Joshua seguía siendo un espécimen masculino magnífico y eso me enfurecía. Me había obligado a mí misma a olvidarme de él hacía mucho tiempo y no iba a volver a tropezar con la misma piedra. Eso solo podía meterme en líos.
Otra vez.
Tenía los hombros más anchos, pero su pelo rubio oscuro seguía luciendo aquel aspecto cuidadosamente despeinado. ¿Y qué decir de su atractiva confianza? Que seguía siendo palpable a diez metros de distancia.
Levantó la cabeza y miró hacia la derecha, como si pudiera leerme los pensamientos. Aquella sonrisa de medio lado tuvo un efecto inmediato entre mis piernas.
Vagina, eres una traidora.
Sonreí y me acerqué como si hubiera estado buscándolo entre la multitud en lugar de haberme visto atraída hacia él como un rayo por una barra de metal.
—Hola. —Eché la cabeza hacia atrás para buscar su mirada.
Se tomó su tiempo y me recorrió de la cabeza a los pies y viceversa, con lentitud y sin reparos, deteniéndose en mis labios y en mis mejillas al subir.
—¿Hartford?
¿Debía besarlo? ¿En una mejilla o en las dos? ¿Era mejor abrazarlo? ¿Por qué me sentía tan incómoda?
Tienes veintinueve años, me recordé a mí misma.
Eres pediatra.
Que te cuelgues de Joshua Luca solo te meterá en líos.
Lo estreché con un solo brazo y me puse de puntillas con torpeza para poder rodearle el cuello. Se tensó casi sin darse cuenta antes de devolverme el abrazo.
—Me alegro de verte —dije contra su piel.
Notaba su mano en mi cintura a pesar de la chaqueta, y era tan grande que me abarcaba casi todo el ancho de la espalda. ¿Y ese olor? ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¿A qué era, y por qué no había cambiado en tantos años?
Sin preguntar, cogió mi mochila como si no pesara nada y se la colgó del hombro.
—¿Solo llevas esto? ¿No tienes más equipaje?
Me encogí de hombros.
—No. Solo estamos la mochila y yo.
Señaló con la cabeza hacia la salida, y lo seguí.
—¿Qué te ha pasado en la pierna?
Me miré la escayola como si tuviera que recordar de qué pierna estaba hablando.
—Ah, no fue nada. Un accidente. —No quería entrar en detalles. Lo importante era que se curara lo más rápido posible para poder dedicarme en cuerpo y alma al trabajo—. Cuéntame, ¿qué ha sido de ti, Joshua Luca? ¿Qué has estado haciendo desde la última vez que te vi?
Me lanzó otra de aquellas sonrisas marca de la casa.
—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?
—Pues no me acuerdo…
Lo sabía perfectamente. Me negaba a pensar en lo que había ocurrido después del accidente. Me había pasado años recordando la noche en que me había roto la pierna. Joshua había ido a recoger a mi hermano antes de salir a celebrar Fin de Año. Estaban en segundo de carrera y acababan de cumplir veinte años. Nunca había sido tan consciente de nuestra diferencia de edad como en ese momento, mientras lo miraba desde lo alto de la escalera; quedaba patente por la barba que le cubría la mandíbula y el vientre plano y tonificado que había quedado a la vista involuntariamente cuando había cogido la chaqueta de mi hermano. Se había convertido en un hombre y yo seguía sintiéndome una niña. Lo había visto unos treinta segundos como máximo, pero su imagen se había quedado grabada en mi memoria como un tatuaje. Esos pocos segundos eran los últimos buenos recuerdos que tenía de Joshua.
—Ya no llevas los brackets.
Tenía que acordarse de eso, por supuesto.
—Una pasada, ¿verdad? Llegué a pensar que iba a tener que llevarlos toda la vida. También me he depilado las cejas. Y he obtenido un par de títulos universitarios. —La gente podía cambiar. No era siempre la misma—. Ha pasado mucho tiempo.
—Genial. —Me miró y frunció el ceño, apartando la vista—. Así es.
Pulsó un botón del mando a distancia que llevaba en la mano, y se abrió el maletero de un coche de aspecto caro. Guardó mi mochila en el interior y se dirigió al asiento del copiloto.
Y entonces me abrió la puerta. La puerta del pasajero.
A mí.
Negué con la cabeza. ¿Acaso se había educado en los años 50? Pero eso formaba parte de del encanto de Joshua Luca desde que había salido del vientre materno, y yo no iba a permitir que tuviera ningún efecto sobre mí.
—¿Qué te pasa? —Parecía confuso.
—Puedo abrir la puerta yo sola —expliqué; entré cojeando en el vehículo, llevando conmigo las muletas, y me acomodé en el asiento, de cuero suave. No iba a derretirme y a formar un charco en el suelo por un pequeño acto de caballerosidad porque no era lo que él pretendía. No me veía así. Joshua no tenía que intentar quelas mujeres hicieran nada, era innato.
Se encogió de hombros y cerró la puerta antes de dirigirse al lado del conductor.
—Perdona si huelo a Yemen. Lo mejor será que uses un buen ambientador después del trayecto.
Salió de la plaza de aparcamiento y empezamos a circular por los estrechos pasillos que comunicaban las diferentes plantas.
—¿Yemen? Creí que venías de Arabia Saudí.
—Es que no hay vuelos directos desde Yemen.
—¿Todavía existen sitios que no tienen vuelos directos?
Me reí.
—Hablas como Patrick. Estaba trabajando en Médicos sin fronteras, no de vacaciones. Pero me agrada tu preocupación de hermano mayor.
—Vale —dijo, de nuevo con el ceño fruncido—. ¿Quieres un botellín de agua? —Abrió la tapa de lo que parecía una nevera empotrada debajo del reposabrazos central y sacó uno.
—Gracias. ¿No tendrás ahí un poco de tarta?
—Esto no es un supermercado, pero es posible que haya alguna manzana.
—No como una desde hace trece meses. —Me puse a revolver y encontré una manzana tan verde que se me hizo la boca agua—. ¿Quieres un mordisco? —Levanté la fruta y luego la aparté bruscamente cuando mi imaginación me ofreció una imagen en la que él hundía los dientes en mí.
¿Era de los que mordían? Durante una fracción de segundo, pasaron por mi cerebro algunas imágenes muy pornográficas: Joshua en la cama, desnudo. Joshua sobre mí, con los brazos flexionados y la mirada clavada en mis labios mientras movía las caderas…
Basta…
Tenía que mantener el control, lavarme el cerebro con lejía y matar las mariposas que me aleteaban en el estómago con un buen insecticida. Iba a vivir con ese tipo durante un par de meses. No podía seguirlo a todas partes babeando como una adolescente. Además, sabía que obsesionarme con Joshua era peligroso. Debía levantar un campo de fuerza a mi alrededor que Joshua Luca no pudiera atravesar.
Solo éramos amigos.
No sabía a dónde mirar primero: si la increíble vista de ciento ochenta grados que llegaba hasta el London Eye, el enorme salón con sofás del color de los malvaviscos o el irritante hoyuelo de la mejilla izquierda de Joshua, que me tenía hipnotizada desde que había cumplido doce años.
—¿Así que vives aquí? —pregunté, tratando de fingir que no me había fijado en el hoyuelo—. Tienes muy buen gusto para ser el niño que disfrutaba tremendamente bajándole los calzoncillos a mi hermano cuando menos se lo esperaba. Parece una habitación de hotel enorme.
Se metió las manos en los bolsillos y clavó la vista en el suelo, igual que cuando coqueteaba con Thea. Conseguía combinar confianza y timidez de una forma que siempre me había parecido adorable. Sabía que no era tímido en absoluto, y me pregunté cuándo se había dado cuenta de lo sexy que podía ser mostrar un poco de humildad.
—No puedo atribuirme el mérito de la decoración. Es uno de los apartamentos del Park Lane International.
—¿Apartamentos? ¿Quieres decir que vives en un piso que forma parte de una especie de hotel? ¿Puedes pedir algo al servicio de habitaciones cuando quieras? ¿Y usar el gimnasio y esas cosas?
—Sí, y esas cosas —confirmó, asintiendo.
—Vaya… —Me había pasado el año anterior durmiendo debajo de una lona en una litera plegable. Me iba a llevar un tiempo acostumbrarme a un lujo de cinco estrellas. Aunque, pensándolo bien, era mejor que no me acostumbrara. Miré a mi alrededor, tratando de adivinar dónde podía poner mis pertenencias, pero solo había visto una puerta. Tal vez me tocaba usar el sofá—. ¿Dónde voy a dormir?
—¿En el horno? ¿En el baño? —Joshua sonrió—. ¿O prefieres una cama en un dormitorio? Es una opción convencional pero definitivamente cómoda.
Joshua se erguía a mi lado, con el pecho más ancho que la última vez que lo vi. Y seguía teniendo el sentido del humor de un chico de diecisiete años.
—Me parto… En serio, Joshua. ¿Dónde?
Se encogió de hombros.
—No he estado aquí antes. Vivo al lado, en el apartamento P1. Supongo que es por aquí —dijo; cruzó el salón y abrió la puerta de golpe—. Sí. Esto es el dormitorio.
—Espera, ¿no vives en este apartamento? Creí que me iba a quedar en la habitación de invitados.
—¿Tenías ganas de verme en calzoncillos por la mañana? —Sonrió y arqueó las cejas de forma sugerente.
No podía negar que me había preguntado qué aspecto tendría Joshua en calzoncillos en los sesenta minutos que habían pasado desde que habíamos salido del aeropuerto, pero, desde luego, no iba a admitirlo.
—Mi madre me dijo que tenías una habitación libre.
—Este apartamento es como si fuera el dormitorio de invitados del ático. Es independiente, pero solo se encuentra disponible para los residentes en mi casa. Es como tener una casita de la piscina o algo así.
Si estaba interpretando bien el lenguaje masculino, me estaba diciendo que le gustaba disfrutar de su propio espacio.
—Joshua, si no querías que me quedara contigo, solo tenías que decirlo. Tengo más amigos. —En realidad, no estaba segura de tener muchos en Londres. La mayoría se dispersaban por todo el país y por el mundo, pero no necesitaba que Joshua se apiadara de mí. Mi madre me había rogado que me quedara con él; me había dicho que se sentía solo en Londres y que necesitaba compañía. Estaba claro que solo quería salirse con la suya. Mi experiencia debió haberme servido de advertencia, pero estaba demasiado cansada para discutir con ella y había aceptado quedarme con él hasta que encontrara mi propio apartamento.
—Actúas como si te hubiera pedido que te quedaras en el maletero de mi coche. —Se mostró completamente imperturbable ante mi reacción—. Este lugar está a tu disposición durante tres meses. No es tan malo.
—Espera un momento, ¿lo has alquilado durante tres meses? —No quería ni imaginar lo que podía estar pagando—. Devuelve la llave. De ninguna manera pienso permitir que…
Joshua se acercó a mí y me acarició el brazo como si tratara de domar a un caballo salvaje. Intenté ignorar el calor, la forma en que sus dedos parecían doblegarme con autoridad o el increíble olor que inundaba mis fosas nasales cuando estaba cerca.
—No es para tanto. No espero que me pagues nada.
Me alejé de su brazo. Aquel simple contacto físico amenazaba con despertar mi antiguo enamoramiento como una chispa a la yesca.
—¡Joshua! —¿Acaso no lo entendía?—. Eso es aún peor. No tienes que pagarme el alquiler. La única razón por la que alguien se queda en la habitación libre de un amigo es para ahorrar dinero.
—Es que no tienes que gastar nada. Si te hace sentir mejor, considéralo mi habitación de invitados
—Tengo que darme una ducha. —Me desplomé en el sofá; el jet lag, el viaje y los trece últimos meses me cayeron encima de golpe. Me hundí en los cojines color malvavisco y me pregunté si lograría volver a moverme—. ¿Has pagado ya? ¿Puedes recuperar el dinero?
—No. He firmado un contrato. Y, de todas formas, ¿a dónde piensas ir? ¿A la habitación de invitados de un amigo o, peor, a dormir en un sofá, cuando puedes quedarte aquí? —Señaló las vistas con la cabeza—. Has estado fuera curando a los enfermos en lugares lejanos. Considera esto como una recompensa.
No quería elogios ni agradecimientos.
—Estás siendo ridículo.
Sonrió.
—De nada. Supongo que tienes hambre. —Miró el teléfono—. No te habrás convertido en una de esas veganas, ¿verdad?
—Sí, tengo hambre, y no. —Llevaba un año soñando con comer una hamburguesa tan grande como mi pierna, con escayola y todo. Desde luego, no había echado de menos las verduras.
—Gracias a Dios. ¿Una hamburguesa, entonces?
A pesar de la irritación que sentía hacia Joshua, una sonrisa me curvó los labios. Podíamos ser polos opuestos en cuanto a estilo de vida, pero si hablábamos de gustos culinarios, era como si nos hubieran separado al nacer. Y tal vez un buen trozo de tarta, pensé, aunque no lo dije. Era exigente con las tartas y quería tomarme mi tiempo para decidir cuál iba a ser el primer trozo que iba a probar tras volver de Yemen.
—Sería capaz de hacer casi cualquier cosa en este momento por una hamburguesa.
—Interesante… —dijo, lanzándome una mirada de reojo mientras tecleaba algo en el teléfono. Luego se sentó en el sofá de enfrente—. Quizá se me ocurran algunas cosas. —No sabía que un hoyuelo pudiera ser tan sugerente, pero Joshua conseguía que lo fuera.
Nunca había sido el blanco de sus atrevidos coqueteos. Resultaban muy halagadores, pero tenía que recordarme que solo era su forma de actuar: no sabía vivir sincoquetear. Para Joshua era una especie de hábito inconsciente que tenía tan interiorizado como respirar.
—Es agradable ver que no has cambiado nada.
—Es agradable ver que tú sí lo has hecho. —Hizo una pausa y, durante una fracción de segundo, me miró como si fuéramos amantes desde hacía mucho tiempo en lugar de, en la práctica, meros desconocidos. Luego parpadeó y se aclaró la garganta—. Salvo que tu ceño de desaprobación sigue siendo el mismo.
—Oye… —dije, lanzándole un carísimo cojín. Lo esquivó como si fuera del tamaño de un caramelo—. Yo no frunzo el ceño.
Se rio.
—No te preocupes. Estás muy guapa.
¿Guapa?
Iba a tener que levantar el campo de fuerza protector.
Joshua
Miré el cielo lúgubre y gris de Londres y tuve que repasar mentalmente en qué mes estábamos. En Inglaterra nunca estaba garantizado poder disfrutar del clima en verano, pero ese día parecía noviembre, no junio. Desde luego, Hartford no había llegado acompañada del calor de Oriente Medio al tomar tierra. Giré en Piccadilly e intenté encontrar en mi cerebro alguna imagen sobre Hartford. Recordé que llevaba brackets, así comosus largos miembros desgarbados y que se recogía el pelo en un moño. Toda la familia se quejaba entonces de que tenía la cabeza en las nubes. Salvo eso, había muchos espacios en blanco. Siempre había pululado cerca de Patrick y de mí, pero no podía recordar muchos más detalles.
Sin embargo, algo cruzó mi mente: un apodo. Y estaba relacionado con las hadas o el ballet… Eso era, había sido bailarina de ballet. Algo muy alejado de la intensa pero innegablemente hermosa doctora que había recogido unas horas antes en el aeropuerto. Negué con la cabeza, no podía pensar en ella en ese momento. Tenía otras cosas en las que concentrarme.
Me subí el cuello de la chaqueta para evitar que me entrara aire frío por la espalda. Debí haber cogido algo de abrigo para el corto trayecto hasta el restaurante donde me iba a reunir con mi mejor cliente. Como director de marketing de gcvb, Eric era una de las personas más poderosas del sector del lujo, lo que significaba que podía darse el capricho de elegir el restaurante. El que había escogido era popular y tenía el número de estrellas Michelin adecuado para él. A mí me parecía un poco pretencioso y no encajaba demasiado en mis gustos, pero bordaban la carne. Me metí por un callejón lateral y un portero vestido con una capa roja me saludó al entrar.
Llegaba con cinco minutos de antelación y sabía que Eric aún no iba a estar ahí. Le gustaba aparecer elegantemente tarde.
—Buenas tardes, señor Luca. —La maître rubia movió la cabeza para saludarme—. Su acompañante ya está sentado. ¿Puede seguirme hasta la mesa?
Se me erizó el vello de la nuca a pesar de haber entrado en calor. La miré con intensidad mientras procesaba lo que había dicho. ¿Por qué Eric había llegado temprano? Eso no había ocurrido nunca.
La joven me condujo hasta una mesa en un rincón, donde estaba sentado Eric con una impoluta camisa blanca, con las mangas subidas hasta los codos y la chaqueta del traje colgada despreocupadamente en el respaldo de la silla. No solo había llegado temprano, sino que ya llevaba allí el tiempo suficiente como para haberse puesto cómodo.
—Me alegro de verte —lo saludé, y le estreché la mano antes de tomar asiento.
—Joshua… Voy a pedir las mollejas y luego un filete. ¿Y tú? —El inglés de Eric era casi perfecto, pero en los restaurantes siempre se notaba su acento francés. Tal vez porque era la clase de comensal relajado que charlaba con los camareros sobre las opciones del menú y al que incluso le gustaba hablar de vinos con el sumiller. Pero ese día Eric ya había pedido y no había aparecido ni rastro de su acento francés.
—Excelentes elecciones, Eric. Tomaré lo mismo. —No iba a perder el tiempo mirando el menú cuando podía estar concentrándome en lo que Eric tenía que decirme. Porque, definitivamente, tenía algo que decirme.
—Hacía tiempo que no comíamos juntos —empezó—. He estado ocupado en las oficinas centrales.
—Si vas a estar ocupado, no hay mejor lugar que París.
Luca Brands estaba especializada en promocionar marcas de lujo, y nuestro mayor activo era gcvb. Éramos responsables del holding y también del marketing de las treinta marcas que manejaba el grupo gcvb, que comprendían desde las que estaban especializadas en el cuidado de la piel y los perfumes hasta bodegas de champán y once de las principales marcas de diseño. gcvb no solo era el cliente más importante de Luca Brands, sino que aportaba alrededor del cuarenta por ciento de todos nuestros ingresos.
—¿Cuánto tiempo llevamos trabajando juntos? —Bebió un sorbo del vino que el sumiller le había puesto delante—. ¿Seis o siete años?
—Siete años el mes que viene. —Me eché hacia atrás, estiré las piernas e intenté aparentar que se trataba de un almuerzo normal. Pero ambos sabíamos que no lo era.
—Y me gusta tu trabajo. Sabes que me gusta. —No tuvo que añadir el «pero» para que yo lo oyera.
—Estoy satisfecho. Vuestro beneficio es nuestro beneficio.
No estaba escuchando. Actuaba como si estuviera demasiado interesado en la cesta de pan que había entre nosotros. Aunque más bien estaba concentrado en lo que iba a decir a continuación.
—Sí, sí. ¿Y en todo ese tiempo Luca Brands nunca ha querido expandirse fuera del mundo del lujo?
Tomé aire, considerando si debía responder a la pregunta.
—¿Por qué me lo preguntas?
Su mirada buscó la mía y esbozó una de sus sonrisas más pícaras, una de esas que dicen «Sé algo que tú no sabes».
—Bueno… —continuó, alargando la palabra—. Ya sabes que a gcvb le gusta adquirir nuevas empresas…
Desde que Luca Brands había empezado a trabajar con gcvb, habían llevado a cabo una adquisición tras otra. Después de que cada nueva empresa se incorporara al grupo, Eric iniciaba un proceso de licitación abierto con todas las agencias de marketing, incluida Luca Brands, para llevar el nuevo grupo. Quien ganaba el concurso era designado en exclusiva para toda la sección nueva. Hasta ese momento habíamos ganado cómodamente.
—Como sabes, gcvb domina el mercado de las marcas de lujo. Recientemente nos hemos dado cuenta de que ya hemos adquirido todos los negocios que nos interesaban de ese sector. Así que…
Eric se estaba divirtiendo. No podía decir si se sentía excitado por la nueva adquisición o si disfrutaba tratando de agobiarme.
—… así que nos vamos a meter en el mundo de los productos farmacéuticos.
Fue como si hubiera dejado caer un zurullo en la mesa. Su revelación resultó tan inesperada como inoportuna.
—¿En serio? —Me parecía una estrategia exagerada, por no hablar de que era un sector en el que Luca Brands no tenía absolutamente ninguna experiencia.
—Sí. Tiene márgenes elevados. Es un sector en crecimiento. A primera vista, no parece ser el sector natural en el que expandirnos, pero nuestros accionistas quieren beneficios rápidos y el director general tiene experiencia en ese mundillo, así que tiene sentido. —Eric se metió un trozo de pan en la boca y masticó—. ¿Cuál es la experiencia de Luca Brands en la industria farmacéutica? —preguntó después de tragar.
Eric podía ser idiota, pero sabía que no teníamos experiencia en la rama farmacéutica. Luca Brands era una agencia especializada en el lujo y nuestra ventaja radicaba en que en la competencia no existían esas prioridades.
—¿Quieres que una sola agencia cubra todas las marcas y el marketing del nuevo grupo ampliado? ¿O pondrás algo especializado para cada división? —Quería ir al grano.
—Hoy en día, son muchas las agencias que cubren todos los sectores.
—Es cierto —respondí—. Pero no somos una agencia generalista. Estamos especializados. Centrados. Y somos los mejores en lo que hacemos.
Eric asintió con energía mientras cortaba las mollejas.
—Siempre he admirado tu trabajo. Por eso te invito a que optes a llevar la nueva ampliación, a pesar de la falta de experiencia de Luca Brands en el sector farmacéutico.
Parecía creer que no teníamos ninguna esperanza de éxito. Intenté mantener la voz uniforme y la expresión neutra.
—¿Y no te preocupa que se vaya a ver comprometida la calidad del trabajo independientemente de a quién designes? —pregunté.
—No. —Su tono era firme, como si supiera que esa era una acusación con la que iba a tener que lidiar—. Estoy seguro de que quien gane la cuenta será tan bueno con los productos de lujo como con los farmacéuticos y viceversa.
Asentí.
—Pareces preocupado. —Eric esbozó otra sonrisa astuta antes de dar un sorbo al carísimo vino que iba a pagar yo mientras él tenía el futuro de mi negocio en sus manos.
—¿En serio? —Sabía que lucía mi mejor cara de póquer. No parecía preocupado. Eric solo esperabaque lo estuviera—. Si a ti no te preocupa, a mí tampoco. Después de todo, has trabajado como director de marketing en marcas de lujo durante veinte años. Si puedes ocuparte del sector de productos farmacéuticos, nosotros también.
Lo cierto era que sabía que, en cuanto terminara ese almuerzo, mi mente iba a estar llena de miles de preocupaciones que no tenía antes de llegar al restaurante. Si Luca Brands perdía la cuenta de gcvb, nuestros ingresos se iban a reducir casi a la mitad, por no hablar de que no íbamos a poder conservar el monopolio que ostentábamos en el mundo de las marcas de lujo. Podía perder todo lo que tanto me había costado conseguir, y se verían destruidos muchas vidas y puestos de trabajo.
Eric levantó la copa.
—Es una oportunidad de prosperar. ¿No se dice así?
Levanté la copa en respuesta.
—Sin duda, ambos estaremos a la altura del desafío.
Joder. Quería poner punto final al almuerzo, volver a la oficina y empezar a trazar estrategias. Lo primero que tenía que hacer era reclutar algún talento del mundillo farmacéutico. Necesitaba gente que conociera el sector. Gente que fuera la mejor en su campo. Empecé a repasar mentalmente a todos mis contactos. ¿A quién conocía?
—No debería decírtelo, pero el lanzamiento no será una presentación normal de credenciales. Voy a pedirte que crees una campaña específica para un nuevo medicamento muy interesante que Merdon va a sacar al mercado.
Mi corazón palpitaba como si corriera para esquivar las malas noticias.
—¿gcvb ya ha adquirido esa compañía?
—Sí. Se anunciará hoy. Merdon. Tenemos un montón de ideas para democratizar la distribución de medicamentos.
¿Qué demonios significaba eso?
—¿Democratizar?
Se encogió de hombros como si fuera obvio.
—Hablamos sobre todo del mercado estadounidense, donde las farmacéuticas cobran tasas astronómicas hasta que se agotan las patentes.
Asentí con ambigüedad. No tenía ni idea de lo que estaba hablando. El mercado farmacéutico estadounidense era tan ajeno a mis conocimientos como podía serlo.
—La estrategia de Merdon consiste en seleccionar medicamentos excesivamente caros, ya patentados, y modificarlos para que puedan producirse a un precio asequible. A continuación, los distribuyen sin receta médica si es posible. Eliminan a los intermediarios y a los médicos codiciosos que se llevan una gran tajada de los beneficios. Consiguen que los medicamentos lleguen a la gente que los necesita a un precio mucho menor. ¿No es maravilloso?
La forma en que lo explicaba parecía impresionante. Aunque no creía haber oído nunca la palabra «asequible» de labios de Eric. Entrar en un sector tan diferente al de los productos de lujo me parecía una decisión muy extraña por parte de gcvb. Pero yo no era un accionista ni el director general de gcvb. Mi trabajo era lidiar con la realidad a la que me enfrentaba en lugar de cuestionarla.
—Gran parte del trabajo se dirigirá a los Estados Unidos, pero Luca Brands tiene un buen historial en ese frente. Quien gane la cuenta ayudará a la gente, Joshua. Así que, en lugar de centrarte en hacer que el mundo tenga estilo y sea bonito, tienes la oportunidad de que Luca Brands haga algo con verdadero significado.
Era la primera vez que intentaba venderme la idea, y me dio un atisbo de esperanza de que quería que tuviéramos éxito.
—Suena interesante —comenté, convencido. Me gustaba mi trabajo. Me encantaba la industria del lujo y la creatividad que la rodeaba, pero me gustaba esforzarme y fijarme metas más difíciles—. Me gusta la idea de poder hacer el bien: llevar medicamentos a quienes más los necesitan.
—Lo has pillado —dijo Eric—. Me alegra ver que no te desanima la propuesta de hacer algo fuera de tu ámbito.
—Nuestro campo de acción son las marcas únicas y de calidad y los servicios de marketing. Y estaremos encantados de posicionar a Merdon igual que al resto de la cartera de gcvb. ¿Quién más va a participar? —Sería tonto si no preguntara por mi competencia.
Eric sonrió.
—Vosotros, las dos agencias titulares de Merdon, y voy a invitar a dos agencias nuevas para que entren también. Ya sabes, para mantenerte alerta, Joshua.
Sonreí con toda la naturalidad que pude. Iba a tener que ser más que avispado para conseguir una cuenta en un sector en el que no tenía ninguna experiencia. Pero no había otra alternativa. Tenía que ganar ese concurso o mi negocio y mis empleados iban a resentirse. Perder no era una opción.
Joshua
Mientras Dexter estaba en la barra, inspiré hondo y repasé mentalmente cómo me había ido el día hasta el momento. Primero había llegado Hartford, que había resultado… inquietante. Luego, me había enterado de las noticias que me había dado Eric durante el almuerzo y que podían destruir mi negocio y cambiar la vida a los cientos de empleados que dependían de mí. Y solo estábamos a martes. ¿Qué más me esperaba esa semana infernal?
No estaba seguro de que una cerveza y una charla con mis colegas fuera a mejorar mi estado de ánimo, pero peor no me iba a sentir.
—Pareces sumido en tus pensamientos. —Dexter, uno de mis mejores amigos, dejó una jarra de cerveza delante de mí y se sentó—. ¿Me has invitado a una cerveza porque quieres hablar de tus sentimientos?
—¿Cómo lo has adivinado? —Sonreí, tratando de actuar como si no me sintiera presionado por el anuncio de Eric. Quizá no quisiera hablar de ello, pero tampoco quería largarme a casa y lamentarme a solas. No era habitual que le propusiera una copa improvisada a los colegas un martes por la tarde. Normalmente, los martes trabajaba hasta que llegaba la hora de tomar una copa con Kelly antes de ir a su casa. O a un hotel. No me gustaba llevar a nadie a mi apartamento, así que mi piso estaba vedado a las mujeres. Y esa era una de las razones por las que había alquilado el piso de al lado para Hartford. Tenía una habitación de invitados en casa, pero Hartford era casi una desconocida.
Hartford.
—¿Fuiste a recoger a esa chica al aeropuerto? —preguntó como si me leyera el pensamiento.
—Sí. —La semana pasada, cuando habíamos salido a tomar unas cervezas, me había quejado a los chicos de que iba a tener una nueva vecina. Pero la noticia había palidecido en comparación con lo que había escuchado en el almuerzo.
—¿Es la razón de que estés de tan mal humor?
No estaba de malhumor, solo tenso, pero eso no formaba parte de mi modus operandi habitual. No solo me enfrentaba a que peligrara mi empresa, sino que no podía deshacerme de la sensación de inquietud que se había instalado en mi interior con la llegada de Hartford. En cualquier otro momento, me iría a casa y me metería un buen rato en la bañera. Pero con Hartford al lado, lo que solía hacer no me parecía tan atractivo. Esperaba llevar a la City a una chica que me resultaba vagamente familiar, darle la llave del apartamento de al lado y seguir con el día. Pero cuando había aparecido… Había sido inesperado.
A pesar de lo borrosos que eran mis recuerdos, había reconocido a Hartford al instante. Desprendía una calidez y una familiaridad que debíanser reconfortantes. Y lo habían sido, pero al mismo tiempo no lo eran.
—No estoy de mal humor.
—¿Doña Martes por la Noche te ha dejado plantado?
No estaba seguro de qué era lo que más me irritaba de que Dexter y el resto de mi círculo llamaran a Kelly «Doña Martes por la Noche». Tal vez era que así daba la impresión de ser una obligación que me hacía parecer esclavo de la rutina. El sexo nunca era una obligación, y yo no era esclavo de nadie ni de nada.
—No seas ridículo.
—Oh, es cierto, no puede haberte dejado plantado porque para eso tendríais que haber tenido una relación de verdad. —Desde que Dexter estaba con Hollie se había convertido en uno de esos hombres que pensaban que todo el mundo era más feliz si tenía una novia formal. Pero ya había recorrido ese camino y no pensaba volver a hacerlo.
—En caso de que lo hayas olvidado, me arrodillé mucho antes que tú.
Ni siquiera trató de ocultar el gesto de dolor.
—Lo sé, amigo.
La llegada de Tristan, que cogió su cerveza sin siquiera saludar, nos interrumpió a los dos. Tras dar un largo sorbo, se sentó en el taburete que había entre nosotros.
—¿Tenías sed? —preguntó Dexter.
—Solo quiere llamar la atención. —Sonreí ante mi propia broma y Tristan puso los ojos en blanco.
—Joshua nos quiere hablar de Hartford —comentó Dexter.
—No, en realidad, no. No os he invitado a un trago para que pudiéramos hablar de mujeres. Deberías conocerme mejor. —Quería estar rodeado de gente que estuviera de mi parte. Gente que supiera animarme.
—Pensé que Doña Martes por la Noche se llamaba Kelly —intervino Tristan—. ¿Ha roto contigo?
—Tienes razón en que suelo ver a Kelly los martes. Y no, no hemos roto. De hecho, no tenemos una relación que se pueda romper. —Kelly y yo no teníamos ataduras. No había ninguna expectativa de nada más por parte de ninguno de los dos. Eso era lo que queríamos
—Vale, vale, Don Morritos. ¿Te ha dicho Kelly que ya no quiere acostarse contigo los martes por la noche?
—No. Esta noche está ocupada. —Era mentira. Yo había cancelado los planes porque no tenía ganas de follar.
—Entonces, ¿quién es Hartford? —preguntó Tristan.
¿Cómo era que seguíamos con ese tema?
—Joshua, ¿quién es Hartford? —Tristan era implacable.
—La hija de una amiga de mi madre. —Eso restaba importancia a nuestra conexión. Mi madre y Marion, la madre de Hartford, hablaban al menos cinco veces al día. Estaba seguro de que la mejor amiga de mi madre sabía con qué frecuencia cagaba mi padre. Y yo había crecido con los Kent. O, más específicamente, Patrick había sido mi mejor amigo y había aprendido a ligar con Thea. Y, además, estaba Hartford.
Hartford, la niña desgarbada con la cabeza en las nubes, que ya era una mujer que se había acercado a mí y me había envuelto en un abrazo como si fuera mi mejor amiga. La ropa sin forma que lucía parecía esconder debajo un cuerpo maduro. Había tratado de pensar en otra cosa mientras sus pechos se apretaban contra mi torso, pero me había descubierto cambiando mis pensamientos sobre sus tetas por la sensación que me provocaban sus labios tan cerca de mi cuello.
—Claro, ¿y por qué estamos hablando de ella? —preguntó Tristan.
—Joshua ha ido a recogerla al aeropuerto y no ha sido él mismo desde entonces —explicó Dexter. Era una broma, pero se acercaba demasiado a la verdad para mi gusto.
—¿Está buena? —Tristan siempre iba al grano.
—No es mi tipo. —Eso era cierto. Hartford no tenía nada que me recordara a las mujeres con las que solía pasar el tiempo. Estaba acostumbrado a mujeres que parecían recién salidas de las páginas de Vogue, y a veces así era. Mujeres glamurosas y hermosas.
A Hartford, en cambio, le importaba un bledo su aspecto. Su pelo parecía haber sufrido cinco ataques de un gato antes de que se lo hubiera recogido en la parte superior de la cabeza, y no lucía ni rastro de maquillaje ni de un vestuario cuidadosamente elegido.
Pero no cabía duda acerca de su belleza.
No me gustaban las sorpresas, y menos que todo lo relacionado con los altos pómulos, los labios rosados y el cuerpo maduro de Hartford me hubiera dejado boquiabierto. No estaba seguro de si era su forma de ser extrovertida y sin filtros, o que claramente no parecía impresionada por mí, pero algo en ella me había calado hondo.
Mientras íbamos a casa desde el aeropuerto, ella se había dedicado a parlotear. Había intentado averiguar qué la inquietaba exactamente, pero luego, cuando había mordido la manzana y había gemido al saborearla, aquel sonido había desatado en mí unas chispas que habían ido directas a mi ingle, y en mi cerebro habían aparecido imágenes de ella desnuda, cabalgando sobre mí, con la cabeza echada hacia atrás y las uñas clavadas en mi pecho.
Y eso era desconcertante: me había imaginado a Hartford desnuda en mi cama.
Hartford, la hermana pequeña y desgarbada de la chica con la que había aprendido a ligar.
Hartford, la hija de la mejor amiga de mi madre.
Hartford, mi nueva vecina.
Necesitaba darle un poco de espacio. O, más concretamente, necesitaba darme un poco de espacio a mí mismo.
De ninguna manera iba a cruzar esa línea con Hartford. Había demasiadas razones por las que eso era una mala idea. Primero, estaba tan lejos de ser mi tipo que resultaba cómico. En segundo lugar, no estaba dispuesto a tener sexo sin compromiso con alguien a quien podía hacerle daño, en especial cuando esa persona estaba tan firmemente ligada a mi familia, y lo más importante, no mantenía relaciones. Nunca.
Hartford solo se iba a quedar en el apartamento de al lado tres meses y luego iba a marcharse. Durante ese tiempo iba a estar ocupado intentando evitar que se hundiera mi empresa.
Levanté la vista cuando Andrew tomó asiento a la mesa. No esperaba que viniera.
—Decidme, ¿por qué estamos aquí? —preguntó Andrew; se quitó la chaqueta del traje y la dejó con cuidado en un asiento libre a su espalda.
—Estoy tratando de encontrar la manera de evitar que mi negocio se vaya a la mierda.
—¿Se va a ir a la mierda? —preguntó Dexter—. ¿Qué ha pasado?
—El cliente más importante que tengo acaba de comprar una empresa farmacéutica.
—¿Quién? ¿gcvb? —Tristan cogió su jarra—. ¿Por qué una multinacional de artículos de lujo ha adquirido una empresa farmacéutica?
—Quizá quieran ponerles un nuevo envase a los relajantes musculares. —No era el momento adecuado para que Dexter soltara bromas—. Aparte de que eso no tiene sentido desde el punto de vista comercial, ¿por qué te preocupa?
—Es más que una preocupación. —Les conté que Eric quería contratar a una sola agencia para todo el grupo.
—Entiendo —dijo Andrew—. Pero tú has ganado siempre las licitaciones. Acabarás produciendo la marca y la publicidad de Merdon al igual que la del resto de las empresas del grupo.
—Creamos marcas de lujo y las comercializamos —lo corregí—. No productos farmacéuticos. No tenemos experiencia en ese campo. No creo que Eric nos permita desarrollar la marca y el marketing de Merdon.
—Parece que tendrás que dedicar todo tu tiempo a resolver esta cuestión —dijo Dexter.
No pude reprimir una mueca de disgusto.
