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«Se busca niñera americana para una adorable niña de cuatro años. Debe ser capaz de manejar a un jefe británico casi siempre malhumorado y taciturno, y muy muy sexy». Soy padre soltero, abogado de éxito y, según dicen algunos, el hombre más serio de Londres. Estoy completamente centrado en mi carrera y en criar a mi hija de cuatro años. Desde que mi esposa se marchó hace ya tres años, la única mujer en la que me he fijado es la cuñada de mi mejor amigo, Autumn Lumen, que, por supuesto, me está estrictamente prohibida. La tentación que siento por ella es fácil de resistir, porque Autumn vive en Oregón y solo está en Londres de visita familiar. Hasta que decide hacer de su traslado a Londres algo definitivo, la niñera de mi hija presenta la dimisión y Autumn se convierte en la única mujer capacitada para el puesto…
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Seitenzahl: 416
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Título original: Mr. Smithfield
Primera edición: enero de 2022
Copyright © 2021 by Louise Bay
© de la traducción: María José Losada Rey, 2022
© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-58-0
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: As Inc/Iakov Kalinin/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Autumn
Gabriel tenía treinta y tres años, era el padre separado de una adorable niña de cuatro años y, además, había resultado ser el único hombre capaz de conseguir que me estremeciera por dentro cuando me miraba.
Pero ¿dónde guardaba las espátulas?
Había buscado en todos los cajones y alacenas de la cocina sin encontrarlas. Solo quería hacer una tortilla y ya llevaba unos treinta minutos revolviéndolo todo; había encontrado tappers, un viejo libro de recetas para ser buena ama de casa publicado en los años 70 e incluso lo que parecía una versión en miniatura de una de esas herramientas para cepillar madera. Sin embargo, no había visto una espátula por ninguna parte. ¿Quizá los británicos tenían la costumbre de guardar los utensilios de cocina en el cuarto de baño o algo así? Para salir de dudas, cogí el teléfono y llamé a mi hermana. Hollie entendía a los británicos mucho mejor que yo.
—¿Dónde guardan los británicos las espátulas? —pregunté.
—¿Las espátulas? —repitió Hollie.
—Sí, Hollie, el hambre me hace sentir retortijones en el estómago, son casi las nueve de la noche y estoy buscando una en la cocina, pero quizá no sea el sitio adecuado. —Me desplomé en los suaves cojines de color azul marino que cubrían el largo banco de madera que recorría la mesa—. Solo quiero hacerme una tortilla.
—Bueno, en primer lugar, aquí ese tipo de utensilio se llama pala de cocina —me explicó Hollie con ese tono típico de que pensaba que yo no me enteraba de nada.
Estaba casi segura de que el inglés seguía siendo el idioma oficial tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, pero desde que me había mudado a Londres hacía unas semanas, a veces tenía que consultar el diccionario para asegurarme de que era así. El mero hecho de estar en la cocina requería de un traductor. Había descubierto que los quemadores eran «fogones». Las encimeras eran «superficies de trabajo» o «mostradores». ¿Mostradores de qué? Después de una búsqueda en Google de la que no me sentía del todo orgullosa, había visto que «mostrador» podía ser cualquier superficie elevada y horizontal de una habitación. Ver para creer. Y por si eso fuera poco, me estaba enterando de que también las espátulas tenían otro nombre, nada menos que «pala de cocina». Y si no quería cavar nada, ¿qué?
Casi podía ver cómo Hollie se encogía de hombros.
—Sigue siendo una pala de cocina.
—Bueno, ¿y sabes dónde puedo encontrar… eso en una cocina normal en el Reino Unido?
—Por lo que sé, las guardan en el mismo lugar que los americanos. En la cocina, en un cajón, en un bote encima del mostrador… Ya sabes.
Tal vez Gabriel no tenía ese tipo de utensilios o tal vez los guardaba al otro lado de la puerta cerrada con llave que había al fondo de la cocina. Era la única habitación de la casa, salvo los baños, que tenía cerradura. Y el mensaje claro y tácito que Gabriel me estaba lanzando a mí, la niñera recién contratada, era que no entrara allí. Así que, por supuesto, me moría de ganas de ver qué había.
—¿Estás bien? —preguntó Hollie.
—Bueno, tengo un poco de hambre —repetí mientras me levantaba para ir a la nevera. Hacerme una tortilla estaba fuera de mi alcance, así que iba a tener que pensar otra cosa.
—¿Gabriel sigue trabajando?
—Sí. —No me extrañaba que necesitara una niñera para Bethany. Había salido de casa a las seis de la mañana y todavía no había vuelto.
Todo el mundo había tratado de convencerme de que no aceptara el trabajo. Incluso el propio Gabriel había intentado disuadirme diciéndome que necesitaba una niñera que trabajara muchísimas horas durante los meses siguientes, ya que él estaba pasando por un período laboral que demandaba su atención durante largas jornadas, por lo que también iba a perderme los fines de semana y las noches. Sin embargo, eso no me había desanimado. ¿Cómo iba a ser así? Bethany era adorable y vivían en una mansión que parecía sacada de una novela de Dickens, en pleno centro de Londres. Jamás habría podido permitirme vivir en una zona como Smithfield con mi sueldo de recién graduada. Y esa era otra razón por la que, para mí, el que se hubiera retrasado el inicio del programa de posgrado hasta septiembre no suponía el fin del mundo. Así podría disfrutar de Londres sin la presión de tener que dedicarme a darlo todo en el máster al mismo tiempo. Ni siquiera tenía que entrecerrar los ojos para ver el resquicio de esperanza que eso suponía.
Al principio no había sido fácil encontrar el lado positivo a que el programa de posgrado en el que iba a participar se retrasara seis meses. La recesión que había comenzado a finales del año anterior había provocado que muchas empresas cayeran en picado, incluso la que me iba a contratar, y eso que formaba parte del Fortune 500. Estaba muy emocionada por el simple hecho de poder empezar, sobre todo porque la primera parte era en Londres. Había pensado que en esos momentos estaría tomando cócteles con mis compañeros de trabajo y riéndome de los atascos de las fotocopiadoras, o de lo que fuera que se riera la gente en las oficinas cuando llegaba el fin de la jornada. Se suponía que para entonces iba a tener ya un pie en la escalera profesional en lugar de pasarme el día limpiándole el trasero a una niña de cuatro años.
Pero cuidar de Bethany era un trabajo en Londres, y punto. Y cualquier trabajo en Londres era, por definición, más emocionante que un trabajo en Oregón, sobre todo porque Hollie y su futuro marido vivían en Inglaterra. Mi hermana quería que sirviera mesas, que fuera su ayudante o que hiciera básicamente lo que fuera necesario para no mudarme a casa de Gabriel. Pero yo había adquirido formación en primeros auxilios pediátricos durante los veranos que había pasado como socorrista en la piscina de Sunshine y, además, tenía mucha experiencia como canguro. Y ese trabajo incluía alojamiento gratuito, lo que significaba que no tenía que depender de mi hermana para nada. Hollie llevaba veintitrés años poniendo literalmente un techo sobre mi cabeza, y yo estaba desesperada por librarla de ese peso y valerme por mí misma.
Trabajar de niñera no había sido mi primera opción, aunque podía haber sido mucho peor. Estaba en Londres. No dependía de mi hermana. Y mi jefe estaba tan bueno que me costaba creerlo. La vida no me estaba saliendo exactamente como había planeado, pero no podía quejarme
—Bueno, tal vez deberías acostarte temprano —comentó Hollie.
—Necesito comer algo —respondí, sacando jamón y queso de la nevera. Gabriel incluso me pagaba la comida, así que podía ahorrar todo lo que ganaba y disponer de ese dinero para irme de viaje el verano siguiente. Tomé una nota mental para gastar parte de mi sueldo en una espátula—. Y, de todos modos, no estoy cansada.
—Por supuesto que estás cansada. Has estado corriendo detrás de una cría de cuatro años durante todo el día.
No podía negar que trabajar de niñera era un trabajo duro, sin embargo, no iba a decírselo a Hollie; no quería que se preocupara. Bethany tenía una risa contagiosa, le encantaban las cosquillas y su curiosidad no conocía límites… Aunque el contrapeso a todo ello era que la impulsaba la energía de un cocker spaniel dopado. Al final del día me sentía como si me hubiera atropellado un tráiler.
—Es posible que Gabriel quiera que estés fuera de su vista cuando llegue —continuó Hollie. Intentaba sonar despreocupada, como si no estuviera sugiriendo que me mantuviera lo más alejada posible de mi jefe. Aunque hubiera querido mantener las distancias, que no quería, eso iba a ser imposible. Vivíamos bajo el mismo techo y a menudo él era el único otro adulto al que veía a lo largo del día—. Habrá trabajado mucho y querrá relajarse. Pero, ya sabes, es demasiado educado para decirlo. Deberías irte a la cama.
Miré hacia la puerta cerrada en el extremo de la cocina. La noche anterior había sido la primera que había pasado con Gabriel y Bethany, y todavía estábamos familiarizándonos con nuestras respectivas costumbres. Cuando Gabriel había llegado a casa, había desaparecido en el piso superior para cambiarse el elegante traje azul marino que llevaba en el bufete, el que hacía que sus ojos verdes se iluminaran como si fuera una especie de dios y que me pareciera delicioso y poderoso. El tipo de hombre que podía hacerme perder la cabeza. Cuando había vuelto, lo había hecho con unos vaqueros desteñidos que se ceñían a sus fuertes muslos y una camiseta vieja; el borde se le había levantado un poco al coger una copa de vino, y había podido ver cómo se le marcaban los abdominales. Luego me había fijado en el agujero que tenía la prenda en la costura del hombro, que parecía suplicarme que metiera allí el dedo y descubriera lo caliente, suave y «acariciable» que era su piel. Me habían dado ganas de rogarle que no volviera a ponerse nada más. Se me había secado la boca mientras intentaba encontrar algo que decirle a un hombre tan serio, dominante y guapo, pero no me había dado tiempo a nada antes de que se excusara de forma brusca y desapareciera detrás de aquella puerta cerrada sin darme explicaciones.
¿Se derrumbaría detrás de esa puerta?
Y si era así, ¿qué suponía eso tratándose de un hombre como Gabriel Chase?
Se me ocurrieron algunas sugerencias que implicaban que no llevara ni traje ni vaqueros. De hecho, la sagaz doctora Autumn Lumen le proponía una ducha para dos y besar apasionadamente a la niñera para una relajación óptima.
—Deberíamos mantener una conversación sobre Gabriel —propuso Hollie, cambiando el tono cuando se dio cuenta de que no estaba mordiendo el anzuelo de su intento de sutileza. Utilizó su voz de hermana sensata, la misma que había utilizado cuando yo salía con Darren, de Eagle Creek, y Stuart, de Portland—. Tiene una hija y es un abogado muy importante. Además…
—Eres consciente de que no estoy saliendo con Gabriel, ¿verdad?
—Lo sé. Pero también sé que te acabas de mudar a su casa, que vais a vivir juntos y…
—¿Te preocupa que lo seduzca y me aproveche de él? —No estaba muy segura de cuál era el problema, algo que sí había tenido claro con Darren y Stuart. Cuando vivía en Oregón, ella había tratado de protegerme. No quería que acabara embarazada de un tipo que nunca iba a llegar a nada, lo que me podía llevar a abandonar la universidad y echar a perder mi vida. Pero en aquel entonces las circunstancias eran diferentes. Con Gabriel era distinto. Él ya había llegado a algo. Estábamos en Londres, no en Oregón. Y estaba bastante segura de que era obligatorio tener relaciones sexuales con él para quedarme embarazada.
—No. Estoy segura de que Gabriel nunca hace nada que no quiera hacer.
Interesante. Todavía no había visto ese lado de él, pero no lo conocía desde hacía tanto tiempo como mi hermana. Me gustaba la idea de que tuviera una resolución de acero.
—Solo estoy preocupada porque es…, ya sabes…, guapo. —Te estás quedando corta, hermanita—. Me preocupa que puedas acabar enamorándote de él.
—Oh, no te preocupes, puedo eliminar cualquier duda ambigua que tengas. Me he pillado totalmente por él. Pero eso solo significa que soy humana. Estoy segura de que todas las mujeres de Londres están pilladas por Gabriel Chase.
Hollie se rio.
—Vale, es posible que eso sea cierto. Es que no quiero que acabes envuelta en una situación de la que te puedas arrepentir.
Suspiré.
—Mira, Gabriel no se va a interesar por una chica que proviene del lado equivocado de la vida y que trabaja para él cuidando de su hija. Soy muy consciente de ello. —Quizá me resistiera a ponerme mi pijama de franela favorito y quizá últimamente acompañaba mi moño desordenado con máscara de pestañas y colorete, pero no me engañaba a mí misma. No era una sofisticada mujer de mundo que paseaba por la vida con tacones de doce centímetros, olía a fragancia cara incluso cuando no llevaba ninguna y se hacía la manicura una vez a la semana en su spa favorito, como la mayoría de las mujeres que debían de frecuentar el bufete de abogados de Gabriel. Sus ojos encendían un fuego dentro de mí que solo podía apagarse con un viaje al Ártico, pero no era estúpida. Yo era su empleada. Mi cuelgue por él era, y seguiría siendo, una fantasía unilateral.
En ese momento, me llamó la atención el ruido de las tres cerraduras de la puerta principal al final del pasillo.
El tío por el que me había pillado estaba en casa.
Autumn
El aire cambió cuando Gabriel entró esa noche por la puerta. Parecía traer consigo la llovizna gris del clima de abril. Su ceño, constantemente fruncido, y la línea tensa de su boca sugerían que había una tormenta desatada en su interior.
—Hola —saludé. Tanto la noche anterior como esa, después de acostar a Bethany, había pasado el tiempo deshaciendo las maletas e instalándome, familiarizándome con la distribución de la casa y estudiando el mapa del sistema de transportes públicos de Londres.
—Buenas noches. —Su voz fue casi un gruñido, y me hizo sentir un escalofrío sensual.
Me giré en la cocina, donde estaba, y me encontré cara a cara con mi guapísimo jefe. No sabía cómo era posible, pero siempre que lo veía esperaba que no fuera tan alto, que su mandíbula no fuera tan afilada o que yo no sintiera tantas ganas de tocar sus rizos negros y brillantes. Era como si mi memoria no pudiera retener a alguien tan atractivo, así que reducía sus dones hasta que me enfrentaba de nuevo a la realidad. Esa noche su mirada era un poco más intensa que de costumbre.
—¿Qué es ese ruido? —ladró, sacudiéndose la siempre presente lluvia londinense del pelo antes de quitarse los zapatos, lo que me parecía un hábito adorable. ¿Quién no apreciaría que a un hombre con un traje hecho a medida no le gustara llevar los zapatos puestos en casa?
No estaba muy segura de a qué se refería con lo del ruido, y entonces me di cuenta de que debía de hablar del que provenía de mi móvil. Lo cogí y bajé el volumen.
—Es una selección de temas de musicales —expliqué, acercándome a él con el móvil—. A veces me gusta profundizar en toda la banda sonora, pero otras solo quiero escuchar las canciones más conocidas. Es lo mejor, ¿no crees?
Ladeó la cabeza como si estuviera en un zoológico mirando a un animal al que no hubiera visto nunca.
—Musicales —repetí—. Ya sabes, como Showboat. West Side Story. El rey y yo. —Gabriel seguía con la mirada perdida, y solo se me ocurrió una forma para explicárselo mejor: cantar—. «The hills are alive with the sound of music…». —Seguramente ese sería el único musical que habían escuchado todos los habitantes del hemisferio norte.
Hizo una mueca.
—Estás cantando.
—Por supuesto que estoy cantando. Todo el mundo debería cantar. «I feel pretty. Oh, so pretty. I feel pretty and witty and bright». —Me detuve, en parte porque no parecía estar divirtiéndose, pero sobre todo porque no se podía cantar una canción de West Side Story sin bailar, y había aprendido por experiencia que no podía bailar con calcetines en ese suelo de madera sin caerme de culo. Me encogí de hombros—. No sé qué tiene esa canción, pero no puedo sentirme más feliz cuando la canto. Los musicales tienen ese efecto en la gente. Deberías comprobarlo.
—No lo creo —repuso, acercándose a la nevera—. Y, si soy sincero, con tu voz tampoco estoy seguro de que debas cantar. —Miró dentro y luego sacó una cerveza.
—Bueno, acabas de ser un poco borde. Estoy de acuerdo en que no soy Idina Menzel, pero poca gente tiene su talento.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando —comentó, y dejó la botella sobre la mesa de la cocina, encogiéndose de hombros.
—Da igual —dije, decidida a no ofenderme por su forma de hablar y por aquella evaluación tan poco favorable sobre mis habilidades como cantante—. ¿Has cenado? Iba a hacerme una tortilla. ¿Puedo prepararte algo?
—Tengo cosas que hacer.
Miré hacia la puerta cerrada al fondo de la cocina. ¿Qué habría detrás de ella? ¿Un calabozo? ¿Un spa masculino? Quizá fuera aficionado a la taxidermia… Pero ¿por qué tenía que tenerla cerrada? ¿Era para evitar que saliera lo que había o para impedir que alguien entrara?
—Bethany ha pasado un día maravilloso. Por cierto, hemos ido a una fiesta de canto. Ya que estamos, ¿te parece bien que tu hija cante?
—Bueno, sí, tiene cuatro años. Y creo que posee una voz bastante entonada para su edad. —Abrió mucho los ojos, como si esperara que yo estuviera de acuerdo. El único momento en que su actitud se relajaba un poco era cuando hablaba de Bethany. El mero hecho de mencionarla parecía arrancarlo de su melancolía durante unos minutos.
—Me gusta muchísimo cuando canta. Su voz es deliciosa. Y tiene buen oído para la música. Por cierto, la ha invitado uno de los niños de clase a jugar en su casa. ¿Te parece bien? —pregunté.
—¿Te quedarás con ella?
—Por supuesto. Nunca la dejaría sola.
—Entonces sí, si crees que lo pasará bien.
—Y si podemos encajarlo. Tiene una agenda bastante apretada. Mañana va a natación. El jueves, a gimnasia. A música, el viernes. Y todo eso además del colegio. Pero, por lo que me han dicho hoy las otras niñeras, todos los niños tienen una vida tan ocupada como la de los Obama.
Se rio y lo miré con intensidad, fascinada. Sus sonrisas eran poco frecuentes, y, ciertamente, yo nunca había provocado una. Tal vez solo debía conocerme un poco mejor para relajarse en mi compañía.
—Supongo que pasa lo mismo en Nueva York —continué—. O en cualquier ciudad importante cuando los padres han alcanzado el éxito y están pendientes de sus hijos. —En Oregón, con mis padres, no pasó lo mismo. Ni siquiera les interesaba si iba al colegio, y mucho menos si me encontraba al día con las actividades extraescolares y que, en realidad, eran inexistentes; había asistido al club de ajedrez durante algún semestre, pero no se me daba bien. Sin embargo, estaba segura de que si hubiera conseguido un trabajo en el parque de caravanas donde vivíamos o en la fábrica donde trabajaba mi hermana, se habrían sentido tan orgullosos de mí como los padres de Idina Menzel cuando vieron Wicked por primera vez. O también era posible que no se hubieran dado cuenta de algo así.
Gabriel abrió uno de los armarios de la cocina y sacó un abridor de donde estaba colocado, en un gancho en la parte interior de la puerta.
—¡Espátulas! —chillé al verlas—. ¿Cómo no las he visto antes? Las guardas colgadas como si estuvieran en un cobertizo de herramientas. ¿Por qué no las tienes en un cajón o algo así? Los británicos sois muy raros.
—Nunca se me habría ocurrido que una pala de cocina pudiera hacer tan feliz a alguien —comentó, mirándome como si hubiera perdido la cabeza.
—La esperanza siempre se alimenta con cosas pequeñas, Gabriel. Con cosas pequeñas.
Sacó una espátula de su gancho y me la tendió.
—¿Seguro que no quieres que te prepare una tortilla? —pregunté, aceptando el utensilio. Cuando mi mano rodeó el mango, nuestros dedos se rozaron, y fue como si un rayo ardiente me subiera por la mano y me calentara todo el brazo. Contuve el aire.
Solo había sido un roce accidental con los dedos, pero lo había sentido con tanta intensidad como si me hubiera estrechado entre sus brazos para besarme.
—Lo siento —murmuró. ¿Por qué se disculpaba? No me había tocado una teta ni nada por el estilo. Se aclaró la garganta—. Tengo que seguir.
Miré la puerta cerrada. Iba a volver a perderse en ese mundo tenebroso o lo que fuera que hubiera allí dentro.
—Si estás ocupado, puedo encargarme de echarle un ojo a Bethany.
—Mañana Bethany ya te hará correr, jugar al escondite, montar en bicicleta y llevarla al parque. No te quemes.
Flexioné un bíceps.
—Puedo con ella. —Hice una mueca—. Creo.
Sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura. Un momento después, desapareció tras la puerta cerrada, dejando fuera el mundo y a mí con él.
Gabriel
Un estruendo en la planta baja atrajo mi atención hacia el reloj del ordenador. Mierda. Eran las siete y media de la mañana. A pesar de que era domingo, llevaba dos horas y media de videollamada.
—Voy a tener que dejarte —advertí a mi interlocutor. Cuando había respondido a la llamada poco después de las cinco, le había mencionado que tenía que colgar antes de las siete. Pero a Mike Green, mi mejor cliente, le gustaba sobrepasar los límites.
—Pero si estamos haciendo muchos progresos… —protestó Mike—. Creo que, si seguimos un poco más, podríamos tener el acuerdo redactado para el mediodía de tu país. Tendrás libre el resto del día.
—Tengo una niña de cuatro años, Mike. Podemos retomar el tema por la noche. Pero no te comprometas con esos analistas medioambientales: son unos inútiles. Buscaré a otros mejores.
—Gabriel, estos son los mejores.
—Se retrasaron cuatro días al entregar el último informe. No se puede confiar en ellos.
—¿No puedes quedarte unas horas más? Terminaríamos en nada…
Al ver que no respondía, suspiró e hizo un gesto de decepción con la cabeza. Me las iba a hacer pagar. La gente pensaba que cuando te convertías en socio de un bufete de abogados pasabas a ser tu propio jefe, pero nada más lejos de la realidad. Los clientes gobernaban la vida de los jefes, que eran los que hacían un infierno de la vida de otras personas. Mike era gilipollas. Pero era un gilipollas que había alcanzado el éxito y que dirigía una de las pocas empresas de inversiones que seguía cerrando tratos en medio de la recesión. Probablemente porque no tenía más cosas que hacer.
Me salí de la reunión online y atravesé el despacho hacia la puerta, siguiendo el sonido del golpe que había oído. Bethany se despertaba entre las siete y las siete y media de la mañana, puntual como un reloj, y aunque normalmente se limitaba a jugar en su habitación hasta que yo iba a buscarla, era posible que hubiera bajado las escaleras.
Entré en la cocina y, en lugar de ver la vajilla destrozada y a una niña de cuatro años descalza, me encontré a Autumn junto a los fogones y a Bethany sentada en un taburete.
—Buenos días —saludé antes de pasarme las manos por el pelo y besar a mi hija en la cabeza—. ¿Puedes bajar el sonido de la música? —¿Qué coño le pasaba a Autumn con los musicales?
—Estamos haciendo tortitas —anunció Bethany, removiendo la mezcla en el bol que tenía delante—. Y mientras, cantamos.
Que Dios nos ayude. Autumn cantaba como si se estuviera ahogando en un pozo de gatos y Bethany tenía cuatro años, así que, naturalmente, sonaba como uno de los gatos. Las dos juntas podían resultar útiles como defensa si hubiéramos estado luchando contra los talibanes, pero mis tímpanos no podían sobrevivir a otro estribillo de Let it Go.
Miré a Autumn, preguntándome si había oído mi petición de bajar la música, y me sonrió. No había conocido antes a una persona que pareciera feliz todo el tiempo. No estaba seguro de si solo trataba de impresionarme o si se lo pasaba bien de verdad. A todas horas.
—Esta semana he comprado sirope de arce y arándanos, así que vamos a probarlos. ¿Estás dispuesto a ser nuestro conejillo de Indias? —preguntó. Más sonrisas. Eran las siete y media de la mañana y domingo. ¿Qué motivos tenía para mostrarse tan alegre?
—Por favor, papá —suplicó Bethany.
—De acuerdo. —Siempre me sentía indefenso ante las peticiones de mi hija. Cogí el teléfono de Autumn y silencié el incesante chillido, con la esperanza de disuadir de cualquier participación a aquellas amateur, y tomé asiento en el taburete que quedaba junto a mi hija. Recé para que lo que estaba cocinando Autumn fuera mucho mejor que su capacidad vocal—. Pero no entra en tus tareas que hoy tengas que hacerle el desayuno a Bethany. Ni a mí, de hecho. Sé que es domingo.
—Estaba despierta. Y estoy preparando el desayuno de todos. O eso espero… —Me guiñó un ojo. No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien me había guiñado un ojo. Quizá hubiera sido el jardinero que teníamos cuando era niño. Hoy en día parecía demasiado serio para que alguien me hiciera un gesto cómplice.
Excepto Autumn, al parecer.
—Allá vamos. ¿Te apuntas a la primera prueba, Bethany? —Autumn sirvió la primera tortita en un plato de madera—. Con poco sirope y muchos arándanos, por favor.
—¡Está caliente! —exclamó Bethany mientras miraba con intensidad el trozo de tortita del tenedor y empezaba a soplar de forma ineficaz.
Antes de que Bethany emitiera su veredicto, Autumn depositó tres tortitas en mi plato y me dio un cuchillo y un tenedor.
—¡Qué ricas están! —declaró Bethany—. Papá, come. —Señaló mi plato con el dedo.
—Se me han acabado las excusas —respondí, y me llevé un trozo de tortita a la boca.
—¿Están buenas? —preguntó Autumn.
Asentí, tratando de igualar su entusiasmo. La noche anterior me había acusado de ser un borde, y no tenía tiempo para buscar otra niñera si Autumn decidía tirar la toalla. Más de una de las nannies me había acusado de ser hostil y poco agradecido.
—Es una receta familiar secreta —explicó Autumn como si acabara de servirnos un plato de estrella Michelin.
—Papá, hoy tenemos que ir a ver a los osos-soldado, ¿recuerdas? —dijo Bethany.
—Ha estado hablando de esos soldados sin parar —comentó Autumn—. Me preocupa un poco que la hayas apuntado a una especie de ejército de ositos.
—Es que le he prometido que la llevaré a ver el cambio de guardia. Ella cree que los sombreros que llevan les hacen parecer osos.
Autumn se llevó un trozo de tortita a la boca.
—¿El cambio de guardia? ¿Como hacen Christopher Robin y Alicia? —Su cara estaba llena de tanta alegría que parecía como si alguien le hubiera regalado la luna—. ¿Eso pasa de verdad?
—Por supuesto que sí —respondí. ¿Por qué creía que no era real?
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó al tiempo que vertía más masa de tortitas en la sartén—. Ese poema… —Negó con la cabeza como si no importara—. Lo escuché mucho mientras crecía. Me encantaría ver cómo funciona todo en la vida real. ¿Sale la reina a saludar?
No esperaba tener compañía ese día. Los fines de semana eran para mí y para Bethany. No veía mucho a mi hija entre semana, así que intentaba que los fines de semana fueran tiempo de calidad.
—¡Sí, Autumn, ven! ¡Por favor, papá!
Mi hija hacía conmigo lo que quería. Y no estaba de más ser amable con Autumn para que no me dejara tirado y sin niñera otra vez. La carga de trabajo estaba siendo brutal en ese momento, e iba a ir a peor en los dos meses siguientes. Autumn tenía que quedarse hasta finales de julio, cuando todos los clientes se fueran de vacaciones y yo tuviera tiempo de encontrar una nueva niñera.
—Por supuesto, Autumn puede venir, cariño. Pero puede que no quiera porque no veremos a la reina. Solo a un montón de conductores de autobuses y a turistas.
Autumn se encogió de hombros, con los ojos tan brillantes como cuando el sol incide en el agua.
—Estoy deseando ir. ¿A qué hora tenemos que salir?
Pero en lugar de desaparecer hasta que llegara la hora de irse, Autumn sacó la mochila de Bethany y empezó a llenarla.
—Ten —me dijo, ofreciéndome una hoja plastificada—. He preparado una lista de todo lo que necesita cuando salimos a pasar el día fuera.
—¿Has escrito una lista? —Me resultaba extraño tener ayuda durante el fin de semana. Había pasado mucho tiempo desde que la madre de Bethany se había ido.
Se encogió de hombros.
—Por supuesto. Así no me olvido de nada. También tengo una para ir al cole. Creo que es mejor estar preparada para todo ante la vida. Así te queda tiempo para lidiar con lo inesperado.
No estaba seguro de lo que estaba hablando,hom y me preocupaba que, si le pedía explicaciones, solo me dejara más confuso.
Treinta minutos más tarde, Autumn saludó al taxista cuando subimos al taxi.
—Gracias por llevarnos al palacio. —Sabía que le íbamos a pagar, ¿no?
—Cabeza arriba. Cabeza arriba. Como Paddington —canturreó Bethany para sí misma mientras bajaba el asiento abatible y se subía. Me agaché para fijar el cinturón de seguridad y mi mano chocó con la de Autumn. Un destello de energía me subió por el brazo y pareció irradiar luz desde el centro de mi cuerpo, empezando por las pelotas. ¡Dios mío! Pensaba que la chispa de electricidad que había saltado entre nosotros cuando le entregué la pala de cocina la noche pasada había sido una casualidad. Pero, al parecer, no había sido así.
Autumn jadeó y retiró el brazo.
¿Ella también lo había sentido? Había sido como una especie de explosión…
—¿Estás bien? —pregunté, sin mirarla, mientras terminaba de asegurar a Bethany en el asiento adaptado.
—Sí —dijo, mucho más tranquila de lo que estaba acostumbrado a verla; prueba fehaciente de que ella también había sentido algo.
Autumn era una chica atractiva. Me había dado cuenta la primera vez que la vi. Había dejado de fijarme en las mujeres después de que Penelope se marchara y me había prometido a mí mismo mantener una vida de celibato. Quería centrarme en las cosas que merecían mi atención: mi hija, el trabajo y los cinco hombres a los que consideraba más mis hermanos que mis amigos. Autumn había interrumpido esa concentración durante una fracción de segundo. Pero solo había sido eso, una intrusión momentánea. Sin duda era atractiva, hermosa y un poco inquietante, así que alguna parte de mi fisiología había reaccionado, como era lógico y normal. Pero ese momento ya había pasado, ¿verdad?
Cuando llegamos al centro ya había olvidado aquel chispazo. Estaba seguro de que Autumn también lo había hecho, al menos si tenía en cuenta el parloteo que había mantenido con el taxista. Me sorprendió que aquel hombre no la hubiera invitado a su trigésimo aniversario de boda, que se celebraba al cabo de un mes. Se habían hecho amigos con rapidez mientras lo acribillaba a preguntas sobre qué pasajeros famosos había llevado y sobre las mujeres que casi habían dado a luz en el asiento trasero. Por lo que había podido comprobar, el carácter alegre de Autumn no parecía ser algo que solo surgiera en mi beneficio. Y si así era, se extendía también al taxista. Esa chica parecía feliz de verdad. Todo-el-tiempo.
Por lo menos no se había puesto a cantar…
Cuando nos bajamos del taxi, me coloqué a Bethany sobre los hombros, como hacía normalmente. En esa época del año no iba a haber una multitud, pero no pensaba correr ningún riesgo. De esa forma, mi hija estaba a salvo y, además, tenía la mejor vista.
—¿Puede haber algo más icónico y británico que ir a ver el cambio de guardia en un taxi negro? —preguntó Autumn, iluminando aquella aburrida mañana de abril con una sonrisa enorme.
—¡Los osos! —gritó Bethany, señalando hacia el palacio.
—Vamos —respondí—. Tenemos que conseguir un buen sitio. —En ese momento había poca gente, pero pasados diez minutos iban a aparecer miles de personas de la nada, como hormigas yendo a por un helado.
Sentí la vibración del móvil en el bolsillo antes de escuchar el timbrazo, y mis tripas se revolvieron como si hubiera ingerido salsa pasada. Sabía que era Mike y, aunque hubiera querido deshacerme de él como cliente, dado el estado de la economía era el único que me aseguraba que no me iban a echar del bufete. Saqué el aparato del bolsillo mientras sujetaba las dos piernas de Bethany con una mano. Incluso con las manos de mi hija extendidas sobre mi frente y viendo con un solo ojo, pude distinguir que, efectivamente, se trataba de Mike.
—¿Trabajo? —preguntó Autumn.
—Sí —confirmé—. Es que tengo un cliente especialmente exigente. No tiene hijos, así que no le apetece pasar tiempo fuera del despacho.
—Pero si es fin de semana…
—Dice la mujer que ha salido con su jefe y su pupila.
Se rio.
—Supongo que no soy la más adecuada para abrir la boca, pero esto es divertido. —Dio una palmada con las manos cubiertas por los mitones y se volvió hacia Bethany—. ¡Puedo ver a los osos-soldado!
Si se lo pasaba bien, quizá se quedara todo el trimestre. A Bethany parecía caerle muy bien Autumn, y, dejando a un lado su afición por los musicales, no era una mala inquilina. De todas formas, yo apenas estaba en casa; además, cuando así era, me pasaba la mayor parte del tiempo en el taller. Por lo que, desde mi punto de vista, el acuerdo que teníamos era perfecto.
Llegamos a las puertas del palacio y nos colocamos en uno de los huecos que había frente a las altas barandillas negras que lo rodeaban.
—Sinceramente, he estado esperando para ver esto desde que tenía nueve años —confesó Autumn.
—¿El cambio de guardia?
—Sí. Y Londres. Y el mundo —explicó, echando la cabeza hacia atrás todo lo que podía, como si tratara de distinguir Júpiter.
—¿Siempre has querido viajar? —pregunté.
—Siempre. Y cuando por fin Hollie pudo venir a Europa, supe que no me iba a quedar atrás. Estoy deseando ver el Coliseo. La Torre Eiffel. Quiero ir a ver… —Hizo un movimiento de pinza con los dedos—. Ya sabes, en Sevilla.
—¿Flamenco? —sugerí.
—Eso es —respondió ella; cerró los ojos e inspiró como si estuviera oliendo un ramo de flores de verano—. La espera se me está haciendo eterna. Pensé que iba a tener que aguardar a que me dieran vacaciones, pero al no incorporarme al programa de posgrado hasta el próximo septiembre, puedo pasarme todo el mes de agosto viajando. Todo me ha salido genial.
—Pobre dama de oro. No puede verlos —dijo Bethany, interrumpiendo mis pensamientos. Me dio una palmadita en la cabeza y señaló la estatua en lo alto del monumento a la Victoria.
—No, cariño, está mirando en la dirección equivocada —respondí.
—Creo que se está asegurando de que todo el mundo sea feliz —intervino Autumn—. Y estoy segura de que alguien le enseñará fotos.
—¡Mira! —chilló Bethany—. La reina.
A veces me preguntaba qué pensamientos rondarían por la cabeza de Bethany entre sus declaraciones aleatorias. ¿Creía que la estatua cobraba vida cuando la gente se había ido y que la Victoria se unía a Su Majestad para tomar el té y reírse de la ceremonia? Ser padre era lo más gratificante, confuso y desafiante que me había tocado en suerte, y, a pesar de que la madre de Bethany nos había abandonado, volvería a hacerlo todo exactamente igual sin pensármelo dos veces. Bethany era un constante recordatorio de que había alguien más que yo en el centro de todo lo que hacía. Y era un recordatorio importante, que me mantenía centrado y firme incluso frente a clientes infernales como Mike.
—Gira —me exigió Bethany, y, obedientemente, me moví trescientos sesenta grados en el acto. Bethany se echó hacia atrás, como hacía siempre que estaba sobre mis hombros, y yo le apreté los tobillos con más fuerza—. Otra vez. —En esa ocasión hice el gesto dos veces. A continuación, me agaché y me incorporé de un salto, al tiempo que balanceaba los hombros a izquierda y derecha como si fuera la atracción de feria personal de Bethany. Cualquier cosa con tal de oír su risa.
—Es maravilloso veros juntos —afirmó Autumn, sonriéndonos a los dos.
Alguien me tocó el hombro, y cuando me giré me encontré a una anciana tirando de una de esas cestas con ruedas en las que los mayores llevan las compras.
—Perdonen que los interrumpa, pero tengo que decirles que los tres forman una familia muy bonita.
No me habría quedado más sorprendido si me hubiera dicho que había salido en calzoncillos sin saberlo. Me quedé sin palabras. Miré a Autumn, esperando que interrumpiera y corrigiera a la mujer, pero ella parecía estar concentrada en los preparativos que se desarrollaban detrás de la barandilla.
La mujer miró a Bethany.
—Vas a ser tan guapa como tu madre —le dijo a Bethany.
Había pensado que Autumn era mi esposa. Que era la madre de Bethany. ¿No podía ver que yo era mucho mayor que Autumn? ¿Que era el tipo que le pagaba el sueldo?
Me dio una palmadita en el brazo.
—Tiene una hermosa familia. Cuídela.
Si ella supiera…
Me había pasado cinco años casado con Penelope, tratando de crear la familia ideal. Pero llegó el momento en el que supe que no existía tal cosa. Al parecer, no había logrado aprender esa lección de mi padre. Mi exmujer había tenido que grabármela a fuego en el alma.
No iba a volver a cometer el mismo error.
Estaba decidido a ser el mejor padre posible para Bethany, y eso significaba que me ceñía a estándares muy exigentes. Quería ser un modelo de conducta para ella. Un proveedor. Y, sobre todo, su ancla; quería formar con ella un vínculo irrompible que le proporcionara coherencia y seguridad. Sabía lo que sentía un niño cuando el suelo estaba en constante movimiento bajo sus pies y no podía estar seguro de si sus padres iban a estar ahí cuando se despertara. La madre de Bethany se había deshecho de ella, pero eso solo había conseguido unirme más a mi hija.
Eso había supuesto no hacer viajes de trabajo en los que pasara la noche fuera para estar siempre en casa si se despertaba. Significaba no meter mujeres en mi cama, ya que una relación podía confundir o herir a Bethany. Y, sobre todo, suponía que tenía que dejar de «deshojar» niñeras como si fueran pétalos de margaritas. Lo supiera ella o no, Autumn tenía un puesto de trabajo seguro con nosotros mientras siguiera en Londres.
Autumn
Normalmente no habría tardado tanto en prepararme para una cena el sábado por la noche con mi hermana. Sin duda, no me habría comprado nada nuevo. Pero estaba en Londres, en lo que me parecía un nuevo comienzo, aunque estuviera en una especie de limbo hasta que despegara mi verdadera carrera. Además, Hollie se movía en el tipo de círculos en los que las zapatillas de deporte que usaban costaban más que todo el contenido mi armario. Iba a ser solo una cena con mi hermana, su marido y algunos de sus amigos, pero era en Knightsbridge. La única persona que conocía más rica que mi futuro cuñado era mi actual jefe, lo que significaba que una cena en casa de Dexter justificaba comprar un vestido nuevo.
En especial, porque el mencionado jefe superrico estaría presente.
No trataba de impresionarlo, no exactamente, pero quería que Gabriel pensara que yo era guapa, porque yo pensaba que él era increíble y muy atractivo. Sí, tal vez fuera frío y huraño cuando estábamos a solas, pero cuando lo veía con su hija podía intuir cómo era más allá de aquella actitud tan borde. Y eso hacía que me derritiera como la nieve en el Sahara.
El vestido que había elegido no era el colmo de la elegancia; se trataba de un sencillo modelo de punto rojo que me llegaba justo por encima de la rodilla, con un cinturón anudado. Cuando me miré en el espejo no fui capaz de decidir si debía llevar los hombros descubiertos o no, así que opté por elegir antes el calzado.
Tenía cuatro pares de zapatos, y los había llevado todos a Londres: unas chanclas —y, aunque el clima fuera más cálido, no podía llevarlas a una cena en Knightsbridge—, unas zapatillas deportivas con las que podía haber salido airosa si no hubieran estado tan gastadas, unos zapatos de tacón que me había comprado en las rebajas de Century 21 por seis dólares y, por último, unas botas negras hasta la rodilla, que había comprado hacía años y para las que había estado ahorrando durante tres meses; lo bueno era que aún estaban casi como nuevas. Me decidí por las botas. Si me ponía los tacones, mi hermana iba a pensar que estaba intentando impresionar a alguien. Y luego creería que era a Gabriel. Y me montaría un lío.
—¿Preparada? —gritó Gabriel por el hueco de las escaleras. Aunque solo íbamos a ir juntos porque era uno de los mejores amigos de Dexter y no porque fuera mi cita, su pregunta me hizo sentir una oleada de excitación en lo más profundo del vientre. Como si mi cuerpo pensara que era mi novio; sin embargo, la realidad era que apenas nos habíamos cruzado desde que habíamos ido a ver el cambio de guardia, hacía casi dos semanas. Ese día se había ablandado, pero desde entonces estaba de mal humor perpetuo. Gabriel reservaba su personalidad más cálida y amable para cuando Bethany estaba cerca. Sin embargo, incluso aunque me escondiera esa parte de él, yo era consciente de que estaba ahí. Y quería saber por qué la había enterrado tan profundamente.
—Ya voy —respondí, cogiendo la cartera de mano que Hollie me había regalado por Navidad.
Al llegar al final de la escalera, esperé mientras Gabriel terminaba de dar instrucciones a la niñera.
—Debería quedarme de canguro —dije mientras Gabriel cerraba la puerta principal a nuestra espalda.
—No. —Su tono no dejaba lugar a una discusión—. Tienes que cenar con tu hermana. Es sábado por la noche.
—Pero se supone que las niñeras hacen también de canguro, y acordamos que…
Gabriel abrió la puerta del taxi que esperaba frente a la acera.
—Ya haces muchas veces de canguro —me interrumpió al sentarse a mi lado. Me fijé en que examinaba mi vestido; seguí el recorrido de su mirada cuando se posó en la hendidura entre mis muslos. Dios, ¿era una prenda inapropiada? Ya había cenado con Hollie, Dexter y sus amigos, y pensaba que había escogido bien. ¿Estaba mi elección totalmente fuera de lugar?
—El vestido es nuevo. He pensado que estaría bien para esta noche —me defendí, casi avergonzada por su aparente desaprobación. ¿Qué sabía yo de los códigos de vestimenta en Londres? Me había criado en un parque de caravanas. Consideraba elegantes unas servilletas de papel con diseños impresos.
Gruñó un poco antes de apartar la mirada.
—Estás preciosa —murmuró hacia la ventanilla.
Intenté reprimir una sonrisa. Así que más que desaprobando mi atuendo, lo había pillado admirándome. Una oleada de calor se acumuló entre mis muslos, y habría jurado que podía sentir la calidez de su cuerpo a pesar del espacio que nos separaba.
—Gracias —susurré, casi sin aliento por el subidón de alegría de que un hombre como Gabriel me considerara guapa y medio preguntándome por qué parecía tan reacio al hacer el cumplido. ¿Le resultaba difícil ser amable con alguien que no fuera Bethany?
Suspiró y negó con la cabeza como si las palabras lo torturaran.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Bueno… —comenzó, todavía con la vista clavada en el exterior de la ventanilla—. No debería haberlo dicho. Lo siento.
—No me siento ofendida —aseguré—. Es agradable recibir un cumplido. Especialmente de tu parte.
—¿Especialmente de mi parte? —Me miró y luego se volvió hacia la ventanilla de nuevo, como si intentara no fijarse en mí.
Quería decir «especialmente de alguien tan guapo». De alguien tan mundano, tan inteligente, tan cuidadoso y atento. De alguien por quien me había pillado.
—Sí —respondí con sencillez. Tenía que saber que todas las mujeres en un radio de un kilómetro estaban locas por él. Yo no era la única.
—¿Cómo se portó Bethany ayer? —preguntó, cambiando el tono como si hubiera estado hablando en sueños y acabara de despertarse.
—Es adorable. La llevé a nadar al salir de clase, como te dije. Le encanta el agua. —No mencioné que debería haber habido un socorrista de guardia y no solo dos instructores. Era demasiado estricta con ese tipo de cosas debido a mi formación como socorrista, y no quería que Gabriel se preocupara.
—El verano pasado la llevé a Grecia, aunque se pasó en la piscina todo el rato.
—¿A Grecia? —pregunté, imaginando villas encaladas y flores de brillante color rosa que contrastaban a la perfección con el azul intenso del mar—. Siempre he querido ir. ¿Es tan maravillosa como dicen?
—Ya te digo que no vimos mucho más que la piscina. Pensaba que habías dicho que querías ir a París y a Roma.
—Sí, claro —dije—. Y también a Grecia. Quiero sentir la brisa mediterránea en el pelo y la arena blanca entre los dedos de los pies, no solo tener Mamma Mia como referencia. Lo mismo me pasa con París.
—Déjame adivinar… ¿Ahora tu referencia es Un hombre lobo americano en París?
¿Gabriel Chase acababa de hacer una broma? Me sentí orgullosa.
Sonreí en señal de victoria silenciosa.
—Suelo pensar más en Moulin Rouge.
—Esa no la he visto.
—¿En serio? ¿No has visto Moulin Rouge? Es una genialidad de Baz Luhrmann. Puede que sea mi musical favorito de todos los tiempos. Y Mamma Mia también es un musical, por si no lo sabías.
—Sí, y tampoco la he visto.
Quise agarrarlo, girarle la cara hacia mí para poder ver su expresión y comprobar que no estaba bromeando. Tenía que estar tomándome el pelo. Todo el mundo había visto Mamma Mia. Me incorporé en el asiento para verle mejor la cara.
—Joder, Gabriel.
Se volvió hacia mí; sus anchos hombros ocupaban la mitad del asiento.
—¿Acaso es un delito federal en Estados Unidos que no te gusten los musicales?
—Pues claro —dije, incrédula—. Veo que voy a tener que ampliar tus horizontes. Una noche, cuando no vuelvas muy tarde, comenzaré tu educación musical. Oh, Dios mío…
—¿Qué pasa? —dijo, mirando hacia delante de nosotros como si hubiera visto algo.
—¿Me estás diciendo que también has privado a Bethany de los musicales?
Puso los ojos en blanco.
—Creo que vio Mary Poppins con su última niñera. O puede que fuera El mago de Oz.
Resoplé.
—Tonterías. Ya tiene cuatro años, Gabriel. Cuatro años. Ya debería haber visto Cantando bajo la lluvia. Y Un americano en París y…
El ceño de Gabriel se suavizó, sus hombros parecieron bajar y me miró. Me miró de verdad, como si intentara leer mis pensamientos o algo así. ¿Tan rara me veía?
—Tengo mucho trabajo que hacer —continué, sonriendo para mis adentros—. Tú déjame a mí y me aseguraré de que Bethany adquiera una gran cultura musical.
—Si tú lo dices… —repuso, volviendo a ser el mismo cascarrabias de siempre.
Me di un golpecito en la nariz justo cuando el taxi se detuvo frente a la casa de Hollie y Dexter. Antes de que saliéramos del taxi, Hollie ya había abierto la puerta y Dexter aparecía sonriente detrás de ella.
—Es muy agradable tenerte aquí. —Me abrazó y me apretó tan fuerte que me preocupó que se me rompiera una costilla—. Mírate… —dijo; me soltó para examinarme de arriba abajo—. Me gusta tu vestido. —Hizo una pausa cuando Gabriel la besó en la mejilla antes de seguir a Dexter al interior—. ¿Estás tratando de impresionar a alguien? —Había pasado de ser la hermana sensible a desempeñar con firmeza el papel de hermana mayor preocupada. Hasta esa noche, habría podido decirle con certeza que, a pesar de estar encaprichada de Gabriel, nunca iba a pasar nada. Yo no estaba a su altura y él no parecía el tipo de persona que se liaba con sus empleadas. Y dado su comportamiento conmigo, estaba segura de que apenas se fijaba en mí. Hasta esa noche.
Hacía unos minutos se había fijado en mi vestido, sin duda. Y además me había dicho que estaba muy guapa, pero como si le hubiera resultado doloroso admitirlo. ¿Qué estaría pasando en ese enorme cerebro suyo?
—Estaba de oferta en Uniqlo, Hollie. —Suspiré.
—Lo siento. Estás muy guapa. Siempre has sido capaz de hacer que cualquier prenda parezca cien veces más cara. Es solo que esperaba que vinieras en vaqueros. Eso es todo.
—Quizá me esté reinventando —respondí—. ¿Puedo entrar? Tengo frío.
—Sí. Ven y ayúdame a preparar las bebidas. Ya han llegado los chicos y quieren whisky, bueno, salvo Beck. ¿Qué quieres tomar tú?
—¿Qué tienes?
Se encogió de hombros.
—Dexter ha traído champán —cotilleó, con los ojos brillando de forma conspiradora.
—¿Quién del parque de caravanas Sunshine se creería que esta es ahora nuestra vida? —Enlacé mi brazo con el suyo mientras íbamos a la cocina.
—Lo sé. Es como si estuviera comprometida con la realeza o algo así.
