Monozuki. La voz de los espíritus - R. G. Wittener - E-Book

Monozuki. La voz de los espíritus E-Book

R. G. Wittener

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Beschreibung

Monozuki sigue mejorando sus habilidades de vidente con la abuela Rin. Han pasado varias lunas desde la batalla en Tojinbo, su pequeño pueblo isleño, contra los Maeda y los demonios de hierro. Cuando florece el ginkgo del santuario del Ojo del Tigre ambas deben asistir: es el momento de convocar el torneo de los jefes de los clanes para escoger al nuevo Señor de Marfil, recordarles las promesas hechas a los espíritus y, sobre todo, para renovar la purificación del dragón y que su mal siga enterrado y oculto por siempre. Mientras se celebra este concilio, Yoshio Maeda se adentrará en la Montaña de la Muerte para encontrar un arma con la que conquistar todas las islas y acabar con las alianzas de los clanes con los espíritus y los kaijus, y que, finalmente, el oscuro maestro Baku sea el nuevo Señor de Marfil. Zenko, un zorro muy sagaz, acompañará a Monozuki con una misión secreta del dios Zorro, poniendo en peligro el torneo y a sí mismo por proteger la tradición y las vidas de los kaijus.

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Seitenzahl: 704

Veröffentlichungsjahr: 2024

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R. G. Wittener (1973, Witten, Alemania)

Es un escritor español de relatos y novelas de aventuras, fantasía y ciencia ficción, autor de la saga Monozuki, una colección de novelas que Miyazaki (Studio Ghibli) se hubiera sentido orgulloso de firmar.

A los dos años de edad su familia se traslada a Madrid, ciudad en la que sigue viviendo actualmente. Desde pequeño se interesó por las artes gráficas lo que le llevó, en 1993, a cursar estudios de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. De 1997 a 1998 colaboró en la Sala de Exposiciones de la Comunidad de Madrid, y en 1999 asistió a un curso de animación clásica para cine.

A finales de los años 90 empezó a escribir con más asiduidad y en 1997 quedo finalista del Certamen Literario El Fungible, del Ayuntamiento de Alcobendas, cuyo jurado estaba compuesto por: Manuel Alonso Erausquin, Arturo González, José María Gutierrez de la Torre, Luis Mora González y Jesús Miguel Pérez García. El miembro de honor de ese año fue Ray Loriga. Después de esto, en 2008, debuta con la novela El secreto de los dioses olvidados (AJEC). Su interés por formarse le lleva, en 2015, a asistir al Taller de Relato Breve, en Hotel Kafka, con Eloy Tizón de profesor. Entre 2015 y 2016, realizó el Curso virtual de Narrativa en la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès. En 2017, vuelve a Hotel Kafka para realizar un nuevo curso con Eloy Tizón: Taller de Reparación de Relatos.

Es el autor de numerosos relatos y cuentos cortos aparecidos en antologías de fantasía, aventuras y steampunk, un formato que domina con maestría. Entre ellas destacan The Best of Spanish Steampunk (Ediciones Nevsky) y Supermalia (ediciones El Transbordador).

De su estilo han dicho que es profundamente cinematográfico y vívido, de prosa sencilla pero rica en detalles, y con gusto por dar una vuelta de tuerca a los estereotipos de la narración clásica de aventuras, normalmente mezclando uno o dos géneros literarios. El autor reconoce como influencia en su obra los trabajos de Julio Verne, Emilio Salgari, Michael Ende, Margaret Weis y Tracy Hickman, H. P. Lovecraft o Diana Wynne Jones, entre otros; una huella que el lector reconocerá de inmediato en Monozuki. La chica zorro, el primer volumen de la Saga Monozuki.

Además, es un fanático del cine y eterno aspirante a superhéroe.

Título original: Monozuki. La voz de los espíritus

Primera edición: septiembre de 2023

© 2023, R. G. Wittener, por el texto

© 2023, de la presente edición en español para todo el mundo:

Editorial Cicely / Carmot Press, S. L.

Calle Madrid 118, 3D

28903 Getafe (Madrid)

Colección El Relámpago

cicelyeditorial.com

Edición, maquetación y diseño: Beatriz Rubio Fernández/ Cicely Editorial

Corrección: Rubén Íñiguez Pérez y Rocío Martínez

Printed in Spain– Impreso en España

ISBN: 978-84-124608-7-2

Depósito legal: M-26191-2023

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, en todo o en parte, solo puede ser realizada con la autorización escrita de los titulares de la propiedad intelectual, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

Para Alma, Ana, Beatriz, Darío, Laia, Iria, Saul,y el resto de nuevos lectores que siguen llegando a mi alrededor

MonozukI

La voz de los espíritus

R. G. Wittener

1

Usagi colgó la lámpara de luciérnagas de un saliente en la roca, se sacudió las manos y dio unos pasos hacia atrás para valorar el resultado de su trabajo. Los bancos, tallados en piedra negra, mostraban ahora su superficie pulida y brillante. Y lo mismo podía decirse del suelo de la espaciosa gruta.

—Ni rastro de suciedad.

Saya asintió, uniendo el gesto de satisfacción en sus labios a la sonrisa pintada en la máscara que le cubría la mitad superior del rostro, idéntica a la que portaba Usagi, y que los identificaba como monjes.

—La Cueva de los Espectros vuelve a estar lista para recibir visitas. Hemos derrotado a su archienemigo la hojarasca una vez más —afirmó ella, empuñando el recogedor con un cómico gesto de victoria.

El humor de su compañera logró que rompiese la disciplina de serena tranquilidad que procuraba mantener en público, y se rio también. Aunque, a medida que observaba la magnífica hilera de estatuas situadas enfrente de los bancos, su gesto fue mudando a la habitual expresión de seriedad; pues cada uno de esos guerreros era la representación de un miembro de los clanes que derrotaron a los Señores del Hierro. Y por encima de ellos, en un nicho, el dios Tigre asomaba en posición rampante. Victorioso sobre todos los enemigos de aquellos territorios.

—Mañana toca revisar su estatua —comentó, señalando hacia arriba—. Tenemos que acordarnos de traer la escalera.

—¿Habrán vuelto a anidar los murciélagos? —preguntó ella, haciendo una mueca de asco.

—No lo creo. Llevan un tiempo sin colarse allí dentro. Pero si lo han hecho, no te preocupes. Yo me encargaré de cogerlos y llevarlos a una caverna del valle.

Saya volvió a sonreír, e hizo una reverencia en señal de agradecimiento. A continuación, ambos saludaron a la figura del dios Tigre y se dirigieron en silencio hacia la escalera que conducía al exterior; acompañados por el murmullo de la fuente situada justo a la mitad de la caverna.

—El castor Hato podrá estar orgulloso. Creo que esta vez nos hemos superado —comentó Saya, mientras ascendían el centenar de escalones.

—Si se lo dices así, seguro que te responde que ya tienes un reto para la semana que viene —replicó Usagi, más veterano en el trato con el monje encargado de supervisar el cuidado de la Cueva de los Espectros. Al llegar al Santuario del Tigre le había sorprendido que, a alguien tan joven como él, le encomendaran tareas en uno de los lugares más venerados del Ojo del Tigre; pero, tras varios años allí, sabía que la elección se debía, sobre todo, a lo fatigoso de subir y bajar cada día hasta la caverna. Amén del paseo que debía realizarse para llegar.

—Me resulta más frustrante pensar que quizás nadie se aprovechará de nuestro esfuerzo. En los dos años que llevo aquí, ni el más humilde de los señores del clan ha venido a mostrar sus respetos.

—No menosprecies las visitas de los peregrinos durante la Luna del Cuervo, Saya. —E hizo un gesto hacia las ofrendas, colocadas en las múltiples rendijas de la roca—. Ellos también aprecian que la cueva les reciba con su mejor aspecto.

Su compañera lanzó un suspiro.

—Ya sé que el Festival del Tigre es un suceso único, y que pocos tienen la suerte de vivirlo, pero cuando el castor Hato me encomendó ayudarte a limpiar la cueva… pensé que, al menos, vería de cerca a damas y señores de todo El Tigre.

—Quizás es que el dios ha decidido que tu estancia aquí te sirva como cura de humildad —elucubró Usagi, en tono sarcástico, a sabiendas de que ningún monje tenía obligación de revelar las razones para pedir su ingreso, salvo al Maestro de castores del santuario.

—Pues si es así, lo está consiguiendo.

En ese momento alcanzaron la entrada de la cueva, protegida por una resistente celosía de madera. El acceso estaba custodiado también por dos monjes, con los que se intercambiaban las tareas de limpieza y vigilancia cada luna: Asagiri y Ha; guardia que, en realidad, se limitaba a evitar que los peregrinos más curiosos incumplieran con las fechas que la tradición establecía para poder visitar el lugar. Y, al igual que ellos, lucían máscaras con «la sonrisa del sabio agradecido» pintada en la frente.

—¿Habéis acabado por hoy?

—Mañana nos ocuparemos de las estatuas —respondió Saya, colocándose los útiles de limpieza al hombro.

—Entonces no os olvidéis de avisar al castor Hato para que os acompañe —dijo Asagiri, mientras hacía gestos de advertencia—. Recordad cuánto se enfadó cuando las tocamos sin que él lo supervisara.

Saya y Usagi asintieron. Por supuesto que recordaban la reprimenda. El castor había llegado a amenazar con relevarlos de sus tareas si volvían a hacerlo. Ni la más insignificante parte de las esculturas se tocaría sin su permiso, les había recordado. Ni siquiera al Señor de Marfil se le permitía tocarlas, si el castor encargado de su cuidado no estaba presente.

—Tranquilos, no nos olvidaremos —se despidieron, dejando a sus compañeros al cuidado del lugar. Aunque aún volverían a verlos en el comedor, a la hora de la cena.

A pocos pasos de allí se alzaba un modesto templete, conocido entre los monjes como el refugio de las videntes, y justo al lado comenzaba la senda que los llevaría a su destino. Bordeada por cerezos y moreras, las frondas formaban una techumbre translúcida para los caminantes. Y más allá de la linde, no tardaron en distinguir los surcos de los campos que cultivaban los monjes para su sustento.

—Este año la luna del jazmín ha sido muy suave. Empezarán a cosechar antes de que llegue la luna del mono.

Usagi asintió, y dejó que su mirada se perdiera en el paisaje que los rodeaba: el lago que albergaba el santuario y, sobre todo, las verdes montañas que delimitaban el valle del Ojo del Tigre.

—Toro dice que los frutales están repletos. Las mejores naranjas en muchos años.

Ensimismados en sus conversaciones, llegaron hasta la entrada norte del santuario: una pequeña puerta, cuya única finalidad era evitar a los monjes un molesto rodeo para poder alcanzar los campos de cultivo. Comparada con la altura de las murallas que defendían el templo del interior, e incluso con las enormes tallas de ébano que las decoraban, aquella portezuela no parecía más que una ratonera en la casa de un gigante.

—¿Estará el castor Hato rezando, o habrá vuelto ya a su cuarto?

Usagi se encogió de hombros. Su superior era un hombre bastante religioso, pero no tenía una rutina demasiado estricta. Como todos los demás, siempre estaba dispuesto a prestar ayuda a los castores mayores. Y, desde hacía ya varias semanas, colaboraba con el castor Yagura en la redacción de la siguiente crónica del santuario: el texto que recogía los eventos notables de cada década y que, una vez impreso, relataría aquella parte de su historia para quien quisiera consultarla en el futuro.

Sus pasos los condujeron a lo largo de los senderos que serpenteaban por el interior del recinto, e iban saludando a los monjes que se cruzaban con ellos y a los peregrinos que paseaban por allí, quienes admiraban las construcciones o las estatuas del complejo religioso.

—Se nota que ha llegado el buen tiempo —comentó Saya—. Empiezan a llegar más peregrinos.

—El ataque a Isla Rubí ha debido reavivar la religiosidad de muchos isleños. No me extrañaría que recibamos la visita de representantes de Kasai o Shinju.

—¿De verdad? ¿Lo crees posible?

—Siempre y cuando el dios no decida seguir poniendo a prueba tu humildad —replicó Usagi, con una mueca burlona, antes de tropezar con otro monje. Pillado por sorpresa, solo la mano de Saya, sujetándolo del brazo, evitó que cayera al suelo.

—Perdón, hermano —musitó el castor, parado en el sendero y con su cabeza vuelta hacia el cielo, como si estuviera sumido en alguna clase de trance.

Movido por la curiosidad, levantó la mirada para descubrirqué había dejado al monje en ese estado de ensimismamiento; y, apenas alzó los ojos, él mismo se quedó estupefacto.

—Ha florecido —escuchó decir a alguien.

—El ginkgo ha florecido —musitó Saya, aunque su voz le llegó desde muy lejos.

Usagi movió la cabeza de manera casi imperceptible para asentir, pero ese fue el único gesto que logró realizar. Tenía la vista clavada en los breves racimos de hojas que colgaban de ciertas ramas del árbol, como abanicos verdeazulados. Y allí, entre los contados puntos en que el ginkgo demostraba aún su vitalidad, alcanzó a distinguir varias flores diminutas. Brotes que habían pasado inadvertidos hasta ese instante.

La señal de que el dios Tigre volvía a convocar a los clanes a su santuario para que eligieran una vez más a quién los lideraría en el futuro.

—Vamos a celebrar el festival —susurró, luego miró a Saya y la abrazó, sin dejar de sonreír—. ¡Vamos a celebrar el festival!

***

Por desgracia, no muy lejos de donde castores y peregrinos continuaban lanzando vítores de alegría, un peligroso secreto permanecía enterrado y oculto incluso a los ojos de los monjes.

En aquel lugar todo era silencio y quietud. El aire, enrarecido a lo largo de décadas de reclusión, permanecía tan inerte como el objeto situado en el centro de la estancia. A excepción de ciertas plantas muy especiales, nada vivo se aventuraba en aquellas tinieblas, pues allí adentro solo se respiraba muerte. Por eso, ningún ojo pudo fijarse en la gota aceitosa que, tras escapar por entre los remaches milenarios del artilugio mecánico, colgaba de unos juegos de engranajes inmóviles. Nadie la vio suspendida en el vacío como el capullo de una mariposa, ni cómo el delgado hilo gomoso que la mantenía unida a la máquina se estiró un poco más, retembló y acabó por partirse, de modo que la gota cayó sobre una de las plantas con un sonido apagado.

Por supuesto, aquello no modificó la calma sepulcral del lugar. Todo siguió igual, a pesar de que las hojas de la planta se volvieron quebradizas en el tiempo que requiere un suspiro, y terminaron por desprenderse de la ahora reseca rama. Nadie vio cómo se fundían en el suelo los restos muertos con la sustancia que los había matado, amalgamados en una pasta viscosa, ni los múltiples goterones que iban a seguir el mismo camino en un futuro cercano.

Y la oscuridad se cargó un poco más del aliento de la muerte.

2

La primera vez que caminó por el corazón del Bosque Rojo, Monozuki se sintió observada por todas las criaturas que lo habitaban; una sensación de curiosidad mutua mezclada con algo de recelo, que solo tras lunas de idas y venidas junto a la abuela Rin se había ido limando de manera casi imperceptible. La desconfianza que percibía a su alrededor no había desaparecido, pero ahora Monozuki podía vislumbrar ojos y siluetas de los seres que vigilaban sus movimientos por el bosque milenario. En cierto sentido, se movía por allí como si fuera una más.

Aquel día, sin embargo, apenas era capaz de prestar atención a esas presencias. Ni siquiera su excitada mente, tan habituada a hacer volar los pensamientos de Monozuki de un lado para otro, lograba distraerla. Había recorrido el único sendero abierto entre los sugis y los arces ignorando a los pocos animales que osaban cruzarse en su camino: cervatillos, tejones y ardillas que iba dejando atrás, sin dedicarles más tiempo que el necesario para una sonrisa. La urgencia que la movía hacía que solo se detuviese aquí y allá para agacharse y recoger ciertas flores, que luego guardaba con premura en el cesto de mimbre que llevaba colgado a la espalda, y procurando no olvidar ninguno de los ingredientes que le había encargado la abuela Rin, a pesar del torbellino de emociones que se agitaba en su cabeza.

Todo había empezado con la súbita aparición de Nakano en la casa de las videntes, quien solicitó con la máxima urgencia que lo atendieran. Al guerrero del clan Kasai lo acompañaba un hombre de la estatura de Monozuki, cuya máscara y pintura facial lo identificaban como un monje al cuidado de uno de los grandes santuarios. Del más importante de todos, el dedicado al dios Tigre, de acuerdo a los colores de su kimono. En cuanto sus ojillos negros se cruzaron con los de la abuela Rin, se agachó para hacer una solemne reverencia.

—Mi nombre es Usagi. Os traigo noticias desde el Ojo del Tigre, vidente. —Y se incorporó de inmediato, tieso como un junco, antes de acercarse para entregarle el estrecho cilindro de bronce que llevaba consigo. De su interior, la abuela sacó un papel enrollado con sumo cuidado y atado con un lazo.

—¿Qué es lo que dice el mensaje, abuela? —quiso saber Monozuki, sin apartar la mirada del monje. Ambos se observaban con una mezcla de sorpresa y curiosidad, aunque elrictus de aquel hombre resultaba difícil de descifrar—. ¿Qué es?

La anciana vidente tardó en responder a la pregunta, repasaba el texto arriba y abajo sin pronunciar palabra. Solo el carraspeo del monje logró que levantara la vista del papel. Y, al cruzar la mirada con Nakano, el soldado asintió en silencio como si supiera lo que estaba pensando.

—El ginkgo sagrado ha florecido. Me convocan junto con el resto de videntes guardianas para formar parte del concilio de videntes —le había explicado a Monozuki, enrollando el documento para guardarlo de nuevo en el cilindro.

Monozuki se limitó a fruncir el entrecejo, evidenciando que no había captado las implicaciones de aquella noticia.

—Se ha convocado el festival del dios Tigre. Los clanes van a elegir al nuevo Señor de Marfil —aclaró Nakano, de una manera más entusiasta de lo que habría esperado en el sobrio guerrero—. El señor del clan me ha ordenado que viniera a toda vela con el Yabane-maru para que el castor Usagi os diese la noticia cuanto antes, y que haga la travesía de vuelta con vosotras al Castillo de la Niebla, enseguida; desde allí partiremos con el resto de la embajada del clan Kasai hasta el Gran Tigre.

Rin asintió y apoyó la mano derecha en el hombro de Monozuki.

—Vamos, tenemos que prepararnos para el viaje. Vas a tener que ir al Bosque Rojo a recolectar unos cuantos ingredientes, pequeña. —E hizo una leve reverencia de despedida hacia Nakano y el monje, quienes, sin embargo, no se mostraron nada dispuestos a marcharse.

—Quizás no me he explicado bien… El señor Kasai me ha ordenado que la lleve hasta el castillo tan pronto como sea posible, abuela Rin.

El monje no dijo nada, pero resultaba obvio que tenía el mismo vívido interés en no perderlas de vista. De modo que la abuela Rin dio una larga calada y luego dejó escapar el humo con un hondo suspiro.

***

Con la mochila llena de casi todas las plantas medicinales que había aprendido a reconocer, Monozuki se preparó para volver a Tojinbo. Sin embargo, el sendero terminaba allí en un alto y su atención se vio atraída por el espectáculo que brindaban las vistas desde ese lugar: el centro del Bosque Rojo. Un lago dominaba el espacio, extendiéndose por no menos de cien pies de ancho. Como un espejo perfecto para el cielo, que los años hubiesen ajado en verde por los bordes. Repartidos en torno a su perímetro había varios hitos de madera, que el sol hacía resaltar a esa hora al reflejarse en las múltiples cuentas y piezas de bisutería que los adornaban; de lejos no se apreciaba, pero aquellos troncos de sakaki tenían talladas en sus cortezas imágenes de zorros en distintas posturas: comiendo, corriendo, dormidos. Algunos, incluso, habían sido esculpidos de arriba abajo con la forma de uno de ellos, como si estuviese sentado. Y en ninguno faltaban cuentas de vidrio, espejos, campanillas de bronce o anillos, colgando como ofrenda al dios para que concediera buena suerte a quien lo puso allí. Mientras, en el extremo oriental, se alzaba el santuario del dios Zorro bajo la sombra de unos sugis enormes que formaban una media luna.

Desde donde ella se encontraba podía ver los edificios gemelos de madera, sin muros, que escoltaban la sencilla estructura central: cuatro altos postes de madera unidos por vigas, en medio de los cuales se hallaba la estatua que representaba al dios. Sin embargo, a diferencia de otros lugares sagrados a los que acudían centenares de peregrinos para pedir un favor a los dioses, el santuario del dios Zorro no disfrutaba de muchos devotos. No en vano, se achacaba al carácter travieso del dios el acabar tergiversando los ruegos que se le hacían: generales que ganaban grandes batallas, pero morían por las heridas sufridas; mercaderes que llegaban a puerto demasiado tarde para vender sus caras mercancías; jóvenes deseosas de encontrar marido que acababan casadas con un cazador de dotes... El dios Zorro cambiaba la fortuna de quien se lo pidiera, sí, pero hacía tiempo que solo aquellos lo bastante desesperados acudían a él.

La orilla más cercana del lago permanecía en calma; sus aguas transparentes se agitaban solo por las leves acometidas del viento, que rizaba la superficie con suavidad. El tenue murmullo de esas olas diminutas parecían animarla a adentrarse en el espacio del santuario. A seguir el estrecho sendero formado por las pisadas de quienes acudían a pedir el favor del dios Zorro, cuyas lindes estaban guardadas por un espeso campo de hierbas y flores aromáticas: ayames, azaleas, tulipanes... Al atravesar la cima del monte, el viento le traía todos aquellos olores entremezclados y animaba a los altos brotes de hierba a rozar sus pantorrillas. Como si el paisaje al completo le estuviera dando la bienvenida a aquel lugar sagrado.

Durante un breve instante, puso la punta del pie derecho en el camino, y luego negó con la cabeza.

—Tengo que volver con la abuela —se recordó, haciendo un gesto con el puño y retomando el sendero. Se resistió a la tentación una vez más.

***

Cuando Zenko vio a Monozuki cerca del santuario del dios Zorro, se despertó de inmediato su curiosidad. Pasaba tan poca gente por allí que la visita de la chica zorro suponía una novedad estupenda, y, además, charlar con ella le resultaba más entretenido que hacerlo con los espíritus que habitaban por los alrededores. Todos eran demasiado aburridos o desconfiados.

Sin embargo, no llegó a dar ni un paso tras Monozuki. Del santuario surgió un aullido apremiante que contenía su nombre, así que contempló cómo daba un paso dubitativo antes de marcharse y luego acudió a la llamada con un trote vivaracho. Se dirigió hacia el hito más próximo y, para cualquiera que le hubiera estado observando, fue como si se fundiera en el interior del tronco de sakaki y desapareciera. A Zenko, en realidad, le habría divertido mucho que algún humano le hubiera visto cruzar al mundo de los espíritus. Habían olvidado cuál era la verdadera utilidad de los sakaki consagrados hacía tanto tiempo, que solían espantarse y jurar por todos los dioses cuando se escapaba a través de uno.

Por supuesto, de haber podido atisbar siquiera lo que se iban a encontrar al otro lado, la mayoría de los humanos se hubiesen quedado sin dioses a los que jurar. En el mundo de los espíritus todo el poder mágico del Tigre se hacía visible: el lago brillaba con luz propia, incluso a pleno día; los troncos de sakaki jugaban a mostrarse talados o en flor, según desde donde se mirasen; las ofrendas palpitaban en distintas intensidades, dependiendo de la convicción de quien las hizo; y todas las construcciones del santuario se mostraban a su verdadero tamaño. Zenko pasó al interior del santuario tan vanidoso como siempre y realizó la sutil inclinación de cabeza que, para el pueblo zorro, equivalía a un saludo informal. Claro que su etiqueta social era mucho más relajada que la de los humanos. Hasta para estar delante de un dios.

—Conoces a la nueva vidente de Tojinbo, ¿verdad? —Al contrario que la estatua del santuario, el dios Zorro no permanecía sentado ni un momento. Su enorme figura iba de un lado para otro, sacudiendo sin parar las cinco colas que lo identificaban, y sus ojos eran como brasas que desprendían chispas de forma continua.

—Ella fue quien me ayudó a escapar de la trampa de los Maeda. Todo todo lo que sabe sobre el pueblo zorro se lo he contado yo —le explicó Zenko, sin ocultar su orgullo.

El dios Zorro meneó la cabeza y lanzó un grito sordo de satisfacción, antes de encararse con él.

—Pero aún no sabe todo todo lo que puede hacer. Y es importante importante que lo aprenda. Le prometí a su madre que sería un orgullo para su pueblo, y no puedo romper mi palabra. —Al menear las colas, levantó una corriente de aire que agitó las flores alrededor del santuario.

—Eso no debe preocuparle preocuparle —repuso Zenko—. En Tojinbo todos la admiran mucho mucho desde que ayudó a detener el ataque de la Poderosa Kuragena...

El dios Zorro chasqueó la lengua y sacudió sus colas con más energía.

—No me refiero a ese pueblo, tonto. Hablo de su verdadero verdadero pueblo. El pueblo zorro. Al que pertenece desde que su madre me pidió que la ayudara.

Zenko se calló de inmediato, intentando asimilar lo que significaba aquella afirmación. Desde el principio había dado por supuesto que Monozuki era hija de otra chica zorro y que, como era costumbre cuando alguno de los suyos nacía con forma humana, la había dejado en el pueblo para que ellos la criasen. Si el propio dios Zorro había puesto la esencia del encantador pueblo en ella, eso la hacía muy muy especial.

—Y ahora, escúchame bien bien, Zenko, porque hay una cosa que necesito que hagas...

El espíritu zorro levantó sus orejas y asintió. Al fin y al cabo, vigilar el santuario empezaba a hacérsele aburrido.

***

La premura hizo que, en cuanto alcanzó la bahía de Tojinbo, Monozuki abandonara el camino y descendiera del acantilado por el antiguo paso de los mercaderes, en lugar decontinuar hasta la torre del ascensor mecánico y el paso vigilado de las rampas. De hecho, los daños sufridos durante la batalla contra Maeda y los demonios de metal aún resultaban obvios a la vista. La estructura del ascensor seguía sin haber recuperado su solidez, y muchas casas mostraban todavía las señales de la batalla: paredes quemadas, parcheadas con tablones, terrazas por reconstruir, escaleras remendadas... Aunque las huellas más evidentes de lo ocurrido lo constituían los mástiles de los navíos de guerra hundidos en torno a la bahía; agujas de madera y metal que marcaban el lugar de descanso final de los guerreros de ambos bandos. A pesar de que el nuevo señor del clan Kasai había sufragado los costes sin poner reparos, como agradecimiento al pueblo de Tojinbo por su lealtad durante la invasión, aún faltaba para que volviera a lucir como antaño. Un problema que palidecía ante la amenaza de la contaminación dejada por los invasores, porque existía un riesgo real de que el lugar se volviera inhabitable. Por eso, la abuela Rin y Monozuki tuvieron que llevar a cabo un enorme esfuerzo para limpiar la tierra de la sangre de los demonios de metal. Durante semanas se dedicaron a cubrirla con una mezcla de polvos medicinales y semillas de ginkgo, que la atrapaba y evitaba así que causase daño a los habitantes del pueblo, a los espíritus o a los animales o plantas. Aquel líquido espeso tuvo muy preocupada a la mayoría de la gente de Tojinbo hasta que, gracias a las videntes llegadas para colaborar desde el resto de Isla Rubí, la abuela les dijo que el peligro había pasado.

Todos aquellos recuerdos se le iban amontonando en la cabeza mientras descendía por el angosto y serpenteante camino, plagado de arbustos, antes de pisar la estrecha franja de tierra que delimitaba la playa. Desde allí, no tardó en divisar la peculiar forma del pueblo: su cruce de escalas y pasarelas entre los desfiladeros que cortaban la línea costera; el abigarrado colorido de las casas encaramadas a lo alto de las paredes de roca, desde la base hasta la cima... En todo El Tigre no existía ningún lugar como aquel, y ninguno de sus habitantes estaba dispuesto a que perdiera esa singularidad.

Alrededor del embarcadero, varios marineros descargaban a esa hora fardos de dos barcos mercantes mientrasalgunos pescadores comenzaban a apilar las capturas del día, junto con el habitual corrillo de niños que los vigilaban expectantes o estaban ayudando a sus familiares.

—Buenas tardes, Monozuki —le saludó uno de los pequeños, subido a horcajadas al parapeto del embarcadero. Bastó que se pronunciase su nombre para que unos cuantos marineros girasen la cabeza y la siguieran con la vista. Algo que, muy a su pesar, se había vuelto habitual.

Como los comentarios sobre ella.

—¿Esa es la aprendiza de vidente que luchó con la Poderosa Kuragena?

—¿No era mucho más pequeña?

—Yo había oído que el kaiju se comió su brazo en la batalla.

—¿De verdad es una chica zorro que criaron las mantis en el bosque?

Monozuki continuó caminando, se volvió hacia sus espectadores y les saludó con la mano. Al principio, cuando la historia de la batalla de Tojinbo comenzó a circular, eran muchos los que la detenían para conocerla y preguntarle si tal o cual cosa que habían escuchado era verdad. Y, para desesperación de la abuela Rin, ella había atendido a todos sin ahorrar en explicaciones. Hasta que, cierto día, un enorme marinero con los brazos surcados por cicatrices de anzuelos se encaró con ella.

—Si lo que cuentan es verdad y puedes hablar con los kaijus, diles que se vayan al infierno. O que se queden en el fondo del mar y no vuelvan. Si es que eres capaz...

Las palabras la habían pillado tan por sorpresa y fueron pronunciadas con tanta socarronería, que Monozuki se dejó llevar por su primer impulso.

Sonrió.

Le dedicó la más amplia de sus sonrisas y le miró a los ojos.

—Si quiere saber si fui capaz, solo tiene que quitarse los pantalones y saltar al mar. Así lo averiguará. ¿Me haría ese favor?

Apenas fue consciente de estar usando la voz de zorro hasta que el hombre dejó caer su ropa en la pasarela y, sin pensar en lo que estaba haciendo, se aupó sobre la barandilla y se dejó caer, precipitándose contra el agua, una docena de metros más allá. Por suerte, la marea era alta en ese momento y lo único que salió dañado fue el orgullo del marinero al tener que cruzar el embarcadero en cueros, de vuelta a su barco. Pero la mirada reprobatoria de la abuela Rin la había hecho caminar con la cabeza gacha hasta la casa de la anciana.

—Si quieres que la gente te respete como vidente, mejor será que no uses magia de los espíritus contra ellos —apostilló, dando por zanjada la cuestión.

Desde aquel día se había cuidado mucho de no usar la voz de zorro. Al menos, no para vengarse de nadie. En el mercado, sin embargo, se permitía utilizarlo cuando iba a comprar comida para la abuela y les pedía a los pescadores que le dieran la mejor pieza. Pero eso era por una buena causa. De un tiempo a esa parte había notado que prefería la comida hervida a la asada, y se quejaba de algún achaque más.

3

Mientras abría y cerraba los cajones del gran armario que le hacía de despensa, apartando ungüentos y preparados de modo que el aire se saturó con el aroma de docenas de plantas medicinales, Rin se reprochó en silencio no haber repuesto con mayor diligencia sus provisiones. Claro que purificar las tierras y las aguas de la contaminación dejada por los cadáveres de los demonios de metal había acabado por agotar sus reservas de polvos medicinales y semillas de ginkgo. Tanto las que había almacenado a lo largo del año, como todas las que se fabricaron después. Ni siquiera la gran ayuda que supuso la llegada de la propia vidente del Castillo de la Niebla, junto con todas las curanderas de los alrededores, les había permitido relajarse de su titánica tarea. De no haber estado tan ocupadas, habría dedicado más tiempo a recolectar los ingredientes necesarios para producir el antídoto contra la sangre de los demonios de metal y reponer sus existencias. Un inconveniente que debería enmendar antes de llegar a su destino.

—¿No está tardando mucho en volver Monozuki?

Al otro lado de la puerta, Nakano la interrogaba con la mirada; y, tras él, se asomaba la menuda figura del monje. Rin fue capaz de interpretar enseguida la expresión en el rostro del alto y corpulento oficial. Estaba nervioso. No de la misma manera que cuando estaba cerca de Chikako, pero era obvio que la espera le tenía en vilo.

—Vuelve al salón a esperar. Pero si yo fuese tú —y señaló a Nakano con la boquilla de la pipa—, preferiría aprovechar ese tiempo visitando a cierta joven del pueblo.

El soldado se ruborizó un segundo, y hasta el monje perdió la compostura. Lo que, a criterio de la abuela, era suficiente compensación por tener que dejarles estar comopasmarotes en su casa mientras se preparaba para un evento tan importante.

Para alivio de sus visitantes, Monozuki no tardó en entrar por la puerta. Llegó poseída por uno de sus habituales estados de efervescencia incontrolable, aquellos ojos ambarinos brillaban expectantes y emocionados.

—Entonces... ¿nos vamos al Gran Tigre? ¿De verdad?—le preguntó, caminando de espaldas sin tropezarse con nada. En ocasiones como aquella la hacía pensar en un zorro, y en cuánto le quedaba aún por madurar.

—Eso es. —Monozuki dejó escapar un grito de emoción y dio un brinco—. Vamos, ayúdame a sacar el baúl de viaje. Creo que será lo bastante grande para llevar todo lo que necesitaremos.

En una esquina de la habitación donde hacía las curas y masajes, descansaba el arcón. Fabricado con acero y madera de kiri, tenía la mitad de altura de su aprendiza. Al frente mostraba una docena de cajones de diversos tamaños, pero el interior disponía de un número mucho mayor de compartimentos en los que distribuir el equipaje y los medicamentos. Accionando una palanca, las patas y el panel decorativo inferior se recogieron con un suave rumor de engranajes y el baúl pasó a apoyarse en cuatro ruedas de metal, cada una del grosor de un coco; de este modo pudieron empujarlo con facilidad hasta el salón central. Entonces Rin se sentó en el tatami y comenzó a dar indicaciones a Monozuki, que fue apilando delante de ella todos los enseres del viaje.

—Tú estuviste en el anterior festival. ¿Verdad que sí, abuela? —le preguntó, mientras guardaba las hierbas, mudas de ropa, sandalias y demás elementos que ella le indicaba.

—Sí, por supuesto. Formé parte del concilio que bendijo el nombramiento del actual Señor de Marfil —respondió, seleccionando las plantas que le había traído Monozuki para guardarlas en los tarros correspondientes.

—¿Y cuánto tiempo hace de eso?

—Muchos años —contestó, con un gesto de indiferencia, mientras intentaba recordar. ¿Eran treinta años? ¿Treinta y cinco? El cálculo era mareante. En aquel entonces no era más que la vidente Rin, la sucesora de la señora Miu como intermediaria del pastor de kaijus de Tojinbo. O, como era conocido en el resto del Tigre, el Guardián del Mar. Había debido hacer el viaje sola porque su maestra estaba demasiado enferma para moverse del lecho y, para su desgracia, fallecería poco después del retorno de Rin. Por eso, de todas las videntes congregadas, ella fue la más joven y asistió con el comprensible asombro a las celebraciones y los rituales del festival.

Ahora, sin embargo, iba a presentarse junto con su aprendiza; y mucho se temía que no encontraría demasiadas caras familiares en el concilio de videntes. El último Señor de Marfil no las había convocado a consejo demasiadas veces, pero las noticias acababan llegando a todos los rincones del Tigre y tenía idea de que los años habían sido implacables con las mujeres que conoció en aquella ocasión. Eso la hizo pensar en la enorme responsabilidad que recaería sobre las videntes de mayor edad, y el peso de ese conocimiento la hizo doblar los hombros un instante.

—Saca del armario los kimonos que están envueltos en papel de seda. Los necesitaré cuando tengamos que presentarnos al Señor de Marfil. No conviene moverse por la corte sin la adecuada dosis de respetabilidad… —le explicó a Monozuki, sujetando la pipa entre los dientes—, o alguien podría pensar que solo somos unas viejas que hablan con los animales del bosque y llevan los bolsillos llenos de raíces.

La antigua advertencia de su maestra hizo reír a Monozuki, que ya estaba colocando con gran cuidado los kimonos sobre el resto de la ropa.

—Vacía ese cajón, el de la izquierda. Saca todo lo que tenga, y guarda dentro los frascos con los ingredientes para eliminar la sangre de los demonios de metal. Espera. —Y, tras ponerse en pie, fue junto a Monozuki—. Deja que vea qué más puede hacernos falta.

***

A Nakano le resultó un tanto desasosegante ver que los preparativos se iban alargando más y más porque, tal y como había expuesto a la abuela Rin, el señor Kasai le había ordenado regresar con ellas en cuanto le fuera posible; así que empezó a sopesar la posibilidad de apremiarlas. Y, aunque temía la respuesta de la anciana, como buen soldado, no podía dejar de pensar en cumplir a rajatabla las órdenes recibidas.

—No nos iremos sin todo lo necesario —afirmó la anciana, mirándole por el rabillo del ojo, antes de que llegase a pronunciar palabra.

Nakano asintió en silencio y volvió a sentarse, tan obediente como si la orden hubiese venido del propio Hiro Kasai o de su inseparable lugarteniente, Gushiken, el veterano soldado que había adiestrado en el uso de las armas al joven señor del clan y a él mismo.

Por otro lado, debía reconocer que estaba más nervioso y emocionado que nunca. De todas las cosas que podrían haber motivado una visita al Gran Tigre, aquella era sin duda la más relevante. ¡Había hombres cuyas vidas se acababan sin que nunca llegase a aparecer ni una flor en el ginkgo sagrado del santuario! Su abuelo Hiroshi había exigido que lo enterrasen junto al pétalo de flor de ginkgo que conservaba en un relicario de madera lacada, amenazando con volver desde el reino de los espíritus para atormentar a quien osase desoír sus palabras. Hasta ese punto se trataba de una situación única.

Y el señor Kasai le estaba pidiendo que llevase a cabo una tarea relacionada con ese evento.

—Dado que una de las videntes guardianas vive en nuestros territorios, debemos llevarla con nosotros al Gran Tigre —le había explicado el señor Hiro, en el salón principal del Castillo de la Niebla—. Quiero que te embarques en el Yabane-maru y acompañes al castor hasta Tojinbo. En cuanto les entregue su mensaje, regresaréis de vuelta y nos marcharemos con el resto de la embajada del clan.

Gushiken le había comentado que los barcos de la embajada estarían pertrechados y aparejados en un par de días, por lo que disponían de cierto margen de tiempo, pero en el puerto de Kiriniwa el capitán del navío ya les estaba esperando ansioso por partir, y al mediodía habían zarpado en dirección a Tojinbo.

Y ahora estaba allí, sentado en medio de la casa de la abuela Rin, viendo cómo le daba instrucciones a Monozuki para llenar aquel arcón enorme, en compañía de un monje del santuario del dios Tigre. ¿Les contaría a sus hijos, si es que algún día llegaba a tenerlos, cómo había sido esa jornada? ¿Incluiría todos los pormenores? ¿Aquella espera, incluso? Lo cierto era que lo más notable de ese momento lo constituía el monje. Nakano estaba poco acostumbrado a verlos de cerca y, mucho menos, a tratar con ellos. En Isla Rubí solo había un santuario importante, el del dios Zorro, y por lo que sabía nunca había tenido una congregación que se encargase de su cuidado. Eso quedaba en manos de los castores errantes. De vez en cuando los veía en los caminos, rastrillando alrededor de los troncos de sakaki consagrados que había en los cruces, con su kimono rojo y el rostro... sin rostro.

Eso era lo que hacía enigmáticos a los monjes por encima de todo. La dificultad para mirarlos a la cara sin sentir que uno estaba dirigiéndose a un ser irreal. La expresión plácida que llevaban pintada en su máscara, a la altura de la frente, provocaba una sensación de desorientación que se incrementaba al llevar teñida de color oscuro la parte inferior del rostro. Según decía la leyenda, el primer monje había sido un pícaro muy apuesto que, tras salvar la vida gracias a la intercesión del dios Mono, decidió consagrarse a cuidar el santuario de la divinidad como pago, y se cubrió la faz para no causar más daño.

Usagi no había pronunciado palabra alguna en todo el viaje. Redujo su comunicación a reverencias o movimientos de cabeza. No le preocupaba otra cosa que el mensaje sellado para la vidente, e incluso tras haber completado su tarea permanecía impertérrito. Sus labios pintados de índigo habrían podido estar colocados en la frente de cualquiera de sus compañeros. En comparación con él, Nakano tuvo que reconocer que estaba llegando al límite de su paciencia.

—Guarda aquí las pomadas y los remedios para las heridas —le indicó la abuela Rin a Monozuki, dibujando una espiral de humo en el aire—. El festival suele acabar con muchos moratones y algún que otro hueso roto, si la memoria no me falla.

La joven aprendiz de la vidente se aprestó a cumplir la petición, abriendo cajones e inspeccionando estanterías con la seguridad de quien sabe dónde encontrar con exactitud lo que busca. Viéndola actuar, Nakano recordó a la muchacha flacucha que había conocido lunas atrás y empezó a descubrir cambios perceptibles solo por la falta de contacto. El primero, y más evidente, era su aspecto físico. Había crecido algunos centímetros y su cuerpo, a pesar de conservar una constitución delgada, estaba dejando de hacerla parecer un muchacho, ayudado por el hecho de que se había dejado crecer la cabellera. En el rostro destacaban en especial su nariz, que seguía siendo pequeña, y sus ojos, que se le antojaron más juntos y almendrados; lo cual le hizo pensar en las leyendas sobre las chicas zorro y su habilidad para embaucar a quienes se les cruzaban. Un prejuicio del que, tras su valiente comportamiento durante la invasión de los Maeda, parecía que se había librado entre sus vecinos. En lo que a él tocaba, y dejando a un lado el entusiasmo juvenil que seguía demostrando Monozuki, se merecía todo su respeto.

—La herida que te hizo la Poderosa Kuragena... ¿ya se te ha curado?

La joven vidente se detuvo con un bote de madera en la mano y le miró, apartándose el flequillo de los ojos con un resoplido.

—No es una herida, señor Nakano —replicó, recogiendo las mangas del kimono para mostrarle los antebrazos—. Es una marca familiar para que el resto de espíritus y kaijus sepan que ella me considera como a una hija. De cerca se ve un poco, pero si me meto en el agua...

Con toda tranquilidad cogió la tetera, acercó la mano para comprobar si quemaba, y derramó después un leve chorro sobre cada uno de sus antebrazos desnudos. Casi al instante, una serie de espirales entrecruzadas se desplegaron por su piel en tonos anaranjados, mientras Monozuki sonreía con evidente orgullo. Incluso el castor desvió la mirada para observar con atención la intrincada filigrana.

—A las buscadoras de perlas les gusta que vaya con ellas algunos días. Dicen que las ostras se dejan coger mejor. Y que los tiburones no se nos acercan. ¿Chikako no se lo ha dicho nunca?

El comentario estuvo a punto de hacer sonrojar a Nakano. Su relación con Chikako, aunque sabida por todos, era para él un motivo de desasosiego permanente. Había conocido a la buscadora de perlas durante los días que pasó en Tojinbo, convaleciente de las heridas sufridas en la batalla contra los demonios de metal. Quedaron claros desde muy pronto tanto la especial atención que ponía ella en cada leve mejoría de Nakano como el gusto con que él acabó recibiendo sus cuidados y recomendaciones para mejorarse. A pesar de que había cerca de un centenar de soldados del clan Kasai entre los heridos, Chikako se ocupaba de manera muy particular de sus curas; dispuesta a hacerle compañía en cada momento que tenía disponible; charlando sobre la vida en Kiriniwa, de anécdotas en sus salidas a bucear, o cualquier otro tema intrascendente que pudiera entretenerlos. Unos encuentros que se habían interrumpido tras su recuperación y el regreso al Castillo de la Niebla, limitándose desde entonces a cortas visitas propiciadas durante las tareas de patrulla de la costa. Lo cual ocurría una o dos veces cada semana, a lo sumo, cuando su fragata pasaba cerca de Tojinbo.

Que en plena treintena aún no tuviera pareja se explicaba porque su devoción por seguir la carrera militar de su padre y su abuelo lo mantenía embarcado demasiado tiempo para atender a las jóvenes que hubieran podido sentirse interesadas por él, además de que su madre nunca se había mostrado demasiado impaciente porque encontrase esposa. La casa y los pequeños negocios heredados al quedarse viuda (una herrería y un comercio de especias del que eran copropietarios) bastaban para permitirles vivir sin estrecheces, pero no resultaban muy impresionantes a los ojos de las jóvenes solteras que podía conocer Nakano en el Castillo de la Niebla. Aunque, para ser más exactos, habría que decir que eran las madres de esas muchachas las que no acababan de dar el visto bueno a una relación entre sus hijas y Nakano. Las familias de soldados, como era habitual en todo el Tigre, buscaban siempre la seguridad de unos ingresos que permitieran pensar en progresar hasta los rangos más elevados: convertirse en comandante de una fortaleza, capitán de un barco o lugarteniente del señor del clan, y así tener la oportunidad de emparentarse mediante matrimonios con su señor. Porque los miembros del clan Kasai ni solían considerar el casarse con alguien que no estuviese «a su altura».

Sin embargo, la batalla de Tojinbo había tenido consecuencias relevantes en la vida social de los Nakano. Al hacerse cargo del gobierno del clan, Hiro Kasai tuvo que reconstruir barcos hundidos y reemplazar a oficiales muertos en batalla. Y en esas circunstancias, la proximidad y amistad de Nakano, amén de la poderosa recomendación de Gushiken, le habían hecho merecedor de comandar las tropas de una de las fragatas destinadas a defender Isla Rubí. Lo cual se tradujo en un aumento de su sueldo... y en el interés de algunas madres por presentarle a sus hijas. Una empresa que había causado la hilaridad, más de un día, en casa de los Nakano. Aunque, eso sí, a su madre le encantaba recibir tantas visitas.

—Creo que eso es todo. Ahora podemos irnos.

Las palabras de la abuela Rin le pillaron ensimismado, de modo que tardó un instante en reaccionar y ponerse en pie junto al castor.

—Veamos qué tal funciona —masculló la vidente, mordiendo la boquilla de la pipa mientras insertaba una llave en el lateral—. Hace casi tres años que no lo uso...

Acto seguido giró una manivela, encastrada en el mueble por debajo de la cerradura, y pulsó un resorte de metal grabado con la figura de un tigre. De inmediato se escuchó el sonido de engranajes girando, y el arcón empezó a moverse.

—No es muy rápido —observó Monozuki, dirigiéndolo hacia la puerta.

—Eso es porque tiene que seguirme a mí —respondió la vidente, apoyando una mano en el arcón mientras se ayudaba del bastón con la otra—. Ya te enseñaré algún día cómo hacerlo correr más. Cuando vayas a viajar sola.

Al salir de la casa, Nakano descubrió hasta qué punto había despertado su visita la curiosidad de los habitantes de Tojinbo. La pasarela que debía conducirlos hasta el ascensor estaba ocupada en ese momento por varias docenas de vecinos, niños y jóvenes en su mayoría, y en las terrazas de las casas cercanas ocurría otro tanto. Y, por lo que pudo constatar, el que centraba las miradas de casi todos era Usagi. Los más pequeños lo observaban a distancia, con la típica mezcla de recelo y fascinación, mientras que los mayores saludaban al cuarteto al pasar, sin disimular su curiosidad.

—¿Te vas del pueblo, abuela? —le preguntó una anciana desde la terraza, dejando a un lado su costura.

La vidente asintió.

—El ginkgo sagrado ha florecido. Estaré fuera hasta que acabe el festival del dios Tigre.

—¿Otra vez? No pensaba yo que viviría para ver tal cosa.

La tranquilidad con la que se tomó la noticia la anciana no tuvo nada que ver con la reacción del resto de curiosos congregados. Quienes conocían la leyenda se la explicaron a los que tenían alrededor y, para cuando llegaron al embarcadero, nadie hablaba en Tojinbo de otra cosa que no fuera el festival.

4

Yoshio Maeda se revolvió una vez más en el lugar que le habían preparado para descansar, desentrelazó las piernas con un gruñido y se incorporó. A poca distancia, el comandante Mori se volvió en su dirección y le miró a los ojos esperando una señal; ese simple intercambio de miradas bastó para que Yoshio le transmitiera la tensión acumulada por la espera, de modo que permaneció sentado en su esterilla. Después de toda una vida juntos, se conocían como hermanos.

Habían desembarcado con el tiempo justo para evitar que la luz del alba los descubriera, y se habían adentrado en aquella caverna natural hasta un punto en el que resultaban invisibles para cualquiera que pudiera acercarse. El lugar exacto se lo habían marcado con una lámpara de luciérnagas, que les aguardaba encendida en un hueco de las paredes de piedra, y allí habían instalado su improvisado campamento.

—¿Desea un poco de té, señor?

Yoshio levantó su mano protésica hacia los soldados que descansaban junto al fuego y declinó la oferta. Ellos respondieron inclinando las cabezas y continuaron degustando sus bebidas, aunque sin dejar lejos los cascos y las armas. Siempre listos para entrar en combate, como cada día desde que se vieron expulsados de su tierra natal...

Maeda meneó la cabeza y procuró dejar todos aquellos pensamientos a un lado mientras seguía desandando el camino por el túnel de la caverna. Por suerte el suelo era bastante regular y no le suponía ningún problema caminar por allí, incluso con su pierna metálica. Otro recuerdo doloroso de su ingrata infancia que se vio obligado a reprimir de momento, relajando al mismo tiempo la tensión sobre su crispada mandíbula.

Unos metros más allá, semiocultos por las penumbras donde la luz de las linternas ya no les alcanzaba, distinguió las armaduras de los guerreros dragón. Los diseños en forma de llamas de los cascos y el emblema del clan pintado de un naranja brillante en medio de las corazas, que identificaban a sus hombres más leales y sacrificados. De todos los guerreros del clan, aquellos eran los que más habían empeñado para apoyar su causa, sin duda. Les saludó con una leve inclinación de cabeza y, al ver que el más veterano de ellos hacía ánimo de acompañarlo, hizo una seña con la mano para retenerlo. Aunque, tras dar una docena de pasos, se giró y pudo ver que le estaba siguiendo a distancia.

Los más leales del clan Maeda, sin duda.

El acceso a la caverna apareció tras un recodo. La luz del sol, cumplido más del mediodía, se aventuraba entre los recovecos de la roca mientras que el sonido de las olas rompiendo contra la playa reverberaba allí de forma mucho más audible. Aguardó unos segundos a que el destello del exterior dejase de cegarlo, se aproximó hasta el punto en que los rayos de luz no podían avanzar más, y entonces se recostó contra un lateral para meditar.

Hacía lunas desde la última vez que había acudido a una llamada del maestro Baku. Y en aquella ocasión se había marchado con la promesa del mando sobre una flota de galeones de hierro y la convicción de ir a recuperar la fortaleza de su familia. Después de tres décadas, creyó que podría al fin vengar a todo el clan Maeda. Podía recordar a la perfección la ilusión con que regresó junto a sus hombres, y el discurso triunfal con el que los arengó.

Les había prometido un nuevo futuro en la tierra de sus padres, y solo les había proporcionado una muerte deshonrosa frente a unos enemigos que no se merecían semejante gloria. Unos campesinos y pescadores de rayos. Los supervivientes del clan Maeda habían superado pruebas demasiado grandes para caer así.

De forma inconsciente, los dedos de su mano mecánica se habían ido engarfiando y rechinaron al rozar la pared. Sin embargo, Yoshio tardó en prestar atención a aquel sonido. En su mente no dejaba de rememorar una serie de escenas de su desgraciado fiasco militar en Tojinbo: sus barcos hundiéndose en la bahía, envueltos en llamas; el Guardián del Mar emergiendo por encima de las olas para aniquilarlos; y, sobre todo, aquella aprendiz de vidente con sus ojos de zorro. Simulaba no saber nada para escurrirse luego entre sus hombres y aparecer donde más daño les podía causar. Su gran equivocación había sido confiarse después de encerrar a la vieja maestra vidente. No supo medir cuánto mal les podía causar una chica zorro.

No. Si su camino volvía a cruzarse con el de Monozuki del pueblo de Tojinbo, no volvería a cometer el mismoerror.

—Señor, el maestro ha llegado.

Yoshio se giró hacia Mori y asintió antes de echar a andar.

Baku le aguardaba, como siempre, más allá de la luz de la linterna de luciérnagas. Maeda acertó a vislumbrar un kimono de tonos terrosos, con un emblema indescifrable de color blanco y un sombrero de bambú que impedía verle la cara. Aquel rostro era el mayor misterio del maestro. Las manos, ocultas bajo las mangas del kimono, permanecían enlazadas delante del pecho. Inmóvil como una estatua, hasta que se inclinó para dedicarle una reverencia de un modo teatral. El heredero del clan Maeda le devolvió el gesto, aunque más sobrio, y se mantuvo dentro del círculo de luz de la linterna, tal y como se le había ordenado la primera vez que se reunió con Baku.

—Al fin volvemos a vernos, Yoshio —comenzó a hablar el maestro, con una voz profunda y serena—. Ha sido una espera larga, pero confío en que habrás recompuesto tus fuerzas.

Maeda frunció los labios y meneó la cabeza para asentir.

—Después de la batalla no tuvimos más remedio que regresar al Mar Fantasma. —Tragó saliva—. Solo nos quedaban tres barcos, y el Obake-maru estaba tan dañado que apenas podía navegar. Casi todos los guerreros que pusiste bajo mi mando, y la mitad de los hombres de mi clan, murieron también.

El maestro no pronunció palabra alguna, pero Yoshio fue consciente de que lo observaba más allá de aquel sombrero de bambú, escrutando su alma como siempre lo había hecho desde que se conocieron.

—Te envié a Tojinbo con diez de mis barcos y te cedí el honor de capitanear uno de mis galeones de hierro, Yoshio Maeda. Hasta te entregué una de mis armas más poderosas. Ningún Maestro del Hierro había utilizado un cañón serpiente desde hacía siglos. Lo sabes. Confiaba en ti para que reconquistases esa tierra y me siguieras sirviendo, como lo has hecho durante estos últimos diez años... y me fallaste. Debías derrotar a uno de los clanes más humildes del Tigre, y todo lo que conseguiste fue engrandecerlo.

Maeda se inclinó tanto como su tullido cuerpo le permitía, humillado por cada palabra que había escuchado. Por cada palabra que había temido oír desde que tuvo que dejar Tojinbo atrás.

—Lo sé, maestro. Sé que os he decepcionado. Por eso os pido una nueva oportunidad para resarciros y demostrar que aún podéis confiar en mí. Arrasaré el pueblo de Tojinbo hasta sus cimientos y haré arder el santuario del Guardián del Mar. Seré vuestro primer aliado cuando tus navíos lleguen al Tigre.

Baku volvió a menear la cabeza, de manera ostentosa, para negar.

—Tu ataque despertó el temor del resto de clanes, y desde entonces la Gran Flota de Marfil vigila El Tigre con todos los barcos a su disposición. Ninguna flota podría acercarse a la costa sin que les descubriera alguna de sus fragatas. Además, el ginkgo sagrado ha florecido y debo centrarme en la elección del nuevo Señor de Marfil para asegurarme de que mis planes tienen éxito.

Yoshio se incorporó, con la sorpresa de aquella noticia impresa en el rostro. El ginkgo había florecido.

—Entonces... ¿para qué me habéis convocado?

—Aunque esos simples pescadores arruinasen tu expedición, mi plan sigue adelante. Y el festival del dios Tigre me ofrece la oportunidad de ver cumplido el deseo que me trajo hasta aquí —la voz de Baku adquirió entonces un tono exaltado—. Pero eso implica que lleve a cabo ciertos preparativos para que todas las piezas estén en su lugar cuando me disponga a asestar el golpe definitivo. Así que voy a encomendarte otra misión, Yoshio Maeda. Una que será mejor que no te atrevas a fallar.

La respuesta fue inmediata.

—Si no cumplo mi palabra, me reuniré con mis ancestros en el fondo del mar.

—Confío en que no lleguemos a eso. Os prometí que volveríais a ser el dueño del Castillo de la Niebla, y me gustaría hacerlo realidad. —Yoshio creyó atisbar una mueca de sonrisa bajo la sombra del rostro—. Decidme, ¿conocéis la Montaña de la Muerte?

—Sí... claro... Me contaron su historia cuando era un niño. Era la fortaleza más imponente de los Maestros del Hierro en El Tigre. La casa del maestro Iktoru. Nadie puede acercarse a ella, porque sigue maldita por la sangre de los demonios.

Baku dejó escapar una carcajada aguda.

—¿Habéis estado cerca alguna vez? ¿La habéis visto?

—No, maestro. Nunca.

—Pues lo que quiero es que hagas eso precisamente, Maeda. Quiero que desembarques en secreto en el territorio del clan Toranoko y te adentres en la Montaña de la Muerte. Necesito que encuentres una cosa para mí en su interior.

El maestro se calló entonces y Yoshio, que apenas había conseguido asimilar lo que acababa de oír, fue incapaz de pronunciar palabra durante unos instantes.

—¿Qué debo buscar?

—El arma con la que conquistaré El Tigre. La estábamos forjando cuando tus ancestros asaltaron la fortaleza y me expulsaron, y quedó abandonada en las profundidades. Pero sé que no se perdió por completo. Que sigue allí, esperando a que vaya y la desenfunde.

Yoshio movió ligeramente la cabeza para asentir, aturdido aún.

—Este es un plano completo de las plantas inferiores de la fortaleza. —Con un elegante gesto dejó una caja de madera en un saliente de la roca—. Incluye todas las explicaciones necesarias para llegar hasta el lugar donde estaba la forja del arma. También contiene la clave para abrir ciertas puertas que están protegidas por trampas.

—Y cuando la encuentre... ¿qué debo hacer con ella?

—No debes tocarla. Esa no es tu misión. Cuando la localices, hazme saber que habéis tenido éxito. Lo que hay en esos cajones me llevará la noticia. —Yoshio se volvió durante un instante a los tres cajones de metal, de un metro de alto, que descansaban cerca del borde de la luz—. Luego, solo esperad a que llegue u os envíe nuevas órdenes. En cuanto me haga con la llave de la muerte, me reuniré con vosotros y el momento de recordar a los clanes por qué temían a los Maestros del Hierro habrá llegado.

—¿Vais a conquistar El Tigre solo con esa arma?

—Si mi plan surte efecto, no necesitaré conquistarlo. Los propios clanes habrán rechazado por completo las alianzas con los espíritus y los kaijus, y me recibirán como a su mejor aliado para acabar con todas las viejas tradiciones. —El maestro alzó la cabeza y Yoshio supo que le estaba mirando a los ojos—. Si todos cumplís con vuestro cometido, para cuando mis barcos lleguen desde Puerto Ardiente, podría ser el nuevo Señor de Marfil.

A continuación, retrocedió hacia las tinieblas y se sumergió en ellas hasta desaparecer con un último recordatorio.

—Si todos cumplís con vuestro cometido, Yoshio Maeda.

Su presencia aún se adivinó durante unos segundos, delatada por el roce de las mangas del kimono contra la piedra, yal fin se desvaneció. Solo entonces se movieron Yoshio y su lugarteniente, recogiendo la caja de madera.

—La Montaña de la Muerte es tierra maldita desde hace más de mil años —repitió el comandante Mori.

—Desde la era de los Primeros Colmillos, lo sé —replicó Yoshio, levantando el cierre de la caja y dejando a la vista su contenido: un libro de tapas de bambú de pequeño tamaño y dos tubos de metal de un palmo de largo—. Ni los poderes de las videntes ni los espíritus han logrado jamás purificarla de la sangre de los demonios.

—Yo pensaba más bien en Takero Toranoko, mi señor—continuó Mori, frunciendo los labios y suspirando cada pocas palabras—. Él se atrevió a entrar en la montaña con sus guerreros más fieles y valientes...

—Y salió de allí portando la peste de la ceniza. También lo sé. Tú mismo me contaste la historia, Mori —replicó Yoshio, torciendo el gesto.

Los tubos contenían, como ya había imaginado, sendos cilindros de metal con los habituales surcos dejados por la voz que había sido grabada en ellos.

—El príncipe maldito entró allí hace menos de doscientos años, mi señor. Y estuvo a punto de exterminar a toda su familia con la peste.

Yoshio se volvió hacia su lugarteniente y le dirigió una mirada sombría, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados.

—Mi familia ya no puede temer nada de mí. Son cenizas, gracias a los Kasai. Y ya hace tiempo que dejó de importarme si el resto de los clanes me consideraría otro príncipe maldito.

—A mí solo me preocupa que logremos recuperar nuestra tierra natal, mi señor. No pretendo ofenderos. Pero me pregunto si, al final, no será esta misión el castigo que el maestro Baku nos ha dispuesto por haberle fallado. —Tras sostener la mirada de Yoshio durante unos segundos, Mori inclinó la cabeza—. Solo os pido que seamos prudentes para que la Montaña de la Muerte no se convierta en la tumba final de nuestro clan. Por grande que sea el riesgo, lo correré a vuestro lado. Ya lo sabéis.

La tensión en el rostro de Yoshio se calmó al fin, cerró la caja y se la cedió a Mori. Entonces examinó los cajones de metal, provistos de unas pequeñas hendiduras circulares a todo lo largo por las que escapaba un zumbido muy peculiar. De sierras vibrando en el aire. El canto de las hembras de las langostas de pedernal.