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Esta colección revela el lado más introspectivo y afilado de Eva Rossi. Sus relatos retratan a mujeres que aprenden, caen, se reconstruyen y deciden gobernar su propio deseo. El tono es contemporáneo, lúcido, atravesado por una sensualidad que convive con la ambición y la memoria. El texto central narra una transformación: de la ingenuidad herida a la soberanía emocional. “Aprendí pronto que el placer también podía ser una estrategia”, confiesa la protagonista, ya adulta, al recordar cómo el cuerpo se convierte en territorio de aprendizaje y poder. Rossi no juzga: observa. El erotismo aquí es una herramienta, una elección consciente que acompaña el ascenso profesional y personal. Cada encuentro deja huella, cada renuncia afila el carácter. Entre el deseo y el control, la autora dibuja una figura femenina inquietante y fascinante. Porque crecer también implica decidir cómo y cuándo arder.
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Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2026
Mujer de Carrera
Relatos Eróticos de Sexo para Adultos
______________________
Eva Rossi
Índice
Imprint
1.Un hombre objeto
2.Mujer de carrera
3.En esa habitación de hotel
4.Elizabeth
5.Olor a mujer
6.El médico
© 2026 Eva Rossi
Foto de portada: Canva
Impresión y distribución por cuenta del autor:
tredition GmbH, Heinz-Beusen-Stieg 5, 22926 Ahrensburg, Alemania
La obra, incluidas sus partes, está protegida por derechos de autor. El autor es responsable de su contenido. Queda prohibido cualquier uso sin su consentimiento. La publicación y la difusión se realizan por orden del autor, con quien se puede contactar en la siguiente dirección: Eva Rossi, Friedrichstraße 155, 10117 Berlín, Alemania.
Dirección de contacto de conformidad con el Reglamento Europeo de Seguridad de los Productos: [email protected]
Un hombre objeto
Era el quinto año que ayudaba a una joven amiga que era una diseñadora de moda de alto nivel. Dos veces al año organizaba sus desfiles en Milán y sus relaciones con la prensa.
Luego todo volvió a ser como antes y no nos reunimos durante seis meses. Pero fue divertido y rentable. Mi trabajo funcionaba y sus creaciones iban bien. Nada mega-galáctico, pero ciertamente bien establecido.
Esa última noche, después de la semana de la moda, mientras los técnicos recogían la colección y el equipo para llevarlos a la sede, estábamos solos ella y yo en el hotel, que dejaríamos a la mañana siguiente. Y decidimos tener una cena relajada en el hotel, sin que nadie nos molestara.
- Así que, ¿satisfecho de nuevo este año? - Le pregunté mientras esperaba el primer plato.
- Sí, sí", respondió. - Gracias a Dios, eso también se ha acabado. Necesito unas vacaciones.
- Falla.
- Ojalá.
Nos sirvieron tortelllini en caldo y empezamos a comer ligeramente y en silencio.
- ¿Puedo preguntarte algo? - Me preguntó mientras los probaba.
- Siempre -respondí-.
- Es un asunto íntimo -dijo-. - Un tema para... una última cena.
Sonríe.
- Sé que este año has vuelto a hacer dos modelos. - Dijo en la introducción. - Al menos dos modelos.
- No es cierto -protesté-. - ¿Quién te dice esas cosas?
- Los dos modelos que has hecho. - Contestó, todavía comiendo con elegancia. - Lo que me hace pensar que tal vez haya un tercero....
- ¡Maldita sea! - Se me escapó decir. - Los hombres solían hablar demasiado. Ahora son las mujeres.
- No hay nada malo en ello. - Empezó a decir. - Lo que quería preguntarte es por qué nunca te has insinuado.
Esta vez me sorprendió. No sabía qué decir. Era una mujer hermosa, pero nunca había pensado en ello.
- Bueno -improvisé-, suelo ir a lo seguro...
- ¿Qué significa?
- Sólo lo intento con aquellos que me dan la impresión de estar ahí.
- ¿Y siempre están ahí?
- No. - Respondí antes de reanudar mi comida. - Las mujeres siempre sois imprevisibles... A menudo te apetece y aun así dices que no.
- ¿Podemos decir que uno de cada cinco dice que sí?
- Más o menos. - Dije, pero nunca había hecho las cuentas.
- No quiero que me malinterpreten", continuó. - No estoy ligando contigo, pero ¿por qué te doy la impresión de que no lo hago? ¿No te gusto? ¿Cómo me encuentras? ¿Tengo problemas? Necesito saber la respuesta.
Me di cuenta de que no era la única que lo admiraba pero lo encontraba inaccesible.
- Bueno, tus modelos se quedan desnudos conmigo durante una semana y...
- Siempre me has dicho que el hecho de que una mujer se quite la ropa con facilidad no significa automáticamente que le guste.
- Es cierto", confirmé. - Pero debes admitir que nace una cierta complicidad. Luego, por la noche, a solas, puede aflorar el deseo cargado durante el día... Sabes que las chicas no pueden salir con la competencia...
- Entonces -insistió, mirándome-, ¿qué me falta?
- Eres una hermosa mujer aristócrata. - Le contesté. - Tienes aplomo, cultura, creatividad, profesionalidad e inteligencia...
- Quería decir físicamente. - Lo cortó en seco.
Eso pensaba. Tenía miedo de no caer bien.
- Los rasgos de carácter también desempeñan un papel importante en el atractivo sexual. - Le contesté. - Créeme.
- Vamos, entonces. Contesta. Hemos sido amigos toda la vida.
Le miré a la cara.
- Tienes una cara preciosa y un culo estupendo.
- Así que ya sé dónde lo pondrías si me acostara contigo. ¿Me equivoco?
- Annabella... - La detuve. - Nunca te he oído hablar así.
- Siempre hay una primera vez -dijo secamente-. - Entonces, dime por qué nunca te has insinuado. ¿Qué me pasa? Repito: necesito saberlo. No quiero acostarme contigo en absoluto.
Parecía realmente querer tener una respuesta sincera.
- Ya te lo he dicho. - Respondí después de un rato. - Parece que no encajas. Eres demasiado... aristócrata. Perfecto. Elegante... Fuera de tu alcance.
Continuamos comiendo en silencio.
- Así que... para ser más precisos, - insistió. - ¿No te gustaría acostarte conmigo porque soy... antiséptico?
- Pero no, ¡qué entiendes!
- Entonces responde: si me acostara contigo, ¿qué te gustaría hacerme?
Mi respuesta había sido demasiado vaga e insuficiente para ella. La miré interrogativamente.
- Es sólo una pregunta -repitió-. - No intento engañarte y no tengo envidia de nuestros modelos. Sólo quiero saber qué comunica mi cuerpo a un hombre. ¿Qué te gustaría hacerme?
Fue directamente al grano, como también era su costumbre en su trabajo.
Seguí comiendo, luego dejé los cubiertos y me limpié los labios. Había tenido tiempo de pensar en ello.
- Te mordería el culo y te besaría el coño.
Sintió un temblor imperceptible. Tal vez había sido demasiado cruda.
La cena terminó sin decir nada más sobre el sexo. Fuimos al bar a buscar algo y luego, agotados, decidimos retirarnos.
Tomamos el ascensor y, como siempre, la acompañé a su habitación. Una cuestión de cortesía. Abrió la puerta con la tarjeta llave y, como siempre, le besé la mano. Quién sabe por qué nunca había besado a las chicas con las que me había acostado.
Iba de camino a mi habitación cuando Annamaria me llamó. Volví a verla de pie en la puerta.
- ¿Es cierto lo que me has dicho antes? - Preguntó.
- Puede que no -respondí sonriendo-. - Depende de lo que quieras decir.
- ¿Es cierto que te inspiro?
- Sí, - confirmé con elegancia. - Te mordería el culo y te besaría el sexo.
- Entra -dijo-. - Quiero decirte algo.
He entrado.
- ¿Te gustaría que te trataran como un hombre objeto?
- ¿Un "hombre objeto"? - pregunté sorprendida. - ¿Y qué significa eso? No es eso lo que quería decir...
- ¿Te apetece hacer sólo y todo lo que la mujer te ordena?
Pensé en ello, sin poder imaginar la escena. Pero algo hizo clic en mi interior.
- Sí, - respondí en la oscuridad. - Nunca hice lo que la mujer no quería.
- Se trata de hacer lo que la mujer quiere.
- Bueno -respondí-, por lo que parece, no debe ser malo hacer lo que la mujer quiere.
- Ve a tu habitación y vuelve en 15 minutos. - Él respondió. - Me refrescaré un poco y luego haré contigo lo que quiera.
Cerró la puerta como para evitar que se lo pensara mejor. Ni siquiera se le había ocurrido que pudiera decir que no.
También me he refrescado. Me puse el albornoz, abrí la puerta entreabierta y miré si había gente en el pasillo. Estaba libre, así que fui a la habitación de Annamaria. Llamé a la puerta y me abrió.
También llevaba un albornoz y olía a lavanda o algo así.
También había encendido la radio a bajo volumen y sólo había dejado encendida la luz del escritorio. Esperé las instrucciones. Al cabo de un rato, se destapó la pierna del albornoz. Una pierna grácil, como cabría esperar de una aristócrata como ella.
- Lame mis pies. - Dijo con decidida dulzura.
Me obligué a hacer todo lo que me ordenaba, así que me arrodillé tranquilamente y, como si estuviera adorando a una diosa, empecé a lamerle los pies con devoción. Sabía que a muchas personas les gusta lamer los pies de su Amo y a otras les gusta que les laman los pies. Era la primera vez para mí, pero me esforcé por entender lo que más le gustaba.
- Entre los dedos. - Ordenó.
Después de lamer bien la parte superior del pie, deslicé la lengua entre un dedo y el otro. Tengo que decir que sólo una hora antes no había considerado esta posibilidad. Sin embargo, había más cosas en lo que hacía que me intrigaban. La primera sensación fue inesperada. Tener a una mujer dando órdenes era la primera vez para mí y debo admitir que la situación me tomaba positivamente. A los hombres les suele gustar ser dominantes y tienen que ser activos, creativos y líderes; está en su naturaleza. Pero sentirse sumiso ofrece la increíble sensación de serenidad que supone no tener que ser proactivo. Le lamí los pies con gran detalle, adquiriendo una fuerza erótica creciente al hacer lo que estaba haciendo.
Me hizo cambiar al otro pie y obedecí. En el cambio me asomé y vi, oculto por el albornoz, su coño. ¡Era como un faro, un cometa! Tuvo el efecto de un arrancador: aceleré el rendimiento y el compromiso. En ese momento la intriga se convirtió en sexo, en excitación, la lengua en un medio para seducir a una mujer, en una forma de ser seducido por ambos. Poco a poco la oí jadear y de repente se le cayó el albornoz. Automáticamente miré hacia arriba y, desde abajo, la vi de pie con las piernas ligeramente separadas. La visión de eso me excitó como lo hacen los niños la primera vez que ven un coño. Me sentía como un perrito enamorado de su ama. Y así fue.
- Ven a morderme y a lamerme. - Dijo, haciendo una señal con los dedos.
Se subió a la cama, mostrándome sus partes más bonitas, cogió las dos almohadas y las puso bajo su vientre para poder ponerse a cuatro patas sin esfuerzo. Abrió las piernas y con las manos separó también las nalgas.
- Puedes morderme el trasero", dijo con decidida sensualidad. - 'Pero entonces... lame mi culo. Tómate tu tiempo, pero trabaja duro. Obedece.
Me puse de rodillas en la cama, me acerqué a ella y le miré la raja del culo, el ano y la vulva que tenía debajo. Estaba como hipnotizada.
Acaricié sus nalgas con las palmas de mis manos, y ella retiró las suyas, dejándome proceder. Cogí su vulva con la mano y le toqué el ano con la punta del dedo índice. Ella empezó a mojarse y yo a excitarme adecuadamente. Metí la nariz en su raja hasta tocar su culo y luego bajé hasta llegar a su coño. De hecho, en ese momento ya no era una vulva, sino un coño. Puro sexo. Pasé una mano por su ingle izquierda y luego por la derecha. Entonces, aún manoseándola para generar placer, comencé a morder la base de su culo, donde residen los pequeños pliegues más hermosos del mundo. El mordisco se humedeció inmediatamente y sentí que el calor de la saliva aumentaba el placer de mi amigo. Alternaba los mordiscos duros con los suaves, los mordiscos del amo con los humildes de la sirvienta, los que a ella le gustaban. Por último, le separé las nalgas con las manos y me acerqué para lamerle la raja del culo. Sus nalgas se apoyaron en mis mejillas. Mi lengua se deslizó por la raja de su culo, que estaba delicioso... Me entretuve en el culo, me esforcé y traté de empujarla hacia dentro. Por supuesto, no lo conseguí, pero estaba seguro de que lo estaba disfrutando. Y me dejó repetirlo una y otra vez, cambiando de posición para facilitar el trabajo de mi boca.
Habría seguido así eternamente, pero de repente ella empezó a tener un orgasmo y entonces me paró y se puso boca abajo.
- Haz que me corra con mi lengua. - Ordenó. - Sé que puedes hacerlo. Hazlo.
