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Las tesis del antropólogo Charles, la esquizofrenia artística de Philippe y el espíritu aventurero de Claudy, nos conducen por los caminos de París, Londres, Brasil y Papúa sobrevolando el misterio de Naurú. En la vida de ella surgen nuevos personajes que desestabilizan su planteamiento vital. En la de Philippe aparecen su discípulo Renán y la enigmática pintora de la tribu, Naurú, que hace converger el paralelismo entre la fantasía y la realidad.
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Seitenzahl: 159
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Naurú
Naurú
© del texto: María Dolores Seijas Soto
© diseño de cubierta: Equipo Mirahadas
© corrección del texto: Equipo Mirahadas
© de esta edición:
Servicios de autoedición Mirahadas, 2024
Editorial Mirahadas, 2024
Avda. San Francisco Javier, 9, P 6ª, 24
Edificio SEVILLA 2,
41018 - Sevilla
Tlfns: 912.665.684
www.mirahadas.com
Primera edición: abril, 2024
ISBN: 978-84-19723-83-3
Producción del ePub: booqlab
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra»
Asímismo la editorial no se hace responsable del material fotográfico recogido, ni de las fotografías, sobre los cuales el autor declara y garantiza disponer de todos sus derechos de explotación.
María Dolores Seijas Soto
A mis nietos, que son la continuación de mi vida,
y en especial a mi única nieta, Inés, en la que
me inspiré para crear Naurú.
Prólogo
Capítulo 1. Naurú
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
En el extraño mundo de Naurú, la inteligencia natural, el valor, la resistencia física e incluso el arte son el freno que evita la desaparición de su diezmada tribu.
Con mi esquizofrenia artística y las características psíquicas que me envuelven, yo, Philippe Ramette, intentaré plasmar el mundo de Naurú lleno de sencillez y naturalidad, y el antagónico de mi amada Claudy. Con mi intrínseca fantasía, os revelaré el porqué de las inquietudes que me absorbieron y trastornaron. Ayudado por la voz omnisciente y cognitiva del narrador y de mi ayudante Renán te conduciré por una atractiva historia cuasi real. Muchas cosas son fruto de mi atormentada imaginación, otras, si no son reales, podrían serlo.
Los sentimientos de los pueblos evolucionan poco a través del tiempo. Sin embargo, las experiencias de cada individuo le convierten en un ser genuino y exclusivo, aunque al final la sociedad termine por absorberlo.
En el acogedor café Volpini, situado cerca del palacio de Bellas Artes, nos encontrábamos Charles, Claudy y yo, Philippe Ramette.
El local, para sobrevivir a sus más de cien años de existencia, había sufrido numerosas reformas, aun así, conservaba el estilo retro del año 1889 y el nombre de quien lo regentaba en aquellos momentos: el señor Volpini, a pesar de que Cafe des Arts era el que figuraba en la concesión. En principio fue un café cantante, pero poco a poco se convirtió en punto de encuentro de intelectuales y artistas.
Al no llegar a tiempo, para el día de su inauguración, los espejos encargados a Italia para decorar las paredes, estas se cubrieron con una exposición de cuadros de pintores de la Escuela de Pont-Aven, dirigida por Paul Gauguin. En esa original muestra se produjo el encuentro de diversos grupos de artistas y sus obras, entre las que destacaban las del adalid vanguardista y las de Van Gogh.
Uno de estos colectivos fue el de los Nabis, nombre que proviene de la palabra hebrea nebiim, que significa profetas, en este caso del avanzado arte.
Yo sentía una gran atracción y admiración por el tratamiento que los Nabis hacían del color y por su marcada tendencia espiritual. Creo que por eso me consideraba un nebiim, un profeta de mis propios sentimientos en el pequeño e íntimo templo que poseía dentro de mi estudio. Compartía con ellos el tratamiento del color, su yuxtaposición con la idea de un colorido expresivo; las pinceladas planas y rápidas, y en algunas ocasiones la sobreexposición de la realidad, pero seguía una dirección inversa a la suya en el mundo de las sensaciones. Los Nabis utilizaban los colores como un vehículo trasmisor de sus vibraciones y su forma de sentir y yo los utilizaba para dar vida a mi creación. Concebía mi propio arte sin identificarme con ningún grupo, sin pretender una renovación o nueva era para la pintura, mucho menos democratizarla y hacerla popular.
Escogí el nombre de Templo para mi vedado hábitat, por dos razones. La primera era que, aunque era inmune a las críticas sobre mi estilo o técnica, no soportaba que se reprobase la obra en la que mostraba mi intrínseco ser, mi espíritu y emotividad; censurarla sería cuestionar mi propia existencia. En aquel tabernáculo la ocultaba y protegía.
La otra causa fue en recuerdo a Paúl Ranson, que así había denominado a su casa, ubicada en el número 25 del Boulevard de Montparnasse, a la que convirtió en punto de tertulias y artistas desde que el café Volpini se les hizo pequeño.
Ahora los tres charlábamos en el café, cómodamente sentados alrededor de una mesa cubierta con los dibujos que Charles nos mostraba, todos bocetos de distintas razas humanas; no en vano era antropólogo, además de pintor. Nos sorprendieron los últimos. Representaban árboles muy altos y de complicados ramajes entrecruzados, realizados con trazos gruesos que conducían al iris a su explosivo verdor y el olfato a un intenso olor a tierra húmeda. Sus copas soportaban raras aves de cabeza y extremidades humanas.
—¿Qué significado le das a estas extrañas figuras? —pregunté señalando el árbol donde anidaban.
Claudy, que apenas nos prestaba atención, volvió su mirada hacia la lámina. Ella no encaja en mi mundo bohemio. Ni con mi descuidado aspecto ni con mi melancólico carácter. Con treinta años y una elegante y cuidada figura que sobrepasa el metro setenta, encandila no solo por su sedosa melena castaña, que al recogerla en una coleta hace resaltar el color miel de sus ojos custodiados por unas largas pestañas, sino también por la profundidad de su mirada que intimida y cautiva a la vez. Aun así, nuestras manifiestas divergencias desde el día en que nos conocimos actuaron como imanes que nos hicieron y nos hacen sentir una fuerte atracción y pasión, sobre todo a mí; nos excitan y nos crean la necesidad de compartir la simbiosis de nuestras diferencias sin representar un obstáculo entre nosotros y nuestras pasiones.
Lo tenemos muy claro: nos aceptamos como somos. No intentamos cambiarnos y mantenemos la libertad ansiada por los dos. Es inteligente, impresionable y con una mente inquieta. No vivimos juntos, pero sí, de forma casi permanente, compartimos sensaciones y lecho.
Cuando ella se hizo cargo de la agencia de viajes de su padre le dio un nuevo enfoque. Con visión empresarial, supo aprovechar la impronta de su juventud y los conocimientos adquiridos en la facultad de Arte para ofertar opciones variadas de cultura, deporte y turismo, lo que le proporcionó excelentes resultados y la convirtió en una de las agencias parisinas que más viajes factura. Abrió nuevas sucursales no solo en Francia, sino también en otros países que conocía por su pasión por viajar; así pudo seleccionar las mejores opciones para sus clientes. Solía pasar el tiempo absorta ante la pantalla del ordenador buscando alternativas de transporte para ayudar a sus empleados cuando se encontraban con complicaciones, como había ocurrido días atrás al tener que acoplar medios de transporte para que los pasajeros del vuelo de Estambul a la Capadocia pudieran llegar hasta Esmirna. Detalles como este hacían de ella una exitosa empresaria.
—Qué extraño —susurró Claudy señalando uno de los dibujos.
Nuestras miradas fijas en los árboles intentaban vislumbrar, entre los borrosos cobijos que sostenían sus ramas, las figuras misteriosas. Perplejos esperábamos una aclaración.
Por fin Charles, agitando una de las láminas con la mano, habló:
—Me han servido, tras una larga investigación, para defender mi teoría sobre la evolución. He analizado y meditado sobre las mutaciones que la especie Homo sufrió en Papúa Nueva Guinea.
—Vaya. ¡Otra hipótesis! —dejé escapar.
—Cuando publique mi tesis os sorprenderá que en ella argumente que todo lo que nos han contado es refutable.
Claudy, impresionada, intervino con delicadeza para no ofender a su amigo:
—Perdona, Charles, pero tendrás que ser muy convincente y ameno. Este tema está muy manido.
Charles se giró para coger el portafolio que había dejado a un lado, lo abrió y nos enseñó unas fotos que mostraban bellos paisajes de Papúa. Se sintió satisfecho al ver reflejada admiración y un propicio estado de ánimo en nuestros rostros tras habernos expuesto sus sentimientos sin cortapisas. En el momento en que se explayó, las inquietudes que iban a afectar a mi futuro se movilizaron para hacerme su esclavo.
Continuó pasando lentamente una tras otra las láminas para que las apreciásemos a la vez que señalaba las extremidades de los dorsos difuminados para aclararnos:
—Las imágenes no son nítidas, pero se pueden intuir en ellas grandes transformaciones. Fueron tomadas por mi amigo, el paleontólogo Albert Martel, el año pasado. Él sabía que existían tribus con características físicas enigmáticas y desconocidas, por eso decidió investigar y viajó hasta allí.
—¿Tu amigo Albert Martel? —preguntó confundida Claudy. Las extrañas figuras le recordaron el deseo de los dos jóvenes de conocer peculiaridades inéditas.
—Él siempre avisaba en la recepción del hotel cuando pensaba pasar varios días en la selva. Sin embargo, a finales de verano, transcurrida una semana de la salida a su última expedición, el gerente, alarmado por su ausencia y siguiendo sus indicaciones, se puso en contacto con el padre de Albert para informarle de su desaparición. Este, muy preocupado, movió todos los resortes de la embajada para que lo buscasen.
Sabiendo que nos tenía a los dos en ascuas, bebió un poco de agua y después, cada vez más excitado, prosiguió:
—Pocos días después, la policía lo llamó para que se hiciese cargo de lo que consideraban que podían ser los restos de su hijo. Lo habían encontrado en un bosque situado entre la provincia de Madang y la de Enga; una zona de transición entre la selva y la cordillera. Aún conservaba incrustada la flecha que le había producido la muerte. Creían, y así se lo expusieron con toda su cruda realidad, que le habían arrancado violentamente las entrañas. Cuando fue al hotel a retirar sus pertenencias encontró las fotografías y dibujos que él había hecho. Conocía el trabajo que estábamos realizando y pensó que a su hijo le gustaría que yo las tuviese. En algunas, aunque no con nitidez, se veían cosas extrañas. Al escanearlas y ampliarlas, lo que observé me reafirmó en mi tesis. Lo que siento es no poder compartir estas teorías con él —añadió entristecido.
Reinó unos segundos de silencio que Claudy rasgó:
—Háblanos de Albert, por favor.
La inquietud y emoción que poseían a Charles se apagaron para dejar paso al sosiego que le suponía el relato sobre su querido compañero. Se acomodó y empezó a contarle a Claudy:
—La familia de Albert es holandesa, pero una parte de ella vivió muchos años en Papúa Nueva Guinea. Él creció obsesionado con las historias que escuchaba cuando su tío, que al ser misionero se había acercado a las tribus indígenas, se las contaba a su padre. Él les habló de los huli, asmat, y korowai. Eran pavorosos relatos de muertes, canibalismo y seres con extrañas deformaciones.
Claudy lo interrumpió para insistir:
—¿Por qué nunca nos hablaste de él?
Con nuestras miradas puestas en Charles, él contestó acompañando sus palabras con un movimiento de hombros que las corroboraba con un lenguaje no verbal:
—No se me ocurrió —luego prosiguió—: Yo tenía treinta y dos años cuando lo conocí por pura casualidad. Los dos fuimos elegidos por el capitán para formar parte de la tripulación que dirigía un sociólogo que deseaba hacer un estudio sobre el comportamiento humano en unas circunstancias críticas. En esa oportunidad era permanecer un largo período aislados en un barco en medio del océano. Nos habíamos enrolado por razones bien distintas, Albert por su inclinación a la aventura y su afición a la fotografía y yo buscando expectativas antropológicas.
»Las nacionalidades y profesiones de la dotación eran muy distintas y estas fueron la causa de algunos desasosiegos en la aclimatación. Los primeros días fueron frustrantes, hasta que cesó la reticencia a abrir nuestros sentimientos a desconocidos. Poco a poco nos fuimos relajando y dimos paso a que surgiese un clima de camaradería. Navegábamos, inconscientes de que el capitán ya había iniciado su proyectado estudio, cuando se presentó un escollo. De repente el barco quedó sin rumbo. El capitán, incrédulo, corrió hacia la popa y después volvió a la proa para gritarnos con su potente voz que se había desprendido la pala del timón. Íbamos a la deriva a expensas del viento y las corrientes.
»A ninguno le seducía la idea de sumergirse en las profundas aguas para solucionar el problema —acotó con una mueca—, por lo que el capitán decidió hacer una selección al azar. Nosotros, a nuestro pesar, fuimos los «afortunados» para recuperar la pieza perdida. Allí, en el frío océano y dentro de una jaula para protegerse de los tiburones, surgió una fuerte amistad mientras buscábamos la pala de timón. ¡Pero no estaba allí! ¡Había desaparecido!
»Entonces el capitán decidió que tendríamos que utilizar el timón de fortuna con todas las limitaciones que eso conllevaba. Los miembros de la tripulación nos mirábamos unos a otros con la incertidumbre reflejada en los rostros. A pesar de ello, la placentera sensación de la brisa marina, el balanceo del barco y el sol nos llevó a largas conversaciones en las que Albert me contó que era un defensor de las tesis animalistas sobre la evolución humana y que pronto se involucraría en un incierto y meticuloso recorrido por las selvas de Papúa Nueva Guinea; un reto que, como paleontólogo, se proponía hacer, para documentar y ratificar sus ideas —Charles cambió de tono para murmurar alicaído—: No podía adivinar que ese sería su último viaje.
Desde aquel día en el Volpini, una zozobra ronroneaba mi mente y no me dejaba descansar ni dormir. Sentado, recostado sobre la almohada doblada, con los ojos cerrados y al borde del abismo espiritual al que me había empujado mi amigo, empezaron a desfilar por mi mente imágenes de tribus primitivas y de pueblos autóctonos que había visto en salas de los museos.
Me golpeó una fuerte turbación que me sacó de mi cómodo lecho para introducirme en mi templo. Con el pincel en la mano, frente al lienzo y mi mente corriendo aquel laberinto de fantasías, sufrí. No conseguí materializar lo que mi imaginación estaba proyectando. Un duelo, tan fuerte como frágil, pues con un lento pestañear y apretando los párpados, me surgió la inspiración. Impregné el pincel de color y lo arrastré por la tela. Sentí la necesidad de plasmar los estados de ánimo de mis extrañas criaturas imaginarias y la sorprendente naturaleza que había evocado Charles. Me sentí como un Creador de convergencias.
Pienso que la aparición de la vida es el resultado de un juego de azar en el que nosotros somos las fichas. Por eso cuando estoy en esa fase de omnipotencia en la que se refuerzan mis sensibilidades, intento jugar con ellas y transformarlas en colores, tonos, matices, expresiones; crear espacios vacíos y llenarlos de luces y sombras.
Después de interiorizarlo, de tener todo aquel mundo en mi cabeza y de conseguir, con mucho trabajo, la base adecuada, de forma sencilla y sin artificios comencé a configurar un mundo. En él las ramas entrecruzadas de los árboles apenas dejaban pasar la luz. La superficie, bajo la cual se sumergen sus raíces, resultaba ser casi impenetrable y sombría. La escasa claridad que traspasaba los pequeños huecos del follaje era el único hato de calor que la acariciaba y le proporcionaba algo de calidez.
Arrastré suavemente el pincel desde el pie del banano hacia sus leñosas raíces que se mostraban firmes y en ese instante, bajo las cerdas, algo se movió. Con mi mente expectante, aflojé el pulso y con las crines del pincel plasmé una criatura. En su tribu, los korowai, aprendían a andar y a trepar casi al mismo tiempo. Ella, con quince años, tenía un cuerpo muy desarrollado; flexible y bien proporcionado, le permitía deslizarse con gran agilidad desde la copa del árbol hasta la base del frondoso bosque donde permanecía agachada, concentrada desde horas muy tempranas, y mientras sus progenitores dormían, en buscar los pigmentos que necesitaba para hacer tintes y pinturas. Los reflejos que incidían sobre sus cabellos iluminaban el tono azabache de su pelo y resaltaban sus matices.
Algo no me complació. Me alejé del óleo para observarlo, y paseé mi vista varias veces sobre él hasta que lo descubrí: ¡El color de su tez! Satisfecho, cogí un trapo y sobre la pintura aún fresca froté el rostro de Naurú para rebajar el tono que no dejaba traslucir el ángel con el que intentaba impregnarla. Mezclé colores en la paleta y cuando conseguí plasmar la luz en su rostro, que me encandiló, me dije mirándola: «¡ahora lo dejaré reposar! Mañana lo contemplaré para comprobar mi grado de satisfacción».
Un timbrazo me sobresaltó.
En un segundo toda mi concentración se desplomó. El sonido del telefonillo consiguió desvanecer mi espejismo y al mismo tiempo afloró una súbita duda. Aparté la vista del lienzo, esperé y volvió a sonar. De mala gana abandoné el templo, inviolable para el resto de los mortales. Lentamente, acompañado de mi perezoso perro, me dirigí hacia lo que me tenía marcado el destino con la inquietud que me azuzaba. En el trayecto me pregunté si seríamos capaces de alterar nuestro sino y modificar nuestra herencia anímica como yo lo hago en mi mundo pictórico. Al llegar apreté el pulsador sin darme tiempo a explicaciones.
Al abrir la puerta, lo primero que pudo ver el joven fueron el hocico de Gauguin y mi bastón cruzado sobre él.
—¡Quieto! —ordené mientras tiraba de su collar hacia atrás.
—Buenos días. Me llamo Renán Augier. He leído su oferta y tengo mucho interés en el trabajo que usted ofrece.
—Adelante, pasa.
Dentro, en mi sala, quedó anonadado por la claridad que atravesaba el ventanal y cubría el estudio inundándolo todo e iluminando los lienzos que colgaban sobre las paredes. Una mesita baja y un sofá colocado hacia el exterior eran el único mobiliario. Con la mano le hice un ademán para que se sentase mientras yo hacía lo mismo. Al mismo tiempo, acaricié al perro para que se tumbase a mi lado. Al volverme hacia mi invitado su rostro me impactó, me evocó durante un segundo una exhalante premonición, no sabría decir de qué. Un frío estremecimiento recorrió mi cuerpo. Para que no se notase aquella extraña turbación le dije:
—Muchacho, aún eres joven, contéstame a estas preguntas: ¿Qué conocimientos tienes? ¿Qué te propones? Y, sobre todo, ¿cómo sientes tú la pintura?
A la vez que me escuchaba examinaba con su mirada los cuadros. Yo me pregunté si era él la persona que buscaba. «¿Seré capaz de enseñarle las percepciones diversas que pongo en cada pincelada?», y tras una pausa en mi cerebro, «¿podrá comprender algún día cómo siento y expreso en el lienzo el movimiento de la naturaleza?».
Pensó unos instantes y, con una expresión fruto de sus deseos y mis interrogantes, contestó seguro de lo que iba a decir:
