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¿Qué es lo que no sabemos de Diego Jerez, también conocido como Ni Tan Zorrón, uno de los fenómenos de las redes sociales? Sentir que te observan, puertas cerrándose, pasos por las escaleras: eso fue solo el comienzo. Diego, un curioso joven de 17 años, poco a poco sentirá cómo un espíritu intenta contactarse con él, poniendo en duda los límites de la locura. Tras esto comienza un viaje rodeado de espíritus, meditación, auras, inmortalidad y un especial mensaje que entregar. Contada por su protagonista, Ni Tan Paranormal es un testimonio colmado de fantasmas, temores, reflexiones y desarrollo personal, en cuyos pasajes se superan las casualidades y la lógica. Este libro incluye códigos QR que darán al lector acceso a mucho más de lo que vemos. Rompan el molde de lo que supuestamente es real y sean partícipes de esta historia paranormal. Una invitación a abrir la mente y abrazar tu lado espiritual.
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Seitenzahl: 198
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Ni tan Paranormal © 2022, Diego Jerez Herrera ISBN Impreso: 978-956-406-153-5 ISBN Digital: 978-956-406-296-9 Primera edición: Noviembre 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Para todos los que tengan el corazón y mente abierta para escuchar, y a toda alma que me haya ayudado a llegar aquí.
Una historia paranormal… muchos la tomarán como eso, pero para mí es algo diferente. Lo que les contaré en estas páginas es una historia real que me ocurrió, y algunas de esas cosas siguen pasando. Es algo que por mucho tiempo me dio vergüenza contar, una historia difícil de creer; y si para mí, que soy el protagonista y vi todo con mis propios ojos, fue difícil de entender, procesar y aceptar, soy consciente de lo loco que puede sonar para alguien que no estuvo ahí conmigo o que nunca ha experimentado algo relacionado a lo paranormal. Debo confesar que algunos de estos hechos llevaron incluso a que cuestionara mi sanidad mental en más de alguna ocasión. Pero, convenientemente y a mi favor, en muchas de estas situaciones no estuve solo. Por ello, y si bien este libro principalmente tendrá mi punto de vista de los acontecimientos, en algunas páginas podrás encontrar códigos QR escaneables con tu celular que te llevarán a videos y testimonios de personas que estuvieron presentes en lo que les contaré. Si no te interesan te los puedes saltar, esto no afectará el relato principal, pero aconsejo verlos en el orden sugerido, pues tendrás información extra, varios puntos de vista de otras personas que participaron en estas vivencias de una u otra forma. En caso de que los códigos por alguna razón no te funcionen, en la última página, bajo los agradecimientos dejaré un link escrito que te llevará a ellos igualmente.
La historia que se aproxima gira en torno a espíritus, fantasmas, entes, tu propia energía o aura, y otros temas que en la cultura popular estarían definidos como paranormales o esotéricos. Si bien mi idea no es contarles “una historia de terror”, debo admitir que sí tuve grandes espantos; creo que algunos han sido los mayores miedos que he tenido en mi vida, como aquellos en los que sientes que mil agujas frías se te clavan lentamente en la espina dorsal, inmovilizando todo tu cuerpo, dejándote casi sin aliento. Al mismo tiempo, podría clasificar muchas otras experiencias como más lindas, significativas y transformadoras. Nos adentraremos en un camino del cual obtuve valiosas enseñanzas, soy consciente de que siempre será muy distinto narrarlo a experimentarlo, pero trataré de plasmar de la mejor manera posible los acontecimientos y pasos que di, pues tengo plena confianza de que podría despertar algo maravilloso en ti, que lees esto ahora.
De cierta forma, podríamos decir que esta historia comenzó hace trece años, pero fue solo hasta hoy que me siento capaz de hablar de los acontecimientos que estoy por contarles. Recién hoy no me importa que se burlen de mí, como hicieron algunos a los que les confié la historia en el colegio o en la universidad. Si quieren creerme, bien. Si quieren tomarlo como una ficción, está bien también. Por mi parte, solo les puedo prometer que todo lo que les contaré, por inverosímil que pueda sonar a veces, de verdad ocurrió. Mis cercanos saben que no hago promesas en vano y menos con algo que ha impactado así mi vida. Porque sí, esto afectó mi vida, a tal punto que no sería la misma sin aquellas vivencias. Por más que me haya aterrado en ocasiones, aprendí mucho de las mismas.
Como persona ansiosa que a veces soy, olvidé presentarme. Mi nombre es Diego Jerez Herrera, y al momento de escribir esto tengo 31 años. Me considero un agradecido de la vida, pues crecí en una linda familia con un papá y mamá ejemplares; por lo mismo, ser como ellos es uno de mis objetivos en la vida. Esta historia comienza cuando tenía 17 años, en ese tiempo vivía con ambos padres, mi hermana dos años menor y un hermoso perrito cocker spaniel. Crecí en Rancagua, una ciudad pequeña que se encuentra a una hora de Santiago, la capital de Chile. Estudié Comunicación Audiovisual especializado en Cine, hoy en día trabajo también como influencer en diversas redes sociales, conocido en ellas bajo el seudónimo “Ni tan Zorrón”. Mi contenido en internet suele ser de comedia y se distancia bastante de lo que están por leer. Aun así, en algunas ocasiones hago transmisiones en directo a través de Instagram o Twitch, y se fue dando que empezamos a tocar algunos temas más personales; de hecho, fue mi público con quienes me sentí cobijado, ellos fueron el primer impulso de confianza para contar esta historia sin miedo ni vergüenza, dándome cuenta de que era necesario y no tenía razón alguna para sentirme discriminado. Por lo que este libro está dedicado con todo mi cariño para ustedes, zorrangers, y también para Camila, a quien conocerán en estas páginas y a quien considero como la otra protagonista de esta historia.
Quizás en un comienzo considerarán mis pensamientos algo básicos y poco profundos, ¡pero hey!, esta historia comienza con un Diego adolescente. Bienvenidos al año 2008, un viaje en el tiempo a cuando tenía 17 años.
Hace catorce años vivía en Machalí, una comuna de Rancagua, en una casa común y corriente con dos pisos que fue construida por mis papás (no literalmente, pero participaron en el diseño de los planos). Menciono esto para que descartemos la idea de que había un cementerio indio en el lugar, o alguna tragedia épica, pues no, de hecho, antes era un campo sin nada alrededor. Asimismo, descartemos la típica historia americana en la que llegamos a una casa vieja y pasan cosas desde el primer momento que pisamos la entrada; por el contrario, vivía en un lugar tranquilo con vecinos, donde a nadie le ocurría absolutamente nada fuera de lo normal, tenía la típica vida de un escolar.
Al comenzar cuarto medio, más o menos entre marzo y abril del año 2008, preparaba los típicos arreglos para empezar mi último año escolar. Mi rutina diaria era levantarme alrededor de las 6:15, pero siempre me atrasaba, porque soy amante de dormir por siempre. Luego de eso, me duchaba y bajaba las escaleras para encontrarme con el desayuno, que mi madre hermosamente nos tenía preparado a mi hermana y a mí. ¡Y listo! Todos al auto. Al llegar, me quedaba en el colegio desde las 8:00 a. m. hasta las 14:00 p. m. Aunque, otros días (cuando tenía clases en la tarde) volvía a las 18:00 p. m.
Al llegar a mi casa, como un buen alumno responsable, hacía mis tareas (realmente cuando me daban ganas o tenía algún cargo de conciencia). Siendo sincero, no me importaban mucho; siempre tuve claros mis objetivos, por lo que las tareas no estaban en mi lista: desde pequeño quise estudiar cine. No me importaban las clases de matemática ni las cosas que no considerara prácticas o útiles para la vida en general, porque seamos sinceros, después de trece años aún no me sirve el cuadrado de binomio; nunca ha servido ni servirá.1 Luego de que estudiara un rato, bajaba a tomar once o conversar un rato. Y volvía a subir a mi pieza para seguir estudiando, jugando o viendo películas, cosas muy random, en realidad.
En esos años, mis papás tenían horarios diversos, pero usualmente no estaban en casa por la mañana. Algunos días le tocaba trabajar a uno, luego le tocaba al otro. Por un lado, mi mamá trabajaba como agente de turismo y solía ir a la oficina en la semana. Por otro lado, mi papá trabajaba como piloto de empresas privadas. El punto es que, al igual que mi hermana y yo, ellos se mantenían ocupados, nadie tenía mucho tiempo para notar algo que alterara nuestra rutina familiar.
Un día normal, como cualquier otro, llegué a mi casa junto con toda mi familia. Al entrar a mi pieza pude notar que mi televisor estaba encendido en un canal infantil, más específicamente Nickelodeon. Esto llamó mi atención y pensé: “Ya, okey. ¿Habré sido tan descuidado para dejar la tele encendida todo el día?”. Porque yo no veía tele por la mañana y tampoco seguía ese canal a mi edad. Concluí que quizás mi mamá había pasado por mi pieza y la encendió de repente, pero tampoco tenía mucho sentido. ¿Quizás un corte de luz reinició algo? Igualmente, preferí preguntar:
—¡Oigan! ¿Alguien vino a mi pieza y dejó la tele prendida?
Nadie dio respuesta alguna, y bueno, lo dejé pasar. Ni que fuera un detalle muy importante. Si bien ese evento no despertó mayormente mi curiosidad, pasaron los días y esta situación empezó a volverse recurrente, no todos los días, pero quizás una o dos veces por semana: llegaba, subía las escaleras y la televisión estaba prendida en el mismo canal infantil.
Empecé a poner más atención, quería descubrir la causa. Llegué a cuestionarme si era yo quien de forma distraída dejaba la tele encendida por la noche, pero no. Además, yo solía ver HBO, FOX o The Film Zone. Tanta era la extrañeza, que llegó un punto en el que le dije a mi mamá, aplicando todo mi espíritu ecológico:
—¡Mamá! Alguien está viendo la tele sin apagarla en mi pieza. Yapo, ¡ahorremos luz!
Insisto, odio esta palabra, pero solo buscaba la explicación más “lógica” ante esta interrogante. En otro momento pensé que, quizás, a una señora que ayudaba con el aseo de la casa (que iba una o dos veces a la semana) le gustaba verNickelodeon. También pensé que la luz se cortaba al salir y que, por alguna extraña razón, la TV se reiniciaba en ese canal por default. Esta situación se extendió por varias semanas, en las cuales mi atención iba a cualquier cosa que explicara lo que pasaba en mi pieza.
Paralelamente, quizás por coincidencia… o quizás no, un día llegué un poco más temprano de lo normal al colegio, y en esto me encuentro con un compañero de curso al que le decíamos “Pantru”, pues era bastante blanco, como la pantruca; era alto, delgado, de pelo castaño claro y reservado. No sabía tanto de él a esas alturas, en ese tiempo no éramos tan cercanos (aunque en un futuro nos terminaríamos uniendo por estos mismos temas). Al acercarme, discretamente comencé a escuchar lo que hablaba con otro compañero sobre algo que nunca había escuchado en mi vida: hacía referencia a algo llamado “desdoblamiento”, o “viaje astral”. Como un joven curioso, me acerqué y le dije:
—Oye, bro. Yo igual quiero escuchar, cuéntame.
Él me observó medio dudoso por unos segundos, pero finalmente lo soltó y me permitió unirme a la conversación. Así fue como continuó su historia, llegando a un punto en donde contó que hacía unos días atrás, un viejo extraño, como medio brujo que era amigo de su mamá, después de hacer una limpieza de energías en su casa, le comentó sobre esta posibilidad o concepto.
—Estuve investigando en internet —nos dijo el Pantru—. Bro, desdoblarse es básicamente hacer que tu alma salga del cuerpo y puedas caminar por el mundo físico o astral, siendo como un fantasma.
—Ya… okey. Cuéntame más, poh. ¿Tas inventando o es en serio? Porque suena como súper fantástico.
Ante mi respuesta, Pantru insistió en haber encontrado varias técnicas para desdoblarse online y en libros, y que, al comentarlo con otras personas, estas le respondieron que era real. De hecho, hizo hincapié en que el viejo brujo lo había visitado en sueños aquella noche.
OK. En primera instancia, no es que le creyese todo ciegamente, pero tampoco fui ni soy de descartar las experiencias de los otros; soy bastante abierto a las posibilidades en general, así que en ese momento me mantuve interesado y quise saber más.
—¡Buena! Suena interesante. ¿Tienes algunas de esas técnicas que me puedas pasar? —le pregunté.
—Sí, mira, acá hay un par que me recomendaron la otra vez —respondió, mostrándome una hoja.
Unas horas después de nuestra conversación, empecé a revisar la información que me recomendó Pantru, y sorprendentemente encontré más información de la que esperaba. Revisando varias páginas en internet (las cuales, en mi actual experiencia, no recomiendo como fuente de información fidedigna), mis expectativas se elevaron, pensé en las incontables y fantásticas posibilidades que se me presentaban ante lo que estaba leyendo. Imagínense llegar a un estado fantasmal y poder seguir a tu crush o amor platónico del colegio, o ir a casa de tus amigos y jugarles bromas para asustarlos. ¡Expectativa teenager! Pero eso fue lo que pensé en aquel entonces. Recordemos que tenía 17 años en ese momento, aunque imagino que más de algún lector pensaría en cosas similares. Pero sonaba como algo casi salido de cómics, como algún superpoder de Marvel.
Como ya era casi normal, llegaba del colegio, subía a mi pieza y ¡paf!, la tele una vez más se encontraba encendida y en el mismo canal. Pude notar un detalle extra esta vez: no solo la TV estaba prendida, sino que mi cama parecía muy desordenada; más bien estaba desparramada, como si una persona se hubiera sentado y removido ahí, o saltado en la cama. Parecía una mala broma relacionada con Nickelodeon.
Yo alegaba en mi casa, pidiendo que si se metían en mi pieza por lo menos dejaran la cama estirada.
Bueno, apagué la TV y empecé a interiorizarme con el tema extraño (pero interesante) que Pantru me había presentado, a imaginar las divertidas posibilidades que visualizaba, ignorando que me estaba adentrando en algo mucho más complejo de lo que podía sospechar.
Pasaba el tiempo y sumamos a la TV en mi pieza y a la cama, extraños ruidos o golpes que se sentían en la cocina mientras no había nadie más en la casa. Yo lo atribuía al viento, o materiales de la casa reacomodándose, seguía buscando una explicación razonable, porque tampoco soy muy perseguido. No me estresaba ni reflexionaba mucho al respecto. Hasta que llegó el día en que la lógica se quedó corta y empecé a poner en duda todas esas semanas de sutilezas pasadas.
Era un día de semana por la tarde, estábamos solos con mi hermana en el segundo piso de la casa. Ella estaba en su pieza, yo en la mía, y de repente se escuchó claramente la llave de la puerta principal girar y abrirse. Después de eso, sentí el estruendo de un portazo y de pronto se escucharon pasos en el pasillo, los cuales llegaron hasta la escalera… escalón por escalón, de manera violenta y acelerada. Subieron hasta llegar a mi pieza, que estaba con la puerta abierta. En ese momento, miré rápidamente hacia allá, esperando ver la silueta de mi madre o padre, asumiendo que uno de los dos había llegado. Los sonidos de cada paso habían sido fuertes y claros, pero los segundos pasaron y extrañamente nadie se asomó. “Qué extraño”, pensé, hasta que rompí el silencio con un tono confundido:
—¿Mamá? ¿Papá…?
No hubo una respuesta, por lo que me levanté de mi cama, me acerqué silenciosamente hasta la puerta, miré a la izquierda y a la derecha algo intranquilo, me acerqué a la escalera para revisar abajo, pero no había nadie. Caminé un par de pasos hacia la puerta de mi hermana. Al llegar a su pieza, la noté pálida, como congelada y sentada en su cama.
—¿Escuchaste eso? —le pregunté.
—Sí… —respondió ella, clavándome la mirada con incertidumbre.
—Escuchaste la puerta y los pasos en las escaleras, ¿cierto? —pregunté para confirmar todo lo demás.
—Sí… —Asintió con la cabeza, con una mirada que reflejaba un miedo asomándose poco a poco.
Con esa confirmación, volví a gritar al aire:
—¿¡Mamá, papá, llegaron!?
Una vez más, no hubo respuesta, por lo que le dije a mi hermana que llamara a la mamá, para preguntarle dónde estaba. Ella la llamó inmediatamente.
—Tranquilos, yo creo que en veinte minutos estamos por allá. Estoy con el papá —nos dijo.
—Ya, okey… —respondí, impaciente—. Porque acabamos de escuchar un ruido en la casa, parece que hay alguien. ¡Apúrense, por favor!
Nuestra primera suposición con mi hermana fue que nos habían entrado a robar. En vista de esto, agarré un palo de escoba y una pistola de fogueo —que usaba para mis cortometrajes de acción que producía en mi época escolar—, y la cargué para entregársela a mi hermana.
—Si me atacan, dispara hacia arriba para asustarlos —le dije. Luego le pedí que bajáramos al primer piso, porque si no hacíamos algo, se iban a robar todo lo que teníamos en la casa—. Tenemos que marcar presencia, que vean que hay gente dentro, haciendo mucho ruido.
—Bueno —respondió ella, nerviosa.
—¡Estamos armados y vamos a bajar… y ya llamamos a carabineros! —grité con todas mis fuerzas.2
Luego de pegarnos el show de nuestras vidas, bajamos con nuestras armas. Lo hicimos muy lentamente, girando en cada puerta de la casa y revisando cada habitación. En la pieza de mis padres, revisamos hasta debajo de la cama. Nadie. Tampoco encontramos nada en la pieza de invitados, aunque me detuve unos segundos acá, porque siempre la encontré media creepy; me daba mala vibra, probablemente porque albergaba muchas fotos antiguas de familiares que ni siquiera alcancé a conocer. Típicas fotos de personas que en parte no sabía bien quiénes eran, pero sabía que estaban muertos porque eran en blanco y negro. Y lo que más me daba escalofríos en esa pieza, era un cuadro que estaba en el cabezal de la cama, un cuadro que odiaba desde niño… desconocía de dónde venía este sentimiento, pero me daba una horrible sensación en el cuerpo, al punto que me llegaba a provocar pesadillas en ciertas ocasiones. Me daba miedo ese cuadro.
Mi mamá nunca había querido quitarlo y tampoco aprobaba mi plan de respaldo: quemarlo. Todo porque lo encontraba lindo. En el cuadro se podía ver a una madre joven sentada, mirando cómo su niña jugaba en un patio. El cuadro en sí no era oscuro, pero por alguna razón se me hacía insoportable.
Seguimos recorriendo cada rincón de la casa, hechos un manojo de nervios con mi hermana, para finalmente no encontrar nada, ni a nadie.
Luego de un rato llegaron mis papás y les contamos todo lo que pasó con lujo de detalle, pero eso fue en vano, pues les dio lo mismo. En efecto, se rieron de nosotros y hasta bromearon con nuestra búsqueda con escoba y pistola de fogueo.
Ese fue el final de este incidente, que se transformó en anécdota de bullying familiar. Sin embargo, este tipo de eventos estaban por evolucionar.
1 Si a alguien le sirvió el cuadrado de binomio, no se ofenda. Es más, escríbanme a mis redes sociales si les fue útil en algo cotidiano, quiero saber cómo les salvó la vida. Aunque visualizo 0 mensajes directos en mi Instagram respecto a este tema.
2 Ahora que lo pienso, puede que hayamos visto demasiadas películas. Pero esta fue realmente nuestra reacción en ese momento.
Luego de varias semanas con una tensión que estaba yendo en aumento y una intriga a flor de piel, desperté un fin de semana aproximadamente a las once y media de la mañana —una hora sutil para levantarse, recuerden que me gusta dormir y me acostaba tarde—, y al despertar, una de las primeras cosas que tendía a hacer era estirar mis brazos y apoyarlos en la pared, pues mi cama estaba pegada a ella. Al hacer este movimiento, le di un toque a la pared que daba a la pieza de mi hermana.
A los dos o tres segundos de silencio, repentinamente mi hermana me respondió en formato de sonido, ¡toc, toc!, golpeando con sus nudillos la pared, lo que me pareció interesante, por lo que le respondí de igual forma: ¡toc,toc! Una vez más, y unos segundos más tarde, ella volvió a tocar, esta vez más rápido y fuerte: ¡toc, toc! En este punto, asumí que el juego era una especie de competencia, por lo que empecé a golpear la pared como si fuera una batería, a lo que mi hermana respondía cada vez más rápido.
Al ser mi turno, volví a tocar y a hacer una pequeña melodía, la cual pasó a segundo plano ante la respuesta de mi hermana, que prácticamente fue una sinfonía. Una baterista profesional en bruto que me dejó atónito y sin respuesta.
Soy consciente de que los instrumentos no son lo mío, pero la velocidad con que se marcó el ritmo fue totalmente insuperable, por lo que me levanté y fui a su pieza para asumir mi derrota y felicitarla, pero al llegar a su pieza no había nadie. Naturalmente, mi primera reacción fue de sorpresa. ¿What, acaso fue mi propio sonido rebotando?, me pregunté muy confundido. Pero eso era físicamente imposible, ¿o no? Bajé al primer piso y vi que mi hermana estaba acostada con mis papás viendo una película. Aún sin entender, les dije:
—Oye, cacha que estaba en mi pieza golpeando la pared, casi tocando música con alguien que me respondía del otro lado. ¿No eras tú? O sea, obviamente tú no estai en la pieza. ¿Bajaste hace mucho?
Ella me respondió que sí con la mayor naturalidad del mundo y sin prestarme mucha atención, resaltando que había bajado como hace dos horas.
Así, al igual que encontrar mi tele prendida en las tardes, esta clase de incidentes empezaron a hacerse más comunes con el correr de los días. También comenzamos a notar que ciertos objetos se perdían y aparecían en otros lugares. Por ejemplo, los zapatos de mi hermana pasaron de estar en su pieza a estar debajo de la cama de mis papás dentro de una caja; o también mis cartas de “Yu-Gi-Oh!” con las que jugaba en esa época se desordenaban, desaparecían de la nada o se cambiaban de lugar.
Mientras los días pasaban y estas situaciones extrañas seguían sucediendo cada vez con más frecuencia, yo intentaba entender y aprender sobre el tema de desdoblarse. Leí varias técnicas y sugerencias en internet, y entre ellas siempre se repetía que la preparación previa al ejercicio era la clave. Entonces, si algún lector eventualmente quiere recrear mi camino inicial, las sugerencias básicas son estas:
Comer liviano para que el cuerpo no esté pesado.Relajar el cuerpo y mente previo al intento.No tener cansancio o sueño extremo.Asimismo, una de las técnicas más utilizadas decía que había que repetir un mantra que —según la información con la que contaba en ese momento— sugería repetir la palabra “Faraón”.
Cuando te estás concentrando, debes respirar relajadamente y en formato de inspiración al primer “Fa”, expirar al “Ra” y volver a inspirar en “On”, mantenerse relajado y repetir el proceso. El objetivo de esto es conseguir que tu mente siga despierta mientras tu cuerpo se duerme, lo cual es más complicado de lo que puede sonar. En ese momento, esta fue mi única información al respecto. No le veía nada malo a intentarlo, más que sentirme un poco ridículo, pero en el peor de los casos, lo iba a hacer solo. Durante varios días lo intenté sin ningún resultado, hasta que llegó un momento en el que me dije: “Basta. Ahora lo voy a hacer en serio”. Me planteé intentarlo al máximo, entendiendo que básicamente tenía que convencer a mi inconsciente que se desdoblara en un estado de presueño.
