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El ser humano está perdiendo buena parte del potencial de sus sentidos. Una multiplicidad de estímulos nos están dejando ciegos y sordos en ciudades llenas de luces y ruidos. Pero cuando uno está solo, en la inmensidad del campo, la montaña o el mar, lejos de otros seres, los sentidos parecen despertar y somos capaces de ver o sentir cosas que en nuestro entorno habitual pasan desapercibidas. ¿Acaso no les inquieta estar solos en una playa desierta, alumbrados solamente por la luz de las estrellas? ¿O en el campo en una noche sin luna, rodeados por miles de sonidos extraños y ojos que escudriñan desde la oscuridad? Les puedo asegurar que en estas situaciones se puede apreciar la verdadera dimensión del hombre respecto a las fuerzas de la naturaleza (que, en mi opinión, es pequeña, insignificante). Tal vez no crean en esto, pero entonces los invito a que hagan la prueba. ¿Se animarían a pasar en soledad una noche con niebla en las playas del faro? Yo lo he hecho muchas veces. Y les aseguro que la mente puede llegar a recorrer caminos inimaginables. Dejen siempre una puerta abierta a los misterios. Recuerden que las brujas no existen, pero que las hay… las hay.
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Seitenzahl: 271
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección de texto: Eleonora Barchiesi.
Miguélez, Héctor Daniel
Niebla sobre el faro / Héctor Daniel Miguélez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
242 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-207-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Miguélez, Héctor Daniel
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Niebla sobre el faro
Héctor Daniel Miguélez
CAPÍTULO 1
Los dos móviles de prefectura llegaron anunciándose desde lejos con sus sirenas, que, multiplicadas en mil ecos, rompieron el silencio del puerto que dormía. Los frenos bloquearon las gomas, que rechinaron y marcaron de negro el asfalto frente al local. El personal descendió esgrimiendo bastones y haciendo sonar sus silbatos.
Entraron corriendo al cabaré, que los recibió con el griterío de una gresca descomunal. Los vidrios estallaban musicalizando el combate, que usaba como proyectiles botellas, mesas, sillas y todo lo que pudiera volar y lastimar.
Varias mujeres maduras pintadas en exceso y bastante borrachas se parapetaban tras una mesa, que soportaba por el momento los golpes de los objetos que se estrellaban contra ella. En su mayoría, lloraban, lo que propiciaba la formación de ríos de rímel barato que caían en cascada por sus mejillas regordetas, o gritaban sumidas en una crisis de histeria. Otras devolvían con escasa puntería las cosas que les tiraban, sumando sus insultos a los de los hombres que peleaban.
En pugna se encontraba el bando de los locales contra el de los visitantes, ya que un grupo de asiduos concurrentes (marinos, pescadores y obreros del Puerto Ingeniero White) se molía a palos con unos marineros coreanos recién desembarcados, sedientos de alcohol y de mujeres.
Dos o tres hombres yacían sin sentido sobre el piso de mosaicos. Otros tantos mostraban serias heridas que los habían sacado de combate y trataban de acercarse a la mesa de las mujeres que, sin duda, se veía como el lugar menos peligroso. La sangre derramada se mezclaba con el contenido de las botellas destruidas y con distintas fuentes de vómito, que parecía brotar de las baldosas para sumar su fetidez al resto de los aromas.
La atmósfera que se respiraba resultaba difícil de tolerar. El humo abundante y la escasa iluminación de una tonalidad rojiza creaban un ambiente dantesco en el que se podía presentir a la huesuda afilando su guadaña. Tal vez estuviera observando desde algún rincón, esperando a que la batalla le entregara algunas almas para partir con ellas cargadas en su morral.
Los bastones usados con destreza, el tamaño de quienes los esgrimían y el agotamiento de los hombres que peleaban fueron factores que se conjugaron con eficacia. Pronto la situación quedó bajo control, no sin antes sumar unos cuantos jugadores al bando de los heridos.
El último combatiente en ser reducido fue un hombre joven que se encontraba arrodillado sobre un coreano. Este yacía de espaldas, sin ningún tipo de reacción, flotando en un lago de su propia orina. El agresor le pegaba alternando los puños de un lado y del otro del rostro, que se había hinchado como una pelota y sangraba en abundancia. Tres hombres fuertes tuvieron que esforzarse para dominarlo y retirarlo de su confortable sitial sobre la humanidad de su víctima. Lo arrojaron al piso y lograron colocarle las esposas.
—Señor, ¿otra vez usted? —le preguntó uno de los miembros de prefectura mientras lo levantaba y lo conducía al celular que llevaría a los detenidos hasta los calabozos, donde se alojarían hasta que se les pasara la borrachera y las autoridades decidieran qué hacer con ellos—. ¿Qué hace? ¿No ve que casi lo mata? Parece que en el camión y en la jaula siempre tiene una reserva a su nombre.
—Sí —contestó el esposado con una sonrisa, que lucía deformada por su rostro hinchado, mientras se limpiaba con la lengua la sangre que brotaba de la boca y se acumulaba en la comisura de sus labios—. Me encantan las habitaciones de ese hotel. ¡Y son gratis! La comida está muy buena. Se la recomiendo.
—No, gracias —contestó el guardia mientras, con la ayuda de un compañero, acomodaba al detenido en uno de los asientos de madera del móvil, junto a unos siete u ocho combatientes más—. Y vaya pensando que esto está pasando cada vez más seguido. En cualquier momento lo rajan.
—¿Y los del otro equipo? —preguntó riendo—. ¿No vienen con nosotros?
—No —respondió tajante mientras se aprestaba a cerrar la puerta del vehículo—. Algunos van en el otro camión. Aunque a la mayoría los mandó al hospital.
—No, pare, amigo. No me los va a cargar a todos a mí, ¿no? ¡Alguna ayudita tuve!
El muchacho lo miró con ganas de contestarle, pero, aunque el detenido no pertenecía a la misma fuerza, tenía rango de oficial y le debía respeto. Dio por terminada la conversación y cerró la puerta.
Las ambulancias retiraron a los heridos; los móviles trasladaron a los detenidos; el puerto recuperó la calma; las damas del burdel volvieron magulladas a sus casas. Lo de siempre.
CAPÍTULO 2
La mañana sorprendió a Juan Pavón, segundo a cargo del faro Recalada a Bahía Blanca, durmiendo sobre el lecho de cemento que nacía de la pared de la celda. Un viejo colchón, que apestaba por diversas secreciones de antiguos ocupantes, apenas atenuaba la dureza sobre la que su cuerpo se acostaba, por lo que cambiaba de posición a cada rato.
Le dolía todo el cuerpo, pero lo que más lo atormentaba era un intenso dolor de cabeza, una especie de puntada con latido propio que parecía nacer detrás de los ojos para invadirle todo el cerebro. Y no veía de un ojo.
A media mañana, los cerrojos se abrieron y un marinero entró para entregarle una muda de ropa limpia.
—Señor —dijo con respeto el joven de uniforme—, por favor, tome un baño, cámbiese y pase por enfermería. A las cinco de la tarde tiene una junta de disciplina.
Pavón tomó la ropa y salió tras el marinero, que lo escoltó hasta los baños, aunque él sabía muy bien dónde quedaban, ya que había estado allí muchas veces, demasiadas. El agua caliente golpeando con fuerza sobre su piel relajó los músculos doloridos y el alma le fue volviendo al cuerpo.
En la enfermería, un médico joven, sin dudas un residente, curó sus heridas poniendo un par de puntos sobre un corte en su ceja izquierda, que se derramaba sobre el ojo cerrándolo por completo. Limpió con antisépticos los nudillos de ambas manos, que mostraban con claridad la naturaleza de los golpes que habían propinado, y los cubrió con un vendaje para aislarlos de posibles contaminaciones. Después, las preguntas y sugerencias de rigor, un frasco con analgésicos y el alta médica.
El mismo marinero que le alcanzó la muda limpia lo condujo por un largo pasillo, cuyos mosaicos brillaban y olían a kerosene. En él se alternaban, de un lado y del otro, varias puertas; la última de la derecha era la de la sala de guardias. Su escolta golpeó la puerta y la abrió sin esperar contestación, indicándole al detenido que entrara, que lo estaban esperando.
El encargado de turno le entregó unas hojas y le pidió que las leyera, cosa que Juan hizo con dificultad. Le costaba enfocar las letras con la escasa visión que le entregaba el único ojo que podía abrir. Además, a pesar de los analgésicos indicados por el médico, todavía se le partía la cabeza. Con mucho esfuerzo, pudo entender que era el informe de los agentes de prefectura que actuaron en su detención. Entonces, los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior fueron emergiendo de las tinieblas. El rostro deforme del marinero coreano se materializó de la nada y se restableció en su memoria con claridad.
Después, el guardia le entregó la notificación de la citación para las diecisiete horas y le pidió que la firmara. Entonces pudo retirarse a las instalaciones del faro, donde cumplía servicio, para aguardar allí la llegada de la hora de la junta disciplinaria.
Durante el almuerzo, descubrió que un diente se le movía, provocándole un dolor lacerante que trepaba por sus encías para escalar hasta la región ocular. Además, una costilla le mordía los músculos que la sostenían a la pared costal derecha, lo que le dificultaba por momentos la respiración.
«Esta vez la cagué, se me fue la mano»,pensó, temiendo la decisión de sus superiores en la junta. Las palabras “En cualquier momento lo rajan” retumbaban en su cabeza y no se las podía sacar de encima. Lo afectaban tanto como la puntada con latido propio que aún seguía torturándolo detrás de los ojos. Él era un buen profesional, pero a sus treinta y cinco años, su foja de servicios ya estaba salpicada con manchas difíciles de ocultar.
Amaba a la Armada y era muy responsable en su cargo. Pero su apego a las noches de parranda en burdeles y garitos de juego creaba una doble personalidad que lo convertía en una verdadera máquina de fabricar problemas. Tenía apego por los tugurios donde reinaban las mujeres de vida fácil, por las que solía apasionarse. Bebía con ellas y se dejaba arrastrar por su inclinación incontrolable a participar en todas las peleas que se ponían a su alcance, de las que ostentaba, orgulloso, las cicatrices de mil combates.
Sus malos hábitos le ocasionaban muchos inconvenientes en su entorno laboral. Los pares solían evitarlo; los subalternos le temían por su mal carácter, siempre cercano a explosiones de ira que podrían acarrear consecuencias imposibles de imaginar. Para sus superiores, era una piedra en los zapatos que debían sufrir cada vez con mayor frecuencia. Estaba claro que había que encontrar una solución y que esta tenía que respetar conceptos como disciplina, ética y el honor militar. Pero no había que olvidar que se trataba de uno de sus miembros, excelente profesional. Y que el escenario de los conflictos se hallaba fuera de los límites de la institución.
El consumo de alcohol había crecido mucho en los últimos meses y lo había convertido en una persona irascible, solitaria y huraña. Se podría decir que le sobraban todos los dedos de una mano a la hora de contar amigos.
CAPÍTULO 3
Faltando poco más de quince minutos para la hora señalada, Juan Pavón se anunció en mesa de entrada.
Un marinero lo guio por el pasillo pintado de gris, que seguía, como en la mañana, oliendo a combustible. Lo hizo con paso casi solemne y no pronunció una sola palabra durante el recorrido. La sala donde se iba a realizar la audiencia era la última de la izquierda, frente a la enfermería. Los recuerdos del coreano volvieron a su mente. Las paredes parecían plastificadas por una increíble acumulación de capas de pintura. Gris oscuro hasta la altura del pecho; desde allí, blanco hasta el techo.
No había en todo el recorrido más mobiliario que los bancos de madera que nacían de la pared. En uno de esos bancos, esperó Juan la voz que lo invocara por su nombre, para volver a transitar por un sendero que, últimamente, había recorrido varias veces. La pérdida de francos o los días de arresto con los que lo podían castigar no le preocupaban en lo más mínimo; esa sería la menor sentencia que podía esperar, la más liviana. Lo que sí lo aterraba era pensar en la posibilidad de que lo dieran de baja de la institución; eso sería poco menos que la muerte para él.
Cuando la puerta se abrió y escuchó su nombre, se encomendó a la Virgen del Mar y entró a la habitación. Dentro de ella, todo era tan austero como en el pasillo. Frente a él había un escritorio con tres sillas, ocupadas por las autoridades de la junta, y en el centro, una silla de madera que tenía tantas capas de pintura como las paredes. En ella se sentó cuando recibió la orden de hacerlo.
Sobre el escritorio podía verse un expediente que él sabía que era su legajo. Junto a este, un escrito de pocas hojas. Escuchó con atención la lectura del informe producido por los agentes de prefectura y aguardó con impaciencia la primera pregunta.
—¿Es así como ocurrieron los incidentes de anoche? —preguntó el que ocupaba el asiento central.
—Sí, señor —respondió mirando a su superior a los ojos—. Más o menos así.
—¿Qué significa más o menos así? —volvió a preguntar el del medio, que era, sin dudas, el encargado de llevar a cabo el cuestionario—. ¿Puede precisar?
—Significa que eso solo relata lo que ellos vieron. Pero no cómo comenzó todo.
—Bueno, díganos entonces cómo comenzó.
—Señor. —Pavón preguntó con respeto—: ¿Puedo hablar con libertad?
—Por supuesto —contestó el que comandaba el interrogatorio mientras los otros dos asentían con las cabezas.
—El problema se presentó cuando entraron esos hijos de… Bueno, los coreanos, ustedes me entienden. Todo el mundo sabe que están estacionados en la milla doscientos uno y que de noche se meten a pescar en nuestra plataforma, pasándose nuestra soberanía por el trasero. Nos roban con total descaro, y cuando tienen problemas en sus barcos les abrimos nuestros puertos para remediarlos. Incluso, más de una vez fueron reparados en nuestras bases. ¡Hasta se les pone guardia para protegerlos! Bueno, eso acumula bronca. ¡Qué quieren que les diga! Por eso los pescadores los odian, y cuando entraron al cabaré uno de ellos les gritó: “¡Chinos hijos de puta!”. Ustedes disculpen, pero es textualmente lo que el pescador dijo. “Nos roban el pescado y ahora quieren robarnos las mujeres”, y voló entonces la primera botella. De ahí en más, sigue lo que los de los bastones escribieron.
—¿Trata entonces de justificar los incidentes en una cuestión de soberanía? —preguntó su superior con cierta ironía.
—No, señor, sé que no tengo justificación. Solo trato de decir que se originó en un insulto de alguien que se juega la vida en barcos de porquería. Y cada vez le cuesta más ganarse el pan porque esas flotas nos están vaciando la palangana; se llevan lo que vale plata y lo que no, lo descartan por la borda. Usan artes de pesca que en sus aguas tienen prohibidas. Y nosotros solo miramos, en vez de agujerearles el casco con unos buenos cañonazos, como hicieron los canadienses cuando los españoles desoyeron las advertencias y entraron a pescar en sus aguas. Fue hace pocos años. ¿Se acuerdan? Bueno, tuvieron un pequeño inconveniente diplomático, pero el saqueo se terminó.
—Señor Pavón —interrumpió el que ocupaba la silla de la derecha, hablando por primera vez—, eso que dice se puede entender, pero no justifica su participación en los anteriores incidentes ni la brutalidad que ha alcanzado en este. La cosa se está saliendo de control. Los de los bastones, como usted llama a los agentes de prefectura que intervinieron poniendo fin a la batalla campal, dicen que, si no hubieran llegado a tiempo, habría matado al pobre cristo que tenía entre sus piernas. Esta vez ha llegado demasiado lejos. ¿No le parece?
—Sí, señor, tiene razón —contestó angustiado mientras se frotaba los nudillos, protegidos aún por el vendaje. Los nervios lo consumían y se aprestaba a oír lo más temido, el peor de los castigos.
—Mire —volvió a intervenir el de la silla central—, la verdad es que usted se está convirtiendo en un problema para nosotros. Hasta parece estar empeñado en empujarnos a pensar en darle la baja. Pero hemos tenido en cuenta dos puntos importantes. El primero es que su actuación profesional es realmente buena, cuando no la empaña provocando estos disturbios. Y el segundo es que su apellido tiene buena historia en la institución. Consta en nuestros registros el retiro con honores de Osvaldo Pavón, quien, tengo entendido, fue su tío abuelo. Y yo mismo fui compañero de su padre en la Base Naval de Puerto Belgrano, hace ya muchos años. Así que, en honor a la memoria de estos camaradas, especialmente a la de su padre, hemos decidido darle una mano. Lo primero que va a hacer es tomarse unos días de descanso. Después, va a ser trasladado a un lugar donde esté menos expuesto a esas tentaciones, a las que parece que no se puede negar. Lo vamos a ascender a encargado del faro Querandí, en el partido de Villa Gesell. Tome este ascenso como un premio a su capacidad profesional y como una última oportunidad de encauzar su otra personalidad, la que nos causa problemas. Ahora puede usted retirarse.
Juan Pavón se retiró confundido pero aliviado por sentir que seguía dentro de la Armada. Había entrado a la junta temiendo recibir como castigo la baja, pero salió de la sala con un ascenso. Le dio vueltas y vueltas al asunto, pero no pudo encontrar otra explicación: Stella Maris lo había ayudado.
CAPÍTULO 4
Las jornadas que siguieron le parecieron las más lentas de su vida. La falta de afectos con quienes compartir los momentos de ocio, por lo general, lo llevaba a no tomarse los días de descanso. Prefería refugiarse en el trabajo y en su soledad que, consciente o no, tanto se había esmerado en cultivar.
Su padre había sido uno de los sobrevivientes del hundimiento del crucero General Belgrano, en aquel ataque perpetrado por un submarino nuclear inglés, durante la guerra de Malvinas. Él apenas tenía siete años. Solía aún estremecerse con los recuerdos que aquellos tiempos infames, irracionales y absurdos fijaran para siempre en su memoria.
Veía desfilar ante él las balsas anaranjadas. Las mismas que ilustraban las primeras planas de casi todos los diarios del mundo. Podía ver su propia imagen frente al televisor y observarlas luchar contra un furioso mar Austral. Tratando de no ser devoradas por las olas, que desarrollaban una danza enloquecida, arengadas por violentas ráfagas de viento.
Podía imaginar en su interior la desesperación de los aterrados sobrevivientes; aferrados unos a otros, rogando a Dios que no se cortara el hilo que los ataba a la vida. Y volvía a revivir el dolor lacerante de su propia desesperación, mientras rezaba para que su padre fuera uno de ellos.
Y en realidad lo fue. No lo mató el torpedo y pudo subirse a una de las balsas. Pero, de alguna manera, la guerra le devolvió a su padre solo a medias; una parte de él se quedó en el Atlántico junto al espíritu de cada camarada muerto. Nunca volvió a ser el que él recordara con los brazos en alto, saludándolo desde la cubierta del Belgrano, cuando partían hacia el sur.
Su cuerpo regresó con ellos, pudo abrazarlo y jugar entre sus brazos. Pero la mente de su padre siguió navegando en un mar de tinieblas. Tuvo apoyo, por supuesto, pero nada consiguió aliviarlo. Ni su familia, ni sus colegas, ni los hospitales psiquiátricos. Nada logró rescatarlo del abismo oscuro, sin fondo, en el que había caído. El horror, instalado en forma indeleble en su memoria, anidó en cada una de sus células y firmó su sentencia de muerte. Se suicidó varios años después de la guerra, cuando Juan Pavón comenzaba a dar los primeros pasos en las filas de la Armada.
Se podría afirmar que la guerra mató también a su madre. Esta era una mujer fuerte y luchadora, capaz de salir indemne de las situaciones más complicadas. Pero el absurdo de un país empujado por la dictadura a una guerra desigual fue mucho, aun para ella. En nombre de los derechos soberanos, la Junta Militar mandó a la muerte a muchos argentinos. Se escudaron en la recuperación de nuestras islas, cuando en realidad lo que buscaban era recuperar algo del poder que se extinguía.
“¡Que venga el principito, lo estamos esperando!”, exclamó un borracho con un vaso de whisky en la mano; una multitud en la plaza agitaba banderas celestes y blancas. El principito vino y la tragedia se desencadenó.
Demasiada muerte. Demasiado dolor. Había recuperado a su compañero, su otra mitad, el padre de su hijo, solo para ser testigo de la devastación que el horror le había causado. Solo para verlo hundirse como el Belgrano.
Ese no era el hombre que ella conocía. El que había marchado al sur tenía el pecho expandido por el patriotismo. El que volvió estaba reducido casi a la nada. Parecía apenas un fantasma embarcado en una balsa salvavidas, tratando de escapar con manotazos de ahogado de los recuerdos lo atormentaban.
Entonces, también ella quedó devastada; ya no pudo levantar los brazos. Luchó con cada gota de energía disponible, pero la pérdida y el dolor fueron más fuertes y la vencieron. Simplemente, se fue apagando apesadumbrada por la más profunda tristeza. Hasta que su corazón dejó de latir; dijo: “Suficiente para mí” y se fue tras los pasos de su héroe de Malvinas.
El árbol familiar, arrancado de raíz tan tempranamente, llevó a Juan a encerrarse en sí mismo, poniendo ante todos un escudo que era difícil de penetrar. Por eso la espera del traslado a su nuevo destino le resultó eterna. Ni siquiera podía aferrarse al salvavidas que solía arrojarle la noche. Había decidido poner entre los dos un poco de distancia, abrir el paraguas. Eso implicaba alejarse del alcohol, las mujeres y las peleas que lo habían arrastrado al borde de la baja.
Buscando actividades sin riesgo, ocupó buena parte del tiempo en la lectura. Era un entusiasta lector de novelas de suspenso, aventuras y ciencia ficción. Solía apasionarse con ellas al punto de sumergirse en los libros durante horas, sobre todo cuando la acción transcurría en el mar. Pasión que lo llevó a leer por tercera vez El viejo y el mar, con cuyo personaje se identificaba en un ciento por ciento.
Podía verse luchando junto al pescador contra la implacable naturaleza. Afrontaba con el viejo las desiguales condiciones del combate. Le dolían las heridas producidas por el cordel deslizándose en sus manos ante los embates del gigantesco pez. Podía sentir su hambre, sufrir su sed. Lo abrumaba su cansancio y lo mortificaba su final de derrota y soledad. Lo conmovía la historia de tal modo que lo aterraba imaginar para él un final como el del viejo. «Esto no me puede pasar —solía decirse, sobrecogido, cada vez que arribaba al final de la novela—. Soledad y derrota son dos condiciones que no se deben juntar».
También su físico lo mantenía ocupado. Pasaba mucho tiempo realizando actividades para potenciar su resistencia y vigor. Solía pensar en su cuerpo como en una máquina de guerra; de su buen funcionamiento podía depender algún día su vida. Eran cotidianas sus visitas a gimnasios, institutos de artes marciales y clubes con escuelas de boxeo. Sin contar lo que aprendía en las calles por las noches, en aquellas memorables batallas en los locales nocturnos.
Apenas alcanzaba la estatura promedio y era algo delgado, pero con solo mirarlo se podía afirmar que era alguien bien entrenado. Sus huesos eran fuertes y daban soporte a una musculatura fibrosa que explotaba, cuando la exigía, con velocidad y justeza.
Para mantenerse en estado, trotaba todas las mañanas por los alrededores del faro; ritual que realizó sin interrupciones durante los seis años que prestó servicios en el Recalada a Bahía Blanca. Conocía el terreno y las instalaciones como la palma de su mano.
Sin embargo, en esta ocasión, sabiendo que pronto partiría, observó el entorno con mayor detenimiento. Se demoró especialmente en observar la estructura del faro: una torre tubular con franjas horizontales rojas y blancas, de sesenta y siete metros de altura, lo que lo convierte en el faro más alto del litoral marítimo de Argentina. Contempló el alma, formada por un cilindro central de hierro de un metro y medio de diámetro, y las ocho columnas de hierro fundido que lo sostienen, uniéndose entre sí con un sólido andamiaje de metal.
Trató de calcular las veces que había subido su escalera de hierro en caracol, que recorre el interior del cilindro y lleva a la cima. Se arriba a esta luego de gastar doscientos noventa y tres escalones. Sonrió al comprobar que no podía estimarlo; pero habían sido tantas que sentía que tenía sus peldaños marcados en las plantas de los pies.
Comprendió entonces que lo iba a extrañar; pronto descubrió que no solo el faro. También extrañaría la base de Puerto Belgrano, donde solía visitar los buques de guerra atracados en su fondeadero; el puerto de Ingeniero White, uno de los más importantes puertos de ultramar del país, y las ciudades de Punta Alta y Bahía Blanca, lugares que habían sido el escenario de los últimos años de su vida. Aun sin amigos que extrañar, estos lugares le habían creado un apego que, ahora descubría, le resultaría difícil de ignorar. Y más si consideraba que el faro al que lo trasladarían estaba en medio de un arenal, a unos treinta kilómetros de la ciudad más cercana, donde ya había averiguado que no había lugares para el tipo de emociones que a él le gustaban.
En cuanto al juego, sabía que la mayor expectativa que podía tener eran las visitas al bingo. Pero detestaba esos lugares porque, decía, eran para jugadores de poca monta, viejas gordas y solitarios perdedores. Podría contar también con ocasionales partidas de cartas en esos característicos clubes que nunca faltan en los pueblos. Lugares de dudosa reputación, donde se atrae a la juventud con una fachada deportiva durante el día, para calmar los ánimos de la Policía, los políticos y la Iglesia. Escondían así una verdad vedada a las miradas inocentes; realidad trasnochada donde casi todos perdían, por lo general, unos pocos pesos, otras veces unos cuantos más. Pero nada comparable a los garitos que a él le gustaban, donde cambiaban de manos propiedades y fortunas por el simple capricho del azar o por la increíble habilidad de manos adiestradas para el engaño.
Respecto a su otra pasión, él sabía mejor que nadie que en todos lados se encontraba a las mujeres de la noche. Pero ya se había informado de la ausencia de prostíbulos y cabarés en Gesell, así que detectarlas le iba a llevar un buen tiempo.
Pensar en la nueva etapa que se iniciaría para él en unos días, tan alejada de sus gustos y costumbres, le quitó el sueño por las noches. Entró, entonces, en un estado de vigilia que lo convirtió en un manojo de nervios. Las petacas vacías se acumularon en el cesto de los residuos; el humo de los cigarrillos impregnó con su tufo toda la habitación. Lentamente se fue apoderando de su ánimo el ostracismo, sumergiéndolo cada vez más en su soledad.
CAPÍTULO 5
El jeep se desplazaba con facilidad sobre la arena firme de la orilla, espantando a su paso bandadas de gaviotas que se elevaban entre gritos y manchaban el cielo primaveral con sus plumas blancas.
Varias parejas de ostreros buscaban berberechos y pequeñas almejas en la arena mojada, entre los copos de espuma que las olas al morir dejaban en la playa. Otros preferían los insectos, pequeños alacranes, arañas y cascarudos que podían encontrar dando vuelta los guijarros y concreciones de conchillas, en los pedregales que cada tanto encontraban junto a la anteduna.
Un suave viento del noroeste empujaba hacia el mar un puñado de nubes, que apenas alteraban el manto azul que cubría al paisaje. La mañana, entibiada por el sol bastante alejado ya del horizonte, permitía soñar con la proximidad del verano; se respiraba en el aire un agradable aroma a arena y sal.
Dentro del vehículo, una atmósfera pesada contrastaba con la paz que sugería el ambiente. Un silencio áspero y tenso incomodaba al cabo Fabián Ramos, que había partido esa madrugada con su mejor ánimo hacia Villa Gesell para recibir, en la terminal de micros, al pasajero que ahora transportaba.
Benítez le había dicho la noche anterior: “¡Ojo! Tratalo bien. Mirá que va a ser tu jefe”. Pero después se había reído y lo había palmeado en el hombro.
En los andenes se había esmerado por recibirlo con una sonrisa que se viera franca, amigable. Quería en verdad darle una bienvenida cálida. Pero, para su sorpresa, el recién llegado apenas cumplió con el saludo formal y le comunicó, con su modo más hosco, que estaba de malhumor y que no deseaba hablar.
Esas palabras, ausentes de la más mínima amabilidad, fueron para el cabo como un baldazo de agua fría. Él era una persona sencilla, fácil para la amistad. Confiaba en las personas, le gustaba hacer favores. Siempre había hecho un culto de la cortesía, valor que le habían enseñado desde pequeño en Pila, su pueblo natal. Allí las personas estimaban a sus vecinos, se saludaban con un buen apretón de manos y se miraban a los ojos cuando conversaban.
Amaba el campo, pero siempre lo atrajo con fuerza el mar. Lo veía como una promesa de aventuras que lo seducían y no encontraba el modo de resistirse a ellas; tampoco quería hacerlo. El océano ganó entonces la pulseada y el campo lo dejó marchar. La Armada Argentina fue la puerta de entrada a ese nuevo mundo. Ilusiones y nostalgia; así dejó atrás su pueblo. Pero nunca soltó del todo las amarras; siempre era bueno tener un lugar seguro, con aguas calmas, donde poder atracar.
Todos estos rasgos de su personalidad, sobre todo el modo respetuoso con que trataba a todo el mundo, le ayudaron a ganarse el puesto de encargado de comunicaciones del faro. Era el operador de la radio que los acercaba un poco a la civilización y posibilitaba el contacto diario con la Base Naval de Mar del Plata y con la estación Lima 9 Sierra, que la Prefectura Naval tenía en La Villa.
En otra situación, ese trato despectivo e inexplicable hubiera desencadenado una dura respuesta del cabo. Tenía el carácter bonachón típico de la mayoría de la gente de campo. Pero sabía imponer respeto con su inmensa figura algo excedida de peso y con un gesto adusto que se potenciaba con la profundidad de sus ojos negros. Sin embargo, el destrato había surgido de un superior. Estando de por medio su jerarquía, tenía que considerar sus palabras como una orden y cumplirla, aunque no le gustara. Lo que sí podía hacer era darle rienda suelta a la primera impresión. Y esta había sido más que mala.
Vinieron a su mente entonces algunos dichos de su madre, una mujer que jamás había salido del campo, pero que atesoraba la simple sabiduría de los que supieron hacer una escuela de cada día vivido. Recordó sus enseñanzas y estuvo del todo de acuerdo con una de sus sentencias: “El buen patrón no ostenta con su mando, tiene buenos modales y mejor trato”.
Era evidente para el cabo que esas cualidades estaban ausentes en la futura autoridad del faro. La suerte de la relación había sido sentenciada; estaba claro que sumaría a su entorno a un nuevo superior, pero no a un amigo. Y cerró el pensamiento con una sentencia propia: «La primera impresión difícilmente carezca de razón».
Juan Pavón venía en verdad con un humor de los mil demonios, cosa que incrementaba exponencialmente su mal carácter. Se mostró contrariado todo el tiempo, sobre todo por las detenciones para reaprovisionamiento, que fueron varias: panadería, mercado, desvío hasta la casa de Benítez a retirar enseres que le mandaba su esposa y, por último, en la estación de servicios, para llenar el tanque del jeep y cargar media docena de bidones de combustible para el grupo electrógeno y el motor de emergencias.
Ya en la playa, el recién llegado contempló con desgano el paisaje marino. Varios grupos de pescadores buscaban en las profundas canaletas tiburones de gran porte, que le habían dado al lugar la fama de extraordinario pesquero. Algunos estaban cerca de la orilla, cuidando sus cañas, que se encontraban ya en acción de pesca. Otros preparaban los equipos junto a las carpas, armadas lejos del agua. Ajeno a toda esa actividad, Juan observó cómo crecía para él desde la distancia la figura del faro, su nuevo destino, que se erguía aún lejano desde la arena.
Cuanto más avanzaban hacia el sur, más se convencía de que su ascenso era un verdadero castigo. Hasta se permitió dudar de su permanencia en ese páramo donde reinaba la soledad. Pero su sentido de pertenencia a la fuerza lo iba a ayudar. Tenía que intentarlo y pensaba poner en la empresa su mejor esfuerzo. «Tal vez un retiro me venga bien por un tiempo —meditó—. Ya veré cómo zafo de él».
En un momento, cuando el Querandí parecía al alcance de la mano, el jeep abandonó su marcha junto al agua y enfiló hacia los médanos que se interponían entre el mar y las instalaciones de la base, a unos setecientos cincuenta metros de la línea de las pleamares.
Pavón miró con fastidio al cabo y exclamó:
—Bueno, parece que por fin llegamos al culo del mundo. ¡Qué alegría!
El cabo contó hasta diez para digerir la ironía y asintió con la cabeza, sin pronunciar palabras que delataran su desagrado. Manejó en silencio los últimos metros que los separaban del faro, que se elevaba hacia el cielo ostentando orgulloso sus seis fajas negras que se alternaban con otras cinco blancas. Había observado esa imagen cientos de veces, pero siempre se conmovía con ella.
