Niñapájaroglaciar - Mariana Matija - E-Book

Niñapájaroglaciar E-Book

Mariana Matija

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Beschreibung

Niñapájaroglaciar es el primer ensayo literario de Mariana Matija. En este libro, la autora nos invita a reflexionar sobre el devenir y nos abre la puerta a esos retazos de su vida que la llevaron a cultivar relaciones de atención, cuidado, amor y reciprocidad con el mundo viviente. Una vez más, Mariana nos enseña a reconocernos como parte de la Tierra en uno de sus textos más íntimos y bellos jamás publicados.

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Seitenzahl: 265

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Niñapájaroglaciar

—Mariana Matija

Rey Naranjo Editores

Rey Naranjo Editores

www.reynaranjo.net

Niñapájaroglaciar

©Mariana Matija, 2023

©Rey Naranjo Editores, Colombia, 2023

Primera edición |Abril2023

Dirección editorial: John Naranjo • Carolina Rey Gallego

Dirección de diseño: Raúl Zea

Edición: Alberto Domínguez

Equipo R+N:Juan Camilo Acero • Daniela Mahecha • Isabella Viracachá

La foto de la portada la tomó Mariana en un páramo en la vía Manizales - Murillo.

isbn 978-628-7589-10-0

Hecho el depósito de ley

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier medio, sin permiso escrito de los titulares del copyright.

Al volcán, a los afrecheros y los bichofués, y a todos los seres que tienen casa en mi paisaje interno, incluidos los que no aparecen en este libro (sabrán comprender que es imposible que quepa toda la belleza del mundo en un espacio tan chiquito).

Uno

El corazón aceleradísimo, revoloteando, tratando de salirse del pecho. Está atrapada en una caja de concreto en la que no sabe cómo entró, y tampoco sabe que el animal enorme que la mira no quiere hacerle daño, quiere ayudarla a salir. Yo también quiero salir. Afuera, abajo, en la calle, empiezan a cantar unos mariachis. Parece que el mundo estuviera diciéndome que no, que este momento no puede ser como a mí me gustaría que fuera, no puede ser «ideal», no puede ser tranquilo. Es un encuentro inesperado y hermoso, pero también es ruidoso, es agobiante, es horrible. Los mariachis suenan atrapados también aunque están afuera. Está haciendo calor y ellos tienen encima esos trajes pesados y negros. Cantan sin saber para quién, musicalizan sin darse cuenta la escena de una película que nunca van a ver.

Cuando veo un pájaro atrapado o herido siento que mi corazón se hace pequeño, se aprieta, se aliviana, revolotea, trata de salirse del pecho. Se convierte en pájaro. Siento que mis manos tienen el tamaño justo para atraparlo y ayudarlo, y al mismo tiempo son demasiado grandes, demasiado bruscas, con suficiente fuerza para aplastarlo, para quebrarle los huesos de las alas sin querer.

Me acerqué un poco más y le dije por favor confía en mí, no te voy a hacer daño, estoy tratando de ayudarte a salir. Puse una bolsa de tela cerquita de donde ella estaba. No puedo decir que logré meterla en la bolsa porque no la metí yo. Ella más o menos entró, yo más o menos la empujé. Se quedó tan quieta que parecía que se hubiera muerto. Tuve mucho miedo de herirla, de romper sus huesos chiquitos con la presión de mis manos gigantes, pero algo en ella me dijo mis huesos son chiquitos pero son muy fuertes, vengo volando desde lejísimos, he aguantado ventarrones y tormentas, puedo aguantar esto. Bajamos juntas por las escaleras. En una mano llevaba la bolsa de tela en la que la atrapé para ayudarla a salir, en la otra mano llevaba una taza metálica con agua hasta la mitad, que esperaba que pudiera ser una ofrenda de amor para la pájara cansada y asustada, mi visitante accidental. El corazón revoloteando, tratando de salirse del pecho. Como un pájaro atrapado que está tratando de seguir la voz de la luz, lanzándose contra ventanas que no abren con la esperanza de atravesarlas o hacerlas caer.

Llegamos a los árboles, y supe con todo el cuerpo que eran suyos y míos. No sé si fue el sonido o el olor, o un cambio en la sensación del aire, o una señal magnética de la tierra que le dijo tranquila, ya estás más cerca. O fue la impaciencia de sentirse encerrada durante tanto tiempo (esos segundos en vida de pájaro deben haber sido una eternidad). Empezó a revolotear dentro de la bolsa. La abrí con cuidado, quise mirarla. Quise que se mantuviera quieta para poder verla con la certeza de que sobrevivió, de que al tratar de ayudarla no la maté, que puede irse sin hacerse más daño. Quise ofrecerle una gota de agua, quise acariciar las plumas brillantes de su diminuta cabeza, quise decirle algo que se pareciera a una oración para que llegue sana y salva a su destino. Quise por lo menos darle las gracias por su accidental visita. Se fue volando y no alcancé a hacer nada de eso. Solo pude verla volar, que era realmente todo lo que necesitaba.

Los mariachis seguían cantando todo el rato y cantaron también mientras subía las escaleras. Antes ni me había dado cuenta de qué era lo que cantaban porque toda mi atención estaba puesta en que mis manos gigantes no quebraran esos huesos pequeñitos, pero cuando mis manos volvieron a su tamaño normal no tuve más remedio que escuchar que hablando de mujeres y traiciones. Sacudí la cabeza tratando de expulsar esa letra que, aunque nunca quise, aprendí de memoria. Quería silencio, quería espacio abierto en el que todavía revoloteara el recuerdo de mi visitante accidental. Pero no fui capaz. Las palabras se agarraron y no soltaron y yo subía un pie mientras repetía por dentro que pidieron que cantara mis canciones, y luego el otro pie y yo canté unas dos en contra de ellas, y así escalón por escalón hasta que llegué al séptimo piso antes de que se acabara la canción. Abrí la puerta con las manos todavía temblorosas por los súbitos cambios de tamaño, y me fui directo a la biblioteca a buscar el libro que le ayudaría a mi mente a dejar de perseguir la letra de esa ranchera. Pasé las páginas y vi cómo aparecían y desaparecían garzas, gavilanes, gallinaciegas, colibríes, carpinteros, búhos, mieleros, periquitos, tángaras, loros, atrapamoscas, bichofués, mirlas, siriríes, cucaracheros. Hasta que la vi: Cardellina canadensis. Reinita canadiense. Migratoria. Insectívora. Tiene una línea amarilla que le cubre la frente y que luego se une con un anillo ocular, también amarillo, que la hace parecer con gafas. Usualmente silenciosa, forrajea en la parte baja de los árboles y entre arbustos. Es poco común y solo se le ha visto entre noviembre y enero. Yo la acabo de ver en abril. Reinita. Viajera inesperada. Huesos diminutos. Alas poderosas. ¿Qué estaba buscando tan arriba, en lo que para mí es el piso siete? ¿Por qué vino en abril? ¿Por qué, reinita? Afuera cantan que no queda otro camino que adorarlas. Adentro trato de grabar en mi cuerpo el recuerdo de su existencia pequeñita, sus plumas oscuras, sus ojos luminosos. Trato de recordar qué más sentí, porque sé que no fue solamente la torpeza de unas manos gigantes con banda sonora de mariachis. Fue el ruido del mundo entrando sin invitación a un momento lleno de belleza. Fue un momento lleno de belleza recordándome que hay más cosas en el mundo, además del ruido. Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide.

Dos

Cuando estaba chiquita muchas de mis vacaciones fueron en Santágueda, más abajo de Manizales. Íbamos allá a buscar calor. Nos quedábamos una o dos semanas en una cabaña de dos pisos que tenía paredes de ladrillo rústico, y puertas, ventanas y barandas de madera pintadas azul cielo. La mitad de la cabaña no tenía paredes: abajo había algo así como una sala enorme que estaba muy integrada con el afuera y que parecía más bien una terraza, y justo encima había otro espacio igual en el que colgábamos una o dos hamacas. Ahí mis amigas y yo nos columpiábamos y hacíamos siestas y jugábamos a la guardería de los muñecos cuando no podíamos estar en la piscina porque era mediodía y el sol era más peligroso, o cuando estaba lloviendo, o cuando era de noche y solo podíamos jugar en la cabaña porque los grandes no tenían ganas de acompañarnos a jugar en el agua. Dos o tres veces pusimos colchones en la sala-terraza de arriba para jugar a dormir a la intemperie, pero al final no dormíamos ahí porque nos daban miedo las cucarachas y los espantos de la zona, que en el fondo eran lo mismo.

En ese lugar había cinco cabañas. Nosotros nos quedábamos casi siempre en la 4, que tenía el afuera más lleno de árboles. El que mejor recuerdo estaba justo al frente de la cabaña y era un árbol de pomarrosas que me dio un regalo maravilloso: una nueva fruta favorita. Recuerdo que por la mañana, ya con el vestido de baño puesto y lista para irme a la piscina, me acercaba al tronco del árbol para mirar hacia arriba, hacia adentro de su vientre lleno de frutas rojas, deseando que ellas solas decidieran caer en mis manos. Recuerdo la ensaladera de plástico verde puesta encima de la mesa a la hora del almuerzo llena de pomarrosas que habían cogido los grandes. Recuerdo los primeros mordiscos y la sensación de mi cuerpo que al mismo tiempo descubría y recordaba. Las pomarrosas se parecían a muchas cosas y al mismo tiempo no se parecían a nada que yo hubiera conocido: piel lisa como la de una manzana, pero mucho más suave y más delicada, olor a flores, pulpa entre dulce y ácida, entre aguada y algodonosa, y una pepa redonda y grande que las hacían parecer primas de los aguacates. Llegaron a mi vida inesperadamente y, como todas las cosas bellas, trajeron un nuevo vacío, el que me quedaba en el corazón y en el estómago cuando íbamos a la cabaña 4 y el árbol de pomarrosas no estaba en cosecha. Podía olvidar ese vacío metiéndome a la piscina a jugar a la sirenita hasta que se me arrugaban todos los dedos, o jugando a la salvavidas, sacando abejas y cucarrones que se estaban ahogando y cuidándolos mientras se acicalaban y se limpiaban bien la cara y las antenas y las patas, hasta que veía que se iban volando. Pero siempre volvía al árbol de pomarrosas, me acercaba al tronco para mirar su vientre y lo veía vacío de frutas, aunque seguramente estaba lleno de otras cosas. Pájaros aprovechando la sombra o bichos comiendo hojas o polinizando flores, por ejemplo.

En la cabaña 4 cantaban los bichofués, pero no fue allá que supe quiénes eran ellos. Allá simplemente sonaban sus voces mientras yo jugaba y mientras desayunaba y mientras iba corriendo a la piscina, y mi cuerpo aprendía que, así como las pomarrosas, esas voces eran parte de ese lugar y, por lo tanto, de las vacaciones. No recuerdo haberme preguntado cómo se llamaban esas aves o cómo se veían o por qué las escuchaba solo allá y no cerca de mi casa. Muchos años después me fui a vivir por un semestre a Medellín, y un día mientras caminaba hacia la universidad por la canalización que sale a la glorieta de Bulerías oí un bichofué, y me sentí en vacaciones. Fue una sensación deliciosa que me recorrió todo el cuerpo, como si se me hubieran regado por dentro los brillos de un paquete entero de chispitas Mariposa. Yo no estaba contenta en Medellín en ese momento, extrañaba mi casa, me sentía atrapada en el compromiso de terminar un semestre en ese lugar en el que desde el primer día supe que no quería estar y tenía un calendario en el que iba tachando los días como si estuviera esperando a ser liberada de un cautiverio. Muy dramática. Pero ese día el bichofué con su canto me dijo ¿ves?, aquí no todo es desconocido. Reconoces mi voz. No sabes cómo me llamo pero sabes que mi canto te llevó a las vacaciones que también son tu casa. Estás aquí y estás allá y estamos los dos y por eso no estás sola. Lo que no me dijo el bichofué es que en ese momento también estaba rodeada de árboles de pomarrosa, y que tal vez parte del vacío que estaba sintiendo era porque mi cuerpo sabía que ninguno estaba en cosecha.

A los bichofués les decimos así porque en su canto dicen biiiiiiiiichofuéééé. Al menos eso es lo que los bichofués dicen aquí, porque en otras partes parece que dicen piiiitohuéééé, o piiiiiiistoquéééé, o piiiiiiiiitojuáááán, o en inglés kiiiiiiiiskadeeeee, o en portugués beeeeeeemteviiiiii. Su nombre común cambia según las sílabas que escuchan los humanos que les prestan atención a sus voces, y esas sílabas cambian según el territorio. Creo que eso debe ser porque los bichofués, así como los humanos, tienen acentos distintos en cada lugar, y porque los acentos distintos de los humanos que los escuchan en esos otros lugares terminan imprimiéndose en las onomatopeyas con las que se interpretan sus nombres. Pitangus sulphuratus, que es el nombre científico, no dice nada sobre su canto, o sea sobre cómo se hablan entre ellos. No sé si hay nombres científicos en los que aparezcan las interpretaciones humanas de las sílabas con las que esos animales hablan, pero me parece poco probable o, si los hay, no deben ser muy comunes. Imagino que debe ser poco científico ponerle un nombre a un animal a partir de una onomatopeya, porque los niños ponen nombres por onomatopeyas y también los humanos adultos que sienten que los otros animales les están hablando, y es poco científico ser un niño o ser un humano adulto que siente que puede hablar con los animales. Los científicos tienen que hacer como si los otros animales no les estuvieran hablando para que otros científicos los tomen en serio. Y tienen que ponerles nombres que no cambien de un lugar a otro para poder decir ah, sí, este es el mismo animal solo que vive en un lugar diferente. Pero incluso los científicos saben que un animal que vive en lugares diferentes no puede ser en todos los lugares el mismo animal.

El nombre Zonotrichia capensis tampoco dice nada sobre la voz de los afrecheros ni sobre la relación que tienen con los humanos que los escuchan todos los días y que con ese conocimiento íntimo los nombran. Según el lugar en el que estén se llaman afrecheros, copetones, chingolos, chincoles, tico-ticos, pichuchancas, cachilos, pinches, coronaditos. Coronaditos porque tienen copete. La reinita no tenía corona. Aquí les decimos afrecheros, supongo, porque comen afrecho. En el patio de la casa en la que estoy viviendo le hacen honor a su nombre escarbando las materas para sacar el afrecho de arroz que está mezclado con la tierra para que filtre mejor. Dejan un reguero en el piso y se van. Los afrecheros de aquí dicen algo así como fuiiifooofuurrrrrr. Hablan distinto en otras partes. Dicen, por ejemplo, fuiiiifooofirufirufiru, o fuiiifuuufurururururu. Tanto bichofués como afrecheros hablan con una nota que sube, una que baja y otra que vuelve a subir. También hablan así los comprapanes, que supuestamente dicen cooompraaapáááán. Me gusta pensar en el humano que les puso ese nombre porque tal vez tenía hambre y escuchó que el pájaro le habló y dijo ay sí, qué buena idea, gracias, voy a ir a comprar pan. Yo los escucho a veces en la mañana, temprano, cuando el día amanece despejado, y suenan al mismo tiempo los fuiiifooofuurrrrrr y los cooompraaapáááán y muchos otros que no sabría cómo escribir y que no fueron bautizados con nombres tomados de sus propias voces.

Los afrecheros se perdieron en el fondo de mis años de infancia y adolescencia. No les presté suficiente atención. Son pájaros comunes, o sea, que se ven fácilmente, que se han adaptado con sorprendente éxito al entorno de hostilidad hacia la vida que es la ciudad. Los afrecheros se ven en los cables de la luz, en las ramas de los árboles tullidos, comiendo sobrados de pan al frente de las panaderías, comiendo afrecho en los patios, atravesando las calles en vuelo bajito en medio de los carros, como desprendidos de la vida y de la integridad de sus propios cuerpos. Se ven tanto que no los vemos. Se oyen por todas partes y por eso dejamos de oírlos. O eso creemos. Por ejemplo, yo no recuerdo haber escuchado con particular atención los cantos de los afrecheros en mis años de infancia y adolescencia, pero sé que mi cuerpo guardó el recuerdo de esas voces: cuando volví a Manizales y oí un afrechero me sentí en casa. Mi casa es la sensación que me aparece en el cuerpo al oír el canto de los afrecheros, así como mis vacaciones eran la sensación que me aparecía en el cuerpo al oír la voz de los bichofués.

Mucho tiempo después de que el bichofué me habló en Medellín, decidí irme a vivir allá y esa vez sí me sentí bien y me quedé diez años. Algunas veces los bichofués se perdieron en el fondo, porque eso es lo que pasa con las cosas cotidianas, incluso con las más hermosas y sobre todo con las más necesarias. Pero yo traté de prestarles atención. Me asomaba por la ventana de la sala para verlos saltar entre las ramas del suribio y perseguir chimachimas hacia la parte de atrás, donde estaban los laureles y los mangos. A veces, cuando oía un bichofué hablando afuera, me asomaba a saludarlo, así, con palabras, a decirle hola amigo. Le decía hola con mi voz y con el resto de mí le decía gracias por darle a mi cuerpo la sensación de las vacaciones que también son mi casa. A veces no lo veía porque estaba, por ejemplo, al otro lado de la palmera, como escondiéndose de mí, pero yo igual me asomaba a decirle hola, porque no siempre hace falta ver para querer saludar.

Tres

Hace más o menos quince años que no vivía en Manizales, en la casa hecha de cantos de afrechero, así que es comprensible que me haya tomado por sorpresa escuchar que ahora aquí también cantan los bichofués. ¿Tanto calor está haciendo? Sí. Tanto calor está haciendo. No solo lo saben los bichofués, sino también los ibis y cualquiera que recuerde que aquí antes no había ibis ni bichofués, y también cualquiera que recuerde cómo se veían antes los nevados desde aquí. Aunque tal vez sería mejor decir cualquiera que tenga una foto de cómo se veían los nevados desde aquí, porque se sabe que la memoria no es suficiente: existe algo que se llama síndrome de línea de base cambiante, que nos lleva a hacer una lectura distorsionada de la realidad porque tendemos a tragar con facilidad nuevas normalidades, siempre y cuando esas nuevas normalidades aparezcan de manera suficientemente lenta. La temperatura sube de a poco. Las aves suben también, buscando pisos térmicos más frescos. Los glaciares suben también hasta que suben tanto que ya no tienen dónde existir. Así, disimulándose con lentitud, todo sube hasta que desaparece y a nosotros nos parece normal. Y llega un momento en el que algo por fin nos sacude y nos hace decir qué diablos pasó aquí, en qué momento llegamos a esto, por qué se está quemando todo si aquí antes no se quemaba nada. Qué pasó. No entiendo.

Lo que nos parece normal depende directamente de lo que hemos podido ver en nuestra vida —que es cortísima comparada con la vida de la Tierra— y de la capacidad que tenemos para acostumbrarnos a cualquier nueva normalidad. Eso quiere decir, también, que tenemos una gran capacidad para acostumbrarnos al empobrecimiento de la Tierra, que es, por supuesto, nuestro propio empobrecimiento. Por ejemplo: no recuerdo cómo eran los nevados cuando estaba chiquita, aunque recuerdo haberlos mirado mucho. Pero sí sé cómo son ahora y puedo compararlos con fotos tomadas antes de que yo naciera y darme cuenta de cuánto han cambiado sus glaciares. Tampoco recuerdo cómo eran los cerros que rodean a los nevados, pero me imagino que estaban menos pelados que ahora. Me gustaría recordar. Me gustaría tener fotos. Me gustaría haber tenido la lucidez para hacer un registro de los nevados y los cerros que los rodean, para poder saber cómo se han transformado. Pero no la tuve, y por eso ahora solo puedo ver los cerros y los nevados del presente sin poderlos comparar con los del pasado. Solo puedo verlos con la línea de base cambiada, adaptada a mis recuerdos de infancia, que en la vida de esos glaciares fue hace un parpadeo, adaptada a una desaparición disimulada por mi capacidad de acostumbrarme a cualquier cosa. Y por eso la angustia se amortigua un poco, porque veo los cerros y los nevados y los veo hermosos aunque están pelados, y me digo todo está bien, allá están, en el mismo lugar en el que recuerdo que estaban, y todo está bien.

Están en el mismo lugar pero no siguen siendo los mismos y no todo está bien. Los glaciares están subiendo, buscando pisos térmicos más fríos que no existen. Están deshaciéndose, chorreándose en riachuelos que son tragados por la vegetación esponjosa y las lagunas del páramo. El páramo, por lo tanto, tampoco es el mismo: está tragándose a los glaciares porque no le queda más remedio, y después los deja seguir chorreando hacia abajo ya convertidos en agua que no volverá a ser hielo, o por lo menos no de ese glaciar. Tal vez llegará a una bocatoma y pasará por un tubo y llegará al grifo de un lavaplatos en una casa en la que se convertirá en hielo de cubeta para echarle a una cocacola que será bebida por alguien que no sabe que su hielo está hecho con agua de un glaciar en extinción.

Me da mucha tristeza pensar en la extinción de los glaciares, pero me da más pesar de estos glaciares que de los que quedan en los polos o en la Patagonia o en lugares así. Debe ser porque crecí cerca de ellos, entonces los veo como amigos. O tal vez entiendo que son parte de mi cuerpo y me duele ver que esa parte de mi cuerpo va desapareciendo. De pronto mi pesar viene con un poquito de culpa por no haber sabido lo que estaba mirando y por darme cuenta de que ahora que ya sé, dentro de poco no los voy a poder ver más. De pronto mi pesar es porque los glaciares tropicales son raros, son improbables, son como esos animales endémicos que existen solo en una isla en medio del océano Pacífico y por eso casi cualquier cosa nueva es una amenaza para su existencia, o son como esos pobres osos polares de un zoológico en Argentina que se estaban muriendo de calor. Solo que a los glaciares nadie los trajo a vivir aquí la fuerza. Nacieron en estas montañas cuando las condiciones de su ecosistema todavía eran aptas para sostenerlos y alimentarlos. Y su ecosistema fue cambiando y los glaciares parecidos a ellos se han ido muriendo. Ahora solo quedan seis, todos enfermos terminales, uno que está a punto de morir.

Cuando tenía trece años fuimos de paseo al páramo, cerca del nevado Kumanday (o nevado del Ruiz, como se le dice ahora. Pero a mí no me gusta decirle así porque Ruiz era un señor que seguramente conocía mucho menos esa montaña de lo que la conocían los humanos que la bautizaron Kumanday). Íbamos específicamente a la laguna del Otún. Íbamos en un carro que supuestamente nos iba a llevar hasta una cabaña que queda en un lado de la laguna, y ahí nos iba a estar esperando una lancha que nos iba a llevar al otro lado, donde estaba el refugio. Pero había un hueco enorme en la carretera y el carro no pudo pasar, así que, confiando en las instrucciones de Alberto, que era el novio de mi mamá y también algo así como nuestro guía y también algo así como otro papá y también algo así como un gran explorador de esa montaña y también, por eso, era muy optimista o muy desatinado en sus cálculos de cuánto podríamos tardar las personas del común en caminar lo que nos faltaba caminar, dejamos el carro y emprendimos caminata rumbo a la cabaña. Dos horas caminando, creo que fue lo que dijo que sería.

No fueron dos. Empezamos a caminar más o menos a las cuatro de la tarde, y a las ocho de la noche, ya sin nada de luz y sin linterna —y afortunadamente sí con luna— seguíamos caminando en el páramo rumbo a la cabaña en la que tal vez ya no nos estaría esperando la lancha. Yo tenía frío y estaba cansada y estaba asustada porque sentía que en cualquier momento se nos iba a aparecer una bruja. Pero también estaba emocionada porque me sentía en una expedición en un territorio salvaje. Sabía que esta no era una experiencia normal, que otras niñas de mi edad posiblemente estaban con sus familias en Cartagena o en otros lugares normales, y que estar caminando de noche en medio del páramo, por lo tanto, me hacía anormal. Caminaba por el páramo y era de noche y me dolía respirar y tenía frío y quería llegar al refugio y acostarme pero igual afilaba los oídos para escuchar el sonido de nuestros pasos en el camino de tierra a la vez seca y húmeda, y el sonido del viento en las hojas de las plantas chiquitas del páramo y los pasos de los animales que pasaban corriendo cerca de nosotros. Fshuusssshh. Fshuusssshh. Un conejo, decía nuestro guía. O una bruja, pensaba yo.

Llegamos a la cabaña a las once de la noche y no había ninguna lancha. Tampoco había humanos. No me quise ni acercar a las ventanas porque adentro estaba más oscuro que el fondo de la laguna y no quería ver, digamos, a la bruja en la que venía pensando. Como no había lancha ni manera de comunicarnos con alguien para pedir que fueran a recogernos, no nos quedó más remedio que caminar por el borde de la laguna hasta el refugio. Todo estaba muy oscuro, un paso mal dado implicaba el riesgo de caernos al agua helada. A mí me estaba doliendo respirar y lo dije varias veces. Lo venía diciendo desde antes, desde la zona del conejo bruja, pero solo me decían sí, ya casi vamos a llegar. Yo pensaba: ¿Y es que cuando lleguemos me va a dejar de doler? Yo siempre fui muy llorona, y además desde chiquita aprendí a hacerme la enferma o a enfermarme de verdad para dejar de hacer las cosas que no quería hacer (ir al colegio, por ejemplo). Y por eso a veces no creían en mi dolor. Fui muchas veces una pastorcita mentirosa avisando de un lobo que realmente no venía, y la gente del pueblo que era mi casa se cansó de esperar al lobo que me estaba inventando yo. Pero a veces venía un lobo de verdad. Una vez, por ejemplo, fuimos a caminar al bosque un día después de que yo me torciera un tobillo. Todo el día dije me duele el pie. Todo el día me dijeron ya casi vamos a llegar. Por la noche tenía el pie morado y nos fuimos a urgencias y me tomaron una radiografía y resulta que sí, que este lobo era de verdad y tenía cara de esguince y fisura en un hueso. Y la gente del pueblo que era mi casa se sintió mal por no hacerme caso y pidió perdón.

Cuando llegamos al refugio me seguía doliendo respirar. Era un dolor raro, muy diferente al dolor que me quedaba después de haber llorado mucho. Este dolor se acumulaba en la parte de abajo de los pulmones, como si los pulmones fueran una bolsa y lo que me doliera fuera un líquido acumulado en el fondo. Y resultó que no estaba tan lejos de ser así: un médico que estaba en el refugio dijo que ese dolor era un posible síntoma de edema pulmonar, o sea, de tener agua en los pulmones. Sin darme cuenta me estaba llenando de laguna. Y juro que ese dolor no me lo inventé. Hubo otras situaciones en las que inventé dolores para no caminar más o para devolverme de paseos a los que no quería ir, pero este no fue uno de esos dolores inventados. Yo no me quería devolver, no solo porque devolverme significaba volver a caminar todas esas horas, sino porque de verdad de verdad quería estar allá.

Pasamos la noche en el refugio, nos despertamos muy temprano, desayunamos y salimos a tomar el camino de regreso. Esta vez sí había lancha así que no tuvimos que caminar alrededor de la laguna. El recorrido lo recuerdo ondulado, brillante y a la vez opaco. La superficie del agua se veía suave, la luz estaba azul clara y había neblina y en la orilla de la laguna había un caballo blanco que se veía tranquilo comiendo matas, y que ya no estoy segura de si estaba ahí o si es uno de esos regalos injertados por una licencia creativa de mi memoria. La memoria siempre es creativa, pero unas veces más que otras. Recuerda, sí, pero también inventa y hace collages mezclando cosas que sí pasaron y que se vivieron en primera persona, cosas que sí pasaron y que llegaron a través de la experiencia de otra persona, y cosas que no pasaron pero hacen que la historia sea más interesante o más digerible o más tolerable. Y la memoria, claro, también olvida. Y la mía olvidó algunas cosas de esa laguna.

Se les dice «lagunas» a los huecos que quedan cuando alguna manifestación de la vida —el paso del tiempo, la humedad, una mano grande y torpe— borra partes de manuscritos o impresos, cuando se desaparecen partes de palabras o incluso palabras enteras. Y se les dice lagunas a los huecos que quedan en los recuerdos, como cuando alguien dice ufff, no me acuerdo, tengo una laguna. Cuando alguien no se acuerda de lo que hizo en medio de una borrachera se dice que «se enlagunó», y el diccionario de la rae define «enlagunar» como la acción de convertir un terreno en laguna, cubrirlo de agua. El agua, como la vida y las emociones, tiene la capacidad de hacer aparecer cosas y tiene la capacidad de borrarlas. Hacer vida y deshacerla. Cuando desaparece un recuerdo aparece una laguna. Cuando desaparece el recuerdo de una laguna, entonces tal vez no pasa nada. O tal vez el universo se queda pegado en un bucle, pasando de laguna en laguna en laguna en laguna, y nosotros seguimos también pegados en bucles pero sin darnos cuenta de nada.

La caminata de regreso hasta el carro fue menos interesante porque no era de noche y la luz disponible hacía que mis ojos se fueran tragando todo sin darle tiempo a los oídos de jugar a imaginar cosas. No hubo brujas. No hubo conejos. Hubo prisa porque la laguna que se me estaba haciendo en los pulmones me dolía cada vez más. Y después no pasó nada más: solo pasaron los días y pasó el dolor, que son todo lo que puede pasar.

Cuatro