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Nos queda lo mejor es un conjunto de relatos con un mensaje de optimismo. Aunque un tanto particular. No es un mensaje de optimismo, por ejemplo, para quienes luchan por sus sueños y los consiguen –nos va a matar esta frase–, sino para quienes luchan por sus sueños y no los consiguen. Para quien intenta hacerlo bien y le sale mal. Para quien toma una decisión y se echa atrás de inmediato. Para los payasos y las estríperes, y las payasas y los estríperes. Para quien trata de seducir a alguien con un moco pegado a la nariz. Para quien cobra la mitad. Para los viejos que se hacen los jóvenes y los jóvenes que se hacen los sabios. Para quien recoge gatos. Para quien no sabe quién es. Para quien se sacrifica y no recibe recompensa. Para quien folla sin amor. Para quien ama sin follar. Para quien guarda su vida en una caja y cuando decide abrirla, ha perdido las llaves. Y seguimos y hasta nos da la risa. Nos queda lo mejor es un canto de amor al patetismo humano, a la chapuza universal. Una puesta en escena de la pasión por lo grotesco. Porque lo grotesco corporiza lo patético y si algo somos, por encima de todas las cosas, es gente patética y enamorada.
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Isabel González
Nos queda lo mejor
Isabel González, Nos queda lo mejor
Primera edición digital: octubre de 2022
ISBN epub: 978-84-8393-688-7
© Isabel González, 2022
© De la fotografía de cubierta: Marc Sommer, 2022
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2022
Colección Voces / Literatura 330
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Editorial Páginas de Espuma
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Correo electrónico: [email protected]
A mi madre y a mi hermana.
Imposible sin ellas.
Una costumbre es más intensa que un amor.
Violette Leduc
La mujer del zorrito
Verano
Junio
Frenó, volvió a frenar
Frenó, volvió a frenar y sucedió ahí delante. A un metro del coche. Un águila bajó del cielo, atrapó una culebra y se la llevó colgada en las garras. El águila era grande de cerca y pequeña de lejos. Acaecen reflexiones de este tipo en sucesos de este tipo. Provienen de la ignorancia. Y qué. La ignorancia es humana. De lo azul a lo negro y de lo negro al cielo. Ya está. El águila cazó una culebra y el asfalto ni se inmutó. Las garras no erizaron la brea. El serpenteo no onduló el trazado. La carretera permaneció recta, dócil, con ella en su coche, con el silencio. Nines volvió a arrancar el motor. Debía acomodar el velocímetro a su pulso. A su nuevo ritmo en aquel paisaje. Calma a tutiplén y la sensación bienhechora de habitar un mundo sencillo. Hasta que una culebra vuela. ¿Su coche? El único en el páramo. Aceleró. Velocidad y pulso ajustados, Nines comenzó a reconstruir lo visto bajo una premisa esencial: acallar la voz de Félix Rodríguez de la Fuente. En cuanto aparecía un animal, se le enchufaba la infancia, la tele, y en la tele: «El águila culebrera ha caído sobre la gran culebra y todo parece indicar que su suerte va a estar en peligro. El ofidio constrictor agarra un ala del águila, pero el águila se las arregla golpeándolo con las alas, machacándole la cabeza». (No. No ha sido así, Félix). Lo apagó. Ella acababa de ser testigo y ella quería la verdad. La suya. Es tan difícil. Ciento veinte por hora y la verdad aún va más rápido. Ciento treinta. Cambió de marcha. Afiló la mirada. Había culebras por esa zona y sabía distinguirlas en la distancia. Les cedía el paso, las sorteaba. Buenos días, culebra. Buenas tardes. Nunca se había topado con un águila. Nunca. Bajó la ventanilla, sacó la cabeza y aulló para celebrarlo.
–¡Yiuhúuuuu!
La volvió a meter. El sol aplastaba. El sol, en aquel páramo, la tomaba con todo aquello que pretendiera alzarse. Velaba por la llanura, por el silencio. Las vistas desde lo alto debían de ser magníficas. Homogéneas. «Buf, se aburrirán también allá arriba, así les doy marcha –pensó Nines e imaginó un círculo de rapaces examinándola con hambre e instinto–. Como a una forasterita en la verbena de un pueblo. Hermosa, que los buitres te miren queda ya más lejos que Marte. Entonces que el planeta se estrelle. El águila». Apretó de nuevo el acelerador y apretó la memoria reciente. «La verdad, Nines. Vamos a por la verdad. ¿Qué puedes extraer de lo visto? No demasiado. La percepción fugaz de una culebra y la percepción aún más fugaz de un águila. Sigue. ¿Qué viste? Un desenfoque de plumas. Sigue. Un reflejo arcoíris. Sigue, todavía no basta, se precisa algo tangible, un registro más íntimo, olfativo, ocular, sonoro. Blink. Más grave. Blank. Más oscuro. Blonk. ¡Eso es! Sonó blonk cuando el águila enganchó a la culebra y también se oyó un suspiro». De ella. Aunque quizá no fue en ese instante sino un segundo más tarde. Medio segundo. Declina la levedad en el manejo de lo corpóreo y hasta la destreza del águila exige su dosis. De impacto. De prisa. La rapaz cae sobre la culebra, la culebra es aprisionada y ambas acciones se funden en una, pero son dos. Distintas. Pronto serán tres: aplastamiento, amarre y elevación, con un mismo efecto: compresión del aire: suspiro de Nines quieta en el coche. Mirando. «El águila remontó el vuelo a cámara lenta y al ascender, la culebra que llevaba en las garras soltó un coletazo al capó. ¡Blonk!, sonó. ¿Pedía auxilio? ¿Alertaba al resto de ofidios? Los animales suelen hacer estas cosas. Seguro que ha dejado una muesca en la chapa». Nines recreó la llamada al mecánico. «Hola. ¿Talleres El Pistón? Mire, una culebra ha golpeado mi capó con la cola y querría saber cuánto cuesta. El capó, sí. Con la cola, sí. Muy gracioso. No, no es lo habitual. No pasa todos los días. Las culebras no vuelan, en efecto, gracias por la información». Abrió mucho los ojos.
En mitad
de la
calzada,
ahora,
una oveja.
Dio un volantazo, rebasó el arcén y se metió en un campo de tormos. De pezuñas en vez de ruedas. El coche brincaba, zangoloteaba. El cinturón sujetaba lo que sujeta, pero la cabeza bailaba, las rodillas impactaban contra el volante, del bolso, de la guantera, de las puertas brotaban facturas, envolturas de chicle, monedas, botellines de agua, cepillo de dientes, cepillo de pelo, cepillo de perro. ¿Había llegado a tener perro? Encalló en el arcén y esa nube gris que envuelve desiertos, recuerdos y otros espectáculos sustrajo la visión del entorno. Quietud. El siseo de una fuga o de un bicho. Tiempo inconexo que sucede a los accidentes. Una silueta atravesó la polvareda, se acercó al coche y adquirió forma. De payaso.
–¿Cómo están ustedes? –dijo.
–Voy sola y veo payasos.
–Bien. ¿Puede salir?
–Creo que sí.
Nines se encaramó a la ventanilla y asomó el tercio superior. El inferior se resistió. Se atascó en el culo.
–Tire de mí, por favor.
El payaso le aprisionó las muñecas, la atrajo hacia sí e intentó desincrustarla sin éxito. De las muñecas pasó a los antebrazos y de los antebrazos a las axilas. Necesitaba un buen asidero.
–¿Me permite?
Insertó las manos en las hendiduras calientes y volvió a tirar de ella: la fofa en apuros. La Fofa del payaso Fofó: el payaso de la tele con sus hermanos Gabi, Miliki, Fofito y Fofete. ¿Fofete? ¿Había algún Fofete? Acaecen reflexiones de este tipo en sucesos de este tipo. Imposible salir.
–¿Y si empezamos de cero? Vuelva a sentarse –dijo el payaso.
La ayudó a reclinarse, extrajo una toalla de entre los trastos, la abullonó y se la colocó de almohada.
–¿Le duele algo?
–Tu oveja me duele –contestó Nines.
Comenzaba a despabilarse. A mostrar arrogancia, a ejecutar estrategias. La posesión de un recurso innombrable capaz siempre de ponerla a salvo. Bote hinchable en el desierto. Bien. Cualquier cosa vale si estás sola y herida. Si tu existencia orbita alrededor de una nariz roja en vez de sirenas. Ambulancias, bomberos: nada de eso por ahí. Se dejó recostar y en cuanto el payaso retiró las manos, se enderezó de nuevo y empezó a buscar el móvil.
–No debería moverse –dijo él.
Calló rápido. Aunque iba vestido del bobo, actuaba como el payaso listo, como el soso. Como el dueño del frac y del sentido común.
Cómo iba Nines a estarse quieta.
Entre la maraña de objetos tirados por el coche había un vibrador, una batidora y usaba ambas cosas para lo mismo: apaciguar al destino. No tan al fondo como ella pensaba trepidaba un deseo de rutina, de hijos, de compartir sofá largas horas sin tener que hablar ni bajarse los pantalones. Vida de sala de espera. Y dormir juntos luego, cogidos de la mano. Alimento y bienestar. Batidora y vibrador. Los dos cacharros permanecían intactos en el interior de sus cajas. Abolladas. Nines levantó la cabeza y se golpeó con la tapa de la guantera. No había encontrado el móvil, pero sonrió al payaso. Agarró una visera con el logotipo de una comadreja ahorcada y se la encajó decidida porque eso era, exactamente, lo que andaba buscando: merchandising de una empresa de desinfección de alimañas.
–Si me da el sol me salen geranios. Granos –dijo.
El payaso, que ya se había quitado la nariz de goma, se quitó también el bombín, el pelucón naranja y la cosa empezó a ir a mejor. A cuarentón con pelo. Una cabellera gris si bien no profusa, bien gestionada, que se alisó hacia detrás de una sola barrida. Él no se peinaba. Él activaba la circulación sanguínea. Se golpeó la frente con las dos manos y deslizó el impacto por ambos flancos del cráneo hacia la nuca. Una horquilla cayó al suelo, la recogió, hurgó con ella en la cerradura del coche y la puerta delantera cedió.
–Vamos.
Tendió una mano a Nines, pero ella evadió el contacto. Buscó otro punto de apoyo. El canto de la puerta. Insuficiente.
–¡Mi rodilla! –gimió.
–Tenga cuidado –dijo el payaso–. Agárrese fuerte a mí.
–María.
–¿Cómo?
–Nada, una canción. Que esta noche es la más fría.
–¿Qué?
–Nada, Enrique. Enrique Urquijo.
Nines trató de incorporarse de nuevo.
Dolía.
–¡Buff!
Se dejó caer, definitivamente, en brazos de ese payaso con un disfraz y una sospecha: el accidente había provocado en ella alguna conmoción cerebral, alguna disonancia. «Qué listo eres, payasito, qué listo. Y si quieres saber más, pisa la cáscara de plátano. Písala y verás. Descubrirás el pánico, la velocidad, los suelos encerados, las ovejas interpuestas y una cantidad nada precisa de líquido de frenos en los frenos. Hay causas y efectos y no se suceden. El caos se quedó. El caos es el origen, el motor, la sangre escondida y el final de todas las cosas. El lugar al que vamos volviendo».
El cuerpo.
La tierra.
Un payaso en quien ella descargaba el setenta por ciento de peso y el treinta de confianza, mientras que él la transportaba con el setenta por ciento de confianza y el treinta de cuestiones indefinidas. Avanzaban mejilla contra mejilla, pero el maquillaje circense impedía a Nines cartografiarle el rostro. «Rueda de reconocimiento. Hay siete individuos con la cara lavada tras el cristal. ¿Lo reconoce? Imposible, señor agente. Píntemelos de payaso». El calor derretía la pintura y Nines recabó en los ojos de su porteador. Dos chiribitas dentro de dos estrellas que la licuación había transformado en borrones, nebulosas, supernovas. El móvil la hubiera remitido al fenómeno galáctico exacto y a la gran pregunta: ¿Se pintaba los ojos Fofó, el payaso de la tele? «¡Añiles! Ojos añiles. Relucientes. Milenarios. Eso es. He aquí el dato preciso. El registro sensorial específico».
«Se defienden duramente las fuertes culebras mediterráneas. Después, los movimientos del ofidio son ya tórpidos, prácticamente carecen de dirección. Que se sepa, las águilas culebreras siempre han vencido en sus enfrentamientos con las culebras. Parece que su problema estriba más en tragarse las presas que en matarlas».
(Cállate, Félix, haz el favor).
–¿Has visto alguna vez un águila cazando culebras? En directo, quiero decir. Yo sí. Hace nada. Apareció un águila y ¡zas! Enganchó a la culebra, se la llevó volando, ¿y sabes qué? Que la culebra, la tonta de ella, siguió serpenteando en el aire con su colita. Dibujaba letras. Sin sentido: una efle, una rurbe, una merkel. ¡Merkel!, la canciller. –Rio–. Y después la oveja. Tu oveja. Casi me mata, pero tranquilo, no voy a denunciarte. ¿Cuánto vale una oveja? Valía. Disculpa. Estarás afectado.
Nines intentó girar la cabeza hacia el lugar del accidente, pero una descarga la sacudió. Cuello bloqueado. Atravesaron un cartel mudo y accedieron a una nada concreta que en nada difería de la nada general –buen cartel–, salvo por un banco de forja. Una cuña bajo una pata le otorgaba estabilidad, la posibilidad de seguir siendo.
–Cuidado con la herrumbre –dijo el payaso.
Descargó a Nines en el asiento y respiró hondo. Colocó los brazos en jarras, los abrió, los volvió a cerrar, giró la cintura a derecha y a izquierda, se inclinó adelante y atrás, resopló, sacó un móvil del bolsillo.
–Toma.
–¿Lo tenías tú?
–…
–Me he vuelto loca buscándolo. En el coche.
–No sabía que lo buscabas. Además no estaba en el coche.
–¿Dónde estaba?
–En mi bolsillo. ¿No acabas de verlo?
–Payaso y mago. Qué suerte tengo.
–Pues sí. Porque no se ha roto. Brillaba entre las zarzas, metí la mano y lo saqué. Le quité el polvo. La rodilla. ¿Cómo va?
–Va. –Nines reparó en las manos del payaso. En los rasguños.
–Ahora vuelvo –dijo él.
El que había hurgado entre espinos por ella.
«Y aquí está el quid de la cuestión. En cómo un águila mete en el buche, palpitante, móvil, con poderes constrictores, a una culebra de cerca de dos metros de longitud».
(Félix, en serio. Píllate unos prismáticos y déjame en paz).
–¿Te llamabas? –preguntó Nines.
Pero él no la oyó. El payaso había echado a andar y ella hablaba demasiado bajo. Demasiado tarde. Imposible hacer cálculos en esa planicie. No había referentes o si los había, tenía que aprenderlos de nuevo. Aprender a distinguir los matojos de los hierbajos, los terrones de las areniscas, aquí una lagartija momificada, allá una huella reseca. La luz distorsionaba los parámetros. Las sombras negras agujereaban el suelo. Tiesa de cuello y rodilla, Nines rotó en el banco como si llevara un chaleco rígido de cuello a cintura y localizó al payaso, que se movía con desparpajo por esa nada. Camisola roja, larga y estrecha. Ridícula. Había también una nevera, un generador y la caseta donde acababa de entrar. Techo de uralita, pared de tablones y media columna de mármol a la entrada, con una maceta con flores. De plástico. Desteñidas. Al lado, un calendario roto, un barreño mellado y un trozo de espejo ejercían a medias su oficio y bastaba. Encajado en un listón, cuanto un hombre necesita: peine, cuchillo y tijeras. Límites afilados en distinta magnitud. Dispuestos.
Cayó la cortina en la puerta y Nines perdió de vista al payaso, cerró los ojos, descansó un instante de la acidez lumínica y volvió a abrirlos. Debía apresurarse. El cuello la machacaba, la rodilla. Se sobrepuso y alzó el móvil con energía, lo cambió de mano, lo inclinó, lo volvió a inclinar, agitó los brazos en varios ángulos hacia el universo. Si no lograba establecer cobertura que la vieran al menos saludar desde lejos. «Mira qué mujer tan maja», se dirían, y acudirían corriendo a buscarla. Los sueños están hechos de esto ¿no?, de errores de interpretación. Y de la posibilidad de expandirse. En el éter. Neumáticos semienterrados acordonaban ese erial en el interior de un erial más grande y la parcelación del vacío perturbó a Nines. ¿Se puede repartir el vacío? ¿A quién pertenece este vacío? ¿Y este otro? Parece una broma, pero siempre aparece algún dueño. Siempre. «El sentido de la propiedad antecede al objeto», pensó. Al fin y al cabo era una mujer de negocios.
Bajó el móvil. No había manera de conectar. Se recolocó la visera-comadreja y orientó su postura hacia el lugar del accidente. «Vamos a por la verdad, Nines. Examinemos el estado del vehículo y el de la oveja. Apostemos al mejor recipiente de culpa y elaboremos una buena historia. Una que acepte nuestro seguro. ¿Tendrá seguro la oveja? Ahí está la pobre. Yerta sobre el asfalto. Quieta. Dos inmóviles: la oveja y yo. Y la oveja: entera, blanca, sin despachurrar, sin rastro de sangre. Impoluta como la recreación de una ofrenda donde en realidad sí que la hubo. La muerte engrandece a los muertos. Da igual lo que hayamos sido. Por primera vez en la vida estamos haciendo, exactamente, lo que de nosotros se espera: nada».
Los pulgares de Nines, que no habían dejado de picotear el móvil, recibieron su fruto. Respondieron.
–¿Que dónde estoy? Catorce. Kilómetro catorce –recordó una señal–. Sola, sí. Bueno, con un payaso y una oveja. Herida. Mucho. La oveja no. La oveja muerta. Yo viva. El payaso tampoco. –Empezaba a ofuscarse. Interferencias–. ¡Escuchen! O vienen o me muero de aquí a veinte minutos.
Adiós cobertura.
Rabia.
Móvil al suelo, móvil roto.
–No te preocupes. No te vas a morir –habló el payaso.
La sobresaltó. Había llegado con enorme sigilo.
–No, pero siempre es bueno dar un plazo –respondió Nines.
–Vendrán pronto. Seguro. Toma, bebe. Tienes que hidratarte.
El payaso le ofreció un vaso de agua del cubo que llevaba en la mano.
–No tengo sed. ¿Tienes tú móvil? –dijo ella.
–No. Sed sí –contestó el payaso.
Bebió directamente del cubo y solo entonces ella aceptó.
–Gracias –dijo.
Y había echado de menos decirlo:
–Gracias.
«El águila se agacha, ingiere. Los poderosos músculos de su esófago, su capacidad increíble para tragar algo vivo, que se defiende, que no quiere entrar en el buche nos están asombrando tanto como a ustedes mismos».
(¡Qué pesado eres, Félix! Te apago).
